por makf | 13 Ago, 2025 | Libro 2
Esta es una historia contada por un soldado que pudo regresar a casa, después de haber peleado en la guerra de Vietnam. Al llegar a San Francisco, le habló a sus padres.
-"Mamá, Papá, voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor. Traigo a un amigo, que me gustaría que se quedara con nosotros".
-"Claro", le contestaron,"nos encantaría conocerlo".
-"Pero hay algo que deben saber", siguió diciendo el hijo. "Él fue herido en la guerra, pisó una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna, él no tiene a dónde ir y quiero que él se venga a vivir con nosotros a casa".
-"Siento mucho el escuchar eso hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en donde él se pueda quedar".
-"No, Mamá y Papá, yo quiero que él viva con nosotros…"
-"Hijo", le dijo el padre, "¿tú no sabes lo que estás pidiendo? Alguien que está tan limitado físicamente, puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que alguien como éste, interfiera en nuestras vidas. Yo pienso que tú deberías regresar a casa, y olvidarte de esta persona, él encontrará una manera en la que pueda vivir él solo".
En ese momento, el hijo colgó la bocina del teléfono. Los padres ya nunca volvieron a escuchar de él.
Unos cuantos meses después, los padres recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto, después de haber caído de un edificio, fue lo que les dijeron. La policía creía que era un suicidio.
Los padres, destrozados por la noticia, volaron a San Francisco, y fueron llevados a la morgue de la ciudad, para identificar a su hijo. Ellos lo reconocieron, pero para su horror, ellos descubrieron algo que no sabían: su hijo tan sólo tenía un brazo y una pierna.
Los padres de esta historia, son como muchos de nosotros. Encontramos muy fácil el amar a esas personas que son hermosas por fuera, o que son entretenidas, pero no nos gusta la gente que nos hace sentir alguna inconveniencia o que nos hace sentir incómodos. Preferimos estar alejados de personas que no son muy saludables, hermosas o inteligentes, como lo somos nosotros.
Afortunadamente, hay una persona que no nos trata de esa manera. Existe Alguien que nos ama con un gran amor, que siempre nos recibirá en su familia, no importa qué tan destrozados estemos, física o mentalmente. Esta noche, antes de irte a dormir, pídele en oración a Dios que te dé la fuerza para que puedas aceptar a la gente tal y como es, y para que nos ayude a ser más comprensivos con esas personas que son diferentes a nosotros.
por makf | 13 Ago, 2025 | Libro 2
-"Mañana en la mañana…," -el cirujano explicaba a un niño: "Abriré tu corazón…"
El niño interrumpió: "Usted encontrará a Jesús ahí".
El cirujano se quedó mirándolo, y continuó: "Cortaré una pared de tu corazón para poder ver el daño completo en tu corazón…"
"Pero cuando usted abra mi corazón, usted encontrará a Jesús ahí".
El cirujano volteó a ver a los padres, quienes estaban sentados tranquilamente: "Cuando ya haya visto todo el daño ahí, planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto".
"Pero Ud. encontrará a Jesús en mi corazón. La biblia lo dice bien claro, que Él vive ahí.
Las alabanzas todas, dicen que Él vive ahí… Usted lo encontrará en mi corazón".
El cirujano pensó que era suficiente: "Te diré que encontraré en tu corazón. Encontraré músculo dañado, baja respuesta de glóbulos rojos y debilidad en las paredes y vaso. Y me daré cuenta si te podemos ayudar". Bien, pero usted encontrará a Jesús ahí también. Es Su hogar, El vive ahí, siempre está conmigo".
El cirujano se fue…; se sentó en su oficina, se puso a grabar
en una grabadora sus estudios previos a la cirugía: "…Aorta dañada, vena pulmonar dañada, degeneración muscular cardíaca masiva, sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable.
Terapia: Analgésicos y reposo absoluto. Pronóstico: -Tomó una pausa-, "muerte dentro del primer año". Detuvo la grabadora. "Pero tengo algo más que decir":
"¿Por qué?", -preguntó en voz alta-. "¿Por qué le hiciste ésto a él? Tú lo pusiste aquí; tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?"
El Señor le contestó y le dijo: "El niño, mi oveja, no pertenecerá a tu rebaño jamás, porque él es parte de mi rebaño, y conmigo siempre estará toda la eternidad.
Aquí en el Cielo, en mi rebaño sagrado, él no sentirá ningún dolor, y será confortado de una manera inimaginable para ti o cualquiera, así que es imposible que tengas la menor idea de lo que voy a hacer…".
Sus padres un día se unirán a él aquí, y conocerán la paz y armonía juntos en mi reino, y mi rebaño continuará creciendo". El cirujano empezó a llorar fuertemente, pero le dio una gran tristeza; no entendía.
-"Tú creaste ese muchacho y también su corazón y morirá en meses. ¿Por qué?"
El Señor contestó: "El niño, mi oveja, ya es tiempo que regrese a su rebaño, porque su tarea en la tierra ya la cumplió.
Hace algunos años, envié una oveja mía también, para que ayudara a sus hermanos; Le di dones de doctor, pero con tanta ciencia se olvidó de su Creador. Así que envié a mi oveja…, el niño enfermo, no para perderlo en los rebaños de humanos perdidos; al contrario, regresa a mí, y me trajo a mi oveja perdida a mí también".
El cirujano lloró…, lloró…., y lloró.
Después de la cirugía, el cirujano se sienta al lado de la cama del niño, y los padres del niño lo hacen en frente del médico.
El niño despertó, y rápido murmurando, preguntó:
"¿Abrió mi corazón?"
"Si," dijo el cirujano.
"¿Qué encontró?" preguntó el niño.
"Tenías razón, encontré a Jesús ahí", dijo el cirujano.
por makf | 13 Ago, 2025 | Libro 2
Una nena, diariamente, va y vuelve caminando a la escuela.
A pesar del mal tiempo de aquella mañana, y de las nubes que se estaban formando, ella hace su camino diario.
Con el pasar del tiempo, los vientos aumentaron junto a rayos y truenos.
La madre pensó que su hija podría tener mucho miedo en el camino de vuelta, pues ella misma estaba asustada con los rayos y truenos.
Preocupada, la madre rápidamente entró en su auto, y se dirigió por el camino en dirección a la escuela.
En el camino, ella vio a su hija caminando, y notó, que a cada relámpago, la niña paraba, relámpago, la niña paraba, miraba hacia arriba y ¡Sonreía!
Otro y otro trueno ¡y en cada uno, ella paraba, miraba hacia arriba y sonreía!
Finalmente, la niña entró en el auto, y la madre curiosa le fue preguntando:
- "¿Qué estabas haciendo?" La niña respondió:
- "Sonriendo ¡Dios no para de sacar fotos mías!"
Dejemos que toda inocencia florezca en nuestros corazones para que podamos ver la bella y real felicidad, que está en los momentos de simplicidad…
por makf | 13 Ago, 2025 | Libro 2
Un día, acudí a mi padre con uno de mis muchos problemas de aquel entonces… Me contestó como Cristo a sus discípulos, con una parábola:
"Hija, ya no eres más una simple y endeble rama; has crecido y te has transformado, eres ahora un árbol en cuyo tronco un tierno follaje empieza a florecer. Tienes que darle vida a esas ramas. Tienes que ser fuerte, para que ni el agua, ni el día, ni los vientos te embatan. Debes crecer como los de tu especie, hacia arriba.
Algún día, vendrá alguien a arrancar parte de tí, parte de tu follaje. Quizá sientes tu tronco desnudo, mas piensa que esas podas siempre serán benéficas, tal vez necesarias para darte forma, para fortalecer tu tronco y afirmar sus raíces.
Jamás lamentes las adversidades, sigue creciendo, y cuando te sientas más indefensa, cuando sientas que el invierno ha sido crudo, recuerda que siempre llegará una primavera que te hará florecer…
Trata de ser como el roble, nunca un bonsái."
Ahora quisiera tener a mi padre conmigo, y darle las gracias por haber nacido, por haber sido, por haber tenido, por haber triunfado y por haber fracasado.
Si acaso tuviera mi padre a mi lado, podría agradecerle su preocupación por mí, podria agradecerle sus tiernas caricias, que no por escasas, sinceras sentí.
Si acaso tuviera a mi padre conmigo, le daría las gracias por estar aquí, le agradecería mis grandes tristezas, sus sabios regaños, sus muchos consejos, y los grandes valores que sembró en mi.
Si acaso mi padre estuviera conmigo, podríamos charlar como antaño fue, de cuando me hablaba de aquello del árbol, que debe ser fuerte y saber resistir, prodigar sus frutos, ofrecer su sombra, cubrir sus heridas, forjar sus firmezas y siempre seguir.
Seguir luchando, seguir perdonando, seguir olvidando, y siempre …seguir.
Si acaso tuviera a mi padre a mi lado, le daría las gracias…, porque de él nací.
por makf | 13 Ago, 2025 | Libro 2
¿Papito… Cuánto me amas?
El día que mi María José nació, en verdad no sentí gran alegría, porque la decepción que sentía parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo. Yo quería un varón. A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y la otra radiante y dormilona.
En pocos meses, me dejé cautivar por la sonrisa de María José, y por el negro de su mirada fija y penetrante. Fue entonces cuando empecé a amarla con locura; su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento, todo se lo quería comprar, la miraba en cada niño o niña, hacía planes, todo sería para mi María José.
Este relato era contado a menudo por Rodolfo, el padre de María José. Yo también sentía gran afecto por la niña que era la razón más grande para vivir de Rodolfo, según decía él mismo.
Una tarde, cuando estábamos mi familia y la de Rodolfo haciendo un paseo a la orilla de una laguna cerca de casa, la niña entabló una conversación con su papá; todos escuchábamos :
- Papi, cuando cumpla quince años, ¿cuál será mi regalo?.
Pero mi amor si apenas tienes diez añitos, ¿no te parece que falta mucho para esa fecha?.
- Bueno, papi, tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí.
La conversación se extendía, y todos participamos de ella. Al caer el sol, regresamos a nuestras casas. Una mañana, me encontré con Rodolfo en frente del colegio donde estudiaba su hija, quien ya tenía catorce años.
El hombre se veía muy contento, y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo, me mostró el registro de calificaciones de María José; eran notas impresionantes, ninguna bajaba de diez puntos, y los estímulos que les habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores.
Felicité al dichoso padre, y le invité a un café. María José ocupaba todo el espacio en casa, en la mente y en el corazón de la familia, especialmente el de su padre. Fue un domingo muy temprano cuando nos dirigíamos a misa, cuando María José tropezó con algo, eso creímos todos, y dio un traspié; su papá la sostuvo de inmediato para que no cayera.
Ya instalados en nuestros asientos, vimos cómo María José fue cayendo lentamente sobre la banca, y casi perdió el conocimiento. La tomé en brazos, mientras su padre buscaba un taxi, y la llevamos al hospital. Allí permaneció por 10 días, y fue entonces cuando le informaron que su hija padecía de una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero no era algo definitivo, debían practicarle otras pruebas para llegar a un diagnóstico firme.
Los días iban transcurriendo; Rodolfo renunció a su trabajo, para dedicarse al cuidado de María José; su madre quería hacerlo, pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él. Una mañana, Rodolfo se encontraba al lado de su hija cuando ella le preguntó:
¿Voy a morir, no es cierto?. Te lo dijeron los médicos. No, mi amor, no vas a morir,
Dios, que es tan grande, no permitiría que pierda lo que más he amado en el mundo
respondió el padre. ¿Van a algún lugar?. ¿Pueden ver desde lo alto a las personas
queridas?. ¿Sabes si pueden volver?. Bueno hija, respondió, en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo sobre éso, pero si yo muriera, no te dejaría sola.
Estando en el mas allá, buscaría la manera de comunicarme contigo; en última instancia
utilizaría el viento para venir a verte.
¿Al viento?. Replicó María José. ¿Y cómo lo harías?. No tengo la menor idea,
hija, sólo sé que si algún día muero, sentirás que estoy contigo cuando un suave viento roce tu cara, y una brisa fresca bese tus mejillas.
Ese mismo día por la tarde llamaron a Rodolfo, el asunto era grave, su hija estaba muriendo; necesitaban un corazón, pues el de ella no resistiría sino unos 15 ó 20 días más.
¡Un corazón!. ¿Dónde hallar un corazón?. ¿Lo vendían en la farmacia acaso, en el supermercado, o en una de esas grandes tiendas que anuncian por radio y televisión?. ¡Un corazón!. ¿Dónde?. Ese mismo mes, María José cumpliría sus quince años. Fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante; las cosas iban a cambiar. El domingo por la tarde, ya María José estaba operada. Todo salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total!.
Sin embargo, Rodolfo no había vuelto por el hospital, y María José lo extrañaba muchísimo su mamá le decía que ya que todo estaba bien; ahora sería él quien trabajaría para sostener a la familia.
María José permaneció en el hospital por 15 días más; los médicos no habían querido dejarla ir, hasta que su corazón estuviera firme y fuerte, y así lo hicieron. Al llegar a casa, todos se sentaron en un enorme sofá, y su mamá, con los ojos llenos de lágrimas, le entregó una carta de su padre:
María José, mi gran amor: "Al momento de leer mi carta, debes tener 15 años, y un corazón fuerte latiendo en tu pecho; esa fue la promesa de los médicos que te operaron. No puedes imaginarte, ni remotamente, cuánto lamento no estar a tu lado en este instante.
Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías 10 años, y la cual no respondí. Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás ha hecho. Te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras. ¡Vive, hija!. Te amo…
María José lloró todo el día, y
toda la noche. Al día siguiente,
fue al cementerio y se sentó
Sóbre la tumba de su papá; lloró como nadie lo ha hecho.
- "Papi, ahora puedo comprender cuánto me amabas; yo también te amaba aunque nunca te lo dije. Por eso, también comprendo la importancia de decir TE AMO. Y te pediría perdón por haber guardado silencio".
- En ese instante, las copas de los árboles se movieron suavemente, cayeron algunas flores, y una suave brisa rozó las mejillas de María José. Alzó la mirada al cielo, sonrió con ternura, se levantó y caminó a casa.
A veces, "dar la vida", es renunciar a lo que más quieres, para que "otras personas" tengan vida…
"Dar la vida", es que tu cansancio haga que "otros" descansen…
"Dar la vida", significa agotarte, renunciar a tus gustos y diversiones para que “ellos” sean felices… aunque tú pierdas lo que más amas en el mundo.