por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito lo saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.
- Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte.
- ¿Hace mucho?
- No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania…
Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno, ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad.
Lo llama.
El discípulo se vuelve y, con el rostro iluminado por la alegría, grita:
- ¡Maestro mío! - y regresa corriendo.
Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente.
- Venía a buscarte… Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste.
- Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad… para instruir a un nuevo discípulo.
- Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado enseguida.
Los dos caminan. Jesús tiene un brazo sobre los hombros de Juan, el cual, siendo más bajo, mira a Jesús de abajo arriba,
feliz de esa intimidad. Vuelven así hacia la casita.
- ¿Hace mucho que has venido?
- No, Maestro. Con el alba he salido de Doco, junto con Simón; ya le he dicho lo que querías. Después nos hemos detenido un tiempo en los campos de los alrededores de Betania, compartiendo la comida y hablando de ti a campesinos que hemos encontrado por allí. Cuando el fuego del sol ha disminuido, nos hemos separado. Simón ha ido a ver a un amigo suyo al que también quiere hablar de ti: es el dueño de casi toda Betania. El ya lo conocía cuando aún vivían sus respectivos padres.
Mañana viene aquí Simón. Me ha encargado decirte que se siente feliz de estar a tu servicio. Simón es muy competente.
Quisiera ser como él, pero soy un muchacho ignorante.
- No, Juan. Tú también haces muy bien las cosas.
- ¿Te sientes realmente contento de tu pobre Juan?
- Muy contento, Juan mío. Mucho.
- ¡Maestro mío! - Juan se inclina con ímpetu a tomar la mano de Jesús y la besa, y se la pasa por la cara como una caricia.
Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa. El dueño los saluda:
Responde Jesús:
- Paz a esta casa y a ti, y a quien vive contigo. Viene conmigo un discípulo.
- Habrá pan y aceite también para él.
- He traído pescado seco que me han dado Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para ti. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro.
- No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre.
Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón, y veo preparar de una manera extraña el pescado seco: lo mojan unos instantes en agua caliente, después lo untan y lo asan directamente sobre el fuego.
Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa. También están sentados el dueño de la casa — oigo que le llaman Jonás — y su hijo. La madre va y viene con el pescado, aceitunas negras y verduras hervidas y condimentadas con aceite. Jesús ofrece miel. La extiende en el pan y se la ofrece a la madre.
- Es de mi colmena - Mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo, María, que mereces esto y más - añade, porque la mujer no querría privarle de esta dulce miel.
La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación. Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido, Jesús dice a Juan:
- Ven. Salgamos un poco al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar un poco afuera.
El dueño de la casa dice:
- Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace.
- Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él.
- Y tu discípulo, ¿dónde va a dormir?
- Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?
Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis.
Salen al olivar — previamente Juan ha cogido algo del talego que había puesto en el rincón. Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.
- Sentémonos aquí y hablemos entre nosotros - dice Jesús.
Juan, sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba corta. Apoya el brazo en las rodillas de Jesús. Reclina la cabeza sobre el brazo. Y mira cada poco a su Jesús. Parece un niño junto a la persona que más quiere.
- Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día.
- Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?
- Parece que la llevan los ángeles en sus alas de plata.
Jesús suspira.
- ¿Por qué suspiras, Maestro?
- Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo circunscrito a los muros.
Quienes deberían dárselo en el alma — porque todo lugar también tiene su alma, o sea, el espíritu en virtud del cual fue erigido, y el Templo tiene, debería tener, alma de oración y santidad — son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Y si muchos son los sacerdotes y los levitas que viven allí, no hay ni siquiera una décima parte que sea apta para dar vida al Lugar Santo. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo. Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres, sólo calientes por la putrefacción que los hincha.
- ¿Te han maltratado, Maestro? — Juan está todo apenado.
- No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado.
- ¿Lo has solicitado? ¿Por qué?
- Porque no quiero ser Yo el que empiece la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo, un estúpido miedo humano, a algunos, y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío.
Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez; dice:
- Maestro… yo conozco a Anás y a Caifás. Por necesidades de negocios, mi familia ha estado en relaciones con ellos, y, cuando yo estaba en Judea, por Juan, iba también al Templo, y ellos eran amables con el hijo de Zebedeo. Mi padre piensa siempre en ellos con el mejor pescado. Es costumbre, ¿sabes? Si se quiere tenerlos como amigos — continuar teniéndolos — hay que hacerlo así…
- Lo sé - Jesús está serio.
- Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de ti al Sumo Sacerdote. Y luego… si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre. Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas, y también muy buenas. Estarías más cómodo y te cansarías menos. Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan desordenado y siempre lleno de asnos y de muchachos pendencieros.
- No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: "Para estar mejor considerado".
- Yo lo decía para que te cansaras menos.
- No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,… qué carga!… Es como si llevara un peso en el corazón.
- Yo te amo, Jesús.
- Sí, y me consuelas. Te quiero mucho, Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca.
-¡Traicionarte! ¡Oh!
- Y, sin embargo, habrá muchos que me traicionen… Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.
- Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros.
- ¿Crees que tendré que trabajar menos?
- ¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá mejor, sobre todo si te ama mejor.
- Exacto. Tú lo has dicho. Pero el amor no está en razón de la instrucción, y tampoco la formación. Quien es virgen ama con toda la fuerza de su primer amor. Esto también vale para las virginidades del pensamiento. Lo amado penetra y se imprime más en un corazón y en un pensamiento vírgenes que no en uno en el que ya haya habido otros amores. Pero, si Dios quiere…
Escucha, Juan, te ruego que seas un amigo para él. Mi corazón tiembla ante la idea de ponerte a ti, cordero intonso, junto al experto de la vida; pero, por otra parte, se calma, porque sabe que tú serás, sí, cordero, pero también águila, y si el experto quiere hacerte tocar el suelo, siempre fangoso, el suelo de la cordura humana, tú, con un batir de alas, sabrás liberarte y querer sólo el azul y el sol. Por eso te ruego que… conservándote a ti mismo como eres, seas amigo del nuevo discípulo, que no será muy estimado por Simón Pedro ni por otros, para transfundirle tu corazón…
- ¡Oh, Maestro! ¿Pero no bastas Tú?
- Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo, poco más joven, con quien será más fácil abrirse.
No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que lo evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan. Es una tierra contaminada por aguas muertas; hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras, cultivarla con la fe. Tú puedes hacerlo.
- Si crees que puedo… ¡sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor tuyo…
- Gracias, Juan.
- Maestro, has hablado de Simón Pedro, y me he acordado de lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento. Después de volver a Cafarnaúm, pasada la fiesta de Pentecostés, encontramos la consabida suma de ese desconocido. El niño se la había llevado a mi madre. Yo se la di a Pedro y él me la devolvió diciendo que la usase un poco para el regreso y la estancia en Doco y que el resto te lo trajera a ti para lo que pudieras necesitar… porque también Pedro pensaba que éste es un lugar incómodo… Pero Tú dices que no…
Yo sólo he sacado dos denarios para dos pobrecillos que encontré cerca de Efraím. Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me han dado algunas buenas personas a las que he predicado tu Nombre. Aquí tienes la bolsa.
- Se la distribuiremos mañana a los pobres. Así también Judas aprenderá nuestras costumbres.
- ¿Ha venido tu primo? ¿Cómo se las ha arreglado para darse tanta prisa? Estaba en Nazaret y no me habló de partir…
- No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo has visto por Pascua, aquí, la tarde de la curación de Simón. Estaba con Tomás.
- ¡Ah! ¿Es él? — Se le nota un poco turbado a Juan.
- Es él. ¿Y Tomás qué hace?
- Ha obedecido lo que habías dicho, dejando a Simón Cananeo y yendo por la vía del mar al encuentro de Felipe y Bartolomé.
- Sí, quiero que os améis sin preferencias, ayudándoos mutuamente, comprendiéndoos mutuamente. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad llegaréis a la perfección; lo que os falte lo pondré Yo.
Vosotros sois como los hijos de una santa familia. En ella hay muchos caracteres distintos. Uno es fuerte; el otro, dulce o valiente o tímido o impulsivo o muy cauto. Si todos fuerais iguales, constituiríais una potencia en un carácter, pero estaríais incompletos en todos los demás; mientras que así formáis una unión perfecta porque os completáis unos a otros. El amor os une — debe uniros —, el amor por la causa de Dios.
- Y por ti, Jesús.
- Primero la causa de Dios y luego el amor hacia su Cristo.
- Yo… ¿qué soy yo en nuestra familia?
- Eres la paz amorosa del Cristo de Dios. ¿Estás cansado, Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a orar.
- Yo también me quedo a orar contigo. Déjame quedarme a orar contigo.
- Bien, quédate.
Jesús recita algunos salmos y Juan le sigue; pero la voz se apaga, y el apóstol se queda dormido con la cabeza en el regazo de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre los hombros del durmiente y continúa orando mentalmente. La visión termina así.
Luego dice Jesús:
- Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.
Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser "el discípulo". Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula. Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avidez; conserva su modo de pensar; neutraliza, por tanto, los efectos de la donación y de la Gracia.
Judas: primero de la serie de todos los apóstoles frustrados. ¡Y son tantos…! Juan: arquetipo de los que se hacen hostia por mi amor: tu arquetipo.
Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total. ¡Pero mi Juan!… Es esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases: virgen, mártir, confesor,
evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él dispone de un ejemplo para todos: es aquel que ama.
Observa los distintos modos de razonar. Judas investiga, cavila, opone resistencia, y, aunque externamente parezca que cede, en realidad conserva su forma mental. Juan se siente nada, acepta todo, no pide razones, se siente satisfecho con hacerme feliz. Este es el ejemplo.
¿Y no te has sentido invadida de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan! ¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto! María, acepta todo, diciendo siempre como el Apóstol: "Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro" para merecer siempre que se te diga: "Eres mi amorosa paz". También necesito alivio Yo, María, (habla Jesús a María Valtorta). Dámelo. Mí Corazón para descanso tuyo.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús y Judas salen del Templo después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones.
Judas quisiera seguir con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro.
- Judas, quiero estar solo en las horas nocturnas. Durante la noche, mi espíritu toma del Padre su alimento. Oración, meditación y soledad, me son más necesarias que el alimento material. Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne, diría casi: matarla en sus desafueros, para ocuparse completamente del espíritu; todos, Judas, también tú, si quieres verdaderamente ser de Dios, o sea, de lo sobrenatural.
- Pero, Maestro, nosotros somos todavía de la tierra. ¿Cómo podemos desatender la carne poniendo toda nuestra solicitud en el espíritu? Lo que dices, ¿no está en antítesis con el mandato de Dios: "No matarás"?, ¿en esto no está también incluido el no matarse? Si la vida es don de Dios, ¿debemos o no amarla?».
- Voy a responderte como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevárnosla en vuelo a los reinos del espíritu. Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han afinado… pero que, al mismo tiempo, te han contaminado con sus sutilezas y con sus doctrinas. ¿Tienes presente a Salomón, Judas? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. ¿Recuerdas lo que dijo, después de haber conocido todo el saber?: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Temer a Dios y observar sus mandamientos: esto es todo el hombre".
Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nosotros por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar) es necesario dejar de tomar ese alimento, aunque sea apetitoso al gusto. Mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan.
- ¿Qué debo dejar, Maestro?
- Todo aquello que sabes que te turba. Porque Dios es Paz, y si te quieres encaminar por el sendero de Dios debes liberar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz, de todo lo que conlleva turbación. Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a ser de nuevo hijo de Dios, a volver a formarse como por una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo.
Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que no has salido del error por culpa mía. Es verdad que matarse es igual que matar. La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia.
-¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación.
- ¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?: o porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: "Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti". El otro hombre, el que dice: "Dios no puede perdonarme", lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarlo. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: "Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable". ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?
- Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados.
- Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡oh!, en verdad te digo que incluso después del delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre — se llama Padre por esto, Judas, y es Padre de perfección infinita — y, llorando, le suplicara que lo perdonase, ofreciéndose a la expiación pero sin desesperación, el Padre le
daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu.
- Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal.
- No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia. Dios dirá: "Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti, y dijiste: 'Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él, Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito.
Dejo la vida para huir de los remordimientos', sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado".
Esto le dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste. Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista. Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos. Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos. Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano. Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud
Yo te he respondido, Judas. ¿Estás convencido? ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y, si no sabes todavía bastante, pregunta; estoy aquí para ser Maestro.
- He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido.
Tú puedes porque eres santo. Pero yo… Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad…
- He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.
El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo. Satanás ha arrancado las alas al ángel - hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre - demonio que el de hombre a secas. Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarlo de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste. Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer. Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado verdadera carne
para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre.
- ¿Y los pecados?
- Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo.
- ¿No has pecado nunca, Jesús?
- Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar.
- ¿Has sido tentado alguna vez?
- Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la tierra ¿tú crees que no habrían venido las tentaciones? Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen.
- Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?
Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y, además… Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: "ahora me siento a la mesa", o cuando dice "no hay comida para mí"?
- Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo.
- Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido. Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas.
- ¿Y no has cedido nunca?
- No he cedido nunca.
- ¿Cómo lo has conseguido?
- He dicho: "Padre, no me dejes caer en la tentación".
-¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?
- No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no! En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido. "Mas ya estamos cerca del Get - Sammi, donde vivo. Ya se ven sus primeros olivos al otro lado de las murallas. Tú estás más allá de Tofet. Ya cae la noche. No te conviene subir hasta allá. Nos veremos de nuevo mañana en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.
- Paz a ti también, Maestro… Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes… la gente da importancia a muchas cosas. ¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí. Serían moradas más dignas de ti.
-¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes. No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo.
- Pero, para ser respetado, para imponerse…
- ¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen. Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad.
- Pero entonces… ¿vas a despreciar siempre a los poderosos? ¡Te buscarás enemigos! Yo pensaba hablar de ti a muchos que conozco y que tienen un nombre…
- No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores. Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde; los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos. Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores. Te agradezco el buen deseo, pero déjame en este lugar de paz y oración. Ve, y que Dios te inspire lo recto. Jesús deja al discípulo y se interna entre los olivos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.
Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas:
- Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.
- Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.
- Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.
- La otra vez no lo hiciste.
- La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?
- No, Jesús.
- ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?
- Tú, el Maestro; yo, el discípulo.
- Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.
- Es verdad. Perdona. Obedezco.
- Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.
- ¿Obedecer? Sí.
- No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.
Judas lo mira pensativo, interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.
Vuelve con un personaje solemnemente vestido.
- Este es, Maestro, el magistrado.
- La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.
-¿Eres rabí?
- Lo soy.
- ¿Quién fue tu maestro?
- El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.
- ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?
- Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.
- Tu nombre.
- Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.
- ¿Quién lo prueba?
- Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.
- Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?
- Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.
- Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿no eres nazareno?
- Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.
- Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…
- Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…
El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.
Judas pregunta:
- ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?
- Mis palabras lo dirán.
- ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?
- La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas, y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar..
.
Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.
Entre tanto, algunas personas, curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente — distinto en ambos — atrae e impresiona.
Jesús baja la mirada. Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar. Y dice:
- Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.
Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar. Toma como punto de partida lo que había sucedido por la mañana.
- Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.
Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: "No matarás", y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito. Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.
Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia? No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la
esperanza porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.
Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros. Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: 'Ama a tu Dios y ama a tu
prójimo".
En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo: 'Ama a los que te aman y odia a tu enemigo". Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado. Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano, y quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?
Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios, y que por Adán todo hombre lo es, y que no hay ninguno que pueda decir: "Yo no he ofendido a Dios". Y, sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces, y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.
Perdonad, pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado, hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno. Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.
La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero no está muda. Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto, y dice — después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie — os dice: "El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo".
Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved. Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene. Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías, y, con el poder que me viene del Padre, la amplifico, y añado mi poder, y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.
La paz sea con vosotros.
Uno pregunta:
- Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?.
- Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.
- ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?
- Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.
- ¿Dónde? ¿Cuándo?
- Cuando llegó el momento de señalarlo.
Judas se siente en el deber de decir a diestro y siniestro:
- El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.
- ¡Él!… ¡Oh!… - La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás. Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse.
- Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués.
- Habíale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando…
- Maestro.
- Judas - Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.
- Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.
- Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?
- Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betesda, pero siempre hay uno que me precede.
- ¿Puedes creer en mí?
- Si creo en el ángel de la piscina, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?
Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.
- ¿Qué ves?
- Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?
Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.
- ¿Qué ves? - le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.
- ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente! - El hombre llora postrado a los pies de Jesús.
- Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.
Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta:
- ¿Con qué facultad haces estas cosas?
- ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?
- ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!
- Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?
- Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.
- Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.
El levita se marcha pensativo y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Por la tarde veo a Jesús… bajo unos olivos… Está sentado sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas. Empieza a hacerse de noche y la luz va disminuyendo en el tupido olivar. Jesús está solo. Se ha quitado el manto como si tuviera calor. Va vestido de blanco, poniendo
así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.
Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien. Es alto, lleva un indumento de color alegre: un amarillo rosa que hace más vistoso el manto, grande, lleno de franjas ondulantes. No veo bien su rostro porque lo impiden la luz y la lejanía, y también porque un borde del manto le oculta mucho el rostro. Cuando ve a Jesús, hace un gesto como para decir: «¡Ahí está!», y acelera el paso. A pocos metros dice:
- ¡Salve, Maestro!
Jesús se vuelve repentinamente y alza la cara (la persona que ha llegado en ese momento está en el escalón superior).
Jesús lo mira serio, yo diría incluso que triste.
El hombre repite:
- ¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?.
- Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada.
- Y a quien Tú dijiste: "Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso". Lo he decidido: voy contigo.
- ¿Por qué vienes, Judas? — Jesús está muy triste.
- Porque… ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y te he visto rey.
- ¿Por esto vienes?
- Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel.
Los dos están ahora frente a frente, cerca el uno del otro, en pie. Se miran fijamente: Jesús, serio hasta la tristeza; el otro, entusiasmado por su sueño, sonriente, hermoso y joven, ligero y ambicioso.
- Yo no te he buscado, Judas.
- Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte. Sin embargo…
He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas. Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte…
- ¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?
- Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte.
- ¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?
- ¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro! ¿No me has comprendido?
- Te he comprendido, sí, te he comprendido; pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven.
Hablaremos mientras caminamos». Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar - Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto.
- Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas? Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas, y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros. Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado.
- Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo.
Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres. Pero, ¿por qué, ¡oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos? Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, mas no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino. Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de vida eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel; mas también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel…
- No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé.
- ¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?
- En mi honor de hombre.
- Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles.
¡El hombre!… El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu — y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu — hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?
- Sí, Maestro. Y además… cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡te espera desde hace siglos!
- Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras… y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos, y tú eres uno de ellos. Judas, tienes aquí, frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre. No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas, y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el fuego de mi amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas. Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate. Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie… mi cetro, eterno, ya está preparado, pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar. 'Vete, Judas, y medita…
- ¿Me rechazas, Maestro?
- Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero, dime. Judas: ¿cómo llamarías tú la acción de uno que, sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que, desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: "Piensa lo que estás haciendo"? ¿Lo llamarías odio o amor?
- Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud.
- Pues entonces llama también así a mi acto.
- ¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca.
- Puedes perder más que la salud, porque, piénsalo bien, Judas, poco le será imputado a quien asesine creyendo hacer justicia, creyéndolo porque no conoce la Verdad; pero mucho le será imputado a quien, habiéndola conocido, no sólo no la siga, sino que incluso se haga enemigo de ella.
- Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo, ¿por qué recusas salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte…
- ¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego…
- ¿Luego, Maestro?
- El futuro está en el seno de Dios. Vete. Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces.
- Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».
- Y su misericordia te salve.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está hablando:
- Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: "Obtendré mucho fruto", y se regocija su corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o del campesino.
Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.
Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.
Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.
Yo os lo advierto, porque sé las cosas.
Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.
Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: "El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!". ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?
Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.
Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo: "Amad a Dios y al prójimo"; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.
La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.
Jesús dice a Simón:
- Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.
- Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.
- Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.
- Haré lo que dices por respeto a tu palabra - y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan - Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.
Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:
- Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…
Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.
Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente
extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.
- ¡Esto son peces, Maestro! - dice Pedro con los ojos como platos. Jesús sonríe y calla.
- ¡Eúp! ¡Eúp! - dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.
- ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.
Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.
Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.
Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.
- ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!
¡Demasiado peso!.
Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación.
- ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!. Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.
Jesús lo mira y sonríe:
- ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.
- Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama "jefe" y porque es parecidísimo a Santiago.
Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.
Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice:
- Lo siento porque… ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo El, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres… y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos…!.
- ¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerlo aquí… - dice Andrés.
- Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: "Él está aquí"
.
- ¡Aquí estoy!— Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.
Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito:
-¡Oh! ¡Maestro! - y llaman a Santiago y a Juan - ¡El Maestro! ¡Venid!.
Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús lo besa en el pelo.
- ¿De qué hablabais?
- Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar.
- ¿Para qué, amigos?
- Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo qué podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarlos a buscarte.
- Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!…
- Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás.
- Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas.
- No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad.
Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido.
- Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios.
Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan:
- ¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús! - Y se le arriman. Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos.
- Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos.
Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice:
- Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores.
Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz: «La paz descienda sobre esta casa».
La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.
Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas… de elevada condición social; mantos púrpura bordados en oro, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él. Jesús habla, acariciando cada cierto
rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.
- Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios - dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.
¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el
Padre?… Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran propagado, como dulces abejas desde una colmena, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.
Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.
No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.
¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.
¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.
No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino.
Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor. Jesús ha terminado.
- ¡Maestro! - grita Pedro entre la muchedumbre - aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste lo está estrujando la multitud y, además… ya no aguanta más, y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?
- No. Descolgadlo por el techo.
- ¡Es verdad! ¡Enseguida!.
Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual, no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento, sino sólo un tejaducho de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra. No sé qué piedra era. Hacen una abertura, y, con unas cuerdas, descuelgan la pequeña camilla en la que está el enfermo; la descuelgan justo delante de Jesús; la gente se apiña aún más, para ver.
- Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído.
- ¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en ti?.
- Pues bien, Yo te digo: hijo — el hombre es muy joven —, te son perdonados todos tus pecados.
El hombre lo mira llorando… quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.
Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.
- ¿Por qué murmuráis, con los labios y, sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿es más fácil decirle al paralítico:
"Tus pecados te son perdonados", o: "Levántate, toma la camilla y anda"? Vosotros pensáis "sólo Dios puede perdonar los pecados". Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo, y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo lo puede curar Dios. Pues bien, para que sepáis que Yo lo puedo todo, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste: levántate, toma tu camilla y anda. Ve a tu casa y sé santo.
El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe, y con él los familiares y la multitud, la cual, luego, se abre para dejarlo pasar y lo sigue jubilosa (la muchedumbre, no los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas).
Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo: un niño todavía lactante, esquelético. Lo acerca. Dice solamente:
- Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!- … y se echa a llorar.
Jesús toma al lactante — realmente moribundo —, se lo pone contra el corazón, lo tiene un momento con la boca en la carita cérea de labiuchos violáceos y párpados ya caídos. Un momento lo tiene así… y, cuando lo separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante, los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.
- ¡Oh, hijo mío! - grita, dichosa, la mamá.
- Toma, mujer. Sé feliz y buena.
Y la mujer toma al niño renacido y lo estrecha contra su pecho, y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y mama, mama, mama, ávido y feliz.
Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos. Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.
- ¡Maestro! ¡Sé bueno!.
- Y tú también. Usa la salud en la justicia - Lo acaricia y sale.
Vuelve a la orilla, seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:
- Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros.
Jesús hace un gesto de aceptación y, dado que la multitud lo oprime hasta casi ahogarlo, monta en la barca de Pedro.
No es suficiente. El asedio es sofocante.
- Mete la barca en el mar y sepárate bastante.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del alba, a un pobre leproso.
Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída.
Las manos y los pies están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que están. ¡Y la cabeza?… Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrá una cabeza semejante a ésta.
Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción.
¡Una ruina! Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol, en vez de la guadaña.
Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una vía principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.
El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre.
Vuelve al arroyuelo, las limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.
- ¿Dónde estás, Abel? - grita una voz.
El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro):
- ¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste… Si me llegases a faltar también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel? - Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley, porque a mitad de recorrido se para.
Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.
- ¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo.
- Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas… ¡oh!, te sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una
fiesta más grande.
- ¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo…
- Ahora te contaré.
- Y sano. ¡No pareces el mismo!
- Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido…
- ¡Párate, párate! Estoy infectado.
- ¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso.
Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.
Pero el leproso insiste:
- Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien…
- Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando - El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.
- ¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy… ni siquiera tú… Había masticado un poco de achicoria…
- ¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: "Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!".
- Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego…
- ¡No! Serás feliz para siempre.
El leproso hace un gesto con la cabeza.
- Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz.
- ¿Fe en quién?
- En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí.
- ¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?
- ¡Lo puede! Es santo.
- Sí, también Elíseo curó a Naamán el leproso… lo sé… Pero yo… yo no puedo ir al Jordán.
- Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: "Quiero", y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos
ven.
- ¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?
- Exacto… he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres… Yo dije: "Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe lo conduzco hacia el Maestro".
- ¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán.
- No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Lo llevaré hasta ti…
- ¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve… ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!… – El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.
- Me voy y tú vas hasta el bosque - El ex tullido se marcha corriendo.
Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los grupos de matorrales, siempre alerta por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue.
Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito.
- Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia.
- No tengo prisa.
- ¿Lo vas a curar?
- ¿Tiene fe?
- ¡Oh!… se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente.
- ¿Cómo lo has conocido?
- Mira… yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego — el óbolo de algunas personas buenas — y lo compartí con él. Desde entonces somos amigos y todas las semanas lo abastezco. Con lo que tengo… Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que
puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste — ¡bendito seas! — pienso en él… y en ti.
- Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios… Ahí hay algo entre los ramajes.
- ¿Eres tú, Abel?
- Soy yo.
- Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal.
El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo nogal, lo espera.
- ¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí! - y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice
- ¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme! - Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado… Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas
hasta los labios comidos por la lepra.
Jesús lo mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.
Éste, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita:
- ¡No me toques! ¡Piedad de ti!
Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder:
- ¡Lo quiero! ¡Queda limpio! - La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. - Levántate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te bendigo.
- ¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano! - Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegría.
- Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo.
- ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo dejarte!.
- Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición.
Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús mientras sale de la casa de Pedro en Cafarnaúm haciendo el menor ruido posible. Se comprende que ha pernoctado allí para contentar a su Pedro.
Todavía es plena noche. Todo el cielo es un recamado de estrellas. El lago apenas refleja este brillar tembloroso.
Más que verlo se le adivina a este lago calmo que duerme bajo las estrellas, por el leve rumor del agua entre los cantos de la orilla.
Jesús deja entornada la puerta, como estaba, mira al cielo, al lago, al camino. Piensa un momento y luego se pone en marcha, no bordeando el lago, sino hacia el pueblo; lo recorre en parte en dirección a la campiña, entra en ésta, camina, se adentra, toma un senderito que se dirige hacia las primeras ondulaciones de un terreno de olivos, penetra en esta paz verde y silenciosa y allí se postra en oración.
¡Ardiente oración! Ora de rodillas. Luego, como fortificado, se pone en pie, y sigue orando, con el rostro hacia el cielo, un rostro espiritual, aún más espiritualizado por la luz naciente que proviene de una serena alba estival. Ora, en este momento, sonriendo, mientras que antes suspiraba fuertemente como a causa de una pena moral. Ora con los brazos abiertos. Parece una viva cruz, alta, angélica, por su gran dulzura. Parece bendecir los campos todos, el día que nace, las estrellas que van desapareciendo, el lago que se manifiesta…
- ¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: "¡Jesús, Jesús!", y él ha dicho: "¿Buscáis al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas, porque va allí frecuentemente; lo he visto otras veces". Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda…
- No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita.
Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y para unirme al Padre. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don, que no siempre el Padre concede — y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres —, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?
- Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias.
- Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre.
- Nosotros querríamos orar como Tú oras.
- Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría… Por ello os instruyo.
Después os enseñaré esa santa oración. Pero… me buscabais; ¿queríais algo de mí?.
- No, Maestro, pero sí hay muchos que desean mucho de ti. Ya había gente que iba hacia Cafarnaúm: eran pobres, enfermos, gente que sufre, hombres de buena voluntad con el deseo de instruirse. Y, dado que nos preguntaban por ti, les hemos dicho: "El Maestro está cansado y duerme. Marchaos. Venid el próximo sábado".
- No, Simón. Eso no se dice. No hay solamente un día para la piedad. Yo todos los días de la semana soy el Amor, la Luz, la Salud.
- Pero… hasta ahora has venido hablando sólo los sábados.
- Porque aún no era conocido; pero, a medida que lo sea, todos los días serán días de efusión de Gracia y de gracias. En verdad te digo que llegará un momento en que ni siquiera el espacio de tiempo que se le concede al gorrión para descansar sobre una rama y saciarse de semillas se le dejará al Hijo del hombre para su descanso y alimentación.
- ¡Pero entonces te pondrás enfermo, y eso nosotros no lo permitiremos! No debe hacerte infeliz tu bondad.
- ¿Y tú crees que esto me puede hacer infeliz? ¡Oh, si el mundo entero viniera a mí para escucharme, para llorar sus pecados y sus sufrimientos en mi corazón, para obtener la salud del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en perdonarlo, en infundir mi poder, entonces sería tan feliz, Pedro, que ya no echaría de menos ni siquiera el Cielo en que estaba en el Padre!… ¿De dónde eran éstos que venían a mí?
- De Corazín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad.
- Id a ellos y decidles que iré a Corazín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades.
- ¿Por qué no Cafarnaúm?
- Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además… me está esperando el anciano Isaac… Su esperanza no debe quedar defraudada.
- ¿Tú nos esperas aquí, entonces?
- No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después.
- Nos quedamos solos… — se le va afligido a Pedro.
- No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasión de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú estos otros.
Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús se ha subido a un montón de cestos y corderías a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro. El huerto está abarrotado de gente, y además hay más gente en la orilla guijarrosa del lago, parte sentada en el suelo, parte en las barcas sacadas a tierra. Da la impresión de que esté hablando ya desde hace algo de tiempo, porque el discurso está empezado. Yo oigo:
- … Seguro que muchas veces en vuestro corazón habréis pensado así, pero no es así. El Señor no se ha mostrado falto de benignidad para con su pueblo, a pesar de que éste le haya sido infiel miles y miles de veces.
Escuchad esta parábola. Os ayudará a entender.
Un rey tenía muchos y muy espléndidos caballos en sus caballerizas, pero a uno de ellos lo estimaba especialmente. Lo había soñado aún antes de tenerlo. Una vez conseguido, lo había puesto en un lugar de delicias, adonde iba con el ojo y con el corazón, mimando a ese predilecto suyo, soñando con hacer de él la maravilla de su reino. Y cuando el caballo, rebelándose a las órdenes, había desobedecido y había huido yendo a otro dueño, aun con dolor y rigor, el rey había prometido al rebelde perdón después del castigo. Y, fiel a esto, incluso desde lejos cuidaba de su predilecto con solicitud, mandándole dones y guardianes que le mantuvieran su recuerdo en el corazón.
Pero el caballo, aunque sufriera por su destierro, no era constante, como lo era el rey, en amar y en desear el perdón completo: a veces era bueno, a veces malo, y lo bueno no superaba a lo malo; es más, sucedía lo contrario.
No obstante, el rey tenía paciencia y con reprensiones y caricias trataba de hacer de su más estimado caballo un dócil amigo. Cuanto más pasaba el tiempo, más reacio se volvía el animal. Deseaba vivamente a su rey, lloraba por el látigo de los otros dueños, pero no quería ser verdaderamente de su rey. No tenía la voluntad de serlo. Derrengado, angustiado, gimiendo, no decía: "Lo que soy es por culpa mía", sino que le echaba la culpa a su rey.
Éste, después de haber intentado todo, recurrió a su última prueba. "Hasta ahora — dijo — he mandado mensajeros y amigos. Ahora mandaré a mi propio hijo. Él tiene mi mismo corazón y hablará con mi mismo amor y tendrá para con él caricias y dones como los míos, es más, aún más dulces, porque mi hijo es yo mismo pero sublimado por el amor". Y mandó al hijo.
Ésta es la parábola. Ahora decid: ¿os parece que ese rey quería a su animal preferido?
La gente dice a una voz:
- Infinitamente lo quería.
- ¿Podía el animal quejarse de su rey por todo el mal que había sufrido por haberlo dejado?
- No, no podía - responde la multitud.
- Responded también a esto: ese caballo ¿cómo os parece que habrá acogido al hijo de su rey, que venía para rescatarlo, curarlo y llevarlo de nuevo al lugar de delicias?
- Con alegría, es natural, con gratitud y afecto.
- Y si el hijo del rey le ha referido al caballo: "Yo he venido para esto y esto, pero tú ahora debes ser bueno, obediente, lleno de buena voluntad, fiel a mí", ¿qué decís que habrá respondido el caballo?
- ¡Eso ni se pregunta! Habrá contestado — ahora que sabía lo que le costaba estar segregado del reino — que quería ser como decía el hijo del rey.
- Entonces, según vosotros, ¿cuál era el deber de ese caballo?
- Ser aun más bueno de lo que se le pedía, más afectuoso, más dócil, para que le fuera perdonado el mal pasado, por gratitud por el bien recibido.
¿Y si no hubiera actuado así?
- Merecería la muerte, porque sería peor que una fiera salvaje.
- Amigos, habéis juzgado bien. Comportaos vosotros como querríais que hubiera actuado ese caballo. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Rey de los Cielos, Dios, Padre mío y vuestro; vosotros, a quienes, después de los Profetas, Dios envía a su propio Hijo, sed, ¡oh! sed — os lo pido por lo que más queráis, por vuestro bien, y porque os amo como sólo un Dios puede amar, ese Dios que está en mí para obrar el milagro de la Redención —, sed al menos como juzgáis que debe ser ese animal.
¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos que hasta el momento presente pecaban — porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado —, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida.
El murmullo de costumbre entre la multitud…
Jesús les ordena a los discípulos:
- Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios.
Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.
Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan:
- Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos - mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.
Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. Llama luego a los pobrecitos enfermos y pregunta:
- ¿No tenéis nada que decirme?
Los ciegos callan, el tullido dice:
- Que Aquel del que Tú vienes te proteja». Nada más.
Jesús le pone en la mano sana el óbolo.
El hombre dice:
- Dios te lo pague, pero yo de ti, más que esto, quisiera la curación.
- No la has pedido.
- Soy pobre, un gusano que los grandes pisotean, no podía imaginarme que tuvieras piedad de un mendigo.
- Yo soy la Piedad que se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: "te escucho".
- ¡Oh!, ¡Señor mío! ¡Yo creo y te amo! ¡Sálvame entonces! ¡Cura a tu siervo!
Jesús pone su mano sobre la encorvada espalda, la desliza como haciendo una caricia y dice:
- Quiero que quedes curado.
El hombre se endereza, ágil e íntegro, pronunciando infinitas bendiciones.
Jesús da el óbolo a los ciegos y espera un instante antes de permitirles que se marchen… después les deja que se vayan.
Llama a los viejos. Al primero le da una limosna, lo anima y le ayuda a ponerse las monedas en el cinturón.
Se interesa, piadoso, de las desventuras del segundo, que le habla de la enfermedad de una hija:
- ¡Ella es lo único que tengo! Y ahora se me muere. ¿Qué será de mí? ¡Oh!, ¡si Tú vinieras! Ella no puede, no se tiene en pie. Querría… pero no puede. ¡Maestro, Señor, Jesús, piedad de nosotros!
- ¿Dónde estás, padre?
- En Corazín. Pregunta por Isaac de Jonás, llamado "el Adulto". ¿Verdaderamente vendrás? ¿No te olvidarás de mi desventura? ¿Y me curarás a mi hija?.
- ¿Puedes creer que la puedo curar?
- ¡Oh, claro que lo creo!… Por eso te hablo de ella.
- Vete a casa, padre. Tu hija estará en la puerta para recibirte.
- ¡Pero si está en cama y no puede levantarse desde hace tres!… ¡Ah, comprendido! ¡Gracias, Rabbuní! ¡Benditos seáis
Tú y quien te ha enviado! ¡Gloria a Dios y a su Mesías!
El anciano se va llorando, renqueando, lo más rápido que puede; pero, ya casi fuera del huerto dice:
- Maestro, ¿vendrás, de todas formas, a mi pobre casa? Isaac te espera para besarte los pies, lavártelos con el llanto y ofrecerte el pan del amor. Ven, Jesús. Les hablaré de ti a los habitantes de mi ciudad.
- Iré. Vete en paz y sé feliz.
Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita:
- Mujer, ven con tus pequeños.
La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.
- ¿Desde cuándo eres viuda, mujer?
En la luna de Tisrí se cumplirán tres años.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veintisiete.
- ¿Son todos tus hijos?
- Sí, Maestro, y… ya no tengo nada. Todo acabado… ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?
- Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?
- En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera… Mi marido murió en el lago; era pescador… - "Él" es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista.
- Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí.
Andrés se siente más seguro y susurra:
- El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca.
- Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños - y los acaricia uno a uno con gran piedad.
La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.
- ¿Y a mí? - pregunta el último anciano.
Jesús lo mira y calla.
- ¿Nada para mí? ¡No eres justo! A ella le has dado seis veces más que a los demás, y a mí nada. ¡Ya… era mujer!
Jesús lo mira y calla.
- ¡Mirad todos si hay justicia! Vengo desde lejos, porque me han dicho que aquí se da dinero, y después, eso, veo que hay quien tiene demasiado y a mí nada. ¡Un pobre viejo que está enfermo! ¡Y quiere que crean en Él!…
Anciano, ¿no te avergüenzas de mentir de ese modo? La muerte te pisa los talones y mientes y tratas de robar a quien tiene hambre. ¿Por qué quieres robar a los hermanos el óbolo que Yo he recibido para distribuirlo con justicia?
- Pero si yo…
- ¡Calla! Habrías debido comprender por mi silencio y por mi acción que te había conocido, y seguir mi ejemplo de silencio. ¿Por qué quieres que te ponga en evidencia?.
- Yo soy pobre.
- No. Eres un avaro y un ladrón. Vives para el dinero y para la usura.
- Jamás he prestado con usura. Dios me es testigo.
- ¿Y no es usura de lo más cruel el robar a quien verdaderamente está necesitado? Vete. Arrepiéntete. Para que Dios te perdone.
- Te juro…
- ¡Calla! ¡Te lo ordeno! Está escrito: "No jures lo falso". Si no alimentara un respeto hacia tu canicie, te registraría y en el pecho encontraría la bolsa llena de oro: tu verdadero corazón. ¡Vete de aquí!
Pero ya el viejo, desenmascarado, viéndose descubierto en su secreto, se marcha sin necesidad de la voz de trueno de Jesús.
La multitud lo amenaza y vitupera, lo insulta como ladrón.
- ¡Callad! Si él ha actuado mal, no queráis también vosotros comportaros mal. Él comete una falta contra la sinceridad:
es un deshonesto. Vosotros, insultándolo, faltáis a la caridad. Al hermano que comete una falta no se le insulta. Cada uno tiene su pecado. Nadie es perfecto excepto Dios. He tenido que avergonzarlo porque nunca es lícito ser un ladrón y, sobre todo, si es con los pobres. Pero sólo el Padre sabe lo que he sufrido por tener que hacerlo.
También vosotros debéis sentir dolor por ello, viendo que uno de Israel falta a la Ley, tratando de defraudar al pobre y a la viuda. No seáis codiciosos. Sea el alma vuestro tesoro, no el dinero. No seáis perjuros. Sea vuestro lenguaje puro y honesto, como también vuestras acciones. La vida no es eterna, la hora de la muerte llega. Vivid de modo que en la hora de la muerte la paz pueda estar en vuestro espíritu, la paz de quien ha vivido como justo. Id a vuestras casas…
- ¡Ten piedad, Señor! Este hijo mío es mudo por un demonio que lo maltrata.
- Y este hermano mío es como un animal inmundo, se revuelca en el fango y come excrementos. Un espíritu maligno le mueve a hacer estas cosas, contra su voluntad hace cosas inmundas.
Jesús se dirige hacia estas personas que le están suplicando, alza los brazos y ordena:
- Salid de éstos. Dejad a Dios sus criaturas.
Entre chillidos y una gran confusión quedan curados los dos infelices. Las mujeres con las que iban se postran bendiciendo.
- Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues.
La muchedumbre se marcha comentando los hechos. Los cuatro discípulos se arriman al Maestro.
- Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como brutos, comiendo asquerosidades; las más verdaderas y numerosas son las que hacen a los corazones mudos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos una sentina de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío! - Jesús, abatido, se sienta.
- ¿Estás cansado, Maestro?
- No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por la poca voluntad de enmendarse. Yo he venido… pero el hombre… el hombre… ¡Oh, Padre mío!…
- Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos…
- Lo sé. ¡Pero sois tan pocos… y mi deseo de salvar es tan grande!
Jesús ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a Él, lo miran con amor y tristeza.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Pedro le está hablando a Jesús. Dice:
- Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.
- ¿A Betsaida?
- No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.
- ¿Por qué este deseo, Pedro?
- Por muchas razones… y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…
- Termina, Simón.
- Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo; y si esta persona, además, cura, pues entonces….
- Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.
- No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella… no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.
- Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.
Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.
En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera des- peinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.
- Entra, Maestro.
Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.
- Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?.
- Habla, tú que eres la nuera más mayor - le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.
- La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…
- Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.
- Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle "ahora te traigo aquí al Rabí".
Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro:
- Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.
Pedro hace una mueca significativa… Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, lo siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice:
- Ven, Maestro, date prisa - y añade, más bajo, apenas inteligiblemente - Antes de que cambie de idea.
Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:
- La paz sea contigo.
Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.
Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice:
-¿Te encuentras mal?
- ¡Me muero!
- No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?
- ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.
- Por Simón, que me lo ha pedido… y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.
- ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?
- Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.
- Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?
- No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?
- Creo, creo. ¡Me basta con no morir!
Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita:
-¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! - y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.
Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte:
- ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!.
Acuden las nueras.
- ¡Mirad! - dice la anciana - ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero! — ¡ni siquiera una palabra para el Señor!.
Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor:
- Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo - Y se encamina hacia la puerta.
Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:
- El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?
- ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?
- Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.
- ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres - Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.
Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.
- ¡Maestro!….
- ¿Pedro mío?
- Estoy desolado.
Jesús hace un gesto como queriendo significar: « ¡Bah!, no te preocupes». Luego dice:
- No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.
- ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?
- ¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles.
En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…
Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: "¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga". Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde… De todas formas la curé… por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:
"Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más". La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío… Y se le castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.
- Yo la volvía a poner enferma.
- ¡Pedro! - Jesús se muestra severo - ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?
- Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡no puedo soportar el que no te quieran!
- ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado "santo" desprecia como publícanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan…
- Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…
- ¿No lo crees?
- Yo no.
- Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.
- Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.
- Gracias, mujer. Dios te lo pague.
Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.
- Perdonad, pero no tengo más que esto - dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro:
- ¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija… Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.
- Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.
- Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.
- Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?
- Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.
- Porque está Él, que si no…
- Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes
pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.
- ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…
- Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?
Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.
- Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿y éstos? - alude a Juan y a Santiago, sus socios.
- ¿No pueden venir también ellos?
- Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo,
Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.
- Quizás venga también Zebedeo - dice Pedro.
- Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos.
- ¿Está aquí Jesús de Nazaret? - pregunta un niño asomándose a la puerta.
- Está aquí. Pasa.
Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús… para comer la miel del Paraíso.
- Pequeño amigo, pasa - dice Jesús.
El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.
- Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: "Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí". ¡Sabe que eres mi amigo!… — el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.
- ¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.
- ¿Es para los pobres? - pregunta Pedro.
- Sí.
- ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.
Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta.
- ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?
- No lo debo decir y no lo diré.
- ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!
- Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.
- ¡Mirad qué lengua!
- Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.
- Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?
Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro insiste y Jesús debe responder.
- Yo sé todo, Simón.
- ¿Y nosotros no podemos saberlo?
- ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto? - Jesús reprende pero sonríe. Y añade - Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición.