53- Los mercaderes expulsados del Templo.

Veo a Jesús entrando con Pedro, Andrés, Juan y Santiago, Felipe y Bartolomé, en el recinto del Templo.

Dentro y fuera hay una grandísima muchedumbre. Son peregrinos que, desde todas las partes de la ciudad, llegan en grupos. Desde lo alto de la colina en que está construido el Templo, se ven las calles de la ciudad, estrechas y retortijadas, y un hormiguear de gente. Parece como si entre el blanco crudo de las casas se hubiera extendido una cinta en movimiento de mil colores. Sí, la ciudad tiene el aspecto de un juguete singular hecho de cintas multicolores entre dos hilos blancos, convergente todo hacia el punto en que resplandecen las cúpulas de la Casa del Señor.

Pero luego, dentro, hay… una verdadera verbena. Ha quedado anulado cualquier tipo de recogimiento de lugar sagrado. Hay quien corre y quien llama, quien contrata los corderos y grita y lanza maldiciones por el precio desorbitado de las cosas, quien empuja hacia los recintos a los pobres animales, que balan (los recintos son lugares toscamente separados con cuerdas o estacas, en cuya entrada está el mercader, o propietario, a la espera de los compradores). Leñazos, balidos, blasfemias, unos que llaman a otros, insultos a los peones que no se muestran solícitos en las operaciones de reagrupamiento y selección de los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van, mayores insultos a quienes, previsores, han traído su propio cordero.

Alrededor de los bancos de los cambistas, otro griterío. Se entiende que — no sé si en todo momento o durante la Pascua — el Templo funcionaba como… Bolsa (y además bolsa negra). El valor de las monedas no era fijo. Había un precio legal — ciertamente lo habría — pero los cambistas imponían otro, apropiándose de una cantidad arbitraria por el cambio de las monedas. ¡Y no se andaban con chiquitas en las operaciones de usura!… Cuanto más pobre era uno, y venía de más lejos, más lo pelaban: más a los viejos que a los jóvenes; y a los que provenían de fuera de Palestina, más que a los viejos.

Algunos pobres viejecitos miran una y otra vez su dinerillo ahorrado durante todo el año quién sabe con cuánto esfuerzo, se lo sacan y se lo vuelven a meter junto al pecho cien veces, yendo de uno a otro cambista, y quizás terminan volviendo al primero, que se venga de su inicial deserción aumentando la prima del cambio… y las monedas de valor abandonan, entre suspiros, las manos del propietario y pasan a las garras del usurero para ser cambiadas por monedas de menos valor.

Luego otra tragedia de selección, de cuentas y de suspiros ante los vendedores de corderos, quienes a los viejos medio ciegos les encasquetan los corderos más míseros.

Veo que vuelven dos viejos, él y ella, empujando a un pobre corderito que los sacrificadores han debido encontrar defectuoso. Se entrecruzan, por un lado, malos modales y palabrotas; por otro, llanto y ruegos; y el vendedor no se conmueve.

  • Para lo que queréis gastar, galileos, es incluso demasiado lo que os he dado. ¡Marchaos o añadís otros cinco denarios por uno mejor!
  • ¡Por el amor de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Quieres impedirnos celebrar la Pascua, que es quizás la última? ¿No te es suficiente lo que has pedido por un animal pequeño?.
  • Dejad paso, zarrapastrosos. Viene hacia mí José, el Anciano. Me honra con su preferencia. ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!

José, el Anciano — así le llaman —, o sea, el de Arimatea, entra en el recinto y toma un magnífico cordero. Pasa vestido pomposamente, soberbio, sin mirar a estos dos pobrecillos que gimen a la puerta, o digamos más bien entrada, del recinto. Casi los choca, especialmente al salir con un hermoso cordero que bala.

Mas Jesús se encuentra también ya cerca. También ha hecho su compra; y Pedro, que probablemente ha llevado a cabo el trato en lugar de Él, trae un cordero bastante normal.

Pedro querría ir enseguida hacia el lugar donde se sacrifica, pero Jesús se desvía a la derecha, hacia los dos viejecitos asustados, llorosos, indecisos, medio arrollados por la muchedumbre e insultados por el vendedor.

Jesús, tan alto que la cabeza de los dos abuelitos le llega a la altura del corazón, pone una mano sobre el hombro de la mujer y pregunta: « ¿Por qué lloras, mujer?».
La viejecita se vuelve y ve a este joven alto, solemne con su hermoso vestido blanco y con su manto también de nieve todo nuevo y limpio. Debe creer que es un doctor, por el vestido y el aspecto, y, asombrada — porque los doctores y los sacerdotes no hacen caso de la gente, ni tutelan a los pobres contra la avidez de los mercaderes —, le cuenta por qué lloran.

Jesús se dirige al hombre de los corderos diciéndole:

  • Cambia este cordero a estos fieles; no es digno del altar. Como tampoco es digno que tú te aproveches de dos viejecitos porque son débiles y están indefensos.
    -¿Y Tú quién eres? - Un justo.

-Tu acento y el de tus compañeros dicen que eres galileo.

¿Puede, acaso, haber en Galilea un justo?

  • Haz lo que te digo y sé justo tú.
    -¡Oíd! ¡Oíd al galileo defensor de los de su condición!

¡Quiere enseñarnos a nosotros, los del Templo! - El hombre se ríe y se burla, imitando sarcásticamente la cadencia galilea, que es más cantarina y de mayor dulzura que la judía; al menos, así me parece.

Se forma un corro de gente, y otros mercaderes y cambistas salen en defensa de su colega contra Jesús.

Entre los presentes hay dos o tres rabíes irónicos. Uno de ellos pregunta:
-¿Eres doctor? - lo pregunta de una forma que haría perder la paciencia a Job.

  • Tú lo has dicho.
  • ¿Qué enseñas?
  • Enseño esto: a hacer la Casa de Dios casa de oración y no un lugar de usura y de mercado. Esto enseño.

Se le ve terrible a Jesús. Parece el arcángel puesto en el umbral del Paraíso perdido. No tiene espada llameante en las manos, pero tiene rayos en los ojos, y fulmina a los burladores y a los sacrílegos. No tiene nada en la mano, sólo su santa ira. Y con ésta, caminando veloz e imponente entre banco y banco, desbarata las monedas tan meticulosamente apiladas por tipos; vuelca mesas grandes y pequeñas, y todo cae, con estruendo, al suelo, entre un gran ruido de metales y tablas que chocan y gritos de ira, de pánico y de aprobación. Luego, arrancando de las manos a los mozos de los ganaderos unas sogas con que sujetaban bueyes, ovejas y corderos, hace de ellas un azote bien duro, en que los nudos para formar los lazos corredizos son flagelos, y lo levanta y lo voltea y lo baja, sin piedad.

El inesperado granizo golpea cabezas y espaldas. Los fieles se apartan admirando la escena; los culpables, perseguidos hasta la muralla externa, se echan a correr dejando por el suelo dinero y detrás animales grandes y pequeños en medio de un gran enredo de piernas, de cuernos, de alas. Se huye corriendo, o volando. Mugidos, balidos, chillidos de pichones y tórtolas, junto a carcajadas y gritos de fieles detrás de los prestamistas dados a la fuga, ahogan incluso el lamentoso coro de los corderos, degollados ciertamente en otro patio.
Acuden sacerdotes, rabíes y fariseos. Jesús está todavía en medio del patio, de vuelta de su persecución. El azote está todavía en su mano.

-¿Quién eres? ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas? ¿De qué escuela provienes? Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres.

  • Yo soy Él que puede. Todo lo puedo. Destruid este Templo verdadero y Yo lo levantaré de nuevo para dar gloria a Dios.

No turbo la santidad de la Casa de Dios y de las ceremonias, sois vosotros los que la turbáis permitiendo que su morada se transforme en sede de usureros y mercaderes. Mi escuela es la escuela de Dios. La misma que tuvo todo Israel por boca del Eterno que habló a Moisés. ¿No me conocéis? Me conoceréis; ¿No sabéis de dónde vengo? Lo sabréis.

Y, volviéndose hacia el pueblo, sin preocuparse ya más de los sacerdotes, alto, vestido de blanco, el manto abierto y fluente tras los hombros, con los brazos abiertos como un orador en lo más vivo de su discurso, dice:

  • ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: "Constituirás jueces y magistrados en todas las puertas… y ellos juzgarán al pueblo con justicia, sin propender a parte alguna. No tendrás acepción de personas, no aceptarás donativos, porque los donativos ciegan los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo para
    vivir y poseer la tierra que el Señor tu Dios te dé.

¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: "Los sacerdotes y los levitas y todos los de la tribu de Leví no tendrán parte ni herencia con el resto de Israel, porque deben vivir con los sacrificios del Señor y con las ofrendas hechas a Él; nada tendrán entre las posesiones de sus hermanos, porque el Señor es su herencia".

¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: "No prestarás con interés a tu hermano ni dinero ni trigo ni cualquier otra cosa. Podrás prestar con interés al extranjero; mas a tu hermano le prestarás, sin interés, aquello de que tenga necesidad.
Esto ha dicho el Señor.

Ahora bien, vosotros mismos veis que sin justicia hacia el pobre sojuzga en Israel. No hacia el justo, sino hacia el fuerte se propende, y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: "Quien nos juzga es justo" si ve que sólo a los poderosos se les respeta y escucha, mientras que el pobre no tiene quien lo escuche? ¿Cómo puede el pueblo respetar al Señor si ve que no lo respetan los que más deberían hacerlo? ¿Es respeto al Señor la violación de su mandamiento?

¿Y por qué entonces los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publícanos y pecadores, los cuales actúan así para que les sean benignos los sacerdotes, de la misma forma que éstos actúan así para tener ricas arcas?

Dios es la herencia de sus sacerdotes. Para ellos, Él, el Padre de Israel, es como en ningún caso, Padre, y pone los medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del Santuario bolsa y posesiones. En la eternidad, por su justicia, tendrán el Cielo, como lo tendrán Moisés y Elías y Jacob y Abraham, pero en esta tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y calidad, y que el cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto. ¿Y ellos?, ¿con qué autoridad profanan el mandamiento de Dios, y a la sombra de los sagrados muros permiten usura contra los hermanos de Israel, que han venido para cumplir el mandato divino?

Se me ha preguntado de qué escuela provengo, y he respondido: "De la escuela de Dios". Sí, Israel. Yo vengo y te llevo de nuevo a esta escuela santa e inmutable.

Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto, sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra beata. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo, os curo de todo mal.

Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.

Venid. "El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos", como prometió por boca de Moisés.

La gente, arracimada en torno a Jesús, se ha quedado a escucharlo estupefacta. Luego comenta las palabras del nuevo Rabí y hace preguntas a sus compañeros.

Jesús se dirige hacia otro patio, separado de éste por un pórtico. Los amigos lo siguen y la visión termina.

52- Las bodas de Caná. El Hijo, no sujeto ya a la Madre, lleva a cabo para Ella el primer milagro.

Veo una casa. Una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto y sombreada por una pérgola de vid que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo. Una escalera exterior sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura.

En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras. La casa se alza en medio de una especie de era (más espacio amplio herboso que era) que tiene en el centro un pozo.

Hay higueras y manzanos. La casa mira hacia el camino, pero no está situada en él; está un poco hacía dentro, y un sendero, entre la hierba, la une a aquél, que parece camino de primer orden.

Se diría que la casa está en la periferia de Cana: casa de propietarios campesinos que viven en medio de su finca. El campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. Hay un bonito sol y un azul tersísimo de cielo. En principio no veo nada más. La casa está sola.

Después veo a dos mujeres, con largos vestidos y un manto que hace también de velo. Vienen por el camino y luego por el sendero. Una es más anciana: cincuenta años aproximadamente, y viste de oscuro: un color pardo-marrón como de lana natural. La otra está vestida de un color más claro: un vestido amarillo pálido y manto azul, y aparenta unos treinta y cinco años.

Es muy hermosa, esbelta, y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad. Cuando está más cerca, noto el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Reconozco a María Santísima. Quién pueda ser la otra, que es morena y más anciana, no lo sé.

Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya de la casa, alguien, encargado de ver quiénes iban llegando, lo comunica, y salen a su encuentro hombres y mujeres—todos vestidos de fiesta — que las acogen con gran alegría, especialmente a María Santísima.

La hora parece matutina, yo diría que hacia las nueve — quizás antes — porque el campo tiene todavía ese aspecto fresco de las primeras horas del día por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo. La estación me parece primaveral pues la hierba de los prados no está quemada por el verano y el trigo de los campos está aún tierno y sin espiga, todo verde. Las hojas de la higuera y del manzano también están verdes, y todavía tiernas, y también las de la parra. Pero no veo flores en el manzano; y no veo fruta, ni en el manzano, ni en la higuera, ni en la vid. Señal de que el manzano ha florecido ya, pero hace poco tiempo, y los pequeños frutos todavía no se ven.

María, agasajada por un anciano que la acompaña — parece el dueño de la casa — sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar toda o buena parte de la planta alta.

Creo comprender que los recintos de la planta baja son las habitaciones propiamente dichas, las despensas, los trasteros y las bodegas; mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional, o para trabajos que requieran mucho espacio, o también para colocar holgadamente productos agrícolas.

Si de fiestas se trata, lo vacían completamente y lo adornan, como hoy, con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas. En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta. A lo largo de la pared de la derecha, respecto a mí que miro, otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente. A lo largo de la pared izquierda, una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos y otros manjares (me parecen tortas cubiertas de miel, y dulces). En el suelo, junto a esta misma pared, otras ánforas y tres grandes recipientes con forma de jarra de cobre (más o menos; son una especie de tinajas).

María escucha benignamente a todos; después, se quita el manto y ayuda, bondadosa, a terminar los preparativos del banquete. La veo ir y venir, poniendo en orden los divanes, derechas las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite. Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja, pero escucha mucho y con mucha paciencia.

Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino (realmente poco armónicos). Todos, menos María, corren afuera. Veo entrar a la novia, toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos, al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.

Y en este momento la visión sufre un cambio. Veo, en vez de la casa, un pueblo. No sé si es Cana u otra aldea cercana. Y veo a Jesús con Juan y otro, que me parece que es Judas Tadeo (pero podría equivocarme respecto al segundo). Por lo que respecta a Juan, no me equivoco. Jesús está vestido de blanco y tiene un manto azul marino. Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un hombre de condición sencilla y transmite la respuesta a Jesús.

  • Vamos a darle una satisfacción a mi Madre - dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.

Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y lo saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace lo mismo.

Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: «La paz está contigo» va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.

Jesús sube al lado de su Madre; detrás, los discípulos y los dueños de la casa. Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados, inesperados según me parece. Yo diría que era dudosa la venida de Jesús y absolutamente imprevista la de sus compañeros.

Oigo con nitidez la voz llena, viril, dulcísima del Maestro decir al poner pie en la sala:

-La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros - saludo global y lleno de majestad para todos los presentes. Jesús domina con su aspecto y estatura a todos.

Es el invitado, y además fortuito, pero parece el rey del convite; más que el novio, más que el dueño de la casa. A pesar de ser humilde y condescendiente, es Él quien se impone.

Jesús toma asiento en la mesa del centro, con el novio, la novia, los parientes de los novios y los amigos más notables. A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.

Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores. Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores.

Observo una cosa: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa. Todas las mujeres están — y meten bulla como si fueran cien — en la otra mesa que está pegando a la pared, y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes. Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre, la cual, además, habla poquísimo. Jesús habla un poco más. Pero, a pesar de ser parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni desdeñoso. Es un hombre afable, pero no hablador. Si le consultan algo, responde; si le hablan, se interesa, expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar. Sonríe, nunca ríe. Y, si oye alguna broma demasiado irreflexiva, hace como si no escuchara. María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan, que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.

María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado, y comprende lo que de desagradable sucede.

  • Hijo - dice bajo, llamando la atención de Jesús con esa palabra - Hijo, no tienen más vino.
  • Mujer, ¿qué hay ya entre tú y Yo? - Jesús, al decir esta frase, sonríe aún más dulcemente, y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.

Jesús me explica el significado de la frase: - Ese "ya", que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.

Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre "Mamá" a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.

"¿Qué hay ya entre tú y Yo?". Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba "sujeto".

Ahora soy de mi misión.

¿Acaso no lo he dicho?: "Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios". Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones, y sembrar en ellos la palabra de Dios.

Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el perdón para la Humanidad.

Ese "ya", olvidado por la mayoría, quería decir esto: "Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu; pero, desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío.

Espera un poco todavía y, acabada la misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a ti del oprobio de ser madre de un reo. Y después me tendrás de nuevo, triunfante, y después me tendrás para siempre, tú también triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos".
Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, "ya".

María ordena a los criados:

  • Haced lo que El os diga - María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los "llamados".

Y Jesús ordena a los criados: - Llenad de agua los cántaros.

Veo a los criados llenar las tinajas de agua traída del pozo (oigo rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea). Veo al mayordomo echarse en la copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio (estaban cercanos).

María mira una vez más al Hijo y sonríe; luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza, ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa.

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas… Silencio, y, después, un coro de alabanzas a Jesús.

Pero El se levanta y dice una frase: - Agradecédselo a María - y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir:

  • La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobré vosotros - y añade: - Adiós, Madre. La visión cesa.

Jesús me instruye así:

  • Cuando dije a los discípulos: "Vamos a hacer feliz a mi Madre", había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía. No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad. Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su oración anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiéndolo, dije; "Vamos a hacerla feliz".

Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía. Destinada a unirse a mí en la carne — puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de vida —, destinada a unirse a mí en el dolor — puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu, de la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende —, era justo unirla a mí en la potencia que se muestra al mundo.
Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados:

"Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el perdón".

51- María manda a Judas Tadeo a invitar a Jesús a las bodas de Cana.

Veo la cocina de Pedro. En ella, además de Jesús, están Pedro y su mujer, y Santiago y Juan. Parece que acaban de terminar de cenar y que están conversando. Jesús muestra interés por la pesca.

Entra Andrés y dice:

  • Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo.
    Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen. Y, cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre ve entrar a Judas Tadeo, exclama:
    -¿Tú, Judas?
  • Yo, Jesús.
    Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril. Es alto — si bien no tanto como Jesús —, de robustez bien proporcionada, moreno, como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo; sus ojos tienen algo en común con los de Jesús, porque son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados, menos rizados que los de Jesús, morenos como la barba.
  • Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca, y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre. Dice:

"Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda". María participa en la ceremonia y con ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios.
Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:

  • Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo… lo siento por vosotros… - y mira a Pedro y a los otros - Son mis amigos - explica a su primo. Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice: - Y éste es Juan - y lo dice de una forma muy especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, y que hace ruborizarse al predilecto.

Jesús termina la presentación diciendo: - Amigos, éste es Judas, hijo de Alfeo, mi primo hermano, según dice la usanza, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida.

  • Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate.

Luego, dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:

-¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?.

  • Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret.
  • Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda - esto dice el hombre de Cafarnaúm.
  • Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Cana, y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo. El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón, si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua.
    -¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga.

-¿Ya predicas, Jesús? - pregunta Judas.

  • Sí, primo.
    -¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!.
    Judas suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.

Jesús lo anima para que hable:
-¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?.

  • Nada.
  • No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?
    -¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos, a ti, maestro de tu primo más mayor…
    -¿Entonces? Habla.
  • Quería decirte… Jesús… sé prudente… tienes una Madre… que aparte de ti no tiene nada… Tú quieres ser un "rabí" distinto de los demás y sabes, mejor que yo, que… las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos. Conozco tu modo de pensar… es santo… Pero el mundo no es santo… y oprime a los santos… Jesús… ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan… Lo han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo. ¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?
  • Judas, ¿me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas! Te han mandado — no mi Madre, por supuesto — a decirme esto…

Judas baja la cabeza y calla.

  • Habla, primo.
  • Mi padre… y con él José y Simón… sabes… por tu bien… por afecto hacia ti y María… no ven con buenos ojos lo que te propones hacer… y… y querrían que Tú pensaras en tu Madre…
    -¿Y tú qué piensas?
  • Yo… yo.
  • Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú. Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos.
  • Pero… ¿y tu Madre?

-Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella — me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o en las claras de verano llenas de estrellas — y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella.

Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Cana. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora.

Se le ve a Jesús majestuoso y persuasivo. Judas lo mira atentamente. Piensa. Dice:

  • Yo también, sin duda, iré contigo, con estos, si me aceptas… porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!…
  • No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace. ¿Qué tienes en esa bolsa?
  • La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar mala impresión entre los invitados. Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello.
  • No hace falta. Iré con éste, y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templó es más que una boda. Ella se alegrará».
  • Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Cana, os conviene levar anclas enseguida. La Luna sale, la travesía será buena - dice Pedro.
  • Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡adiós! Os espero el sábado por la noche en Cafarnaúm. ¡Adiós!, mujer. Paz a ti y a tu casa.

Salen Jesús con Judas y Juan. Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.

Y la visión termina.

50- En Betsaida, en casa de Pedro. Encuentro con Felipe y Natanael.

Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús. Se asoma una mujer y, viendo quién es, avisa a Jesús.
Se saludan con un gesto de paz.
Y luego:

  • Has venido solícito, Juan - dice Jesús.
  • He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de ti a muchos… No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo, renunciando con ello al lucro porque… el sábado todavía no había terminado. Luego, esta mañana, hemos ido por las calles hablando de ti. Hay gente que quisiera oírte… ¿Vienes, Maestro?.
  • Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén.
  • Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes.
  • Vamos, entonces.

Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última. Y, después de saludar a la dueña de casa, se marchan.
La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.

  • La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis.
  • Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?
  • Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa.

Pedro se muestra jubiloso:

  • Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros.
  • Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré.
    No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.
  • Maestro… te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche.
    Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador. Sonríe y dice: «Sí».
    Nueva alegría de Pedro.

Algunos miran desde las puertas y se hacen señas. Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús. Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.

Entran en la casa de Pedro. Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado. Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto, pequeño, con la higuera y la vid; más allá del camino, el celeste ondear del lago; más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.

  • Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacerlo…
  • No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor.

Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas. Jesús come un poco (en realidad para que vean que lo acepta) y luego, con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.

Unos niños curiosean desde el huerto y el camino. No sé si son o no lujos de Pedro. Sólo sé que él mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen. Jesús sonríe y dice: - Déjalos.

  • Maestro, ¿quieres descansar? Ahí está mi habitación, allí la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando.
    -¿Tienes una terraza?
  • Sí; y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra.
  • Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré
  • Como quieras. Ven.

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja.
También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete. Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol. Se siente brisa y silencio. Jesús se deleita en ello.

  • Yo me voy, Maestro.
  • Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí.
    Jesús se queda solo y ora durante mucho tiempo. Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos, y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante. Las horas pasan calmas y serenas.

Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago, mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen, mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja. Se asoma a la cocina:

  • Mujer, voy a pasear por la orilla.
    Sale y, efectivamente, va a la orilla, con los niños. Les pregunta:

-¿Qué hacéis?

  • Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca.

El "él" que no quiere es un niño — ya un hombrecito — de constitución menuda, pero de rostro luminosísimo. Quizás sabe que, siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo "la guerra" y por ello sostiene la paz.
Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños:

  • Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres, y signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas: el Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo los armas. Creó al hombre y le dio ojos para que tuviera miradas de amor, bocas para pronunciar palabras de amor, oído para oírlas, manos para socorrer y acariciar, pies para correr con rapidez hacia el hermano necesitado, y corazón capaz de amar. Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el odio. ¿Por qué? Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios. Si el hombre hubiera permanecido como tal criatura, habría permanecido en el amor, y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte.
  • Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre» (efectivamente, yo había adivinado).
    Jesús sonríe y dice:
  • No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: "No quiero esto porque me produce una pérdida", es egoísta. Sin embargo, el buen hijo de Dios dice:

"Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros". ¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal! ¿Quién me lo sabe decir?.

En coro, las once bocas dicen:

  • Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a tí mismo".
    -¡Sois unos niños excelentes! ¿Vais todos al colegio?
  • Sí.

-¿Quién es el más listo?

  • Él (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).
    -¿Cómo te llamas?
  • Joel.

-¡Gran nombre! Joel habla así: "… el débil diga: "¡Soy fuerte!". Pero ¿fuerte en qué? En la ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos. Mas el juicio está próximo; no en el valle de la Decisión, sino en el monte de la Redención. Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror, y estrellas temblando llanto de piedad,
serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas. Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido. Dichosos los que lo hayan reconocido: recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas. ¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?. -¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!.

-¿Amaréis entonces al Mesías?
-¡Sí! ¡Sí! ¡A ti! ¡A ti! ¡Te amamos a ti! ¡Sabemos quién eres! Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres. ¡Llévanos contigo!.

  • En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas; nunca más, abusos; nunca más, riñas; nunca más, malas respuestas a los padres. Oración, estudio, trabajo, obediencia; y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino.

Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús. Parece una corola policroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.

Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso. Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del vestido, y lo ve. Detiene en él intensamente su mirada. El anciano se limita a saludar ruborizándose.
-¡Ven! ¡Sígueme!

  • Sí, Maestro.

Jesús bendice a los niños y, al lado de Felipe (lo llama por el nombre), vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.

-¿Quieres ser mi discípulo?

  • Lo quiero—y no oso esperar serlo.
  • Yo te he llamado.
  • Lo soy, entonces. Heme aquí.
    -¿Tenías conocimiento de mí?
  • Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: "Aquel por quien tú suspirabas ha venido". Porque Andrés sabía que yo suspiraba por el Mesías.
  • No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti.
    -¡Mi Maestro y mi Dios!
  • Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti. Otro amigo tuyo — como tú, sincero israelita — espera. Ve a decirle: "Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés y los profetas". Ve. Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Natanael - Bartolomé.
  • He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Natanael.
    -¿Cómo me conoces?
  • Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera.

-¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!

-¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás.

En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros, por la fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando.
¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!

  • Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?
  • Quiero, Maestro.

La visión se detiene… Y continúa en la terraza, que está llena de gente. Otras personas están en el huertecillo de Pedro. Jesús habla.

  • Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, mujeres y niños. La gracia y la luz de Dios reinen en ellas y en los corazones que las habitan.

Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegría, habla a los deshonestos con dolor, habla a los santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega. Ha venido para derramarse como río que riega tierras necesitadas de agua y que de él reciben alivio de olas y nutrición de limo.

Vosotros queréis saber qué se requiere para ser discípulos de la Palabra de Dios, del Mesías, Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que oiga una vez más las palabras del Decálogo santo e inmutable y se santifique en ellas para estar limpio, en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino.

Mirad. Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos:

"Levantaos, sanad, resucitad, caminad, ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de mí". Pero, más que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espíritus. Hombres de buena voluntad, venid a mí sin temor. Si el espíritu está lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si está enfermo, lo curo; Si muerto, lo resucito. Quiero sólo vuestra buena voluntad.

¿Es difícil esto que os pido? No. No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el Decálogo. La Ley es una e inmutable. Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada, hermosa, pura, fresca, como criatura recién nacida, como rosa recién abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir.

Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y más leyes menores, pesos y restricciones, demasiadas cláusulas penosas. Yo os conduzco de nuevo a la Ley como ésta era cuando el Altísimo la dio. Pero, os lo ruego por vuestro bien, recibidla con el corazón sincero de los verdaderos israelitas de entonces.

Vosotros susurráis — más en vuestro corazón que con los labios — que la culpa está arriba, más que en vosotros, gente humilde. Lo sé. En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. Pero no juzguéis a quien actuó no para sí, sino para los demás.

Vosotros haced lo que Dios dice. Y, sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales. Si amáis a Dios con todo vuestro ser, no pecaréis, porque el pecado produce dolor a Dios. Quien ama no quiere causar dolor. Si amáis al prójimo como a vosotros mismos, sólo podréis ser hijos respetuosos para con los padres, esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones, sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de testificar, sin envidia de quien posee, sin deseos de lujuria hacia la mujer del prójimo.

No queriendo hacer a los demás lo que no querríais que se os hiciera a vosotros, no robaréis, no mataréis, no calumniaréis, no entraréis como los cucos en el nido de los demás.

Pero incluso os digo: "Portad a perfección vuestra obediencia a loe dos preceptos de amor: amad también a vuestros enemigos".

¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre — transformado en enemigo suyo por la culpa original y por los pecados individuales — hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa! Amad. El amor sea para vosotros escalera por la cual, hechos ángeles, subáis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno: "Yo seré tu protector dondequiera que vayas, y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eterno".

La paz esté con vosotros.
La gente manifiesta su conmovida aprobación y se va lentamente. Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé.
-¿Te vas mañana, Maestro?

  • Mañana al amanecer, si no te desagrada.
  • Desagradarme el que te vayas, sí, pero la hora no; es incluso propicia.
    -¿Vas a ir a pescar?
  • Esta noche, cuando salga la Luna.
  • Has hecho bien, Simón Pedro, en no pescar durante la pasada noche. Todavía no había terminado el sábado.

Nehemías, en sus reformas, quiso que en Judá se respetara el sábado. Ahora también demasiada gente en sábado prensa en los lagares, transporta haces, carga vino y fruta, y vende y compra pescado y corderos. Tenéis seis días para esto. El sábado es del Señor. Sólo una cosa podéis hacer en sábado: el bien a vuestro prójimo, pero sin ningún tipo de afán de lucro. Quien viola por lucro el sábado sólo puede obtener de Dios el castigo. ¿Gana algo?: lo perderá con creces en los otros seis días. ¿No lo gana?: se ha esforzado en vano el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia ha establecido para él, airándose el espíritu por haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones. Sin embargo, el día de Dios debe transcurrirse con el corazón unido a Dios en dulce oración de amor. Hay que ser fieles en todo.

  • Pero… los escribas y doctores, que son tan severos con nosotros… no trabajan durante el sábado. Ni siquiera le dan al prójimo un pan por evitar el trabajo de dárselo… y, sin embargo, fían préstamos abusivos aun en sábado, ¿Se puede hacer esto en sábado porque no sea trabajo material?
  • No. Nunca. Ni durante el sábado ni durante los otros días. Quien presta abusivamente es deshonesto y cruel.
  • Los escribas y fariseos, entonces…
  • Simón no juzgues. Tú no lo hagas.
  • Pero tengo ojos para ver…
    -¿Sólo el mal está ante nuestros ojos, Simón?.
  • No, Maestro.
  • Entonces, ¿por qué mirar sólo el mal?
  • Tienes razón, Maestro.
  • Entonces mañana al amanecer partiré con Juan».
  • Maestro…
  • Simón, ¿qué te sucede?
  • Maestro… ¿vas a Jerusalén?
  • Ya lo sabes.
  • Yo también voy a Jerusalén para la Pascua… y también Andrés y Santiago….

-¿Y entonces?… Quieres decir que desearías venir conmigo ¿no? ¿Y la pesca? ¿Y la ganancia? Me has dicho que te gusta tener dinero, y Yo me ausentaré durante muchos días. Primero voy donde mi Madre, y a Jerusalén a la vuelta. Me quedaré allí predicando. ¿Cómo te las arreglarás?…
Pedro se muestra dudoso, vacilante… pero al final se decide:

  • Por mí… voy contigo. ¡Te prefiero a ti antes que al dinero!
  • Yo también voy».
  • También yo.
  • Y nosotros también, ¿verdad, Felipe?
  • Venid, pues. Me serviréis de ayuda».
    -¡Oh!… — Pedro se emociona ante esta idea —. ¿En qué te podemos ayudar?
  • Os lo diré. Para actuar bien sólo tendréis que hacer cuanto os diga. El obediente siempre actúa bien. Ahora oraremos y luego cada uno irá a realizar sus cometidos.
    -¿Y Tú, Maestro?
  • Oraré más. Soy la Luz del mundo, pero también soy el Hijo del hombre. Por ello siempre tengo que beber de la Luz para ser el Hombre que redime al hombre. Oremos.
    Jesús dice un salmo. El que comienza: «Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo.

Dirá al Señor: "Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras agresivas" etc. etc.».

Lo encuentro en el libro 4°. Es el segundo del libro 4°, me parece que es el núm. 90 (Salmos 91).

49- El encuentro con Pedro y Andrés después de un discurso en la sinagoga

Juan de Zebedeo, grande también en la humildad.

Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo. Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.

Juan, tanto en la visión de ayer como en la de hoy, es muy joven. Tiene un rostro sonrosado e imberbe, de hombre apenas hecho. Siendo, además, rubio, no se ve en él ni una señal de bigote o de barba, sino sólo el color rosáceo de las mejillas lisas, el rojo de los labios y la luz risueña de su hermosa sonrisa y mirada pura (no tanto por su color turquesa oscuro cuanto por la limpieza del alma virgen que en ella puede verse). Los cabellos rubio-castaños, largos y esponjosos, mecen al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.

Llama, cuando está para pasar el seto:
-¡Maestro!
Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.
-¡Maestro, suspiraba por ti! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña… Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte - Juan habla levemente inclinado, por respeto. Y, no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada, que alza hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.

  • He visto que me buscabas y he venido hacia ti.
    -¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?
  • Allí - y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que, por el color del ramaje, yo diría que son olivos - Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.

-¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?

  • Y, sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».
  • Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿no, Maestro?
  • Y tú, ¿me amas, Juan, hijo de Zebedeo?
  • Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba, y, cuando te he visto, ella me ha dicho: "He ahí a quien buscas". Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.
  • Tú lo dices, Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?
  • Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.
  • Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida, y, con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por mí?
  • Maestro… no sé… pero me parece, si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será, para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo, sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.

-¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?

  • Será como nada, Maestro, si Tú me amas.
  • Y el día que Yo debiera morir…
    -¡No! Eres joven, Maestro… ¿Por qué morir?
  • Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.

-¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!… Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame - Juan tiene una mirada suplicante. Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor. Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos, y, poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice:

  • Quiero que me ames.
    -¡Oh, Maestro! - Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen de llanto, ríe con esa joven boca suya bien dibujada; toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.

Continúan su camino.

  • Has dicho que me buscabas…
  • Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte… y porque… ¡oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas… y ya no podía seguir sin ti.
  • Entonces, ¿has sido un buen anunciador del Verbo?
  • También Santiago, Maestro, ha hablado de ti de manera… convincente.
  • De forma que incluso quien desconfiaba – y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva – se ha persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.
  • Tenía un poco de miedo…

-¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.
Con los honestos seré todo misericordia.

-¿Y con los pecadores?

  • También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas. Y hacen esas cosas, y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo.
  • Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.
  • Así me gusta, y así quiero que seáis todos.
  • Simón quiere decirte muchas cosas.
  • Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.

E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo, se choca con las piernas de Jesús, y, se hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud. El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño, y Jesús, sujetándolo, le dice:

-¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el desierto siguiendo a Moisés? Pues bien, más por ellos que por los otros — porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida providentemente de estos angelitos de la tierra, de estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros— justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que la de tus abejas.
-¿Dónde? ¿Cuándo?

  • Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.
  • Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como
    Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida. Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo el Mesías hará que entremos.

-¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el Mesías, para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.
-¡Mamá! ¡Mamá! - El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de cobre.

-¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel… pero si soy bueno. ¡Seré bueno!
-¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!

  • La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la Ley.

La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:

  • Que Dios te bendiga también a ti - y desaparece con su pequeño.
    -¿Te gustan los niños, Maestro?
  • Sí, porque son puros… y sinceros… y amorosos.
    -¿Tienes sobrinos, Maestro?
  • No tengo sino… una Madre… Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos, junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos. En mi Madre tengo todo, Juan.
    -¿Y la has dejado?
  • Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.

-¿La conoceré yo?

  • La conocerás.
    -¿Y me querrá?
  • Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.
    -¿Entonces no tienes hermanos?
  • Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he venido. Henos aquí delante de la sinagoga. Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles
con rollos de pergamino. Ya hay una multitud que espera y ora. También Jesús ora. La multitud bisbisea y hace comentarios
detrás de Él. Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.
Jesús empieza la lección. Dice:

  • El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: "Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar, No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor. Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre".

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios: lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria. Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria
que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo, que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro? ¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo condujo y nutrió, y lo defendió contra los enemigos y, para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?

¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: "¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!". No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa oración. Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda, y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre:
"Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela". Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente; y después, al mísero — en ocasiones, de su propia sangre — que le dice: "Escúchame", le responde con corazón de piedra: "No". Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa. Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Mas, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros. Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.

Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir. ¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.
Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los diez mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en luz de amor.

Venid. Yo os mostraré cuáles son: amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor. Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento.

Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la eterna; la alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón. Empezad por el amor. No hay nada más grande. Cuando sepáis amar, sabréis ya todo, y Dios os amará; y amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.
Jesús ha terminado de hablar. Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

  • La paz esté con vosotros - dice Jesús; y añade - Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación. Simón, ¿has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿por qué no has venido antes?
    Los dos hermanos se miran turbados. Andrés susurra:
  • No me atrevía…

Pedro, rojo, no habla. Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano: « ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer», interviene con franqueza:

  • He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo… yo he dicho… Sí, he dicho: "No creo", y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!…
    Jesús sonríe y dice:
  • Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.
  • Pero yo… yo no soy bueno… no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y, si alguno me ofende… ¡bueno!… Soy codicioso y me gusta tener dinero… y al vender el pescado… bueno… no siempre… no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante. Y tengo poco tiempo para seguirte y recibir así la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices… pero…
  • No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas. Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide. Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío, de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa. Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios. Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.

-¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así… es así… mira, ¡yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!… Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿no? ¿Resides en esta casa?… Conozco al dueño.

  • Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén, y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente.
  • Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.
  • En el corazón sobre todo, Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿no hablas?
  • Escucho, Maestro.
  • Mi hermano es tímido.
  • Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.
  • La paz sea contigo. Se van.

Nada más salir, Pedro observa:
-¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes, y otro tipo de peces?
-¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.

  • Me daba… vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!
  • Ahora va a Jerusalén… - Esto lo expresa Juan con anhelo y nostalgia grandes - Yo quería pedirle que me dejara ir con Él… pero no me he atrevido…
  • Vete a decírselo, muchacho - responde Pedro - Nos hemos despedido de Él así, sin más… sin ni siquiera una palabra de afecto… Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.

-¿Voy, Santiago?

  • Ve.
    Juan se echa a correr… y, también corriendo, vuelve lleno de júbilo.
  • Le he dicho: "¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?". Me ha respondido: "Ven, amigo". ¡Ha dicho "amigo"! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!…
    La visión termina.

Respecto a esta visión, me dice esta mañana (14 de Octubre) Jesús:

  • Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido. Lo admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente, calla este detalle.

El apóstol de Pedro y, por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan; primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿veis lo que dice?; "Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús. El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: "Hemos encontrado al Mesías', y lo condujo a donde estaba Jesús".

Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido, sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que aparezca Andrés como el primer apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

¿Quiénes, entre los que hacen algo por mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas, que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna, y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?
Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro. Alabad a Dios,

señor de los apostólicos obreros, y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.

Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto, y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos que, tímidos, parece que no hacen nada, y son, sin embargo, los que le roban al Cielo el fuego de que están investidos los audaces. Corazón sincero en cuanto a decir: "Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: "… dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto". Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir: 'Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza".

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles, descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota. Aprended todos.

¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: "Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre".

¡Oh…, la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

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