por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Una alborada hermosísima en un lugar inhóspito. Un alba desde lo alto de un pronunciado declive montano. Apenas un comienzo de día. En el cielo todavía quedan estrellas y un arco sutil de luna menguante, como de plata, que persiste en el terciopelo todavía azul oscuro del cielo.
El monte parece estar aislado, no unido a otras cadenas, pero es un verdadero monte, no una colina. La cima está mucho más arriba, y, sin embargo, desde la mitad de la ladera ya se domina un amplio radio de horizonte, signo de que se ha subido mucho respecto al nivel del suelo.
En el aire fresco de la mañana en que se abre paso la luz incierta blanco-verdosa del alba que cada vez se hace más clara, comienzan a dibujarse los contornos y detalles que antes se encontraban sumergidos en esa neblina que precede al día, siempre más cerrada que una noche porque parece que la luz de los astros, en el paso de la noche al día, disminuye y - diría - se anula. Así veo que el monte es rocoso y pelado, hendido por quiebras que forman grutas, cavidades profundas y senos.
Un lugar verdaderamente inhóspito en el que - sólo en los lugares donde se ha depositado un poco de tierra que ha podido recoger el agua del cielo y conservarla - hay macollas (por lo general plantas duras, espinosas, escasas de ramas) y bajos y duros matorrales de unas yerbas que parecen bastoncitos verdes y cuyo nombre desconozco. Abajo hay una extensión más árida todavía, plana, pedregosa, cuya sequedad aumenta cuanto más se acerca a un punto oscuro, mucho más largo que ancho, al menos cinco veces más largo que ancho, que creo que puede ser un tupido oasis, nacido entre tanta desolación, debido a aguas subterráneas. Pero, cuando la luz se hace más viva, veo que no es sino agua, un agua parada, oscura, muerta, un lago de una tristeza infinita; en esta luz, aún incierta, me hace recordar la visión del mundo muerto.
Parece como si aspirase toda la oscuridad del cielo, toda la tristeza del suelo que lo rodea, diluyendo en sus aguas paradas el verde oscuro de las plantas espinosas y de las duras yerbas que durante kilómetros y kilómetros, a lo largo y a lo alto, son la única decoración del suelo, y, transformándose en un filtro de hondura lóbrega, la emanase y expandiese por todo el alrededor. ¡Qué distinto del luminoso, risueño lago de Genesaret! Hacia arriba, mirando al cielo absolutamente sereno que se hace cada vez más claro, mirando a la luz que avanza desde Oriente, a borbotones cada vez más dilatados, el espíritu se alegra.
Pero mirando a aquel vastísimo lago muerto se encoge el corazón. Ningún pájaro surca el espacio sobre sus aguas, ningún animal hay en sus orillas.
Nada.Mientras estoy mirando esta desolación, me saca de este estado la voz de mi Jesús:
-Hemos llegado a donde quería. Me vuelvo, lo veo a mis espaldas, entre Juan, Simón y Judas, en la pendiente rocosa del monte, en el punto a que llega un sendero… sería mejor decir: en el punto en donde un largo trabajo de aguas, en los meses de lluvia, ha arañado la caliza excavando a lo largo de los siglos un canal apenas dibujado, para desagüe de las aguas de las cimas, que ahora es camino para cabras monteses más que para hombres.
Jesús mira a su alrededor y repite:
-Sí, aquí os quería traer. Aquí el Cristo se preparó para su misión.
-¡Pero si aquí no hay nada!
-¡No hay nada, tú lo has dicho.
-¿Con quién estabas?
-Con mi espíritu y con el Padre.
-¡Ah! ¡Estuviste aquí unas pocas horas!
-No, Judas, no unas pocas horas, sino muchos días…
-Pero, ¿quién te servía? ¿Dónde dormiste?
-Tenía por siervos a los onagros, que por la noche venían a dormir a su guarida… a ésta, en donde yo también me había guarecido… Tenía como siervas a las águilas, que me decían "es de día" con su áspero grito, saliendo a buscar la presa. Tenía como amigos las liebrecitas que venían a roer las yerbas silvestres casi a mis pies… Alimento y bebida para mí eran lo que es alimento y bebida de la flor silvestre: rocío nocturno, la luz del Sol, no otra cosa.
-Pero, ¿por qué?
-Para prepararme bien, como tú dices, para mi misión. Las cosas bien preparadas salen bien, tú lo has dicho. Y mi cosa no era la pequeña, inútil cosa de hacer que brillara Yo, Siervo del Señor, sino de hacer comprender a los hombres lo que es el Señor y, a través de esta comprensión, hacer que le amaran en espíritu y verdad.
¡Mísero aquel siervo del Señor que piensa en su triunfo y no en el de Dios; que trata de sacar partido, que sueña con ponerse en alto en un trono hecho… ¡oh!, hecho con los intereses de Dios rebajados hasta el suelo (éstos, que son celestes)! Ya no es siervo, éste, aunque externamente lo parezca; es un mercader, un traficante, un falso que se engaña a sí mismo, que engaña a los hombres y que querría engañar a Dios… un desalmado que se cree príncipe y es esclavo…; es del Demonio, su rey de embuste. Aquí, en esta guarida, el Cristo, durante muchos días, vivió de maceraciones y oración para prepararse a su misión. ¿A dónde querrías que hubiera ido a prepararme, Judas?
Judas está perplejo, desorientado. A1 final responde:
-No sé… Pensaba… con algún rabí… con los esenios… no sé.
-¿Y podía Yo encontrar un rabí que me dijera más que lo que me decía la Potencia y la Sabiduría de Dios? ¿Y podía Yo - Yo, Verbo Eterno del Padre, Yo, que era cuando el Padre creó al hombre, y que sé de qué espíritu inmortal y animado, y de qué poder de juicio libre y capaz ha dotado el Creador al hombre - podía ir a procurarme ciencia y capacidad a donde aquellos que niegan la inmortalidad del alma negando la resurrección final y niegan la libertad de acción del hombre imputando virtudes y vicios, acciones santas y malvadas, al destino, que consideran fatal e invencible? ¡No! ¡No!
Tenéis un destino, sí, lo tenéis; en la mente de Dios, que os crea, hay un destino para vosotros. Os lo desea el Padre y es destino de amor, de paz, de gloria: "la santidad de ser sus hijos". Éste es el destino que, presente en la mente divina desde el momento en que con el barro fue hecho Adán, estará presente hasta la última creación de alma de hombre. Pero el Padre no os violenta en cuanto se refiere a vuestra condición regia. El rey, si está prisionero, ya no es rey: es un ser abyecto. Vosotros sois reyes porque sois libres en vuestro pequeño reino individual, en el yo; en él podéis hacer lo que queráis, como queráis.
Frente a vuestro pequeño reino y en sus fronteras tenéis a un Rey amigo y dos potencias enemigas. El Amigo os muestra las reglas dadas por Él para hacer felices a los suyos. Os las muestra. Os dice: “Aquí están; con estas reglas es segura la eterna victoria". Os las muestra - Él, el Sabio y Santo - para que podáis, si queréis hacerlo, practicarlas y obtener gloria eterna.
Las dos potencias enemigas son Satanás y la carne. En la carne incluyo la vuestra y la del mundo, o sea, las pompas y seducciones del mundo, o sea, la riqueza, las fiestas, los honores, el poder que del mundo y en el mundo se tienen, y que no siempre se tienen honradamente, y menos aún se saben usar honradamente si por un complejo de causas el hombre llega a esas cosas.
Satanás, maestro de la carne y del mundo, también habla a través de éste y de la carne; también él tiene sus reglas…
¡Oh, que si las tiene!… Y - dado que el yo está envuelto en carne y la carne tiende a la carne como las limaduras de hierro tienden hacia el imán, y, dado que el canto del Seductor es más dulce que el gorgorito del ruiseñor en celo entre rayos de luna y perfume de rosales - es más fácil ir hacia estas reglas, volverse hacia estas potencias, decirles: "Os considero amigas, entrad".
Entrad… ¿habéis visto alguna vez a un aliado que permanezca siempre honesto, sin pedir el ciento por uno a cambio de la ayuda prestada? Así hacen esas potencias. Entran… Y se hacen las dueñas. ¿Dueñas? No: cómitres. Os atan, ¡oh hombres!, a su banco de galera, os encadenan ahí, no os dejan alzar ya el cuello de su yugo, y su látigo os llena de surcos de sangre, si tratáis de huir de ellas: o dejarse herir hasta llegar a ser un amasijo de carne hecha pedazos (tan inútil, como carne, que hasta su cruel pie la desprecia), o morir bajo ellas.
Si sabéis proporcionaros ese martirio, proporcionaros ese martirio, entonces pasa la Misericordia, la Única que todavía puede tener piedad de esa repugnante miseria de la cual el mundo - uno de sus dueños - siente ahora asco y contra la cual el otro dueño, Satanás, envía sus flechas de venganza. Y la Misericordia, la única que pasa, se agacha, la recoge, la atiende, la vuelve a sanar y le dice: "Ven, no temas, no te mires porque tus llagas, a pesar de haber cicatrizado ya, son tan innumerables que te causarían horror por lo mucho que te afean. Yo no te las miro, miro tu voluntad; por esa voluntad buena estás marcada así. Por eso Yo te digo: Te amo, ven conmigo"… Y la lleva a su Estado. Entonces podéis entender que Misericordia y Rey amigo son una misma persona. Halláis de nuevo las reglas que Él os había mostrado y que vosotros no habías querido seguir. Ahora lo deseáis… y llegáis a la paz: de la conciencia, primero; a la paz de Dios, después. Decidme, entonces, ¿este destino lo impuso Uno Solo para todos, o cada uno, individualmente, lo deseó para sí?
-Cada uno lo deseó.
-Juzgas bien, Simón. ¿Podía ir Yo a formarme con aquellos que niegan la beata resurrección y el don de Dios? Aquí vine.
Cogí mi alma de Hijo del hombre y me la labré con los últimos retoques, terminando el trabajo de treinta años de anonadamiento y de preparación para ir perfecto a mi ministerio. Ahora os pido que estéis conmigo unos días en esta guarida.
En cualquier caso será una estancia menos desolada, porque seremos cuatro amigos que luchan contra las tristezas, los miedos, las tentaciones, las necesidades de la carne; Yo, sin embargo, estaba solo. En cualquier caso, será menos penosa, porque ahora es verano y aquí arriba el viento de las cimas templa el calor; Yo, sin embargo, vine al terminar la luna de Tebet, y el viento que descendía de las nieves de la cúspide era muy frío. En cualquier caso será menos angustiosa, porque será más breve, y porque ahora disponemos de esa mínima cantidad de alimento que puede proporcionar alivio a nuestra hambre, y en los pequeños odres de piel que dije a los pastores que os dieran hay agua suficiente para estos días de estancia.
Yo… Yo necesito arrancar dos almas a Satanás. Sólo la penitencia lo puede. Os pido ayuda. Supondrá una formación también para vosotros. Aprenderéis cómo se arrebatan las presas a Satanás: no tanto con las palabras cuanto con el sacrificio… ¡Las palabras!… El estrépito satánico impide oírlas… Toda alma en manos del Enemigo se encuentra envuelta en torbellinos de voces infernales…
¿Queréis quedaros conmigo? Si no queréis, idos. Yo me quedo. Nos volveremos a ver en Tecua, junto al mercado.
-No, Maestro, yo no te dejo - dice Juan, mientras Simón al mismo tiempo exclama: «Tú nos dignificas queriéndonos contigo en esta redención».
Judas… no me parece muy entusiasta, pero pone buena cara al… destino y dice:
-Yo me quedo.
-Tomad entonces los odres y las sacas y llevadlas adentro y antes de que el sol queme, partid leña y acumuladla junto a la grieta. La noche aquí es rigurosa incluso en verano, y no todos los animales son buenos. Vamos a encender en seguida una rama… ¡Allí!, de aquella planta de acacia gomosa; quema bien. Y vamos a mirar entre las fisuras para echar afuera áspides y escorpiones. ¡Venga, comenzad!…
… El mismo lugar del monte; sólo que ahora es de noche, una noche toda estrellada, una belleza de cielo nocturno como creo se pueda gozar sólo en aquellos países ya casi tropicales; estrellas de una amplitud y brillo maravillosos. Las constelaciones mayores parecen racimos de brillantes, de claros topacios, de pálidos zafiros, suaves ópalos, tenues rubíes; titilan, se encienden, se apagan como miradas que el párpado cela un instante, vuelven a encenderse más hermosas. De vez en cuando una estrella raya el cielo y desaparece hacia quién sabe qué horizonte: raya de luz que parece un grito de júbilo estelar por poder volar así a través de esos prados ilimitados.
Jesús está sentado en la abertura de la cueva, hablando a los tres que están en círculo con Él. Deben haber hecho fuego, pues en medio del círculo que forman los cuatro un pequeño cúmulo de ascuas conserva resplandores de brasa y derrama su reflejo rojo sobre los cuatro rostros.
-Sí, nuestra permanencia aquí ha terminado. Ésta. La mía duró cuarenta días… Y os digo más: era todavía invierno en estas pendientes… y no tenía comida. Un poco más difícil que esta vez, ¿no es verdad? Sé que habéis sufrido también en este tiempo. Lo poco que teníamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jóvenes; era suficiente sólo para impedir que languidecierais.
El agua, todavía más escasa. El calor es tórrido durante el día; diréis que no hacía este calor en invierno; pero sí había un viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subía desde aquella bajura
cargado de polvo desértico, y secaba más aún que este calor estivo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya casi maduros. En cambio, entonces, el monte sólo proporcionaba viento y yerbas quemadas por el hielo en torno a las esqueléticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los últimos panes y el último queso con el último odre… Yo sé lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto… Recojamos nuestras cosas y pongámonos en camino. La noche es aún más clara que la que nos condujo aquí. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos.
Recordad este lugar, sabed recordar cómo se preparó Cristo y cómo se preparan los apóstoles, cuál es el modo que enseño de prepararse los apóstoles.
Se ponen en pie. Simón hurga entre las brasas con una rama. Las reaviva y las extiende con el pie. Echa encima algunas yerbas secas, y en la llama enciende una rama de acacia que mantiene en alto a la entrada de la guarida mientras Judas y Juan recogen man-tos, sacas y unos pequeños odres de piel de los que sólo uno está todavía lleno. Luego apaga la rama contra la roca, carga su saca y se pone el manto, como todos, atándoselo a la cintura para que no moleste al andar.
Bajan, sin más palabras, uno detrás de otro, por un sendero inclinadísimo, espantando a los pequeños animales que están comiendo las pocas yerbas que todavía resisten el sol. El camino es largo e incómodo. Por fin llegan al llano. Tampoco es muy cómodo aquí el ca-mino, donde piedras y lascas se mueven, traidoras, bajo el pie, hiriéndolo incluso, porque la tierra, reducida a polvo, las oculta y no se pueden evitar; aquí donde matorrales quemados, espinosos, arañan y dificultan el paso enganchándose en los bajos de las túnicas; pero es un camino más expedito.
Arriba las estrellas están cada vez más hermosas.
Marchan, marchan, marchan durante horas. La llanura es cada vez más estéril y triste. Titileos de lascas brillan en ciertas arrugas del terreno, en concavidades que hay entre las escabrosidades del suelo. Parecen lascas de brillantes sucios. Juan se agacha a mirarlas.
-Es la sal del subsuelo; está saturado de sal. Aflora con las aguas de primavera y después se seca. Por eso la vida no resiste aquí. El mar Oriental, a través de profundas venas, esparce su muerte en muchos estadios a la redonda. Sólo donde manantiales dulces combaten su acción mordiente es posible encontrar plantas… y también alivio - explica Jesús.
Siguen caminando hasta que Jesús se para junto a la roca cóncava en que lo vi tentado por Satanás.
-Detengámonos aquí. Sentaos. Dentro de poco cantará el gallo. Caminamos desde hace seis horas. Debéis tener hambre, sed y cansancio. Tomad. Comed y bebed sentados aquí en torno a mí, mientras os digo todavía otra cosa que vosotros transmitiréis a los amigos y al mundo.
Jesús ha abierto su saca y ha sacado de ella pan y queso, lo corta y lo distribuye, y de una pequeña calabaza echa en una escudilla agua, y también la distribuye.
-¿Tú no comes, Maestro?
-No. Yo os hablo. Oíd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntó si había sido tentado alguna vez; que me preguntó si no había pecado nunca; que me preguntó si, en la tentación, no había cedido nunca; y que se maravilló porque Yo, el Mesías, había solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: "Padre, no me dejes caer en la tentación"».
Jesús habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos… Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros están tan centrados en mirar a Jesús que eso les pasa desapercibido. Jesús continúa:
-Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo - estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir "soy hombre y pecador" es ya bautismo que hace limpio al corazón - vine aquí. Me había llamado "el Cordero de Dios" aquel que - santo y profeta - veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: "He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido". Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras… Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise "prepararme".
Sí, Judas; mírame, que mis ojos te digan lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal.
Eso es. Así. Ahora Judas ha levantado la cara y mira a Jesús, que está frente a él. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de Jesús como si fueran dos estrellas fijas en un pálido rostro.
-Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: "Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones". Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme… no sólo a la misión… sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.
Estaba agotado. Hacía cuarenta días que no comía… Pero, mientras había estado sumergido en la oración, todo se había anulado en la alegría que significa el hablar con Dios; más que anulado, se había hecho soportable. Lo sentía como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia… Luego volví al mundo… a los caminos del mundo… y sentí las necesidades de quien está en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentí el frío punzante de la noche desértica, sentí el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedían continuar…
Porque Yo también tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazón. Sí. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen.
He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es óptimo y santo. Aquí sentí nostalgia de mi Madre lejana, aquí sentí necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquí sentí renovarse el dolor de haberme separado de la única que me amaba perfectamente, aquí presentí el dolor que me está reservado y el dolor de su dolor; pobre Mamá, se le agotarán las lágrimas de tantas como deberá esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. Aquí sentí el cansancio del héroe y del asceta que en una hora de premonición se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo… Lloré… La tristeza…
reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás enseguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.
Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas… Yo tenía hambre… y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: "Di a estas piedras que se conviertan en pan". Pero antes… sí…antes me había hablado de la mujer… ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: "El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación no rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola".
Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera - y no estaba equivocado, humanamente hablando - como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.
La Tentación - no vencida por mi respuesta: "no sólo de sentido vive el hombre" - me habló entonces de mi misión.
Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro… No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse… No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: "Gloríate de ser el Mesías"; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.
No vencido por mi "no tentarás al Señor tu Dios", me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro!
Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes… Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro… el oro… llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que lo adorase… Lo traspasé con las palabras eternas: "Adorarás sólo al Señor tu Dios".
Aquí, aquí sucedió esto.
Jesús se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece más alto que de costumbre. También los discípulos se levantan.
Jesús sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas:
-Entonces vinieron los ángeles del Señor… El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno… Mas el espíritu descollaba en gran medida… Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como
Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.
Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentación, es decir, que no me dejara a merced de la Tentación más allá de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrará. Actuad también vosotros así, en memoria mía y para vencer como Yo, y no dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.
Os había prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro… desde el alba de su día (un alba pura como esta que está naciendo) hasta el mediodía de su vida, aquél del cual me alejé para ir hacia mi humana tarde… Le dije a uno de vosotros: "Yo también me he preparado"; ahora veis que era verdad.
Os doy las gracias por haberme hecho compañía en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan…
Ahora escuchad; tú especialmente, Juan. Volvemos adonde mi Madre y los amigos. Os ruego que no le habléis a mi Madre de la dureza que han opuesto al amor de su Hijo; sufriría demasiado. Sufrirá mucho, mucho, mucho… por esta crueldad del hombre… mas no le presentemos ya desde ahora el cáliz: ¡será muy amargo, cuando le sea dado!; tan amargo que, como un tóxico, le bajará serpenteando a las entrañas santas y a las venas y se las morderá y le helará el corazón. ¡Oh!, ¡no digáis a mi Madre que Belén y Hebrón me rechazaron como a un perro! ¡Tened piedad de Ella! Tú, Simón, eres anciano y bueno, eres un espíritu de reflexión y sé que no hablarás. Tú, Judas, eres judío, y no hablarás por orgullo regional. Mas, tú, Juan, tú, galileo y joven, no caigas en el pecado de orgullo, de crítica, de crueldad. Calla. Más tarde… más tarde a los demás les dirás cuanto ahora te ruego que calles. También a los demás. Hay ya mucho que decir de las cosas del Cristo. ¿Por qué añadir lo que es de Satanás contra el Cristo? Amigos, ¿me prometéis todo esto?
-¡Oh! ¡Maestro! ¡Claro que te lo prometemos, estate seguro!
-Gracias. Vamos hasta aquel pequeño oasis acariciado por el camino que lleva al río. Allí hay un manantial, una cisterna llena de frescas aguas, sombra y verdura.
Podremos encontrar alimento y descanso hasta el anochecer. A la luz de las estrellas nos llegaremos hasta el río, hasta el vado, y esperaremos a José o nos uniremos a él en el caso de que ya haya vuelto. Vamos.
Y se ponen en camino, mientras el primer arrebol en el límite del Oriente dice que un nuevo día nace.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Las joyas de Áglae y una parábola sobre su conversión.
Jesús va caminando entre sus discípulos por una vereda que sigue el curso del torrente. Bueno, digo "sigue el curso del torrente" por decirlo de alguna forma. En realidad, el torrente está abajo, mientras que la vereda (una vereda serpenteada, como es fácil encontrar en lugares montañosos) va por arriba, cortando la pendiente.
Juan está rojo como la púrpura, cargado como un mozo de cuerda, con una saca grande bien llena. Judas, por su parte, porta la de Jesús junto con la suya. Simón lleva sólo la suya y los mantos. Jesús viste de nuevo su túnica - la madre de Judas debe haber encargado que se la lavaran porque no tiene arrugas - y calza sus sandalias.
-¡Cuánta fruta! ¡Bonitos los viñedos de aquellas colinas! - dice Juan, que no pierde su buen humor por el calor y la fatiga.
- Maestro, ¿es éste el río en cuyas márgenes cogieron los padres los racimos milagrosos?
-No, es el otro, y más al sur. Pero toda la región era lugar bendecido por frutos óptimos.
-Ahora ya no lo es tanto, aunque todavía sea hermosa. Demasiadas guerras han devastado el suelo. Aquí se hizo Israel… pero, para hacerse, tuvo que fecundarse con su sangre y con la de los enemigos.
¿Dónde vamos a encontrar a los pastores?
-A cinco millas de Hebrón, en las orillas del río que decías.
-Al otro lado de aquel collado, entonces.
-A1 otro lado.
-Hace mucho calor. El verano… ¿A dónde vamos después, Maestro?
- A un lugar aún más caliente. Pero os ruego que vengáis. Viajaremos de noche. Las estrellas son tan claras, que no hay oscuridad. Os quiero mostrar un lugar…
-¿Una ciudad?
-No… Un lugar… que os hará comprender al Maestro… quizás mejor que sus palabras.
-Hemos perdido algunos días con ese estúpido contratiempo. Ha echado todo a perder… y mi madre, que tanto había hecho, se ha quedado desilusionada. Además, no sé por qué Tú has querido retirarte hasta la purificación».
-Judas, ¿por qué llamas estúpido a un hecho que ha significado gracia para un verdadero fiel? ¿No desearías una muerte similar para ti? Había esperado durante toda la vida al Mesías, había ido, siendo ya anciano, por caminos incómodos, a adorarlo cuando le dijeron: "Ha venido"; había guardado en el corazón durante treinta años la palabra de mi Madre. El amor y la fe le han cubierto con su fuego en la última hora que Dios le reservaba. Se le ha quebrantado el corazón en la alegría, reducido a cenizas, como grato holocausto, por el fuego de Dios. ¿Qué suerte mejor que ésta? ¿Ha echado a perder la fiesta que habías
preparado? Ve en esto una respuesta de Dios. No se mezcle lo que es del hombre con lo que es de Dios… Tu madre todavía me verá. Ese anciano ya no me habría vuelto a ver.
Toda Keriot puede venir al Cristo, el anciano ya no tenía fuerzas para hacerlo. Me he sentido feliz de recibir en mi corazón al viejo padre moribundo, y de recomendarle el espíritu. Y, por lo demás… ¿Por qué escandalizar mostrando desprecio hacia la Ley? Para decir "seguidme", hace falta caminar. Para conducir por un camino santo, hay que recorrer el mismo camino. ¿Cómo habría podido, o cómo podría, decir "sed fieles", si Yo fuera infiel?
-Creo que este error es la causa de nuestra decadencia. Los rabíes y los fariseos abaten al pueblo cargándole los preceptos, y luego… luego hacen como aquel que ha profanado la casa de Juan transformándola en un lugar de vicio – observa Simón.
-Es uno de Herodes… - rebate Judas Iscariote.
-Sí, Judas. Pero las mismas culpas están presentes en las castas que se dicen - ellas mismas se lo dicen - santas. ¿Qué opinas Tú de esto, Maestro? - dice Simón.
-Opino que sólo en el caso de que haya un puñado de verdadera levadura y de verdadero incienso en Israel se formará el pan y se perfumará el altar.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que si alguien viene a la Verdad con corazón recto, la Verdad se esparcirá como levadura en la masa de la harina y como incienso por todo Israel.
-¿Qué te dijo aquella mujer? - pregunta Judas.
Jesús no responde. Se vuelve hacia Juan:
-Pesa mucho y casi no puedes; dame tu carga.
-No, Jesús. Estoy acostumbrado a los pesos, y, además… me lo aligera el pensamiento de la alegría que le dará a Isaac.
Ya están al otro lado del collado. A la sombra del bosque, en la otra vertiente, están las ovejas de Elías; los pastores, sentados a la sombra, las vigilan. Ven a Jesús y se echan a correr hacia Él.
-Paz a vosotros. ¿Aquí estáis?
-Estábamos preocupados por ti… y por el retardo… dudando si ir hacia ti u obedecer… hemos decidido venir hasta aquí… para obedecerte a ti y al mismo tiempo a nuestro amor. Pero deberías haber llegado hace muchos días.
-Hemos tenido que detenernos…
-Pero… ¿nada malo?
-No, nada, amigo. Sólo la muerte de un fiel en mi pecho.
-¿Qué querías que sucediera, pastor? Cuando las cosas están bien preparadas… Claro, hay que saber prepararlas, y preparar a los corazones para recibirlas. Mi ciudad ha rendido al Cristo toda suerte de honores. ¿No es verdad, Maestro?
-Es verdad. Isaac, al regreso hemos pasado por casa de Sara. La ciudad de Yuttá, sin ninguna otra preparación aparte de la de su simple bondad y de la verdad de las palabras de Isaac, ha sabido entender la esencia de mi doctrina y amar con amor práctico, desinteresado y santo. Te manda ropa y comida, Isaac; y a los óbolos que se quedaron encima de tu yacija todos han querido añadir algo para ti, que vuelves al mundo y careces de todo. Ten. Yo no llevo nunca dinero; éste lo he cogido porque está purificado por la caridad.
-No, Maestro, tenlo Tú. Yo… estoy acostumbrado a vivir sin él.
-Ahora tendrás que ir por los pueblos a los que te voy a enviar, y te hará falta. El obrero tiene derecho al salario, aunque sea un obrero de alma… porque todavía hay un cuerpo que nutrir, como el asno que ayuda a su amo. No es mucho, pero sabrás desenvolverte… Juan en esa saca tiene ropa y sandalias. Joaquín ha cogido de lo suyo; será grande… ¡pero hay mucho amor en ese regalo!
Isaac toma la saca y se retira a vestirse detrás de una mata. Estaba todavía descalzo y llevaba su extravagante toga hecha con una manta.
-Maestro - dice Elías - esa mujer… esa mujer que está en la casa de Juan… tres días después de tu partida, mientras pastoreábamos las ovejas en los prados de Hebrón - que son de todos y no nos podían echar -, nos mandó a una criada con esta bolsa, diciendo que quería hablarnos… No sé si he hecho bien… pero por primera vez devolví la bolsa y dije: "No tengo nada que escuchar"… Después, ella me envió este mensaje: "Ven en nombre de Jesús", y fui… Esperó a que no estuviera su… en definitiva, el hombre que la tiene… ¡Cuántas cosas quiso…, o mejor, quería saber! Yo, sin embargo… dije poco… por prudencia… Es una meretriz. Temía que fuera una trampa para ti. Me preguntó quién eres, dónde estás, qué haces, si eras una persona importante… Yo le dije:
"Es Jesús de Nazaret, está por todas partes porque es un maestro y va enseñando por Palestina". Le dije que eres un hombre pobre, sencillo, un obrero a quien la Sabiduría le ha hecho sabio… Nada más.
-Has hecho bien - dice Jesús, y, al mismo tiempo, Judas exclama: « ¡Has hecho mal! ¿Por qué no dijiste que es el Mesías, que es el Rey del mundo? ¡Aplastar la soberbia romana bajo el fulgor de Dios!». «No me habría entendido… Y, además, ¿estaba seguro de si era -sincera? Tú mismo dijiste lo que era ella, cuando la viste. ¿Podía ofrecer las cosas santas - todo lo que es Jesús es santo - a su boca? ¿Podía poner en peligro a Jesús dando demasiadas noticias? ¡Lejos de mí acarrearle un mal, aunque todos lo hicieran!
-Vamos nosotros, Juan, a decirle quién es el Maestro, a explicarle la verdad santa.
-Yo no, a menos que Jesús me lo ordene.
-¿Tienes miedo? ¿Qué puede hacerte? ¿Sientes asco? ¡El Maestro no lo ha sentido!
-Ni miedo ni asco. Tengo piedad de ella. Pero pienso que si Jesús hubiera querido hubiera podido detenerse a instruirla.
No lo hizo… no es necesario que lo hagamos nosotros.
-Entonces no había signos de conversión… Ahora… A ver, Elías, la bolsa.
Y Judas vuelca en un extremo del manto - puesto que se ha sentado en la hierba - el contenido de la bolsa. Anillos, brazaletes, pulseras, un collar… ruedan: amarillo oro sobre el amarillo opaco de la vestidura de Judas. « ¡Todas joyas!… ¿Qué hacemos con esto?
-Se pueden vender - dice Simón.
-Son siempre pejigueras - objeta Judas mostrando, no obstante, admiración por las joyas.
-Se lo he dicho yo también, al cogerlas. También le he dicho que su señor le pegaría. Me ha respondido: "No es suyo, es mío, y hago con ello lo que quiero. Sé que es oro de pecado… pero se transformará en oro bueno si se usa para quien es pobre y santo. Para que se acuerde de mí", y lloraba.
-Ve, Maestro.
-No.
-Manda a Simón.
-No.
-Entonces voy yo.
-No.
Los noes de Jesús son secos e imperiosos.
-¿He hecho mal, Maestro, al hablar con ella, al tomar ese oro? - pregunta Elías, que ve a Jesús serio.
-No has hecho mal, pero ya no hay nada más que hacer.
-Pero quizás esa mujer quiere redimirse y tiene necesidad de ser instruida… - objeta una vez más Judas.
-Hay en ella ya muchas chispas capaces de suscitar el incendio en que puede quemarse su vicio para quedar el alma virginizada de nuevo por el arrepentimiento. Hace poco os he hablado de levadura que esparciéndose entre la harina convierte a ésta en santo pan. Escuchad una breve parábola. Esa mujer es harina, una harina en la cual el Maligno ha mezclado sus polvos de infierno; Yo soy la levadura, o sea, mi palabra es la levadura.
Pero, ¿puede hacerse el pan, aún en el caso de que la levadura sea buena, si en la harina hay mucho cascabillo, o si mezclado hay piedras y arena y ceniza? No puede hacerse. Hace falta quitar de la harina, con paciencia, las cascarillas, la ceniza, las piedras y la arena. La Misericordia pasa y ofrece la criba…
La primera: hecha con breves verdades fundamentales, necesarias para ser comprendidas por uno que está en la red de la completa ignorancia, del vicio, del paganismo. Si el alma lo acoge, comienza la primera purificación. La segunda es la criba del alma en sí, que confronta su ser con el Ser que se ha revelado, y se horroriza. Y comienza su obra. Por medio de una operación cada vez más minuciosa, después de las piedras, de la arena y de la ceniza, llega incluso a quitar lo que ya es harina pero con granitos todavía grandes, demasiado grandes para producir un óptimo pan. Cuando ya está completamente dispuesta, vuelve a pasar la Misericordia y se introduce en esa harina preparada - también ésta es una preparación, Judas - y la hace fermentar y la hace pan. Pero es una operación larga y de "voluntad" del alma. Esa mujer… esa mujer tiene ya en sí esa mínima cosa que era justo darle y que le puede servir para llevar a cabo su trabajo.
Dejemos que lo lleve a cabo, si quiere hacerlo, sin disturbarla. Todo disturba a un alma que se está labrando: la curiosidad, el celo imprudente, las intransigencias y la excesiva compasión.
-¿Entonces, no vamos?
- No. Y, para que a ninguno de vosotros le venga la tentación, nos vamos enseguida. Hay sombra en el bosque.
Nos detendremos en las faldas del Valle del Terebinto y allí nos separaremos. Elías volverá a sus pastos con Leví. José vendrá conmigo hasta el vado de Jericó. Luego… nos volveremos a reunir. Tú, Isaac, continúa lo que hiciste en Yuttá, yendo desde aquí, por Arimatea y Lida, hasta llegar a Doco. Allí nos volveremos a ver. Judea debe ser preparada, y tú sabes cómo hacerlo; como has hecho en Yuttá.
-¿Y nosotros?
-¿Vosotros? He dicho que vendréis para ver mi preparación. Yo también me he preparado para la misión.
-¿Yendo a un rabí?
-No.
-¿Con Juan?
-De él tomé sólo el bautismo.
-¿Entonces?
-Belén ha hablado con las piedras y los corazones. También en ese lugar, donde te llevo, Judas, las piedras y un corazón, el mío, hablarán y te responderán.
Elías - que ha traído leche y pan oscuro - dice: «He tratado, mientras esperaba, y conmigo también Isaac, de persuadir a los de Hebrón… Pero… sólo creen en Juan, no juran más que por Juan, no quieren más que a Juan; es su "santo" y sólo lo quieren a él.
-Pecado común a muchos pueblos y a muchos creyentes actuales y futuros: miran al obrero y no al patrón que ha enviado al obrero; se dirigen al obrero, sin ni siquiera decirle: "Dile a tu patrón esto". Se olvidan de que el obrero existe porque existe el patrón y de que es el patrón el que instruye al obrero y lo habilita para su trabajo. Olvidan que el obrero puede interceder, pero uno sólo puede conceder: el patrón; en este caso Dios, y su Verbo con Él. No importa. El Verbo siente dolor por ello, pero no rencor. Vamos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Tengo la impresión de que la parte más escabrosa, o sea, el nudo más angosto de las montañas de Judea, se encuentra entre Hebrón y Yuttá; pero podría equivocarme y ser éste un valle más amplio y abierto que se despliega ante vastos horizontes en los que emergen montes aislados que ya no forman una cadena. Quizás es una cuenca entre dos cadenas, no lo sé. Es la primera vez que la veo y no es que me centre mucho. Diversas cultivaciones de cereales distribuidas en terrenos no vastos, pero sí bien cuidados: cebada, centeno sobre todo, y también bonitos viñedos en las partes más soleadas. Más arriba, lindos bosques
de pinos y abetos, y otras plantas selvosas. Un camino… discreto introduce en un pequeño poblado.
- Éste es el arrabal de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después iremos a Keriot» dice Judas, tan agitado, que, en realidad, está fuera de sí.
No he dicho que ahora están solos Jesús, Judas, Simón y Juan. Faltan los pastores; quizás se hayan quedado en los pastos de Hebrón o hayan vuelto hacia Belén.
- Como quieras, Judas; pero también podíamos habernos quedado aquí para conocer a tu madre.
- ¡Oh, no! Es una casuca. Mi madre viene en tiempo de cosecha, pero después vuelve a Keriot. ¿No quieres que mi ciudad te vea? ¿No quieres traer aquí tu luz?
Si que quiero, Judas, pero ya sabes que no me detengo a considerar la humildad del lugar que me hospeda.
- Pero hoy eres mi invitado… y Judas sabe ser hospitalario.
Andan todavía unos metros entre casas pequeñas esparcidas por el campo. Mujeres y hombres, avisados por los niños,
se asoman. Está muy claro que se ha despertado la curiosidad. Debe ser que Judas ha lanzado un grito de reclamo.
- He aquí mi pobre casa. Perdona su pobreza.
La casa no es ninguna chabola: es un cubo de un solo piso pero amplio y bien cuidado, dentro de un terreno tupido y floreciente de árboles frutales. Un camino propio, muy limpio, va desde la calzada a la casa.
- ¿Me permites que me adelante, Maestro?.
- Ve, si quieres.
Judas se adelanta.
- Maestro, Judas ha hecho las cosas a lo grande - dice Simón - Antes lo sospechaba, ahora estoy seguro de ello. Tu dices, Maestro, y con razón: espíritu, espíritu…; pero él… él no piensa así. No te entenderá nunca… o muy tarde — corrige para no apenar a Jesús.
Jesús suspira y calla.
Judas sale con una mujer de unos cincuenta años. Es más bien alta, aunque no como el hijo, que ha recibido de ella sus ojos negros y su pelo rizado. Pero los ojos de ella son mansos, más bien tristes, mientras que los de Judas son imperiosos y astutos.
- Te saludo, Rey de Israel - dice postrándose con un verdadero saludo de súbdita - Concede a tu sierva hospedarte.
- Paz a ti, mujer. Que Dios os acompañe a ti y a tu hijo.
¡Oh, sí! ¡A mi hijo! - Es más un suspiro que una respuesta.
- Levántate, madre. Yo también tengo una Madre y no puedo permitir que me beses los pies. En nombre de mi Madre te beso, mujer. Es tu hermana… en el amor y en el destino doloroso de madre de los signados.
-¿Qué quieres decir, Mesías? - pregunta Judas un poco inquieto.
Pero Jesús no responde; está abrazando a la mujer, a la cual ha levantado benignamente. Ahora la besa en las mejillas.
Luego, cogiéndola de la mano, va hacia la casa.
Entran en una habitación fresca mantenida en sombra por leves cortinas de rayas. Ya han preparado bebidas frías y fruta fresca. Pero antes la madre de Judas llama a una sierva y ésta trae agua y una toalla; ella, por su parte, quisiera descalzar a Jesús y lavarle los pies polvorientos, pero Jesús se opone. - No, madre. La madre es una criatura demasiado santa, especialmente cuando es honesta y buena como tú eres, para permitir que se ponga en actitud de esclava.
La madre mira a Judas… una mirada extraña. Luego se va.
Jesús ya se ha refrescado. Cuando está para volverse a poner las sandalias, la mujer regresa con un par nuevo.
- Mira, Mesías nuestro, creo que lo he hecho bien… como quería Judas… Me dijo: "Un poco más largas que las mías e igual de anchas".
- Pero, ¿por qué, Judas?
- ¿No quieres darme la posibilidad de ofrecerte algún don? ¿No eres mi Rey y Dios?.
- Sí, Judas. Pero no debías crear tantas molestias a tu madre. Tú sabes cómo soy…
- Lo sé. Eres santo. Pero tienes que aparecer como Rey santo. Así es como uno se impone. En el mundo, que, de diez, nueve partes es de estúpidos, hay que imponerse con la presencia; yo entiendo de eso. Jesús se ha atado las sandalias nuevas, de correas perforadas, de piel roja como la cabezada que llega hasta el tobillo; mucho más bonitas que sus sandalias simples de obrero, y semejantes a las sandalias de Judas, que son casi mocasines que dejan ver sólo pequeñas partes del pie.
- También el vestido, Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas… pero él te lo da; es lino, fresco y nuevo. Permite que una madre te vista… como si fueses su hijo.
Jesús vuelve a mirar a Judas… pero no se opone. Se desata la abertura del vestido en la parte del cuello y deja caer la amplia túnica desde los hombros, quedándose con la túnica interior. La mujer le mete la hermosa vestidura nueva y le ofrece un cinturón (un galón profusamente bordado) del que cuelga un cordón terminado en borlas muy tupidas. Jesús se sentirá bien, sin duda, con esas vestiduras frescas y sin polvo; sin embargo, no parece muy contento. Entretanto, los otros se han lavado.
- Ven, Maestro. Son de los árboles de mi pobre huerto. Y ésta es el agua de miel que mi madre prepara. Tú, Simón, quizás prefieres este vino blanco. Toma. Es de mi viña. ¿Y tú, Juan? ¿Como el Maestro? - se le ve a Judas alborozado al poder servir en los hermosos cálices de plata, al mostrar que es una persona que puede.
Su madre habla poco. Mira… mira… mira a su Judas… pero mira todavía más a Jesús… Y cuando Jesús, antes de comer Él, le ofrece la mejor pieza de fruta — creo que son albaricoques muy grandes, son frutos amarillo - rojos y no son manzanas — y le dice «la madre siempre antes», a ella se le saltan las lágrimas.
- Mamá. ¿Lo demás está hecho? - pregunta Judas.
- Sí, hijo mío. Creo haber hecho todo bien, pero he pasado mi vida siempre aquí y no sé… no sé las costumbres de los reyes.
- ¿Qué costumbres, mujer? ¿Qué reyes? Pero, ¿qué has hecho, Judas? ¿Pero no eres Tú el prometido Rey de Israel? Es hora de que el mundo te salude como tal, y ello debe suceder por primera vez aquí, en mí ciudad, en mi casa. Yo te venero como tal. Por amor hacia mí y por respeto a tu nombre de Mesías, de Cristo, de Rey, que los Profetas, por orden de Yeové, te han dado, no me desmientas.
- Mujer, amigos. Por favor. Necesito hablar con Judas, tengo que darle órdenes precisas.
La madre y los discípulos se retiran.
- Judas, ¿qué has hecho? ¿Tan poco me has entendido hasta aquí? ¿Por qué disminuirme hasta el punto de hacer de mí sólo un poderoso de la tierra, o, peor aún, uno que brega por ser poderoso? ¿No entiendes que es una injuria a mi misión, exactamente un obstáculo? Sí, no digas que no; obstáculo. Israel está sujeto a Roma. Tú sabes qué ha sucedido cuando ha querido alzarse contra Roma alguien en actitud de caudillo del pueblo levantando sospechas de que estaba creando una guerra de reconquista. Has oído, justamente en estos días, cómo se ensañaron con un Párvulo porque se le supuso rey según el mundo.
¡Y tú…, y tú!… ¡Oh! ¡Judas! ¿Pero qué esperas de una soberanía mía de carne?, ¿qué esperas? Te he dado tiempo de pensar y decidir. Te he hablado bien claro ya desde la primera vez. Incluso te rechacé, porque sabía… porque sé, sí, porque sé, leo, veo lo que hay en ti. ¿Por qué deseas seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te perjudiques a ti ni me perjudiques a mí…
Vete. Es mejor para ti. No eres obrero apto para esta obra… Está demasiado por encima de ti. En ti hay soberbia, hay codicia de las tres especies, arrollas a quien te encuentras por delante… Incluso tu madre te debe temer… Hay tendencia a la mentira… No. Así no debe ser mi seguidor. Judas, Yo no te odio, Yo no te maldigo, sólo te digo — y con el dolor de quien ve que no puede cambiar al que ama — te digo sólo: Ve por tu camino, hazte paso en el mundo, puesto que es esto lo que quieres, pero no estés conmigo. ¡Mi vía!… ¡Mi palacio! ¡Oh, qué pequeñez contienen! ¿Sabes dónde seré Rey?, ¿cuándo seré proclamado Rey? Cuando me levanten en un madero infame y por púrpura tenga mi Sangre, por corona una guirnalda de espinas, por enseña un cartel burlón, por trompas y címbalos y órganos y cítaras saludando al Rey proclamado las blasfemias de todo un pueblo, de mi pueblo. ¿Y sabes por obra de quién todo esto? De uno que no me habrá entendido, que no habrá entendido nada.
Corazón de bronce hueco, en el que la soberbia, la sensualidad y la avaricia, para entonces, ya habrán destilado sus humores, y éstos habrán engendrado una maraña de serpientes que servirán como cadena para mí y… y maldición para él. Los demás no conocen tan claramente mi suerte. Te ruego que no la manifiestes. Esto quede entre tú y Yo. Y esto que te he dicho es una amonestación… ¡Y guarda silencio y no digas: "Fui amonestado…"! ¿Entendido, Judas?
Judas está violáceo de tan colorado como se ha puesto. Está en pie, frente a Jesús. Está confundido, con la cabeza baja… Se hinca de rodillas llorando con la cabeza entre las rodillas de Jesús.
- Te amo, Maestro. No me rechaces. Sí, soy un soberbio, soy un estúpido, pero no me apartes de ti. No, Maestro; será la última vez que cometo una falta así. Tienes razón. No he reflexionado, pero incluso en este error hay amor. Quería prodigarte honores y mover a los demás a hacer lo mismo, porque te amo. Tú lo dijiste hace tres días: "Cuando os equivocáis sin malicia, por ignorancia, no es un yerro, sino un juicio imperfecto, propio de niños, y Yo estoy aquí para haceros adultos".
Mira, Maestro, estoy entre tus rodillas… me dijiste que serías un padre para mí… entre tus rodillas como entre las de mi padre; y te pido perdón, te pido que hagas de mí un "adulto", un adulto santo… No me apartes de ti, Jesús, Jesús, Jesús… No todo es malvado en mí. ¿Lo ves?, por ti he dejado todo y he venido. Tú eres más que los honores y las victorias que obtenía sirviendo a otros. Tú, sí, Tú eres el amor del pobre, infeliz Judas que quisiera proporcionarte sólo alegría y que, por el contrario, te causa dolor…
- Basta, Judas. Una vez más, te perdono… — Jesús parece fatigado — Te perdono esperando… esperando que en el futuro me comprendas.
- Sí, Maestro. Sí. Pero ahora no me postres bajo el peso de un mentís que haría de mí objeto de burla. Toda Keriot sabe que yo venía con el Descendiente de David, el Rey de Israel… y mi ciudad se ha preparado para recibirte… Creía que actuaba correctamente… creía que así te mostraba cómo hay que hacer para ser temidos y obedecidos… y también a Juan y a Simón, y a través de ellos a los otros que te aman pero que te tratan como a un igual… Incluso se burlarían de mi madre, por tener un hijo mentiroso y loco. ¡Por ella, Señor mío!… ¡Y te juro que yo…!
- No me jures a mí. Júrate a ti mismo, si puedes, no pecar más en este sentido. En atención a tu madre y a los ciudadanos no haré esta afrenta de irme. Estaré aquí. Levántate.
- ¿Qué les vas a decir a los otros?
- La verdad…
- ¡No, no!
- La verdad: que te he dado órdenes para hoy. Siempre hay una forma de decir, con caridad, la verdad. Vamos. Llama a tu madre y a los otros.
Se le ve a Jesús más bien severo. Y no vuelve a sonreír sino cuando regresa Judas con su madre y los discípulos. La mujer escruta a Jesús, lo ve benigno y se tranquiliza. Esta mujer a mí me parece un alma en pena.
- ¿Qué?, ¿vamos a Keriot? Me siento descansado. Te agradezco, madre, toda tu bondad. Que el Cielo te pague y te dé, por tu caridad hacia mí, reposo, y alegría al consorte que lloras.
La mujer trata de besarle la mano, pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola, y no lo permite.
- El carro está preparado, Maestro. Ven.
Afuera, efectivamente, está llegando un carro tirado por bueyes, un hermoso y cómodo carro, dentro del cual se han colocado cojines para que sirvan como asientos; encima, un toldo de paño rojo.
- Sube, Maestro.
- Tu madre antes.
La mujer sube, luego Jesús y los demás.
- Aquí, Maestro» (Judas ya no lo llama rey).
Jesús se sienta en la parte de adelante; a su lado, Judas; detrás la mujer y los discípulos. El conductor aguijonea a los bueyes; los va instigando caminando a su lado.
E1 trayecto es breve, poco más de unos cuatrocientos metros, luego se ven las primeras casas de Keriot, que me parece una discreta ciudadita. Un niño pequeño mira en la calle llena de sol y sale disparado. Cuando el carro llega a las primeras casas, personalidades y gente del pueblo están esperando para recibirlo con bandas de tela y ramos, y ramos y bandas, por las calles y de casa a casa. Gritos de júbilo, profundas reverencias… Jesús —ya no puede evitarlo —, desde lo alto de su trono tambaleante, saluda y bendice.
El carro prosigue y luego gira, después de una plaza, por una calle, y llega a la altura de una casa cuyo portón está ya abierto de par en par; en él hay dos o tres mujeres. Se detiene el carro y bajan.
- Mi casa es tuya, Maestro.
- Paz a ella, Judas. Paz y santidad.
Entran. Pasado el vestíbulo hay una amplia sala con divanes bajos y muebles con incrustaciones. Con Jesús y los demás, entran las personalidades del lugar. Reverencias, curiosidad, júbilo pomposo…
Un anciano de aspecto grave pronuncia un discurso:
-¡Gran fortuna para la tierra de Keriot al tenerte, oh Señor! ¡Gran fortuna! ¡Feliz día! ¡Fortuna por tenerte y fortuna por ver que un hijo suyo es amigo tuyo y te ayuda! ¡Dichoso él, que te ha conocido antes que ningún otro! Y Tú, bendito seas diez veces diez por haberte manifestado, Tú, el Esperado por generaciones y generaciones. Habla, Señor y Rey. Nuestros corazones esperan tu palabra como la tierra sedienta de verano abrasador espera la primera dulce agua de septiembre.
- Gracias, quienquiera que seas, gracias, y gracias a los hombres de esta ciudad que han inclinado sus corazones ante el Verbo del Padre, ante el Padre cuyo Verbo soy Yo. Porque, sabed que no es al Hijo del hombre, que os está hablando, sino al Señor altísimo, a quien hay que rendir gracias y honor por este tiempo de paz con que El vuelve a soldar la paternidad quebrada con los hijos del hombre. Alabemos al Señor verdadero, al Dios de Abraham, que ha tenido piedad de su pueblo, lo ha amado y le otorga al Redentor prometido. No a Jesús, siervo de la eterna Voluntad, sino a esta Voluntad de amor, gloria y honor.
- Hablas como un santo… Yo soy el jefe de la sinagoga. No es sábado. Ven de todas formas a mi casa a explicar la Ley, Tú que portas más que óleo real la unción de la Sabiduría.
- Iré.
- Mi Señor quizás está cansado…
- No, Judas. Nunca cansado de hablar de Dios, nunca con ganas de desilusionar a los corazones.
- Ven, entonces — insiste el jefe de la sinagoga —; toda Keriot está afuera esperándote.
- Vamos.
Salen. Jesús entre Judas y el jefe de la sinagoga; en torno a ellos, personalidades y… gente, gente, gente. Jesús pasa bendiciendo.
La sinagoga está en la plaza. Entran. Jesús se dirige hacia el puesto reservado a quien enseña. Empieza a hablar, todo cándido con su espléndida vestidura, el rostro inspirado, los brazos extendidos según su gesto habitual.
- Pueblo de Keriot, el Verbo de Dios habla. Escuchad. Quien os habla no es sino Palabra de Dios. Su soberanía viene del Padre y al Padre volverá después de evangelizar a Israel. Ábranse los corazones y las mentes a la verdad, para que el error no quede estancado, para que no nazca la confusión. Isaías dice: "Toda depredación tumultuosa y las vestiduras bañadas de sangre serán consumidas por el fuego. He aquí que nos ha nacido un Párvulo, he aquí que se nos concede un Hijo. Lleva sobre sus hombros el principado. Éste es su nombre: el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz". Este es mi Nombre. Dejemos a los Césares y a los Tetrarcas su botín. Yo depredaré, pero no será una depredación que merezca castigo de fuego. No sólo esto sino que le arrebataré al fuego de Satanás gran número de presas para llevarlas al Reino de paz del que soy Príncipe, y al siglo futuro: el eterno tiempo del cual soy Padre.
"Dios" — dice también David, de cuya estirpe provengo, como habían predicho quienes vieron porque eran santos, gratos a Dios, elegidos por Dios para hablar — "ha escogido a uno sólo… a mi hijo… pero la obra es grandiosa, porque se trata no de preparar la casa de un hombre, sino la de Dios". Así es. Dios, el Rey de los reyes, ha elegido a uno sólo, a su Hijo, para
construir, en los corazones, su casa. Y ha preparado ya el material. ¡Oh, cuánto oro de caridad, y cobre, y plata y hierro, y maderas raras y piedras preciosas! Todas están acumuladas en su Verbo y Él las usa para construir en vosotros la morada de Dios. Pero si el hombre no ayuda al Señor, inútilmente el Señor querrá construir su casa. Al oro se responde con el oro, a la plata con la plata, al cobre con el cobre, al hierro con el hierro. O sea, por el amor debe darse amor, continencia para servir a la Pureza, constancia para ser fieles, fuerza para no desistir. Y luego, llevar hoy la piedra, mañana la madera: hoy el sacrificio, mañana la obra, y construir, construir siempre el templo de Dios en vosotros.
El Maestro, el Mesías, el Rey del Israel eterno, del pueblo eterno de Dios, os llama. Pero quiere que estéis limpios para la obra. Caigan las soberbias: a Dios gloria. Caigan los humanos pensamientos: de Dios es el Reino. Humildes, decid conmigo:
"Tuyas son todas las cosas, Padre, tuyo todo cuanto es bueno; enséñanos a conocerte y a servirte, en verdad". Decid: "¿Quién soy yo?", y reconoced que seréis algo sólo cuando seáis moradas purificadas a las que Dios pueda descender, en las que pueda descansar.
Todos peregrinos y extranjeros en esta tierra, sabed reuniros e ir hacia el Reino prometido. El camino son los mandamientos puestos en práctica no por temor a un castigo, sino por amor a ti, Padre santo; el arca, un corazón perfecto en el cual está el nutritivo maná de la sabiduría y florece la vara de la pura voluntad. Y, para que la casa sea luminosa, venid a la Luz del mundo. Yo os la traigo. Os traigo la Luz. Nada más que esto. No poseo riquezas ni prometo honores de esta Tierra, pero sí poseo todas las riquezas sobrenaturales de mi Padre, y a aquellos que sigan a Dios en amor y caridad les prometo el honor eterno del Cielo.
La paz sea con vosotros.
La gente, que ha estado escuchando atenta, bisbisea un poco inquieta. Jesús habla con el jefe de la sinagoga. Se unen al grupo también otras personas — quizás son las personalidades.
- Maestro… ¿pero entonces no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho…
- Lo soy.
- Pero Tú has dicho…
- Que no poseo ni prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la verdad. Así es. Conozco vuestro pensamiento, y el error viene de un desacierto en la interpretación unido a un muy grande respeto vuestro hacia el Altísimo. Se os dijo: "Viene el Mesías", y vosotros habéis pensado, como muchos en Israel, que Mesías y rey fueran lo mismo. Elevad más alto el espíritu. Observad este hermoso cielo de verano. ¿Pensáis que termina allí su límite, allí donde el aire parece una bóveda de zafiro? No. Más allá están los estratos más puros, los azules más netos, hasta llegar a aquél, inimaginable, del Paraíso, adonde el Mesías guiará a los justos muertos en el Señor. La misma diferencia hay entre la realidad mesiánica como la cree el hombre y la real, toda divina.
- Pero, ¿podremos nosotros, pobres hombres, elevar el espíritu adonde Tú dices?.
- Basta que lo queráis, y, si lo queréis, Yo os ayudaré.
- ¿Cómo te tenemos que llamar, si no eres rey?
- Maestro, Jesús; como queráis. Maestro soy y soy Jesús, el Salvador.
Un viejo dice:
- Escucha, Señor. Hace tiempo, hace mucho tiempo, cuando el edicto, tuvimos noticia de que había nacido en Belén el Salvador… y yo fui allí con otros… Vi a un pequeño Niño, en todo igual a los demás, pero lo adoré, por fe. Luego supe que hay uno, santo, de nombre Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?.
- Aquel a quien tú adoraste. El otro es su Precursor. Gran santo a los ojos del Altísimo, pero no Mesías. - ¿Eras Tú?
- Era Yo. Y ¿qué viste en torno a mí recién nacido?
- Pobreza y limpieza, honestidad y pureza… un artesano amable y serio de nombre José; artesano, pero de la estirpe de David; una joven Madre rubia y amable de nombre María, ante cuya gracia empalidecen las rosas más hermosas de Engadí y parecen deformes las azucenas de los jardines reales; y un Niño de grandes ojos azul cielo, de cabellos de hilos de oro pálido…
No vi nada más… Y oigo todavía la voz de la Madre que me decía: "Por mi Criatura te digo: el Señor esté contigo hasta el eterno encuentro y su Gracia te salga al paso en tu camino". Tengo ochenta y cuatro años… el camino está terminándose. Ya no esperaba encontrar la Gracia de Dios, y, sin embargo, te he encontrado… y ahora ya no deseo ver más luz que la tuya… Sí. Te veo cual eres bajo esta vestidura de piedad que es la carne que has tomado. ¡Te veo! ¡Oíd la voz de aquel que al morir ve la Luz de Dios!
La gente se arremolina en torno al anciano inspirado que está en el grupo de Jesús y que, no teniéndose ya en pie apoyado sobre su bastoncito, levanta los brazos trémulos, la cabeza toda canosa, con su barba larga y bipartida, una verdadera cabeza de patriarca o profeta.
- Yo veo a Éste, el Elegido, el Supremo, el Perfecto, que ha venido aquí abajo por fuerza de Amor, subir a la derecha del Padre, tornar a ser Uno con Él. Pero, ¡ved!, no Voz y Esencia incorpórea como Moisés vio al Altísimo y como el Génesis dice lo conocieran los Primeros y con Él hablasen en el viento de la tarde. Como verdadera Carne lo veo subir al Eterno, ¡Carne
refulgente!, ¡Carne gloriosa!; ¡oh, pompa de Carne divina!, ¡oh, Belleza del Hombre Dios! ¡Es el Rey! Sí. Es el Rey. No de Israel; del mundo. Y ante Él se inclinan todas las realezas de la tierra, y todo cetro y toda corona se anulan en el fulgor de su cetro y de sus joyas.
Una guirnalda, una guirnalda tiene en su frente. Un cetro, un cetro tiene en su mano. En el pecho, un racional: en él hay perlas y rubíes de un esplendor jamás visto. De él salen llamas como de un horno sublime. En las muñecas, dos rubíes, y lleva una fíbula de rubíes en sus pies santos.
¡De los rubíes, luz, luz…! ¡Mirad, oh pueblos, al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! Subo contigo… ¡Ah! ¡Señor!, ¡Redentor nuestro!… La luz crece en mi ojo del alma… ¡El Rey está ornado con su Sangre! La guirnalda es una corona de sangrantes espinos, el cetro es una cruz… ¡Aquí está el Hombre! ¡Aquí está! ¡Eres Tú!… Señor, por tu inmolación ten piedad de tu siervo. Jesús, a tu piedad entrego mi espíritu.
El anciano, hasta este momento derecho, rejuvenecido en el fuego de su profecía, se derrumba al improviso, y caería al suelo si Jesús, atento, no le hubiera sujetado contra su pecho.
- ¡Saúl!
- ¡Se está muriendo Saúl!
- ¡Venid a ayudar!
- ¡Corred!
- Paz en torno al justo que muere - dice Jesús, que lentamente se ha ido arrodillando para poder sujetar mejor al anciano, que pesa cada vez más.
Silencio.
Jesús lo depone extendido en el suelo y se levanta.
- Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz. En la espera — y será breve — verá ya el rostro de Dios y se sentirá feliz. No hay muerte, o sea, separación de la vida, para quienes murieron en el Señor.
La gente, un rato después, se aleja haciendo comentarios. Se quedan las personalidades, Jesús, los suyos y el jefe de la sinagoga.
- ¿Ha profetizado, Señor?
- Sus ojos han visto la Verdad. Vamos.
Salen.
- Maestro, Saúl ha muerto investido del Espíritu de Dios.
Nosotros, que lo hemos tocado, estamos limpios o hemos quedado impuros?
- Impuros.
- ¿Y Tú?
- Yo como los demás. No mudo la Ley. La Ley es ley y el israelita la observa. Impuros hemos quedado. Entre el tercer día y el séptimo nos purificaremos. Hasta entonces, estamos impuros. Judas, Yo no vuelvo adonde tu madre. No llevo impureza a tu casa. Que uno que pueda la avise. Paz a esta ciudad. Vamos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
¿Hacia qué hora llegaremos? - pregunta Jesús, caminando en el centro del grupo precedido por las ovejas que pacen en las márgenes herbosas.
- Hacia la hora tercia. Son aproximadamente diez millas - responde Elías.
- ¿Y luego vamos a Keriot? - pregunta Judas.
- Sí. Vamos allí.
- ¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No debe haber mucha distancia. ¿Verdad, tú, pastor?
- Dos millas más, poco más o menos.
- Así recorremos más de veinte millas sin motivo.
- Judas, ¿por qué estás tan inquieto? - dice Jesús.
- No es inquieto, Maestro; sólo que me habías prometido ir a mi casa…
- E iré. Mantengo siempre mis promesas.
- He encargado que avisen a mi madre… y además Tú has dicho que con los muertos se está también con el espíritu.
- Lo he dicho. Mira, Judas, reflexiona: tú por mí no has sufrido todavía. Éstos hace treinta años que sufren, y no han traicionado jamás ni siquiera mi recuerdo, ni siquiera el recuerdo. No sabían si estaba vivo o muerto… y, no obstante, han permanecido fieles. Me recordaban como recién nacido, infante, sólo con mi llanto y mi necesidad de leche… y, aun así, me han venerado siempre como Dios. Por causa mía los han maltratado, los han maldecido, han sufrido persecución como un oprobio de Judea; y, a pesar de todo, su fe, ante los golpes, no vacilaba, no se agostaba, sino que, por el contrario, echaba raíces más hondas y se hacía más vigorosa.
- A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios estos, ¿no es verdad?
Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?… La mataron por haberte amado…
- Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura.
- No… pero…
- Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas.
Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo "juicio", debería decir "yerro"; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno.
Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien
continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?
- Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio… El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa… y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti.
¡Ojalá fuera yo como ellos! - dice Simón.
- Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes - responde irónicamente Judas.
- Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarlo segregándolo; ni perseguirlo porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir… No, esto no lo digo.
- Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno - dice Jesús.
Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.
- Como siempre, yo estoy equivocado.
- No, Judas; tienes el sentido práctico. Tú mismo lo dices.
- ¡Oh, pero con Jesús!… También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico, ¡y ahora sin embargo!… Tú también,
Judas, serás como él. Hace poco que estás con el Maestro, nosotros hace más tiempo y ya hemos mejorado - dice Juan, siempre dulce y conciliador.
- No me ha querido con Él. Si no, hubiera sido suyo desde Pascua — Judas está hoy realmente enojado.
Jesús zanja la cuestión diciendo a Leví:
-¿Has estado alguna vez en Galilea?
- Sí, Señor.
- Vendrás conmigo, para conducirme a donde Jonás. ¿Lo conoces?
- Sí. Por Pascua nos veíamos siempre; yo iba a verlo entonces. José baja la cabeza apenado. Jesús se da cuenta.
- Juntos no podéis venir. Elías se quedaría solo con las ovejas. Pero tú vendrás conmigo hasta el paso de Jericó, donde nos separaremos por un tiempo. Te diré después lo que tienes que hacer.
- ¿Nosotros ya nada más?
- También vosotros. Judas, también vosotros.
- Se ven algunas casas - dice Juan, que va unos pasos por delante de los demás.
- Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro? ¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías.
- Aceleremos el paso.
Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo. Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle, aquí rudimentariamente adoquinada. Llegan a la casa. La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre el blancor de las ovejas.
- ¡Oh! ¡Es distinta! ¡Aquí estaba la verja de entrada! - dice Elías. Ahora, en lugar de la verja, hay un portón herrado que impide ver. Y la tapia que la circunda es más alta que un hombre, y, por tanto, no se ve nada.
- Quizás esté abierto por detrás. Vamos. Rodean un amplio cuadrilátero (más concretamente un amplio rectángulo), pero la pared es igual por todas partes.
- Pared hecha desde hace poco - dice Juan observándola - No tiene grietas, y en el suelo hay todavía piedras con cal.
- Tampoco veo el sepulcro… Estaba hacia el bosque. Ahora el bosque está fuera del muro y… y parece de todos. Hacen leña en él…
Elías está perplejo.
Un hombre, un leñador entrado en años, más bien bajo, pero fuerte, observando al grupo, deja de serrar un tronco talado y se dirige hacia ellos.
-¿A quién buscáis?
- Queríamos entrar en la casa, para orar ante el sepulcro de Zacarías.
- Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabéis? ¿Quiénes sois?
- Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él…
- No hace falta, Elías - dice Jesús. Elías se calla.
- ¡Ah! ¡Samuel!… ¡Ya! Sólo que desde que Juan, hijo de Zacarías, está en la cárcel, la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque él distribuía todas las ganancias de sus bienes entre los pobres de Hebrón. Una mañana vino uno de la corte de Herodes, echó afuera a Joel, clausuró la casa; luego volvió con algunos obreros y empezó a levantar el muro… En el ángulo, allí, estaba el sepulcro.
No lo quiso… y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido… los pobres huesos mezclados… Los recogimos como se pudo… Ahora están en una única arca… Y en la casa del sacerdote Zacarías ese inmundo tiene a sus amantes. Ahora está una histrionisa de Roma. Por eso ha realzado el muro. No quiere que se vea… ¡La casa del sacerdote, un lupanar! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías. ¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande! Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, consumida como un cardo ajado, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro.
Luego vino una prima, que era santa, a servirle y a soltarle la lengua al sacerdote. Se llamaba María. Me acuerdo de ella, aunque sólo la viéramos en muy raras ocasiones. No sé cómo sucedió. Se dice que, por contentar a Isa, Ella dejaba poner la boca muda de Zacarías sobre su vientre grávido, o que le metía sus dedos en la boca. No lo sé bien. Lo cierto es que, después de nueve meses de silencio, Zacarías habló alabando al Señor y diciendo que había venido el Mesías. No explicó más, pero mi mujer asegura — ella estaba ese día — que Zacarías dijo, alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él. Ahora, yo digo: no es como la gente cree. Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?
- Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías.
- Entonces aquélla, de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios — lo dijo Samuel — ¿no era verdad que lo era?
¿No vive todavía?
- Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta.
- Tú eres el primero que lo asegura. Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja — como todos los años hacía cuando llegaba el invierno —, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: "Ya ha venido". Cuando él lo diga…
- Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: "He aquí el Cordero de Dios", señalando… - dice Juan.
- No, no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre. Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios. Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón. Samuel lo decía, pero debían tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan.
- Si uno te dijera: "El Mesías soy Yo", ¿qué dirías tú? – pregunta Jesús.
- Lo llamaría "blasfemo" y lo echaría a pedradas.
- ¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?.
- Lo llamaría "endemoniado". El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías.
- No ha nacido en Belén.
- Pero cuando lo liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén. También
Belén espera esto. Mientras… ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías… y verás.
- ¿Tenéis una sinagoga?
- Sí. Recto doscientos pasos por esta calle. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados.
- Adiós. Que el Señor te ilumine.
Se van. Dan la vuelta por la parte de delante.
En el portón hay una mujer joven vestida sin ningún pudor. Guapísima.
- Señor, ¿quieres entrar en la casa? Entra.
Jesús la mira fijamente, severo como un juez, y no habla.
Habla Judas, en esto apoyado por todos.
-¡Métete dentro, desvergonzada! No nos profanes con tu aliento, perra insaciable.
Se manifiesta en la mujer un vivo rubor e inclina la cabeza. Trata de desaparecer, confundida, escarnecida por gamberros y por la gente que pasa.
- ¿Quién es tan puro como para decir: "Jamás he deseado la manzana ofrecida por Eva?" - dice Jesús, severo, y añade -
Decidme dónde está éste y Yo lo saludaré con la palabra "santo". ¿Ninguno? Bueno, pues entonces, si no por repulsa, sino por debilidad, os sentís incapaces de aproximaros a ésta, retiraos. No obligo a los débiles a luchas en inferioridad de condiciones.
Mujer, querría entrar. Le guardo cariño a esta casa. Era de un pariente mío.
- Entra, Señor, si no te doy asco.
- Deja abierta la puerta. Que la gente vea y no murmure…
Jesús pasa serio, solemne. La mujer lo recibe reverente, subyugada, y no osa moverse. Pero las burlas de la multitud le hacen sangre. Huye corriendo hasta el fondo del jardín. Mientras, Jesús va hasta el pie de la escalera; mira de refilón por las puertas entreabiertas, pero no entra. Luego se dirige hacia donde estaba el sepulcro (ahora hay una especie de pequeño templo pagano).
- Los huesos de los justos, aunque estén resecos y dispersos, gimen por un bálsamo de purificación y esparcen semillas de vida eterna. ¡Paz a los muertos que han vivido en el bien! ¡Paz a los puros que duermen en el Señor! ¡Paz a quienes sufrieron, pero no quisieron conocer vicio! ¡Paz a los verdaderos grandes del mundo y del Cielo! ¡Paz!.
La mujer, bordeando un seto que la ocultaba, se ha llegado hasta Él.
- ¡Señor!
- Mujer.
- Tu nombre, Señor.
- Jesús.
- No lo he oído nunca. Soy romana: mimo y bailarina. No soy experta más que en lascivias. ¿Qué quiere decir ese
Nombre? El mío es Aglae y —y quiere decir: vicio.
- El mío quiere decir: Salvador.
- ¿Cómo salvas? ¿A quién?
- A quien tiene buena voluntad de salvación. Salvo enseñando a ser puros, a preferir el dolor a la pérdida del honor, a querer el bien a toda costa - Jesús habla sin acritud, pero sin siquiera volverse hacia la mujer.
- Yo estoy perdida…
- Yo soy Aquel que busca a los perdidos.
- Yo estoy muerta.
- Yo soy Aquel que da Vida.
- Yo soy suciedad y embuste.
- Yo soy Pureza y Verdad.
- También eres Bondad, Tú, que no me miras, no me tocas, no me pisoteas. Piedad de mí…
- Ten piedad de ti, tú, primero; de tu alma.
- ¿Qué es el alma?
- Es aquello que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio y el pecado la matan y, una vez muerta, el hombre se vuelve animal repelente.
- ¿Podré volver a verte?
- Quien me busca me encuentra.
- ¿Dónde estás?
- Donde los corazones necesitan médico y medicinas para volver a ser honestos.
- Entonces… no te volveré a ver… Yo estoy donde no se quiere ni médico ni medicinas ni honestidad.
- Nada te impide venir a donde Yo esté. Mi Nombre será gritado por los caminos y llegará hasta ti. Adiós.
- Adiós, Señor. Déjame que te llame "Jesús". ¡No por familiaridad!… Para que entre en mí un poco de salvación.
Soy Aglae, acuérdate de mí.
La mujer se queda en el fondo. Jesús sale severo. Mira a todos. Ve perplejidad en los discípulos, burla en los hebronitas.
Un siervo cierra el portón.
Jesús va recto por la calle. Llama a la sinagoga.
Se asoma un viejo malévolo. Ni siquiera le da tiempo a Jesús de hablar.
- La sinagoga está prohibida, en este lugar santo, para los que tienen comercio con las meretrices. ¡Fuera!.
Jesús se vuelve sin hablar y continúa caminando por la calle (los suyos van detrás) hasta que se encuentran fuera de Hebrón. Entonces hablan.
- Hay que decir que Tú te lo has buscado, Maestro - dice Judas - ¡Una meretriz!
- Judas, en verdad te digo que ella te superará. Y ahora, tú que me censuras, ¿qué me dices de los judíos? En los lugares más santos de Judea nos han escarnecido; nos han echado…
Pero es así. Llega el tiempo en que Samaría y los gentiles adorarán al verdadero Dios, y el pueblo del Señor estará manchado de sangre, y de un delito… de un delito respecto al cual el de las meretrices que venden su carne y su alma será poca cosa. No he podido orar ante los huesos de mis primos y del justo Samuel, pero no importa.
Reposad, huesos santos, regocijaos, oh espíritus que habitáis en ellos. La primera resurrección está cercana.
Luego vendrá el día en que seréis presentados a los ángeles como los espíritus de los siervos del Señor.
Jesús calla y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Un fresco valle, rumoroso, de aguas que van hacia el Sur entre saltos y espumas de un pequeño torrente argentino, que asperja su risueña frescura sobre los menudos herbazales de las orillas; parece como si su linfa subiera también por las pendientes, por el verdor de éstas. Son las laderas una esmeralda de verde veteado, que sube, desde el nivel del suelo, a través de las matas y de los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles — entre los que hay muchos nogales —, del bosque propiamente dicho, todo salpicado de zonas abiertas intercaladas, rellanos verdes de hierba exuberante, pasto sano y nutritivo para el ganado. Jesús desciende, con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente.
Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada o a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía. Ahora es
exactamente el Buen Pastor. También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas y de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes tratando de atrapar los vestidos; ello completa su figura de pastor.
- ¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido.
- No. A Hebrón después. Siempre antes donde los que sufren. Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo. Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas. Los huesos, ¿qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más.
También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre. Sólo el hombre, rey de la creación, tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos, y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello; hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo. La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo.
Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como — y mucho más que — en la Tierra, sino que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra: los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías; los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José. Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes. Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba… En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos. Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros, al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes.
¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros… Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne.
Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros. Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será, Amor que os ama y os enseña a amar… Pero… hemos llegado al vado, creo. Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo.
- Sí, es aquél, Maestro. En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado.
En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente, y el agua, que hasta este punto formaba un única cinta brillante, se separa en siete cintas menores, dándose prisa, risueña, en reunirse, pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso susurrando entre los cantos del fondo.
Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad, y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.
Jesús pasa por las piedras y detrás de El los discípulos. Continúan caminando por la otra margen del torrente.
- ¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?.
- Sí, así lo deseo.
- Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verlo, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos.
- Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirlo. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que lo lleva a una plaza.
No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.
Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.
Elías entra como un cohete.
- Isaac… soy yo.
- ¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna.
- Isaac… Isaac… ¿Sabes por qué he venido?
- No lo sé… Estás emocionado… ¿Qué sucede?
- He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme… y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?
Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas.
- No. La noticia… – dice - ¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verlo!
- Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: "Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte". Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo.
- ¿Ha dicho eso?
- Eso. Pero, ¿qué haces?
- Me pongo en camino.
Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías… que acaba entendiendo y da un grito…
Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.
- Vamos… vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente… Rápido, Elías.
Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.
- Allí está Jesús - dice Elías señalándolo - Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo…
Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.
- Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro.
Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.
- Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías…
- Tú me has dicho que viniera… y he venido.
- Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro.
- No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?
- ¡Oh, Señor!
- Llámame Maestro.
- Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte. ¿Cómo he podido obtener de ti tanta gracia?
- Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido…
- ¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a ti! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real… Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿verdad?.
- Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto… Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?
- ¡No voy a servir!
- ¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo?, ¿confesarlo contra las burlas y las amenazas?, ¿y decir que Yo te he llamado y has venido?
- Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga. Jesús sonríe.
-¿Ves como eres capaz de ser discípulo?.
- ¡Oh, si sólo es para hacer esto!… Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a ti, Rabí de los rabíes… E ir a aprender cuando se es anciano… - efectivamente, el hombre tiene al menos cincuenta años.
- Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac.
- ¿Yo? No.
- Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías? ¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase?
¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?
- Sí, Maestro.
- ¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer.
- Ya te he predicado. Señor Jesús. A los niños que se acercaban cuando, sin apenas poder tenerme en pie, llegué a este pueblo pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos, y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo. Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos…
Los niños son buenos y creen siempre… Hablaba de cuándo habías nacido… de los ángeles… de la Estrella y de los Magos… y de tu Madre… ¡Dime!: ¿vive?
- Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros.
- ¡Quién pudiera verla!
- La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra "amigo".
- María… sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca… Hay una mujer en Yuttá — ahora es ya mujer, madre, desde hace poco, de su cuarto hijo —, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas… Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros, y, no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, lo ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel. Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días. ¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!…
Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara, e igualmente Joaquín, su esposo. ¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado.
- Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad.
- Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada. La anciana que me ha visto ponerme en pie está claro que ha hablado. Siguen el torrente; lo dejan más al sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.
Reconozco el lugar. Es inconfundible. Es el de la visión de Jesús y los niños que tuve la pasada primavera. La consabida tapia sin argamasa delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle. Ahí están los prados con los manzanos, las higueras y los nogales. Ahí está la casa, blanca sobre verde, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador. Ahí está la pequeña cúpula en la parte más alta, y el huerto-jardín, con el pozo, la pérgola, los cuadros…
Un gran murmullo sale de la casa. Isaac se adelanta, entra, llama con fuerte voz:
- ¡María, José, Emmanuel! ¿Dónde estáis? Venid aquí con Jesús.
Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro. Se quedan con la boca abierta ante el… resucitado. Luego la niña grita:
- ¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!
De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer. Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, de la ya lejana visión; hermosa toda con sus vestidos de fiesta: un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues, ceñida a las opulentas caderas por un chal de rayas multicolores que modela sus muslos estupendos, que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás, y que queda entreabierto por delante después de cruzarse a la altura de la cintura bajo una fíbula de filigrana. Un velo ligero con ramas de rosas pintadas sobre un fondo marfileño está fijado a sus trenzas negras, como un pequeño turbante, y luego desciende desde la nuca, formando ondas y pliegues, por los hombros y sobre el pecho; está ceñido a la cabeza por una pequeña corona de medallitas unidas entre sí por una cadena. Pendientes de pesados anillos cuelgan de sus orejas. La túnica está abrochada al cuello por un collar de plata pasado entre unos ojales del vestido. En los brazos lleva también pesadas pulseras de plata.
- ¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit… Creía que el sol le había hecho perder la cabeza… ¡Andas!… ¿Qué sucedió?
- ¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!
- ¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?
- ¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si lo puedes recibir!
- ¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!
Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando… Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.
- Paz a esta casa y a todos vosotros. La paz y la bendición de Dios - Jesús se dirige, despacio, sonriente, hacia el grupo de personas - Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante? - y sonríe aún más.
Su sonrisa vence los temores. El esposo tiene el valor de hablar:
- Entra, Mesías. Te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote. La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por ti, por Isaac, y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícelo, Maestro. ¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor.
Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.
Vuelve Sara con un lindo recién nacido en los brazos, y se lo presenta a Jesús.
- Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?
- Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste… no tiene nombre todavía…
Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro. Sonríe diciendo:
- Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado…
Los dos se miran, lo miran, abren los labios, los cierran sin decir nada. Todos están atentos.
Jesús insiste:
- Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel. Los más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno.
A una voz los dos esposos exclaman:
-¡El tuyo, Señor! - y la esposa añade - Pero es demasiado santo…
Jesús sonríe y pregunta:
-¿Cuándo se le circuncida?.
- Estamos esperando al que lo hace.
- Estaré presente en la ceremonia. Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios. Llamasteis al tercero "Dios con nosotros". A Dios lo tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo. Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción.
- ¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?
- ¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré. Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías… ¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!… Llega la persona que esperábamos.
Entra un personaje pomposo con un sirviente. Saludos y reverencias.
- ¿Dónde está el niño? - pregunta con altiva gravedad.
- Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí.
- ¿El Mesías?… ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya sé. Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. El niño y su nombre.
Los presentes se sienten desazonados por los modales del hombre. Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él. Toma al pequeñuelo, le toca en la frentecita con sus hermosos dedos, como para consagrarlo, y dice:
- Su nombre es Iesaí – y se lo vuelve a dar al padre, el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana. Jesús se queda donde está hasta que vuelven con el infante, que viene chillando desesperadamente.
- Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar - dice para consolar a la angustiada madre. El niño, depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla.
Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y luego los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.
- ¿No bebes Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón.
- Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría…
- No hagas caso de ese hombre, Maestro.
- No, Isaac. Ruego porque vea la Luz. Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. Y tú, María, acércate más y dime:
¿Quién soy Yo?
- Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena.
- Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?.
- Sí, Jesús.
- Di "Maestro" o "Señor", niña.
- Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerlo objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños…! ¿Por qué me llamas Jesús? - pregunta, acariciando a la pequeña.
- Porque te quiero… como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos - dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.
- Y Jesús se inclina y la besa… y así todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa. Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla. Escucha más las voces del arbolado que las de los discípulos, que van unos metros detrás de Él hablando bajo entre sí. Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo. Jesús sonríe. Se vuelve:
- Oigo algunas ovejas - dice.
- ¿Dónde, Maestro?
- Me parece que hacia aquella colina. Pero el bosque no me deja ver.
Juan, sin decir una palabra, se quita la túnica — el manto lo llevan todos en bandolera, enrollado, porque tienen calor
—, se queda sólo con la prenda corta, y abraza un tronco alto y liso (yo diría que es de fresno), y sube, sube… hasta que puede ver:
- Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores; allí, detrás de aquella espesura.
Baja, y ya caminan seguros.
- ¿Serán ellos?
- Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo… Se conocen entre ellos.
Unos cien metros más. Luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos. Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.
- Cuidado, Maestro. Son pastores… - dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.
Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca.
Se le ve tan luminoso, que parece un ángel…
- La paz esté con vosotros, amigos - saluda en llegando al lindero del prado.
Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta:
- ¿Quién eres?.
- Uno que te ama.
- Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?
- De Galilea.
- ¿De Galilea? ¡Ah! - El hombre lo mira atentamente — también los otros se han acercado — De Galilea - repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo - También El venía de Galilea… ¿De qué lugar, Señor?.
- De Nazaret.
- ¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que… yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!
-¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?
- Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes lo quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre…
Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por El más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas… Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino… Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo… hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!…
Es duro y cruel… Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: "Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada". Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: "Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de
buena voluntad".
- ¿Dijeron eso exactamente?
- Sí, Señor, créelo tú, tú al menos, que eres bueno. Conoce tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten… y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharlo a uno? Los ángeles dijeron: "Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Lo reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales".
- ¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?
- ¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre.
- ¡Ah!, ¿decís: "Cristo"?
- No, Señor. Decimos: "Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre".
- Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?
- A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador.
- Soy Yo - A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.
- ¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro! — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría.
- Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres.
- José. Hijo de José.
- Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos.
Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al
Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.
Jesús se sienta en la hierba.
- No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel.
- No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros…
- ¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos.
- Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido.
- ¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido.
- No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor. ¿Y los otros?
Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos.
- ¡Oh! - Los pastores están cada vez más conmovidos.
- ¿Dónde están los demás?
- El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José lo mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por… por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví… lo perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel.
Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también lo mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria
y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos… pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio.
Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes.
- ¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?
- Me acordé de Zacarías, tu pariente… Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana… y me quedé a su servicio… Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él.
- Pero ahora el Bautista está prisionero.
- Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente.
- Quisiera verlos a todos.
- Sí, Señor. Iremos a decirles: "Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama".
- Y os quiere entre sus amigos.
- Sí, Señor.
- Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?
- Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José… no tiene tumba, Señor. Lo quemaron con la casa.
- Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre.
- ¿Y mis hijos?
- Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el "Gloria" cuando el Salvador sea coronado.
- ¿Rey?
- No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires!
Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed.
- Sí, Señor.
- Llamadme Maestro. Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena.
- No yo. Tú.
- Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijáos, justos, regocijáos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirlo en santidad y obtener así eterno premio.
Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.
Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno.
Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales
salvajes. Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste. Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso… Luego, después de estas
preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?
Y Jesús instruye y explica:
- Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis.
Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?.
- ¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo… pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».
- Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré.
- ¿Durante toda la vida?
- Durante toda mi vida.
- No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo.
- ¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte… La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era
pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: "por el hombre de buena voluntad".
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano. El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino. Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz… gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche, por una ramita que les sirva como dormitorio. Golondrinas se lanzan, como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido, y, tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.
Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas, continúan su paseo, mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo.
Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero, y se calla sólo cuando lo ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico. Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido, se entregan zureando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella.
Jesús, con los brazos cruzados, mira a todos estos animalitos alegres, y sonríe.
- ¿Ya estás listo, Maestro? - pregunta Simón por detrás.
- Ya listo. ¿Los otros duermen todavía?
- Todavía.
- Son jóvenes… Me he lavado en ese riachuelo… Una agua fresca que despeja la mente…
- Ahora voy yo.
Mientras Simón — sólo con la prenda corta — se lava y se vuelve a vestir, salen Judas y Juan.
- Dios te salve, Maestro. ¿Es demasiado tarde?
- No. Apenas ha nacido la mañana. Pero ahora daos prisa. Vámonos.
Los dos se lavan y se ponen la túnica y el manto.
Jesús, antes de ponerse en camino, arranca unas florecillas nacidas entre las hendiduras de dos rocas y las coloca en una cajita de madera, en la cual ya hay otras cosas que no distingo bien. Y comenta:
- Se las voy a llevar a mi Madre. Las guardará con cariño… Vamos.
- ¿Adónde, Maestro?
- A Belén.
- ¡¿Sí?! Me parece que no hay un buen ambiente respecto a nosotros…
- No importa. Vamos. Quiero mostraros dónde bajaron los magos y dónde estaba Yo.
- Entonces… Escucha… Perdona, ¿eh?, Maestro…
Permíteme que hable. ¿Por qué no hacemos una cosa? En Belén, y en la posada, deja que sea yo quien hable o pregunte. En Judea no se os estima mucho a los galileos, y aquí menos que en otras partes. Es más, ¿por qué no hacemos así?: Tú y Juan tenéis aspecto de galileos hasta en el vestido, que es demasiado simple. Y luego… ¡ese pelo…! ¿Por qué os empeñáis en llevarlo tan largo? Yo y Simón os dejamos el manto y cogemos el vuestro. Tú, Simón, a Juan; yo al Maestro. Eso es… así. ¿Ves? Parecéis, en un momento, un poco más judíos. Ahora esto - Y se quita la prenda con la que cubre su cabeza: un pedazo de tela de rayas amarillas, marrones, rojas, verdes, como el manto, alternadas; sujetado por un cordón amarillo. Lo pone sobre la cabeza de Jesús, cubriendo con él ambos lados de su cara para ocultar los largos cabellos rubios. Juan coge el de Simón, que es de un color verde oscurísimo - ¡Bien!, ¡ahora está mejor! Yo tengo el sentido práctico.
- Sí, Judas. Tú tienes el sentido práctico. Es verdad. Ten cuidado, no obstante, con que no rebase al otro sentido.
- ¿A cuál, Maestro?
- Al sentido espiritual.
- ¡No, hombre! Pero en ciertos casos conviene saber ser más políticos que los embajadores. Escucha… perdona otra cosa… es por tu bien… no me contradigas si digo algunas cosas… algunas cosas… que realmente no son verdaderas.
- ¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí.
- ¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro… En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero… y, además, hablo yo… una mentira más, una mentira menos…
- ¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?
- ¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías.
- Estaré callado.
- Luego… si las cosas se ponen bien… entonces diremos el resto. Pero tengo poca esperanza… Soy astuto y las cazo al vuelo.
- Lo veo, Judas. Pero preferiría que fueras sencillo.
- Sirve para poco. En tu grupo yo seré el de las misiones difíciles. Déjame… verás.
Jesús se muestra poco entusiasta. Pero cede.
Se ponen en camino. Rodean las ruinas; luego van siguiendo una gruesa pared sin ventanas, detrás de la cual se oye rebuznar, mugir, relinchar, balar, y ese sonido desagradable desafinado de los camellos o dromedarios. La pared hace esquina.
Vuelven ésta… y se encuentran en la plaza de Belén. El pilón de la fuente está en el centro de la plaza, que sigue teniendo la misma forma sesgada, pero que ahora es distinta en el lado opuesto a la posada. En el lugar en que estaba la casita — cuando pienso en ella, la veo todavía toda de plata pura bajo el rayo de la Estrella — hay ahora una gran abertura llena de escombros.
Sólo la pequeña escalera está todavía en pie con su pequeño balconcito. Jesús mira, y suspira. La plaza está llena de gente en tomo a los vendedores de productos alimenticios, de enseres o herramientas, telas, etc., los cuales han extendido sobre esteras, o colocado en cestas, sus mercancías, todas depositadas en el suelo; hasta ellos están en cuclillas, generalmente en el centro de su… puesto, si es que no están en pie, gritando y gesticulando, cerrando un trato con algún comprador tacaño.
- Es día de mercado - dice Simón.
La puerta, más exactamente: el portal de la posada, está abierta de par en par; está saliendo una fila de asnos cargados de mercancías.
Judas es el primero en entrar. Mira a su alrededor. Pilla, altanero, a un pequeño establero sucio y desarreglado, que lleva sólo una camisa larga, sin mangas y hasta la rodilla.
- ¡Siervo! - grita. - ¡El dueño! ¡Enseguida! ¡Muévete, que no estoy acostumbrado a esperar!.
El muchacho sale corriendo, llevando consigo una escoba de ramas.
- ¡Pero Judas! ¡Qué modales!
- Calla, Maestro. Déjame a mí. Deben creer que somos ricos y de ciudad.
El dueño, que acude corriendo, se rompe la espalda de tantas reverencias como hace delante de Judas, al cual se le ve imponente con el manto rojo oscuro de Jesús encima de su rica vestidura amarilla oro, toda llena de bandas y franjas.
- Venimos de lejos. Somos judíos de las comunidades asiáticas. Éste, perseguido, betlemita de nacimiento, viene buscando a sus amigos íntimos. Y nosotros venimos con Él, de Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos información particularizada al respecto?
- Señor… tu siervo… Todo tuyo. Ordena.
- Queremos saber acerca de muchos… y especialmente de Ana, la mujer que tenía su casa frente a esta posada.
- ¡Oh, pobrecilla! A Ana sólo la volveréis a ver en el seno de Abraham, y, con ella, a sus hijos.
- ¿Muerta? ¿Por qué?.
- ¿No sabéis lo de la matanza de Herodes? Todo el mundo habló de ello, e incluso el César lo definió a Herodes "cerdo que se nutre de sangre". ¡Ay! ¿Qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres un auténtico judío?
- Mira el signo de mi tribu. ¿Entonces?… Habla.
- A Ana la mataron los soldados de Herodes, y con ella a todos sus hijos, menos una.
- Pero, ¿por qué? ¡Era muy buena!
- ¿La conocías?
- Muy bien - Judas miente descaradamente.
- La mataron por haber proporcionado alojamiento a los que se decían padre y Madre del Mesías… Ven aquí, a esta habitación… Las paredes oyen, y hablar de ciertas cosas… es peligroso.
Entran en una pequeña habitación oscura y baja. Se sientan en un diván también bajo.
- La cosa fue así… yo intuí algo. ¡No en vano soy posadero! He nacido aquí, soy hijo de hijos de posaderos. Llevo la malicia en la sangre. Y entonces no los acepté. Quizás hubiera podido encontrar un lugar para ellos. Pero… galileos, pobres, desconocidos… ¡no, no!, ¡Ezequías no comete este error! Y además… sentía… sentía que eran distintos… esa mujer… unos
ojos… un algo… ¡no, no!; debía tener el demonio dentro y hablar con él. Y nos lo trajo aquí… A mí no, pero sí a la ciudad. Ana era más inocente que un cordero, y los hospedó pocos días después, ya con el Niño. Decían que era el Mesías…
¡Cuánto dinero gané esos días! ¡Fue mucho más que un empadronamiento! Venía incluso gente que no habría debido venir por el padrón. Venían incluso desde el mar, ¡hasta de Egipto!, a ver… ¡y durante meses! ¡Qué ganancias tuve!… Los últimos en llegar fueron tres reyes, tres potentados, o tres magos… ¡yo qué sé! ¡Un cortejo!… ¡no acababa nunca! Me ocuparon todas las cuadras y pagaron en oro heno como para un mes, y luego se fueron al día siguiente dejándolo todo allí. ¡Y qué regalos a los mozos de los establos, a las mujeres… y a mí! Yo… del Mesías, fuera verdadero o falso, sólo puedo hablar bien. Me hizo ganar monedas a mansalva. No sufrí ningún desastre; muertos, tampoco, porque me acababa de casar. Por tanto… ¡Pero los demás…!
- Querríamos ver los lugares de la matanza.
- ¿Los lugares? Pero si todas las casas fueron lugar de matanza. Hubo muertos en varias millas a la redonda. Venid conmigo.
Suben una escalera y luego a una terraza que está encima del tejado; desde arriba se ve ampliamente el campo y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.
- ¿Veis los puntos destruidos? Allí ardieron incluso las casas porque los padres defendieron a sus hijos con las armas.
¿Veis allí aquella especie de pozo cubierto de hiedra? Son los restos de la sinagoga, quemada con el jefe dentro, que había afirmado que aquél era el Mesías. La quemaron los que se salvaron, locos por la matanza de sus hijos. Hemos tenido luego problemas… Y allí, y allí, y allí… ¿veis aquellos sepulcros? Son de las víctimas… Parecen ovejas esparcidas entre la hierba, hasta donde alcanza la mirada. Todos inocentes, y también sus padres y madres…
¿Veis aquel pilón? Su agua quedó roja después de limpiar las armas y lavarse las manos los sicarios en ella. Y ¿habéis visto ese riachuelo de aquí detrás?… Era rosa debido a la gran
cantidad de sangre que había recogido de las cloacas… Y ahí, sí, ahí enfrente… eso es todo lo que queda de Ana.
Jesús llora.
- ¿La conocías bien?
Responde Judas:
- Era como una hermana para su Madre. ¿Verdad, amigo?
Jesús responde solamente:
- Sí»
- Entiendo - dice el posadero, y se queda pensativo.
Jesús se inclina hacia Judas para hablar con él en voz baja.
- Mi amigo querría ir a esas ruinas - dice Judas.
- ¡Pues que vaya! ¡Son de todos!.
Bajan. Se despiden. Se marchan. El dueño de la posada se queda desilusionado; tal vez esperaba alguna ganancia.
Cruzan la plaza. Suben sobre la pequeña escalera que ha quedado en pie.
- Aquí — dice Jesús — mi Madre me sacó a saludar a los Magos, y desde aquí bajamos para ir a Egipto.
Algunas personas miran a los cuatro que están sobre las ruinas.
Uno pregunta:
-¿Familiares de la que mataron?
- Amigos.
Una mujer grita:
- ¡No hagáis ningún mal, al menos vosotros, a la muerta, como los otros amigos suyos se lo hicieron a la viva, y luego escaparon indemnes.
Jesús está erguido en la terraza, contra el muro que la limita, por tanto a una altura de unos dos metros con respecto a la plaza, con el vacío por detrás, un vacío rico de luz que lo aureola todo y hace aún más cándida la túnica de lino blanquísimo que lo cubre — sólo la túnica, ahora que el manto se ha deslizado desde los hombros y está a sus pies como una base multicolor
—. Más atrás, el fondo verde y desarreglado de lo que era el huerto y la tierra propiedad de Ana, yermado y lleno de escombros.
Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice:
- ¡No hables! ¡No es prudente!
Mas Jesús llena la plaza de su voz potente:
- ¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!.
La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.
- ¡Es un rabí!
- Seguro que viene de Jerusalén.
- ¿Quién es?
- ¡Qué apuesto!
- ¡Qué voz!
- ¡Qué ademanes!
- ¡Claro, si es de la estirpe de David…!
- ¡Nuestro, entonces!
- ¡Oigamos, oigamos!
Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.
- El Génesis dice: "Yo pondré enemistad entre ti y la mujer… ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar". Y también: "Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos… y la tierra producirá abrojos y espinas". Esta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.
Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató… Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la Humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser
tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.
"Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar". ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.
¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías…
La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.
- Calla, Maestro - dice Judas - y vámonos.
Pero Jesús no lo escucha. Continúa: .. al Mesías salvado de los tiranos por el Padre - Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y… Una estridente voz de mujer grita:
- ¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí! - y grita histéricamente.
Es el comienzo del alboroto.
Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita:
- ¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Elíseo!
- ¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!…
Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú.
Gritan todos:
- ¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!.
Jesús mueve los brazos imponiendo silencio.
- Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías enseguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve…
- ¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo.
Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice:
- Lo soy.
- ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!
Vuela una piedra entre silbidos y befas.
Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! —… Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando:
- ¡Lleváos a Jesús! ¡Detrás de esos árboles!. ¡Yo os alcanzo! ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo! - y a la multitud -
¡Perros rabiosos! ¡Soy del Templo! ¡Os denunciaré ante el Templo y ante Roma!
La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la pedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace girar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad. Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas.
- ¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?
- Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido.
- ¿Quién eres?
- Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y… — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul.
- Lo comprobaré. ¿Adónde vas?
- Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén.
- Ve. Te guardaremos las espaldas.
Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita… pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.
- ¿Estás muy herido?.
- No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!… No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre…
- Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua.
Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.
- Lo siento, Judas… Pero mira… aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico…
- Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás.
- ¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón… Vamos donde los pastores, si los encontramos.
- ¿A llevarnos otras pedradas?
- No. A decirles: "Soy Yo"».
- ¡Entonces… por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!…
- Veremos.
Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Un camino de llanura pedregosa, polvorienta, secada por el sol estival. Discurre entre vigorosos olivos, del todo llenos de pequeñas aceitunas que acaban de formarse. El suelo, en los lugares que no han sido aún pisados, tiene todavía un estrato de diminutas florecitas del olivo, caídas después de la fecundación.
Jesús, con los tres, avanza en fila india a lo largo del margen del camino, donde la sombra de los olivos ha mantenido la hierba todavía verde, y por ello hay menos polvo.
El camino cambia de dirección en ángulo recto y sube levemente hacia una cuenca que tiene forma de amplia herradura, en la cual están esparcidas numerosas casas, más o menos grandes, hasta formar una pequeña ciudad. Exactamente en el punto donde el camino vuelve, hay una construcción cúbica cubierta por una pequeña cúpula baja; está completamente cerrada, como abandonada.
- He ahí el sepulcro de Raquel - dice Simón.
- Entonces casi hemos llegado. ¿Entramos inmediatamente en la ciudad?
- No, Judas. Antes os enseñaré un lugar… Después entraremos en la ciudad y, dado que hay todavía claridad y por la noche habrá Luna, podremos hablarle a la población, si quiere escuchar.
- ¿Cómo quieres que no te escuche?
Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.
Una mujer, que ha venido a sacar agua, se la ofrece. Jesús le pregunta:
-¿Eres de Belén?.
- Lo soy. Pero ahora, en tiempo de recolección, estoy con mi marido en estos campos, para cuidar los huertos y los árboles frutales. Y Tú, ¿eres galileo?
- Nací en Belén, pero estoy en Nazaret de Galilea.
- ¿También tú perseguido?
- La familia. Pero por qué dices: "¿También Tú?" ¿Entre los betlemitas hay muchos perseguidos?
- ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?
- Treinta.
- Entonces naciste justamente cuando… ¡oh, qué desdicha! ¿Pero por qué nació aquí aquél?
- ¿Quién?
- Aquel que se decía que era el Salvador. Maldición a los necios que, borrachos de sidra, vieron en las nubes ángeles, oyeron en los balidos y rebuznos voces del Cielo y, en la niebla de su embriaguez, tomaron a tres miserables por los más santos de la Tierra. ¡Maldición a ellos! Y a quien creyó en ellos.
- No haces más que proferir maldiciones, pero no me explicas qué sucedió. ¿Por qué esas imprecaciones?
- Porque… Oye: ¿adónde quieres ir?
- A Belén, con mis amigos. Tengo compromisos allí. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes querría saber muchas cosas, porque faltamos, nosotros los de la familia, desde hace muchos años. Dejamos la ciudad teniendo Yo pocos meses.
- Antes de la desgracia, entonces. Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir.
- Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa.
- El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco.
- Yo te ayudo.
- No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar.
- Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Éstos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo - Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal del pozo, la ata y la descuelga.
Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer:
- ¿Dónde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas.
- ¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid…
Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo… Después vuelven con los dos cántaros vacíos; los llenan, vuelven a marcharse… Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo:
- Se está destrozando la garganta de bendecimos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos.
Cuando vuelve por última vez dice:
- Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio.
- ¿Por qué, Judas?
- Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: "No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové se lo prometió a Jacob y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú lo odias?" Me ha respondido: "No a Él, sino al que llamaron "Mesías" unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente". Y como ése eres Tú…
- No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?
- No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras.
- Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos.
Judas lo guía hasta el huerto.
La mujer vacía los últimos tres cántaros y luego los conduce hacia una rústica construcción entre los árboles frutales.
- Entrad - dice - Mi marido está ya en casa.
Se asoman a una baja y ahumada cocina.
- La paz sea en esta casa - saluda Jesús.
- Quienquiera que seas, bendición a ti y a los tuyos. Entra - responde el hombre. Primero trae un barreño con agua para que los cuatro se refresquen y se limpien, luego entran todos y se sientan alrededor de una tosca mesa.
- Os doy las gracias por mi mujer. Me ha dicho lo que habéis hecho. Yo nunca había conocido galileos y me habían dicho que eran burdos y pendencieros. Pero vosotros habéis sido amables y buenos. ¡Estando ya cansados… trabajar tanto! ¿Venís desde lejos?
- De Jerusalén. Éstos son judíos. Yo y este otro somos de Galilea. Pero, créeme, hombre: el bueno y el malo están en todas partes.
- Es verdad. Yo, como primer encuentro con los galileos, encuentro al bueno. Mujer: trae de comer. No tengo más que pan, verduras, aceitunas y queso. Soy campesino.
- No soy un señor tampoco Yo. Soy carpintero.
- ¿Tú? No, a juzgar por tus modales.
La mujer interviene:
- Nuestro huésped es de Belén, te lo he dicho, y, si persiguen a los suyos, habrán sido quizás ricos e instruidos como lo eran Josoé de Ur, Matías de Isaac, Leví de Abraham… ¡pobres infelices!…
- Nadie te ha preguntado. Perdónala. Las mujeres son más charlatanas que las gorrionas por la tarde.
- ¿Eran familias de Belén?
- ¿Cómo? ¿No sabes quiénes eran, siendo Tú de Belén?
- Huimos cuando Yo tenía pocos meses…
La mujer, que debe ser realmente una cotorra, vuelve a hablar:
- Se marchó antes de la masacre.
- ¡Ya lo veo! Si no, no estaría en el mundo. ¿No has vuelto nunca?
- No.
- ¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos… ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!
- ¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?
- ¡Pero bueno!… al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes… Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la oscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las traspasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales… y nos dijeron a los de Belén:
"Venid. Adorad. El Mesías ha nacido". ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenías pocos años… porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la "Virgen"? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones… casas abiertas para hospedarlos…
¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija — la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén — perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado. - ¿Los pastores tuvieron toda la culpa?
- No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres…; Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Lo matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos…
- Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?
- No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías…! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!… ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo…
- Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?
- Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello… después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento.
- ¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente…
- En sus cálculos sobre una nueva estrella.
- ¿Y no está escrito: "Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel"? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: "Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz"? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la "Virgen" que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual El será "el Emmanuel" porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice?
¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, "por una gran luz"? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? "Un grito se ha oído en lo alto… Es Raquel que llora por sus hijos". Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: "La serenidad ha sido concedida".
- Eres muy docto. ¿Eres Rabí?
- Lo soy.
- Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero… ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de
Belén por el verdadero o falso Mesías… Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra lo rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero… si era Él… murió degollado con los otros.
- ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?
- ¿Los conoces? - El hombre desconfía.
- No los conozco. No conozco su rostro. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos.
- ¡Ya!… serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados… ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos. Te traería complicaciones. Los soportamos porque… porque está el herodiano. Si no…
-¡Oh…, el odio!… ¿Por qué odiar?
- Porque es justo. Nos han causado un mal.
- Creían que actuaban bien.
- Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después… estaba el herodiano.
- Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?
- Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe.
- Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; lo conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre…
- ¡Fuera, fuera! ¡Sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos ha traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú lo defiendes, por tanto…
- Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto - reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.
- No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!…
- Vamos, Judas. No respondas. Dejémoslo en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos.
- Sí, vamos. Pero me la pagaréis.
- No, Judas, no. No hables así. Están ciegos… Habrá muchos así en mi camino…
Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban fuera, hablando en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del establo.
- Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal… Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa… Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).
- No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós.
Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice:
- ¡Pero también Tú…! ¡Mira que no hacerte adorar!… ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías… ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve.
- ¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!… No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir.
- Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti.
Jesús no rebate a Judas.
Simón pregunta:
- ¿Adónde vamos ahora, Maestro?
- Venid conmigo. Conozco un lugar».
- Pero si no has vuelto nunca, desde que huiste, ¿cómo lo conoces? - pregunta, todavía enfadado, Judas.
- Lo conozco. No es bonito. He estado allí otra vez. No es en Belén… un poco fuera… Torcemos por esta parte.
Jesús adelante, luego Simón, luego Judas, el último Juan… En el silencio, roto sólo por el roce de las sandalias contra la grava del sendero, se oye un sollozo.
- ¿Quién llora? - pregunta Jesús volviéndose.
Y Judas:
- Es Juan. Ha tenido miedo.
- No. No miedo. Había echado ya la mano al cuchillo que tengo en el cinto… Pero me he acordado de tu: "No mates, perdona". Lo dices siempre…
- Y entonces, ¿por qué lloras? - pregunta Judas.
- Porque sufro viendo que el mundo no quiere a Jesús. No lo reconoce y no lo quiere conocer. ¡Oh…, es un dolor de tal naturaleza!… Como si me hurgasen en el corazón con espinas de fuego. Como si hubiera visto pisotear a mi madre y escupirle a mi padre en la cara… Más aún… Como si hubiera visto a los caballos romanos comer en el Arca Santa y descansar en el Santo de los Santos.
- No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: "Él era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por Él, mas el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no lo recibieron". ¡Oh, no llores así!
- ¡Esto no sucede en Galilea! - suspira Juan.
- Y tampoco en Judea - replica Judas - Jerusalén es su capital y hace tres días te aclamaba a ti, Mesías; este lugar de burdos pastores, campesinos y hortelanos, no hay que tomarlo como punto de referencia. Tampoco los galileos, ¡vamos!, serán todos buenos. Y además Judas, el falso Mesías, ¿de dónde era? Se decía… - Basta, Judas. No conviene alterarse. Yo estoy tranquilo, estad tranquilos también vosotros. Judas, ven aquí. Tengo que hablar contigo.
Judas se llega hasta Jesús.
- Toma la bolsa. Tú te encargarás de las compras. Para mañana.
- ¿Y ahora dónde nos vamos a alojar?
Jesús sonríe y calla.
Ha llegado la noche. La luna viste todo de candor. Los ruiseñores cantan entre los olivos. El riachuelo parece una cinta de plata sonora. De los prados segados llega olor de forrajes: caliente, diría… carnal. Algún mugido. Algún balido. Y estrellas, estrellas, estrellas… una siembra de estrellas en la capa del cielo, un baldaquino de gemas vivas extendido sobre las colinas de Belén.
- ¡Pero aquí!… Hay ruinas. ¿Adónde nos llevas? La ciudad está más allá.
- Lo sé. Ven. Sigue el riachuelo detrás de mí. Unos pocos pasos más, y luego… luego te ofreceré el lugar de alojamiento
del Rey de Israel.
Judas se encoge de hombros y calla.
Unos pocos pasos más. Luego un amasijo de casas derruidas. Restos de viviendas… Un antro entre dos aberturas de una gruesa pared.
Jesús dice:
- ¿Tenéis yesca? Encended.
Simón saca un pequeño farol de su bolsa, lo enciende y se lo da a Jesús.
- Entrad - dice el Maestro levantando la lamparita - Entrad. Esta es la estancia de la natividad del Rey de Israel.
- ¡Estás de broma, Maestro! Ésta es una fétida cueva. ¡Ah, yo aquí, por supuesto, no me quedo! Me da asco: húmeda,
fría, maloliente, llena de escorpiones, hasta de culebras quizás…
- Y a pesar de todo… amigos, aquí, la noche del 25 de Encenias, de la Virgen nació Jesucristo, el Emmanuel, el Verbo de Dios hecho carne por amor al hombre: quien os está hablando. En aquel entonces, como ahora, el mundo se mostró sordo ante las voces del Cielo que hablaban a los corazones… y rechazó a mi Madre… y aquí… No, Judas, no desvíes con desagrado la mirada de esos murciélagos que revolotean, de esos lagartos, de esas telas de araña; no te recojas con asco tu bonita vestimenta bordada para que no arrastre sobre el suelo cubierto de excrementos de animales. Esos murciélagos son los hijos de los hijos de los que en realidad fueron los primeros juguetes agitados ante los ojos del Niño, por el cual los ángeles cantaban el "Gloria" que oyeron los pastores, que estaban ebrios, sí, pero sólo de extática alegría, de verdadera alegría. Esos lagartos, con su esmeralda, fueron los primeros colores que impresionaron mi pupila, los primeros después del candor del vestido y del rostro maternos; esas telas de araña, los baldaquinos de mi cuna regia. Este suelo… ¡oh!, lo puedes pisar sin desdén… Está cubierto de excrementos… pero está santificado por el pie de Ella, la Santa, la gran Santa, la Pura, la Intacta, la Puérpera deípara, aquella que dio a luz porque debía dar a luz, dio a luz porque Dios, no el hombre, se lo dijo y la fecundó de sí mismo. Ella; la Sin Mancha, lo ha comprimido con sus pies. Tú lo puedes pisar. Y Dios quiera que por las plantas de tus pies te suba al corazón la pureza que Ella espiró…
Simón se ha arrodillado. Juan va derecho hacia el pesebre y llora con la cabeza apoyada en él. Judas está aterrado… le vence la emoción y, dejando de pensar en su bonita vestimenta, se arroja al suelo, coge el orlo del vestido de Jesús, lo besa y se golpea el pecho diciendo:
- ¡Misericordia, Maestro bueno, por la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae… te veo cual eres. No el rey que yo pensaba, sino el Príncipe eterno, el Padre del siglo futuro, el Rey de la paz. ¡Piedad, Señor y Dios mío! ¡Piedad!.
- Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos donde durmieron el Infante y la Virgen, ahí donde Juan se ha colocado en el lugar de la Madre en adoración, aquí donde Simón parece mi padre putativo… O, si lo preferís, os hablo de aquella noche…
- ¡Oh! sí, Maestro. Danos a conocer cómo naciste.
- Para que sea perla de luz en nuestros corazones. Y para que se lo podamos transmitir al mundo.
- Y venerar a tu Madre, no sólo por ser madre tuya, sino por ser… ¡por ser la Virgen!
Primero ha hablado Judas, luego Simón, luego Juan con rostro lloroso y risueño, junto al pesebre…
- Venid aquí sobre el heno. Escuchad…….. y Jesús cuenta su noche natal:
-…Estando por cumplírsele a mi Madre el tiempo de dar a luz, por orden de César Augusto, el delegado imperial, Publio Sulpicio Quirino, siendo gobernador de Palestina Senzio Saturnino, publicó un edicto cuyo contenido era empadronar a todos los habitantes del Imperio. Los no esclavos debían dirigirse a los lugares de origen para inscribirse en los registros del Imperio. José, esposo de mi Madre, era de la estirpe de David, como también de David era mi Madre. Obedeciendo por ello al edicto, dejaron Nazaret para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Muy frío el tiempo…
Jesús continúa su narración y todo termina así.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Ya desde las primeras horas de la mañana veo a Jesús en el momento en que llega a una cita que tiene con los discípulos Simón y Judas en la misma puerta de siempre. Jesús ya estaba con Juan. Y oigo que dice:
- Amigos, os pido que vengáis conmigo por la Judea; si no os cuesta demasiado, especialmente a ti, Simón.
- ¿Por qué, Maestro?
- Es áspero el camino por los montes de Judea… y tal vez incluso te resultará más áspero el encontrar a ciertas personas que te han causado perjuicios.
- Por lo que respecta al camino, te aseguro una vez más que desde que me curaste me siento más fuerte que un muchacho joven, y no me pesa ningún esfuerzo; además, siendo por ti, y, ahora, por si fuera poco, contigo…
Por lo que respecta al encuentro con los que me hicieron el mal, en el corazón de Simón, desde que es tuyo, ya no hay resentimientos, y ni siquiera sentimientos duros. El odio cayó junto con las escamas de la enfermedad. Y no sé, créelo, si decirte que hiciste un milagro mayor al curarme la carne corroída o el alma abrasada por el rencor. Pienso que no me equivoco si digo que el milagro más grande fue este último. Sana siempre con menos facilidad una llaga del espíritu… y Tú me curaste improvisamente. Esto es un milagro, porque… no, uno no se cura de repente, aunque quiera hacerlo con todas sus fuerzas; no se cura el hombre de un hábito moral, si Tú no anulas ese hábito con tu voluntad santificante. - No juzgas erradamente.
- ¿Por qué no lo haces así con todos? - pregunta Judas un poco resentido.
- Pero si lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes distinto desde que lo conoces? Yo ya era discípulo de Juan el Bautista, pero me he visto completamente cambiado desde que Él me dijo: "Ven".
Juan, que generalmente no interviene, especialmente si ello supone adelantarse al Maestro, esta vez no se sabe callar.
Dulce y afectuoso, ha depositado una mano sobre el brazo de Judas como para calmarlo y le habla afanoso y persuasivo. Luego se da cuenta de que ha hablado antes que Jesús, se pone colorado y dice:
- Perdón, Maestro. He hablado en tu lugar… Pero quería… quería que Judas no te causara dolor.
- Sí, Juan. Pero no me ha apenado como discípulo. Cuando lo sea, entonces, si persiste en su modo de pensar, me causará dolor. Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu… Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente.
- ¿Juzgaremos todos justamente?
- No, Judas.
- Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?
- Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo…
- ¿No lo haces ya?
- Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: "El Mesías está entre nosotros. Id a Él". Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre…
- ¡Oh!, ¿también milagros?
- Sí, en los cuerpos y en las almas.
- ¡Cuánto nos admirarán entonces! — se le ve a Judas alborozado ante esta idea.
- Pero ya no estaremos con el Maestro entonces… y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios - dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste. - Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso — es Simón quien ha hablado.
- Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente.
- ¿Ya sabes que es un consejo?
Jesús sonríe y calla.
- Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: "Os mandaré", es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia. No sé si me explico
bien.
- Te explicas muy bien. Me he equivocado yo. Pero mira… pienso que, en el fondo, desear ser admirados como discípulos del Mesías, suyos hasta el punto de haber merecido hacer lo que Él hace, es deseo de aumentar aún más la potente figura del Cristo ante las gentes. Gloria al Maestro que tiene tales discípulos; esto es lo que yo quiero decir - le responde Judas.
- No todo es erróneo en tus palabras. Pero… mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por… por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros lo hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas… Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios.
¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías… la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú… ¡oh!, me resulta fácil seguirte… porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido…
- Por esto te he llamado… y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea. Quiero que completes el reconocimiento… y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora… Entenderéis luego. He aquí, ante nuestros ojos, la torre de David; la Puerta Oriental está cerca.
- ¿Salimos por ella?
- Sí, Judas. En primer lugar vamos a Belén, donde nací… Conviene que lo sepáis… para decírselo a los otros. También esto tiene que ver con el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voz no ya de profecía sino de historia. Demos la vuelta rodeando las casas de Herodes…
- La vieja raposa malvada y lujuriosa.
- No juzguéis. Para juzgar está Dios. Vamos por ese sendero entre estas huertas. Nos detendremos a la sombra de un árbol, junto a alguna casa hospitalaria, mientras el sol abrase; luego proseguiremos el camino.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús con Judas Iscariote, pasear yendo y viniendo junto a una de las puertas del recinto del Templo.
- ¿Estás seguro de que vendrá? - pregunta Judas.
- Estoy seguro. Partía al alba, de Betania, y se encontraría en Get-Sammi con mi primer discípulo…
Una pausa. Jesús se para y mira fijamente a Judas — se lo ha puesto de frente; lo estudia —, luego le pone una mano encima del hombro y le pregunta:
- ¿Por qué, Judas, no me expresas tu pensamiento?
- ¿Qué pensamiento? No tengo un pensamiento especial en este momento, Maestro. Te hago incluso demasiadas preguntas. La verdad es que no puedes quejarte de mutismo por mi parte.
- Me haces muchas preguntas y me das muchas informaciones detalladas sobre la ciudad y sus habitantes, pero no me abres tu ánimo. ¿Qué importancia pueden tener para mí las noticias sobre el censo y la estructura de ésta o aquella familia? No soy una persona que no tenga nada que hacer y que haya venido aquí en plan de pasar el rato. Tú sabes para qué he venido. Y, como puedes comprender, ante todo me apremia ser el Maestro de mis discípulos.
Por eso quiero por parte de ellos sinceridad y confianza. ¿Te quería tu padre, Judas?
- Me quería mucho. Yo era su orgullo. Cuando volvía de la escuela, e incluso después, cuando volvía a Keriot desde Jerusalén, quería que le dijese todo. Mostraba interés por todo lo que yo hacía. Si eran cosas buenas, se alegraba.
Si eran menos buenas, me confortaba. Si había cometido algún error — alguna vez, ya se sabe, todos erramos — y, por ello, había recibido una reprensión, él me mostraba toda la justicia de la amonestación recibida, o todo el error de mi acción. ¡Pero, lo hacía con tanta dulzura…! Parecía un hermano mayor. Terminaba siempre así: "Esto te lo digo porque quiero que mi Judas sea una persona justa. Quiero que me bendigan a través de mi hijo…". Mi padre…
Jesús, que ha estado en todo momento mirando fija y atentamente al discípulo, sinceramente conmovido ante la evocación del padre, dice:
- Mira, Judas, estate seguro de cuanto te digo. Ninguna obra le hará tan feliz a tu padre como el que me seas fiel discípulo. El espíritu de tu padre exultará, allí, donde espera la luz — porque si te educó así debió ser justo —, si ve que eres discípulo mío. Pero, para serlo, tú debes decirte: "He vuelto a encontrar a mi padre perdido, al padre que parecía un hermano mayor; lo he encontrado de nuevo en mi Jesús, y a Él, como al padre amado que todavía lloro, le diré todo, para recibir guía, bendición o dulce amonestación". ¡Quiera el Eterno y quieras tú, sobre todo tú, que Jesús no tenga otra cosa que decirte sino:
"Eres bueno. Te bendigo"!.
- ¡Oh, sí, Jesús, sí! Si me amas mucho, sabré llegar a ser bueno, como Tú quieres y como quería mi padre. Y mi madre así ya no tendrá esa espina en el corazón. Ella decía siempre: "Te has quedado sin guía, hijo, y todavía tenías mucha necesidad de ella". ¡Cuando sepa que te tengo a ti…
- Yo te amaré como ningún otro ser humano podría hacerlo. Te amaré mucho. Te amo mucho. No me defraudes.
- No, Maestro, no. Estaba lleno de conflictos interiores. Envidias, celos, ambiciones de ser el primero, carnalidad; todo luchaba en mí contra las voces buenas. Incluso, hace poco, ¿ves?, Tú me has proporcionado un sufrimiento. Bueno, Tú no, me lo ha proporcionado mi malvada naturaleza… Yo creía que era tu primer discípulo… y me has dicho que tienes ya otro.
- Lo viste tú mismo. ¿No te acuerdas que en el Templo, durante la Pascua, estaba con muchos galileos?
- Creía que eran amigos… Creía que yo era el primer discípulo elegido y, por tanto, el predilecto.
- No hay distinciones en mi corazón entre los últimos y los primeros. Si el primero cometiera faltas y el último fuese santo, entonces sí se crearía ante los ojos de Dios la distinción. Pero Yo, Yo amaré lo mismo: con un amor beato al santo, con un amor doloroso al pecador. Mira, allí viene Juan con Simón: Juan es el primero; Simón es aquel de quien te hablé hace dos días.
Tú ya los has visto a Simón y a Juan. Uno estaba enfermo…
- ¡Ah, el leproso! Ya me acuerdo. ¿Ya es discípulo tuyo?
- Desde el día siguiente.
- Y yo ¿por qué tanta espera?
- ¡¿Judas?!
- Es verdad. Perdón.
Juan ha visto al Maestro y se lo indica a Simón. Aceleran el paso. El saludo de Juan es un cambio de besos con el
Maestro. Simón, por el contrario, se postra ante Jesús y besa sus pies exclamando:
- ¡Gloria a mi Salvador! ¡Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios, y yo le dé gloria bendiciéndolo por haberme otorgado a ti!
Jesús le pone la mano sobre la cabeza:
- Sí, te bendigo para darte las gracias por tu trabajo. Álzate, Simón. Mira, Juan; mira, Simón: éste es el último discípulo, también él quiere seguir la Verdad; es hermano, por tanto, para todos vosotros. Se saludan mutuamente. Los dos judíos con recíproca indagación, Juan expansivamente
.
- ¿Estás cansado, Simón? - pregunta Jesús.
- No, Maestro. Junto con la salud me ha venido un vigor que aún no conocía.
- Y sé que lo empleas bien. He hablado con muchos y todos me han referido de ti que los habías instruido sobre el Mesías.
Simón sonríe contento.
- Ayer por la tarde también hablé de ti con un honesto israelita. Espero que un día lo conozcas. Quisiera llevarte a él.
- Esto no es imposible.
Judas interviene:
- Maestro, me has prometido que vendrías conmigo a Judea.
- E iré. Simón continuará instruyendo a las personas acerca de mi venida. El tiempo es breve, amigos, y la gente es mucha. Yo ahora me voy con Simón. Por la tarde vosotros dos vendréis a mi encuentro por el camino del Monte de los Olivos.
Distribuiremos dinero a los pobres. Ahora marchaos.
Jesús, solo con Simón, le pregunta:
- Esa persona de Betania ¿es un verdadero israelita?
- Un verdadero israelita. Participa de todas las ideas imperantes, pero tiene también verdadera ansia del Mesías.
Cuando le dije: "Él está entre nosotros", respondió enseguida: "¡Dichoso yo que vivo en esta hora!".
- Iremos a verlo un día, a llevar bendición a su casa. ¿Has visto al nuevo discípulo?
- Lo he visto. Es joven y parece inteligente.
- Sí. Lo es. Tú, que eres judío, compadécelo por sus ideas, más que a los otros.
- ¿Es un deseo o una orden?
- Es una dulce orden. Tú, que has sufrido, puedes tener más indulgencia. El dolor es maestro de muchas cosas.
- Si Tú me lo ordenas, seré con él todo indulgencia.
- Sí. Así. Quizás mi Pedro — y no sólo él — se escandalizará un poco al ver cómo cuido a este discípulo y me preocupo de él. Pero un día comprenderán… Cuanto peor formado está uno, más necesidad tiene de cuidados. Los otros… ¡oh!, los otros se forman incluso por sí mismos, por el solo contacto. Yo no quiero hacer todo solo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás para formar a un hombre. Os llamo a ayudarme… y os gradezco la ayuda.
- Maestro, ¿estás suponiendo que te va a defraudar?
- No. Pero es joven, y ha crecido en Jerusalén.
- ¡Oh! A tu lado se corregirá de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro de ello. Yo, viejo y seco por el rencor, he quedado completamente renovado desde que te vi…
Jesús susurra: - ¡Que así sea! - Luego dice fuerte - Ven conmigo al Templo. Voy a evangelizar al pueblo.