90- La llegada a Nazaret de los discípulos con los pastores


Veo a María que, descalza y diligente, con las primeras luces del día va y viene por su casa. Con su vestido azul tenue parece una delicada mariposa que apenas roza, sin hacer ruido, paredes y objetos. Se acerca a la puerta que da a la calle y la abre cuidando de no hacer ruido; la deja entornada, después de haber dado una ojeada a la calle todavía desierta. Pone en orden las cosas, abre puertas y ventanas. Entra en el taller - en donde, ahora que lo ha dejado el Carpintero, están los telares de María - y también allí trajina; cubre con cuidado uno de los telares en que hay una tejedura comenzada, y sonríe por un pensamiento que le viene al mirarla.

Sale al huerto. Las palomas se le agolpan encima de los hombros. Con vuelos cortos, de un hombro al otro, para conseguir el puesto, peleonas y celosas por amor a Ella, la acompañan hasta una alacena en la que hay provisiones. Saca unos granos para ellas y dice:

-Aquí, hoy aquí. No hagáis ruido. ¡Está muy cansado!
Luego coge harina y va a un cuartito que está junto al horno y se pone a hacer el pan. Lo amasa y sonríe. ¡Oh, como sonríe hoy la Mamá! Está tan rejuvenecida por la alegría, que parece la Madre jovencita de la Natividad. De la masa del pan aparta una cantidad, y la cubre; luego reemprende el trabajo. Suda. Sus cabellos presentan un aspecto más claro debido a una sutil capa de polvo de harina.

Entra despacio María de Alfeo.
-¿Ya trabajando?
-Sí. Estoy haciendo el pan. Mira, las tortas de miel que le gustan tanto.
-Dedícate a ellas. Yo hago el pan, que es mucha la masa.
María de Alfeo, de complexión fuerte, más aldeana, trabaja con ahínco en su pan, mientras María unta de miel y mantequilla sus dulces; hace muchos de forma redondeada y los coloca en una plancha.

-No sé cómo hacer para avisar a Judas… Santiago no se atreve… y los otros… - María de Alfeo suspira.
-Hoy vendrá Simón Pedro. Viene siempre con el pescado el segundo día después del sábado. Lo mandaremos a él a donde Judas.

-Si quiere ir…
-¡Oh, Simón nunca me dice que no!
-Que la paz acompañe este día vuestro - dice Jesús, dejándose ver.
Las dos mujeres se sobresaltan al oír su voz.
-¿Ya levantado? ¿Por qué? Yo quería que durmieras…
-He dormido un sueño de cuna, Mamá. Tú no debes haber dormido…
-Te he estado viendo dormir… Siempre lo hacía cuando eras pequeño. En el sueño sonreías siempre… y tu sonrisa permanecía todo el día en mi corazón como una perla… Pero esta noche no sonreías, Hijo; suspirabas como si estuvieras afligido…

María mira a su Hijo con congoja.

-Estaba cansado, Mamá. Y el mundo no es esta casa, donde todo es honestidad y amor. Tú… tú sabes quién soy y puedes comprender lo que significa para mí el contacto con el mundo. Es como quien por un camino fétido y fangoso; que, aunque camine con cuidado, un poco de lodo le salpica y el hedor penetra aunque se esfuerce en no respirar…Y si éste es hombre que ama todo lo que sea limpieza y aire puro, puedes hacerte una idea de la desazón que sentirá.

-Sí, Hijo. Comprendo. Pero me da mucha pena que sufras.
-Ahora estoy contigo y no sufro. Permanece el recuerdo… pero sirve para hacer más hermosa la alegría de estar contigo.

Y Jesús se inclina hacia su Madre para besarla.
Acaricia también a la otra María, que entra toda roja porque ha estado encendiendo el horno.
-Habrá que avisar a Judas - es la preocupación de María de Alfeo.
No hace falta. Judas estará aquí hoy.

-¿Cómo lo sabes?

Jesús sonríe y calla.

-Hijo, todas las semanas, este día, viene Simón Pedro. Es deseo suyo traerme el pescado recogido durante las primeras vigilias de la noche. Llega hacia el final de la hora prima. Se sentirá feliz hoy. Simón es bueno. Durante las horas que está aquí nos ayuda, ¿verdad, María?

-Simón Pedro es un hombre honesto y bueno - dice Jesús - Pero también el otro Simón - que dentro de poco verás – es un corazón grande. Salgo a su encuentro; estarán ya para llegar.

Y Jesús sale, mientras las mujeres, colocado el pan en el horno, entran de nuevo en la casa. María se vuelve a poner las sandalias y torna con un vestido de lino todo blanco. Pasa un tiempo, y, en la espera, María de Alfeo dice:

-No te ha dado tiempo a terminar ese trabajo.
-Lo terminaré pronto. Le dará frescor de sombra a mi Jesús y será liviano sobre su cabeza.

Empujan la puerta desde fuera.
-Mamá, he aquí a mis amigos. Entrad.
Entran en grupo los discípulos y los pastores. Jesús, con las manos sobre los hombros de los dos pastores, lleva a éstos hacia su Madre:

-He aquí a dos hijos que buscan una madre. Sé su alegría, Mujer.

-Yo os saludo… ¿Tú?… Leví… ¿Tú?… no sé, pero por la edad - Él me ha puesto al corriente - eres sin duda José. Ese nombre es dulce y sagrado aquí dentro. Ven. Venid. Con alegría os digo: mi casa os acoge, una Madre os abraza, en recuerdo de cuanto vosotros - tú en tu padre - amasteis a mi Niño.

Los pastores están tan extáticos, que parecen bajo efecto de un encantamiento.

-Soy María, sí. Tú viste a la Madre feliz. Sigo siendo la misma dichosa también ahora de ver a mi Hijo entre corazones fieles.

-Y éste es Simón, Mamá.

-Has merecido la gracia porque eres bueno; lo sé. La Gracia de Dios esté siempre contigo.
Simón, que conoce mejor los modos de la sociedad, hace una muy profunda reverencia, teniendo las manos cruzadas sobre el pecho, y saluda diciendo:

-Te saludo, Madre verdadera de la Gracia. Ya no le pido nada más al Eterno, ahora que conozco la Luz y te conozco a ti, más delicada que la Luna.

-Y éste es Judas de Keriot.
-Tengo una madre, pero mi amor por ella desaparece respecto a la veneración que siento por ti.

-No, no por mí; por Él. Yo soy porque Él es. Y no quiero nada para mí. Sólo pido para Él. Sé cuánto has honrado a mi Hijo en tu patria. Pero aun así te digo: sea tu corazón el lugar en que Él reciba de ti el sumo honor. Entonces te bendeciré con corazón de Madre.

-Mi corazón está bajo el calcañar de tu Hijo. ¡Feliz peso! Sólo la muerte disolverá mi fidelidad.

-Y este es nuestro Juan, Mamá.

-Me sentía tranquila desde que supe que estabas con Jesús. Te conozco y mi espíritu reposa cuando sé que estás con mi Hijo. Bendito seas. Mi quietud - Lo besa.
Se deja oír desde fuera la voz áspera de Pedro:
-Aquí está el pobre Simón con su saludo y…
En entrando, se queda de piedra. Arroja al suelo la cesta, redonda, que llevaba colgada a la espalda, y se arroja también él al suelo diciendo:

-¡Señor Eterno! Pero… No. ¿Cómo me has hecho esto, Maestro? ¡Estar aquí y no decirle nada al pobre Simón! ¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Qué feliz me siento! ¡Ya no soportaba tu ausencia! - y le acaricia la mano, sin hacer caso a Jesús, que le dice:

«Levántate, Simón… ¡Que te alces!”
-Sí, me alzo. Pero… ¡Eh, tú, muchacho! (el muchacho es Juan) ¡Tú al menos podías haber venido corriendo a decírmelo!
Ahora, ¡venga!, sal enseguida, a Cafarnaúm, a decírselo a los demás… primero a casa de Judas. Pronto estará aquí tu hijo, mujer.

Rápido. Como si fueras una liebre perseguida por perros.
Juan se marcha risueño.
Pedro, por fin, se ha alzado. Sigue teniendo entre sus cortas, gruesas manos, de venas marcadas, la larga mano de Jesús y la besa sin dejarlo, a pesar de que quiera entregar su pescado, que está en el suelo, en el cesto.

-¡No quiero que te vayas otra vez sin mí! ¡Nunca más, nunca más, tanto tiempo sin verte! Te seguiré como la sombra sigue al cuerpo o la cuerda al ancla. ¿Dónde has estado, Maestro? Yo me decía: “¿Dónde estará?, ¿qué hará?, ¿ese niño de Juan sabrá tener cuidado de Él?, ¿estará atento a que no se canse demasiado, a que no se quede sin comida?" ¡Te conozco!… ¡Estás más delgado! Sí, más delgado. ¡No te ha cuidado bien! Le voy a decir que… Pero, ¿dónde has estado, Maestro? ¡No me dices nada!

-¡Espero a que me dejes hablar!

-Es verdad. Pero es que… verte es como un vino nuevo: se sube a la cabeza sólo con el olor. ¡Mi Jesús! - Pedro casi llora por la reacción de la alegría.

-Yo también he sentido deseo de ti, de todos vosotros, aunque estuviera entre amigos queridos. Mira, Pedro, éstos son dos que me han amado desde que tenía pocas horas. Más aún, ya han sufrido por mí. Éste es un hijo sin padre ni madre, por causa mía; pero, en todos-vosotros tiene muchos hermanos, ¿no es verdad?

-¿Lo preguntas, Maestro? Pero si, si se diera el caso de que el demonio te amara, yo lo amaría por su amor a ti. Veo que también vosotros sois pobres. Entonces somos iguales. Venid que os bese. Soy pescador, pero tengo el corazón más tierno que un pichón; y sincero. No miréis si soy rudo. Lo duro es por fuera; dentro soy todo miel y mantequilla. Con los buenos, quiero decir… porque con los malvados…

-Este es el nuevo discípulo.
-Me parece haberle visto ya…
-Sí. Es Judas de Keriot. Tu Jesús, a través de él, recibió buena acogida en esa ciudad. Os ruego que os améis, aunque seáis de regiones distintas. Sois todos hermanos en el Señor.

-Como tal lo trataré, si tal es. Y… sí… (Pedro mira fijo a Judas; a mirada abierta, de advertencia) y… sí… es mejor que lo diga; así conoces ya bien desde ahora. Lo digo: no siento mucha estima hacia los judíos en general ni hacia los de Jerusalén en particular. Pero soy honesto. Y por mi honestidad te aseguro que dejo aparte todas las ideas que tengo acerca de vosotros y quiero ver en ti sólo al hermano discípulo. Depende de ti ahora el no hacerme cambiar de pensamiento y decisión.

-¿Conmigo también, Simón, tienes tales prejuicios? -pregunta el Zelote sonriendo.

-¡No te había visto! ¿Contigo? ¡Contigo no! Llevas la honestidad dibujada en el rostro. La bondad te rezuma desde el corazón hacia el exterior como oloroso aceite por un vaso poroso. Y eres anciano. Ello no es siempre una dote. Algunas veces, cuanto más envejece uno más falso y malo se vuelve. Pero tú eres de esos que hacen como los vinos preciados: cuanto más envejecen, más genuinos y buenos son. -Has juzgado bien, Pedro - dice Jesús - Ahora venid. Las mujeres están ocupándose de nosotros, quedémonos mientras bajo la pérgola fresca. ¡Qué hermoso es estar con los amigos! Iremos luego todos juntos por Galilea, y más allá de Galilea; todos no. Leví, ahora ya contento, volverá a donde Elías, a llevarle el saludo de María ¿verdad, Mamá?

-Yo lo bendigo, y a Isaac y a los demás. Mi Hijo me ha prometido llevarme… y yo iré donde vosotros, los primeros amigos de mi Niño.

-Maestro, quisiera que Leví llevase a Lázaro el escrito que ya sabes.

-Prepáralo, Simón. Hoy es fiesta completa. Mañana por la tarde; Leví partirá, con tiempo para llegar antes del sábado.

Venid, amigos…

Salen al verde huerto y todo termina.

89- Adiós a Jonás y llegada de Jesús a Nazaret

Apenas un atisbo de luz. En la puerta de una mísera cabaña - y hablo así porque llamarla casa sería demasiado honor - están Jesús con los suyos y con Jonás y otros míseros campesinos como él. Es la horade la despedida.

-¿No te volveré a ver, Señor mío? pregunta Jonás. Tú has traído la luz a nuestros corazones. Tu bondad ha hecho de estas jornadas una fiesta que durará toda la vida. Ya has visto cómo nos tratan. El jumento recibe más cuidados que nosotros, y se trata más humanamente al árbol: son dinero; nosotros somos sólo ruedas de molino que proporcionan ganancia, y se nos utiliza hasta que morimos por exceso de uso. Pero tus palabras han sido como muchas caricias de alas. El pan nos ha parecido más abundante y mejor, porque Tú lo saboreabas con nosotros, este pan que él no da a sus perros. Vuelve a compartirlo con nosotros, Señor. Sólo porque eres Tú, oso decir esto. Para cualquier otro significaría una ofensa el ofrecer un cobijo y un alimento que hasta el mendigo desdeña. Pero Tú…

-Pero Yo encuentro en ellos un perfume y un sabor celestes, porque hay en ellos fe y amor. Vendré, Jonás. Vendré. Quédate donde estás atado al carro como un animal de tiro. Que el lugar en que estás sea tu escalera de Jacob. Ciertamente entre el Cielo y tú vienen y van los ángeles con la atención puesta en recoger todos tus méritos y llevárselos a Dios. Pero Yo vendré a ti, a consolar tu espíritu. Permanecedme todos fieles. ¡Oh! Quisiera daros una paz que fuera también humana, pero no puedo. Tengo que deciros: sufrid aún. Y ello es triste para Uno que ama… -Señor, si Tú nos amas, ya no es sufrir. Antes no teníamos a nadie que nos amara… ¡Oh, si pudiera, yo al menos, ver a tu Madre!

-No te angusties. Yo te la traeré. Cuando más suave esté el clima, vendré con Ella. No des pie a castigos inhumanos por la prisa de verla. Sabe esperarla como se espera el surgir de una estrella, de la primera estrella. Aparecerá ante ti imprevistamente, exactamente como la estrella vespertina que ahora no se ve e inmediatamente después titila en el cielo. Y piensa que, ya incluso desde ahora, Ella esparce sus dones de amor sobre ti. Adiós a todos vosotros. Mi paz os sirva de tutela contra las crueldades de quien os aflige. Adiós, Jonás. No llores. Has esperado muchos años con fe paciente, te prometo ahora una espera muy breve. No llores. No te dejaré solo. Tu bondad enjugó mi llanto infantil; ¿no es suficiente la mía para enjugar el tuyo?

-Sí… pero Tú te marchas… y yo me quedo…
-Amigo, Jonás, no me hagas partir abatido por el peso de no poderte consolar…

-No lloro, Señor… Pero ¿cómo voy a poder vivir sin verte ahora que sé que estás vivo?

Jesús acaricia una vez más al anciano desolado y luego se separa; pero, en el límite de la mísera era, erguido, abre los brazos bendiciendo la campaña. Luego se pone en camino.

-¿Qué significa lo que has hecho, Maestro? - pregunta Simón que ha notado el insólito gesto.
-He puesto un sigilo sobre todas las cosas, para que los malvados no puedan, dañándolas, perjudicar a esos desdichados. Más no podía…

-Maestro… adelantémonos. Quisiera decirte una cosa, sin que nos oigan.

Se separan aún más del grupo y Simón habla.

-Quería decirte que Lázaro tiene orden de usar la suma para socorrer a todos aquellos que recurran a él en nombre de Jesús. ¿No podríamos libertar a Jonás? Ese hombre está deshecho, su única alegría es tenerte. Démosela. ¿Qué puedes esperar de su labor aquí' Tu discípulo sería libre en esta llanura tan hermosa, y tan desolada. Aquí los más ricos de Israel tienen tierras óptimas, que exprimen explotando cruelmente a los trabajadores, exigiéndoles el ciento por uno. Lo sé desde hace años. Poco tiempo podrás permanecer aquí porque en este lugar impera la secta de los fariseos, que creo que nunca será amiga tuya. Los más infelices en Israel son estos trabajadores oprimidos y sin luz. Ya lo has oído: ni siquiera para la Pascua gozan de paz y oración, mientras los crueles patrones, con grandes gestos y estudiadas actitudes, se ponen en primera fila entre los fieles.

Tendrán al menos la alegría de saber que Tú vives, la alegría de oír tus palabras, repetidas por uno que no alterará de ellas ni una iota. Si te parece bien, Maestro, ordena, y Lázaro actuará.

-Simón, Yo ya había comprendido por qué te desprendías de todo. No desconozco el pensamiento del hombre. Y éste ha sido uno de los motivos por los que te he amado. Haciendo feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Ah, cómo me angustia ver sufrir a los buenos! Mi condición de pobre y de despreciado por el mundo no me angustia sino por esto. Judas, si me oyera, diría:

"Pero, ¿no eres Tú el Verbo de Dios? Ordena, y las piedras se convertirán en oro y pan para los menesterosos". Repetiría la insidia de Satanás. Bien deseo Yo saciar las hambres, pero no como quisiera Judas.

Todavía estáis demasiado poco formados como para entender la profundidad de cuanto digo. Pero te lo digo: si Dios remediase todo, cometería una substracción para con sus amigos; los privaría de la facultad de ser misericordiosos. Y de obedecer, por tanto, al mandamiento del amor. Mis amigos tienen que tener este signo de Dios en común con Él: la santa misericordia, que se manifiesta en obras y en palabras. Y las infelicidades ajenas proporcionan a mis amigos la manera de ejercitarla. ¿Has aprendido este pensamiento?

-Es profundo. Lo medito. Y me humillo, comprendiendo lo obtuso que soy y lo grande que es Dios, el cual quiere que tengamos la totalidad de sus atributos más dulces, para llamarnos hijos suyos. Dios se me revela en su multiforme perfección por cada una de las luces que Tú difundes en mi corazón. Día tras día, como quien camina por un lugar desconocido, aumento mi conocimiento de esta inmensa Cosa que es la Perfección que quiere llamarnos "hijos", y me parece estar ascendiendo como un águila, o sumergiéndome como un pez, en dos profundidades sin confín como son el cielo y el mar, y subo cada vez más, y me sumerjo cada vez más, sin tocar nunca el límite. Pero entonces, ¿qué es Dios?

-Dios es la inalcanzable Perfección, Dios es la cumplida Belleza, Dios es la infinita Potencia, Dios es la incomprensible Esencia, Dios es la insuperable Bondad, Dios es la indestructible Compasión, Dios es la inconmensurable Sabiduría, Dios es el Amor hecho Dios.

¡Es el Amor! ¡Es el Amor! Dices que cuanto más conoces a Dios en su perfección, más te parece ascender o sumergirte en dos profundidades sin confín, de azul sin sombras… Cuando comprendas qué es el Amor hecho Dios, ya no subirás, ya no te sumergirás en ese azul sino en un remolino incandescente de llamas, y serás aspirado hacia una beatitud que te será muerte y vida. Tendrás a Dios, con completa posesión, cuando, por tu voluntad, hayas logrado comprenderlo y merecerlo.

Entonces quedarás fijo en su perfección.
-¡Señor!… - Simón se siente desbordado.
Se hace silencio. Llegan al camino. Jesús se detiene a esperar a los otros.

Cuando el grupo se completa de nuevo, Leví se arrodilla:
-Debo dejarte, Maestro, pero tu siervo te eleva una súplica: Llévame adonde tu Madre. Éste es huérfano como yo. No me niegues a mí lo que a él le das, para poder ver un rostro de madre…

-Ven. Yo doy en nombre de mi Madre lo que en nombre de mi Madre se pide…

Jesús está solo. Camina rápido entre bosques de olivos cargados de aceitunas ya bien formadas. El sol, a pesar de que esté declinando, asaetea la copa gris-verde de los árboles preciosos y pacíficos, pero no taladra el entramado de sus ramas sino con diminutos ojitos de luz. La calzada principal, por el contrario, encajonada entre dos pendientes, es una cinta de polvorienta incandescencia deslumbrante.

Jesús camina y sonríe. Llega a un tajo del terreno… y sonríe aún más vivamente. Allí está Nazaret… De tanto como la oprime la incandescencia del sol, parece como si vibrara. Jesús baja aún más veloz. Llega a la calzada ya sin preocuparse del sol.

Parece volar de lo presuroso que va, con el manto - colocado como protección sobre la cabeza - hinchado y palpitando a los lados y detrás de Él. La calzada está desierta y silenciosa hasta las primeras casas. Allí, alguna voz de niño o de mujer se oye venir desde el interior de las casas o desde los huertos, que suspenden incluso sobre la calzada las frondas de sus árboles. Jesús se aprovecha de estas manchas de sombra para rehuir el implacable sol. Gira por una callecita cuya mitad está en sombra. Allí hay mujeres que se arremolinan junto a un pozo fresco. Casi todas lo saludan, manifestando con voces aguda su alegría porque haya vuelto.

-Paz a todas vosotras… Pero… guardad silencio. Quiero dar una sorpresa a mi Madre.

-Su cuñada se ha marchado ahora con una jarra fresca, pero tiene que volver; se han quedado sin agua. El manantial está seco, o se pierde en el suelo ardiente antes de llegar a tu huerto; no sabemos María de Alfeo lo decía ahora. Mira, allí viene.

La madre de Judas y Santiago viene con un ánfora sobre la cabeza y otra en cada mano. No ve inmediatamente a Jesús y grita:

-De este modo me doy más prisa. María está toda triste, porque sus flores se mueren de sed. Son todavía las de José y Jesús, y siente desgajársele el corazón viéndolas languidecer.

-Pero ahora que me ve a mí…- dice Jesús, apareciendo detrás del grupo.
-¡Oh, mi Jesús! ¡Bendito Tú! Voy a decírselo….
-No. Voy Yo. Dame las ánforas.
-La puerta está sólo entornada. María está en el huerto. ¡Oh, qué contenta se pondrá! Hablaba de ti también esta mañana. ¡Pero haber venido con este sol!… ¡Estás todo sudado! ¿Estás solo?

-No. Con amigos. Yo me he adelantado para ver antes a mi Madre. ¿Y Judas?
-Está en Cafarnaúm. Va frecuentemente…
María no habla más pero sonríe mientras seca con su velo el rostro humedecido de Jesús.

Las ánforas ya están llenas. Jesús, usando su cinturón, se carga dos de ellas equilibradamente sobre los hombros, y la otra la lleva en la mano.

Camina, vuelve una esquina, llega a la casa, empuja la puerta, entra en la pequeña habitación, que parece oscura en relación al fuerte sol exterior, levanta despacio la cortina que cubre la puerta del huerto, observa.

María está en pie junto a un rosal, dando la espalda a la casa, compungida por la sedienta planta. Jesús posa el ánfora en el suelo, y el cobre suena al golpear contra una piedra.

-¿Ya aquí, María? – dice la Madre sin volverse - ¡Ven, ven! ¡Mira este rosal!, y estas pobres azucenas; morirán todas, si no las socorremos. Trae también unas cañitas para sujetar este tallo que se está cayendo.
-Te llevo todo, Mamá.

-María se vuelve de repente. Se queda atónita un segundo; luego, dando un grito, corre con los brazos abiertos hacia el Hijo, el cual ya ha abierto los suyos y la espera con una sonrisa que es todo amor.

-¡Hijo mío!
-¡Mamá! ¡Querida mamá!

La manifestación de afecto es larga, suave, y María está tan contenta que no ve, no siente lo sudado que está Jesús.

Pero luego se da cuenta:

-¿Por qué, Hijo, a esta hora? Estás como la púrpura y sudando como una esponja. Ven, ven dentro; que Mamá te seque y te refresque. Ahora te traigo una túnica nueva y sandalias limpias. ¡Pero 'Hijo! ¿Por qué vas por los caminos con este sol? ¡Las plantas se mueren por el calor y Tú, Flor mía, por los caminos…!

-¡Para llegar antes, Mamá!
-¡Oh, querido mío! ¿Tienes sed? Claro que sí. Ahora te preparo…
-Sí. De tu beso, Mamá. De tus caricias. Déjame estar así, con la cabeza en tu hombro, como cuando era pequeño… ¡Oh! ¡Mamá! ¡Cuánto te hecho de menos!
-¡Pero dime que vaya, Hijo, y yo iré! ¿Qué te ha faltado por causa de mi ausencia?: ¿comida de tu agrado?, ¿ropa fresca?, ¿cama bien hecha? ¡Oh, dime, mi Dicha!, ¿qué te ha faltado? Tu sierva, ¡oh mi Señor!, tratará de poner remedio.

-Nada aparte de ti…
-Jesús, que ha vuelto a entrar en la casa de la mano de su Madre, se ha sentado en el arquibanco que está junto a la pared y ahora mira fijamente a María. La tiene de frente, ceñida con sus brazos. Tiene apoyada la cabeza contra su corazón, y de vez en cuando la besa. Dice:

-Déjame que te mire. Déjame llenar mi vista de ti, ¡Mamá mía santa!
-Antes la túnica. No es bueno estar tan mojado. Ven.
Jesús obedece. Cuando vuelve con una túnica fresca, el coloquio continúa, delicado.

-He venido con discípulos y amigos. Pero los he dejado en el bosque de -Melca. Vendrán mañana a la aurora. Yo… no podía espera más. ¡Mamá mía!…- y le besa las manos - María de Alfeo se ha retirado para dejarnos solos; ella también ha entendido mi sed de ti Mañana… mañana tú serás de mis amigos y Yo de los nazarenos. Pero hoy tú eres mi Amiga y Yo el tuyo.

Te he traído… ¡Oh, Mamá!, he encontrado a los pastores de Belén, y te he traído a dos de ellos: son huérfanos y tú eres la Madre, la Madre de todos, y más aún de los huérfanos. Y te he traído también a uno que tiene necesidad de ti para vencerse a sí mismo; y a otro que es un justo y ha llorado; bueno,… y a Juan… Y el recuerdo de Elías, de Isaac, Tobías (ahora Matías), Juan y Simeón. Jonás es el más infeliz. Te llevaré donde él; lo he prometido. Seguiré buscando a otros. Samuel y José están en la paz de Dios.

-¿Estuviste en Belén?

-Sí, Mamá. Llevé allí a los discípulos que tenía conmigo. Te traigo estas florecillas, nacidas entre las piedras de la entrada.

-¡Oh!- María coge los tallitos secos y los besa - ¿Y Ana?
-Murió en la matanza de Herodes.

-¡Pobrecilla! ¡Te quería mucho!
-Los betlemitas sufrieron mucho y no han sido justos con los pastores. Han sufrido mucho…
-¡Pero contigo por entonces fueron buenos!

  • Sí. Por esto se les debe compadecer. Satanás está envidioso de aquella bondad suya y los instiga al mal. He estado también en Hebrón. Los pastores, perseguidos…

-¿Tanto?

-Sí. Los ayudó Zacarías, y, gracias a él, pudieron tener patrones y pan, aunque estos patrones fueran duros. Pero son almas de justos, y de las persecuciones y de las heridas se han hecho piedras de santidad. Los he reunido. He curado a Isaac y… y he dado mi Nombre a un niñito… En Yuttá, donde Isaac se consumía y donde ha renacido, hay ahora un grupo inocente que se llama María, José e Iesaí…

-¡Oh, tu Nombre!
-Y el tuyo, y el del Justo. Y en Keriot, patria de un discípulo, un fiel israelita murió contra mi corazón, por la alegría de haberme encontrado…Y también… ¡tengo tantas cosas que contarte…, mi perfecta Arniga, Madre dulce! Pero antes de nada, te lo suplico, te pido que tengas mucha piedad con los que vendrán mañana. Escucha: me aman pero no son perfectos. Tú, Maestra de virtud… ¡Madre, ayúdame a hacerlos buenos…! ¡Yo quisiera salvarlos a todos…!- Jesús se ha deslizado a los pies de María. Ahora Ella aparece en su majestuosidad de Madre.

-¡Hijo mío! ¿Qué puede hacer tu pobre Mamá que Tú no hagas?

-Santificarlos… Tu virtud santifica. Te los he traído aposta. Mamá…un día, ante la urgencia de santificar a los espíritus, viendo en ellos voluntad de redención, te diré: “Ven”. Yo solo no podré… Tu silencio será tan activo como mi palabra. Tu pureza ayudará a mi potencia. Tu presencia mantendrá distante a Satanás… Tu Hijo, Mamá, sabiendo que estás cerca, encontrará fuerzas. Vendrás, ¿no es cierto, mi dulce Madre?

-¡Jesús! ¡Amor! ¡Hijo! No te siento feliz… ¿Qué te pasa, Criatura de mi corazón? ¿Ha sido duro contigo el mundo? ¿No?

Creerlo me es motivo de consuelo… pero… ¡Oh! Sí. Iré. A donde Tú quieras, como Tú quieras, cuando Tú quieras, incluso ahora, bajo el sol, bajo las estrellas, o con hielo o entre aguaceros. ¿Me quieres contigo?: aquí me tienes. -No. Ahora no. Pero un día… ¡Qué dulce es la casa! ¡Y tu caricia! Déjame dormir así, con la cabeza en tus rodillas. ¡Estoy muy cansado! Sigo siendo tu Hijito…

Y Jesús realmente se duerme, cansado, derrengado, sentado en la estera, con la cabeza en el regazo de su Madre, mientras Ella le acaricia en el pelo, cariñosa.

88- Donde el pastor Jonás, en la llanura de Esdrelón

Por un senderillo entre campos quemados - sólo rastrojos y grillos - Jesús camina entre Leví y Juan. Detrás, en grupo, van José, Judas y Simón.

Es de noche y, sin embargo, no se siente refrigerio. La tierra es fuego que continúa ardiendo incluso después del incendio del día. El rocío no puede nada contra este asuramiento: tan fuerte es la llamarada que sale de los surcos y de las grietas del suelo, que creo que se seca incluso antes de tocar el suelo.

Todos callan, agotados y sudados. Pero veo a Jesús sonreír. La noche está clara, a pesar de que la Luna menguante apenas si aparece ahora, al este, en el horizonte.

-¿Crees que estará? - le pregunta Jesús a Leví.

-Ciertamente estará. A estas alturas ya está recogida la cosecha y todavía no ha empezado la recolección de la fruta, por tanto, lo campesinos se dedican a vigilar viñedos y pomares contra los depredadores, y no se alejan, especialmente cuando los patrones son odiosos como el que tiene Jonás. Samaria está cerca y cuando esos renegados pueden… están siempre dispuestos a perjudicarnos a nosotros, los de Israel. ¿No saben que luego apalean a los siervos? Sí lo saben. Pero la cosa es que nos odian.

-No guardes rencor, Leví - dice Jesús.
-Pero verás cómo fue herido Jonás hace cinco años por culpa de ellos. Desde entonces hace la vida de noche porque se queda de guardia, porque la flagelación es un suplicio cruel…

-¿Falta todavía mucho para llegar?

-No, Maestro. ¿Ves allí, donde termina esta desolación y se vislumbra aquella mancha oscura? Allí están los pomares de
Doras, el despiadado fariseo. Si me dejas, me adelanto para que Jonás pueda verme.
-Ve.
-¡Todos los fariseos son así, Señor mío? - pregunta Juan - ¡No querría estar a su servicio! Prefiero mi barca.
-¿Es la barca la predilecta? - pregunta semiserio Jesús.
-¡No, eres Tú! La barca lo era cuando aún no sabía que el Amor había venido a la Tierra - responde rápido Juan.
Jesús ríe al ver esta vehemencia.

-¿No sabías que sobre la Tierra había amor? Y entonces, ¿cómo naciste, si tu padre no amó a tu madre? - pregunta Jesús como en bromas.

-Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor, Tú eres el Amor sobre la Tierra para el pobre Juan.
Jesús lo estrecha contra sí y dice:

-Deseaba oírtelo decir. El Amor está ansioso de amor y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como estas que caen del cielo, tan insignificantes que se consumen, mientras caen, en la ola de calor estival, como también las gotas de amor de los hombres se consumirán a mitad de camino, eliminadas por llamaradas de demasiadas cosas. El corazón seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… muchas, muchas cosas humanas las harán evaporarse. Y, ¿qué subirá a Jesús? ¡Oh, demasiado poco! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los humanos para pedir, pedir, pedir mientras la necesidad urge. Amarme por amor sin mezcla de otra cosa será propiedad de pocos: de los Juanes…

Observa una espiga renacida. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha. Ha sabido nacer, resistir el sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Sólo ella vive en estos campos asolados. Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la lisa cascarilla que los tiene ligados al tallo, y serán caridad para los pajaritos, o, dando el ciento por uno, volverán a nacer una vez más y antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y darán de comer a muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más tristes… ¿Ves, Juan mío, lo que puede hacer una semilla intrépida? Así serán los pocos que me amen por
amor. Uno sólo servirá para el hambre de muchos, bastará uno para embellecer la zona en que lo único que hay - había - es la fealdad de la nada, uno sólo bastará para crear vida donde antes había muerte; a él se acercarán los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y disipados, volarán. Pero incluso sin saberlo ellos ese grano depositará gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y volverán… Y hoy, y mañana, y al otro, como decía Isaac, los corazones crecerán en el conocimiento del Amor. El tallo, desnudo, ya no será nada, un hilo de paja quemado, pero su sacrificio ¡cuánto bien producirá!, su sacrificio ¡cuánto será premiado!

Jesús - que se había detenido un instante ante una lábil espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvias quizás era un regato - prosigue su camino. Juan, mientras, lo escucha embelesado.

Los otros, que van hablando entre sí, no se dan cuenta del dulce coloquio. Llegan al pomar, se detienen, y se reúnen todos. El calor es tal, que sudan a pesar de no llevar manto. Callan y esperan.

De la parte más tupida, oscura, ahora apenas iluminada por la luna, se destaca la silueta clara de Leví, y, detrás, otra sombra más oscura.

-Maestro, aquí está Jonás.

-¡Recibe mi paz! - saluda Jesús, cuando aún Jonás no ha llegado donde Él.
Pero Jonás no responde; se echa a correr y, llorando, se arroja a sus pies y los besa. Cuando puede hablar dice:
-¡Cuánto te he esperado!, ¡cuánto! ¡Qué desconsuelo sentir la vida pasar, venir la muerte, y deber decir: "¡Y no lo he visto!"! Y, sin embargo, no, no toda la esperanza moría, ni siquiera una vez que estuve a las puertas de la muerte. Decía: "Ella lo dijo: `Vosotros aún le serviréis', y Ella no puede haber dicho nada que no sea verdad. Es la Madre del Emmanuel; por tanto, ninguna tiene consigo a Dios más que Ella, y quien a Dios tiene conoce las cosas de Dios.

-Álzate. Ella te saluda. Cerca de ti la has tenido y cerca la tienes; reside en Nazaret.
-¡Tú! ¡Ella! ¿En Nazaret? ¡Oh, si lo hubiera sabido…! De noche, en los fríos meses del hielo, cuando duermen los campos y los malintencionados no pueden perjudicar a los cultivadores, habría ido corriendo a besaros los pies, y me habría vuelto con mi tesoro de certeza. ¿Por qué no te has manifestado, Señor?

-Porque no era la hora. Ahora sí. Hay que saber esperar. Tú lo has dicho: "En los meses del hielo, cuando los campos duermen" -y ya han sido sembrados, ¿no es cierto? - Pues bien, Yo era también como el grano sembrado. Tú me habías visto en el momento de la siembra. Luego había desaparecido sepultado bajo un necesario silencio, para crecer y llegar al tiempo de la cosecha y resplandecer ante los ojos de quien me había visto Recién Nacido, y también ante los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado.

Ahora el Recién Nacido preparado para ser Pan del mundo, y, en primer lugar, busco a mis fieles, y les digo: "Venid. Saciad vuestra hambre conmigo".

El hombre lo escucha sonriendo dichoso, mientras, como para sí, « ¡Oh! ¡Es verdad, vives! ¡Eres Tú, es verdad!
-¿Has estado a punto de morir? ¿Cuándo?
-Cuando me azotaron a muerte porque me robaron los racimos de las cepas. ¡Mira cuántas heridas! - se baja la túnica y muestra los hombros del todo marcados por cicatrices irregulares - Con un azote de hierro me golpeó. Contó los racimos cogidos - se veía donde había sido arrancado el pedúnculo - y me dio un golpe por cada racimo. Luego me dejó allí medio muerto. Me socorrió María, la joven esposa de un compañero mío. Siempre me ha estimado. Su padre era el encargado antes de mí. Cuando vine aquí le tomé cariño a la niña porque se llamaba María. Me cuidó y me curé, aunque hicieron falta meses porque las llagas con el calor habían tomado un aspecto malísimo y daban fiebre fuerte.

Dije al Dios de Israel: "No importa. Permíteme volver a ver a tu Mesías y no me importará este mal; tómalo como sacrificio. No puedo ofrecerte un sacrificio nunca. Soy siervo de un hombre cruel, Tú lo sabes. Ni siquiera durante la Pascua me permite ir a tu altar. Tómame a mí como hostia. ¡Pero, dame a Jesús!

-Y el Altísimo ha satisfecho tu deseo. Jonás, ¿me quieres servir, como ya hacen tus compañeros?
-¡Oh!, ¿cómo podré hacerlo?
-Como lo hacen ellos. Leví sabe cómo. Te dirá lo simple que es servirme a mí. Quiero sólo tu buena voluntad.

La buena voluntad te la he ofrecido incluso cuando, recién nacido llorabas. Por ella he superado todo, tanto los momentos de desolación como los odios. Es… que aquí se puede hablar poco. El patrón una vez me dio de patadas, porque yo insistía diciendo que Tú existías. Pero cuando él estaba lejos, y con quien podía fiarme, yo narraba el prodigio de aquella noche.

—Pues entonces ahora narra el prodigio del encuentro conmigo. Os he encontrado a casi todos, y todos fieles; ¿no es esto un prodigio? Por el simple hecho de haberme contemplado con fe y amor os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

-¡Oh, ahora sí que voy a tener un valor…, un valor…! Ahora sé que vives y puedo decir: "Está allí. ¡Id a Él!…". Pero ¿dónde, Señor mío?

-Por todo Israel. Hasta Septiembre estaré en Galilea; frecuentemente en Nazaret o Cafarnaúm, allí se me podrá encontrar. Luego… estaré por todas partes; he venido a reunir a las ovejas de Israel.

-¡Ay, Señor mío, te encontrarás muchas cabras! ¡Desconfía de los poderosos de Israel!
-Si no es la hora, ningún mal me harán. Tú, a los muertos, a los que duermen, a los vivos, diles: "El Mesías está entre nosotros”
-¿A los muertos, Señor?
-A los muertos del espíritu. Los otros, los justos muertos en el Señor, ya exultan de gozo por la liberación del Limbo, que ya está cercana. Diles a los muertos que soy la Vida, diles a los que duermen que soy el Sol que sale y saca del sueño, diles a los vivos que soy la Verdad que ellos buscan.

-¿Curas también a los enfermos? Leví me ha hablado de Isaac. ¿Sólo para él el milagro, porque es tu pastor, o para todos?

-A los buenos, el milagro como justo premio; a los menos buenos, para impulsarlos a la verdadera bondad; a los malvados, también, en alguna ocasión, para removerlos de su estado y persuadirlos de que Yo soy y de que Dios está conmigo.

El milagro es un don. El don es para los buenos. Pero, Aquel que es Misericordia y que ve la pesantez humana, no removible sino por un hecho extraordinario, recurre a esto también para poder decir: "He hecho todo con vosotros y de nada ha servido. Decid entonces vosotros mismos qué más os debo hacer".

-Señor, ¿no te da repulsa entrar en mi casa? Si me aseguras que no vienen los ladrones a la propiedad, quisiera hospedarte, y llamar a los pocos que te conocen a través de mi palabra para reunirlos en torno a ti. El patrón nos ha doblegado y quebrado como a tallos despreciables. Sólo nos queda la esperanza de un premio eterno. Pero si Tú te manifiestas a los corazones oprimidos tendrán nuevo vigor.

-Voy. No temas por los árboles ni por las viñas. ¿Puedes creer que los ángeles vigilarán fielmente en lugar de ti?
-¡Oh! ¡Señor! Yo he visto a tus siervos celestes. Creo.

Voy seguro contigo. ¡Benditos estos árboles y estas cepas que poseen viento y canción de alas y voces angélicas! ¡Bendito este sueño que santificas con tu pie! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Oíd, árboles y vides, oíd, terrones levantados por el arado: Aquel Nombre que os confié para paz mía, ahora se lo dirijo a Él! ¡Jesús está aquí! ¡Escuchad! ¡Por ramas y sarmientos discurra a borbotones la savia, el Mesías está con nosotros!

Todo termina con estas palabras gozosas.

87- Con pastores y discípulos en las cercanías de Doco. Isaac se queda en Judea

-Maestro, son mejores los humildes. Esos con los que hablé o se burlaron o manifestaron indiferencia. ¡Oh, sin embargo, los pequeños de Yuttá…!

Isaac está hablando con Jesús. Están todos sentados en círculo sobre la hierba de la orilla de un río. Isaac parece estar informando acerca del trabajo realizado.

Judas interviene y, cosa rara, llama por su nombre al pastor:

-Isaac, yo pienso como tú; estando con ellos perdemos tiempo y fe. Yo lo dejo.

-Yo no, aunque de hecho me hace sufrir. Lo dejaré sólo si el Maestro lo dice. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por fidelidad a la verdad. No puedo mentir para atraerme la simpatía de los poderosos. ¿Sabes cuántas veces vinieron para burlarse de mí, a mi habitación de enfermo, prometiéndome - falsas promesas, ciertamente - ayuda con la condición de decir que había mentido, y que Tú, Jesús, no eras Tú, el Salvador que acababa de nacer? Pero yo no podía mentir. Mentir habría sido renegar mi alegría, habría sido matar mi única esperanza, habría sido rechazarte, ¡oh Señor mío! ¡Rechazarte a ti!… En la oscuridad de mi miseria, en la desolación de mi enfermedad, gozaba siempre de un cielo sembrado de estrellas: el rostro de mi madre, única alegría de mi vida de huérfano, el rostro de una esposa que nunca fue mía, a la cual guardé un amor en mi corazón incluso después de la muerte. Éstas eran las dos estrellas menores. Luego tenía dos estrellas más grandes, semejantes a purísimas lunas:

José y María, sonriendo a un Recién Nacido y a nosotros, pobres pastores. Y, fúlgido, en el centro del cielo de mi corazón, tu rostro: inocente, dulce, santo, santo, santo. ¡No podía rechazar este cielo mío! No quería privarme de su luz, más pura que ninguna. ¡Antes que rechazarte a ti, mi recuerdo bendito, mi Jesús Recién Nacido, habría rechazado la vida; incluso entre tormentos!

Jesús pone su mano en el hombro de Isaac y sonríe. Judas interviene de nuevo:

-¿Entonces tú insistes?

-Insisto. Hoy, y mañana, y al otro. Alguno vendrá.

-¿Cuánto durará el trabajo?

-No lo sé. Pero - convéncete - basta con no mirar ni hacia adelante ni hacia atrás. Trabajar día a día. Y si, terminado el día, el trabajo ha sido útil, decir:

"Gracias, Dios mío"; si inútil: "Espero en tu ayuda para mañana".

-Eres sabio.

-Ni siquiera sé qué quiere decir eso, pero yo hago en mi misión lo que he hecho en mi enfermedad. ¡Casi treinta años de enfermedad no son un día!

-¡Ya lo creo! Yo no había nacido todavía y tú ya estabas enfermo.

-Estaba enfermo, pero no he contado nunca esos años. Jamás dije: "Vuelve Nisán y no acompaño a las rosas en su nuevo germinar; vuelve Tisrí y languidezco aquí todavía". Iba adelante hablándome a mí mismo y a los buenos, de Él. Me daba cuenta de que los años pasaban porque los que había conocido pequeños venían a traerme sus dulces de boda y los de los nacimientos de sus pequeñuelos. Ahora, si miro hacia atrás - ahora que, de viejo, he pasado de nuevo a ser joven -, ¿qué veo del pasado? Nada. Pasado.

-Nada aquí, pero en el Cielo "todo" para ti Isaac; y ese todo te espera - dice Jesús.

Y, dirigiéndose a todos, añade:

-Así hay que actuar. Yo también actúo así. Ir hacia delante, sin cansancios. El cansancio es todavía una raíz de la soberbia humana, como también lo es la prisa. ¿Por qué uno siente fastidio por los fracasos? ¿Por qué uno se inquieta por la lentitud? Porque el orgullo dice: "¿A mí decirme `no?” “¿Conmigo tanta espera?” Esto es falta de respeto hacia el apóstol de Dios. No, amigos. Observad toda la Creación, y pensad en quien la hizo. Meditad sobre el progreso del hombre, y pensad en su origen. Pensad en esta hora que se cumple, y calculad cuántos siglos la han precedido. Lo creado es obra de serena creación. El Padre no hizo desordenadamente todo, sino que hizo el Universo por tiempos sucesivos.

El hombre, el hombre actual, es obra de un progreso paciente, y progresará cada vez más en saber y en poder; luego serán santos o no santos, según su voluntad. El hombre no se hizo docto de repente. Los Primeros, expulsados del Jardín, tuvieron que aprenderlo todo, lentamente, continuamente; aprender hasta incluso las cosas más simples: que el grano de trigo hecho harina y luego amasado y luego cocido es mejor, y aprender cómo molerlo y cómo cocerlo, aprender a encender la leña, aprender cómo se hace un vestido observando las pieles de los animales, cómo se hace un cobijo, observando las fieras, y un lecho observando los nidos, y a medicinarse con hierbas y aguas, observando a los animales que con ellas se medicinan por instinto, aprender a viajar por desiertos y por mares estudiando las estrellas, domando los caballos, y aprender, de una cáscara de nuez flotando a la orilla de un riachuelo, el equilibrio sobre el agua.

¡Cuántos fracasos antes de obtener un resultado! Pero lo obtuvo. Y seguirá progresando. No será más feliz por esto, porque más que en el bien se hará experto en el mal, pero progresará. La Redención ¿no es obra paciente? Decidida desde el principio de los siglos y aún antes, he aquí que adviene ahora, cuando los siglos ya la han preparado. Todo es paciencia. ¿Por qué, entonces, ser impacientes? ¿No podía Dios hacer todo en un abrir y cerrar de ojos?
¿No podía el hombre, dotado de razón, salido de las manos de Dios, saber todo en un abrir y cerrar de ojos? ¿No podía Yo venir al principio de los siglos? Todo podía ser. Pero nada debe ser violencia, nada. La violencia es siempre contraria al orden; y Dios, y lo que de Dios viene, es orden. No queráis valer más que Dios.

-Pero entonces, ¿cuándo serás conocido?
-¿Por quién, Judas?
-¡Hombre, por el mundo!
-Nunca.
-¿Nunca? ¿Pero, no eres el Salvador?
-Lo soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Sólo en la proporción de uno a mil me querrá conocer, y en la de uno a diez mil me seguirá realmente. Y aún así digo mucho. Ni siquiera los que estén más estrechamente ligados a mí me conocerán.

-Si están estrechamente ligados a ti, te conocerán, ¿no?
-Sí, Judas. Me conocerán como Jesús, el israelita Jesús, pero no me conocerán como quien soy. En verdad os digo que no seré conocido por todos ellos. Conocer quiere decir amar con fidelidad y virtud… y habrá quien no me conozca.

Se ve en Jesús su gesto de resignado desconsuelo, el que tiene siempre cuando anuncia la futura traición: abre las manos y las tiene así, hacia afuera, con el rostro lleno de dolor, un rostro que no mira ni a los hombres ni al cielo, sino sólo a su futuro destino de Traicionado.

-No digas eso, Maestro - suplica Juan.
-Nosotros te seguimos para conocerte cada vez más» dice Simón, y con él los pastores al unísono.
-Como a una esposa te seguimos, y te queremos más que a ella; nos sentimos más celosos de ti que de una mujer.

¡Oh, no! Tanto te conocemos, que no podemos ya ignorarte.

Él (y Judas señala a Isaac) dice que negar tu recuerdo, de cuando eras un Recién Nacido, habría sido para él más atroz que perder la vida. Y no eras más que un recién nacido. Nosotros te tenemos como Hombre y Maestro.

Nosotros te oímos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, sor nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un satanás podría renegarte después de haber sido una persona allegada a ti!

-Es cierto, Judas; no obstante, lo habrá.

-¡Ay de él! Seré su verdugo - exclama Juan de Zebedeo.

-No. Deja al Padre la justicia. Sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende a Satanás… Saludemos a Isaac. Ha atardecido. Yo te bendigo, siervo fiel. Ya sabes que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que desea ayudar a mis amigos. Yo parto. Tú te quedas. Árame el terreno árido de Judá. Más adelante volveré. Ya sabes donde encontrarme en caso de necesidad.

Te doy mi paz.

Jesús bendice, besa a su discípulo.

86- El encuentro con el soldado Alejandro en la Puerta de los Peces

Otra aurora, otra vez las recuas de asnos amontonándose ante la puerta todavía cerrada, otra vez Jesús con Simón y Juan. Algunos vendedores lo reconocen y se le arremolinan alrededor.

Un soldado que está de guardia, cuando abren la puerta y lo ve, acude también. Lo saluda:

-Salve, galileo. Di a esta gente nerviosa que sean menos rebeldes. Se quejan de nosotros, pero no hacen más que maldecirnos y desobedecer. Y dicen que esto es culto para ellos. ¿Qué religión tienen, si está fundada sobre la desobediencia?

-Sé compasivo con ellos, soldado. Son como quien tiene en casa a un huésped indeseado pero más fuerte; sólo pueden vengarse con la lengua y con el desdén.

-Sí, pero nosotros tenemos que cumplir con nuestro deber, y tenemos que sancionarlos, con lo cual nos hacemos cada vez más esos huéspedes no deseados.

-Tienes razón. Debes cumplir con tu deber, pero hazlo siempre con humanidad. Piensa siempre: "Si yo estuviera en su lugar, ¿qué haría?". Verás como entonces sientes mucha piedad por las personas sometidas.

-Me gusta oírte hablar. No se ve en ti ni desprecio ni altivez. Los otros palestinos nos escupen por detrás, nos insultan, manifiestan asco hacia nosotros… menos en el caso en que haya posibilidad de desplumarnos, por una mujer o por compras. En ese caso el oro de Roma ya no produce asco.

-El hombre es el hombre, soldado.

-Sí, y es más falso que el mono. Pero no agrada estar entre gente que se comporta como serpientes al acecho…
También nosotros tenemos casas y madres y esposas e hijos, y la vida también tiene importancia para nosotros.

-Eso. Si cada uno recordase esto, desaparecerían los odios. Tú has dicho: "¿Qué religión tienen?". Te respondo: Una religión santa que, como primer mandamiento, tiene el amor hacia Dios y hacia el prójimo, una religión que enseña obediencia a las leyes, aunque provengan de Estados enemigos.

Porque, escuchad, hermanos míos en Israel, nada sucede sin que Dios lo permita. Incluso las dominaciones, desventuras sin par para un pueblo, de las cuales casi siempre se puede decir - si el pueblo se examina con rectitud - que el propio pueblo las ha querido, con sus modos de vivir contrarios a Dios. Acordaos de los Profetas. ¡Cuántas veces hablaron de esto! ¡Cuántas
mostraron con los hechos pasados, presentes y futuros, que el dominador es el castigo, la vara del castigo en la espalda del hijo ingrato! Y ¡cuántas veces enseñaron cómo dejar de padecerlo!: volviendo al Señor. No es ni la rebelión ni la guerra lo que sana heridas y lágrimas y rompe cadenas; es el vivir como justos. Entonces Dios interviene. Y ¿qué pueden hacer las armas y las formaciones de soldados contra los fulgores de las cohortes angélicas luchando en favor de los buenos? ¿Padecemos opresión?

Merezcamos que esto termine, con una vida propia de hijos de Dios. No remachéis vuestras cadenas con nuevos pecados. No permitáis que los gentiles os crean sin religión, o más paganos que ellos por vuestro modo de vivir. Sois el pueblo que ha recibido de Dios mismo la Ley. Observadla.

Haced que hasta los dominadores se inclinen ante vuestras cadenas diciendo: "Son personas sometidas, pero más grandes que nosotros; su grandeza no está en el número, en el dinero, en las armas, en el poder, sino que viene de su procedencia de Dios. Aquí brilla la divina paternidad de un Dios perfecto, santo, poderoso. Aquí se ve el
signo de una verdadera Divinidad. Se trasluce en sus hijos". Haced que mediten en esto y accedan a la verdad del Dios verdadero abandonando el error. Todos, incluso el más pobre, incluso el más ignorante del pueblo de Dios, pueden ser maestros para un gentil, maestros con su manera de vivir, y predicar a Dios a los paganos con las acciones de una vida santa.

Idos. La paz sea con vosotros.

-Tarda Judas, y también los pastores - observa Simón.
-¿Esperas a alguien, galileo? - pregunta el soldado que ha estado escuchando atentamente.
-Amigos.
-Entra al fresco del atrio. El sol quema ya desde las primeras horas. ¿Vas a la ciudad?
-No, vuelvo a Galilea.
-¿A pie?
-Soy pobre. A pie.
-¿Tienes mujer?
-Tengo una Madre.
-Yo también. Ven… si no sientes asco de nosotros como los demás.
-Sólo la culpa me repugna.
El soldado lo mira admirado y pensativo.
-Contigo no tendremos que intervenir nunca. La espada no se alzará nunca sobre ti. Eres bueno. ¡Pero los demás!…
Jesús está en la penumbra del atrio. Juan mira hacia la ciudad. Simón se ha sentado en un bloque de piedra que hace de banco.
-¿Cómo te llamas?
-Jesús.

-¡Ah, ¿eres el que hace milagros incluso con los enfermos?! Yo creía que eras sólo un mago… También tenemos nosotros. Un mago bueno, de todas formas; porque, ¡hay algunos…! Pero los nuestros no saben curar a los enfermos. ¿Cómo lo haces?

Jesús sonríe y calla.

-¿Usas fórmulas mágicas? ¿Tienes ungüentos de médula de muertos, serpientes disecadas y pulverizadas, piedras mágicas cogidas en las cuevas de los pitones?
-Nada de eso. Tengo sólo mi poder.

-Entonces eres realmente santo. Nosotros tenemos a los arúspices y a las vestales… y algunos de ellos realizan prodigios… y dicen que son los más santos. ¿Pero, tú lo crees? Son peores que los demás.
-Y entonces ¿por qué los veneráis?

-Porque… porque es la religión de Roma. Y si un súbdito no respeta la religión de su Estado, ¿cómo puede respetar al César y a la patria, y así tantas otras cosas?
Jesús mira fijamente al soldado.

-En verdad estás adelantado en el camino de la justicia. Prosigue, soldado, y llegarás a conocer eso que tu alma siente que tiene dentro y no sabe darle un nombre.
-¿El alma? ¿Qué es?
-Cuando mueras, ¿a dónde irás?
-¡Bueno!… no lo sé. Si muero como un héroe, a la pira de los héroes… si no paso de ser un pobre viejo, una nulidad, quizás me pudra en mi madriguera o en una cuneta.

-Esto por lo que respecta al cuerpo, pero el alma ¿a dónde irá?
-No sé si todos los hombres tienen alma o si la tienen sólo los destinados por Júpiter a los Campos Elíseos después de una vida portentosa, aunque no los lleve al Olimpo como sucedió con Rómulo.

-Todos los hombres tienen un alma. Y ésta es lo que distingue al hombre del animal. ¿Quisieras ser semejante a un caballo o a un pájaro o a un pez, carne que, muerta, es sólo podredumbre?

-¡Oh, no! Soy hombre y prefiero ser tal.
-Pues bien, lo que te hace hombre es el alma; sin ella, no serías mas que un animal que habla.
-¿Y dónde está? ¿Cómo es?
-No tiene cuerpo, pero existe, está en ti; viene de Aquel que creó el mundo, y a Él vuelve después de la muerte del cuerpo.

-Del Dios de Israel, según vosotros.
-Del Dios solo, uno, eterno, supremo Señor y Creador del universo.
-¿Y un pobre soldado como yo tiene también un alma?, ¿un alma que vuelve a Dios?
—Sí, también un pobre soldado, y Dios será Amigo de su alma si esta fue siempre buena, o la castigará si fue malvada.
-Maestro, mira Judas con los pastores y unas mujeres. Si no veo mal, está con ellos la niña de ayer - dice Juan.
-Adiós, soldado. Sé bueno.

-¿No te volveré a ver? Quisiera saber aún…
-Voy a estar en Galilea hasta Septiembre; si puedes, ven. En Cafarnaúm o en Nazaret todos sabrán darte noticias acerca de mí. En Cafarnaúm, pregunta por Simón Pedro; en Nazaret, por María de José. Es mi Madre. Ven. Te hablaré del Dios verdadero.

-Simón Pedro… María de José. Iré si puedo. Y Tú, si vuelves, acuérdate de Alejandro. Soy de la centuria de Jerusalén.

Judas y los pastores están ya en el atrio.
-Paz a todos vosotros - dice Jesús, que hubiera querido decir algo más…

Pero una jovencita delgaducha, aunque risueña, ha abierto el grupo y se ha echado a sus pies:

-¡Tu bendición una vez más sobre mí, Maestro y Salvador, y una vez más mi beso para ti! - (le besa las manos).
-Ve. Sé alegre, buena; buena hija, luego buena esposa y luego buena madre. Enseña a tus futuros pequeños mi Nombre y mi doctrina. Paz a ti y a tu madre. Paz y bendición a todos los que son amigos de Dios. Paz a ti también, Alejandro.
Jesús se aleja.

-Nos hemos retrasado, pero es que nos han asediado esas mujeres - explica Judas - Estaban en Get-Sammí y querían verte. Nosotros habíamos ido allí, sin saber los unos de los otros, para venir contigo, pero Tú ya te habías ido y en vez de ti estaban ellas. Queríamos quitárnoslas de encima… pero eran más pesadas que las moscas; querían saber muchas cosas… ¿Has curado a la niña?
-Sí.

-¿Y le has hablado al romano?
-Sí. Es un corazón honesto, y busca la Verdad…
Judas suspira.
-¿Por qué suspiras, Judas? - pregunta Jesús.
-Suspiro porque… porque quisiera que fueran los nuestros los que buscasen la Verdad. Sin embargo, o huyen de ella o se burlan de ella o permanecen indiferentes. Me siento desanimado. Siento el deseo de no volver a poner pie aquí y de dedicarme sólo a escucharte. Total, como discípulo no logro hacer nada.

-¿Y tú crees que Yo logro mucho? No te desanimes, Judas. Son las luchas del apostolado. Más derrotas que victorias: derrotas aquí, porque allá arriba son siempre victorias. El Padre ve tu buena voluntad y te bendice de todas formas, a pesar de que no cuaje en un fruto.
-¡Tú eres bueno! (Judas le besa una mano). ¿Lograré llegar a ser bueno?
-Sí, si lo quieres.
-Creo haberlo sido durante estos días… He sufrido para serlo… porque tengo muchas tendencias… pero lo he sido pensando siempre en ti.

-Persevera entonces. Me das mucha alegría. Y vosotros, ¿qué noticias me dais? - pregunta a los pastores.
-Elías te manda saludos y un poco de comida, y dice que no lo olvides.

-¡Oh, Yo tengo en mi corazón a mis amigos! Vamos hasta aquel pueblecito que se ve inmerso en el verdor. Luego, al atardecer, continuaremos el camino. Me siento contento de estar con vosotros, de ir a donde mi Madre, y de haber hablado de la Verdad a un hombre honesto. Sí, me siento feliz. Si supierais qué significa para mí llevar a cabo mi misión y ver que a ella se acercan los corazones, o sea, al Padre, ¡ah, entonces sí que me seguiríais cada vez más con el espíritu!… No veo más.

85- Antes de ir al Getsemaní, Jesús y el Zelote suben al Templo, donde está hablando Judas Iscariote

Jesús está con Simón en Jerusalén. Se abren paso entre la muchedumbre de vendedores y de jumentos - parece una procesión por la calzada -. Jesús dice:
-Subamos al Templo antes de ir al Get Sammi. Oraremos al Padre en su Casa.

-¿Sólo, Maestro?

-Sólo eso. No puedo entretenerme. Mañana, al alba, es la cita en la Puerta de los Peces, y, si la muchedumbre insiste, me va a impedir ir. Quiero ver a los otros pastores. Los disemino como verdaderos pastores por Palestina para que congreguen a las ovejas y sea conocido el Dueño del rebaño, al menos, de nombre; de modo que cuando ese nombre Yo lo pronuncie, ellas sepan que soy Yo el Dueño del rebaño y vengan a mí y Yo las acaricie.
-¡Es dulce tener un Dueño como Tú! Las ovejas te amarán.

-Las ovejas…, no las cabras. Después de ver a Jonás, iremos a Nazaret y luego a Cafarnaúm. Simón Pedro y los otros sufren por tanta ausencia… Iremos a darles este motivo de gozo y a dárnoslo a nosotros mismos. Incluso el verano nos aconseja que lo hagamos. La noche está hecha para el descanso y demasiado pocos son los que posponen el descanso al conocimiento de la Verdad. El hombre… ¡el hombre! Se olvida demasiado de que tiene un alma, y piensa sólo en la carne y se preocupa sólo de la carne. El sol durante el día es vio-lento, impide caminar y enseñar en las plazas y por los caminos. Tanto cansa, adormece los
espíritus y los cuerpos. Pues entonces… vamos a adoctrinar a mis discípulos; a la agradable Galilea, verde y fresca de aguas. ¿Has estado allí alguna vez?

-Una vez, de paso y en invierno, en una de mis penosas peregrinaciones de un médico a otro. Me gustó…
-¡Oh, es hermosa siempre; durante el invierno y más aún, en las otras estaciones! Ahora, en verano, tiene unas noches tan angelicales… Sí, de lo puras que son, parecen hechas para los vuelos de los ángeles. El lago… el lago, con su cinturón de montes más o menos cercanos que lo resguardan, parece hecho justamente para hablar de Dios a las almas que buscan a Dios.

Es un trozo de cielo caído entre el verde; y el firmamento no lo abandona, sino que se refleja en él con sus astros, multiplicándolos así… como queriendo presentárselos al Creador diseminados sobre una lastra de zafiro. Los olivos descienden casi hasta las olas y están llenos de ruiseñores, y también cantan su alabanza al Creador que hace que vivan en ese lugar tan dulce y plácido.

¿Y mi Nazaret? Toda extendida bajo el beso del sol, toda blanca y verde, sonriente entre los dos gigantes del grande y del pequeño Hermón. Y el pedestal de montes en que se apoya el Tabor, pedestal de suaves pendientes del todo verdes, que elevan hacia el sol a su señor, frecuentemente nevado, pero tan hermoso cuando el sol ciñe su cima, que toma aspecto de alabastro rosado… En el lado opuesto, el Carmelo es de lapislázuli a ciertas horas de sol intenso en las que todas las venas de mármoles o de aguas, de bosques o de prados, se muestran con sus distintos colores; y es delicada amatista bajo la primera luz, mientras que por la tarde es de berilo violeta-celeste; y es un solo bloque de sardónica cuando la luna lo muestra todo negro contra el plateado lácteo de su luz. Y luego, abajo, al Norte, el tapiz fértil y florido del llano de Esdrelón.

Y luego… y luego, ¡oh…, Simón!, ¡allí hay una Flor… una Flor hay que vive solitaria difundiendo fragancia de pureza y amor para su Dios y para su Hijo! Es mi Madre. La conocerás, Simón, y me dirás si existe criatura semejante a Ella, incluso en humana gracia, sobre la faz de la Tierra. Es hermosa, pero toda hermosura queda pequeña ante lo que emana de su interior. Si un bruto la despojase de todas sus vestiduras, la hiriera hasta desfigurarla y la arrojara a la calle como a un vagabundo, seguiría viéndosela como Reina y regiamente vestida, porque su santidad le haría de manto y esplendor. Toda suerte de males puede darme el mundo, pero Yo le perdonaré todo, porque para venir al mundo y redimirlo la he tenido a Ella, la humilde y gran Reina del mundo, que éste ignora, y por la cual, sin embargo ha recibido el Bien y recibirá aún más durante los siglos.

Hemos llegado al Templo. Observemos la forma judía del culto. Pero en verdad te digo que la verdadera Casa de Dios, el Arca Santa, es su Corazón, cubierto por el velo de su carne purísima, bordado de filigrana por sus virtudes.

Ya han entrado y caminan por el primer rellano. Pasan por un pórtico, dirigiéndose a un segundo rellano.
-Maestro. Mira Judas, allí, entre aquel corro de gente. Y hay también fariseos y miembros del Sanedrín. Voy a oír lo que dice. ¿Me dejas?

-Ve. Te espero junto al Gran Pórtico.
Simón va rápido y se coloca de forma que puede oír sin ser visto. Judas habla con gran convencimiento:
-… Y aquí hay personas, que todos vosotros conocéis y respetáis, que pueden decir quién era yo. Pues bien, os digo queÉl me ha cambiado. El primer redimido soy yo. Muchos entre vosotros veneran al Bautista. El también lo venera, y le llama "el santo igual a Elías por misión, más aún mayor que Elías". Ahora bien, si tal es el Bautista, Éste, al cual el Bautista llama "el Cordero de Dios" y, por su propia santidad, jura haberle visto coronar por el Fuego del Espíritu de Dios mientras una voz desde los Cielos lo proclamaba "Hijo de Dios muy amado al que se debe escuchar", Este no puede ser sino el Mesías. Lo es.

Yo os lo juro. No soy un inculto ni un estúpido. Lo es. Yo le he visto obrar y he oído su palabra, y os digo: es Él, el Mesías. El milagro le sirve como un esclavo a su amo. Enfermedades y desventuras caen como cosas muertas y nace alegría y salud. Y los corazones cambian aún más que los cuerpos. Ya lo veis en mí. ¿No tenéis enfermos?, ¿no tenéis penas que necesiten ser aliviadas? Si las tenéis, venid mañana, al alba, a la Puerta de los Peces. Ahí estará Él trayendo consigo la felicidad. Entretanto, ved cómo yo, en su nombre, a los pobres les doy este dinero.

Judas distribuye unas monedas a dos lisiados y a tres ciegos, y por último fuerza a una viejecita a aceptar las últimas monedas. Luego despide a la multitud y se quedan él, José de Arimatea, Nicodemo y otros tres que no conozco.

-¡Ah, ahora me siento bien! - exclama Judas - No tengo ya nada, y soy como Él quiere.

-Verdaderamente no te reconozco. Creía que era una broma, pero veo que vas en serio - exclama José.

-¡En serio! ¡Si yo soy el primero que no me reconozco! Sigo siendo una bestia inmunda respecto a Él, pero ya estoy muy cambiado.

-¿Y vas a dejar de pertenecer al Templo? - pregunta uno de los que no conozco.

-¡Sí! Soy del Cristo. Quien lo conoce, a menos que sea un áspid, no puede más que amarlo, y no desea nada más aparte de Él.

-¿No va a volver aquí? - pregunta Nicodemo.
-Claro que volverá, pero no ahora.

-Quisiera oírlo.
-Ya ha hablado en este lugar, Nicodemo.

-Lo sé. Pero yo estaba con Gamaliel… Lo vi… pero no me detuve.
-¿Qué dijo Gamaliel, Nicodemo?

-Dijo: "Algún nuevo profeta". No dijo nada más.
-¿Y no le expresaste lo que yo te dije, José? Tú eres amigo suyo…

-Lo hice, pero me respondió: "Ya tenemos al Bautista y, según la doctrina de los escribas, al menos deben pasar cien años entre éste y aquél, para preparar al pueblo a la venida del Rey. Yo digo que hacen falta menos – añadió - porque el tiempo se ha cumplido ya - Y terminó: "Sin embargo, no puedo admitir que el Mesías se manifieste así… Un día creí que comenzaba la manifestación mesiánica, porque su primer destello era verdaderamente resplandor celeste; pero luego… se hizo un gran silencio. Y pienso que me he equivocado".

¿Por qué no se lo vuelves a decir? Si Gamaliel estuviera con nosotros y vosotros con él…
-No os lo aconsejo - objeta uno de los tres desconocidos - El Sanedrín es poderoso y Anás lo rige con astucia y avidez. Si tu Mesías quiere vivir, le aconsejo que permanezca en la oscuridad; a menos que se imponga con la fuerza, pero entonces está Roma…

-Si el Sanedrín lo oyera, se convertiría al Cristo.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! - se ríen los tres desconocidos y dicen:

«Judas, te creíamos, sí, cambiado, pero todavía inteligente. Si es verdad lo que dices de Él, ¿cómo puedes pensar que el Sanedrín lo siga? Ven, ven, José. Es mejor para todos. Dios te proteja, Judas. Lo necesitas - Y se marchan. Judas se queda sólo con Nicodemo.

Simón se aleja sin hacerse notar y va donde el Maestro.
-Maestro, me acuso de haber pecado de calumnia con la palabra y con el corazón. Ese hombre me desorienta. Lo creía casi un enemigo tuyo, y lo he oído hablar de ti de una forma que pocos entre nosotros lo hacen, especialmente aquí donde el odio podría matar primero al discípulo y luego al Maestro. Y le he visto dar dinero a los pobres, y tratar de convencer a los
miembros del Sanedrín…

-¿Lo ves, Simón? Me alegro de que lo hayas visto en una ocasión. Referirás esto también a los demás cuando lo acusen.

Bendigamos al Señor por esta alegría que me das, por tu honestidad al decir “he pecado" y por la obra del discípulo que creías malvado y no lo es.
Oran durante largo tiempo y luego salen.

-¿No te ha visto?
-No. Estoy seguro.
-No le digas nada. Es un alma muy enferma. Una alabanza sería semejante al alimento dado a un convaleciente de una gran fiebre de estómago. Le haría empeorar, porque se gloriaría al tener conciencia que los demás se fijan en él. Y donde entra el orgullo…

-Guardaré silencio. ¿A dónde vamos?
-A donde Juan; estará a esta hora calurosa en la casa de los Olivos.
Caminan ligeros, buscando la sombra por las calles, calles verdaderamente de fuego a causa del intenso sol. Salen del suburbio polvoriento, atraviesan la puerta de la muralla, salen a la deslumbrante campiña; de ésta a los olivos, de los olivos a la casa.

En la cocina (fresca y oscura por la cortina que han colocado en la puerta) está Juan. Se ha quedado traspuesto. Jesús lo llama:

-¡Juan!
-¿Tú, Maestro? Te esperaba por la noche.
-He venido antes. ¿Cómo te has sentido durante este tiempo, Juan?

-Como un cordero que hubiera perdido a su pastor. Les hablaba a todos de ti, porque ello ya significaba tenerte un poco. He hablado de ti a algunos familiares, a conocidos, a otras personas, y a Anás… y a un lisiado que lo he hecho amigo mío con tres denarios; me los habían dado y yo se los he dado a él. Y también a una pobre mujer, de la edad de mi madre, que lloraba en un corro de mujeres a la puerta de una casa. Le pregunté: "¿Por qué lloras?". Me respondió: "El médico me ha dicho: `Tu hija está enferma de tisis. Resígnate. Con los primeros temporales de Octubre morirá”. Ella es lo único que tengo; es hermosa, buena, y tiene quince años. Iba a casarse para la primavera, y en lugar del cofre de bodas le tengo que preparar el sepulcro".

Le respondí:
-Yo conozco a un Médico que te la puede curar si tienes fe.
-Ya ninguno la puede curar. La han visto tres médicos. Ya escupe sangre.

  • El mío - dije - no es un médico como los tuyos, no cura con medicinas, sino con su poder; es el Mesías…".
    Una viejecita, entonces, dijo:
    -¡Cree, Elisa! ¡Conozco a un ciego al que Él le ha devuelto la vista!

La madre entonces pasó del desánimo a la esperanza, y te está esperando… ¿He hecho bien? No he hecho más que esto.

-Has hecho bien. Por la noche iremos a ver a tus amigos. ¿Has vuelto a ver a Judas?
-No, Maestro. Pero me ha mandado comida y dinero. Yo se lo he dado a los pobres. Me había dicho que podía usarlo porque era suyo.

-Es verdad. Juan, mañana vamos hacia Galilea…
-Esto me alegra, Maestro. Pienso en Simón Pedro. ¿Con qué ansia te esperará! ¿Pasaremos también por Nazaret?
-Sí, y allí esperaremos a Pedro, a Andrés y a tu hermano Santiago.

-¡Oh!, ¿nos quedamos en Galilea?
-Sí, durante un tiempo.

Se le ve contento a Juan. Y todo cesa aquí, en este momento de felicidad de Juan.

84- El encuentro con Lázaro de Betania

Una clarísima aurora estiva. Más que aurora, ya infancia de día, porque el sol ya ha dejado todo límite de horizonte y sube cada vez más, sonriéndole a la tierra sonriente. No hay tallito que no ría con destellos de rocío. Parece como si los astros nocturnos se hubieran pulverizado, para ser oro y gemas en todos los tallos, en todas las frondas, y hasta incluso sobre las piedras esparcidas en el suelo, con sus escamitas silíceas, humedecidas por el rocío, que parecen polvos de tocador hechos de diamante, o polvo de oro.

Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.

-Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita.

-¿Es muy rico tu amigo!
-Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares.
-¿Es fariseo?
-Su padre no lo era. Él… es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita.

Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle "parque".
Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.

Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.
-Es una hora muy temprana para entrar, Simón - objeta Jesús.
-¡Pero si mi amigo, que sólo encuentra alivio en su jardín o entre los libros, se levanta nada más salir el sol! La noche es para él un tormento. No tardes más, Maestro, en darle tu alegría.

Un criado abre la puerta.

-¡Hola, Aseo! Dile a tu jefe que Simón el Zelote ha venido con su Amigo.
El criado los invita a entrar diciendo: «Vuestro siervo os saluda. Entrad, que la casa de Lázaro está abierta para los amigos». Luego se marcha corriendo.

Simón, que conoce bien el lugar, se dirige no hacia el paseo central sino hacia un sendero que entre rosales lleva a una pérgola de jazmines.

Y de allí, en efecto, sale Lázaro poco después. Está delgado y pálido, como siempre lo he visto; alto, pelo corto ni tupido ni rizado, barba rala apenas limitada a la barbilla. Viste de lino blanquísimo y anda con dificultad, como si le dolieran las piernas.

Cuando ve a Simón, hace un gesto de afectuoso saludo, y luego, como puede, corre hacia Jesús y se hinca de rodillas, y se inclina profundamente para besar el borde del vestido de Jesús, diciendo:

-No soy digno de tanto honor, pero, puesto que tu santidad se humilla hasta mi miseria, ven, mi Señor, entra, y sé dueño en mi pobre casa.

-Levántate, amigo. Recibe mi paz.
Lázaro se levanta y besa las manos de Jesús y lo mira con veneración no exenta de curiosidad. Caminan hacia la casa.
-¡Cuánto te he esperado, Maestro! Cada alba decía: "Hoy vendrá", y cada noche decía: "¡Tampoco hoy lo he visto!"».
-¿Por qué me esperabas con tanta ansia?
-Porque… ¿qué esperamos nosotros, los israelitas, sino a ti?
-¿Y tú crees que Yo soy el Esperado?

-Simón no ha mentido jamás, y no es un muchacho que se exalte por quimeras. La edad y el dolor lo han hecho maduro como un sabio. Y, además… aunque él no te hubiera conocido por la verdad de tu ser, tus obras habrían hablado y te habrían llamado "Santo". Quien hace las obras de Dios debe ser hombre de Dios. Y Tú las haces. Y las haces de un modo que dice cuánto eres Tú el Hombre de Dios. Él, mi amigo, fue a ti por la fama de milagros y obtuvo un milagro. Y sé que tu camino está marcado con otros milagros. ¿Por qué no creer entonces que eres el Esperado? ¡Oh, es tan dulce creer lo bueno! De muchas cosas que no son buenas debemos fingir creer que lo son, por amor a la paz, por no poderlas cambiar; debemos mostrar que creemos muchas palabras falsas, que parecen halagos, alabanzas, benignidad, y son por el contrario sarcasmo y censura, veneno recubierto de miel; debemos mostrar que las creemos aun sabiendo que son veneno, censura y sarcasmo…, debemos hacerlo porque… no se puede actuar de otra manera y somos débiles contra todo un mundo que es fuerte, y estamos solos contra todo un mundo que, como enemigo, está contra nosotros… ¿Por qué, entonces, tener dificultad en creer lo bueno? Pero es que, además, estamos en la plenitud de los tiempos y los signos de los tiempos se dan. Y cuanto pudiera faltar para robustecer la fe y hacerla impasible ante la duda, lo pone nuestra voluntad de creer y de aplacar nuestro corazón en la certeza de que la espera ha terminado y de que el Redentor está entre nosotros; está entre nosotros el Mesías… Aquel que devolverá la paz a Israel y a los hijos de Israel, Aquel que… hará que muramos sin angustia, sabiendo que hemos sido redimidos, y que vivamos sin ese aguijón de nostalgia por nuestros muertos… ¡Oh…, los muertos! ¿Por qué sentir pena por ellos, sino porque no tienen ya a sus hijos y todavía no tienen a su Padre y Dios?-¿Hace mucho que se te ha muerto tu padre?

-Tres años. Y siete que se me murió mi madre… Pero ya hace algo de tiempo que no los compadezco… Yo mismo quisiera estar donde espero que estén ellos aguardando el Cielo.

-No tendrías, entonces, como huésped al Mesías.

-Es cierto. Ahora yo soy más que ellos porque te tengo… y el corazón se aplaca con esta alegría. Entra, Maestro.

Concédeme el honor de hacer de mi casa la tuya. Hoy es sábado y no puedo honrarte convidando a amigos…
-No lo deseo. Hoy soy todo para el amigo común de Simón y mío.
Entran en una hermosa sala, donde unos criados están preparados para recibirlos.

-Os ruego que los sigáis - dice Lázaro - Podréis reponer fuerzas o tomar algo fresco antes de la comida matutina.
Y, mientras Jesús y Simón van a otro lugar, Lázaro da órdenes a los siervos. Comprendo que la casa es rica, y señorial además de rica…

…Jesús bebe leche (Lázaro quiere servírsela personalmente a toda costa antes de sentarse para la comida matutina).

Veo que Lázaro se vuelve a Simón y le dice:

-He encontrado al hombre que está dispuesto a adquirir tus bienes, y al precio que tu intendente ha estimado justo. No quita ni una dracma.
-Pero ¿está dispuesto a observar mis cláusulas?
-Está dispuesto. Acepta todo, con tal de estar en esas tierras. Y yo me alegro porque al menos sé con quién confino. No obstante, de la misma forma que tú deseas permanecer al margen en la venta, él desea que no sepas quién es. Te ruego que secundes este deseo suyo.

-No veo motivo para no hacerlo. Tú, amigo mío, harás mis veces… Todo lo que hagas estará bien. Me conformo sólo con que mi servidor fiel no se quede en la calle… Maestro, yo vendo, y, por lo que a mi respecta, me siento feliz de no tener ya nada que me ligue a ninguna cosa que no sea servirte a ti. Pero tengo un viejo criado fiel, el único que ha quedado después de mi desventura y que - ya te lo dije - me ayudó siempre en los momentos de segregación, cuidando de mis bienes como de los propios, haciéndolos incluso pasar con la ayuda de Lázaro por propios para salvármelos y poder socorrerme con ellos.

Ahora no sería justo que yo lo despidiera sin casa, ahora que es anciano. He decidido que una pequeña casa, en las lindes de la propiedad, se quede para él y que parte de la suma se le dé para su sustento futuro. Los viejos, ya sabes, son como la hiedra: cuando han vivido siempre en un lugar, sufren demasiado si se les aleja de él. Lázaro lo quería consigo, porque Lázaro es bueno, pero he preferido hacer esto. Sufrirá menos el anciano…

-Tú también eres bueno, Simón. Si todos fueran justos como tú, resultaría más fácil mi misión…» observa Jesús. -¿Sientes que el mundo es reacio, Maestro? - pregunta Lázaro.
-¿El mundo?… No. La fuerza del mundo: Satanás. Si él no fuera dueño de los corazones y los tuviera en su poder, Yo no encontraría resistencia. Pero el Mal está en contra del Bien, y tengo que vencer en cada uno al mal para introducir en ellos el bien… y no todos quieren.

-Es cierto. ¡No todos quieren! Maestro, ¿qué palabras encuentras para el culpable; para convertirlo, para doblegarlo?

¿Palabras de severa reprobación como las que llenan la historia de Israel hacia los culpables - el último que las usa es el Precursor - o por el contrario palabras de piedad?

-Practico el amor y la misericordia. Cree, Lázaro, que para quien a caído tiene más poder una mirada de amor que una maldición.

-¿Y si el amor es objeto de burla?
-Seguir insistiendo. Insistir hasta el extremo. Lázaro, ¿conoces las tierras traidoras que se tragan a los incautos?

-Sí. Lo he leído - en el estado en que me encuentro leo mucho, por pasión y por pasar las largas horas de insomnio. Sí, he leído acerca de ellas. Sé que existen en Siria y en Egipto, y otras en donde los caldeos, y sé que son como ventosas, aspiran cuando hacen presas. Un romano dice que son bocas del Infierno, habitadas por monstruos paganos. ¿Es verdad?

-No es verdad. No son más que especiales formaciones del suelo terrestre. El Olimpo no tiene nada que ver aquí.

Dejará de creerse en el Olimpo y aquéllas seguirán existiendo, y el progreso del hombre no podrá más que proporcionar una explicación más verídica del hecho, pero no eliminarlo. Ahora Yo te digo: De la misma forma que has leído acerca de esas tierras, habrás leído también de qué manera puede salvarse quien cae en ellas.

-Sí, lanzándole una soga, o con una estaca o una rama. En ocasiones es suficiente poco para darle al que se está hundiendo eso mínimo que necesita para mantenerse, que es además ese mínimo imprescindible para que esté tranquilo, sin movimientos convulsivos, mientras espera un socorro mayor.

-Pues bien. El culpable, el que está en manos de Satanás, es como si sufriera la succión de un suelo engañoso (cubierto de flores en la superficie, pero lodo movedizo por debajo). ¿Tú crees que, si uno supiera qué significa poner aunque sólo fuera un átomo de sí mismo en manos de Satanás, lo haría? Pero no sabe… y, después… o lo paraliza el aturdimiento y el veneno del Mal o lo enloquece, y para huir del remordimiento de haberse procurado la propia ruina empieza a moverse convulsivamente, a agarrarse al lodo, creando así pesadas ondas con su movimiento imprudente, las cuales aceleran cada vez más su fin. El amor es la soga, el hilo, la rama de que tú hablas. Insistir, insistir… hasta que se aferre… Una palabra… y perdón… un perdón más grande que la culpa… al menos para impedir que siga hundiéndose y esperar el socorro de Dios… Lázaro, ¿sabes qué poder tiene el perdón?: Hace que Dios acuda a ayudar a quien está socorriendo a otro… ¿Lees mucho?

-Mucho; y no sé si hago bien, pero la enfermedad y… y otras cosas… me han privado de muchas delicias del hombre… y ahora no tengo más que la pasión de las flores y los libros…, de las plantas y los caballos… Sé que se me critica, pero ¿puedo yo ir a mis propiedades en este estado (y descubre unas piernas enormes completamente vendadas) a pie o ni siquiera en mula?

Debo usar un carro, y además que sea rápido. Por eso he adquirido caballos y me he encariñado con ellos; lo digo. Pero si Tú me dices que está mal… pues que se los lleven a venderlos.

-No, Lázaro, no son estas cosas las que corrompen; corrompe lo que turba el espíritu y lo aleja de Dios.

-Precisamente esto, Maestro, es lo que querría saber. Yo leo mucho. Sólo tengo este consuelo. Me gusta saber. Yo creo que en el fondo es mejor saber que hacer el mal, es mejor leer que… que hacer otras cosas. Pero yo no leo sólo lo que se refiere a nosotros. Me gusta conocer también el mundo de los demás, y Roma y Atenas me atraen. Ahora sé cuánto mal le vino a Israel cuando se corrompió con los asirios y con Egipto, y cuánto mal nos hicieron los gobiernos helenizantes. No sé si un particular puede hacerse a sí el mismo daño que Judas se hizo a sí mismo y a nosotros, sus hijos. Pero Tú qué piensas de ello. Deseo que me enseñes. Tú, que no eres un rabí, pero que eres el Verbo sapiente y divino.

Jesús lo mira fijamente durante unos minutos; una mirada penetrante y al mismo tiempo lejana. Parece como si, traspasando el cuerpo opaco de Lázaro, Él escrutara su corazón y, yendo aún más allá, viera quién sabe qué… Al final, habla:

-¿Sientes turbación por lo que lees? ¿Te separa de Dios y de su Ley?

-No. Maestro; me mueve, por el contrario, a hacer comparaciones entre nuestra verdad y la falsedad pagana.

Comparo y medito las glorias de Israel, sus justos, sus patriarcas, sus profetas, y las figuras deshonestas de las historias de otros. Comparo nuestra filosofía - si se puede llamar así la Sabiduría que habla en los textos sagrados - con la pobre filosofía griega y romana, en las cuales hay, sí, chispas de fuego, pero no la segura llama que arde y resplandece en los libros de nuestros sabios. Y luego, con mayor veneración aún, me inclino con el espíritu a adorar a nuestro Dios que habla en Israel a través de hechos, personas y escritos nuestros.

-Pues entonces continúa leyendo… Te será útil conocer el mundo pagano… Continúa. Puedes continuar. Careces del fermento del mal y de la gangrena espiritual; por tanto puedes leer sin miedo: el amor verdadero que tienes hacia tu Dios hace estériles los gérmenes profanos que la lectura puede esparcir en ti. En todas las acciones del hombre hay posibilidad de bien o de mal, según se cumplan. Amar no es pecado, si se ama santamente. Trabajar no es pecado, si se trabaja cuando es justo.

Ganar no es pecado, si uno se conforma con lo que es justo. Instruirse no es pecado, si, por la instrucción, no se mata la idea de Dios en nosotros. Por el contrario, es pecado incluso el servir al altar, si ello se hace por interés propio. ¿Estás convencido esto, Lázaro?

-Sí, Maestro. He preguntado esto a otros, y han terminado despreciándome… Pero Tú me das luz y paz. ¡Oh, si todos te oyeran!… Ven, Maestro. Entre los jazmines se siente frescura y silencio, y dulce es descansar entre sus frescas sombras esperando a que decline el día».

Salen y todo termina.

83- Jesús sufre a causa de Judas, que es enseñanza viva para los apóstoles de todos los tiempos

Jesús está en el campo, en una zona de tierras óptimas: magníficas parcelas de árboles frutales, viñedos espléndidos con racimos cargados de uvas, que tienden ya a teñirse de oro y de rubí… Está sentado entre frutales comiendo algo de fruta que le ha ofrecido un campesino.

Quizás poco antes ha estado hablando, porque el campesino dice:

-Me alegro de poder aliviar tu sed, Maestro. Tu discípulo ya nos había hablado de tu sabiduría, pero aun así nos hemos quedado asombrados al escucharte. Cerca como estamos de la Ciudad Santa, se va frecuentemente a ella para vender fruta y verduras. Se sube entonces también al Templo y se escucha a los rabíes. Pero no hablan, no, como Tú. Uno vuelve diciendo: "Si es así, ¿quién se salva?".

Tú, por el contrario… ¡oh, a uno le parece sentir el corazón aligerado! Un corazón que vuelve a ser niño, aunque se siga siendo hombre. Soy un hombre rudo… no sé explicarme, pero Tú, sin duda, entiendes.

-Sí. Te entiendo. Quieres decir que, con la seriedad y el conocimiento de las cosas, propios de quien es adulto, sientes, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que la simplicidad, la fe, la pureza te renacen en el corazón, y te parece como si volvieras a ser niño, sin culpas ni malicia, con mucha fe, como cuando de la mano de tu madre subías al templo por primera vez u orabas sobre sus rodillas. Esto quieres decir. -Estos sí, exactamente esto. ¡Dichosos vosotros que estáis siempre con El! - dice luego a Juan, Simón y Judas, que comen jugosos higos, sentados en una tapia baja. Y termina - Y dichoso yo por tenerte como huésped durante una noche. Ya no temo ninguna desventura en mi casa, porque tu bendición ha entrado en ella.

Jesús responde:

-La bendición actúa y dura si los corazones permanecen fieles a la Ley de Dios y a mi doctrina; en caso contrario, la gracia cesa. Y es justo, porque, si es verdad que Dios da sol y aire tanto a los buenos como a los malos (para que vivan y, si son buenos, se hagan mejores, y, si son malos, se conviertan), también es justo que la protección del Padre se retire para castigo del malvado, para moverlo con penas a acordarse de Dios.
-¿No es siempre un mal el dolor?

-No, amigo. Es un mal desde el punto de vista humano, pero desde el punto de vista sobrehumano es un bien. Aumenta
los méritos de los justos que lo sufren sin desesperación y rebelión y que lo ofrendan, ofreciéndose a sí mismos con su resignación, como sacrificio de expiación por las propias faltas y por las culpas del mundo; y es también redención para los no justos.

-¡Es tan difícil sufrir!… - dice el campesino, al cual se han unido los familiares (unos diez entre adultos y niños).

-Sé que el hombre lo encuentra difícil. Y el Padre, sabiendo esto, al principio no había dado el dolor a sus hijos. El dolor vino por la culpa. Pero, ¿cuánto dura el dolor en la Tierra, en la vida de un hombre? Poco tiempo, siempre poco aunque durase toda la vida. Ahora bien, Yo digo: ¿No es mejor sufrir durante poco tiempo que siempre?, ¿no es mejor sufrir aquí que en el Purgatorio? Pensad que el tiempo allí se multiplica por mil. ¡Oh!, en verdad os digo que no se debería maldecir sino bendecir el sufrimiento, y llamarlo "gracia", y llamarlo "piedad".

-Nosotros bebemos tus palabras, Maestro, como un sediento en verano bebe agua con miel, sacada de fresca ánfora!

¿Te vas realmente mañana, Maestro?
-Sí, mañana. Pero volveré, para darte las gracias por cuanto has hecho por mí y por los míos, y para pedirte otra vez un pan y descanso.

-Eso siempre lo encontrarás aquí, Maestro.
Se acerca un hombre con un borrico cargado de verduras.
-Mira, si tu amigo quiere partir… mi hijo va a Jerusalén para el gran mercado de la Parasceve.

-Ve, Juan. Tú sabes lo que debes hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo - Jesús abraza a Juan y lo besa. Simón también hace lo mismo.
-Maestro - dice Judas - si lo permites, voy con Juan. Me urge ver a un amigo. Todos los sábados está en Jerusalén. Iría con Juan hasta Betfagé y luego iría por mi cuenta… Es un amigo de casa… ya sabes… mi madre me dijo…

-No te he preguntado nada, amigo.
-Me llora el corazón al tener que dejarte. Pero dentro de cuatro días estaré de nuevo contigo, y seré tan fiel que hasta te resultaré pesado.

-Ve. Para el alba de dentro de cuatro días estad en la Puerta de los Peces. Adiós, y que Dios te asista.

Judas besa al Maestro y se marcha a poca distancia del borrico, que trota por el camino polvoriento.
Cae la tarde sobre la campiña, que se hace silenciosa. Simón observa cómo trabajan los hortelanos regando sus parcelas.

Jesús permanece un tiempo en donde estaba. Luego se levanta, va hacia la parte de atrás de la casa, se adentra entre los árboles frutales, se aísla. Va hasta una parte muy tupida en la cual robustos granados se entrecruzan con matas bajas – yo diría que son de uva crespa, pero no lo sé con seguridad, porque ya no tienen frutos y conozco poco la hoja de esta planta. Jesús se esconde detrás, se arrodilla, ora… y luego se inclina hacia la hierba, con el rostro contra el suelo, y llora (me lo dicen sus suspiros profundos y quebrados): es un llanto desconsolado; sin sollozos, pero muy triste.

Pasa el tiempo. La luz es ya crepuscular, pero aún no hay tanta oscuridad como para no poder ver. En este marco de escasa luz, se ve sobresalir por encima de una mata la cara fea pero honesta de Simón. Mira, busca, y distingue la forma replegada sobre sí del Maestro, todo cubierto por el manto azul oscuro que lo confunde casi con las sombras del suelo; sólo resaltan la cabeza rubia, apoyada sobre las muñecas, y las manos unidas en oración, que sobresalen por encima de aquélla.

Simón mira con esos ojos suyos un tanto saltones. Comprende que Jesús está triste, por los suspiros que emite, y su boca de labios abultados y violáceos se abre:
-¡Maestro!
Jesús alza el rostro.
-¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?
El rostro de Simón está lleno de asombro y pena. Es, decididamente, un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado. Pero tiene una mirada tan buena, que desaparece la fealdad.
-Ven, Simón, amigo.
Jesús se ha sentado en la hierba. Simón se sienta cerca de Él.
-¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no sabré darte todo lo que te da él. Pero deseo darte todo el consuelo; siento sólo un dolor: el de ser incapaz de hacerlo. Dime: ¿Te he disgustado en estos últimos días hasta el punto de que te abata el tener que estar conmigo?

-No, amigo bueno. No me has disgustado jamás desde el momento en que te vi. Y creo que nunca serás para mí motivo de llanto.

-¿Entonces, Maestro? No soy digno de que te confíes a mí, pero, por la edad, casi podría ser padre tuyo, y Tú sabes qué sed de hijos he tenido siempre… Deja que te acaricie como si fueras un hijo y que te haga, en esta hora de dolor, de padre y de madre. Es de tu Madre de quien Tú tienes necesidad para olvidar muchas cosas…

-¡Oh, sí, es de mi Madre!
-Pues déjale a tu siervo la alegría de consolarte, en espera de poder consolarte en Ella. 'Tú lloras, Maestro, porque ha habido uno que te ha disgustado. Desde hace días tu rostro es como sol ensombrecido por nubes. Yo te observo. Tu bondad celatu herida, para que nosotros no odiemos al que te hiere; pero esta herida duele y te produce náusea. Dime, Señor mío: ¿Por qué no alejas de ti la fuente del dolor?

-Porque es inútil humanamente y además sería anticaridad.
-¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que hablo de Judas! Es por él por quien sufres. ¿Cómo puedes Tú, Verdad, soportar a ese embustero? Él miente y no cambia de color; es más falso que un zorro, más compacto que un peñasco. Ahora se ha ido. ¿A hacer qué? Pero, ¿cuántos amigos tiene? Me duele dejarte; si no, querría seguirlo y ver… ¡Oh! ¡Jesús mío! Ese hombre… Aléjalo de ti, Señor mío.

-Es inútil. Lo que debe ser será.
-¿Qué quieres decir?
-Nada especial.
-Tú no te has opuesto a que se marche porque… porque te has asqueado de su modo de actuar en Jericó.
-Es verdad, Simón. Yo te sigo diciendo: Lo que debe ser será. Y Judas es parte de este futuro. Debe estar también él.
-Juan me ha dicho que Simón Pedro es todo autenticidad y fuego… ¿Lo podrá soportar a éste?

-Lo debe soportar. También Pedro está destinado a ser una parte, y Judas es el cañamazo en el que debe tejer su parte; o, si lo prefieres, es la escuela en que Pedro más madurará. Ser bueno con Juan, entender a los espíritus como Juan, es virtud hasta de los tontos. Pero ser bueno con quien es un Judas, y saber entender a los espíritus como los de Judas, y ser médico y sacerdote para ellos, es difícil: Judas es vuestra enseñanza viviente.

-¿La nuestra?

-Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la Tierra. Se irá después de haber comido el más duro pan y haber bebido el más agrio vino. Pero vosotros os quedaréis para continuarme… y debéis saber. Porque el mundo no termina con el Maestro, sino que continúa después, hasta el retorno final del Cristo y el juicio final del hombre. Y, en verdad te digo que por un Juan, un Pedro, un Simón, un Santiago, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, hay al menos otras tantas veces siete Judas. ¡Y más, más aún!…

Simón reflexiona y calla. Luego dice:
-Los pastores son buenos. Judas los desprecia. Yo los amo.
-Yo los amo y los ensalzo.
-Son almas sencillas, como te agradan a ti.
-Judas ha vivido en una ciudad.
-Es su única disculpa. Pero muchos han vivido en una ciudad y sin embargo… ¿Cuándo piensas venir donde mi amigo?
-Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos tú y Yo solos. Creo que será un hombre culto y experimentado como tú.
-Y sufre mucho… en el cuerpo y, más aún, en el corazón. Maestro… quisiera pedirte una cosa: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes sobre su casa.
-No lo haré. Yo soy para quien sufre, pero no fuerzo las confidencias; el llanto tiene su pudor.

-Y yo no lo he respetado… Pero es que me has dado tanta pena…
-Tú eres mi amigo y ya le habías dado un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo soy el Rabí desconocido. Cuando me conozca… entonces… Vamos. La noche ha llegado. No hagamos esperar a los huéspedes, que están cansados. Mañana al alba iremos a Betania.

Jesús dice luego (a María Valtorta a quien seudónimamente llamaba “pequeño Juan”:
-Pequeño Juan, ¡cuántas veces he llorado, rostro en tierra, por los hombres! ¿Y vosotros quisierais ser menos que Yo?

También para vosotros, los buenos están en la proporción que había entre los buenos y Judas. Y cuanto más bueno es uno, más sufre por ello. Pero también para vosotros - y esto lo digo especialmente para aquellos que han sido designados para el cuidado de los corazones - es necesario aprender estudiando a Judas. Todos sois "Pedros", vosotros, sacerdotes, y debéis atar y desatar; pero, ¡cuánto, cuánto, cuánto espíritu de observación, cuánta fusión en Dios, cuánto estudio vivo, cuántas comparaciones con el método de vuestro Maestro debéis hacer para serlo como debéis!

A alguno le parecerá inútil, humano, imposible cuanto ilustro. Son los de siempre, los que niegan las fases humanas de la vida de Jesús, y de mí hacen una cosa tan fuera de la vida humana que soy sólo cosa divina. ¿Dónde queda entonces la Santísima Humanidad, dónde el sacrificio de la Segunda Persona vistiendo una carne? ¡Pues verdaderamente era Hombre entre los hombres! Era el Hombre, y por tanto sufría viendo al traidor y a los ingratos, y por tanto gozaba con quien me quería o a mí se convertía, y por tanto me estremecía y lloraba ante el cadáver espiritual de Judas. Me estremecí y lloré ante el amigo muerto, (Lázaro), pero sabía que lo llamaría a la vida y gozaba viéndolo ya con el espíritu en el Limbo.

Aquí… aquí estaba frente al Demonio. Y no digo más.
Tú sígueme, Juan. Demos a los hombres también este don. ¡Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y se esfuerzan en cumplirla! ¡Bienaventurados los que quieren conocerme para amarme! En ellos y para ellos, Yo seré bendición.

82- En Jericó. Judas Iscariote cuenta cómo ha vendido las joyas de Áglae

La plaza del mercado de Jericó. Pero no por la mañana sino por la tarde, bajo una prolongada puesta de sol, calurosísima, de pleno verano. Del mercado de la mañana sólo quedan rastros: restos de verduras, montones de excrementos, paja caída de las cestas o de las cabezadas de los burros, jirones de trapajos… Sobre todo ello las moscas triunfan y, de todo, el sol hace fermentar y evaporar hedores y olores de cosas poco agradables.

La vasta plaza está vacía. Algún raro transeúnte, algún gamberro pendenciero que tira piedras a los pájaros de los árboles de la plaza, alguna mujer que va a la fuente; nada más.

Jesús llega por una calle, mira a su alrededor, no ve todavía a nadie. Pacientemente se apoya en un tronco y espera, encontrando la manera de hablar a los gamberros, sobre la caridad que comienza en Dios y desciende del Creador a todas las criaturas.

-No seáis crueles. ¿Por qué queréis disturbar a los pájaros del aire? Tienen nidos ahí arriba, tienen a sus pequeñas crías, no hacen daño a nadie, nos proporcionan cantos y limpieza, comiéndose los desperdicios que el hombre deja y los insectos que perjudican las cosechas y la fruta. ¿Por qué herirlos y matarlos, privando a los pequeñuelos de sus padres y de sus madres, o a éstos de sus pequeñuelos? Os agradaría que un malvado entrase en vuestra casa y os la destruyera, o que os matara a vuestros padres o que os llevara lejos de ellos?

No, claro que no os agradaría. Entonces, ¿por qué hacer a estos inocentes lo que no querríais que os hicieran a vosotros? ¿Cómo podréis el día de mañana no hacer mal al hombre, si, de niños, os endurecéis el corazón con criaturitas inermes y delicadas como los pajaritos? Y ¿no sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo"? Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿cómo puede ir a su Casa a pedirle algo?

Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: "Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó; por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos".

¿Veis cómo ama Él, el Señor eterno? En los meses más fríos hace que sus pajaritos puedan encontrar llenos los heniles, para que aniden en ellos. En los meses calurosos les da las sombras de las hojas para protegerlos del sol. Durante el invierno, en los campos, apenas está el trigo cubierto de tierra y es fácil sacar la semilla y comerla. En verano, alivian la sed con las frutas jugosas, y pueden hacer los nidos bien sólidos y calientes con las pajitas de heno y con la lana que las ovejas dejan en las zarzas.

Y es el Señor. Vosotros, pequeños hombres, creados por Él como los pájaros, por tanto hermanos suyos de creación, ¿por qué queréis ser distintos de Él, creyendo que os es lícito comportaros cruelmente con estos pequeños animales? Sed misericordiosos con todos y no privéis de lo justo a ninguno; para con los hombres hermanos y para con los animales, vuestros siervos y amigos; y Dios….
-¿Maestro? - dice Simón - Judas está llegando.
-…y Dios será misericordioso con vosotros, dándoos todo cuanto os hace falta, como se lo da a estos inocentes.

Marchaos y llevad con vosotros la paz de Dios.
-Jesús se abre paso en el círculo de muchachos, a los que se habían unido algunos adultos, y se dirige hacia Judas y Juan, que vienen rápidos por otra calle. A Judas se le ve jubiloso, Juan sonríe a Jesús… pero no parece contento en absoluto.

-Ven, ven, Maestro. Creo que he hecho una buena cosa. Ven conmigo, que aquí en la calle no se puede hablar.
-¿A dónde?, Judas.

-A la posada. Ya he reservado cuatro habitaciones… modestas. ¡No temas! Es sólo para poder descansar en una cama después de tanta incomodidad por este calor, y comer como hombres y no como pájaros en el follaje, y gozar de paz para hablar. He hecho una venta muy buena, ¿verdad, Juan?

Juan asiente sin mucho entusiasmo. Pero Judas está tan contento de lo que ha hecho que no nota, ni que Jesús se muestra poco contento ante la perspectiva de un alojamiento cómodo, ni la aún menos entusiasta actitud de Juan, y prosigue:

-Como he hecho la venta por más de lo que había estimado, me he dicho: "Es justo que deje aparte una pequeña suma, cien denarios, para nuestras camas y nuestra comida. Si estamos agotados nosotros, que hemos comido siempre, Jesús debe estar extenuado". ¡Tengo el deber de mirar porque no enferme mi Maestro! Deber de amor, porque Tú me amas y yo te amo…

También hay lugar para vosotros y para las ovejas - dice a los pastores - He pensado en todo.
Jesús no dice una palabra. Lo sigue junto con los demás.
Llegan a una placita secundaria. Judas dice:

-¿Ves aquella casa sin ventanas que den a la calle y con aquella puertecita tan estrecha que parece una hendidura en la pared? Es la casa del batidor de oro Diomedes. Parece una casa pobre, ¿verdad? Sin embargo, allí dentro hay tanto oro como para comprar Jericó y… ¡ja! ¡ja!… - Judas ríe maligno… - y entre ese oro pueden encontrarse muchos collares de piedras preciosas y vajillas y… y también otras cosas de las personas más influyentes en Israel. Diomedes… ¡oh!, todos fingen no conocerlo, pero todos lo conocen, desde los herodianos hasta… bueno… hasta todos. En aquel muro liso, pobre, se podría escribir: "Misterio y Secreto". ¡Si hablaran esas paredes!… ¡No ya escandalizarte, Juan, por la forma en que he negociado!… Es que tú… tú te morirías ahogado de estupor y de escrúpulo. Mejor dicho, mira, Maestro, no me mandes otra vez con Juan a tratar ciertos negocios. Por poco me hace que fracasara todo. No sabe cogerlas al vuelo, no sabe negar. Y con un lince como Diomedes
hay que tener reflejos rápidos, y mostrarse seguro. Juan dice en tono bajo:

-¡Decías unas cosas, tan raras y tan… tan…! Sí, Maestro, no me des este encargo otra vez, yo sólo soy capaz de amar, yo….
-Difícilmente necesitaremos otras ventas de este tipo - responde Jesús serio.

-Ahí está la posada. Ven, Maestro. Hablo yo porque… lo he hecho todo yo.

-Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.
-Hablemos enseguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas.

-Te escucho.
-Juan puede decir si soy sincero.
-No lo dudo. Entre hombres honestos no debe ser necesario juramento y testimonio. Habla.

-Llegamos a Jericó a la hora sexta. Estábamos sudados como animales de carga. No quise darle a Diomedes la impresión de tener necesidad urgente. Así, vine aquí antes, me refresqué perfectamente, me puse un vestido limpio, y esto mismo quise que hiciera él. ¡Oh, no quería saber nada de dejarse ungir y atusar el pelo!… ¡Y es que yo había hecho mi plan, mientras venía por el camino! Cercano ya el atardecer, digo: "Vamos". Ya nos sentíamos descansados y frescos como dos ricachones en viaje de placer. Cuando estábamos para llegar donde Diomedes, le digo a Juan: "Tú sígueme la corriente, no niegues y sé rápido en entender".

¡Pero hubiera sido mejor haberle dejado fuera! No me ha ayudado en absoluto. Es más… ¡menos mal que yo soy vivo como dos y había pensado en todo!

De la casa salía el tasador. "¡Bien!", digo, "si sale ése, habrá denarios y lo que quiero para comparar". Porque el tasador,usurero y ladrón como todos los de su clase, tiene siempre joyas, arrancadas con amenazas y usura a los pobres desgraciados a los que tasa más de lo lícito para tener mucho de qué gozar en crápulas y mujeres; y es muy amigo de Diomedes, que compra y vende oro y carne…

Me identifiqué y entramos. Digo "entramos" porque una cosa es pasar al vestíbulo, donde él finge trabajar honestamente el oro, y otra cosa es bajar al sótano, donde lleva a cabo los verdaderos negocios. Para poder bajar es necesario que él lo conozca mucho a uno. Cuando me vio, me dijo: "¿Otra vez quieres vender oro? Estamos en un mal momento y tengo poco dinero". Lo de siempre. Yo le respondo: "No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyas de mujer? Pero bonitas, ricas, valiosas y de peso, de oro puro". Diomedes se queda de una pieza y me pregunta: "¿Es una mujer lo que quieres?". "No te preocupes - le respondo - no es para mí; es para este amigo mío que se va a casar y quiere comprar el oro para su amada".

En ese momento Juan empezó a hacer el niño. Diomedes, que lo estaba mirando, viendo que se ponía como la púrpura, dice - como viejo repugnante que es- : "
-¡Eh!, el muchacho con sólo oír nombrar a su novia entra en fiebre de amor. ¿Es muy guapa tu amada?- pregunta.
Yo le doy una patada a Juan para espabilarlo y hacerle entender que no se comportara como un estúpido. Pero respondió con un "sí" tan estrangulado que Diomedes se escamó. Entonces dije yo:

-Si es guapa o no no tiene por qué interesarte, viejo; no estará nunca entre el número de las hembras por las que el Infierno te poseerá. Es virgen honesta y pronto será honesta esposa. Saca tu oro. Yo soy el paraninfo y me han encargado ayudar al joven… yo, judío y ciudadano.

-¿Él es galileo, verdad?" - ¡Ese pelo siempre os traiciona! -¿Es rico?
-Mucho.

Entonces fuimos abajo y Diomedes abrió cofres y arcas. Di la verdad, Juan, ¿no parecía que estábamos en el Cielo ante todas aquellas gemas y objetos de oro? Collares, coronas, brazaletes, pendientes, redecillas de oro y piedras preciosas para el pelo, horquillas, fíbulas, anillos… ¡ah, qué esplendores! Con mucha gravedad elegí un collar más o menos como el de Áglae, y anillos, fíbulas, pulseras… todo como lo que tenía en la bolsa, y en número igual. Diomedes se maravillaba y preguntaba:
"¿Todavía más? ¿Pero, quién es éste? ¿Y la novia quién es?, ¿una princesa?". Cuando tuve todo lo que quería, dije: "¿El precio?".

¡Oh, qué letanía de lamentos preparatorios, sobre los tiempos, sobre los impuestos, sobre los riesgos, sobre los ladrones! ¡Oh, qué otra letanía de aseguramientos de honestidad! Luego, ésta fue la respuesta: "Sólo porque se trata de ti, te diré la verdad, sin exageraciones; pero, menos de esto ni siquiera una dracma. Pido doce talentos de plata". "¡Ladrón!" dije. Dije: "Vamos, Juan; en Jerusalén encontraremos alguno menos ladrón que éste". Y fingí que me marchaba. Vino tras mí corriendo. "Mi gran amigo, mi estimadísimo amigo, ven, escucha a este pobre siervo tuyo. Menos no puedo. Realmente no puedo. Mira, hago verdaderamente un esfuerzo y me arruino; lo hago porque tú me has ofrecido siempre tu amistad y me has hecho hacer buenos negocios. Once talentos, eso es. Es lo que yo daría si tuviera que comprar este oro a uno que pasa hambre. Ni una perra menos. Sería como sacar la sangre de mis viejas venas". ¿Verdad que decía esto? Hacía reír y daba náuseas.

Cuando lo vi bien firme sobre el precio destapé mis cartas. "Viejo sucio, sabe que no comprar, sino vender, quiero. Esto quiero vender. Mira: es precioso como lo tuyo. Oro de Roma y de forma nueva. Te lo quitarán de las manos. Es tuyo por once talentos; lo que has pedido por esto. Tú lo has valorado. Paga". ¡Uh, entonces!… "¡Es una traición! ¡Has traicionado mi estima en ti! ¡Tú eres mi ruina! ¡No puedo darte tanto!" gritaba. "Lo has valorado tú. Paga". "No puedo.” "Mira que se lo llevo a otros.”

"No, amigo”; y alargando sus manos torcidas las metía en el montón de joyas de Aglae. "Pues entonces paga: debería querer doce talentos, pero me conformo con lo último que has pedido". "No puedo.” "¡Usurero! Ten en cuenta que aquí tengo un testigo y te puedo denunciar como ladrón…", y le mencioné también otras virtudes, que no repito por este muchacho…

En fin, dado que me urgía vender y actuar con rapidez, le dije una cosa, una cosa que quedaba entre él y yo y que no mantendré… Pero, ¿qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y concluí con diez talentos y medio. Nos marchamos entre llantos y propuestas de amistad y… de mujeres. Y Juan… poco más y se echa a llorar. Pero, ¿qué te importa que te consideren un vicioso? Es suficiente con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que tú eres un aborto del mundo? ¿Un joven que no conoce el sabor de la mujer? ¿Quién quieres que te crea? O, si te creen… ¡yo no quisiera que pensaran de mí lo que puede
pensar de ti quien considere que no estás deseoso de una mujer!

Aquí está, Maestro. Cuéntalo Tú mismo. Tenía un montón de denarios, pero me pasé por donde el tasador y le dije: "Toma esta basura tuya y dame los talentos que te ha entregado Isaac" - porque, como última cosa, supe también esto, una vez hecho el trato. No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: "Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello". Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal.

-¿Qué te dijo? - pregunta Simón con indiferencia.
-Me dijo: "¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer".
Me dijo: "Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así". ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?

-Y, como buen griego, dice muchas verdades.
-¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?

  • No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás.

-Pero no conoce a Dios.
-Y tú… querrías dárselo a conocer…
-Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios.
-Es cierto. Pero el maestro debe conocerlo para darlo a conocer».

-¿Y yo no lo conozco?
-Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…

-Entran los pastores.

-Amigos, aquí hay diez talentos y medio, faltan sólo cien denarios; Judas se ha quedado con ellos para los gastos de alojamiento. Tomad.
-¿Los entregas todos? - pregunta Judas.

-Todos. No quiero ni una perra de ese dinero. Nosotros tenemos el óbolo de Dios y de los que honestamente buscan a Dios… y nunca nos faltará lo indispensable. Créelo. Tomad y alegraos como Yo me alegro, por el Bautista.

Mañana os dirigiréis a su prisión. Dos, o sea, Juan y Matías. Simeón con José irán adonde Elías a dar noticias y a instruirse para el futuro. Elías ya sabe.
Luego José volverá con Leví. El lugar de encuentro es dentro de diez días junto a la Puerta de los Peces, en Jerusalén, a la hora prima. Y ahora comamos y descansemos. Mañana, de madrugada, parto con los míos. No tengo nada más que deciros por ahora. Más adelante sabréis de mí.

Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan.

81- En el vado del Jordán con los pastores Simeón, Juan y Matías. Un plan para liberar a Juan el Bautista

Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.

A lo lejos, en el punto en que otra estrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Éstos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa.

Rápidamente se dirigen hacia Jesús.

-Yo casi no me atrevo… ¿Con qué palabras lo voy á saludar?
-¡Oh, es muy bueno! Dile: "La paz sea contigo". El saluda siempre así.
-Él sí… pero nosotros…
-¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores, y me quiere mucho… muchísimo.
-¿Quién es?
-Aquél más alto y rubio.
-¿Le hablamos del Bautista, Matías?
-¡Sí!
-¿No pensará que lo hemos preferido antes que a Él?
-No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándolo a Él.

-Tienes razón.
Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro. Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible. José acelera el paso. Las ovejas, por su parte, se ponen a trotar azuzadas por los pastores.

-La paz sea con vosotros - dice Jesús alzando los brazos como para abrazar, y especifica: « ¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!; paz a ti, José» y lo besa en la mejilla. Los otros tres ahora están de rodillas. «Venid, amigos. Debajo de estos árboles, sobre el guijarral del río. Hablemos.

Bajan. Jesús se sienta en una gruesa raíz que sobresale del terreno, los otros en el suelo. Jesús sonríe y los mira fijamente, fijamente, uno a uno:
-Dejad que conozca vuestros rostros. Los corazones ya los conozco como corazones de justos que van tras el Bien, al que amáis frente a todas las utilidades del mundo. Os traigo el saludo de Isaac, Elías y Leví, y otro saludo: el de mi Madre.

¿Tenéis noticias del Bautista?
Los hombres, que hasta este momento no habían podido hablar por lo azorados que estaban, toman de nuevo seguridad y encuentran palabras:

-Está todavía en la cárcel. Nuestro corazón tiembla por él, porque está en manos de un hombre cruel dominado por un ser infernal y circundado de una corte corrompida. Nosotros lo queremos… Tú sabes que lo queremos y que él merece nuestro amor. Después de que Tú te alejaste de Belén, padecimos la agresión de los hombres… Pero, más que su odio, lo que nos hacía sentirnos desolados, abatidos, como árboles tronchados por el viento, era el haberte perdido a ti. Luego, después de años de sufrimiento (como quien tuviera los párpados cosidos y buscara el sol y no lo pudiera ver, porque además estuviera dentro de una cárcel y ni siquiera el tibio calor que sintiera en su carne se lo mostrara), oímos que el Bautista era el hombre de Dios anunciado por los Profetas para preparar los caminos a su Cristo, y fuimos adonde él diciéndonos a nosotros mismos: Si él le precede, yendo adonde él lo encontraremos", porque era a ti, Señor, a quien buscábamos.

-Lo sé. Y me habéis encontrado. Yo estoy con vosotros.
-José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor lo escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios.

-Lo sé. '¿No lo conocéis a éste? - y señala a Juan.
-Lo vimos con otros galileos entre las muchedumbres más fieles al Bautista. Si no nos equivocamos, tú te llamas Juan y eres aquél de quien él decía, a nosotros, sus íntimos: "Ved: yo, el primero; él, el último; mas luego será: él el primero y yo el último". Y nunca comprendimos qué quería decir.

Jesús se vuelve hacia su izquierda, donde está Juan, le estrecha contra su corazón, con una sonrisa aún más luminosa, y explica:

-Quería decir que sería el primero en declarar: "Éste es el Cordero", y que éste será el último de los amigos del Hijo del hombre que hablará del Cordero a las multitudes; pero que, en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque lo ama más que a ningún otro hombre. Esto quería decir. Pero cuando lo veáis al Bautista - lo veréis aún y todavía le serviréis hasta la hora signada - decidle que no es él el último en el corazón del Cristo. No tanto por la sangre cuanto por la santidad, a él lo quiero como a éste. Y vosotros acordaos de esto. Si la humildad del santo se proclama "última", la Palabra de Dios lo proclama compañero del discípulo que amo. Decidle que amo a éste porque tiene su nombre y porque en él encuentro los signos del Bautista, preparador de corazones para Cristo.

-Se lo diremos… Pero, ¿lo volveremos a ver?

  • Lo veréis.
  • Sí. Herodes no osa matarlo por miedo al pueblo. En esa corte de avidez y corrupción sería fácil liberarlo si tuviésemos mucho dinero. Pero… pero, por mucho que haya - los amigos han dado -, falta una buena cantidad todavía, y tenemos mucho miedo de no llegar a tiempo… y que lo maten.

-¿Cuánto creéis que os falta para el rescate?
-No para el rescate, Señor. Le resulta demasiado odioso a Herodías y ella es demasiado dueña de Herodes como para poder pensar en llegar a un rescate. Pero… en Maqueronte se han dado cita, yo creo, todos los codiciosos del reino. Todos quieren gozar, todos quieren sobresalir, desde los ministros a los siervos; y para ello hace falta dinero… Ya hemos encontrado a quien por una importante suma dejaría salir al Bautista. Incluso Herodes quizás lo desea… porque tiene miedo, no por otra cosa, miedo al pueblo y miedo a la mujer. Así haría que el pueblo se sintiese contento y no le acusaría la mujer de no haberla complacido.

-Y ¿cuánto pide esta persona?
-Veinte talentos de plata. Sólo tenemos doce y medio.
-Judas, dijiste que esas joyas eran muy bonitas.
-Bonitas y muy valiosas.
-¿Cuánto podrán valer? Me parece que tú entiendes de eso.
-Sí que entiendo. ¿Por qué quieres saber su valor, Maestro? ¿Las quieres vender? ¿Por qué?
-Quizás… Di, ¿cuánto podrán valer?
-Si se venden bien… al menos… al menos seis talentos.
-¿Estás seguro?
-Sí, Maestro. Sólo el collar, con lo grueso que es y el peso que tiene, siendo de oro purísimo, vale al menos tres talentos;
lo he mirado bien. Y también las pulseras… No sé ni siquiera cómo las muñecas finas de Áglae podían soportarlas.
-Eran sus cepos, Judas.
-Es verdad, Maestro… ¡Pero muchos quisieran tener cepos como éstos!
-¿Tú crees? ¿Quién?
-En fin… ¡muchos!
-Sí, muchos que de hombre sólo tienen el nombre… Y, ¿sabrías de un posible comprador?
-En definitiva, ¿los quieres vender? ¿Para el Bautista? ¡Mira que es oro maldito!

-¡La incoherencia humana!… Has dicho hace un momento, con claro deseo, que muchos querrían tener ese oro, ¿y ahora lo llamas maldito? ¡Judas, Judas!… Es maldito, sí, es maldito, pero ya lo ha dicho ella: "Se santificará sirviendo para quien es pobre y santo", y lo ha dado para esto, para que el que reciba el beneficio ruegue por su pobre alma, que, cual embrión de futura mariposa, se dilata en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es como Elías por la misión, pero más grande que Elías por la santidad.

E1 es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa… Cuando se tienen estas cosas, y además puras y santas como las tengo Yo, no se es nunca un desvalido. Él ya no tiene casa, y ni siquiera tiene el sepulcro de su madre. Todo violado, profanado por la perversidad humana. ¿Quién es, pues, el comprador?

-Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡Pero el de Jericó!… Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida… con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Lo conozco bien.
-¡Ya lo vemos! - interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: « ¿Cómo es que lo conoces tan bien?».

En fin… ya sabes… Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él… hice algunos tratos… Nosotros los del Templo… ya sabes…

-¡Ya!… trabajáis en todo - termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.
-¿Puede comprar? - pregunta Jesús.
-Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un… pichón, lo despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…

-Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú! - dice Simón Zelote.
-Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y saca el mayor partido posible.

Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Pero Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.
-Querría ser para vosotros motivo de alegría - dice Jesús.
-Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?

-Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?
El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón:

-Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno… y ve…
-¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar.

-Bueno, pienso, cuando lo miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo: Y, sin embargo… sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así… Lo creo porque Tú lo has tomado contigo. Tú, que sabes…

-Sí. Yo, que sé… Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre… Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…
-También Juan es joven…

-Y tú concluyes en tu corazón: "y es mejor". ¡Pero, Juan es Juan! Ámale a este pobre Judas, Simón… Te lo ruego. Si lo amas… te parecerá más bueno.

-Me esfuerzo en hacerlo… por ti… Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río… No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso lo amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo.

-¿Qué, Simón?

-No lo sé con precisión… Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche… algo que me dice:

"¡No duermas! ¡Observa!". No lo sé… No tiene nombre esto, pero existe… existe en mí contra él. -No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica… y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz…
Y todo concluye.

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