V- Diversos Temas: 4. Las grandes herejías

Autor: Carlos Caso-Rosendi | Fuente: voxfidei-apologetica.blogspot.com 

Una herejía se opone inmediata, directa y contradictoriamente a la verdad revelada por Dios y propuesta auténticamente como tal por la Iglesia, para no caer en ellas hay que conocerlas.

Desde los principios del cristianismo, la Iglesia ha sido atacada por aquellos que introducen falsas enseñanzas, o herejías. La Biblia nos avisó que esto sucedería. Pablo advirtió a su joven discípulo, Timoteo, "Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas." (2 Timoteo 4, 3-4).

¿Qué es la herejía?

Herejía es un término con una gran carga emocional y con frecuencia se lo usa mal. No es lo mismo que la incredulidad, el cisma, la apostasía u otros pecados contra la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica declara, "La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos" (CCC 2089).

Para cometer herejía, uno tiene que rechazar la corrección. No es un hereje aquella persona que está dispuesta a ser corregida o una que no se ha dado cuenta que lo que ha estado declarando es contrario a la enseñanzas de la Iglesia.

Sólo un individuo bautizado puede cometer herejía. Esto significa que, aquellos movimientos que se han separado o que han sido influídos por el cristianismo, pero que no practican el bautismo (o que no practican el bautismo válido), no son herejes, sino religiones distintas. Como ejemplo podríamos mencionar a Testigos de Jehová, ya que no practican el bautismo válido.

Finalmente, la duda o la negación herética debe concernir a un asunto que ha sido revelado por Dios y solemnemente definido por la Iglesia (por ejemplo, la Trinidad, la Encarnación, la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, el Sacrificio de la Misa, la infalilbilidad papal o la Inmaculada Concepción y Asunción de María).

Es importante distinguir herejía de cisma y apostasía. En el cisma, uno se separa de la Iglesia Católica sin repudiar una doctrina definida. Un ejemplo de cisma contemporáneo es la Hermandad Sacerdotal San Pio X, los "Lefebvristas" o seguidores del difunto Arzobispo Marcel Lefebvre- quien se separó de la Iglesia en la última parte de la década de 1980 pero que no ha negado las doctrinas católicas. En la apostasía, uno repudia la fe cristiana y ya no declara ser un cristiano.

Teniendo esto en mente, echemos una mirada a las grandes herejías de la historia de la Iglesia y las épocas en que ocurrieron.

Los circuncisionistas (Siglo I)

La herejía circuncisionista puede ser resumida en las palabras de Hechos 15, 1 "Algunas personas venidas de Judea enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse."

Muchos de los cristianos primitivos eran judíos que trajeron a la fe muchas de sus anteriores prácticas. Reconocían en Jesús al Mesías anunciado por los profetas y en cumplimiento del Antiguo Testamento. Como la circuncisión se requería en el Antiguo Testamento para ser miembro de la Alianza de Dios, muchos pensaron que también se requeriría para ser miembro de la Nueva Alianza que Cristo había venido a inaugurar. Creían que uno debía ser circuncidado y debía guardar la Ley Mosaica para venir a Cristo. En otras palabras, que uno debía ser judío para poder ser cristiano.

Sin embargo Dios le hizo claro a Pedro en Hechos capítulo 10 que los gentiles eran aceptables a Dios y que podían ser bautizados y ser cristianos sin circuncisión. La misma enseñanza fue vigorosamente defendida por Pablo en sus epístolas a los romanos y a los gálatas, dos lugares en los que la herejía circuncisionista se había extendido.

Gnosticismo (Siglos I y II)

"¡La materia es mala!" fue el grito de los gnósticos. Esta idea la tomaron prestada de ciertos filósofos griegos. Es contraria a la enseñanza católica, no solamente porque contradice Génesis 1, 31 ("Y Dios vió todo lo que había hecho y vió que era muy bueno") y otras escrituras, sino porque niega la Encarnación. Si la materia es mala, entonces Jesucristo no pudo haber sido verdadero Dios y verdadero hombre, porque Cristo no es malo de ninguna manera. Así fue que muchos gnósticos negaron la Encarnación, declarando que Cristo solo aparentó ser un hombre, pero que su humanidad era solo una ilusión. Algunos gnósticos, reconociendo que el Antiguo Testamento enseñaba que Dios había creado la materia, afirmaron que el Dios de los judíos era una deidad mala distinta del Dios del Nuevo Testamento, el Dios de Jesucristo. Además propusieron la creencia en muchos seres divinos, conocidos como "eones", que mediaban entre el hombre el Dios final e inalcanzable. El más bajo de estos eones, el que había tenido contacto con los hombres, era supuestamente Jesucristo.

Montanismo (Ultima parte del siglo II)

Montanus comenzó su carrera en forma inocente, por medio de predicar el retorno a la penitencia y el fervor. Su movimiento también recalcó la permanencia de los dones milagrosos, como ser el hablar en lenguas y profetizar. Pero también proclamó que sus enseñanzas estaban por sobre las de la Iglesia y pronto comenzó a predicar el inminente retorno de Cristo en su lugar de origen, Frigia. Hubo declaraciones afirmando que Montanus mismo era, o al menos, hablaba por el Paráclito cuyo advenimiento Jesús había prometido (en realidad el Espíritu Santo).

Sabelianismo (Siglo III)

Los sabelianos enseñaron que Cristo y Dios Padre no eran personas distintas, sino dos aspectos u oficios de la misma persona. Según ellos, las tres personas de la Trinidad existen solamente en relación con el hombre y no en la realidad objetiva.

Arrianismo (Siglo IV)

Arrio enseñó que Cristo era una criatura hecha por Dios. Disfrazando su herejía por medio de usar terminología ortodoxa o casi-ortodoxa, logró sembrar una gran confusión en la Iglesia. Llegó a asegurarse el apoyo de muchos obispos, en tanto que otros le excomunicaron.

El arrianismo fue solemnemente condenado en 325 en el primer concilio de Nicea, que definió la divinidad de Cristo, y en 381 en el primer concilio de Constantinopla que definió la divinidad del Espíritu Santo. Estos dos concilios nos dieron el credo Niceno-Constantinopolitano, el cual los católicos recitamos en la Misa dominical.

Pelagianismo (Siglo V)

Pelagio negó que el pecado original fuera heredado del pecado de Adán en el Edén y afirmó que llegamos a ser pecadores solo a través del mal ejemplo de la comunidad pecaminosa en la que nacemos. Contradictoriamente, enseñó que heredamos la justicia como resultado de la muerte de Cristo en la Cruz y dijo que llegamos a ser personalmente justos por instrucción e imitación en la comunidad cristiana, siguiendo el ejemplo de Cristo. Pelagio declaró que el hombre nace moralmente neutral y puede llegar al cielo por sus propios medios. Por lo tanto la gracia de Dios no es realmente necesaria, sino que meramente facilita lo que de otra manera sería una tarea muy difícil.

Semi-Pelagianismo (Siglo V)

Después que San Agustín refutara las enseñanzas de Pelagio, algunos probaron una versión modificada de aquel sistema. Esto también terminó en una herejía que afirmaba que los humanos pueden acercarse a Dios por su propio poder y sin ayuda de la gracia de Dios; que una vez que una persona ha entrado en estado de gracia, uno puede retener ese estado por sus propios esfuerzos sin que medie ninguna gracia adicional por parte de Dios. Y que el esfuerzo humano natural por sí mismo puede darle a uno cierto derecho a recibir gracia aunque no sea estrictamente meritorio.

Nestorianismo (Siglo V)

Esta herejía sobre la persona de Cristo fue iniciada por Nestorio, obispo de Constantinopla, que le negó a María el título de Theotokos (gr. lit. "Quien lleva a Dios" o menos literalmente, "Madre de Dios"). Nestorio declaró que ella solamente había llevado en su seno a la naturaleza humana de Cristo y así propuso el título alternativo de Christotokos ("Quien lleva a Cristo" o "Madre de Cristo").

Los teólogos católicos ortodoxos reconocieron que la teoría de Nestorius fracturaría a Cristo en dos personas separadas (una humana y una divina unidas en una especie de unidad desligada), de los cuales uno solo estaba en el seno [de María]. La Iglesia reaccionó en 432 con el Concilio e Efeso, definiendo que María puede ser propiamente llamada Madre de Dios, no en el sentido de ser ella anterior a Dios o a la fuente de Dios, sino en el sentido de haber tenido en su vientre materno a la persona de Dios Encarnado.

Es dudoso que el mismo Nestorius creyera en la herejía que sus declaraciones implican y en este siglo, la Iglesia Oriental de Asiria, que ha sido históricamente considerada nestoriana, ha firmado una declaración cristológica totalmente ortodoxa conjuntamente con la Iglesia Católica y ha rechazado el nestorianismo. Esta iglesia está ahora mismo en proceso de entrar en total comunión eclasiástica con la Iglesia Católica.

Monofisismo (Siglo V)

El monofisismo comenzó como una reacción al nestorianismo. Los monofisistas (liderados por un hombre llamado Eutiques) estaban horrorizados por lo que implicaban las declaraciones de Nestorius, que Cristo era dos personas con dos diferentes naturalezas (humana y divina). Se pasaron al otro extremo, afirmando que Cristo era una persona con una sola naturaleza que fusionaba lo divino y lo humano. Por afirmar que Cristo tenía una sola naturaleza (griego mono, uno y phisis, naturaleza) se los conoció como monofisistas.

Los teólogos católicos ortodoxos reconocieron que el monofisismo era tan malo como el nestorianismo porque negaba la plena humanidad de Cristo y su plena divinidad. Si Cristo no hubiera tenido una plena naturaleza humana, no hubiera sido humano, y si no hubiera tenido una plena naturaleza divina no hubiera sido totalmente divino.

Iconoclastia (Siglos VII y VIII)

Esta herejía surgió cuando apareció un grupo de gente conocido como los iconoclastas (que significa literalmente "los que rompen íconos") que afirmaba que era un pecado hacer pinturas o estatuas de Cristo y de los santos, a pesar que en la Biblia, Dios había ordenado que se hicieran estatuas religiosas (Exodo 25, 18-20; 1 Crónicas 28, 18-19), incluyendo representaciones simbólicas de Cristo (cf. Números 21, 8-9 con Juan 3, 14).

Catarismo (Siglo XI)

El catarismo es una mezcla complicada de religiones no-cristianas re-elaboradas con terminología cristiana. Los cátaros tenían muchas sectas diferentes que tenía la enseñanza común de que el mundo había sido creado por una deidad maligna (por lo cual consideraban malo todo lo material) y que en su lugar se debía adorar a la deidad benigna.

Los albigenses conformaban una de las sectas cátaras más grande. Enseñaron que el espíritu es creado por Dios y es bueno, mientras que el cuerpo fue creado por el dios maligno. El espíritu entonces debe ser liberado del cuerpo. Tener hijos era uno de los más grandes males, ya que implicaba el aprisionar a otro "espíritu" en la carne. Lógicamente, el matrimonio estaba prohibido, pero la fornicación estaba permitida. Severos ayunos y mortificaciones de todo tipo eran practicados y su líderes preacticaban la pobreza voluntaria.

Sola Scriptura, Sola Fide (Siglo XVI)

Los grupos protestantes despliegan una amplia variedad de doctrinas. De todos modos, virtualmente todos ellos afirman creer en la doctrina de "Sola Scriptura" ("por la escritura solamente", la idea que debemos usar solamente la Biblia cuando formamos nuestra teología) y también "Sola Fide" (y no Sola "Fides" como muchas veces se mal escribe) o sea "solo por la fe", la idea de que somos justificados solamente por la fe.

La gran diversidad de doctrinas protestantes deriva de la doctrina de la interpretación privada o personal, que niega la autoridad infalible de la Iglesia y afirma que cada individuo debe interpretar las Escrituras por sí mismo. Esta idea es rechazada en 2 Pedro 1, 20 donde se nos dice que la primera regla para interpretar la Biblia es: "Pero tened presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura". Una característica significativa de esta herejía es el intento de poner a la Iglesia "contra" la Biblia, negando que el magisterio católico tenga la autoridad infalible para enseñar e interpretar las Escrituras.

La doctrina de la libre interpretación ha resultado en un enorme número de diferentes denominaciones. Según la publicación The Christian Sourcebook existen más de 30.000 denominaciones, y unas 270 nuevas se forman cada dia. Virtualmente todas ellas son protestantes.

Jansenismo (Siglo XVII)

Jansenius, obispo de Ypres, Francia, inició esta herejía con un documento que escribió sobre San Agustín, en el que redefinió la doctrina de la gracia. Entre otras doctrinas, sus seguidores negaron que Cristo murió por todos los hombres, sino que afirmaban que murió solamente por aquellos que serán salvados finalmente (los elegidos). Este y otros errores Jansenistas fueron oficialmente condenados por el Papa Inocencio en 1653.

Las herejías han estado con nosotros desde el principio de la Iglesia. Algunos hasta han sido originadas por líderes de la Iglesia, que tuvieron que ser corregidos por concilios y por los papas. Afortunadamente, tenemos la promesa de Cristo que ellos nunca prevalecerán contra la Iglesia, porque El le dijo a Pedro "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella." (Mateo 16, 18)

La Iglesia es, usando palabras de San Pablo, "el pilar y fundamento de la verdad" (1 Timoteo 3, 15).

El texto de este artículo es tomado de:
Catholic Answers. "The Great Heresies" capítulo XCVII pp. 359-374, de The Essential Catholic Survival Guide: Answers to Tough Questions About the Faith, publ. Catholic Answers Inc., San Diego, California 2005.
Publicación que cuenta con:
Nihil Obstat
Los materiales presentados en este libro están libres de error doctrinal o moral
Bernadeane Carr, STL, Censor Librorum, 10 de Agosto de 2004.
Imprimatur
De Acuerdo con CIC 827, 1983 se otorga el permiso para publicar este libro.
Robert H. Brom, Obispo de San Diego, California, 10 de Agosto de 2004.

V- Diversos Temas: 3. ¿Es malo el proselitismo?

Autor: P. Joan Carreras del Rincón | Fuente: BloguerosConElPapa.org 

Que un creyente desee ardientemente que la fe encienda los corazones de otras personas no sólo no es lícito sino incluso necesario y natural.

Todo depende de lo que se entienda por proselitismo, porque es una palabra que ha ido adquiriendo tonalidades negativas en los últimos tiempos.

En el Youcat (catecismo para los jóvenes que se entregó a los participantes de la JMJ Madrid 2011), se explicaba que el proselitismo es malo. Y con toda razón si por él se entiende el "aprovecharse de la pobreza intelectual o física de otros para atraerlos a la propia fe".

Sin embargo, no es éste el sentido atribuido por el Diccionario de la Academia de la Lengua Española:

“Proselitismo: celo de ganar prosélitos”
“Prosélito: Persona incorporada a una religión”.

Hace unos días, Ernesto Juliá, respondiendo a la pregunta que le había dirigido un joven acerca de la pertinencia del proselitismo para los discípulos de Jesús, afirmaba que los cristianos somos proselitistas por vocación divina:

"Los cristianos no inculcamos los principios de nadie. Nosotros anunciamos el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por amor a nosotros, y para nuestra salvación. Anunciamos esta Verdad, le comenté. Si nos cree, esa persona se convierte en prosélito cristiano, y nosotros hacemos proselitismo. Y así seguiremos hasta el final de la historia de los hombres en la tierra. Y lo somos, ya continué ayudándole a aclarar sus ideas, sencillamente porque somos fieles al mandato de Nuestro Señor Jesucristo: ´Id y predicad a todas las gentes´. Y así lo hemos vividos desde el primer día de Pentecostés. Los primeros cristianos, apenas recibido el Espíritu Santo, salieron a predicar; y entre los que escucharon y acogieron sus palabras, bautizaron a varios miles de personas. Aquel día la Iglesia hizo mucho prosélitos" (1).

Que un creyente desee ardientemente que la fe encienda los corazones de otras personas no sólo no es lícito sino incluso necesario y natural. Eso mismo le ocurría a Jesús, cuando exclamaba: "fuego he venido a traer a la Tierra y qué quiero sino que arda". San Josemaría hablaba mucho de proselitismo y lo comprendía precisamente en este sentido espiritual:

"El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer" (2).

El Papa Francisco, sin embargo, ha insistido muchas veces sobre este punto: "evangelizar no es hacer proselitismo"

Citando a Benedicto XVI, el pasado 1 de octubre, el Papa recordaba que la Iglesia no crece por medio del proselitismo sino por atracción (3).

El Evangelio, como por otra parte la misma verdad, tiene fuerza por sí misma. « La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas » (DH, 1). Éste es el principio áureo de la Evangelización.

El Evangelio es en sí mismo exigente. Dios llama al corazón de las personas cuando les llega el Evangelio convenientemente "predicado" por medio del amor y la misericordia, avalado por el testimonio coherente de los evangelizadores. En este sentido, cualquier presión que se pueda realizar sobre las personas desde fuera, es decir, añadiendo las propias exigencias desde el exterior, puede ser buena si se hace con respeto de la libertad y sin violencia, pero no puede identificarse con la acción de evangelizar. El Evangelio es gratuito: lo hemos recibido gratuitamente y así debemos darlo a los demás.

La frase de Pablo VI "el mundo tiene más necesidad de testigos que de maestros" tiene hoy más actualidad que nunca. La sensibilidad postmoderna lleva a las personas a sentir repulsa por toda afirmación categórica de la verdad. Los absolutos morales y los dogmas son rechazados de plano por el solo hecho de ser presentados como absolutos o como dogmas. Éste el escenario en el que debe ser predicado el Evangelio. El proselitismo, por tanto, tiende a ser considerado como una realidad negativa. Es un hecho que sencillamente conviene tener en cuenta.

La exigencia del Evangelio debe sentirla sobre todo el evangelizador, que ha sido enviado por el Maestro: "id por todo el mundo y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado" (Mt 28, 18); "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16).

Hacer prosélitos es bueno. La trampa está en el modo de hacerlos. La exigencia que siente el evangelizador -¡Ay de mí si no evangelizara!- no puede ser transmitida directamente al evangelizado, como si aquél fuese únicamente un transmisor o instrumento inerte. No se puede ir por la calle asaltando a las personas repitiendo literalmente las palabras de Jesús: "si no crees, te condenarás". Dejemos que sea el Evangelio el que penetre con "suavidad y firmeza" en los corazones. No añadamos ninguna otra exigencia externa porque no la necesita.

La gratuidad deberá ser una de las características más relevantes de la Nueva Evangelización. En este sentido, entiendo muy bien que el Papa repita esta frase para que a todos los católicos nos quede muy claro:

"La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción...": la atracción del Evangelio cuando es atractivamente presentado.

V- Diversos Temas: 2. La Navidad, su verdadero significado

Fuente: apologeticauniversal.blogspot.com  

En estos días nuestro mundo está sumergido en una vorágine mercantilista que poco tiene de cristiano, recordemos el verdadero significado de la Navidad y preparemos nuestros corazonez como un pesebre adecuado para que Nuestro Señor repose en él.

1.-LA FIESTA DE LA NAVIDAD: 

La fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y es originaria de la Iglesia latina y mas propiamente de la Sede Apostólica de Roma. 

Por falta de documentos exactos sobre el nacimiento de nuestro Señor, no existe una certeza absoluta acerca del año, que algunos escritores sagrados y profanos señalan entre el 747 y 749 de la fundación de Roma (del 7 al 5 A.C.), y del día, que han hecho oscilar entre el 25 de marzo y el 17 de diciembre. 

Hay pruebas del este griego y del oeste latino donde los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica, incluso en los siglos II y III. De hecho, las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar su muerte y resurrección.

Para profundizar más sobre este tema, pueden leer el siguiente artículo: "Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre"

2.-EL 25 DE DICIEMBRE Y LA NAVIDAD: 

La Navidad se celebra el 25 de diciembre, (visitar el enlace del párrafo anterior para más información sobre el tema). Navidad no es el 24 de diciembre, es TODO el 25 de diciembre. Eso sí: Navidad NO ES LA CELEBRACION DE UNA FECHA, SINO DE UN HECHO, el nacimiento del Salvador, evento absolutamente decisivo en la historia de la salvación. Es entonces una conmemoración del significado de ese hecho. Se lee en las profecías:

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre: "Consejero admirable, Dios fuerte, Padre que no muere, príncipe de la Paz." (Is 9, 5)

Ese hecho fue de tal magnitud que todo el cielo lo celebró:

De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: "Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia". (Lc 2, 13-14)

Nosotros, los beneficiados con este hecho, tenemos no solamente motivos sino una verdadera obligación de celebrarlo. 

Como lo importante es el significado, todo lo anterior se resume en que debemos ser conscientes de que hubo un día en el que Dios encarnado llegó a nuestras vidas, las cuales deben estar listas para fructificar bajo su luz ("Yo soy la luz del mundo" dijo Jesús en Jn 8, 12), de aquí que la temporada de adviento sea de penitencia y reflexión (ese es el sentido del color morado en los trajes de los sacerdotes en las misas, el mismo color de la cuaresma). Como dijo el Santo Padre Juan Pablo II:

"Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; nace para todo hombre oprimido por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza."

3.-LA NAVIDAD CRISTIANA Y LA NAVIDAD CONSUMISTA:

Navidad es una fiesta que está bajo un ataque tremendo en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar de Jesús-niño y el mall o el centro comercial ha tomado el lugar del templo. Que triste que el Domingo antes de Navidad los estacionamientos de las Iglesias estén vacíos y en los centros comerciales sea una hazaña encontrar un lugar donde estacionar el automovil. Dice la Palabra de Dios:"Donde está tu tesoro, allí esta tu corazón" (Mat.6:21) ¿Dónde está tu corazón? ¿En un centro comercial?…. ¿Cuando llegue la tribulación a tu vida, a donde vas a ir a buscar consuelo y paz? ¿Al centro comercial?

Navidad es una fiesta de cumpleaños donde se le compran regalos a todos menos al niño que se festeja. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado, donde hoy -tristemente- se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, su nombre es Jesús. 

El Apóstol Pablo, un hombre que un día fue su enemigo y que se rindió a El, dice que: frente a ese nombre se doblará toda rodilla en el cielo, en la tierra, y hasta en el infierno y a este "nombre sobre todo nombre" lo queremos borrar de nuestras vidas.

Para más confusión y desconsuelo en los últimos años, hemos visto surgir ciertos lideres de distintas denominaciones cristianas que se han sumado a la campaña de enemigos de la Navidad. Ellos, desde estaciones radiales gritan: ¡Es una fiesta pagana!, y basan su "guerra santa" contra la celebración del nacimiento de Jesús, en la creencia de que en la antigua Roma ese día la fiesta del "sol invicto"... al diablo no le faltan "casualidades". Otros estudiosos de la Palabra de Dios reclaman que Jesús no nació en esta fecha y proponen como solución al tema el olvidarse de esta fiesta. Pobres predicadores que quieren privar al cristianismo de lo más hermoso de Aquel que le dio vida, la sensibilidad.

Para los que unen sus fuerzas con el enemigo aclaremos algunos puntos:

Los cristianos no celebramos fechas, celebramos hechos. Nosotros nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador.

Como todo hecho neotestamentario, la Navidad tiene precedencia bíblica. Inclusive, el día 25 de Diciembre ya era celebrado en el antiguo pacto.

En 1 Macabeos 4, 52-53 leemos:

"52 El día veinticinco del noveno mes, llamado Quisleu, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al despuntar el alba y ofrecieron un sacrificio conforme a la Ley, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían erigido"

Obviamente los no católicos no incluyen este libro en su canon, no lo consideran libro de inspiración divina, pero no pueden negar su valor histórico. 

Judas Macabeo y sus hermanos ordenaron a los sacerdotes que purificaran el santuario y echaran fuera el altar profanado. En su lugar se edificó un nuevo altar y en la madrugada del 25 de Quisleu, correspondiente a nuestro mes de diciembre, fue consagrado. La fachada del templo fue adornada, se encendieron luces y fue grande la alegría en el pueblo. 

También en la madrugada del 25 de quisleu, los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús. Así como el altar profanado fue echado fuera y se construyó un altar nuevo, así también el sacrificio antiguo y una ley profanada por preceptos humanos fueron anulados con el nacimiento del Mesías y un nuevo altar con un sacrificio perfecto fue instaurado para regocijo y salvación de toda la humanidad.

Este es el verdadero sentido de la Navidad, cuyo centro es Jesús y no un evento comercial o una fiesta pagana. Rescatemos la Navidad para Cristo y cantemos con los ángeles de Belén: "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres que confían en Él."

¿Hemos de limitarnos a llenarnos de signos exteriores, como hermosos adornos, guirnaldas y enormes árboles de navidad?, ¿hemos de limitarnos a servir opulentas cenas y entregar costosos regalos?, ¿hemos de limitarnos a arreglarnos y vestirnos lo mejor que podamos?, todo eso tan sólo son adornos para el exterior. 

Recordemos lo que el Señor Jesús nos dijo:

"Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso..." Lucas 21, 34

"¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad. " (Mt 23, 27-28)

"El Señor le dijo: "Así son ustedes, los fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Insensatos! " (Lc 11, 39-40)

La dureza de la expresión es significativa, porque el que se concentra tan sólo en lo exterior, está irrespetando a Dios, siendo que lo sensato es preparar nuestro corazón para que el Señor venga, hacer renovación de nuestro interior, renovación que no es posible sin el Señor. Por eso pide el salmista:

"Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu." (Sal 51, 12)

Y es que el Señor no rechaza el corazón que se convierte honestamente:

"Mi espíritu quebrantado a Dios ofreceré, pues no desdeñas a un corazón contrito." (Sal 51, 19)

En fin, que esta temporada de Adviento camino de la Navidad, y la Navidad misma, sean ocasión especial para que el Señor nos regale un corazón sensato:

"Enséñanos lo que valen nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato." (Sal 90, 12)

"Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Así caminarán según mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica; entonces serán mi pueblo y yo seré su Dios." (Ez 11, 19-20)

Así es que tiene sentido la Navidad. Así es que tienen sentido los adornos y las celebraciones, pero en la sencillez que gusta al Señor que es la que conviene a nuestra naturaleza y todo como testigos de una realidad eterna y no pasajera.

Que esta Navidad sea otra ocasión para el nacimiento de Jesús pero en nuestro corazón, lo que supone que nazcamos a la nueva vida como El mismo nos lo enseñó:

"En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba". Nicodemo le dijo: "¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al vientre de su madre para nacer otra vez?" Jesús le contestó: "En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu". (Jn 3, 4-6)

V- Diversos Temas: 1. ¿Qué es el Adviento?

Fuente: Aleteia

¿Qué significa Adviento? Este tiempo, ¿es sólo una cuenta atrás? ¿Cómo se puede aprovechar para vivir mejor la Navidad y, más allá, para preparar la segunda venida de Cristo?

Hablar sobre el Adviento en la sección de apologética a primera vista parecería algo sin sentido, pero para defender nuestra fe, debemos también conocer el porqué de la liturgia católica, es por ello que en esta oportunidad publicamos este artículo, que además busca motivarnos a vivir más cristianamente estos días previos a la Navidad.

1. El Adviento, con el que empieza el año litúrgico, es el periodo de tiempo comprendido entre el cuarto domingo antes de Navidad y el día de Nochebuena. Sus colores litúrgicos son el morado y el rosa.

En el calendario litúrgico de la Iglesia católica, el primer día del año no es el 1 de enero, sino el primer domingo de Adviento. El Adviento es el primer tiempo litúrgico del año que comienza cuatro domingos antes de Navidad y termina en Nochebuena. Según el día de la semana en que cae el día de Navidad, el tiempo de Adviento puede modificarse ligeramente.

El morado y el rosa son los dos colores litúrgicos designados para representar el tiempo de Adviento. Aparecen en las vestiduras de los sacerdotes, en los velos del tabernáculo, en la parte frontal del altar y en la corona de Adviento. El morado se usa como símbolo de penitencia y preparación, pero el tercer domingo de Adviento, conocido como "Domingo Gaudete", se usa el rosa, que representa la alegría por la venida de Jesús.

El día en que Cristo se hizo hombre para redimir al mundo fue preparado por Dios durante siglos. La Iglesia participa y actualiza esta larga preparación en este tiempo específico de preparación a la Navidad.

La Navidad -el día en el que Cristo nació para la redención del mundo- es el día en el que cambió el curso de la historia de la salvación. Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, lo explica de esta manera: "Es evidente que el Hijo de Dios tomó nuestra condición y vino a nosotros no por un motivo insignificante sino por nuestro bien. Él se vinculó a nosotros, por decirlo de esta manera, tomando un cuerpo y un alma humana y naciendo de una Virgen, para poder darnos su Divinidad. De esta manera, Él se hizo Hombre para que el hombre se haga Dios" (Santo Tomás de Aquino, Las tres grandes oraciones, comentarios sobre la oración del Señor, el Ave María y el Credo de los Apóstoles).

En el Catecismo podemos leer: "La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel" (Catecismo 522). En el Antiguo Testamento aparecen varias proclamaciones de este tipo: "Espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: él redimirá a Israel de todos sus pecados." (Sal 130, 7-8).

Este tiempo de espera y de preparación no se da sólo antes de la Navidad sino que se da en cada año litúrgico y también en la actualidad. El Catecismo afirma: "Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador" (Catecismo, 524).

2. El Adviento es también un tiempo de preparación para la segunda venida de Cristo.

Como católicos, creemos que Cristo vendrá de nuevo al final de los tiempos y así lo profesamos en el Credo cada domingo: "Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a vivos y muertos; Y su reino no tendrá fin" (Credo Niceno-constantinopolitano). Durante el Adviento nos preparamos para la venida de Cristo en Navidad, pero también recordamos que Cristo prometió volver. El Catecismo nos dice: "Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso que él crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30)." (Catecismo 524).

El Adviento es un tiempo de espera para la segunda venida, así como un reconocimiento de que seremos juzgados por Cristo por nuestras acciones y decisiones. Por esta razón el Adviento es un tiempo de arrepentimiento; esperamos con alegría la venida de Cristo, pero también buscamos el perdón por nuestros pecados para poder estar preparados. El Evangelio de Marcos proclama: "Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos." (Mc 13, 35-36).

Durante un Ángelus, el Papa Benedecito XVI enseñó sobre esta llamada a la vigilancia: "¡Vigilad! Esta es la llamada de Jesús en el Evangelio de hoy. No se dirige sólo a sus discípulos sino a todos. ¡Vigilad! (Mc 13, 37). Es una exhortación saludable que nos recuerda que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un "más allá", como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha utilizado sus propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos." (Papa Benedicto, Mensaje del Angelus, 27 de noviembre de 2011).

3. Hay muchas maneras prácticas de entrar en el Adviento.

Los tiempos litúrgicos no existen sólo para la misa de los domingos, sino también para nuestro beneficio espiritual diario. El padre John McCloskey, investigador en el instituto Fe y Razón recomienda un conjunto de cosas que podemos hacer para entrar en este espíritu del Adviento, un espíritu de expectación, vigilancia, arrepentimiento y alegría.

- Reza: "Rezar el Rosario todos los días centrándonos en los Misterios Gozosos" o "hacer una vigilia ante una clínica abortista con algunos amigos. Puedes salvar la vida de algún bebé y tal vez cambiar la mentalidad de alguno de los "Herodes" que dirigen las instalaciones".

- Ayuna: "Hacer un programa de ayuno para Adviento y ser moderado con la comida y la bebida en las fiestas de Navidad", o "ver menos la televisión durante este tiempo o, por lo menos, ver algunos clásicos de Navidad con la familia o los amigos", o "bajar el ritmo de compras".

- Dónate: "Recupera las obras corporales y espirituales de misericordia y realízalas una a una cada semana hasta que llegue la Navidad. Hay mucha gente herida que necesita sentir y recibir nuestro amor", o "háblales del sacramento de la Penitencia a tus amigos y familia y llévalos a un buen sacerdote para que se puedan confesar. ¿Cómo puede superar a eso un simple regalo de Navidad?"

- Actúa: "Compra y lee el libro del Papa Benedicto XVI sobre la infancia de Jesús", o "no tires el árbol de Navidad o quites el Belén justo después del 25 de diciembre, el tiempo de Navidad no ha hecho más que empezar", o "cumple los propósitos de Año Nuevo".

Las sugerencias del padre McCloskey son sólo unas pocas de las muchas maneras que podemos seguir para entrar en este tiempo de Adviento. La Iglesia nos ofrece este momento de espera para que nos podamos preparar más plenamente para la alegría y la gracia que recibimos en Navidad.

IV- El demonio de la acedia: 13. La Civilización del Amor

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Bienvenidos a este último capítulo de nuestra serie “El Demonio de la Acedia”, quiero dedicar este programa a mediar con ustedes sobre lo que los últimos Papas, en realidad los Papas desde el siglo XIX en adelante, que nos han venido hablando sobre la Civilización del Amor y ponerla –para comprenderla bien– en la clave de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo: vivir como hijos, vivir como el Hijo.

El Papa León XIII, en tiempos en que la economía se había hecho muy inhumana, publicó la Encíclica Rerum Novarum acerca de las cosas nuevas, defendiendo precisamente una economía más humana, una economía que tuviera en cuenta al ser humano y que no explotara al ser humano en beneficio de la pura ganancia, sin otra consideración que la ganancia, una economía que se deshumanizaba.

Y así los Papas posteriores hablaron de la instauración de todas las cosas en Cristo, como era el lema de Pío X, que hablaba de instaurar las cosas en Cristo de modo que a las sociedades se las invitaba a dejarse imbuir de estos principios cristianos y no se desanimaba por encontrar en los príncipes de este mundo, en los gobernantes de este mundo, una resistencia y una sordera para escuchar sus exhortaciones a abrirse a los principios cristianos para la construcción de la sociedad, para el gobierno de los pueblos.

Así fueron siguiendo las encíclicas en los años siguientes –después de la Rerum Novarum– la Populorum Progressio, la Mater et Magistra... a los cien años de la Rerum Novarum la Sollicitudo rei socialis, hasta que llegamos a la última encíclica destinada a las cuestiones sociales de Benedicto XVI: Caritas in Veritatis, allí nos dice el Papa que la Caridad se realiza en la Verdad e invita por lo tanto a que también se tenga en cuenta la verdad revelada en los asuntos del gobierno de la sociedad.

Esta insistencia del Papa en abrirse a la verdad revelada la repite de muchas maneras, ya lo había dicho en el famoso discurso en la Universidad de Ratisbona, allí dirigiéndose al mundo universitario reflexionaba con ellos diciendo que una razón que no se reconoce limitada es irracional, que la razón racional reconoce que tiene límites en el poder alcanzar el conocimiento de las cosas y que por lo tanto es razonable abrirse a otras fuentes de conocimiento que vienen de fuera del ámbito de la razón, y especialmente el Papa se refería a la revelación cristiana, dijo que es razonable abrirse a la revelación cristiana, que ello no es algo contrario a la razón, y que de eso teníamos ejemplo en la historia de la Iglesia, así como la fe se había abierto a la razón, la razón se había abierto a la fe, y con eso se habían enriquecido mutuamente para dar origen a los siglos cristianos y a un crecimiento de la civilización occidental.

Lo que les dijo a los universitarios lo dice ahora –con la Encíclica Caritas in Veritatis– a los gobernantes de este mundo, diciéndoles que se deben abrir a la verdad.

Por lo tanto la caridad es la verdad acerca del amor, es la que inspira al ser humano, debe inspirar al individuo pero también a la sociedad, y solamente de esa manera se puede realizar el bien común.

Ya en la carta sobre el amor humano el Papa había dicho que si los gobernantes se desentienden del bien común se transforman –y asombra la dureza de estas palabras en Papa– en una mafia de ladrones. Si se desinteresan del bien común, y ponen su gobierno puramente al servicio de los intereses comerciales y económicos, entran en una mafia de ladrones.

Pero esta civilización del amor de la que nos hablo Pablo VI, este reinado social de Jesucristo, que no debemos entenderlo como un mandato utópico de una instauración de un reino mesiánico sobre la tierra; sabemos, y los Papas que nos hablan de esto lo saben perfectamente bien, que hay fuerzas históricas que se oponen al reino de Dios.

Ya el Papa Juan Pablo II en su carta sobre el Espíritu Santo había hablado de las resistencias históricas a la acción del Espíritu Santo, refiriéndose nominalmente al materialismo, como la ideología materialista es un obstáculo que se opone a la acción del Espíritu Santo y explícitamente en las ideologías que las inspira, que precisamente se oponen a la fe en el Espíritu Santo y la consideran una alienación. 

¿Cómo logramos entonces la civilización del amor?, ¿cuál es el principal camino?, es el dejarnos engendrar por el Padre, el que el Padre pueda construir con nosotros como piedras vivas esa Jerusalén celeste, esa casa de los hijos de Dios, que se va construyendo en la historia y que culminará en la Jerusalén celestial.

Y ¿cómo es que nosotros nos dejemos engendrar por el Padre celestial?, eso vino a enseñarnos Nuestro Señor Jesucristo.

Estoy predicando en muchos lados el Sermón de la Montaña precisamente como el núcleo central de la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo, qué el predicó sin duda no sólo en la montaña, sino en la llanura, en el lago y en muchos lados. 

¿Y que viene Nuestro Señor Jesucristo a enseñarnos?, no es una doctrina ajena a lo él mismo es como ser humano y como persona del Verbo hecho hombre, es él mismo, el Hijo eterno de Dios que vive en su naturaleza humana lo mismo que él vive divinamente en su naturaleza divina, el recibirse del Padre, es Dios capaz de recibir amor, el Padre es la fuente del amor en la Santísima Trinidad, es Dios en cuanto ese impulso de darse enteramente sin ningún interés, sin ningún deseo de dominar sino por pura donatividad. Por eso las desconfianzas frente al Padre, los miedos frente al Padre, son irracionales no son verdaderos.

Sólo puede tener miedo al Padre –tal como lo reveló Nuestro Señor Jesucristo– alguien que está en la ignorancia o en error, el Padre es deseo purísimo de donación, se lo manifiesta en el padre del hijo pródigo que ama tanto al pródigo como al acedioso (al hermano mayor), el Padre se entrega totalmente pero no hay otro Dios a quien el pueda entregarse, solo puede entregarse a sí mismo, y Dios en cuanto a que es capaz de recibirse a sí mismo, de recibir todo el amor que es capaz de dar, es el Hijo, el Hijo es por lo tanto receptividad divina pura de amor divino que se entrega puramente.

Y ese es el que se hace hombre, ese es el que toma una humanidad, y eso es el que nos quiere venir a enseñar: que también nosotros nos dispongamos, abramos todo nuestro ser y nuestro corazón para recibir ese amor de Dios en la plenitud de lo que Él quiere darnos y nosotros somos capaces de recibir. Eso viene a enseñarnos Nuestro Señor Jesucristo, toda su doctrina se resume en eso.

Desde el comienzo del Sermón de la Montaña él nos dice que los hombres deben ver nuestras obras buenas filiales para glorificar al Padre, que nosotros no debemos buscar nuestra propia gloria, que si somos hijos viviremos para glorificar al Padre de quien lo recibimos todo, y que si vivimos así entonces el Padre nos bienaventurizará.

Las ocho bienaventuranzas son las obras del Padre con los que viven como hijos, y esa bienaventuranza que el Padre da a sus hijos redunda en gloria suya, y hay una corriente entonces, como una especie de competencia, de rivalidad, por quien glorifica a quien, el Hijo glorifica al Padre y el Padre se empeña en glorificar al Hijo, por eso cuando el Hijo manifiesta en la cruz su amor de Hijo al Padre, entregándole su espíritu, entregándose totalmente en sus manos porque se reconoce totalmente venido del Padre, en ese momento el Padre también –como respondiendo a esa entrega del Hijo– le da vida nueva, lo resucita, porque no puede entregar a la muerte a quien se entrega asi al Padre.

El Hijo se entrega totalmente, “en tus manos encomiendo mi espíritu”, y el Padre lo resucita al tercer día, todo esto sucede –queridos hermanos– para nuestra enseñanza y nuestro ánimo.

Si el Padre hubiese querido instalar sobre la tierra una civilización del amor al modo mesiánico, el Hijo lo habría hecho, pero no lo quiso hacer para enseñarnos a nosotros que tampoco es esa nuestra tarea en la historia, que nuestra tarea es dejarnos engendrar por el Padre, y al Padre le corresponde decidir de que manera nuestra docilidad le permite a Él actuar también alrededor nuestro, porque volcándose en nosotros, en sus obras y en sus palabras, se hará no nuestro plan sino la voluntad divina y el plan divino el que obra a través de nosotros, obras que excede nuestro conocimiento y nuestra capacidad.

Nuestro Señor Jesucristo, verdadero hombre, se reconocía totalmente movido por el Padre. Dice en el Evangelio de San Juan, “yo no puedo hacer nada que no vea que mi Padre hace”, cuando le reprochaban que el violaba el sábado porque obraba en el sábado milagros dice “mi Padre también obra en sábado”, Jesús –por lo tanto– hace lo que recibe del Padre y cuando él habla dice “no puedo decir nada que no oiga decir a mi Padre”.

Jesús es como el reflejo perfecto del Padre, no tiene nada propio, ni necesita tenerlo, porque confía que el Padre se lo entrega y le hace ser y le mantiene en el ser. El es el Hijo de Dios desde siempre y para siempre, eternamente, sin principio ni fin, engendrado por vía del conocimiento, el Padre se conoce y ese conocimiento perfectísimo de sí mismo es el Hijo. 

Él nos viene a dar a conocer al Padre, Jesús dice “al Padre nadie lo vio jamás”, el Hijo de Dios que vive eternamente vuelto hacia el seno de la gloria del Padre, hacia el seno del amor del Padre, ese nos lo dio a conocer. Él es el revelador del Padre.

Pero nos lo revela si lo seguimos en nosotros en el proceso de la generación, dice en el capítulo 19 versículo 28 del Evangelio de San Mateo una promesa de Nuestro Señor Jesucristo: “vosotros, los que me habéis seguido en la regeneración, en los últimos tiempos, cuando venga el hijo de hombre, os sentaréis también con el Hijo en doce tronos”, en esta palabra de Nuestro Señor Jesucristo vemos que no nos pide que lo sigamos como discípulos en una doctrina teórica sino que lo sigamos como discípulos en un proceso de generación, “los que me habéis seguido en la regeneración”.

Nuestra vida cristiana es eso, dejarnos engendrar por el Padre, recibir la gracia, abrirnos a la gracia, ser dóciles a la gracia, quitar impedimentos, renunciar al pecado, es lo que hacemos en el bautismo: renunciar al pecado, al mundo, a Satanás, a sus pompas y sus obras, quedamos así disponibles para que el Padre nos engendre, es ese sacramento del bautismo que se nos concedió una vez al comienzo de nuestra vida cristiana, es el mismo sacramento que debemos seguir viviendo a lo largo de nuestra existencia, quitando los impedimentos, renunciando a Satanás, a sus pompas y sus obras, renunciando al pecado, a la carne y al mundo, quitando obstáculos e impedimentos, dejando al Padre libre para que obre con su gracia, permitiéndole obrar en nosotros. 

El Padre no puede obrar en nosotros si nosotros no lo queremos, si le ponemos obstáculos con nuestra voluntad, si nuestra voluntad prefiere otra cosa a su gracia divina, tenemos que poner nuestro deseo en Él, y si estamos así conectados –de corazón a corazón– con este vínculo amoroso a Dios Padre, entonces Él se vale de nosotros y nos hace luz del mundo y sal de la tierra, para eso nuestra justicia –dice el Señor– debe ser la justicia filial, debe ser imitar la perfección del Padre, “ser perfectos cono nuestro Padre celestial es perfecto, misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso”.

¿Y cómo es perfecto y misericordioso?, como Nuestro Señor Jesucristo, “el que me ha visto a mí ha visto al Padre”, y si nosotros –queridos hermanos– tenemos la bienaventuranza envidiable, y que todos debemos anhelar y desear, el mayor bien que podemos soñar en nuestra vida terrena, si nosotros vivimos así entonces el Padre irradia a través de nosotros, como irradió a través de su hijo Jesucristo, en la medida de cada uno, colmados de la gracia, evidentemente los recipientes son distintos, puede haber un vasito pequeño pero estará lleno, puede haber un vaso grande y estará lleno, estaremos colmados de la gracia de Dios en la medida de su deseo, de su designio eterno sobre cada uno de nosotros, pero colmados plenamente y haciendo sobre la tierra lo que el Padre desea que hagamos. ¡Qué maravilla queridos hermanos!, así se construye la civilización del amor, así se va construyendo con piedras vivas y como un templo a la gloria de Dios Padre –con piedras vivas– este templo celestial.

Esta es la vocación que Jesús vino a traernos, la de vivir como hijos, vivir como el Hijo.

Y en el Sermón de la Montaña nos va dando, como en cinco lecciones, las instrucciones para vivir como hijos, vivir para la gloria del Padre y entonces seremos bienaventurados, no querer ser dueños de nosotros mismos ni de nuestro espíritu, sino ser pobres de espíritu y entregarle nuestro espíritu al Padre como Jesús se lo entrego.

En una segunda lección que nuestra justicia supere la de los escribas y fariseos, sin abolir la ley –porque él no viene a abolirla– sino a darle cumplimiento, ya no como una ley con la cual se sirve a Dios en un servicio que puede ser de un servidor pero que todavía no es de hijo, no, ahora es servir al Padre como hijo, esa es la ley plena, y por lo tanto imitar al Padre, en la perfección del Padre, “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, pero como eso no se puede imitar desde afuera sino desde dentro de la vinculación amorosa con el Padre, más que una ley es un permiso que se nos da, podemos ser perfectos, porque nuestro Padre, el que nos engendra es perfecto, el que nos comunica la vida es perfecto.

Y por eso en la lección central del Sermón de la Montaña Nuestro Señor Jesucristo nos dice “pero ustedes no obren su justicia de hijos de cara a los hombres, pensando lo que van a decir de ustedes los hombres, si los van a alabar, si los van a vituperar, si los van a aplaudir o los van a perseguir, no, ustedes vivan de cara al Padre”, Nuestro Señor Jesucristo nos invita a que el “tú” principal de nuestra vida sea el Padre.

Misteriosamente, paradójicamente, viviendo de cara al Padre es como iluminamos el mundo, si nos ponemos de cara al mundo nos dominan las tinieblas del mundo y no pasa la luz de Dios a través de nosotros, y por lo tanto nos dice Nuestro Señor Jesucristo: cuando ustedes haban misericordia, cuando den limosna, no anden buscando que los hombres vean su bondad, ustedes ocúltense al hacer misericordia y el Padre les enseñará a ser misericordioso como Él lo es, porque su misericordia tiene necesidad de purificación.

La misericordia, sino es la misericordia de los hijos, va a ser la misericordia de los hombres pecadores heridos por el pecado original, que siempre va infusionada de alguna mescla del propio interés o de temor por si mismo al ver la debilidad de aquel a quien se va a ayudar, a veces uno puede tener tal terror a los pobres que quiera que los pobres no existan o también puede suceder que hacemos misericordia con unos siendo injustos con otros, que le quitamos a uno lo que le estamos dando al otro. Nuestra misericordia debe ser LA del Padre, y ¿cómo la podemos recibir sino es viviendo de cara al Padre?, si vivís de cara al Padre, Él os dará de sí, hay traducciones que dicen “os premiará” es una mala traducción del griego, lo correcto es “os dará de sí”, no me va a dar una cosa distinta de lo que el Padre es, me va a dar del Padre mismo, me va a dar de su misma misericordia, de su vida.

En el centro de esta tercera lección está el Padrenuestro, en el Padrenuestro que es el corazón del Sermón de la Montaña Nuestro Señor Jesucristo, después de habernos hablado acerca del Padre, nos pone directamente ahora a hablar con el Padre, y a hablar con el Padre desde los deseos de un corazón de hijo; el Padrenuestro quiere enseñarnos deseos de hijo para poderlos expresar al Padre, tenemos que recibir del Padre también lo que deseamos, Él nos ha dado el deseo para que deseemos lo que Él desea.

¿Y qué le pedimos?, que el sea conocido, que su nombre sea santificado por todos, que la vida filial venga a todos los hombres, que su reino se instale en toda la humanidad, son los deseos del corazón de hijo, que todos te conozcan, que todos vivan como hijos, que todos hagan tu voluntad así en el cielo como en la tierra, esta es la civilización del amor que anhela el corazón de los hijos, que venga el reino del Padre así en el cielo como en la tierra, que se haga la voluntad del Padre, no hay un atajo para lograr la civilización del amor sobre la tierra que no pase por este deseo de los hijos que le ruegan al Padre que Él lo realice.

Después vienen las peticiones para nosotros porque sabemos que estamos en peligro, por que sabemos que nuestro ser filial necesita ser alimentado por el cuerpo y la sangre del Hijo, danos hoy nuestro pan de cada día, el Pan de la Eucaristía, el Pan de tu Palabra, el Pan de tu Espíritu Santo que nos hace hijos, danos también tus consuelos divinos, manifiéstate a nosotros, danos te a conocer Padre para que te conozcamos como hijos.

Y perdona nuestras ofensas, las nuestras, las que más te duelen, las de tus hijos, nuestras desconfianzas, nuestros pecados, nuestras reticencias, nuestros miedos, ¿cómo es posible que tengamos miedo al Padre?, y sin embargo Padre –hoy en día– que poco se habla de ti, a veces que poco incluso en las predicaciones de algunas confesiones cristianas pero también en la Iglesia católica, a veces tú pasas a un segundo plano, se habla de tu Hijo Jesucristo, a veces como Cristo o como Jesús, incluso como el Señor, pero sin poner de relieve de que es el Hijo que nos manifiesta al Padre.

Perdónanos estas ofensas Padre de vivir de espaldas a ti y no conocerte lo suficiente, de no nombrarte, de no anunciarte a los hombres como la Vida, como la fuente de la vida. Y, no nos dejes entrar en la tentación saliendo de la condición de hijos, porque nos acecha el malo líbranos de el.

Estos son los deseos filiales que se nos enseña son lo que tenemos, pero ahora de tú a Tú con el Padre, ¡qué maravilla!, hemos sido introducidos, iniciados en el dialogo con el Padre, queridos hijos, y ahora podemos pedir como dice en el Sermón: pedid y recibiréis, todo lo que pedís como hijos el Padre os lo va a conceder, todo lo que pedís como hijos... ¡pedid la civilización del amor!, claro que si, pedidla, desearla, llorar sobre Jerusalén como el Hijo lloró sobre Jerusalén.

Si conocieras el don de Dios, si esta ciudad conociera el don de Dios, lo que le está prometido, lo que le está ofrecido...

Si nuestra madre Eva pecó por quererse apoderar del amor antes de que el amor le fuera ofrecido y dado, si quiso arrebatar el amor al margen de la libertad divina que iba a donárselo cuando Dios quisiera, en el momento oportuno y predeterminado en su designio eterno, si Eva pecó así,, sus hijos ahora pecamos por menosprecio de un amor que se nos ofrece.

Desde el árbol de la cruz, el fruto del amor de Dios, el cuerpo del amor divino para alimentar nuestro amor filial nos está ofrecido, con que indiferencia lo tratamos.

San Francisco decía llorando, saliendo de una iglesia, “el amor no es amado”, estas palabras me lo recordaba recientemente un amigo comentando estos temas, el amor no es amado, el Padre no es amado, la oferta del amor divino es menospreciada, se da vuelta la cara a la mano tendida... como decía San Pablo, “dejaos reconciliar, yo soy ministro de la reconciliación, Dios viene a vosotros como un suplicante a que os reconciliéis con Él”, y queridos hermanos esta sociedad de la acedia está ireconciliada, es indiferente ante Dios con una indiferencia que esconde el miedo, que esconde la aversión, la incapacidad de darse en Dios, la tristeza y al fin el odio.

Los mártires del siglo pasado en México, en España, en Rusia y en tantos otros lados me asombran –queridos hermanos– porque muchísimos de ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

Si yo hubiera pensado lo que voy a gritar cuando me maten, posiblemente gritaría no me maten, y esto que gritaron nuestros mártires no era una consigna, no era algo que llevaban al martirio para que en el momento de estar frente al pelotón de fusilamiento pudieran decirlo, sino que era algo que yo pienso que ellos mismos se sorprendían al sentir brotar de sus labios esas palabras, porque eran dadas por Dios, no eran una consigna ni social ni de la Acción Católica, ni un propósito propio, sino que era algo que el Espíritu Santo gritó a los perseguidores por la voz de los mártires para conversión de los perseguidores, les grito que Cristo es Rey en la muerte de los suyos, que él reina en esos corazones que llegan hasta la muerte, esa es la civilización del amor y está construida, y sigue siendo construida, con esos mártires, ciento cuarenta mil cristianos por año, ciento cuarenta mil católicos por año, dan su vida por Cristo en situaciones de martirio, uno cada cinco minutos, así se está construyendo la civilización del amor sobre la tierra, y de ese reino que se construye con piedras vivas que aman a Dios más que a su propia vida, más que a esta vida terrena, porque saben que el Padre les va a dar vida eterna, con esas piedras se construye la civilización del amor, ¡qué maravilla!.

Queridos hermanos, pidamos al Señor ser piedras vivas de esa Jerusalén celeste y con esa petición me despido de ustedes, pidiendo la bendición del Padre, que Dios todopoderoso los bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no nos dejes caer en la tentación, en esta civilización de la acedia donde tú nos colocaste, líbranos del malo, del príncipe de la acedia, Amén.

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