por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús viene de Ensemes hacia Betania.
Deben haber hecho una marcha verdaderamente fatigosa por los altos, empinadísimos senderos de los montes Adomín.
Los apóstoles, jadeantes, a duras penas logran seguir a Jesús, que va raudo, como si el amor lo llevara en sus alas de fuego, y tiene una sonrisa radiante mientras camina precediendo al grupo, con la cabeza alta bajo los suaves rayos del sol de mediodía.
Antes de que lleguen a las primeras casas de Betania, lo ve un muchachito descalzo que va con un ánfora de cobre vacía hacia la fuente de los aledaños del pueblo. El muchacho grita, deja en el suelo el ánfora y se echa a correr con toda la velocidad de sus piernecitas hacia el interior del pueblo.
-Está claro que va a avisar de tu llegada -observa Judas Tadeo quien, como todos los demás, ha sonreído por la resolución… enérgica del muchachito, que ha dejado incluso su ánfora a la merced del primero que pase.
La pequeña ciudad, vista así, desde la fuente, que está un poco elevada respecto a ella, aparece serena, como desierta.
El humo gris que sube de las chimeneas es el único indicio de la presencia de las mujeres -ocupadas en preparar la comida del mediodía-en las casas, mientras que alguna voz gruesa varonil, entre los olivos y 1os grandes y silenciosos huertos de frutales, advierte de que los hombres están en su trabajo. A pesar de todo, Jesús prefiere tomar una callejuela que pasa por detrás del pueblo, para poder llegar a la casa de Lázaro sin llamar la atención de los habitantes.
Están casi a mitad de trayecto cuando perciben detrás de ellos al muchachito de antes, que los adelanta corriendo y luego se planta en medio de la calle y mira, pensativo, a Jesús…
-Paz a ti, pequeño Marcos. ¿Por qué te has marchado corriendo? ¿Es que tenías miedo de mí? -pregunta Jesús acariciándolo.
-Yo no, Señor. Yo no he tenido miedo. Pero como durante muchos días Marta y María han mandado a criados suyos a los caminos que vienen aquí, para ver si venías, pues ahora que te he visto he ido corriendo a decir que venías…
-Has hecho bien. Las hermanas prepararán su corazón para verme.
-No, Señor. Las hermanas no se prepararán nada porque no saben nada. No han querido que lo dijera. Me han agarrado cuando he dicho al entrar en el jardín: "Está el Rabí", y me han echado afuera diciendo: "Eres o un mentiroso o un estúpido. Él ya no viene, porque a estas alturas está seguro de que ya no puede hacer el milagro". Y como yo decía que sí que eras Tú, me he llevado dos tortazos como nunca hasta ahora me había llevado… Mira qué rojos tengo los carrillos. ¡Me queman! Y me han echado a empujones diciendo:
"Esto para que te purifiques de haber mirado a un demonio". Y yo te miraba para ver si te habías vuelto un demonio. Pero no lo veo… Sigues siendo mi Jesús, tan guapo como los ángeles de que me habla mi mamá.
Jesús se agacha a besarlo en los carrillos que han recibido las bofetadas y dice:
-Así se te pasará el picor. Me duele que hayas sufrido por mí…
-Yo no, Señor, porque esos tortazos han hecho que me dieras dos besos -y se agarra a las piernas de Jesús esperando otros besos.
-Respóndeme, Marcos. ¿Quién te ha echado? ¿Los de Lázaro? -pregunta Judas Tadeo.
-No. Los judíos. Vienen para el duelo todos los días. ¡Son muchos! Están en casa y en el jardín. Vienen pronto y se marchan tarde. Parecen los amos. Maltratan a todos. ¿Ves como no hay nadie por las calles? Los primeros días la gente observaba… pero luego… Ahora sólo nosotros, los niños, estamos en las calles… ¡Ay, mi ánfora! Mi mamá esperando el agua… ¡Ahora me va a pegar también ella!…
Sonríen todos al ver la desolación del niño ante la perspectiva de otros bofetones. Jesús dice:
-Ve pues, rápido…
-Es que… quería entrar contigo y verte hacer el milagro… -y termina: -y ver sus caras… para vengarme de los tortazos…
-Eso no. No debes desear venganza. Debes ser bueno y perdonar… Pero tu mamá está esperando el agua…
-Voy yo, Maestro. Sé dónde vive Marcos. Le explico a la mujer lo que ha sucedido y luego te alcanzo… -dice Santiago de Zebedeo, y se marcha rápidamente.
Reanudan el camino lentamente. Jesús lleva de la mano al niño, que va todo alborozado…
Ya están delante del vallado del jardín. Lo orillan. Hay muchas cabalgaduras atadas a él, vigiladas por los criados de cada uno de los propietarios. El bisbiseo que se alza capta la atención de algún judío, que se vuelve hacia la cancilla abierta, justo en el momento en que Jesús cruza el umbral del jardín.
-¡El Maestro! -dicen los primeros que lo ven. Y esta palabra corre, como el frufrú del viento, de un grupo a otro, y se propaga y va -llevada por los muchos judíos presentes, o por algún fariseo, rabí o escriba o saduceo esparcidos por el lugar-, va, cual ola lejana que viene a romperse en la orilla, a chocar contra las paredes de la casa, y penetra en ésta.
Jesús se adentra muy lentamente, a la par que todos, aun acudiendo de todas las partes, se apartan del paseo por el que Él va. Y, dado que ninguno lo saluda, Él no saluda a ninguno, como si no conociera a muchos de los que están congregados allí mirándolo con ira y odio en sus ojos (excepto los pocos que, siendo discípulos ocultos suyos, o por lo menos siendo de recto corazón aunque no lo amen como Mesías, lo respetan como a un justo). Y éstos son:
José, Nicodemo, Juan, Eleazar, el otro Juan (escriba, ya visto en la multiplicación de los panes), y el otro Juan (el que sació el hambre de los que habían bajado del monte de las bienaventuranzas), Gamaliel y su hijo, Josué, Joaquín, Manahén, el escriba Joel de Abías (encontrado en el Jordán en el episodio de Sabea), José Bernabé, discípulo de Gamaliel, Cusa, que mira a Jesús desde lejos, un poco amedrentado por verlo de nuevo después del error cometido, o quizás cohibido por el respeto humano que le impide acercarse como amigo. Lo cierto es que ni los amigos, u observadores sin odio, ni los enemigos, saludan.
Y Jesús no saluda. Se ha limitado a un gesto de inclinación no personalizado, al poner pie en el paseo; luego ha seguido recto, como ajeno a la mucha gente que tiene ahí. El muchachito sigue a su lado, vestido como un labradorcito, descalzos sus pies como un niño pobre, pero con una cara luminosa, propia de uno que está de fiesta, y con sus ojitos negros, vivos, bien abiertos para verlo todo… y para desafiar a todos…
Marta sale de la casa, rodeada de un grupo de judíos venidos de visita, entre los cuales están Elquías y Sadoq.
Pone la mano como visera, para ayudar a los ojos cansados de llanto, dolorosamente sensibles a la luz, para ver dónde está Jesús. Lo ve. Se separa de quienes la acompañan y corre hacia Jesús, que está a pocos pasos del estanque brillante de reflejos por el sol que en él incide.
Se arroja a los pies de Jesús después de la primera reverencia, y le besa los pies mientras, en medio de un fuerte estallido de llanto, dice:
-¡La paz a ti, Maestro!
También Jesús le ha dicho, en cuanto la ha visto cerca:
-¡La paz a ti! -y ha levantado su mano para bendecir. Para ello, ha soltado la mano del niño, al cual Bartolomé toma y retira un poco hacia atrás.
Marta prosigue:
-Pero ya no hay paz para tu sierva.
Levanta la cara hacia Jesús, siguiendo de rodillas, y, con un grito de dolor que se oye bien en el silencio que se ha creado, exclama:
-¡Lázaro ha muerto! Si hubieras estado aquí, no habría
muerto. ¡Por qué no has venido antes, Maestro?
Expresa un involuntario tono de reproche al hacer esta pregunta. Luego vuelve al tono abatido de una persona que ya no tiene fuerzas para reprochar y cuyo único consuelo es el poder recordar los últimos movimientos y deseos de un hermano al que se ha tratado de dar lo que deseaba (de forma que no existe remordimiento en el corazón):
-¡Te ha llamado muchas veces Lázaro, nuestro hermano!… Ahora, ya lo ves. Yo estoy acongojada y María llora y no encuentra resignación. Y él ya no está aquí. ¡Tú sabes cómo lo queríamos! ¡Esperábamos todo de ti!…
Un murmullo de compasión hacia la mujer y de censura hacia Jesús, un asentimiento al pensamiento implícito: "y podías habernos escuchado, porque nosotras lo merecemos por el amor que te profesamos, y, sin embargo, has quebrado nuestra esperanza" va de un grupo a otro de gente, de personas que menean la cabeza y miran burlonamente. Sólo los pocos, ocultos discípulos que están esparcidos entre la numerosa gente congregada tienen miradas de compasión hacia Jesús, que escucha, muy pálido y triste, a esta Marta angustiada que le está hablando.
Gamaliel, cruzados sus brazos, vestido con su amplia y rica túnica de lana finísima adornada con caireles azules, un poco aparte, rodeado de un grupo de jóvenes entre los que están su hijo y José Bernabé, mira fijamente a Jesús, sin odio ni amor.
Marta, habiéndose enjugado la cara, sigue diciendo:
-Pero sigo esperando, porque sé que el Padre te concederá cualquier cosa que Tú le pidas.
Una dolorosa, heroica profesión de fe, expresada con voz temblorosa de llanto, con ansia temblorosa en la mirada, con la última esperanza, temblorosa, en el corazón.
-Tu hermano resucitará. Levántate, Marta.
Marta se levanta, aunque permanece inclinada ante Jesús en señal de veneración, y responde:
-Lo sé, Maestro. Resucitará en el último día.
-Yo soy la Resurrección y la Vida. El que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y quien crea y viva en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú todo esto?
Jesús, que antes había hablado con voz más bien baja únicamente a Marta, alza el tono de la voz para decir estas frases con que proclama su potencia de Dios, y el perfecto timbre de aquélla resuena como tañido de oro en el vasto jardín. Un estremecimiento, casi de espanto, sacude a los presentes; pero luego algunos hacen sonrisas maliciosas y menean la cabeza.
Marta -a quien Jesús, teniendo apoyada una mano sobre su hombro, parece querer transfundirle una esperanza cada vez más fuerte-que tenía baja la cabeza, alza la cara. La alza hacia Jesús, y fija sus ojos afligidos en las luminosas pupilas de Cristo. Entonces, apretando las manos contra el pecho con un ansia distinta, responde:
-Sí, Señor, Yo creo esto. Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que ha venido al mundo. Y que puedes todo lo que quieres. Creo. Voy a avisar a María -y se marcha rápida. Desaparece dentro de la casa.
Jesús permanece donde está. Es decir, da algunos pasos hacia delante y se acerca al cuadro de jardín que rodea al estanque, cuadro todo sembrado de brillantes por ese lado, debido al fino polvillo acuoso del surtidor, inclinado, como si fuera una plumita de plata, hacia ese lado por un leve vientecillo; y parece perderse, Jesús, contemplando los zigzagueos de los peces bajo el velo de agua cristalina. Y sus juegos, que ponen comas de plata y visos de oro en el cristal de esa agua en que el sol incide.
Los judíos lo observan. Involuntariamente, se han separado formando grupos bien distintos. Por una parte, frente a Jesús, todos los enemigos suyos, habitualmente divididos entre sí por espíritu sectario pero que ahora se armonizan en hostigarlo.
A su lado, detrás de los apóstoles (a los que se ha unido Santiago de Zebedeo), José, Nicodemo y los otros de espíritu benévolo. Más allá, Gamaliel, que sigue en su sitio y en su postura de antes, y que está solo, porque su hijo y sus discípulos se han separado para distribuirse entre los dos grupos principales para estar más cerca de Jesús.
Con su grito habitual: « ¡Rabbuní!», María sale de la casa y corre hacia Jesús extendiendo hacia delante los brazos. Se arroja a sus pies. Le besa los pies entre fuertes sollozos. Una serie de judíos, que estaban en casa con ella y que la han seguido, unen sus llantos, de dudosa sinceridad, al de ella. También Maximino, Marcela, Sara y Noemí han seguido a María, y lo mismo todos los dependientes de casa. Los lamentos son fuertes y altos.
Creo que dentro de la casa no ha quedado nadie. Marta, al ver llorar así a María, llora fuertemente también.
-¡La paz a ti, María. ¡Álzate! ¡Mírame! ¿Por qué este llanto, como el de uno que no tiene esperanza?
Jesús se inclina, para decir en tono bajo estas palabras, sus ojos en los ojos de María, que, estando de rodillas, relajada sobre sus talones, tiende hacia Él las manos en un gesto de invocación; y que, debido a su fuerte sollozo, no puede hablar.
-¿No te dije que esperaras más allá de lo creíble para ver la gloria de Dios? ¿Acaso ha cambiado tu Maestro, para que hubiera motivo de angustiarse de esa manera?
Pero María no recoge estas palabras que quieren prepararla ya a una alegría demasiado fuerte después de tanta angustia. Grita, por fin dueña de su voz:
-¡Oh, Señor! ¿Por qué no has venido antes? ¿Por qué te has alejado tanto de nosotros? ¡Sabías que Lázaro estaba enfermo! Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano., ¿Por qué no has venido? Tenía que mostrarle todavía que le amabas. Él debía vivir. Yo debía mostrarle que perseveraba en el bien. ¡Mucho angustié a mi hermano!
¿Y ahora? ¡Ahora que podía hacerlo feliz, me ha sido arrebatado! Tú podías conservármelo. Podías haber dado a la pobre María la alegría de consolarlo después de haberle causado tanto dolor. ¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Maestro mío!
¡Salvador mío! ¡Esperanza mía! -y cae otra vez al suelo, con la frente sobre los pies de Jesús, que reciben otra vez el lavacro del llanto de María. Y gime:
-¿Por qué has hecho esto, Señor? Incluso por los que te odian y gozan de todo esto que está sucediendo… ¿Por qué has hecho esto, Jesús?
Pero no hay reproche en el tono de María, como lo ha habido en el de Marta. María tiene sólo esa angustia de quien, además de su dolor de hermana, siente también el de discípula que percibe menoscabado en el corazón de muchos el concepto de su Maestro.
Jesús, muy agachado para recoger estas palabras susurradas rostro en tierra, se yergue y dice fuerte:
-¡María, no llores! También tu Maestro sufre por la muerte del amigo fiel… por haber debido dejarlo morir…
¡Oh, qué risitas y miradas de rencoroso júbilo hay en las caras de los enemigos de Cristo! Lo sienten vencido, y exultan, mientras que los amigos se ponen cada vez más tristes.
Jesús dice aún más fuerte:
-Pero Yo te digo: no llores. ¡Álzate! ¡Mírame! ¿Crees tú que Yo, que te he amado tanto, he hecho esto sin motivo?
¿Eres capaz de pensar que te he dado este dolor inútilmente? Ven. Vamos donde Lázaro. ¿Dónde lo habéis puesto?
Jesús, más que a María y a Marta -las cuales, llorando ahora más violentamente, no hablan-, pregunta a todos los demás, especialmente a los que han salido de la casa con María y parecen los más turbados. Quizás son parientes más mayores, no lo sé.
Y éstos responden a Jesús, que está visiblemente compungido:
-Ven y velo tú -y se encaminan hacia el sitio del sepulcro, que está en el extremo del huerto, en un lugar en que el suelo tiene ondulaciones y vetas de roca calcárea que afloran a la superficie.
Marta, al lado de Jesús, que ha forzado a María a ponerse en pie y la está guiando porque está cegada por el fuerte llanto, indica con la mano a Jesús dónde está Lázaro; y, llegados al lugar, dice:
-Ahí es, Maestro, donde tu amigo está sepultado -y señala hacia la piedra que está puesta oblicuamente contra la boca del sepulcro.
Jesús, para ir a ese sitio, seguido por todos, ha tenido que pasar por delante de Gamaliel. Pero ni Él ha saludado a Gamaliel ni Gamaliel lo ha saludado a Él.
Luego, Gamaliel se ha unido a los otros y se ha parado, igual que todos los más inflexibles fariseos, a unos metros del sepulcro. Jesús, por su parte, sigue adelante, hasta muy cerca de la tumba, junto con las hermanas, con Maximino y con esos que quizás son los parientes. Jesús contempla la pesada piedra, que hace de puerta del sepulcro y de pesado obstáculo entre Él y el amigo fenecido, y llora. El llanto de las hermanas aumenta, como también el de los íntimos y familiares.
-¡Quitad esta piedra! -grita Jesús al improviso, habiendo enjugado antes su llanto.
En todos se manifiesta un gesto de estupor. Un murmullo recorre la aglomeración de gente, que ha crecido con algunos de Betania que han entrado en el jardín y se han agregado a los convocados. Veo a algunos fariseos que se tocan la frente meneando la cabeza como diciendo: « ¡Está loco!».
Nadie ejecuta la orden. Hasta los más fieles titubean y sienten repulsa por hacerlo. Jesús repite más fuerte su orden, haciendo estremecerse más todavía a la gente, la cual, experimentando dos sentimientos opuestos, hace ademán como de huir y, inmediatamente después, de acercarse más, para ver, desafiando el inminente hedor del sepulcro que Jesús quiere ver abierto.
-Maestro, no se puede -dice Marta esforzándose en contener el llanto para hablar -Hace ya cuatro días que está ahí abajo. ¡Y Tú sabes de qué enfermedad ha muerto!
Sólo nuestro amor podía cuidarlo… Ahora, sin duda alguna y a pesar de los ungüentos, olerá fuertemente… ¿Qué quieres ver? ¿Su podredumbre?… No se puede… incluso por la impureza de la corrupción y…
-¿No te Es un grito de voluntad divina… Un « ¡oh!» quedo brota de todos los pechos. Palidecen las caras Alguno tiembla, como si hubiera pasado por todos un viento gélido de muerte.
Marta hace una señal a Maximino, y éste ordena a los dependientes de la casa que cojan las herramientas que se requieren para quitar la pesada piedra.
Ellos se marchan, a buen paso. Vuelven con picos y fuertes palancas. Y trabajan: introducen las puntas de los relucientes picos entre la roca y la piedra; sustituyen luego los picos por las palancas; en fin, retiran cuidadosamente la piedra haciéndola rodar por un lado para correrla luego cautamente hasta la pared rocosa.
Un hedor pestilente sale de la galería oscura y hace retroceder a todos.
Marta pregunta en voz baja: -Maestro, ¿quieres bajar ahí? Si quieres bajar, se necesitan antorchas…
Pero el pensamiento de tener que hacerlo la pone pálida.
Jesús no le responde. Alza los ojos al cielo, abre los brazos en cruz y ora con voz fortísima, recalcando bien las palabras:
-¡Padre! Te doy gracias por haberme escuchado. Sabía que siempre me escuchas. Pero lo he dicho por estos que están aquí, por la gente que tengo a mi alrededor, ¡para que crean en ti, en mí, en que Tú me has enviado!
Permanece así unos momentos. Tan transfigurado está, que parece raptado en éxtasis. Mientras, sin sonido de voz, dice otras, secretas palabras de oración o adoración, no sé.
Lo que sí sé es que está tan espiritualizado, que no se le puede mirar sin sentirse temblar el corazón en el pecho.
Parece hacerse, de cuerpo, luz; espiritualizarse, crecer en estatura, elevarse del suelo. Aun conservando sus colores de pelo, ojos, piel, indumentos -no como durante la transfiguración del Tabor, durante la cual todo se hizo luz y blancor deslumbrantes-, parece emanar luz y que todo en Él se haga luz. La luz parece ponerle alrededor una aureola, especialmente en torno al rostro, elevado al cielo y arrobado en la contemplación del Padre.
Está así un rato. Luego vuelve a ser Él, el Hombre, aunque con una majestad poderosa. Se acerca hasta el umbral del sepulcro. Mueve los brazos -hasta ese momento los había tenido extendidos en cruz y con las palmas vueltas hacia el cielo-, los mueve hacia delante; vuelve las palmas hacia abajo: las manos, por tanto, están ya dentro de la galería del sepulcro y su blancor resalta en la negrura que la llena.
Él hunde en esa negrura muda el fuego azul de sus ojos, cuyo fulgor de milagro es hoy insostenible; y, con voz potente, con un grito que es mayor que cuando en el lago mandó al viento calmarse, con una voz cual en ningún otro milagro lo he oído, grita:
-¡Lázaro! ¡Sal fuera!
La voz, por el eco, se refleja en la cavidad sepulcral, y se expande, para salir luego a todo el jardín; y retumba en los desniveles de las ondulaciones de Betania: yo creo que llega hasta las primeras lomas que se elevan más allá de la campiña, y desde allí vuelve, repetida y queda, cual imperativo que no cesa; lo cierto es que desde infinitas partes se oye: « ¡fuera! ¡fuera! ¡fuera!».
Todos sienten un estremecimiento más intenso, y, si la curiosidad tiene clavados a todos en sus sitios, las caras palidecen y los ojos se dilatan, mientras las bocas se entreabren involuntariamente con el grito de estupor ya en la garganta.
Marta, un poco hacia atrás y al lado, está como hechizada mirando a Jesús. María cae de rodillas; ella, que no se ha separado nunca de su Maestro, cae de rodillas en el umbral del sepulcro, con una mano en el pecho para frenar los latidos del corazón y la otra agarrada, inconsciente y convulsamente, a un extremo del manto de Jesús (y se comprende que tiembla, porque el manto recibe leves vibraciones de la mano que lo aferra).
Algo, de color blanco, parece surgir del fondo profundo de la galería. Primero es una casi imperceptible, pequeña línea convexa; luego se transforma en una forma oval; luego a este óvalo se le añaden líneas más amplias, más largas, cada vez más largas… Y el que estaba muerto, envuelto en su mortaja, va acercándose lentamente, va siendo cada vez más visible, espectral, impresionante.
Jesús retrocede, retrocede, insensiblemente, pero continuamente a medida que el otro avanza; la distancia entre los dos es, por tanto siempre igual.
María debe soltar el borde del manto, pero no se mueve de donde está. La alegría, la emoción, todo, la clavan al sitio en que estaba. Un «¡oh!» cada vez más nítido sale de las gargantas, cerradas antes por un espasmo de espera: de susurro casi imperceptible, pasa a ser voz; de voz, a grito potente.
Lázaro está ya en el umbral. Ahí se para, rígido, mudo, semejante a una estatua de yeso apenas esbozada (por tanto, informe); una forma larga, estrecha en la cabeza, estrecha en las piernas, más ancha en el tronco, macabra como la misma muerte, espectral con el blancor de la mortaja sobre el fondo oscuro del sepulcro.
A la luz del sol que incide en él, se ve que la mortaja ya chorrea podredumbre por varios puntos.
Jesús grita fuerte:
-¡Desatadlo y dejadlo libre! ¡Dadle ropa y comida!
-¡Maestro!… -dice Marta, y quizás querría decir más.
Pero Jesús la mira fijamente y la subyuga con su fúlgida mirada; dice:
-¡Aquí ¡Enseguida! ¡Traed una túnica! ¡Vestidlo en presencia de todos y dadle de comer!
Da órdenes, pero no se vuelve ni una sola vez a mirar a los que tiene detrás y en torno. Sus ojos miran sólo a Lázaro, a María, que está cerca del resucitado y sin preocuparse del asco que da a todos la mortaja purulenta, y a Marta, que jadea como si se le estallase el corazón y no sabe si gritar su alegría o si llorar…
Los criados se apresuran a ejecutar las órdenes. Noemí es la primera que se pone en movimiento, rápida, y la primera que vuelve, con la ropa colgada en el brazo. Algunos desatan los lazos de las vendas, después de haberse remangado y haberse ceñido las túnicas para que no toquen la podredumbre que fluye. Marcela y Sara vuelven con ánforas de perfumes, seguidas de criados, unos con barreños y ánforas que despiden vapor de agua, otros con bandejas, tazas llenas de leche, y vino, fruta, tortas cubiertas de miel.
Las vendas, estrechas y larguísimas, de lino creo, con bordes en los dos lados, tejidas, claro está, para ese uso, se desenrollan como rollos de cinta de una gran bobina, y se van acumulando en el suelo, cargadas de ungüentos aromáticos y de podredumbre. Los criados las apartan haciendo uso de palos. Han empezado por la cabeza, donde también hay materia purulenta (sin duda, supurada por la nariz, las orejas y la boca).
El sudario colocado sobre la cara está todo empapado de estas supuraciones que ensucian el rostro de Lázaro (un rostro palidísimo, esqueletado, con los ojos cerrados por los ungüentos puestos en las órbitas, y con el pelo apelmazado, al igual que la barbita rala del mentón).
Va cayendo lentamente la sábana, el sudario colocado en torno al cuerpo, a medida que las vendas van bajando, bajando, bajando, liberando así el tronco que habían tenido oprimido durante días, devolviendo así forma humana a lo que antes habían hecho parecer una gran crisálida.
Los osudos hombros, los brazos esqueletados, las costillas apenas cubiertas de piel, el vientre hundido van apareciendo lentamente. Y a medida que las vendas van cayendo, las hermanas, Maximino, los criados, dan en quitar el primer estrato de suciedad y de bálsamos, e insisten hasta que -cambiando continuamente el agua y añadiendo a ellas productos aromáticos que las hacen detergentes-la piel aparece limpia.
Lázaro, cuando le liberan la cara y puede mirar, dirige su mirada a Jesús, antes incluso que a sus hermanas, y, mirando a su Jesús con una sonrisa de amor en los pálidos labios y un brillo de llanto en las profundas órbitas, se olvida y abstrae de todo lo que sucede. También Jesús le sonríe con un brillo de llanto en el lagrimal de los ojos, y, sin hablar, dirige la mirada de Lázaro al cielo; Lázaro comprende, y mueve los labios en una silenciosa oración.
Marta piensa que quiere decir algo y que todavía no tiene voz, y pregunta:
-¿Qué me dices, Lázaro mío?
-Nada, Marta. Daba gracias al Altísimo.
La pronunciación es segura, fuerte la voz. La gente exhala un nuevo «¡oh!» de estupor. Ya le han liberado hasta las caderas (liberado y limpiado). Ya pueden vestirlo con la túnica corta, una especie de camisón que supera la ingle y cuelga sobre los muslos.
Le sugieren que se siente para desatarlo y lavarle las piernas. En cuanto quedan éstas al descubierto, Marta y María, señalando piernas y vendas, gritan fuerte. Y, a pesar de que en las vendas que ciñen las piernas y en la sábana puesta debajo de aquéllas la supuración es tan abundante que forma pequeños regueros en la tela, las piernas aparecen completamente cicatrizadas. Las cicatrices rojo-cianóticas son el único indicio que señala dónde estaban las gangrenas.
La gente, toda, grita más fuerte, estupefacta. Jesús sonríe, y sonríe a Lázaro, que mira un instante sus piernas curadas, para abstraerse luego de nuevo mirando a Jesús. Parece no poder saciarse de verlo. Los judíos, fariseos, saduceos, escribas, rabíes, se acercan, cautos para no contaminarse la ropa. Miran bien de cerca a Lázaro. Miran bien de cerca a Jesús. Pero ni Lázaro ni Jesús se ocupan de ellos. Se miran, y todo lo demás no cuenta.
Le ponen las sandalias a Lázaro. Él se pone en pie, ágil, seguro. Toma la túnica que Marta le ofrece. Se la pone él solo, se abrocha el cinturón, se coloca los pliegues. Ahí está, delgado y pálido, pero igual que todos. Se lava otra vez las manos y los brazos hasta el codo arremangándose. Y luego, con agua nueva, otra vez se lava cara y cabeza, hasta que se siente completamente limpio. Se seca pelo y cara, devuelve la toalla al criado y va derecho hacia Jesús. Se postra. Le besa los pies.
Jesús se agacha, lo pone en pie, lo estrecha contra su corazón y le dice: -¡Bienvenido de nuevo, amigo mío! La paz sea contigo, y la alegría. Vive para cumplir tu feliz destino. Alza tu cara para darte el beso de saludo.
Y lo besa en las mejillas. Lázaro corresponde en igual
manera al beso de Jesús.
Sólo después de haber venerado y besado al Maestro, Lázaro habla con sus hermanas y las besa. Luego besa a Maximino y a Noemí, que lloran de alegría, y a algunos de los que creo que están emparentados con la casa o son amigos muy íntimos. Luego besa a José, a Nicodemo, a Simón Zelote y a algún otro.
Jesús va personalmente hacia uno de los criados, que tiene en sus brazos una bandeja con comida, y toma una torta con miel, una manzana, una copa de vino, y se las da a Lázaro -antes las ofrece y bendice-para que coma y beba.
Y Lázaro come con el sano apetito de una persona que goza de salud. Todos exhalan otro « ¡oh!» de estupor.
Jesús parece ver sólo a Lázaro, pero en realidad observa todo y a todos, y, al ver que, con gestos de ira, Sadoq, Elquías, Cananías, Félix, Doras, Cornelio y otros están para marcharse, dice fuerte:
-Espera un momento, Sadoq. Debo decirte una palabra. A ti y a los tuyos.
Ellos se paran, con facha de delincuentes. José de Arimatea se asusta y hace una señal al Zelote para que retenga a Jesús.
Pero Él ya está yendo hacia el grupo rencoroso, y ya está diciendo con voz fuerte:
-¿Te basta, Sadoq, lo que has visto? Me dijiste un día que para creer necesitabais, tú y los que son como tú, ver que un muerto descompuesto se recompusiera y recuperara la salud. ¿Te ha saciado la podredumbre que has visto? ¿Eres capaz de confesar que Lázaro estaba muerto y que ahora está vivo y tan sano como no lo estaba desde hacía años?
Lo sé: vosotros habéis venido aquí a tentar a éstos, a crear en ellos duda y mayor dolor. Habéis venido aquí a buscarme, esperando encontrarme escondido en la habitación del moribundo.
Habéis venido aquí no por un sentimiento de amor y por el deseo de honrar al difunto, sino para aseguraros de que Lázaro estaba realmente muerto, y habéis seguido viniendo, cada vez más contentos a medida que el tiempo pasaba. Si las cosas hubieran ido según vuestras esperanzas -como ya creíais que iban- habríais tenido motivo para estar jubilosos.
El Amigo que cura a todos pero no cura al amigo; el Maestro que premia todas las fes, pero no las de sus amigos de Betania; el Mesías impotente ante la realidad de una muerte. Esto era lo que os daba motivo para estar jubilosos. Pero Dios os ha respondido. Ningún profeta pudo nunca reunir lo que estaba deshecho, además de muerto.
Dios lo ha hecho. Ahí tenéis el testimonio vivo de lo que Yo soy. Hubo un día en que Dios tomó barro e hizo con él una forma y exhaló en él el espíritu vital y el hombre comenzó a ser. Dije Yo:
"Hágase al hombre a nuestra imagen y semejanza". Porque Yo soy el Verbo del Padre. Hoy, Yo, Verbo, he dicho a lo que es aún menos que fango, a la materia descompuesta: "Vive", y la materia descompuesta se ha vuelto a componer formando carne, carne íntegra, viva, palpitante.
Ahí la tenéis, os está mirando. Y con la carne he reunido el espíritu que yacía desde hacía días en el seno de Abraham. Lo he llamado con mi voluntad, porque todo lo puedo, Yo, el Viviente, Yo, el Rey de reyes al que están sujetas todas las criaturas y las cosas.
¿Ahora qué me respondéis?
Está frente a ellos, alto, radiante de majestad, verdaderamente Juez y Dios. Ellos no responden.
Él insta:
-¿Todavía no os es suficiente para creer, para aceptar lo ineluctable?
-Has mantenido sólo una parte de la promesa. Ésta no es la señal de Jonás… -dice Sadoq en tono áspero.
-Recibiréis también esa señal. Lo he prometido y lo mantengo -dice el Señor -Y otro que está aquí presente, y que espera otra señal, la recibirá. Y la aceptará, porque es un justo. Vosotros no. Vosotros seguiréis siendo lo que sois.
Da media vuelta y ve a Simón, el miembro del Sanedrín hijo de Elí-Ana (al que su propio hijo mandó asesinar…).
Lo mira fijamente, fijamente. Deja plantados a los de antes y, llegando hasta estar cara a cara con éste, le dice en voz baja pero incisiva:
-¡Mejor para ti que Lázaro no recuerde su permanencia entre los muertos! ¿Qué has hecho de tu padre, Caín?
Simón huye lanzando un grito, un grito de miedo que luego se transforma en grito de maldición:
-¡Maldito seas, Nazareno! -al cual Jesús responde:
-¡Tu maldición sube al Cielo y desde el Cielo el Altísimo te la arroja! ¡Llevas en ti la marca, desalmado!
Vuelve hacia los grupos de gente asombrada, casi asustada. Se cruza con Gamaliel, que se dirige hacia la calle. Lo mira, y Gamaliel lo mira a Él. Jesús, sin pararse, le dice:
-Estáte preparado, rabí. Pronto vendrá la señal. No miento nunca.
La gente va desalojando lentamente el jardín. Los judíos están como aturdidos, pero la mayoría de ellos rezuma ira por todos los poros. Si las miradas pudieran reducir a ceniza, Jesús estaría pulverizado ya desde hacía mucho.
Hablan, discuten entre sí. Se marchan, tan vencidos ya por esta derrota que les ha sido infligida, que ya no saben ocultar bajo una hipócrita amistad el motivo de su presencia ahí. Se marchan sin saludar ni a Lázaro ni a las hermanas.
Se quedan atrás algunos que el milagro ha conquistado para el Señor. Entre éstos, José Bernabé, que se arroja al suelo, de rodillas ante Jesús y lo adora.
Otro es el escriba Joel de Abías, que hace lo mismo antes de marcharse. Y otros más, que no conozco, pero que deben ser influyentes.
Lázaro, entretanto, rodeado de sus más íntimos, se ha retirado a casa. José, Nicodemo y los otros buenos saludan a Jesús y se marchan. Se marchan con profundas reverencias los judíos que estaban con Marta y María. Los criados cierran la cancilla. La casa vuelve a la calma.
Jesús mira a su alrededor. Ve humo y rojo de fuego en el fondo del jardín, en la parte del sepulcro. Jesús, solo, erguido en medio de un sendero, dice:
-La podredumbre que es aniquilada por el fuego… La podredumbre de la muerte… Pero, la de los corazones… la de esos corazones ningún fuego la aniquilará… Ni siquiera el fuego del Infierno. Será eterna… ¡Qué horror!… Más que la muerte… Más que la corrupción… Y… Pero ¿quién te salvará, oh Humanidad, si tanto estimas el estar corrompida? Quieres estar corrompida. Y Yo… Yo he arrebatado al sepulcro a un hombre con una palabra… Y con un mar de palabras… y uno de dolores… no podré arrebatar al pecado al hombre, a los hombres, a millones de hombres.
Se sienta y se tapa la cara con las manos, abatido…
Lo ve un criado que pasa. Va a casa. Poco después, sale de casa María. Va donde Jesús, ligera como si no tocara el suelo. Se acerca a Él. Dice suavemente:
-Rabbuní, estás cansado… Ven, mi Señor. Tus apóstoles, cansados, han ido a la otra casa; todos menos Simón el Zelote… ¿Estás llorando, Maestro? ¿Por qué?…
Se arrodilla a los pies de Jesús… lo observa… Jesús la mira. No responde. Se levanta y va hacia la casa, seguido por María.
Entran en una sala. Lázaro no está, y tampoco el Zelote.
Pero Marta sí, feliz, transfigurada de alegría. Se vuelve hacia Jesús y explica:
-Lázaro ha ido a bañarse. Para purificarse más. ¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Qué puedo decirte!
Lo adora con todo su ser. Advierte la tristeza de Jesús y dice:
-¿Estás triste, Señor? ¡No estás contento de que Lázaro…?
Le viene una sospecha:
-¡Ah, estás serio conmigo! He pecado. Es verdad.
-Hemos pecado, hermana -dice María.
-No, tú no. ¡Maestro, María no ha pecado! María ha sabido obedecer. Sólo yo he desobedecido. Yo te envié aviso porque… porque no podía seguir oyendo que ésos insinuaran que no eras el Mesías, el Señor… y no podía seguir viendo ese sufrimiento… Lázaro te anhelaba mucho, te llamaba mucho… Perdóname, Jesús.
-¿Y tú no hablas, María? -pregunta Jesús.
-Maestro… yo… Yo he sufrido en ese momento sólo como mujer. Sufría porque… Marta, jura, jura aquí, delante del Maestro, que nunca, nunca contarás a Lázaro su delirio… Maestro mío… Yo te he conocido del todo, ¡oh Divina Misericordia!, en las últimas horas de Lázaro. ¡Oh, mi Dios! ¡Cuánto me has amado Tú, Tú que me has perdonado, Tú, Dios, Tú, Puro, Tú…, si mi hermano, que también me ama, siendo hombre, sólo hombre, no ha perdonado todo en el fondo de su corazón!
No, no es así; debo decir: no ha olvidado mi pasado y, cuando la debilidad de la agonía ha obnubilado en él su bondad que yo creía olvido del pasado, ha expresado su dolor a gritos, su indignación por mí… ¡Oh!…
María llora…
-No llores, María. Dios te ha perdonado y ha olvidado. El alma de Lázaro también ha perdonado y ha olvidado, ha querido olvidar. El hombre no ha podido olvidar todo. Y cuando la carne ha dominado con su extrema convulsión a la voluntad desfallecida, el hombre ha hablado.
-No estoy enojada por ello, Señor. Me ha servido para amarte más y para amar más todavía a Lázaro. Pero desde ese momento también yo he anhelado tu presencia… porque era demasiado angustioso pensar en Lázaro muerto sin paz por causa mía… y después, después, cuando te he visto escarnecido por los judíos… cuando he visto que no venías ni siquiera después de la muerte, ni siquiera después de que te había obedecido esperando más allá de lo creíble, esperando hasta cuando el sepulcro se abrió para recibirlo, entonces también mi espíritu ha sufrido. Señor, si debía expiar, y, sin duda, debía hacerlo, he expiado, Señor…
-¡Pobre María! Conozco tu corazón. Has merecido el milagro. Que ello te afirme en saber esperar y creer.
-Maestro mío, ya esperaré y creeré siempre. No dudaré ya, nunca más, Señor. Viviré de fe. Tú me has dado la capacidad de creer lo increíble.
-¿Y tú, Marta? ¿Tú has aprendido? No. Todavía no. Eres mi Marta. Pero no eres todavía mi perfecta adoradora. ¿Por qué obras y no contemplas? Es más santo. ¿No lo ves? Tu fuerza, estando demasiado dirigida a cosas terrenas, ha cedido ante la constatación de esos hechos terrenos que pueden parecer algunas veces sin remedio. En verdad, las cosas terrenas no tienen remedio, si Dios no interviene.
La criatura necesita por eso saber creer y contemplar; necesita amar hasta el extremo de las fuerzas de todo el hombre, con el pensamiento, el alma, la carne, la sangre, con todas las fuerzas del hombre, repito. Te quiero fuerte, Marta. Te quiero perfecta.
No has sabido obedecer porque no has sabido creer y esperar completamente, y no has sabido creer y esperar porque no has sabido amar totalmente. Pero Yo te absuelvo de ello. Te perdono, Marta.
He resucitado a Lázaro hoy. Ahora te doy un corazón más fuerte. A él le he devuelto la vida, a ti te infundo la fuerza de amar, creer y esperar perfectamente. Ahora estad contentas y en paz. Perdonad a quienes os han ofendido en estos días…
-Señor, en esto yo he pecado. Hace poco, al viejo Cananías, que te había tomado a burla los otros días, le he dicho: "¿Quién ha triunfado? ¿Tú o Dios? ¿Tu burla o mi fe? Cristo es el Viviente y es la Verdad. Yo sabía que su gloria refulgiría con mayor fuerza. Y tú, viejo, reconstrúyete el alma, si no quieres conocer la muerte".
-Está bien lo que has dicho. Pero no disputes con los malvados, María. Y perdona. Perdona si me quieres imitar… Ahí está Lázaro. Oigo su voz.
En efecto, Lázaro está entrando, vestido de nuevo, bien afeitadas las mejillas, los cabellos en orden y perfumados. Con él están Maximino y el Zelote.
-¡Maestro!
Lázaro se arrodilla, adorando todavía.
Jesús le pone una mano en la cabeza y sonríe. Dice:
-La prueba ha sido superada, amigo mío. Para ti y para tus hermanas. Ahora estad alegres y sed fuertes para servir al Señor. ¿Qué recuerdas, amigo, del pasado? Quiero decir: de tus últimas horas.
-Un gran deseo de verte y una gran paz envuelto en el amor de mis hermanas.
-¿Y qué es lo que más te dolía dejar al morir?
-A ti, Señor, y a mis hermanas: A ti, por no poderte servir; a ellas, porque me han dado toda suerte de alegrías…
-¡Oh! ¿Yo, hermano?! -suspira María.
-Tú más que Marta. Tú me has dado a Jesús y la medida de lo que es Jesús. Y tú has sido dada por Jesús a mí: tú, María, eres el don de Dios.
-Lo decías también cuando morías… -dice María, y escudriña el rostro de su hermano.
-Porque es mi constante pensamiento.
-Pero te he causado mucho dolor…
-También la enfermedad me causó dolor. Pero con ella espero haber expiado las culpas del viejo Lázaro, y haber resucitado purificado para ser digno de Dios. Tú y yo, los dos resucitados para servir al Señor, y Marta entre nosotros, ella que siempre fue la paz de la casa.
-¿Lo estás oyendo, María? Lázaro dice palabras de sabiduría y verdad. Ahora me retiro y os dejo a que gocéis de vuestra alegría…
-No, Señor. Quédate con nosotros, aquí; quédate en Betania, en mi casa. Será hermoso…
-Me quedaré. Quiero compensarte todo lo que has padecido.
Marta, no estés triste. Marta piensa que me ha causado dolor. Pero mi dolor no es tanto por vosotros, cuanto por los que no quieren redimirse. Ellos odian cada vez más.
Tienen el veneno en el corazón… Pues bien… de todas formas, perdonamos…
-Perdonamos, Señor -dice Lázaro con su benévola sonrisa… y en estas palabras todo termina.
Como glosa a la resurrección de Lázaro y en relación a una frase de S. Juan. Dice Jesús:
-En el Evangelio de Juan, como se lee desde hace ya siglos, está escrito: “Jesús no había entrado todavía en Betania" (Jn11, 30). Para prevenir posibles objeciones, hago la observación de que entre esta frase y la de la Obra -que Yo me encontré con Marta a pocos pasos del estanque, en el jardín de Lázaro-no hay contradicciones de hechos, sino sólo de traducción y descripción. Tres cuartas partes de Betania eran de Lázaro. Como también era suya una buena parte de Jerusalén.
Pero vamos a hablar de Betania. Siendo tres cuartas partes de ella de Lázaro, podía decirse: Betania de Lázaro. Por tanto, no contendría error el texto, como algunos quieren decir, ora hubiera visto a Marta en el pueblo, ora la hubiera visto en la fuente. Y, en verdad, Yo no había entrado en el pueblo, evitando así que vinieran los de Betania, todos ellos hostiles contra los del Sanedrín.
Había pasado por detrás de Betania para ir a la casa de Lázaro, que estaba en el extremo opuesto respecto a una persona que entrara en Betania viniendo de Ensemes. Por tanto, es exacto lo que dice Juan, de que Jesús no había entrado todavía en el pueblo. Y también habla con exactitud el pequeño Juan (María Valtorta) al decir que me había parado cerca del estanque (fuente para los hebreos), ya en el jardín de Lázaro; pero que estaba todavía muy lejos de la casa. Consideren éstos, además, que mientras se estaba en el tiempo del luto y de la impureza (todavía no era el séptimo día después de la muerte), las hermanas no salían de la casa; por tanto, en el recinto de su propiedad se produjo este encuentro.
Nótese que el pequeño Juan habla de la llegada de los de Betania al jardín no antes de que Yo hubiera ordenado retirar la piedra. Antes Betania no sabía que estaba en Betania; solo cuando se esparció la noticia vinieron a casa de Lázaro.
Habría podido intervenir a tiempo para impedir la muerte de Lázaro. Pero no quise hacerlo. Sabía que esta resurrección sería un arma de doble filo, porque convertiría a los judíos de pensamiento recto y haría más rencorosos a los de pensamiento no recto. De éstos, y al son de esta última manifestación de mi poder, provendría mi sentencia de muerte. Pero había venido al mundo para esto, y la hora ya había madurado para que ello se cumpliera.
También hubiera podido ir donde Lázaro inmediatamente. Pero necesitaba convencer a los incrédulos más obstinados con la resurrección a partir de un estado de descomposición ya avanzado; y también a mis apóstoles, que, destinados a llevar mi fe al mundo, tenían necesidad de poseer una fe fortalecida por milagros excelentes.
En los apóstoles había mucha humanidad. Ya lo he dicho.
No era éste un obstáculo insuperable; más bien, era una lógica consecuencia de su condición de hombres llamados a ser míos a una edad ya adulta. No se cambia una mentalidad, una forma mentis, de un día para otro. Y Yo, en mi sabiduría, no quise tampoco elegir y educar a niños y formarlos según mi pensamiento para hacer de ellos mis apóstoles. Habría podido hacerlo.
No quise hacerlo, para que las almas no me criticaran el haber despreciado a aquellos que no son inocentes y alegaran como disculpa y justificación el que también Yo había significado con mi elección que quienes están ya formados no pueden cambiar. No. Todo se puede cambiar, si se quiere. Y, efectivamente, Yo, de pusilánimes, pendencieros, usureros, sensuales, incrédulos, hice mártires, santos, evangelizadores del mundo. Sólo el que no quiso no cambió.
Yo amé y amo al pequeño y al débil -tú eres un ejemplo de ello (se dirige a María Valtorta) —, con tal de que tengan la voluntad de amarme y de seguirme, y de estas "nadas" hago mis predilectos, mis amigos, mis ministros. Y me sigo sirviendo de ellos, y es un milagro continuo que hago, para llevar a los otros a creer en mí, a no ahogar las posibilidades de milagro. ¡Qué débil es ahora esta posibilidad!: cual lámpara a la que le falta el aceite, esta posibilidad agoniza y muere, ahogada por la escasa o inexistente fe en el Dios del milagro.
Hay dos formas de prepotencia al pedir el milagro. A una, Dios cede con amor; a la otra, le vuelve las espaldas desdeñado. La primera es la que pide, como he enseñado a pedir, sin desconfianza ni cansancio, y no admite que Dios pueda no escucharla, porque Dios es bueno y quien es bueno escucha, porque Dios es poderoso y lo puede todo. Esta forma es amor, y Dios concede a quien ama. La otra es la prepotencia de los rebeldes que quieren que Dios sea su siervo y que se humille ante sus maldades y que les dé a ellos aquello que ellos no le dan a Él: amor y obediencia.
Esta forma es una ofensa, que Dios castiga negando sus gracias.
Os quejáis de que Yo ya no efectúo los milagros colectivos. ¿Cómo podría efectuarlos? ¿Dónde están las colectividades que creen en mí? ¿Dónde, los verdaderos creyentes? ¿Cuántos son, en una colectividad, los verdaderos creyentes? Cuales flores supervivientes en un bosque quemado por un incendio, así veo Yo, de vez en cuando, un espíritu creyente; el resto lo ha quemado Satanás con sus doctrinas. Y cada vez lo quemará más.
Os ruego que tengáis presente, para regla vuestra sobrenatural, mi respuesta a Tomás. No se puede ser verdadero discípulo mío si uno no sabe dar a la vida humana el peso que le conviene: como medio para conquistar la Vida verdadera, no como fin. El que quiera salvar su vida en este mundo perderá la Vida eterna. Lo dije y lo repito. ¿Qué son las pruebas? La nube que pasa. El Cielo permanece y os espera más allá de la prueba.
Yo he conquistado el Cielo para vosotros con mi heroísmo. Vosotros debéis imitarme. El heroísmo no está reservado sólo a aquellos que deben conocer el martirio. La vida cristiana es un continuo heroísmo, porque es una continua lucha contra el mundo, el demonio y la carne. Yo no os fuerzo a seguirme. Os dejo libres. Pero hipócritas no os acepto. O conmigo y como Yo, o contra mí. Cierto es que no podéis engañarme. A mí no me podéis engañar. Y Yo no desciendo a pactos con el Enemigo. Si le preferís antes que a mí, no podéis pensar en tenerme a mí por Amigo contemporáneamente. O él o Yo, elegid.
El dolor de Marta es distinto del de María, debido a la distinta psicología de las dos hermanas y al distinto modo de comportarse que habían tenido. ¡Dichosos aquellos que se comportan de forma que no tienen luego el remordimiento de haber causado dolor a alguien que ahora está muerto y que ya no puede ser consolado del dolor que se le causó! Pero ¡cuánto más dichoso es aquel que no tiene el remordimiento de haber causado dolor a su Dios, a mí, a Jesús, y no teme su encuentro conmigo; antes al contrario, suspira por este encuentro, como alegría ansiosamente soñada durante toda la vida y por fin alcanzada!
Yo soy vuestro Padre, Hermano, Amigo. ¿Por qué, pues, me herís tantas veces? ¿Sabéis cuánto os queda de vida todavía?, ¿de vida para hacer reparación? No lo sabéis. Pues entonces, hora tras hora, día tras día, obrad bien; siempre bien. Me haréis siempre feliz. Y aunque llegue a vosotros el dolor -porque el dolor es santificación, es la mirra que preserva de la corrupción de la carnalidad-tendréis siempre en vosotros la certidumbre de que os amo, y que os amo incluso en ese dolor, y siempre tendréis la paz que proviene de mi amor. Tú, pequeño Juan, sabes si sé consolar incluso en el dolor.
En mi oración al Padre se repitió cuanto he dicho al principio: era necesario zarandear con un milagro excelente la obtusidad de los judíos y del mundo en general. Y la resurrección de una persona sepultada hacía cuatro días, y que había descendido a la tumba después de una larga, crónica, repugnante, conocida enfermedad, no era algo que debiera dejar indiferente a nadie, y tampoco en duda.
Si lo hubiera curado mientras vivía, o si hubiera infundido en él el espíritu inmediatamente después de la muerte, la mordacidad de los enemigos hubiera podido crear dudas acerca de la entidad del milagro. Pero el hedor del cadáver, la podredumbre en las vendas, el largo tiempo pasado en el sepulcro, no permitían dudas. Y milagro en el milagro-quise que a Lázaro le quitaran las vendas y lo limpiaran en presencia de todos, para que se viera que había vuelto no sólo la vida, sino también la integridad de los miembros donde antes la carne ulcerada había introducido en la sangre gérmenes de muerte. Al conceder una gracia, doy siempre más de lo que pedís.
Lloré delante de la tumba de Lázaro. Y se ha dado muchos nombres a este llanto. Pero, antes de nada, sabed que las gracias se obtienen -ambas cosas unidas-con dolor y fe segura en el Eterno. Lloré no tanto por la pérdida del amigo y por el dolor de las hermanas, cuanto porque, cual fondo submarino que se agita, afloraron en aquella hora, más vivas que nunca, tres ideas que, como tres clavos, habían hincado siempre su punta en mi corazón.
La constatación de la ruina a la que había llevado Satanás al hombre seduciéndolo al Mal. Ruina cuya condena humana era el dolor y la muerte. La muerte física, emblema y metáfora viva de la muerte espiritual, que la culpa procura al alma hundiéndola -a ella que es reina destinada a vivir en el reino de la Luz-en las tinieblas infernales.
La persuasión de que ni siquiera este milagro, puesto casi como corolario sublime de tres años de evangelización, convencería al mundo judío acerca de la Verdad de que Yo era Portador. Y que ningún milagro iba a convertir para Cristo al mundo que habría de venir. ¡Oh, qué dolor el estar próximo a la muerte por tan pocos!
La visión mental de mi próxima muerte. Era Dios. Pero también era Hombre. Y para ser Redentor debía sentir el peso de la expiación; por tanto, también el horror de la muerte, de esa muerte. Yo era uno que vivía, uno que estaba sano y que se decía a sí mismo: "Pronto estaré muerto, estaré en un sepulcro como Lázaro. Pronto tendré por compañera a la más atroz de las agonías. Debo morir". La bondad de Dios os exonera del conocimiento del futuro. Pero Yo no fui exonerado de ello.
Vosotros que os quejáis de vuestra condición. Ninguna fue más triste que la mía, porque tuve la constante presciencia de todo lo que debía sucederme, unida ella a la pobreza, las incomodidades, los comportamientos malévolos que me acompañaron desde el nacimiento hasta la muerte. No os quejéis, pues, y esperad en mí.
Os doy mi paz.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
La luz ya no es luz en el huertecito de la casa de Salomón, y los árboles, los contornos de las casas que hay al otro lado del camino, y especialmente el fondo del propio camino -donde la callecita deja de ser tal calle en la zona arbórea del río-, van perdiendo sus perfiles nítidos, para unificarse en una única línea de sombras más o meno claras, más o menos oscuras, con la sombra del anochecer, que se adensa cada vez más.
Más que colores, las cosas esparcidas sobre la tierra son ya sonidos. Voces de niños provenientes de las casas, madres que llaman, hombres que azuzan a las ovejas o al burro, algún que otro chirrido de poleas en los pozos, frufrú de hojas con el viento del anochecer, golpes secos, como de palos entrechocados, de los eléboros esparcidos por el boscaje. Arriba el primer titileo de las estrellas, todavía inseguro porque hay aún un vestigio de luz y porque la primera claridad de la Luna empieza a extenderse en el cielo.
-El resto lo diréis mañana. Ahora ya basta. Es de noche. Que cada uno vaya a su casa. La paz a vosotros. La paz a vosotros. Sí… Sí… Mañana. ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Que tienes un escrúpulo? Déjalo tranquilo hasta mañana. Si mañana no se te ha pasado, vienes. ¡Pues sólo faltaba eso! ¡Ahora también los escrúpulos para cansarlo más! ¡Y los ávidos de ganancia! Y las suegras que quieren hacer cambiar a las nueras, y las nueras que quieren hacer menos ariscas a las suegras, y que unas y otras merecerían que les cortaran la lengua. ¿Y qué otras cosas hay? ¿Tú? ¿Qué dices? ¡Oh, éste sí! ¡Pobrecito! Juan, lleva a este niño donde el Maestro.
Su madre está enferma y lo manda para decir a Jesús que ore por ella. ¡Pobrecito! Se ha quedado atrás porque es pequeño. Y viene de lejos. ¿Cómo va a volver a casa? ¡Eh, todos vosotros! En vez de estar aquí para gozar de Él, ¿no podríais poner en práctica lo que el Maestro os ha dicho: ayudarse unos a otros, y los más fuertes prestar ayuda a los más débiles? ¡Venga! ¿Quién acompaña a casa al niño? Pudiera ser -no lo quiera Dios- que se encontrara a su madre muerta… Pues que al menos la vea. Asnos tenéis…
¿Que es de noche? ¿Y qué hay más hermoso que la noche? Yo he trabajado durante lustros a la luz de las estrellas, y estoy sano y robusto. ¿Lo llevas tú a casa? Que Dios te bendiga, Rubén. Aquí tienes al niño. ¿Te ha consolado el Maestro? Sí. Entonces puedes marcharte. Y sé feliz. Pero, habrá que darle comida. Quizás no come desde esta mañana.
-El Maestro le ha dado leche caliente, pan y fruta; lo tiene en la tuniquita -dice Juan.
-Entonces ve con este hombre. Te lleva a casa con el burro.
Por fin toda la gente se ha marchado y Pedro puede descansar, y también Santiago, Judas, el otro Santiago y Tomás, que le han ayudado a mandar a las casas a los más obstinados.
-Vamos a cerrar. No sea que alguno se arrepienta y vuelva, como esos dos. ¡Uf, qué cansado es el día después del sábado! -dice Pedro, y entra en la cocina y cierra la puerta; y añade:
-¡Ahora estaremos en paz!
Mira a Jesús, que está sentado al lado de la mesa, apoyando el codo en ella, sujetando la cabeza sobre la mano, pensativo, absorto.
Se acerca a Él, le pone la mano en el hombro y le dice:
-¡Estás cansado, ¿no?! ¡Mucha gente! Vienen de todas partes, a pesar de la estación en que estamos.
-Parece como si tuvieran miedo a perdernos pronto -observa Andrés, que está quitando las tripas a unos peces. También los otros se dedican a preparar el fuego para asarlos, o a remover unas achicorias que hay en un caldero hirviendo.
Sus sombras se proyectan sobre las paredes oscuras que el fuego, más que la luz, esclarece. Pedro busca una taza para dar leche a Jesús, que parece muy cansado. Pero no encuentra la leche y pregunta por ella a los otros.
-El niño se ha bebido la última que teníamos. La otra ha sido para el viejo mendigo y para la mujer que tenía a su marido enfermo -explica Bartolomé.
-¡Y el Maestro se ha quedado sin ella! No habríais debido darla toda.
-Lo ha querido Él así…
-Siempre querría así. Pero no debemos dejarlo. Da la ropa, da su parte de leche, se da a sí mismo, y se agota… -Pedro está disgustado.
-¡Tranquilo, Pedro! Dar es mejor que recibir -dice Jesús saliendo serenamente de su abstracción.
-¡Sí, claro! Y Tú das, das y te agotas. Y cuanto más te muestras dispuesto a todo acto de generosidad más se aprovechan los hombres.
Mientras dice esto, frota la mesa con unas hojas ásperas que dan un olor mitad a almendra mitad a crisantemo y la deja bien limpia, para poner encima pan y agua, y coloca una copa delante de Jesús, quien, sin demora, como teniendo mucha sed, se echa de beber. Pedro pone otra copa en el otro lado de la mesa, junto a un plato que contiene aceitunas y tallos de hinojo silvestre. Añade la bandeja de la achicoria -ya condimentada por Felipe-y, junto con los compañeros, trae unos taburetes muy rústicos para añadirlos a las cuatro sillas que hay en la cocina y que son insuficientes para trece personas.
Andrés ha estado cuidando el asado del pescado en la brasa Y ahora lo coloca en otro plato y se acerca a la mesa con otros panes. Juan quita la lámpara del lugar donde estaba y la coloca en medio de la mesa.
Jesús se levanta mientras todos se acercan a la mesa para cenar. Ora en voz alta, ofreciendo el pan y bendiciendo luego la mesa. Se sienta. Los demás también. Distribuye el pan y los peces (o sea, coloca los peces encima de las formas de pan, anchas y poco altas; del pan, en parte hecho recientemente y en parte no, que cada uno se ha puesto delante).
Luego los apóstoles se sirven la achicoria, usando para ello el tenedor grande de madera que está hundido en ella.
Para la verdura también hace de plato el pan. Sólo Jesús tiene delante un plato, de metal, grande y más bien deteriorado, y lo usa para la repartición del pescado, dando, ora a uno ora a otro, una porción de exquisito manjar: parece un padre entre sus hijos; padre siempre, aunque Natanael, Simón Zelote y Felipe puedan parecer padres de Él, y Mateo y Pedro puedan parecer sus hermanos mayores.
Comen y hablan de los hechos del día; Juan se ríe con ganas por el enfado de Pedro respecto al pastor de los montes de Galaad, que pretendía que Jesús subiera hasta donde estaba el rebaño, para que lo bendijera y le hiciera ganar mucho dinero a él para la dote que debía dar a su hija.
-Pues tiene poca gracia. Mientras decía: "Tengo enfermas a las ovejas y, si se mueren, me quedo en la ruina" -he sentido compasión de él. Es como si a nosotros, pescadores, nos entrara la carcoma en una barca. No se podría pescar, ni comer. Y todos tenemos derecho a comer.
Pero, cuando ha dicho: "Y quiero tenerlas sanas porque quiero hacerme rico y asombrar al pueblo por la dote que voy a dar a Ester y por la casa que me voy a construir", entonces me he puesto de mal talante. Le he dicho:
¿Y para esto has recorrido tanto camino? ¿Sólo te preocupan la dote, las riquezas y las ovejas? ¿No tienes un alma?". Me ha contestado: "Para el alma tengo tiempo.
Ahora me preocupan las ovejas y la boda, porque es un buen partido y Ester ya empieza a hacerse mayor". Entonces, bueno, pues, si no hubiera sido porque me he acordado de que Jesús dice que debemos ser misericordiosos con todos, ¡fresco hubiera ido ese hombre! Le he hablado entre tramontana y siroco.
-Y parecía que no ibas a acabar nunca. No cogías aliento.
Se te habían engrosado las venas del cuello, las tenías salientes como dos palos -dice Santiago de Zebedeo.
-Hacía un buen rato que se había marchado el pastor y tú seguías predicando. ¡Y dices que no sabes hablar a la gente! ¡Si llegas a saber! -añade Tomás, y lo abraza diciendo: -¡Pobre Simón! ¡Qué furia te ha venido!
-¿Pero es que no tenía razón? ¿Qué es el Maestro? ¿El hacedor de fortunas de todos los estúpidos de Israel? ¿Un paraninfo para las bodas de los otros?
-No te inquietes, Simón. Te sienta mal el pescado, si te lo comes con ese enojo -le hurga afablemente Mateo.
-Tienes razón. Siento en todo el sabor de los banquetes en casa de los fariseos, cuando como pan con temor y carne con furia.
Todos se ríen. Jesús sonríe y calla.
Están al final de la cena. Saciados, satisfechos de alimento y calor, están, un poco emperezados, alrededor de la mesa. También hablan menos. Algunos dan cabezadas. Tomás se distrae dibujando con el cuchillo una ramita de flores en la madera de la mesa.
Los hace reaccionar la voz de Jesús, quien, abriendo los brazos -los tenía cruzados y apoyados en el borde de la mesa-y extendiendo las manos, como hace el sacerdote cuando pronuncia "Dominus vobiscum", dice:
-¡Pues a pesar de todo tenemos que marcharnos!
-¿A dónde, Maestro? ¿Donde ese de las ovejas? -pregunta Pedro.
-No, Simón. A casa de Lázaro. Volvemos a Judea.
-¡Maestro, recuerda que los judíos te odian! -exclama Pedro.
-Hace no mucho, querían lapidarte -dice Santiago de Alfeo.
-¡Pero, Maestro, es una imprudencia! -exclama Mateo.
-¿Lo que sea de nosotros no te importa? -pregunta Judas Iscariote.
-¡Oh, Maestro y hermano mío, te conjuro en nombre de tu Madre y de la Divinidad que está en ti: no permitas que los diablos te pongan las manos encima para mordaza de tu palabra. Estás solo, demasiado solo, contra todo un mundo que te odia y que, en la Tierra es poderoso-dice Judas Tadeo.
-¡Maestro, tutela tu vida! ¿Qué sería de mí, de todos, si nos faltaras? -Juan, muy turbado, lo mira con ojos dilatados de niño asustado y afligido.
Pedro, después de la primera exclamación, se ha vuelto hacia los más ancianos, y hacia Tomás y Santiago de Zebedeo, y habla nerviosamente con ellos. Todos opinan que Jesús no debe acercarse a Jerusalén, al menos mientras el tiempo pascual no haga más segura la permanencia allí, porque -dicen-la presencia de gran número de seguidores del Maestro -congregados allí de todas las partes de Palestina para las fiestas pascuales-sería una defensa para el Maestro. Ninguno de los que lo odian se atrevería a tocarlo teniendo a todo un pueblo estrechado en torno a Él con amor… Y se lo dicen, angustiadamente, casi queriendo imponerse… El amor los mueve a hablar.
-¡Tranquilidad! ¡Tranquilidad! ¿No tiene, acaso, doce horas la jornada? Si uno anda durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero, si anda de noche, tropieza, porque no ve. Yo sé lo que me hago, porque la Luz está en mí. Vosotros dejaos guiar por quien ve.
Y sabed, además, que hasta que no llegue la hora de las tinieblas, nada tenebroso podrá producirse. Pero cuando llegue esa hora, ninguna lejanía ni ninguna fuerza, ni siquiera los cuerpos militares de César, podrán salvarme de los judíos. Porque lo que está escrito debe producirse, y las fuerzas del mal ya actúan ocultamente para cumplir su obra.
Por tanto, dejadme moverme, y hacer el bien mientras me encuentre libre para ello. Llegará la hora en que no pueda mover un dedo ni decir una palabra para obrar milagros. El mundo estará vacío de mi fuerza. Hora tremenda de castigo para el hombre. No para mí. Para el hombre que no haya querido amarme. Y esa hora se repetirá, por voluntad del hombre que haya rechazado a la Divinidad hasta hacer de sí un sin Dios, un seguidor de Satanás y de su hijo maldito.
Hora que vendrá cuando esté próximo el fin de este mundo. La no-fe imperante inutilizará mi potencia de milagro. No porque Yo pueda perderla, sino porque el milagro no puede ser concedido donde no hay fe y voluntad de obtenerlo; donde del milagro se haría un objeto de burla y un instrumento de mal, usando el bien recibido para hacer un mayor mal.
Ahora puedo hacer todavía milagros, y hacerlos para dar gloría a Dios. Vamos, pues, donde nuestro amigo Lázaro, que duerme. Vamos a despertarlo de este sueño, para que esté lozano y preparado para servir a su Maestro.
Le observan:
-Pero está bien que duerma. Acabará de curarse. El sueño es ya de por sí un remedio. ¿Por qué despertarlo?
-Lázaro ha muerto. He esperado a que hubiera muerto para ir allá. No por las hermanas ni por él, sino por vosotros.
Para que creáis. Para que crezcáis en la fe. Vamos a casa de Lázaro.
-¡Bueno, de acuerdo, pues vamos! Moriremos todos, como ha muerto él y como Tú quieres morir -dice Tomás, resignado fatalista.
-Tomás, Tomás, y todos vosotros, que por dentro criticáis y rezongáis, sabed que el que quiera seguirme deberá tener respecto a su vida la misma preocupación que tiene el ave por la nube que pasa: dejarla pasar siguiendo el viento que la desplaza. El viento es la voluntad de Dios, quien puede daros o quitaros la vida según le plazca; y vosotros no debéis quejaros de ello, de la misma manera que el ave no se queja de la nube que pasa, sino que canta igualmente, segura de que más tarde volverá el tiempo sereno.
Porque la nube es la incidencia y el cielo es la realidad.
El cielo permanece siempre azul, aun cuando las nubes parecen ponerlo gris. Es y permanece azul por encima de las nubes. Lo mismo sucede con la Vida verdadera: es y permanece, aunque la vida humana decline. El que quiera seguirme no deberá conocer ni ansia por la vida ni miedo por ella.
Os mostraré cómo se conquista el Cielo. Pero ¿cómo podréis imitarme, si tenéis miedo de ir a Judea, vosotros a quienes ahora no se hará mal alguno? ¿Tenéis escrúpulos de que os vean conmigo? Sois libres para abandonarme. Pero, si queréis quedaros, debéis aprender a desafiar al mundo, con sus críticas, sus trampas, sus burlas, sus tormentos para conquistar el Reino mío. Vamos, pues, a sacar de la muerte a Lázaro, que duerme en el sepulcro desde hace dos días; pues murió la noche que vino aquí el criado de Betania.
Mañana, a la hora sexta, después de la despedida de los que esperan a mañana para recibir de mí confortación y premio a su fe, nos marcharemos, pasaremos el río y nos alojaremos durante la noche en casa de Nique. Luego, al amanecer, saldremos para Betania, recorriendo el camino que pasa por Ensemes. Estaremos en Betania antes de la sexta. Habrá mucha gente. Y los corazones experimentarán una profunda impresión. Lo he prometido y lo mantengo…
-¿A quién, Señor? -pregunta casi con miedo Santiago de Alfeo.
-A quien me odia y a quien me ama, en ambos casos de forma absoluta. ¿No os acordáis de la discusión en Quedes con los escribas? Les cabía aún llamarme engañador por haber resucitado a una niña que acababa de morir y a uno que había muerto el día anterior. Dijeron: "Todavía no has sabido recomponer a uno que esté descompuesto".
Efectivamente, sólo Dios puede del fango sacar un hombre y de la materia putrefacta rehacer un cuerpo intacto y vivo.
Pues bien, Yo lo haré. Durante la luna de Kisléu, a orillas del Jordán, recordé Yo mismo a los escribas este reto, y dije: "En la nueva luna se cumplirá". Esto para quienes me odian. Y a las hermanas, que me aman de forma absoluta, les prometí que premiaría su fe si continuaban esperando contra lo creíble.
Las he probado mucho y las he afligido mucho, y sólo Yo conozco los sufrimientos de su corazón en estos días, y su perfecto amor. En verdad os digo que merecen un gran premio, porque, más que por no ver resucitado a su hermano, se angustian porque Yo pueda ser escarnecido. Os daba la impresión de estar absorto, cansado y triste.
Estaba a su lado con mi espíritu y oía sus gemidos y contaba sus lágrimas. ¡Pobres hermanas! Ahora me consumo de ansia por conducir de nuevo a un justo a la Tierra, a un hermano a los brazos de sus hermanas, a un discípulo al grupo de mis discípulos. ¿Lloras, Simón? Sí. Tú y Yo somos los mayores amigos de Lázaro, y en tu llanto está el dolor por el dolor de Marta y María y la agonía del amigo, pero también está ya la alegría de saber que pronto será devuelto a nuestro amor.
Vamos a levantarnos, para preparar las bolsas e ir a descansar para levantarnos al amanecer y poner orden aquí… donde no es seguro que regresemos. Habrá que distribuir entre los pobres cuanto tenemos, y decir a los más activos que contengan a los peregrinos para que no me busquen hasta que no esté en otro lugar seguro.
Y habrá que decirles que avisen a los discípulos de que me busquen en casa de Lázaro. Muchas cosas hay que hacer, y todas estarán hechas antes de que lleguen los peregrinos… ¡Venga, ánimo! Apagad el fuego y encended las lámparas y que cada uno vaya a hacer lo que debe y luego a descansar. La paz a todos vosotros.
Se levanta, bendice y se retira a su pequeña habitación…
-¡Ha muerto hace varios días! -dice el Zelote.
-¡Esto sí que es un milagro! -exclama Tomás.
-¡Quisiera saber qué van a encontrar después para dudar! -dice Andrés.
-¿Pero cuándo ha venido el criado? -pregunta Judas Iscariote.
-La noche de antes del viernes -responde Pedro.
-¿Sí? ¿Y por qué no lo has dicho? -pregunta otra vez Judas Iscariote.
-Porque el Maestro me había dicho que guardara silencio -replica Pedro.
-¿Entonces… cuando lleguemos allí… llevará ya cuatro días en el sepulcro?
-¡Pues claro! Noche del viernes, un día; noche del sábado, dos días; esta noche, tres días; mañana, cuatro… Cuatro días y medio, por tanto… ¡Oh, poder eterno! ¡Pero ya estará desmembrado! -dice Mateo.
-Estará desmembrado… Quiero verlo, y luego…
-¿Qué, Simón Pedro? -pregunta Santiago de Alfeo.
-Y luego, si Israel no se convierte, ni siquiera Yeohveh entre rayos puede convertirlo.
Salen hablando así.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
La noticia de la muerte de Lázaro debe haber hecho el efecto que produce el hurgar con un palo dentro de una colmena.
Toda Jerusalén habla de ello. Personalidades del lugar, mercaderes, gente humilde, pobres, gente de la ciudad, de los campos cercanos, forasteros de paso -pero no completamente nuevos en el lugar-, extranjeros que están allí por primera vez -y que preguntan que quién es ese cuya muerte es motivo de tal manifestación popular-, romanos, legionarios, gente de la administración pública, levitas, sacerdotes… que se reúnen y se separan continuamente corriendo acá o allá… Corros de gente que con distintas palabras y expresiones hablan de este hecho.
Y hay quien alaba, quien llora, quien se siente más mendigo que de costumbre ahora que ha muerto el benefactor; hay quien gime: «No volveré a tener nunca más un jefe como él»; hay quien enumera sus méritos y quien da datos sobre su patrimonio y parentela, sobre los servicios y los cargos del padre y sobre la belleza y riqueza de la madre y su nacimiento "propio de una reina"; y hay quien, por desgracia, evoca también páginas familiares sobre las cuales sería bonito correr un velo, especialmente cuando hay de por medio un muerto que por aquéllas ha sufrido…
Las noticias más heterogéneas sobre la causa de la muerte, sobre el lugar del sepulcro, sobre la ausencia de Cristo de la casa de su gran amigo y protector, precisamente en aquella circunstancia…
Todo esto hace hablar a los corrillos de gente. Y las opiniones que predominan son dos: una, la de que esto ha sucedido, es más: ha sido producido, por la mala actitud de los judíos, Ancianos del Sanedrín, fariseos y otros semejantes, contra el Maestro; otra, la de que el Maestro, teniendo de frente una verdadera enfermedad mortal, se ha difuminado porque aquí sus engaños no habrían salido triunfadores.
No hace falta ser muy agudos para comprender de qué fuente proviene esta última opinión, que sulfura a muchos, que replican: «¿Tú también eres fariseo? Si lo eres, ¡ojo, porque delante de nosotros no se blasfema contra el Santo!
¡Malditas víboras nacidas de hienas unidas con Leviatán! ¿Quién os paga por blasfemar contra el Mesías?
Y en las calles se oyen discusiones, insultos, y se asiste a algún puñetazo incluso, y a mordaces improperios a los pomposos fariseos y escribas que pasan con aire de dioses sin conceder ni una mirada a la plebe que vocifera a favor de ellos o contra ellos, a favor del Maestro o contra Él. Y se oyen acusaciones. ¡Cuántas acusaciones!
-¡Éste dice que el Maestro es un falso! Sin duda, es uno que ha echado esa tripa con el dinero que le han dado esas serpientes que acaban de pasar.
-¿Con su dinero? ¡Con el nuestro, debes decir! ¡Nos chupan la sangre para estas cosas tan interesantes! Pero, ¿dónde está éste? Quiero ver si es uno de los que ayer han venido a decirme…
-Ha huido. ¡Viva Dios que aquí debemos unirnos y actuar! ¡Son demasiado descarados!
Otra conversación:
-Te he oído y te conozco. ¡Diré cómo hablas del supremo Tribunal a quien debo decírselo!
-Soy del Cristo y la baba del demonio no me daña. Díselo también a Anás y Caifás, si quieres, y que sirva para hacerlos más justos.
Y, más allá:
-¿A mí? ¿A mí me llamas perjuro y blasfemo por seguir al Dios vivo? Tú si que eres perjuro y blasfemo, tú que lo ofendes y lo persigues. Te conozco, ¡eh! Te he visto y oído. ¡Espía! ¡Vendido! ¡Venid a echarle mano a éste… -y, mientras tanto, empieza a plantarle a un judío unos bofetones tales, que le ponen roja la cara huesuda y verdinosa.
-¡Cornelio, Simeón, mirad! Me están pegando -dice, dirigiéndose a un grupo de miembros del Sanedrín, otro que está más allá.
-Soporta por la fe y no te ensucies los labios ni las manos en la víspera de un sábado -responde uno de los llamados, sin siquiera volverse a mirar al desdichado contra el que un grupo de gente del pueblo ejercita una rápida justicia…
Las mujeres llaman a sus maridos con gritos, con súplicas, para que no se comprometan.
Los legionarios patrullan, abriéndose paso con sendos golpes de asta y amenazando arrestos y castigos.
La muerte de Lázaro, que es el hecho principal, es el motivo para pasar a hechos secundarios, desahogo de la larga tensión que hay en los corazones… Los miembros del Sanedrín, los Ancianos, los escribas, los saduceos, los judíos influyentes, pasan con expresión de indiferencia, con aire socarrón, como si toda esa explosión de pequeñas iras, de venganzas personales, de nerviosismo, no tuviera la raíz en ellos. Y a medida que van pasando las horas va creciendo la agitación y los corazones se van encendiendo cada vez más.
-Éstos dicen -¡fijaos!-que el Cristo no puede curar a los enfermos. Yo estaba leproso y ahora estoy sano. ¿Los conocéis a éstos? No soy de Jerusalén, pero nunca los he visto entre los discípulos del Cristo de dos años a esta parte.
-¿Estos? ¡Déjame que vea a ese del medio! ¡Ah, vil bandido! Éste es el que la pasada Luna me vino a ofrecer dinero en nombre del Cristo diciendo que Él paga a una serie de hombres para apoderarse de Palestina. Y ahora dice… ¿Pero por qué lo has dejado huir?
-¿Te das cuenta? ¡Qué granujas! ¡Y poco faltó para pegármela! Tenía razón mi suegro. Ahí está José el Anciano, y Juan y Josué. Vamos a preguntarles si es verdad que el Maestro quiere formar ejércitos. Ellos son justos, y además saben.
Se acercan, rápidamente y en masa, a los tres miembros del Sanedrín. Exponen su pregunta.
-Marchaos a casa, hombres. Por las calles se peca y se causa daño. No polemicéis. No os alarméis. Ocupaos de vuestras cosas y vuestras familias. No prestéis oídos a los agitadores de gente ilusa, ni dejéis que os forjen falsas ilusiones. El Maestro es un maestro, no un guerrero. Vosotros lo conocéis. Y lo que piensa lo dice.
No os habría enviado a otros a deciros que lo siguierais como guerreros, si hubiera querido que lo fuerais. No le perjudiquéis a Él, ni os perjudiquéis a vosotros mismos ni perjudiquéis a nuestra Patria. ¡A casa, hombres! ¡A casa!
No hagáis de lo que ya de por sí es una desventura (la muerte de un justo) una serie de desventuras. Volved a las casas y orad por Lázaro, benefactor de todos -dice el de Arimatea, que debe ser muy estimado y escuchado por el pueblo, que lo conoce como justo. También Juan -el que estuvo celoso-dice:
-Es hombre de paz, no de guerra. No prestéis oídos a los falsos discípulos. Recordad lo distintos que eran los otros que se presentaban como Mesías. Recordad, comparad, y vuestra justicia os dirá que esas incitaciones a la violencia no pueden venir de Él. ¡A casa! ¡A casa! Con las mujeres, que lloran, y con los niños, que están asustados. Está escrito: "¡Ay de los violentos y de los que favorecen los litigios!".
Un grupo de mujeres, llorando, se acerca a los tres miembros del Sanedrín. Una de ellas dice:
-Los escribas han amenazado a mi marido. ¡Tengo miedo! José, háblales tú.
-Lo haré. Pero que tu marido sepa guardar silencio. ¿Os pensáis que hacéis un bien al Maestro con estos alborotos, y que honráis al difunto? Os equivocáis. Perjudicáis al Uno y al otro -responde José -y las deja para dirigirse hacia Nicodemo, que, seguido por los criados, viene por una calle:
-No esperaba verte, Nicodemo. Yo mismo no sé cómo he podido. El criado de Lázaro ha venido, pasado el galicinio, a darme noticia de la desgracia.
-Y a mí más tarde. Me he puesto en camino inmediatamente.
¿Sabes si en Betania está el Maestro?
-No, allí no. Mi intendente de Beceta ha estado allí en la hora tercera y me ha dicho que no está.
-Hay una cosa que no comprendo… ¿Cómo… a todos el milagro y a él no? -exclama Juan.
-Quizás porque a esa casa le ha dado ya más que una curación: ha redimido a María y ha restituido la paz y el honor… dice José.
-¡Paz y honor! De los buenos a los buenos. Porque muchos… no han dado ni dan honor, ni siquiera ahora que María… Vosotros no lo sabéis… Hace tres días estuvieron allí Elquías y muchos otros… y no dieron ningún honor. María los echó de casa. Me lo dijeron furiosos. Y yo dejé hablar para no descubrir mi corazón… -dice Josué.
-¿Y ahora van a ir a los funerales? -pregunta Nicodemo.
-Han recibido el aviso y se han reunido en el Templo para debatir este asunto. ¡Los criados han tenido que correr mucho esta mañana al amanecer!
-¿Por qué tan rápido el funeral? ¡Inmediatamente después de la hora sexta!…
-Porque Lázaro estaba ya descompuesto en el momento de su muerte. Me ha dicho mi administrador que, a pesar de las resinas que arden en las habitaciones y los aromas vertidos encima del muerto, el hedor del cadáver se percibe ya desde el pórtico de la casa. Y además con el ocaso empieza el sábado. No era posible de otra manera.
-¿Y dices que se han reunido en el Templo? ¿Para qué?
-Bueno… La verdad es que la reunión ya estaba anunciada para examinar la cuestión de Lázaro. Quieren decir que estaba leproso… -dice Josué.
-Eso no. Él habría sido el primero que se habría aislado, según la Ley -dice, en tono de defensa, José. Y añade: «
-He hablado con su médico. Lo ha excluido rotundamente. Estaba enfermo de una consunción pútrida.
-Pues si Lázaro estaba ya muerto, ¿de qué han discutido? -pregunta Nicodemo.
-De si ir o no a los funerales, después de que María los había echado de casa. Unos sí que querían, otros no. Pero la mayoría quería ir, por tres motivos: la primera razón, común a todos, es ver si está el Maestro; la segunda razón es ver si hace el milagro; tercera razón es el recuerdo de recientes palabras del Maestro a los escribas a la orilla del Jordán en la zona de Jericó explica Josué.
-¡El milagro! ¿Cuál, si ya está muerto? -pregunta Juan encogiéndose de hombros, y termina:
-¡Siempre iguales!… ¡Buscadores de lo imposible!
-El Maestro ha resucitado a otros muertos -observa José.
-Es verdad. Pero si hubiera querido mantenerlo vivo no lo habría dejado morir. Tu razón de antes es válida. Ellos ya han recibido.
-Sí. Pero Uziel se ha acordado -y también Sadoq-de un reto de hace muchas lunas. El Cristo dijo que daría la prueba de saber recomponer incluso un cuerpo descompuesto.
Y Lázaro está en esa situación. Y Sadoq, el escriba, dice también que, a orillas del Jordán, el Rabí, motu propio, le dijo que con la nueva luna vería cumplirse la mitad del reto. Esta mitad: la de uno que, en estado de descomposición, revive, y ya sin estado de descomposición ni enfermedad. Y han vencido ellos. Si ello sucede, es, sin duda, porque está el Maestro. Y también, si ello sucede, ya no hay duda sobre Él.
-Con tal de que no sea para mal… -susurra José.
-¿Para mal? ¿Por qué? Los escribas y fariseos se convencerán….
-¡Juan! ¿Pero es que eres un extranjero, para decir eso? ¿No conoces a tus paisanos? ¿Pero cuándo los ha hecho santos la verdad? ¿No te dice nada el hecho de que a mi casa no hayan llevado la invitación para la asamblea?
-Tampoco a la mía. Dudan de nosotros y frecuentemente nos excluyen -dice Nicodemo. Y pregunta:
-¿Estaba Gamaliel?
-Su hijo. Irá en lugar de su padre, que está enfermo en Gamala de Judea.
-¿Y qué decía Simeón?
-Nada. Nada de nada. Ha escuchado. Se ha marchado. Hace poco ha pasado con unos discípulos de su padre, iba hacia Betania.
Están casi en la puerta que se abre en el camino de Betania. Juan exclama:
-¡Mira! Está vigilada. ¿Por qué será? Y paran a los que salen.
-La ciudad está revuelta…
-¡No es una agitación de las más fuertes!…
Llegan a la puerta y los paran como a todos los demás.
-¿La razón de esto, soldado? Toda la Antonia me conoce, y de mí no podéis decir nada malo. Os respeto y respeto vuestras leyes -dice José de Arimatea.
-Orden del centurión. El Prefecto está para entrar en la ciudad y queremos saber quién sale por las puertas, y especialmente por esta que da al camino de Jericó. Nosotros te conocemos. Pero conocemos también vuestro humor respecto a nosotros. Tú y los tuyos pasad. Y si tenéis influencia sobre el pueblo decid que les conviene estar tranquilos. Poncio no es amigo de cambiar sus costumbres por súbditos que causan molestias… y podría ser demasiado severo. Este es un consejo leal para ti que eres leal.
Pasan…
-¿Has oído? Preveo días duros… Habrá que aconsejar a los otros, más que al pueblo… -dice José.
El camino de Betania está lleno de gente. Todos van en una dirección: hacia Betania. Todos van a los funerales. Se ve a miembros del Sanedrín y a fariseos mezclados con saduceos y escribas, y éstos con agricultores, siervos, administradores de las distintas casas y fincas rústicas que Lázaro tiene en la ciudad y en el campo, y, cuanto más se acerca uno a Betania, más va agregándose gente -procedente de todos los senderos y caminos-a este camino, que es el principal.
Ahí está Betania, una Betania de luto en torno a su más grande vecino. Todos los habitantes, con los vestidos mejores, están ya fuera de las casas, ahora cerradas como si nadie estuviera en ellas. Pero todavía no han entrado en la casa del muerto. La curiosidad los retiene junto a la cancilla, en la orilla del camino. Observan qué invitados pasan y se transmiten unos a otros nombres e impresiones.
-Ahí está Natanael ben Faba. ¡Oh, el viejo Matatías, pariente de Jacob! ¡El hijo de Anás! Míralo allí con Doras, Calasebona y Arquelao. ¡Mira! ¿Cómo se las han arreglado los de Galilea para venir? Están todos. Mira:
Elí, Jocanán, Ismael, Urías, Joaquín, Elías, José… El viejo Cananías con Sadoq, Zacarías y Jocanán saduceos. Está también Simeón de Gamaliel. Solo. El rabí no está.
¡Ahí están Elquías con Nahúm, Félix, Anás el escriba, Zacarías, Jonatán de Uziel! Saúl con Eleazar, Trifón y Joazar. ¡Buenos son! Otro de los hijos de Anás. El más pequeño. Está hablando con Simón Camit. Felipe con Juan el de Antipátrida. Alejandro, Isaac, y Jonás de Babaón. Sadoq. Judas, descendiente de los Asideos, el último, creo, de la clase. Ahí están los administradores de los distintos palacios. No veo a los amigos fieles. ¡Cuánta gente!
-¡Verdaderamente! ¡Cuánta gente! Todos con aspecto grave; parte con cara de circunstancias, parte con signos de verdadero dolor en el rostro. La cancilla abierta de par en par se traga a todos. Veo pasar a todos los que en sucesivas ocasiones he visto, benevolentes o enemigos, en torno al Maestro. Todos, menos Gamaliel y menos el Anciano Simón. Y veo a otros que no he visto nunca, o que quizás haya visto, pero sin haber sabido su nombre, en las controversias alrededor de Jesús…
Pasan rabíes con sus discípulos, y grupos compactos de escribas. Pasan judíos cuyas riquezas oigo enumerar… El jardín está lleno de gente que, tras haberse acercado a decir palabras de pésame a las hermanas -las cuales, como será, quizás, costumbre, están sentadas bajo el pórtico y por tanto fuera de la casa-, vuelven a distribuirse por el jardín formando una continua mezcla de colores y haciendo continuas, pronunciadas reverencias.
Marta y María están deshechas. Están agarradas de la mano como dos niñas, asustadas por el vacío que se ha creado en su casa, por la nada que llena su día, ahora que ya no hay que cuidar a Lázaro. Escuchan las palabras de los que han venido.
Lloran con los verdaderos amigos, con los subordinados fieles. Hacen gestos de reverencia a los gélidos, solemnes, rígidos miembros del Sanedrín, que han venido más para hacer ostentación de sí mismos que para honrar al difunto. Responden, cansadas de repetir las mismas cosas cientos de veces, a quienes les preguntan algo acerca de los últimos momentos de Lázaro.
José, Nicodemo, los amigos más leales, se ponen a su lado con pocas palabras, pero con una amistad que consuela más que cualquier palabra.
Vuelve Elquías con los más intransigentes, con los cuales ha estado hablando mucho, y pregunta:
-¿No podríamos observar al muerto?
Marta se pasa con dolor la mano por la frente y pregunta:
-¿Pero desde cuándo se hace eso en Israel? Ya está preparado… -y lágrimas lentas se deslizan por sus mejillas.
-No se hace, es verdad. Pero nosotros deseamos hacerlo.
Los amigos más fieles bien tienen derecho a ver por última vez al amigo.
-También nosotras, sus hermanas, hubiéramos tenido este derecho. Pero ha sido necesario embalsamarlo enseguida…
Y, cuando volvimos a la habitación de Lázaro, ya vimos solamente la forma envuelta en las vendas…
-Deberíais haber dado órdenes claras. ¿No hubierais podido, y no podríais ahora, levantar el sudario y descubrir la cara?
-Ya está descompuesto… Y ya es la hora de los funerales.
José interviene:
-Elquías, me parece que nosotros… por exceso de amor, causamos dolor. Dejemos tranquilas a las hermanas…
Se acerca Simón, hijo de Gamaliel, e impide la respuesta de Elquías. Dice:
-Mi padre vendrá en cuanto pueda. Lo represento. Él apreciaba a Lázaro, y yo también.
Marta se inclina y contesta:
-El honor que hace el rabí a nuestro hermano sea recompensado por Dios.
Elquías, estando allí el hijo de Gamaliel, no insiste y se retira, conversa con otros, que le hacen esta observación:
-¿Pero no sientes el hedor? ¿Lo vas a poner en duda? Además, veremos si tapian el sepulcro. No se vive sin aire.
Otro grupo de fariseos se acerca a las hermanas. Son casi todos los de Galilea. Marta recibe sus manifestaciones de pésame, no se puede retener de expresar su estupor por su presencia.
-Mujer, el Sanedrín se reúne para deliberaciones de suma importancia. Estamos en la ciudad por este motivo -explica Simón de Cafarnaúm, y mira a María, cuya conversión ciertamente recuerda; pero se limita a mirarla.
Ahora se acercan Jocanán, Doras hijo de Doras e Ismael, con Cananías y Sadoq, y con otros que no conozco. Ya antes de abrir la boca hablan con sus caras de víbora. Y, para poder herir, esperan a que José se haya separado, con Nicodemo, para hablar con tres judíos. Es el viejo Cananías el que, con su voz ronca de viejo decrépito, descarga la puñalada:
-¿Tú qué opinas, María? Vuestro Maestro es el único ausente de entre los muchos amigos de tu hermano. ¡Una amistad muy particular! ¡Mucho amor mientras Lázaro estaba bien! ¡Indiferencia cuando era la hora de amarlo! Todos han recibido milagros de Él. Pero aquí no hay milagro.
¿Qué opinas, mujer, de una cosa como ésta? ¡Bien te ha engañado, bien, el apuesto Rabí galileo! ¡Je! ¡Je! ¿No dijiste que se había dicho que esperaras más allá de lo esperable? ¿Es que no has esperado o es que no sirve para nada esperar en Él? Dijiste que esperabas en la Vida. ¡Sí, claro! Él se llama "la Vida", ¡je! ¡Je! Pero ahí adentro está tu hermano muerto. Y allí está ya abierta la boca del sepulcro. Y el Rabí no está. ¡Je! ¡Je!
-Sabe dar la muerte, no la vida -dice con una sonrisita
burlona Doras.
Marta agacha la cabeza y mete la cara entre sus manos.
Llora. La realidad está bien clara; su esperanza, bien desilusionada: el Rabí no está, ni siquiera ha venido a consolarlas; y ya habría tenido tiempo de estar allí. Marta llora, ya sólo sabe llorar.
También María llora. También ella tiene ante sí la realidad. Ha creído, ha esperado más allá de lo creíble… y nada ha sucedido, y los criados ya han apartado la piedra de la boca del sepulcro, porque empieza a declinar el sol, y el sol desciende pronto en invierno, y es viernes, y todo debe estar concluido a tiempo y de manera que los que han venido no deban transgredir las leyes del sábado, que dentro de poco comienza. Ha esperado mucho, siempre, demasiado; ha consumido sus capacidades en esta esperanza. Y se siente desilusionada.
Cananías insiste:
-¿No me respondes? ¿Te convences ahora de que es un impostor que se ha aprovechado y burlado de vosotras?
¡Pobres mujeres! -y menea la cabeza en medio de los otros como él, los cuales hacen lo mismo y también dicen:
-¡Pobres mujeres!
Maximino se acerca:
-Es la hora. Dad la orden. Os compete a vosotras.
Marta cae al suelo. La socorren. Se la llevan usando para ello sólo los brazos, entre los gritos de los criados, que comprenden que ha llegado la hora de depositar el cuerpo en el sepulcro, y entonan lamentaciones.
María aprieta las manos, convulsa. Suplica:
-¡Todavía un poco! ¡Todavía un poco! Mandad criados al camino que va a Ensemes y a la fuente; a todos los caminos. Criados a caballo. Que vean si viene…
-¡Pero, desdichada, ¿esperas todavía?! ¿Pero qué se necesita para convencerte de que os ha traicionado y defraudado? Os ha odiado y se ha burlado de vosotras…
¡Es demasiado! Con la cara lavada por el llanto, torturada pero fiel, en medio del semicírculo que forman los que han venido y están reunidos para ver salir el cadáver, María proclama:
-Si Jesús de Nazaret lo ha hecho así, bien hecho está, y grande es su amor por todos nosotros de Betania. ¡Todo para gloria de Dios y suya! Él ha dicho que esto significará gloria para el Señor, porque la potencia de su Verbo resplandecerá completa. Haz lo que debes hacer, Maximino; el sepulcro no es un obstáculo para el poder de Dios…
Se separa, sujetada por Noemí, que se ha acercado presurosa, y hace un gesto… El cadáver, envuelto en su mortaja, sale de la casa, cruza el jardín entre dos filas de gente, entre los gritos del duelo. María quisiera seguirlo, pero se tambalea. Se pone al final de la gente cuando ya todos van hacia el sepulcro.
Llega a tiempo para ver desaparecer la larga forma inmóvil en el interior oscuro del sepulcro donde rojean las antorchas, mantenidas en alto por los criados para iluminar la escalera a los que bajan con el muerto. Porque el sepulcro de Lázaro está más bien enterrado, quizás para aprovechar unos estratos de roca subterránea.
María grita… Está en el ápice de la congoja… Grita…
Y junto nombre de su hermano está el de Jesús. Parece que le arrancaran el corazón. Pero sólo dice esos dos nombres, y los repite hasta que el denso ruido del cierre devuelto a la boca de la tumba le dice que Lázaro ya no está en la Tierra ni siquiera con el cuerpo. Entonces cede y pierde la conciencia de todo. Cae rendida sobre quien la sujeta y, mientras se hunde en la nada del desvanecimiento, todavía suspira: ¡Jesús! ¡Jesús!
Se la llevan.
Se queda Maximino para despedir a los que han venido, y para darles las gracias en nombre de toda la familia. Se queda para oírles decir a todos que volverán para el duelo todos los días…
Poco a poco van despejando el lugar. Los últimos que se marchan son José, Nicodemo, Eleazar, Juan, Joaquín, Josué. Y en la cancilla ven a Sadoq y a Uriel riéndose con maldad y diciendo:
¡Su reto! ¡Y nosotros le hemos temido!
-¡Bien muerto está! ¡Cómo olía, a pesar de los aromas! ¡No hay duda, no! No había necesidad de destapar la cara. Yo creo que está ya agusanado.
Están contentos.
José los mira. Una mirada tan severa que cercena palabras y risas. Todos se apresuran a regresar para estar en la ciudad antes del final del ocaso.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Anochece cuando el criado, remontando las zonas boscosas del río, espolea al caballo, humoso de sudor, para que supere el desnivel que en ese punto hay entre el río y el camino del pueblo.
Los lomos del pobre animal palpitan por la carrera veloz y larga. El pelaje negro está todo vareteado de sudor, la espuma del bocado ha salpicado el pecho de blanco; resopla arqueando el cuello y meneando la cabeza.
Ahí está ya, en el caminito. Pronto llega a la casa. El criado pone pie en tierra de un salto, ata el caballo al seto y lanza una voz.
Por la parte de atrás de la casa se asoma la cabeza de Pedro, y su voz un poco áspera pregunta:
-¿Quién llama? El Maestro está cansado. Hace muchas horas que no goza de tranquilidad. Es casi de noche. Volved mañana.
-No quiero nada del Maestro, yo. Estoy sano y sólo tengo que darle un mensaje.
Pedro se acerca diciendo:
-¿Y de parte de quién, si se puede preguntar? Sin un seguro reconocimiento, no dejo pasar a nadie, y menos a uno que huela a Jerusalén, como tú.
Se ha acercado lentamente, más escamado por la belleza del caballo negro ricamente ensillado que por el hombre. Pero cuando está justo frente a frente de éste reacciona con estupor:
-¿Tú? ¿Pero tú no eres un criado de Lázaro?
El criado no sabe qué decir. Su señora le ha dicho que hable sólo con Jesús. Pero el apóstol parece bien decidido a no dejarlo pasar. El nombre de Lázaro -él lo sabe-es influyente ante los apóstoles. Se decide a decir:
-Sí. Soy Jonás, criado de Lázaro. Debo hablar con el Maestro.
-¿Está mal Lázaro? ¿Te envía él?
-Está mal, sí. Pero no me hagas perder tiempo. Debo regresar lo antes posible.
Y para que Pedro se decida dice:
-Han estado los miembros del Sanedrín en Betania… -¡Los miembros del Sanedrín! ¡Pasa! ¡Pasa! -y abre la portilla mientras dice: -Retira el caballo. Ahora le damos de beber y hierba, si quieres. -Tengo forraje. Pero un poco de hierba no vendrá mal. El agua después. Antes le sentaría mal.
Entran en la habitación grande donde están las yacijas. Atan al animal en un rincón para tenerlo resguardado del aire; el criado lo cubre con la manta que iba atada a la silla, le da el forraje y la hierba que Pedro ha cogido no sé de dónde. Luego vuelven afuera. Pedro lleva al criado a la cocina y le da un vaso de leche caliente tomada de un caldero que está puesto al fuego, en vez del agua que había pedido.
Mientras el criado bebe y se repone junto al fuego, Pedro, que es heroico en no hacer preguntas curiosas, dice:
-La leche es mejor que el agua que querías. ¡Y dado que la tenemos…! ¿Has hecho todo el camino en una etapa?
-Todo en una etapa. Y lo mismo haré a la vuelta.
-Estarás cansado. ¿Y el caballo te resiste?
-Espero que resista. Además, a la vuelta no voy a galopar como cuando he venido.
-Pero pronto será de noche. Empieza ya a alzarse la Luna… ¿Qué vas a hacer con el río?
-Espero llegar al río antes de que se ponga la Luna. Si no, esperaré en el bosque hasta el alba. Pero llegaré antes.
-¿Y después? El camino desde el río hasta Betania es largo. Y la Luna se pone pronto. Está en sus primeros días.
-Tengo un buen farol. Lo enciendo y voy despacio. Por muy despacio que vaya, me iré acercando a casa.
-¿Quieres pan y queso? Tenemos. Y también pescado. Lo he pescado yo. Porque hoy me he quedado aquí; yo y Tomás. Pero ahora Tomás ha ido por el pan a casa de una mujer que nos ayuda.
-No. No te prives tú de ninguna cosa. He comido por el camino. Lo que tenía era sed, y también necesidad de algo caliente. Ahora estoy bien. Pero ¿vas a avisar al Maestro? ¿Está en casa?
-Sí, sí. Si no hubiera estado, te lo habría dicho inmediatamente. Está allí, descansando. Porque viene mucha gente aquí… Tengo miedo incluso de que la cosa tenga resonancia y se presenten los fariseos a molestar. Toma un poco más de leche. Total, tendrás que dejar comer al caballo… y que dejarlo descansar: sus lomos palpilaban como una vela mal tensada…
-No. Vosotros necesitáis la leche. Sois muchos.
-Sí. Pero nosotros, que estamos fuertes -menos el Maestro, que habla tanto que tiene el pecho cansado, y los más viejos-, comemos cosas que hagan trabajar a los dientes. Toma. Es la de las ovejitas que dejó el anciano. La mujer, cuando estamos aquí, nos la trae. Pero si queremos más todos nos la dan. Aquí nos estiman y nos ayudan. Y dime: ¿eran muchos los miembros del Sanedrín?
-¡Casi todos! Y, con ellos, otros: saduceos, escribas, fariseos, judíos de alto rango, algún herodiano…
-¿Y qué ha ido a hacer esa gente a Betania? ¿Estaba José con ellos? ¿Nicodemo estaba?
-No. Habían venido días antes. Y también Manahén había venido. Éstos no eran de los que aman al Señor.
-¡Bien lo creo! ¡Son tan pocos los miembros del Sanedrín que lo estiman! ¿Pero qué cosa querían en concreto?
-Al entrar dijeron que saludar a Lázaro…
-¡Mmm! ¡Qué amor más extraño! ¡Siempre lo han marginado, por muchas razones!… ¡Bien!… Vamos a suponerlo… ¿Han estado allí mucho tiempo?
-Bastante. Y se marcharon inquietos. Yo no soy criado de la casa, y por eso no servía a las mesas; pero los otros que estaban dentro sirviendo dicen que hablaron con las señoras y que querían ver a Lázaro. Fue a ver a Lázaro Elquías y…
-¡Buen elemento!… -susurra entre dientes Pedro.
-¿Qué has dicho?
-¡Nada, nada! Sigue. ¿Y habló con Lázaro?
-Creo que sí. Fue con María. Pero luego, no sé por qué…
María se irritó, y los criados, que estaban alerta en las habitaciones contiguas para acudir enseguida, dicen que los ha echado de casa como a perros…
-¡Viva ella! ¡Eso es lo que hace falta! ¿Y te han mandado a decirlo?
-No me hagas perder más tiempo, Simón de Jonás.
-Tienes razón. Ven.
Lo guía hacia una puerta. Llama. Dice:
-Maestro, ha venido un criado de Lázaro. Quiere hablar contigo.
-Que pase -dice Jesús.
Pedro abre la puerta, invita al criado a pasar, cierra, se retira y va, meritoriamente, junto al fuego a mortificar su curiosidad.
Jesús, sentado en el borde de su yacija, en el pequeño cuarto donde apenas hay espacio para la yacija y la persona que está en él -cuarto que antes era, sin duda, un reposte de víveres, porque todavía tiene ganchos en las paredes y tablas apoyadas en estacas-, mira sonriente al criado, que se ha arrodillado. Lo saluda:
-La paz sea contigo.
Luego añade:
-¿Qué nuevas me traes? Levántate y habla.
-Me mandan mis señoras, a decirte que vayas enseguida a su casa, porque Lázaro está muy enfermo y el médico dice que va a morir. Marta y María te lo suplican, y me han enviado a decirte: "Ven, porque sólo Tú lo puedes curar".
-Diles que estén tranquilas. Ésta no es una enfermedad que cause la muerte, sino que es gloria de Dios para que su potencia sea glorificada en el Hijo suyo.
-¡Pero está muy grave, Maestro! Su carne se corrompe y él ya no se alimenta. He deslomado al caballo para llegar más deprisa…
-No importa. Es como Yo digo.
-¿Pero vas a ir?
-Iré. Diles a ellas que iré y que tengan fe. Que tengan fe. Una fe absoluta. ¿Has comprendido? Ve. Paz a ti y a quien te envía. Te repito: "Que tengan fe. Absoluta". Ve.
El criado saluda y se retira.
Pedro inmediatamente se llega a él:
-Lo has dicho en poco tiempo. Creía que fueran largas palabras…
Lo mira, lo mira… El deseo de saber transpira por todos los poros de la cara de Pedro. Pero se contiene…
-Me marcho. ¿Me das agua para el caballo? Luego me marcharé.
-Ven. ¡Agua!… Tenemos todo un río para dártela, además del pozo para nosotros -y Pedro, provisto de una luz, le precede y le da el agua que ha pedido.
Dan de beber al caballo. El criado quita la manta, observa las herraduras, la cincha, las bridas, los estribos. Explica:
-¡He corrido lucho! Pero todo está en orden. Adiós, Simón Pedro, y ora por nosotros.
Saca fuera al caballo. Sujetándolo por las bridas, sale al camino, pone un pie en el estribo, hace ademán de montar en la silla.
Pedro lo retiene poniéndole una mano en el brazo, y dice:
-Sólo quiero saber esto: ¿Aquí hay peligro para Él?, ¿han mencionado esta amenaza?, ¿querían saber por las hermanas dónde estábamos? ¡Dilo en nombre de Dios!
-No, Simón. No. No se ha hablado de esto. Han venido por Lázaro. Nosotros sospechamos que era para ver si estaba el Maestro y si Lázaro estaba leproso, porque Marta gritaba fuerte que no estaba leproso, y lloraba… Adiós, Simón. Paz a ti.
-Y a ti y a tus señoras. Que Dios te acompañe en tu regreso a casa…
Lo mira mientras se marcha… hasta que desaparece, pronto, en el fondo del camino, porque el criado, antes que el sendero oscuro del bosque que sigue la orilla del río, prefiere tomar el camino principal, claro con el blancor de la Luna. Se queda pensativo. Luego cierra la portilla y vuelve a la casa.
Va donde Jesús, que sigue sentado en la yacija, teniendo las manos apoyadas en el borde, absorto. Pero reacciona al sentir cerca a Pedro, que lo mira interrogativamente. Le sonríe.
-¿Sonríes, Maestro?
-Te sonrío a ti, Simón de Jonás. Siéntate aquí, cerca de mí. ¿Han vuelto los otros?
-No, Maestro. Tomás tampoco. Habrá encontrado ocasión de hablar.
-Eso está bien.
-¿Está bien que hable? ¿Está bien que tarden los demás? Él habla incluso demasiado. ¡Siempre está alegre! ¿Y los otros? Estoy siempre preocupado hasta que regresan. Siempre tengo temor yo.
-¿De qué, Simón mío? No sucede nada malo por ahora, créelo. Tranquilízate e imita a Tomás, que está siempre alegre. Tú, sin embargo, de un tiempo a esta parte, estás muy triste.
-¡Hombre claro, ¿y quién te quiere y no lo está?! Yo ya soy viejo, y reflexiono más que los jóvenes. También ellos te quieren, pero son jóvenes y piensan menos… De todas formas, si alegre te agrado más lo estaré; me esforzaré en estarlo. Pero para poder estarlo dame al menos una cosa que me dé motivo para ello. Dime la verdad, mi Señor. Te lo pido de rodillas (y, efectivamente, se arrodilla). ¿Qué te ha dicho el criado de Lázaro? ¿Que te buscan? ¿Que quieren causarte algún mal? ¿Que…?
Jesús pone la mano en la cabeza de Pedro:
-¡No, hombre, no, Simón! Ninguna de esas cosas. Ha venido a decirme que Lázaro se ha agravado mucho, y no hemos hablado de nada sino de Lázaro.
-¿Nada, nada?
-Nada, Simón. Y he respondido que tengan fe.
-Pero, en Betania han estado los del Sanedrín, ¿lo sabes?
-¡Es natural! La casa de Lázaro es una casa importante. Y la costumbre nuestra prevé estos honores a una persona influyente que está muriendo. No te intranquilices, Simón.
-¿Pero estás seguro de que no han aprovechado esta disculpa para…?
-Para ver si estaba Yo allí. Bueno, pues no me han encontrado ¡Animo!, no estés tan asustado como si ya me hubieran capturado Vuelve aquí, a mi lado, pobre Simón que de ninguna forma quieres convencerte de que a mí no me puede suceder nada malo hasta el momento decretado por Dios, y que en ese momento… nada servirá para defenderme del Mal…
Pedro se le enrosca al cuello y le tapa la boca besándolo en ella y diciendo: ¡Calla! ¡Calla! ¡No me digas estas cosas! ¡No quiero oírlas! (repetimos que el beso en la boca en Israel entre varones no era algo degenerativo ni desviacionista sino usual, costumbrista, igual que actualmente se hace en países del Este de Europa, Rusia entre ellos)
Jesús logra librarse lo suficiente como para poder hablar, y susurra:
-¿No las quieres oír! ¡Éste es el error! Pero soy indulgente contigo… Mira, Simón. Dado que aquí estabas sólo tú, de todo lo sucedido, sólo tú y Yo debemos tener noticia. ¿Me entiendes?
-Sí, Maestro. No hablaré con ninguno de los compañeros.
-¡Cuántos sacrificios! ¿No es verdad, Simón?
-¿Sacrificios? ¿Cuáles? Aquí se está bien. Tenemos lo necesario.
-Sacrificios de no preguntar, de no hablar, de soportar a Judas… de estar lejos de tu lago… Pero Dios te recompensará por todo ello.
-¡Si te refieres a eso!… En vez del lago, tengo el río y… me arreglo para que me baste. Respecto a Judas… te tengo a ti, que me compensas plenamente… ¡Por las otras cosas!… ¡Menudencias! Y me sirven para ser menos basto y más semejante a ti.
¡Qué feliz me siento de estar aquí contigo! ¡Entre tus brazos! El palacio de César no me parecería más hermoso que esta casa, si pudiera estar en ella siempre así, entre tus brazos.
-¿Qué sabes tú del palacio de César! ¿Acaso lo has visto?
-No, y no lo veré nunca. Pero no tengo particular interés por verlo. De todas formas, supongo que será grande, hermoso, que estará lleno de objetos hermosos… y también de inmundicia. Como toda Roma, me imagino. ¡No estaría allí ni aunque me cubrieran de oro!
-¿Dónde? ¿En el palacio de César o en Roma?
-En ninguno de los dos sitios. ¡Lugares de maldición!
-Precisamente por serlo, hay que evangelizarlos.
-¿Y qué pretendes hacer en Roma? ¡Es un completo prostíbulo! No hay nada que hacer allí, a menos que vayas Tú. ¡Entonces!…
-Iré. Roma es cabeza del mundo. Conquistada Roma, está conquistado el mundo.
-¿Vamos a Roma? ¡Te proclamas rey allí! ¡Oh, misericordia y poder de Dios! ¡Esto es un milagro!
Pedro se ha puesto de pie y está con los brazos alzados frente a Jesús, que sonríe y le responde:
-Yo iré en mis apóstoles. Vosotros me la conquistaréis. Y Yo estaré con vosotros. Pero allí hay alguien. Vamos, Pedro.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Han abierto todas las puertas y ventanas en la habitación de Lázaro, para hacerle menos difícil la respiración.
Alrededor de él, que está ausente, en estado de coma -un coma profundo, semejante ya a la muerte, de la que difiere sólo por el movimiento de la respiración-, están las dos hermanas, Maximino, Marcela y Noemí, pendientes de cualquier mínimo gesto del moribundo.
Cada vez que una contracción espasmódica altera la boca, pareciendo que se preparara para hablar, o que los ojos, entreabriéndose los párpados, aparecen, las dos hermanas se inclinan para aferrar una palabra, una mirada… Pero es inútil. Son sólo acciones sin coordinación, independientes de la voluntad y la inteligencia, las cuales ya están inertes, perdidas; son acciones que provienen del sufrimiento de la carne, como de ésta viene el sudor que da brillo al rostro del moribundo, y el temblor que a intervalos agita los esqueletados dedos y les transmite una contracción de garra.
Y lo llaman las dos hermanas, con todo el amor en su voz. Pero el nombre y el amor chocan contra las barreras de la insensibilidad intelectiva, y la respuesta a su llamada es el silencio de las tumbas
Noemí, llorando, sigue poniendo en los pies -sin duda, helados-ladrillos envueltos en fajas de lana. Marcela tiene en sus manos una copa de la que saca un pañito fino que Marta usa para mojar los labios secos de su hermano. María, con otro paño, seca el abundante sudor que desciende en regueros por el rostro esqueletado y que moja las manos del moribundo.
Maximino, apoyado en una arquimesa alta y oscura, junto a la cama del moribundo, observa, en pie, a espaldas de María, que se inclina hacia su hermano. Nadie más. El máximo silencio, como si estuvieran en una casa vacía, en un lugar desierto. Las criadas que traen los ladrillos calientes están descalzas y no hacen ruido en el suelo marmóreo. Semejan apariciones.
María rompe el silencio diciendo:
-Me parece que está volviendo calor a las manos. Mira, Marta, los labios están menos pálidos.
-Sí. También respira más libremente. Lo estoy mirando desde hace un rato -observa Maximino.
Marta se inclina y llama despacio, pero con acento intenso:
-¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Oh, mira, María! Ha expresado como una sonrisa y un parpadeo. ¡Está mejorando, María! ¡Está mejorando! ¿Qué hora tenemos?
-Hemos pasado ya en una vigilia el crepúsculo.
-¡Ah! -y Marta se yergue apretando las manos contra el pecho y alzando los ojos hacia arriba en un visible gesto de muda pero confiada oración. Una sonrisa ilumina su cara.
Los otros la miran asombrados y María le dice:
-No veo por qué el haber superado el crepúsculo te deba poner contenta… -y la escruta, sospechosa, ansiosa.
Marta no contesta, pero toma de nuevo la postura de antes. Entra una criada con ladrillos. Se los pasa a Noemí. María le ordena:
-Trae dos lámparas. La luz mengua y quiero verlo.
-La criada sale sin hacer ruido y vuelve al cabo de poco con dos lamparillas encendidas. Las coloca: una encima del bargueño en que está apoyado Maximino; la otra, encima de una mesa llena de vendas y pequeñas ánforas, puesta en el otro lado de la cama.
-¡Oh, María! ¡María! ¡Mira! Está realmente menos pálido.
Y tiene aspecto menos agotado. ¡Se está reanimando! -dice Marcela.
-Dadle algunas gotas más de ese vino con los aromas que ha preparado Sara. Le ha hecho bien -sugiere Maximino.
María toma de la tabla de la arquimesa una anforita de cuello finísimo en forma de pico de ave y, con precaución, introduce algunas gotas de vino en los labios entreabiertos.
-Ve despacio, María. ¡No vaya a ser que se ahogue! -aconseja Noemí.
-¡Oh, traga! ¡Lo busca! ¡Mira, Marta! ¡Mira! Saca la lengua queriendo…
Todos se inclinan para mirar. Noemí lo llama:
-¡Tesoro! ¡Mira a tu nodriza, alma santa! -y se aproxima para besarlo.
-¡Mira! ¡Mira, Noemí, bebe tu lágrima! Le ha caído junto a los labios y la ha sentido; la ha buscado y la ha absorbido.
-¡Oh, tesoro mío! ¡Si tuviera todavía la leche de antaño, la exprimiría gota a gota en tu boca, corderito mío, aunque tuviera que exprimir mi corazón y morir después!
Intuyo que Noemí, nodriza de María, lo haya sido también de Lázaro.
-Señoras, ha vuelto Nicomedes -dice un criado que se presenta a la puerta.
-¡Que venga! ¡Que venga! Nos ayudará a hacerlo mejorar. ¡Fijaos! ¡Fijaos! Abre los ojos, mueve los labios -dice Maximino.
-¡Y a mí me aprieta los dedos con sus dedos! -grita María. Y se inclina diciendo:
-¡Lázaro! ¡Me oyes? ¿Quién soy?
Lázaro abre del todo los ojos y mira. Es una mirada insegura, empañada, pero, en todo caso, es una mirada. Mueve con dificultad los labios y dice:
-¡Mamá!
-¡Soy María! María! ¡Tu hermana!
-¡Mamá!
-No te reconoce y llama a su madre. Los moribundos. Siempre así -dice Noemí con el rostro lavado en llanto.
-Pero habla. Después de tanto tiempo, habla. Ya es mucho… Luego estará mejor. ¡Oh, mi Señor, premia a tu sierva! dice Marta mientras permanece todavía en ese gesto de ferviente y confiada oración.
-¿Pero qué te ha sucedido? ¿Es que has visto al Maestro? ¿Se te ha aparecido? ¡Dímelo, Marta! ¡Quítame la angustia! dice María.
La entrada de Nicomedes impide la respuesta. Todos se vuelven hacia él. Cuentan cómo después de su partida Lázaro se había agravado hasta el punto de tocar la muerte, y ya lo habían dado por muerto; pero que luego, con unos auxilios, habían logrado hacerlo recuperarse, pero sólo en lo referente a la respiración. Y cómo, desde hacía poco, después de que una de sus mujeres hubiera preparado vino con aromas, le había vuelto el calor y había tragado, tratando de beber, y también había abierto los ojos y había hablado… Hablan todos juntos, encendidas de nuevo sus esperanzas, que ellos lanzan contra la serenidad no poco escéptica del médico, que les deja hablar sin decir una palabra
Por fin han terminado y él dice:
-De acuerdo. Permitidme que vea.
Y los aparta. Se aproxima a la cama y ordena que acerquen las lámparas y cierren la ventana porque quiere descubrir al enfermo. Se inclina sobre él, lo llama, le hace preguntas, hace que pasen la lámpara por delante de la cara de Lázaro, que ahora tiene los ojos abiertos y parece como asombrado de todo; luego lo descubre, estudia su respiración, los latidos del corazón, el calor y la rigidez de los miembros… Todos están ansiosos en espera de su palabra. Nicomedes cubre de nuevo al enfermo, le sigue mirando, piensa. Luego se vuelve hacia los presentes y dice:
-Es innegable que ha recuperado vigor. Actualmente está mejorado respecto a la última vez que lo he visto. Pero no os hagáis ilusiones. Esto es sólo la ficticia mejoría de la muerte. Estoy tan seguro de ello -como estaba seguro de que es-a a las puertas de la muerte-, que, como podéis ver, he vuelto, después de haberme liberado de todos los compromisos, para hacerle menos penosa la muerte, en la medida en que puedo hacerlo… o para ver el milagro si… ¿Ya habéis hecho aquello?
-Sí, sí, Nicomedes -le interrumpe Marta. Y, para impedirle otras palabras, dice:
-Pero no habías dicho que… en el plazo de tres días…
Llora.
-He dicho eso. Soy un médico. Vivo entre agonías y llantos. Pero el estar acostumbrado a escenas de dolor no me ha dado todavía un corazón de piedra. Y hoy… os he preparado… con un plazo bastante largo… e impreciso…
Pero mi ciencia me decía que el desenlace era más rápido, y mi corazón mentía por engaño piadoso… ¡Ánimo! ¡Sed fuertes!… Salid afuera… Nunca se sabe hasta qué punto los moribundos entienden…
Las impele a salir. Ellas salen llorando. Y repite:
-¡Sed fuertes! ¡Sed fuertes!
Junto al moribundo se queda Maximino… También el médico se aleja para preparar unos medicamentos que sirven para hacer menos angustiosa la agonía, que, dice, «preveo muy dolorosa».
¡Hazlo vivir! Hazlo vivir hasta mañana. Es casi de noche, ya lo ves, Nicomedes. ¿Qué es para tu ciencia mantener en pie una vida durante menos de un día? ¡Hazle vivir!
-Dómina, yo hago lo que puedo. ¿Pero cuando el estambre se acaba, nada hay que pueda mantener la llama!-responde el médico, y se marcha.
Las dos hermanas se abrazan, llorando desoladas (y la que llora más, ahora, es María; la otra tiene su esperanza en el corazón)…
La voz de Lázaro viene de la habitación. Una voz fuerte e imperiosa. Y hace que ellas se sobresalten, porque es una voz inesperada en medio de tanto abatimiento. Las llama:
-¡Marta! ¡María! ¿Dónde estáis? Quiero levantarme. ¡Vestirme! ¡Decir al Maestro que estoy curado! Tengo que ir donde el Maestro. ¡Un carro! ¡Inmediatamente! Y un caballo rápido. Sin duda es Él el que me ha curado…
Habla rápido, articulando bien las palabras, sentado en la cama encendido de fiebre, tratando de abandonar la cama, e impedido en ello por Maximino, el cual a las mujeres, que entran corriendo, les dice:
-¡Está delirando!
-¡No! Déjalo levantarse. ¡El milagro! ¡El milagro! ¡Oh, me siento feliz de haberlo suscitado! ¡En cuanto Jesús ha tenido noticia! Dios de los padres, bendito seas y alabado por tu poder y por tu Mesías…
Marta, que ha caído de rodillas, está ebria de alegría
Mientras tanto, Lázaro continúa, cada vez más dominado por la fiebre (Marta no comprende que es la causa de todo):
-Ha venido muchas veces a mi casa, enfermo. Justo es que yo vaya donde Él para decirle: "Estoy curado". ¡Estoy curado! ¡Ya no tengo dolores! Estoy fuerte. Quiero levantarme. Ir. Dios ha querido probar mi resignación. Seré llamado el nuevo Job…
Pasa a un tono hierático haciendo amplios gestos:
-"El Señor se conmovió de la penitencia de Job (Job 42, 10-1);… y le aumentó en el doble cuanto había tenido. Y el Señor bendijo los últimos años de Job más aún que los primeros… y él vivió hasta…". ¡Oh, no, yo no soy Job! Me envolvían las llamas y me sacó de ellas, estaba en el vientre del monstruo y vuelvo a la luz; entonces soy Jonás, (29) y soy los tres muchachos de Daniel (3.3)…
-Llega el médico, avisado por alguno. Le observa:
-Es el delirio. Me lo esperaba. La corrupción de la sangre enciende el cerebro.
Se esfuerza en colocarlo en la cama y recomienda mantenerlo así, y vuelve afuera, a sus tisanas.
Lázaro un poco se inquieta por estar sujeto y un poco llora como un niño: alternativamente.
-Está realmente en estado de delirio -gime María.
-No. Ninguno entiende nada. No sabéis creer. ¡Eso es! No sabéis… A esta hora el Maestro sabe que Lázaro está agonizando. Sí. ¡Lo he hecho, María! Lo he hecho sin decirte nada…
-¡Ah, infame! ¡Has destruido el milagro! -grita María.
-¡Que no! Lázaro, tú lo has visto, ha empezado a mejorar en el momento en que Jonás ha llegado donde el Maestro. Está delirando… sí… Está débil y tiene todavía el cerebro obnubilado por la muerte, que ya lo aprisionaba. Pero no delira como cree el médico. ..¡Escúchalo! ¿Son palabras de delirio éstas?
En efecto, Lázaro está diciendo: «He inclinado la cabeza ante el decreto de muerte y he probado cuán amargo es morir, y Dios se ha considerado satisfecho de mi resignación y me devuelve a la vida y lo mantiene con mis hermanas.
Podré seguir sirviendo al Señor y santificarme junto con Marta y María… ¡Con María! ¿Qué es María? María es el don de Jesús para el pobre Lázaro. Me lo había dicho…
¡Cuánto tiempo desde entonces! "Vuestro perdón hará más que ninguna otra cosa. Me ayudará". Me lo había prometido:
"Ella será tu alegría". Y aquel día en que estaba inquieto porque ella había traído su vergüenza aquí, junto al Santo, ¡qué palabras para invitarla al regreso! La Sabiduría y la Caridad se habían unido para tocarle el corazón… ¿Y el otro, que me encontró ofreciéndome por ella, por su redención?…
¡¡Quiero vivir para gozar de ella redimida! ¡Quiero alabar con ella al Señor! Ríos de lágrimas, afrentas, vergüenza, amargura… todo me penetró y me quitó la vida por causa de ella… ¡Este es el fuego, el fuego el horno! Vuelve, con el recuerdo…
María de Teófilo y de Euqueria, mi hermana, la prostituta. Podía ser reina y se ha hecho fango que hasta el puerco pisotea. Y mi madre muere. Y, no poder ya ir con la gente sin tener que soportar sus burlas. ¡Por ella! ¿Dónde estás, desventurada? ¿Te faltaba el pan, acaso, para venderte como te has vendido? ¿Qué has succionado del pezón de la nodriza? ¿Tu madre qué te ha enseñado? ¿Lujuria una? ¿Pecado la otra? ¡Fuera! ¡Deshonor de nuestra casa!
La voz es un grito. Parece loco.
Marcela y Noemí se apresuran a cerrar herméticamente las puertas y a correr de nuevo las cortinas gruesas para amortiguar las resonancias, mientras el médico, que ha vuelto a la habitación, se esfuerza inútilmente en calmar el delirio, que cada vez se va haciendo más furioso.
María, arrojada al suelo como un trapajo, solloza bajo la implacable acusación del moribundo, que prosigue:
-Uno, dos, diez amantes. El oprobio de Israel pasaba de unos brazos a otros… Su madre moría, ella se consumía en sus amores indecentes. ¡Bestia feroz! ¡Vampiro! Has succionado la vida a tu madre. Has destruido nuestra alegría. Marta sacrificada por ti: nadie se casa con la hermana de una meretriz. Yo… ¡Ah! ¡Yo! Lázaro, caballero hijo de Teófilo… ¡Me escupían los gamberros de Ofel!
"He ahí: cómplice de una adúltera e impura" decían escribas y fariseos, y sacudían sus vestiduras para significar que rechazaban el pecado con que yo estaba manchado por el contacto con ella. "¡Ahí está el pecador!
El que no sabe castigar al culpable es culpable como él gritaban los rabíes cuando subía al Templo. Y sudaba bajo el fuego de las pupilas sacerdotales…
El fuego. ¡Tú! Tú vomitabas el fuego que llevabas dentro. Porque eres un demonio, María. Eres inmunda. Eres la maldición. Tu fuego prendía en todos, porque tu fuego estaba hecho de muchos fuegos, y había, ¡vaya que si había!, para los lujuriosos, que parecían peces apresados en el trasmallo cuando pasabas… ¿Por qué no te maté?
Arderé en la Gehenna por haberte dejado vivir destruyendo tantas familias, dando escándalo a mil… ¿Quién dice:
"¡Ay de aquel por el que se produce el escándalo!"? ¿Quién lo dice? ¡Ah, el Maestro! ¡Quiero ver al Maestro! ¡Quiero verlo! Para que me perdone. Quiero decirle que no podía matarla porque la amaba… María era el sol de nuestra casa…
¡Quiero ver al Maestro! ¿Por qué no está aquí? ¡No quiero vivir! Pero sí quiero el perdón por el escándalo que he dado dejando vivir al escándalo. Ya estoy en las llamas.
Es el fuego de María. Me ha apresado. A todos apresaba. Para lujuria suya, para odio a nosotros, y para quemarme las carnes a mí. ¡Fuera estas mantas, fuera todo! Estoy en el fuego. Me ha apresado la carne y el espíritu. Estoy perdido a causa de ella.
¡Maestro! ¡Maestro! ¡Tu perdón! No viene. No puede venir a la casa de Lázaro. Es un estercolero por causa de ella.
Entonces… quiero olvidar. Todo. Ya no soy Lázaro. Dadme vino. Lo dice Salomón (Proverbios 31, 6-7: "Dad vino a los que tienen el corazón acongojado. Que beban y olviden su miseria, y no recuerden ya de su dolor". No quiero recordar. Dicen todos: "Lázaro es rico, es el hombre más rico de Judea". ¡No es verdad! Todo es paja No es oro. ¿Y las casas? Nubes. ¿Las viñas, los oasis, los jardines, los olivares? Nada. Engaños. Yo soy Job (1-2. No tengo ya nada. Tenía una perla. ¡Hermosa! De infinito valor. Era mi orgullo. Se llamaba María. Ya no la tengo. Soy pobre. El más pobre de todos. El más engañado de todos…
También Jesús me ha engañado, porque me había dicho que me la traería de nuevo, y, sin embargo, ella… ¿Dónde está ella? Ahí está. ¡Parece una hetaira pagana la mujer de Israel, hija de una santa! Semidesnuda, borracha, enloquecida… Y alrededor… con los ojos fijos en el cuerpo desnudo de mi hermana, la jauría de sus amantes…
Y ella ríe de ser admirada y deseada así. Quiero expiar mi delito. Quiero ir por Israel diciendo: "No vayáis a casa de mi hermana. Su casa es el camino del infierno y desciende a los abismos de la muerte". Y luego quiero ir donde ella y pisotearla, porque está escrito (Eclesiástico 9, 10):
"Toda mujer lasciva será pisoteada como estiércol en el camino". ¡Oh!, ¿te atreves a presentarte a mí, que muero deshonrado, destruido por ti?, ¿a mí, que he ofrecido mi vida como rescate de tu alma, y en vano? ¿Cómo quería que fueras, dices? ¿Cómo quería que fueras para no morir así? Pues te quería como Susana, la casta. ¿Dices que te han tentado?
¿Y no tenías un hermano para que te defendiera? Susana, ella sola, respondió (Daniel 13, 23);: "Mejor es para mí caer en vuestras manos que pecar en la presencia del Señor", y Dios hizo relucir su candor. Yo habría dicho las palabras contra tus tentadores y te habría defendido.
¡Pero tú… te marchaste! Judit era viuda y vivía en una habitación apartada, ceñido el cilicio y ayunando, y gozaba de grandísima estima de todos porque temía al Señor, y de ella se canta: "Eres gloria de Jerusalén, alegría de Israel, honor de nuestro pueblo, porque has obrado virilmente y tu corazón ha sido fuerte, porque has amado la castidad y después de tu matrimonio no has conocido a otro hombre. Por eso la mano del Señor te ha hecho fuerte y serás bendecida eternamente (Judith 15, 10 – 11) Si María hubiera sido como Judit, el Señor me habría curado. Pero no ha podido hacerlo por causa de ella. Por eso no he pedido la curación. No puede haber milagro donde está ella. Pero morir, sufrir, no es nada; una y mil veces más, una y mil muertes, con tal de que ella se salve.
¡Oh! ¡Señor Altísimo! ¡Todas las muertes! ¡Todo el dolor! ¡Pero que María se salve! ¡Gozar de ella una hora, sólo una hora! ¡Gozar de ella santa otra vez, pura como en la infancia! ¡Una hora de esta alegría! Gloriarme en ella, la flor de oro de mi casa, la gacela primorosa de dulces ojos, el ruiseñor a la caída de la tarde, la amorosa paloma…
Quiero ver al Maestro para decirle que lo que quiero es a María, a María. ¡Ven! ¡María! ¡Cuánto dolor tiene tu hermano, María! Pero, si vienes, si te redimes, mi dolor se hace dulce. ¡Buscad a María! ¡Estoy a las puertas de la muerte! ¡María! ¡Alumbrad! Aire Yo… Me ahogo… ¡Oh, qué cosa siento!…
El médico hace un gesto y dice:
-Es el final. Después del delirio el sopor y luego la muerte. Pero puede volver a la lucidez. Acercaos. Tú especialmente. Le será motivo de alegría -y colocado de nuevo Lázaro, agotado después de tanta agitación, se acerca a María, que ha estado todo este tiempo llorando en el suelo y diciendo entre gemidos: «¡No dejéis que siga!».
La alza y la conduce al pie de la cama Lázaro ha cerrado los ojos. Pero debe sufrir atrozmente. Todo él es estremecimiento y contracción. El médico trata de socorrerlo con jarabes… Pasan así un tiempo.
Lázaro abre los ojos. Parece desmemoriado de lo que ha sucedido antes, pero está en sí. Sonríe a sus hermanas y trata de cogerles las manos y responder a sus besos.
Palidece mortalmente. Gime:
-Tengo frío…
Le castañean los dientes. Trata de cubrirse hasta la boca Gime:
-Nicomedes, ya no resisto estos dolores. Los lobos me arrancan la carne de las piernas y me devoran el corazón.
¡Cuánto dolor! Y, si así es la agonía, ¿qué será la muerte? ¿Qué voy a hacer? ¡Si tuviera aquí al Maestro! ¿Por qué no me lo habéis traído? Habría muerto feliz en su pecho…
Llora.
Marta mira a María severamente. María comprende esa mirada y, todavía abatida por el delirio de su hermano, cae en el remordimiento y, inclinándose, arrodillada como está contra la cama besando la mano de su hermano, gime:
-Soy yo la culpable. Marta quería hacerlo desde hace ya dos días. Yo no he querido. Porque Él nos había dicho que le avisáramos sólo después de tu muerte. ¡Perdóname, Yo te he dado todo el dolor de la vida… Y, no obstante, te he amado y te amo, hermano. Después del Maestro, tú eres la persona a quien más amo; y Dios ve que no miento. Dime que me absuelves del pasado, dame paz…
-¡Dómina! -interviene el médico -El enfermo no tiene necesidad de emociones.
-Es verdad… Dime que me perdonas el haberte negado a Jesús…
-¡María! Por ti Jesús ha venido aquí… y viene por ti… porque tú has sabido amar… más que ningún otro… Me has amado más que ningún otro… Una vida… de delicias no me habría… no me habría dado la… alegría que he gozado por ti… Te bendigo… Te digo… que has hecho bien… en obedecer a Jesús… Yo no sabía eso… Sé… Digo… está bien… ¡Ayudadme a morir!… Noemí… tú, en el pasado, eras capaz de… hacerme dormir… Marta… bendita… paz mía,… Maximino… con Jesús. También… por mí… Mi parte… para los pobres,… a Jesús… para los pobres… Y perdonad… a todos… ¡Ah, qué espasmos!… ¡Aire!… Luz… Todo tiembla… Tenéis como una luz en torno a vosotros y me ciega si… os miro… Hablad… fuerte…
Ha puesto la mano izquierda en la cabeza de María y ha dejado desmayada la izquierda entre las manos de Marta. Jadea…
Lo alzan con precaución añadiendo almohadas. Nicomedes le hace sorber todavía otras gotas de jarabes. La pobre cabeza, mortalmente relajada, se hunde y pende. Toda la vida está en la respiración. No obstante, abre los ojos y mira a María, que le sujeta la cabeza, y le sonríe diciendo:
-¡Mamá! Ha vuelto… ¡Mamá! ¡Habla! Tu Voz… Tú sabes… el secreto… de Dios… ¿He servido… al Señor?…
María, con voz blanca por la pena, susurra:
-El Señor te dice: Ven conmigo, siervo bueno y fiel, porque has escuchado todas mis palabras y has amado al Verbo que he enviado".
-¡No oigo! ¡Más fuerte!
María repite más fuerte…
-¡Es verdaderamente mamá!… -dice satisfecho Lázaro, y abandona la cabeza en el hombro de su hermana…
Ya no habla. Sólo gemidos y temblores convulsos, sólo sudor y estertores. Ya insensible respecto a la Tierra, a los sentimientos, se hunde en la oscuridad cada vez más absoluta de la muerte. Los párpados descienden sobre los ojos vidriosos en que brilla la última lágrima.
-¡Nicomedes! ¡Se entumece! ¡Se pone frío!… -dice María.
-Dómina, para él la muerte es un alivio.
-Mantenlo en vida! Mañana, sin duda, estará aquí Jesús. Se habrá puesto en camino enseguida. Quizás ha tomado el caballo del criado, u otra cabalgadura -dice Marta. Y, vuelta hacia su hermana:
-¡Oh, si me hubieras dejado enviar aviso antes!
Luego, al médico:
-¡Haz que viva! -impone convulsa.
El médico abre los brazos. Prueba con unos cordiales. Pero Lázaro ya no deglute. El estertor aumenta… aumenta. Es acongojante…
-¡No se puede soportar ya oírlo! -gime Noemí.
-Sí. Tiene una larga agonía… -asiente el médico.
Pero, casi no ha terminado de decir esto y, con una convulsión de todo el cuerpo, que se arquea y luego se abate, Lázaro exhala el último suspiro.
Las hermanas gritan… al ver esa convulsión; gritan al ver ese abatimiento. María llama a su hermano, besándolo; Marta se agarra al médico, que se inclina sobre el muerto y dice:
-Ha expirado. Ya es demasiado tarde para esperar a que suceda el milagro. Ya no hay espera. ¡Demasiado tarde!…
Yo me marcho, señoras. Ya no hay motivo para que siga aquí. Apresuraos en los funerales, porque ya está descompuesto.
Baja los párpados del muerto y, observándolo, dice todavía esto:
-¡Qué pena! Era un hombre virtuoso e inteligente. ¡No debía haber muerto!
Se vuelve hacia las hermanas, se inclina, se despide:
-¡Dómine, salve! -y se marcha.
Los llantos llenan la habitación. María, ya sin fuerzas, se deja caer sobre el cuerpo de su hermano gritando sus remordimientos, invocando su perdón. Marta llora en los brazos de Noemí.
Luego María grita:
-¡No has tenido fe! ¡Ni obediencia! ¡Yo lo maté antes, tú ahora; yo pecando, tú desobedeciendo!
Está como fuera de sí. Marta la levanta, la abraza, se excusa.
Maximino, Noemí, Marcela tratan de inducir a las dos a entrar en razón y a resignarse. Y lo logran recordando a Jesús…
El dolor se hace más ordenado, y, mientras la habitación se llena de domésticos que lloran, mientras entran los encargados de la preparación del cadáver, las dos hermanas son conducidas a otro lugar a llorar su dolor. Maximino, que las guía, dice:
-Ha expirado al concluir la segunda vigilia de la noche.
Y Noemí:
-Mañana habrá que darle sepultura, y pronto, antes de la puesta del sol, porque viene el sábado. Dijisteis que el Maestro quería grandes honores…
-Sí, Maximino. Ocúpate tú de todo eso. Yo estoy aturdida -dice Marta.
-Me retiro para enviar a criados a la gente cercana o lejana, y para dar todas las demás indicaciones -dice Maximino, y se retira.
Las dos hermanas, abrazadas, lloran. Ya no se echan culpas la una a la otra. Lloran. Tratan de consolarse…
Pasan las horas. El muerto está preparado en su habitación. Una larga forma envuelta en vendas bajo el sudario.
-¿Por qué ya cubierto así? -exclama Marta con tono de reproche.
-Señora… Hedía mucho por la nariz, y al moverlo ha arrojado sangre corrompida -se excusa un doméstico anciano.
Las hermanas lloran intensamente. Lázaro está ya más lejos bajo esas vendas… Otro paso en la lejanía de la muerte.
Lo velan con lágrimas hasta el alba, hasta que regresa del otro lado del Jordán el criado; este criado que se queda anonadado, pero que, no obstante, informa de la veloz carrera que ha realizado para llevar la respuesta de que Jesús va.
-¿Ha dicho que viene? ¡No ha hecho ningún reproche? -pregunta Marta.
-No, señora. Ha dicho: "Iré. Diles que iré y que tengan fe". Y antes había dicho: "Diles que estén tranquilas. No es una enfermedad de muerte, sino que es para gloria de Dios, para que su poder sea glorificado en su Hijo".
-¿Ha dicho exactamente eso? ¿Estás seguro de ello? -pregunta María.
-¡Señora, durante todo el camino he venido repitiendo las palabras!
-Márchate, márchate. Estás cansado. Has hecho todo bien. ¡Pero ya es demasiado tarde!… -suspira Marta, y rompe a llorar ruidosamente en cuanto se queda con su hermana.
-¡Marta!, ¿Por qué?…
-¡Oh, además de la muerte la desilusión! ¡María! ¡María!
¿No piensas en que el Maestro esta vez se ha equivocado? Mira a Lázaro. ¡Está bien muerto! Hemos esperado más allá de lo creíble y no ha servido. Cuando le he mandado el aviso -me habré equivocado, no digo que no, Lázaro estaba ya más muerto que vivo. Y nuestra fe no ha recibido fruto ni premio. ¡Y el Maestro envía el mensaje de que no es enfermedad de muerte! ¿Es que el Maestro ya no es la Verdad? Ya no es… ¡Oh! ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo está terminado!
María se retuerce las manos. No sabe qué decir. La realidad es realidad… Pero no habla. No dice una palabra contra su Jesús. Llora, verdaderamente agotada.
Marta tiene un pensamiento obsesivo en su corazón, el de haber tardado demasiado:
-Es por culpa tuya -dice en tono de reproche -Jesús quería probar nuestra fe así. Obedecer, sí. Pero también desobedecer por fe y demostrarle que creíamos que sólo Él podía y debía hacer el milagro. ¡Pobre hermano mío! ¡Y cuánto ha deseado su presencia! Al menos esto: ¡verlo!
¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo! Y el llanto se transforma en grito, al que hacen coro tras la puerta los gritos de las criadas y de los criados, según la costumbre oriental…