por Makf | 11 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Papa Francisco | Fuente: ACI Prensa || Vatican.va
El Papa afirmó que las Sagradas Escrituras son el testimonio en forma escrita de la Palabra divina.
El Papa Francisco recibió al mediodía del 12 de abril de 2013 a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, encabezados por su Presidente, el Arzobispo Gerhard Ludwig Müller, tras la celebración de su Asamblea plenaria anual.
Al recordar que han profundizado el tema de "la inspiración y la verdad de la Biblia», el Santo Padre destacó la importancia que el tema tiene no sólo para cada creyente, sino para la Iglesia entera, puesto que "la vida y la misión de la Iglesia se fundan en la Palabra de Dios, que es alma de la teología y, al mismo tiempo, inspiradora de toda la existencia cristiana".
Ofrecemos a continuación el texto completo del discurso:
Discurso del Santo Padre Francisco
a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica
12 de abril de 2013
Su Eminencia,
Venerado hermano,
Estimados miembros de la Comisión Bíblica Pontificia,
Me complace acogerlos al final de vuestra Asamblea Plenaria anual. Doy las gracias al presidente, monseñor Gerhard Ludwig Müller, el saludo y la concisa exposición del tema que ha sido objeto de una consideración cuidadosa en el curso de vuestros trabajos. Os habéis reunido una vez más para estudiar un tema muy importante: la inspiración y la verdad de la Biblia.
Este es un tema que afecta no sólo al creyente, sino a toda la Iglesia, porque la vida y misión de la Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios, la cual es el alma de la teología y, en conjunto, la inspiración de toda vida cristiana .
Como sabemos, las Sagradas Escrituras son el testimonio escrito de la Palabra de Dios, el memorial canónico que certifica el acontecimiento de la Revelación. La Palabra de Dios, por lo tanto, precede y excede la Biblia. Es por esta razón que nuestra fe no tiene en el centro sólo un libro, sino una historia de salvación y, sobre todo, a una Persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne. Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la Escritura, para entenderla correctamente es necesaria la presencia constante del Espíritu Santo, que "nos guiará a la verdad completa" (Jn. 16,13).
Hace falta colocarse en la corriente de la gran Tradición que, con la ayuda del Espíritu Santo y la guía del Magisterio, ha reconocido los escritos canónicos como palabra que Dios dirige a su pueblo y nunca ha dejado de meditarlos y descubrir sus inagotables riquezas. El Concilio Vaticano II lo reiteró con gran claridad en la Constitución dogmática Dei Verbum :
"Todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios". (n. 12).
Como nos recuerda la citada Constitución conciliar, hay una unidad inseparable entre la Escritura y la Tradición, ya que ambos vienen de la misma fuente: "La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin.
Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad". ( ibid. , 9).
De ello se deduce que el exégeta debe estar atento a percibir la Palabra de Dios presente en los textos bíblicos colocándolo dentro de la misma fe de la Iglesia. La interpretación de las Sagradas Escrituras no puede ser sólo un esfuerzo científico individual, sino que siempre deben ser confrontada, insertada y autentificada por la tradición viva de la Iglesia.
Esta norma es decisiva para precisar la correcta y recíproca relación entre la exégesis y el Magisterio de la Iglesia. Los textos inspirados por Dios fueron confiados a la comunidad de creyentes, a la Iglesia de Cristo, para alimentar la fe y guiar la vida de caridad. El respeto de esta naturaleza profunda de las Escrituras condiciona la misma validez y eficacia de la hermenéutica bíblica.
Esto comporta la insuficiencia de toda interpretación subjetiva o sencillamente limitada a un análisis incapaz de acoger en sí ese sentido global que en el curso de los siglos ha constituido la Tradición del entero Pueblo de Dios, que "in credendo falli nequit (no puede equivocarse cuando cree)" (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium , 12).
Queridos hermanos, me gustaría terminar mi intervención dando las gracias a todos ustedes y animándolos en su importante labor. Que el Señor Jesucristo, Verbo de Dios encarnado y divino Maestro que ha abierto la mente y el corazón de sus discípulos a la inteligencia de las Escrituras (Cfr. Lc 24, 45), guíe y sostenga siempre su actividad. Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, les enseñe a acoger plenamente la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura no sólo a través de la investigación intelectual, sino en la oración y en toda su vida de creyentes, sobre todo en este Año de la fe, a fin de que su trabajo contribuya a hacer resplandecer la luz de la Sagrada Escritura en el corazón de los fieles. Deseándoles una fructuosa continuación de sus actividades, invoco sobre ustedes la luz del Espíritu Santo e imparto a todos mi Bendición.
por Makf | 11 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Papa Francisco | Fuente: ACI Prensa || Vatican.vat
Homilia en la Misa celebrada el 23 de abril de 2013 en la Capilla Paulina del Vaticano, el día de su santo, San Jorge.
En una Eucaristía celebrada en la NNCapilla Paulina del Vaticano con los cardenales que residen en Roma, el Santo Padre agradeció a los presentes y centró su homilía en tres puntos: el fervor de evangelización de los primeros cristianos; la Iglesia que es Madre de la fe y la alegría del misionero.
A continuación el texto completo de la homilía:
Homilia del Santo Padre Francisco
Capilla Paulina
Martes, 23 de abril de 2013
Agradezco a Su Eminencia, el Señor Cardenal Decano, sus palabras: muchas gracias, Eminencia, gracias.
Les doy las gracias también a ustedes, que han querido venir hoy. Gracias. Porque me siento muy bien acogido por ustedes. Gracias. Me siento bien con ustedes, y eso me gusta.
La primera lectura de hoy me hace pensar que, precisamente en el momento en que se desencadena la persecución, prorrumpe la pujanza misionera de la Iglesia. Y estos cristianos habían llegado hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, y proclamaban la Palabra (cf. Hch 11,19).
Tenían este fervor apostólico en sus adentros, y la fe se transmite así. Algunos, de Chipre y de Cirene —no éstos, sino otros que se habían hecho cristianos—, una vez llegados a Antioquía, comenzaron a hablar también a los griegos (cf. Hch 11,20). Es un paso más. Y la Iglesia sigue adelante así. ¿De quién es esta iniciativa de hablar a los griegos, algo que no se entendía, porque se predicaba sólo a los judíos? Es del Espíritu Santo, Aquel que empujaba más y más, siempre más.
Pero en Jerusalén, al oír esto, alguno se puso un poco nervioso y enviaron una Visita Apostólica, enviaron a Bernabé (cf. Hch 11,22). Tal vez podemos decir, con un poco de sentido del humor, que esto es el comienzo teológico de la Congregación para la Doctrina de la Fe: esta Visita Apostólica de Bernabé. Él observó y vio que las cosas iban bien (cf. Hch 11,23). Y así la Iglesia es más Madre, Madre de más hijos, de muchos hijos: se convierte en Madre, Madre, cada vez más Madre, Madre que nos da la fe, la Madre que nos da una identidad. Pero la identidad cristiana no es un carnet de identidad. La identidad cristiana es una pertenencia a la Iglesia, porque todos ellos pertenecían a la Iglesia, a la Iglesia Madre, porque no es posible encontrar a Jesús fuera de la Iglesia.
El gran Pablo VI decía: Es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia (cf. Exort. Ap. Evangelii nuntiandi, 16). Y esa Iglesia Madre que nos da a Jesús nos da la identidad, que no es sólo un sello: es una pertenencia. Identidad significa pertenencia. La pertenencia a la Iglesia: ¡qué bello es esto!
La tercera idea que me viene a la mente —la primera: prorrumpió la pujanza misionera; la segunda: la Iglesia Madre— es que cuando Bernabé vio aquella multitud —el texto dice: «Y una multitud considerable se adhirió al Señor» (Hch 11,24)—, cuando vio aquella multitud, se alegró. «Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró» (Hch 11,23). Es la alegría propia del evangelizador. Es, como decía Pablo VI, «la dulce y consoladora alegría de evangelizar» (cf. Exort. Ap. Evangelii nuntiandi, 80). Y esta alegría comienza con una persecución, con una gran tristeza, y termina con alegría. Y así, la Iglesia va adelante, como dice un santo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos del Señor (cf. San Agustín, De civitate Dei, 18,51,2: PL 41,614). Así es la vida de la Iglesia. Si queremos ir por la senda de la mundanidad, negociando con el mundo —como se quiso hacer con los Macabeos, tentados en aquel tiempo—, nunca tendremos el consuelo del Señor. Y si buscamos únicamente el consuelo, será un consuelo superficial, no el del Señor, será un consuelo humano. La Iglesia está siempre entre la Cruz y la Resurrección, entre las persecuciones y los consuelos del Señor. Y este es el camino: quien va por él no se equivoca.
Pensemos hoy en la pujanza misionera de la Iglesia: en estos discípulos que salieron de sí mismos para ponerse en camino, y también en los que tuvieron la valentía de anunciar a Jesús a los griegos, algo casi escandaloso por entonces (cf. Hch 11,19-20). Pensemos en la Iglesia Madre que crece, que crece con nuevos hijos, a los que da la identidad de la fe, porque no se puede creer en Jesús sin la Iglesia. Lo dice el mismo Jesús en el Evangelio: «Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas» (cf. Jn 10,26). Si no somos «ovejas de Jesús», la fe no llega; es una fe de agua de rosas, una fe sin sustancia. Y pensemos en la consolación que tuvo Bernabé, que es precisamente «la dulce y consoladora alegría de evangelizar». Y pidamos al Señor esa parresia, ese fervor apostólico que nos impulse a seguir adelante, como hermanos, todos nosotros: ¡adelante! Adelante, llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, como decía San Ignacio, jerarquía y católica. Que así sea.
por Makf | 11 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Papa Francisco | Fuente: ACI Prensa
El Papa Francisco en su catequesis de la audiencia general exhortó a no tener miedo al juicio final y a vivir el amor para vivir mejor el presente.
Audiencia General
Plaza San Pedro
Miércoles 24 de abril de 2013
Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
En el Credo profesamos que Jesús "de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos". La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo.
A menudo nos olvidamos de estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el regreso de Cristo y en el juicio final a veces no está tan clara y sólida en el corazón de los cristianos. Jesús durante su vida pública, a menudo ha reflexionado sobre la realidad de su venida final.
Sobre todo recordamos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios ha llevado al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraernos a todos hacia sí mismo, llamar a todo el mundo para ser recibido en los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre.
Hay, sin embargo, este "tiempo intermedio" entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el momento que estamos viviendo. En este contexto se coloca la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25,1-13). Se trata de diez muchachas que esperan la llegada del Esposo, pero tarda y ellas se duermen.
Ante el repentino anuncio de que el Esposo está llegando, todas se preparan para recibirlo, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen el aceite para alimentar sus lámparas, las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas, porque no lo tienen, y mientras buscan al Esposo que llega, las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que conduce a la fiesta de bodas.
Llaman con insistencia, pero es demasiado tarde, el esposo responde: no os conozco. El Esposo es el Señor, y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él se nos da, con misericordia y paciencia, antes de su llegada final, tiempo de la vigilancia; tiempo en que tenemos que mantener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad, donde mantener abierto nuestro corazón a la bondad, a la belleza y a la verdad; tiempo que hay que vivir de acuerdo a Dios, porque no conocemos ni el día, ni la hora del regreso de Cristo.
Lo que se nos pide es estar preparados para el encuentro: preparados a un encuentro, a un hermoso encuentro, el encuentro con Jesús, que significa ser capaz de ver los signos de su presencia, mantener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar atentos para no caer dormidos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, ¿eh?, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús… ¡No se duerman!
La segunda parábola, la de los talentos, nos hacen reflexionar sobre la relación entre la forma en que usamos los dones recibidos de Dios y su regreso, cuando nos pedirá cómo los hemos utilizado (cf. Mt 25,14-30). Conocemos bien la historia: antes de salir de viaje, el dueño da a cada siervo algunos talentos para que sean bien utilizados durante su ausencia.
Al primero le entrega cinco, dos al segundo y uno al tercero. Durante su ausencia, los dos primeros siervos multiplicar sus talentos - se trata de monedas antiguas, ¿verdad? -, Mientras que el tercero prefiere enterrar su propio talento y entregarlo intacto a su dueño. A su regreso, el dueño juzgar su trabajo: alaba a los dos primeros, mientras que el tercero viene expulsado fuera de la casa, porque ha mantenido oculto por temor el talento, cerrándose sobre sí mismo.
Un cristiano que se encierra dentro de sí mismo, que oculta todo lo que el Señor le ha dado… es un cristiano… ¡no es un cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado!
Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es el tiempo de la acción. Nosotros somos el tiempo de la acción, tiempo para sacar provecho de los dones de Dios, no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los otros, tiempo para tratar siempre de hacer crecer el bien en el mundo.
Y sobre todo hoy, en este tiempo de crisis, es importante no encerrarse en sí mismos, enterrando el propio talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales, todo lo que el Señor nos ha dado, sino abrirse, ser solidarios, tener cuidado de los demás.
En la plaza, he visto que hay muchos jóvenes. ¿Es verdad esto? ¿Hay muchos jóvenes? ¿Dónde están? A ustedes, que están en el comienzo del camino de la vida, pregunto: ¿Han pensado en los talentos que Dios les ha dado? ¿Han pensado en cómo se pueden poner al servicio de los demás? ¡No entierren los talentos! Apuesten por grandes ideales, los ideales que agrandan el corazón, aquellos ideales de servicio que harán fructíferos sus talentos.
La vida no se nos ha dado para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos ha dado, para que la donemos. ¡Queridos jóvenes, tengan un corazón grande! ¡No tengan miedo de soñar cosas grandes!
Por último, una palabra sobre el párrafo del juicio final, donde viene descrita la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, vivos y muertos (cf. Mt 25,31-46). La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras.
A la derecha se sitúan los que han actuado de acuerdo a la voluntad de Dios, que han ayudado al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, el enfermo, el encarcelado, el extranjero. Pienso en los muchos extranjeros que hay aquí en la diócesis de Roma. ¿Qué hacemos con ellos? Mientras que a la izquierda están los que no han socorrido al prójimo. Esto nos indica que seremos juzgados por Dios en la caridad, en cómo lo hemos amado en los hermanos, especialmente los más vulnerables y necesitados.
Por supuesto, siempre hay que tener en cuenta que somos justificados, que somos salvados por la gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede. Solos no podemos hacer nada.
La fe es ante todo un don que hemos recibido, pero para dar fruto, la gracia de Dios siempre requiere de nuestra apertura a Él, de nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene para traernos la misericordia de Dios que salva. Se nos pide que confiemos en Él, de responder al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y el amor.
Queridos hermanos y hermanas, no tengamos nunca miedo de mirar el juicio final; que ello nos empuje en cambio a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres y en los pequeños, para que nos comprometamos con el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, pueda reconocernos como siervos buenos y fieles. Gracias.
por Makf | 11 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Catholic.net
El papa Francisco en la homilía en Santa Marta recuerda que la fe "es un camino de belleza que nos ha indicado Jesús".
Homilía del Papa Francisco
26 de abril de 2013
La fe no es ni una alienación ni una estafa, sino un camino concreto de belleza y de verdad indicado por Jesús, para preparar nuestros ojos para mirar sin gafas “el rostro maravilloso de Dios”, en el lugar definitivo que nos ha preparada para cada uno. Es una invitación a no dejarse tomar por el miedo y a vivir la vida como una preparación a ver mejor, escuchar mejor y amar más.
Lo indicó el papa Francisco en su homilía de la misa de este viernes 26 de abril en la capilla de la residencia Santa Marta.
El papa Francisco --indicó hoy el diario vaticano L´Osservatore Romano al publicar la homilía- ha centrado sus palabras sobre el pasaje de san Juan, “No se turbe vuestro corazón. Tengan fe en Dios y tengan fe en mi. En la casa del Padre hay muchas moradas. (…) y del lugar a donde yo voy conocen la vía”.
“Estas palabras de Jesús --comentó el pontífice- son justamente palabras hermosas. En un momento de despedida, Jesús les habla a sus discípulos desde el corazón. Él sabe que sus discípulos están tristes porque se dan cuenta de que la cosa no va bien”. Entonces Jesús les da coraje, les tranquiliza, les abre un horizonte de esperanza".
Y el papa se interroga: “¿De qué comienza a hablar Jesús? Del cielo, de la patria definitiva”. Y para ello como un arquitecto indica lo que va a hacer: va a prepararles un lugar.
¿Por qué esta preparación? ¿Cómo sucede? ¿Se trata de alquilar una habitación allí arriba? Y Francisco explica que preparar el lugar significa “preparar nuestra posibilidad de gozar, de ver, de sentir, de entender la belleza de lo que nos esperamos, de aquella patria hacia la cual nosotros caminamos”.
“Toda la vida cristiana --prosiguió el papa- es un trabajo de Jesús, del Espíritu Santo para prepararnos un lugar, prepararnos los ojos para poder ver”.
Alguien podría objetar, dijo: “¡pero padre, yo veo bien, no necesito gafas”. Y el papa recordó que personas con cataratas cuando se hacen operar, después dicen: “¡Nunca creí que se pudiera ver así de bien sin gafas!”.
Nuestros ojos son los del alma y necesitan prepararse para ver el rostro maravilloso de Jesús. Hay que “preparar el oído para poder sentir las cosas bellas, las palabras bellas. Y principalmente preparar el corazón para amar más”, dijo.
Porque en el camino de la vida --indicó el santo padre-- el señor hace esto valiéndose de las pruebas, las consolaciones, tribulaciones, y con todas las cosas buenas. Todo el camino de la vida es un camino de preparación.
Y el papa Francisco pone en guardia del peligro de no reconocer una perspectiva de eternidad, de perder esta dimensión fundamental de nuestra vida y del camino de fe. Y que alguien podrá decir: “Pero padre, yo fui a lo de un filósofo y me dijo que todos estos pensamientos son una alienación, que nosotros estamos alienados, que la vida es esta, lo concreto, y el más allá no se sabe que cosa sea…”.
Algunos piensan así, pero Jesús nos dice: “Tengan fe en mí, lo que yo te digo es la verdad, yo no estafo, yo no te engaño”.
“Desde el tiempo de Abraham --dijo el papa- estamos en camino con la promesa de una patria definitiva. Si nosotros vamos a leer el capítulo undécimos de la carta a los hebreos, encontraremos aquella hermosa figura de nuestros antepasados, de nuestros padres, que hicieron este camino hacia la patria y la saludaban desde lejos”.
“Prepararse para el cielo y comenzar a saludarlo desde lejos”. Y esta “no es alienación, esta es la verdad, esto es dejar que Jesús prepare nuestro corazón, nuestro ojos para aquella belleza tan grande. Es el camino de la belleza. También el camino del retorno a la patria".
“Que el Señor --concluyó el papa- nos de esta esperanza fuerte”, y también “el coraje de saludar la patria desde lejos”. Y la “humildad de dejarnos preparar. O sea que el Señor prepare la morada, la morada definitiva en nuestro corazón, en nuestros ojos y en nuestro oído”.
por Makf | 11 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Cr José Antonio Varela V. | Fuente: Zenit.org
Nuestra fe nos recuerda que no estamos solos sino que hay una comunión de vida entre todos los que pertenecen a Cristo.
En la mañana del miércoles 30 de octubre de 2013, el papa Francisco dijo las siguientes palabras a los fieles presentes en la audiencia general:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy me gustaría hablar de una realidad muy bella de nuestra fe, es decir, la comunión de los santos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que este término hace referencia a dos realidades: la comunión en las cosas santas, y la comunión entre las personas santas (núm. 948). Me centro en el segundo significado: es una verdad entre las más reconfortantes de nuestra fe, porque nos recuerda que no estamos solos sino que hay una comunión de vida entre todos los que pertenecen a Cristo.
Una comunión que nace de la fe; de hecho el término "santos" se refiere a aquellos que creen en el Señor Jesús, y se incorporan a Él en la Iglesia a través del bautismo. Por eso, los primeros cristianos fueron llamados también "los santos" (cf. Hch. 9,13.32.41; Rm. 8,27; 1 Cor. 6,1).
1 . El Evangelio de Juan dice que, antes de su pasión, Jesús oró al Padre por la comunión entre los discípulos con estas palabras: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (17,21). La Iglesia, en su verdad más profunda, es comunión con Dios, familiaridad con Dios, una comunión de amor con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una comunión fraterna.
Esta relación entre Jesús y el Padre es la "matriz" de la unión entre nosotros los cristianos: si estamos íntimamente inseridos en esta "matriz", en este horno ardiente de amor, entonces podemos llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios incinera nuestro egoísmo, nuestros prejuicios, nuestras divisiones internas y externas. El amor de Dios también incinera nuestros pecados.
- Si esto tiene su origen en la fuente del amor, que es Dios, entonces también se da el movimiento recíproco: de los hermanos a Dios; la experiencia de la comunión fraterna con Dios me lleva a la comunión con Dios. Estar unidos entre nosotros nos lleva a estar unidos a Dios, nos lleva a esta relación con Dios que es nuestro Padre. Este es el segundo aspecto de la comunión de los santos que me gustaría subrayar: nuestra fe necesita del apoyo de los demás, especialmente en tiempos difíciles. Si estamos unidos la fe se vuelve más fuerte.
¡Qué hermoso es apoyarse mutuamente en la aventura maravillosa de la fe! Digo esto porque la tendencia a refugiarse en lo privado también ha influido en la esfera religiosa, por lo que muchas veces es difícil buscar la ayuda espiritual de aquellos que comparten nuestra experiencia cristiana.
Todos las hemos experimentado; yo también, forma parte del camino de la fe, del camino de nuestra vida. ¿Quién de nosotros no ha experimentado inseguridad, desconcierto e incluso dudas en el camino de la fe? Todos hemos experimentado esto, también yo: es parte del camino de la fe, es parte de nuestra vida. Todo esto no debe sorprendernos, porque somos seres humanos, marcados por la fragilidad y las limitaciones; todos somos frágiles, todos tenemos límites. Sin embargo, en estos tiempos difíciles hay que confiar en la ayuda de Dios, a través de la oración filial, y al mismo tiempo, es importante encontrar el coraje y la humildad para estar abierto a los demás, para pedir ayuda, para pedir que nos den una mano.
¡Cuántas veces hemos hecho esto, y después hemos sido capaces de salir del problema y encontrar a Dios otra vez! En esta comunión --comunión quiere decir común-unión--, somos una gran familia, donde todos los componentes se ayudan y se apoyan mutuamente.
- Y ahora llegamos a otro aspecto: la comunión de los santos va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre. Esta unión entre nosotros, va más allá y continúa en la otra vida; es una unión espiritual que nace del bautismo y no se rompe con la muerte, sino que, gracias a Cristo resucitado, está destinado a encontrar su plenitud en la vida eterna.
Hay un vínculo profundo e indisoluble entre los que son todavía peregrinos en este mundo -- incluidos nosotros-- y los que han cruzado el umbral de la muerte para entrar a la eternidad. Todos los bautizados aquí en la tierra, las almas del Purgatorio, y todos los santos que ya están en el Paraíso forman una sola gran familia. Esta comunión entre el cielo y la tierra se realiza sobre todo en la oración de intercesión.
Queridos amigos, ¡tenemos esta belleza! Es nuestra realidad, la de todos, lo que nos hace hermanos, que nos acompaña en el camino de la vida y hace que nos encontremos de nuevo allá en el cielo. Vayamos por este camino con confianza, con alegría. Un cristiano debe ser alegre, con la alegría de tener a tantos hermanos y hermanas bautizados que caminan con él; sostenido por la ayuda de nuestros hermanos y hermanas que transitan este mismo camino para ir al cielo. Y también con la ayuda de nuestros hermanos y hermanas que están en el cielo y oran a Jesús por nosotros. ¡Adelante por este camino de felicidad!