234- Comentario de tres episodios sobre la conversión de María de Magdala

Dice Jesús:

-Desde el mes de Enero, desde que te di a ver la cena en casa de Simón el fariseo, tú y quien te guía habéis deseado saber más de María de Magdala, y cuáles palabras me dirigió.

Siete meses después os desvelo estas páginas del pasado, para satisfacción vuestra y para dar una norma a los que deben saberse plegar hacia estas leprosas del alma, y para brindar a estas infelices que se ahogan en su sepulcro de vicio una voz que quiere invitarlas a salir de él.

Dios es bueno. Con todos es bueno. No mide con medidas humanas. No hace diferencias entre pecado y pecado mortal.

El pecado, cualquiera que sea, lo entristece; el arrepentimiento lo alegra y le dispone a conceder solícito el perdón. La resistencia a la Gracia lo pone inexorablemente severo, porque la Justicia no puede perdonar al impenitente que muere siéndolo a pesar de todas las ayudas que tuvo para convertirse.

Pero, causa primera de las conversiones no maduradas, si no en la mitad de los casos al menos en cuatro décimos, es la falta de dedicación de los que están designados para esta misión de convertir; un mal entendido y falso celo, que no es sino cortina que cubre un real egoísmo y orgullo, en virtud de lo cual se quedan tranquilos en su propio refugio y no descienden al lodo para arrancar de él un corazón. "Yo soy puro, digno de respeto. No voy a la porquería ni a donde se me pueda faltar al respeto". Quien se expresa en estos términos ¿no ha leído la parte del Evangelio donde se dice que el Hijo de Dios fue a convertir a publicanos y meretrices además de a los justos que sólo estaban en el ámbito de la Ley antigua? ¿No piensa que el orgullo es impureza de mente y que la anticaridad es impureza del corazón? ¿Que sufrirás humillación? Yo la sufrí primero y más que tú, y era el Hijo de Dios. ¿Que tendrás que arrastrar tus vestiduras por la inmundicia? ¿Y no toqué Yo, acaso, con mis manos, esta inmundicia para ponerla en pie y decirle: "Anda por este nuevo camino"?

¿No recordáis lo que dije a vuestros primeros predecesores? "En cualquier ciudad o pueblo en que entréis informaos acerca de quién hay merecedor de vuestra presencia, y quedaos en su casa". Esto lo dije para evitar la murmuración del mundo, del mundo que con demasiada facilidad ve el mal en todas las cosas. Pero añadí: "Cuando entréis en las casas –“casas” dije, no “casa”- saludadlas diciendo: “Paz a esta casa”. Si la casa es digna de recibirla, la paz descenderá sobre ella; si no, volverá a vosotros".

Esto lo dije para enseñaros que, a falta de prueba segura de impenitencia, debéis tener para con todos un mismo corazón. Y completé la enseñanza diciendo: "Y si alguno no os recibe y no escucha vuestras palabras, al salir de esas casas o ciudades, sacudid el polvo que se os haya quedado pegado a las suelas". Y la fornicación (de los pecadores que queramos ayudar a salir del fango), para los buenos, para aquellos a quienes la Bondad constantemente amada hace semejantes a un cubo de cristal liso, no es sino polvo que basta sacudirlo o soplar para que vuele sin dejar lesión.

Sed verdaderamente buenos. Formad un bloque único con la Bondad eterna en el centro, y ningún género de corrupción podrá subir a mancharos más arriba de las suelas que apoyan en la tierra. ¡Tan alta está el alma!… El alma del bueno y del que forma por entero una cosa con Dios. El alma está en el Cielo. Allí no llega ni el polvo ni el fango (ni siquiera si lo lanzan con odio contra el espíritu del apóstol). Puede afectar a vuestra carne, es decir, heriros material y moralmente, persiguiéndoos, porque el Mal odia al Bien, u ofendiéndoos. ¿Y qué? ¿No me ofendieron a mí? ¿No fui herido? Pero, ¿aquellos golpes y aquellas palabras indecentes incidieron en mi espíritu?, ¿lo turbaron? No. Resbalaron sin penetrar, como esputo en un espejo o piedra lanzada contra la jugosa pulpa de un fruto. O penetraron sólo Superficialmente, sin herir el germen de la semilla que estaba encerrado en el hueso; es más, favoreciendo su germinación, porque es más fácil surgir de una masa hendida que no de una íntegra.

Muriendo, el trigo germina y el apóstol produce. Muriendo a veces materialmente; casi muriendo, a diario, en sentido metafórico (porque el yo humano resulta sólo fragmentado). Pues bien, no es muerte, sino Vida. Triunfa el espíritu sobre la muerte de la humanidad.

Había venido a mí (María Magdalena) por simple capricho de la mujer ociosa que no sabe cómo llenar sus horas de ocio. Pues bien, en sus oídos -embotados de falsas lisonjas de quien con himnos a la carnalidad la mecía para tenerla esclavizada-sonó la voz límpida y severa de la Verdad, de la Verdad que no tiene miedo a burlas e incomprensiones y expresa sus palabras mirando a Dios. Y, cual coro de campanas tocando a fiesta, fundiéronse en la Palabra las voces habituadas a cantar en el cielo, en el azul libre del aire, propagándose por valles y colinas, llanuras y lagos, para recordar las glorias y delicias del Señor.

¿Recordáis el doble festivo que en los tiempos de paz tanto alegraba el día dedicado al Señor? La campana mayor daba, con el badajo sonoro, el primer toque en nombre de la Ley divina. Decía: "Hablo en nombre de Dios, Juez y Rey". Y luego las campanas menores, con sus arpegios: "que es bueno, misericordioso y paciente". Para terminar luego la campana más argentina, con voz de ángel, diciendo: "y su caridad mueve al perdón y a la compasión, para enseñarnos que el perdón es más útil que el rencor, y la compasión más que la implacabilidad; venid a aquel que perdona, tened fe en él, que es compasivo".

También Yo, tras haber recordado la Ley, pisoteada por la pecadora, he hecho cantar la esperanza del perdón. Como sérica cinta de verde y azul, la he agitado entre las tonalidades negras para que ahí introdujera sus consoladoras palabras. ¡Oh, el perdón! Es rocío para la quemazón que siente la persona culpable. El rocío no es como el granizo, que asaetea, golpea, rebota y se aleja, sin penetrar, y destruye la flor. El rocío desciende tan levemente, que ni la más delicada flor lo siente posarse sobre sus pétalos de seda; pero luego ésta bebe su frescor y se sacia. El rocío se posa junto a las raíces, encima de la gleba abrasada, y penetra aún más… Es una humedad de lágrimas, llanto de las estrellas, amoroso llanto de madres criando a sus hijos que tienen sed, y que desciende sobre ellos junto con la dulce y fecunda leche. ¡Oh, los misterios de los elementos que actúan incluso cuando el hombre descansa o peca! El perdón es como este rocío. Aporta no sólo limpieza, sino también savias vitales, extraídas no de los elementos sino de las moradas divinas.

Luego, tras la promesa de perdón, he aquí que habla la Sabiduría y dice lo que es lícito y lo que no lo es, y conmina y remueve, no por severidad sino por materna diligencia de salvar. ¡Cuántas veces vuestro sílex se hace aún más impenetrable y cortante para con la Caridad que se inclina hacia vosotros! ¡Cuántas veces huís mientras ella os habla; cuántas, os burláis de ella; cuántas, la odiáis!… Si la Caridad usara con vosotros los modos que vosotros usáis con ella, ¿qué sería de vuestras almas! Sin embargo, ya veis que la Caridad es la incansable Caminante que va en busca de vosotros; quiere llegarse a vosotros, aunque os guarezcáis en asquerosas guaridas.
¿Por qué quise ir a aquella casa? ¿Por qué no obré en ella el milagro? Para enseñar a los apóstoles a comportarse desafiando prejuicios y críticas cuando se trata de cumplir un deber tan alto y que está lejos de estas cosuchas del mundo.

¿Por qué le dije a Judas aquellas palabras? Los apóstoles eran muy humanos. Todos los cristianos son muy humanos, incluso los santos de la tierra, aunque en grado menor. Algo de humano persiste incluso en los perfectos. Mas los apóstoles no eran todavía perfectos. Lo humano estaba filtrado en sus pensamientos. Yo los elevaba, pero el peso de su humanidad les hacía descender de nuevo. Para que cada vez bajaran menos, tenía que meter en el camino de subida cosas que sirvieran para detener su descenso, de manera que se parasen en éstas meditando y descansando, para luego subir más arriba del límite anterior.

Tenían que ser cosas de un tenor adecuado para convencerlos de que Yo era Dios. Por tanto: penetración de almas, victorias sobre los elementos, milagros, transfiguración, resurrección y ubicuidad. Estuve contemporáneamente en el camino de Emaús y en el Cenáculo.

Las horas de las dos presencias, cotejadas por los apóstoles y los discípulos, fue una de las razones que más los estremeció; los arrancó de sus lazos y los lanzó al camino de Cristo. Más que por Judas -miembro que incubaba ya en sí la muerte-hablé para los otros once. El hecho de ser Dios tenía necesariamente que hacérselo lucir ante sus ojos, no por orgullo sino por necesidad suya de formación. Era Dios y Maestro; aquellas palabras lo manifiestan de mí: revelo una facultad extrahumana y enseño una perfección: no tener conversaciones malas ni siquiera con nuestro interior.

Porque Dios ve, y debe ver puro el interior para poder descender a él y morar en él.

¿Por qué no obré el milagro en aquella casa? Para que todos entendieran que la presencia de Dios exige un ambiente puro. Por respeto a su excelsa majestad. Para hablar -no con palabras pronunciadas con la boca, sino con una palabra aún más profunda-al espíritu de la pecadora y decirle: "¿Lo ves, desdichada? Estás tan sucia, que todo lo que te rodea se vuelve sucio; tan sucio, que en torno a ti Dios no puede actuar. Tú más sucia que éste. En efecto, repites la culpa de Eva y ofreces el fruto a Adán, tentándolo y alejándolo del Deber. Eres ministra de Satanás".

Pero, ¿por qué no quise que la llamara "satanás" la angustiada madre? Porque ninguna razón justifica el insulto ni el odio. Lo primero que se necesita para tener a Dios con nosotros, la primera condición, es no tener rencor y saber perdonar. Lo segundo que se necesita es saber reconocer la propia culpabilidad, o de quien es nuestro; no ver sólo las culpas de los demás.

La tercera cosa necesaria es saber conservarnos, por justicia hacia el Eterno, agradecidos y fieles después de haber recibido una gracia. Quienes, tras haber recibido una gracia, son peores que los perros y no se acuerdan de su Benefactor -mientras que el animal sí se acuerda-son unos desdichados.

No dije ni una palabra a la Magdalena. La miré un instante como si se tratase de una estatua; luego la dejé.

Volví a los "vivos" que quería salvar. A ella, materia muerta como un mármol esculpido -y más aún-, la circundé de indiferencia aparente. En realidad, no dije una palabra, no hice nada, que no tuviera como principal objetivo esa pobre alma suya que quería redimir. La última palabra: "Yo no insulto, no insultes tú; limítate a orar por los pecadores", como guirnalda de flores que se completa, se fundió con la primera, la que dije en el monte:

"El perdón es más útil que el rencor; ser compasivos, más que ser implacables". Las dos frases envolvieron a la pobre infeliz en un círculo aterciopelado, fresco, perfumado de bondad, y le hicieron sentir cuán distinto de la feroz esclavitud de Satanás es el amoroso servicio a Dios, y lo suave que es el perfume celeste respecto al hedor de la culpa, y cuánto sosiega sentirse uno amado santamente, respecto a ser poseído satánicamente.

Observad cómo el deseo del Señor es comedido. No exige conversiones fulminantes. No pretende de un corazón lo absoluto. Sabe esperar. Sabe conformarse: se conformó con lo que le pudo dar la turbada madre, mientras esperaba a que la extraviada encontrara de nuevo el camino, la loca la razón. No le pregunté sino: "¿Eres capaz de perdonar?". ¡Cuántas otras cosas habría podido pedirle para hacerla digna del milagro, si hubiera juzgado con patrón humano! Pero Yo mido divinamente vuestras fuerzas. Para aquella pobre madre exasperada, ya era mucho el que fuera capaz de perdonar. En aquella hora sólo le pedí eso. Después, cuando le restituí a su hijo, le dije:

"Sé santa y santifica tu casa". Pero, en medio del espasmo estremecedor, no le pedí sino el perdón para la culpable.

No se debe exigir todo de quien poco antes ha estado en la nada de las Tinieblas. Aquella madre luego iba a salir a la Luz total, y con ella la esposa y los hijos. Pero, en ese momento, lo que hacía falta era portar a sus ojos ciegos de llanto el primer crepúsculo de la Luz: el perdón, alba del día de Dios.

De los presentes, uno sólo -no cuento a Judas, me refiero a los de la ciudad que estaban presentes en ese lugar, no me refiero a mis discípulos-no iba a alcanzar la Luz. Estas derrotas van unidas a las victorias del apostolado. Siempre hay alguno por quien el apóstol se esfuerza en vano. Pero no se debe perder el vigor por estas derrotas. El apóstol no debe pretender conseguir todo. Contra él se alzan fuerzas adversas de muchos nombres, las cuales, como tentáculos de pulpos gigantes, atrapan otra vez la misma víctima que el apóstol les había arrebatado. De todas formas el mérito del apóstol permanece. ¡Pobre apóstol el que dice: "No voy a ese lugar porque sé que no voy a poder convertir"! Es un apóstol de muy escaso valor. Es necesario ir a ese lugar, aunque se vaya a salvar sólo uno de mil. Su jornada apostólica será fructuosa tanto por ese uno como por mil, porque él ha hecho todo lo que podía hacer, y Dios premia eso. Además, se debe pensar que puede intervenir Dios en los casos en que el apóstol no puede convertir porque la persona esté demasiado en las zarpas de Satanás y las fuerzas del apóstol sean inferiores a las que se necesitan. ¿Y si es así?… ¿quién superior a Dios?

Otra cosa que el apóstol debe necesariamente practicar es el amor. Amor visible, no sólo el secreto amor del corazón de los hermanos. Sería suficiente para los hermanos buenos. Pero el apóstol es un obrero de Dios y no debe limitarse a orar, debe actuar. Actúe con amor, con amor grande. El rigor paraliza el trabajo del apóstol y el movimiento de las almas hacia la Luz. No rigor, sino amor. El amor es ese indumento de amianto que le hace a uno inalterable frente a la mordedura de las llamaradas de las malas pasiones. El amor es saturación de esencias que os preservan de que la podredumbre humano-satánica pueda entrar en vosotros. Para conquistar a un alma es necesario saber amar. Para conquistar a un alma es necesario conducirla a que ame, a que ame el Bien y repudie sus pobres amores pecaminosos.

Yo quería el alma de María. Igual que para ti, pequeño Juan, no me limité a hablar desde mi cátedra de Maestro. Bajé a buscarla en los caminos del pecado. La seguí, la perseguí con mi amor. ¡Oh, dulce perseguir! Yo-Pureza entré donde estaba ella­impureza. No temí el escándalo ni en mí ni en los demás. El escándalo en mí no podía entrar, porque Yo era la Misericordia, y ésta llora por las culpas pero no se escandaliza de ellas. ¡Desventurado aquel pastor que se escandalice y, tras esta barrera, se atrinchere para abandonar a un alma! ¿No sabéis que las almas resurgen más fácilmente que los cuerpos y que la palabra piadosa y amorosa que dice: "Hermana, por tu bien, ¡álzate!" obra a menudo el milagro? Tampoco temía el escándalo en los demás. Ante la mirada de Dios lo que hacía estaba justificado; la mirada de los buenos lo comprendía; la mirada maligna, donde fermenta la malicia, que emana de entrañas corrompidas, no tiene valor; encuentra culpas hasta en Dios; sólo ve la perfección dentro de sí. Por eso no hacía caso de ella.

Las tres fases de la salvación de un alma son:

Ser integrísimos para poder hablar sin temor a que nos hagan callarnos. Hablar a toda una multitud, de forma que nuestra apostólica palabra, dirigida a las turbas que se aglomeran en torno a la mística barca, vaya, en círculos de ola, cada vez más lejos, hasta la orilla cenagosa donde están echados los que viven inertes sobre el barro sin preocuparse de conocer la Verdad. Éste es el primer trabajo para romper la costra del duro terruño y prepararlo para la semilla. Es el trabajo más severo, tanto para quien lo hace como para quien lo recibe, porque la palabra debe, cual penetrante reja de arado, herir para abrir. En verdad os digo que el corazón del apóstol bueno se hiere y sangra por el dolor que le supone tener que herir para abrir; mas también este dolor es fecundo. Con la sangre y el llanto del apóstol se hace fértil el terruño agreste.

Segunda cualidad: trabajar incluso donde otro, menos conquistado por su misión, huiría. Quebrantarse en el esfuerzo de arrancar cizaña, esteba y espinas, para poner al desnudo el terreno arado y que resplandezca sobre él, como sol, el poder de Dios y su bondad. Al mismo tiempo, con maneras de juez y de médico, ser severo y, no obstante, compasivo; firme en un período de espera para dar tiempo a las almas de superar la crisis, meditar y decidir.

Tercer punto: en el momento en que el alma que en el silencio se ha arrepentido, llorando y pensando en sus errores, se atreve a venir tímidamente, con miedo a ser rechazada, hacia el apóstol, el apóstol ha de tener un corazón más grande que el mar, más dulce que un corazón de madre, más enamorado que un corazón de esposo, y ha de abrirlo de par en par para que broten de él olas de ternura. Si tenéis a Dios en vosotros -Dios que es Caridad-, encontraréis fácilmente las palabras de caridad para las almas. Dios hablará en vosotros y por vosotros, y el amor llegará, cual miel que rezuma de un panal, para alivio de los labios ardientes y nauseados; cual bálsamo que fluye de una ampolla, para medicina de los espíritus heridos.

Doctores de las almas, haced que los pecadores os amen, haced que gusten el sabor de la caridad celeste y lo ansíen tanto que no busquen ya ningún otro alimento, haced que sientan en vuestra dulzura un alivio tan grande que lo busquen para todas sus heridas. Es necesario que vuestra caridad aleje de ellos todo temor, porque, como dice la epístola (I Juan 4, 18) que has leído hoy: "El temor supone el castigo, el que teme no es perfecto en la caridad". Pero tampoco es perfecto en la caridad el que produce el temor. No digáis: "¿Qué has hecho?". No digáis: "Vete". No digáis: "Tú no puedes degustar el amor bueno". Antes al contrario, decid, decid en mi nombre: “Ama y yo te perdono"; decid: "Ven, Jesús te abre los brazos"; decid: "Gusta este Pan angélico y esta Palabra y olvida la pez de infierno y las burlas de Satanás". Haceos acémilas para llevar las debilidades de los demás. El apóstol debe llevar las suyas y las de los demás, junto con sus cruces y las de los demás. Y, mientras venís a mí, cargados con estas ovejas heridas, tranquilizad a estas ovejas errantes, decid: "Todo está olvidado en este momento"; decid: "No tengas miedo del Salvador, que ha venido del Cielo por ti, exactamente por ti; yo sólo soy el puente para llevarte a Él, que te está esperando, al otro lado del arroyo de la absolución penitencial, para conducirte a sus pastos santos, cuyos comienzos están aquí, en la tierra, pero que luego prosiguen, con Belleza eterna que alimenta y embelesa, en los Cielos".
Éste es el comentario. A vosotras, ovejas fieles al Pastor Bueno, poco os toca. Pero si, para ti, pequeña esposa, significará un aumento de confianza, para el Padre será aún más luz en su luz de juez, y para muchos actuará, no como un aguijón para ir al Bien, sino como el rocío de que he hablado, que penetra y nutre y da nuevo vigor a las flores lacias.

Levantad la cabeza. El Cielo está arriba.

233- La parábola de la oveja perdida. María de Magdala también la oye

Jesús está hablando a la muchedumbre. Desde encima del ribazo arbolado de un pequeño torrente, está hablando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido, que presenta el desolador aspecto propio de los rastrojos ahornagados.

Declina la tarde. Es la hora del crepúsculo.

Pero la Luna está subiendo. Es un bonito y claro atardecer de comienzos de verano. Los rebaños vuelven a sus apriscos y el din-don de los cencerros se mezcla con un intenso canto de grillos o cigarras, un intenso gri, gri, gri…

Jesús se inspira en las greyes que pasan. Dice:

-Vuestro Padre es como un pastor solícito.

¿Qué hace un pastor bueno?

Busca pastos buenos para sus ovejas, en que no haya ni cicuta ni otras plantas venenosas, sino delicados tréboles, poleo aromático, achicorias amargas pero saludables.

Busca lugares donde, además del alimento, haya también un riachuelo fresco y puro, y sombra de árboles, y no reinen las áspides por entre la hierba de las glebas. No pone especial preferencia en los pastos más pingües, porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; elige, más bien, los pastos montanos, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles, donde el aire se mueve y es bueno, no cargado y malsano como el de llanura.

El buen pastor observa a cada una de sus ovejas. Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura. Llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse; a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad, o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado; y, si una está desganada y no come, busca para ella los tallitos acídulos y aromáticos capaces de despertarle el apetito y se los ofrece con su propia mano, hablándole como a persona amiga.

Así hace el Padre bueno que está en los Cielos con sus hijos que viven errantes en la Tierra. Su amor es el cayado que los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja lo abandona. ¡Cuánto la amaba! Era joven, pura, cándida, como nube en cielo abrileño. El pastor la miraba con mucho amor, pensando en el mucho bien que podía hacerle y en el mucho amor que de ella podía recibir. Y ella lo abandona…

Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador. No lleva pellico austero, sino un indumento de mil colores. No lleva cinturón de piel de donde penden hacha y cuchillo, sino cinturón de oro del que penden cascabeles argentinos, melodiosos cual canto de ruiseñor, y ampollas de esencias embriagadoras…

No lleva tampoco bordón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas (y, si no es suficiente el bordón, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo, y hasta con la vida). No, este tentador que pasa lleva en sus manos un turíbulo brillante de gemas que emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo, pero que enajena; de la misma forma que los tornasoles de las joyas -¡qué falsas! ­deslumbran. Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro…

Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están; la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece en pos del tentador. El pastor la llama, pero no vuelve. Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado. Para mantenerse durante la carrera, gusta aquella sal. La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa. Por ello, desea las aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa, donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces; y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el legamoso abrazo de los reptiles. Queriendo beber, bebe aguas contaminadas; queriendo nutrirse, come hierbas brillantes por las repugnantes babas que las cubren.

¿Qué hace entretanto el pastor bueno?

Deja cerradas en lugar seguro a las noventa y nueve fieles y se pone en camino. No se detiene hasta que no encuentra huellas de la oveja perdida. Dado que ella no vuelve a él, a pesar de que confía al viento sus voces de reclamo, él va a ella.

La ve desde lejos, ebria, atrapada entre las roscas de los reptiles, tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama; antes bien, lo injuria.

De nuevo la ve, culpable de haber entrado como ladrona en morada ajena, tan culpable que no se atreve ya a mirarlo… Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa… y continúa… la busca, la busca, la sigue, la acosa.

Llorando ante las señales que va dejando la oveja perdida (mechones de lana, pedazos de alma; huellas de sangre, delitos diversos; porquerías, pruebas de su lujuria), sigue y la alcanza.

¡Ah, te he encontrado, amada! ¡Te he alcanzado! ¡Cuánto camino he recorrido por ti, para conducirte de nuevo al redil!

No agaches la frente humillada. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Ninguno lo conocerá, excepto Yo, que te amo. Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con el escudo de mi propia persona contra las piedras de tus acusadores. Ven. ¿Estás herida? ¡Enséñame tus heridas!

Las conozco, pero quiero que me las muestres con la confidencia que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a mí, pastor y dios tuyo, con mirada inocente…

Aquí están. Todas tienen un nombre. ¡Qué profundas son!

¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón? Lo sé: el Tentador. No lleva ni bordón ni hacha, pero con su mordisco envenenado hiere más a fondo, y después de él hieren también las falsas gemas de su turíbulo, las que te han seducido con sus resplandores y que en realidad eran piedras de azufre infernales, sacadas a la luz para abrasarte el corazón.

¡Mira cuántas heridas, cuántas vedijas arrancadas, cuánta sangre! ¡Cuántas zarzas!

¡Oh, pobre, pequeña alma ilusa! Dime: ¿Si te perdono, me amarás todavía? Dime: ¡Si tiendo a ti mis brazos, vendrás?

Dime: ¿Tienes sed del amor bueno?… Pues entonces ven y renace. Vuelve a los pastos santos. Llora. Tu llanto con el mío lavarán las huellas de tu pecado.

Yo, para nutrirte -porque estás consumida por el mal que te ha abrasado-, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: "¡Nútrete! ¡Y vive!". Ven, te tomaré en mis brazos.

Iremos más veloces a los pastos santos y seguros.

Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se regocijarán al verte regresar. Sí, porque te digo -oveja mía perdida que he venido a buscar desde muy lejos y he encontrado y rescatado- que hacen más fiesta los buenos por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús en todo este tiempo no se ha vuelto en ninguna ocasión a mirar al camino que tiene a sus espaldas, a donde ha llegado, en la penumbra nocturna, María de Magdala, todavía elegantísima pero al menos vestida, y cubierta con un velo oscuro que amalgama rasgos y formas.

Y, cuando Jesús llega al punto: «Te he encontrado, amada», María introduce bajo el velo sus manos y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve, porque ella está a este lado del ribazo, que bordea el camino.

La ve sólo la Luna, ya alta, y el espíritu de Jesús…

232- Curación de dos ciegos y de un mudo endemoniado

Luego Jesús baja a la cocina; pero, al ver que Juan va a salir para ir a la fuente, en vez de quedarse en la cocina caliente y humosa, prefiere ir con él, y deja a Pedro batallando con unos peces que acaban de traer los mozos de Zebedeo para la cena del Maestro y los apóstoles.

No van al manantial de las afueras del pueblo, sino a la fuente de la plaza, que recibe el agua de la buena y abundante agua manantial que brota de la escarpa del monte que está junto al lago. En la plaza se ve la consabida aglomeración de gente, típica de los pueblos palestinos por la tarde. Mujeres con ánforas, niños jugando, hombres hablando de negocios o… de dimes y diretes del lugar.

Pasan también, circundados de siervos o clientes, los fariseos, dirigidos hacia las casas ricas; todos se apartan para dejarlos pasar, haciéndoles reverencias, aunque luego, nada más que han pasado, los maldicen de corazón y cuentan sus últimos atropellos y engaños.

Mateo, en un ángulo de la plaza, arenga a sus amigos de antes, lo cual hace decir en tono despreciativo y en voz alta al fariseo Urías:

-¡Las famosas conversiones! El apego al pecado permanece. Se ve en que se mantienen las amistades. ¡Ja!, ¡ja!
Entonces Mateo, resentido, se gira y responde:
-Se mantienen para convertirlos».

-¡No es necesario! Es suficiente tu Maestro. Tú manténte a distancia, no vaya a ser que te vuelva la enfermedad, suponiendo que verdaderamente estés curado.
Mateo se pone violáceo por el esfuerzo de no decirle cuatro verdades, pero se limita a contestar:

-Ni temas ni esperes.

-¿Qué?

-Que no temas que vuelva a ser Leví el publicano y que no esperes que te imite para perder a estas almas. Las distancias y los desprecios te los dejo a ti y a tus amigos. Yo imito a mi Maestro y me acerco a los pecadores para conducirlos a la Gracia.

Urías se dispone a replicar, pero, en esto llega el otro fariseo, el viejo Elí, que dice:

-Pero hombre, no manches tu pureza, no contamines tu boca, amigo; ven conmigo -y coge del brazo a Urías y le lleva hacia su casa.

Entretanto, la gente, especialmente los niños, se han ido arrimando más a Jesús. Entre los niños están la pareja de hermanitos Juana y Tobías, los que en un día ya lejano reñían por unos higos. Ahora le dicen a Jesús, mientras toquetean con las manitas su alto cuerpo para llamar su atención:

-¡Oye, oye, hoy también hemos sido buenos!, ¿sabes? No hemos llorado en todo el día ni nos hemos molestado, por amor a ti. ¿Nos das un beso?

-¿Entonces habéis sido buenos! ¡Y por amor a mí! ¡Qué alegría me dais! Aquí tenéis el beso. Mañana sed mejores todavía.

También está Santiago, el niño que llevaba todos los sábados la bolsa de Mateo a Jesús. Dice:

-Leví ya no me da nada para los pobres del Señor, pero yo he reservado toda la calderilla que me dan cuando soy bueno. Toma. ¿Se lo das a los pobres por mi abuelo?
-Sí claro. Pero, ¿qué le pasa a tu abuelo?
-Ya no puede andar. Es muy viejo y no se tiene en pie con las piernas.

-¿Te entristece esto?
-Sí, porque era mi maestro cuando caminábamos por el campo. Me decía muchas cosas. Me hacía amar al Señor. Ahora todavía me habla de Job y me muestra las estrellas del cielo, pero… desde su silla… Era más bonito antes.
-Iré mañana a ver a tu abuelo. ¿Estás contento?

Pero Benjamín -no el de Magdala sino el de Cafarnaúm, que ha llegado a la plaza con su mamá y ha visto a Jesús, suplanta a Santiago; suelta la mano materna, y se lanza, con un grito que parece de golondrina, adentro de la pequeña muchedumbre; llegado donde Jesús, le rodea con los brazos las rodillas y le dice:

-¡También a mí, hazme también a mí una caricia!
En ese momento pasa el fariseo Simón. Dedica a Jesús una pomposa reverencia. Jesús devuelve el saludo. El fariseo se para y, mientras la gente se aparta como atemorizada, dice:

-¿A mí no me harías una caricia? -y sonríe levemente.
-A todos los que me la piden. Me alegro contigo, Simón, de que estés en perfecta salud. Me habían dicho en Jerusalén que habías estado muy enfermo.
-Sí. Mucho. Deseaba verte… para sanar.
-¿Creías que podía hacerlo?

-Nunca lo he dudado. Pero he tenido que curarme solo porque has estado ausente durante mucho tiempo. ¿Dónde has estado?
-En los confines de Israel: así he ocupado los días entre Pascua y Pentecostés.
-¿Muchos éxitos? He sabido lo de los leprosos de Hinnon y Siloán. Grandioso.
-¿Sólo eso?

-No, ciertamente. Pero eso se sabe por el sacerdote Juan. Quien no tiene prejuicios cree en ti y es feliz.
-¿Y quien no cree porque tiene prejuicios? ¿Qué es de él, sabio Simón?

El fariseo se turba un poco… vacila entre el deseo de no condenar a sus demasiados amigos que tienen prejuicios contra Jesús y el de merecer de verdad los elogios de Jesús. Vence éste último, y dice:
-Quien no quiere creer en ti a pesar de las pruebas que das está condenado.

-Yo no quisiera la condena de ninguno…
-Tú. Y, sin embargo, nosotros no correspondemos contigo con la misma medida de bondad que Tú tienes con nosotros. Son demasiados los que no te merecen… Jesús, quisiera invitarte mañana a mi casa…

-Mañana no puedo. Dejémoslo para dentro de dos días. ¿Aceptas?
-Siempre. Vendrán… amigos míos… tendrás que compadecerlos si…
-Sí, sí. Iré con Juan.
-¿Sólo él?
-Los otros tienen otros encargos. Mira, están volviendo de la campiña. Paz a ti, Simón.
-Dios esté contigo, Jesús.

El fariseo se marcha y Jesús se reúne con los apóstoles.
Vuelven a casa para la cena.

Mientras están a la mesa, comiendo el pescado asado, llegan unos ciegos que ya antes, en el camino, habían implorado el favor de Jesús. Repiten ahora su: « ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!».
A lo cual, en tono de reproche, contesta Simón-Pedro:
-¡Marchaos, hombre! Si os ha dicho que mañana, es mañana. Dejadlo comer.

-No, Simón. No los eches. Tanta constancia merece un premio.
Y a los ciegos:
-Entrad los dos.
Los ciegos entran tentando con el bastón el suelo y las paredes.
-¿Creéis que os puedo devolver la vista?
-¡Oh, sí, Señor! Hemos venido porque estamos seguros de ello.

Jesús se levanta de la mesa, se acerca a ellos, pone las yemas de sus dedos en los párpados ciegos, alza el rostro, ora y dice:

-Hágase con vosotros según la fe que tenéis.

Entonces quita las manos: en uno, los párpados que antes no tenían movimiento se mueven, porque la luz hiere de nuevo sus pupilas renacidas; al otro se le desellan los párpados, de forma que donde antes había una sutura natural, debida ciertamente a úlceras mal curadas, ahora se forma de nuevo el borde palpebral, sin defectos, y sube y baja con movimiento de ala. Los dos caen de rodillas.
-Levantaos. Marchaos. Cuidad de que ninguno sepa lo que he hecho con vosotros. Llevad a vuestras ciudades la nueva de la gracia recibida; a los familiares, a los amigos. Aquí ni es necesario ni es bueno para vuestra alma. Conservadla inmune de toda lesión a su fe, de la misma forma que ahora que sabéis lo que son los ojos los preservaréis de toda lesión para no quedaros ciegos de nuevo.

Termina la cena. Suben a la terraza, donde hay un poco de aire fresco. El lago es todo un cabrilleo bajo el cuarto de luna.

Jesús se sienta en el borde del antepecho y se abstrae contemplando este lago de plata en movimiento. Los demás hablan entre sí, aunque en voz baja, para no molestarlo.

Eso sí, lo miran como embelesados.

¡Claro! ¡Qué hermosura la suya! Tiene la cabeza levemente hacia atrás, apoyada sobre el áspero sarmiento de vid que desde ahí sube y se extiende por la terraza. Le aureola por entero una luna que ilumina su rostro, al mismo tiempo severo y sereno, permitiendo estudiarlo hasta sus mínimos detalles. Sus ojos, de forma alargada, de un azul que en la noche asemeja casi al color del ónix, parecen emanar olas de paz sobre todas las cosas. De vez en cuando se alzan hacia el cielo sereno, sembrado de astros; otras veces descienden para mirar a las colinas; o más aún para mirar al lago; más todavía, y entonces se quedan fijos en un punto indeterminado y parecen sonreír ante algo que sólo ellos ven.

Sus cabellos ondean leves con el viento ligero.

Está sentado al sesgo, con una pierna suspendida a poca distancia del suelo y la otra apoyada en la tierra; las manos relajadas sobre el regazo. Su indumento blanco parece acentuar su propio candor, haciéndose casi de plata por la luz lunar; sus largas manos, blanco marfil, parecen intensificar la propia tonalidad de marfil viejo y la propia belleza viril, a pesar de su forma ahusada. También la cara, con su frente alta y su nariz recta, con sus delicadas mejillas ovaladas, alargadas por la barba rubia-cobre, parece, bajo esta luz lunar, hacerse de color marfil viejo, perdiendo el tenue matiz róseo que de día se nota en los pómulos.

-¿Estás cansado, Maestro? -pregunta Pedro.
-No.
-Te veo pálido y pensativo…
-Estaba pensando, sí, pero no creo que esté más pálido de lo habitual. Venid aquí… La luz de la luna os pone a todos vosotros pálidos también. Mañana iréis a Corazín. Quizás encontréis a algunos discípulos. Habladles. Y tened en cuenta que mañana, a la caída de la tarde, tenéis que estar aquí. Predicaré junto al torrente.

-¡Qué bien! Se lo diremos a los de Corazín. Hoy, regresando aquí, nos hemos encontrado con Marta y Marcela. ¿Habían estado aquí -pregunta Andrés.
-Sí.
-En Magdala se hablaba mucho de María: que ya no sale de casa, ya no organiza fiestas. Nos hemos parado a descansar donde la mujer de la otra vez. Benjamín me ha dicho que cuando le vienen ganas de comportarse mal piensa en ti y…
-… Y en mí; puedes decirlo, Santiago -dice Judas Iscariote.

-No lo ha dicho.
-Lo ha dado a entender diciendo: "Yo no quiero ser guapo pero malo", y me ha mirado de través. No me puede soportar… -Antipatías sin peso, Judas. No pienses en ello-dice Jesús. -Sí, Maestro, pero es molesto que… -¿Está el Maestro? -grita una voz desde el camino. -Está. Pero, ¿qué queréis otra vez ahora? ¿No os basta todo el tiempo del día? ¿Es hora ésta de venir a importunar a unos pobres peregrinos? Volved mañana -ordena Pedro.

-Es que tenemos aquí con nosotros a un mudo endemoniado. Se nos ha escapado tres veces por el camino; si no, hubiéramos llegado antes. ¡Sed benévolos! Dentro de poco, cuando la Luna esté alta, dará fuertes gritos y atemorizará a todo el pueblo. ¿Veis como ya empieza a agitarse?

Jesús atraviesa toda la terraza y se asoma por el antepecho. Los apóstoles hacen lo mismo. Es un collar de cabezas inclinadas hacia una turba de gente, que a su vez la levantan hacia aquellos que la agachan. En medio, con movimientos y aullidos de oso o de lobo encadenado, hay un hombre bien atado por las muñecas para impedir que se escape. Aúlla revolviéndose con movimientos animalescos y como buscando en el suelo quién sabe qué. Cuando alza los ojos y se encuentra con la mirada de Jesús, emite un grito brutal, inarticulado, un verdadero aullido, y trata de huir. La multitud, casi toda Cafarnaúm, se aparta atemorizada.

-¡Ven, por caridad! ¡Le está volviendo a dar como antes…!
-Voy enseguida.
Y Jesús baja rápidamente y va de frente hacia el desdichado, que está más agitado que nunca.
-¡Sal de éste! ¡Lo quiero!
El aullido queda estrellado en una palabra:

-¡Paz! Sí, paz. Ten paz ahora que has sido liberado.
La muchedumbre grita maravillada al ver el inmediato paso de la furia a la quietud, de la posesión a la liberación, del mutismo a la posibilidad de hablar.
-¿Cómo habéis sabido que estaba aquí?

-En Nazaret nos dijeron: "Está en Cafarnaúm". En Cafarnaúm nos lo confirmaron dos hombres que decían que les habías curado los ojos, en esta casa.

-Es verdad. Es verdad. Nos lo han dicho también a nosotros… -gritan muchos. Y comentan: « ¡Jamás se han visto cosas semejantes en Israel!
Mas los fariseos de Cafarnaúm -entre los que no está Simón-, con risa sarcástica, dicen:

-Si no fuera con la ayuda de Belcebú no las haría.
-Ayuda o no ayuda, estoy curado, y los ciegos también.

Vosotros no lo podríais hacer a pesar de vuestras altas oraciones -replica el endemoniado mudo curado, y besa la túnica de Jesús, el cual no responde a los fariseos; se limita a despedir a la muchedumbre diciendo:

-La paz esté con vosotros.
Retiene al hombre curado y a los que lo acompañan, y les ofrece hospedaje en la habitación alta para que descansen hasta el alba.

231- En Cafarnaúm, Jesús y Marta hablan de la crisis que atormenta a María de Magdala

Sudoroso y empolvado, Jesús, con Pedro y Juan, regresa a la casa de Cafarnaúm.

Apenas acaba de poner pie en el huerto, para ir a la cocina, cuando el dueño de la casa lo llama familiarmente y le dice:

-Jesús, ha vuelto esa dama de que te hablé en Betsaida; ha vuelto y te buscaba. Le he dicho que te esperase y la he conducido arriba, a la habitación superior.

-Gracias, Tomás, voy enseguida. Si llegan los demás, tenlos aquí.

Y Jesús sube ligero la escalera sin quitarse siquiera el manto. La escalera va a dar a una terraza. En ella, inmóvil, está Marcela, la sierva de Marta.

-¡Maestro nuestro! Mi señora está ahí dentro. Te espera desde hace muchos días -dice la mujer mientras se arrodilla ante Jesús para venerarlo.

-Ya me lo imaginaba. Voy enseguida a verla. Dios te bendiga, Marcela.

Jesús levanta la cortina que protege de la luz, aún violenta a pesar de que la puesta de sol esté ya adelantada (vuelve fuego al aire y parece encender las casas blancas de Cafarnaúm con la roja reverberación de un enorme brasero). En la habitación está Marta, toda velada y envuelta en un manto, sentada junto a una ventana. Quizás mira a un trozo de lago en que un collado boscoso zambulle un entrante, quizás sólo mira a sus pensamientos.

Está muy absorta; tanto que no oye el leve roce de los pies de Jesús, que se está acercando a ella; siendo así que, cuando la llama, se sobresalta.

-¡Maestro! -grita, y se derrumba de rodillas con los brazos tendidos hacia adelante como solicitando ayuda, luego se curva hasta tocar con la frente en el suelo y se echa a llorar.

-¿Por qué? ¡Ánimo, levántate! ¿Por qué este llanto desconsolado? ¿Tienes alguna desventura que manifestarme? ¿Sí? ¿Cuál? Dime. He estado en Betania, ¿sabes? ¿Sí? Allí he sabido que había buenas noticias. Ahora estás llorando… ¿Qué ha pasado?

Y la obliga a levantarse, y a que se siente en el asiento que está colocado contra la pared. El se sienta frente a ella.

-Venga, quítate ese velo y ese manto, como hago Yo. Te estarás ahogando con ellos. Además es que quiero ver el rostro de esta Marta turbada, para alejar todas las nubes que lo ensombrecen.

Marta obedece, aunque sigue llorando; aparece su rostro enrojecido y de ojos hinchados.

-¿Entonces? Te ayudaré. María te ha mandado llamar. Ha llorado mucho, ha querido saber muchas cosas de mí. Tú has pensado que ello era buena señal, tanto es así que has manifestado tu deseo de que Yo viniera para cumplir el milagro. Bien, pues he venido. ¿Y ahora?…

-¡Ahora ya nada, Maestro! Me equivoqué. Una esperanza demasiado viva hace ver cosas inexistentes… Te he hecho venir para nada… María es peor que antes… ¡No! ¿Qué estoy diciendo? Estoy calumniando, mintiendo. No es que sea peor, porque no quiere ya hombres a su alrededor, es que es distinta; pero sigue siendo muy mala. La veo como loca… Yo ya no la entiendo. Antes, al menos, la comprendía. Pero, ahora, ¿quién puede comprenderla?
Y Marta llora desconsoladamente.

-Venga, mujer, tranquilízate y cuéntame lo que hace. ¿Por qué es mala? Has dicho que ya no quiere hombres en torno a ella. Por tanto, supongo que vivirá retirada en casa. ¿Es así? ¿Sí? Bien. Eso está muy bien. El hecho de que haya querido que estuvieras a su lado como defensa de la tentación-son tus palabras-, el hecho de esquivar la tentación apartándose de relaciones culpables, o simplemente de lo que podría inducir a relaciones culpables, es signo de buena voluntad.

-¿Piensas que sí, Maestro? ¿Lo crees verdaderamente?

-Sin duda. ¿En qué, entonces, te parece mala? Cuéntame lo que hace…

Marta, un poco más fuerte ahora por esta certeza de Jesús, habla con más orden:

-Desde que llegué, María no ha vuelto a salir de casa, del jardín, ni siquiera para ir al lago con la barca. La que fue su nodriza me ha dicho que ya antes no salía casi nada. Este cambio parece ser que ha empezado desde la Pascua. Pero, antes de que yo llegase, todavía había personas que iban a verla, y no siempre las rechazaba. Algunas veces mandaba que no dejasen pasar a ninguno, y parecía una orden de carácter definitivo. Pero luego, si, habiendo oído las voces de los visitantes, iba al vestíbulo y ya éstos se habían marchado, incluso pegaba a los sirvientes en un arrebato de injusta ira. Desde mi llegada no lo ha vuelto a hacer. La primera tarde -y por eso nació en mí tanta esperanza-me dijo: "Sujétame, átame incluso… pero no me dejes salir ya más, no dejes que vea a nadie sino a ti y a la nodriza, porque soy una enferma y quiero recobrar la salud. Esos que vienen aquí, o que quieren que yo vaya adonde ellos, son semejantes a pantanos de fiebre. Con ellos enfermo cada vez más. Pero su apariencia es muy hermosa, son exuberantes, están llenos de cantos, tienen frutos de aspecto tentador; tanto que no sé resistir, porque soy una desdichada, una desdichada soy.

Marta, tu hermana es una débil, y hay quien se aprovecha de su debilidad para hacer que haga cosas infames, a las cuales un resto de mí no consiente, el único resto que me queda todavía de mi madre, de mi pobre madre…", y lloraba, lloraba. Yo lo he hecho: con dulzura en las horas de mayor lucidez suya, con firmeza en las horas en que me parece una fiera enjaulada. Ninguna vez se ha rebelado contra mí; es más, pasados los momentos de mayor tentación, viene a llorar a mis pies con su cabeza reclinada en mi regazo, y dice: "¡Perdóname, perdóname!". Y, si le pregunto: "Pero, ¿de qué, hermana?

No me has ofendido", responde: "Porque hace poco, o ayer por la tarde, cuando me dijiste: “Tú no sales de
aquí”, en mi corazón te he odiado, te he maldecido, he deseado tu muerte". ¿No da pena, Señor? ¿Es que está loca?

¿Será que su vicio la ha vuelto loca? Yo creo que algún amante le ha dado un filtro para tenerla como esclava en la lujuria, un filtro que le ha afectado a la cabeza…

-No, no se trata de filtros ni de locuras, es otra cosa. Pero… continúa.

-Bien. Conmigo es respetuosa y obediente. Tampoco ha vuelto a maltratar a los sirvientes. Pero, después de la primera tarde, no ha preguntado nada sobre ti. Es más, si saco la conversación, la desvía; salvo cuando se queda horas y horas en el escollo de la panorámica mirando hasta quedar cegada por el lago, y me pregunta a cada barca que ve pasar: "¿Te parece la de los pescadores galileos?". No dice nunca tu Nombre, ni el de los apóstoles, pero sé que piensa en ellos y en ti en la barca de Pedro. También comprendo que piensa en ti porque algunas veces, al atardecer, paseando por el jardín o esperando a irnos a dormir -yo cosiendo, ella mano sobre mano-me dice: "¿Es así como hay que vivir según la doctrina que sigues?"; y unas veces llora, otras ríe con una carcajada sarcástica, de loca o de demonio. Otras veces se suelta los cabellos, ¡siempre tan artísticamente arreglados!-, se hace dos coletas, se pone uno de mis vestidos, me viene, con las coletas que le caen por detrás, o dispuestas delante, sin ningún escote, púdica, con aire de jovencita por el vestido, las coletas y la expresión del rostro, y me dice: "¿Es así como debería ser María?". En estos casos algunas veces llora besándose sus espléndidas coletas, gruesas como brazos, que le llegan hasta las rodillas, todo ese oro vivo que era la gloria de mi madre; pero también a veces echa esa horrenda carcajada, o me dice: "Mira, más bien, mira lo que hago, así me quito de en medio", y se rodea la garganta con las coletas y aprieta hasta que se pone violácea, como queriéndose estrangular. Otras veces -se ve que es cuando más fuerte siente su… su carne-le da por compadecerse de sí misma o por darse golpes (la he visto golpearse furiosamente el pecho, el vientre, arañarse la cara, golpear la cabeza contra la pared; y si le he preguntado:

"¿Por qué haces eso?", se me ha vuelto, como fuera de sí, furiosa, diciendo: "Para destruirme, y destruir mis entrañas y mi cabeza. Hay que destruir las cosas nocivas y malditas. Me estoy destruyendo".

Cuando le hablo de la misericordia divina, de ti -porque hablo de ti como si ella fuera la más fiel de tus discípulas, y te juro que a veces me repele hablar de ti delante de ella-me responde:

"Para mí no puede haber misericordia. He rebasado la medida". Y entonces le da un ataque furioso de desesperación, y se pone a gritar y a golpearse hasta hacerse sangre: "¿Por qué tengo este monstruo que me desmembra, que no me deja un momento de paz, que me conduce al mal con voces de cantos y luego une a éstas las voces de maldición de mi padre, de mi madre, y las vuestras? -porque también tú y Lázaro me maldecís, y me maldice Israel-, ¿qué me trae estas voces para hacerme enloquecer?".

Yo, cuando habla así, respondo: "¿Por qué piensas en Israel, que al fin y al cabo es una nación, y no en Dios? Dado que no has pensado antes, cuando pisoteabas todo, piensa ahora en vencer todo y en preocuparte sólo de lo que no es mundo, o sea, Dios, padre, madre, que no te maldicen si cambias de vida, antes al contrario, te abren sus brazos…". Y ella me escucha, pensativa, con asombro, como si le estuviera contando una fábula imposible. Luego se hecha a llorar, y no responde.

Otras veces pide a los sirvientes vinos y drogas, y bebe y come estos alimentos artificiosos diciendo: "Es para no pensar". Ahora, desde que ha sabido que estás en el lago, siempre que sabe que vengo aquí, me dice: "Un día voy a Un día voy a ir, yo también", y, riéndose con esa risa que es un insulto a sí misma, concluye: “Así, al menos, la mirada

de Dios caerá también en el estiércol". Pero no quiero que venga, así que espero a venir aquí cuando ella, cansada de ira, de vino, de llanto, de todo, duerme derrengada. Hoy también he huido de este modo. Volveré de noche, antes de que se despierte. Esta es mi vida… Ya no tengo esperanza…». Y el llanto, no refrenado ya por el deseo de decir todo con orden, vuelve a aparecer, más fuerte que antes.

-¿Te acuerdas, Marta, de que una vez te dije: "María es una enferma”? No querías creerlo, ahora lo ves. La llamas loca.Ella misma dice de sí que está enferma de fiebres pecaminosas. Yo digo: enferma por posesión demoníaca. Es una enfermedad, de todas formas. Estas incoherencias, rabias, lloros y estados de desolación y anhelo de mí son las fases de su enfermedad, que, llegado el momento de la curación, experimenta las crisis más violentas. Haces bien siendo buena con ella, siendo paciente y hablándole de mí. No te repugne pronunciar mi Nombre en su presencia. ¡Oh, pobre alma de mi María! Ella también ha salido del Padre Creador y no es distinta de las otras, de la tuya, de la de Lázaro, de las de los apóstoles y discípulos.

Ella también ha sido incluida y contemplada entre las almas por las que me he hecho carne para ser Redentor; es más, he venido más por ella que por ti, que por Lázaro, los apóstoles y los discípulos. ¡Pobre alma, amada alma que sufre, de mi María, de mi María envenenada con siete venenos además del veneno primogénito y universal, de mi María prisionera! ¡Deja, deja que venga a mí! ¡Deja que respire mi respiro, que oiga mi voz, que encuentre mi mirada!… Se llama a sí misma "estiércol"… ¡Oh, pobre amada, que de los siete demonios que tiene el menos fuerte es el de la soberbia! ¡Pues bien, le bastará esto para salvarse!

-¡Pero, ¿y si sale y encuentra a alguno que la desvía de nuevo hacia el vicio? Ella misma lo teme…
-Siempre lo temerá, ahora que ha llegado a sentir nausea del vicio. No temas, de todas formas. Cuando un alma tiene ya este deseo de dirigirse al Bien, y sólo la retiene el Enemigo diabólico -que es consciente de perder la presa-y el enemigo personal del yo -que razona todavía humanamente y se juzga a sí mismo humanamente, aplicando a Dios su juicio (para impedirle al espíritu dominar al yo humano)-, entonces esa alma es ya fuerte contra los asaltos del vicio y de los viciosos: ha encontrado la Estrella Polar y no se desviará. No le vuelvas a decir: "¿No has pensado en Dios y piensas en Israel?". Es una reprensión implícita. No lo hagas.

Es una mujer que ha salido de las llamas. Es toda ella una llaga. No la toques sino con bálsamos de dulzura, perdón, esperanza… Déjala libre de venir; es más, debes decirle que cuándo va a venir. Pero no le digas: "Ven conmigo"; al contrario, si te percatas de que viene, tú no vengas. Regresa. Espérala en casa. Volverá a ti quebrantada por la Misericordia. Porque Yo tengo que eliminar la malvada fuerza que ahora la tiene sujeta.

Durante unas horas, será como una a la que hubieran abierto las venas, como una a la que un médico hubiera quitado los huesos. Pero luego estará mejor. Estará aturdida. Tendrá gran necesidad de caricias y silencio. Asístela como si fueras su segundo ángel custodio: sin hacerte notar. Si la ves llorar, déjala llorar. Si la oyes hacerse preguntas, déjala que lo haga. Si la ves sonreír y luego ponerse seria, y sonreír de nuevo con sonrisa, mirada y rostro distintos, no le hagas preguntas, no la cohíbas. Sufre más ahora, que está subiendo, que cuando bajaba. Y debe ser ella quien suba, como por sí misma bajó.

Entonces no soportaba vuestras miradas puestas en su descenso, porque en vuestros ojos había reproche. Ahora, con su vergüenza, que por fin se ha despertado, menos aún puede soportar vuestra mirada: entonces era fuerte porque tenía dentro a Satanás, que era el amo, y con él la mala fuerza que la sostenía, de forma que podía desafiar al mundo, y, a pesar de ello, no ha resistido vuestra mirada cuando pecaba; ahora ya no tiene por amo a Satanás, sino que es sólo huésped en ella, todavía, aunque ya el deseo de María lo tiene sujeto por la garganta. Y no me tiene a mí todavía. Por eso es demasiado débil. No puede soportar ni siquiera la caricia de tus ojos fraternos puestos en su confesión a su Salvador. Toda su energía está orientada, y consumida, en estrangular al septipartito demonio. Para todo lo demás, ella está indefensa y desnuda.

Pero Yo la vestiré de nuevo y la fortaleceré. Ve en paz, Marta. Mañana, con tacto, dile que voy a hablar en el torrente de la Fuente, aquí en Cafarnaúm, al crepúsculo.

¡Ve en paz! ¡Ve en paz! ¡Te bendigo!

Marta se muestra titubeante todavía.

Jesús se da cuenta y dice:

-No caigas en incredulidad, Marta.

-No, Señor. Lo que pasa es que pienso… ¡Oh, dame algo que pueda llevarle a María para infundirle un poco de fuerza!… Está sufriendo mucho… ¡y tengo mucho miedo de que no logre triunfar sobre el demonio!

-¡Eres una niña! María nos tiene a mí y a ti. No puede fracasar. De todas formas, ven; ten; dame esta mano que no ha pecado nunca, ha sabido ser delicada, misericordiosa, activa, pía, que ha tenido siempre gestos de amor y de oración, que no se ha emperezado con el ocio y no se ha corrompido nunca. Mira, la tengo entre las mías para hacerla más santa todavía. Álzala contra el demonio, que no la soportará. Toma este cinturón mío. No te desprendas de él nunca. Siempre que lo veas dite a ti misma:

"El poder de Jesús es más fuerte que este cinturón suyo; con el poder de Jesús todo se vence: demonios y monstruos. No debo tener miedo". ¿Estás contenta ahora? Mi paz descienda sobre ti. Ve tranquila».
Marta lo venera y sale.

El carro de Marcela está a la puerta. Jesús sonríe mientras la ve tomar asiento y partir en dirección a Magdala.

230- Curación de la hemorroisa y resurrección de la hija de Jairo

Jesús va rodeado de mucha gente que ciertamente lo estaba esperando, por un camino soleado y polvoriento que bordea la ribera del lago. Se dirige hacia un pueblo.

La muchedumbre lo oprime a pesar de que los apóstoles, a fuerza de codos y hombros, vayan tratando de hacer hueco y levanten la voz para convencer a la masa de dejar un poco de espacio.

Pero Jesús no está inquieto por tanto barullo. Sobrepasando en altura con toda la cabeza a los que lo rodean, mira con dulce sonrisa a esta multitud que lo apretuja; responde a los saludos, acaricia a algún niño que logra hacerse ver por entre la barrera de adultos y arrimarse a Él, pone la mano en la cabeza de aquellos pequeñuelos a los que sus madres aúpan por encima de las cabezas de la gente para que Él los toque… Y, entretanto, sigue andando, lentamente, pacientemente, en medio de esta bulla y de estas continuas presiones que pondrían de malhumor a cualquiera.

Una voz de hombre grita:
-¡Paso! ¡Dejad paso!

Una voz que denota angustia. Muchos deben conocerla y respetarla, como de una persona influyente, porque la multitud se escinde -aunque con mucha dificultad, porque están muy apretujados-y dejan pasar a un hombre de unos cincuenta años, enteramente cubierto con un largo y amplio indumento y con una especie de pañuelo blanco alrededor de la cabeza, cuyo vuelo pende hasta el cuello y sobre la cara.

Llega adonde Jesús, se postra a sus pies y dice:
-Maestro, ¿por qué has estado fuera tanto tiempo? Mi hija está muy enferma. Ninguno la puede curar. Tú eres la única esperanza mía y de la madre. Ven, Maestro. Te esperaba con ansiedad infinita. Ven, ven enseguida. Mi única criatura se está muriendo… -y se echa a llorar.

Jesús pone su mano sobre la cabeza de este hombre que llora, sobre esta cabeza inclinada y convulsa por los sollozos, y le responde:
-No llores. Ten fe. Tu hija vivirá. Vamos a verla.

¡Levántate! ¡Vamos!

Las dos últimas palabras tienen tono de imperio. Antes era el Consolador, ahora habla como Dominador.
Se ponen de nuevo en camino. El padre, llorando, va al lado de Jesús, que lo tiene cogido de la mano; y, cuando un sollozo más fuerte agita al pobre hombre, veo que Jesús lo mira y le aprieta la mano. No hace sino esto, pero ¡cuánta fuerza debe tornar a un alma cuando se siente tratada así por Jesús!

Antes, donde ahora está el padre, estaba Santiago, pero Jesús le ha dicho que le cediera el puesto. Pedro está al otro lado. Juan al lado de Pedro, tratando de hacer con él de barrera a la gente, como hacen también Santiago y Judas Iscariote en el otro lado, detrás del adolorado padre. Los otros apóstoles están unos delante y otros detrás de Jesús. Pero no es suficiente. Especialmente los tres de atrás, entre los cuales veo a Mateo, no consiguen mantener detrás a la muralla viva. Y, cuando refunfuñan un poco demasiado y casi casi insultan a esta muchedumbre poco discreta, Jesús vuelve la cabeza y dice con dulzura:
-¡No pongáis impedimento a estos pequeñuelos míos!…

Pero, en un momento dado, se vuelve bruscamente, dejando incluso caer la mano del hombre. Se detiene. Se vuelve (esta vez no vuelve sólo la cabeza sino todo su cuerpo). Parece incluso más alto, porque ha tomado una actitud de rey. Con su rostro -ahora severo-y su mirada inquisitiva escruta a la muchedumbre. En sus ojos hay relámpagos, no de dureza sino de majestad.

-¿Quién me ha tocado? -pregunta. Nadie responde.
-¿Quién me ha tocado?, repito -insiste Jesús.
Responden los discípulos:

-Pero, Maestro, ¿no ves que la muchedumbre te está apretujando por todas partes? Todos te tocan, a pesar de nuestros esfuerzos.

-Estoy preguntando que quién me ha tocado para obtener un mi-agro. He sentido que salía de mí una virtud milagrosa porque un corazón la invocaba con fe. ¿Quién es este corazón?

Jesús, mientras habla, baja dos o tres veces sus ojos hacia una mujercita de unos cuarenta años, vestida muy pobremente, de rostro demacrado, la cual busca eclipsarse entre la muchedumbre, desaparecer tragada por la multitud.

Esos ojos puestos en ella deben quemarla. Se da cuenta de que no puede huir y vuelve adelante. Se postra a sus pies, casi tocando el polvo con el rostro; con los brazos extendidos, aunque sin llegar a tocar a Jesús.
-¡Perdón! Soy yo. Estaba enferma. ¡Hacía doce años que estaba enferma! Todos huían de mí. Mi marido me ha abandonado. He gastado todos mis haberes para no ser considerada un oprobio, para vivir corno viven todos.

Ninguno ha podido curarme. Maestro, ya ves que soy una anciana prematura. Mi vitalidad, con mi flujo incurable, ha salido de mí, y mi paz con ella. Me dijeron que Tú eras bueno. Me lo dijo uno al que habías curado de su lepra, uno que por su experiencia de tantos años en que todos huían de él no sintió asco de mí. No me he atrevido a decir esto antes. ¡Perdóname! He pensado que sólo con tocarte quedaría curada. Pero no te he contaminado de impureza. Apenas he rozado el extremo de tu vestido que toca el suelo, la suciedad del suelo… como mi inmundicia… ¡Pero ahora estoy curada! ¡Bendito seas! En el momento en que he tocado tu vestido mi mal ha cesado. Ahora soy como todas las demás. Ya no se apartará de mí la gente. Mi marido, mis hijos, mis parientes podrán estar conmigo, los podré acariciar, seré útil a mi casa.

¡Gracias, Jesús, Maestro bueno! ¡Bendito seas eternamente!
Jesús la mira con una bondad infinita. Le sonríe y le
dice:

-Ve en paz, hija. Tu fe te ha salvado. Queda curada para siempre. Sé buena y vive feliz. Ve.

No ha terminado de hablar cuando, de improviso, llega un hombre -creo que un siervo-, y se dirige al padre de la niña enferma que durante todo este tiempo ha estado en actitud de espera respetuosa pero angustiada, verdaderamente en ascuas­y le dice:

-Tu hija ha muerto. No importunes ya al Maestro. Su espíritu la ha dejado. Ya las plañideras están llorando.

La madre me envía a decírtelo y te ruega que vayas enseguida.

El pobre padre exhala un gemido, se lleva las manos a la frente, frunce la frente, se comprime los ojos, se pliega como si lo hubieran herido.

Jesús, que parecía que no debería ver ni oír nada, porque está atento a lo que le dice la mujer y a responderle, se vuelve, sin embargo, y pone la mano sobre la espalda curvada del pobre padre:

-Hombre, te he dicho: ten fe. Te repito: ten fe. No temas. Tu hija vivirá. Vamos adonde ella.
Y se pone de nuevo en marcha, manteniendo estrechado contra sí a este hombre completamente destruido.

La multitud, ante este dolor y la gracia que se ha producido, se detiene atemorizada; se abre, deja a Jesús y a los suyos que puedan caminar ligero para seguir luego como una estela a la Gracia que pasa.

Se recorren así unos cien metros, quizás más -no soy buena calculadora-; se entra cada vez más en el centro del pueblo.

Hay una aglomeración de gente delante de una casa de fino aspecto. Están comentando con voz alta y estridente lo que ha sucedido, a manera de contrapunto de otros gritos más altos que llegan a través de la puerta abierta de par en par: son gritos gorjeados, agudos, mantenidos en una nota monótona y que parecen dirigidos por una voz más aguda, solista; a ésta responden, primero un grupo de voces más finas, luego otro de voces más llenas. Es un alboroto capaz de producir la muerte incluso a quien está bien.

Jesús ordena a los suyos que se queden delante de la puerta, pero llama a Pedro, Juan y Santiago. Con ellos entra en la casa (lleva todavía agarrado de un brazo al padre, que sigue llorando: parece como si quisiera infundirle la certeza de que Él está ahí para consolarlo con ese gesto).

Las… plañideras, que yo llamaría más bien "chillonas", al ver al jefe de la casa y al Maestro, doblan su gritería. Dan palmadas, agitan unas panderetas, golpean triángulos y sobre esta… música apoyan sus plañidos.
-Callad -dice Jesús -No es el caso de llorar. La niña no está muerta, sólo duerme.

Las mujeres lanzan gritos más fuertes aún. Algunas se revuelcan por el suelo, se hacen arañazos, se arrancan los pelos (o, más bien, hacen como si se los arrancaran) para mostrar que está realmente muerta. Los que suenan los instrumentos y los amigos menean la cabeza como respuesta a lo que creen ser un espejismo de Jesús.

Mas Él repite: «¡Callad!», tan enérgicamente, que el alboroto, si bien no cesa completamente, al menos se transforma en simple murmullo. Jesús pasa más adentro.
Entra en un cuarto pequeño. Encima de la cama está extendida una niña muerta. Delgada y palidísima, yace, ya vestida, ordenados con cuidado sus negros cabellos. La madre llora al pie del costado derecho de la cama, mientras besa la cérea manita de la difunta.

¡Qué hermoso está Jesús ahora! ¡Como pocas veces lo he visto! Se acerca al lecho rápidamente, tanto que parece deslizarse sobre el suelo… volar. Los tres apóstoles cierran la puerta sin contemplaciones para con los curiosos y permanecen apoyados a ella. El padre se ha detenido a los pies de la cama.

Jesús va a la parte izquierda, extiende la mano izquierda para tomar la manita muerta de la pequeña difunta; es también la izquierda, lo he visto bien, es la izquierda de Jesús y la izquierda de la niña. Alza el brazo derecho hasta llevar la mano abierta a la altura del hombro, y la baja con el gesto propio de uno que o jura o manda. Dice:

-¡Niña, Yo te lo digo, levántate!

Transcurre un momento en que todos, excepto Jesús y la muerta, permanecen suspendidos. Los apóstoles alargan el cuello para ver mejor. El padre y la madre miran con ojos acongojados a su hija. Pasa un instante… y un suspiro alza el pecho de la pequeña difunta, un leve color sube a la carita cérea, anulando el cárdeno de muerte. Una sonrisa se dibuja en los pálidos labios antes de abrirse los ojos, como si la niña estuviera teniendo un dulce sueño. Jesús la tiene todavía tomada de la mano. Entonces la niña abre dulcemente los ojos y los mueve en su derredor como si se despertara en ese momento. Lo primero que ve es el rostro de Jesús, que la está mirando fijamente con sus ojos espléndidos, sonriéndole con alentadora bondad. Y ella también le sonríe.

-Levántate -repite Jesús, mientras aparta con su mano los objetos fúnebres que estaban colocados o sobre la propia cama o a los lados (flores, velos, etc. etc.) y la ayuda a bajar. Y hace que dé unos primeros pasos teniéndola todavía de la mano.

-Dadle de comer. Ahora -ordena Jesús -Está curada. Dios os la ha devuelto. Dadle gracias. No digáis a nadie lo que ha sucedido. Vosotros sabéis qué le había sucedido. Habéis creído, habéis merecido el milagro. Los otros no han tenido fe. Es inútil tratar de persuadirlos. Dios no se muestra a quien niega el milagro. Y tú, niña, sé buena.

¡Adiós! La paz descienda sobre esta casa.
Sale cerrando tras sí a puerta.

La visión termina.

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