por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Los apóstoles están recogidos en el Cenáculo. Alrededor de la mesa en que fue celebrada la Pascua. Pero, por respeto, el sitio del centro, el de Jesús, está desocupado.
También los apóstoles, faltando quien los polarice y distribuya por voluntad propia y por elección de amor, se han colocado de forma distinta. Pedro está todavía en su sitio. Pero en el sitio de Juan está ahora Judas Tadeo.
Luego viene el más anciano de los apóstoles, que no sé todavía quién es no sé todavía quién es, considerada la fecha de la presente "visión", que precede a casi todas las de la vida pública de Jesús); luego Santiago, hermano de Juan, casi en la esquina de la mesa por la parte derecha, respecto a mí, que miro.
Al lado de Santiago, pero en el lado corto de la mesa, está sentado Juan. Y después de Pedro viene Mateo, y después de Mateo Tomás, luego uno cuyo nombre no sé, luego Andrés, luego Santiago, hermano de Judas Tadeo, y otro cuyo nombre no sé, en los otros lados. El lado largo que está enfrente de Pedro aparece vacío, pues los apóstoles están más arrimados en los asientos de lo que lo estaban en la Pascua.
Las ventanas están bien trancadas, y también las puertas. La lámpara, de la que están encendidos sólo dos mecheros, esparce luz, tenue, sólo sobre la mesa. El resto de la amplia estancia está en la penumbra.
Juan, a cuyas espaldas hay un aparador, tiene el encargo de pasar a sus compañeros lo que desean de la parca comida (compuesta de pescado, que está en la mesa, pan, miel y pequeños quesos frescos). Y es en el acto de volverse hacia la mesa, para dar a su hermano el queso que le ha pedido, cuando Juan ve al Señor.
Jesús se ha aparecido de forma muy curiosa. La pared que está a espaldas de los comensales -una pared continua excepto en el ángulo donde está la pequeña puerta-, en su centro, se ha iluminado, a una altura de un metro del suelo aproximadamente, con una luz tenue y fosforescente, como la que emanan ciertos cuadraditos que son luminosos sólo en la oscuridad de la noche. La luz, de una altura de casi dos metros, tiene forma oval, como si fuera un nicho.
En la luminosidad, como si avanzara desde detrás de velos de niebla luminosa, va emergiendo cada vez más netamente Jesús.
No sé si logro explicarme bien. Parece como si su Cuerpo fluyera a través del espesor de la pared, que no se abre, sino que permanece compacta; pero el Cuerpo pasa igual. La luz parece la primera emanación de su Cuerpo, el anuncio de estarse acercando. El Cuerpo, primero, está formado por leves líneas de luz (como veo en el Cielo al Padre y a los ángeles santos): es inmaterial. Luego se va materializando cada vez más, hasta tomar, en todo, el aspecto de un cuerpo real, de su divino Cuerpo glorificado.
Mi descripción ha sido larga, pero la cosa se ha producido en pocos segundos.
Jesús está vestido de blanco, como cuando resucitó y se apareció a su Madre. Hermosísimo, amoroso, sonriente.
Tiene los brazos extendidos a lo largo de los lados del Cuerpo, un poco separados de éste, con las Manos hacia abajo y con la palma vuelta hacia los apóstoles. Las dos Llagas de las Manos parecen dos estrellas de diamantes, de las que salen dos rayos vivísimos. No veo los Pies, pues están cubiertos por la túnica, tampoco veo el Costado.
Pero a través de la tela de su vestido no terreno se filtra luz en los lugares en que aquélla oculta las divinas Heridas. Al principio parece que Jesús es sólo Cuerpo de candor lunar; ahora, después de haberse concretado apareciendo fuera del halo de luz, tiene los colores naturales de sus cabellos, ojos y piel: es Jesús, en fin, Jesús-Hombre-Dios; pero, ahora que ha resucitado, ha adquirido mayor solemnidad.
Juan lo ve cuando Él está ya así. Ningún otro se había percatado de la aparición. Juan se pone bruscamente de pie, dejando caer sobre la mesa el plato de los pequeños quesos redondos. Apoyando las manos en el borde de la mesa, se inclina un poco, oblicuamente, hacia ésta, como si un imán lo atrajera, y exhala un « ¡Oh!» quedo pero intenso.
Los otros, que habían alzado los ojos de sus platos al caer, ruidoso, el plato de los quesos y al ver la repentina reacción de Juan, y que lo habían mirado asombrados al ver su postura extática, ahora siguen su mirada. Vuelven la cabeza o se vuelven ellos, según la posición en que se encontraran respecto al Maestro, y ven a Jesús. Se ponen todos en pie, emocionados y dichosos, y se apresuran a ir donde Él, que, acentuando su sonrisa se está acercando, caminando ahora sobre el suelo, como todos los mortales.
Jesús, que antes miraba, fijamente, sólo a Juan -y yo creo que Juan se ha vuelto atraído por esa mirada que lo acariciaba-mira a todos y dice:
-Paz a vosotros.
Ahora todos están a su alrededor, quién de rodillas a sus pies (entre éstos, Pedro y Juan -es más, Juan besa un borde de la túnica y se la pone en la cara como buscando su caricia-), quién más atrás de pie, pero muy inclinado en actitud de reverencia.
Pedro, para llegar antes, ha dado un verdadero brinco por encima del asiento, saltándolo, sin esperar a que Mateo, saliendo antes, dejara libre el sitio (hay que recordar que los asientos servían para dos personas simultáneamente).
El único que se queda un poco lejos, con gesto de embarazo, es Tomás. Se ha arrodillado al lado de la mesa, pero no se atreve a ir más adelante, es más, parece como si intentara esconderse tras la esquina de la mesa.
Jesús, dando a besar sus Manos -con ardor santo y amoroso buscan estas Manos los apóstoles-, pasa su mirada sobre las cabezas agachadas, como buscando al undécimo. Pero desde el primer momento lo ha visto (su gesto tiene sólo la finalidad de dar tiempo a Tomás de recobrarse y acercarse).
Viendo que el incrédulo, avergonzado por su falta de fe, no se atreve a hacerlo, lo llama:
-Tomás, ven aquí.
Tomás alza la cabeza, confundido, casi llorando, pero no se atreve a ir. Baja de nuevo la cabeza.
Jesús da algunos pasos hacia él y vuelve a decir:
-Ven aquí, Tomás.
La voz de Jesús es más imperiosa que la primera vez.
Tomás se alza, retraído y confuso, y va hacia Jesús.
-¡Aquí está el que no cree si no ve! -exclama Jesús. Pero en su voz hay una sonrisa de perdón.
Tomás lo percibe, se decide a mirar a Jesús, y ve que verdaderamente sonríe; entonces gana coraje y se acerca más deprisa.
-Ven aquí, bien cerca. Mira. Mete un dedo, si no te basta mirar, en las heridas de tu Maestro.
Jesús ha extendido las Manos y luego ha abierto la túnica en la parte del pecho, descubriendo el desgarro del Costado. La luz no nace ya de las Heridas. No surge ya desde que, saliendo de su halo de luz lunar, ha empezado a caminar como un Hombre mortal. Las Heridas se muestran en su cruenta realidad: dos agujeros irregulares, izquierdo hasta el pulgar, que atraviesan, respectivamente, una muñeca y la base de una palma, y un largo corte, que en el lado superior tiene ligera forma de acento circunflejo, en el Costado.
Tomás tiembla, mira, y no toca. Mueve los labios, pero no logra hablar claramente.
-Dame tu mano, Tomás -dice Jesús con mucha dulzura. Y toma con su derecha la mano derecha del apóstol, agarra el índice y lo lleva al desgarrón de su Mano izquierda y lo introduce bien dentro para que sienta que la palma está traspasada, y luego de la Mano lo pasa al Costado. Es más, ahora agarra los cuatro dedos de Tomás, por su base, por el metacarpo y pone estos cuatro gruesos dedos en el desgarrón del Pecho, y los introduce -no se limita a apoyarlos en el borde-y los tiene ahí dentro mientras mira fijamente a Tomás. Es una mirada severa, pero también dulce… mientras continúa:
…Mete aquí tu dedo, pon los dedos, y la mano, si quieres, en mi Costado, no seas incrédulo, sino fiel.
Dice esto mientras hace lo que he dicho antes.
Tomás -parece que la proximidad del Corazón divino, al que casi toca, le ha infundido valor-logra por fin articular las palabras y hablar; dice, cayendo de rodillas, con los brazos alzados y un estallido de llanto de arrepentimiento:
-¡Señor mío y Dios mío!
No sabe decir otra cosa.
Jesús lo perdona. Le pone la derecha sobre la cabeza y responde:
-¡Tomás, Tomás! Ahora crees porque has visto… ¡Bienaventurados los que crean en mí sin haber visto! Si os he de premiar a vosotros y vuestra fe ha recibido la ayuda de la fuerza de la visión, ¿qué premio habré de darles a ellos?…
Luego Jesús pone el brazo en el hombro de Juan, mientras toma la mano de Pedro, y se acerca a la mesa. Se sienta en su sitio. Ahora están sentados como en la noche pascual. Pero Jesús quiere que Tomás se siente después de Juan.
-Comed, amigos -dice Jesús.
Pero ya ninguno tiene hambre. La alegría los sacia, la alegría de la contemplación.
Entonces Jesús coge los quesitos que están esparcidos y los reúne en el plato; los corta, los distribuye, y el primer trozo se lo da precisamente a Tomás, poniéndolo encima de un pedazo de pan y pasándolo por detrás de Juan.
Vierte el vino de las ánforas en la copa, y se lo pasa a sus amigos; esta vez el primero en ser servido es Pedro. Luego pide que le den panales; los parte y da un trozo a Juan ̀esta vez a Juan el primero-con una sonrisa que es más dulce que la filamentosa y dorada miel que escurre. Y esto, para animarlos, lo come también El: sólo prueba la miel.
Juan -es su gesto habitual-reclina su cabeza sobre el hombro de Jesús, quien lo arrima a su Corazón y habla teniéndolo así.
-No debéis turbaros, amigos, cuando me aparezco a vosotros. Sigo siendo vuestro Maestro, que ha compartido con vosotros alimento y sueño y que os ha elegido porque os ha amado. También ahora os quiero.
Jesús resalta mucho estas últimas palabras.
-Vosotros ̀ prosigue -habéis estado conmigo en las pruebas… estaréis conmigo también en la gloria. No bajéis la cabeza. En el anochecer del domingo, cuando vine a vosotros por primera vez después de mi Resurrección, os infundí el Espíritu Santo… también sobre ti, que no estabas presente, descienda el Espíritu… ¿No sabéis que la infusión del Espíritu es como un bautismo de fuego, porque el Espíritu es Amor, y el amor cancela las culpas?
Vuestro pecado, por tanto, de deserción mientras Yo moría,
os queda condonado.
Al decir esto, Jesús besa a Juan en la cabeza, a Juan, que no desertó. Y Juan llora de alegría.
-Os he dado la potestad de condonar los pecados. Pero no se puede dar lo que no se posee. Vosotros debéis, pues, estar seguros de que esta potestad Yo la poseo perfecta y la uso por medio de vosotros, que debéis estar limpios en máximo grado para poder limpiar a quien se acerque a vosotros manchado de pecado.
¿Cómo podría uno juzgar y limpiar, si fuera merecedor de condena y estuviera él mismo sucio? ¿Cómo podría uno juzgar a otro, si tuviera vigas en su ojo y pesos infernales en su corazón?
¿Cómo podría decir: "Yo te absuelvo en nombre de Dios" si, por sus pecados, no tuviese consigo a Dios?
Amigos, pensad en vuestra dignidad de sacerdotes.
Antes Yo estaba en medio de los hombres para juzgar y perdonar. Ahora me marcho con mi Padre. Vuelvo a mi Reino. No soy despojado de la facultad de juicio; antes bien, toda ella está en mis manos, porque el Padre a mí me la ha confiado.
Pero tremendo juicio. Porque se producirá cuando ya no le será posible al hombre atraerse el perdón con años de expiación sobre la Tierra. Todas las criaturas vendrán a mí con su espíritu cuando éste deje, por muerte material, la carne como despojo inútil. Y Yo las juzgaré, una primera vez. Luego, la Humanidad volverá con su vestido de carne, que habrá tomado de nuevo por imperativo celeste; volverá para ser separada en dos partes: los corderos con el Pastor; los cabros agrestes con su Torturador. Pero ¿cuántos serían los hombres que estarían con su Pastor, si después del lavacro del Bautismo no tuvieran ya a nadie que los perdonara en Nombre mío?
Por eso creo a los sacerdotes. Para salvar a los salvados por mi Sangre. Mi Sangre salva. Pero los hombres siguen cayendo en la muerte, siguen volviendo a caer en la Muerte. Es necesario que quien tenga la potestad los lave continuamente en mi Sangre, setenta y setenta veces siete, para que no caigan en manos de la Muerte. Vosotros y vuestros sucesores lo haréis.
Por ello os absuelvo de todos vuestros pecados. Porque tenéis necesidad de ver, y la culpa, al quitarle al espíritu la Luz que es Dios, ciega. Porque tenéis necesidad de comprender, y la culpa, al quitarle al espíritu la Inteligencia que es Dios, embrutece. Porque tenéis un ministerio de purificación, y la culpa, al quitarle al espíritu la Pureza que es Dios, ensucia.
¡Gran ministerio este vuestro de juzgar y absolver en nombre mío!
Cuando vosotros consagréis para beneficio vuestro el Pan y el Vino y hagáis de ellos mi Cuerpo y mi Sangre, haréis una grande, sobrenaturalmente grande y sublime cosa. Para cumplirla dignamente deberéis ser puros, porque tocaréis a Aquel que es el Puro y os nutriréis de la Carne de un Dios.
Puros de corazón, de mente, de miembros y de lengua deberéis ser, porque con el corazón deberéis amar la Eucaristía, y no deberán ser mezclados con este amor celeste profanos amores que serían sacrilegio.
Puros de mente, porque deberéis creer y comprender este misterio de amor, y la impureza del pensamiento mata la Fe y el Intelecto. Queda la ciencia del mundo, pero muere en vosotros la Sabiduría de Dios.
Puros de miembros deberéis ser, porque a vuestro interior descenderá el Verbo como descendió al seno de María por obra del Amor.
Tenéis el ejemplo vivo de cómo debe ser un seno que acoge al Verbo que se hace Carne. El ejemplo es la Mujer que me llevó, la Mujer sin pecado original y sin pecado individual.
Observad cuán pura es la cima del Hermón, envuelta todavía en el velo de la nieve invernal. Desde el Monte de los Olivos, parece un cúmulo de azucenas deshojadas o de espuma marina, elevándose como una ofrenda sobre el fondo del otro candor, el de las nubes transportadas por el viento de Abril por los campos azules del cielo. Observad, si no, una azucena que abra la boca de su corola para una sonrisa de fragancia.
Pues bien, ambas purezas son menos vivas que la del seno que me fue materno. Polvo transportado por los vientos ha caído sobre la nieve del monte y sobre la seda de la flor. El ojo humano no lo percibe, de tan ligero como es; pero está, y deteriora el candor.
Y más aún: observad la perla más pura arrancada al mar, arrancada de su concha nativa, para adornar el cetro de un rey. Es perfecta en su apretada textura iridiscente, que ignora el contacto profanador de carne alguna, pues que se ha formado en el cuenco de la madreperla de la ostra, aislada en el fluido zafiro de las profundidades marinas. Y, a pesar de todo, es menos pura que el seno que me tuvo.
En su centro está el granito arenoso: un corpúsculo diminutísimo, pero terrestre. En Aquella que es la Perla del Mar no existe partícula de pecado, ni siquiera el fomes del pecado. Perla nacida en el Océano de la Trinidad para traer a la Tierra a la Segunda Persona, Ella es compacta en torno a su centro, que no es semilla de terrena concupiscencia, sino centella del Amor eterno. Centella que, encontrando en Ella respuesta, ha generado los vórtices de la divina Exhalación que ahora a sí llama y atrae a los hijos de Dios: Yo, el Cristo, Estrella de la Mañana.
Esta Pureza inviolada es la que os doy como ejemplo.
Y cuando, como vendimiadores en un tino, hundís las manos en el mar de mi Sangre y de él sacáis para limpiar las vestiduras de los desdichados que pecaron, sed, además de puros, perfectos, para no mancharos con un pecado mayor, es más: con pecados mayores, derramando y tocando con sacrilegio la Sangre de un Dios o faltando a la caridad y a la justicia negándola, o dándola con un rigor que no es de Cristo -que fue bueno con los malos, para atraerlos a su Corazón, y tres veces bueno con los débiles, para animarlos a la confianza-, usando de este rigor tres veces indignamente, al ir contra mi Voluntad, contra mi Doctrina y contra la Justicia. ¿Cómo puede ser riguroso con los corderos un pastor ídolo?
¡Oh, muy amados míos, amigos a los que envío por los caminos del mundo para continuar la obra que Yo he empezado y que será proseguida mientras dure el Tiempo, recordad estas palabras mías! Os las digo para que se las digáis a los que consagréis para el ministerio en que Yo os he consagrado.
Veo… Miro el paso de los siglos… el tiempo y las turbas infinitas de los hombres que estarán -todos-ante mí… Veo… matanzas y guerras, paces falaces y horrendas carnicerías, odio y latrocinio, sensualidad y orgullo.
De tanto en tanto un oasis verde: un período de retorno a la Cruz. Como obelisco que señala una onda pura entre 1as áridas arenas del desierto, mi Cruz después de que el veneno del mal haya infectado de rabia a los hombres-será alzada con amor, y alrededor de ella, plantadas en los bordes de las aguas salubres, florecerán las palmeras de un período de paz y bien en el mundo.
Los espíritus, como ciervos y gacelas, como golondrinas y palomas, se acercarán a ese reposado, fresco, nutricio refugio para curarse de sus dolores y recuperar la esperanza. Refugio que apretará sus ramas cual cúpula protectora de las tormentas y el fuerte sol, y mantendrá alejados a serpientes y fieras con el Signo que le hace huir al Mal. Así mientras los hombres quieran.
Veo… Muchos hombres… mujeres, viejos, niños, guerreros, hombres de estudio, doctores, campesinos… Todos vienen y pasan con su peso de esperanzas y dolores. Y veo que muchos vacilan porque el dolor es demasiado y la esperanza ha sido la primera en caer de la carga, de la carga demasiado pesada, para hacerse añicos en el suelo…
Y veo a muchos que caen en los bordes del camino porque otros más fuertes los empujan, más fuertes o más afortunados respecto a su carga, leve. Y veo a muchos que, sintiéndose abandonados por los que pasan, pisoteados incluso, sintiéndose morir, llegan incluso a odiar y a maldecir.
¡Pobres hijos! En medio de todos éstos, maltratados por la vida, de estos que pasan o caen, mi Amor, intencionadamente, ha diseminado a los samaritanos compasivos, a los médicos buenos, luces en la noche, voces en el silencio, para que los débiles que caen encuentren una ayuda, vuelvan a ver la Luz, vuelvan a oír la Voz que dice: "Ten esperanza. No estás solo. Sobre ti está Dios.
Contigo está Jesús". He puesto, intencionadamente, a estas caridades operantes para que mis pobres hijos no se me murieran en el espíritu y perdieran la morada paterna, y para que siguieran creyendo en mí-Caridad viendo en mis ministros mi reflejo.
Pero, ¡oh dolor que me haces sangrar la Herida del Corazón como cuando fue abierta en el Gólgota! ¿Qué ven mis Ojos divinos? ¿Acaso no hay sacerdotes entre las turbas infinitas que pasan? ¿Por esto sangra mi Corazón? ¿Están vacíos los seminarios? ¿Mi divina propuesta no suena ya en los corazones?
¿El corazón del hombre ya no es capaz de oírla? No. En los siglos habrá seminarios, y en ellos levitas. De ellos saldrán sacerdotes porque en la hora de su adolescencia mi propuesta habrá sonado con voz celeste en muchos corazones y ellos la habrán seguido.
Pero otras, otras, otras voces habrán venido después, con la juventud y la madurez, y mi Voz habrá quedado achicada en esos corazones, mi Voz que habla durante los siglos a sus ministros para que sean siempre lo que vosotros ahora sois: los apóstoles formados en la escuela de Cristo.
La vestidura ha quedado, pero el sacerdote ha muerto. En demasiados, durante los siglos, sucederá este hecho.
Sombras inútiles y oscuras, no serán una palanca que eleva, una cuerda que tira, una fuente que calma la sed, trigo que sacia el hambre, corazón que sirva de almohada, una luz en las tinieblas, una voz que repita lo que el Maestro le dice; sino que serán para la pobre Humanidad un peso de escándalo, un peso de muerte, parásitos, una putrefacción… ¡Qué horror! ¡Los Judas más grandes del futuro Yo los tendré, de nuevo y siempre, en mis sacerdotes!
Amigos, Yo me hallo en la gloria y a pesar de ello, lloro.
Siento compasión de estas turbas infinitas, rebaños sin pastores o con demasiado escasos pastores.
¡Una compasión infinita! Pues bien, juro por mi Divinidad que les daré el pan, el agua, la luz, la voz que los elegidos para estas obras no quieren dar. Repetiré a lo largo de los siglos el milagro de los panes y los peces.
Con pocos, despreciables pececillos y con escasos mendrugos de pan -almas humildes y laicas-daré de comer a muchos, y quedarán saciados, y sobrará para los que vengan después, porque "tengo compasión de este pueblo̫ y no quiero que perezca.
Benditos los que merezcan ser eso. No benditos porque son eso, sino porque lo habrán merecido con su amor y sacrificio. Y benditísimos aquellos sacerdotes que sepan mantenerse en su condición de apóstoles: pan, agua, luz, voz, descanso y medicina para mis pobres hijos. Con una luz especial resplandecerán en el Cielo. Yo os lo juro, Yo que soy la Verdad.
Vamos a levantarnos, amigos. Venid conmigo para enseñaros todavía a orar. La oración es la que alimenta las fuerzas del apóstol, porque lo funde con Dios.
Y aquí Jesús se levanta y va hacia la pequeña escalera.
Pero, cuando está al pie de la escalera, se vuelve y me mira (a María Valtorta). ¡Me mira! ¡Piensa en mí! Busca a su pequeña "voz".
¡La alegría de estar con sus amigos no le hace olvidarse de mí! Me mira por encima de las cabezas de los discípulos, y me sonríe. Alza la mano bendiciéndome y dice:
-La paz sea contigo.
Y la visión termina.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Los diez están en el patio de la casa del Cenáculo.
Hablan entre sí y luego oran, y después siguen hablando.
Dice Simón Zelote:
-Estoy verdaderamente afligido por la desaparición de Tomás. No sé ya dónde buscarlo.
-Yo tampoco -dice Juan.
-Con sus familiares no está. Y nadie lo ha visto. ¿Y si lo hubieran capturado?
-Si así fuera, el Maestro no habría dicho: "Diré lo demás cuando esté el ausente".
-Es verdad. Yo, de todas formas, quiero ir todavía a Betania. Quizás está por aquellas montañas sin atreverse a mostrarse.
-Ve, ve, Simón. Tú nos has reunido a todos y… reuniéndonos, nos has salvado, porque nos has llevado donde Lázaro. ¿Habéis oído qué palabras ha dicho el Señor respecto a Lázaro? Ha dicho: "el primero que en mi Nombre ha perdonado y guiado". ¿Por qué no lo pone en el lugar del Iscariote? -pregunta Mateo.
-Porque no querrá dar al perfecto amigo el lugar del traidor -responde Felipe.
-He oído hace poco, cuando he estado dando una vuelta por los mercados y he hablado con vendedores de pescado, que… sí, de ellos me puedo fiar, que los del Templo no saben qué hacer con el cuerpo de Judas. No sé quién habrá sido… pero esta mañana, al alba, los guardianes del Templo han encontrado dentro del sagrado recinto su cuerpo putrefacto, todavía con la soga en el cuello. Yo creo que habrán sido paganos los que lo hayan descolgado y lo hayan echado allá… ¡a saber cómo! -dice Pedro.
-Sin embargo, a mí ayer tarde, en la fuente, me dijeron -más exactamente, oí decir-que, ya desde el atardecer de ayer, han lanzado con hondas entrañas del traidor hasta incluso contra la casa de Anás. Sin duda, paganos. Porque ningún hebreo habría tocado, después de más de cinco días, ese cuerpo. ¡Bien podrido que estaría! dice Santiago de Alfeo.
-¡Algo horrible, ya desde el sábado!
Juan, al recordarlo, palidece.
-¿Pero cómo es que terminó en ese lugar? ¿Era suyo?
-¿Quién ha sabido algo alguna vez con exactitud de boca de Judas de Keriot! ¿Os acordáis de lo cerrado que era, y complicado?
-Puedes decir "embustero", Bartolomé. Nunca era sincero. Durante tres años estuvo con nosotros, y nosotros, que todo lo teníamos en común, ante él estábamos como ante la alta muralla de una fortaleza.
-¿De una fortaleza? ¡Simón! ¡Di de un laberinto! -exclama Judas Alfeo.
-¡Oye, un momento! ¡No hablemos de él! Me da la impresión de estar llamándolo y que vaya a venir a crearnos fastidio. Yo quisiera cerrar su recuerdo de mí y de todos los corazones, sean hebreos o gentiles; si son hebreos, para no sentir la vergüenza de que nuestra raza haya generado a este monstruo; si son gentiles, para que entre ellos no haya quien un día pueda decirnos:
"Fue uno de Israel su traidor". Yo soy un muchacho, y no debería hablar ante vosotros antes. Yo soy el último, y tú, Pedro, eres el primero. Y aquí están el Zelote y Bartolomé, instruidos, y están los hermanos del Señor.
Pero, mirad, yo quisiera poner pronto a uno en el duodécimo puesto, uno que fuera santo, porque mientras vea ese puesto vacío en nuestro grupo, veré la boca del infierno con sus hedores en medio de nosotros. Y tengo miedo de que nos extravíe…
-¡No, hombre, Juan! Te has quedado impresionado por la fealdad de su delito y de su cuerpo colgado…
-No, no. También la Madre dijo: "He visto a Satanás viendo a Judas de Keriot". ¡Oh, démonos prisa en buscar a un santo al que poner en ese lugar!
-Oye, yo no elijo a nadie. Si Él, que era Dios, ha elegido a un Iscariote, ¿qué elegirá el pobre Pedro?
-Pues, a pesar de todo, si que tendrás que…
-No, amigo. Yo no elijo nada. Se lo pediré al Señor. ¡Basta ya de pecados cometidos por Pedro!
-Muchas cosas debemos pedir. La otra noche nos hemos quedado como alelados. Pero debemos buscar instrucción.
Porque… ¿Cómo nos las arreglaremos para comprender si una cosa es realmente pecado, o si no lo es? Ya ves cómo el Señor habla sobre los paganos de forma distinta de como hablamos nosotros. Ya ves cómo disculpa más una cobardía o el hecho de renegar, que la duda sobre su posible perdón… ¡Oh, yo tengo miedo de actuar equivocadamente -dice, desconsolado, Santiago de Alfeo.
-Verdaderamente nos ha hablado mucho, y tengo la impresión de no saber nada. Desde hace una semana estoy entontecido -confiesa, desconsolado, el otro Santiago.
-Yo también.
-Y yo.
-También yo.
Están todos en las mismas condiciones. Atónitos, se miran unos a otros y recurren a la consabida solución:
-Vamos donde Lázaro -dicen -Quizás allí encontramos al Señor. Y… Lázaro nos ayudará.
Llaman al portón. Guardan todos silencio y escuchan. Todos emiten una exclamación de estupor al ver entrar en el vestíbulo a Elías junto con Tomás (un Tomás tan enajenado, que no parece él).
Sus compañeros se arremolinan en torno a él con gritos de júbilo:
-¿Sabes que ha resucitado y ha venido?
-¡Y te espera a ti para volver!
-Sí. Me lo ha dicho también Elías. Pero yo no lo creo. Yo creo en lo que veo. Y veo que para nosotros todo ha terminado. Veo que estamos desperdigados. Veo que no existe ni siquiera un sepulcro conocido donde llorarle.
Veo que el Sanedrín quiere deshacerse de su cómplice -cuya sepultura decreta, como si se tratara de un animal inmundo, al pie del olivo donde se ha ahorcado-y de los seguidores del Nazareno. A mí me echaron el alto el viernes, en las puertas, y me dijeron: "¿También tú eras uno de lo suyos? Ya está muerto. Vuelve a tu oficio de batihoja". Y he huido…
-Pero ¿a dónde? ¡Te hemos buscado por todas partes!
-¿A dónde? Fui hacia la casa de mi hermana, a Rama; pero luego, para no sufrir el reproche de una mujer, no me atreví a entrar. Así que di en vagar por las montañas de Judea y ayer terminé en Belén, en su gruta. ¡Cuánto lloré!… Me quedé dormido entre los cascotes, y allí me encontró Elías, que no sé por qué había ido allí.
-¿Por qué? Pues porque en las horas de alegría o de dolor demasiado grandes, se va a donde más se siente a Dios. Yo muchas veces en estos años había ido allí de noche, como un ladrón, para sentirme acariciar el alma por el recuerdo de su vagido. Y luego me alejaba de allí con los primeros rayos del sol, para no ser apedreado; pero ya estaba consolado. Esta vez he ido allí para decirle a ese lugar:
"Me siento feliz", y para recoger de él todo lo que podía. Hemos decidido hacerlo así. Nosotros queremos predicar su Fe. Y para ello nos darán fuerza un trozo de esas paredes, un puñado de esa tierra, una astilla de aquellos postes. No somos santos como para atrevernos a tomar la tierra del Calvario…
-Tienes razón, Elías. También tendremos que hacerlo nosotros, y haremos. Pero… ¿Tomás?…
-Tomás dormía y lloraba. Le dije: "Despiértate y no llores más. Ha resucitado". No quería creerme. Pero insistí tanto, que lo convencí. Aquí lo tenéis. Ahora está con vosotros y yo me retiro. Voy a reunirme con mis compañeros, que van a Galilea. La paz a vosotros.
Elías se marcha.
-Tomás, ha resucitado; yo te lo digo. Ha estado con nosotros. Ha comido. Ha hablado. Nos ha bendecido. Nos ha perdonado. Nos ha dado potestad de perdonar. ¡Oh! ¿Por qué no has venido antes?
Tomás continúa abatido, no reacciona; menea, testarudo, la cabeza.
-No creo. Habéis visto un fantasma. Estáis todos fuera de quicio; las primeras, las mujeres. Un hombre muerto, por sí solo, no resucita.
-Un hombre, no; pero Él es Dios. ¿No lo crees?
-Sí. Creo que es Dios. Pero precisamente porque lo creo pienso y digo que, a pesar de toda su bondad, no puede ser tan bueno como para venir a quienes lo han amado tan poco; y digo que, a pesar de toda su humildad, debe estar ya harto de rebajarse en esta mísera carne nuestra. No. Estará, sin duda lo está, triunfante en el Cielo; y, quizás, se aparecerá como espíritu. Digo "quizás": ¡no merecemos tampoco eso! Pero, ¿resucitado en carne y hueso?… No, no lo creo.
-¡Pero si lo hemos besado, lo hemos visto comer, hemos oído su voz, sentido su mano, visto sus heridas!
-Nada. Yo no creo. No puedo creer. Debería ver para creer. Si no veo en sus manos el agujero de los clavos y no meto dentro el dedo, si no toco las heridas de los pies y si no meto la mano en donde la lanza abrió el costado, no creo. No soy ni un niño ni una mujer. Quiero la evidencia. Lo que mi razón no puede aceptar lo rechazo. Y no puedo aceptar estas palabras vuestras.
-¡Pero Tomás! ¿Te parece que te queramos engañar?
-¡No, almas de Dios! Dichosos vosotros, más bien, que sois tan buenos, que queréis llevarme a esa paz que con vuestra
ilusión habéis conseguido para vosotros. Pero… yo no creo en su Resurrección.
-¿No temes que te castigue? Ten en cuenta que oye y ve todo.
-Pido que me convenza. Yo tengo una razón, y, por tanto, hago uso de ella. Él, que es el Dueño de la razón humana, que me enderece la mía si está desviada.
-Pero Él decía que la razón es libre.
-A mayor razón para que no la haga esclava de una sugestión colectiva. Yo os quiero, y quiero al Señor. Le serviré como pueda, y estaré con vosotros para ayudaros a servirle. Predicaré su doctrina Pero no puedo creer si no veo.
Y Tomás, testarudo, sólo se presta oídos a sí mismo. Le hablan de todos los que lo han visto, y de cómo lo han visto. Le aconsejan que hable con la Madre. Pero él menea la cabeza, estando sentado en su asiento de piedra (más piedra él que el asiento). Testarudo como un niño, repite:
-Creeré si veo…
Ésta es la palabra clave de los desdichados que niegan aquello que, admitiendo que Dios todo lo puede, es tan dulce y santo creer.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Están recogidos en el Cenáculo. Debe haber anochecido ya hace un buen rato, porque no se oye ningún ruido de la calle ni de la casa. Creo que incluso todos los que antes habían venido ya se han retirado, o a sus propias casas o a dormir, cansados por tantas emociones.
Los diez, sin embargo, comidos unos pescados -quedan algunos todavía, en una bandeja que está encima de un aparador-, conversan a la luz de una sola llama de la lámpara, la más cercana a la mesa. Están todavía sentados alrededor de ésta. Su conversación es entrecortada.
Está hecha casi de monólogos, porque parece como si cada uno, más que con su compañero, hablara consigo mismo, mientras los otros lo dejan hablar, a lo mejor hablando a su vez de algo completamente distinto. Pero estos temas inconexos, que me parecen como radios de una rueda desvencijada, se siente que pertenecen a un único tema en torno al cual se centran, aunque estén tan desparpajados: Jesús.
-Mi temor es que Lázaro haya oído mal, y que las mujeres hubieran oído mejor que Él… -dice Judas de Alfeo.
-¿A qué hora ha dicho la romana que lo había visto? ̀ pregunta Mateo.
Ninguno le responde.
-Mañana voy a Cafarnaúm -dice Andrés.
-¡Qué maravilla! ¡Hacer que salga precisamente en ese momento la litera de Claudia! -dice Bartolomé.
-Hemos hecho mal, Pedro, marchándonos inmediatamente esta mañana… Si nos hubiéramos quedado, lo habríamos visto, como la Magdalena -suspira Juan.
-No comprendo cómo ha podido estar en Emaús y en el palacio al mismo tiempo. Y cómo aquí, con su Madre, y con la Magdalena y con Juana, simultáneamente -dice, hablando para sí, Santiago de Zebedeo.
-No vendrá. No he llorado lo suficiente como para merecerlo… Tiene razón. Yo digo que me hace esperar tres días por mis tres negaciones. ¿Cómo pude, cómo pude hacer eso?
-¡Qué transfigurado estaba Lázaro! Os digo que parecía un Sol. Yo creo que le ha sucedido como a Moisés después de haber visto a Dios (Éxodo 34, 29-35). Y -¿verdad, vosotros que estabais allí?-inmediatamente después de haber ofrecido su vida! -dice el Zelote.
Ninguno lo escucha.
Santiago de Alfeo se vuelve hacia Juan y dice:
-¿Cómo dijo a los de Emaús? Me parece que nos ha disculpado, ¿no es verdad? ¿No dijo que todo ha sucedido por nuestro error de israelitas en el modo de entender su Reino?
Juan no le presta atención; se vuelve hacia Felipe, mira a éste Y dice… al aire, porque no habla a Felipe:
-A mí me basta con saber que ha resucitado. Y… y también que mi amor sea cada vez más fuerte. Ha ido en proporción, ¿no?, si os fijáis, al amor que hemos tenido: la Madre, María Magdalena, los niños, mi madre y la tuya, y luego Lázaro y Marta… ¿Cuándo a Marta? Yo digo que cuando entonó el salmo davídico (Salmo 23): "El Señor es mi pastor, nada me faltará. Me ha puesto en lugar de abundantes pastos, me ha conducido a aguas de reposo. Ha llamado hacia sí al alma mía…".
¿Te acuerdas cómo nos hizo estremecernos con ese inesperado canto? Y esas palabras se conectan con lo que ha dicho: "Ha llamado hacia sí al alma mía".
Efectivamente, Marta parece haber encontrado de nuevo su camino… Antes estaba como desconcertada, ¡ella, la fuerte! Quizás en la propia llamada le ha dicho el lugar a donde quiere que vaya; es más, esto es seguro porque si la ha citado ella debe saber dónde será. ¿Qué habrá querido decir con "desposorio cumplido?
Felipe, que lo ha mirado un momento y luego lo ha dejado monologar, gime: -No voy a saber qué decirle si viene… Huí… y, siento que huiré. Antes por miedo a los hombres, ahora por miedo a Él.
-Dicen todos que es hermosísimo. ¡Pero es que puede ser más hermoso que lo que ya lo era? -se pregunta Bartolomé.
-Yo le diré: "Me perdonaste sin decirme palabra alguna cuando era publicano. Perdóname ahora con tu silencio, porque mi vileza no merece tu palabra" -dice Mateo.
-Longinos dice que ha pensado: "¿Debo pedirle quedar curado o creer?". Pero su corazón ha dicho: "Creer", y entonces la Voz ha dicho: "Ven a mí", y él ha sentido la voluntad de creer y la curación al mismo tiempo. Me lo ha dicho justo así -afirma Judas de Alfeo.
-Yo no dejo de pensar en Lázaro, premiado inmediatamente después de su ofrecimiento… Yo también lo he dicho: "Mi vida por tu gloria". Pero no ha venido -suspira el Zelote.
-¿Qué opinas, Simón? Tú, que eres culto, dime: ¿qué debo decirle para que comprenda que lo quiero y que le pido perdón? ¿Y tú, Juan? Tú has hablado mucho con la Madre.
Ayúdame. ¡No es piadoso dejar solo al pobre Pedro!
Juan se mueve a compasión hacia su descorazonado compañero y dice:
-Pues… pues yo le diría simplemente: "Te quiero". En el amor está incluido también el deseo de perdón y el arrepentimiento. Pero… no sé. ¿Simón, tú qué crees?
Y el Zelote:
-Yo diría lo que era el grito de los milagros: "¡Jesús, ten piedad de mí!". Diría: “Jesús”. Es suficiente. ¡Porque es, concreces, más que el Hijo de David!
-Es precisamente eso lo que pienso y lo que me hace temblar. ¡Oh, esconderé la cabeza!… Esta mañana también tenía miedo de verlo y…
-…Y luego has sido el primero en entrar. No, no tengas ese miedo. Parece como si no lo conocieras -le anima Juan.
La habitación se ilumina vivamente, como a causa de un relámpago deslumbrador. Los apóstoles, temiendo que sea un rayo, se tapan la cara. Pero al no oír ruido alzan la cabeza.
Jesús está en medio de la habitación, junto a la mesa. Abre los brazos diciendo: -La paz sea con vosotros.
Ninguno responde. Quién más pálido, quién más rojo, todos lo miran fijamente, con miedo y embarazo; hechizados y, al mismo tiempo, deseosos de huir.
Jesús da un paso hacia delante, incrementando su sonrisa.
-¡No temáis! Soy Yo. ¿Por qué tan turbados? ¿No queríais verme? ¿No había encargado que os dijeran que iba a venir? ¿No os lo había dicho ya en la noche pascual?
Ninguno se atreve a abrir la boca. Pedro ya llora, y Juan sonríe mientras que los dos primos, con los ojos brillantes y un movimiento de palabra en los labios silenciosos, parecen dos estatuas que representen el deseo.
-¿Por qué en vuestros corazones pugnan tanto la duda y la fe, el amor y el temor? ¿Por qué todavía queréis ser carne y no espíritu, y no queréis sólo con el espíritu ver, comprender, juzgar y obrar? ¿En la llamarada del dolor no se ha consumido todo el viejo yo, y no ha surgido el nuevo yo de una vida nueva?
Soy Jesús. Vuestro Jesús, resucitado, como Él había dicho.
Mirad. Tú que viste las heridas y vosotros que ignoráis mi tortura. Porque lo que sabéis es muy distinto del exacto conocimiento que tiene Juan. Ven, tú el primero. Estás ya enteramente limpio. Tan limpio que puedes tocarme sin temor. El amor, la obediencia, la fidelidad ya te habían purificado. Mi Sangre, la Sangre que te asperjó por entero cuando me bajaste del patíbulo, acabó de purificarte.
Mira. Son manos verdaderas, y verdaderas heridas. Observa mis pies. ¿Ves como es la señal del clavo? Sí, soy Yo verdaderamente, no un fantasma. Tocadme. Los espectros no tienen cuerpo. Yo tengo verdadera carne en un verdadero esqueleto.
Pone la Mano encima de la cabeza de Juan, que se ha atrevido a acercarse a Él: -¿Sientes? Está caliente y pesa.
Espira su aliento en su rostro:
-Y esto es respiro.
-¡Oh, mi Señor! -Juan susurra suavemente.
-Sí. Vuestro Señor. Juan, no llores de temor y de deseo.
Ven a mí. Sigo siendo el que te quiere. Vamos a sentarnos, como siempre, a la mesa. ¿Os queda algo de comer?
Pasádmelo, pues.
Andrés y Mateo, con movimientos propios de sonámbulo, toman de los aparadores el pan y el pescado y una bandeja con un panal apenas mordido en un ángulo.
Jesús ofrece el alimento y come, y da a cada uno un poco de lo que come. Y los mira. Con mucha bondad. Pero también con tanta majestuosidad, que ellos se quedan paralizados.
El primero que se atreve a hablar es Santiago, hermano de Juan:
-¿Por qué nos miras así?
-Porque quiero conoceros.
-¿No nos conoces todavía?
-Como vosotros no me conocéis a mí. Si me conocierais, sabríais quién soy y cómo os quiero, y encontraríais las palabras para expresarme vuestro tormento. Vosotros calláis. Como frente a un extraño poderoso de quien tenéis miedo.
Hace poco hablabais… Hace ya casi cuatro días que habláis con vosotros mismos diciendo: “Le diré esto…”, diciendo a mi Espíritu:
"Vuelve, Señor; que yo te pueda decir esto". Ahora he venido, ¿y calláis? ¿Tan cambiado estoy, que ya no os parezco Yo? ¿O tan cambiados estáis, que ya no me queréis?
Juan, que está sentado al lado de su Jesús, reacciona con su gesto habitual de apoyarle la cabeza sobre el pecho, mientras susurra:
-Yo te quiero, mi Dios -pero se inmoviliza y por respeto al resplandeciente Hijo de Dios, se prohíbe a si mismo esta concesión. Porque Jesús parece emanar luz, a pesar de tener una carne como la nuestra.
Pero Jesús lo acerca a su Corazón, y entonces Juan da rienda suelta a su gozoso llanto, y ello es la señal para el llanto de todos. Pedro, que está dos sitios más allá de Juan, cae al suelo entre la mesa y el asiento y llora gritando:
-¡Perdón, perdón! Sácame de este infierno en que estoy desde hace tantas horas. Dime que has visto la verdadera realidad de mi error: no del espíritu, sino de la carne, que se impuso a mi corazón. Dime que has visto mi arrepentimiento… que durará hasta la muerte. Pero Tú… dime que, como Jesús, no debo temerte… y yo, y yo… yo trataré de vivir de tal manera que consiga también el perdón de Dios… y morir… sólo teniendo un gran purgatorio que cumplir.
-Ven aquí, Simón de Jonás.
-Tengo miedo.
-Ven aquí. No sigas siendo cobarde.
-No merezco acercarme a ti.
-Ven aquí. ¿Qué te ha dicho la Madre? "Si no lo miras en este sudario, no tendrás valor de mirarlo nunca más.” ¡Oh,
hombre corto para entender! ¡Ese Rostro no te dijo con su mirada dolorosa que te comprendía y te perdonaba? Pues ese trozo de lino lo he dado para consuelo, para guía, para absolución, para bendición…
¿Pero qué ha hecho en vosotros Satanás, que os ha cegado tanto? Ahora Yo te digo: si no me miras ahora, que sobre mi gloria tengo todavía extendido un velo para adecuarme a vuestra debilidad, no podrás nunca jamás venir sin miedo a tu Señor. ¿Y qué te sucederá entonces? Por presunción pecaste. ¿Quieres ahora volver a pecar por obstinación? Ven, te digo.
Pedro va arrastrándose de rodillas, entre la mesa y los asientos cubriendo con sus manos el rostro bañado en lágrimas. Jesús, poniéndole la Mano sobre la cabeza, lo para cuando está a sus pies. Pedro, con un llanto aún más fuerte, toma esa Mano y la besa en medio de verdaderos sollozos sin freno. No sabe decir sino: « ¡Perdón! ¡Perdón!
Jesús se libera del apretujón y, haciendo palanca con su mano bajo el mentón del apóstol, obliga a Pedro a alzar la cabeza y lo mira fijamente a los ojos, enrojecidos, acongojados por el arrepentimiento con sus fúlgidos Ojos serenos. Parece querer perforarle el alma. Luego dice:
-Vamos, cancela en mí el oprobio de Judas. Bésame donde él besó. Lava con tu beso la señal de la traición.
Pedro alza la cabeza -simultáneamente, Jesús se inclina más-y roza la mejilla… luego reclina la cabeza en las rodillas de Jesús ; permanece así… como un niño, anciano de edad, que ha hecho algo malo pero que es perdonado.
Los otros, ahora que ven la bondad de su Jesús, encuentran de nuevo un poco de coraje, y, como pueden, se acercan.
Primero, los primos… Quisieran decir muchas cosas, pero no logran decir nada; Jesús los acaricia y les infunde ánimo con su sonrisa.
Se acercan Mateo y Andrés. Mateo dice:
-Como en Cafarnaúm…
Y Andrés:
-Yo, yo… yo te quiero.
Se acerca Bartolomé, gimiendo:
-No he sido sabio, sino necio. Éste es sabio -y señala al Zelote, a quien ya Jesús está sonriendo.
Santiago de Zebedeo se acerca y susurra a Juan:
-Díselo tú…
Jesús se vuelve y dice:
-Llevas cuatro noches diciéndolo y Yo cuatro noches llevo compadeciéndome de ti.
El último en acercarse es Felipe, encorvado todo. Pero
Jesús le fuerza a levantar la cabeza y le dice:
-Para predicar a Cristo es necesario más valor.
Ahora están todos alrededor de Jesús. Poco a poco van cobrando nueva confianza. Hallan de nuevo aquello que habían perdido o que temían haber perdido para siempre.
Surge de nuevo la confianza, la tranquilidad, y, a pesar de que Jesús aparezca tan majestuoso que infunda un nuevo respeto en sus apóstoles, ellos encuentran por fin el valor para hablar.
Es Santiago, el primo de Jesús, el que suspira:
-¿Por qué nos has hecho esto, Señor? Sabías que no somos nada y que todo viene de Dios. ¿Por qué no nos has dado la fuerza de estar a tu lado?
Jesús lo mira y sonríe.
-Ya todo se ha verificado. Y nada más debes padecer. Pero no me pidas otra vez esta obediencia. He envejecido un lustro por cada hora que pasaba, y tus sufrimientos, que el amor e igualmente Satanás aumentaban en mi imaginación en cinco veces respecto a lo que ya de por sí eran, han consumido verdaderamente todas mis fuerzas. Sólo me ha quedado fuerza para seguir obedeciendo, sujetando -como uno que se estuviera ahogando y tuviera las manos rotas-mi fuerza con la voluntad, como con dientes hincados en una tabla, para no perecer… ¡Oh, no pidas esto otra vez a tu leproso!
Jesús mira a Simón el Zelote y sonríe.
-Señor, Tú sabes lo que quería mi corazón. Pero luego me ha faltado el ánimo… como si me lo hubieran arrancado los canallas que te apresaron… y lo que me quedó fue un agujero por el que se escapaban todos mis pensamientos anteriores. ¿Por qué has permitido esto, Señor? -pregunta Andrés.
-Yo… ¿Tú dices el corazón? Yo digo que era como uno que hubiera perdido la razón. Como quien ha recibido un golpe de clava en la nuca. Cuando, ya de noche, me encontré en Jericó… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!… ¿Pero es que puede un hombre perecer así? Yo creo que así es la posesión. ¡Ahora comprendo qué es esta tremenda cosa!… -Felipe abre todavía desmesuradamente sus ojos ante el recuerdo de lo que ha sufrido.
-Tiene razón Felipe. Yo miraba para atrás. Viejo soy y no pobre en conocimientos. Y dejé de saber todo lo que había sabido hasta ese momento. Miraba a Lázaro, tan acongojado pero tan seguro, y me decía: "¿Cómo es posible que él sepa encontrar todavía una razón y yo nada?" -dice Bartolomé.
-Yo también miraba a Lázaro. Y, dado que acabo de saber lo que Tú nos has explicado, no pensaba en el saber, sino que decía: "¡Si al menos en el corazón fuera como él!"; y, sin embargo, yo sólo tenía dolor, dolor, dolor. Lázaro tenía dolor y paz… ¿Por qué a él tanta paz?
Jesús mira por turno, primero a Felipe, luego a Bartolomé, luego a Santiago de Zebedeo. Sonríe y calla.
Judas dice:
-Yo tenía la esperanza de ver lo que, sin duda, Lázaro veía. Por eso estaba siempre cerca de él… ¡Su rostro!…
Un espejo. Un poco antes del terremoto del Viernes, Lázaro tenía el aspecto de uno que muriera triturado. Luego, de repente, dentro de su dolor, apareció majestuoso. ¿Recordáis cuando dijo: "El deber cumplido da paz"? Todos creímos que fuera solamente un reproche a nosotros, o una aprobación de sí mismo. Ahora pienso que lo decía por ti. Lázaro era un faro en nuestras tinieblas. ¡Cuánto le has dado, Señor!
Jesús sonríe y calla.
-Sí. La vida. Y quizás con ella le has dado un alma diferente. Porque, en fin, ¿en qué es distinto de nosotros? Y, de todas formas no es ya un hombre, es algo más que un hombre. Y, por lo que era en el pasado, hubiera debido ser menos perfecto de espíritu aún que nosotros. Pero él se ha hecho, y nosotros… Señor, mi amor ha estado vacío como ciertas espigas. Sólo he dado cascabillo -dice Andrés.
Y Mateo:
-Yo no puedo pedir nada. Porque ya mucho recibí con mi conversión. Pero, sí, yo también hubiera deseado tener lo que ha recibido Lázaro: un alma dada por ti. Porque yo también pienso como Andrés…
-También Magdalena y Marta han sido faros. Será la raza.
Vosotros no las habéis visto. Una era piedad y silencio.
¡La otra! ¡Oh, si hemos sido todos como un haz en torno a la Bendita, ha sido porque María de Magdala nos ha envuelto con las llamas de su valiente amor! Sí. He dicho: la raza. Pero debo decir: el amor. Nos han superado en el amor. Por eso han sido lo que han sido -dice Juan.
Jesús sigue sonriendo y callando.
-Bueno, pero han recibido un gran premio…
-A ellos te apareciste.
-A los tres.
-A María inmediatamente después de haberte aparecido a tu Madre…
Es claro en los apóstoles la añoranza por estas apariciones de privilegio.
-María sabe ya desde hace muchas horas que has resucitado. Nosotros sólo ahora podemos verte…
-Ellas ya sin dudas. Nosotros, sin embargo… sólo ahora sentimos que nada ha terminado. ¿Por qué a ellas, Señor, si todavía nos amas y no nos repudias? -pregunta Judas de Alfeo.
-Sí. ¿Por qué a las mujeres y especialmente a María? Incluso la has tocado en la frente, y ella dice que le parece llevar una corona eterna. Y a nosotros, tus apóstoles, nada…
Jesús ya no sonríe. Su Rostro no está turbado, pero cesa su sonrisa. Mira serio a Pedro -que es el último que ha hablado, y que ha ido recuperando el valor a medida que se le iba pasando el miedo-y dice:
-Tenía doce apóstoles. Los quería con todo mi Corazón. Yo los había elegido y, como una madre, había cuidado de su desarrollo en mi Vida. No tenía secretos para ellos. Todo lo decía, todo lo explicaba, todo lo perdonaba. Lo que era humano, los descuidos, las tozudeces… todo. Y tenía discípulos, pobres y ricos. Tenía conmigo a mujeres de oscuro pasado o de débil constitución. Pero los predilectos eran los apóstoles.
Llegó mi hora. Uno me traicionó y me entregó a los verdugos. Tres se durmieron mientras Yo sudaba sangre.
Todos, menos dos, huyeron por cobardía. Uno, por miedo, a pesar de tener el ejemplo del otro, joven y fiel, renegó de mí. Y, por si no fuera suficiente, entre los doce ha habido un suicida desesperado y uno que ha dudado tanto de mi perdón, que sólo a duras penas y gracias a palabras maternas ha creído en la misericordia de Dios.
De manera que, si hubiera mirado a esta grey mía, si la hubiera mirado con ojos humanos, habría debido decir: "Menos Juan, fiel por amor, y Simón, fiel a la obediencia, ya no tengo apóstoles". Esto es lo que habría debido decir mientras sufría en el recinto del Templo, en el Pretorio, por las calles, en la Cruz.
Tenía conmigo a mujeres… Y una, la más culpable en el pasado, ha sido, como Juan ha dicho, la llama que ha soldado las fibras rotas de los corazones. Esa mujer es María de Magdala. Tú has renegado de mí y has huido, ella ha desafiado a la muerte por estar a mi lado; insultada, ha destapado su cara, dispuesta a recibir esputos y golpes, pensando en asemejarse así más a su Rey crucificado; vejada en el fondo de los corazones por su tenaz fe en mi Resurrección, ha sabido seguir creyendo; llena de congoja, ha actuado; esta mañana, desolada, ha dicho: "De todo me despojo, pero dadme a mi Maestro".
¿Puedes atreverte todavía a hacer la pregunta de por qué a ella?
Tenía discípulos pobres: unos pastores. Poco he estado con ellos, y, sin embargo, ¡cómo han sabido confesarme con su fidelidad!
Tenía discípulas medrosas, como todas las mujeres hebreas.
Y, sin embargo, han sabido dejar la casa y meterse entre la marea de un pueblo que blasfemaba contra mí, para ofrecerme el auxilio que mis apóstoles me habían negado.
Tenía a paganas que admiraban al "filósofo". Para ellas era eso. Pero han sabido acomodarse a usos hebreos, ellas, las poderosas romanas, para decirme, en la hora del abandono de un mundo de ingratos: "Nosotras somos para ti amigas".
Tenía la cara cubierta de esputos y sangre; lágrimas y sudor goteaban sobre las heridas; inmundicias y polvo me creaban costras. ¿De quién fue la mano que me limpió? ¿Fue la tuya? ¿O la tuya? ¿O la tuya? Ninguna de vuestras manos. Este estaba al lado de la Madre.
Este reunía a las ovejas desperdigadas: vosotros. Y si mis ovejas estaban desperdigadas ¿cómo podían socorrerme? Tú escondías tu cara por miedo al desprecio del mundo mientras el desprecio de todos cubría a tu Maestro, a Él que era inocente.
Tenía sed. Sí. Has de saber también esto. Me moría de sed. No tenía ya sino fiebre y dolor. Ya la sangre había brotado en el Getsemaní, extraída por el dolor de la traición, del abandono, de la abjuración, de los golpes que se abatían sobre mí; por verme sumergido bajo las culpas infinitas y bajo el rigor de Dios… Y había brotado en el Pretorio…
¿Quién quiso darme una gota para mi garganta reseca? ¿Una mano de Israel? No. La piedad de un pagano. La misma mano que, por decreto eterno, me abrió el pecho para mostrar que el Corazón tenía ya una herida mortal: la que habían hecho en él el desamor, la cobardía, la traición. Un pagano. Os recuerdo: "Tuve sed y me diste de beber". Ninguno que me aliviara en todo Israel. O por imposibilidad de hacerlo, como mi Madre y las mujeres fieles, o por culpable voluntad de no hacerlo. Y un pagano encontró para el Desconocido esa piedad que mi pueblo me había negado. Encontrará en el Cielo ese sorbo que me dio.
En verdad os digo que, si bien rechacé todo consuelo ̀porque cuando se es Víctima no hay que mitigar el destino-, no quise rechazar al pagano. En lo que me ofreció sentí la miel de todo el amor que los Gentiles me darán como compensación de la amargura que me dio Israel.
No me calmó la sed, pero sí el desconsuelo. Por esto acepté ese sorbo ignorado, para atraer hacia mí al que ya se inclinaba hacia el Bien. ¡Que el Padre lo bendiga por su piedad!
¿Ya no decís nada? ¿Por qué no preguntáis todavía por qué he actuado así? ¿No os atrevéis a preguntarlo? Yo os lo diré. Os voy a manifestar todo lo relativo a los porqués de esta hora.
¿Quiénes sois vosotros? Mis continuadores. Sí. Lo sois a pesar de vuestro extravío. ¿Qué debéis hacer? Convertir al mundo para Cristo. ¡Convertir! Es la cosa más delicada y difícil, amigos míos. El desdén, la repulsa, el orgullo, el celo exagerado son deletéreos, venenosos, para ello.
Pero, dado que nada ni nadie os habría convencido en orden a la bondad, a la condescendencia, a la caridad, hacia los que están en las tinieblas, ha sido necesario -¿comprendéis?-, necesario ha sido el que de una vez para siempre vierais quebrantado vuestro orgullo de hebreos, de varones, de apóstoles, para dar cabida solamente a la verdadera sabiduría de vuestro ministerio; a la mansedumbre, paciencia, piedad, amor sin altanería ni repulsas.
Ya veis que todos aquellos a quienes mirabais o con desprecio o con orgullosa compasión os han superado en el creer y en el obrar. Todos. La pecadora del pasado.
Lázaro, impregnado de cultura profana, el primero que en mi Nombre ha perdonado y guiado. Las mujeres paganas. La débil mujer de Cusa. ¿Débil? ¡Verdaderamente os supera a todos! Primera mártir de mi fe. Los soldados de Roma. Los astores. El herodiano Manahén. Y hasta Gamaliel, el rabí.
No te estremezcas, Juan. ¿Tú crees que mi Espíritu estaba en las tinieblas? Todos. Para que en el futuro, recordando vuestro error, no cerréis el corazón a quien se acerque a la Cruz. Os digo esto, aunque sé que, a pesar de decirlo, no lo haréis sino cuando la Fuerza del Señor os pliegue como débiles tallos a mi Voluntad, que es tener cristianos de toda la Tierra. He vencido a la Muerte, pero la Muerte es menos dura que el viejo hebraísmo. De todas formas, os doblegaré.
Tú, Pedro, en vez de estar lloroso y abatido, tú que debes ser la Piedra de mi Iglesia, escúlpete estas amargas verdades en el corazón. La mirra se usa para preservar de la corrupción. Úntate bien de mirra, pues. Y cuando sientas deseos de cerrar el corazón y la Iglesia a uno de otra fe, recuerda que no Israel, no Israel, no Israel, sino Roma, me defendió y quiso tener piedad.
Recuerda que no tú, sino una pecadora, supo estar al pie de la Cruz y mereció verme antes. Y, para no merecer reproche, sé imitador de tu Dios. Abre el corazón y la Iglesia diciendo: "Yo, el pobre Pedro, no puedo despreciar, porque si desprecio seré despreciado por Dios, y mi error revivirá ante sus ojos". ¡Ah, si no te hubiera quebrantado así! Habrías venido a ser no pastor, sino lobo.
Jesús se levanta. Majestuosísimo.
-Hijos míos, os hablaré otras veces durante el tiempo que estaré con vosotros. Entretanto, os absuelvo y perdono.
Después de la prueba, de esta prueba que, aun habiendo sido humillante y cruel, ha sido también saludable y necesaria, descienda sobre vosotros la paz del perdón. Y, con ella en el corazón, volved a ser mis amigos fieles y fuertes.
El Padre me ha enviado al mundo. Yo os envío a vosotros al mundo para que continuéis mi evangelización. Miserias de todo tipo se acercarán a vosotros pidiendo confortación.
Sed buenos, pensando en vuestra miseria de cuando os quedasteis sin vuestro Jesús. Tened luz en vosotros. En las tinieblas no es posible ver. Estad limpios para comunicar limpieza. Sed amor para amar. Luego vendrá Aquel que es Luz, Purificación y Amor. Pero, entretanto, para prepararos a este ministerio, os comunico el Espíritu Santo. A quien perdonéis los pecados les serán perdonados, a quien se los retengáis les serán retenidos. Que vuestra experiencia os haga justos para juzgar. Que el Espíritu Santo os haga santos para santificar.
Que el sincero deseo de superar vuestra deficiencia os haga heroicos para la vida que os espera. Lo que todavía queda por deciros os lo diré cuando venga el ausente. Orad por él. Quedaos con mi paz y sin angustia de dudas respecto a mi amor.
Jesús desaparece de la misma forma que había entrado.
Deja entre Juan y Pedro un lugar vacío. Desaparece en medio de un resplandor que de tan intenso hace cerrar los ojos. Y, cuando los ojos deslumbrados vuelven a abrirse, sólo encuentran que la paz de Jesús se ha quedado ahí, llama que quema y cura y que consume las amarguras del pasado en un único deseo: servir.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
La casa del Cenáculo está llena de gente. El vestíbulo, el patio, las habitaciones, menos el Cenáculo y la habitación donde está María Virgen, presentan ese aspecto festivo y agitado de un lugar donde muchos se vuelven a encontrar, después de un tiempo, para una fiesta. Están los apóstoles, menos Tomás; y también los pastores. Están las fieles mujeres, y, junto con Juana, Nique, Elisa, Sira, Marcela y Ana.
Hablan todos, en voz baja pero con visible y festiva agitación. Toda la casa está bien cerrada, como por miedo; pero el miedo a lo de fuera no lesiona la alegría del interior.
Marta va y viene junto con Marcela y Susana, preparando las cosas para la cena de los "siervos del Señor", como ella llama a los apóstoles. Las otras y los otros se hacen recíprocas preguntas, hacen partícipes unos a otros de sus impresiones, alegrías, miedos… cual niños que esperan algo que los emociona y que, también un poco, los asusta.
Los apóstoles quisieran dar impresión de mayor serenidad que los demás, pero son los primeros en turbarse si un ruido parece una llamada a la puerta de la calle o el abrirse de una ventana de par en par. El hecho incluso de que llegue Susana presurosa con dos lámparas de varias boquillas para ayudar a Marta, que busca mantelerías, hace que Mateo retroceda bruscamente y grite: « ¡El Señor!». Y esto hace, a su vez, que Pedro -visiblemente más inquieto que los demás-caiga de rodillas.
Una resuelta llamada a la puerta de la calle corta todas las palabras y pone en vilo los ánimos. Creo que todos los corazones laten a gran velocidad.
Miran por el ventanillo y abren con un « ¡oh!» de estupor al ver al grupo, inesperado, de las damas romanas escoltadas por Longinos y por otro que, como Longinos, viene vestido de oscuro. También todas las mujeres vienen arropadas en mantos oscuros que les cubren incluso la cabeza; y se han quitado todas las joyas para llamar menos a atención.
-¿Podemos entrar un momento para manifestar nuestra alegría a la Madre del Salvador? -dice la más reverenciada de todas, que es Plautina.
-Pasad. Está allí.
Entran en grupo, junto con Juana y María de Magdala, quien -esa es mi impresión-las conoce muy bien.
Longinos y el otro romano se quedan aislados -y es que los miran con un poco de recelo-en un ángulo del vestíbulo.
Las mujeres saludan con su: « ¡Ave, Dómina!». Luego se arrodillan y dicen:
-Si antes admirábamos la Sabiduría, ahora queremos ser hijas del Cristo. Esto te lo decimos a ti. Sólo tú puedes vencer la desconfianza hebraica hacia nosotros. Vendremos a ti para ser instruidas mientras ellos (señalan a los apóstoles, que están parados, en grupo, en la puerta) nos permitan considerarnos de Jesús.
Es Plautina la que ha hablado por todas.
María sonríe beatífica y dice:
-Pido al Señor que purifique mis labios como al Profeta (Isaías 6, 5-7) para poder dignamente hablar de mi Señor. ¡Benditas seáis, primicias de Roma!
-También Longinos querría… y el astero, que sintió un fuego dentro de su corazón cuando… cuando se abrieron la tierra y el cielo al grito de Dios. Pero, si nosotras sabemos poco, ellos no saben nada aparte de que… que era el Santo de Dios y que no quieren seguir estando en el Error.
-Les dirás a ellos que vayan a los apóstoles.
-Están allí. Pero los apóstoles los miran con recelo.
María se levanta y va hacia los soldados. Los apóstoles la ven ir hacia ellos y tratan de intuir su pensamiento.
-¡Dios os conduzca a su Luz, hijos! ¡Venid! Para conocer a los siervos del Señor. Éste es Juan, ya lo conocéis. Y éste es Simón Pedro, el elegido por mi Hijo y Señor para ser cabeza de sus hermanos. Éste es Santiago y éste Judas, primos del Señor. Éste es Simón, y éste Andrés, hermano de Pedro. Y éste es Santiago, hermano de Juan. Y éstos son Felipe, Bartolomé y Mateo. Falta Tomás, todavía ausente pero lo nombro como si estuviera presente.
Éstos son los que han sido elegidos para una misión especial. Pero éstos, que están en la sombra con ademán humilde, son los primeros en el heroísmo del amor. Desde hace más de seis lustros predican a Cristo.
Ni persecuciones contra ellos, ni la condena contra el Inocente, han mellado su fe. Pescadores y pastores.
Vosotros, patricios. Pero, en el nombre de Jesús no hay ya distinciones. El amor en Cristo a todos iguala y hermana.
Y mi amor os llama hijos también a vosotros, que sois de otra nación. Es más, digo que os encuentro de nuevo tras haberos perdido, porque en el momento del dolor estabais junto al Moribundo. Y no olvido tu piedad, Longinos; ni tus palabras, soldado. Parecía que me hubieran quitado la vida. Pero lo veía todo. No tengo con qué recompensaros.
La verdad es que para las cosas santas no hay moneda, sino sólo amor y oración. Esta os daré, rogando a nuestro Señor Jesús que Él os lo pague.
-Ya hemos recibido la recompensa, Dómina. Por eso nos hemos atrevido a venir aquí todos juntos. Nos ha reunido un común impulso. Ya la fe ha tendido su vínculo entre los corazones -dice Longinos.
Todos se acercan curiosos. Y hay quien, venciendo la reserva y quizás la repulsa del contacto pagano, dice:
-¿Qué es lo que habéis recibido?
-Yo una voz, la suya. Decía: "Ven a mí" -dice Longinos.
-Y yo oí: "Si me crees santo, cree en mí" -dice el otro soldado.
-Y nosotras -dice Plautina -mientras hablábamos de Él esta mañana, vimos una luz, ¡una luz! Tomó forma de rostro. ¡Oh, di tú cómo resplandecía! Era su rostro. Y nos sonrió con tanta dulzura que ya no tuvimos sino un deseo, el de venir a deciros: "No nos rechacéis".
Se producen susurros y comentarios. Todos hablan, repitiendo cómo lo han visto.
Los diez apóstoles guardan silencio, apesadumbrados. Buscando una compensación y no aparecer como los únicos que se hayan quedado sin su saludo, preguntan a las mujeres hebreas si no han recibido regalo pascual.
Elisa dice:
-Me ha quitado la espada del dolor de mi hijo muerto.
Y Ana:
-He oído su promesa sobre la eterna salvación de los míos.
Y Sira:
-Yo una caricia.
Y Marcela:
-Yo un resplandor y su Voz que decía: "Persevera".
-¿Y tú, Nique? -preguntan, porque guarda silencio.
-Ya había recibido -responden otros.
-No. He visto su Rostro, y me ha dicho: "Para que se imprima éste en tu corazón". ¡Qué hermoso era!
Marta va y viene, silenciosa y rápida, y calla.
-¿Y tú, hermana? ¡Nada a ti? Callas y sonríes. Demasiado dulcemente sonríes como para no haber recibido tu gozo dice la Magdalena.
-Es verdad. Tienes bajos los párpados, tu lengua está muda, pero brillan tanto tus ojos tras el velo de las pestañas, que es como si cantaras una canción de amor.
-¡Habla! ¡Habla! Madre, ¿a ti te lo ha dicho?
La Madre sonríe y calla.
Marta, que está colocando la vajilla en la mesa, quiere mantener echado el velo sobre su feliz secreto. Pero su hermana no le concede tregua. Entonces Marta, dichosa, dice ruborizándose:
-Me ha citado para la hora de la muerte y del desposorio cumplido… -y se le enciende el rostro con una rojez más viva y una sonrisa de alma.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Por un camino montano dos hombres, de mediana edad, van andando rápido. A sus espaldas, Jerusalén, cuyas alturas van desapareciendo cada vez más, detrás de las otras que, con continuas ondulaciones de cimas y valles, se subsiguen.
Van hablando. El más anciano dice al otro (tendrá, como mucho, treinta y cinco años):
-Créelo, ha sido mejor hacer esto. Yo tengo familia y tú también. El Templo no bromea. Está decidido realmente a poner fin a estas cosas. ¿Tendrá razón? ¿No la tendrá? Yo no lo sé. Sé que tienen la idea clara de acabar para siempre con todo esto.
-Con este delito, Simón. Dale el nombre apropiado. Porque, al menos, delito es.
-Según. En nosotros el amor es levadura contra el Sanedrín. Pero quizás… ¡no sé!».
-Nada. El amor ilumina. No lleva al error.
-También el Sanedrín, también los sacerdotes y los jefes aman. Ellos aman a Yeohveh, a Aquel al que todo Israel ha amado desde que fue estrechado el pacto entre Dios y los Patriarcas. ¡Entonces también para ellos el amor es luz y no lleva al error!
-Lo suyo no es amor al Señor. Sí. Israel desde hace siglos está en esa Fe. Pero, dime: ¿puedes afirmar que sigue siendo una Fe lo que os dan los jefes del Templo, los fariseos, los escribas, los sacerdotes? Ya ves tú mismo que con el oro sagrado destinado al Señor ya se sabía o, al menos, se sospechaba que esto sucediera-con ese oro han pagado al Traidor y ahora pagan a los soldados que estaban de guardia.
Al primero, para que traicionara al Cristo; a los segundos, para que mientan. ¡Oh, lo que yo no sé es cómo la Potencia eterna se haya limitado a remover los muros y a rasgar el Velo! Te digo que hubiera querido que bajo los escombros hubiera sepultado a los nuevos filisteos. ¡A todos!
-¡Cleofás! Te abandonas a la venganza.
-A la venganza. Porque, supongamos que Él fuera sólo un profeta, ¿es lícito matar a un inocente? ¡Porque era inocente! ¿Le has visto alguna vez cometer tan siquiera uno de los delitos de que lo acusaron para matarlo?
-No. Ninguno. Pero sí cometió un error.
-¿Cuál, Simón?
-El de no irradiar poder desde lo alto de su Cruz. Para confirmar nuestra fe y para castigo de los incrédulos sacrílegos. Hubiera debido aceptar el desafío y bajar de la Cruz.
-Ha hecho más todavía, ha resucitado.
-¿Será verdad? ¿Resucitado, cómo? ¿Con el Espíritu solamente o con el Espíritu y la Carne?
-¡El espíritu es eterno! ¡No necesita resucitar! -exclama Cleofás
-Eso también lo sé yo. Lo que quería decir es que si ha resucitado sólo con su naturaleza de Dios, superior a cualquier asechanza humana. Porque en estos días el hombre ha atentado contra su Espíritu con el terror. ¿Has oído lo que ha dicho Marcos? Cómo, en el Getsemaní, donde Jesús iba a orar apoyado en una piedra, está todo lleno de sangre. Y Juan, que ha hablado con Marcos, le ha dicho:
"No dejes que pisen este lugar, porque es sangre sudada por el Hombre Dios". ¡Si sudó sangre antes de la tortura, sin duda debió sentir terror ante ella!
-¡Pobre Maestro nuestro!…
Guardan silencio afligidos.
Jesús se llega a ellos, y pregunta:
-¿De qué hablabais? En el silencio, oía a intervalos vuestras palabras. ¿A quién han matado?
Es un Jesús celado tras la apariencia modesta de un pobre viandante apremiado por la prisa. Ellos no lo reconocen.
-¿Eres de otros lugares? ¿No te has detenido en Jerusalén? Tu túnica empolvada y las sandalias tan deterioradas nos parecen las de un incansable peregrino.
-Lo soy. Vengo de muy lejos…
-Entonces estarás cansado. ¿Y vas lejos?
-Muy lejos, aún más lejos que de donde vengo.
-¿Tienes negocios? ¿Eres comerciante?
-Debo adquirir un sinnúmero de rebaños para el mayor de los señores. Debo ir por todo el mundo para elegir ovejas y corderos; descender incluso a los rebaños agrestes, los cuales, una vez domesticados, serán incluso mejores que los que ahora no son salvajes.
-Difícil trabajo. ¿Y has proseguido sin detenerte en Jerusalén?
-¿Por qué lo preguntáis?
-Porque pareces el único que ignora lo que en ella ha sucedido en estos días.
-¿Qué ha sucedido?
-Vienes de lejos y por eso quizás no lo sabes. Sin embargo, tu acento es galileo. Por tanto, aunque estés a las órdenes de un rey extranjero o seas hijo de galileos expatriados, sabrás, si eres circunciso, que hacía tres años que en nuestra patria había surgido un gran profeta de nombre Jesús de Nazaret, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante los hombres, que predicaba por toda la nación. Y decía que era el Mesías. Las suyas eran realmente palabras y obras de Hijo de Dios, que es lo que decía ser. Pero sólo de Hijo de Dios. Todo Cielo… Ahora sabes por qué… Pero… ¿eres circunciso?
-Soy primogénito y estoy consagrado al Señor.
-¿Entonces conoces nuestra Religión?
-Ni una sílaba de ella ignoro. Conozco los preceptos y los usos. La Halasia, el Midrás y la Haggada me son conocidos como los elementos del aire, el agua, el fuego y la luz, que son los primeros a que tienden la inteligencia, el instinto, la necesidad del hombre, ya al poco de nacer del seno materno.
-Pues entonces sabes que Israel recibió la promesa del Mesías, pero de un Mesías como rey poderoso que habría de reunir a Israel. Él, sin embargo, no era así…
-¿Y cómo era?
-No aspiraba a un poder terreno, sino que se decía rey de un reino eterno y espiritual. No ha reunido a Israel. Al contrario, lo ha escindido, porque ahora Israel está dividido entre los que creen en Él y los que lo consideran un malhechor. En realidad no tenía aptitud para rey porque quería sólo mansedumbre y perdón. ¿Cómo subyugar y vencer con estas armas?…
-¿Y entonces?
-Pues entonces los Jefes de los Sacerdotes y los Ancianos de Israel lo han apresado y lo han juzgado reo de muerte… acusándolo, esto es verdad, de culpas no verdaderas. Su culpa era ser demasiado bueno y demasiado severo…
-¿Cómo podía ser las dos cosas al mismo tiempo?
-Podía porque era demasiado severo en decir las verdades a los jefes de Israel, y demasiado bueno en no obrar contra ellos milagros muerte, fulminando a esos injustos enemigos suyos.
-¿Severo como el Bautista era?
-Bueno… no sabría decirte. Reprendía duramente a escribas y fariseos, especialmente al final, y amenazaba a los del Templo como personas signadas por la ira de Dios.
Pero luego, si uno era pecador y se arrepentía y Él veía en su corazón verdadero arrepentimiento, -porque el Nazareno leía en los corazones mejor que un escriba en el texto-entonces era más dulce que una madre.
-¿Y Roma ha permitido que fuera ejecutado un inocente?
-Lo condenó Pilatos… Pero no quería, y lo llamaba justo. Pero le amenazaron con denunciarlo ante César, y tuvo miedo. En definitiva, fue condenado a la cruz y en ella murió. Y esto, junto con el temor a los miembros del Sanedrín, nos ha deprimido mucho. Porque yo soy Clofé, hijo de Clofé, y éste es Simón, ambos de Emaús y parientes, porque yo soy el marido de su primera hija, y éramos discípulos del Profeta.
-¿Y ahora ya no lo sois?
-Esperábamos que fuera Él el que liberaría a Israel, y también que con un prodigio confirmara sus palabras. ¡Pero!…
-¿Qué palabras había dicho?
-Te lo hemos dicho: "He venido al Reino de David. Soy el Rey pacífico" y así otras cosas. Decía: "Venid al Reino", pero luego no nos dio el reino. Decía: “Al tercer día resucitaré”.
Hoy es el tercer día después de su muerte; es más, ya se ha cumplido, porque ya ha pasado la hora novena, y no ha resucitado. Algunas mujeres y algunos soldados que estaban de guardia dicen que sí, que ha resucitado. Pero nosotros no lo hemos visto. Ahora los soldados dicen que han dicho eso para justificar el robo del cadáver llevado a cabo por los discípulos del Nazareno. Pero… ¡los discípulos!…
Todos nosotros lo hemos abandonado por miedo mientras vivía… Está claro que ahora que ha muerto no hemos robado su Cuerpo. Y las mujeres… ¿quién cree en ellas?
Nosotros íbamos hablando de esto. Y queríamos saber si Él se refería a resucitar sólo con el Espíritu de nuevo divino, o si también con la Carne. Las mujeres dicen que los ángeles -porque dicen que han visto ángeles después del terremoto, y puede ser, porque ya el viernes aparecieron los justos fuera de los sepulcros-, dicen que los ángeles dijeron que Él estaba como uno que no hubiera muerto nunca. Y, en efecto, así les pareció verlo a las mujeres. Pero dos de nosotros, dos jefes, fueron al Sepulcro, y, si bien lo han visto vacío, como las mujeres han dicho, a Él no lo han visto, ni allí ni en otro lugar.
Y sentimos una gran desolación porque ya no sabemos qué pensar.
-¡Qué necios y duros sois para comprender! ¡Qué lentos para creer en las palabras de los profetas! ¿Acaso no estaba dicho esto? El error de Israel está en haber interpretado mal la realeza de Cristo. Por esto no han creído en Él, por esto le temieron, por esto ahora vosotros dudáis. Arriba, abajo, en el Templo y en las aldeas, en todas partes, se pensaba en un rey según la humana naturaleza. La reconstrucción del reino de Israel, en el pensamiento de Dios, no estaba limitada ni en el tiempo ni en el espacio ni en cuanto al medio, como lo estaba en vosotros.
No en el tiempo: ninguna realeza, ni siquiera la más poderosa, es eterna. Tened presente a los poderosos Faraones que oprimieron a los hebreos en tiempos de Moisés. ¡Cuántas dinastías acabadas… y de ellas no quedan sino momias sin alma en el fondo de hipogeos ocultos! Y queda un recuerdo, si es que queda, de su poder de un hora (menos de una hora, si medimos sus siglos en relación al Tiempo eterno). Este Reino es eterno.
En el espacio. Estaba escrito: reino de Israel. Porque de Israel ha venido el tronco de la raza humana; porque en Israel está -voy a decirlo así-la semilla de Dios; y, por tanto, diciendo Israel, se quería decir: el reino de los creados por Dios. Pero la realeza del Rey Mesías no está limitada al pequeño espacio de Palestina, sino que se extiende de Septentrión a Meridión, de Oriente a Occidente, allá donde haya un ser que en la carne tenga un espíritu, o sea, allá donde haya un hombre. ¿Cómo habría podido uno sólo centrar en sí a todos los pueblos enemigos entre sí y hacer de todos ellos un único reino sin hacer correr a ríos la sangre y sin tener a todos subyugados con crueles opresiones de soldados?
¿Cómo, entonces, hubiera podido ser el rey pacífico de que hablan los profetas?
En cuanto al medio: el medio humano, lo he dicho, es la opresión. El medio sobrehumano es el amor. El primero es siempre limitado, porque los pueblos verdaderamente se alzan contra el opresor. El segundo es ilimitado porque el amor es amado, o vejado si no es amado; pero, siendo una cosa espiritual, no puede nunca ser agredido directamente. Y Dios, el Infinito, quiere medios que sean como Él.
Quiere aquello que no es finito porque es eterno: el espíritu; lo que es del espíritu; lo que lleva al Espíritu. El error ha sido el haber concebido en la mente una idea mesiánica equivocada en cuanto a los medios y en cuanto a la forma.
¿Cuál es la realeza más alta? La de Dios. ¿No es verdad? Ahora bien -así es llamado y esto es el Mesías-, el Admirable, el Emmanuel, el Santo, el Germen sublime, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz, el que es Dios como Aquel de quien viene ¿no tendrá una realeza semejante a la de Aquel que lo engendró? Sí, la tendrá. Una realeza del todo espiritual y del todo eterna, invulnerable a robos y a sangre, una realeza que no conoce traiciones ni vejaciones: su Regiedumbre; esa que la Bondad eterna concede también a los pobres seres humanos, para dar honor y gozo a su Verbo.
¿Pero no dijo, acaso, David que este Rey poderoso tiene bajo sus pies todo como escabel? ¿No narra Isaías toda su Pasión? ¿No numera David -se podría decir-incluso las torturas? ¿Y no está escrito que Él es el Salvador y Redentor, que con su holocausto salvará al hombre pecador?
¿Y no está precisado -y Jonás es signo de ello-que durante tres días iba a ser deglutido por el vientre insaciable de la Tierra, y que luego sería expelido como el profeta por la ballena? ¿Y no dijo Él: "El Templo mío, o sea, mi Cuerpo, al tercer día después de haber sido destruido, será reconstruido por mí (o sea, por Dios)"? ¿Y qué pensabais, que por magia Él iba a poner de nuevo en pie los muros del Templo? No. No los muros. Él mismo. Y sólo Dios podía resucitarse a sí mismo. Él ha reedificado el Templo verdadero: su Cuerpo de Cordero. Inmolado, como fue la orden y la profecía que recibió Moisés para preparar el "paso" de la muerte a la Vida, de la esclavitud a la libertad, de los hombres hijos de Dios y esclavos de Satanás.
“¿Cómo ha resucitado?”, os preguntáis. Respondo: ha resucitado con su verdadera Carne, con su divino Espíritu dentro con su divino Espíritu dentro de ella (de la misma forma que en toda carne mortal está el alma morando regiamente en el corazón). Así ha resucitado, después de haber padecido todo para expiar todo y hacer reparación de la Ofensa primigenia y de las infinitas que cada día lleva a cabo la Humanidad. Ha resucitado como estaba dicho bajo el velo de las profecías. Venido en su tiempo -os recuerdo a Daniel-, en su tiempo fue inmolado. Y, oíd y recordad, en el tiempo predicho después de su muerte, la ciudad deicida será destruida.
Os aconsejo que leáis con el alma, no con la mente soberbia, a los profetas, desde el principio del Libro hasta las palabras del Verbo inmolado. Recordad al Precursor que lo señalaba como Cordero. Traed a vuestra memoria cuál fue el destino del simbólico cordero mosaico.
Por esa sangre fueron salvados los primogénitos de Israel.
Por esta Sangre serán salvados los primogénitos de Dios, o sea, aquellos que con la buena voluntad se hayan consagrado al Señor. Recordad y comprended el mesiánico salmo de David y al mesiánico profeta Isaías. Recordad a Daniel, traed a vuestra memoria, pero alzando ésta del fango hacia el azul celeste, todas las palabras sobre la realeza del Santo de Dios, y comprended que otra señal más exacta no se os podía dar; más fuerte que esta victoria sobre la Muerte, que esta Resurrección obrada por sí mismo.
Recordad que castigar desde lo alto de la Cruz a quienes en ella lo habían puesto hubiera sido disconforme a su misericordia y a su misión. ¡Todavía Él era el Salvador, a pesar de ser el Crucificado escarnecido y clavado a un patíbulo! Crucificados los miembros, pero libre la voluntad y el espíritu; y con la voluntad y el espíritu quiso seguir esperando, para dar a los pecadores tiempo para creer y para invocar -no con grito blasfemo, sino con gemido de contrición-su Sangre.
Ahora ha resucitado. Todo ha cumplido. Glorioso era antes de su encarnación. Tres veces glorioso lo es ahora, que, después de haberse anonadado durante tantos años en una carne, se ha inmolado a sí mismo, llevando la Obediencia hasta la perfección de saber morir en la cruz para cumplir la Voluntad de Dios. Gloriosísimo, en unidad con la Carne glorificada, ahora que sube al Cielo y entra en la Gloria eterna, dando comienzo al Reino que Israel no ha comprendido.
A ese Reino Él, con más instancia que nunca, con el amor y la autoridad de que está lleno, llama a las tribus del mundo. Todos, como vieron y previeron los justos de Israel y los profetas, todos los pueblos verán al Salvador. Y no habrá ya Judíos o Romanos, Escitas o Africanos, Iberos o Celtas, Egipcios o Frigios. El territorio del otro lado del Eufrates se unirá a las fuentes del Río perenne.
Los habitantes de las regiones hiperbóreas al lado de los númidas irán a su Reino, y caerán razas e idiomas. No tendrán ya cabida ni las costumbres ni el color de la piel o los cabellos. Antes bien, habrá un pueblo inmenso, fúlgido y cándido, y un solo lenguaje y un solo amor. Será el Reino de Dios. El Reino de los Cielos. Monarca eterno: el Inmolado Resucitado. Súbditos eternos: los creyentes en su Fe. Aceptad creer, ara pertenecer a él.
-Ahí está Emaús, amigos. Yo voy más lejos. No se le
concede un Alto en el camino al Viandante que tanto camino ha de recorrer.
-Señor. Tienes más instrucción que un rabí. Si Él no hubiera muerto, diríamos que nos ha hablado. Quisiéramos seguir oyéndote hablar de otras y más extensas verdades.
Porque ahora, nosotros, que somos ovejas sin pastor, desconcertadas con la tempestad del odio de Israel, ya no sabemos comprender las palabras del Libro. ¿Quieres que vayamos contigo? Fíjate, nos seguirías instruyendo, cumpliendo así la obra del Maestro que nos ha sido arrebatado.
-¿Tanto tiempo lo habéis tenido y no os ha podido hacer completos? ¿No es ésta una sinagoga?
-Sí. Yo soy Cleofás, hijo de Cleofás el arquisinagogo, muerto en su alegría de haber conocido al Mesías.
-¿Y todavía no has alcanzado una fe sin ofuscaciones? Pero no es culpa vuestra. Todavía, después de la Sangre, falta el Fuego. Y luego creeréis, porque comprenderéis. Adiós.
-¡Oh, Señor, ya se viene la tarde y el sol se comba hacia su ocaso. Estás cansado y sediento. Entra. Quédate con nosotros. Y nos hablas de Dios mientras compartimos el pan y la sal.
Jesús entra y con la habitual hospitalidad hebraica le sirven bebidas y agua para los pies cansados.
Luego se sientan a la mesa y los dos le ruegan que ofrezca por ellos el alimento.
Jesús se levanta, teniendo el pan en las palmas. Alzando los ojos al cielo rojo del atardecer, da gracias por el alimento. Se sienta. Parte el pan y pasa un trozo a cada uno de sus dos huéspedes. Y, al hacerlo, se manifiesta en lo que Él es: el Resucitado. No es el fúlgido Resucitado que se ha aparecido a los otros predilectos suyos. Pero es un Jesús lleno de majestad, con las llagas bien visibles en sus largas Manos: rosas rojas en el color marfil de la piel.
Un Jesús bien vivo con su Carne recompuesta, pero también bien divino en la majestuosidad de sus miradas y de todo su aspecto.
Los dos lo reconocen y caen de rodillas… Pero, cuando se atreven a levantar la cara, de Él no queda más que el pan partido. Lo toman y lo besan. Cada uno toma su trozo y se lo mete, como reliquia, envuelto en un palio de lino, en el pecho.
Lloran, diciendo:
-¡Era Él! Y no lo hemos conocido. ¡Pero no sentías tú que te ardía el corazón en el pecho mientras nos hablaba y nos hacía mención de las Escrituras?
-Sí. Y ahora me parece verlo de nuevo, a la luz que del Cielo proviene, la luz de Dios; y veo que Él es el Salvador.
-Vamos. Ya no siento ni cansancio ni hambre. Vamos a decírselo a los de Jesús que están en Jerusalén.
-Vamos. ¡Oh, si el anciano padre mío hubiera podido gozar de esta hora!
-¡No digas eso, hombre! Más que nosotros la ha gozado. Sin
el velo que por piedad hacia nuestra debilidad carnal ha sido usado, él, el justo Clofé, ha visto con su espíritu al Hijo de Dios volver al Cielo ¡Vamos! ¡Vamos! Llegaremos ya en plena noche. Pero, si Él lo quiere, nos proporcionará la manera de pasar. ¡Si ha abierto las puertas de la muerte, podrá abrir las puertas de las
murallas! Vamos.
Y, en el ocaso del todo purpúreo, caminan con paso veloz hacia Jerusalén.