por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está hablando a mucha gente que se ha congregado delante de la casa de Felipe; habla erguido, en el umbral de la puerta realzado sobre dos altos escalones.
La novedad del hijo adoptivo de Pedro que ha venido con su minúscula riqueza de tres ovejitas en busca de la gran riqueza de una nueva familia se ha esparcido como una gota de aceite en una tela. Todos hablan de ello, cuchichean, hacen comentarios que responden a los distintos modos de pensar.
Hay quien, sincero amigo de Simón y de Porfiria, se muestra contento por su alegría. Hay quien, con malevolencia, dice:
-Para que lo aceptara, se lo ha tenido que ofrecer con dote.
Está también la persona buena que dice:
-Vamos a querer todos mucho a este pequeñuelo amado de Jesús.
No falta quien maliciosamente dice:
-¡La generosidad de Simón! ¡Sí, precisamente eso! ¡Se lucrará, si no…!
Están también los ambiciosos:
« -¡También yo lo habría hecho, si me hubieran ofrecido un niño con tres ovejas. ¡Tres! ¿Os dais cuenta? Es un pequeño rebaño. ¡Además bien hermosas! Lana y leche están asegurados, y luego los corderos para venderlos o tenerlos! ¡Son riqueza! Además el niño puede servir, puede trabajar…
Pero otros replican a los malpensados:
-¡Qué vergüenza! ¡Decir que se ha hecho pagar por una buena acción! Simón no ha pensado eso. Lo hemos conocido siempre generoso con los pobres, especialmente con los niños, a pesar de su modesto patrimonio de pescador. Es justo que ahora -que ya no gana con la pesca y carga con el peso de otra persona en la familia-tenga otro modo de ganar algo.
Mientras la gente comenta, extrayendo cada uno de su propio corazón lo que de bueno o malo tiene y vistiéndolo de palabras, Jesús conversa con uno de Cafarnaúm que ha venido a verlo para invitarlo a ir enseguida, porque -dice-la hija del arquisinagogo se está muriendo, y porque hace unos días que está viniendo una mujer noble con una sierva preguntando por él. Jesús promete que irá al día siguiente por la mañana, cosa que entristece a los de Betsaida porque querrían que estuviera con ellos más días.
-Vosotros tenéis menos necesidad de mí que otros. Permitid que me vaya. Además, durante todo el verano estaré en Galilea, y mucho en Cafarnaúm. Será fácil vernos. Allá hay un padre y una madre angustiados. Hay que socorrerlos por caridad. Vosotros -los buenos de entre vosotros-aprobáis la bondad de Simón para con el huérfano. Sólo el juicio de los buenos tiene valor. No se debe escuchar el juicio de los no buenos, que siempre está impregnado de veneno y mentira. Así que vosotros, los buenos, debéis aprobar mi acto de bondad de ir a consolar a un padre y a una madre.
Haced que vuestra aprobación no quede estéril, sino que, al contrario, os mueva a imitación.
Hay páginas de la Escritura que hablan de cuánto bien nace de un acto bueno. Recordemos a Tobit. Mereció que un ángel tutelase a su Tobías y que enseñase a éste cómo devolver la vista a su padre. ¡Cuánta caridad, sin pensar en obtener beneficio, había practicado el justo Tobit, a pesar de los reproches de su mujer, y de los peligros incluso de muerte! Recordad las ͕palabras del arcángel: “Buenas cosas son la oración y el ayuno.
La limosna vale más que montañas de tesoros de oro, porque libra de la muerte, purifica los pecados; quien la practica halla misericordia y vida eterna… Cuando orabas entre lágrimas y enterrabas a los muertos… presenté tus oraciones al Señor". Pues bien, mi Simón, en verdad os lo digo, superará con mucho las virtudes del anciano Tobit.
Cuando Yo me vaya, quedará como tutor de vuestras almas en mi Vida. Ahora él empieza su paternidad de alma para ser mañana padre santo de todas las almas fieles a mí.
Por tanto, no murmuréis; al contrario, si un día encontráis en vuestro camino, cual pajarillo caído de su nido, a un huérfano, recogedlo. El pedazo de pan compartido con el huérfano, lejos de empobrecer la mesa de los hijos auténticos, trae a casa las bendiciones de Dios.
Hacedlo, porque Dios es el Padre de los huérfanos y es Él mismo quien os los pone delante, para que los ayudéis reconstruyéndoles el nido que la muerte destruyera; hacedlo porque lo enseña la Ley que Dios dio a Moisés, que es nuestro legislador precisamente porque en tierra enemiga e idolátrica encontró un corazón que se curvó compasivo hacia su debilidad de infante, salvándolo de la muerte, arrebatándolo a la muerte, fuera de las aguas, al margen de las persecuciones, porque Dios había establecido que Israel tuviera un día su libertador: un acto de piedad le valió a Israel su caudillo.
Las repercusiones de un acto bueno son como ondas sonoras que se difunden hasta muy lejos del lugar en que nacen; o, si lo preferís, como flujo de viento que arrebata las semillas y consigo las lleva muy lejos hasta las fértiles glebas.
Podéis iros. La paz sea con vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está con sus apóstoles en el lago de Galilea.
Es por la mañana, todavía temprano. Están todos los apóstoles, incluso Judas, perfectamente curado y con una expresión de rostro más dulce, debido a la enfermedad que ha padecido y a los cuidados recibidos; y también Margziam, un poco impresionado porque es la primera vez que está sobre el agua. El niño, aunque no quiere que se note, a cada cabeceo un poco más fuerte, se agarra con un brazo al cuello de la oveja, que comparte su miedo balando quejumbrosamente, y con el otro brazo a lo que puede (al mástil, a un asiento, a un remo, o incluso a la pierna de Pedro o de Andrés o de los mozos, que pasan dedicados a sus operaciones), y cierra los ojos, quizás convencido de que está viviendo su última hora.
Pedro, de vez en cuando, dándole un cachetito en el carrillo, le dice:
-¿No tendrás miedo, no? Un discípulo no debe tener nunca miedo.
El niño dice que no, con la cabeza, pero, dado que el viento aumenta y que el agua se va agitando más a medida que se acercan a la desembocadura del Jordán en el lago, se agarra más fuerte y cierra los ojos más veces… hasta que exhala un grito de miedo, cuando, de improviso, la barca se inclina por una ola que la ha embestido de costado.
Unos ríen, otros, de broma, toman el pelo a Pedro, porque ahora es padre de uno que no sabe estar en la barca; otros se burlan de Margziam, porque siempre dice que quiere ir por tierras y mares a predicar a Jesús y luego tiene miedo de recorrer unos pocos estadios de lago. Pero Margziam se defiende diciendo:
-Cada uno tiene miedo de algo, si no lo conoce: yo del agua, Judas de la muerte…
Comprendo que Judas ha debido tener mucho miedo a morir, y me asombra el que no reaccione ante esta observación; antes al contrario, dice:
-Es así, como has dicho. Se tiene miedo de lo que no se conoce. Pero, mira, estamos llegando. Betsaida está a pocos estadios, tú estás seguro de que allí encontrarás amor… Pues bien, eso es lo que quisiera yo, estar a poca distancia de la Casa del Padre y estar seguro de encontrar amor en ella -y lo dice con cansancio y tristeza.
-¿Desconfías de Dios? -pregunta sorprendido Andrés.
-No. Desconfío de mí. Durante los días de la enfermedad, rodeado de tantas mujeres puras y buenas, me he sentido, en mi espíritu, muy pequeño. ¡Cuánto he pensado! Decía: "Si ellas todavía trabajan para ser mejores y ganarse el Cielo, ¿qué no deberé hacer yo!". Porque ellas se sienten todavía pecadoras. Y a mí me parecían ya todas santas. ¿Y yo?… ¿lo conseguiré, Maestro?
-Con la buena voluntad se puede todo.
-Pero mi voluntad es muy imperfecta.
-La ayuda de Dios pone en la voluntad lo que a ésta le falta para ser completa. Tu actual humildad ha nacido en la enfermedad. ¿Ves?, el buen Dios, por medio de un suceso penoso, te ha proporcionado una cosa que no tenías.
-Es verdad, Maestro. ¡Oh, esas mujeres! ¡Qué discípulas más perfectas! No me refiero a tu Madre, que ya se sabe; me refiero a las otras. ¡Verdaderamente nos han superado! Yo he sido uno de los primeros ensayos de su futuro ministerio. Créeme, Maestro, con ellas uno puede descansar seguro. Nos cuidaban a mí y a Elisa; ella ha vuelto a Betsur con el alma reconstruida, y yo… yo espero reconstruirla, ahora que ellas me la han trabajado…
Judas, todavía débil, llora.
Jesús, que está sentado a su lado, le pone una mano sobre la cabeza mientras hace un gesto a los demás para que guarden silencio. Pero, la verdad es que Pedro y Andrés están muy ocupados con las últimas maniobras de atracada y no hablan, y Simón Zelote, Mateo, Felipe y Margziam no tienen ninguna intención de hacerlo, quién porque está distraído por el ansia de la llegada, quién porque es de por sí prudente.
La barca penetra en el río Jordán. Poco después se detiene en el guijarral. Los mozos bajan para asegurarla atándola con una soga a una peña y para afianzar una tabla que sirva de puente; Pedro, entretanto, se pone de nuevo la túnica larga, y lo mismo hace Andrés. Mientras, la otra barca ya ha hecho la misma maniobra y están bajando los otros apóstoles. También Judas y Jesús bajan. Pedro, por su parte, está poniéndole la tuniquita al niño y aviándole para presentarlo en orden a su mujer… Ya han bajado todos, ovejas incluidas.
-Y ahora en marcha -dice Pedro. Está realmente emocionado. Le da la mano al niño, que está también emocionado, tanto que se olvida de las ovejitas -se ocupa Juan de ellas-y, en un improviso acceso de miedo, pregunta:
-¿Pero, me va a aceptar?, ¿me va a querer mucho?
Pedro lo tranquiliza, aunque quizás el miedo se le ha contagiado, porque dice a Jesús: -Háblale Tú a Porfiria, Maestro, que creo que no sabré expresarme bien.
Jesús sonríe, pero promete hacerlo.
Siguiendo el guijarral de la orilla, llegan pronto a la casa. La puerta está abierta y se oye a Porfiria ocupada en las labores domésticas.
-Paz a ti -dice Jesús asomándose a la puerta de la cocina, donde la mujer está poniendo en orden unos objetos de la vajilla.
-¡Maestro! ¡Simón!
La mujer corre a postrarse a los pies de Jesús y luego a los de su marido. Se pone en pie y, con ese rostro suyo si no hermoso sí bueno, dice ruborizándose:
-¡Hacía mucho que deseaba veros! ¿Habéis estado todos bien? ¡Venid! ¡Venid! Estaréis cansados…
-No. Venimos de Nazaret. Hemos estado unos días. Luego nos hemos detenido también en Caná. En Tiberíades teníamos las barcas. Como puedes ver, no estamos cansados. Llevábamos a un niño con nosotros, y Judas de Simón estaba débil porque ha sufrido una enfermedad.
-¿Un niño? ¿Y siendo tan pequeño es ya discípulo?
-Es un huérfano que hemos recogido en nuestro camino.
-¡Bonito! ¡Ven, tesoro; te doy un beso!
El niño, que hasta ahora había estado medio escondido temeroso detrás de Jesús, se deja coger de la mujer, que casi se ha arrodillado para estar a la altura de él; y se deja besar sin ofrecer ninguna resistencia.
-¿Y ahora os lo lleváis con vosotros?, ¿siempre con vosotros, con lo pequeño que es? Será fatigoso para él…
La mujer se muestra toda compasiva. Tiene al niño estrechado entre sus brazos con su mejilla apoyada en la del niño.
-La verdad es que Yo tenía otro plan. Pensaba confiarlo a alguna discípula cuando nosotros nos alejemos de Galilea y del lago…
-¿A mí no, Señor? No he tenido ningún niño, pero sobrinitos sí, y sé tratar a los niños. Soy la discípula que no sabe hablar, que no tiene tanta salud como para ir contigo, como hacen las otras, que… ¡oh, Tú lo sabes!… será que soy mezquina, si quieres, pero Tú sabes en qué tenaza me encuentro, o, más que en una tenaza, entre dos sogas que tiran de mí en dirección opuesta, y no tengo el valor de cortar una de las dos. Deja que te sirva al menos un poco, siendo la mamá-discípula de este niño. Le enseñaré todo lo que las otras enseñan a muchos… a amarte a ti…
Jesús le pone la mano sobre la cabeza, sonríe y dice:
-Hemos traído a este niño aquí porque aquí encontraría una madre y un padre. Bien, pues vamos a constituir la familia.
Y Jesús mete la mano de Margziam entre las de Pedro -que tiene los ojos brillantes-y de Porfiria diciendo:
-Educadme santamente a este inocente.
Pedro ya lo sabe y lo único que hace es secarse una lágrima con el dorso de la mano. Pero su mujer, que no se lo esperaba, se queda unos momentos muda, por el estupor, pero luego vuelve a arrodillarse y dice:
-¡Señor mío!, Tú me has arrebatado a mi esposo, dejándome casi viuda. Pero ahora me das un hijo… Así devuelves todas las rosas a mi vida, no sólo las que me has cogido sino también las que no he tenido nunca. ¡Bendito seas! Amaré a este niño más que si hubiera nacido de mis entrañas, porque me viene de ti.
Y la mujer besa la túnica de Jesús. También besa al niño y luego lo sienta sobre su regazo…. Se la ve dichosa…
-No disturbemos sus expresiones de afecto -dice Jesús -Quédate si quieres, Simón; nosotros vamos a la ciudad a predicar. Volveremos ya por la noche, para pedirte comida y descanso.
Y Jesús sale con los apóstoles, dejando tranquilos a los tres…
Juan dice:
-Mi Señor, ¡a Simón hoy se le ve feliz!
-¿Tú también quieres un niño?
-No. Sólo quisiera un par de alas para elevarme hasta las puertas del Cielo y aprender el lenguaje de la Luz, para repetirlo a los hombres -y sonríe.
Acondicionan a las ovejitas en el fondo del huerto, junto al local de las redes, y les dan ramitas, hierba y agua del pozo; luego se marchan hacia el centro de la ciudad.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús, en compañía de Simón Zelote, llega al jardín de Lázaro en una bellísima mañana de verano. Todavía no ha concluido la aurora, así que todo está fresco y risueño.
El sirviente -jardinero, que ha acudido a recibir al Maestro, señala a Jesús el ruedo de un indumento blanco que desaparece tras un seto, y dice:
-Lázaro va a la pérgola de los jazmines con unos rollos para leer. Ahora lo llamo.
-No, voy Yo, solo.
Jesús camina ligero a lo largo de un sendero limitado por setos florecidos. La hierbecilla que hay al pie del seto amortigua el sonido de los pasos. Jesús trata de poner el pie precisamente en la hierba, para llegar adonde Lázaro de improviso.
Lo sorprende de pie, erguido, con los rollos apoyados en una mesa de mármol, orando en voz alta. Está diciendo:
-No me niegues lo que te pido, Señor. Haz crecer este hilo de esperanza que ha nacido en mi corazón. Dame lo que con lágrimas, con las obras, con el perdón, con todo mi ser, te he pedido diez mil, cien mil veces. Dámelo y tómate a cambio mi vida. Dámelo en nombre de tu Jesús, que me ha prometido esta paz. ¿Puede, acaso, mentir? ¿Tendré que pensar que su pro-mesa fue sólo con palabras, o que su poder es inferior al abismo de pecado que es mi hermana? Respóndeme, Señor, que yo me resignaré por amor a ti…
-¡Sí, te respondo! -dice Jesús.
Lázaro se vuelve como movido por un resorte y grita:
-¡Mi Señor! ¿Cuándo has venido? -y se inclina para besar la túnica de Jesús.
-Hace algunos minutos.
-¿Solo?
-Con Simón Zelote. Pero aquí, donde estabas tú, he venido solo. Sé que me debes decir una cosa importante. Dímela, pues.
-No. Antes responde a las preguntas que dirijo a Dios. Según tu respuesta te la diré.
-Dime esta cosa importante tuya, dímela. La puedes decir… -y Jesús sonríe y lo invita a hablar abriendo los brazos.
-¡Dios altísimo! ¿Entonces es verdad? ¿Entonces sabes que es verdad! -y Lázaro va a los brazos de Jesús, a confiarle su cosa importante.
María ha llamado a Marta a Magdala. Marta se ha puesto en camino, afligida, con el temor de que hubiera ocurrido alguna grave desgracia… Yo me he quedado aquí solo, con el mismo temor. Pero Marta, con el sirviente que la ha acompañado, me ha mandado una carta que me ha llenado de esperanza. Mira, la tengo aquí, en mi pecho; la tengo aquí porque me es más preciosa que un tesoro. Son pocas palabras, pero las leo cada poco, para estar seguro de que verdaderamente han sido escritas. Mira… -y Lázaro saca de entre su vestido un pequeño rollo atado con una cintita violeta. Lo desenrolla. « ¿Ves? Lee, lee. En voz alta.
Leída por ti me parecerá aún más verdadero.
-"Lázaro, hermano mío, paz y bendición. He llegado pronto y bien. Mi corazón ha dejado de palpitarme por miedo a nuevas desgracias, porque he visto a María, a nuestra María, sana… y… sí, debo decirte que menos exaltada de aspecto que antes. Ha llorado reclinada sobre mi pecho. Un profundo llanto… Y, luego, por la noche, en la habitación a que me había llevado, me preguntó muchas cosas, muchas, sobre el Maestro. Por ahora sólo esto; pero yo, que veo el rostro de María además de oír sus palabras, digo que en mi corazón ha nacido la esperanza. Ora, hermano. Ten esperanza. ¡Ah, si fuera verdad!… Me quedo todavía un tiempo porque percibo que quiere tenerme cerca, como para sentirse defendida de la tentación, y para descubrir lo que nosotros ya conocemos: la bondad infinita de Jesús. Le he hablado de aquella mujer que vino a Betania… Veo que piensa, piensa, piensa… Haría falta que Jesús estuviera presente. Ora. Ten esperanza. El Señor esté contigo"». Jesús recoge el rollo y se lo devuelve a Lázaro.
-Maestro…
-Iré. ¿Tienes alguna forma de avisar a Marta de que dentro de no más de quince días venga a mi encuentro a Cafarnaúm?
-Sí, puedo avisarla, Señor. ¿Y yo?
-Tú te quedas aquí. También a Marta la mandaré para aquí.
-¿Por qué?
-Porque el redimido tiene un profundo pudor, y nada produce más vergüenza que la mirada de un padre o de un hermano. Yo también te digo: "Ora, ora, ora".
Lázaro llora en el pecho de Jesús… Después, ya calmado, sigue hablando todavía de su angustia, sus desalientos…
-Hace casi un año que mantengo la esperanza… que desespero… ¡Qué largo es el tiempo de la resurrección! -exclama.
Jesús lo deja que hable, que hable, que hable… hasta que Lázaro se da cuenta de que está faltando a sus deberes de hospitalidad, y se alza para llevar a Jesús a la casa. En el trayecto, pasan al lado de un tupido seto de jazmines en flor, sobre cuyas corolas de forma de estrella zumban abejas de oro.
-¡Ah!, me olvidaba de decirte que el anciano patriarca que me mandaste ha vuelto al seno de Abraham. Se lo encontró Maximino aquí, con la cabeza apoyada en este seto, como si se hubiera quedado dormido junto a las colmenas que cuidaba como si fueran casas llenas de niños de oro. Así llamaba a las abejas. Daba la impresión de que las entendía, y de que ellas también lo entendieran. Sobre el patriarca dormido en la paz de la buena conciencia, cuando Maximino lo encontró, estaba extendido un precioso velo de pequeños cuerpecitos de oro. Todas las abejas posadas sobre su amigo. No poco tuvieron que trabajar los sirvientes para separarlas de él. Tan bueno como era, quizás sabía a miel… tan honesto era, que quizás para las abejas era como una corola pura… Me ha dolido su muerte. Hubiera querido tenerlo más tiempo en mi casa. Era un justo…
-No te entristezca su ausencia. Él está en paz. Desde la paz ora por ti, que le has hecho dulces sus últimos días. ¿Dónde está sepultado?
-En el fondo del huerto. Sigue cerca de sus colmenas. Ven conmigo que te guío… Y se ponen a andar, por un pequeño bosque de laurocerasos, hacia las colmenas, de las cuales proviene un runruneo laborioso…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está en Jerusalén, exactamente en las inmediaciones de la Antonia. Con Él, todos los apóstoles excepto Judas Iscariote.
Mucha gente se dirige, ligera, al Templo. Todos están vestidos de fiesta, tanto los apóstoles como los otros peregrinos, por lo cual pienso que son los días de Pentecostés. Muchos mendigos se mezclan con la gente, gimiendo su miseria con cantinelas lastimeras, y se dirigen a los mejores sitios (las puertas del Templo o los cruces por los que afluyen los peregrinos). Jesús pasa haciendo el bien a estos pobres hombres; ellos, por su parte, se encargan de mostrar integralmente sus miserias, además de narrarlas.
Tengo la impresión de que Jesús ha estado ya en el Templo, porque oigo que los apóstoles hablan de Gamaliel, que ha fingido no verlos, a pesar de que Esteban -uno de sus seguidores -le haya indicado que Jesús pasaba. Oigo también que Bartolomé pregunta a los compañeros: -¿Qué habrá querido decir ese escriba con la frase: "Un grupo de carneros que apenas si valen para el matadero"? -Se referiría a algún asunto suyo -responde Tomás. -No. Nos señalaba a nosotros, lo he visto bien. Además, la segunda frase confirmaba la primera. Ha dicho, en tono
sarcástico: "Dentro de poco el cordero será Él. Se le esquila incluso, y luego al matadero"
-Sí, yo también lo he oído -confirma Andrés.
-¡Ya, bien! De todas formas ardo en deseos de volver y preguntarle al compañero del escriba si sabe algo de Judas de Simón» dice Pedro.
-¡No sabe nada, hombre! Esta vez Judas no está porque verdaderamente está enfermo. Lo sabemos. Quizás es que realmente ha sufrido demasiado por el viaje que hemos hecho. Nosotros somos más fuertes. Él ha vivido aquí, cómodamente, y se cansa -responde Santiago de Alfeo.
-Sí, nosotros lo sabemos, pero ese escriba ha dicho: "Le falta el camaleón al grupo" ¿El camaleón no es el que cambia de color siempre que quiere? -pregunta Pedro.
-Sí, Simón, pero se referían a que siempre va vestido distinto; le gusta; es joven; hay que comprenderlo… -dice Simón Zelote en tono conciliador.
-Eso también es verdad. ¡Pero… qué frases tan extrañas! -concluye Pedro.
-Siempre dan la impresión de estar amenazando -dice Santiago de Zebedeo.
-Lo que pasa es que somos conscientes de las amenazas que pesan sobre nosotros y las vemos incluso donde no las hay… ̀ observa Judas Tadeo.
-Y vemos culpas también donde no existen -termina Tomás.
-¡Sí, claro! Mala cosa es la sospecha… ¿Cómo estará hoy Judas?
-Bueno, entretanto, se goza ese paraíso con esos ángeles… ¡Yo también me pondría malo a cambio de todas esas delicias! -dice Pedro.
Bartolomé le responde:
-Esperemos que se ponga bueno pronto. Tenemos que terminar el viaje porque el calor ya es atosigante.
-¡Bueno, no le faltan cuidados! Además… en todo caso el Maestro tomará las determinaciones oportunas -asegura Andrés.
-Tenía mucha fiebre cuando lo hemos dejado. No sé cómo le ha venido, tan… -dice Santiago de Zebedeo, y Mateo le responde: « ¡Pues como viene la fiebre! ¡Porque tiene que venir! De todas formas, no será nada. El Maestro no está preocupado en absoluto. Si hubiera visto fea la cosa, no habría salido del castillo de Juana.
En efecto, Jesús no está mínimamente preocupado. Habla con Margziam y con Juan mientras camina y da limosnas. Está explicando muchas cosas al niño, porque veo que va indicándole acá o allá. Se dirige hacia el final de las murallas del Templo del ángulo nordeste, donde hay mucha gente que está yendo a un lugar con muchas arquerías que precede a una puerta (oigo que la llaman «del Rebaño»).
-Esto es la Probática, la piscina de Betseida. Ahora observa bien el agua. ¿Ves cómo está quieta? Dentro de poco verás que es como si se moviera, y se eleva, hasta tocar esa señal húmeda. ¿La ves? Es cuando desciende el Ángel del Señor. El agua lo siente y lo venera de la forma que puede. Él trae al agua la orden de curar al hombre que esté preparado para zambullirse. ¿Ves cuánta gente? Pero muchos se distraen y no ven el primer movimiento del agua; o lo que pasa también es que los más fuertes, sin caridad, impiden a los más débiles acercarse: jamás distraerse ante los signos de Dios (es necesario tener el alma siempre vigilante porque no se sabe nunca cuándo se manifiesta Dios o cuándo manda a su ángel); nunca ser egoístas, ni siquiera por la salud. Muchas veces, por discutir por causa del derecho de precedencia, o de la mayor o menor necesidad de unos u otros, estos desdichados pierden el beneficio de la venida angélica.
Jesús, pacientemente, está explicándole estas cosas a Margziam, el cual lo mira con sus ojos bien abiertos y atentos, aunque sin perder de vista el agua.
-¿Se le puede ver al ángel? Me gustaría.
-Leví, pastor de tu edad, lo vio. Mira bien también tú y estáte preparado para honrarlo.
El niño ya no se distrae. Sus ojos van de la superficie del agua a la parte inmediatamente superior, y al contrario, alternativamente; ni oye ni ve ya nada más. Jesús, mientras, dirige su mirada hacia la pequeña población de enfermos, ciegos, lisiados, paralíticos, que esperan. También los apóstoles observan atentamente. El sol hace juegos de luces en la superficie del agua, e invade regiamente los cinco órdenes de arquerías que rodean a las piscinas.
En esto, se oye el gorjeo de Margziam:
-¡Eh, eh, el agua sube de nivel, se mueve, resplandece! ¡Qué luz! ¡El ángel!»… Y el niño se arrodilla.
Efectivamente, mientras se mueve el líquido del estanque, que parece crecer como por una masa de agua repentinamente introducida que lo hincha y que lo eleva hacia el borde, el agua resplandece como espejo puesto al sol. Un destello cegador por un instante.
Un cojo está preparado para zambullirse en el agua. Poco después sale con la pierna perfectamente curada (la tenía contraída debido a una cicatriz grande). Los demás se quejan, se enzarzan con él, diciendo que, a fin de cuentas, no estaba imposibilitado para trabajar mientras que ellos sí. Y la disputa continúa.
Jesús mira a su alrededor y ve a un paralítico que llora silenciosamente en su camilla. Se acerca, se agacha hacia él, lo acaricia y le pregunta:
-¿Estás llorando?
-Sí. Ninguno piensa nunca en mí. Estoy aquí, estoy aquí; todos se curan, yo nunca. Hace treinta y ocho años que yazgo sobre mi espalda. He consumido todo, los míos han muerto. Ahora soy gravoso a un pariente lejano que me trae aquí por la mañana y viene a recogerme por la tarde… ¡Pero, cuánto le pesa hacerlo! ¡Yo quisiera morirme!
-No desfallezcas. ¡Con tanta paciencia y fe como has tenido!… Dios te escuchará.
-Eso espero… pero a uno le vienen momentos de depresión. Tú eres bueno, pero los demás… Los que se curan podrían, como agradecimiento a Dios, estar aquí para socorrer a los pobres hermanos…
-Sí, deberían hacerlo. De todas formas, no guardes rencor. Ni siquiera lo piensan; no es por maldad; la alegría de verse curados es lo que los hace egoístas. Perdónalos…
-Tú eres bueno. Tú no actuarías así. Me esfuerzo en arrastrarme con las manos hasta allí cuando se agitan las aguas de la piscina. Pero siempre se me adelanta alguno. Y en el borde no puedo estar, porque me pisotearían. Además, aunque estuviera allí, ¿quién me sumergiría en el agua? Si te hubiera visto antes, te lo habría pedido…
-¡Grande es tu deseo de curarte! ¡Pues, álzate! ¡Toma tu camilla y anda!
Jesús, para dar la orden, se ha enderezado (es como si al enderezarse hubiera levantado también al paralítico, porque éste se pone en pie y da uno, dos, tres pasos, casi incrédulo, detrás de Jesús, que se está marchando). Pero, puesto que realmente camina, el hombre emite un grito que hace que todos se vuelvan.
-¿Quién eres? ¡En nombre de Dios, dímelo! ¿Eres el Ángel del Señor?
-Estoy por encima de los ángeles. Mi nombre es Piedad. Ve en paz.
Todos se aglomeran. Quieren ver. Quieren hablar. Quieren ser cu-ados. Pero acude enseguida la guardia del Templo que creo que vigilaba también la piscina -y disuelven ese remolino vocinglero de gente, amenazando con castigos.
El paralítico toma sus angarillas -dos barras con dos pares de ruedecitas y una tela rasgada clavada en las barras -y se marcha todo contento; y le dice a Jesús gritando:
-¡Te volveré a ver! ¡No olvidaré tu nombre ni tu rostro!
Jesús, mezclándose con la muchedumbre, se va en otra dirección, hacia las murallas.
Mas, no ha rebasado todavía la última arquería cuando ya se han llegado a él, como impulsados por un viento furioso, un grupo de judíos de las peores castas, todos aunados en el deseo de decir insolencias a Jesús. Buscan, miran, escrutan, pero no logran comprender bien de qué se trata, y Jesús se marcha, mientras éstos, contrariados, siguiendo indicaciones de la guardia, asaltan al pobre infeliz que ha sido curado y le recriminan:
-¿Por qué transportas esta camilla? Es sábado. No te es lícito.
El hombre los mira y dice:
-Yo no sé nada; sólo, que el que me ha curado me ha dicho: "Toma tu camilla y anda". Esto es lo que sé.
-Será un demonio. Está claro, porque te ha mandado violar el sábado. ¿Cómo era? ¿Quién era? ¿Judío? ¿Galileo? ¿Prosélito?
-No lo sé. Estaba aquí. Ha visto que lloraba y se ha acercado a mí. Me ha hablado. Me ha curado. Se ha marchado llevando a un niño de la mano. Creo que será su hijo, porque está en la edad de tener un hijo de ese tiempo.
-¿Un niño? ¡Entonces no es Él!… ¿Cómo has dicho que se llamaba? ¿No se lo has preguntado? ¡No mientas!
-Me ha dicho que se llama Piedad.
-¡Eres un estúpido! ¡Eso no es un nombre!
El hombre se encoge de hombros y se marcha.
Los otros dicen:
-No cabe duda de que era Él. Lo han visto en el Templo los escribas Anías y Zaqueo.
-¡Pero no tiene hijos!
-Es Él de todas formas. Estaba con sus discípulos.
-Pero Judas no estaba. Es al que conocemos bien. Los otros… pueden ser otros cualesquiera.
-No. Eran ellos.
Y la discusión continúa mientras los pórticos vuelven a llenarse de enfermos…
Jesús entra de nuevo en el Templo, esta vez por otro lado, el oeste, que es el que está de frente a la mayor parte de la ciudad. Los apóstoles lo siguen. Jesús mira a su alrededor y ve por fin lo que busca: a Jonatán, que a su vez lo estaba buscando.
-Está mejor, Maestro. La fiebre está bajando. Tu Madre dice que espera poder venir, como muy tarde, el próximo sábado.
-Gracias, Jonatán. Has sido puntual.
-No mucho. Me ha entretenido Maximino de Lázaro. Te está buscando. Ha ido al pórtico de Salomón.
Voy a buscarlo. La paz sea contigo. Lleva mi paz a mi Madre y a las discípulas, además de a Judas.
Y Jesús se dirige, ligero, hacia el pórtico de Salomón, donde, en efecto, encuentra a Maximino.
-Lázaro ha sabido que estás aquí. Te quiere ver para decirte una cosa importante. ¿Vas a venir?
-Ciertamente, y además pronto. Puedes decirle que me espere esta misma semana.
Otras palabras, pocas, y también Maximino se marcha.
-Dado que hemos vuelto hasta aquí, vamos a orar más dice Jesús, y se dirige hacia el atrio de los Hebreos.
Allí encuentra al paralítico curado, que ha ido a dar gracias al Señor. El hombre favorecido con el milagro lo distingue entre la multitud. Lo saluda con alegría y, le cuenta lo que ha sucedido en la piscina después de marcharse Él. Termina:
-Luego uno, asombrado al verme aquí sano, me ha dicho quién eres. Tú eres el Mesías. ¿Es verdad? -Lo soy. Pero, aunque te hubiera curado el agua, o cualquier otro poder, tendrías el mismo deber para con Dios: usar la salud para hacer obras buenas. Estás curado. Ve, pues, con intenciones buenas, a reanudar las actividades de la vida. Y no peques nunca más; no te vaya a castigar Dios más todavía. Adiós. Ve en paz.
-Yo soy viejo… no sé nada… Pero quisiera seguirte, para servirte y para saber. ¿Me aceptas?
-No rechazo a nadie. De todas formas, piénsalo antes de venir. Si te decides, ven.
-¿A dónde? No sé a dónde vas…
-Por el mundo. En todas partes encontrarás discípulos que te guiarán a mí. Que el Señor te ilumine para lo mejor.
Jesús ahora va a su sitio y ora…
No sé si es que el hombre que ha sido curado va por propia iniciativa a donde los judíos o si éstos, que están al acecho, lo detienen ni para preguntarle si el que acaba de hablar con él es el que lo ha sanado; sí sé que está hablando con los judíos y luego se marcha; mientras, éstos se ponen junto a la escalera por la que tiene que bajar Jesús para pasar a los otros patios y salir del Templo. Sin saludarlo, cuando Jesús llega, le dicen:
-¿Así que sigues violando el sábado, a pesar de todas las recriminaciones que se te están haciendo? ¿Y Tú quieres que se te respete como enviado de Dios?
-¿Enviado? Más que como enviado. Como Hijo, porque Dios es mi Padre. Si no me queréis respetar, absteneos de hacerlo, pero no por ello interrumpiré el cumplimiento de mi misión. Dios no deja de actuar ni un instante. Incluso en este momento mi Padre actúa, y Yo también, porque un buen hijo hace lo que hace su padre, y porque he venido al mundo para actuar.
Se va acercando gente para oír la disputa. Entre estas personas hay algunos que conocen a Jesús, otros que han recibido de Él algún beneficio, otros que lo ven por primera vez: algunos lo quieren, otros lo odian, muchos son neutros. Los apóstoles forman núcleo con el Maestro. Margziam casi tiene miedo, y pone una cara casi de llorar.
Los judíos (mezcla de escribas, fariseos y saduceos) expresan a gritos su escándalo:
-¡Qué osadía! ¡Se dice Hijo de Dios! ¡Sacrilegio! ¡Dios es el que es, y no tiene hijos! ¡Pero hombre, llamad a Gamaliel! ¡Llamad a Sadoq! ¡Reunid a los rabíes! ¡Que oigan esto y lo rebatan!
-No os agitéis. Llamadlos. Os dirán, si es verdad que saben, que Dios es uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que el Verbo, o sea el Hijo del Pensamiento, ha venido, como estaba profetizado, para salvar del Pecado a Israel y al mundo. El Verbo soy Yo. Soy el Mesías anunciado. No hay sacrilegio, por tanto, si doy al Padre el nombre de Padre mío. Vosotros os inquietáis porque hago milagros, porque con ello atraigo hacia mí a las muchedumbres y las convenzo. Me acusáis de ser un demonio porque obro prodigios. Pero Belcebú está en el mundo desde hace siglos, y, verdaderamente, no le faltan devotos adoradores… ¿Y por qué no hace las obras que Yo hago?
La gente comenta bisbiseando:
-¡Es verdad! ¡Es verdad! Nadie hace lo que Él.
Jesús continúa:
-Os respondo Yo. Es porque Yo sé lo que él no sabe y puedo lo que él no puede. Si hago obras de Dios, es porque soy Hijo de Dios. Uno por sí solo no puede hacer sino aquello que ha visto hacer; Yo, que soy Hijo, siendo Uno con Él eternamente, no distinto ni en naturaleza ni en poder, no puedo hacer sino lo que he visto hacer al Padre. Todo lo que hace el Padre lo hago Yo también, que soy su Hijo. Ni Belcebú ni otros pueden hacer lo que Yo hago, porque ni Belcebú ni los otros saben lo que Yo sé. El Padre me ama a mí, que soy su Hijo; me ama sin medida, como Yo lo amo. Por ello me ha mostrado y me sigue mostrando todo lo que Él hace, para, que haga lo que Él hace: Yo, en la tierra, en este tiempo de Gracia; El, en el Cielo, desde antes que el Tiempo existiera para la tierra. Y me mostrará obras cada vez mayores, para que Yo las haga y vosotros os quedéis maravillados. Su Pensamiento piensa inagotablemente. Yo lo imito cumpliendo inagotablemente aquello que el Padre piensa y con el pensamiento quiere.
Todavía no sabéis cuán inagotablemente crea el Amor. Nosotros somos el Amor. No hay limitaciones para Nosotros, ni hay cosa alguna que no pueda ser aplicada en los tres grados del hombre: el inferior, el superior, el espiritual. En efecto, de la misma forma que el Padre resucita a los muertos y les devuelve la vida, Yo, el Hijo, puedo dar la vida a quien quiero; es más, por el amor infinito del Padre al Hijo, tengo concedido no sólo devolver la vida a la parte inferior, sino también -y más aún -a la superior (liberando el pensamiento del hombre de los errores mentales y su corazón de las malas pasiones) y a la parte espiritual (devolviendo al espíritu su libertad del pecado); porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha dejado todo juicio en manos de su Hijo, pues el Hijo es el que, con su propio sacrificio, ha comprado a la Humanidad para redimirla. El Padre lo hace por justicia, porque es justo dar a quien con su moneda paga, y para que todos honren al Hijo como ya honran al Padre.
Sabed que si separáis al Padre del Hijo, o al Hijo del Padre, y no os acordáis del Amor, no amáis a Dios como se le debe amar, con verdad y sabiduría, antes bien cometéis herejía porque dais culto a uno sólo mientras que son una admirable Trinidad. Por tanto, el que no honra al Hijo es como si no honrase al Padre, porque el Padre, Dios, no acepta adoración a una sola parte de sí sino que quiere que se adore su Todo. Quien no honra al Hijo no honra tampoco al Padre, que lo ha enviado por pensamiento perfecto de amor; niega, por tanto, que Dios sepa hacer obras justas. En verdad os digo que quien escucha mi palabra y cree en quien me ha enviado tiene la vida eterna y no será condenado, sino que pasará de muerte a vida, porque creer en Dios y aceptar mi palabra quiere decir infundir en sí la Vida que no muere.
Llega la hora -para muchos ya ha llegado -en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y aquel que la haya oído resonar, vivificadora, en el fondo de su corazón, vivirá.
¿Qué dices tú, escriba?
-¡Digo que los muertos no oyen y que estás desquiciado!
-El Cielo te persuadirá de que no es así y de que tu saber es cero respecto al de Dios. Habéis humanizado de tal forma las cosas sobrenaturales, que ya sólo dais a las palabras un significado inmediato y terreno. Habéis enseñado la Haggada según fórmulas fijas, vuestras, sin esforzaros en comprender las alegorías en su auténtica verdad; y ahora, en vuestro ánimo, cansado del agobio de una humanidad que triunfa sobre el espíritu, no creéis ni siquiera en lo que enseñáis. Y ésta es la razón que explica el que ya no podáis luchar contra las fuerzas ocultas.
La muerte de que hablo no es la de la carne, sino la del espíritu. Vendrán los que oyen con sus oídos mi palabra y la acogen en su corazón y la ponen en práctica. Éstos, aunque hayan muerto en el espíritu, volverán a vivir, pues mi Palabra es Vida que se infunde, y Yo la puedo dar a quien quiera, ya que poseo la perfección de la Vida, porque, así como el Padre tiene en sí la Vida perfecta, el Hijo recibió del Padre la Vida en sí mismo, perfecta, completa, eterna, inagotable y comunicable. Junto con la Vida, el Padre me ha dado el poder de juzgar, porque el Hijo del Padre es el Hijo del hombre, y puede y debe juzgar al hombre. No os maravilléis de esta primera resurrección -la espiritual -que realizo con mi Palabra.
Veréis otras más asombrosas todavía, más asombrosas para vuestros sentidos pesados, porque en verdad os digo que no hay cosa mayor que la invisible -pero real resurrección de un espíritu. Se acerca la hora en que la voz del Hijo de Dios penetrará en los sepulcros y todos los que están en ellos la oirán: quienes hicieron el bien saldrán para ir a la resurrección de la Vida eterna; quienes hicieron el mal, a la resurrección de la condena eterna.
No digo que esto lo hago, y lo haré, por mí mismo, sólo por mi propia voluntad, sino por la voluntad del Padre y la mía. Hablo y juzgo según lo que escucho, y mi juicio es recto porque no busco mi voluntad, sino la del que me ha enviado. Yo no estoy separado del Padre; estoy en Él y El en mí; conozco su Pensamiento y lo traduzco en palabras y en obras.
Vuestro espíritu incrédulo, que no quiere ver en mí sino a un hombre semejante a todos vosotros, no puede aceptar lo que digo para dar testimonio de mí mismo. Pues bien, hay otro que testifica en mi favor. Vosotros decís que lo veneráis como a un gran profeta. Yo sé que su testimonio es verdadero, pero vosotros, que decís que lo veneráis, no aceptáis su testimonio, porque no es conforme a vuestro pensamiento, que me es hostil. No aceptáis el testimonio del hombre justo, del Profeta último de Israel, porque en lo que os gusta decís que es simplemente un hombre y que puede equivocarse. Habéis enviado a personas para que preguntasen a Juan, esperando que dijera de mí lo que queríais, lo que pensáis de mí, lo que queréis pensar de mí. Pero Juan ha dado un testimonio verdadero que no habéis podido aceptar. Como el Profeta dice que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, vosotros -en el secreto de vuestros corazones, porque tenéis miedo al pueblo -decís del Profeta lo mismo que del Cristo: que está loco. Bueno, Yo tampoco recibo testimonio del hombre, aunque éste sea el más santo de Israel. Os digo: era la lámpara encendida y luminosa, pero vosotros poco tiempo habéis querido gozar de su luz; cuando esta luz se ha proyectado sobre mí, para daros a conocer la verdadera realidad del Cristo, habéis dejado que pusieran la lámpara bajo el celemín, y, ya antes, habéis levantado entre ella y vosotros una pared, para no ver a su luz al Cristo del Señor.
Yo le agradezco a Juan su testimonio; también el Padre se lo agradece. Juan, por este testimonio, recibirá un gran premio; por esto seguirá ardiendo en el Cielo; será, de entre todos los hombres, el primer sol que resplandecerá arriba, ardiendo como arderán todos los que hayan sido fieles a la Verdad y hayan tenido hambre de Justicia. De todas formas, dispongo de un testimonio mayor que el de Juan. Este testimonio son mis obras, porque Yo hago las obras que el Padre me ha encargado, y ellas testifican que el Padre me ha enviado y me ha dado todo poder. Así, el Padre mismo, que me ha enviado, es quien da testimonio en mi favor. Vosotros nunca habéis oído su Voz ni visto su Rostro, pero Yo lo he visto y lo veo, la he oído y la oigo. En vosotros no mora su Palabra porque no creéis en su enviado.
Investigáis la Escritura porque creéis que podéis obtener, conociéndola, la Vida eterna. ¿No os percatáis de que son precisamente las Escrituras las que hablan de mí? ¿Por qué, entonces, os obstináis en no venir a mí para tener la Vida? Os lo diré: porque rechazáis todo cuanto es contrario a vuestras enquistadas ideas. Os falta humildad. No sois capaces de decir: "Me he equivocado. Éste, o este libro, están en lo cierto y yo en el error". Esto habéis hecho con Juan y esto hacéis con las Escrituras y con el Verbo, que os está hablando. Ya no sois capaces ni de ver ni de entender; en efecto, estáis fajados de soberbia y saturados de vuestras ensordecedoras voces.
¿Creéis que hablo así buscando ser glorificado por vosotros? No. Habéis de saber que ni busco ni acepto gloria de los hombres. Lo que busco y quiero es vuestra salvación eterna. Ésta es la gloria que busco, mi gloria de Salvador; que no puede existir si no tengo espíritus salvados y que aumenta en la medida de los salvados que tengo; que deben dármela los espíritus salvados y el Padre, Espíritu purísimo.
Pero vosotros no seréis salvados. Os he conocido en lo que sois. No tenéis en vosotros el amor de Dios. No tenéis amor. Por eso no venís al Amor, que os habla, y no entraréis en el Reino del Amor. Allí no os conocen. No os conoce el Padre, porque vosotros no me conocéis a mí, que estoy en el Padre. No me queréis conocer. Vengo en nombre del Padre mío y no me recibís; pero, eso sí, estáis preparados para recibir a cualquiera que venga en nombre de sí mismo, con tal de que diga lo que a vosotros os gusta. ¿Decís que sois espíritus de fe? No, no lo sois.
¿Cómo vais a poder creer vosotros que os mendigáis la gloria unos a otros y no buscáis la gloria del Cielo, que sólo procede de Dios? La gloria es la Verdad, no un juego de intereses que no pasan de este mundo, que lisonjean sólo a la humanidad viciosa de los degradados hijos de Adán.
No creáis que os voy a acusar delante del Padre. Otro os acusa: ese Moisés en quien esperáis. Os recriminará por no creer en él, dado que no creéis en mí; porque Moisés habló de mí y vosotros no me reconocéis según lo que dejó escrito de mí. Si no creéis en las palabras de Moisés, el grande por quien juráis, no podéis creer en mis palabras, en las palabras del Hijo del hombre, en quien no tenéis fe. Esto es, humanamente hablando, lógico. Pero es que aquí estamos en el campo del espíritu, y están siendo cotejadas vuestras almas. Dios las observa a la luz de mis obras y coteja vuestras obras con lo que he venido a enseñar… Y Dios os juzga.
Ahora me marcho. Pasará largo tiempo sin que me volváis a ver, y, creedlo, ello no es un triunfo sino un castigo. Vamos.
Y Jesús hiende la muchedumbre, en parte muda, en parte expresiva (musitando su aprobación, sólo bisbiseando, por miedo a los fariseos), y se aleja.