15.19» Los santos y los Ángeles – Padre Pio de Pietrelcina

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

El santo PADRE PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968) le decía en una carta a su dirigida:

Querida Raffaelina, qué gran consolación, cuando al momento de la muerte, tu alma vea a este ángel tan bueno que te acompañó a lo largo de la vida39.

En una ocasión, el Padre Pío, vestido de soldado después de salir del cuartel, donde había sido llamado en tiempo de la primera guerra mundial, llegó en tren a Benevento y quiso llegar hasta su pueblo de Pietrelcina, pero se dio cuenta de que no tenía dinero suficiente para pagar el billete del autobús.

Confiando en la providencia, se subió al autobús, pensando en explicarle al cobrador que le disculpara, que le pagaría al llegar al pueblo. Pero subió con él un extraño personaje, elegantemente vestido y con una maleta nueva que se sentó a su lado.

Cuando el cobrador se acercaba pidiendo los billetes y el Padre Pío estaba ya sudando, el cobrador le dijo:

Alguien ya pagó por usted. Miró al personaje vecino, pero no dijo nada, porque no sabía si había sido él.

Al llegar a su pueblo, se bajó del autobús y miró al compañero para saludarlo y despedirse, pero ya no estaba.

Había desaparecido. Este suceso lo contaba muchas veces a sus hermanos religiosos, como dando a entender que Dios le había socorrido por medio de su ángel40.

El Padre Alessio Parente, confidente y compañero del Padre Pío, cuenta un caso que le ocurrió a él personalmente en 1959.

Cuando el Padre Pío celebraba la misa, él, con otro religioso, daba la comunión a los fieles, mientras el Padre Pío estaba en la sacristía.

Un día, al dar la comunión, el Padre Alessio terminó todas las hostias que había en su copón y fue al altar a purificarlo, mientras su compañero seguía dando la comunión.

Cuando ya había purificado el copón y estaba para cerrarlo, vio una hostia que, volando, se introdujo en su copón con un pequeño sonido. Se quedó pasmado.

Después de la misa, se lo contó al Padre Pío y éste le dijo:

Procura estar más atento y no distribuir la comunión tan rápidamente. Da gracias a tu ángel custodio, que no ha permitido que Jesús cayera por tierra.

Así le daba a entender que el ángel había recogido la hostia, que se le había caído sin darse cuenta e iba a caer al suelo41.

Por eso, es bueno pedir a los ángeles que nos cuiden al dar la comunión para que no caigan al suelo las pequeñas partículas, en las que está Jesús, sino que las recojan y las devuelvan nuevamente al copón. Y nosotros debemos tener más cuidado.

39 Epistolario II corrispondenza con Raffaelina Cerase, Ed P. Pío de Pietrelcina, S. Giovanni Rotondo,
1977, carta 29, p. 206.jt.
40 Hecho relatado por el Padre Alessio Parente, compañero y confidente del Padre Pío durante seis años.
Lo cuenta en su libro: Mandami il tuo angelo custode, Ed P. Pío da Pietrelcina, san Giovanni
Rotondo, 1999, pp.93-94.
41 ib. p. 108-109.t

15.18» Los santos y los Ángeles – Gabriela Bossis

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

GABRIELA BOSSIS es una gran mística francesa, fallecida en 1950 y cuyo Diario, titulado El y yo, ha tenido más de 50 ediciones en distintas lenguas.

El 7 de julio de 1940, ella le dice a una amiga:

Invita a los ángeles y a los santos para que te acompañen a reconocer tu casa, piensa que están ahí para acompañarte en todos tus actos. Son tus hermanos mayores.

El 13 de diciembre de 1944 le dice Jesús:

Yo estoy en el sagrario y os pido que vengáis a hacerme compañía en unión con los ángeles que me rodeaban en el huerto de los olivos.

Ellos estaban allí para sostener mis fuerzas. Tú ven aquí para sostener mis fuerzas en mi soledad.

Como ves, no hay nadie en la iglesia. Mis visitantes son pocos y sus visitas son breves y apresuradas.

15.17» Los santos y los Ángeles – Padre Jean Edouard Lamy

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

El PADRE JEAN EDOUARD LAMY (1853-1931) era un sacerdote de un pequeño pueblecito de Francia.

Su biógrafo, el conde Paul Biver, dice en el libro que escribió sobre su vida:

Un día, a las diez menos cuarto de la noche, me acuesto y apago la luz.

Después de dos o tres minutos, siento la conversación animada en la habitación del anciano sacerdote. Y en el silencio de la noche oigo voces masculinas. El Padre Lamy hablaba con su ángel custodio38.

El padre Lamy decía frecuentemente: Nosotros no damos a los ángeles la importancia que tienen. No les rezamos suficientemente. Ellos nos miran como a sus pequeños hermanos necesitados. Y nos cuidan con mucho cariño.

Él tenía como protector especial al arcángel san Gabriel.

Sufría de problemas a la vista y en su vejez llegó casi a perderla totalmente. Pero el ángel le ayudaba, cuando salía a visitar enfermos por las noches.

Sin su ayuda se hubiese caído cientos de veces por aquellas calles oscuras y, sobre todo, con la nieve del invierno.

El arcángel, con otros ángeles, le acompañaba por delante con una luz suficiente para que pudiera ver el camino y, a veces, cuando terminaba de visitar a los enfermos, estando muy cansado, de pronto, se encontraba a la puerta de la casa parroquial, como si hubiera sido transportado milagrosamente por los ángeles en un instante.

38 Biver P., Pere Lamy, apôtre et mystique, Editions du serviteur, 1988, pp. 179-180.

15.16» Los santos y los Ángeles – Beata Anna Schäffer

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

LA BEATA ANNA SCHÄFFER (1882-1925), a los 18 años sufre un accidente y queda paralítica para toda la vida.

Los 25 años que le quedan de vida serán un continuo martirio, pero ella sabrá aceptar la voluntad de Dios y se ofrecerá como víctima por la salvación del mundo.

Desde 1901 ve a su ángel. En 1910 recibe la gracia de los estigmas para participar de la pasión de Jesús. En 1914 llega al matrimonio espiritual.

Cuando comulgaba, siempre le pedía a su ángel que la ayudara en su debilidad para hacer una buena comunión.

Ella amaba inmensamente a Jesús Eucaristía y recibía frecuentemente la gracia de que su ángel la llevara (en realidad o en espíritu) a iglesias lejanas, donde se celebraban especiales actos de adoración o misas solemnes para adorar a Jesús sacramentado.

Dice por ejemplo: El 31 de agosto de 1918 me encontré en una iglesia muy grande delante del Santísimo Sacramento expuesto, delante del cual había numerosos cirios ardiendo.

Allí vio a millares de ángeles, adorando a Jesús y que dos ángeles, de especial majestad, estaban a ambos lados del Santísimo de rodillas, adorando a su Señor.

Un testigo relata lo siguiente: Todos los días iba yo a casa de Ana. Yo la bendecía con agua bendita y ella hacía la señal de la cruz.

Hacia las 6.45 p.m. llegaba el sacerdote para darle la comunión. Ella estaba en su cama. Y, cuando el sacerdote depositaba la hostia sobre su lengua, alrededor de su lecho aparecía una luz muy bella e indescriptible.

Yo le pregunté a su madre si eso ocurría siempre y ella me dijo que sí37

37 Weigi Antón María, Geschichte einer Lieber, Altöting, verlag St. Grignion haus, 1966, p. 85.

15.15» Los santos y los Ángeles – Venerable Sor Angeles Sorazu

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

LA VENERABLE SOR ÁNGELES SORAZU (1873-1921) dice:

Desde mi infancia profesé devoción cordialísima a mi ángel custodio, a quien invocaba muchas veces todos los días y con mucha devoción…

Concebí la idea de emparentarme con los ángeles, llamándome en la religión Sor María de los ángeles, como lo hice el día que me impusieron el santo hábito.

Los amaba mucho y me entusiasmaba recordarlos… Los veía extáticos de amor y admiración, contemplando, ora las perfecciones de la Señora (Virgen María), ora su correspondencia a la gracia y sus relaciones divinas con Dios y su Unigénito humanado.

Luego, acercándose más a mi alma, mostrábanse como modelos para que me inspirase en ellos en mis relaciones con Dios y con la Virgen, abrasados en divinos incendios, revelando en su actitud la profunda veneración y estimación infinita que sienten por Dios y su “divina” Madre.

Después, como compañeros de mi destierro y coadjutores en la alta empresa de amar y glorificar a mis soberanos amores, Jesús y María, en los misterios de su vida mortal y en la sagrada Eucaristía.

Dondequiera que contemplase a Jesús y María los veía siempre rodeados de una multitud prodigiosa de ángeles…

Varias veces, vi o experimenté la presencia de mi ángel custodio y de otros ángeles en mi celda, quienes se imponían a mi alma como participación de la santidad y poder de Dios, con tanta grandeza y majestad, que parecían “dioses”, pero, al mismo tiempo, humildes y afabilísimos…

Era tanto el respeto y veneración que sentía por ellos que en su presencia quería permanecer postrada en tierra en actitud de “adoración” y su presencia producía en mi alma efectos maravillosos, pues sentir la presencia de un ángel y caer de rodillas, como abrasada de amor divino, era todo uno y sentía tales ansias de ser santa, muy santa y de glorificar a Dios, que no parece sino que por su medio se revelaba el mismo Dios a mi pobre alma.

Anhelaba yo ser como ellos santa, angélica, “divina”, como divino es el objeto en cuya contemplación los veía como absortos y extáticos de amor.

¿Qué será Dios?, me preguntaba muchas veces, cuando se revelaba a mi alma algún ángel, en vista de los efectos que su presencia me producía; y me persuadía que, si dichos ángeles se dejasen ver de los infieles y pecadores que viven en el mundo, todos se sentirían abrasados en amor de Dios y la tierra se transformaría en cielo34.

En mis relaciones con Jesús y María, tenía siempre presente a los santos ángeles y, en unión suya, practicaba todos los actos de virtud y religión…

Cuando salía del coro, dejaba mi corazón en el sagrario a los pies de Jesús, a quien suplicaba retuviese mi espíritu a su lado.

Así lo hacía el Señor; pues, dondequiera que estaba, sentía la influencia de mi Dios sacramentado y me comunicaba con Él a través de las paredes que nos separaban.

Había una corriente invisible y misteriosa del sagrario a mi alma en cuya virtud me comunicaba con Jesús y María y con los santos ángeles que dejaba en el templo.

Cada diez o quince minutos enviaba recados con mi ángel custodio, a quien suplicaba que fuese al sagrario a visitar en su nombre y el mío a mis soberanos amores (Jesús y María), y me trajesen nuevas de ellos y de nuestros hermanos los ángeles.

Que les dijese de mi parte que suspiraba por ir a su lado y que, entre tanto, todos me diesen la bendición etc…

Amaba mucho a todos los ángeles; pero con predilección a los que sirven a Jesús y lo acompañan en la sagrada Eucaristía, a quien parecía me unían lazos íntimos.

Cuando estaba en el coro, me figuraba ver a mi ángel custodio confundido en los del sagrario.

Al salir del coro, me despedía de todos menos de ángel tutelar, que me figuraba que venía conmigo para acompañarme y ayudarme a cumplir mis deberes.

Lo sentía a mi lado y dentro de mí, muy contento y afable, y hacía tanto aprecio de su misterio que me maravillaba.

Entendía que me decía que Jesús le había encomendado y recomendado mi alma con especial y sumo interés y, por esto y porque veía al diablo interesado en mi perdición, desplegaba su solicitud en mi asistencia y me vigilaba y cuidaba con esmero.

Este conocimiento y evidencia del amor y solicitud de mi ángel me entusiasmaba y acrecentaba el amor que por él sentía y, como enamorada de mi santo ángel, exclamaba:

¡Qué santo, santísimo es mi ángel!, ¡qué hermoso, qué bello, qué excelente, qué amable y bueno!…

No cesaré de repetir que mi ángel es excepcional, es uno de los ángeles más santos, más afables y caritativos de las tropas angélicas y, que me perdonen sus hermanos y míos, los ángeles del cielo, si se dan por agraviados del afecto singular que le profeso y del lugar de preferencia que ocupa en mi estimación.

Después de cumplidos mis deberes, para los cuales había salido del sagrario, cuando volvía a él, parecíame que los ángeles, que hacen la corte a Jesús en nuestro sagrario, radiantes de júbilo, venían a mi encuentro y tomando mi alma, la introducían en el sagrario con inefable caricia y contento de verme nuevamente en su compañía.

Y allí, en el fondo del sagrario, postrada a los pies de Jesús, lo adoraba y poniendo por testigo a mi ángel custodio, a los ángeles del sagrario y a María Inmaculada, mi excelsa Madre, le daba cuenta a Jesús de todo lo que había ejecutado y omitido fuera del coro, agradeciendo los favores y socorros divinos, que me había prodigado el mismo Señor…

Comulgaba espiritualmente y permanecía en el templo, mejor dicho, en el centro del sagrario, donde yacía mi alma postrada a los pies de Jesús, ocupada en amarle y procurarle toda la gloria y complacencias posibles, en unión de María, de mi ángel custodio y de los ángeles del sagrario35.

Varias veces vi a Jesús glorioso en el cielo en íntimas comunicaciones con los santos ángeles, como en medio de ellos, tratándolos con infinito amor y ternura, como a hijos, y me requirió para formar parte de su naturaleza angélica y participar del amor y ternura que les prodiga36.

34 Ángeles Sorazu, Autobiografía espiritual, Ed. Fundación universitaria española, concepcionistas
franciscanas, Madrid, 1990, pp. 266-268.
35 ib. pp. 274-279.
36 ib. p. 322.

15.14» Los santos y los Ángeles – Sierva de Dios María dela Pasión Tarallo

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

LA SIERVA DE DIOS MARÍA DE LA PASIÓN TARALLO (1866-1912) tenía mucha familiaridad con su ángel.

Él rezaba con ella y la ayudaba, sobre todo, cuando a causa de sus muchas enfermedades y sus estigmas, no podía desplazarse y debía participar en la recitación del Oficio divino.

Una religiosa de su Comunidad escribió:

Una noche, la sierva de Dios iba al coro para la recitación de los maitines.

El corredor y las escaleras estaban muy oscuros. Pero yo vi una luz extraordinaria que la precedía hasta que llegó al coro.

Yo le dije: Hermana, ¿tú caminas así, sin luz, por la noche? ¡Te puedes caer! Ella me respondió con simplicidad:

No tengas miedo, nosotros tenemos a nuestro lado un ángel guardián, que nos cuida. Yo le dije: ¿Qué era esa luz que te precedía por el claustro? Ella se limitó a sonreírme.

Yo me convencí de que era su ángel guardián, que le acompañaba y le ayudaba en todo momento33.

33 Frangipane Domenico, La serva Suor María della Passione, San Giorgio a Cremano, Suore Crocifisse di Gesù sacramentato, 1949, p. 169.

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