por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 19
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net
Prometen grandes bendiciones en caso de seguirlas con fidelidad o presagian la desgracia para quien interrumpa la cadena.
A nuestras casas y al e-mail llegan con cierta periodicidad mensajes que nos invitan a iniciar o continuar una cadena de oración.
Dichas cadenas provienen de diversas partes del mundo, las más de las veces de Sudamérica y generalmente, prometen grandes bendiciones en caso de seguirlas con fidelidad o presagian la desgracia para quien se atreva a interrumpir la cadena, mencionando a renglón seguido los casos afortunados de personas que siguieron la cadena y las desgracias acaecidas a quienes la interrumpieron.
Estas cadenas nos invitan a la oración y a propagar la oración entre nuestros conocidos. No hay duda que ofrecen un buen testimonio de hacer apostolado de la oración.
Pero ofrecer la condena y la desgracia o el premio seguro, no va de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia.
La oración es una fuerza liberadora que permite elevar el alma para contemplar a Dios y conocer su divina voluntad sobre nuestras vidas. En la oración, dice Juan Pablo II, “Se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo:
´El que me ame, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él´ (Jn. 14, 21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, que requiere un intenso compromiso espiritual y que encuentra también dolorosas purificaciones (la noche oscura), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como ´unión esponsal´”. (Novo Millenio Ineunte cfr. no. 33).
La oración, por lo tanto, es una actividad del amor. En la oración amamos a Dios y somos amados por Él y el amor no se alimenta con premios y castigos. Su alimento es simplemente buscar el mayor bien de la persona amada.
En la oración, como decía el Beato Enrique de Ossó: “se busca amar más a Dios, para que Dios sea más amado”. Es una acción espontánea que no busca la recompensa o huye del castigo, como lo proponen las cadenas de oración.
La perseverancia en la oración, motivada por el amor y no por presión de ninguna clase, es un camino a la salvación eterna. Decía Santa Teresa de Jesús:
“Dadme un cuarto de hora de oración cada día y os daré el Cielo. Un alma que persevera en la oración, se asegura la propia salvación”. La constancia en la oración, durante toda la vida, es prenda de la gracia de la perseverancia final.
Las cadenas de oración, ciertamente inician en la oración, pero sólo de una manera temporal. Después de que desaparece el tiempo del compromiso, mantenido por la presión del premio o del castigo ofrecidos, desaparece la necesidad de orar.
Son cadenas de oración que oprimen, que hacen pesada y fatigosa la carga de orar, cuando en realidad deberían servir para dar alas al alma para alcanzar más rápido el Cielo que Dios nos ha prometido.
Y esta expresión del amor contemplado en la oración no puede reducirse a una acción tan específica como la de orar para no ser castigado o el orar para ser premiado. Los grandes místicos que se han dedicado a la oración saben que el amor que se contempla en la oración no se transmite sólo con palabras.
“Dios mío, no sé como expresar mi amor. Desearía tener todas las sinfonías del silencio, toda la poesía del sufrimiento desconocido para cantarte mi amor.
Quisiera la elocuencia de todos los mártires y la simplicidad de la nada para modular mi himno de gratitud”. (Dina Bélanguer, santa, religiosa de la Congregación de Jesús- María).
Es cierto que podemos orar por varias necesidades. Es la oración de súplica la que hace que elevemos nuestra alma hacia Dios y reconociendo nuestra miseria, ponemos en las manos del Dios providente aquello que deseamos en nuestro corazón: la curación de un enfermo, la solución a una penuria económica, la paz en nuestras familias.
Pero esta oración de súplica se da siempre buscando que se cumpla la voluntad de Dios, cuando es verdadera oración. Cuando se ponen condiciones en estas oraciones de súplica, como muchas veces sucede en las cadenas, no podemos hablar de una verdadera oración.
Esas cadenas de oración más bien nos atan, nos esclavizan, nos oprimen con sus condicionantes. No pueden ser entonces verdaderas oraciones cristianas.
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 19
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Los textos bíblicos son muy claros en su prohibición de hacer imágenes o estatuas de falsos dioses. Pero otra cosa muy distinta es aplicar estos textos a las imágenes como adornos o signos religiosos.
Cuántas veces hemos escuchado esta acusación de parte de nuestros hermanos evangélicos: «Los católicos hacen imágenes para adorarlas, mientras que la Biblia lo tiene estrictamente prohibido».
Muchos hermanos nuestros católicos no saben qué contestar, otros se dejan influenciar fácilmente por estas verdades a medias y algunos sienten la tentación de botar las imágenes de las capillas.
Les quiero aclarar este tema acerca de las imágenes, pero con la Biblia en la mano. Antes que nada, debemos hacer una clara distinción entre una imagen, un cuadro, un adorno religioso y un ídolo, que es «la imagen de un falso dios».
La Biblia sí que rechaza enérgicamente el culto de adoración a los ídolos (falsos dioses), pero la Biblia nunca ha rechazado las imágenes como signos religiosos.
¿Qué es un ídolo según la Biblia?
Muchos años antes de Jesús, en tiempo de Moisés, Dios comenzó a formar a su pueblo elegido, el pueblo de Israel. Era gente muy primitiva que Dios había sacado del politeísmo para llevarla al monoteísmo. Todos estos pueblos antiguos tenían infinidad de dioses, los que adoraban y representaban a través de imágenes de baales, que tenían la forma de un toro, de un león o de otros animales. A esas imágenes, el pueblo de Moisés las llamaba «ídolos» o falsos dioses.
La gente de aquel tiempo pensaba que estas imágenes tenían un poder mágico o una fuerza milagrosa. En el fondo estos ídolos eran representaciones de poderes o vicios del hombre mismo.
Por ejemplo la imagen del becerro de oro que aparece en Éxodo 32, era la expresión de la fuerza bruta de la naturaleza. También podía representar la encarnación del poder sexual desorientado y vicioso. Y el oro del becerro significaba el poder de la riqueza que explota y aplasta al hombre, es decir, el hombre con sus vicios, representados en el becerro de oro, quiere ser dios y no quiere dejar lugar al único y verdadero Dios.
Dios llamó al pueblo hebreo a avanzar por la senda del monoteísmo, dejando atrás los ídolos y dando adoración al verdadero Dios. Pero los israelitas de aquel tiempo atraídos por las prácticas de los pueblos paganos querían, a veces, volver al politeísmo y a la adoración de ídolos.
Entonces Moisés, inspirado por Yahvé-Dios les prohibió estrictamente hacer estos ídolos: «No tengas otros dioses fuera de mí, no te hagas estatua, ni imagen alguna de lo que hay en el cielo ni en la tierra ni te postres ante esos «ídolos», no les des culto».
Queridos hermanos, estos textos bíblicos son muy claros en su prohibición de hacer imágenes o estatuas de falsos dioses. Pero otra cosa muy distinta es aplicar estos textos a las imágenes como adornos o signos religiosos. Estos signos (imágenes) nunca han sido prohibidos por Dios ni por la Biblia.
Textos aclaratorios:
La Sagrada Escritura siempre hace la distinción entre imágenes como «ídolos» e imágenes como «adornos o signos religiosos».
Leamos algunos textos en los cuales Dios mismo manda a Moisés hacer imágenes como símbolos religiosos: «Harán dos querubines de oro macizo, labrados a martillo y los pondrán en las extremidades del lugar del perdón, uno a cada lado... Allí me encontraré contigo y te hablaré desde el lugar del perdón, desde en medio de los querubines puestos sobre el arca del Testimonio...» (Ex. 25,18-22).
Estos dos querubines parecidos a imágenes de ángeles, eran adornos religiosos para el lugar más sagrado del templo. Pues bien, estas imágenes, hechas por manos de hombres, estaban en el templo, en el lugar más sagrado y nunca fueron consideradas como ídolos, sino todo lo contrario, el mismo Dios ordenó construirlos.
Leamos otro texto del A. T.: Números 21, 8-9. Ahí se nos narra como en aquel tiempo los israelitas murmuraban contra Dios y contra Moisés. Entonces Dios mandó contra el pueblo serpientes venenosas que los mordían, de modo que murió mucha gente.
Moisés intercedió por el pueblo y Dios le respondió: «Haz una serpiente de bronce, ponla en un palo y todo el que la mire se salvará». Nos damos cuenta otra vez de que esta serpiente de bronce era una imagen hecha por manos de hombre, pero no para adorar, sino que era un «signo religioso» para invocar a Dios con fe.
Hay otros textos en la Biblia que nos hacen ver que en el templo de Jerusalén había varias imágenes o esculturas que no fueron prohibidas, menos aun consideradas como ídolos.
Dice el Salmo 74, 4-5: «Tus enemigos rugieron dentro de tu santuario como leñadores en el bosque, derribaron con hacha las columnas y esculturas en el templo». Eso significa que en el templo de Jerusalén había también esculturas o imágenes.
Queridos hermanos católicos, esas indicaciones de la Biblia son suficientes para decir que la Biblia, sí, prohíbe la fabricación de imágenes como dioses falsos, (ídolos) pero nunca ha prohibido las imágenes o esculturas como adornos religiosos.
Que nadie entonces los venga a molestar por tener una imagen o adorno en su templo o en su casa. Es por falta de conocimientos bíblicos, o por mala voluntad, que los hermanos evangélicos les meten estas cosas en la cabeza.
Las imágenes en nuestra vida diaria.
Ahora bien, hermanos, en nuestros tiempos vemos por todos lados imágenes y estatuas. Cada país tiene sus propios símbolos patrios y estatuas a sus héroes.
En nuestras casas tenemos cuadros que representan la imagen de alguna persona. Tengo en mi velador, por ejemplo, una foto de mi madre que ya está en el cielo; y contemplando esta foto me acuerdo de ella. Incluso puedo colocar esta foto en un lugar bien bonito y adornarlo con una flor y una velita... Y si alguien viene a mi casa a visitarme y me dice, refiriéndose a la foto:
«Qué mono más feo», por supuesto que me siento muy ofendido. Así también tenemos cuadros e imágenes en nuestras capillas que representan algunas personas religiosas, como la Virgen María, la Madre de Jesús, algún santo patrono de nuestros pueblos. Y ningún católico va a pensar que estas imágenes son ídolos o falsos dioses.
Estas imágenes simplemente nos hacen pensar en el mismo Jesús o en tal o cual santo que está en la presencia de Dios y nos ayudan a pensar en la belleza de Dios.
La Iglesia Católica acepta el respeto y la veneración a estas imágenes en nuestros templos, pero nunca ha enseñado la adoración a una imagen.
A veces, dicen los hermanos de otra religión que nosotros adoramos a las imágenes. Están muy, pero muy equivocados y debemos, eso sí, perdonarles sus expresiones.
La Iglesia Católica acepta que guardemos imágenes o cuadros en nuestros templos siempre que no sea en forma exagerada. ¿Qué quiero decir con ello? Quiero decir que a veces nuestras iglesias parecen una exposición de santos y en algún caso están tan mal colocados, que no hay espacio ni para la imagen de Cristo. Ahí sí que exageramos.
Por eso el Concilio Vaticano pidió que no se repitiera más de una imagen por cada santo y que el lugar central de la Iglesia, a ser posible, esté reservado siempre para la imagen de Cristo.
Está claro, entonces, que nunca podemos dar culto de adoración a una imagen, nunca podemos ponernos de rodillas delante de una imagen para adorarla, pero sí podemos ponernos de rodillas ante una imagen para pedir perdón por nuestros pecados y para suplicar que el santo interceda ante Dios por nosotros.
En todas estas discusiones, hermanos míos, guardemos el amor. ¿Quién eres tu para juzgar a tú hermano? (Stgo. 4, 12).
Cada uno puede arrodillarse en cualquier parte para invocar a Dios, en el patio de su casa, en el campo. En la noche antes de acostarse uno puede arrodillarse delante de un crucifijo para así hablar con Dios. A veces hay gente que piensa que tal imagen es milagrosa y le atribuyen un poder mágico.
Debemos corregir estas actitudes y explicarles que sólo Dios hace milagros. Por supuesto aceptamos que Dios puede actuar por intercesión de los santos.
Hermanos: no aplastemos la fe de nuestros hermanos que tal vez tienen poca formación cristiana, no critiquemos y no hablemos mal de otros. Ofender al hermano es un pecado muy grave. Es triste constatar el lenguaje ofensivo de nuestros hermanos evangélicos hacia los católicos. Tratemos de devolver bien por mal.
Martín Lutero, el fundador del protestantismo y de las iglesias evangélicas, nunca rechazó las imágenes, todo lo contrario él dijo que las imágenes eran «el Evangelio de los pobres». ¿A quién de nosotros no le gusta contemplar un lindo cuadro o una hermosa imagen? Muchas veces mirando un cuadro o una imagen podemos más fácilmente entrar en oración y en un profundo contacto con Dios.
¿Quién puede negar por ejemplo la belleza de la Piedad de Miguel Ángel? Pues bien, según los evangélicos habría que destruirla porque va contra la Biblia ¡Qué disparate tan grande! Ello es hacer decir a la Biblia lo que nunca la Biblia ha dicho. Ello es una distorsión de lo que Dios nos quiere decir en la Biblia.
Una regla de oro para interpretar la Biblia es mirar siempre el contexto de una frase y no aferrarse a la letra, porque en este caso, sin el contexto, hasta se puede hacer decir a la Biblia que «Dios no existe» porque la Biblia pone esta frase en labios del tonto (Sal. 10, 4).
Los falsos dioses o ídolos de este mundo moderno.
Hermanos, los ídolos o falsos dioses de este mundo moderno no están en los templos, sino que son poderes que dominan al hombre moderno por dentro. Son poderes falsos que destruyen las buenas relaciones con el prójimo y con Dios.
Estos ídolos modernos están a veces en nuestras calles, en nuestras instituciones, en nuestras comunidades y familias. Esta es la idolatría que hemos de desterrar.
Pienso, por ejemplo, en el falso dios del poder y de la dominación que quiere aplastar tu libertad y engañar pueblos enteros; en el falso dios «poder» que provoca guerras y matanzas de gente inocente. Este es el «ídolo» moderno que se pasea por el mundo.
Pienso en el falso dios «dinero» que domina tu corazón, que comienza con mentiras, engaños, robos, tráfico de drogas etc. y que pareciera que en nombre de este dios dinero todo está permitido.
Pienso en el falso dios del sexo desorientado, en el dios que destruye la unión familiar, en el dios de la pasión que engaña al hombre y a la mujer, es el falso dios que deja los niños desamparados, en el falso dios que destruye el verdadero amor y que se resiste a servir a una comunidad.
El lugar desde donde estos falsos dioses comienzan a brotar está en nuestro corazón. Es el demonio mismo que quiere destruir nuestro corazón como templo de Dios. Y mucha gente entre nosotros, sin darse cuenta, está bajo el poder de estos falsos dioses y no dan lugar en su corazón al único y verdadero Dios del amor.
Hermanos, no debemos buscar ídolos o falsos dioses en cosas de madera o de yeso, en imágenes o cuadros, sino en nuestro corazón.
Si volviera ahora Moisés a nosotros, no se referiría a las imágenes ya que hoy no está el peligro de la idolatría, sino que gritaría: «No te hagas falsos dioses dentro de tu corazón, destruye los vicios fuente de toda idolatría». Esto es lo que ya hicieron los profetas que vinieron después de Moisés.
Los primeros misioneros que evangelizaron América Latina trajeron de España y del Perú numerosas imágenes del Señor, de la Virgen y de los santos. Son imágenes religiosas cargadas de historia que penetraron hondamente en el alma de nuestro pueblo y que aparte de su valor escultórico tienen el mérito de que ante ellas oraron nuestros antepasados.
Y cada capilla tiene las imágenes de sus patronos. Todas ellas nos recuerdan los misterios centrales de la encarnación e ilustran de alguna manera la Historia de la Salvación realizada por Dios a favor nuestro.
Así que cuando lleguen los evangélicos a las puerta de sus casas y les digan que los católicos somos unos idólatras porque adoramos las imágenes ya saben qué contestarles. Díganles que no es correcto sacar frases de la Biblia fuera de su contexto para hacer decir a la Biblia lo que nunca dijo. Y que la Biblia nunca ha prohibido las imágenes como adornos religiosos.
Finalmente hay que tener presente que en el A. T. no podía representarse a Dios porque el Verbo no había tomado cuerpo ni forma humana. Pero en el N. T. es distinto.
Con la Encarnación, el Verbo Dios tomó forma humana y si El mismo se hizo hombre hace dos mil años y nos mandó guardar su memoria es que quiere que nosotros lo representemos así, como hombre, para recordar que «el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros». Y si representarlo en una pintura o en una imagen ayuda a recordar su memoria ¿qué de malo hay en ello?
Pero por sobre todo hay que entender la evolución gradual que hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Algunas sectas dan la impresión que quedaron petrificadas en el Antiguo Testamento y sólo por ignorancia o mala voluntad pueden decir lo que dicen. Es decir, se aferran de textos aislados, los sacan de su verdadero contexto, y confunden a los no iniciados en la Biblia.
Y aquí le viene recordar que el mismo Jesús confirmó esta progresiva evolución entre el Antiguo y el Nuevo Testamento cuando dijo: «Antes se les dijo... ahora les digo».
Cuestionario
¿Qué es lo que prohíbe la Biblia referente a las imágenes? ¿Prohíbe las imágenes de falsos dioses?
¿Prohíbe las imágenes como objetos de adorno o de veneración? ¿Qué mandó construir Dios a Moisés? ¿Había esculturas en el templo de Jerusalén?
¿Qué habría que hacer, según los evangélicos, con todas las imágenes, incluida la famosa Piedad de Miguel Ángel? ¿Cuáles son los ídolos de hoy? ¿Cómo fustigaría hoy Moisés a los ídolos modernos?
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 19
Autor: P. José Antonio Caballero
¿Por qué en la Iglesia católica se tienen imágenes si el Antiguo Testamento parece prohibirlas?.
¿Por qué en la Iglesia católica se tienen imágenes si el Antiguo Testamento parece prohibirlas (Ex 20,4-5; Dt 4,15-16; 7,25-26; 2Re 8,14 Sl 135,15-18)?
La raíz hebraica para “adorar” es "hawah" esta raíz en hebreo significa “adorar”, mientras que en arameo designa “relatar”, “informar”. En griego se traduce siempre con προσκυν€ˆ (prskyneo).
Adorar a Dios: Gn 22,5; 24,48; 37,10; Ex 4,31; 33,10; Dt 26,10; 1Sam 1,3.19; 15,25.30; 2Sam 15,32; 2Re 17,36; 18,22; 32,12; 2Cron 7,3.22; 20,18; 29,28.29.30; Is 2,10; 27,13; 36,7; 49,7.23; 66,23; Jer 1,16; 7,2; 26,2; 22,9; Ez 46,2.3.9; Zac 14,16.17; Sl 5,8; 22,27.29;29,2; 66,4; 86,9; 95,6; 96,9; Ne 8,6; 9,3.6.
Adorar a Absalón: 1Sam 2,36.
Adorar a Dios y al rey: 1Cr 29,20.
Adorar a los ídolos, al sol u otros dioses: Ex 32,8; Lev 26,1; 1Re 9,6.9; 11,33 (sin correspondencia griega); 2Re 5,18; 17,16.35; 19,37; Jue 2,12.13 (en este caso el griego emplea Ï·ÙÚ‡ˆ = latreuo). 17; Is 2,20; 37,38; 46,6 Ez 8,16; Jer 25,6; 2Cr 7,19; Is 2,20.
La raíz aramea para adorar es "segid" esta raíz también existe en hebreo con el mismo significado y figura traducida en griego por proskyneo: Is 44,15.17.19; 46,6 (adorar ídolos).
Adorar a Dios; rehusar la adoración de otros dioses o ídolos: Dn 3,12.15; se traduce por latreuo; Adorar ídolos: Dn 3,5.6.7.10.11. 14.18 se traduce al griego por proskyneo.
En otros pasajes figuran juntas las dos raíces de "segid y hawah" Is 44,15, donde a hawa equivale proskyneo, mientras que segid no parece tener equivalente; Is 44,17: segid es traducido por proskyneo; mientras que a hawa corresponde el verbo proseuchomai.
Como se habrá observado por las diversas citas antes aducidas, en unas tres ocasiones los verbos hebreo y arameo segir y hawah se traducen por latreuo.
Hay otros verbos que sorprenden por sus diversos contextos. La gloria es un atributo divino (doxa) y encontramos el verbo doxazo con el sentido de honrar al hombre en Ester 6,6.7.9.11. El verbo sébomai aparece en LXX Is 29,13; Jos 4,24; 24,33 con el contexto de “venerar a Dios” ; el libro de la Sabiduría lo usa para los ídolos en 15,18.
Un estudio atento al empleo que se hacen de las diversas raíces, muestra que no hay una clara distinción en los escritos antiguos entre adorar y venerar.
La forma de culto de Cristo y de los santos en los cementerios es de las devociones más antiguas; pero no sólo, en las catacumbas de Roma es frecuente encontrar representaciones de Cristo como “Buen Pastor” y como “pez”, también en Galilea hay mosaicos antiguos que representan el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Este culto se universalizó hacia tiempos de Constantino.
Con todo, en el S. IV el concilio regional de Elvira prohibía la decoración de las iglesias con pinturas, pero no se universalizó; la causa se debía al contraste entre los misterios de la fe y las débiles creaciones humanas.
Eusebio de Cesarea consideraba también imposible la representación de la humanidad gloriosa de Cristo. Asimismo los monofisitas eran enemigos de tales representaciones.
En el 599 Severo de Marsella encabezó el primer caso de destrucción de las imágenes en su diócesis, lo que acarreó la reacción de Sn Gregorio Magno. Esta polémica se acrecentó en el 727 cuando el emperador León III hizo derribar una figura de Cristo en los palacios imperiales. El pueblo reaccionó y dio muerte a varios oficiales.
A ello siguieron varias represiones imperiales bajo León III y Constantino Coprónimo. La tranquilidad llegó cuando ocupó el trono la emperatriz Irene. El II concilio de Nicea confirmó la legitimidad del culto en la sesión VII.
El IV concilio de Constantinopla parece emplear una misma raíz de “proskyneo” para la adoración de la imagen de Cristo Salvador, de la Virgen, Madre de Dios, de los ángeles y de los santos.
Así que más que un intento fallido de la teología, es mérito de ésta el haber ido comprendiendo mejor el dato a fin de aclarar los términos; y más que de la teología, el mérito se debe al magisterio eclesiástico.
No se olvide que el concilio de Elvira no tuvo valor universal respecto de las imágenes. En dicho concilio el verbo griego que se empleaba para “adorar” es el mismo que para “venerar”: “proskyneo” (προσκυν€ˆ).
El diccionario de la lengua griega Montanari que es uno de los más completos que se han publicado recientemente, elenca las siguientes acepciones para este verbo: (1) saludar con afecto, abrazar; (2) adorar, venerar; (3) postrarse, considerar con respeto o veneracón; (4) conjurar, tratar de aplacar suplicando; etc...
Con ello queda claro que un mismo verbo griego –que es el que usó Constantinopla IV- se emplea para adorar y para venerar.
En cuanto al NT hay cuatro acepciones:
- Con ese verbo se indica el culto debido a Dios (Mt 4,10; Lc 4,8; Jn 4,21; 1Cor 14,25; Ap 4,10; Hebreos 11,21...
- Adorar a Cristo, profeta, mesías y Dios (Mt 2,2; 8,1Lc 24,52; Hebreos 1,6...).
- Venerar a alguien con un acto de humilde postración (Hechos 10,25; Ap 19,10; 22,8).
- Adorar al diablo, a la bestia, al dragón y a sus representaciones (Mt 4,9; Lc 4,7; Ap 9,20; 13,4.8).
El IV concilio de Constantinopla, a pesar de echar mano de proskyneo para la adoración de la imagen Cristo y de la Virgen y de los ángeles y santos, establece una clara y sutil distinción entre los cuatro.
En el caso de Cristo se dice que esa adoración es similar a la adoración de los evangelios y eso no se dice de la Virgen, de los ángeles ni de los santos; por otro lado, en el caso de Cristo se emplea el verbo porskyneo, “venerar” de modo fuerte, absoluto.
En los otros tres casos se echa mano de dos verbos y no solamente de “adorar”, sino que se dice: “honramos y adoramos”; es lo que se llama una “hendíadis”: a este honrar y adorar se le llama hoy “venerar”.
La gradación de estos cuatro grupos tampoco es casual: el culto reservado a María es privilegiado respecto de los otros dos; por ello figura antes que ellos y el concilio da el motivo: es Madre de Dios, cosa que no encarnan los ángeles ni los santos.
Para el año 869-870 no había una terminología clara o neta para designar el culto reservado a la Virgen y a los santos (alguna distinción había establecido el II concilio de Nicea, pero no se había comprendido bien, por contar con una mala traducción, a la que se sumaban rivalidades entre los dos imperios romanos de oriente y occidente); por eso es que el verbo “venerar” no figura. Venerar en griego se decía también “proskyneo”, como ha señalado el diccionario de Montanari.
La Iglesia a lo largo de los siglos ha ido precisando esta terminología, de manera que hoy el catecismo establece una clara distinción entre adorar y venerar. Algo semejante ocurrió con el término “persona”. Antes de Calcedonia, no había una clara distinción entre “persona” y “naturaleza”. Fue mérito de Calcedonia precisar el concepto de persona.
Ahora pasamos a las citas veterotestamentarias que nuestros hermanos separados nos aducen para decirnos que los católicos cometemos actos de idolatría cuando veneramos las imágenes sagradas.
A menudo parece que con dicho método de citar el Antiguo Testamento se descuida que el Nuevo Testamento ayuda a comprender el Antiguo (cf 2Cor 2,14) y que el Antiguo da una base al Nuevo, como si no hubiera distinción entre los dos. En realidad, en el Antiguo Testamento encontramos una especie de bosquejo del plan de salvación.
La revelación ha tenido un carácter progresivo hasta el cumplimiento definitivo en Cristo (Heb 1,1-2). A esta luz, no parece ser un buen método el hacer que la Biblia diga lo que yo quiero como sostén de mis gustos personales, parapetados tras el nombre de “libre examen”. Más bien se ha de leer a la luz del Espíritu con que ha sido escrita.
El motivo de que no se diera lugar a imágenes en el AT se debía al peligro que tenía el pueblo de caer en la idolatría. El hecho es que los profetas nunca cesaban de fustigar esta costumbre, que consistía sobre todo en representaciones de Dios tomadas del reino animal. Esta inclinación se debía a que Israel vivía en torno a naciones idólatras.
El primer mandamiento del Decálogo prohibía que se hiciera imagen tallada de cualquier figura (Ex 20,3), lo cual debe entenderse no en sentido absoluto, sino en su contexto de no rendir culto a las falsas divinidades que los judíos pudieron ver en Egipto.
La representación de Dios en una imagen equivalía para la mentalidad de aquel entonces a atribuir a Dios una forma arbitraria según el gusto del hombre –una cosa o ser animado-, descuidando su dimensión trascendente (Dt 14,15-16.28). En tiempo de los macabeos volvió a aplicarse el Decálogo al pie de la letra.
Flavio Josefo cuenta cómo reaccionó el pueblo ante la colocación de una águila de oro en la entrada principal del templo, de la indignación que sintieron los judíos cuando vieron que en los estandartes del ejército romano en Jerusalén había imágenes del César.
Más aún, el nombre de Dios no podía pronunciarse; el hombre no podía mirar a Dios, ni siquiera Moisés pudo hacerlo (logró ver sólo su dorso como enseña Éxodo 33,18-20, texto que corrige a Éxodo 24,9-11 y a Deuteronomio 34,10, y que confirma Jn 1,18).
Si es verdad que Cristo nos revela el rostro de Dios (Jn 6,46), con Él se inaugura una nueva era, porque nos ha enseñado a llamarle "Padre" a Dios con todo derecho.
Con toda razón dirá san Juan en su primera carta: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos en lo tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1Jn 1,1-4).
Juan habla de tocar, ver, contemplar, palpar... en relación con el Verbo de vida, Cristo Jesús. Por eso es lícita la representación de su rostro, de su cruz, de sus padecimientos: Dios, que era invisible en su naturaleza, se ha hecho visible, hasta el punto que dejó contemplarse, tocarse, palparse. La encarnación ha inaugurado una nueva "economía de las imágenes"(NC 1159).
El libro del Apocalipsis muestra un aborrecimiento visceral de toda forma de paganismo: magia (Ap 9,21; 18,23; 21,8; 22,15), nicolaitismo (Ap 2,6.15), blasfemias contra Dios (Ap 2,9; 13,6); adoración de los ángeles (Ap 19,10; 22,9); de los ídolos (21,8; 22,15); del demonio (Ap 13,4-6).
¿Parece contradecirse cuando recurre a las comparaciones con las piedras preciosas para describir al que se sienta sobre el trono (Ap 4,3), cuando ofrece diversas representaciones -teriomorfas o no- de Cristo (León de la tribu de Judá, raíz de David, cordero de pie como degollado, Ap 5,6); cuando nos presenta a María trascendente en Ap 12,1-2; cuando presenta a los cuatro "animales" y a los 24 presbíteros, los cuales contienen copas que son las oraciones de los santos ante el trono de Dios? El culto de la iglesia a las imágenes va en esta línea.
Si abundan representaciones antiguas de dioses paganos en muchas ciudades, no se debe a que hoy se realicen actos de idolatría, sino que son obras de arte. Y la obras de arte tienen un alcance universal tanto para los hombres que nos han precedido como para los de hoy y los que habrán de venir mañana. Una vez más, si los términos no son claros en la Escritura, es mérito de la Iglesia el haber establecido la distinción entre adorar y venerar.
En los siglos I - II del cristianismo se tienen las siguientes representaciones religiosas:
a. Misterios de la fe cristiana, virtudes, representaciones de Cristo: el cordero, la paloma, el pez, el ancla.
b. Parábolas o alegorías: viña, Buen Pastor, vírgenes sabias y necias.
c. Personajes del AT: Noé, Daniel, Jonás, Moisés.
d. Imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos.
En los siglos III-IV :
a. Aparecen pinturas de estuco en las paredes o como fondo de vasos y medallas.
b. Escenas de la vida de Cristo y de la historia de la Iglesia.
c. Escenas de la vida de Cristo en cementerios, Moisés que golpea la roca, el pescador que extrae el pez del agua, el Bautismo de Cristo en el Jordán, el sacrificio eucarístico, la llamada de los 12.
Algunos padres y escritores eclesiásticos testimonian algunas de dichas representaciones: Ireneo (Adv Haer, I, 25) Lampridio (Alex Sev, 29), Tertuliano (De pudicitia, VII, 10).
Con la paz de Constantino cobra nuevo realce la veneración a la cruz como estandarte cristiano o “labarum”. De este período son los mosaicos en Roma y Rávena que representan a Cristo, a la Virgen y a los santos, como puede constatarse en el mausoleo de santa Constanza de Roma (edificio más antiguo del S. IV), el ábside de Santa Prudentina que representa a Cristo, Pedro y Pablo, así como el gran arco de Sta. María la Mayor de mediados del S. V., que representa a Jesús, llevado por su Madre al lado de Ana y Simeón.
Del mismo período hay una prefiguración en Sta. Sabina de la “Ecclesia ex circumcisione” y de la “Ecclesia ex gentibus”. En Rávena Sta. Ágata contiene un mosaico de Cristo con dos ángeles, en el mausoleo de Galla Placidia (año 424), donde figuran el Buen Pastor, san Lorenzo y los apóstoles.
Las catacumbas son una evolución de hipogeos romanos a los que se añadieron corredores. En un inicio eran privados, pero se difundieron con la práctica de la inhumación entre paganos, judíos y cristianos. Ello explica que al lado de prefiguraciones paganas se encuentren temas cristianos.
Los complejos son llamados “colombari” y luego se transformaron en lugares de inhumación. Estos lugares sirvieron de cementerio hasta el S. VI, y luego se transformaron lugares de devoción. A partir del S. III se comenzaron a celebrar allí las diversas conmemoraciones de los fieles difuntos.
A partir del S. IV se adosaron escaleras y altares y se llevaron allí más reliquias de santos. Hacia el S. VIII las catacumbas cayeron en el olvido.
De las 67 catacumbas hoy conocidas, De Rossi descubrió unas 26 en 1849, aunque en el siglo XVI Antonio Bosio había dado inicio a los descubrimientos arqueológicos. Las más famosas son las de Comodila, Priscila, Calixto y Sebastián. Se trata de más vastos complejos funerarios.
El sector más antiguo de Sn Calixto es el de las criptas de Lucina en la vía Apia y que se remonta al S. II. Aquí han sido sepultados al menos 4 de los 14 papas: Ponciano, Antero, Fabiano, Eutiquiano. De Rossi reconoció las figuras de Cristo, de Sta. Cecilia y del Papa Urbano en los frescos bizantinos de la cripta de Sta. Cecilia. Hay un nicho ahí con una copia de la estatua de Sta. Cecilia y que es obra de Maderno (el original está en el Trastévere).
No muy lejos figuran cinco cámaras sepulcrales con representaciones de la resurrección, de los sacramentos del bautismo, de la Eucaristía. Son decoraciones del S. III.
Las prefiguraciones cristianas más comunes allí son: el Buen Pastor, las primeras dos letras de la palabra Cristo, un hombre en oración, el pez, el ciervo que lucha con la serpiente como símbolo del catecúmeno, las palabras iniciales de “mártir”.
En la ciudad de Roma hay tres columnas famosas: la columna de Trajano, cuya estatua Sixto V reemplazó con otra de san Pedro, obra de Giacomo della Porta: esto ocurrió el 4 de diciembre de 1587. Dos años después el mismo Papa mandó que se colocara una estatua de san Pablo sobre la columna de Marco Aurelio en Piazza Colonna: en la edad media desapareció la estatua de este emperador, esculpida entre el 180 y 193 para conmemorar sus victorias sobre marcomanos, cuados y sarmatos.
Nadie realiza ante dichas columnas actos idolátricos. En la plaza de España de Roma hay también una antigua columna con una estatua de bronce de la Inmaculada; a sus pies hay efigies de Moisés, Isaías, Ezequiel y David. Esta obra fue erigida por Luigi Poletti dos años después de la proclamación del dogma (1854) por parte de Pío IX. Cada año el 8 de diciembre el Papa se dirige a este lugar, deja a los pies de la imagen de la Madre de Dios un ramo de flores y dirige un discurso a los presentes.
San Gregorio Nacianceno habla de una imagen de san Polemón, que convierte a una pecadora (Carm I,1; sec II v. 800); se duda aún de si es de san Basilio o Efrén el discurso con que se exhorta a los pintores a ser buenos maestros en su arte cristiano (PG xxxi, col 489).
San Gregorio de Nisa, siguiendo las huellas de las descripciones de san Efrén, describe las pinturas religiosas que ha visto en el oratorio de santa Eufemia, en Calcedonia (PG xI, col 333-337); él mismo habla de haber visto representaciones del sacrificio de Isaac, de mosaicos con diversos temas religiosos (PG xlvi col 737).
San Nilo reprocha a Olimpiódoro el haber querido pintar en una basílica escenas de caza y pesca y le exhorta a elegir para su decoración temas bíblicos que instruyan a los fieles (PG lxxix, col 577).
San Jerónimo habla de imágenes de los apóstoles pintadas en vasos sagrados (In Ion IV,6).
San Agustín indica la costumbre de representar en muchos lugares a san pedro y a san Pablo al lado de Nuestro Señor ( PL, xxxiv, col 1049); también habla de la pintura que ha visto de San Esteban mientras muere lapidado, al tiempo que san Pablo cuida las vestiduras de los que le apedrean ( PL xxxviii, col 1434).
En el “Contra Faustum” habla de una pintura que representa el sacrificio de Abraham (PL xlii col 446). En cuanto a la advertencia que Ud. recoge de san Agustín: primero, quizá no convenga decir que corrige a Tomás de Aquino, ya que es muy posterior a él. Por otro lado, sus palabras han de ponderarse dentro de su propio contexto: advierte contra la adoración de falsas divinidades. De ahí que insista en su valor representativo. En ese sentido está dentro de lo que siempre ha dicho la Iglesia.
Prudencio habla de las pinturas que representan el martirio de san Casiano (PL lx, cpl 433-435).
San Paulino de Nola y Suplicio Severo decoran de imágenes religiosas las basílicas construidas por ellos; se trata de escenas veterotestamentarias (PL lxi, col 660).
El culto reservado a las imágenes no es de adoración, sino de veneración: nunca la Iglesia ha pensado que las imágenes o representaciones de los santos sean dioses.
Al mismo tiempo, en la Biblia, figuran diversas representaciones: el mismo Moisés por orden de Dios hace colocar dos querubines de oro sobre el arca de la alianza (Ex 25,18), izó una serpiente de bronce como signo de salvación para los que padecieran picaduras de las víboras como castigo del pueblo por murmurar (Nm 21,3): más tarde, Exequias hizo destruir la serpiente de bronce, porque los judíos se ponían a quemar incienso ante ella (2Re 18,4); no se ha de olvidar tampoco la imagen de madera cubierta de metal, y que representaba a Dios: la mandó hacer la madre de Miqueas (Jue 17,4-5).
De ella se apropiaron los danitas, hicieron un santuario y le rindieron culto (Jue 18,30-31); asimismo, el templo de Salomón constaba de diversas decoraciones de querubines, toros, bueyes, leones, palmeras, botones de flores (1Re 6,23-35; 7,25-51); tampoco ha de olvidarse que los judíos tenían candelabros (Zac 4,2). Zacarías que en su visión del cap 4, da con dos olivos que Dios dice ser los dos ungidos que recorren toda la tierra (Zac 4,14).
Repito, es mérito de la Iglesia el haber aclarado la terminología al respecto. No es una veneración a la materialidad de las cosas sino a lo que representan. Con ello se aclara que en la Iglesia católica no hay idolatría –otra cosa es que algunas personas distingan eso y caigan en desviaciones a menudo por ignorancia-. Tampoco se adora a los ángeles ni a los santos.
Consideramos los diversos objetos dignos de respeto, pero no les tributamos dotes o poderes especiales. Otro aspecto del culto a la Virgen y a los santos son los nombres: un gran número de personas, creyentes o no, tiene nombres de santos, de la Virgen, de Jesús y no por eso creemos que se cae en la idolatría. Este es un aspecto de dicha veneración.
Las imágenes son recuerdo de las personas, no las personas mismas. Si yo contemplo la foto de mi abuela que ya ha muerto, no significa que amo un trozo de papel a colores, sino que ese trozo de papel me la recuerda. Sé que no es la abuela, y sin embargo, me hace recordar su rostro, su modo de ser y hablar. Si esto puedo hacerlo con un ser querido, ¡con mayor razón lo debiera hacer con lo que nos recuerda a Dios!
Algo similar hacemos con la bandera, con otros símbolos patrios, como monumentos a los héroes, etc. En el caso de los Evangelios: ¿Por qué los besamos? ¿Por qué los cuidamos? Porque son también imagen de Dios, su palabra escrita.
No es que idolatremos un amasijo de papeles, sino que contienen lo que Dios nos ha querido transmitir; por otro lado, la imagen y la palabra se esclarecen mutuamente (Nuevo Catecismo 1160). Con la representación de los santos Cristo es glorificado en ellos (Nuevo Catecismo 1161).
Cabe hacer aquí algún comentario de interés sobre la reforma protestante. Sorprende que varios hermanos separados no se reconozcan luteranos mas hayan hecho propias muchas ideas de Lutero, de modo consciente o inconsciente.
Un ejemplo claro son los principios de la “sola fe” y de la “sola Escritura”. Pero no sólo. Lo que está en el fondo del pensamiento de Lutero contra María y los Santos es su rechazo del concepto de “sacramento”, ya que a su entender ello llevaba confundir lo divino con lo humano (en contra de lo que dice la misma Escritura en Jn 10,34). En el fondo para Lutero ningún ser humano ni la Virgen ni los santos puede considerarse elevado a la vida de gracia.
En 1521 Lutero reconocía aún en María y en los santos el título de intercesores, pero fue cambiando de parecer hasta negarlo (en 1521 cuando escribe su comentario al Magníficat no da a María el título de “abogada”; en 1522, con ocasión del sermón sobre la Navidad, se lo niega de manera explícita). El último paso que dio fue la omisión de la segunda parte del avemaría, a instancias de Zwinglio, ya que consiste en una intercesión o súplica.
Concluyendo, no sólo es bueno llevar una cruz al pecho, besar los evangelios, tener imágenes de Cristo, de la Virgen, de los santos, sino que es una tradición antigua de la Iglesia. Son también un estímulo para nuestra oración.
Desde la antigüedad la Virgen y los santos han sido invocados como intercesores antes Dios: el culto que la Iglesia les tributa está dirigido a Dios mismo. Por eso se nos proponen como modelos seguros de vida cristiana. Entre ellos María desempeña un puesto privilegiado como Madre de Dios, cooperadora en la obra de la redención y figura de la Iglesia.
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 19
Autor: Aci Digital
La Iglesia respeta las imágenes de igual forma que se respeta y venera la fotografía de un ser querido.
Desde la antigüedad, el hombre siempre ha usado pintura, figuras, dibujos y esculturas, entre otros, para darse a entender o explicar algo.
Estos medios sirven para ayudar a visualizar lo invisible; para explicar lo que no se puede explicar con palabras.
Cuando el hombre cayó por el pecado y perdió la intimidad con Dios, comenzó a confundir a Dios con otras cosas y a darles culto como si fueran dioses. Este culto se representaba frecuentemente con esculturas o imágenes idolátricas.
La prohibición del Decálogo contra las imágenes se explica por la función de tales representaciones.
Sin embargo, aún cuando muchas personas piensan que el primer mandamiento prohibe respeto a las imágenes esto no es necesariamente así.
El culto cristiano a lo que representan las imágenes no es contrario al primer mandamiento porque el honor que se rinde a una imagen pertenece a quien en ella es representado. Es decir, al que se venera no a la imagen sino a lo que ésta representa.
En ese sentido, Santo Tomás de Aquino en su monumental Summa Theologiae señala que "el culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado.
Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imagen".
Incluso ya en el Antiguo Testamento, Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado, y como ejemplo de ellos tenemos la serpiente de bronce o el arca de la alianza y los querubines.
Ahora bien, las primeras comunidades cristianas representaron a Jesús con imágenes del Buen Pastor; más adelante aparecerán las del Cordero Pascual y otros iconos representando la vida de Cristo.
Las imágenes han sido siempre un medio para dar a conocer y transmitir la fe en Cristo y la veneración y amor a la Santísima Virgen y a los santos.
Prueba de ellos, son las catacumbas -la mayoría ubicadas en Roma- donde aún se conservan imágenes hechas por los primeros cristianos, como las catacumbas de Santa Priscila, pintadas en la primera mitad del siglo III.
Sin embargo, con la encarnación de Jesucristo se inauguró una nueva economía de las imágenes. Cristo tomó y rescató las enseñanzas del Antiguo Testamento y le dio una interpretación más perfecta en su propia persona.
Antes de Cristo nadie podía ver el rostro de Dios; en Cristo Dios se hizo visible. Antes de Jesús las imágenes con frecuencia representaban a ídolos, se usaban para la idolatría. Ahora, el verdadero Dios quiso tomar imagen humana ya que Él es la imagen visible del Padre.
María y los santos
La Iglesia Católica venera a los santos pero no los adora. Adorar algo o alguien fuera de Dios es idolatría. Hay que saber distinguir entre adorar y venerar. San Pablo enseña la necesidad de recordar con especial estima a nuestros precursores en la fe.
Ellos no han desaparecido en la nada sino que nuestra fe nos da la certeza del cielo donde los que murieron en la fe están ya victoriosos en Cristo.
La Iglesia respeta las imágenes de igual forma que se respeta y venera la fotografía de un ser querido. Todos sabemos que no es lo mismo contemplar la fotografía que contemplar la misma persona de carne y hueso.
No está, pues, la tradición Católica contra la Biblia. La Iglesia es fiel a la auténtica interpretación cristiana desde sus orígenes.
La Iglesia procuró siempre con interés especial que los objetos sagrados sirvieran al esplendor del culto con dignidad y belleza, aceptando la variedad de materia, forma y ornato que el progreso de la técnica ha introducido a lo largo de los siglos.
Más aún: la Iglesia se ha considerado siempre como árbitro de las mismas, escogiendo entre las obras artísticas las que mejor respondieran a la fe, a la piedad y a las normas religiosas tradicionales, y que así resultaran mejor adaptadas al uso sagrado.
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 18
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá | Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Una, la verdadera Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.
El otro día me encontré con un amigo-hermano y, conversando acerca de la Biblia y la Iglesia Católica, me dijo lo siguiente: «Sólo Cristo salva... las iglesias no salvan... todos los caminos llevan a Dios... todos vamos a El por caminos distintos. Da lo mismo una religión que otra».
Le contesté que me extrañaba mucho que él, siendo un hombre inteligente y conocedor de la Biblia, pudiera decir estas cosas que son verdades a medias. Es verdad, le dije, que Jesús es el Señor y Salvador, pero no es verdad que la Iglesia no tiene ninguna importancia.
No podemos negar que Jesús mismo fundó su Iglesia sobre la piedra o roca que es Pedro, y además Jesús entregó las llaves del Reino de los cielos al apóstol Pedro para atar y desatar aquí en la tierra. Esto no lo invento yo, le dije, sino que está claramente escrito en la Biblia.
Y le hice leer a mi amigo el texto del Evangelio de San Mateo 16, 13-19. Es el pasaje bíblico en el que el apóstol Simón Pedro proclama que «Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo.» Y Jesús felicitó a Pedro por esta proclamación de fe, porque realmente esta fe viene de Dios. Luego Jesús dijo algo muy importante a Simón Pedro: «Y ahora, yo te digo:
´Tú eres Pedro, o sea, piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las fuerzas del infierno no la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en los cielos».
¿Qué quiso decir Jesús a Simón Pedro?
1) Jesús da al apóstol Simón un nuevo nombre: «Pedro» (En el texto original griego está escrito «Petra» que significa en castellano ´piedra´, ´roca´). Quiere decir que el apóstol Simón tendrá la función de ser la «piedra» o «roca» sobre la que Cristo fundará su Iglesia. Así Pedro fue señalado por Jesús para ser como la base visible de su Iglesia en la tierra.
2) Jesús da también a Pedro la autoridad de ´atar´ y ´desatar´. Para los judíos ´atar y desatar´ significa declarar lo que es prohibido y lo que es permitido. Por tanto le corresponde a Pedro declarar lo que es permitido y lo que no es permitido en la Iglesia de Cristo.
3) Las fuerzas del demonio no podrán vencer a la Iglesia de Cristo, y por más que intenten hundirla, no lo lograrán.
¿Qué significados tiene la palabra Roca?
Pero mi amigo protestó: «Usted no lee bien la Biblia: ¡Jesús es la única Roca y nadie más!»
Tuvimos que leer otra vez el texto: «Tú eres Pedro, o sea, piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt. 16, 18).
Este texto está muy claro y dice que Pedro es la piedra sobre la cual Jesús edificará su Iglesia.
Le dije también a mi amigo que si bien es cierto que en otras partes de la Biblia está escrito que Jesús es la Roca y la Piedra de base y que no hay otra base fuera de Jesús, en estos lugares, le insistí, la palabra Piedra tiene otro significado:
Veamos tres ejemplos:
«Y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.»
«La base nadie la puede cambiar, ya está puesta y es Cristo.»1 Cor. 3, 11
«Colocó en Sión una piedra de base, escogida y preciosa, quien cree en él no quedará defraudado» (1 Pdr. 2, 4-8).
Según estos textos, Cristo es Piedra viva, Cristo es la base de la fe, Cristo es la Piedra de más valor para los que creen. Y nosotros creyentes, «como piedras vivas debemos entrar en la construcción de este templo espiritual» (1 Pedr. 2, 4 ).
Ahora bien en estos textos, Jesús es la Roca espiritual, es la Piedra de base para los que creen, es la Piedra angular del templo espiritual. Pero cuando Jesús escoge a Pedro como ´piedra de su Iglesia´, no se refiere a una piedra espiritual, sino a la piedra visible de su Iglesia en la tierra. Esta es la diferencia.
¿Quién es hoy Pedro?
Nuevamente, mi amigo se me rebeló y me dijo: «Pero lo que Jesús dice de Pedro no vale para los Papas de Roma».
Meditando bien la Biblia, le dije, nadie puede negar que ya en el A. T. Dios quiso que su Pueblo tuviera un centro visible: Jerusalén, el monte Sión, y además el Pueblo de Dios se había agrupado en torno a los Reyes, hijos de David.
Cuando Dios eligió a David, primer rey de Israel, le prometió que sus hijos, sus sucesores, estarían para siempre encabezando el Reino de Dios (2 Sam. 7, 16) Y esta promesa se verificó en Jesús: «Dios, el Señor, le hará rey como a su antepasado David para que gobierne a Israel por siempre. Y su gobierno nunca terminará» (Lc. 1, 32, 33)
Ahora bien, Jesús eligió a Pedro para que sea para siempre la base visible de su Iglesia. Pero Pedro tenía que morir.
Entonces, en adelante, los sucesores de Pedro -los Papas- serán, uno tras otro, cabeza visible de la Iglesia. Lo mismo que Pedro fue la cabeza visible para los apóstoles y para la Iglesia primitiva, así el Papa es hoy la cabeza visible de la Iglesia.
Jesús sabía muy bien que para mantener su Iglesia a lo largo de los siglos se necesitaba una autoridad visible que pudiera determinar quiénes pertenecen y quiénes no pertenecen al grupo de los creyentes y cómo se debe comprender la fe en Cristo y las exigencias del Evangelio.
Si no hubiera esta autoridad visible la Iglesia de Cristo caería fácilmente en un sin fin de pequeñas iglesias y eso no es la voluntad de Jesús. Esto es precisamente lo que les ha pasado a las Iglesias Evangélicas. Mientras nosotros los católicos somos una sola Iglesia, ellos tienen un sin fin de denominaciones.
El Señor fundó una sola Iglesia y pidió con fervor por la unidad de los creyentes. Esta fue la oración de Jesús: «Padre Santo, cuida con tu poder a los que me diste, para que estén completamente unidos como tú y yo» (Jn. 17, 11).
Además Jesús dijo también que nunca abandonaría a sus apóstoles y a su Iglesia: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta que termine este mundo» (Mt. 28, 20). Aquí hay claramente un compromiso de Jesucristo con su Iglesia en forma definitiva.
Ahora bien, la Iglesia Católica se distingue de las demás Iglesias cristianas porque está fundada sobre los apóstoles de Jesús. Solamente la Iglesia Católica durante dos mil años ha permanecido fiel y unida en torno a sus legítimos sucesores, los obispos. Mantener esta unidad y continuidad ha sido algo único y providencial.
A algunos católicos les cuesta a veces esta comunión con el Papa y les parece más práctico fundar una nueva iglesia reformada al lado de la Iglesia Católica. Esto es lo que ha pasado siempre en su largo caminar a través de estos dos mil años y de ahí han nacido los cismas, algunos de los cuales perduran hasta nuestros días.
Ahora bien, la Iglesia Católica en su conjunto es la única que puede decir que ha permanecido fiel a las enseñanzas de Jesús desde su fundación hasta hoy.
Cuando un católico, acosado por los evangélicos, se cambia de religión y se pasa a las sectas, ciertamente que no piensa en todas estas cosas.
No piensa en la Tradición de la Iglesia Católica a la que renuncia. No piensa en lo que Jesús dijo a Pedro. Tampoco piensa en lo mucho que sufrieron los misioneros que trajeron la fe católica a América y a nuestro país. Ni menos piensa en lo que le dirían sus padres que le inculcaron la fe católica bautizándolo desde su primera edad.
Ojalá que todos los católicos sintamos un legítimo y verdadero orgullo de pertenecer a la única Iglesia que fundó Jesucristo, la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.
Dice el CONCILIO VATICANO:
¿Cómo Jesús edificó la Iglesia?
Jesucristo edificó la santa Iglesia enviando a sus apóstoles como El mismo había sido enviado por el Padre (Jn. 20, 21) y quiso que los obispos, sus sucesores, fueran los pastores de la Iglesia hasta la consumación de los siglos.
¿A quién puso Jesús como principio de la unidad de la fe?
Jesús puso al apóstol Pedro como fundamento visible de la Iglesia y le prometió su asistencia hasta el final de los tiempos.
¿Cómo instituyó Jesús a los apóstoles?
El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que El quiso, eligió a los Doce para que viviesen con El y los envió a predicar el Evangelio.
(Mc. 3, 13) Los instituyó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, y puso al frente de ellos a Pedro, elegido de entre ellos mismos. (Jn. 21, 15)
¿Cómo realizan esta tarea los apóstoles?
Los apóstoles, predicando en todas partes el Evangelio (Mc. 16, 20), reúnen a la Iglesia universal que el mismo Señor fundó y edificó sobre el bienaventurado Pedro, poniendo como Piedra angular del edificio a Cristo Jesús. (Apoc. 21, 14)
¿Quiénes fueron colaboradores de los apóstoles?
Los apóstoles encomendaron desde un principio su ministerio, en diverso grado, a diferentes personas en la Iglesia, a fin de consolidar la obra de Jesús, y así desde un principio delegaron diversas funciones en los presbíteros y en los diáconos estableciéndolos como a sus inmediatos colaboradores en orden a apacentar la grey que Dios les había confiado.
Dice el NUEVO CATECISMO:
¿Cuál es la verdadera Iglesia de Cristo?
La verdadera Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.
¿Cuál es la triple función de la Jerarquía?
La triple misión de la Jerarquía es la de enseñar la verdad revelada, la de santificar a través de los sacramentos y la de gobernarla con su autoridad sagrada.
¿Pueden encontrarse elementos de santificación y de verdad fuera de la Iglesia Católica?
Sí, fuera de la Iglesia Católica pueden encontrarse elementos de verdad y de santificación, pero su plenitud está sólo en la Iglesia Católica.
¿Quiénes son los laicos?
Los laicos son aquellos cristianos que -sin ser sacerdotes o religiosos- están incorporados a Cristo por el Bautismo y participan de la triple función de Cristo: sacerdotal, profética y real.
¿Cuál es la vocación de los laicos?
La vocación propia de los laicos es ocuparse de las realidades temporales y ordenar el mundo según el designio de Dios. A los laicos corresponde ser como la sal y el fermento en medio del mundo.
¿Están también los laicos llamados al apostolado?
Sí, en virtud de su bautismo y de su confirmación, los laicos están llamados por Dios al apostolado y a trabajar para que el Mensaje de Jesús llegue a todos.
Décima del canto a lo Divino
El día de la Ascensión
con un gozo muy profundo
Jesús dijo por el mundo
lleven mi predicación.
Por todo pueblo y nación
prediquen la santa fe
Yo los acompañaré
hasta el final de los tiempos
y en la cruz y en el tormento
junto a ustedes Yo estaré.
Cuestionario
¿Qué dijo Jesús en Mt. 16, 13-19?
¿Qué le dice Jesús a Pedro? ¿Qué significa el poder de «atar y desatar»?
¿Qué significa la palabra «roca» aplicada a Pedro?
¿Quién es hoy Pedro? ¿Qué acontecería si en la Iglesia Católica no hubiera una autoridad visible?
¿Cuál es la causa de las divisiones y subdivisiones entre las iglesias protestantes?
¿Qué garantía de unidad nos da la comunión con el Papa?