Helder Camara, el obispo brasileño que fue un héroe para unos y un villano para otros, dijo en cierta ocasión:
“Cuando hablo de Dios me dicen que soy un santo. Cuando hablo de justicia, me llaman comunista”.
Con mucha frecuencia sucede algo parecido, aunque los temas sean dispares. Si el Papa o un obispo critican una ley aprobada por un Parlamento por la que se permite un atentado contra la vida humana (el aborto, por ejemplo), enseguida se alzan voces diciendo que la Iglesia se mete en política.
Unos y otros, la izquierda y la derecha, parecen convenir en una cosa: la Iglesia sólo debería hablar de temas espirituales, temas relacionados con la liturgia o con los dogmas, pero sin aplicar dichas verdades de fe a la vida concreta y real, pues eso es política. ¿Es eso posible?
Enseñanza del Catecismo:
“La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas.
Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia” (nº 899).
“La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta.
Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto” (nº 1901).
“La autoridad no saca de sí misma su autoridad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido.
‘La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna.
En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia’ (S. Tomás de Aquino, S. Th. 1-2, 93, 3 ad 2)” (nº 1902).
“La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente líticos.
Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia.
En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa” (nº 1903).
“Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite.
Es este el principio del ‘Estado de derecho’ en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (nº 1904).
“El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error, ni un supuesto derecho al error, sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político.
Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil” (nº 2108).
“El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente el de las familias y de los desheredados.
Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las exigencias del bien común. No pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo legítimo y proporcionado.
El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la nación y de toda la comunidad humana” (nº 2237).
“El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio.
El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política.
‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’ (Mt 22, 21). ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’ (Hch 5, 29)” (nº 2242).
“La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La Iglesia respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” (nº 2245).
“Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral incluso sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones” (nº 2246).
Argumentación:
El último texto citado (nº 2246 del Catecismo) es clave para entender la conciencia que tiene la Iglesia de su derecho y de su deber de opinar en cuestiones que, directa o indirectamente, tienen una dimensión política.
La Iglesia se ve a sí misma –porque así la instituyó Cristo- como la luz del mundo. Por eso, cuando detecta oscuridades graves que afectan a los hombres –y no sólo a los hombres católicos-, se siente empujada por el Espíritu Santo a intervenir públicamente para denunciar esas situaciones y, si es posible, para anunciar la forma de remediarlas.
Los ejemplos son muchísimos: el aborto, la eutanasia, la manipulación de embriones humanos, la pena de muerte, el divorcio, la equiparación de matrimonios gays con las familias, el uso de la violencia, el uso de la tortura, la dictadura política, la injusticia social, el terrorismo y un larguísimo etc.
Pero ¿por qué hace eso la Iglesia? ¿Se sale de su misión al hacerlo? ¿Debería dejar de hacerlo?
Ante todo hay que fijarse en su fundador, Jesucristo. Él, que vino a dar un mensaje espiritual, también se metió en política. Lo hizo cuando puso la ley del descanso sabático al servicio del hombre.
Lo hizo cuando defendió los derechos de la mujer. Lo hizo cuando aceptó entrar en casa del centurión romano –que era el representante militar del pueblo opresor de los judíos- o cuando aceptó como apóstol a un colaboracionista de los romanos como era San Mateo.
Lo hizo cuando expulsó a los mercaderes del Templo. Lo hizo cuando obligó a San Pedro a enfundar su espada y le prohibió que usara la violencia.
De hecho, a nadie le cabe duda de que entre los motivos que condujeron a Cristo a la Cruz estaban los ataques que había reiterado contra los políticos judíos de su tiempo –a los sacerdotes y a los fariseos les llamó una y otra vez ‘raza de víboras’ y ‘sepulcros blanqueados’-;
Pilato, el representante político del dominador romano, intentó salvarle quizá porque le convenía que el pueblo judío estuviera dividido, pero al final ordenó su muerte porque el precio político a pagar era demasiado caro –la amenaza de que sería denunciado a Roma por no oponerse con firmeza a un supuesto pretendiente al trono judío-.
De hecho, el letrero que estaba sobre la cabeza de Cristo en la Cruz explicaba en clave política el motivo de su muerte: “Aquí está el Rey de los judíos”.
Cristo, por lo tanto, se metió en política. Ahora bien, lo hizo –como lo hace la Iglesia hoy- para defender los derechos de dios y los derechos humanos.
Lo hizo sin utilizar la violencia –incluso en la expulsión de los mercaderes del Templo, el Señor no golpea a los hombres ni a los animales sino que se limita a derribar las mesas y esparcir el dinero por el suelo-.
Llegó incluso a condenar el uso de la violencia explícitamente, en un momento tan delicado para él como el de su apresamiento en el huerto de los olivos.
La Iglesia católica, por su parte, ha sido siempre fiel a la enseñanza de su fundador en este punto.
Porque se metió en política fue perseguida por los emperadores romanos –lo hacía cuando se negaba a adorar a los emperadores, que era una forma de fortalecer el poder político.
Se metió en política cuando se atrevió a criticar públicamente a los emperadores cristianos –como hizo San Ambrosio con Teodosio, al que obligó a hacer penitencia pública por haber ordenado la muerte de 7000 inocentes en la ciudad griega de Tesalónica-.
Se metió en política durante la larguísima y decisiva “lucha de las investiduras”, en la que defendió sus derechos a nombrar a los obispos, oponiéndose a los distintos reyes que querían nombrarlos ellos.
Se metió en política cuando exigió a los Reyes Católicos que fueran respetados los derechos de los indígenas americanos o cuando defendió los derechos de los esclavos negros (San Pedro Claver).
Se metió en política cuando se opuso a Hitler lo mismo que cuando se opuso a Stalin. Se metió en política cuando se opuso a la invasión de Irak, alegando que provocaría males mayores.
Es verdad que no siempre la actuación de la jerarquía de la Iglesia –sobre todo en ámbitos locales- ha sido la ideal en este punto. A veces ha cometido errores, como reconoció Juan Pablo II al pedir perdón en los albores del tercer milenio.
Pero, en su conjunto, la Iglesia, desde sus inicios, ha intervenido para defender su libertad ante la pretensión de los políticos de querer dominarla y amordazarla.
Y para defender los derechos de los débiles, de los inocentes, de aquellos que con frecuencia no han encontrado otra voz más que la de la Iglesia que hablara por ellos.
Por eso hay que concluir que la Iglesia está siendo fiel a su misión cuando proclama la verdad moral, aunque al hacerlo tenga una dimensión política, disguste a los políticos o sea acusada de salirse de su ámbito de actuación. La moral forma parte de la enseñanza evangélica tanto como el dogma o la liturgia.
Afirmar que la Iglesia no puede pronunciarse sobre temas éticos porque si lo hace se mete en política es ignorar lo que hizo y enseñó Jesucristo y lo que la Iglesia ha hecho desde sus orígenes.
Además, los que acusan de eso a la Iglesia suelen estar interesados en silenciarla porque se ven descubiertos en su corrupción por la luz que emana de la Palabra de Dios y la Iglesia proclama.
Para colmo de cinismo, los acusadores de la Iglesia no dudan en utilizarla cuando les conviene; un ejemplo es lo sucedido en España en los últimos años:
En los meses previos a las elecciones generales de 2004, Juan Pablo II se opuso abiertamente a la guerra de Irak y los obispos españoles se solidarizaron con el Papa, aunque eso perjudicaba al Partido Popular –en ese momento en el poder y que daba un apoyo más moral que efectivo a la contienda-;
el PP, sin embargo, no criticó a los obispos y al Papa por desautorizar públicamente su actuación, y eso que la crítica de la jerarquía afectaba a muchos de sus votantes; más aún, los socialistas y los comunistas llevaban al Parlamento los argumentos del Papa e incluso le citaban textualmente, para erosionar al Gobierno del PP;
cuatro años después, ante las elecciones del 2008, los obispos españoles publicaron una nota orientando a los fieles católicos de cara a las elecciones, en la que pedían que se votara pensando en defender la familia, la vida, el derecho de los padres a educar moralmente a sus hijos y que se rechazara la negociación política con los terroristas;
la reacción del PSOE fue virulenta y muy agresiva, con insultos de grueso calibre; los mismos que habían usado las palabras del Papa y de los obispos cuatro años antes y no se habían quejado de que la Iglesia “se metiera en política”, pretendieron amordazarla y reducirla al silencio cuando lo que la Iglesia decía no les convenía.
La acusación, por lo tanto, de que la Iglesia hace política no se sostiene, al menos habitualmente.
Cuando defiende los valores contenidos en el Evangelio o los derechos humanos, la Iglesia no hace otra cosa más que cumplir con su misión.
Habría que preguntarse más bien si no están siendo los Gobiernos los que legislan en contra de esos derechos humanos, violando los límites que nunca deberían traspasar, y entrando en la intimidad de las conciencias de los ciudadanos.
Por otro lado, al menos en una sociedad democrática, todas las personas y todas las instituciones tienen derecho a expresar libremente sus opiniones.
¿No serán precisamente los más antidemocráticos, los más tiranos y dictadores, aquellos que niegan a la Iglesia el derecho a hablar y que quieren reducirla al silencio?
Uno de los ataques más reiterados a la Iglesia, sobre todo en ambientes de escaso nivel cultural, es el que se refiere al dinero del Vaticano.
Una y otra vez se oye decir que el Papa vive como un multimillonario, rodeado de todo tipo de lujos, en un palacio lleno de maravillosas obras de arte.
Según los enemigos de la Iglesia, ésta posee una de las mayores fortunas del mundo y dedica su dinero a costear un nivel de vida desenfrenado a sus máximos dirigentes.
Se compara esta supuesta situación con la que, según dicen, llevaría hoy Jesucristo, el cual, si volviera, se sentiría muy incómodo en el Vaticano, lo abandonaría y se iría a vivir a las fabelas de Río de Janeiro, a las villas miseria de Argentina o a los pueblos jóvenes de Lima.
Enseñanza del Magisterio:
“Por derecho nativo, e independientemente de la potestad civil, la Iglesia católica puede adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales para alcanzar sus propios fines.
Fines propios son principalmente los siguientes: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico. Artículo 1254)
“La Iglesia no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas ya las comunidades.
Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido" (Juan Pablo II, 1 de septiembre de 1999).
“Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de ‘derrochar’, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía.
No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la ‘sala grande’, la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio.
La liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jesús y desarrollando la herencia ritual del judaísmo.
Y, en efecto, nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles.
Aunque la lógica del ‘convite’ inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de banalizar esta ‘cordialidad’ con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el ‘banquete’ sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el Gólgota.
El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete ‘sagrado’, en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios.
El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es ‘panis angelorum’, pan de los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: ‘Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo’ (Mt 8, 8; Lc 7, 6)” (Juan Pablo II. ‘Ecclesia de Eucharistia’, nº 48).
“En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra.
De aquí nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la liturgia eucarística, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales legítimamente constituidas. También sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte.
La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración.
Así ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucarísticas en las «domus» de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto histórico lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos, a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias, pequeñas o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el cristianismo.
Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio.
Igualmente se puede decir de la música sacra, y basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos litúrgicos de la Santa Misa.
Y, ¿acaso no se observa una enorme cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebración eucarística?
Se puede decir así que la Eucaristía, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la cultura, especialmente en el ámbito estético” (Juan Pablo II. ‘Ecclesia de Eucharistia’, nº 49).
Argumentación:
La cuestión del dinero de la Iglesia –expresado externamente a través de sus templos monumentales y sus obras de arte- es una de las más difíciles de afrontar en una argumentación apologética que pretende ser razonada y razonable.
Y lo es no porque sea difícil justificar la existencia de ese dinero o de esos templos y tesoros artísticos, sino porque los que atacan a la Iglesia por ese motivo, demuestran una gran incapacidad de argumentación, de lógica, de nivel intelectual, y por eso se hace muy difícil dialogar con ellos, darles razones y argumentos.
La pasión –con frecuencia el odio- les embarga y todo intento de diálogo está condenado al fracaso porque ellos lo único que buscan es hacer daño a la Iglesia.
Eso no significa que no se pueda hacer o decir nada. Se puede y se debe. Pero siendo conscientes de que este tema difícilmente se afronta con serenidad y objetividad. De hecho, son muchas las personas que están alejadas de la Iglesia y que, incluso, la critican por otras cosas, que sobre esto no hacen ninguna objeción.
Lo primero que hay que decir es que el propio Cristo utilizaba dinero para vivir y se dejaba ayudar de ese modo.
Mientras duró su “vida oculta”, él ganó con sus propias manos para atender a su sustento y al de su Madre, la Santísima Virgen.
Luego, cuando comenzó su “vida pública”, ya no pudo seguir haciéndolo y aceptó los donativos que unos y otros le hacían.
Sabemos que había mujeres que le ayudaban –una de ellas era, nada menos, que la mujer del administrador de Herodes, llamada Juana- y debían manejar un cierto capital para verse en la necesidad de designar un tesorero –Judas, el traidor-.
Muerto el Señor, la costumbre de ayudar a los apóstoles a fin de que éstos quedaran liberados del trabajo para dedicarse a la evangelización siguió existiendo en la pequeña comunidad cristiana. Los Hechos de los Apóstoles nos narran, por ejemplo, el castigo que recibieron los que engañaban a San Pedro en las limosnas.
San Pablo –que recibió varias veces ayudas económicas de distintas comunidades- se precia de haber trabajado con sus manos –era tejedor de tiendas- para ganarse el pan, pero reconoce que “el obrero merece su salario” y que los evangelizadores tienen derecho a recibir ayuda económica de la comunidad a la que sirven.
De hecho, pronto se creó la figura de los diáconos, para dedicarse a la administración de los bienes y, en particular, a atender a las obras de caridad, a fin de que los apóstoles –y sus sucesores, los obispos- pudieran centrarse en la evangelización.
Entre la ayuda que se recibía figuraban donaciones en especie y no sólo en metálico. No faltaban miembros de la comunidad que, en vida, donaban casas o tierras, para que se pudiera celebrar la Santa Misa o para que, con los réditos, pudieran atenderse los gastos de la evangelización y los derivados de la ayuda a los pobres.
Los romanos debieron considerar que la Iglesia era muy rica, pues durante una de las persecuciones –la de Valentiniano, en el 258-, al diácono Lorenzo le prometieron respetarle la vida si les conducía a donde estaban escondidos los tesoros de la Iglesia; Lorenzo pidió tres días para recolectarlos y, transcurrido este tiempo, se presentó ante el Prefecto de Roma con un gran número de pobres a los que la Iglesia socorría.
Cuando la Iglesia alcanzó al libertad, con el edicto de Constantino en el 313, la situación comenzó a cambiar rápidamente.
El prestigio obtenido durante los largos años de persecución y el favor de los emperadores, provocaron que recibiera numerosas donaciones, tanto en dinero como en templos paganos que pasaron a convertirse en iglesias cristianas.
Algunos de estos templos aún se conservan, como el de Santa María sopra Minerva, en la plaza principal de Asís. Esta situación continuó durante la Edad Media, en la cual se produjo, además, otro acontecimiento de extraordinaria importancia.
La brutalidad que se vivía en Europa tras la caída del Imperio Romano y las sucesivas invasiones de los bárbaros, llevaron a los Papas a intentar crear un territorio sujeto a su obediencia que les permitiera estar a salvo de las presiones de los reyes.
Justiniano I le otorgó al Papa, por primera vez, derechos civiles sobre algunos territorios (año 554). Esto fue consolidado por el Papa San Gregorio Magno (590-604), que antes de serlo había sido el Prefecto (el Alcalde) de la ciudad.
En 756, el rey de Francia Pipino derrota a los Longobardos, que amenazaban Roma, a petición del Papa Esteban II, y le otorga a éste en propiedad los territorios conquistados. Serán esos territorios los que constituyan el núcleo de los llamados “Estados Pontificios”.
En esencia, corresponden a las actuales regiones italianas de Lazio (con Roma como capital), Umbría (cuya capital es Perugia, junto a la cual está Asís), las Marcas y la Romagna (con ciudades como Bolonia o Rávena).
El Papa fue, pues, Rey de un Reino hasta que la invasión de Garibaldi le desposeyó de esas posesiones en 1870.
Cuando esto sucedió, el tiempo estaba ya maduro para que el Papa pudiera seguir gobernando la Iglesia universal con independencia de los poderes civiles, cuya amenaza e interferencias en el gobierno eclesiástico no habían cesado desde los inicios de la Iglesia.
Sólo sabiendo estas nociones básicas de historia se puede entender el por qué existe la Ciudad del Vaticano (es lo que queda de los Estados Pontificios y sirve para asegurar la independencia del papa y evitar que esté bajo el control de ningún país), por qué existe una gran iglesia como la del Vaticano (edificada sobre la tumba de San Pedro, para dejar constancia de la predominancia que la Iglesia de Roma debía tener sobre el resto de las Iglesias, pues sólo en ella estaba el Vicario de Cristo) o por qué hay tantas obras de arte en el Museo del Vaticano (el gusto por el arte en el Renacimiento italiano afectó también a los Papas, que procedían de las principales familias de ese país, como los Médici de Florencia).
Son cosas del pasado, ciertamente, pero son cosas que hoy no se pueden destruir. En Francia está el Louvre, que, lo mismo que otros museos, tiene su origen en las colecciones de pintura y objetos de arte que hicieron los sucesivos reyes durante siglos.
¿Debería Francia vender lo que contiene y aún el mismo edificio para, por ejemplo, ayudar a los obreros de los barrios marginales de París?
Alguno podrá objetar que Francia, Inglaterra, Austria y otras naciones con grandes palacios son ricas y pueden hacer esas obras sociales sin recurrir a desprenderse de su patrimonio cultural.
¿Debería México vender las pirámides de Teotihuacan, Guatemala las de Tikal, Perú el Machu Picchu o Camboya el templo de Angkor?. Seguramente que todos dirán que no, por muy cerriles que sean.
Lo que sí deberían hacer –y es lo que suelen hacer- es conservarlas para las generaciones futuras y hacerlas accesibles a todos.
Exactamente eso es lo que hace el Vaticano que, incluso a mi gusto, se excede; si por mí fuera, limitaría el número de turistas que entran en la Basílica de San Pedro, pues resulta extraordinariamente difícil rezar en ella; y por si acaso alguno objeta que lo hace para ganar dinero, conviene recordar que el acceso a la Basílica es totalmente gratuito.
Más aún, si el Vaticano decidiera un día vender la Basílica y lo que contiene el Museo, probablemente Italia lo impediría.
Esto soluciona, al menos en parte, la cuestión de los grandes templos y de los tesoros artísticos que contiene –son resultado de otra mentalidad, propia del pasado, y ahora no podemos destruirlos ni venderlos porque son patrimonio de la Humanidad-.
¿Pero, cómo responder a la cuestión de la supuesta buena vida que se da el Papa? Realmente hace falta muy mala fe y muchísima ignorancia para hacer esa afirmación. Nada más alejado de la realidad que la de imaginar a un Papa de nuestro tiempo llevando una vida de lujos.
Es verdad que vive en un palacio –ya he dicho que eso no lo puede evitar y, por otro lado, en algún sitio debería vivir y la Iglesia necesitaría un gran edificio para su sede central, como lo necesitaría cualquier institución que coordinara a 1.200 millones de personas en todo el mundo-, pero eso no significa que viva con lujos.
Es muy austero, con un equipo de “servidores” muy pequeño, reducido a algunos secretarios y a unas “consagradas” –antes eran monjas y hoy son mujeres que pertenecen al movimiento Comunión y Liberación- que le atienden la casa.
Su austeridad es enorme y probablemente no consume para sí mismo ni la mitad que utiliza una persona de clase media en Italia.
Queda otra cuestión, la del dinero que maneja el Vaticano. Fue puesta de moda por los escándalos en torno al IOR –así se llama la institución que invierte el dinero de la Iglesia-, en la última etapa de Pablo VI.
Algunas inversiones llevadas a cabo de forma equivocada por monseñor Marcinkus pusieron en peligro las finanzas de la Santa Sede.
En todo caso, lo mismo que en la cuestión anterior, resulta evidente que la Iglesia necesita disponer de dinero para llevar a cabo su misión espiritual –Cristo mismo lo hizo así-.
Otra cosa es que ese dinero sea sólo el necesario y que se dedique a esos fines. Estas dos cuestiones son más difíciles de demostrar, pero en esencia se cumplen.
El dinero del Vaticano procede, en buena medida, de lo que el Estado italiano le dio cuando se firmó el Concordato, como reparación por haberle desposeído de los Estados Pontificios.
El resto, procede de lo que las Diócesis del mundo envían, como contribución a los gastos de la Iglesia, gastos que redundan en beneficio de esas Diócesis.
Hay años en que el balance económico es positivo y otros en que es negativo. En cuanto a la colecta llamada “óbolo de San Pedro” –la que se hace el 29 de junio-, el Papa la utiliza para obras de caridad y no dedica ni un solo céntimo a los gastos que genera la maquinaria burocrática de la Iglesia.
Las acusaciones de que en el Vaticano se lava dinero negro, procedente del narcotráfico o de otras fuentes ilícitas, son tan infundadas como calumniosas: no se pueden probar, simplemente porque son falsas.
Aunque ya no es un tema tan debatido en los países secularizados, pues la mayoría es indiferente y ni siquiera sabe qué significa lo de la infalibilidad, suele ser todavía motivo de ataque a la Iglesia en países sometidos a una agresión constante e intensa por parte de las sectas.Estas hacen de este asunto y de la virginidad de María casi sus únicos argumentos para criticar a la Iglesia.Por desgracia, sin embargo, los ataques más frecuentes e intensos proceden del interior de la propia Iglesia, de teólogos y sacerdotes que han perdido la fe de la Iglesia, al menos en este punto.Conviene, pues, tener claro de dónde procede este dogma y cuáles son sus implicaciones.
Enseñanza del Catecismo: “La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias modalidades” (nº 890). “El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico (LG 25; cf Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar ‘como revelado por Dios para ser creído’ (DV 10) y como enseñanza de Cristo, ‘hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe’ (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf LG 25)” (nº 891). “La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una ‘manera definitiva’, proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben ‘adherirse con espíritu de obediencia religiosa’ (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él” (nº 892). “El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas” (nº 2035). Otros textos: “Algunos piensan que eliminado el primado la unidad se recompondría. No es así, dejaría de existir” (Pablo VI). “Cuando hice preguntas a mi Iglesia anglicana sobre la vida que vivía bajo su tutela, no me dio respuestas. Sólo me dijo que me quedara tranquilo, pero eso no me bastaba; un alma no se satisface eternamente con dulzura, suaves murmullos e himnos; y la libertad que disfrutamos resulta ser una esclavitud más intolerable que las cadenas más pesadas. Yo no quería ir por un camino tras otro, según mis deseos: quería saber cuál era el camino que Dios deseaba que recorriera. No quería ser libre para dar la espalda a la verdad; quería una verdad que me hiciera libre. No ansiaba los espaciosos caminos placenteros, sino el angosto Camino que es Verdad y Vida. Y para todas esas cosas mi antigua Iglesia no me servía de ayuda” (Robert Hugh Benson. "Confesiones de un converso"). Argumentación: Ante todo, conviene tener clara qué es la infalibilidad del Papa, cuál es su origen y por qué es instituida por Cristo. El Papa es infalible –o, lo que es lo mismo, no puede equivocarse- cuando solemnemente y bajo determinadas condiciones promulga y declara una enseñanza en materia de fe o de moral. Por lo tanto, la infalibilidad papal no implica que el Papa no pueda pecar, pues está relacionada con su enseñanza (un profesor puede estar enseñando la verdad, en matemáticas por ejemplo, y ser un malvado). Tampoco implica que el Papa tenga la razón siempre (en temas de tipo político, por ejemplo), ni siquiera en temas de tipo estrictamente religioso. Sólo es infalible, tal y como indica el Catecismo, cuando de una manera explícita, hablando como Pastor supremo de la Iglesia, dice que esa enseñanza en concreto es algo “revelado por Dios para ser creído”. En esos casos, se dice que el Papa habla “ex cátedra”. Son pocas las ocasiones en que esto se ha producido. En los últimos siglos sólo se han proclamado tres dogmas de fe: uno precisamente sobre la infalibilidad (Concilio Vaticano I, 18 de julio de 1870), otro sobre la Concepción Inmaculada de María (8 de diciembre de 1854) y el tercero sobre la Asunción de María al Cielo (1 de noviembre de 1950). Por lo tanto, en contra de lo que muchos afirman, el recurso a la infalibilidad ha sido utilizado en poquísimas ocasiones por los Pontífices. La infalibilidad papal –y de los obispos unidos a él- fue algo querido por el propio Cristo, cuando encarga a San Pedro que gobierne la Iglesia y que confirme en la fe a sus hermanos, los demás apóstoles (cf. Jn 1, 42; Mc 3, 16; Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-17; Lc 10, 16; Lc 22, 31-32). Está unida a una especial asistencia del Espíritu Santo. Aunque fue proclamada en el siglo XIX, eso no significa que existiera sólo desde entonces; significa que sólo entonces se proclamó formal y obligatoriamente la necesidad de creer en ella, pero desde el principio se había asumido como una verdad de fe, aunque no sin controversias. El motivo es evidente: en cualquier empresa o institución, es preciso que alguien tenga la última palabra cuando la discusión y los distintos pareceres no permiten adoptar de manera unánime un comportamiento. También en la Iglesia ha sucedido y sucede esto. Desde sus inicios, debido a que está formada por hombres, se han dado interpretaciones diversas y a veces radicalmente opuestas a cuestiones decisivas (la naturaleza de Cristo, por ejemplo: si era verdadero Dios y si era verdadero hombre). Una y otra vez se producían divisiones en el seno de la comunidad y cada una de las partes argumentaba con interpretaciones de la Escritura que parecían tener toda la verdad. Era necesario acudir a un arbitraje, a alguien que tuviera la última palabra. Ese alguien, querido por Cristo, es el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, el Papa. Los que rechazan la infalibilidad pontificia parecen olvidar que si no hubiera sido por ella no tendríamos la fe que tenemos, no creeríamos que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, por hablar de algo en lo que coinciden la mayoría de las Iglesias. De hecho, cuando se ve la deriva que se está produciendo en la mayor parte de las Iglesias no católicas, arrastradas por el huracán del relativismo y del hedonismo, se aprecia muchísimo más el gran don que es la figura del Papa y su capacidad para poner luz en medio de la confusión mediante este dogma extraordinario. Algunos, incluso, como Robert Hugh Benson o como Chesterton, se vieron atraídos por el catolicismo precisamente por eso. Por último, hay que aclarar, como indica el Catecismo (nº 892), que aunque no todas las enseñanzas del papa o de los obispos en comunión con él gozan del carácter de “infalibles”, éstas deben ser acatadas “con espíritu de obediencia religiosa”, pues son enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, sin ser dogmas de fe, vienen avaladas por las palabras de Cristo:
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16).
Una y otra vez, los medios de comunicación del mundo se hacen eco, con gran despliegue, de determinados delitos cometidos por sacerdotes o de las compensaciones millonarias que las Diócesis deben pagar a las víctimas de éstos.
Además, y por si fuera poco, en cualquier conversación con un anticlerical surge la cuestión de la Inquisición o de las Cruzadas y, si el anticlerical es latino, no falta el tema de la masacre organizada por los españoles en América y supuestamente avalada por los misioneros.
Parece como si la Iglesia no hubiera cometido, en sus dos mil años de Historia, más que desmanes.
Enseñanza del Magisterio:
“Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación.
Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1Jn 1, 8-10).
En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante.
Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo” (Catecismo. nº 763).
“¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios.
Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo.
¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él!
¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra!
¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías!
¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!
¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!
¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas!
También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón.
No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).” (Cardenal Ratzinger. Viacrucis de 2005. Novena estación).
“¡Perdonemos y pidamos perdón! A la vez que alabamos a Dios, que, en su amor misericordioso, ha suscitado en la Iglesia una cosecha maravillosa de santidad, de celo misionero y de entrega total a Cristo y al prójimo, no podemos menos de reconocer las infidelidades al Evangelio que han cometido algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio.
Pidamos perdón por las divisiones que han surgido entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos de ellos hicieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad adoptadas a veces con respecto a los seguidores de otras religiones.
Confesemos, con mayor razón, nuestras responsabilidades de cristianos por los males actuales. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de numerosos países, no podemos menos de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades.
Por la parte que cada uno de nosotros, con sus comportamientos, ha tenido en estos males, contribuyendo a desfigurar el rostro de la Iglesia, pidamos humildemente perdón.
Al mismo tiempo que confesamos nuestras culpas, perdonemos las culpas cometidas por los demás contra nosotros. En el curso de la historia los cristianos han sufrido muchas veces atropellos, prepotencias y persecuciones a causa de su fe.
Al igual que perdonaron las víctimas de dichos abusos, así también perdonemos nosotros.
La Iglesia de hoy y de siempre se siente comprometida a purificar la memoria de esos tristes hechos de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el jubileo se transforma para todos en ocasión propicia de profunda conversión al Evangelio.
De la acogida del perdón divino brota el compromiso de perdonar a los hermanos y de reconciliación recíproca”. (Juan Pablo II, homilía en la Misa de la Jornada del Perdón. 12 de marzo de 2000).
“Creemos que la Iglesia es santa, pero en ella hay hombres pecadores.
Es necesario rechazar el deseo de identificarse solo con aquellos que no tienen pecado. ¿Cómo podría la Iglesia excluir de sus filas a los pecadores?
Es por la salvación de ellos que Jesús se ha encarnado, ha muerto y resucitado. Es necesario aprender a vivir con sinceridad la penitencia cristiana”. (Benedicto XVI, 26 de mayo de 2006).
Argumentación:
La Iglesia no oculta el pecado de sus miembros, de todos sus miembros a excepción de su fundador –Jesucristo- y de su Madre –la Santísima Virgen María-. Nunca lo ha hecho.
Nunca ha pretendido ser una institución formada por “perfectos” y abierta sólo a “perfectos”. De hecho, calificó de herejes a los que eso buscaban –los cátaros-.
Por lo tanto, lo primero que tenemos que decir es que, efectivamente, la Iglesia está constituida por pecadores y que eso precisamente hace posible que los que se consideran a sí mismos pecadores tengan cabida en ella.
Eso no significa que la Iglesia sea pecadora. La Iglesia es santa, aunque muchos de sus miembros sean pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo. Es santa en María.
Es santa en los miles y miles de santos que, aun habiendo sido pecadores, se convirtieron y gozan ya de la visión de Dios en el Cielo –la Iglesia triunfante, que es una parte importantísima de la Iglesia-.
Es santa también en aquellos que aún peregrinan en la tierra y están luchando para ser mejores, levantándose cada vez que caen, tanto si esas caídas son pequeñas o grandes –la Iglesia militante, formada por todos los católicos vivos-.
Por eso no es correcto decir que la Iglesia es santa y pecadora a la vez. La Iglesia sólo es santa, aunque muchos de sus miembros sean pecadores.
El no ocultar la realidad del pecado dentro de la Iglesia no la convierte a esta en pecadora. Sería tal si ella, como institución, estuviera promoviendo el pecado, amparando el pecado, justificando el pecado; en ese caso se habría convertido en un instrumento de pecado y sí sería pecadora. Pero si eso ocurriera habría dejado de ser la Iglesia de Jesucristo.
La Iglesia, por lo tanto, no comete pecados. Algunos –o muchos- de sus miembros sí los cometen. Y no es lo mismo una cosa que otra. Además, no es coincidencia que el aluvión de acusaciones contra la Iglesia se deba, precisamente, a que se niega a convertirse en un “instrumento de pecado”.
Porque no quiere ser esto es por lo que la acusan de pecadora y airean los pecados de sus miembros. Por ejemplo, porque la Iglesia no acepta la homosexualidad como algo normal y por lo tanto legítimo, es por lo que se publican los pecados de homosexualidad de algunos sacerdotes.
Si la Iglesia diera por buenos pecados como el aborto, el matrimonio de los divorciados, la manipulación genética de seres humanos, el uso revolucionario de la violencia terrorista, etc, se acabaría la presión contra ella. Pero si así lo hiciera habría dejado de ser “santa”, porque se habría convertido en una institución que justifica el mal, que bendice el mal.
Por lo tanto, mientras ella condene el pecado, seguirá siendo santa, como lo es su cabeza, Jesucristo. Sólo cuando bendiga ese pecado dejará de serlo. Y los pecados de sus miembros, por muchos y graves que sean, no afectan ni afectarán a su santidad.
Según esto, cuando alguien acusa a la Iglesia de ser pecadora, debemos rechazarlo tajantemente. No lo es, ante todo, por la santidad de Cristo y de muchos de sus miembros. Pero, además, no lo es porque ella como institución creada por Cristo está al servicio de la santidad y en permanente lucha contra el pecado.
Hay que ayudar a los que atacan a la Iglesia a que se den cuenta precisamente de este detalle: que los ataques y los insultos contra ella se deben no a que haya miembros de la misma que son pecadores, sino a que ella no quiere llamar bueno a lo que es malo, santo a lo que es pecado.
Precisamente porque se niega a eso, a pesar de la enorme presión que recibe, es por lo que la Iglesia es santa.
Curiosamente, los que la llaman pecadora dejarían de hacerlo si realmente lo fuera; porque no lo es, porque está al servicio del bien y no del mal, es por lo que la acusan de serlo.
Otro aspecto que hay que destacar es el de la apertura de la Iglesia a los pecadores. Los que dicen que la Iglesia está llena de ellos deben considerarse a sí mismos perfectos, pues si fueran conscientes de que ellos también son pecadores no sentirían tanta aversión hacia el hecho de que en una institución tengan cabida personas con defectos.
La Iglesia, que ha sido tajante con el pecado, nunca ha expulsado de su seno a los pecadores.
Por el contrario, los ha acogido con amor de Madre, como el propio Cristo hizo. Lo que no ha hecho ha sido justificar su pecado, bendecirlo. Continuamente suenan en los oídos de los católicos las palabras de Cristo a la adúltera:
“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más” (Jn 8, 11). Esta actitud de la Iglesia no debe ser vista como un gesto de complicidad con el pecado, sino como una mano extendida al pecador para que se levante de su postración, para que emprenda el camino de la conversión, confiando ante todo en la fuerza de la gracia, en la misericordia divina.
Por último, no hay que dejar de destacar, ante el que acusa a la Iglesia de pecadora, las casi infinitas obras buenas que la Iglesia como institución y sus miembros han llevado a cabo, tanto en el presente como en el pasado. Sólo una ceguera voluntaria puede dejar de ver esto.
Ahí están los monumentos artísticos de distinto tipo, la contribución a la civilización y, muy especialmente, las ingentes obras de caridad, así como la defensa de los derechos de los más débiles.
Curiosamente, es porque la Iglesia se obstina en hacer el bien defendiendo a los que nadie defiende –como es el caso de los niños no nacidos-, por lo que es tan atacada. Aunque eso no es nuevo. Por lo mismo la atacó Hitler, la atacó Stalin y la han atacado los distintos tiranos y asesinos de la historia.
Lo han hecho no sólo matando a millones de sus hijos, los mártires, sino ensuciando su nombre y pretendiendo confundir a base de calumnias a los hombres, para que aquella que es santa apareciera como pecadora, precisamente porque se obstina en ser fiel a Jesucristo, en ser instrumento de santificación en lugar de instrumento de pecado.
Con frecuencia se dice que la Iglesia no fue fundada por Jesucristo o que, en todo caso, éste no quería fundar este tipo de Iglesia, sino una más humilde, sin estructuras, sin poder.
Se dice que la Iglesia en realidad la fundó San Pablo, con un concepto más judío que cristiano, o que la fundaron después de las persecuciones romanas, como un instrumento al servicio del poder imperial para controlar a la nueva religión.
La Iglesia católica, tal y como la vemos ahora, no tendría nada que ver con la Iglesia de Cristo y sería, más que una estructura al servicio del Evangelio, una estructura de opresión que actuaría contra aquellos que están al servicio de los pobres y que quieren ser libres.
Enseñanza del Catecismo:
“El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia” (nº 763)
“El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino.
Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf Mt 19, 28; Lc 22,30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf Ap 21, 12-14).
Los Doce (cf Mc 6,7) y los otros discípulos (cf Lc 10, 1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder y también en su suerte (cf Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia” (nº 765)
“Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia.
Es entonces cuando la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación” (nº 767)
“Para realizar su misión, el Espíritu Santo construye y dirige a la Iglesia con diversos dones jerárquicos y carismáticos” (nº 768)
“Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf Mc 1, 16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf Lc 22, 28-30)” (nº 787)
“Nuestro Salvador, después de su resurrección, entregó la única Iglesia de Cristo a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran y la gobernaran.
Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él” (nº 816)
“Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, ‘llamó a los que él quiso y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus ‘enviados’ (es lo que significa la palabra griega ‘apostoloi’).
En ellos continúa su propia misión: ‘Como el Padre me envió, también yo os envío’ (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto, su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: ‘Quien a vosotros recibe, a mí me recibe’, dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16)” (nº 858)
“Los apóstoles, para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron.
Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio” (nº 861)
Argumentación:
Nadie funda algo para que no dure después de su muerte, para que muera con él. Sobre todo, si lo fundado tiene una misión que no puede desarrollarse totalmente durante la vida del fundador.
Todo el mundo quiere que su obra le sobreviva y muy especialmente si esa obra, por sus propias características, tiene un objetivo que va más allá del momento histórico en el que vive el que la ha fundado.
Esto, que vale para tantas cosas, vale, evidentemente, para la obra fundada por Cristo.
Son abundantes los textos evangélicos en los que se pone de manifiesto la voluntad de Jesús no sólo de fundar una Iglesia sino también de organizarla mediante un sistema jerárquico, puesto que sin esa estructura no habría podido ni funcionar ni sobrevivir.
Se puede objetar que esos textos fueron añadidos posteriormente precisamente por aquellos que querían justificar la existencia de la jerarquía de la Iglesia porque formaban parte de ella, pero, primero, esa objeción hay que demostrarla y, segundo, va contra el sentido común:
Si Cristo quería que, a su muerte, se siguiera predicando su mensaje, tenía necesariamente que organizar una estructura que le sobreviviera y esa estructura debía tener la suficiente autoridad como para poder hacer frente a los inevitables problemas con que se iba a encontrar la comunidad de sus discípulos.
Además, los textos que hacen referencia a la elección de los discípulos y a cómo quería el Señor que éstos estuvieran organizados, son tantos y tan importantes que no cabe pensar en que fueran añadidos posteriormente a su muerte; como prueba de la fidelidad con que los evangelistas transmitieron lo que Cristo había dicho y hecho, basta con un ejemplo:
No dudan en hablar de la triple negación de Pedro en la noche del Jueves Santo; puestos a inventar un relato que justificara la autoridad de Pedro sobre el grupo, tendrían que haber suprimido ese momento, que dejaba a Pedro muy mal parado.
Es verdad que San Pablo aportó a la Iglesia importantes conceptos estructurales y teológicos, pero esos conceptos no eran extraños a la fe que tenían los apóstoles y que ya estaban predicando antes de que Pablo se convirtiera, yendo precisamente a Damasco para “cazar” cristianos.
Además, la Iglesia nunca ocultó que sus raíces se hundían en la religión judía, pues el Antiguo testamento forma parte de su patrimonio espiritual y dogmático; pero Cristo, y así lo entendieron los primeros cristianos y también San Pablo, vino a llevar a su plenitud el mensaje contenido en el Antiguo Testamento, purificándolo a la vez de todas las adherencias que se le habían añadido y que no tenían su origen en Dios (por ejemplo, el excesivo respeto al sábado, la prohibición de ciertos alimentos o la situación de inferioridad de la mujer ).
La Iglesia, pues, es hoy la misma que ayer y que siempre: la obra de Cristo.
Los que dicen que no es verdad, lo hacen porque no les interesa escuchar lo que la Iglesia dice. Por ejemplo, cuando los seguidores de la teología de la liberación afirman que es una estructura de poder, opresora y corrupta, lo hacen porque la Iglesia no ha permitido que se justificara el uso de la violencia y ha rechazado que se uniera la fe católica con el marxismo.
Otros dicen lo mismo contra la Iglesia, pero por motivos diferentes: porque la Iglesia defiende la vida y está contra el aborto o porque no acepta que el hombre quede sometido a los instintos como si fuera sólo un animal.
En español decimos: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Ese viejo refrán podríamos rescribirlo al revés, para aplicarlo a este caso: “Dime con quién no andas y te diré quién eres”.
La Iglesia no anda con los violentos, con los poderosos, con los hedonistas, con los relativistas; es normal, pues, que éstos la ataquen; pero el hecho de que lo hagan, es la mejor garantía de que está siendo fiel a Jesucristo, que también murió crucificado por los que no estaban contentos con su mensaje.
Apologética es la parte de la Teología que busca explicar lo que creemos y hacemos como católicos y, asimismo, expone los errores que van contra la fe católica para proteger la integridad de la fe.
Esta “asignatura” teológica tuvo su esplendor durante la época de las grandes controversias, tanto contra los enemigos de la Iglesia como contra los herejes.
Después del Vaticano II fue relegada casi al olvido, pensando en que no había necesidad de ella, en una época marcada por el diálogo. Sin embargo, los ataques de las sectas por un lado y del secularismo laicista por otro, han vuelto a poner de manifiesto su utilidad.
No se trata de argumentar agresivamente contra nadie, ni siquiera contra los que así hacen contra nosotros, sino de saber dar una respuesta racional y coherente de las verdades en las que creemos.
¿Qué es Apologética?
Como se ha dicho, la Apologética es la defensa de la fe y la moral católica desde una perspectiva teológica y, por lo tanto, argumentativa.
Por extensión, se podría considerar Apologética a otras iniciativas, como las de defender a la Iglesia llevando a los tribunales a quienes la injurian o a quienes insultan a Cristo y a la Virgen.
Sin embargo, en lo que a este tratado concierne, vamos a considerar la Apologética desde su primera acepción: la defensa intelectual de las verdades de fe y de las reglas éticas inspiradas en el Evangelio.
La naturaleza de la Apologética hace que sea eminentemente defensiva, lo cual le da un carácter que a algunos le puedes parecer poco atractivo.
No es una rama de la Teología destinada a proponer las verdades de la fe, como pueda ser la Dogmática, la Mariología, la Moral o las distintas disciplinas bíblicas. Sin embargo, como es lógico, se basa en ellas para extraer los argumentos que va a necesitar para defender y justificar las enseñanzas de la Iglesia.
Pero, además y en algún caso, recurre a otras fuentes, externas incluso a la Teología, para aportar datos y argumentos que demuestren la fortaleza intelectual de las posturas de la Iglesia –por ejemplo, cuando se acude a la Biología para confirmar que el embrión es un verdadero ser humano-.
Su carácter defensivo hace que la Apologética se vea limitada a la defensa de los temas en que se está centrando la controversia, con lo cual deja muchísimos otros sin tratar (hoy, por ejemplo, no hay necesidad de justificar el rechazo de la Iglesia a la esclavitud, porque, teóricamente, todo el mundo la rechaza).
La Apologética no es, pues, un buen método para conocer el conjunto de las verdades de fe o de la moral católica; no es una síntesis de la misma, una especie de catecismo resumido que poder ofrecer a los que están interesados por el cristianismo; es un tratado defensivo, destinado a demostrar la racionalidad y la validez intelectual y moral de nuestros planteamientos y, si fuera posible, a convencer a otros para que se adhieran a los mismos.
Hay que dejar claro que si bien la Apologética tiene el objetivo de defender, de ningún modo tiene la misión de atacar los principios de nadie.
La Iglesia no ataca nunca. Se defiende de los ataques que recibe y expone de manera propositiva sus propias convicciones, pero sin que esta proposición revista nunca el carácter de ataque y agresividad de que nosotros somos objeto, tanto por las sectas como por el laicismo.
La Iglesia expone su fe y sus principios morales y reclama libertad para hacerlo y libertad para que los que quieran adherirse a ellos e integrarse en la comunidad católica puedan hacerlo, pero ni obliga a nadie ni tiene como objetivo desprestigiar las creencias de los demás pensando que así sus decepcionados fieles engrosarán las propias filas.
La proposición que hace la Iglesia de sus propias convicciones, incluso aunque a veces sea hecha de forma comparativa a las creencias de otros –por ejemplo, cuando se habla de la idea de Dios entre nosotros y de la idea de dios que hay en el hinduismo, o cuando se habla del matrimonio monogámico y se compara con el poligámico que tienen otras religiones- se intenta no herir los sentimientos de nadie, pues se tiene claro que, si no en todos los casos sí en muchos, en las demás religiones hay elementos de verdad que merecen respeto, por más que no esté en ellas la verdad plena, la cual se encuentra sólo y únicamente en la Iglesia católica, fundada por Cristo, que es la Verdad.
¿Cómo hacer Apologética?:
La Apologética, debido a su naturaleza defensiva, tiene una dificultad de origen: el peligro de la agresividad.
Responder a los que atacan sin recurrir a sus métodos no es fácil y, sin embargo, ahí reside buena parte de la fuerza católica: no hacer el mal a quien nos hace el mal, no responder con insultos a los que nos insultan, no pagar a nadie con la misma moneda del odio con que ellos nos pagan.
La Apologética, pues, tiene que estar dominada siempre por la paz, por la exposición pacífica y razonada de argumentos, de datos, de testimonios, de experiencias vitales.
Como toda defensa –basta con pensar en lo que es un partido de fútbol-, su primer objetivo es que los fieles católicos no tengan la impresión de que sus planteamientos de fe o de moral son ridículos, anticuados e incluso irracionales -volviendo al símil del partido de fútbol, el primer objetivo es que no te metan goles-, evitando así la fuga de esos fieles a las sectas o al laicismo ateo.
Sólo en un segundo momento –que hay que procurar que llegue- se intentará convencer al que ataca de que nuestro planteamiento es mejor que el suyo –se intentará meter un gol en la portería contraria-.
Así, pues, la Apologética tiene dos objetivos: uno dirigido a los propios católicos, para reforzar sus convicciones y ayudarles a que las defiendan con los necesarios recursos intelectuales, y otro dirigido a los enemigos de la Iglesia para hacerles ver que no tienen razón y que los planteamientos de la Iglesia son más correctos, más humanos, más verdaderos que los suyos.
El carácter defensivo de la Apologética exige –salvo que se quiera ir a una especie de suicidio anunciado- que se establezcan unas mínimas reglas de juego en el debate.
Una de ellas es la racionalidad de los argumentos y la exclusión de la agresividad. Otra –por ejemplo, de cara al diálogo con las sectas- es la utilización de unos instrumentos aceptados por todos, como es el caso de las traducciones bíblicas.
Así mismo, es preciso dejar claro que los juicios sobre los hechos históricos deben hacerse a la luz de los criterios de valoración moral que había cuando esos hechos se produjeron y no a la luz de los criterios que tenemos hoy –como cuando se tratan temas como el de la Inquisición o las Cruzadas-.
También hay que dejar claro que los comportamientos erróneos de algunos miembros de la institución no deben ser achacados al conjunto de los que pertenecen a ella, salvo que procedan directamente de sus enunciados teóricos –si la Iglesia predica la castidad y un cura comete un pecado de pederastia, la Iglesia no es responsable-.
A la vez, hay que pedirle a los que atacan que acepten que ellos pueden ser, a su vez, atacados -como cuando se le plantea a un laicista que se burla de la fe en la existencia de Dios la existencia en él de una incongruencia al no poder demostrar que Dios no existe-.
¿Cuándo hacer Apologética?
En los primeros siglos del cristianismo, en aquel contexto pagano o judío en el que se desenvolvía y desarrollaba nuestra fe, la Apologética se ejercitaba en los foros de debate intelectual –los ateneos, las academias, las sinagogas- y sólo más tarde –y con menos rigor ideológico- se extendió al resto de los ambientes –la familia, el trabajo, los amigos…-.
En nuestra época, tan parecida a aquella en muchas cosas, tenemos que volver a recuperar la presentación de nuestra fe en ambos ámbitos: los nuevos areópagos –los medios de comunicación, las universidades- y los clásicos –desde el hogar hasta los puestos de trabajo-.
Hoy es tan necesario como entonces formar a los católicos en los principios y argumentos básicos de la Apologética, en parte para que ellos no duden de su fe y en parte para que puedan intentar convencer a otros.
Sin embargo, no hay que olvidar que, por un lado, la Apologética es “defensa” y eso condiciona el momento de su ejercicio –no hay que ser los primeros en sacar los temas conflictivos, sino esperar a que sean los otros los que los saquen- y, por otro, que con argumentos, por muy bien trabados que estén desde el punto de vista intelectual, difícilmente se va a convencer a nadie o se le va a introducir en la Iglesia.
La fe se puede argumentar, justificar y defender, pero no suele ser ese el camino por el cual llega al corazón del hombre, por el cual se produce la conversión.
Por eso es imprescindible acompañar la Apologética con la oración y con el testimonio de una vida coherente con lo que se defiende.
Por otro lado, y siempre con respecto al “cuándo hacer Apologética”, hay que aprender a distinguir los momentos en que estamos siendo atacados y lo que hay detrás de los que nos atacan, con el fin de actuar de una manera o de otra.
Por ejemplo, no es lo mismo responder a una crítica contra la existencia del Dios-Amor basándose en la existencia del sufrimiento humano cuando esa crítica la hace un compañero de trabajo cargado de anticlericalismo, que cuando la hace una persona que está profundamente herida por la muerte de un hijo.
En un caso habrá que contestar con argumentos y en el otro quizá convenga guardar un respetuoso silencio o decir al que se está desahogando que más adelante ya hablaremos sobre el asunto.
¿Por qué hacer Apologética?
Los motivos para hacer frente a los que atacan a la Iglesia, a nuestra fe y a nuestros principios éticos, son, esencialmente, dos: la justicia y la gratitud.
La justicia, aunque tiene distintos apellidos –justicia distributiva, justicia conmutativa…- es esencialmente darle a cada uno lo que tiene derecho a recibir.
En este caso, podríamos decir que debemos defender a la Iglesia porque tiene derecho a ello, porque tiene la verdad y la verdad tiene derecho a ser defendida de los ataques que sufre.
Si no defendemos la verdad contenida en los enunciados doctrinales y morales de la Iglesia, cometemos una injusticia, pues dejamos que la verdad sea agredida y humillada por los que, no teniéndola, sí tienen sin embargo mejores aliados que propagan argumentos que o son totalmente falsos o, al menos, lo son parcialmente.
Además, esta defensa de la Iglesia nos interesa a nosotros mismos, pues somos parte de ella; por mucho que pensemos que no va con nosotros o con los nuestros, todo termina por afectarnos; si nos callamos porque no queremos líos ni queremos tomarnos la molestia de poner freno a los que atacan a la Iglesia, puede ser que nosotros mismos y no la Iglesia –o uno de los nuestros- seamos la próxima víctima.
El otro motivo es la gratitud. La Iglesia es nuestra madre y en ella nos hemos encontrado con el Cristo vivo.
Lo menos que podemos hacer por ella es salir en su defensa cuando es atacada desde tantos frentes, por unos –los laicistas- y por otros –las sectas-.
La mejor forma de demostrarle a Dios nuestro agradecimiento por el don que representa la Iglesia, por el hecho de que en ella le podemos encontrar en los sacramentos y que ella nos transmite fielmente la doctrina revelada por Cristo, es salir en su defensa cuando nos necesita.
Esos motivos deberían ser suficientes para tomarse en serio la Apologética.
Eso significa que no podemos pretender defender a la Iglesia sin la debida formación.
Es cierto que no todos tienen a su alcance la posibilidad de cursar varios años de Teología, pero hoy hay muchos libros divulgativos, escritos con un nivel accesible, que se pueden leer y en los que se pueden encontrar los argumentos básicos para hacer frente a los ataques más habituales.
Estos, por otro lado, no dejan de ser sólo un puñado, pues la mayoría de los que atacan a la Iglesia se mueve en un estrecho círculo de tópicos y casi todos ellos tienen menos argumentos de los que nosotros, con una lectura sencilla, podamos adquirir.
Además, siempre está el recurso a la “autoridad” –como decir: yo de eso no sé, pero si quieres te presento a un sacerdote con el que podrás debatir ese tema si te interesa-, que debemos utilizar cuando no tengamos argumentos suficientes, sin que eso nos sirva de excusa para no adquirirlos.
No podemos seguir asistiendo impasibles a los ataques a la Iglesia o a las blasfemias contra Dios, la Virgen o los santos.
Tampoco podemos limitarnos a mover la cabeza en señal de pesar, a criticar a los que lo hacen, a decir que alguien tendría que intervenir. Ese alguien es Dios y quiere hacerlo, necesita hacerlo, a través nuestro.
Él se merece que nos tomemos el pequeño esfuerzo de prepararnos para conseguirlo.
Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.
Una de las mayores dudas que se crean con la figura de los santos es su capacidad de ser mediadores entre Dios y los hombres. Debido al pasaje bíblico de 1 Tim 2:5 muchos han hecho una interpretación errada. Ahí se dice: "porque hay un sólo Dios, y también un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre".
La primera interpretación nos diría que no cabe duda de que solo Jesús es el mediador entre Dios y los hombres, por lo tanto, afirmar que la intercesión de los santos es posible sería algo anti-bíblico, pero, la realidad es que no la contradice.
Muchos de estas interpretaciones se basan en prejuicios contra la Iglesia y la gran mayoría de interpretadores fundamentalistas terminan contradiciéndose. Esto también se debe a la ignorancia sobre lo que enseña la Iglesia Católica.
En 1 Tim 2, 5 se utiliza la palabra "mesités" (mediador) y también en otros pasajes del Nuevo Testamento de la Biblia en griego, un término que mayormente aparece junto a "alianza": Jesús es el mediador de la nueva alianza.
Cuando en la parte final de 1 Tim 2, 5 se dice " Cristo Jesús hombre", se nota la intención del apóstol Pablo por demostrar que es como hombre que Jesús es capaz de ser el reconciliador y mediador para el hombre. Ya que el pecado vino de la desobediencia del ser humano el único que puede redimirlo deberá ser humano.
Algunos han querido utilizar este mensaje de Pablo para quitarle el oficio de mediadora a la Iglesia y añaden arbitrariamente la cita de Col 1,18: "Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia", pero el carácter de mediador en Jesús es parte de su función como hombre y no como cabeza de la Iglesia.
Es importante señalar que algo en lo que católicos y protestantes están de acuerdo sobre el texto es que Pablo subraya que Jesús es verdadero hombre y no sólo un mediador. El texto no va en contraposición de la Iglesia, salvo que se busque un quinto pie al gato.
Los siguientes comentarios tratan el término mediador:
"El que Cristo sea el único mediador no significa que haya terminado el papel de los hombres en la historia de la salvación.
La mediación de Jesús reviste acá abajo signos sensibles: son los hombres, a los que Jesús confía una función para con su Iglesia; incluso en la vida eterna asocia Jesucristo, en cierta manera, a su mediación los miembros de su cuerpo que han entrado en la gloria. (...)
Los que desempeñan no son, propiamente hablando, intermediarios humanos con una misión idéntica a la que tuvieron los mediadores del AT; no añaden una nueva mediación a la del único mediador: no son sino los medios concretos utilizados por éste para llegar a los hombres.
(...) Evidentemente, esta función cesa una vez que los miembros del Cuerpo de Cristo se han reunido con su cabeza en su gloria. Pero entonces, respecto a los miembros de la Iglesia que luchan todavía en la tierra, los cristianos vencedores ejercen todavía una función de otra índole.
Asociados a la realeza de Cristo (Rev 2,26s; 3,21; cf. 12,5; 19,15), que es un aspecto de su función mediadora, presentan a Dios las oraciones de los santos de acá abajo (5,8; 11,18), que son uno de los factores del fin de la historia." (Leon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica)
"Los cristianos comparten la autoridad del rey de reyes, constituyéndose en mediadores sacerdotales en el mundo de la humanidad." ( Harrington, Revelation)
El cristiano cuando reza por otro o a un santo, su oración es en Cristo, no pensando que Cristo no tiene nada que ver en la oración.
Nuestra oración no excluye la mediación de Cristo sino que es una mediación participada de su mediación. Así, en la Escritura se demuestra como muchas cualidades de Dios se nos atribuyen a nosotros.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos indica (956):
Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.
Muchos cristianos piensan que los santos y todos los que mueren ya no pueden rezar. Es un error increíble pensar que Dios no permita que el amor de los santos siga viviendo al rezar por sus seres amados pues se olvida que nuestro Padre es Dios de vivos, y no de muertos.
"Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos" (Ap 5,8).
La mediación de los santos es real y verdaderamente fuerte ya que ellos viven la Gloria de estar con Cristo en los Cielos, y siguiendo de nuevo al apóstol Pablo cuando dice:
"Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres (1 Tim 2,1)", los cristianos tenemos la necesidad de orar para vivir el amor reconciliador que nos enseñó Jesús al abrirnos las puertas de la Casa del Padre.
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Al invocar a los santos siempre contemplaremos las virtudes que obró Dios en ellos.
El Santo Padre ha beatificado y canonizado a una gran cantidad de hombres y mujeres a lo largo de toda la Iglesia Universal. Con esto la Iglesia ha reconocido oficialmente su testimonio de santidad.
De esta forma ellos se convierten para los creyentes en un modelo de santidad y en intercesores en favor nuestro. Por supuesto la Iglesia Católica a nadie obliga a invocar y tener devoción a los santos. Solamente los propone como modelos para ser imitados.
Ahora bien, muchos católicos se dan cuenta de que los hermanos no católicos rechazan enérgicamente a los santos diciendo que no necesitamos otros modelos de santidad, ya que tenemos el modelo de Jesús. Y menos necesitamos a los santos como intercesores, pues Cristo es el Único mediador ante el Padre. Muchos católicos no saben qué contestar y están dudosos frente a estas opiniones. ¿Qué debemos contestar a los que piensan así?
Los hermanos evangélicos dicen: No necesitamos otro modelo de santidad si ya tenemos el modelo del propio Jesús.
Queridos hermanos: Esta es una verdad a medias. Y enseguida me vienen a la mente los textos bíblicos del Apóstol Pablo: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte es ganancia... Hermanos, sigan mi ejemplo y fíjense también en los que viven según el ejemplo que nosotros les hemos dado a ustedes» (Fil. 1, 21 y 3, 17).
En otra parte dice el Apóstol: «Sigan ustedes mi ejemplo como yo sigo el ejemplo de Cristo Jesús» (1 Tim. 1, 16). En estos textos vemos claramente que Pablo se pone a sí mismo como ejemplo de seguidor de Cristo, e incita a los creyentes a ser sus imitadores, como él lo es de Cristo. Tomemos otro ejemplo de la Biblia: María, la Madre de Jesús.
Ella es la mujer «que Dios ha bendecido más que a todas las mujeres» (Lc. 1, 28 y 1, 42), como dijeron el ángel Gabriel y su prima Isabel. Y en el cántico de María (Lc. 1, 46-55); ella se presenta también como ejemplo de humilde servidora y de esclava, «en adelante todos los hombres me llamarán bienaventurada» (Lc. 1, 48).
La Biblia, entonces, pone claramente a María como modelo de santidad para todas las generaciones. Y es eso lo que celebra la Iglesia Católica al venerar a María. La veneración a María nunca puede ser culto de adoración; la veneración es un culto de honra y de profundo respeto hacia la Madre de Jesús.
Cuando leemos con atención las Escrituras, nos damos cuenta de que la Biblia nos ofrece muchos modelos de santidad; por ejemplo: al apóstol Tomás, que era un hombre con grandes dudas sobre la fe pero que al fin proclamó a Jesús como su Señor y su Dios (Jn. 20, 26-28).
Así también la Iglesia católica presenta el ejemplo de Juan Bautista que con gran valentía dio testimonio de Jesús hasta derramar su sangre por el Señor (Mt. 14, 1-12).
De igual manera, la Iglesia Católica presenta ahora a los santos de nuestros tiempos como ejemplos de fe cristiana. Ellos nos señalan un camino y muchos ven en ellos la gracia del Señor Jesús, que fue tan eficaz en sus vidas. Los santos son para nosotros verdaderos modelos a imitar. Ellos tuvieron una clara prioridad en su vida: Jesucristo.
Y es este modelo de fe cristiana el que tocó de diversas maneras el corazón de mucha gente. La fe en los santos no es, de ninguna manera, un obstáculo a la fe en Jesucristo, como piensan los hermanos evangélicos, sino un estímulo para seguir a Cristo. Son tres distintos modelos de santidad que Dios ha regalado a su Iglesia en este último tiempo.
Por supuesto debemos evitar excesos, los santos no son semidioses y la santidad de tal o cual persona nunca puede oscurecer el seguimiento de Cristo. Al contrario, la verdadera santidad de los santos siempre anima hacia una mayor búsqueda de Dios. Los santos como intercesores
Muchos hermanos evangélicos tienen problemas para aceptar a los santos como intercesores en favor nuestro.
Simplemente dicen que Jesucristo es el único Mediador entre Dios y los hombres y que no necesitamos nuevos intercesores: «Hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 Tim. 2, 5; Hebr. 8, 6 y 9, 11-14).
Nosotros, los católicos, proclamamos también que Jesucristo es el Único Mediador entre Dios y los hombres. Pero los santos no son un obstáculo para dirigirnos directamente a Jesucristo, a Dios Padre o al Espíritu Santo.
Los santos no nos alejan de Dios; simplemente ellos con sus ejemplos de fe cristiana nos estimulan a acercarnos a Dios con la sola mediación de Jesucristo.
Ahora bien, cuando la Iglesia Católica dice que los santos son intercesores nuestros delante de Jesucristo, eso no quiere decir que ellos son los que hacen los milagros. Es siempre Dios Padre, Jesucristo o el Espíritu Santo, quienes obran maravillas entre nosotros, aunque sí puede ser que los milagros sean hechos «por intercesión» de estos santos. El ejemplo de María
Veamos el ejemplo de María en las bodas de Cana. Es María la Madre de Jesús la que invita discretamente a su Hijo a hacer un milagro diciendo: «Ya no tienen vino». Y Jesús le hace entender que la hora de hacer signos no ha llegado todavía. Sin embargo, por la intercesión de su Madre María, Jesús hace su primer milagro (Jn. 2, 1-12).
Este es el sentido bíblico de la intercesión de los santos. Hay muchos ejemplos más de la intercesión de los santos ante Dios. Veamos algunos textos: Moisés ora a Dios por intercesión de Abraham, Isaac y de Jacob (Ex. 32, 11-14).
Jesús manda a sus Apóstoles a sanar enfermos, a resucitar muertos, a limpiar leprosos y echar demonios (Mt. 10, 8). Pedro y Juan, en nombre de Jesús, sanan a un hombre tullido (Hech. 3, 1-10).
En el pueblo de Troáda, el apóstol Pablo devuelve la vida a un joven accidentado (Hech. 20, 7-11).
Cuando el apóstol Pedro pasaba por la calle, la gente sacaba a los enfermos y los ponía en camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre algunos de ellos, y todos eran sanados (Heh. 5, 15-16). Dios hacía grandes milagros por medio de Pablo, tanto que hasta los pañuelos o las ropas que habían sido tocados por su cuerpo eran llevadas a los enfermos y los espíritus malos salían de éstos (Hech. 19, 11-12).
Todos estos textos nos dicen que Jesucristo hacía milagros por medio de sus discípulos. «Ustedes han recibido este poder sin costo; úsenlo sin cobrar», dijo Jesús (Mt. 10, 8). Dios acepta la oración de los santos
La Biblia nos enseña también que debemos ayudarnos mutuamente con la oración. «La oración de los santos es como perfume agradable ante el trono de Dios» (Apoc. 8, 4).
«Ahora me alegro, dice el Apóstol Pablo, en lo que sufro por ustedes, porque de esta manera voy completando en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo por la Iglesia, que es su cuerpo» (Col. 1, 24).
«La oración fervorosa del hombre bueno tiene mucho poder.
El profeta Elías era un hombre tal como nosotros, y cuando pidió en su oración que no lloviera, dejó de llover sobre la tierra durante tres años y medio y después cuando oró otra vez, volvió a llover y la tierra dio su cosecha» (Stgo. 5, 16-18).
«Los cuatro seres vivientes y los 24 ancianos se pusieron de rodillas delante del Cordero. Cada uno de los ancianos tenía un arpa, y llevaban copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los que pertenecen a Dios» (Apoc. 5, 8).
En todos estos textos notamos que la oración fervorosa o la intercesión de los santos tiene mucho poder delante del trono de Dios. No podemos dudar de que estos santos, que ahora están delante de Dios, van a interceder por nosotros, como lo hizo Moisés al hablar con Dios para aplacar su ira invocando a Abraham, Isaac y Jacob (Ex. 32, 13).
Al invocar a los santos siempre contemplaremos las virtudes que obró Dios en ellos. Dios está siempre en el trasfondo de nuestra invocación o veneración a los santos. Los santos no nos alejan de Dios, sino que nos invitan a ponernos directamente en contacto con El, con la sola mediación de Jesucristo. ¿Debemos evitar los excesos en la veneración de los santos?
Por supuesto que en nuestra veneración a los santos debemos evitar los excesos. Por ejemplo, hay gente que no busca a los santos como un modelo de fe cristiana, sino solamente como remedio a sus dolencias, angustias y dificultades, o para encontrar un objeto que se le ha perdido. Sabemos muy bien que hay gente que se acerca a los santos con una fe casi mágica. No nos corresponde juzgar los sentimientos de nuestros hermanos que tienen una fe débil. Pero estoy seguro de que Dios respeta la conciencia de cada uno.
Pienso en aquella mujer de la Biblia que sufría hemorragias de sangre durante tantos años, la que se acercó a Jesús tal vez con una fe mágica, pensando que con sólo tocar su manto sanaría, y la señora con esta fe que a nosotros nos parece medio mágica sanó. Pero luego Jesús buscó a aquella mujer y quiso darle más que un simple remedio a sus dolencias. Jesús deseaba un encuentro personal con aquella enferma y aclarar la verdadera razón de su sanación: La fe. «Hija, has sido sanada porque creíste» (Lc. 8, 43-48).
Creo que hay mucha gente católica, entre nosotros que se acerca a Cristo y a los santos con esta actitud tímida, con esta fe no muy clara, tal vez con creencias medio mágicas.
Pero no tenemos derecho a humillar o aplastar esta poca fe que tiene la gente sencilla. Es un pecado muy grave burlarse de la fe débil de uno de nuestros hermanos. Debemos ayudarles con mucho amor a purificar su fe, como lo hizo Jesús con aquella mujer enferma. Un poco de fe basta para que Dios actúe.
Queridos hermanos católicos, termino esta carta dando gracias a Dios por las grandes maravillas que obró en los santos, y por habernos hecho el hermoso regalo de nuestros santos latinoamericanos. Ojalá que nosotros, contemplando sus ejemplos logremos también la santidad.
Y termino recordando que la Iglesia no obliga a nadie a invocar y tener devoción a los santos. Esto depende del gusto, de la cultura y de la libertad de cada cristiano. Es un camino que se ofrece, y dichosos de nosotros si lo aceptamos con humildad y agradecimiento. Dice el CATECISMO
¿Somos todos llamados a la santidad?
Sí, todos los bautizados, ya pertenezcan a la Jerarquía, a los laicos, todos somos llamados a la santidad. ¿Quiénes son los santos ?
Los que llegaron ya a la patria y gozan de la presencia del Señor. Ellos no cesan de interceder por nosotros presentando a Dios por medio del único Mediador Jesús (1, Tim. 2, 5), los méritos que en la tierra alcanzaron. ¿A qué nos llama Dios?
Dios nos llama a responder al deseo natural de felicidad que El mismo ha puesto dentro de nosotros. Y esta felicidad sólo la podemos lograr con la santidad de vida. ¿Qué es la comunión de los santos?
La comunión de los santos significa que así como todos los creyentes forman entre sí un solo cuerpo, así también el bien de unos se comunica a otros. ¿Interceden los santos por nosotros?
Sí, ellos interceden por nosotros al presentar, por medio del Único Mediador Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra.
Cuestionario
¿Quiénes son los beatos y santos chilenos? ¿Qué significa que los santos son nuestros intercesores? ¿Qué significa que son nuestros modelos a imitar?
¿Qué decía San Pablo de sí mismo? ¿Es María también nuestro modelo de santidad?
¿Acepta Dios la veneración de los santos? ¿En qué excesos caemos a veces los católicos? ¿Qué imagen debería presidir y destacar en todas las Iglesias?
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección seis
Memoria y presencia: Comunión como la venida de Cristo
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN
► Entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada "en conmemoración mía." ► Ver cómo la Escritura presenta a Jesús como el Cordero Pascual y cómo ese retrato es reflejado también en la Misa. ► Entender la Eucaristía como parusía, la "venida" de Cristo, y como el pan de cada día por el cual pedimos en el Padre Nuestro.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Tercera Parte: Capítulos II, III, y IV ► San Lucas 22:19 ► 1 Corintios 5:7; 11:24, 26, 27-32 ► Éxodo 12 ► Deuteronomio 5: 1-4, 15, 23, 25; 6:20-25 ► San Juan 6:4; 35-59
Esquema de La Lección I. En la Última Cena ◊ Conmemorando su muerte ◊ Recordando su alianza
II. La fiesta memorial ◊ La Pascua recordada ◊ El nuevo Éxodo ◊ Cristo, nuestro cordero pascual
III: En la Cena del Cordero ◊ Danos hoy nuestro pan de cada día ◊ Hasta que vuelvas ◊ Participación en su cuerpo y sangre
IV. Preguntas para reflexión
I. La Última Cena
- Conmemorando su muerte -
En la lección anterior habíamos llegado al punto culminante de la Misa—la Plegaria Eucarística.
La Plegaria Eucarística es una oración de conmemoración, y así es toda la Misa.
Como vimos en los ejemplos de la última lección, las varias plegarias eucarísticas recuerdan los grandes eventos en la historia de la salvación. Se presentan estos grandes eventos como anticipaciones de la cumbre de la historia de la salvación, la institución de la Eucaristía en la Última Cena.
Las plegarias eucarísticas son marcadas por expresiones como "Memento, Domine" ("Recuerda, Señor").
En la primera plegaria eucarística, la más antigua, pedimos a Dios recordar a los vivos y difuntos, mencionamos por nombre unos santos y mártires, y también se hace referencia a los sacrificios de Abel, Abraham y Melquisedec. En las palabras de la plegaria, "celebramos la memoria de Cristo", especialmente su pasión, resurrección y ascensión.
En las Plegarias Eucarísticas, la Misa es claramente "el memorial de nuestra redención" (Plegaria IV) en que celebramos "el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo" (Plegaria III), vivimos de nuevo "el memorial de su muerte y resurrección" (Plegaria II).
Pero palabras como "memorial" y "conmemoración", como las usamos normalmente, no expresan todo lo que pasa en la Eucaristía. No pueden traducir adecuadamente lo que Jesús quería comunicar cuando mandó: "Haced esto en conmemoración mía" (cfr. Lc. 22:19; 1 Cor. 11:24).
- Recordar su alianza -
Este mandato, anunciado en la Última Cena, es una referencia a una parte muy antigua de la tradición bíblica.
Acordarse es un tema clave en el Antiguo Testamento. A veces cuando encontramos la palabra "acordarse" en la Escritura, quiere decir sencillamente, "no olvides".
Sin embargo, cuando se refiere al "acordarse" de Dios la palabra tiene mucho más sentido.
Por ejemplo, después del diluvio, Dios promete, "me acordaré de la alianza" y "no habrá más aguas diluviales para exterminar la vida" (Gen. 9:15-16). [Nota: la distinción que quiere explicar el autor no se ve en todas las traducciones de la biblia.]
No es como que Dios olvidara su alianza. Aquí y en otras partes del Antiguo Testamento, cuando Dios "se acuerda", significa que Él está actuando para cumplir su voluntad, con- testando a oraciones, perdonando, salvando y bendiciendo a su pueblo (cfr. Gen. 30:22; 1 Sam. 1:19; Sal. 98:3; 105:42).
Es el mismo sentido cuando rezamos en la misa, "Acuérdate Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra" (Plegaria II).
No estamos diciendo que Dios se ha olvidado de su Iglesia. Estamos pidiendo su bendición, y la continuación de su actividad salvadora en nuestras vidas.
En el Antiguo Testamento, el ejemplo más dramático de este "acordarse" es cuando Dios "se acuerda" de su alianza con Abraham y llama a Moisés a liberar a su pueblo escogido de la esclavitud en Egipto (cfr. Ex. 2:24; 6:5; Lev. 26: 42,45).
II. La fiesta memorial
- La Pascua recordada -
Dios mandó a Israel conmemorar esta liberación nacional en una "fiesta" que sería "como ley perpetua" (cfr. Ex. 12:14,17).
Jesús celebró esta fiesta, la Pascua, la noche de su Última Cena, cuando Él instituyó la Eucaristía como el memorial de su sufrimiento y muerte.
La Pascua que Dios mandó celebrar a Israel por medio de Moisés, sería una celebración anual de acción de gracias que recordara las acciones salvadoras de Dios e inspirara al pueblo a guardar sus mandamientos (cfr. Ex. 13:3, 8; Deut. 6:20-26; 16:3).
El culto de Israel, no solamente en la Pascua, sino también en las otras fiestas y oraciones de costumbre, instituidas por Dios mediante Moisés, era una liturgia de memoria ritualizada.
¿Qué se recordaba? La salvífica intervención de Dios en la historia—especialmente en Éxodo—y su Alianza con Israel. El memorial consistía en la lectura o narración de los hechos salvíficos de Dios y el ofrecimiento de sacrificios.
Israel entendió que por medio de estos ritos memoriales el pueblo se hacía partícipe de la Alianza que Dios había hecho con sus antepasados muchos siglos anteriores.
Vemos esto muy claramente en el rito de la renovación de la Alianza que el Libro de Deuteronomio narra. Moisés explica que en este rito memorial, la Alianza original del monte Sinaí es "actualizada" en medio de ellos.
"No con nuestros padres concluyó Yahvé esta alianza, sino con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos. Cara a cara les habló Yahvé en la montaña, de en medio del fuego. Yo estaba entre Yahvé y ustedes para comunicarles la palabra de Yahvé, ya que ustedes tenían miedo del fuego y no subieron a la montaña..." (cfr. Deut. 5:1-4).
Moisés recuerda una serie de eventos que pasaron en el monte Sinaí durante la primera generación después del Éxodo (cfr. Ex. 19-20). Sin embargo, él está describiéndolos como si los israelitas en la asamblea fueran testigos y participantes de los mismos eventos.
Se nota el énfasis que pone en el momento actual, "con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos." Aunque la Alianza se había hecho hace mucho tiempo en el Sinaí, está presente en medio de ellos.
En acordarse de la Alianza, no están recordando unos eventos del pasado. Por medio del poder de Dios se hacen contemporáneos de estos eventos que son actuales, no pasados. Al acordarse de la Alianza, se hacen herederos de la Alianza, integrados en la familia de Dios que es creada por ella.
En cada celebración de la Pascua, hombres y mujeres de cada generación recuerdan el día que ellos mismos salieron de Egipto (cfr. Deut. 16:3). Ellos participan personalmente en el éxodo. Cada israelita, hasta el día de hoy, habla del éxodo en la primera persona: "Ese día explicarás a tu hijo: ´Esto es lo que Yahvé hizo por mí cuando salí de Egipto.´"
- El nuevo Éxodo -
El mandamiento de Jesús en la Última Cena tuvo esta resonancia tan profunda de la Pascua del Antiguo Testamento.
Él quiso instituir un nuevo memorial pascual, para recordar su propio "éxodo", la salvación ganada por su vida, muerte y resurrección, en el cual todos los pueblos y todas las generaciones son liberados del pecado y de la muerte. (cfr. Lc. 9:31).
Jesús no estaba ofreciendo un recuerdo nostálgico de su Última Cena o de sus últimas horas en la tierra cuando instituyó este memorial nuevo. Como la fiesta de Pascua de los judíos, el rito memorial sería la re-presentación y la actualización de los hechos maravillosos de Dios.
En la Eucaristía, el sacrificio de la cruz, que fue una vez para siempre, se hace presente. Dios "se acuerda" y renueva la Alianza que fue sellada en la sangre de Cristo (cfr. Lc. 22:20) y nosotros que estamos orando este memorial nos hacemos partícipes del poder y las promesas de esa Alianza.
Lo que Moisés le dijo a los israelitas sobre la Alianza y Sinaí sirven para nosotros: No con nuestros padres —los apóstoles en el Cenáculo—concluyó Jesús esta nueva Alianza. La concluyó con todos nosotros vivos hoy aquí. El Señor nos habló cara a cara cuando dijo, "Tomad y comed... Esto es mi cuerpo... Tomad y bebed... Este es el cáliz de mi sangre... haced esto en conmemoración mía."
- Cristo, nuestro cordero pascual -
Como la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, narramos estas palabras de institución, como Jesús las dijo en la Última Cena. Pero, ¿qué quieren decir, exactamente?
Hay que recordar que Jesús habló en el contexto del rito de la Pascua de los judíos. La cena pascual prescrita por Moisés era comer un cordero sin mancha con pan sin levadura y hierbas amargas, con la narración de la explicación del sentido de la fiesta (cfr. Ex. 12:8-11, 24-27). Después los judíos agregaron a la fiesta el cantar salmos y beber una copa de vino.
En las narraciones de la Última Cena, se mencionan el pan sin levadura y el vino (cfr. Mt. 26:26-27; Mc. 14:22-23; Lc. 22:19-20) y también lo de cantar salmos (cfr. Mt. 26:30; Mc. 14:26).
Aunque no se dice nada del cordero pascual.
Parece que Jesús se presenta como el mismo cordero pascual, cuya carne y sangre se consumirán en conmemoración de la salvación del Señor. Esto es como el Evangelio de San Juan retrata a Jesús.
San Juan es el único evangelista que no narra la institución de la Eucaristía en la Última Cena.
Desde los primeros versículos de su evangelio, San Juan identifica a Jesús como el "Cordero de Dios" (Jn. 1:29). Al final del evangelio, San Juan sutilmente identifica a Jesús como el cordero pascual:
Cuando Cristo fue condenado por Poncio Pilato, San Juan dice, "Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta" (Jn. 19:14) ¿Por qué nos da este detalle? Porque esa era la hora en que los sacerdotes de Israel sacrificaban los corderos para la cena pascual.
Mientras cuelga en la cruz, los soldados le dan a Jesús una esponja empapada con vino. "Lo sujetaron en una rama de hisopo... y se la acercaron a su boca." Es el mismo tipo de rama con que los israelitas fueron ordenados a untar el dintel de la puerta de la casa con la sangre del cordero pascual (cfr. Jn. 19:29; Ex. 12:22).
¿Y por qué los soldados no quiebran las piernas de Jesús en la cruz (cfr. Jn. 19:33,36)? San Juan cita a Moisés y explica que los huesos del cordero pascual tampoco se quiebran (cfr. Ex. 12:46; Num. 9:12; Sal. 34:21).
Podemos profundizar este punto con referencia a un largo sermón que Jesús predicó en la sinagoga en Cafarnaúm cerca del tiempo de Pascua (cfr. Jn. 6:4, 35-59).
Jesús parece compararse con el cordero pascual de cuya carne se come, y el maná con que Dios les alimentó a los israelitas en el desierto.
Él insiste en hablar de comer y beber su carne y sangre en palabras muy literales. Cuatro veces Él usa la palabra en griego, trogein, que es literalmente "masticar" (cfr. Jn. 6:54, 56, 57, 58).
La audiencia original, que incluía muchos de sus primeros discípulos, fue escandalizada por la insistencia de comer su carne y beber su sangre (cfr. Jn. 6:52,61,66).
III. En la Cena del Cordero
- Dándonos nuestro pan de cada día -
De estos textos podemos entender la tradición apostólica que nos indican que Cristo es "nuestro cordero pascual" (cfr. 1 Cor. 5:7) cuya sangre fue derramada por nuestra salvación y cuya carne y sangre comemos y bebemos en conmemoración de ese acto salvífico.
Profesamos esta fe en cada Misa, haciendo nuestras las palabras de la Escritura.
El sacerdote presenta nos el pan consagrado con las palabras de San Juan el Bautista, "He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29).
Seguido el sacerdote cita las palabras de Apocalipsis que se refieren al banquete de bodas del Cordero, "Dichosos los invitados..." (Apoc. 19:9).
Como estudiamos en la Lección 5, en la Eucaristía estamos unidos a una liturgia cósmica, descrita en Apocalipsis como un celestial banquete de bodas.
Como es debido en una fiesta de bodas, empezamos el Rito de la Comunión recitando la oración de la familia que Jesús nos enseñó (cfr. Mt. 6:9-13; Lc. 11:24).
En el contexto de la Misa, las peticiones del Padre Nuestro asumen un sentido más pro- fundo. Podríamos decir que la Misa cumple el Padre Nuestro palabra por palabra.
En la Misa, santificamos o glorificamos su nombre. Pedimos que nos perdone nuestras ofensas. La Señal de la Paz simboliza nuestro perdón a los que nos han ofendido y ofrecemos un gesto de reconciliación antes de acercarnos al altar (cfr. Mt. 5:23-24; Jn. 14:27).
También en la Misa, el Padre nos da nuestro pan de cada día. De hecho la palabra epiousios que se traduce "de cada día", solamente se halla en el Padre Nuestro. Su sentido exacto ha confundido a traductores y eruditos por más que 20 siglos.
Es interesante considerar que de la idea y la expresión "dar pan" parece remontarse a cuando Dios le dio al pueblo de Israel una porción diaria del pan del cielo durante su tiempo en el desierto (cfr. Ex. 16:4; Sal. 78:24).
Dar pan es una imagen de como Dios cuida y salva en otras partes del Antiguo Testamento (cfr. Sal. 107:9; 146:7; Prov. 30:8-9).
Jesús habló de la experiencia del desierto en su sermón pascual en Cafarnaúm cuando dijo que nuestro "Padre les da el verdadero pan del cielo" (Jn. 6:32).
La frase "dar pan" ocurre muy pocas veces en los evangelios. Sin embargo, cada vez es muy significativo el uso de esta frase porque siempre sale en escenas cargadas de notas eucarísticas.
Jesús toma, bendice, parte y reparte pan en los milagros de la multiplicación de panes (cfr. Mc. 6:41; 8:6; Mt. 15:36; Jn. 6:11); también en la Última Cena (cfr. Mc. 14:22; Mt. 26:26); y en Emaús después de su resurrección (cfr. Lc. 24:30).
Así, también, en la Misa, viene a darnos el pan de cada día. Por este pan somos fortalecidos contra la tentación y se nos promete la liberación del mal.
En la Misa, tenemos la bendición de poder comer pan en el Reino de Dios, como Jesús nos prometió (cfr. Lc. 14:15). De hecho, en la liturgia cósmica de la Eucaristía, el reino está presente "en la tierra como en el cielo."
Por esta razón, los primeros cristianos recitaron una breve doxología después del Padre Nuestro en la Misa. Seguimos rezando esa doxología "Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor."
- Hasta que vuelva -
En las primeras celebraciones de la Eucaristía de la Iglesia primitiva, los creyentes también rezaban por la venida del Señor en gloria, "¡Ven, Señor Jesús!"
Esta oración —en arameo Marana tha— se repetía en las reuniones litúrgicas de la primera comunidad (cfr. 1 Cor. 16:22; Apoc. 22:17,20).
Los primeros cristianos esperaban impacientemente la Segunda Venida del Señor. Se anticipaba la venida en gloria como el tiempo en que Jesús se revelaría definitivamente y llamaría a todos los pueblos a su presencia para el juicio (cfr. Mt. 24:27; 1 Tes. 2:19; 3:13; 2 Tes. 2:1,8; 1 Jn. 2:28).
Parousía (español ‘parusía’) es la palabra griega usada en el Nuevo Testamento en dos sentidos: "venida" o "llegada" y "presencia del cuerpo". Por ejemplo, San Pablo ocupa la palabra para hablar de su presencia física, que admite es "pobre" (cfr. 2 Cor. 10:10; Fil. 2:12).
Fuera de la Biblia, parusía fue un término oficial para referir la visita de un rey o emperador.
Los primeros cristianos entendieron la Eucaristía como parusía.
"Pues cada vez que coman este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor. 11:26).
Estas palabras de San Pablo se oyen en nuestras celebraciones eucarísticas como la segunda opción de la Aclamación Conmemorativa después de la consagración.
Desde antiguo, los cristianos empezaron a rezar, como nosotros ahora, "Hosanna... Bendito el que viene en el nombre del Señor" en sus celebraciones de la Eucaristía (cfr. Mt. 21:9).
Jesús mismo dijo, en las vísperas de su pasión, "Porque les digo que ya no me volverán a ver hasta que digan: ´Bendito el que viene en el nombre del Señor´" (cfr. Mt. 23:39).
Lo vemos cuando rezamos esta oración en la Misa porque en cada Eucaristía, Él cumple su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo (cfr. Mt. 28:20).
La Eucaristía es su venida, la parusía, la Verdadera Presencia de Cristo. En la Eucaristía tenemos la presencia del cuerpo de Cristo, la venida del rey que está a la derecha de Dios (cfr. Hech. 7:56).
Al describir su "venida", Jesús dijo, "no pasará esta generación hasta que todo esto suceda" (Mt. 24:34).
En la Última Cena, Él dijo que no iba a probar el fruto de la vid, "hasta que llegue el Reino de Dios" (Lc. 22:18).
Momentos después les dijo a sus apóstoles, "Yo, por mi parte, dispongo un Reino para ustedes, como mi Padre dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi Reino y se sienten sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (Lc. 22:29-30).
Estas mismas imágenes se encuentran en la visión de San Juan de la liturgia cósmica: las bodas del Cordero (cfr. Apoc. 19:9); Jesús como la Palabra de Dios y Rey de reyes (cfr. Apoc. 19:13,16); el reino de sacerdotes que reinarán con Él (cfr. Apoc. 5:10; 20:6); el trono del juicio (cfr. Apoc. 20:12); "los apóstoles del Cordero" y "las doce tribus de los hijos de Israel" (cfr. Apoc. 21:10-14).
- Una participación en su cuerpo y sangre -
Cuando el Nuevo Testamento habla de la venida de Cristo, habla también de su juicio. La parusía eucarística es una presencia real—Cristo que viene en poder para juzgar.
Es por esto que tenemos que acudir dignos a la celebración. Como San Pablo amonestó, "por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor" (cfr. 1 Cor. 11:27-32).
Es por esto que rezamos las palabras del centurión de rodillas antes de recibir la comunión, "Señor, no soy digno..." (cfr. Mt. 8:8).
No somos dignos de la visita del Señor. Y sin embargo, Él nos hace dignos. Nos da "participación" (koinonia-comunión) en su cuerpo y sangre (cfr. 1 Cor. 10:16). Por la Eucaristía, nosotros tenemos "participación (koinonoi) de la naturaleza divina" (2 Pe. 1:14).Esta participación es la meta de toda la historia de la salvación, es la bendición que Dios deseó otorgar a todos los pueblos. Es una historia que empieza "en el principio" como leemos en la primera página de la Biblia, y continúa en cada Misa, en que hacemos eco de la oración de la última página de la Biblia, "¡Amén, Ven, Señor Jesús!" (Apoc. 22:20).
Con cada "venida" del Señor en la Eucaristía, anticipamos la última venida, cuando la muerte será vencida y Cristo entregará a Dios Padre el reino... "para que Dios sea todo en todos" (1 Cor. 15:23-28).
En la Eucaristía, recibimos lo que será para toda la eternidad, cuando seamos llevados al cielo a juntarnos con las miríadas celestiales en las bodas del Cordero. Por la Santa Comunión ya llegamos allá.
"El Señor está con nosotros," dice el sacerdote después de la comunión. Y nos envían de cada Misa en paz—autorizados y comisionados—a vivir el misterio y el sacrificio que acabamos de celebrar, por medio del esplendor de asumir nuestra santificación a través de las cosas ordinarias en el hogar y en el mundo.
IV. Preguntas para reflexión
☼¿Qué quiere decir en el Antiguo Testamento que Dios "se acuerda"?
☼¿Qué recordaba Israel en sus ritos?
☼La conmemoración de la Alianza entre Dios e Israel hizo que cada israelita participara misteriosamente del pacto que Dios ofreció a sus antepasados. Explica.
☼¿Cómo y por qué dice el Nuevo Testamento que Cristo es el nuevo "cordero pascual"?
☼¿Qué quiere decir parusía? ¿Por qué podemos decir que la Eucaristía es?
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección cinco
El cielo en la tierra: la Liturgia de la eucaristía
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN
► Entender las profundas bases bíblicas de la Liturgia de la Eucaristía. ► Ver cómo el libro de Apocalipsis describe la liturgia celestial. ► Entender cómo la Misa que celebramos en la tierra es una participación de la liturgia celestial.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Tercera Parte, Capítulo Uno: “Levantando el Velo. Cómo ver lo invisible” ► Isaías 6:3 ► Apocalipsis 4:8; 1:10; 3:20; 19:9 ► Hebreos 12:22-24
Esquema de La Lección I. La Biblia en acción ◊ Levantemos el corazón ◊ La Biblia culmina en la Misa ◊ Lo que creemos
II. La Liturgia Celestial ◊ En el Espíritu ◊ La Misa revelada en Apocalipsis
III: El Culto en la Nueva Jerusalén ◊ Con los ángeles y santos ◊ Orar la historia de la salvación ◊ En conmemoración de Él
IV. Preguntas para reflexión
I. La Biblia en acción
- Levantemos el corazón -
Escuchamos estas palabras en un punto cumbre de la Misa, al inicio de la plegaria eucarística.
En la Escritura, la exhortación de “levantar” frecuentemente está relacionada con ofrecerse a Dios en oración (cfr. Sal. 25:1-2; Sal. 134:2).
El único lugar en que hallamos la expresión específica “levantar nuestros corazones” es en una súplica por la misericordia y presencia de Dios, combinada con un voto de volver a Él y servirle (cfr. Lam. 2:19; 3:41).
La exhortación “levantemos el corazón” podría haber sido parte de la celebración primitiva de la Eucaristía. Cuando hablamos de “levantar” el corazón es con un sentido de realismo, no solamente una expresión o frase hecha. Nuestros corazones de verdad van a otro lugar. Levantamos nuestros corazones al cielo, juntando nuestras oraciones de alabanza y acción de gracias con las de los ángeles en el cielo.
Nuestros pies están en la tierra, específicamente plantados en un templo parroquial. Sin embargo, por la Misa entramos en el mismo cielo. Tomamos nuestra parte en la adoración incesante de los ángeles y santos en el cielo. Nuestra liturgia en la tierra es parte de la eterna liturgia celestial. La Misa, en otras palabras, es el cielo en la tierra.
Pero antes que vayamos al cielo, debemos recordar cómo la Misa nos ha llevado hasta este punto.
- La Biblia culmina en la Misa -
A este punto en nuestro estudio, hemos visto como la Biblia y la Misa son hechas la una para la otra. El “destino” de toda la Escritura apunta a la Misa. Hemos visto que la Misa es la Biblia en acción porque ante nuestros ojos las verdades salvíficas de la Escritura “se actualizan” o sea se hacen reales y actuales. Como hemos visto, mucho de la oración y el culto de la Misa es tomado directamente de la Escritura o tiene la intención de evocar para nosotros los eventos de la historia de salvación que se narra en ella.
Por supuesto, en la Liturgia de la Palabra, tomada de la Escritura, realmente escuchamos la Palabra de Dios. De hecho, como hemos visto, la Misa es el ambiente natural de la Escritura. El “canon” de la Escritura es, en primer lugar, el listado de libros que las autoridades de la Iglesia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, autorizaron para la lectura pública en la liturgia.
Cuando las Escrituras son proclamadas en la Iglesia, Dios mismo nos habla y Cristo está presente. Él nos dice, por medio de las escrituras dominicales, cómo se desarrolla en la historia el plan divino de nuestra salvación que nos conduce a la mesa de la Eucaristía.
Siguiendo la Palabra de Dios, profesamos nuestra fe “a una voz” en las palabras del Credo. Hay un precedente bíblico para esta práctica en la Misa. En el Antiguo Testamento, una profesión de fe frecuentemente sigue a una proclamación de una lectura. Cuando Dios habla, se requiere una respuesta. La respuesta que Dios desea es nuestro voto de fe y obediencia.
Cuando Moisés les dio la Ley a los israelitas, se esperaba que ellos contestaran. Y respondieron, “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor” (Ex. 24:3).
Cuando los sacerdotes redescubrieron el libro de la Ley en el reinado de Josías, el rey ordenó que se leyera en la presencia del pueblo. Otra vez vemos que la lectura de las Escrituras se entendió como una llamada al pueblo—una llamada que exige una respuesta. Por esto, después de escuchar la Palabra, el rey como representante del pueblo, hizo una alianza con Dios, con el compromiso de “guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, con todo su corazón y con toda su alma” (cfr. 2 Cro. 34:29-32; Neh. 9).
- Lo que creemos -
Hacemos lo mismo en la Misa. Escuchamos la Palabra de Dios—comunicada por Cristo que está en medio de nosotros—y respondemos a la historia de salvación proclamada en las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento. Y esa respuesta se hace recitando el Credo.
No es solamente una recitación de los artículos de fe. Cuando decimos, “Creemos...” estamos diciendo lo que los israelitas dijeron, y que el Rey Josías dijo, que estamos pre- parados a guardar los mandamientos de Dios y vivir de una manera de acuerdo con las palabras que hemos escuchado en las lecturas de la Escritura de la Misa.
Hay algo más en cuanto al Credo: es un esquema de la historia bíblica. En el Credo, repetimos la historia de la salvación, desde la creación del cielo y la tierra hasta la Encarnación, Crucifixión, Resurrección, Ascensión y hasta el Juicio Final al fin de los tiempos.
Y casi cada palabra que profesamos en el Credo es sacada directamente de la Escritura. Podemos dar unos ejemplos:
Creemos en “un solo Dios, Padre” (cfr. 1 Cor. 8; Ef. 4:6); y en su “Hijo único” (cfr. Jn. 3:16); “por quien todo fue hecho” (cfr. Col. 1:16).
“Por nosotros” fue crucificado (cfr. 2 Cor. 5:21); y “de nuevo vendrá... para juzgar a vivos y muertos” (cfr. Hech. 10:42), y “su reino no tendrá fin” (cfr. Lc. 1:33).
Confesamos “un solo bautismo” (cfr. Ef. 4:5) y “la vida del mundo futuro” (cfr. Jn. 6:51). Después de nuestra profesión de fe, oramos unos por los otros y por los necesitados, otra práctica de la Misa que sigue el ejemplo del Nuevo Testamento (cfr. Sant. 5:16; 1 Tes. 1:2; Col. 1:9).
II. La Liturgia Celestial
- En el espíritu -
La historia que nos narra la Biblia en las lecturas dominicales de la Misa y resumidas en el Credo se cumple en la Eucaristía.
Toda la historia recordada en la Escritura, todo lo que se revela sobre “un solo Dios” y su “Hijo único” nos conduce al momento de comunión con Dios por medio de la “fracción del pan” (cfr. Lc. 24:35).
En la liturgia de la Eucaristía, vemos el cumplimiento de la historia de la Biblia frente a nosotros en el altar.
“Levantamos nuestro corazón” a Dios y quedamos “bajo el poder del Espíritu” y llevados a la liturgia incesante del cielo (cfr. Apoc. 4:2).
Esto es lo que nos revela el Apóstol Juan en el último libro de la Biblia. De hecho, es la Misa que explica el sentido de las visiones y los símbolos que son tan misteriosos y hasta espantosos a veces.
Lo que se revela a San Juan es que la Misa que celebramos en la tierra es una participación en la liturgia celestial.
La visión de San Juan empieza “el día del Señor,”—el domingo (cfr. Apoc. 1:10) —como la Iglesia primitiva llamaba al primer día de la semana cuando celebraban “la fracción del pan” (cfr. Hech. 20:7; Lc. 24:1).
San Juan estuvo “en el espíritu” [o “bajo el poder del espíritu”] el día del Señor. En otras palabras, es posible que estuviera celebrando la misma Eucaristía cuando recibió la visión y así fue llevado al cielo.
San Juan ve las mismas cosas que vemos cuando estamos en la Misa.
Ve un altar (cfr. Apoc. 8:3); candelabros (1:12); incienso (5:8); sacerdotes (presbyteroi) con vestiduras blancas (4:4). Y ve pan o maná (2:17), y copas o cálices de sangre (capítulo 16). Ve a santos y ángeles cantando “Santo, Santo, Santo” (4:8), entonando un himno a la gloria de Dios, el rey celestial (15:3) y diciendo “Aleluya” (19:1, 3,6) y haciendo la señal de la cruz en la frente (14:1).
Hay lecturas de la Escritura (capítulos 2-3) y finalmente, “el banquete de bodas del Cordero” (19:9).
- La Misa revelada en el Apocalipsis -
De hecho, hay más ejemplos de semejanzas entre el libro de Apocalipsis y la Misa.
El mismo libro fue escrito para ser proclamado en la liturgia (cfr. Apoc. 1:3). Además, el libro es dividido en dos partes que corresponden más o menos a la Liturgia de la Palabra y a la Liturgia de la Eucaristía como la celebramos en la Misa.
Los primeros once capítulos tratan de la lectura de cartas que deben de ser escritas en un pergamino por San Juan “el cual ha atestiguado la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo: todo lo que vio” fue dictado por alguien, descrito “como un Hijo de hombre” (cfr. Apoc. 1:2, 11-13).
El sujeto que es llamado “como un Hijo de hombre” es Jesucristo, que se autonombraba frecuentemente como el “Hijo de hombre” (cfr. Mt. 25:31, Mc. 8:31, Lc. 12:8, Jn. 3:13). Esa imagen también nos recuerda la visión del profeta Daniel, que vio que venía “uno como un Hijo de hombre” sobre las nubes del cielo, quien recibió un “poder eterno” de Dios (cfr. Dan. 7:13-14).
El Apocalipsis identifica a Jesús exactamente “su nombre es: La Palabra de Dios” (Apoc. 19:13).
San Juan es el autor humano de esta parte de la Biblia. Pero como toda Escritura, tiene un autor divino, la Palabra de Dios.
Es significativo que los primeros tres capítulos de Apocalipsis comiencen como la Misa, con un tipo de rito penitencial. Jesús ocupa la palabra “arrepentimiento” ocho veces en las siete cartas (cfr. Apoc. 2:16).
Cuando la Palabra de Dios ha sido proclamada, el Hijo declara: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3:20).
Con esta invitación a cenar con Cristo mismo, pasamos de la Liturgia de la Palabra celestial, al banquete de la Eucaristía celestial. Como en la Misa, la “liturgia de la Palabra” del Apocalipsis nos prepara a recibir al Cordero de Dios. Todos los que tienen oídos para oír saben que Jesús mismo les dará el “maná escondido.”
Hay una referencia al “pan celestial” que Dios dio a Israel como comida de su peregrinación en el Éxodo (cfr. Sal. 78:23-25). Pero este pan celestial era una figura del pan que Cristo vino a dar—su propio cuerpo, dado por la vida del mundo (cfr. Jn. 6:32-33; 49- 51).
Este es el pan cotidiano que Él nos enseñó a pedir en la oración que rezamos en cada Misa y que consideraremos en detalle en la próxima lección.
La segunda parte del Apocalipsis empieza con el capítulo 11, cuando se abre el santuario de Dios en el cielo, y termina con el deprame de, y con el banquete de bodas del Cordero, una imagen extraordinaria de la Liturgia de la Eucaristía.
III. Culto en la nueva Jerusalén
- Con los ángeles y santos -
Se invita a San Juan “sube acá” (Apoc. 4:1). Nosotros estamos invitados a subir hasta el cielo también, levantando nuestros corazones, al inicio de la Liturgia de la Eucaristía.
Cuando levantamos nuestros corazones, nos invitan a cantar “con los ángeles y los san- tos.”
Esto no es simplemente una expresión de un fino sentimiento. Como en todo lo demás en la Misa, funciona aquí un “realismo sacramental”.
En este punto de la Misa, juntamos en una manera misteriosa nuestro canto al que San Juan—y antes que él, el profeta Isaías—escuchó en el cielo: “Santo, Santo, Santo...” (cfr. Apoc. 4:8; Is. 6:3).
La segunda parte de nuestro canto (“Bendito él que viene...”) es del salmo que los peregrinos a Jerusalén cantaban en Pascua. También era el salmo que cantaban los que se encontraban presentes durante la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén (cfr. Mc. 11:10; Sal. 118:26).
Las palabras bíblicas nos orientan acerca de lo que pasa en la Misa. Estamos juntos alrededor del altar—no solamente el altar terrenal sino el celestial también. Hemos llegado al monte Sión, la nueva Jerusalén celestial.
Esto es lo que San Juan vio—”el Cordero en pie sobre el monte Sión” (Apoc. 14:1).
La Carta a los Hebreos (cfr. Heb. 12:22-24) también habla de la celebración eucarística terrenal como entrada y participación en la liturgia celestial en la Nueva Jerusalén.
En la Misa, dice Hebreos, nos acercamos al “monte Sión, ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial”. Además, allá, nos juntamos con “miríadas de ángeles”, con la “asamblea de los primogénitos”, y con Jesús, “mediador de una nueva alianza y de la aspersión purificadora de una sangre” en una “reunión festiva” o “banquete”.
Este pasaje está lleno de referencias y alusiones bíblicas. Es Interesante notar que la palabra para “asamblea” en griego es ekklesia—la palabra de donde viene “iglesia”.
También es de notar las similitudes entre la descripción de la Misa según Hebreos y según el Apocalipsis de Juan. En ambos libros vemos una nueva Jerusalén, un nuevo monte Sión, la morada del Señor (cfr. Sal. 132:13-14). En ambos se ven los ángeles y a Jesús como el cordero cuya sangre quita el pecado del mundo. En ambos vemos una fiesta de los “primogénitos” o “primicias” de los que creen en Jesús (cfr. Apoc. 14:4). Y en los dos se entiende que esta fiesta en el templo del cielo es señal de la nueva alianza hecha en la sangre de Jesús (cfr. Apoc. 11:19).
Lo que estas Escrituras nos enseñan es que la Misa es la cumbre de la historia de la salvación que narra la Biblia.
Y esto es exactamente lo que las oraciones de la Misa nos dicen.
- Orar la historia de la salvación -
La Plegaria Eucarística de la Misa es una oración de acción de gracias en que las ofrendas del altar—pan y vino, y todas las obras de nuestras manos y mentes—son santificadas por el poder del Espíritu. Como todo en la Misa, las plegarias son oraciones bíblicas, con lenguaje bíblico, que resumen la historia de la Biblia.
Pero son mucho más que oraciones bíblicas. Las plegarias cuentan la historia de salvación, y nos hacen parte de esa historia, por el cambio sacramental del pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo.
Los varios prefacios de las plegarias eucarísticas nos recuerdan entera la historia de la Biblia, mostrándonos siempre cómo el plan completo de la salvación llegó a su cumbre con la muerte y la resurrección de Jesucristo, lo que conmemoramos en la Misa.
“Manifestaste admirablemente tu poder” oramos en el Prefacio Dominical III, uno de varias opciones para las misas celebradas fuera de los tiempos de Cuaresma, Pascua, Adviento y Navidad.
Este prefacio traza el plan amoroso de Dios, resumiendo en dos líneas toda la Biblia: “al prever el remedio en la misma debilidad humana, y así, de lo que fue causa de nuestra ruina hiciste el principio de nuestra salvación.”
Otro prefacio del tiempo ordinario (VIII) nos da un resumen de la historia de la salvación que termina con la Iglesia y la liturgia:
Pues quisiste reunir de nuevo por la sangre de tu Hijo y la acción del Espíritu Santo, a los hijos dispersos por el pecado; y de este modo tu Iglesia, unificada a imagen de tu unidad trinitaria, aparece ante el mundo como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu... La Cuarta Plegaria Eucarística nos da la completa historia del mundo, empezando con la creación del hombre y de la mujer a imagen de Dios y cómo perdieron la amistad con Él por la desobediencia. La oración continua trazando la historia del Antiguo Testamento—”para que te encuentre el que te busca... reiteraste tu alianza a los hombres.” Se reza: “Al cumplirse la plenitud de los tiempos Dios envió a su único Hijo”.
El punto culminante de la historia de la salvación presentada en las plegarias eucarísticas—y en la misma Biblia—es la Última Cena.
- En conmemoración de Él -
Como señalamos en nuestra primera lección, las palabras de consagración de la Plegaria Eucarística son tomadas directamente de las narraciones bíblicas de la Última Cena, como San Pablo recuerda (cfr. 1 Cor. 11:23-29; Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:15-20).
La Iglesia, en la Eucaristía, cumple el mandato de Cristo, escrito en las Escrituras, “Haced esto en conmemoración mía.”
En este punto de la Plegaria Eucarística es muy significativo que el sacerdote ocupe las palabras exactas de la Escritura “Esto es mi cuerpo...” y “Este es el cáliz de mi sangre...”
¿Porque es esto tan significativo? Porque, como hemos señalado en nuestra primera lección, solamente la Palabra de Dios puede “hacer” lo que Jesús ha mandado: transformar el pan y el vino en su cuerpo y sangre. Nuestro culto puede ser transformador porque la Palabra bíblica que escuchamos no es “palabra de hombre sino... palabra de Dios” (1 Tes. 2:13).
Solamente la Palabra de Dios tiene el poder de cumplir lo que promete. Tiene el poder de hacernos entrar en comunión con la verdadera y viva presencia de Jesús. Solamente el sagrado discurso de Dios puede hacer la divina acción de transformar pan y vino en el cuerpo y sangre de nuestro Señor. Solamente el sagrado discurso de Dios puede ofrecernos comunión con el Dios vivo.
En la Misa, respondemos al gran misterio de nuestra fe en palabras de la Escritura. Las aclamaciones memoriales (“Anunciamos tu muerte”) son oraciones bíblicas. Con San Pablo decimos “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte Señor, hasta que vuelvas” (cfr. 1 Cor. 11:26).
IV. Preguntas para reflexionar
☼Menciona dos o tres ejemplos de cómo el Credo cita o refiere pasajes de la Biblia. ☼¿Cuál es el “precedente bíblico” para la profesión de fe después de oír la Palabra de Dios?
☼¿Cuando “levantamos nuestro corazón” en la Misa, adonde estamos levantándolo?
☼Proporciona algunos ejemplos de cómo el Libro de Apocalipsis revela la liturgia celestial.
☼¿Cuál es la función de las plegarias eucarísticas y los prefacios de la Santa Misa?
☼¿Cuál es la cumbre de la historia de la salvación, según es recordada y resumida en las plegarias eucarísticas?
- Para meditación personal -
►¿Escuchamos con suficiente atención las palabras de la Santa Misa? ¿Reconocemos la historia de nuestro pecado y nuestra redención en el prefacio? ¿Recordamos la historia de nuestra salvación en la plegaria eucarística?