por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección cuatro
”Esta lectura que acaban de oír se ha cumplido hoy”
(Lucas 4:21): La Liturgia de la Palabra
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN
► Entender la Escritura como la Palabra Viva de Dios
► Entender el lugar de la Escritura en el centro de la liturgia
► Ver la Escritura como un encuentro con Cristo, la Palabra Viva de Dios
► Ver cómo la Liturgia de la Palabra nos prepara para la Liturgia de la Eucaristía
LECTURAS:
► La Cena del Cordero: Capítulo Cuatro.
► San Juan 1:1-18
► Ex. 24: 4-8
► Nehemías 8
► Lucas 24:18-35
► 2 Pedro 1:17-21
► 2 Timoteo 3: 14-17
Esquema de La Lección
I. Comunión con la Palabra de Dios
◊ El Señor esté con ustedes
◊ La Palabra Camino
II. Inspirada por Dios
◊ No un libro ordinario
◊ Oráculos inspirados de Dios
III. La Palabra en la Liturgia de Israel
◊ El lugar de la Escritura
◊ La liturgia de la sinagoga
IV. La Palabra en la Liturgia de la Iglesia
◊ La Escritura Cumplida
◊ Encontrando a Cristo en la Escritura
V. Preguntas para reflexionar
I. Comunión con la Palabra de Dios
- El Señor esté con ustedes -
“El Señor esté con ustedes,” saluda el sacerdote al iniciar la Misa.
“Y con tu espíritu,” contestamos.
Es una oración de petición y a la vez la afirmación de un hecho. Es una petición en cuanto estamos pidiendo al Señor que Él esté con nosotros mientras oramos. Y es un hecho por- que reconocemos que nuestra oración ya se ha contestado. Jesucristo prometió estar con nosotros cuando estamos reunidos en su nombre (cfr. Mt. 18:20) y en la Misa Él cumple su promesa.
Jesucristo está verdaderamente presente con nosotros en la Eucaristía. Pero también está verdaderamente presente con nosotros en la Palabra de Dios (cfr. Jn. 1.1) a través de las lecturas de la Sagrada Escritura en la Liturgia de la Palabra.
En verdad, la Liturgia de la Palabra es comunión con la Palabra de Dios así como la Liturgia de la Eucaristía nos da también una comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Así como Cristo viene a nosotros bajo la forma de pan y vino, Él viene también a nosotros en la Palabra proclamada de la Sagrada Escritura.
En la Liturgia de la Palabra, escuchamos la historia de nuestra salvación: todos los grandes eventos de la historia de salvación son contados y explicados a nosotros. Y en la Liturgia de la Eucaristía, por medio de nuestra comunión con Cristo en el pan y vino, nos unimos a esa historia de salvación.
Nuestras historias personales se vuelven parte de su historia, la historia de la salvación del mundo, que llega a su momento culminante en su muerte y resurrección y que Él nos pide recordar en la Misa.
- La Palabra Camino -
En nuestra celebración de la Liturgia de la Palabra antes de la Liturgia de la Eucaristía, estamos no solamente cumpliendo un mandato bíblico de Cristo sino también siguiendo su ejemplo. ¿Recuerda la historia del camino a Emaús en San Lucas (Lc. 24:18-35)? Dos de los discípulos de Jesús, caminando de Jerusalén al pueblo de Emaús, encuentran a Jesús pero no lo reconocieron por la tristeza y confusión que sienten por su muerte.
Mientras caminan, Cristo les interpreta las Escrituras, mostrándoles cómo Moisés y los profetas predijeron que todas estas cosas tenían que pasarle a Él.
Al llegar a Emaús, comparten una comida. Pero no es una comida ordinaria. Recuerden la escena cuidadosamente. Nótese que San Lucas muy deliberadamente usa las mismas palabras que usó en su narración de la Última Cena: En la mesa, Jesús tomó el pan…dio gracias…partió…y se lo dio (cfr. Lc. 22:14-20). Como dijimos en la primera lección, San Lucas está dando un retrato de la Eucaristía, la primera celebrada después de la resurrección. Pongan atención en los dos aspectos de la acción: proclamar la Palabra de Dios y partir el pan. Esto, lo tenemos que reconocer, es el esquema de la Misa.
Primero, los seguidores de Cristo escuchan la palabra de Dios interpretada a la luz del Evangelio (cfr. Lc. 24:27). Jesús explica cómo las Escrituras enseñan la verdad sobre Él, y cómo toda la historia de salvación conducía a los eventos que sus seguidores acababan de presenciar.
Esto es lo que pasa en nuestra Liturgia de la Palabra. Escuchamos las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, cuidadosamente escogidas por la Iglesia para iluminarse una a la otra. Vemos como las promesas del Antiguo Testamento se cumplen en el Nuevo, y como el Nuevo Testamento arroja luz a los misterios del Antiguo.
Con esta preparación, nos acercamos a la mesa de la Eucaristía. Y, en la fracción del pan, nos unimos con los verdaderos misterios de la historia de la salvación que escuchamos ser proclamados en la Liturgia de la Palabra.
Por esto, cada vez que se lee la Escritura en la Misa, hacemos una profesión de fe seguida por una acción de gracias: “Palabra de Dios. Te alabamos Señor.”
II. Inspirada por Dios
- No un libro cualquiera -
Por eso, después de leer el evangelio, el sacerdote besa el libro; y antes de escucharlo, trazamos el signo de la cruz en la frente, los labios y sobre nuestros corazones, dándole gracias y gloria al Señor por estar con nosotros.
Estos no son gestos o ritos sin sentido. Hacemos estas cosas por una razón crucial: por- que estamos recibiendo la Escritura como los primeros cristianos la recibieron—”no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios” (1 Tes. 2:13). Por lo mismo las Escrituras siempre tienen un lugar de honor en nuestras iglesias. En muchas iglesias, el libro de los evangelios es decorado especialmente, se lleva en procesiones y se coloca en el centro del altar en la liturgia. Es el objeto central de la Liturgia de la Palabra y lo tratamos con el respeto que se debe a la Palabra de Dios.
Nuestro respeto para las Escrituras no es nada nuevo. Podemos ver el mismo respeto profundo en los autores del Nuevo Testamento Cuando vemos la palabra “Escrituras” en el Nuevo Testamento, por supuesto, casi siempre se refiere a lo que nosotros ahora llamamos el Antiguo Testamento (cfr. Jn. 5:39 y Rom. 1:2).
Los judíos del tiempo de Jesús frecuentemente se referían a las Escrituras como “la Ley y los profetas” (Mt. 5:17), lo que entendemos por Antiguo Testamento.
Jesús y sus discípulos, como todos los buenos israelitas de su tiempo, entendieron que estos libros o escritos eran muy especiales. Las Escrituras eran “los oráculos de Dios” (Rom. 3:2) o “profecías” (2 Pe. 1:19-20), no en el sentido de predecir el futuro sino como mensajes de Dios.
“Toda Escritura es inspirada por Dios” escribe San Pablo (2 Tim. 3:16). La palabra griega que traducimos “inspirada” literalmente quiere decir “insuflada de Dios.” Y esto nos ayuda pensar en lo que es la inspiración divina de la Escritura.
Como Dios moldeó a Adán del polvo del suelo e insufló el aliento de vida en él (cfr. Gen. 2:7), y como el Espíritu Santo cubrió a la Virgen María con su sombra (cfr. Lc. 1:35), así Dios insufla su Espíritu en las palabras de la Escritura, llenándolas con sentido divino y poder que da vida.
- Oráculos inspirados por Dios -
Es por esto que los autores del Nuevo Testamento a veces introducen citaciones del Antiguo Testamento con la frase: “como dice el Espíritu Santo” (cfr. Heb. 3:7; Hech. 1:16). La Escritura, dice el Apóstol Pedro, fue escrita por “hombres, movidos por el Espíritu Santo [que] han hablado de parte de Dios” (2 Pe. 1:21).
Cuando San Pedro y los otros autores del Nuevo Testamento escribieron y hablaron, estaban conscientes que ellos también estaban respondiendo al Espíritu Santo, que estaban escribiendo bajo la influencia de Dios.
San Pablo escribió “según la sabiduría que le fue otorgada” por el Espíritu Santo, dijo San Pedro (2 Pe. 3:15-16). El propio San Pablo dijo, “hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino enseñadas por el Espíritu” (1 Cor. 2:13).
Muchos de los escritos que tenemos del Nuevo Testamento fueron compuestos explícitamente para la lectura en el contexto de la celebración de la Eucaristía (cfr. 1 Cor. 1:2; 1 Tim. 1:1; Apoc. 1:11; Col. 4:16; 1 Tes. 5:27).
III. La Palabra en la Liturgia de Israel
- El Lugar de la escritura -
Al juntar sus propias Escrituras con las del Antiguo Testamento en la celebración del sacrificio eucarístico, la Iglesia primitiva continuaba una tradición de Israel.
Ya que creían que era la comunicación de Dios a través de los hombres como instrumentos, la Escritura tuvo su lugar importante en la liturgia de los Israelitas. De hecho, ocupaba un lugar muy similar al de nuestra Liturgia de la Palabra.
Cuando Moisés recibió la Ley de Dios, él repitió al pueblo todo lo que Dios le había dicho. El pueblo respondió a “una sola voz” que harían todo lo que Dios le había dicho (cfr. Ex. 24:3). Después, le ofrecieron sacrificio a Dios, y, en efecto, recibieron comunión en la “sangre de la alianza” (cfr. Ex. 24:4-8).
Precisamente de la misma manera, después de escuchar la Palabra de Dios en nuestra Liturgia de la Palabra, profesamos nuestra fe “a una voz” en las palabras del Credo. Entonces, el sacerdote ofrece la Eucaristía, y se nos da comunión en la “sangre de la alianza” (Mc. 14:24), presente en el altar.
Mucho después en la historia de Israel, vemos el uso litúrgico de la Palabra de Dios en las reformas del Rey Josías.
Un sacerdote había encontrado el Libro de la Ley (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento) que había sido escondido durante el reinado de un rey malvado (cfr. 2 Cro. 34:14-18).
El buen rey Josías mandó que se leyera el libro a la asamblea del pueblo e hizo votos en representación del pueblo de guardar todos los mandamientos contenidos en el (cfr. 2 Cro. 34: 29-32). Después de la lectura de la Palabra y la profesión de fe, otra vez vemos un sacrificio litúrgico (cfr. 2 Cro. 35: 1-19).
- La Liturgia de la sinagoga -
Cuando Jerusalén fue destruida y el pueblo llevado al exilio en Babilonia (cfr. 2 Re. 25:8-12), ya no se pudo dar culto en el Templo. Entonces, los judíos se formaron en pequeñas congregaciones. Estas “sinagogas” (del griego que significa “asambleas”) continuaron después del regreso del pueblo a Jerusalén (cfr. Esd. 1:1-4). Sirvieron de convenientes lugares de reunión el día sábado.
Cuando los exiliados regresaron de Babilonia y restablecieron el culto del verdadero Dios en Jerusalén, la lectura de la Sagrada Escritura constituyó el corazón de su culto (cfr. Neh. 8).
Y esto seguía siendo la práctica en el tiempo de Jesús. Podemos ver un buen retrato de la liturgia de la sinagoga en la primera parte del Evangelio según San Lucas, donde Jesús es invitado a leer la lección del día en la sinagoga de Nazaret (cfr. Lc. 4:16-22).
Jesús lee la lección de Isaías, y después la interpreta en un sermón (cfr. Lc. 4:23-27), justo como lo hacemos hoy cuando escuchamos las lecturas y luego un sermón interpretando las lecturas en nuestra Liturgia de la Palabra.
IV. La Palabra en la Liturgia de la iglesia
- La escritura cumplida -
La participación de Jesús en la liturgia de la sinagoga de Nazaret representa un punto clave en la historia de salvación.
En efecto, vemos el desarrollo de lo que la Carta de los Hebreos describió después: “habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb. 1:1)
Fíjense en lo que pasa en Nazaret. Jesús lee un pasaje escrito hace mucho tiempo a los antepasados de Israel por el profeta Isaías. Y no cualquier pasaje de Isaías sino el que habla de la promesa del Mesías que sería ungido por el Espíritu, libraría a los oprimidos, y daría vista a los ciegos.
Después de leer Isaías, Jesús dice, “Esta Escritura que acaban de oír [literalmente en sus oídos] se ha cumplido hoy” (Lc. 4:21).
Lo que Dios habló antes por los profetas, ahora estaba hablando el Hijo. En escuchar la Palabra del Hijo, todas las Escrituras Antiguas se cumplieron. Fíjense que Jesús dice que las promesas se cumplen “en sus oídos”, que quiere decir “en su presencia”.
Lo que Dios había hablado antes por los profetas, lo estaba ahora hablando el hijo. Al escuchar la Palabra del hijo, todas las escrituras antiguas se cumplieron, es decir, Dios está demostrando la veracidad de las promesas de la escritura fíjense que Jesús dice que las promesas de la escritura se cumplen “al oírlas”, es decir, en su presencia.
En Jesús, lo que se esperaba y se anticipaba, se ha realizado. Jesús, como enseñó a sus discípulos esa primera noche de Pascua, es Él mismo el cumplimiento de las Escrituras de Israel (Lc. 24:27,45).
Y la realidad de este cumplimiento es lo que experimentamos en la Liturgia de la Palabra durante la Misa. En ella, todas las promesas de la Antigua Alianza se cumplen “en nuestros oídos” mientras compartimos las bendiciones de la Nueva Alianza.
Nótense, también, que nuestras lecturas cada domingo siguen el esquema de la historia de la salvación, empezando con el Antiguo Testamento y enseñando que las promesas de tal lectura son cumplidas en el Nuevo Testamento de Jesús.
La Iglesia nos hace, en cada Eucaristía, re-leer y re-vivir los grandes eventos de nuestra salvación, salvación por la cual damos gracias en la Misa.
A veces, las conexiones entre las lecturas que escuchamos en la Misa son muy sutiles. Pero siempre existe una relación para revelar la unidad del plan divino de salvación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y cómo ese plan continúa en la Misa.
Para ilustrar este punto, tomemos un ejemplo de un domingo típico en “tiempo ordina- rio” (quiere decir, las semanas del calendario litúrgico que no están dentro de los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua).
Veamos las lecturas del vigésimo primero domingo en Tiempo Ordinario en ciclo A. (Las lecturas dominicales siguen un ciclo de tres años A, B, C. El Evangelio de San Mateo se lee en Año A, el de San Marcos en Año B y el de San Lucas en Año C).
La lectura del Antiguo Testamento para el vigésimo primero domingo es una profecía de Isaías, en que el profeta promete “la llave de la casa de David” al nuevo mayordomo. Este será “un padre” para el pueblo de Israel y lo que abrirá nadie cerrará y lo que cerrará nadie abrirá (cfr. Is. 22:15, 19-23).
Al escuchar el evangelio de ese domingo, la promesa de Isaías se cumple.
El evangelio seleccionado por la Iglesia es aquel en que Jesús da “las llaves del reino” a San Pedro. Haciendo eco de Isaías, Jesús dice que lo que Pedro ata en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desata en la tierra quedará desatado en el cielo (cfr. Mt. 16:13-20).
En la liturgia, la Iglesia nos muestra que es San Pedro de quien hablaba Isaías, uno que iba a gobernar el reino del Hijo de David—la Iglesia. Si escuchamos atentamente, vamos a poder ver estas conexiones cada domingo.
- Encontrando a Cristo en la escritura -
Sin embargo, los católicos no vienen a la Misa para un estudio bíblico.
La Liturgia de la Palabra no es sencillamente una lección en la historia o un pretexto para sacar una enseñanza ética y moral de la Escritura.
En la Misa, mediante las lecturas, el Señor está con nosotros verdaderamente, llamándonos a renovar nuestra alianza con Él, la alianza a la que entramos por nuestro bautismo.
Nuestra Liturgia de la Palabra continua una larga tradición que viene del tiempo de Moisés, pero hoy con el conocimiento de que Cristo está con nosotros.
Del Antiguo Testamento al Nuevo y hasta hoy, el pueblo de Dios siempre ha tenido reverencia de la Escritura como Palabra Viva y Poderosa de Dios.
Desde Moisés, la Palabra de Dios la encontramos en una celebración liturgicá, cómo punto central de nuestro culto público. Así, aprendemos no solamente lo que Dios nos dice sino también cómo la Palabra de Dios está viva y sigue obrando en nuestro mundo hoy.
Los cristianos reconocen que la Palabra de Dios “se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Jn. 1:14) en la persona de Jesucristo.
Cuando nos encontramos con la Palabra en la Liturgia de la Palabra, entonces, estamos haciendo más que escuchar la historia de nuestra fe y la sabiduría de sus maestros. Verdaderamente, nos encontramos con el mismo Cristo.
Es por esto que tenemos una gran reverencia para la Palabra de Dios en nuestra Liturgia de la Palabra. La empastamos en libros que son obras de arte; la llevamos en procesiones con cirios e incienso; la proclamamos en voz alta y claramente delante de la asamblea entera; la meditamos y escuchamos su interpretación por la sabiduría de la Iglesia.
Hacemos todo esto porque sabemos que nos encontramos con Cristo, la Palabra que “estaba en el principio junto a Dios” (Jn. 1:2).
Es este encuentro con la Palabra en la Escritura que nos prepara para el milagro de la Eucaristía, donde nos encontramos “cara a cara” con la Palabra hecha carne.
En la Palabra proclamada en la Misa, nosotros re-vivimos el misterio de la salvación. También, en el pan y vino consagrados en el altar, entramos en ese misterio.
Dios se dirige a nosotros en la Liturgia de la Palabra, diciéndonos todo lo que Él ha hecho para nuestra salvación desde el inicio del mundo.
Toda esa historia de salvación nos conduce a la participación en la Nueva Alianza, recordada y re-presentada en cada Misa.
En la Eucaristía, en el momento en que el pan y vino se consagran usando las palabras de Jesús, la liturgia nos entrega aquí y ahora, todo lo que fue prometido en las sagradas páginas de la Biblia. Mediante la liturgia, tomamos nuestro puesto en la historia de la salvación.
V Preguntas para reflexionar
☼¿Por qué se puede decir que hay un encuentro con Jesús en la Liturgia de la Palabra y
también en la Liturgia Eucarística?
☼¿Qué paralelismo hay entre la historia de San Lucas de los discípulos en camino a Emaús y nuestra liturgia cristiana?
☼Qué paralelismo existe entre la proclamación de la Ley por Moisés y nuestra liturgia cristiana?
☼¿Cuál fue el cambio fundamental de perspectiva que ocurrió cuando Jesús dijo en la sinagoga, “Esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy”?
☼¿Por qué creían San Pedro y San Pablo que sus escritos eran diferentes que otros escritos?
☼ ¿Dónde o en qué contexto escucharon los primeros cristianos muchas de las cartas de los Apóstoles por primera vez?
- Para meditación personal -
► ¿Recordamos siempre que estamos encontrándonos con Cristo al escuchar la Palabra de Dios proclamada en la Misa? ¿Cómo podríamos mostrar nuestro amor y reverencia a la Palabra?
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección tres
Un solo sacrificio para todo el tiempo
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN
► Entender la muerte de Jesucristo en la Cruz como sacrificio
► Ver el paralelismo entre los sacrificios del Antiguo Testamento y el sacrificio de Cristo en la Cruz
► Entender cómo el sacrificio nos es re-presentado en la misa
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Capítulos Tres y Cuatro
► San Marcos 14:12-25
► 1Corintios 11:23-32
► San Juan 19: 13-37
► Hebreos 9
► Apoc. 5
ESQUEMA DE LA LECCIÓN:
I. Digno es el Cordero
◊ Los títulos de Jesús
◊ El Cordero de Dios
II. Jesús, el último y perfecto sacrificio
◊ Jesús e Isaac
◊ Jesús y el cordero pascual
◊ Jesús y el Todah
III. El Sacrificio de Cristo y la Misa
◊ La Alianza de Amor
◊ El Orden de Melquisedec
◊ Único y eterno sacrificio
◊ Re-presentando la Cruz
◊ Sacerdotes ofreciendo sacrificio
IV. Preguntas para reflexionar
I. Digno es el Cordero
- Los títulos de Jesús -
Jesús tiene muchos títulos en la Escritura.
Es llamado “el Ungido” (Hech. 4:26) y “el Cristo” (Hech. 3:20). Frecuentemente se refiere a Él como “Señor,” y “Maestro.”
Es llamado “León de Judá” (Apoc. 5:5), “Sumo Sacerdote” (Heb. 3:1), “Hijo de Dios” (Mc. 1:11), y “Rey de los Judíos” (Mc. 15:2; 15:26).
Tales títulos reconocen a Jesús como Dios, Rey, y cabeza de la Iglesia en el cielo y en la tierra.
Pero en el último libro de la Biblia, es llamado —28 veces— el Cordero: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Apoc. 5:12).
Es una descripción curiosa. De una manera, es lo opuesto de los otros títulos usados para describir a Jesús. Mientras los otros títulos significan poder y majestad, su descripción como “Cordero” evoca debilidad y la falta del poder.
Sin embargo, el título refleja una creencia fundamental del Nuevo Testamento, una que continuamos profesando en cada Misa.
Cada vez que celebramos la Eucaristía, el sacerdote dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.”
Estas palabras combinan dos versículos de la Escritura: la descripción de Jesús hecha por San Juan el Bautista (cfr. Jn. 1:29,36), y las palabras del ángel sobre la fiesta celestial en el último libro de la Biblia (Apoc. 19:9).
- El Cordero de Dios -
¿Por qué le llamamos un Cordero?
La respuesta es porque de todos los sacrificios que ofrecían los Israelitas, uno se destacaba como el más importante del calendario: la Pascua, que celebraba la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto (cfr. Ex. 12).
El sacrificio de un cordero sin defecto y el consumir su carne asada eran parte central en la celebración de la Pascua.
Como veremos en esta lección, al llamar a Jesús Cordero, el Nuevo Testamento quiere evocar el sacrificio del Antiguo Testamento. La imagen de Jesús como Cordero expresa la creencia cristiana que Jesús, en su muerte de Cruz, fue ofrecido en sacrificio, igual que el cordero sacrificado por las familias israelitas antes del Éxodo.
Al profesar que Jesús es el Cordero de Dios en nuestra celebración de la Eucaristía, estamos recordando su muerte sacrificial en la cruz. Pero más aún, como veremos, estamos “re-presentando” ese sacrificio.
II. Jesús, el último y perfecto sacrificio
- Jesús e Isaac -
El Nuevo Testamento ve a Jesús como el Cordero de la Nueva Pascua.
Pero más aún, el Nuevo Testamento presenta su sacrificio en la cruz como el último y perfecto sacrificio al que todos los sacrificios de la Biblia señalaban y anticipaban.
Como notamos en nuestra última lección, en la historia de la “atadura” de Isaac, los autores del Nuevo Testamento vieron una figura del sacrificio del Hijo de Dios en la cruz (cfr. Gen. 22:12,15; Jn. 3:16).
Y no es difícil hallar paralelismo entre los dos eventos. Un padre sacrifica a su único y amado hijo. Después de que Ismael fue desterrado al desierto (cfr. Gen. 21:9-14), Isaac fue la única esperanza de posteridad para Abraham “tu hijo Isaac, tu único, al que amas” (Gen. 22:2). El evangelio de San Juan ocupa el mismo lenguaje para describir el ofrecimiento de Jesús. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16).
La carta a los Hebreos dice que Abraham estaba dispuesto “a ofrecer su hijo único” y que “pensaba que poderoso era Dios aun para resucitarlo de entre los muertos” (Heb. 11:17-19). Y es interesante, también, que fue “al tercer día” que Isaac fue rescatado de la muerte (cfr. Gen. 22:4).
La víctima lleva la leña de su propio sacrificio. Además del paralelismo de un padre ofreciendo a su único hijo en la esperanza de resurrección, hay otro paralelismo. “Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac” (Gen. 22:6).
Jesús también cargó con su cruz (cfr. Jn. 19:17), aunque, agotado por el maltrato, no pudo llevarla todo el camino (cfr. Mc. 15:21).
La víctima va voluntariamente a su propio sacrificio. Aunque en arte, Isaac es retratado frecuentemente como un muchacho joven, comentaristas judíos y cristianos han señala- do que no pudo haber sido una víctima contra su voluntad.
Era un joven fuerte que podía llevar suficiente leña para un sacrificio grande, y Abraham tenía más de cien años de edad. Si Isaac hubiera resistido, Abraham no habría podido ganar.
Creyeron que como Cristo, Isaac se hizo sacrificio a Dios, al igual que Jesús que libremente da la vida (cfr. Jn. 10:18) en obediencia de la voluntad de su Padre (cfr. Mc. 14:36).
El sacrificio se realiza en el monte Moria. Dios le dijo a Abraham, “vete al país de Moria” y “ofrece [tu hijo Isaac] allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga” (Gen. 22:2).
La tradición antigua sostenía que Salomón construyó el Templo en el sitio donde Abraham había ofrecido a Isaac (cfr. 2 Cro. 3:1).
El lugar donde Abraham pudo ofrecer a su propio hijo se volvió el sitio donde el pueblo de Dios ofrecía sus sacrificios.
El Gólgota, en las afueras de Jerusalén, es también asociado con el monte Moria. Y allí Dios mismo sacrificó a su propio Hijo.
Dios mismo provee la víctima del sacrificio. Cuando Isaac preguntó a su padre, “¿dónde está el cordero para el holocausto?” Abraham le contestó: “Dios proveerá el cordero para el holocausto” (Gen. 22:7-8)
Y así fue: cuando el ángel de Dios detuvo el sacrificio de Isaac, Abraham halló un carnero listo para ser sacrificado (cfr. Gen. 22:10-13).
Así, en el supremo sacrificio, Dios proveyó el Nuevo Cordero, Su Hijo Único. Como dijo San Pablo: Él “no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rom. 8:32).
Como vimos en la lección anterior, la atadura de Isaac fue una figura del posterior sacrificio de la Pascua, donde otra vez un Cordero sustituyó al amado hijo primogénito.
Como veremos, los autores del Nuevo Testamento, cuidadosamente señalaron como la muerte de Jesús tuvo paralelismo con el sacrificio pascual.
- Jesús el Cordero Pascual -
“Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor. 5:7).
Desde el mero inicio del cristianismo, los creyentes han visto la muerte de Cristo en la cruz como el último sacrificio pascual. En la mayoría de idiomas que hablan los cristianos, la palabra para la celebración de la resurrección se relaciona con la raíz, “pasch” que viene del hebreo, “pascua”. (El inglés es la excepción en este sentido, porque la palabra “Easter”, que es Pascua de Resurrección, viene de una fiesta pagana de la primavera.)
Es por esto que continuamos llamando a Jesús el “Cordero de Dios” y también porque Cristo aparece como Cordero en las visiones simbólicas del Apocalipsis.
Los evangelistas señalan un obvio paralelismo para indicar que Cristo es el sacrificio pascual definitivo:
El juicio y la ejecución de Jesús ocurrieron durante la fiesta de Pascua (cfr. Lc. 22:1-2). Los cuatro evangelistas hacen énfasis de esto.
San Juan agrega el detalle que Pilato entregó a Jesús para ser crucificado cerca de medio día (“hacia la hora sexta”) del día de la preparación (cfr. Jn. 19:14-16).
San Juan, el único evangelista que se fija en este detalle, tenía asociaciones sacerdotales (cfr. Jn. 18:16 donde se dice que “el otro discípulo” conocía al sumo sacerdote).
Entonces tenía que saber que los sacerdotes empezaban a sacrificar los corderos pascuales en “la hora sexta” el día de la preparación. Claramente, el evangelista quiere mostrar que Jesús es el cordero pascual conducido al sacrificio.
No se le quebrará hueso alguno. Los soldados tenían la intención de quebrar las piernas de los criminales crucificados para apurar su muerte. Pero Jesús ya estaba muerto cuan- do los soldados llegaron donde Él (cfr. Jn. 19:31-36). Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza para asegurarse. No se le quebró hueso alguno.
El hecho es tan significativo para San Juan que se siente obligado a asegurarnos que “él que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean” (Jn. 19:35).
Para asegurar que entendemos el mensaje, San Juan nos dice que: “…todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’” (Jn. 19:36).
La “escritura” a la que se refiere es la de las instrucciones para preparar el cordero pascual: “ni le quebrarán ningún hueso” (Ex. 12:46; cfr. Num. 8:12 y Sal. 34:20).
Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a Jesús en la cruz (cfr. Jn. 19:29). Ramas de hisopo fueron ocupadas para rociar la sangre del cordero pascual (cfr. Ex. 12:22). Pero Jesús no solamente fue la víctima del sacrificio. El sacrificio no fue ofrecido por los soldados que golpearon y mataron a Jesús: su intención era solamente matar un hombre, no ofrecer un sacrificio.
Fue Jesucristo mismo quien se ofreció en sacrificio. Como nuestro Sumo Sacerdote (cfr. Heb. 3:1), Jesús “se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef. 5:2).
Las palabras de San Pablo nos recuerdan al Éxodo 29:18, que narra el sacrificio ofrecido para consagrar a los hijos de Aarón como sacerdotes.
Lo que San Pablo quiere comunicar es que Cristo es a la vez el Cordero ofrecido y el Sumo Sacerdote que ofrece.
- Jesús y el “Todah” -
Como notamos en la última lección, el sacrificio de acción de gracias, “todah”, era uno de los elementos más importantes del culto en el Templo de Jerusalén.
El Todah se ofrecía en acción de gracias por liberación de algún peligro muy grave. Un buen ejemplo de un salmo todah es el Salmo 22. Lo reconocemos en el primer versículo instantáneamente: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” que son las palabras que Jesús gritó desde la cruz (cfr. Mc. 15:34).
Suena como un grito de desesperación. Pero si conocemos el salmo entero —y los judíos que estuvieron al pie de la cruz ciertamente conocían el salmo entero— sabemos que termina con una nota de triunfo.
El salmista alababa a Dios por su liberación. Al adoptar este salmo entre sus últimas palabras, Jesús no estaba expresando desesperación sino triunfo: con una voz fuerte, Él declaró la certeza de la salvación de Dios.
El ofrecimiento del todah era una comida sacrificial compartida con amigos. Incluía un ofrecimiento de pan y vino. De hecho, se parecía al sacrificio que el rey-sacerdote Melquisedec compartió con Abraham en acción de gracias por el rescate del pueblo de Salem (cfr. Gen. 14:18-20). Los rabinos antiguos enseñaban que, después que viniera el Mesías, todos los sacrificios desaparecerían menos el todah, que nunca iba a cesar por toda la eternidad. O, usando términos que les eran familiares a los millones de judíos de habla griega: Podemos decir, después de la venida del Cristo, todos los sacrificios iban a cesar, menos la Eucaristía y de hecho, algunos escritores judíos ocupaban “eucharistia” en griego para traducir el hebreo todah.
III. El sacrificio de Cristo y la Misa
- La alianza de amor -
Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén por última vez, sabía que iba a morir allá (cfr. Mt. 20:17-19). Sus discípulos lo sabían también (cfr. Jn. 11:16).
Jesús llegó a Jerusalén a tiempo para la Pascua, e hizo sus planes de celebrar la cena pascual con sus doce discípulos (cfr. Mc. 14:12-16).
Tres de los cuatro evangelistas conservan las palabras y gestos de Jesús en esa cena. Estos gestos y palabras siguen siendo recordados en cada celebración eucarística.
Esta práctica empezó muy temprano en la historia de la Iglesia, como podemos ver en la carta de San Pablo a los Corintios. Él recuerda que Jesús tomó pan y vino, diciendo que eran su cuerpo y sangre y agregó: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía” (1 Cor. 11:23-26). En las narraciones de San Mateo y San Marcos, al dar a sus discípulos la copa, Jesús dice también, “esta es mi sangre de la alianza” (Mt. 26:28; Mc. 14:24).
Estas palabras hacen eco deliberadamente del sacrificio crucial de la historia del Antiguo Testamento, el sacrificio que Moisés ofreció para celebrar la alianza de Dios con Israel después del éxodo de Egipto.
Después que Moisés lee “el libro de la alianza” y el pueblo profesa su fe en ella, Moisés toma la sangre de los toros del sacrificio y rocía a la gente con ella. Mientras lo hace, él ocupa las mismas palabras que Jesús dice en la Última Cena, “Esta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con ustedes, de acuerdo con todas estas palabras” (Ex. 24:5-8).
Jesús y sus discípulos estaban celebrando la tradicional cena pascual. Pero Jesús introdujo algo nuevo, algo que recordaba los sacrificios cruentos del Antiguo Testamento, pero de una forma que se parecía al sacrificio incruento de todah.
- El orden de Melquisedec -
El sacrificio ofrecido en al Última Cena recordó el realizado por el rey-sacerdote Melquisedec, que también ofreció pan y vino (cfr. Gen. 14:18).
La Carta a los Hebreos interpreta a Melquisedec como una figura de Cristo.
Todo el capítulo siete de Hebreos es una meditación sobre qué quiere decir que Cristo es un sacerdote, “según el orden de Melquisedec” (ver también Heb. 5:8-10).
Como Melquisedec, Cristo ofrece pan y vino; pero su sacrificio es infinitamente más grande, porque el pan y vino son su propio cuerpo y sangre.
Más que esto, Él le dio a sus seguidores una manera de participar en ese sacrificio. En esa cena pascual, Jesús ofreció la primera Misa.
Y por esta razón, el sacerdocio de Cristo es infinitamente más grande que el antiguo sacerdocio de Israel.
Esos sacerdotes murieron, y sus sacrificios nunca pudieron salvarnos del pecado, pero Cristo vive para siempre, y su único sacrificio destruyó el pecado y la muerte para siempre.
“Este es el punto capital de cuanto venimos diciendo, que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre” (Heb. 8:1-2).
- Único y eterno sacrificio
La muerte del Señor, es lo que se celebra en la Eucaristía. Lo escuchamos en cada Misa, pero los primeros cristianos no pudieron haber dejado de percibir el sentido irónico de esto.
Cristo, nuestro Señor, ha sido brutalmente torturado y asesinado, y celebramos ese evento a través de una “Eucaristía”, o sea una “acción de gracias”.
¿Por qué estamos agradecidos? Porque la muerte de Cristo no fue sin sentido, ya que fue un sacrificio por todos. Nuestra Eucaristía, como el antiguo todah, es una acción de gracias porque Dios nos ha liberado de la muerte.
Que la muerte de Cristo en la cruz fue, hablando estrictamente, un sacrificio —es decir un ofrecimiento de la misma naturaleza de los sacrificios del Antiguo Testamento, aunque siempre los sobrepase y los cumpla todos— nunca lo dudaron los primeros cristianos.
Toda la Carta a los Hebreos, por ejemplo, está llena de la imagen de Cristo quien es a la vez Sumo Sacerdote y sacrificio.
Hebreos 9:13-14 compara los sacrificios de animales con el sacrificio de Cristo, que “se ofreció a si mismo sin tacha” como sacrificio puro.
San Pablo también describe la muerte de Cristo como un sacrificio en muchas de sus cartas (ver por ejemplo, Ef. 5:2; 2 Cor. 5:21).
Hemos visto cómo los evangelistas, especialmente San Juan, cuidadosamente señalan el paralelismo entre el sacrificio pascual y la muerte de Cristo en la cruz.
Finalmente, la imagen del “Cordero degollado” del Apocalipsis no tiene sentido si el Cordero no fue matado en sacrificio. Este sacrificio de Cristo en la cruz es el sacrificio culminante, que se ofrece una vez para siempre.
Ocurrió en un tiempo específico en la historia y no ocurrirá otra vez. Todos los sacrificios del Antiguo Testamento fueron anticipaciones de este.
Otra vez, encontramos esta creencia en la Carta a los Hebreos. El autor explica que los israelitas ofrecieron los mismos sacrificios año tras año, pero que estos nunca los pudieron hacer a ellos perfectos ni justos ante Dios.
Por esto tenían que repetirlos. Si los sacrificios hubieran podido borrar sus pecados, no habrían tenido que seguir ofreciéndolos.
“Al contrario, con ellos se renueva cada año el recuerdo de los pecados, pues es imposible que la sangre de toros y cabras borre los pecados” (Heb. 10:1-4).
Ningún sacrificio ofrecido por los sacerdotes de Israel podía borrar los pecados del pueblo.
Pero Jesús se ofreció como “un solo sacrificio por los pecados” y mediante “una sola oblación ha llevado a la perfección definitiva” no solamente a los israelitas sino a todos los hombres (cfr. Heb. 10:11-14).
Solamente el único sacrificio de Cristo podía hacernos verdaderamente el pueblo santo de Dios y su único sacrificio fue hecho “una vez para siempre” (cfr. Heb. 10:10).
- Re-presentando la Cruz
Entonces, ¿por qué podemos llamar a la Misa un sacrificio?
Podemos llamar a la Misa un sacrificio, porque Cristo instituyó la Eucaristía que hace accesible el último sacrificio a nosotros para todos los tiempos.
Cristo no es sacrificado de nuevo en la Misa. Pero Cristo está realmente presente en la Eucaristía, por eso la Misa es una participación en su único gran sacrificio.
La Misa re-presenta ese sacrificio, haciéndolo presente para nosotros y dándonos participación en él. No es que el sacrificio de Cristo pueda ocurrir de nuevo, sino que es eterno y continúa ocurriendo en la Eucaristía. El sacrificio es eterno y cada Misa es participación en él.
Noten la diferencia entre “re-presentar” y “representar”.
En lenguaje moderno decir que una cosa “representa” a otra generalmente quiere decir que ésta sustituye a aquella. Una palabra representa la cosa a la que da nombre, y un oficial elegido re- presenta al pueblo que lo elige. Pero la palabra no es igual a la cosa, y el oficial elegido no es el pueblo.
Cuando decimos que la Misa “re-presenta” el sacrificio de Cristo en la cruz, sin embargo, volvemos a la raíz de la palabra.
La Misa presenta el sacrificio de nuevo, haciéndolo presente para nosotros ahora mismo. En todas partes del mundo, donde sea que se celebra la Eucaristía, el pueblo de Dios está presente ante el único y eterno sacrificio del Cordero.
- Sacerdotes ofreciendo sacrificio -
Cada miembro del Pueblo de Dios es hecho miembro del santo sacerdocio de la Iglesia (cfr. 1 Pe. 2:4-5,9; Apoc. 1:6) así como Israel fue llamado “un reino de sacerdotes” (Ex. 19:6). Cada uno de nosotros es llamado a “ofrecer sacrificios espirituales” (cfr. 1 Pe. 2:4-5).
Como Cristo se ofreció en la cruz, también nosotros somos llamados a ofrecer nuestros propios cuerpos y nuestras propias vidas en la Misa. Unidos a Cristo en el bautismo, compartimos su sacerdocio. Con Él, nos ofrecemos como sacrificio.
“Los exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que se ofrezcan a ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será su culto espiritual” (Rom. 12:1).
Y en este culto espiritual estamos unidos con todos los cristianos en todas partes donde celebran el mismo sacramento. También nos unimos con los santos en el cielo, todos los cristianos a través de todo el tiempo, compartiendo el único y perfecto sacrificio.
De hecho, la Misa es el cielo en la tierra, no por figura, sino literalmente. Esto va a ser el tema de la próxima lección: el hecho sorprendente y asombroso que donde sea que se celebra la Misa, el cielo está presente ahora mismo.
IV. Preguntas para reflexionar
☼¿Por qué los intérpretes cristianos y judíos concluyeron que Isaac fue voluntariamente a su propio sacrificio?
☼¿Por qué es significativo que Pilato mandó a Jesús a su muerte cerca de las 12 p.m. el día de la preparación?
☼¿A qué sacrificio del Antiguo Testamento se refieren las palabras de Jesús sobre “la sangre de la Alianza”?
☼¿Por qué es que San Juan toma tanto cuidado en señalar que no se quebró ningún hueso de Jesús?
☼¿Cuántas veces se ofrece el sacrificio de Cristo?
☼¿Cuál es la diferencia entre hacer una representación del sacrificio de Cristo y re-presentarlo?
- Para meditación personal-
► ¿Recuerdas la historia de la primera pascua? (cfr. Ex. 12.) Durante la Misa dominical, relaciona la Pascua—la salvación de los primogénitos de los israelitas—al drama de salvación que estás presenciando.
► ¿”Disciernes el cuerpo” en la Eucaristía? Lee 1 Corintios 11:23-32 otra vez. Como preparación para la Misa, ¿por qué no lees la narración de la pasión en el evangelio de San Juan, especialmente San Juan 19:13-37?
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección dos
Entregado por ustedes: el sacrificio en el antiguo testamento
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN:
► Entender la base bíblica del Rito de Penitencia y el Gloria en la Misa
► Entender como se adoraba a Dios en el Antiguo Testamento
► Entender el concepto del sacrificio en el Antiguo Testamento
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Primera Parte: Capítulo Dos y Cuatro
► San Mateo 15:22; 17:15
► San Lucas 2:14
► Génesis 14:18-20
► Génesis 14:22
► Éxodo 12:1-30; 24:3-11
► Salmos 22; 40; 50; 69
► 2 Macabeos 6:12-7:40
ESQUEMA DE LA LECCIÓN
I. RITOS INÍCIALES
◊ La misericordia y la gloria de Dios
◊ Nuestro sacrificio
II. Orígenes del Culto
◊ El primer sacerdote
◊ Ofrecer al hijo amado
◊ Sacrificio pascual
◊ El Templo real
III: La casa del sacrificio
◊ Los tiempos de sacrificio
◊ El significado del sacrificio
◊ El sacrificio de acción de gracias
◊ “En todas partes ofrecen sacrificio”
IV. Preguntas para reflexionar
I. Ritos iníciales
- La misericordia y la gloria de Dios -
En la primera lección, vimos cómo los ritos iníciales de la Misa nos invitan a entrar en el mundo bíblico del culto.
Vimos como la Misa nos fue dada por Jesús para actualizar —”hacer real”—en nuestras vidas la salvación y la vida nueva prometidas en las páginas de la Biblia.
Continúan los ritos iníciales con una confesión de los pecados y un canto de las alabanzas a Dios. Nuestras oraciones penitenciales y el Gloria están empapadas con significado y lenguaje bíblicos.
La frase, “Señor, ten piedad,” aparece muchas veces en la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (cfr. Eclo. 36:12; Bar. 3:2; Sal. 51:1; Mt. 15:22; 17:15). Las escrituras nos enseñan una y otra vez que la misericordia es uno de los atributos más importantes de Dios (cfr. Ex. 34:6; Jon. 4:2).
El “Gloria” es la oración de los ángeles, cantada la noche de la primera Navidad (cfr. Lc. 2:14). A esa oración angelical, la Iglesia ha agregado los ecos de los cantos de los ángeles que el Apóstol Juan escuchó en la liturgia celestial (cfr. Apoc. 15:3-4; 4:11; 5:11-14).
Otra vez en la Misa nos encontramos orando y cantando con las mismas palabras de la Escritura. Pero este momento de la Misa tiene una dimensión aún más profunda.
La confesión de pecado con el ofrecimiento de sacrificios era normal en la oración pública de Israel (cfr. Lev. 5:5-6). Así también lo era el dar alabanza y gloria a Dios (cfr. Sal. 86:12; 147:12).
De hecho, podríamos decir que en este momento de la Misa, entramos en el corazón del culto bíblico.
En las próximas lecciones, vamos a ver más de cerca la manera en que adoran a Dios en la Biblia.
En esta lección, consideramos el culto en el Antiguo Testamento. Y en la próxima, vamos a ver cómo el culto bíblico culmina en el que mandó Jesús en la Última Cena y que continúa hoy día en la Misa.
- Nuestro Sacrificio ▬
En una palabra, el culto bíblico es el ofrecimiento de sacrificio. Nuestro culto en la Misa es también un tipo de ofrecimiento sacrificial.
Escuchamos esto muchas veces en la Misa, aunque no lo notamos ni entendemos completamente lo que quiere decir.
Por ejemplo, después que el sacerdote prepara el altar, se dirige a nosotros con estas palabras, “Orad, hermanos para que este sacrificio sea agradable a Dios Padre todopoderoso”.
Nosotros respondemos, “Que el Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.
¿Qué significa sacrificio? Hablando en general, sacrificar es ofrecerle a Dios algo de valor, un animal, vegetal, comida, bebida, o incienso. Este ofrecimiento puede tener varios significados pero cada acto de sacrificio es un reconocimiento de la deuda que tenemos con Dios que es la fuente de vida y bendición.
El sacrificio era universal en las religiones del mundo antiguo y es esencial para entender las devociones y prácticas religiosas de la Biblia.
II. Orígenes del culto
- El Primer sacerdote -
La Biblia nunca explica el sacrificio ni sus orígenes. Sin embargo, vemos su práctica desde las primeras páginas de la Escritura.
Los hijos de Adán y Eva ofrecen sacrificios—Caín de los frutos de la tierra, Abel de los primogénitos de su rebaño (cfr. Gen. 4:3-4). Noé, también, parece haber heredado la tradición de un culto que incluye la quema de animales (cfr. Gen. 7:2; 8:20).
Abraham, el padre del pueblo escogido, responde a la llamada de Dios construyendo un altar y ofreciendo sacrificios (cfr. Gen. 15:6-10; 22:13). En la primera parte de la Biblia, los “hijos” de Abraham con frecuencia construyen altares y ofrecen sacrificios (cfr. Gen. 33:20; 35:1-7).
De los sacrificios del Génesis, dos son de particular importancia para nuestro entendimiento de la Misa: el del misterioso sacerdote-rey Melquisedec (cfr. Gen. 14:18-20) y el de Abraham en Génesis 22.
Melquisedec es el primer sacerdote mencionado en la Biblia. Es “sacerdote del Dios Altísimo”. También es rey de Salem, una tierra que se llamará más tarde, “Jeru-salem”, que quiere decir “Ciudad de Paz” (cfr. Sal. 76:2).
La combinación de sacerdote y rey era rara en el Antiguo Testamento. Pero más tarde podemos ver que este título le fue dado al real hijo de David (cfr. Sal. 110:4) y, en el Nuevo Testamento, a Jesús (cfr. Heb. 7).
El sacrificio de Melquisedec es también extraordinario porque no incluyó animales. Ofreció pan y vino, tal como Jesús haría en la Última Cena.
- Ofrecer al hijo amado -
El sacrificio de Melquisedec terminó con la bendición sacerdotal de Abraham. Y Abraham después volvería a Salem a ofrecer su propio sacrificio.
Fue en el monte Moria, un lugar después identificado con el del Templo de Jerusalén (cfr. 2 Cro. 3:1), que Dios pidió a Abraham el sacrificio de su único y amado hijo, Isaac.
Como podremos ver en la próxima lección, en la historia de Isaac “atado”, los autores del Nuevo Testamento vieron una figura del ofrecimiento del amado Hijo de Dios en la cruz (cfr. Gen. 22:12,15; Jn. 3:16).
Noten el lenguaje usado en Génesis 22. Las palabras “su hijo” o “el muchacho” salen 11 veces en 15 versículos. La única vez que habla Isaac, empieza con “Padre.” Como para centrar más en el punto, el narrador describe: “dijo Isaac a su padre...”
Todo esto tomará más importancia cuando estudiemos el sacrificio del Señor en la próxima lección.
- Sacrificio Pascual -
Es claro que ya en el tiempo de cautiverio en Egipto, el sacrificio era central en el culto de los israelitas.
En la petición original que Moisés dirige al Faraón pide permiso para viajar al desierto “para ofrecer sacrificios a Yahvé, nuestro Dios” (cfr. Ex. 3:18; 5:3, 8,17).
Y es un sacrificio lo que marca el punto cardinal en la historia de Israel: la Pascua que propicia al pueblo el éxodo de Egipto.
La historia de Pascua (cfr. Ex. 12:1-30) es el drama que define el Antiguo Testamento. Es crucial para entender tanto la Crucifixión como el memorial de ese evento, la Misa.
Noten el eco de la historia de Abraham e Isaac. Dios llama a Israel, “mi hijo, mi primogénito” (Ex. 4:22). En la Pascua, Dios pidió a cada familia tomar un cordero sin defecto, matarlo y untar con su sangre el dintel y las dos jambas de la puerta con un manojo de hisopo. Después tenían que comer la carne asada del cordero con pan sin levadura y hierbas amargas.
Dios prometió que si los israelitas hacían todo lo que pedía, sus hijos primogénitos se salvarían. Él iba a “pasar” de largo por sus casas y herir solamente a los primogénitos de los egipcios.
El cordero sacrificado murió para que el primogénito del pueblo –y el primogénito de Dios, la nación de Israel– pudieran vivir.
La noche de la primera pascua, Dios fijó su observancia como una “fiesta memorial y una institución perpetua” para las futuras generaciones (cfr. Ex. 12:14,24).
Moisés mandó que el memorial pascual incluyera siempre una narración recordando la razón de su institución. “Y cuando sus hijos les pregunten: ‘¿qué significa este rito para ustedes?’, responderán: ‘Es el sacrificio de la Pascua de Yahvé, que pasó de largo por las casas de los israelitas en Egipto hiriendo a los egipcios y preservando nuestras casas’ “ (Ex. 12:26-27).
Cuando los israelitas alcanzan el Monte Sinaí, ratifican su alianza con Dios por medio de un sacrificio (cfr. Ex. 24:3-11).
Moisés construye un altar con doce pilares y ordenó inmolar novillos derramando la mitad de la sangre sobre el altar. Entonces escribe las palabras y los mandamientos de Dios en “el libro de la Alianza” y lo lee al pueblo.
Cuando el pueblo jura vivir de acuerdo con las palabras del libro, Moisés “tomó la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: ‘Esta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con ustedes, de acuerdo con todas estas palabras.´” A continuación, Moisés y los ancianos tomaron un sacrificio como comida en la presencia de Dios.
Esta escena, también, será importante para nuestro estudio de la Última Cena y la Misa.
El sacrificio diario fue la característica definitiva del culto de Israel cuando entró en la Tierra Prometida.
De hecho, mucho de la Ley o Pentateuco, (los primeros cinco libros de la Biblia) está dedicado a las leyes rituales y los reglamentos que describen en detalles precisos las maneras en que los israelitas tienen que ofrecer sus sacrificios (cfr. Lev. 7-9; Num. 28; Deut. 16).
Los sacrificios tenían que ser ofrecidos frente a la “Tienda de Encuentro”, el santuario desmontable donde se guardaba el Arca de la Alianza, el sitio de la gloriosa presencia de Dios (cfr. Ex. 25:8-22; Jos. 3: 8-11).
El Arca contenía los signos de la Alianza con Dios (cfr. Heb. 9:4): las tablas de los diez mandamientos (cfr. Ex. 40:22), la vara sacerdotal de Aarón (cfr. Num. 17:25), y un poco del maná que comían los israelitas en el desierto (cfr. Ex. 16:32-33).
La ordenación de Aarón y sus hijos como sacerdotes de Israel, y el inicio del sacrificio diario, representan una coyuntura crucial en el Antiguo Testamento.
En la Tienda del Encuentro, Aarón y Moisés bendijeron al pueblo y ofrecieron un sacrificio por el pecado, un holocausto y un sacrificio de comunión, como Dios había pedido. Y salió fuego de la presencia de Dios y consumió el sacrificio en el altar (cfr. Lev. 9:22-24; Ex. 29:38-42).
En el sacrificio sacerdotal, el propósito de la Alianza con Dios es realizado: “En el altar, me encontraré con los israelitas...moraré en medio de los israelitas y seré su Dios” (Ex. 29:43,45).
- El Templo real -
Cuando Israel se hizo un reino bajo el gobierno de David y su hijo, Salomón, el Arca fue colocada en el Templo.
El Arca fue llevado a Jerusalén en una fiesta religiosa y gozosa, con el sacrificio de siete toros y siete carneros y las bendiciones de los sacerdotes (cfr. 1 Cro. 15:1-16:3; 2 Sam. 6: 11-19).
El Templo fue construido según un diseño divino (cfr. 1 Cro. 28:19). Dios le dijo a Salomón que iba a ser “mi casa de sacrificio” (cfr. 2 Cro. 7:12).
En una escena muy similar a lo que vimos en la inauguración de los sacrificios diarios, bajó fuego del cielo al altar mientras el pueblo se postró en adoración en la dedicación del Templo (cfr.2 Cro. 7:1-4). Ese día, el pueblo y su rey sacrificaron 22,000 bueyes y 120,000 ovejas.
Desde ese momento, se centró la vida ritual de Israel en el Templo.
Igual que su padre, Salomón ofreció los sacrificios sacerdotales de acuerdo con las leyes de Moisés (cfr. 2 Cro. 7:4; 8:12). En efecto, el monarca de Israel fue comparado con el rey- sacerdote Melquisedec (cfr. Sal. 110).
El Templo, según la tradición, fue edificado en “Salem” donde Melquisedec era sumo sacerdote y rey (cfr. Sal. 76:3). También se dijo que fue edificado en el mismo Monte Moria, donde Abraham había ofrecido a su hijo en sacrificio y Dios había jurado salvar a todas las naciones (cfr. 2 Cro. 3:1; Gen. 22:2,18).
III. La Casa del sacrificio
- Los tiempos de sacrificio -
La liturgia del Templo reunió todos los tipos de sacrificio que la habían precedido. La vida ritual incluía una variedad de sacrificios:
El holocausto—un animal entero quemado encima del altar como “una oblación de aroma agradable al Señor” (cfr. Lev. 1:3-17; 6:8-13).
El sacrificio de cereal o granos—harina mezclada con aceite e incienso, normalmente ofrecido con otros sacrificios (cfr. Lev. 2:1-16; 6:14-23; Num. 6: 14-17; 28:3-6).
El sacrificio de comunión—un sacrificio de un animal, en que la grasa de las entrañas y los riñones son quemados en el altar y la carne es consumida por la persona que ofrece el sacrificio y los sacerdotes (cfr. Lev. 3:1-17; 7:11-36).
El sacrificio por el pecado—se ofrece un animal (un novillo, un cabro, un cordero o tórtola, etc.) en expiación de los pecados para purificar al pecador (cfr. Lev. 4:1-5:13; 6:24-30).
El sacrificio de reparación—un carnero ofrecido en expiación por profanación o por alguna ofensa contra el prójimo (Lev. 5:14-6:7; 7:1-10).
Los israelitas medían sus días, sus semanas y sus años de acuerdo a los sacrificios.
Cada día empezaba y terminaba con sacrificio: un cordero como holocausto, harina y aceite, y una libación de vino (cfr. Ex. 29:38-42; Num. 28:3-8; Esd. 3:5; Neh. 10:34). Cada séptimo día, el sábado, estos sacrificios se duplicaban.
Al inicio de cada mes, Israel celebraba la fiesta de la Luna Nueva, ofreciendo a Dios holocaustos, sacrificios de cereales, el sacrificio por el pecado y una libación (cfr. Num. 28:11-15). Además, cada año nuevo se celebraba el Rosh Hashanah (el nuevo año de calendario judío), con sacrificios rituales (cfr. Num. 28:11-15).
Y el calendario de Israel incluía otras celebraciones anuales, cada una marcada por sacrificios prescritos específicamente: la fiesta de las Tiendas (cfr. Num. 29:12-38; Lev. 23:33-34); la fiesta de Pentecostés (cfr. Num. 28:26-31) y el Día de Expiación, conocido en he- breo como Yom Kippur (cfr. Num. 29:7-11; Lev. 23:26-32).
El centro litúrgico del año para Israel siempre fue la fiesta de Pascua (cfr. Num. 28:16-25; Lev. 23:4). En el tiempo de Jesús, más de dos millones de peregrinos de todas partes del mundo acudían a Jerusalén.
Josefo, el historiador judío del primer siglo, reportó que en la fiesta de Pascua del año 70 d.C., unos 40 años después de la crucifixión, los sacerdotes del Templo ofrecieron 256,500 corderos en sacrificio (Las Guerras de los Judíos; Libro VI, capítulo 9,#3).
Aunque la Ley de Israel exigía que los sacerdotes ofrecieran los sacrificios a favor de judíos particulares y a favor de la nación estos sacrificios sin embargo, eran profundamente personales en carácter.
Imagínese tomar un cordero sin defecto de su propio rebaño, viajar hasta el Templo, sacrificarlo, quitarle las entrañas y presentarlo al sacerdote para quemarlo en el altar. Esto era la realidad del sacrificio en Israel.
- El significado del sacrificio -
¿Por qué Dios instituyó el sacrificio como una manera de darle adoración?
Ciertamente, Dios no “necesitaba” sacrificios, como los profetas y salmistas dijeron claramente (cfr. Sal. 50:9-13).
Desde luego, Dios parece requerir a Israel ciertos tipos de sacrificios de animales para enseñar algo al pueblo y purificarlos de su culto de falsos ídolos.
Aparentemente, Moisés reconoció esto cuando le dijo al Faraón que los egipcios se ofenderían gravemente con los sacrificios de los israelitas (cfr. Ex. 8:25-27). Los tres animales que Dios mandó sacrificar a Israel: ganado, ovejas y cabritos, fueron todos considerados figuras de dioses por los egipcios.
Dios, en efecto, estaba pidiendo a Israel matar ritualmente a “los dioses” que los israelitas antes servían en Egipto. El sacrificio iba a ser un tipo de penitencia por la idolatría de Israel (cfr. Jos. 24:14; Eze. 20:7-8; Hech. 7:39-41).
Los sacrificios de Israel tenían además otros significados.
Como hemos visto en los sacrificios de reparación y por el pecado, el rito de sacrificio frecuentemente servía como un acto de renuncia y de arrepentimiento por los pecados. La “sangre” del animal simbolizaba la vida del que ofrecía el sacrificio. Reconociendo que sus propios pecados merecían la muerte, la persona ofrecía la vida del animal en vez de su propia vida.
En otras ocasiones, el sacrificio fue un “regalo” que reconocía la soberanía de Dios sobre la creación.
Haciendo el sacrificio de las primicias de la tierra y de sus rebaños, los que oraban estaban ofreciendo algo suyo, algo que necesitaban, una parte de si mismos, para agradecer a Dios por sus bendiciones (cfr. Lev. 23:10-14; Deut. 26:1-11; Ex. 13:1-2; Num. 3:11-13, 44-51).
- Sacrificio de acción de gracias -
En las liturgias del Templo que son relatadas en el Libro de Salmos y en los escritos de los profetas, vemos un desarrollo del entendimiento que los holocaustos no eran todo lo que Dios requería. Él exigía un sacrificio “interior” y “espiritual” también.
El sacrificio espiritual no estaba opuesto al sacrificio de animales. Idealmente, los sacrificios que los israelitas ofrecían en el Templo reflejaban su intención de ofrecerse a Dios con un espíritu contrito y humilde.
Los profetas, sin embargo, vieron que se habían desconectado los sacrificios que se ofrecían en el Templo y los corazones del pueblo.
Isaías dijo que su falta de fe y justicia hizo que sus sacrificios no valieran nada (cfr. Is. 1:10-16; Am. 4:4-6; Mal. 1:10, 13-14).
Jeremías les recordó que Dios no les mandó holocaustos cuando los libró de Egipto sino deseó que su pueblo anduviera por sus caminos y escuchara su voz (cfr. Jer. 7:21-24; Miq. 6:6-8).
Con el tiempo, Israel pudo ver que amor y no sacrificio es lo que Dios verdaderamente quiere (cfr. Os. 6:6).
El salmo 40 menciona específicamente los sacrificios de animales, cereales (oblación), holocaustos y sacrificios por los pecados. Dios no los quiere ni busca, canta el salmista, más bien desea “oídos abiertos para la obediencia” y corazones que se deleitan en la voluntad divina.
El salmo 40:1-11 es clasificado como uno de los todah (to-dáh) salmos (por ejemplo, Sal. 18; 30; 32; 41; 66; 69; 118; 138).
Todah es una palabra hebrea que quiere decir “sacrificio de acción de gracias.” De hecho, fue traducida por la palabra griega “eucharistia,” de donde proviene eucaristía.
Muchos de los salmos fueron escritos para acompañar el sacrificio de acción de gracias (todah), un tipo de “sacrificio de comunión” que incluía una comida sagrada con pan, carne y a veces vino, ofrecidos con familiares y amigos en el Templo (cfr. Lev. 7:1-21).
Una persona realizaba este sacrificio de acción de gracias y alzaba “la copa de salvación” (cfr. Sal. 116:13-14; 17-18) por haber sido liberada por Dios de algo que amenazaba su vida, una enfermedad seria, persecución o un peligro mortal.
Cantando los salmos todah, el que ofrecía el sacrificio glorifica Dios y celebra la nueva vida que le fue otorgada por los hechos maravillosos de Dios.
El Salmo 69 es un buen ejemplo de un salmo todah. Inicia con una súplica de la ayuda de Dios (“Sálvame, oh Dios”), incluye un largo lamento sobre las aflicciones que enfrenta el creyente, y termina por glorificar a Dios con acción de gracias, alabando el nombre del Señor y exhortando a otros a esperar en él.
El Salmo 22 que Jesús oraba en la Cruz es otro salmo todah. El salmo inicia con un llanto de desesperación (“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”). Después narra los tormentos infligidos por manos de los malvados, y concluye con una nota de triunfo, alabando a Dios por escuchar y salvar al salmista.
Muchos otros salmos fueron compuestos como “himnos procesionales” para acompañar los sacrificios de Israel en el Templo. También estos revelan el sentido interior y espiritual de ellos. En estos salmos, el sacrificio se combina con la alabanza de Dios por librar a los israelitas de sus enemigos y opresores (cfr. Salmos 54:6-9; 66:5-9, 13-20; 107:21-22; 116:3-4, 8-9, 17-18).
Al ofrecer alabanza y acción de gracias, el orante estaba comprometiéndose a dar su vida a Dios en acción de gracias: “Cumpliré, oh Dios, los votos que te hice, sacrificios te ofreceré de acción de gracias, pues, rescataste mi vida de la muerte para que marche en la presencia de Dios iluminado por la luz de la vida” (cfr. Salmos 56:13-14; 40:6-8; 51:16-17; 50:14,33; 141:2).
Textos escritos más tarde en el Antiguo Testamento hasta ofrecen “modelos” para el sacrificio de corazón requerido por Dios (cfr.1 Sam. 15:22; Prov. 21:27; Sir. 34:18-19).
Isaías profetiza que Dios mandará un “siervo” que ofreciera su propia vida por el pueblo (cfr. Is. 42:1-4; 49:1-6; 50:4-9; 53:11).
Este siervo es comparado con el cordero de sacrificio quien lleva la culpa del pueblo. Aplastado por los pecados del pueblo, traspasado por sus ofensas, él “da su vida como sacrificio por los pecados” (cfr. Is. 53:1-11).
En el testimonio heroico de sus mártires, Israel también desarrolló el concepto de un pueblo que libremente se entrega en obediencia a la Ley de Dios y hace reparación por los pecados de la nación. (cfr. 2 Mac. 6:12-7:40).
- En todas partes ofrecen sacrificio -
El sacrificio se vuelve alabanza y culto espiritual en el Antiguo Testamento. Pero no se esperaba que el rito sacrificial desapareciera de Israel.
Hasta los profetas, que critican agudamente a los israelitas por su hipocresía, veían un lugar para sacrificio en un nuevo y eterno reino de David (cfr. Jer. 17:25-26; 33:16-18).
Isaías hasta predijo “un altar al Señor” en la tierra del archí enemigo, Egipto. En el reino que vendrá, dijo, hasta los egipcios ofrecerían sacrificios y oblaciones y cumplirían votos al Señor.
En el umbral del Nuevo Testamento, el libro final del canon del Antiguo Testamento, Malaquías, profetiza lo mismo, pero a una escala mucho mayor. Él ve que todos los pueblos del mundo iban a traer sacrificio a Dios.
“Desde levante hasta poniente grande, es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar ofrecen a mi Nombre sacrificios de incienso y oblaciones puras” (Mal. 1:11).
IV. Preguntas para reflexionar
☼¿Cuál fue el primer sacrificio mencionado en la Biblia?
☼¿Quién es el primer sacerdote mencionado en la Biblia?
☼¿Cuál fue el motivo original del permiso para salir de Egipto que Moisés pidió al faraón?
☼¿Qué contenía el Arca de la Alianza? ¿Dónde se guardaba el Arca cuando Israel se hizo un reino?
☼¿Cuáles son los cinco tipos de sacrificio prescritos en el Antiguo Testamento?
☼¿Qué es un sacrifcio “todah”?
- Para meditación personal: -
► ¿Entiendes tu adoración en la Misa como una forma de sacrificio? Prepárate para la Misa dominical leyendo algunos de los salmos todah (por ejemplo, Sal. 22; 69; y 116). Mira cómo esto ayuda a mejorar tu aprecio por la Misa.
► ¿Entiendes la vida como un sacrificio de obediencia a Dios? Lee y reza con los salmos 40 y 50 y medita la historia de los mártires macabeos (cfr. 2 Mac. 6:12-7:40) y pide al Señor la fortaleza de hacerte cada vez más un sacrificio agradable a Él.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Lección Uno
Una introducción bíblica a la Misa
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN:
► Entender las creencias básicas de la Iglesia Católica sobre la relación entre Biblia y Liturgia.
► Entender el fundamento bíblico de la Misa.
► Entender cómo en la Misa la palabra escrita de la Biblia se hace Palabra Viva.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero: Introducción y Capítulo Uno
► San Mateo 26:26-29
► San Marcos 14:22-25
► San Lucas 22:15-20; 24:13-35
► San Juan 6: 22-59; 15:1-10
► 1Corintios 11:23-29
ESQUEMA DE LA LECCIÓN
I. Encontrando la Biblia en la Misa
◊ Nuestro culto es Bíblico.
◊ Palabras de Espíritu y Vida.
II. Encontrando la Misa en la Biblia
◊ La Tradición recibida del Señor
◊ En el Cenáculo
◊ Pan de Vida, Vid Verdadera
◊ La Eucaristía según las Escrituras
III. De la Biblia a la Misa
◊ Escuchando a los apóstoles, partiendo el pan
◊ Escuchar es creer
◊ De vuelta a la Misa
IV. Preguntas para reflexionar
I. Encontrando la Biblia en la Misa
▬ Nuestro culto es Bíblico ▬
La Misa es continuación de la Biblia. En el plan Divino de salvación, la Biblia y la Misa están hechas una para la otra. Tal vez esto es nuevo para usted. De hecho, tal vez usted, al igual que otros muchos, incluyendo muchos católicos, no ha pensado tanto sobre la relación entre Biblia y Misa.
Si alguien preguntara, “¿Qué tiene que ver la Biblia con la Misa?”, muchos podrían contestar, “No tiene mucho que ver”.
Parece una repuesta obvia. Sí, escuchamos lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento en cada Misa, y cantamos un salmo entre estas, pero, aparte de esto, no parece que la Biblia sea tan importante en la Misa.
Sin embargo, cuando usted haya terminado este curso, tendrá una perspectiva distinta— además de un amor y un aprecio mucho más grandes—hacia el profundo misterio de fe en el que entramos en cada Misa.
Empecemos de un solo y miremos la Misa a través de un nuevo lente “bíblico”.
Cada Misa empieza de la misma manera. Nos persignamos y decimos, “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Veremos el porqué de esto después.
Por ahora, notemos que la señal de la cruz empezó con los apóstoles, que “sellaron” a los nuevos bautizados trazando este signo en sus frentes. (cfr. Ef.1.13; Apoc. 7:3).
Las palabras que rezamos cuando nos santiguamos vienen directamente de los labios de Jesús. De hecho, son de las últimas palabras que dirigió a sus apóstoles (cfr. Mt. 28:19).
Continuando con la Misa, el sacerdote nos saluda. Él habla y nosotros respondemos, con palabras de la Biblia. Él dice: “El Señor esté con ustedes”, y decimos, “Y con tu espíritu” (cfr. 2 Tim. 4:22).
En la Escritura, estas palabras son la promesa de la presencia, la protección y la ayuda del Señor (cfr. Ex. 3:12; Lc. 1:28). El sacerdote puede optar por otro saludo, como, “la gracia de Nuestro Señor Jesucristo...” siempre también palabras sacadas de la Biblia (cfr. 2 Cor. 13:13; Ef. 1:2).
La Misa continua así, como un diálogo entre los fieles y Dios, mediado por el sacerdote. Lo que llama la atención—y raras veces reconocemos—es que esta conversación es hecha casi completamente con el lenguaje de la Biblia.
Cuando imploramos, “Señor, ten piedad”, nuestro llanto pidiendo socorro y perdón hace eco de la Escritura (cfr. Sal. 51:1; Bar. 3:2; Lc. 18:13, 38,39). Cuando glorificamos a Dios, entonamos el himno que los ángeles cantaron la primera nochebuena (Cfr. Lc. 2:14).
Hasta el Credo y las Plegarias Eucarísticas están compuestos de palabras y frases bíblicas. Preparándonos para arrodillarnos ante el altar, cantamos otro himno angelical de la Biblia, “Santo, Santo, Santo...” (cfr. Is. 6:3; Apoc. 4:8).
Nos juntamos al salmo triunfante de los que le dieron la bienvenida a Jesús en Jerusalén: “Hosanna, Bendito él que viene...” (cfr. Mc. 11:9-10). En el corazón de la Misa, escuchamos las palabras de Jesús en la Última Cena (cfr. Mc. 14:22-24).
Después, oramos a nuestro Padre en las palabras que Nuestro Señor nos dio (cfr. Mt. 6:9-13). Lo reconocemos con las palabras de San Juan el Bautista: “He ahí el Cordero de Dios...” (cfr. Jn. 1:29,36).
Y antes de recibirlo en la comunión, confesamos que no somos dignos en las palabras del centurión que pidió la ayuda de Jesús (cfr. Lc. 7:7).
Lo que decimos y escuchamos en la Misa nos viene de la Biblia. Y lo que “hacemos” en la Misa, lo hacemos porque se hacía en la Biblia. Nos arrodillamos (cfr. Sal. 95:6; Hech. 21:5) y cantamos himnos (cfr. 1 Mac. 10:7, 38; Hech. 16:25); nos ofrecemos la señal de la paz (cfr. 1 Sam. 25:6; 1 Tes. 5:26).
Nos juntamos alrededor de un altar (cfr. Gen. 12:7; Ex. 24: 4; 2 Sam. 24:25; Apoc. 16:7), con incienso (cfr. Jer. 41:5; Apoc. 8:4), servido por sacerdotes (cfr. Ex. 28:3-4; Apoc. 20:6). Ofrecemos una acción de gracias con pan y vino (cfr. Gen. 14:18; Mt. 26:26-28).
Desde la primera señal de la cruz hasta el último amén (cfr. Neh. 8:6; 2 Cor. 1:20), la Misa es un tapiz de sonidos y sensaciones, tejido con palabras, acciones y accesorios tomados de la Biblia.
Nos dirigimos a Dios en las palabras que Él mismo nos ha dado por medio de los autores inspirados de la Sagrada Escritura. Y Él a su vez, viene a nosotros, instruyéndonos, exhortándonos y santificándonos, siempre por la Palabra Viva de la Escritura.
▬ Palabras de espíritu y vida ▬
Nada de esto es por casualidad.
En el plan divino, la Biblia y la Misa se nos han dado para nuestra salvación —para que podamos penetrar el misterio del plan de Dios, y unir nuestras vidas con Él— La Escritura, dice San Pablo, es “inspirada por Dios” y se nos ha dado “por nuestra salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (cfr. 2 Tim. 3:15-16; Jn. 20:31).
La salvación y la nueva vida que la Escritura proclama son “actualizadas” —hechas reales— en nuestras vidas por o mediante la Misa. Como dijo Jesús: “Si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn. 6:53-54).
Por esto el culto de la Misa es culto bíblico. (Culto, según el Diccionario de la Real Academia Española: “homenaje externo de respeto y amor que el cristiano tributa a Dios”). La Biblia le da a la Misa su “eficacia”, su poder de cumplir lo que promete, su poder de integrarnos en comunión con la verdadera y viva presencia de Jesús.
Nuestro culto puede transformar nuestra vida porque la Palabra bíblica que escuchamos “no es palabra de hombre sino... palabra de Dios”. (1 Tes. 2:13).
El ordinario lenguaje humano, por más bello o persuasivo que pueda ser, nunca podría comunicar la gracia de Dios. No puede santificarnos ni hacernos “participes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1:4).
Solamente el lenguaje sagrado de Dios puede transformar el pan y vino en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor. Solamente el lenguaje sagrado de Dios puede llevarnos a entrar en comunión con el Dios Vivo.
En el plan divino de salvación, la Biblia nos conduce a la Liturgia. En la Liturgia, el texto escrito de la Sagrada Escritura se vuelve la Palabra Viva. El sentido y propósito de la Biblia se cumple en la Misa, las palabras de la Escritura se vuelven “espíritu y vida... palabras de vida eterna” (Jn. 6:63,68).
II. Encontrando la Misa en la Biblia
▬ La tradición recibida del Señor ▬
La Misa es culto bíblico en un sentido aún más obvio.
Es el culto que Jesús mandó a celebrar en su Última Cena.
Cuando San Pablo escribió a los corintios, para corregir abusos en la manera que estaban celebrando la Eucaristía, les recordó la noche en que Jesús fue entregado.
San Pablo les cuenta que Jesús, “tomó pan, dando gracias, lo partió y dijo, ‘Este es mi cuerpo” y de la misma manera “tomó el cáliz... diciendo ‘Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre.’” Recordó además las palabras de Jesús a los apóstoles, “Haced esto en conmemoración mía.”
Aunque San Pablo no estuvo en la Última Cena, les dice que él recibió esta enseñanza de las iglesias fundadas por los apóstoles; y estas, a su vez la recibieron directamente del Señor, por esto dice: “Yo recibí del Señor lo que les transmití.” (cfr. 1 Cor. 11:23-29).
Las palabras en el griego original, que se traducen “recibido” y “trasmitido” son términos técnicos que los rabinos de su época ocuparon para describir el mantenimiento y enseñanza de tradiciones sagradas.
San Pablo ocupa estas mismas palabras cuando habla de su enseñanza sobre la muerte y resurrección de Cristo (cfr. 1 Cor. 15:2-3).
Estas dos sagradas tradiciones —la verdad sobre la muerte y resurrección de Cristo y la verdad sobre la Eucaristía que es el memorial de su muerte—fueron “recibidas” del Señor y “transmitidas” por los apóstoles.
Estas tradiciones fueron inseparables y cruciales para el mensaje de salvación que predicaron.
Por la muerte y resurrección de Cristo, San Pablo dijo: “nos estamos salvando.” En la Eucaristía, ese evento salvífico es “recordado” en una manera que nos comunica la salvación: “Pues cada vez que coman este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Cor. 11:26).
▬ En el Cenáculo ▬
La tradición que San Pablo describe es muy semejante a la que se cuentan en los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas (cfr. Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:15- 20).
Cada cita recuerda el origen de la Eucaristía en detalles no idénticos, pero muy semejantes.
Cada relato dice que fue durante la Pascua, la fiesta que Dios instituyó en vísperas de la huida de Israel de Egipto (cfr. Ex. 12:1-28). También están de acuerdo que fue la noche antes que murió, durante la última comida que compartió con sus apóstoles.
Durante la cena, Jesús tomó pan, lo bendijo, y se lo dio a los discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo.” Tomó el cáliz también, y después de darle gracias a Dios, se lo dio a sus discípulos diciendo: “Esta es mi sangre... de la [nueva] alianza.”
San Mateo y San Marcos dicen que Jesús habló de “la sangre de la Alianza”. Moisés ocupó estas palabras cuando ratificó la Alianza entre Israel y Dios, rociando al pueblo con la sangre del sacrificio (cfr. Ex. 24: 4-8).
San Lucas, como San Pablo, dice que Jesús habló de “la nueva alianza” (cfr. Lc. 22:20; 1Cor. 11:25). Esto probablemente se refiere a la profecía de Jeremías en la cual Dios haría una “nueva alianza” con Israel. En contraste con la Alianza que hizo con el pueblo de Israel cuando lo sacó de Egipto, por esta nueva alianza, él escribirá su ley en sus corazones, no en tablas de piedra (cfr. Jer. 31:31-33; 2 Cor. 3:3).
Jesús en los tres evangelios, hace énfasis en el significado sacrificial de su muerte. Dice que su sangre es “derramada por muchos.” En San Mateo, él se ofrece “por el perdón de los pecados.” Los tres evangelios agregan una nota de urgente expectativa: Jesús jura a sus apóstoles que no beberá de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con ustedes, nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt. 26.29).
▬ Pan de vida, vid verdadera ▬
El evangelio de San Juan no cuenta la historia de la institución de la eucaristía en el Cenáculo. Esto no sorprende, porque le interesa más a San Juan explicar el profundo fondo bíblico de las palabras y hechos de Jesús y en llenar los aparentes huecos en las narraciones de San Mateo, San Marcos y San Lucas. Aunque no nos narra que Jesús dijo: “Esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre,” San Juan nos da dos sermones en que Jesús dice algo muy semejante.
En el primero, predicado en la sinagoga de Cafarnaúm durante Pascua, dice dos veces, “Yo soy el Pan de Vida” (Jn. 6:34, 51). En el otro, durante la Última Cena (cfr. Jn. 13:2,4), Jesús dice dos veces más, “Yo soy la vid” (Jn. 15:1,5).
En las dos escenas, Jesús hace una declaración directa sobre su identidad (“Yo soy”). Ocupa la misma expresión en los dos pasajes para declarar que Él ha venido a ofrecernos una comunión que da vida.
Los que lo comen como el Pan de Vida “permanecen en mí”, dice él. Los que se unen con él por el vino eucarístico, el fruto de la Vid Verdadera, también “permanecen en mí”, nos dice (cfr. Jn. 6:56; Jn. 15:4-7).
▬ La Eucaristía según las Escrituras ▬
En futuras clases, volveremos a estas narraciones del origen de la Eucaristía, y veremos numerosas otras citas del Antiguo y Nuevo Testamento que tienen un sentido eucarístico.
Sin embargo, con los textos que ya hemos visto, podemos trazar un bosquejo de la enseñanza bíblica de la Eucaristía que profundizaremos más adelante.
La Eucaristía tiene que ver con la Alianza entre Dios y su pueblo. Como se ha presentado en los evangelios, la Eucaristía es el momento culminante de la historia de la salvación que se ha ido desarrollando de alianza en alianza en el Antiguo Testamento. Tiene estricta relación con la Pascua de Israel y el Éxodo.
La Eucaristía es sacrificio y es expiación de pecado. Este es el sentido literal de las palabras de Jesús en la Última Cena.
La Eucaristía es un memorial que crea a la Iglesia, el cuerpo de los creyentes. El mandato, “haced esto” llama de la nada a la Iglesia. Por su conmemoración, la Iglesia ofrece la nueva y eterna alianza de Dios a todas las generaciones.
La Eucaristía es comunión en el Cuerpo y la Sangre de Jesús que nos da la vida eterna. Como dice San Pablo de la Eucaristía: “¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo... no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Cor. 10:16).
La Eucaristía es comer y beber en el Reino de Dios hasta que venga el Señor. La Eucaristía recuerda un evento salvífico del pasado, lo revive en el presente, e inspira esperanza en un acontecimiento futuro, la última venida del Señor.
III. De la Biblia a la Misa
▬ Escuchando a los apóstoles, partiendo el pan ▬
Las primeras descripciones de la Iglesia en el Nuevo Testamento son marcadamente “eucarísticas”. San Lucas dice: “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles... [y] en la fracción del pan” (Hech. 2:42).
Las “enseñanzas de los apóstoles” fueron sermones como los que se leen en el Libro de los Hechos de los Apóstoles y en los escritos inspirados por el Espíritu Santo (cfr. 2Pe. 3:15-16; 1 Cor. 2:13).
La “fracción del pan” es la frase que San Lucas ocupa para la Eucaristía (cfr. Lc. 24:35; Hech. 20:7,11).
Entonces, en la descripción más antigua de la vida de la Iglesia, vemos Palabra y Sacramento, Biblia y Liturgia unidos. Y el Nuevo Testamento fue compuesto y desarrollado en el contexto de la oración de la Iglesia primitiva.
Las epístolas fueron escritas en primer lugar para ser leídas públicamente “ante” los reunidos para la Eucaristía (cfr. 1Tesalonacenses 5:26; Col. 4:16; 1 Tim. 4:13).
Los saludos y bendiciones de estas cartas son adaptaciones de oraciones e himnos usados en la liturgia (cfr. 1 Pe. 1:2-5; 1 Cor. 16:22; Col. 1:15-20; Fil. 2:2:11-13).
El libro de Apocalipsis fue escrito para la lectura durante el culto (cfr. Apoc. 1:3). La forma de los evangelios—que narran cortos episodios de la vida y enseñanza de Jesús—probablemente indica que estos pasajes fueron escritos también para lectura en la Misa.
▬ Escuchar es creer▬
“La fe viene del oír [griego akoe, traducida en la Biblia de Jerusalén por predicación]” dijo San Pablo (cfr. Rom. 10:17). Y la Iglesia primitiva pudo oír la Palabra de Dios en la Misa.
Las primeras celebraciones eucarísticas siguieron la misma estructura de dos partes de nuestra Misa actual, lecturas de “las enseñanzas de los apóstoles” seguidas por “la fracción del pan.”
Vemos esto cuando San Pablo celebra la eucaristía en Tróade. Su sermón duró hasta la medianoche, con el resultado que uno de sus feligreses se durmió y cayó por la ventana del tercer piso. Sin asustarse, San Pablo, revivió al hombre y continuando con la oración él “partió el pan” (cfr. Hech. 20.7-12).
Además de las enseñanzas de los apóstoles, las liturgias primitivas probablemente incluían lecturas del Antiguo Testamento.
Este es el testimonio de la descripción más antigua que tenemos de la Eucaristía fuera de la Biblia. Escribiendo sobre esta parte de la Misa en 155 d.C., San Justino Mártir dijo: “Se leen las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas” y después se escucha una homilía (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica #1345).
El uso del Antiguo Testamento en la Liturgia—y en la estructura de dos partes de la Misa—se remonta hasta el ejemplo de Jesús. De hecho, la Biblia y la Misa fueron unidas inseparablemente para siempre por Jesús mismo la noche de la primera Pascua.
San Lucas nos dice que al resucitar, Jesús se encontró con dos discípulos en el camino a Emaús (cfr. Lc. 24:13-35).
No lo reconocieron al principio. Sin embargo, “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas,” Jesús explicó el sentido del Antiguo Testamento a ellos, demostrando cómo todas las promesas de Dios se cumplieron en Él (cfr. Lc. 24:44-48). Mientras les hablaba su corazón “estaba ardiendo dentro de” ellos.
Entonces Jesús se sentó en la mesa, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Noten bien el deliberado uso de San Lucas de las mismas palabras de la Última Cena: En la mesa Jesús, toma el pan, lo bendice...y se lo da (cfr. Lc. 22:14-20).
San Lucas está retratando la Eucaristía, la primera celebrada después de la Pascua.
Primero, Jesús “proclama” las Escrituras, enseñando cómo el Antiguo Testamento se cumple en el Nuevo Testamento hecho con su sangre. Después ofrece acción de gracias por esta alianza en el partir del pan.
Cuando lo hace, se cumple la promesa de las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y se les abren los ojos a los discípulos y “conocen” a Jesús en una profunda comunión.
Desde esa noche, los creyentes nos hemos reunido cada domingo, el día de la resurrección que nosotros conocemos como el Día del Señor (cfr. Apoc. 1:10; Hech. 20:7). En esta asamblea abrimos las Escrituras y partimos el pan.
Y cuando lo hacemos en la Misa, vivimos de nuevo la experiencia de los discípulos en Emaús. Las Escrituras se cumplen, la Palabra de su Nueva Alianza arde como si se escribiera en nuestros corazones; y se nos abren los ojos por la fe al reconocerle en la fracción del pan.
▬ De vuelta a la Misa ▬
Por esto empezamos la misa como lo hacemos.
Jesús dio la comisión a sus apóstoles de predicar su palabra y bautizar a todas las naciones en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo (cfr. Mt. 28:19).
Como hijos e hijas recién nacidos del Padre, los bautizados han alcanzado estar en la mesa familiar de la Cena del Señor. Allá, “gustaron el don celestial y hechos partícipes del Espíritu Santo, han saboreado las buenas nuevas de Dios y los prodigios del mundo futuro” (cfr. Heb. 6:4). Recordamos este legado bíblico y participamos en el inicio de cada Misa. Al persignarnos y repetir las palabras de la comisión final del Señor, recordamos y renovamos nuestra alianza con Dios, alianza hecha en nuestro bautismo.
Los apóstoles iniciaron la tradición de marcar a los nuevos bautizados con la Señal de la Cruz.
Fue el sello de la salvación del Señor (cfr. 2 Cor. 1:22; Ef. 1:13) y una señal de protección por la cual “el Señor conoce a los que son suyos” (2 Tim. 2:19).
El último libro de la Biblia revela que los marcados con “el sello de Dios vivo” en sus frentes serán liberados de la destrucción (Apoc. 7:3; 9:4; 14:1; 22:4) y son convocados a la liturgia celestial “las bodas del Cordero” (cfr. Apoc. 19:7,9; 21:9).
Hemos sido salvados del pecado y la muerte y nos alegramos por ser invitados a la Cena del Cordero. En esto estamos verdaderamente en la Misa.
Ciertamente, Él está con nosotros cuando nos reunimos en su nombre (cfr. Mt. 18:20). Escuchamos el cumplimiento de las palabras de la promesa bíblica, “El Señor esté con ustedes”.
La Biblia termina con la promesa del Señor que vendrá pronto (cfr. Apoc. 22:20). Donde termina la Biblia, empieza la Misa.
IV. Preguntas para reflexionar
☼ Lo que decimos y escuchamos en la misa viene de la Biblia. Dé algunos ejemplos.
☼ Lo que hacemos en la Misa, lo hacemos porque fue hecho en la Biblia. Dé algunos ejemplos.
☼ ¿Por qué solamente la Biblia puede dar a la Misa su poder transformador de vidas?
☼ ¿Cuáles son los detalles de la Última Cena que son semejantes en San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Pablo?
☼ ¿Qué prueba tenemos que la estructura en dos partes de la Misa y el uso del Antiguo Testamento en la liturgia nos vienen de Jesús directamente?
▬ Para meditación personal ▬
► ¿Tu corazón arde cuando escuchas las Escrituras proclamadas en la Misa? Intenta preparar la Misa dominical leyendo y orando sobre las Escrituras que se proclamarán ese día. Mientras lees, trata de entender cómo las promesas de la lectura del Antiguo Testamento se cumplen en la lectura del evangelio.
► ¿Reflexionas sobre el fundamento bíblico de la Misa? Con un espíritu de oración, lee los pasajes bíblicos asociados a los ritos iníciales de la Misa (por ejemplo Mt. 18:20; 28:19-20; 2 Cor. 1:22; 13:14; Ef. 1:2; 1:13; 2 Tim. 2:19; 4:22; Ex. 3:12, Lc. 1:28; Lc. 18:13, 38, 39; Sal. 51:1; Bar. 3:2). Así puedes profundizar tu participación en la Misa.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Scott Hahn | Fuente: EstudioBiblicoCatolico.com
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
La Santa Misa, es tal vez el milagro más grande que Dios nos regala cotidianamente, pero al mismo tiempo es el don menos comprendido ya sea por la rutina de quienes asistimos a ella o por un total desconocimiento de su verdadero valor e importancia.
Estando ya próximos a comenzar a vivir el Año de la Fe, al que nos convoca S. S. Benedicto XVI, nos parece oportuno presentar una serie de boletines de ¡Ser Discípulos!, Aprende a defender tu Fe, con los que exploraremos la relación íntima e inseparable entre la Biblia y la Misa.
Luego de una visión general de la Eucaristía en el Nuevo Testamento, veremos las profundas raíces de la Misa en la historia bíblica del sacrificio – una historia que culmina con la Ultima Cena y la institución de la Eucaristía.
El Doctor Scott Hahn, autor del texto original en que se basará esta serie de publicaciones, es un ex ministro presbiteriano converso al catolicismo luego de un largo itinerario espiritual lleno de sincero amor a Dios y sobre todo de estudiar las Escrituras con un corazón sincero y abierto para encontrar la verdad.
Parte de aquella verdad encontrada por él es la que presentaremos a ustedes en estos seis boletines. Si eres católico de toda la vida, el Dr. Hahn probablemente te dejará con una apreciación de la Misa totalmente nueva.
Si has ingresado en la Iglesia, estás pensando en llegar a una plena comunión con ella o tan sólo sientes alguna curiosidad sobre las creencias católicas, entonces este material te mostrará una dimensión del catolicismo en la que probablemente nunca habías pensado.
Entre otros, esta serie de boletines tiene los siguientes objetivos:
► Entender las creencias básicas de la Iglesia Católica sobre la relación entre Biblia y Liturgia.
► Entender el fundamento bíblico de la Misa.
► Entender la base bíblica del Rito de Penitencia y el Gloria en la Misa
► Entender como se adoraba a Dios en el Antiguo Testamento
► Entender el concepto del sacrificio en el Antiguo Testamento
► Entender la muerte de Jesucristo en la Cruz como sacrificio
► Ver el paralelismo entre los sacrificios del Antiguo Testamento y el sacrificio de Cristo en la Cruz
► Entender cómo el sacrificio nos es re-presentado en la misa
► Entender el lugar de la Escritura en el centro de la liturgia
► Ver la Escritura como un encuentro con Cristo, la Palabra Viva de Dios
► Ver cómo la Liturgia de la Palabra nos prepara para la Liturgia de la Eucaristía
► Entender las profundas bases bíblicas de la Liturgia de la Eucaristía.
► Entender cómo la Misa que celebramos en la tierra es una participación de la liturgia celestial.
► Entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
► Entender la Eucaristía como parusía, la “venida” de Cristo, y como el pan de cada día por el cual pedimos en el Padre Nuestro.
Esta serie de publicaciones será posible gracias a la autorización expresa que el Dr. Scott Hahn y elCentro de Teología Bíblica San Pablo nos han otorgado.
Este material será enviado cada día sábado a partir del 29 de septiembre hasta el 3 de noviembre de 2012.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: María Mensajera | Fuente: Adoraciòn Nocturna Española en Santander
Testimonio del P. Derobert, hijo espiritual del Padre Pío.
El Padre Derobert, hijo espiritual del Padre Pío, explica el sentido que tenía la Misa para el Santo de Pietrelcina: “El me había explicado poco antes de mi ordenación sacerdotal que celebrando la misa había que poner el paralelo su cronología y la cronología de la Pasión de Cristo.
Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el altar es Jesucristo. Y desde ese momento Jesús en su sacerdote revive indefinidamente su Pasión”.
Y este es el itinerario de la cronología y orden en paralelo de la Misa y de la Pasión:
1.- Desde la señal de la Cruz hasta el Ofertorio: Es el tiempo de encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la marea negra del pecado. Unirse a Él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica hay que escuchar las lecturas de la Misa que están dirigidas personalmente a mí y a nosotros.
2.- El Ofertorio: Evoca el arresto de Jesús. La Hora ha llegado…
3.- El Prefacio: Es el canto de alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar a esta Hora.
4.- Desde el comienzo de la plegaria eucarística hasta la consagración: Empezamos encontrándonos con Jesús en prisión para después hacer memoria y celebración de su atroz flagelación y coronación de espinas. Seguimos con su Vía Crucis, el camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén –imagen de todo el mundo y de toda la humanidad-, teniendo presentes en el “memento” a los que están allí, en la Misa, y a todos.
5.- La consagración: Se nos da el cuerpo de Cristo, entregado de nuevo ahora. Es místicamente la crucifixión del Señor, y por eso el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa, durante la consagración.
6.- Las plegarias inmediatamente posteriores a la consagración: Nos unimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante al Padre el sacrificio redentor. Es el sentido de la oración litúrgica inmediatamente después de la consagración.
7.- La doxología final, “Por Cristo, con Él y en Él…”: Corresponde al grito de Jesús “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…”. Desde este momento, el sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora ya no están separados de Dios, se vuelven a encontrar unidos. Y esa la razón por la que a continuación de la doxología se reza el Padre Nuestro.
8.- La fracción del Pan: Marca la muerte de Jesucristo.
9.- La intinción y posterior comunión: La intinción es el momento en que el sacerdote, habiendo quebrado la sagrada hostia, símbolo de la muerte, deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el cáliz de su preciosa sangre. Marca el momento de la resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y a Cristo crucificado y resucitado a quien vamos a recibir en la comunión.
10.- La bendición final de la Misa: Con ella el sacerdote marca a los fieles con la cruz de Cristo como signo distintivo y, a su vez, escudo protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión como Jesucristo, tras su Pasión y ya resucitado, envío a sus apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net
¿Cuándo será el fin del mundo?
Entrevista al P. José Antonio Caballero, profesor de Sagrada Escritura en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma) sobre el fin del mundo, el calendario maya y el año 2012.
-Usted ha escrito una tesis doctoral sobre el Apocalipsis de san Juan y es profesor de temas de Sagrada Escritura. ¿Cómo es que de la Biblia ha pasado a interesarse por la cultura maya?
-No he sido yo el que he pasado del interés en la Escritura a los mayas. Han sido determinados ambientes culturales y aun el mismo Hollywood quienes lo han hecho; este paso no es sino confusión de lo que es “apocalíptico” con el fin del mundo.
Podemos decir que en el fondo se trata de cierto ambiente cultural con visos de seriedad científica, arqueológica y astronómica. Me explico, en el habla normal se tiende a denominar apocalíptico todo lo relacionado con catástrofes o cataclismos.
Por ejemplo, en la película “2012” un curioso personaje llamado Charlie Frost, sugiere la construcción de astronaves para escapar del peligro de un inminente “arrebato”, “apocalipsis o fin de los tiempos”, que no sería para él sino algo vaticinado por la Biblia y por los mayas.
Ante esta confusión, que por lo que veo, es también difusión, recibí la invitación de impartir una conferencia –a la que han seguido varias– sobre el Apocalipsis de Juan y de paso contestar a ciertos interrogantes que han estado circulando desde hace tiempo. También me he percatado de que cunde mucho temor entre varias personas.
Al respecto, conviene tener en cuenta que el Apocalipsis no se compuso para instar al miedo, sino a la confianza en Dios. Donde hay temor no está Dios. El mensaje de Cristo resucitado es “la paz esté con vosotros” y la paz es lo más cercano que hay a la felicidad: de hecho en Jn 20,19-20, los apóstoles pasan del temor a la alegría al ver al Señor resucitado en medio de ellos.
-¿Desde hace cuánto tiempo pervive este ambiente cultural?
-Ya con el acercarse del año 2000 volvió a cundir esta psicosis sobre la inminencia del fin del mundo. Como en el año 2000 no se tuvo ningún fin, dado que la cuenta larga del calendario maya concluye en el solsticio de invierno de 2012, para algunos se ha tratado de una advertencia sobre todo un cúmulo de catástrofes que ocurrirían a partir del año 2012, a lo que suman algunos argumentos con base en el “calentamiento global”.
Sin embargo, el calendario maya concluye en 2012 no para significar el fin del mundo, sino porque ya no pudieron ir elaborando más su calendario, dada la llegada de los españoles. Para el maya el tiempo es cíclico, no linear. La idea de un inicio y un final de los tiempos es del todo ajena a la mentalidad maya.
-Entonces, ¿el fin del mundo no será en 2012?
-Solamente lo sabe Dios, y Él no quiere que estemos obsesionados por ese tema. A lo largo de la historia de los hombres, después de Cristo, muchos han pretendido predecir la inminencia del final de los tiempos, pero basta leer la segunda carta a los Tesalonicenses para darse cuenta de que no se trata sino de un escollo del que no siempre nos hemos sabido librar.
Así Pablo dice: “no os turbéis de ligero, ni no os alarméis ni por espíritu, ni por discurso, ni por epístola, como si fuera nuestra, como si el día del Señor fuera inminente. Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía, ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición” (cf. 2Cor 22,-3).
Muchos han olvidado el “nadie os engañe de Pablo” y han conservado sólo la manifestación del hombre de la iniquidad”. Por otro lado, en Mt 24,36 Jesús dice claramente: “de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángel del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”.
-¿Puede citar más personajes que hayan intentado vaticinar el fin del mundo?
-Massimo Introvigne, famoso estudioso italiano de las religiones, en una de sus obras afirma con acierto que pocas enseñanzas de Cristo se han revelado de tan difícil aplicación como el pasaje de Mt 24,36 (M. Introvigne, “Le nuove religión”, Milano 1989, 109).
Él inicia así el estudio de la corriente adventista en la que han influido ciertas interpretaciones rabínicas, y talmúdicas medievales, que a su vez se esforzaban por calcular la fecha de la venida del “verdadero mesías”, esperado por grupos judíos milenaristas de los años 968, 1352, 1358, etcétera.
Sin embargo, ya para el siglo II d.C., a pesar de las advertencias de Pablo en 2Tesalonicenses, Montano se hacía pasar por el Espíritu Santo y afirmaba que la segunda venida sería inminente en el llano de Pepuza (lo que hoy es Turquía), sin que nada ocurriera.
Introvigne, sin embargo, observa que las premisas del adventismo moderno se remontan a las especulaciones en torno a la Revolución francesa que para muchos estuvieron cargadas de profundo significado profético. Como el Papa Pío VI fue puesto en prisión por los soldados franceses (el 15 de febrero de 1798), muchos veían en ello el final del pontificado romano, aplicando erróneamente al Papa la expresión de “hijo de la perdición”.
Así es como se llega a la figura de William Miller quien en al menos tres ocasiones pretendió basarse en la cifra de los mil 260 días/años de Ap 11,3 para predecir la fecha del fin del mundo sin que tampoco ocurriera nada. Luego fue el turno de otros personajes propios de los testigos de Jehová: Charles T. Russell y J. Rutherford; adujeron por escrito fechas para el final de los tiempos como 1914, 1925, sin que tuviera lugar la “parusía” de Cristo.
Ante la decepción de la llegada del Mesías, añadieron que Cristo habría diferido su segunda venida por motivos misteriosos. Finalmente, sus seguidores hicieron correr la voz de que la fecha indicada sería para el año 1975, pero el fracaso de la predicción fue claro.
-¿La Biblia habla entonces del fin del mundo sí o no?
-La Biblia habla del fin del mundo, claro está, pero nunca ha dicho cuándo será. Más aún es propio del pensamiento judeocristiano, el considerar que Dios crea las cosas con su palabra (Génesis 1-2; Isaías 40,26), de la nada (2Macabeos 7,28), que todo es bueno y tiene un inicio en Él, y que todo, su vez, tiene un fin en Él (Apocalipsis 21 y 22). Nadie puede saber más que Cristo, quien a las claras afirmó que no lo sabía. ¿Hemos de suponer que hay gente que sabe más que Él?
-¿Este modo de pensar aportando fechas para el fin del mundo es correcto según las enseñanzas de la Iglesia Católica?
-Se trata de una herejía denominada “milenarismo”; que se podría definir como especulación sobre la fecha precisa sobre el final de los tiempos, que tendría lugar al cabo de un periodo de paz y prosperidad (que duraría mil años), con base en algunos pasajes de la Escritura, interpretados de modo literal o fundamentalista y no en su sentido simbólico. Tales textos han sido Daniel 4,1-34; 7,25; 8,14; 12,7.11-12, y Apocalipsis 11,2-3; 20,1-10.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Oscar Gerometta | Fuente: Cristiandad.org
Introducción en las pautas esenciales de análisis y comprensión del problema sectario.
Informar y orientar a nuestras comunidades, en base a un lúcido discernimiento, acerca de las formas religiosas o para-religiosas … y las distorsiones que encierran para la vivencia de la fe cristiana
Documento de Puebla n. 1669
Hablar generalizando es una tentación permanente, sobre todo en un fenómeno como el que nos ocupa, las generalizaciones están al orden del día. Cuando nos ocupamos de las "sectas" una de las grandes tentaciones es hacer también una caracterización global de un fenómeno que es singularmente amplio, diverso y no de fácil comprensión.
La diversidad de origen histórico de los distintos grupos, la variedad de sus fuentes doctrinales y rituales, junto con la enorme variabilidad doctrinal que engendra todo sincretismo, hacen utópico todo intento de dar una visión unificada del fenómeno sectario.
Por esto mismo no es posible caracterizar sencillamente a las sectas, de un modo tal que todas puedan considerarse abarcadas por esas características. Esta dificultad la apuntamos y experimentamos al intentar elaborar una clasificación suficientemente abarcativa y clarificadora.
Pero por otro lado, no podemos ignorar que el fenómeno en su conjunto responde a una problemática cultural que sí es única, y por lo tanto, a partir del hecho de que la diversidad religiosa es síntoma de un mal social único, podemos referir algunos puntos comunes no a cada grupo en particular, sino al hecho social y religioso en su conjunto. Son esos puntos los que queremos ahora detenernos a enunciar brevemente, a modo de un borrador que sirva para una mayor profundización de la situación.
Un denominador común: el subjetivismo religioso
Un hecho sociológico transportado a la religión: el individualismo
Un fenómeno en expansión: la lectura heterodoxa de los textos sagrados
La lectura fundamentalista
La lectura ocultista
Al realizar nuestro recorrido histórico del desarrollo del fenómeno y repasar los acontecimientos que jalonaron el surgimiento de las iglesias protestantes alrededor del movimiento reformista del siglo XVI, hemos destacado el hecho de que la introducción del principio de "Libre Interpretación" de las Escrituras significó la introducción en la estructura eclesiológica de Occidente del subjetivismo religioso.
Según define el diccionario, el subjetivismo en materia filosófica es el punto de vista "según el cual lo decisivo para el valor del conocimiento no es el objeto, sino la constitución del sujeto…".
Trasladado al ámbito religioso, cuando hablamos de "subjetivismo religioso" nos referimos al fenómeno moderno que ha implicado que la búsqueda religiosa del hombre contemporáneo se haya desplazado de una búsqueda de comunión objetiva con la Trascendencia a la mera búsqueda de la experiencia íntima y personal de "lo divino".
Como expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, "el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios". Esta búsqueda o deseo de Dios es lo que los hombres han expresado a lo largo de la historia bajo la forma de diferentes creencias y comportamientos rituales.
Esta búsqueda es la búsqueda de la comunión con la Trascendencia en la que anhelamos encontrar la cura para la angustia de nuestro ensimismamiento. Es la búsqueda de la unión con el Todopoderoso que nos permite trascender los límites de nuestra condición limitada. Es bucear en la realidad en busca de un Otro, de un Distinto del hombre que pueda dar respuesta a las angustias que brotan de su propia experiencia de contingencia.
Por esto a lo divino, lo misterioso, lo trascendente, se lo ha definido como lo "totalmente otro", en definitiva, como lo máximamente objetivo. De aquí que la experiencia básica del hombre religioso es la de lo divino como algo total y absolutamente distinto del hombre, como un Otro objetivo que se le impone: a la contingencia de la profanidad de lo humano se contrapone la absoluta necesidad de lo sagrado, como absoluta y totalmente distinto del hombre, y por lo tanto, como esperanza de solución para el dilema de la contingencia.
Este era, desde el principio de los tiempos y hasta el nacimiento de la modernidad, el denominador común de toda experiencia religiosa: lo divino como una realidad que se impone al hombre y que desde su objetividad es aceptada o rechazada por el individuo, siendo su aceptación el punto de partida para el desarrollo del hecho religioso de comunión con lo divino, y de allí para la experiencia subjetiva de comunión con la divinidad.
Esta misma es la objetividad de lo Cristiano: Jesús, el Cristo, es propuesto por su Iglesia a todos los hombres como Camino, Verdad y Vida, como única respuesta valedera a ese deseo de Dios inscrito por Él mismo en el corazón de todo hombre, un corazón humano que debe enfrentar, desde la intimidad de su respuesta libre, el desafío que el llamado evangélico supone.
En esta decisión libre, a la que llamamos "conversión", se funda la verdadera comunión con lo Divino:"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo". A esa experiencia íntima y personal de Comunión, fruto de una conversión objetiva al Dios Trino que se descubre como totalmente Otro, es a la que llamamos "experiencia religiosa".
Esta experiencia religiosa es el eco subjetivo y personal de la realidad objetiva de la conversión. El "sentimiento" religioso es estable y profundo, cuando es consecuencia de el encuentro personal con Dios. De este modo, el objeto primero de la búsqueda religiosa es el encuentro objetivo con la Divinidad.
La modernidad en cambio, ha desplazado la objetividad de esta experiencia al plano de lo puramente fenomenológico y por ende subjetivo; convirtiendo en meta de la conversión no el encuentro con Cristo, sino la experiencia de "sentirse" salvado.
Ya no importa encontrar la respuesta a las expectativas más profundas del hombre en la objetividad del Dios que se manifiesta como respuesta verdadera a esos interrogantes, sino que la preocupación está puesta en alcanzar un sentimiento de redimido, sin importar en el fondo si tal sentimiento está fundado en la realidad objetiva e inconmovible de la Gracia o no.
De este modo se deja de lado toda referencia al ámbito de lo real para sumergirse en el lenguaje de lo experiencial y subjetivo. La preocupación no es ya conocer a Dios, sino solamente "sentirlo" y "sentirse" conocido y amado por Dios.
Este camino frustra esa expectativa de trascendencia que está encerrada en el corazón de todo hombre. La frustra, ante todo porque deja al hombre librado a su propia limitación y contingencia, limitación que por experiencia conoce como insalvable, y a la que se despoja de la esperanza que asegura la trascendencia y permanencia de lo divino.
Pero la frustra también, porque encierra al hombre en su soledad, aislándolo de la necesaria referencia a la experiencia objetiva comunitaria de salvación que funda al verdadero Pueblo de Dios: la comunión sólo puede fundarse en la experiencia común, y esto requiere un objeto común.
De este modo, el mismo sujeto que experimenta la omnipotencia de "sentirse salvado", sufre paralelamente la angustia de sentirse sumergido en la noche solitaria y triste del individualismo. Debe ahora buscar la experiencia de "sentirse" miembro de una comunidad. Pero el Pueblo de Dios es la comunidad de los que han sido salvados por Cristo, no de aquellos que se "sienten" salvados por Él.
Un hecho sociológico transportado a la religión: el individualismo
El subjetivismo inhabilita al hombre para la comunión, por eso está inevitablemente unido a otro fenómeno de la transición de este milenio: el individualismo.
En el ámbito sociológico este avance del individualismo se ha plasmado es una serie de estructuras sociales que, aún cuando se sigue definiendo a la familia como la célula de la sociedad, están privilegiando al individuo por encima de la familia.
Quizás el fenómeno cultural más evidente y a la vez el menos debatido es esta tendencia a considerar al individuo como un ente con sentido y razón en sí mismo, desgajado de su historia (su familia de origen) y de su futuro (su proyecto de familia).
Este fenómeno quizás sea necesario referirlo al rol creciente que se ha dado a partir de fines del siglo XVII, a la afirmación de la libertad individual muchas veces como contrapuesta y por encima del bien común. De este modo se ha eliminado progresivamente todo elemento que permita presumir al menos una mínima limitación al ejercicio de una libertad que se supone erróneamente absoluta.
De este modo el hombre se ha ido despojando progresivamente de su historia, luego de los nexos nacionales, más tarde de los esquemas culturales, y en este último tiempo de su referencia familiar. Así ha eliminando toda referencia a una comunidad verdadera, aún a la más elemental y primaria: la comunidad familiar.
Como consecuencia inmediata podemos observar una cultura en la que se presentan habitualmente como contrapuestos el bien común y la felicidad personal, y que por ende procura reemplazar la verdadera comunidad de vida por una libre asociación transitoria fruto de la comunidad de intereses.
El ejemplo más claro podemos encontrarlo en el intento de la década del ´90 de reemplazar la comunidad familiar por modelos alternativos en los que la convivencia se limita a la compañía eliminando radicalmente toda comunidad de proyecto de vida.
Pero esto no es sólo un problema social, sino que implica también un desafío directo para todos las propuestas religiosas. Toda religión supone una comunidad en la cual, desde la objetividad de la experiencia de lo divino, se comparte el recuerdo de la experiencia fundante y el esfuerzo por caminar hacia la comunión definitiva con la Trascendencia.
Esta comunidad religiosa podrá permanecer simplemente como tal o plasmarse en estructuras sociales que canalicen ese recuerdo y ese proyecto (estructuras a las que en el contexto del cristianismo denominamos "iglesias"), pero en todos los casos mantiene su identidad comunitaria; y, a la vez que ofrece al individuo una referencia estable y segura, exige también de este su aceptación y asimilación al proyecto que se manifiesta como común.
De este modo toda comunidad religiosa supone para el individuo que en ella se inserta ambivalencia: por una parte la seguridad que es consecuencia de la objetividad de la experiencia religiosa, por otra la limitación que supone aceptar una tradición heredada y la responsabilidad de un futuro común.
Esta ambivalencia se ha hecho difícilmente tolerable para el hombre contemporáneo infectado de individualismo.
Es que por un lado se ha desplazado la preocupación de la comunión objetiva a la subjetividad de la vivencia personal; por otro, la aceptación de una comunidad supone una renuncia libre para la que no estamos culturalmente preparados.
Es mucho más tentadora la posibilidad de poder construir, desde la que considero como mi experiencia personal de lo divino, una fórmula religiosa personal en la que combinen los elementos que más condicen con mi sentimiento personal sin ligarme necesariamente a normas o moldes comunitarios que limitan mi libertad.
Es así que nos encontramos con el fenómeno de que el fin de este milenio asiste por un lado a un reverdecimiento de la necesidad subjetiva de una referencia trascendente, y por otro a la negación sistemática de ligarse a una comunidad religiosa claramente estructurada. Esto explica también el fenómeno del tránsito fluido a través de grupos religiosos inmensamente diversos, y el clima general de "deísmo" que vive nuestra sociedad, de espiritualidad sin religión.
El hombre del tercer milenio se siente solo ante la inmensidad de lo divino, y ha perdido la seguridad que transmite la pertenencia al Pueblo de Dios. Hastiado de soledad busca la pertenencia a una comunidad, pero se niega a renunciar a algo de la ilusión de su libertad.
¿Cómo encajan en este planteo las numerosas "comunidades" que surgen cada día? Encajan como respuesta a la angustia de la soledad. El subjetivismo nos deja solos y sin pertenencia. Requerimos de un esquema de pertenencia pero ya no podemos encontrarlo en el hecho de compartir una experiencia objetiva. Aquí surgen las "comunidades" nucleadas no en la aceptación de una realidad común sino en el esfuerzo de compartir un afecto.
Son las comunidades de los que "se sienten salvados". Los nuclea el esfuerzo por alcanzar una experiencia, esto es lo que las hace particularmente peligrosas estas comunidades para la psiquis de sus miembros: las personas se engregan acríticamente buscando "experimentar" a Dios, y para lograr esa experiencia están dispuestos a abandonar todas sus defensas personales.
Pero por otro lado, como la experiencia personal es algo intransferible, y en el caso de que se alcance, lábil (no duradero), las comunidades tampoco son estables: sus miembros permanentemente migran por cansancio o rechazo, en busca de otra comunidad que prometa la "experiencia".
Un fenómeno en expansión: la lectura heterodoxa de los textos sagrados
Pero el drama de la libertad no sólo se expresa en el aspecto vivencial comunitario, sino que se vuelve mucho más terrible cuando se instaura en el orden intelectual y se quiere reivindicar como libertad para la interpretación del mensaje revelado. El fundamentalismo contemporáneo, en el ámbito del cristianismo, no es más que un hijo no querido del subjetivismo de la libre interpretación.
Es que, como señalara el Concilio Ecuménico Vaticano II en lo que se refiere a la interpretación de las Sagradas Escrituras:
"Habiendo, pues, hablado Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y qué quiso Dios manifestar con sus palabras.
"Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a ´los géneros literarios´, puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: históricos, proféticos, poéticos o en otras formas de hablar.
Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia, según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época…"
Es decir, la recta interpretación de las Sagradas Escrituras exige que la pauta de interpretación sea la realidad histórica del momento en que el texto fue escrito. Pero en este sentido hay dos tentaciones fundamentales:
Hija del subjetivismo y de la libre interpretación, acunada en los brazos del pietismo, se ha gestado una forma de lectura del texto bíblico que prescinde totalmente del contexto histórico en que fueron escritos los distintos libros que lo componen, dejando de lado todo el instrumental de interpretación que hoy llamamos "exégesis" y, lo que es peor, la interpretación tradicional de los textos bíblicos dentro de la Iglesia, para simplemente procurar "entender lo que me dice el texto", ignorando de este modo la objetividad del texto y dejándolo librado al capricho del lector de turno. Esto es esencialmente lo que denominamos una "lectura fundamentalista".
Por otro lado, siempre existe la tentación de lo novedoso, por lo que en los casos en que la interpretación tradicional de un texto no alcanza o no se ve como suficiente, y la interpretación fundamentalista resulta muy primitiva, no es extraño que se eche mano de elementos ajenos a la historia de la redacción del texto bíblico tales como los principios del ocultismo teosófico, o alguna pretendida revelación mantenida oculta desde tiempos inmemoriales, cuando no de los mensajes recibidos por algún canalizador, vidente o profeta de turno.
Esta forma de interpretación totalmente espúrea y ajena al espíritu verdaderamente cristiano, constituye lo que podríamos denominar una "lectura ocultista" de las Escrituras.
Pero atención. Hasta aquí hemos descrito el fenómeno que denominamos "lecturas heterodoxas" tomando como base el texto bíblico. Nos ha parecido el modo más directo de explicar lo que entendemos por lectura fundamentalista y lectura ocultista.
Pero este fenómeno no se circunscribe a los textos fundantes del cristianismo. Se trata solamente de un modo de ejemplificar lo que podríamos llamar más genéricamente como "lecturas aberrantes de textos sagrados" y que se dan hoy en casi todas las religiones: islamismo, budismo, brahmanismo, etc.
El fundamentalismo y el ocultismo son dos estructuras mentales que hacen estragos en cualquier cultura y en todo contexto religioso. Dos de los gérmenes que carcomen las entrañas de nuestras culturas globalizadas.
La lectura fundamentalista
Denme una cita bíblica…
Dado que el propósito primero de la lectura bíblica debiera ser que el hombre se encuentre con lo que Dios quiere manifestar a quien lo busca con corazón recto, o lo que Pío XII llama "descubrir y exponer el sentido genuino de la Sagrada Escritura", el objeto primario de esa lectura tendría que ser la determinación de lo que llamamos el "sentido literal" de las Escrituras.
Para esto, según dice el mismo Papa, es preciso valerse "del conocimiento de las lenguas, ayudándose del contexto y de la comparación de otros pasajes análogos", pero como estos textos han sido redactados en el seno de una comunidad perfectamente identificada (el Pueblo de Dios), y para esa misma comunidad, alcanzar el recto significado de los mismos exige también tener en cuenta el sentido que ese Pueblo de Dios dio a esas palabras a lo largo de la historia, y cómo las enseñó.
Es decir, una recta interpretación del texto bíblico exige un doble parámetro de objetividad; por una parte una objetividad referida a lo que materialmente dice el texto mismo que lo que exige contextualizarlo en la cultura y el tiempo histórico en el que fue escrito; y por otra, una objetividad referida al autor y destinatario del texto, lo que requiere la consideración del modo particular en que ese texto ha sido leído a la largo de la historia por la Iglesia.
Esta doble objetividad es la que nos pone permanente a salvo de la tentación del fundamentalismo.
Pero el fundamentalismo arrebata el texto del seno de la comunidad desde la cual y para la cual fue concebido, convirtiéndolo en un libro sin autor y sin destinatario, desvinculándolo de la lectura que de él han realizado los cristianos a través de los siglos; convirtiéndolo de este modo también en un escrito atemporal, sin situación cultural e histórica concreta, sin otro parámetro de interpretación auténtico que no sea lo que este lector aislado en el tiempo y el espacio cree encontrar en el texto.
Por eso toda lectura fundamentalista, tanto de la Biblia como de cualquier otro texto sagrado (p.e. el Corán) se reduce a una lectura del libro por o a través del mismo libro. Esto quiere decir que el único parámetro de interpretación auténtico que se reconoce en toda lectura fundamentalista son los textos paralelos, las menciones posteriores, las citas cruzadas, etc..
Sin duda que estos elementos constituyen una herramienta importante para la interpretación de todo texto sagrado, pero de ningún modo son la única, ya que no se puede ignorar la importancia que tienen el contexto histórico y cultural en el cual fue escrito y para el cual está destinado, y por sobre todo, la lectura que realiza la la comunidad desde la fe.
Pero la dificultad no queda simplemente reducida a que el fundamentalismo conduce necesariamente a un empobrecimiento arbitrario de la lectura del texto sagrado. Si tenemos en cuenta la amplitud y vastedad del texto bíblico, así como la variedad de géneros literarios y épocas de composición de los distintos textos, y se lo combina con una lectura fuera del debido contexto, el resultado será la posibilidad de fundamentar prácticamente cualquier opción personal a partir de un texto bíblico.
Y esto no es una mera hipótesis… el "flirty fishing" de los Niños de Dios, la negativa a recibir transfusiones de sangre de los Testigos de Jehová, el frenesí paramilitar de grupos apocalípticos como el de Waco, no se pueden justificar solamente a partir de una presunta actitud de fanatismo religioso, sino que encuentran un sostén religioso a partir de una lectura fundamentalista de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
El fundamentalismo ha sido y será siempre la tentación para el espíritu religioso simple que tiende a rechazar los artilugios muchas veces vanamente artificiosos de la especulación racional, tentación que abre la puerta al fanatismo y al sectarismo de cualquier tipo. Si se acepta el punto de partida del fundamentalismo, parafraseando a Arquímedes podríamos decir: "…denme una cita bíblica y justificaré lo que sea".
La lectura ocultista
Busca la sabiduría y corre tras ella…
El fundamentalismo es la tentación de rechazar todo elemento interpretativo que no sea el mismo texto sagrado.
Pero hay otra tentación que evidentemente ha rondado los ambientes cristianos desde la época de los mismos apóstoles: la introducción de elementos parcial o totalmente ajenos a la fe y el contexto cultural bíblico, como pautas de interpretación del texto bíblico; a esto parece referirse la carta a los Gálatas cuando afirma:"… aún cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!".
Estas formas de lectura heterodoxa contemplan la introducción de todo tipo de elementos realmente ajenos a la tradición religiosa de origen.
En algunos casos se introducen escritos de un estilo pretendidamente semejante al de los escritos bíblicos, surgidos en un contexto cultural relativamente cercano al de los hagiógrafos, aunque totalmente ajenos al canon de las Escrituras.
Escritos antiguos, redactados en los últimos siglos del período del Antiguo Testamento o los primeros de la Era Cristiana, muchos de ellos de origen claramente heterodoxo, que pudieron en algún momento haber tenido cierta aceptación dentro de la iglesia primitiva aunque nunca fueron aceptados como verdadera Revelación.
Es el caso de los escritos denominados Apócrifos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En su momento muchos de ellos fueron elaborados a partir de sectas heréticas de los primeros siglos que pretendían dar su propia versión de los dichos y hechos de Jesús de Nazaret.
Hoy en día su uso es particularmente habitual entre algunos grupos ocultistas o gnósticos que reivindican ser la verdadera continuidad del cristianismo, los poseedores de la verdadera doctrina cristiana que se hallaría corrompida en la predicación de la Iglesia.
Escritos modernos, casi contemporáneos, que plagian burdamente el estilo sobre todo del Antiguo Testamento, y que son presentados como un complemento necesario del texto bíblico que ha permanecido oculto hasta ahora por algún designio particular.
Tal es el caso del Libro de Mormón de la Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día, especie de tercer testamento que la humanidad ha recibido a través de José Smith. Es habitual que en estos casos el escrito nuevo se considere como más importante para la vida del grupo que la Biblia misma.
En otros casos se trata de verdaderos escritos modernos, frutos de alguna revelación o iluminación particular que recibe el vidente, y que se convierten en la clave de interpretación necesaria del texto bíblico sin la cual toda interpretación bíblica es considerada falsa.
Este es el caso de tanta profecía que se convierte en "oficial" dentro de muchas sectas, también el del Principio Divino de la Secta Moon, Ciencia y Salud como clave de las Escrituras de Mary Baker Eddy, fundadora de la Ciencia Cristiana, etc.. Según algunos especialistas tendrían un rango semejante las interpretaciones bíblicas que realiza la revista Atalaya para los Testigos de Jehová.
Esta misma jerarquía adquieren las visiones, revelaciones o interpretaciones de textos sagrados que hacen diversos videntes o profetas en cuyo entorno se cultivan conductas de corte sectario dentro de muchas comunidades cristianas.
Tanto los grupos adscriptos al Movimiento de la Nueva Era, como los grupos de doctrina de origen oriental que se desempeñan en un medio culturalmente cristiano, suelen afirmar que su doctrina o enseñanza es perfectamente compatible con la fe cristiana. A partir de aquí, si bien aceptan y "veneran" el texto bíblico, no lo consideran propiamente como Palabra de Dios, y colocan junto a él algunos de los libros sagrados de las grandes religiones de Oriente cuya lectura e interpretación ocupa casi toda su atención. Este es el caso por ejemplo del Bhagavad Gita en el Hare Krishna.
Dentro de la predicación de los grupos ocultistas existe la creencia en que la sabiduría que ha de posibilitar a los seres humanos alcanzar la verdadera felicidad ha sido revelada a los hombres (bien sea en los tiempos primordiales, o modernamente a algunos elegidos) por seres divinos, y que es transmitida a lo largo de la historia por ciertos "maestros" o "iluminados".
Esta transmisión se daría originalmente dentro de las órdenes mágicas, las logias u otras asociaciones semejantes, a las que sólo pueden ingresar los iniciados.
Esta "sabiduría", mantenida oculta a lo largo de los siglos y transmitida dentro de estos grupos iniciáticos, es a su criterio la verdadera clave de interpretación de toda la realidad, y por supuesto que también de la Biblia (cuando se la acepta como un libro sagrado).
Esta es la modalidad de lectura bíblica a la que asistimos dentro de muchas sectas platillistas (que pretenden encontrar en la Escritura rastros de antiguas visitas alienígenas), y de la vanguardia New Age que apela a fuentes como Isis Desvelada de Madame Blavatsky, o a los escritos de Saint Germain, Eliphas Levi, o Papus como herramienta de interpretación de la verdad revelada.
Sin duda que el término de "lectura ocultista" se aplica con mayor propiedad a la última modalidad descripta, pero podemos generalizar el término a todo este grupo ya que en todos los casos se está apelando a una "verdad revelada" exterior al mismo texto sagrado para su interpretación.
Estas formas de lectura son inaceptables para un cristiano. Como se manifestara ya a través del mandato de Jesús al enviar a sus discípulos: "Id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad", el designio salvador de Dios es universal, es decir, alcanza a todos los hombres de todos los tiempos y desde la perspectiva del amor de Dios no conoce otra restricción que la voluntad misma del hombre que puede responder o no a su Amor Redentor.
Por lo tanto, la introducción de una revelación secundaria, conocida sólo por un grupo de iniciados, iluminados, o favorecidos de algún otro modo, que deba complementar necesariamente al texto bíblico para que el individuo pueda alcanzar la Verdad, contradice no sólo la advertencia del Apóstol a la que hiciera referencia más arriba, sino también a esta designio universal de salvación.
Además, en este camino de interpretación del texto bíblico se suele perder la verdadera perspectiva. Para el fiel cristiano, sabiduría no es un don en sí mismo, el objeto de su búsqueda no es la ciencia racional en sí, sino la sabiduría como un instrumento para alcanzar la unión con Dios, la paz… "apártate del mal, obra el bien, busca la paz, persíguela´
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Xavier Villalta
Cómo interpreta la iglesia católica los 144.000 elegidos para la salvación que menciona el libro del Apocalipsis?.
Respuesta de APOLOGETICA.ORG.
Dicen los Testigos de Jehová:
Los que son llamados por Dios para participar en el servicio celestial son pocos. Como dijo, son "un pequeño rebaño". Años después de su regreso al cielo, Jesús dio a saber el número exacto en una visión dada al Apóstol Juan, quien escribió: "Vi, y,¡miren! el cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil… que han sido comprados de la tierra" (Revelación 14, 1-3).
El "Cordero" al que se hace referencia aquí es, por supuesto, Jesucristo; el "monte Sión " no está en la tierra, sino en el cielo donde Jesús está (Jn 1, 29; Heb 12, 22). De modo que los 144.000 son personas que mueren en la tierra como hermanos y son resucitados a la vida celestial como criaturas espíritus, tal como le sucedió a Jesús (Rom 6, 5). Cuando se les compara con los miles de millones de personas que viven en la tierra, son, verdaderamente, un "rebaño pequeño".
(La verdad que lleva a vida eterna, 77). Taze Russell dice más. De esos 144.000, doce mil pertenecen a su grupo de Testigos de Jehová, y el resto pertenecieron a los siglos pasados. Dice literalmente:
En la tierra hoy día sólo sobrevive un resto de los 144.000 escogidos quienes son cristianos dedicados, bautizados, engendrados por el espíritu de Jehová Dios para ser coherederos con su Hijo Jesucristo en el reino celestial (Rom 8, 14-17). Los informes muestran que ahora hay menos de 12.000 de estos sobrevivientes. No todos los "Testigos de Jehová" esperan ir al cielo. Verdaderamente, sólo una porción pequeña esperan esto (Lc 12, 32). El todopoderoso Dios, quien coloca a todos los miembros en su organización como a él le place, ha limitado a 144.000 el número del "´Cuerpo de Cristo", cuyos miembros reinarán con Cristo Jesús en el reino celestial de Dios.
(Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta, 337).
Dice la Biblia:
a) Jesús es nuestro Salvador Jesús de Nazaret ha venido a dar la respuesta definitiva a las esperanzas de salvación que alimentaba el Antiguo Testamento. Esta convicción expresa ya con toda claridad el anciano Simeón (Lc 2, 29-32): Ahora, Señor, dejas marchar a tu siervo… mis ojos han visto tu salvación… El mismo nombre de Jesús significa "Salvador" (Mt 1, 21; Hech 4,12). Somos herederos de la salvación y estamos plenamente justificados (Rom 5, l). Sin embargo, sólo en esperanza estamos salvados (Rom, 8, 24). Dios nos destina a la salvación, pero se trata de una herencia que sólo se manifestará plenamente al fin de los tiempos (1 Tes 5,9): "Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro señor Jesucristo".
De manera parecida se expresa 1 Ped 1, 4-5. Cristo aparecerá para damos la salvación. Así lo dice Heb 9, 28: "Cristo, después de ofrecerse una sola vez para quitar los pecados de muchos, se presentará por segunda vez, sin pecado, a los que le esperan para la salvación ".
b) Dios quiere que todos se salven 1 Tim 2, 3-4: Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. La voluntad de Dios es la Salvación de todos los hombres. La obra de la Redención tiene un valor universal. No se trata de una voluntad absoluta que se cumplirá a pesar de todo, sino de un deseo ardiente, cuya eficacia está condicionada por la libertad del hombre.
El hombre, a quien se han aplicado todos los méritos del sacrificio de Cristo, de la predicación apostólica y de la oración de los hermanos, debe cooperar en la aceptación de la verdad. Llegar al conocimiento de la verdad es la condición indispensable para salvarse, y en cierto modo es la salvación misma, como enseña Jesucristo: "La vida eterna es ésta: que te conozcan a ti como el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo" (Jn 17, 3).
c) El número de los que se salvan Lc 13,23-30: Cuando uno pregunta a Jesús si son pocos los que se salvan, Jesús no establece ninguna limitación en cuanto al número; exhorta a entrar por la puerta estrecha, antes de que esa puerta se cierre. El libro del Apocalipsis habla de los 144.000 que se salvan.
El libro del Apocalipsis tiene como tema fundamental nuestra lucha actual y la victoria que nos espera; aborda la cuestión de los que se salvan y, por dos veces, señala el número determinado de 144.000. ¿Se trata de un número matemático exacto? ¿Tan reducido es el número de los que se salvan? Habrá que tener en cuenta que el Apocalipsis utiliza con frecuencia el simbolismo de los números y de los colores. Por ejemplo: 7 es el número perfecto;
8 (7+1) es la superabundancia de la perfección;
6 (7-1) es la deficiencia, el mal: la bestia está expresada por 666;
3 1/2 (7/2) = tres años y medio = 42 meses = 1.260 días. Significa un período corto, un tiempo escaso;
1.000 es número inmenso, infinito.
12 es cifra santa, indica plenitud;
Blanco = victoria, pureza;
Rojo = sangre, crueldad, guerra;
Púrpura = poder imperial;
Negro = miseria;
Verde (o amarillo) = peste;
Arco iris (descomposición de colores) = presencia divina.
Apoc 7,4-10: Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel: de la tribu de Judá, doce mil marcados, de la tribu de Rubén, doce mil, de la tribu de Gad, doce mil, de la tribu de Aser, doce mil, de la tribu de Neftalí, doce mil, de la tribu de Manasés, doce mil, de la tribu de Simeón, doce mil, de la tribu de Leví, doce mil, de la tribu de Isacar, doce mil, de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil marcados.
Después de esto apareció en la visión una muchedumbre innumerable de toda nación y raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el cordero, vestidos de blanco y con palmas en la mano; aclamaban a gritos: La victoria pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero. Apoc 14, 1-13: En la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban inscrito en la frente el nombre del cordero y el nombre de su Padre. Oí también un fragor que bajaba del cielo, parecido al estruendo del océano y al estampido de un trueno fuerte: era el son de citaristas que tañían sus cítaras delante del trono, delante de los cuatro vivientes y los ancianos, cantando un cántico nuevo.
Nadie podía aprender aquel cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los adquiridos en la tierra. Éstos son los que no se pervirtieron con mujeres, porque son vírgenes; éstos son los que siguen al Cordero adonde quiera que vaya; los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira, no tienen falta. Vi otro ángel que volaba por mitad del cielo; llevaba un mensaje irrevocable para anunciarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo… Oí una voz del cielo que decía: Escribe: Dichosos los que en adelante mueran en el Señor.
Cierto, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan. ¿Cómo interpretar estos textos? -Los ciento cuarenta y cuatro mil marcados son todos del pueblo de Israel. A continuación se habla de una multitud incontable de todos los demás pueblos y razas. -El número ciento cuarenta y cuatro mil hay que entenderlo en sentido simbólico, de acuerdo con el carácter del Apocalipsis, y no con un valor matemático exacto. De cada una de las tribus son sellados doce mil. El doce es número sagrado que indica plenitud; el mil es número de inmensidad.
Quiere, pues, decir, que de cada tribu son muchos los que se salvan. En la enumeración de las tribus, se omite la de Dan. Tal vez porque -según una tradición judía- de ella nacería el anticristo; por eso era considerada como maldita. No obstante, hay que mantener el número de doce por su simbolismo; para ello, además de nombrar a José, nombra a su hijo Manasés.
-La multitud incontable (a la que podemos pertenecer los que no somos descendientes de Israel) alcanza igualmente la Salvación, pues: -tienen vestiduras blancas (color de victoria), -tienen palmas en la mano (símbolo de triunfo), -están delante del trono y del Cordero. -En el capítulo 14 esta muchedumbre está en la tierra, mientras que los ciento cuarenta y cuatro mil están en el cielo. Es decir, "el Resto de Israel" ya se ha salvado y está en el cielo cuando Juan escribe este libro, porque Israel como pueblo religioso ha acabado.
En cambio, hay muchas gentes que se han de salvar y están todavía en la tierra, en la tribulación, en la lucha. A éstos exhorta el ángel para que se mantengan fieles, reconozcan y teman a Dios … porque "dichosos los que en -adelante mueran en el Señor". Se trata de una diferencia actual: unos salvados están ya en el cielo, mientras que otros que se han de salvar están todavía en la tierra.
No hay nada en el texto que haga pensar que unos alcanzan una salvación plena en el cielo, mientras que la salvación de otros es de menor valor, permaneciendo para siempre en la tierra. Esta distinción no estaría de acuerdo tampoco con los muchos textos que hablan de la salvación, y nunca mencionan una categoría diversa en los salvados. -La virginidad de los ciento cuarenta y cuatro mil, de que habla el capítulo 14, hay que entenderla igualmente en sentido simbólico. Si sólo se salvaran los "vírgenes" en sentido fisiológico, habría que excluir de la salvación a todos los Patriarcas comenzando por el mismo Abraham.
En el AT se habla con frecuencia de la Alianza de Dios con Israel con el simbolismo de la alianza matrimonial. El pueblo debe mantenerse fiel a estos desposorios. Si abandona a Yahveh, su legítimo esposo, para servir a otros dioses, comete adulterio. La virginidad, en consecuencia, es la fidelidad a Dios, evitando toda idolatría. Viene, pues a decir el Apocalipsis: Muchos judíos han alcanzado la salvación ya. Muchos más de la gentilidad la alcanzarán, pero todavía están en la lucha, todavía han de esforzarse por alcanzar esta salvación.
Fr. Nelson M.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Bryan López Huarhua | Fuente: Catholic.net
Texto que Martín Lutero no conocía de la Biblia…
Con respecto a si debo o no quedarme…..Dios dio libertad al hombre ….así que puedes hacer lo que desees ..pero te doy un texto que Martín Lutero desconocía de la Biblia antes de que saliera del Catolicismo y fuera el iniciador de las 35500 denominaciones protestantes de la actualidad …todas profesando ser las verdaderas ……cuando solo hay una que Fundo Cristo mismo!!!…
"Obedeced a vuestros superiores y sujetaos a ellos, porque velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta, a fin de que lo hagan con alegría y no con pena, pues esto no os sería provechoso." Hebreos 13:17
Texto que Martín Lutero no conocía de la Biblia y Propicio la "sola escritura" o "solo Biblia" interpretando a la ves lo que le gustaba para hacer el mismo su sola autoridad, a lo cual la Biblia dice…."Entiendo ante todo: Que ninguna profecía de la Escritura es objeto de interpretación propia (personal), porque la profecía no ha sido jamás proferida por humana voluntad, sino que llevados por el Espíritu Santo hablaron los hombres (de parte) de Dios."
2Pedro 1:20-21, en la actualidad también texto desconocido por muchos protestantes.
Cuando todo comenzó en 1520, la Iglesia Católica era la institución más antigua de la tierra, habiendo existido por casi 1500 años. La Iglesia, descansaba, como lo hace actualmente, soportada en tres poderosos pilares:
- La Sagrada Escritura,
- La Santa Tradición Apostólica,
- El Papa y el Magisterio, autoridad de la enseñanza.
Por sus propias acciones al separarse de la única Iglesia legítima fundada por Cristo Jesús, Lutero perdió el soporte que otorga autoridad, puesto que no podía reclamar el Papado y el Magisterio por él mismo.
Seguidamente puesto que formó su propia iglesia, no podía reclamar la Santa Tradición Apostólica, dado a esto, dictaminó todo como tradición humana condenando así toda tradición. Al hacerlo así, volvió a infraccionar otro versículo de la Sagrada Escritura:
"Así pues hermanos, estad firmes y guardad las tradiciones que habéis recibido, ya de palabra, ya por carta nuestra." 2 Tesalonicenses 2:15
¡Dos pilares de apoyo perdidos inmediatamente! El único a salvo fue la Sagrada Escritura, la cual recibió de la Iglesia Católica pretendiendo que solamente eso era necesario, y así principiando la doctrina falsa de Sola Scriptura. Inmediatamente después mutiló la Biblia, agregándole a Romanos 3:28, y eliminando siete libros del Antiguo Testamento simplemente por no estar de acuerdo con sus enseñanzas. Igualmente atacó varios libros del Nuevo Testamento.
Después de algunos años comenzó la Reforma, Lutero examinó el daño causado a su movimiento por Sola Scriptura, y la interpretación individual de la Sagrada Escritura. Shards se separó de su iglesia Luterana con Munzer yendo por un lado, Calvin por el otro, Zwingli por otro mas y todos dispersando al rebaño.
"Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no amontona conmigo, desparrama." Mateo 12:30, Lucas 11:23
Inmediatamente los errores del Protestantismo surgieron, pues ¿quién originó la desunión? El daño causado por la interpretación individual de la Sagrada Escritura inmediatamente cobró su pérdida. Percibimos el lamento de Lutero al decir lo siguiente:
"Este no escuchará del bautismo, aquél niega el sacramento, el otro pone un mundo de diferencia entre éste y el ultimo día: Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro: existen tantas sectas y credos como hay cabezas. Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta."
De Wette III, 61. Dicho en O’Hare, LOS HECHOS DE LUTERO, 208.
"Hombres de alcurnia, ciudadanos, campesinos, todas las clases entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios y se piensan más educados que todos los ministros."
Walch XIV, 1360. Dicho en O’Hare, Ibíd. , 209.
A estas alturas, Lutero se dio cuenta de haber abierto la puerta al error y era impotente para poder cerrarla. Liberó al genio de su botella, encontrando después que el genio había crecido tanto que ya no cabía de regreso en la misma.
Amigo puedes quedarte o no dentro de la Iglesia Católica estas en tu libertad y si Dios lo respeta pues nosotros también……. pero fuera de la Iglesia te encontraras con 35500 doctrinas dadas por hombres "el evangelio de la prosperidad""salvo siempre salvo""el famoso diezmo"..etc,etc…. es mas ni siquiera hay autoridad !! por ello cada pastor hace lo que quiere con respecto a la doctrina….. que nos dice Pablo…Efecios2,20 edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo …… ahora algún pastor puede justificar con Biblia en mano (ya que son muy apegados a la Biblia) el fundar "iglesias" con diferente doctrina? ….pues no verdad?
Ciertamente hay de todo en la Viña del Señor!!…Mt13,24 Y les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; 25 pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26 Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. 27 Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?". 28 Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?". 29 "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. 30 Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero"".
En esta Viña hay de todo ya que esta conformada por hombres pecadores, pero sigamos el ejemplo de los Santos que con su testimonio de Vida fueron transformando la iglesia desde adentro por ejemplo San Francisco de Asis, Don Bosco, hace poco Madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo II….uffff muchos verdaderos Siervos !!! pero fuera de la Iglesia quebrantamos la oración de Jesús!!!…para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tu me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 21-23).
Bueno hermanos solo quise poner un pequeño aporte ……Dios los bendiga grandemente y los Guarde en la Unidad con su Iglesia !!, y como dijo el Papa Juan Pablo II …. " Es una necesidad del Cristiano pedir Espíritu Santo Todos los días y en Cada monento!! "