IV- El demonio de la acedia: 12. Lucha y victoria sobre la acedia

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

A lo largo de nuestros encuentros en que nos hemos ido ocupando de este fenómeno, hemos ido apreciando la importancia que tiene y como y como ignorar la acedia es ignorar un aspecto esencial del mensaje cristiano, de la revelación de Dios, de la revelación cristiana.

En este espacio nos vamos a ocupar por lo tanto de la lucha que implica la acedia para el hombre creyente, la lucha espiritual, que a comenzado con Cristo pero sigue empeñándose con la Iglesia a lo largo de los siglos, y la victoria sobre la acedia que Nuestro Señor Jesucristo nos promete y nos asegura si permanecemos fieles a Él y lo seguimos.

Victoria que es el triunfo del amor sobre el desamor, porque, hemos visto al comienzo de esta serie, que la acedia es el pecado contra la caridad.

Recordemos como el Catecismo de la Iglesia Católica enumeraba los pecados contra la caridad diciendo que eran: indiferencia, ingratitud, tibieza, acedia y odio a Dios.

Y decíamos que, en el fondo, todos ellos se reducen a la acedia o son distintas formas de la acedia, son defectos del amor.

1.- La indiferencia ante el que nos ama;
2.- La ingratitud ante el que nos ama;
3.- La tibieza en el amor al que nos ama; o
4.- El odio al que nos ama.

Son todas formas de la debilidad del conocimiento del bien, o de confundir el bien con el mal. Esa es la acedia.

Pero esta descripciones teóricas que hemos hecho nos pueden hacer olvidar o perder de vista que estos son fenómenos personales, que lo que está en juego aquí es la lucha entre el creador y la creatura libre que puede rebelarse contra el creador, y Satanás es eso, el demonio es eso, es un ángel de luz que se revela contra Dios y dice no serviré, que considera que Dios es malo, y que por lo tanto trata de destruir la obra creadora de Dios, especialmente destruir al ser humano, al varón y a la mujer, abolir la obra de Dios.

Ya en el comienzo de la Sagrada Escritura aparece esta lucha. Dios, en el primer acto de la creación del Paraíso, crea al barón y a la mujer, los destina a un destino glorioso, a gobernar todas las cosas, a entregarle el mundo como regalo de bodas... y en el segundo acto aparece inmediatamente la serpiente oponiéndose a este plan de Dios y tratando de destruirlo, trata de abolir el plan, pero no sólo el plan, sino de abolir al varón como varón, y a la mujer como mujer.

Y logra, parece, en un tercer acto vemos las penas de lo que ha logrado ese ataque demoníaco intentando abolir al varón y a la mujer, y por lo tanto su amor, y su descendencia, y gobierna una humanidad amorosa de Dios sobre las criaturas, participando en el gobierno de la Divina Providencia.

Esa lucha está entablada, en esa lucha llegamos hasta nuestros tiempos, pero ha habido un acto nuevo que es el de la encarnación del Verbo, en el que el Verbo ha venido para remediar y para desarticular ese esfuerzo de demolición de las fuerzas demoníacas. 

Nuestro Señor Jesucristo en su última cena, cuando está por despedirse de sus discípulos rumbo a la pasión, les dice:

Yo no estoy solo porque el Padre está conmigo. Estas cosas las he hablado con ustedes para que tengáis paz. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡confiad! yo he vencido al mundo.

Jesús nos anuncia que tendremos tribulaciones en este mundo, no podemos ilusionarnos los cristianos, no es el discípulo mayor que su maestro, anuncia Jesús en otro pasaje del Evangelio, “sí a mi me han perseguido, a vosotros os perseguirán”, “el que a vosotros desprecia, a mi me desprecia, y el que me desprecia a mí desprecia a aquel que me envió”, estamos en esa comunión con el Padre y con el Hijo y por lo tanto “si por eso queréis matarme –va a decir Jesús– es porque no conocéis al Padre”. Y por lo tanto, la oposición a Cristo, la oposición en el martirio, es consecuencia de esta lucha que está entablada.

Jesús nos anuncia la lucha pero nos anuncia la victoria, y es a esto a lo que quería dedicar con ustedes este tiempo, leyendo algunos textos de la Sagrada Escritura que nos iluminan sobre esto.

Otro texto de la victoria, en la primera carta de Juan, en el capítulo V, dice:

Porque este es el amor de Dios que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados. (1 Jn 5, 3)

Claro, para los hijos no son pesados los mandamientos del Padre, porque si amamos al Padre hacer su voluntad no es pesado, el amor hace liviano inclusive aquello que para otros puede parecer imposible, el amor facilita todas las cosas, y continúa San Juan:

Porque todo –todo hijo de Dios– el que ha nacido de Dios vence al mundo (1 Jn 5, 4)

El Hijo de Dios vence al mundo, Cristo ha vencido al mundo, y nosotros participamos en esa victoria si vivimos como hijos.

Y esta es la victoria que venció al mundo, nuestra fe.(1 Jn 5, 4).

¡Qué profundidad la de este texto, queridos hermanos!, hay que dejar que este texto ilumine nuestra vida, nuestra fe nos da la victoria sobre el mundo, no nos la da acciones exteriores, podemos aparecer como derrotados ante el mundo por mantenernos creyentes y vivir nuestra fe, como los mártires parecieron quizás débiles o vencidos ante el mundo pero fueron vencedores porque mantuvieron su fe hasta el final.

Esta es la visión que Cristo tiene acerca de la victoria, hay una revelación acerca de nuestra lucha, de las características de nuestra lucha, de la naturaleza teológica, religiosa, de nuestra lucha, y de cual es también la victoria que se nos promete, si nosotros permanecemos creyentes hasta el fin vencemos al mundo, el mundo no ha podido nada en nosotros.

Cuando más el mundo parece poderoso ante nosotros, cada uno de nosotros puede experimentar y decirse pero a mí no me ha vencido, ¿como es posible que un mundo tan poderoso, ante el cual sucumben tantos que yo he conocido, incluso sacerdotes o gente que parecía santa y ha sucumbido ante el mundo, qué pasa conmigo que no he sucumbido?, ¿a qué se debe esta victoria de la gracia en mí, que yo experimento como algo superior a mis fuerzas porque soy bien consciente de mi debilidad?.

Nuestra lucha, queridos hermanos, nos la explica San Pablo en la carta a los efesios, en el capítulo VI, versículo 10 y siguientes, diciéndonos, exhortándonos a que nos fortalezcamos en el Señor, en su ejemplo, en la comunión con Él, diciendo:

Por lo demás, confortaos en el Señor y en el poder de su fuerza. (Efesios 6, 10)

Fíjense en la redundancia esta: la fuerza nos viene del Señor, y continúa:

Revestidos de la armadura de Dios –como los antiguos soldados que se revestían para el combate con una armadura–, para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo.(Efesios 6, 11)

¿Cómo?, ¿acechanzas del diablo?, ¿vamos a luchar contra el diablo?, sí, nos dice Pablo, y nos explica:

Porque nuestra lucha no es contra no es contra carne y sangre. (Efesios 6, 12)

Es decir no es contra seres humanos, podrán parecer pero son servidores de una fuerza superior que los mueve y que de pronto ellos mismos ignoran.

Sino que nuestra lucha es contra los principados, las potestades, los poderes de las tinieblas de este mundo y de este siglo (Efesios 6, 12)

Es decir los ángeles caídos, el príncipe de este mundo que lo maneja. Claro porque el demonio en el Paraíso se anotó una victoria que fue hacer que nuestros primeros padres pecaran y que todos nosotros naciéramos con el pecado original, por lo tanto los hombres pecadores, que nacen con el pecado original, ya desde Babel, desde esa ciudad que se quiere levantar hasta alcanzar a Dios y usurpar el poder divino, está herida por el pecado original, y por lo tanto nuestra lucha es contra esos hombres carnales que no han sido redimidos, que no conocen el amor de Dios, y que se oponen al amor de Dios movidos por el espíritu de acedia que los hace considerarnos malos.

Nuestra lucha no es contra ellos, es contra los poderes de las tinieblas, y entonces nos exhorta San Pablo a:

Por eso, tomen la armadura de Dios para que puedan oponer resistencia en el día malo –y, así, prevenidos con todos los aprestos de un militar–,y sosténganse firmes en esta lucha.
Pónganse de pie, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, calzados los pies con la preparación pronta para el evangelio de la paz, embrazando en todas ocasiones el escudo de la fe, con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado.
Tomad también el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu Santo, que es la palabra de Dios; siempre en oración y súplica.
En todo tiempo en el Espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y súplica.
(Efesios 6, 13-18)

Claramente aquí Pablo nos pone que nuestro enemigo principal es el príncipe de este mundo, es el demonio, pero nosotros luchamos con el Espíritu Santo. Todas esas alegorías que hace Pablo, esas corazas, son las obras del Espíritu Santo, el Espíritu Santo nos fortalece, él es el gozo del Señor en nuestra fortaleza en este combate.

Pero nuestro combate –nos dice la tradición cristiana– es contra el príncipe de este mundo en primer lugar, pero el príncipe de este mundo organiza a los hombres que le pertenecen, a la raza de serpientes que dice Nuestro Señor Jesucristo, a los hijos de Satanás; los organiza en lo que la Escritura llama el mundo, la sociedad perversa, la Babilonia.

San Agustín va a hablar de que existen en la historia dos ciudades, la Babilonia y la Jerusalén, la Jerusalén es la Iglesia, es la que ama a Dios y aborrece el mundo y la Babilonia es la que ama el mundo y aborrece a Dios. Nosotros pertenecemos a la Jerusalén celestial, queremos pertenecer a ella, estamos en lucha con la Babilonia.

Pero también, en ultimo lugar, nuestro enemigo es nuestra propia carne herida por el pecado original, de modo que nosotros luchamos contra la carne, contra el mundo y contra el príncipe de este mundo.

La lucha contra la carne nos la explica San Pablo principalmente en el capítulo VII de la carta a los romanos, donde habla de esa lucha que experimenta el hombre en si mismo:

Porqie se que no habita en mi el bien –quiere decir la carne, la carne para San Pablo es el hombre herido por el pecado original y todavía no sanado por la gracia–, quiere decir, en mi carne cosa buena; porque querer el bien lo tengo a mano, pero el poner en obra lo bueno no. (Romanos 7,18)

Conozco los valores, pero me falta la virtud para ponerlo en práctica.

Porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro.(Romanos 7, 19)

Quiero hacer el bien y obror el mal, se que obro el mal y no me puedo corregir. Los adictos sí podrán comprender esta ley que tienen en su corazón, quisieran dejar la adicción y no logran salir de ella porque se ha convertido como en una cárcel, eso es la prisión de la carne, de eso nos tiene que librar el Señor también, del desorden de nuestras pasiones que nos quitan la libertad y nos hace adictos al mal, a un mal que reconocemos pero que no podemos zafar. 

Esa es la lucha contra la carne, también sobre eso el Señor nos asegura la victoria, dice San Pablo al final del capítulo VIII, precisamente después de hablar de la vida en el espíritu y la libertad de los hijos de Dios, animando a los cristianos a esta lucha, diciendo:

¿Qué diremos pues a estas cosas? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? Aquel que a su propio hijo no le perdonó, sino que que por nosotros lo entregó. (Romanos 8, 31-32)

Como no juntamente con el nos dará la gracia en todas las cosas. Un mensaje hermoso para quienes están sufriendo la adicción, no deben bajar los brazos, deben acercarse al Cristo victorioso para participar en su victoria.

¿Quien presentará acusación contra los elegidos de Dios? Dios es quien justifica ¿Quién será el que condene?.
¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; o más bien el que resucitó, quien así mismo esta a la diestra de Dios e intercede por nosotros? 
(Romanos 8, 33-34)

¿Quién nos apartará de este amor de Cristo?, el espíritu de la acedia es quien nos quiere apartar de Cristo, la tribulación de las persecuciones, la angustia, el hambre, desnudez, el peligro, la espada, las carencias humanas. Según está escrito:

Por tu causa somos matados todo el día. (Romanos 8, 36) 
En todas estas cosas –dice Pablo, y esta es la frase que culmina todo esto–, soberanamente vencemos por obra de aquél que nos amo. (Romanos 8, 37)

Aquí esta la victoria, después de hacer la enumeración de las cosas que pueden erosionar nuestro amor a Dios y frenarnos en el camino que vamos corriendo hacia el amor de Dios que nos alcanzó primero, en todas estas cosas el Cristiano súper vence.

En griego usa una expresión muy fuerte hypernicomen súper vencemos por aquel que nos amó.

Acá tenemos entonces la victoria sobre la carne, la victoria sobre el mundo, la victoria sobre Satanás.

Otro texto que quiero comentar con ustedes, es el de la carta a los gálatas, capítulo 5, que nos explica muy bien la causa de la acedia y la naturaleza de esta lucha que se entabla en nosotros, que tenemos entablada también a nivel de nuestra carne, pero que podemos ver después entablada en el mundo y dirigida, teledirigida, por el príncipe de este mundo.

En el capítulo V de la carta a los gálatas San Pablo nos dice:

Vosotros fuisteis llamados a la libertad hermanos, sólo que no toméis esa libertad –la libertad de ser hijos para hacer la voluntad del Padre– como pretexto para soltar las riendas a la carne –es decir a las pasiones–. Sino que por la caridad –por el amor al Padre– haceros servidores los unos de los otros –servirnos como hermanos en el camino al Padre–.Porque la ley entera condensa su plenitud en una sola palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 
Pero si los unos a los otros os mordéis y devoráis, mirad no os aniquiléis los unos a los otros.
 (Gálatas 5, 13-15)

Este es el escándalo de la división entre los cristianos que se debe a una debilidad en su espíritu filial, ¿por qué no nos sentimos y vivimos como hermanos?, ¿por qué no vivimos con intensidad nuestro ser hijos?, y muchas veces nos esforzamos en remediar las divisiones tratando de cultivar la fraternidad y eso es inútil, tenemos que tratar de fomentar y cultivar nuestra filialidad, unirnos al Padre como hijos, eso nos une como con redundancia, a los demás como hermanos. Si no estamos unidos todos al Padre, no podemos estar unidos entre nosotros.

La debilidad de la unidad de los cristianos se debe a esa debilidad de su unión amorosa con Dios Padre. Y esto ocurre por la acedia, por la tibieza, por la tibieza del amor al Padre somos tibios en nuestro amor fraterno.

Si los unos a los otros os mordéis... os aniquilaréis. Digo pues, caminad en Espíritu y no daréis satisfacción a las concupiscencias de la carne. (Gálatas 5, 16)

Acá están los dos polos que hay en nosotros a los que se refería San Pablo cuando hablaba de esa lucha que hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero, y continua:

Porque la carne tiene deseos contrarios al Espíritu, y el Espíritu deseos contrarios a la carne.

Este antagonismo entre carne y Espíritu que es una lucha que está dentro de nosotros, porque en nosotros está el pecado original y en nosotros está la gracia luchando uno contra el otro.

Esta oposición entre la carne y el Espíritu nos divide interiormente y explica por lo tanto los momentos de acedia y las tentaciones de acedia que nosotros podemos padecer, la que vimos que padecían los monjes, ,la que vimos que padecían los perseguidores y los perseguidos.

Hay apetitos contrarios de la carne y del Espíritu, el Espíritu ama a Dios y quiere el amor de Dios, y ese amor de Dios muchas veces implica el sacrificio de los apetitos de la carne, implica sufrimiento, el amor sacrifica. El amor sacrifica.

Esta oposición de los deseos de la carne opuestos a los deseos del Espíritu, y los deseos del Espíritu opuestos a los deseos de la carne, son los que explican la posibilidad de que el demonio intervenga en nosotros, oponiendo precisamente nuestros buenos deseos espirituales, oponiéndoles la rebeldía de nuestra carne, la rebelión de la carne, como vimos que sucedía en la acedia en los monasterios.

Para terminar este espacio, veamos un poco lo que nos dice San Pablo acerca de las obras de la carne y los frutos del Espíritu. Fíjense que va a oponer obras de carne –por que son obras nuestras– y frutos del Espíritu porque son lo que la gracia produce en nosotros como un fruto, como un fruto espiritual, fructifica en nosotros la vida divina. No son obras nuestras, son obras que recibimos. Son nuestras pero las recibimos del Padre.

Dice Pablo: Si os dejáis llevar por el Espíritu no estáis bajo la presión de la ley. Porque son patentes las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas –discusiones, riñas, divisiones–, envidias, furores –ira–, provocaciones, maltrato, banderías –partidos, sectas, separaciones de personas–, homicidios –se puede matar de hecho o de palabra–, borracheras, adicciones, comilonas y cosas semejantes a estas, sobre cuales os prevengo, como yo os previne que los que tales obras hacen no entrarán en el Reino de Dios. (Gálatas 5, 18-21)

Es decir no serán hijos, los que hacen estas cosas no viven como hijos, el Reino de Dios es la condición filial misma, es ser hijo, el que obra estas cosas no es hijo.

Pero los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia –longanimidad–, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia. Frente a tales cosas no tiene objeto la ley.(Gálatas 5, 22-23)

Y en todas estas cosas vencemos por aquel que nos amó.

Hasta el próximo espacio en que nos despediremos de esta serie dedicada al demonio de la acedia.

IV- El demonio de la acedia: 11. Causas y Remedios al mal de la Acedia

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Hoy nos toca ocuparnos, en este capítulo 11 de esta serie, de las causas y los remedios para este mal de la acedia que es un mal espiritual, que se manifiesta en males morales y hasta físicos, pero cuya raíz es espiritual.

Los profetas Jeremías e Isaías nos han enseñado, como vimos en uno de los espacios anteriores, lo que es la acedia como ceguera para el bien o como confusión del bien y el mal, tomar el mal por bien y el bien por mal.

La acedia, como ceguera, se encuentra más bien situada como un fenómeno de la inteligencia, es una ignorancia, no se conoce el bien, se es ciego para el bien, y es consecuencia por lo tanto del pecado original.

El pecado original hirió a la naturaleza humana entre otras cosas con la ignorancia, principalmente con la ignorancia acerca de Dios, y eso permitió que Eva, por ejemplo, tomara a Dios por malo según la sugerencia que la serpiente le hacía de que Dios era egoísta y que no quería darles del fruto del árbol del amor de Dios, el árbol del conocimiento del bien y del mal, y que pensando que Dios no se lo daría se adelantó en querer tomarlo ella, por ignorancia.

La consecuencia del pecado original, en el comienzo, fue esa ignorancia acerca de los designios divinos que eran el darle –al ser humano– el fruto del amor, del árbol del amor divino que es la Santa Cruz, donde se daba el amor de Dios, como el amor del Hijo, para todos nosotros en forma eximia, maravillosa, casi asombrosa, y hasta atemorizante por ese adelanto, ese atropello del amor de Dios que viene a buscarnos y que puede hacernos vacilar. 

Esa ignorancia es causa de la acedia, no se conoce el bien de Dios, se está ciego para el bien de Dios, no se conocen tampoco los caminos de Dios, se ignoran los caminos de Dios en esta revelación histórica y se busca a Dios por otros caminos por los cuales el hombre no lo puede alcanzar, por ejemplo los caminos psicológicos, los caminos del sentimiento, los caminos de la imaginación, los caminos puramente naturales, de las potencias naturales del hombre.

Las potencias naturales del hombre nunca pueden llegar al conocimiento de Dios sin una revelación divina en la historia, y Él eligió revelársenos en forma aprensible para nuestra condición humana, en forma de hombre, para que pudiéramos conocer el amor de Dios hecho hombre, lo hemos conocido en Nuestro Señor Jesucristo, es la fe en Nuestro Señor Jesucristo la que nos pone en conocimiento ahora del amor de Dios y del bien de Dios.

Dudar del amor de Dios es un efecto de la acedia, es una raíz de la acedia, por lo tanto es una falta de percepción, una apercepción de Dios, del bien divino.

Pero también se puede tomar el mal por bien y el bien por mal, existieron contemporáneos de Nuestro Señor Jesucristo y a lo largo de toda la historia han existido muchos que han pensado que la revelación de Jesucristo era una mentira, era una mal. Otros han pensado que su doctrina era un daño para la madurez del hombre o para el bien social, o el bien de la cultura o el bien de la historia, que era necesario emanciparse de esta fe en Jesucristo y emancipar a los hombres de esta fe en Jesucristo para alcanzar el bien.

Otros han querido aceptar solamente lo que el hombre puede alcanzar por medio de la razón y negarse a toda otra fuente de conocimiento que fuera la razón, desconociendo que la razón es limitada y que una razón que no conoce sus propias limitaciones es irracional.

Por lo tanto allí tenemos otra consecuencia de esta ignorancia que es una de las raíces de la acedia, uno de los motivos –en la naturaleza caída por el pecado original- del mal de acedia en el hombre.

La acedia se presenta como una corrupción de la inteligencia, pero si bien miramos, esta corrupción de la inteligencia tiene a su vez su raíz en una corrupción de los apetitos. Hay, a consecuencia del pecado original, una corrupción de los apetitos del hombre, de modo que el apetito de los bienes se desordena y no obedece a la razón, y puede incidir en que la razón se distraiga de los verdaderos bienes y quede la inteligencia limitada a la consideración de algunos bienes solamente, de los bienes creados, apartándose de la consideración de los bienes divinos, ya sea por ignorancia, ya sea por distracción.

Esas son las causas que hay en las potencias humanas para que el hombre pierda de vista el bien divino, se entretenga o se distraiga con los bienes creados o simplemente no piense en los bienes divinos o los ignore.

Pero hay una circulación entre los apetitos del hombre, desordenados por el pecado original, y también la herida en la inteligencia del hombre, que es la ignorancia acerca de los bienes verdaderos, de los bienes divinos.

De estas cosas nos habla también la Sagrada Escritura, San Pablo nos da en la carta a los Gálatas en el capítulo V una enseñanza que nos permite comprender este conflicto que hay en el hombre entre sus potencias, las potencias intelectuales y espirituales y las potencias sensibles, las potencias que están más próximas a su naturaleza instintiva, a su naturaleza pasional.

Dice San Pablo en la carta a los Gálatas, en el capítulo V, versículos 16 y 17:

Si vivís según el Espíritu, [como hijos de Dios, en el Espíritu Santo, conociendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Vivir en el Espíritu en Pablo es vivir según la fe, es vivir como discípulo de Cristo aceptando la revelación histórica].
Si vivís según el Espíritu, [como hijos de cara al Padre, según ese Espíritu que nos enseña a decir “Abba Padre”], no daréis satisfacción a las apetencias de la carne [a los apetitos desordenados de la carne]. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne [los apetitos del Espíritu son Dios, las cosas santas, la eternidad; los apetitos de la carne son las cosas de este mundo, los bienes terrenos y perecibles]. Porque los apetitos de la carne y los apetitos del espíritu son antagónicos entre sí, de forma que no hacéis lo que quisierais [nuestro espíritu desea una cosa, pero los apetitos de la carne lo distraen de esos deseos espirituales].

Nuestros apetitos se clasifican, se especifican, por objeto del apetito. Hay un apetito de la comida, un apetito de sexo, un apetito de las cosas santas, también un apetito del espíritu, un apetito de ser amado, un apetito de amor.

Los apetitos de los bienes son aquellas cosas que nos llevan a los bienes, y cada uno se especifica por el bien al que se refiere.

Los dos apetitos de los que nos habla aquí San Pablo son antagónicos porque tienen objetos contrarios, unos son los objetos espirituales, santos y eternos, y otros son los objetos perecederos de esta vida. Nosotros estamos naturalmente en esta historia y necesitamos esos apetitos y dirigirlos con nuestra inteligencia.

Esos dos amores opuestos los encontramos también, expresados de una forma algo diferente, en la Primera Carta de San Juan, donde en el capítulo II, versículos 15 al 16, San Juan nos dice:

Hijitos míos, no améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él [son dos amores antagónicos, no se puede amar al Padre y amar al mundo. El mundo es la organización social y la civilización que crean los hombres que están sumergidos en la ignorancia de Dios, en el pecado, incluso en el rechazo de la revelación histórica del Hijo. El amor del Padre, entonces, es incompatible con el amor del mundo, no se puede amar al Padre –que conocemos a través de Nuestro Señor Jesucristo– y amar al mundo que Jesucristo nos ha mostrado como malo, equivocado y ciego para los bienes de Dios. Son amores incompatibles, como los apetitos de Pablo eran incompatibles].
Y sigue San Juan: Todo lo que hay en el mundo –la concupiscencia de la carne [que son los apetitos instintivos], la concupiscencia de los ojos [que son los apetitos más espirituales] y la vanagloria de la riqueza– [o la soberbia de la vida] no viene del Padre sino del mundo.

¿Y que es lo que nos puede orientar en la elección entre un apetito y otro?, ¿por qué no podemos amar al uno y al otro?, nos lo explica inmediatamente San Juan a continuación diciendo:

Porque el mundo y sus concupiscencias pasan, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Hay que elegir entre lo perecedero y lo eterno, esa es la elección ante la cual nos pone el orden de la caridad.

Tenemos que elegir lo eterno, lo que no pasa, todo lo perecedero pasa. San Pablo va a decir que el que vive para la carne muere con la carne, en cambio quien vive para el Espíritu vivirá eternamente, es una elección entre lo transitorio, lo fugas, lo temporal puramente, lo intraterreno, y esta otra dimensión que, sin arrebatarnos de la tierra ni del tiempo, no coloca en ella en plena verdad, poniéndolo a la luz de la verdad.

La acedia tiene, por lo tanto, como fundamento este conflicto de los amores, este conflicto de las pasiones que tiene su raíz en el desorden del pecado original, que desordenó a las potencias que ya no obedecen a la razón.

En su libro “Cruzando el Umbral de la Esperanza” decía Juan Pablo II, refiriéndose a esta acedia tal como se manifiesta en la cultura, que:

El pecado original es verdaderamente la clave para interpretar la realidad. El pecado original no es tan sólo la violación de una voluntad positiva de Dios [no es solo la desobediencia], sino también, y sobre todo, la motivación que está detrás. La cual tiende a abolir la paternidad de Dios [es decir hay una mirada sobre Dios de ignorancia, que se lo ve como rival, no como Padre no como amoroso].
Poniendo en duda la verdad de Dios que es amor, y dejando la sola conciencia de amo y de esclavo [eso explica que esta cultura mire a Dios no como bueno sino como amo].

Aquí se refiere a la filosofía de Hegel, a la dialéctica del amo y del esclavo, a Dios como rival del hombre y al hombre como rival de Dios, un poco como la visión del mito de Prometeo, que Prometeo tenía que robarle el fuego a unos dioses avaros.

Así el Señor aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre, en consecuencia el hombre se siente inducido a la lucha contra Dios [lo ve como un enemigo a Dios, por eso le teme].

Y este mismo sentimiento contradictorio en el hombre, en el ser humano, entre una atracción –por un lado– hacia Dios y un temor hacia Dios, la afirma el historiador de las religiones Mircea Eliade diciendo que hay en el hombre una fascinación hacia Dios y al mismo tiempo hay como un temor de Dios.

Temor que no es el temor bíblico de Dios, el temor bíblico de Dios es el respeto, sino un miedo a Dios, como posiblemente amenazador y malo, como algo que amenaza a una parte de mi ser.

A esto se refiere San Juan también con su sabiduría, en su primera carta, en el capítulo IV, versículo 18, donde nos dice: El amor perfecto exorciza el miedo. La caridad perfecta que es la caridad filial, cuando conocemos a Dios como Padre, como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y cuando participamos nosotros en el amor de Cristo, eso exorciza el miedo, exorciza la acedia, lo que nos hace ver a Dios como malo. Acá tenemos, entonces, la confirmación de que este fenómeno de la acedia es un fenómeno demoníaco un fenómeno diabólico.

Cuando se pregunta sobre los remedios para la acedia puede haber dos pre-comprensiones acerca de lo que es un remedio, que parten de dos visiones del hecho cristiano: Habrá que pensar en remediar la acedia o habrá que pensar, más bien, en cultivar y preservar la gracia de la caridad allí Dios la ha puesto y nos ha encargado cultivarla.

El mejor remedio es conservar la salud, así el mejor remedio contra la acedia es conservar la gracia y por lo tanto ser fieles a la gracia. Es lo que Nuestro Señor Jesucristo nos dice: “Permaneced en mi amor, yo os he dado ya el don del amor, permaneced en ese don”, lo habéis encontrado, hay que ser fieles a la gracia primera.

En eso está toda la vida cristiana, y en el permanecer fieles a la gracia primera está también la posibilidad de que Dios siga obrando en nosotros para concedernos los bienes que vienen, que no son tampoco fruto de nuestro esfuerzo, sino que son dados por nuestra fidelidad a la gracia primera, el permanecer fieles a lo que Él comenzó a hacer permite que Dios siga actuando en nosotros.

En la otra visión, parece como que Dios ha hecho algo en nosotros y nos ha largado a caminar por nuestra cuenta y todo dependería ahora de nuestro esfuerzo.

Dependería de nuestro esfuerzo el sanarnos de una acedia que nos ha sucedido en el camino como una especie de episodio.

Pienso que en la primera visión nos mantenemos en el gozo inicial, y que la segunda visión, puede ser –sin que lo advirtamos– muchas veces causada por una acedia que se extiende entre los creyentes y crece porque se pierde de vista el gozo de la obra divina realizada en nosotros, el gozo de la salvación, que es lo que debemos celebrar en nuestro culto.

Nos ocupamos ahora de pensar un poco sobre los remedios para la acedia. Una parte del remedio del mal está en conocer el mal, el Arcipreste Alfonso Martínez de Toledo, el Arcipreste de Talavera allá por el siglo XV, que el bien no seria sentido si el mal no fuese conocido, porque alguien puede decir “bueno, pero esta extensa disertación del mal de la acedia, ¿no es algo negativo, algo un poco pesimista, hablar tanto del mal?”, yo creo que la sabiduría del Arcipreste nos dice que ocuparse del mal nos permite conocer el bien y nos permite sobre todo defender el bien contra el mal que lo ataca.

Y ya, como sucede en psicología, conocer el mal espiritual que afecta a una persona, es ya parte de la curación. Un buen diagnostico es la mitad del tratamiento, conocer bien el mal es ya un principio para darle remedio.

Y los Santos Padres, que lo conocían bien, nos dan el remedio de la acedia diciendo que para conocer la bondad de Dios, y defenderse de la acusación contra Dios, hay que reconocer los bienes concretos que hemos recibido del Señor, y por lo tanto hay contemplar los bienes, los bienes particulares de creación, de salvación personal, lo que nos ha dado nuestra vida espiritual, la gracia que hemos recibido en los sacramentos, lo que hemos recibido –también- de las personas creyentes, todo el bien que hemos recibido en la Iglesia, pero también el bien que Cristo ha hecho históricamente, y por eso la Santa Madre Iglesia nos recuerda –con el año y el ciclo litúrgico– una y otra vez la revelación histórica de Dios, los misterios de su revelación en la historia.

Volver a recordar la encarnación del Verbo, su nacimiento, su Pasión y Muerte, su Resurrección, la contemplación de estos misterios, y la gratitud por estos misterios que la Iglesia celebra es un remedio contra la acedia, lo mismo que la contemplación de las gracias personales.

Pero no bastan los remedios individuales que apuntan a las personas, hemos dicho ya en esta serie, que la acedia es un mal de la cultura, que hay una civilización de la acedia, una civilización de la acedia que enseña que Dios es malo, que la religión es mala, que la revelación histórica es falsa o dañosa, y que eso lo hace, en las cátedras académicas o populares, de muchas maneras.

Vivimos en una sociedad que tiene sus resortes ya armados para rechazar la fe, la vida cristiana, la Iglesia, con calumnias muchas veces, con persecuciones violentas o solapadas.

Por lo tanto, para remediar la acedia también tenemos que pensar en que este mal también tiene que ser tomado en cuenta en la dirección espiritual, tiene que ser tenido en cuenta en la teología pastoral, tiene que ser tenido en cuenta en su carácter demoníaco, también en el envío misionero. Si Nuestro Señor Jesucristo nos envía a predicar, nos envía con poder de expulsar demonios. 

Si no conocemos a aquel demonio que hace que las hace que las almas pueda considerar malo el Dios que nuestro mensaje les presenta, sino conocemos ese demonio, no podemos exorcizarlo, y muchas veces él –como ha sucedido en algunos casos que uno puede conocer– se apodera del mismo evangelizador, lo desanima, lo convence de que ese mensaje del que es portador no es interesante para el mundo de hoy, que debe adaptarlo o transformarlo a la medida de la aceptación de las personas que con acedia rechazan los aspectos de ese mensaje que su mal interior les impide recibir.

La acedia tiene dimensiones de civilización, el remedio de los vicios de una civilización debe investir dimensiones de civilización, es una tarea que excede nuestra capacidad individual, es una tarea –diríamos– de la Iglesia, de los medios que Cristo le ha dejado a la Iglesia, de los sacramentos, de la santidad de la Iglesia.

Hablando del remedio para la civilización de la acedia pensamos espontáneamente en la civilización del amor que vienen reclamando proféticamente los Papas, ellos han intuido –de pronto– que contra una civilización que peca contra el amor el único remedio está en procurar una civilización del amor.

Con esto queridos hermanos hemos tratado de resumir brevemente estas reflexiones, esta doctrina de los Santos Padres acerca de las causas de la acedia y de sus remedios, los esperamos en el próximo episodio, hasta entonces nos despedimos deseándoles la bendición de Dios.

IV- El demonio de la acedia: 10. La acedia y el martirio

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Bienvenidos nuevamente a este programa dedicado a estudiar y a comprender el fenómeno demoníaco de la acedia: a este décimo programa en esta serie.

Vamos a tratar ahora del misterio de la acedia (este misterio demoníaco de la acedia) en el contexto del martirio de los cristianos. 

En el contexto del martirio de los cristianos, la reflexión teológica, la reflexión de fe de los mártires, de los santos pastores mártires, que hicieron una teología del martirio porque ellos mismos pasaron por esa experiencia.

Es decir tenemos la doctrina de los santos obispos y mártires y teólogos cristianos que pasaron el martirio y que fueron testigos de la vida de los mártires y que nos dan una enseñanza acerca del martirio como un lugar donde la acedia desempeña un rol que nos permite conocerla muy bien.

Se presenta la acedia 
1) en los perseguidores, 
2) en los perseguidos 
3) y en aquél que –según la experiencia de nuestros maestros en la fe– incita a la persecución de los cristianos y a matar a los cristianos: que es el demonio. 

El príncipe de este mundo. Es el instigador del martirio. Instiga al martirio. 

Es él quien instiga a los perseguidores, trata de acobardar a los mártires y él es quien desea la destrucción de los mártires; desea su apostasía. 

Pero no desea su triunfo aceptando el martirio, de modo que también trata de acobardarlos para el martirio.

Me ocuparé, en primer lugar, de la acedia de los perseguidores. 

Y me parece que hay como una figura arquetípica del perseguidor en el Santo Evangelio que es Herodes. Aquel Herodes que, cuando se entera de que ha nacido el niño Mesías –el Rey de los judíos–, quiere buscarlo para matarlo. 

No se alegra de la venida del Mesías sino que lo ve como un rival posible a su poderío en este mundo, a su reino. Siente que este Dios que viene, este Mesías, davídico, es un competidor en el poder: para él y para su dinastía, para sus sucesores. Lo ve como un peligro y quiere matarlo.

Y noten ustedes que el Mesías era el prometido de Dios. Era el enviado de Dios. Aunque todavía no se conocía su aspecto divino – que Jesús nos va a revelar – pero ya era un oponerse a la obra de Dios por motivos puramente humanos. Hay una acedia en Herodes que le hace ver los planes de Dios como opuestos a su poder terreno.

Esa acedia del perseguidor es la que explica la matanza de los inocentes. 

Es, por lo tanto, como un arquetipo del poderoso que se opone a los planes divinos y que, más tarde, se va a oponer a los hijos de Dios, a los santos, inocentes también –porque los hijos de Dios son inocentes– y va a tratar de destruirlos; de borrarlos de la faz de la tierra; que los va a considerar enemigos de Dios.

No sólo los reyes antiguos, nosotros hemos ido conociendo a lo largo de la historia los ideólogos que se opusieron a Dios y persiguieron a la Iglesia. Hemos conocido a quienes acusaban a la fe de ser el opio del pueblo. 

Y que por lo tanto –para que viniera la sociedad ideal– era necesario que desapareciera de la Tierra el hombre creyente, el hombre de la familia, el hombre de la tradición cristiana.

Era necesario cambiar el sentido común de las personas para que se pudiera instalar sobre la Tierra el orden social perfecto; un orden inmanente y perfecto sobre la Tierra. El principal obstáculo que veían –y ese es un argumento de la acedia– es la fe. Considerar el mal como un bien y el bien como un mal: eso es la acedia, dijimos en otro de los capítulos de esta serie.

Esa acedia la vemos, entonces, reflejada en estas ideologías que acusan a la Iglesia; que se oponen al cuerpo místico de Cristo sobre la Tierra; al cuerpo histórico de Cristo. Que tienen una visión puramente política de la Iglesia y que la consideran un mal que debe ser erradicado de la humanidad. O que, por lo menos, debe ser mantenido alejado de toda interferencia, o de toda posibilidad de influencia política sobre la configuración de la vida humana sobre la Tierra de acuerdo a los principios cristianos. No respetando ni siquiera la posibilidad de que, quienes deseen configurar espacios de vida humana de acuerdo a su fe, puedan hacerlo, dándoles la libertad para ello.

Esta persecución, por lo tanto, no es sólo la persecución sangrienta, sino que tiene muchas formas de persecución que, sin destruir la vida misma, la vida física misma, coartan la libertad de los creyentes para configurar su vida de acuerdo a su fe, y para vivir esta vida terrena de acuerdo a su condición cristiana. Se los considera un mal.

Eso ha sucedido desde los primeros tiempos, desde los emperadores romanos que persiguieron a los cristianos y les dieron pena de muerte. Desde Nerón en adelante. Nerón fue el primero de los emperadores romanos que – para apartar de sí la sospecha de haber sido el causante del incendio de Roma les echó la culpa a los cristianos; y quemó a los primeros cristianos, los arrojó a las fieras. Y emitió un decreto por el cual el ser cristiano era un delito. Un decreto contrario a los principios elementales del derecho romano que no podía juzgar a una persona sino tan sólo por sus hechos, por sus acciones. Aquí, sin haber hecho nada malo, se declaraba que por el solo hecho de ser cristiano debía ser condenado a muerte.

Tenemos aquí entonces el origen de la acedia en los perseguidores, en aquellos que consideraron que los cristianos eran un mal. Nerón declaró que el cristiano era enemigo del género humano, por serlo, simplemente.

Queridos hermanos hemos visto algo sobre la acedia de los perseguidores, veamos ahora algo sobre la acedia de los perseguidos. También en los perseguidos hay la posibilidad de la acedia.

En otro espacio nos hemos referido a la acedia de Pedro ante la Cruz; ante Nuestro Señor Jesucristo, que anunció que iba a morir en cruz. Y Pedro le dice “¡de ninguna manera Señor!”. Y luego, cuando el Señor es aprisionado y llevado a la pasión, Pedro se avergüenza de la Cruz y abandona al Señor. Lo niega. No comprende. Pedro es el primero que sufre la acedia por la persecución, y ve a la Cruz como un mal.

Porque es verdad que el martirio es una gracia. No es un programa. Nadie puede saber “qué es lo que voy a decir cuando me maten”. Va a decir “¡no me maten!”.
En cambio vemos que una pléyade de mártires por ejemplo:

►En las revoluciones marxistas en Rusia, 
►En México en la guerra de los cristeros, en la persecución terrible que hubo en México contra la Iglesia, cuando se destruyó la estatua del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, cuando los templos fueron incautados, cuando se persiguió tan violenta, cruel y arbitrariamente a los cristianos, contra todos los derechos humanos se persiguió a los católicos por ser católicos, donde fueron martirizados el Padre Pro, José Luis Sanchez del Río, ese niñito de catorce años que tuvo la gracia del martirio, de morir voluntaria mente y animosamente dando ejemplo de esta gracia del martirio que el Señor concede a su Iglesia. Es una gracia. No es un programa.
►Los mártires de la revolución española, no están tan lejos de nosotros.
►En este momento mismo se ha informado en una reunión en Hungría que están muriendo anualmente 140 mil católicos, 140.000 cristianos, de modo que en estos momentos hay un mártir cristiano cada cinco minutos.

Y sin embargo esto no es deplorado. Hay una indiferencia en los medios acerca del martirio cristiano, que es precisamente una de las características de la acedia: la indiferencia ante el mal, la tibieza en la reacción y en la corrección de este mal tan terrible. No se los ama, y por lo tanto no se deplora su desaparición sino que, al contrario, como se los ve como un mal, aunque quizás se ve con complacencia su muerte, y [por eso] no se dice nada de ella. 
Esta es la acedia... 

He continuado un poco con la acedia de los perseguidores, como para completar.

Pero, todos nosotros tememos el martirio. Es lógico que temamos el martirio, Nuestro Señor Jesucristo en el huerto se angustió y oró al Padre para que si era posible pasara de él este cáliz pero que no se hiciera su voluntad sino la Suya. En ese someter su voluntad a la voluntad del Padre - hasta la muerte y muerte de cruz – Jesús culminó, como hombre sobre la Tierra, su filialización hasta el fin. Hasta que en la Cruz dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Jesús es el primer mártir.

Jesús es el Hijo de Dios, que por hacer la voluntad del Padre y por cumplir su misión sobre la Tierra, por la gracia del Espíritu Santo, por el don del Espíritu Santo, es capaz de llegar a la muerte por hacer la voluntad del Padre, y nos da así ejemplo a todos los mártires cristianos que ha habido a lo largo de la historia. Ellos han vivido la gracia que vieron vivir a Jesús, aprendieron de su maestro y lo siguieron también por el camino de la cruz, por el camino de camino de entregar la vida hasta el fin por amor a Dios.

Pero, así como hemos visto que en la vida religiosa había algunos monjes que no podían vencer la acedia ante la vida monacal tan dura, y retrocedían a la tibieza, así también ante el martirio, ante las persecuciones, hubieron también muchos apóstatas: muchos que se acobardaron ante el martirio, no pudieron dar ese paso.

Tampoco tenemos que condenarlos nosotros, sino que el juicio le toca al Señor, por esa debilidad que tuvieron. Pero ya dice San Cipriano sobre acerca de estos lapsi, de estos que habían caído en la prueba, que era necesario que hicieran penitencia y reconocieran y se corrigieran. 

Porque muchos de ellos habían caído –explica San Cipriano– ¿por qué? porque no huyeron a tiempo de la situación que los llevó al juicio. ¿Y por qué se quedaron en la ciudad? Muchas veces porque no supieron renunciar a sus riquezas. Tenían bienes en esa ciudad –explica San Cipriano, analizando las causas de esta caída en la fe–; estaban aferrados a bienes de esta vida, que no supieron renunciar para huir e irse a otro lado llevándose el tesoro de la fe. Y por eso, siendo débiles, se quedaron temerariamente en un lugar donde iban a ser probados más allá de sus fuerzas.

Tenían que haberse ido para salvar el tesoro de la fe, dice Cipriano. Por eso, como se quedaron por tener bienes en este mundo, - bienes a los que la huida les hubiera obligado a renunciar -, se pusieron en una situación temeraria y por eso cayeron los lapsi. Y es necesario que ellos hagan penitencia y se purifiquen; que sean iluminados por esta experiencia para comprender que deben despegarse de los bienes de este mundo. Es por lo tanto el apego a esta vida y a las cosas mundanas - también a cosas lícitas como los amores -, la raíz de esa acedia que puede darse en los perseguidos.

¡Y que se da! Quiero citar ahora a un mártir maravilloso de la vida cristiana: Ignacio de Antioquía. Es un mártir que en su vida hace la apología del martirio: «quiero ser molido por los dientes de los leones como trigo de Cristo». 

Sin embargo, él reconoce que había acedia en él y en los cristianos amigos, que querían impedirle el martirio, que querían interceder para que no fuera martirizado.

Dice en una de sus cartas que escribe a los romanos este mártir maravilloso:

Perdonadme, yo sé lo que me conviene. [Porque ellos le decían: ¡No! Vamos a interceder aquí en Roma para que no te maten] 
Perdonadme, yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. [ahora que voy al martirio empiezo a ser discípulo]. 
Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga por acedia.

Acá tienen la palabra de un mártir. Oponerse a su martirio del mártir él lo ve como acedia Es ver el martirio como un mal y no como un bien.

Que nadie se me oponga por acedia a que yo alcance a Jesucristo [En esa carrera en la que él va detrás]. 

Como Pablo dice: “voy corriendo detrás de Jesucristo después de haber sido alcanzado por él”, para ver si lo alcanzo; a ver si me asemejo a él.

Esa semejanza con Cristo es la obra del Espíritu Santo en nosotros. Todos debemos estar deseosos de ser asemejados al Hijo.

Y prosigue:

Fuego y cruz, manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo.

Ven ustedes aquí la enumeración de los tormentos a los que se sometía a los cristianos en el Coliseo en aquel tiempo y cómo también aquí Ignacio dice que el ejecutor de estos tormentos es el diablo.

Que vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo, [que me asemeje a Él. Que sea asemejado al Hijo obediente al Padre, hasta el fin].

Y continúa Ignacio diciendo:

De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo [¡para qué quiero las cosas de acá!]. Para mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los términos de la tierra [Es decir tener poder en este mundo para hacer el bien ¡incluso eso!].

Asemejarse a Cristo. Porque precisamente Cristo no tuvo un reino este mundo para hacer el bien. Aquí está la refutación del mesianismo cristiano, podríamos decir. De la ilusión cristiana de influir en el mundo. Dice: ¡No! ¡Es asemejándome con Cristo como yo tengo la eficacia incluso en la tierra!

Perdonadme hermanos, perdonadme, no me impidáis vivir, 
[¡Qué maravilla! no les dice: ‘no me impidáis morir’. Les dice: ‘no me impidáis vivir’. Porque el martirio siguiendo a Jesucristo es vivir como hijo]. 
No os empeñéis en que yo muera [Que yo muera a mi ser filial, a mi ser cristiano] 
No entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios 
[Si ustedes me dejan acá: me entregan al mundo].

¡Cómo corrige este santo obispo la óptica de los cristianos que, con buena voluntad, querían apartarle del martirio, porque tenían acedia del martirio también ellos!

No me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre.

“Seré hijo”. En el abrazo del Padre alcanzaré la imagen y semejanza de Dios, que me hace hombre según el designio del principio. 

¡Qué visión de fe tan profunda, que maravillosa! Son cartas que hay que leer, queridos hermanos, cuando más atribulados estemos en este mundo por nuestra condición cristiana y por la oposición y los sufrimientos que debemos padecer por permanecer y ser cristianos. 

A veces quedarnos sin empleo. He conocido chicas que por ser puras han perdido el empleo. Las han echado por no ceder a las instancias del jefe. Aunque no sea resistir hasta la muerte. ¡Pero cuantos otros sufrimientos! Profesionales que por ser católicos son excluidos o son injustamente preteridos en los concursos y en las oposiciones. Simplemente porque son católicos. Algunos que se quedan sin empleo por eso, y que pasan necesidades con su familia, esos sufrimientos.

Llegado allí, seré de verdad hombre. ¡Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios! ¡Si alguno Lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero y, si sabe lo que a mí me apremia, que tenga lástima de mí! (San Ignacio de Antioquía)

El tercer personaje de este drama del martirio es el Príncipe de este mundo. Que es el Príncipe de la acedia, precisamente. Es el acedioso por excelencia. Satanás es el acedioso, que considera que Dios es malo. Considera mal el bien y bien el mal.

Todos los que han elaborado la visión teológica del martirio, y los que han tenido la experiencia [de la persecución], no como una doctrina abstracta sino que han comprendido en sus vidas las razones espirituales del martirio, como Ignacio de Antioquía, ¡todos! reconocen que el que azuza al martirio y a la persecución es Satanás.

San Justino dice, reprochándole a los perseguidores: Nosotros hacemos profesión de no cometer injusticia alguna y no admitir opiniones impías, pero vosotros no lo tenéis en cuenta y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos demonios, nos castigáis sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento.

Aquí está Justino mostrando cómo los que instigan a los perseguidores son los demonios.

Lo mismo leemos en el martirio de San Policarpo, el anciano obispo: ¿Qué mal hay en decir: ¡Señor César! y sacrificar? [Le dicen los que lo quieren convencer de ofrecer incienso al César] Y todo lo demás que por instigación de del Diablo se suele en estos casos sugerir [“todo lo demás” son las razones con las que el Diablo quiere debilitar la decisión del creyente].

San Policarpo decía: “¿Cómo voy a negar a Jesucristo si yo, con mis ochenta años, de Él sólo he recibido beneficios? ¡No podría negarlo!”

También en el martirio de Perpetua y Felicidad,- que es un relato hermosísimo de estas dos mujeres – dice Perpetua que se ve en la prisión y dice el acta del martirio: 

Contra estas mujeres preparó el Diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre.

Vean ustedes cómo el actor aquí, el que dirige el martirio es el Diablo: que compró una vaca bravísima. Lo hizo a través de sus servidores, pero lo hizo él. Acá está personificado claramente. 

Y Perpetua, - que era una joven recién casada, que tenía recién su niñito de pecho, y que va a dejar todos esos amores, va a tener que sufrir que su papá no comprenda su martirio -, Perpetua sueña en la prisión una noche, que ella tiene una lucha con el demonio y que Cristo la fortalece en esa lucha de modo que lo puede vencer.

Dice el acta de Perpetua: 

Le tomé la cabeza y cayó de bruces, entonces le pisé la cabeza [Una lucha con el demonio en forma de un gladiador egipcio]
El pueblo prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista [el maestro de gladiadores] y recibí el ramo de premio. Y Él [que es Cristo] me besó y me dijo: “Hija, la paz sea contigo”. Y me dirigí radiante hacia la puerta Sanavivaria [que era por donde salían los vencedores en el combate] o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el Diablo, pero estaba segura de que la victoria estaba de mi parte.

Ven ustedes entonces, queridos hermanos, cómo todos estos mártires tienen una conciencia clara de que su lucha no es contra hombres, como dice San Pablo en la carta a los Efesios, sino contra las potestades de las tinieblas que están en los aires, contra los principados, contra las fuerzas demoníacas (Efesios 6, 12).

Es la lucha que empeñó y emprendió Nuestro Señor Jesucristo y que, si somos miembros de su cuerpo, si somos su Iglesia, tendremos que luchar a lo largo de todos los tiempos. Y no nos tenemos que asombrar entonces de que la persecución se encarnice con nosotros.

¿Y cómo podemos vencer el temor y la acedia ante el martirio?, pues despreocupándonos de esto y preocupándonos de amar a Dios sobre todas las cosas.

Que el Señor nos conceda esta gracia porque el gozo del Señor será siempre nuestra fortaleza. Me despido de ustedes hasta el próximo capítulo.

IV- El demonio de la acedia: 9. ¿Por qué le llamamos «demonio» a la acedia?

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Ha llegado el momento de explicar por qué a esta serie no la hemos llamado: “El pecado de acedia” o: “El hecho psicológico de la acedia”; sino que le hemos llamado “El demonio de la acedia”.

Porque su verdadera naturaleza es demoníaca. Aunque se manifieste como un pecado del orden moral o religioso. O como un estado de ánimo, de orden más bien psicológico.

Quisiera hoy ilustrar este aspecto demoníaco de la acedia (para mostrar que no es un invento nuestro, sino que ésa es la doctrina cristiana, de Nuestro Señor Jesucristo) a la luz de un pasaje evangélico tomado del Evangelio según San Marcos capítulo primero [1, 21-28]. 

Les aconsejo que tengan a la vista este texto.

Antes de dar lectura a este pasaje voy a ubicarlo primero en el contexto de lo que sucede: 

Ha llegado Nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo las Escrituras. Se ha manifestado en el bautismo el Espíritu Santo sobre él, en esa escena trinitaria en que aparece Jesús como el Hijo y el Padre da testimonio de él: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco». 

Desciende el Espíritu sobre él. Es bautizado. Y después Nuestro Señor Jesucristo es echado al desierto. Como empujado al desierto por el Espíritu Santo: como el chivo emisario cargado con los pecados del pueblo. Así como antes ha bajado al fondo del Jordán, como el hombre cargado con los pecados de la humanidad. Hasta ahora se ha contemplado la obra del Espíritu Santo en Él.

Y nos dice el evangelista que después de que Juan Bautista fue preso comenzó el ministerio de Nuestro Señor Jesucristo. Y empieza en la orilla del lago de Genesaret llamando a los primeros discípulos. A los cuales los llama y le siguen inmediatamente. El efecto del Espíritu Santo que está actuando en Jesús hace que los apóstoles llamados lo sigan. El Espíritu Santo se muestra –por lo tanto– como un espíritu de purificación; que permite que los hombres se acerquen a Dios cuando Dios pasa y los llama.

Pero inmediatamente después va a venir la revelación de un espíritu antagónico, que fue el que estuvo tentándolo en el desierto. 

Y ése es el espíritu al que se llama espíritu impuro. ¿Impuro por qué? Porque el Espíritu Santo es puro porque acerca a Dios; hace puro para acercarse a Dios. Nos hace puros como Dios y dignos de acercarnos. 

Mientras que el espíritu impuro separa a los hombres de Dios. No permite que se acerquen y no permite tampoco que reconozcan la autoridad de aquel Dios que - hecho hombre - aparece entre los hombres.

Y esta escena es en la sinagoga de Cafarnaúm. Las vocaciones de los primeros discípulos –de los pescadores– ha sido un viernes por la mañana mientras todavía ellos estaban trabajando. Como sabemos el viernes por la tarde comienza el sábado. Y al llegar la tarde de ese mismo viernes en que ha llamado a los discípulos, Él con Pedro, Juan, Santiago y Andrés, llegan y entran a la sinagoga de Cafarnaúm. 

Y allí es donde se va a manifestar por primera vez este espíritu impuro que actúa oponiéndose a que los hombres reciban el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo. Es un espíritu que se presenta aparentemente como de indiferencia, pero que se revela como un espíritu de miedo. Y después se manifiesta como un espíritu que conociendo a Dios, no lo ama, un espíritu de desamor, de oposición a Dios.

Es importante por lo tanto que nos detengamos a leer en el texto evangélico este retrato revelado del espíritu impuro.

Corren muchas imágenes acerca del demonio. Por eso, cuando hablamos del demonio, –a veces– hay personas que se asustan o dicen: “bueno, pero están hablando siempre del mal, esta no es la visión, Dios es un Dios de amor, no tenemos que hablar de esos temas negativos, del infierno de la condenación”. 

Como me decía un joven “con eso, ustedes los sacerdotes, apartan a la gente del mensaje divino”. Y no es así. Si no reconocemos el mal tampoco reconocemos el bien. Y Nuestro Señor Jesucristo nos ha revelado el bien pero al mismo tiempo –contemporáneamente– nos ha dejado de manifiesto que las tinieblas no reciben a la luz. Él es la luz, pero las tinieblas no lo reciben. Las tinieblas demoníacas; las tinieblas en el corazón de los hombres. 

Si no sabemos esto no sabemos tratar con el rechazo al Evangelio. 

Esto es muy importante para la evangelización a la que se nos envía. Si no conocemos los nombres de los demonios entonces no podemos exorcizarlos. 

Y Jesús nos envía a predicar con poder de expulsar demonios. Es un poder que Él le da a la Iglesia.

El principal de estos espíritus impuros es el espíritu de acedia. El espíritu que –en el relato que vamos a leer– se nos manifiesta oponiéndose a Jesús; aparentando una cierta extrañeza por este nuevo modo de enseñar que el Señor trae, que es distinto al de los maestros de Israel.

Leemos en el Evangelio según San Marcos, capitulo primero, versículo veintiuno y siguientes:

Entran en Cafarnaúm. Y enseguida que fue sábado –es decir en la tarde del viernes, con la primera estrella de la tarde del viernes– Jesús enseñaba en la Sinagoga.

Y ellos se extrañaban de su enseñanza porque les estaba enseñando como quien tiene autoridad (Mc. 1, 21-22) –autoridad propia, porque aquello que tiene para enseñar no lo puede enseñar nadie más. Sólo él. Nos enseña a ser hijos porque Él es el Hijo–.

Había en su sinagoga un hombre en espíritu impuro (Mc. 1, 23) -- muchas traducciones traducen mal, diciendo: “un hombre poseído por espíritu impuro”. Quizá usted está leyendo una traducción donde se habla de posesión. No hay tal posesión en el texto griego. Se dice simplemente que el hombre “está en” espíritu impuro. Como quien está en una atmósfera espiritual. Como quien está en un ámbito, bajo el dominio de un espíritu opuesto al Espíritu Santo. Que le impide abrirse al mensaje de Jesús. 

Es un hombre en la sinagoga. Pero de alguna manera representa el sentir de la sinagoga y el sentido de esa extrañeza de la sinagoga. Que no es una maravilla positiva que abra los corazones para recibir el mensaje del Señor. Sino que –ese espíritu de acedia– cierra los corazones para recibir el mensaje en forma de extrañeza. Esa extrañeza, ese juzgar el mensaje de Jesús de acuerdo a las pautas culturales a la que uno pertenece, eso también puede ser un obstáculo para recibir el Espíritu de Dios y eso es acedia.

Muchas veces las persuasiones que uno hereda de una cultura adversa al Evangelio –ajena al Evangelio– le impiden abrirse a las pautas del Evangelio. Se lo considera fuera de moda. Se lo considera cosa de otro tiempo. Se considera que eso es contrario a las convicciones culturales reinantes en las que uno fue criado. Y eso impide –entonces– recibir el mensaje del Señor y abrirse a la figura de Jesús, y al vínculo y a la comunión con él. Y así también al vínculo y la comunión con el Padre y el Espíritu Santo.

Y este hombre que está en la sinagoga, que está en espíritu impuro, se puso a gritar. ¿Y qué es lo que grita? Atendamos bien a estos tres gritos del espíritu en el hombre – porque no es el hombre el que grita sino el espíritu en él– porque son como un identikit espiritual que nos describe lo que es espiritualmente este espíritu impuro. 

¿Qué es el demonio? El demonio no es un ser visible; una especie de macho cabrío con cuernos o con patas de chivo; o un ser horrendo que se puede encontrar en la habitación, o que tenemos que buscar bajo la cama o en el ropero. ¡No! Es un pensamiento. Son convicciones en este hombre. Este hombre está en espíritu impuro porque está dominado por unas convicciones que hablan a través de él.

Y ¿cuál es la primera convicción? La primera es de indiferencia. La segunda es de miedo. Y la tercera es de conocimiento sin amor. Escuchémoslo:

¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazareno? (Mc. 1, 25) ¿Qué tenemos que ver contigo? ¿Qué tienes tú que ver con nosotros? No hay nada entre nosotros. 

Es la frase de la indiferencia. Lo que a veces nosotros nos decimos entre personas ¿qué tengo que ver contigo?, ¿qué tienes que ver tú conmigo?, ¿por qué te metes conmigo?, ¡no tenemos nada que ver!, no hay nada entre nosotros, no hay vínculo, no hay comunión. 

Eso es lo propio del espíritu impuro, negar la comunión o no poner comunión Mientras que el Espíritu Santo produce la comunión con Nuestro Señor Jesucristo. Si tenemos comunión con Él, comunión de amor, si nos sentimos vinculados a Él, eso es en nosotros la obra del Espíritu Santo.

Y ¿por qué tantos otros no se acercan al Señor? ¡Pues porque están en espíritu impuro!

A veces hay creyentes que se afligen porque sus familiares no participan –no comparten– su misma fe, su mismo amor a Jesús. Padres que se afligen por la indiferencia de sus hijos o parientes. ¿A qué se debe eso? El diagnóstico es que los otros están con un impedimento interior; con este espíritu impuro. 

No es que estén poseídos por el demonio. No. Simplemente hay en ellos estas convicciones, estas tentaciones, que les impiden abrir su corazón al mensaje del Evangelio, al mensaje de Nuestro Señor Jesucristo, y vincularse con Él por el amor.

Pero esta indiferencia –sin embargo– es aparente. ¿Por qué? Porque es una indiferencia que se grita. Nadie que es realmente indiferente grita. La indiferencia es como sentimentalmente neutra. “Me es indiferente, ni me detengo, ni lo miro”. ¿Por qué este grito? Este grito nos revela que –debajo de la indiferencia aparente de tantos en el orden religioso– se esconde, en realidad, miedo a Dios. Que se esconde en realidad una acusación a Dios: de que Dios es malo. Y es lo que se revela en la segunda frase que grita este hombre en espíritu impuro porque dice:

¿Has venido a destruirnos? (Mc. 1, 25) Has venido a destruirnos: tú eres malo. Tú nos destruyes. Eres un mal para nosotros. Este segundo grito nos revela lo que hay debajo de esa aparente indiferencia. Aparentemente estamos en una cultura indiferente –queridos hermanos–, pero esa cultura que aparece indiferente, en el fondo no lo es. 

Y por eso se opone tantas veces - cuando se le propone el Evangelio de manera explícita y un poco frontal -, de manera clara. Y sobre todo cuando se lo propone de manera que contradice sus convicciones habituales. Aquéllas en las cuales él se establece y juzga todas las cosas desde ellas. Sin dejar que Dios las juzgue desde sí mismo. No se abren a Dios. Y consideran por lo tanto que la irrupción de Dios en sus vidas, en su inteligencia y en su corazón, puede destruir esas convicciones habituales. Y por eso le temen, «has venido a destruirnos». 

Es el espíritu que teme que la venida de Nuestro Señor Jesucristo destruya el pueblo de Israel y la sinagoga. Cuando no es así. No tienen nada que temer. Y si se abriese a Nuestro Señor Jesucristo sería confirmado en su verdad más profunda. Sería llevado –precisamente– a la comunión con el Padre, con el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, que se revela en Jesucristo como el Padre, y que nos da, con su Hijo, al Espíritu Santo.

Y por fin llega un tercer grito: ¡Ya sabemos quién eres! 

Algunas veces se traduce en singular «ya sé quién eres». Pero muchos textos, los textos griegos más acreditados y más lógicos, formulan los tres gritos en forma plural.

¿Qué tenemos nosotros que ver contigo Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres. (Mc 1, 25)

Y ahora nos sorprendemos. Porque este es un hombre que está hablando sin embargo en plural, no dice: “¿Qué tienes que ver conmigo? ¿Has venido a destruirme? Ya sé quién eres”. Sino que habla las tres veces en plural.

¿Qué tienes que ver nosotros? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres.

Este “sabemos quién eres” es una expresión que implica el conocimiento pero que niega el amor. Sabemos quién eres pero no te amamos. Sabemos quién eres pero te tememos. Sabemos quién eres pero te acusamos de ser malo para nosotros. Y por lo tanto, no tenemos nada que ver contigo. Ni tú tienes nada que ver con nosotros, ni queremos tener nada que ver.

Noten ustedes cómo aquí está el retrato demoníaco. 

¿El espíritu impuro qué es? Es un espíritu que aparece como indiferencia. Que se manifiesta como odio a Dios. Y con un conocimiento que no se mueve al amor sino al odio, un temor y una acusación a Dios.

Recordemos los pecados contra el amor de Dios de los que nos habla el Catecismo de la Iglesia Católica: el primero de ellos es la indiferencia, el segundo es la ingratitud, el tercero la tibieza, el cuarto la acedia que es esto que estamos describiendo. 

Estamos describiendo un demonio. Por eso la acedia es un demonio. 

Es este el motivo por el cual esta serie se llama “El demonio de la acedia”. Porque acá tenemos su retrato espiritual. Su identikit espiritual. 

En estos tres gritos de una aparente indiferencia, que se traiciona por la alteración del ánimo –por que grita-, ¿por qué? Porque esconde un temor a Dios, un miedo a Dios y porque esconde esa acusación a Dios como malo.

Jesús, el Hijo, el enviado de Dios, es visto aquí como un mal. Un mal para ese hombre, pero también un mal para su pueblo.

Y hay una revelación siguiente. Cuando Nuestro Señor Jesucristo exorciza a este demonio, dice: ¡Cállate y sal de él! (Mc. 1, 26).

Y quiero detenerme con ustedes a leer y comprender lo que esto significa. Fíjense que el hombre ha venido hablando de “nosotros” –en plural– y Jesús lo increpa en singular. No admite que ese demonio tenga una representación colectiva y que pueda hablar en plural: “¿Qué tenemos que ver contigo? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres”.

Sino que Jesús lo impreca y le dice “¡Cállate y sal de él!”. No enfrenta al hombre. Vemos que Jesús nos enseña aquí a distinguir entre el hombre y el espíritu que está en el hombre. Este hombre estaba en espíritu impuro, pero el espíritu impuro estaba también en este hombre.

Nosotros tenemos que reconocer y aprender a conocer lo que nos enseña aquí Nuestro Señor Jesucristo: que cuando vamos a predicar, que cuando presentamos el Evangelio y nos encontramos con el rechazo, tenemos que distinguir entre la persona y el espíritu que habla a través de la persona. 

Ésta es una enseñanza importantísima para la evangelización. Porque si somos enviados a evangelizar, nos encontraremos el rechazo de las personas. 

A mí me ha pasado en mi vida de sacerdote, que dando clase de catecismo o religión en un instituto de segunda enseñanza –ya en los últimos años preuniversitarios– me encontré estos mismos gritos en una sala de clases. 

Esta misma exasperación en un chico que decía “¡qué tiene que ver este Evangelio que nos enseña usted, esto no nos interesa, estas cosas no nos interesan!”.

Incluso el director del instituto me había dicho “Padre, háblele a los chicos de las cosas que les interesan”. Yo dije: “yo vengo a hablar de Nuestro Señor Jesucristo, vengo a hablar de la Iglesia”. 

“No. Hábleles de las relaciones prematrimoniales o de la amistad o de la injusticia en el mundo, de cosas que les interesen”. 

Yo insistía en que debía presentar a Nuestro Señor Jesucristo que es a lo que había ido a ese colegio. Y por supuesto que me encontré también con las mismas voces en un chico. Me parecía reconocer ese episodio [del evangelio]. Este episodio [de la clase] me ayudó a comprender el sentido y la verdad de esta enseñanza evangélica. Escuché allí las mismas voces de aquel espíritu impuro que hablaba a través de ese hombre en la sinagoga.

¿Qué tiene que ver la fe con la vida? ¡Esto no nos interesa! 

Y después, hablando con ese chico, me confesó que él estaba enojado con Dios porque él le había pedido la sanación de su papá que estaba con cáncer, y Él no lo había atendido. De modo que a Dios, él, lo consideraba malo y destructor: “has venido a destruirnos, eres malo”.
Y además me dijo que ya las hermanas le habían hablado mucho de todas estas cosas de la catequesis, que él sabía todas esas cosas. Y entonces yo reconocí esa voz del “sabemos quién eres”. Sabemos quién eres pero no te amamos.

Este trozo evangélico, en unión con ese episodio de mi vida sacerdotal, me ayudó a comprender algo que es muy iluminador para nuestra situación en la existencia: que hay como una dominación de este espíritu de acedia, que domina en esta cultura en que nos encontramos. Esta cultura está en espíritu impuro. Por eso aparece como una cultura indiferente. Por eso aparece como una cultura que tiene acusaciones contra Dios. Que no quiere que Dios intervenga en la vida política, ni que se configure la vida humana de acuerdo a la fe de los creyentes. 

Y por último que maneja incluso a la teología. Pero sin fe, sin amor. Y hay por lo tanto un conocimiento de Dios sin amor. 

Entre los libros que escribí hay uno que se titula “Teologías deicidas”. Y es ciertamente doloroso el hecho de que muchas teologías, muchos discursos acerca de Dios, en vez de llevarnos a la comunión con Dios, no nos llevan a la comunión, sino que, de alguna manera, hasta nos apartan de ella. Y nos llevan a un discurso que –hablando de Dios– nos aparta de Él. No nos lleva a la comunión.

Eso lo observaba ya el autor judío Martin Buber en uno de sus escritos, diciendo que “el pensamiento acerca de Dios, del tiempo de la Ilustración, es un pensamiento que, hablando de Dios, aparta de Él”.

Y que por lo tanto, hay que volver a un discurso más unido a la Sagrada Escritura. 

Y lo mismo ha encontrado o percibido el actual papa, Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret. En su prólogo él ha dicho que el discurso acerca de Nuestro Señor Jesucristo, - lo que se escribe y lo que se dice sobre Nuestro Señor Jesucristo en los últimos 40 o 50 años -, no es un discurso que lleve a la comunión con Jesucristo, sino que es un discurso que aparta de él. Aparta, por lo menos, de la comunión. Que hace de Jesucristo un objeto acerca del cual se habla pero sin llevarnos verdaderamente a la comunión con él. Y que fue eso, precisamente, lo que lo motivó –a Benedicto XVI– a hablar sobre Jesús de Nazaret en estas obras que nos está brindando. Lo motivaba el lograr una presentación de Jesucristo que nos lleve a esa comunión.

Para terminar este capítulo sobre el demonio de la acedia quiero señalar las enseñanzas importantes que nos dejan para conducirnos nosotros, en nuestra vida evangelizadora, y para reconocer el fenómeno de la acedia en nuestro alrededor. Y no sucumbir a él, porque si no, nos puede agarrar. 

Y es distinguir entre las personas y el espíritu en que están.

Y es pedirle a Nuestro Señor Jesucristo –cuando lo encontramos a ese espíritu– que él ordene a ese espíritu y le diga « ¡Sal de él!». 

Que, con su autoridad, exorcice ese espíritu impuro de la acedia: de las almas, de nuestra cultura, de nuestra familia, de nuestra sociedad. 

Porque estamos en una civilización dominada por el príncipe de este mundo, por el príncipe de la acedia.

Y por eso hay una total resistencia en tantos –incluso en gobernantes y gente que tiene el poder para hacer el bien o hacer el mal– esa resistencia para recibir el mensaje de Jesús.

Por lo tanto, uno de los remedios principales contra este demonio de la acedia es el exorcismo. Nosotros tenemos que rezar frecuentemente la oración de San Miguel Arcángel, que antes se rezaba siempre después de cada Misa. Y que ahora esta volviéndose a orar porque se reconoce que el poder de Nuestro Señor Jesucristo es el único que puede vencer a este obstáculo demoníaco de la acedia para que Él reine en nuestros corazones. 

IV- El demonio de la acedia: 8. La Acedia en la Sociedad

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

A esta altura de nuestro programa sobre “El demonio de la acedia” me siento un poco menos cohibido ante la cámara, porque no estoy habituado a hablar en televisión. Y empiezo a verlos a ustedes más allá del objetivo.

Y les confieso que si hasta ahora han perseverado en seguir esta serie sobre el Demonio de la acedia, me siento también un poco con más confianza con los que han sido fieles y como encariñado con ustedes. Y por lo tanto movido a encarar ahora la acedia, no ya desde el punto de vista doctrinal (un poco como un tema o una doctrina, aunque nos refiramos a un personaje, y aun personaje funesto como es este demonio de la acedia), sino que quiero contarles un poco cómo el Señor me iluminó acerca de este fenómeno. Y cómo haberlo conocido me ayudó a conocer cosas que yo había vivido bajo otra luz. Y espero que también lo que ustedes en este programa hayan aprendido acerca de la doctrina sobre la naturaleza demoníaca de este fenómeno y cómo este demonio actúa – les ayude a ustedes también a comprender cosas vividas, iluminándolas en su pasado.

Les cuento un poco de mi vida. Yo vengo de una familia católica que no era practicante. Y en mi adolescencia descubrí el fervor religioso. Porque –a insistencia de mi abuelita– tomé la Primera Comunión estando en un segundo año de secundaria. Y ese fue el comienzo de mi vida de fervor. Recuerdo que la tomé un domingo en un templo del centro de la ciudad, sin mayor solemnidad, en un domingo cualquiera.

En un costado –me acuerdo– del comulgatorio, donde recibí al Señor.

Y estaba rodeado por los fieles y la asamblea de los fieles que recibían al Señor con una piedad eucarística que era para mí una enseñanza. Parecían ostensorios vivientes. Se volvían a sus bancos en un diálogo íntimo con el Señor. En un diálogo de amor. Y ahí tuve yo mi primera escuela de fervor eucarístico. Sin catequesis. Había aprendido simplemente las oraciones y los mandamientos.

Después adquirí un pequeño misalito bilingüe. Y con eso comencé a seguir la santa misa. Empecé a estudiar. Como era un estudiante de secundaria y el instituto donde yo estudiaba era laico, y de alguna manera adverso a la fe, empecé a defender mi fe ante mis compañeros que no creían. Ingresé a la Acción Católica. Y como yo era muy ignorante de las cosas de la fe (porque no había tenido catequesis) compré en, una librería de segunda mano, un libro de apologética: la apologética de Hillaire. Y así, defendiendo lo que no conocía pero ya amaba, empecé a conocer lo que había amado.

Un camino muy especial de nuestro Señor, que sin duda tiene su razón de ser para mí y para mi vida sacerdotal; y también para las almas que el Señor me iba a poner en el camino.

Después fui comprendiendo algo de estos recónditos designios de Dios en la vocación de cada uno.

Después recuerdo que descubrí el Kempis, que me fascinó. Aquélla fue mi escuela de oración con Jesús. Con Jesús sacramentado. En esa intimidad con que el Kempis nos hace hablar con el Señor, nos introduce en una especie de ampliación del diálogo que nos enseña el Padrenuestro: hablar con el Padre. Pero él [el Kempis] nos enseña a hablar piadosamente con Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la confianza. Nos acerca al Corazón del Señor. Todas esas eran dulzuras para mí.

En mi primera etapa de mi vida religiosa, fue mi descubrimiento de la fe, - lo que podríamos llamar mi conversión, mi purificación también de los pecados de la adolescencia -, y así llegué a entrar en la Compañía de Jesús a los dieciocho años.

Recuerdo que yo leía el Kempis [La imitación de Cristo] en los tranvías que había en esos días en Montevideo, orando en la vida diaria. Y llegué al noviciado con mucha ilusión, deseando entregarme totalmente al Señor. Y al poco tiempo de estar en el noviciado –como seis o siete meses– empecé a sentirme un poco asfixiado por las formas. ¡Asfixiado por las formas!

Y llegó un momento en que aquel Kempis que me había gustado tanto me producía como un cierto rechazo. Empecé a sufrir lo que después comprendí que es lo que sufren los monjes en el monasterio: el ataque de la acedia al alma de aquel que quiere entregarse totalmente al Señor. (Lo hemos visto ya en un capítulo anterior). El demonio de la acedia lo ataca en ciertos momentos, porque ¡es claro! los rigores de la disciplina religiosa hacen que una parte de nuestra sensibilidad se subleve.

Esto lo comprendo ahora. En aquel tiempo no lo sabía comprender. Parecía simplemente una desolación más. Pero sí. Es una purificación que nos acompaña en la vía del camino hacia Dios. Sobre todo en la vida religiosa.

Pero eso no fue solamente un episodio que me atacara a mí. Me tocó vivir después –en los años subsiguientes– algo que pasó con la vida religiosa por aquellos años 50 y 60. Y que fue, precisamente, que las formas empezaron a asfixiar a muchos en la vida religiosa. Quizás porque éramos jóvenes que veníamos de un mundo menos cristiano ya. Y entonces sufrimos más de las formas. Y comprendo ahora –mirando hacia atrás– por qué las formas fueron cambiando progresivamente y después vertiginosamente. De modo que aquellas formas de la Compañía de Jesús en la vida religiosa que yo viví al inicio de mi noviciado, después fueron abolidas y cambiadas por otras menos ‘formales’.

Ahora, meditando hacia atrás, a la luz de esta sabiduría sobre el espíritu de la acedia que el Señor me ha ido dando con los años -, comprendo que, muchas veces, donde hay formalismo, después se produce una acedia tal contra las formas que, en vez de llenarlas de espíritu, se comienza por abolirlas.

Y el formalismo, vacío de espíritu, puede conducirnos a la informalidad. Pero la informalidad –la falta de formas– no es garantía de que se recupere el espíritu. Uno puede tirar las formas y no recuperar el espíritu. Y eso lo he visto suceder, en parte, en mi propia vida. Lo he experimentado durante un tiempo. Después lo vi suceder con muchos compañeros míos que, habiendo entrado a la vida religiosa para abrazarse con el amor de Dios, no tuvieron la perseverancia y abandonaron la vida religiosa en distintos momentos de su formación. Ya sea poco después del noviciado, durante el noviciado, más tarde, y aún incluso después de su ordenación sacerdotal.

Mis conocimientos acerca de la acedia –lo que el Señor me ha dado a conocer– me permiten reconocer en esos episodios de mi historia, la razón de ser de aquellos acontecimientos. Cómo tantos fueron víctimas de un espíritu de acedia no reconocido. Y, por lo tanto, ha iluminado ese pasado mío.

Comprendí también– por qué después de muchos años de vida religiosa– aquellas obras de vida espiritual que nutrieron nuestro noviciado, (como por ejemplo las lecturas del Padre Rodríguez, el “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas”), desapareció de las bibliotecas. Fue barrido, fue tirado, fue quemado en parte. Con una especie como de saña, de desagrado por aquel pasado que ya no se quería más. Se quemaron notas y diarios espirituales y hubo como una abjuración de aquel primer fervor que se confundía con las formas.

Comprendo también que muchos compañeros míos en la vida religiosa entraron –a veces- [viniendo] de un pasado de catolicismo formalista. Un poco ahogados por las formas. Y si yo, que había entrado en la vida religiosa con un fervor muy fresco, sufrí las consecuencias de las formas de la vida religiosa severa y austera de un noviciado, sufrí el ataque del demonio de la acedia, comprendo que el ataque a ellos fue mucho mayor; porque no tenían la memoria del fervor primero; sino que venían de las formas simplemente sin fervor que los vigorizara.

Comprendo que ese fervor primero a mí me sostuvo. Me inmunizó contra el demonio de la acedia y contra los formalismos que pudiera encontrar en el camino; y me dió, después, la posibilidad de mirar hacia atrás con otro conocimiento y otra sabiduría. Con otra comprensión de lo sucedido en mi vida que me ayudó también para comprender lo que sucede o ha sucedido en la vida de otros. También de las almas con las que el Señor me hace tratar en el ministerio.

Ustedes se podrán preguntar cuándo fue que yo empecé a conocer este demonio de la acedia. Fue bastante tarde en mi sacerdocio. Fue en la década del 90. Yo estaba dando el mes de ejercicios en un noviciado de religiosas, a las jóvenes novicias. Me quedaba bastante tiempo libre para escribir. Había escrito muchas otras cosas en otras ocasiones. Pero, en ese momento, yo estaba escribiendo unas fichas sobre los siete vicios capitales; para poder [ayudar a orar por] hacer el primer modo de orar de San Ignacio (uno de cuyos modos de orar es hacerlo por los vicios y pecados capitales y las virtudes opuestas). Entonces, había empezado a hacer fichas breves, explicando qué son los pecados capitales, qué es la soberbia, qué es la vanidad, qué es la gula, la lujuria, la tristeza, la envidia, la soberbia.

Entre esas fichas llegué a la ficha de la envidia. Y al llegar a esa ficha, - como la envidia es una tristeza por el bien, por el bien ajeno -, me encontré allí por primera vez con la acedia. No había oído hablar mucho de ella. O sí había oído hablar de ella (quizás en la lectura del libro de los Ejercicios de Perfección y Virtudes Cristianas del Padre Rodríguez), no había reparado en ese pecado. Quizás porque no se refería a una experiencia propia mía en aquellos tiempos. O porque no la supe conectar con ella cuando la sufría.

En ese momento empecé a escribir sobre la acedia. Pero no pude detenerme tan sólo en una ficha sobre la acedia. Aquella ficha empezó a crecer, a crecer y a extenderse. Con una comprensión de lo que era la definición de la acedia. Un poco con lo que he ido volcando en estos capítulos. Y de ahí salió un libro en el año 1995 – 1997 con una comprensión del fenómeno de la acedia como un fenómeno de la civilización) que se llamó “En mi sed me dieron vinagre, la civilización de la acedia”; donde reuní todo ese material que había ido saliendo de aquellas fichas ordenándolo por capítulos: 1) la definición de la acedia; 2) la acedia en las Sagradas Escrituras; 3) la acedia en el martirio: alrededor de los mártires, en los mártires y sus perseguidores, del impulsor del martirio que es el demonio; 4) la acedia en el mundo contemporáneo tal como yo la había padecido, y 5) también la acedia en la vida religiosa, 6) las causas de la acedia y los remedios.

Aunque en ese momento no reparé en que el primer remedio –el más importante– era la oración contra este demonio y el exorcismo, porque no tenía todavía tan clara la noción de que es un demonio. Que no es simplemente un fenómeno moral. Que no es simplemente un fenómeno psicológico sino que es demoníaco. Y que por lo tanto hay que combatirlo con la oración y el exorcismo. Y una parte importante del exorcismo es conocer su nombre. De modo que comprendo también, que habiendo conocido el nombre de lo que yo había vivido, pude librarme de algunos efectos de ello y pude ayudar a otras almas a reparar y a darse cuenta de lo que estaban padeciendo: que era una tentación de este demonio de la acedia.

Comprendo entonces perfectamente cómo lo que viví muchas veces durante mi vida o vi que vivían mis compañeros en la vida religiosa, eran ataques de este demonio de la acedia, que les hacía odiar las formas y hacerlos pasar a la informalidad: querer tirar todas las cosas.

Recuerdo que mientras estudiaba teología en Holanda, fui a Alemania a estudiar alemán en un filosofado de una orden religiosa, y estando yo allí llegó una carta del General de esa orden religiosa. Luego me enteré que aquello se debía a que los jóvenes del filosofado habían sacado una imagen del Sagrado Corazón que estaba en la escalera y la habían enterrado en el bosque. Era por los años 64-65. Aquí tienen ustedes un ejemplo de hasta qué punto la acedia había invadido las formas religiosas. Una especie de aversión a las formas religiosas e incluso a las imágenes sagradas. Quizás porque venía una invasión de otro gusto artístico. Pero en ese momento yo no comprendía a qué se debía eso.

En esos tiempos también toda la Iglesia –todo el pueblo católico– estaba invadida por esa reacción, cercana al Concilio, alrededor del Concilio, en que se quería innovar todas las cosas. Había una predisposición para terminar o abolir todas las cosas anteriores.

Recuerdo iglesias en las cuales se retiraban los reclinatorios; se sacaban las imágenes. Había como un despojamiento que acercaba a nuestros templos al aspecto de los templos protestantes: sin imágenes y sin los gestos tradicionales de la piedad cristiana. Eso en ese momento yo no lo comprendía, lo comprendí después.

Estaba contándoles que en ese momento en que, dando los ejercicios, comencé a ver el tema de la acedia, se me fueron iluminando pasajes y experiencias de mi vida anterior. Comprendí el motivo de esa pérdida del fervor religioso que yo había experimentado. Y que también lo habían experimentado tantos compañeros míos, con efectos mucho más funestos para su vida sacerdotal y de fe; para su vida religiosa.

Comencé también a comprender la apostasía. El fenómeno de la apostasía. Lo vi en numerosísimos católicos, que provenían de familias tradicionalmente católicas, en Uruguay. En pocas generaciones se terminaban las familias católicas y aquéllos que habían ido, junto con sus padres, al templo en la Misa dominical, después abandonaban la práctica. Y en dos o tres generaciones ya ni siquiera se casaban por la Iglesia. Habían abandonado también - por acedia, por acedia cultural– su fe. Viviendo en esta civilización de la acedia se habían contagiado de este demonio de la acedia que hace abominar las cosas de Dios y los signos de Dios y las virtudes teologales.

Muchas de esas almas que habían vivido un pasado fervientemente católico, no es que se convirtieran en malas personas. Pero, habiendo terminado su relación con Dios se abrazaban a las virtudes morales y cultivaban, entonces, lo que podemos llamar “una encomiable filantropía”. Amor a los hombres. Pero no el amor de la caridad fundado en Dios y motivado por Dios, sino una filantropía. Un amor humano. Un amor compasivo por los otros. En los cuales había un residuo de su capacidad de piedad hacia los otros; un residuo de su fe perdida. Y entonces conocí esos a quienes yo llamo «honorables apóstatas», «honrosos apóstatas»; que decían haber abandonado la fe y se entregaban a obras de caridad, a las obras de filantropía, a la lucha política, a intentar cambiar la suerte de los pobres, movidos por una compasión humana muy encomiable, pero que ya no era la motivada por la caridad cristiana sino por esa compasión humana filantrópica.

Habiendo dejado las virtudes teologales cultivaban este nuevo modo de vivir entregándose a las virtudes humanas con una especie de elegancia. Y yo me pregunto si no con una cierta soberbia de sentirse tan buenos. Habían terminado con la contemplación de Dios y de los misterios cristianos pero vivían ahora contemplándose a sí mismos. Y contemplando un poco el bien del que eran capaces. Y creo que haber sabido lo que es la acedia me ha ayudado a comprender el engaño en que habían incurrido estos personajes llevados por el demonio de la acedia.

Algunos habían pasado de la tristeza por las cosas de Dios a la aversión contra las cosas de Dios, y conocí algunos que habiendo sido creyentes y cristianos en su niñez o en su adolescencia, después se hicieron verdaderos enemigos de la fe católica abrazándose a aquellas acusaciones que se han hecho desde los ámbitos ideológicos, de que la fe católica era el opio del pueblo, de que había que terminar con la fe católica para que sobreviniera, pudiera venir la sociedad perfecta, la sociedad solidaria y sin clases.

A partir de estos contemporáneos míos, que habían descendido de las virtudes teologales a las virtudes humanas, y que vivían tratando de practicarlas con un fervor que suplía el fervor religioso perdido, pero que los llevaba a contemplarse a si mismos y a buscar la propia gloria en la propia bondad en el ejercicio de las virtudes morales, me fui remontando –a medida que pensaba y meditaba en el fenómeno– a los orígenes históricos de este proceso. Y me di cuenta de que no era contemporáneo. Que esto había comenzado en el pueblo católico bastantes siglos atrás. Que había sido un proceso que se había cumplido, por ejemplo, en la revolución francesa, (donde hubo un intento de abolir las formas cristianas, las formas católicas, y suplirlas por otras formas) Donde la Catedral de Nôtre Dame, por ejemplo, fue consagrada a la diosa razón, donde se quiso cambiar el calendario católico por un calendario puramente naturalista.

Fui cayendo en la cuenta de que había habido –históricamente– varios intentos de abolir la fe. No era solamente la revolución francesa, estaban la revolución bolchevique, el intento de abolir el cristianismo en los países del Oriente, en España, en México, en América Latina. Todos obedecían a una acedia que era intelectual que obedecía a una ideología; a razones “bien intencionadas”: se decía que era necesario que desapareciera esta fe que era un obstáculo para el progreso humano.

Fui comprendiendo que el demonio de la acedia había actuado en el pasado –históricamente– y había sido causa de las persecuciones en nuestros tiempos. Comprendí que esto había producido un combate de la filantropía contra la caridad. En mi propio país - Uruguay– los jesuitas fueron expulsados a mitad del siglo XIX, porque uno de ellos en la fiesta de la consagración de una religiosa del Huerto predicó diciendo que la filantropía que se proponía era la moneda falsa de la caridad.

Me di cuenta de que lo que yo había vivido y experimentaba en mi tiempo no era una novedad sino que era algo que venía sucediendo durante mucho tiempo a lo largo de la historia. Comprendí que el fenómeno del demonio de la acedia no era una cosa puntual, sino era algo que venía jugándose en la historia más reciente, si es que consideramos reciente la historia de los últimos siglos.

Después comprendí que esto en realidad se inició en el segundo acto de la creación. Cuando el demonio se empeñó –ya desde el comienzo– en abolir la obra de Dios como si fuese un mal. Fui comprendiendo que este empeño prosigue a lo largo de los siglos.

También fui comprendiendo un fenómeno que me había llamado la atención: el que muchas personas se sentían molestas con el ruido de las campanas. En Europa me lo encontré. Me lo volví a encontrar en algunos pueblos del interior de mi país. Había gente que protestaba contra las campanas y exigía que no se tocaran las campanas para convocar a Misa en horas tempranas. Y que la Iglesia cedía ante este pedido con cierta buena educación “para no molestar a los vecinos”.

Pero yo me preguntaba si esas personas no se sentían molestas con los ruidos de los salones de baile o de los aviones que pasaban atronando el espacio rompiendo la barrera del sonido, ¿por qué solamente con las campanas?
De los ruidos de la ciudad molestaban únicamente el sonido de las campanas, ¿por qué esta aversión al sonido de las campanas? Me parece que también allí había acedia.

Me encontré también en mi práctica pastoral, con personas que me decían que ellos habían sido –cuando niños– pupilos de colegios de alguna congregación religiosa, donde se les obligaba a oír misa todos los domingos. Y que consideraban que “habían oído misa para toda su vida”.
En ese momento me pareció que tenían una especie de empacho de Cristo, los llamé «los empachados de Cristo». Habían sido víctimas –quizás– de una imposición de las formas de la piedad y ahora estaban como resentidos con eso. Habían recalcitrado durante ese tiempo. No habían alcanzado nunca a introducirse en el espíritu que debía imbuir esas formas y hacerlas significativas.

Quizás falló, en esos pedagogos, la capacidad de inducirlos –a través de las formas– a encontrar el espíritu que había dentro. O, en muchos casos, no era por causa de los educadores, sino por causa de ellos mismos. Porque muchos otros compañeros suyos encontraron, mediante esas mismas prácticas, el camino de la fe en Nuestro Señor Jesucristo y perseveraron en el camino de la vida católica. Para ellos esas formas fueron motivos de empacho, de rechazo a las cosas divinas.

Y queridos amigos, estamos llegando al fin de este programa. Y podría seguir tanto tiempo hablándoles y contándoles de mi historia, de mi encuentro con el demonio de la acedia y de lo que el Señor me enseñó acerca de él para defenderme y para defender a sus ovejas. Y podría seguir aquí mucho tiempo, pero tenemos que terminarlo. Y por lo tanto los dejo hasta el próximo programa, pidiendo al Señor que los bendiga y al Ángel de la Guarda de cada uno que los libre del demonio de la acedia. Hasta el próximo capitulo de esta serie, si Dios quiere.

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