» 56. Debemos negarnos a nosotros mismos

Autor: Tomás de Kempis  

JESUCRISTO:

  1. Hijo, cuanto puedes salir de ti, tanto puedes pasarte a Mí. Así como no desear nada exteriormente, produce la paz interior; así el negarse interiormente, causa la unión con Dios. Quiero que aprendas la perfecta renuncia de ti mismo en mi voluntad, sin replica ni queja. Sígueme: YO SOY CAMINO, VERDAD Y VIDA. Sin camino no hay por donde andar; sin verdad no podemos conocer;sin vida no hay quien pueda vivir. Yo soy el camino que debes seguir, la verdad que debes creer, la vida que debes esperar. Yo soy camino inviolable, verdad infalible, vida interminable. Yo soy camino muy derecho, verdad suma, vida verdadera, vida bienaventurada, vida increada. Si permanecieres en mi camino, conocerás la verdad, y la verdad te librará y alcanzarás la vida eterna.
  2. Si quieres entrar en la vida, guarda mis mandamientos. Si quieres conocer la verdad, créeme a Mí. Si quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo. Si quieres poseer la vida bienaventurada, desprecia la presente. Si quieres ser ensalzado en el cielo, humíllate en el mundo. Si quieres reinar conmigo, lleva la cruz conmigo. Porque sólo los siervos de la cruz hallan el camino de la bienaventuranza y de la luz verdadera.

EL ALMA:

  1. Señor, pues tu camino es estrecho y despreciado en el mundo, concédeme que te imite en despreciar el mundo. Pues no es mejor el siervo que su señor, ni el discípulo es superior al maestro. Ejercitase tu siervo en tu vida, pues en ella esta mi salud, y la santidad verdadera. Cualquier cosa que fuera de ella oigo o no me recrea ni satisface cumplidamente.

JESUCRISTO:

  1. Hijo, pues sabes esto y lo has leído todo, si lo hicieres, serás bienaventurado. El que abraza mis mandamientos y los guarda,ese es el que me ama, y Yo le amaré, y le manifestaré a él,y le haré sentar conmigo en el reino de mi Padre.

EL ALMA:

  1. Señor, Jesús, como lo dijiste y prometiste, así se haga, y pueda yo merecerlo. Recibí de tu mano la cruz; yo la llevaré hasta la muerte, así como Tú me la pusiste. Verdaderamente la vida de l buen religioso es cruz, pero guía al paraíso. Ya hemos comenzado; no se debe volver atrás, ni conviene dejarla.
  2. Ea, hermanos, vamos juntos, Jesús será con nosotros. Por Jesús tomamos esta cruz, por Jesús perseveremos en ella. Será nuestro auxiliador el que es nuestro capitán, y fue nuestro ejemplo Mirad a nuestro Rey que va delante de nosotros y peleará por nosotros. Sigámosle varonilmente, nadie tema los terrores estemos preparados a morir con animo en la batalla, y no demos tal afrenta a nuestra gloria, que huyamos de la cruz.

» 55. De la corrupción de la naturaleza

Autor: Tomás de Kempis  

EL ALMA:

  1. Señor, Dios mío, que me criaste a tu imagen y semejanza, concédeme aquesta gracia, que declaraste ser tan grande y necesaria para la salvación; a fin de que yo pueda vencer mi perversa naturaleza, que me arrastra a los pecados y a la perdición. Pues yo siento en mi carne la ley del pecado, que contradice a la ley de mi alma, y me lleva cautivo a obedecer en muchas cosas a la sensualidad y no pudo resistir a sus pasiones, si no me asiste tu santísima gracia, eficazmente infundida en mi corazón.
  2. Necesaria tu gracia, y grande gracia, para vencer la naturaleza inclinada siempre a lo malo desde su juventud. Porque abatida en el primer hombre Adán, y viciada por el pecado, pasa a todos los hombres la pena de esta mancha; de suerte que la misma naturaleza, que fue criada por Ti buena y derecha, ya se toma por el vicio y enfermedad de la naturaleza corrompida; por que el mismo movimiento suyo que le quedó, la induce al mal y a lo terreno. Pues la poca fuerza que le ha quedado, es como una centellita escondida en la ceniza. Esta es la razón natural, cercada de grandes tinieblas; pero capaz todavía de juzgar del bien y del mal, y de discernir lo verdadero de lo falso; aunque no tiene fuerza para cumplir todo lo que le parece bueno, ni usa de la perfecta luz de la verdad ni tiene sanas sus aficiones.
  3. De aquí viene, Dios mío, que yo, según el hombre interior, me deleito en tu ley, sabiendo que tus mandamientos son buenos, justos y santos, juzgando también que todo mal y pecado se debe huir. Pero con la carne sirvo a la sensualidad más que a la razón. Así es también que propongo frecuentemente hacer muchas buenas obras; pero como falta la gracia para ayudar a mi flaqueza, con poca resistencia vuelvo atrás y desfallezco. Por la misma causa sucede que conozco el camino de la perfección, y veo con bastante claridad como debo obrar. Mas agradado del peso de mi propia corrupción no me levanto a cosas más perfectas.
  4. ¡Oh, cuán necesaria me es, Señor, tu gracia, para comenzar el bien, continuarlo y perfeccionarlo! Porque sin ella ninguna cosa puedo hacer; pero en Ti todo lo puedo, confortado con la gracia. ¡Oh gracia verdaderamente celestial, sin la cual nada son los merecimientos propios, ni se han de estimar en algo los dones naturales! Ni las artes, ni las riquezas, ni la hermosura, ni el ingenio o la elocuencia valen delante de Ti, Señor, sin tu gracia. Porque los dones naturales son comunes a buenos, y a malos; más la gracia y la caridad es don propio de los escogidos, y con ella se hacen dignos de la vida eterna. Tan encumbrada es esta gracia, que ni el don de la profecía, ni el hacer milagro, o algún otro saber, por sutil que sea, es estimado en algo sin ella. Ni aun la fe ni la esperanza, ni las otras virtudes son aceptas a Ti, sin caridad ni gracia.
  5. ¡Oh beatísima gracia, que al pobre de espíritu lo haces rico en virtudes, y al rico en muchos bienes vuelves humilde de corazón! Ven, desciende a mi, lléname luego de tu consolación, para que no desmaye mi alma de cansancio y sequedad de corazón. Suplícote, Señor, que halle gracia en tus ojos, pues me basta, aunque me falte todo lo que la naturaleza desea. Si fuere tentado y atormentado de muchas tribulaciones, no temeré los males, estando tu gracia conmigo. Ella es fortaleza, ella me da consejo y favor. Mucha más poderosa es que todos los enemigos, y mucho más sabia que todos los sabios.
  6. Ella enseña la verdad, la ciencia, alumbra el corazón, consuela en las aflicciones, destierra la tristeza, quita el temor, alimenta la devoción produce lágrimas afectuosas. ¿Qué soy yo sin la gracia, sino un madero seco, y un tronco inútil y desechado? Asísteme, pues, Señor, tu gracia para estar siempre atento a emprender, continuar y perfeccionar buenas obras, por tu Hijo Jesucristo. Amén.

» 54. De los diversos movimientos de la naturaleza

Autor: Tomás de Kempis  

Jesucristo:

  1. Hijo, mira con vigilancia los movimientos de la naturaleza y de la gracia, porque son muy contrarios y sutiles, de modo que con dificultad son conocidos sino por varones espirituales e interiormente alumbrados. Todos desean el bien, y en sus dichos y hechos buscan alguna bondad; por eso muchos se engañan con color del bien.
  2. La naturaleza es astuta, atrae a sí a muchos, los enreda y engaña, y siempre se pone a sí misma por fin. Mas la gracia anda sin doblez, se desvía de toda apariencia de mal, no pretende engañar, sino que hace todas las cosas puramente por Dios, en quien descansa como en su fin.
  3. La naturaleza no quiere ser mortificada de buena gana, ni estrechada, ni vencida, ni sometida de grado. Mas la gracia estudia en la propia mortificación, resiste a la sensualidad, quiere estar sujeta, desea ser vencida, no quiere usar de su propia libertad, apetece vivir bajo una estrecha observancia, no codicia señorear a nadie, sino vivir y servir, y estar debajo de la mano de Dios; por Dios está pronta a obedecer con toda humildad a cualquiera criatura humana.
  4. La naturaleza trabaja por su conveniencia, y tiene la mira a la utilidad que le puede venir. Pero la gracia no considera lo que le es útil y conveniente, sino lo que aprovecha a muchos.
  5. La naturaleza recibe con gusto la honra y la reverencia. Mas la gracia atribuye fielmente a sólo Dios toda honra y gloria.
  6. La naturaleza teme la confusión y el desprecio. Pero la gracia se alegra en padecer injurias por el nombre de Jesús.
  7. La naturaleza ama el ocio y la quietud corporal. Más la gracia no puede estar ociosa; antes abraza de buena voluntad el trabajo.
  8. La naturaleza busca tener cosas curiosas y hermosas, y aborrece las viles y groseras. Mas la gracia se deleita con cosas llanas y bajas, no desecha las ásperas, ni rehúsa el vestir ropas viejas.
  9. La naturaleza mira lo temporal, y se alegra de las ganancias terrenas, se entristece del daño, y enojase con cualquier palabra o injuria. Pero la gracia mira lo eterno, no está pegada a lo temporal, ni se turba cuando la pierde, ni se exaspera con las palabras ofensivas; porque puso su tesoro y gozo en el cielo, donde ninguna cosa perece.
  10. La naturaleza es codiciosa, y de mejor gana toma que da; ama sus cosas propias y particulares. Mas la gracia es piadosa y común para todos, huye la singularidad, contentase con poco, tiene por mayor felicidad el dar que el recibir.
  11. La naturaleza nos inclina a las criaturas, a la propia carne, a la vanidad y a las distracciones. Pero la gracia nos lleva a Dio y a las virtudes, renuncia las criaturas, huye el mundo, aborrece los deseos de la carne, refrena los pasos vanos, avergüénzase de parecer en público.
  12. La naturaleza toma de buena gana cualquier placer exterior en que deleite sus sentidos. Pero la gracia en solo Dios se quiere consolar, y deleitarse en el sumo bien sobre todo lo visible.
  13. La naturaleza, cuanto hace, es por su propia utilidad y conveniencia; no puede hacer cosa de balde, sino que espera alcanzar otro tanto o más, o si no, alabanza o favor por el bien que ha hecho; y desea que sean sus obras y sus dádivas muy ponderadas. Mas la gracia ninguna cosa temporal busca, ni quiere otro premio, sino a solo Dios; y de lo temporal no quiere más que cuanto basta para conseguir lo eterno.
  14. La naturaleza se complace en sus muchos amigos y parientes, se gloria de su noble nacimiento y distinguido linaje, halaga a los poderosos, lisonjea a los ricos, aplaude a los iguales. Pero la gracia ama aun a los enemigos y no se engríe por los muchos amigos, ni hace caso de propio nacimiento y linaje, si en el no hay mayor virtud. Favorece más al pobre que al rico; se acomoda mas bien al inocente que al poderoso; se alegra con el veraz, no con el engañoso. Exhorta siempre a los buenos a que aspiren a gracias mejores, y se asemejen al Hijo de Dios por sus virtudes.
  15. La naturaleza luego se queja de la necesidad y del trabajo. Pero la gracia lleva con buen rostro la pobreza.
  16. La naturaleza todo lo dirige a sí misma, y por sí pelea y porfía. Mas la gracia todo lo refiere a Dios, de donde originalmente mana, ningún bien se arroga ni se atribuye a sí misma. No porfía, ni prefiere su modo de pensar al de los otros; sino que en todo dictamen y opinión se sujeta a la sabiduría eterna y al divino examen.
  17. La naturaleza apetece saber secreto y oír novedades; quiere aparecer en público, y observar mucho por los sentidos; desea ser conocida, y hacer cosas de donde le proceda alabanza y fama. Pero la gracia no cuida de oír cosas nuevas ni curiosas; porque todo esto nace de la corrupción antigua, y no hay cosa nueva ni durable sobre la tierra. Enseña a recoger los sentidos, a huir la vana complacencia y ostentación, esconder humildemente lo que tenga digno de admiración o alabanza, y buscar en todas las cosas y en toda ciencia fruto de utilidad, y alabanza y honra de Dios. No quiere que ella ni sus cosas sean pregonadas; sino que Dios sea glorificado en sus dones, que los da todos con purísimo amor.
  18. Esta gracia es una luz sobrenatural, y un don especial de Dios; y propiamente la marca de los escogidos, y la prenda de la salvación eterna, la cual levanta al hombre de lo terreno a amar lo celestial, y de carnal lo hace espiritual. Así que, cuanto más apremiada sea la naturaleza, tanto mayor gracia se infunde, y cada día es reformado el hombre interior según la imagen de Dios con nuevas visitaciones.

» 53. El gusto de las cosas

Autor: Tomás de Kempis  

Jesucristo:

  1. Hijo, mi gracia es preciosa, no admite mezcla de cosas extrañas, ni de consolaciones terrenas. Conviene desviar todos los impedimentos de la gracia, si deseas que se te infunda. Busca lugar secreto para ti; desea estar a solas contigo; deja las conversaciones, y ora devotamente a Dios, para que te dé compunción de corazón y pureza de conciencia. Reputa por nada todo el mundo, y prefiere a todas las cosas exteriores el ocuparte en Dios. Porque no podrás ocuparte en Mí, y juntamente deleitarte en lo transitorio. Conviene desviarse de conocidos y de amigos, y tener el espíritu retirado de todo placer temporal. Así desea que se abstengan todos los fieles cristianos el apóstol San Pedro, portándose como extranjeros y peregrinos en este mundo.
  2. ¡Oh, cuánta confianza tendrá en la muerte aquel que no tiene afición a cosa alguna de este mundo! Pero tener así el corazón desprendido de todas las cosas, no lo alcanza el alma todavía enferma; ni el hombre carnal conoce la libertad del hombre espiritual. Mas si quiere ser verdaderamente espiritual, es preciso que renuncie a los extraños y a los allegados, y que de nadie se guarde más que de sí mismo. Si a ti te vences perfectamente, todo lo demás lo sujetarás con más facilidad. La perfecta victoria es vencerse a sí mismo. Porque el que se tiene sujeto a sí mismo, de modo que la sensualidad obedezca la razón, y la razón me obedezca a Mí en todo, este es verdaderamente vencedor de sí y señor del mundo.
  3. Si deseas subir a esta cumbre, conviene comenzar varonilmente, y ponerla segura a la raíz, para que arranques y destruyas la oculta desordenada inclinación que tienes a ti mismo, y a todo bien propio y corporal. De este amor desordenado que se tiene el hombre a sí mismo, depende casi todo lo que se ha de vencer radicalmente: vencido y señoreado este mal, luego hay gran paz y sosiego. Mas porque pocos trabajan en morir perfectamente a sí mismo, y no salen enteramente de su propio amor, por eso se quedan envueltos en sus afectos, y no se pueden levantar sobre sí en espíritu. Pero el que desea andar libre conmigo, es necesario que mortifique todas sus malas y desordenadas aficiones, y que no se pegue a criatura alguna con amor apasionado.

» 52. Digno de castigo

Autor: Tomás de Kempis  

El Alma:

  1. Señor, no soy digno de tu consolación ni de ninguna visita espiritual; y por eso justamente lo haces conmigo cuando me dejas pobre y desconsolado. Porque aunque yo pudiese derramar un mar de lágrimas, aún no merecería tu consuelo. Por eso yo soy digno de ser afligido y castigado; porque te ofendí gravemente y muchas veces, y pequé mucho, y de muchas maneras. Así que, bien mirado, no soy digno de la menor consolación. Mas Tú, Dios clemente y misericordioso, que no quieres que tus obras perezcan, para manifestar las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericordia aun sobre todo merecimiento, tienes por bien de consolar a tu siervo de un modo sobrenatural. Porque tus consolaciones no son ilusorias como las humanas.
  2. ¿Qué he hecho, Señor, para que Tú me dieses ninguna consolación celestial? Yo no me acuerdo haber hecho ningún bien; sino que he sido siempre inclinado a vicios, y muy perezoso para enmendarme. Esto es verdad, y no puedo negarlo. Si dijese otra cosa, Tú estarías contra mí, y no habría quien me defendiese. ¿Qué he merecido por mis pecados, sino el infierno y el fuego eterno? Conozco en verdad que soy digno de todo escarnio y menosprecio; ni merezco ser contado entre tus devotos. Y aunque me incomode este lenguaje, no dejaré de acusar mis pecados contra mí, y en favor de la verdad, para que más fácilmente merezca alcanzar tu misericordia.
  3. ¿Qué diré yo pecador, y lleno de toda confusión? No tengo boca para hablar sino sola esta palabra: Pequé, Señor, pequé; ten misericordia de mí; perdóname. Déjame un poco para que llore mi dolor, antes que vaya a la tierra tenebrosa y cubierta de obscuridad de muerte. ¿Qué es lo que principalmente exiges del culpable y miserable pecador, sino que se convierta y se humille por sus pecados? De la verdadera contrición y humildad de corazón nace la esperanza de ser perdonado, se reconcilia la conciencia turbada, reparase la gracia perdida, se defiende el hombre de la ira venidera, y se juntan en santa paz Dios y el alma contrita.
  4. Señor, el humilde arrepentimiento de los pecados es para Ti sacrificio muy acepto, que huele más suavemente en tu presencia, que el incienso. Este es también el ungüento agradable que Tú quisiste que se derramase sobre tus sagrados pies; porque nunca desechaste el corazón contrito y humillado. Allí está el lugar del refugio para el que huye del enemigo; allí se enmienda y limpia lo que en otro lugar se erró y se manchó.
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