por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando.
Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.
Por fin un grito: « ¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.
- La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad - Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a El como las olas en torno a una nave.
- ¡Estoy enfermo, cúrame! - gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándolo a Jesús por el vestido.
Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:
- Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré.
El joven lo suelta y se tranquiliza.
- ¿Qué te ha dicho? - le pregunta una mujer con un niño en brazos.
- Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá.
- ¿Te cura entonces?
- No lo sé. Me ha dicho: "Ten confianza". Yo confío.
- ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho? - La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.
- Entonces yo voy por mi niño.
- Y yo traigo aquí a mi padre anciano.
- ¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento… pero no vendrá.
Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.
- ¿Qué quieres que te dé? - pregunta el jefe de la sinagoga.
- Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará.
- Pero… ¿y estarás preparado?
- Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo.
El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.
«Esto» dice. Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: "¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: "Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito"
Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.
La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: « ¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».
Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.
- Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los oderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.
Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades angrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.
¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: "Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos".
Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.
Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna.
Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.
¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador.
Debéis decir, por tanto: "Mañana será el día de mi muerte"; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.
En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.
¡Haced penitencia! El "mañana" del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser poseedores del eterno día.
La paz sea con vosotros.
Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así:
- Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: "Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados".
Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?
- No sé quién eres (*), pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un "pueblo" según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que lo escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores.
Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo
sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando.
- ¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú…
¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?
- Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: "Preparad el camino del Señor… El Señor Dios viene…
Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua". Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía.
- Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos.
- Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben.
- ¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir.
- Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes.
Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz:
- ¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!
Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.
- ¿Conoces a este hombre?
- Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que lo arrastra a repentinos y furiosos estados de locura.
- ¿Todos lo conocen?
La multitud grita:
-¡Sí, sí!
- ¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?
La multitud grita:
- No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella.
- Mujer, acércamelo.
La mujer lo empuja y lo arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.
El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús:
- ¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarlo de un momento a otro… y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde.
La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.
Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo,
encuentra dificultad en hablar; gime… la voz se forma en palabras:
- ¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminamos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en…
- ¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno.
Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que lo maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.
- ¿Has oído? ¿Qué respondes ahora? - le pregunta Jesús a su opositor.
El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.
- ¡Silencio, el lugar es sagrado! - dice Jesús, y ordena: - Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios.
Viene el enfermo. Jesús lo acaricia:
- ¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo.
El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento:
-¡Gracias por mí y por mi madre!
Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús lo coge en brazos, lo acaricia y lo pone en el suelo… y lo deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual lo recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas
enfermas.
La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.
El se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después lo protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.
(*) "No sé quién eres": una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la siguiente explicación de María Valtorta: "Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias, y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta); como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar. De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!…, tienen la siguiente nota:
"Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo, del que sabe que está endemoniado, mientras que en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: "No sé quién eres". Otra explicación sobre las "ignorancias" de Jesús la encontramos a propósito de una serie de preguntas que Él hace a Analía:
"Jesús sabía y recordaba, pero quería que las almas se abrieran con la máxima libertad y confianza. Una tercera explicación se halla en una larga nota de María Valtorta a propósito de la afirmación de Jesús: "No sé quién es": "Y el Padre eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas: "¿Quién es éste? No lo conozco…". Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la hora de las tinieblas, al abandono del Padre: horas tremendas en que Jesús fue el Hombre, y, además, un Hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser "Anatema por nosotros"… Por tanto, las referencias de "ignorancias" de Jesús no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su "omnisciencia".
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Estío. El Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente, y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.
Veo las calles de Cafarnaúm apenas empezando a poblarse de gente: mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna, niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.
Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago. Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado, y las redes; coloca asientos y rollos de cuerdas, todo lo que se necesita para la pesca, en definitiva, y Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.
Jesús le pregunta a un apóstol:
-¿Tendremos buena pesca?.
- Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.
- ¿Vamos solos?.
- ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?.
- No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.
Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.
- Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados. Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿no?, eso me has dicho.
- Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.
- No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces; y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento. Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio, o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago, y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme, y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.
En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado, atención, Maestro, es nuestro pan. Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos, y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.
- Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula, sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.
Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo. ¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su
número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.
- Tienes razón, Maestro… Pero, ¡somos tan débiles…!.
- Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.
- ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?
- Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… no, Pedro. Él te ama y continuará amándote.
- ¿Y yo?
- También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.
- ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…
- ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…: que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él; noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores, hijos del Padre Dios, similares a mí… Ahora no podéis entender. Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro, y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.
Pues bien, Yo obtendré, a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.
- ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?
- ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros, y en mi corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama. ¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago? No. No podrías.
Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi corazón. ¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas? No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.
Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.
Andrés mira y no se atreve. Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:
- También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: "Te amo. Ven", y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial…
¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy… - Juan corre jadeante hacia ellos - ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar? - Juan mira a Jesús con ojos afectivos.
Pedro interviene:
- Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….
- Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: "No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera". Pero no quería esperar. Santiago decía: "Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone esperar otra noche?". Pero no atiende a razones…
- Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?
- ¡Claro!
- ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?
- Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?
- Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele.
Juan se marcha corriendo.
Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.
- ¿Simón?
- ¿Maestro?
- No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.
- ¿También esta vez?
- Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.
- Ahí llega el ciego.
El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.
- Aquí está el Maestro, frente a ti.
El ciego se arrodilla:
- ¡Señor mío! ¡Piedad!.
-¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?
Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.
- Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante.
Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla — y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes — saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua.
Perdí este ojo, y el otro también se apagó al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…
- ¿Estás solo?
- Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara… y tengo también a mi madre, que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.
-¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?
- Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.
Me dijo: "Vi en ese rostro algo que me dijo: "Ahí hay salud ¡Ve!". Y fui". Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo, sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado… ¡Piedad de mí!
- Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!
- Entonces, ¿me curas?
Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño dulcísimo.
- ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo! - Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas.
Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.
Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.
- ¿Qué ves?
- ¡Oh!… ¡Oh!… ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… te veo el vestido… es rojo, ¿no es verdad?, y una mano blanca… y un cinturón de lana!… ¡Oh, Jesús bueno… veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo… y eso es un pozo, ¡claro!, y allí hay una vid…
- Levántate, amigo.
El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús, un Jesús sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero enseguida se frena.
Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.
- Ve a tu casa, ahora – le dice Jesús - y sé feliz y justo. Ve con mi paz.
- ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz… Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol y el primer atisbo de luna… Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos; y en ti veo la belleza del Sol más verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!
- Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.
- Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.
¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!.
- ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.
Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret. Desde lo alto del alcor en que se encuentran se ve — blanca entre el verde — la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida (un dulce ondular de laderas: en unos lugares apenas perceptible; en otros, más marcado).
- Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan. No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan, y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: "¡Venid!".
Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.
Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal. Anochece. Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.
Entran en el pueblo. Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.
Los niños se apiñan en torno a Jesús.
- ¿Has vuelto?
- ¿Ahora te quedas aquí?
- Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla.
- ¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María.
- El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley.
- Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo.
- Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta.
Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.
Así llegan a casa. Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.
Los dos están el uno entre los brazos del otro. María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos. El la besa sobre el pelo rubio. Entran en casa.
Los discípulos, incluido Judas, se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.
- ¡Jesús! ¡Hijo mío! - María habla con voz trémula como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.
- ¿Por qué, Mamá, estás así?
- ¡Hijo! Me han dicho… En el Templo aquel día había galileos, nazarenos… Han vuelto… y han contado… ¡Hijo!….
- ¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa.
- Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me alegro… me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios… Yo no te lo reprocho… no te pongo obstáculos… te comprendo… y… y estoy contenta… pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!….
María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manos abiertas y apoyadas sobre el pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos; y ahora calla, volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo. Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo - grisáceo, amparada por dos fuertes alas de candor, porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.
- ¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!… - Jesús la vuelve a besar. 'Luego dice: «Bueno, ¿ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos, y otros están en Judea. También el primo Judas está conmigo y me sigue…
- ¿Judas?
- Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos… y no yerro diciendo que me han criticado. Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra, y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo.
- ¿Dónde está ahora?
- Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?
- Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora.
- Dios la glorificará - Sale a la puerta y llama:
- ¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!
Entran y saludan. Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.
Jesús nombra a los cinco: Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe; porque Juan, a quien María ya conocía, la ha saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.
María los saluda y los invita a sentarse. Es la señora de la casa y, aun adorando con la mirada a su Jesús — parece que el alma continúe hablando, por los ojos, con el Hijo — se ocupa de los huéspedes. Querría llevar agua para que repusieran fuerzas.
Pero Pedro salta:
- No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a refrescarnos.
Acude María de Alfeo, roja y llena de harina, y saluda a Jesús, el cual la bendice; luego conduce a los seis al huerto, a la pila, y vuelve feliz.
- ¡Oh, María! - le dice a la Virgen - Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán. Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos… sentimos lo que es bueno para los hijos. Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús.
Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.
Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto.
Jesús llena los vasos de sus amigos. Es siempre Jesús quien ofrece, y luego distribuye.
Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los milagros acaecidos. Se sienten llenos de celo y de afecto, y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los tome enseguida sin previa espera en Betsaida.
Ella, con una suave sonrisa los exhorta:
- Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que hace lo hace bien.
La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia. Sólo pregunta:
-¿Durará mucho la espera?
Jesús lo mira sonriéndole, pero no dice nada más.
María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo, y dice:
- Simón de Jonás, Él sonríe… por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina será el tiempo de tu espera obediente.
- Gracias, Mujer.
- ¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?
- Te miro, María.
- Yo también.
- También yo os miro y… ¿Sabéis?… me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor. ¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?
- ¡Ah, que si me acuerdo!… ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor.
Y éste, Juan, creo, me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado, y el más joven.
Los otros se muestran deseosos de saber. Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras. Cae la noche.
- Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí… Sólo están los bancos.
- Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es honor y santificación.
Se retiran despidiéndose efusivamente. También Judas se retira con su madre; van a su casa.
En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del otro, y Jesús cuenta, y María escucha, dichosa, trémula, contenta…
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
¡Sois hermosas, en verdad, riberas del Jordán, así cual erais en tiempos de Jesús! Os veo y me complazco en vuestra majestuosa paz verde-azul, con rumor de aguas y de frondas de tono dulce como una melodía.
Me encuentro en una calzada bastante amplia y bien conservada. Debe ser una carretera vecinal de primer orden, más bien una calzada militar, trazada por los romanos para unir las distintas regiones con la capital.
Sigue a poca distancia el curso del río, pero no exactamente por la orilla; la separa de éste una franja de bosque, que creo cumple la función de afianzar las márgenes y oponer resistencia a las aguas durante las crecidas. Al otro lado de la calzada continúa la floresta, de modo que la vía parece una galería natural a la que hacen de techo, entrelazadas, las frondosas ramas: benéfico alivio para los viandantes en estos países de mucho sol.
El río — y, por tanto, la calzada — traza, en el punto en que me encuentro, un arco suave, de manera que veo proseguir la rampa frondosa como una muralla verde colocada para cerrar una concavidad de aguas quietas.
Parece casi un lago de un parque señorial. Pero el agua no es la quieta agua de un estanque; discurre, aunque lentamente. Prueba de ello es el murmullo que hace contra los primeros cañizares, los más audaces, que han crecido justo abajo, en el terreno guijarroso; y la ondulación de las largas cintas de sus hojas, colgando a ras del agua que las mueve. También un grupo de sauces, de flexibles ramas suspendidas, le han confiado al río el extremo de su verde cabellera, y éste parece peinarla con gracia de caricia, extendiéndola con dulzura en la dirección de su corriente.
Silencio y paz en la hora matutina. Sólo cantos y reclamos de aves, susurro de aguas y frondas, y un intenso brillar de rocío sobre la hierba verde y alta que está entre los árboles y que el sol estival aún no ha endurecido o dorado, tierna y nueva por haber nacido después de la primaveral efusión de aguas que ha nutrido la tierra, en lo profundo, de humedad y de
substancias buenas.
Tres viandantes están parados en esta curva de la calzada, justamente en un ápice del arco. Miran hacia arriba y hacia abajo; al Sur, donde está Jerusalén; al Norte, donde está Samaría. Escrutan entre las columnatas de los árboles para ver si llega alguno esperado. Son Tomás, Judas Tadeo y el leproso curado. Están hablando.
- ¿Ves algo?
- Yo no.
- Yo tampoco.
- Y, sin embargo, éste es el lugar.
- ¿Estás seguro?
- Seguro, Simón. Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre después del milagro de un mendigo lisiado curado en la puerta de los Peces, me dijo: "Nosotros ahora nos vamos de Jerusalén. Espéranos a cinco millas entre Jericó y Doco, a la altura de la curva del río, en la calzada flanqueada de árboles". Ésta. Dijo también: "Allí estaremos, dentro de tres días, al amanecer". Es el tercer día, y aquí nos ha encontrado la cuarta vigilia.
- ¿Vendrá? Quizás hubiera sido mejor haberle seguido desde Jerusalén.
- Todavía no podías ir entre la muchedumbre, Simón.
- Si mi primo os dijo que vinierais aquí, aquí vendrá. Siempre mantiene lo que promete. Debemos esperar.
- ¿Has estado siempre con Él?
- Siempre. Desde que volvió a Nazaret fue conmigo un buen compañero. Siempre juntos. Somos de la misma edad, yo un poco mayor. Y además yo era el preferido de su padre, hermano del mío. También su Madre me quería mucho. He crecido más con Ella que con la mía.
- Te quería… ¿Ya no te quiere lo mismo?
- ¡Oh, sí!, pero nos hemos desligado un poco desde que El se ha hecho profeta. A mi familia no le gusta.
- ¿Qué familia?
- Mi padre y los dos mayores. El otro está en duda… Mi padre es muy anciano y no he tenido corazón para llevarle la contraria. Pero ahora… Ya no más. Ahora yo voy a donde me llevan el corazón y la mente. Voy con Jesús. No creo ofender a la Ley actuando así. Y… si no fuera justo lo que quiero hacer, Jesús me lo diría. Haré lo que Él dice. ¿Le es lícito a un padre ponerle obstáculos a un hijo en el camino del bien? Si yo siento salvación en ello, ¿por qué impedirme conseguirla? ¿Por qué los padres algunas veces nos son enemigos?
Simón suspira como por tristes recuerdos y baja la cabeza, pero no habla.
Sin embargo, Tomás responde:
- Yo ya he superado la dificultad. Mi padre me ha escuchado y me ha comprendido. Me ha bendecido diciendo: "Ve. Que esta Pascua signifique para ti liberación de la esclavitud de una espera. Dichoso tú que puedes creer. Yo espero. Más si es Él — y lo sabrás siguiéndolo — vuelve a tu anciano padre para decirle: "Ven. Israel ya tiene al Esperado".
- Eres más afortunado que yo. ¡Y pensar que hemos vivido a su lado!… Y no creemos, ¡nosotros los de la familia!… ¡Y decimos, o sea, ellos dicen: "Ha perdido el juicio"!….
- Mirad, mirad un grupo de personas - exclama Simón - ¡Es Él, es Él! ¡Reconozco su cabeza rubia! ¡Oh! ¡Venid!
¡Corramos!.
Se echan a andar velozmente hacia el Sur. Los árboles, ahora que han llegado al punto culminante del arco, ocultan el resto de la calzada, de manera que los dos grupos se encuentran casi uno frente al otro cuando menos se lo esperan. Jesús
parece que sube del río, porque está entre los árboles de la orilla.
- ¡Maestro!
- ¡Jesús!
- ¡Señor!
Los tres gritos del discípulo, del primo, del curado, resuenan adoradores y festivos.
- ¡Paz a vosotros! - De nuevo la hermosa, inconfundible voz, llena, sonora, serena, expresiva, neta, viril, dulce e incisiva -
¿Tú también, Judas, primo mío?
Se abrazan. Judas llora.
- ¿Por qué este llanto?
- ¡Jesús… yo quiero estar contigo!
- Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?
Judas baja la cabeza y calla.
- ¡No han querido! ¿Y ahora?
- Jesús, yo… yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti.
- Yo no te he mandado nada.
- No, Tú no. ¡Pero es tu misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y me dice: "Ve a Él". Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me dice, sin usar palabras:
"¡Sé de Jesús!". ¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de santa que ciertamente me suplica para mi bien? ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado"Cordero de Dios"? Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes, además de la Escritura y las oraciones, sino el espíritu de éstas… ¿Es que no voy a ser capaz de nada?
- ¿Y tu padre?
-¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además… Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que en el pequeño bien de María. Y Ella está sola. Dime Tú, Maestro mío, ¿no es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un padre: "Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él lo sigo"?.
- Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre así cuando es Dios quien llama. Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo. Los llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena.
Se le ve conmovido a Judas.
Jesús se vuelve hacia Tomás:
- Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo.
- He venido para serte fiel.
- Y lo serás. Yo te lo digo. Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas.
- ¡Señor mío! - El ex leproso está a los pies de Jesús.
- Levántate. ¿Tu nombre?
- Simón.
- ¿Tu familia?
- Señor… era poderosa… yo también tenía poder… Pero odios de sectas y… y errores de juventud lesionaron su poder.
Mi padre… ¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!
- ¿Era leproso?
- No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma, y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras. Él — entonces dominaba todavía su casta — vivió y murió como poderoso en su casa. Yo… si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros.
- ¿Estás solo?
- Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto.
- ¿Tu madre?
- Murió. El hombre parece sentirse violento.
Jesús le observa atentamente.
- Simón, me dijiste: "¿Qué debo hacer por ti?". Ahora te digo: "¡Sígueme!".
- ¡Enseguida, Señor!… Pero… pero yo… déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban "zelote" por la casta, y "cananeo" por madre. Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava. Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió…
- No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer. Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?
- Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro… no daban crédito a sus ojos mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los "muertos", aunque — como dijo un médico romano de Cesárea que consulté — la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario, por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?
- Debes no maldecirlo. Te ha hecho todo tipo de mal…
- ¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa… De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre.
- Por eso te digo: "¡Sígueme!". A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe. Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan. Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor. Ven, Simón, tú que no has tenido hijos. Ven, Judas, tú que pierdes al padre por mi amor. Os uno en el destino.
Él los tiene cerca a los dos. Tiene las manos sobre sus hombros, como para una toma de posesión, como para imponer un yugo común. Luego dice:
- Os uno. Pero ahora os separo. Tú, Simón, te quedarás aquí con Tomás. Prepararás con él los caminos de mi retorno.
Dentro de no mucho volveré, y quiero que muchos me estén esperando. Decidles a los enfermos (tú lo puedes decir) que Aquel que cura viene. Decidles a los que esperan que el Mesías está entre su pueblo. Decidles a los pecadores que hay quien perdona para dar la fuerza necesaria para subir..
- Pero ¿seremos capaces?
- Sí. Sólo tenéis que decir: "Él ha llegado. Os llama. Os espera, Viene para liberaros. Estad aquí preparados para verlo". Y a las palabras unid el relato de lo que sabéis. Y tú, Judas, primo, ven conmigo y con éstos. Tú de todas formas te quedarás en Nazaret.
- ¿Por qué, Jesús?
- Porque debes prepararme mi camino en mi tierra. ¿Consideras pequeña esta misión? En verdad no hay una más grave… – Jesús suspira.
- ¿Y lo lograré?
- Sí y no. Pero todo será suficiente para quedar justificados.
- ¿De qué? ¿Y ante quién?
- Ante Dios. Ante la propia tierra. Ante la familia. No podrán censurarnos por haber ofrecido el bien. Y si la patria y la familia lo desdeñan, nosotros no tendremos culpa de su daño.
- ¿Y nosotros?
- ¿Vosotros, Pedro? Volveréis a las redes.
- ¿Por qué?
- Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados.
- Pero, entonces, ¿te veremos?
- Claro. Iré frecuentemente. Os avisaré, si no, cuando esté en Cafarnaúm. Ahora despedíos, amigos, y vamos. Os bendigo a vosotros que os quedáis. Mi paz con vosotros.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.
Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) — está hablando todavía con Tomás. La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro. Jesús dice:
- Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?.
- No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado… He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso… Quería decirte: "¡Acéptame!"… He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía. Debe haber creído que era una persona malintencionada… Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad.
El dueño de la casa sonríe. Aclara: - Es mi hijo - y añade – Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año.
Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite. En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados. Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces, una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena.
- "¿Qué quieres?" me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida:
"Busco al Maestro, que está viviendo aquí". Entonces me ha respondido: "Si es verdad lo que dices, ven a la casa". Y me ha acompañado hasta aquí. Es él quien ha llamado a la puerta, y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras».
- ¿Vives lejos?
- Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Oriental.
- ¿Estás solo?
- Estaba con los parientes. Pero se han marchado a donde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he quedado para buscarte día y noche hasta que te hubiera encontrado.
Jesús sonríe y dice: - Entonces, ¿no te espera nadie? - No, Maestro.
- El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros.
- ¡Oh…, Maestro! - Se le ve feliz a Tomás.
- Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano - Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás:
- Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da - Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: - Cédele el puesto al amigo.
Juan se levanta enseguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.
- Siéntate, Tomás. Come - Y luego dice a todos - Esto haréis siempre, amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios, ya de por sí, protege al peregrino. Pero ahora, en mi nombre, lo deberéis amar más aún. Cuando uno en nombre de Dios os pida un pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis hacerlo con todos. También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva. Hasta ahora se os había dicho: "Amad a los que os aman y odiad a los enemigos". Yo os digo: "Amad también a los que os odian".
¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os digo! Y si uno dijere: "Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero", entonces debéis quererlo más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo.
- Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: "Quiero hacer esto o aquello" es fácil. Pero no siempre la palabra refleja la verdad - dice Pedro más bien enfadado. No sé, no se le ve con su habitual humor jovial.
- Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿qué mal te acarreará ello? Ninguno. Antes bien, el premio de Dios para ti permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza.
- ¿Ningún mal, ¡eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá, y llega incluso a difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma.
- Cierto. Pero ¿esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada. O, más bien, sí, habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico…
- ¡Bien, bien! Será así - Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.
Jesús se dirige a Tomás:
- Amigo, antes te he dicho, en el olivar: "Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío". Ahora te digo: "¿Estás dispuesto a hacer un favor a Jesús?".
- Sin duda.
- ¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?
- Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?
- Quería decirte… Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos…
- ¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla.
- Escucha. Mañana, al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad. Y dirás fuerte: "Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado". Haz que el mundo de los "muertos-vivos" conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure. Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño. Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda… Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben… Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti. Y le dirás también: "Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir".
- Así lo haré. ¿Y el otro?
- ¿Quién? ¿El Iscariote?
- Sí, Maestro.
- Para él todavía vale mi consejo. Déjale decidir por sí mismo, y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él.
- Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos.
- Pedro masculla unas palabras.
Jesús oye.
- Pedro, ¿qué te pasa? ¿Callas o murmuras? Pareces descontento. ¿Por qué?
- Me siento descontento. Nosotros somos los primeros y Tú no nos ofreces un milagro. Nosotros somos los primeros y Tú sientas a tu lado a un extraño. Nosotros somos los primeros y Tú le confías a él una misión y no a nosotros. Nosotros somos los primeros y… sí, exactamente, y parecemos los últimos. ¿Por qué los esperas en el camino del río? Para confiarles alguna misión, claro. ¿Por qué a ellos y no a nosotros?.
Jesús lo mira. No se muestra airado. Hasta incluso sonríe como se le sonríe a un muchacho. Se levanta, va lentamente hacia Pedro, le pone la mano en el hombro y dice sonriendo:
-¡Pedro, Pedro, eres un niño grande, un niño mayor! - y a Andrés, que está sentado junto a su hermano, le dice: - Ponte donde Yo estaba sentado - y se sienta al lado de Pedro, lo coge del hombro y le habla, estrechándole contra su costado:
- Pedro, a ti te parece que Yo cometo injusticia, pero no es injusticia lo que hago; antes bien, es una prueba de que sé lo que valéis. Mira. ¿Quién necesita pruebas? Quien todavía no está seguro. Ahora bien, Yo os sabía tan seguros de mí, que no he sentido la necesidad de daros pruebas de mi poder. Aquí, en Jerusalén, hacen falta pruebas; aquí, donde el vicio, la irreligión, la política, tantas cosas del mundo, ofuscan los espíritus hasta el punto de que no pueden ver la Luz que pasa. Pero allí, en nuestro hermoso lago, tan puro bajo un cielo puro, allí entre gente honesta y deseosa de bien, no son necesarias las pruebas. Tendréis milagros. A ríos derramaré sobre vosotros las gracias. Pero, mira lo que os he estimado, Yo os he tomado conmigo sin exigir pruebas y sin sentir la necesidad de daros pruebas, porque sé quiénes sois. Amados, muy amados, y muy fieles a mí.
Pedro se calma: - Perdóname, Jesús.
- Sí, te perdono porque tu gesto de enojo es amor. Pero acaba con la envidia, Simón de Jonás. ¿Sabes qué es el corazón de tu Jesús? ¿Has visto alguna vez el mar, el verdadero mar? ¿Sí? Pues bien, ¡mi corazón es mucho más amplio que el ancho mar! Y en él hay lugar para todos, para toda la Humanidad. Y el más pequeño tiene, como el más grande, un lugar. Y el pecador, como el inocente, encuentra amor en él. A éstos les encargo una misión. Seguro. ¿Me quieres prohibir el darla? Yo os he elegido, no vosotros. Por tanto puedo, libremente, juzgar cómo emplearos. Y si a éstos los dejo aquí con una misión — que también puede ser una prueba, como puede ser misericordia el espacio de tiempo dejado al Iscariote — ¿puedes reprochármelo? ¿Sabes si a ti no te reservo una más grande? ¿Y no es la más hermosa la de oír que te digo: "Tú vendrás conmigo"?
-¡Es cierto, es cierto! ¡Soy un animal! Perdón…
- Sí, todo, todo el perdón. ¡Oh, Pedro!… Pero os ruego a todos: no discutáis nunca por los méritos o por los puestos.
Habría podido nacer rey; he nacido pobre, en un establo. Podría haber sido rico; he vivido del trabajo, y ahora de la caridad. Y, no obstante, creedlo amigos, no hay nadie más grande que Yo a los ojos de Dios; que Yo que estoy aquí: siervo del hombre.
- ¿Siervo Tú? ¡No, jamás!
- ¿Por qué, Pedro?
- Porque yo te serviré.
- Aunque me sirvieras como una madre sirve a su pequeñuelo, Yo he venido para servir al hombre. Seré su Salvador.
¿Qué servicio puede ser comparado a éste?
- ¡Maestro, Tú lo explicas todo, y lo que parecía oscuro se torna claro enseguida!
- ¿Contento ahora, Pedro? Entonces déjame terminar de hablar con Tomás. ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito. Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares… podría ocupar su puesto. Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo lo he visto bien. Es alto y delgado.
Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve, cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes. Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería.
- Es un viejo, si es todo blanco.
- No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra lo ha hecho cano.
- ¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?
- Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de África.
- ¿Será israelita, entonces?
- Ya lo sabremos. ¿Y sí no lo fuera?
- ¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure.
- No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no lo rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz…
Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.
La visión cesa así.
Como inciso, hago notar que mi interno consejero me ha dicho, ya desde ayer por la noche cuando veía al leproso:
«Es Simón, el apóstol. Verás cuando él y Judas Tadeo van al Maestro». Esta mañana, después de la Comunión (es viernes) abro el misal y veo que precisamente hoy es la vigilia de la fiesta de los santos Simón y Judas, y que el Evangelio de mañana habla precisamente de la caridad, casi repitiendo las palabras que oí antes en la visión. Pero a Judas Tadeo, por ahora, no lo he visto.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está junto a sus seis discípulos. Tanto el otro día como hoy, no he visto a Judas Tadeo, que también había expresado su deseo de ir a Jerusalén con Jesús.
Deben ser todavía las fiestas pascuales, porque continúa habiendo mucho gentío por la ciudad. Anochece. Muchos se apresuran hacia las casas.
También Jesús se dirige a la casa en que lo hospedan. No es la del Cenáculo — que está más en la ciudad, aunque en las afueras —. Esta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un pequeño torrente escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas: en la cima de una colina está el Templo; en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de este delicado alcor que sube sin asperezas: serenos árboles, todo manso.
- Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo - dice un hombre anciano, que debe ser el agricultor o el propietario del olivar. Yo diría que Juan lo conoce. - ¿Dónde están? ¿Quiénes son?
- No lo sé. Uno, sin duda, es judío. El otro… no sabría decirte. No se lo he preguntado.
-¿Dónde están?
- Esperando en la cocina y… y… sí… bueno… hay también uno lleno de llagas… Le he dicho que se estuviera allí porque… no quisiera que estuviera leproso… Dice que quiere ver al Profeta que ha hablado en el Templo.
Jesús, que hasta ese momento había estado callado, dice:
- Vamos primero adonde éste. Di a los otros que vengan, si quieren. Hablaré aquí, en el olivar, con ellos - Y se dirige hacia el punto indicado por el hombre.
- ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? - pregunta Pedro.
- Venid, si queréis.
Un hombre todo cubierto y embozado está apoyado en el pequeño, rústico muro que sostiene un escalón del terreno, el más cercano al límite de la propiedad. Debe haber subido hasta allí por un senderillo que sigue el curso del torrente y conduce a ese lugar.
Cuando ve a Jesús venir hacia él, grita:
- ¡Atrás, atrás! ¡Pero ten piedad! - Y descubre su torso dejando caer el vestido. Si el rostro aparece cubierto de costras, el tronco es un recamado de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras, otras blanquecinas y brillantes como si tuvieran encima un cristalito blanco.
-¡Estás leproso! ¿Qué quieres de mí?
- ¡No me maldigas! ¡No me apedrees! Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mí. Vengo de los sepulcros… Allí… Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquí sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado… he encontrado a éste, de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. Sólo me ha dicho: "Espera apoyado en el muro". Ten Tú también piedad».
Y dado que Jesús se acerca — Él solo, porque los seis discípulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste:
- ¡No más adelante! ¡No más! ¡Estoy infectado!
Pero Jesús prosigue. Lo mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro en el suelo y gime:
-¡Tu signo! ¡Tu signo!
- Será alzado en su hora. Pero a ti te digo: "Levántate. Queda curado. Lo quiero. Y tú séme signo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, digo! ¡Y no peques, en reconocimiento hacia Dios!".
El hombre se levanta lentamente. Parece surgir de las hierbas altas y florecidas como de un sudario… y está curado. Se mira con los últimos restos de luz. Está curado. Grita:
-¡Estoy limpio! ¡Oh!, ¿qué debo hacer ahora por ti?.
- Obedecer a la Ley. Vete al sacerdote. Sé bueno en el futuro. Ve.
El hombre hace amago de echarse a los pies de Jesús, pero se acuerda que todavía es impuro, según la Ley, y se contiene. Eso sí, se besa las manos y manda el beso a Jesús, y llora de alegría.
Los otros se han quedado de piedra. Jesús vuelve la espalda al hombre que ha sido curado y, sonriendo, los hace volver en sí:
- Amigos, no era más que una lepra de la carne, veréis caer la lepra de los corazones. ¿Sois vosotros los que me buscáis?
- dice a los dos desconocidos - Aquí estoy. ¿Quiénes sois?
- Te hemos oído la otra tarde… en el Templo. Te hemos buscado por la ciudad. Uno que dice ser pariente tuyo nos ha informado de que estabas aquí.
- ¿Por qué me buscáis?
- Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad.
- ¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?
- No, Maestro, pero ciertamente a la gloria.
- Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio.
¿Por qué queréis seguirme? - vuelve a preguntar.
- Para tener parte en tu gloria.
- ¿Según el Cielo?
- Sí, según el Cielo.
- No todos pueden llegar. Porque Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe fuertemente querer resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme a mí quiere decir lucha continua con el enemigo que está en nosotros, con el mundo enemigo, y con el Enemigo, que es Satanás?
- Porque así lo quiere nuestro espíritu, que ha quedado conquistado por ti. Eres santo y poderoso. Queremos ser tus amigos.
- ¡¡¡Amigos!!!…. - Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente a quien ha estado hablando, que ahora ha echado hacia atrás el manto que cubría su cabeza. Es Judas de Keriot. -
- ¿Quién eres, tú que hablas mejor que un hombre del pueblo?.
- Judas soy, de Simón. De Keriot soy. Pero soy del Templo… o… estoy en el Templo. Espero al Rey de los judíos y sueño con Él. Te he sentido Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo.
- ¿Tomarte? ¿Ahora? ¿Enseguida? No.
- ¿Por qué, Maestro?
- Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de tomar caminos muy escarpados.
- ¿No crees en mi sinceridad?
- Lo has dicho. Creo en tu impulso. Pero no creo en tu constancia. Piénsalo, Judas. Yo ahora me iré y volveré para Pentecostés. Si estás en el Templo, me verás. Sopésate a ti mismo. ¿Y tú quién eres? - le pregunta al segundo desconocido.
- Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora me da miedo.
- No. La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si viene de la humildad es una ayuda. No temas. También tú piensa, y cuando vuelva…
- ¡Maestro, eres muy santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo…
- ¿Cómo te llamas?
- Tomás, llamado Dídimo.
- Recordaré tu nombre. Vete en paz.
Jesús se despide de ellos y se retira a la acogedora casa para cenar.
Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas.
-¿Por qué, Maestro, has hecho diferencia entre los dos?… Porque una diferencia ha habido. Los dos tenían el mismo impulso… – pregunta Juan.
- Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distinto contenido y causar distinto efecto. Es cierto que los dos tienen el mismo impulso. Pero uno no es igual que el otro en el fin. Y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque no lleva germen de gloria humana. Me ama porque me ama.
- ¡También yo!
- Y yo también.
- Y yo.
- Y yo.
- Y yo.
- Y yo.
- Lo sé. Os conozco por lo que sois.
- ¿Entonces somos perfectos?
- ¡Oh, no! Pero, como Tomás, lo seréis si permanecéis en vuestra voluntad de amor. ¡¿Perfectos?! ¡Oh, amigos!, ¿y quién es perfecto sino Dios?
-¡Tú lo eres!
- En verdad os digo que no por mí soy perfecto, si creéis que Yo soy un profeta. Ningún hombre es perfecto. Pero Yo soy perfecto porque el que os habla es el Verbo del Padre.
Parte de Dios, su Pensamiento que se hace Palabra, Yo tengo la Perfección en mí. Y tal me debéis creer, si creéis que Yo soy el Verbo del Padre. Y, no obstante, ¿lo veis, amigos?, Yo quiero ser llamado el Hijo del hombre, porque me anonado cargándome todas las miserias del hombre, para llevarlas — mi primer patíbulo — y anularlas después ("llevarlas", no "tenerlas"). ¡Qué peso, amigos! Pero lo porto con alegría. Mi alegría es portarlo, porque, siendo el Hijo de la humanidad, haré a la humanidad hija de Dios. Como el primer día.
Jesús habla dulcemente, sentado ante la sobria mesa, gesticulando serenamente con las manos sobre la mesa, el rostro un poco inclinado, iluminado de abajo a arriba por la lamparita de aceite que está colocada encima de la mesa. Sonríe levemente. Es Maestro ya sólo por su aspecto grandioso, y muy amigo en el trato. Los discípulos lo escuchan atentos.
- ¿Maestro… por qué tu primo, aún sabiendo dónde habitas, no ha venido?.
- ¡Pedro mío!… Tú serás una de mis piedras, la primera. Pero no todas las piedras son fáciles de usar. ¿Has visto los mármoles del palacio pretorio?: arrancados fatigosamente del seno montano, ahora son parte del Pretorio. Mira por el contrario esos cantos que resplandecen allí, bajo el rayo de luna, entre las aguas del Cedrón. Procedentes de aquéllos, ahora están en el
lecho del torrente, y si uno los quiere, ¿ves?, enseguida se dejan coger. Mi primo es como las primeras piedras de que hablo… El seno del monte, que es la familia, me lo disputa.
- Yo quiero ser en todo como los cantos del torrente. Por ti estoy dispuesto a dejarlo todo: casa, esposa, pesca, hermanos. Todo, Rabí, por ti.
- Lo sé, Pedro. Por esto te amo. Pero también Judas vendrá.
- ¿Quién? ¿Judas, de Keriot? Por mí que no venga. Es un señorito, pero… prefiero… me prefiero incluso a mí mismo…
Todos se echan a reír de la salida de Pedro.
-¿A qué viene esa risa? Quiero decir que prefiero un galileo genuino, tosco, pescador, pero sin fraude, a… a los de ciudad que… no sé… Bueno, el Maestro entiende lo que quiero decir.
- Sí, entiendo, pero no juzgues. Tenemos necesidad los unos de los otros en la tierra, y los buenos están mezclados con los malvados como las flores en el campo. La cicuta está al lado de la salutífera malva.
- Yo quisiera preguntar una cosa….
- ¿Qué, Andrés?
- Juan me ha hablado del milagro hecho en Caná… Teníamos gran esperanza de que hicieras uno en Cafarnaúm… y has dicho que no hacías un milagro sin haber cumplido antes la Ley. ¿Por qué, entonces, en Caná? Y, ¿por qué aquí y no en tu tierra?.
- Toda obediencia a la Ley es unión con Dios y por tanto aumento de nuestra capacidad. El milagro es la prueba de la unión con Dios, de la presencia benévola y complaciente de Dios. Por ello he querido cumplir con mi deber de israelita antes de comenzar la serie de prodigios.
- Pero la Ley no te obligaba a ti.
- ¿Por qué? Como Hijo de Dios, no; como hijo de la Ley, sí. Israel, por ahora, sólo me conoce como esto segundo…
Incluso más adelante casi todo Israel me conocerá sólo así, más aún, como menos todavía. Pero no quiero escandalizar a Israel y obedezco a la Ley.
- Eres santo.
- La santidad no dispensa de la obediencia. Más aún, la perfecciona. Además de todo, hay que dar ejemplo. ¿Qué dirías de un padre, de un hermano mayor, de un maestro, de un sacerdote que no dieran buen ejemplo?
- ¿Y Caná entonces?
- Caná era el gozo de mi Madre que había que llevar a cabo. Caná es el anticipo que se debe a mi Madre. Ella es la Anticipadora de la Gracia. Aquí honro a la Ciudad Santa, haciendo de ella, públicamente, la iniciadora de mi poder de Mesías.
Allí, en Caná, sin embargo, honraba a la Santa de Dios, a la Toda Santa. Por Ella el mundo me tiene. Es justo que para Ella sea mi primer prodigio en el mundo.
Llaman a la puerta. Es Tomás nuevamente. Entra y se echa a los pies de Jesús.
- Maestro… no puedo esperar a tu retorno. Permíteme quedarme contigo. Estoy lleno de defectos, pero tengo este amor, solo, grande, verdadero, mi tesoro. Es tuyo, es para ti. Déjame, Maestro…
Jesús le pone la mano sobre la cabeza.
- Quédate, Dídimo. Sígueme. Bienaventurados los que tienen voluntad sincera y tenaz. Benditos vosotros. Me sois más que parientes, porque me sois hijos y hermanos, no según la sangre, que muere, sino según la voluntad de Dios y vuestra voluntad espiritual. Y Yo digo que no tengo pariente más cercano que quien hace la voluntad del Padre mío, y vosotros la hacéis, porque queréis el bien.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús entrando con Pedro, Andrés, Juan y Santiago, Felipe y Bartolomé, en el recinto del Templo.
Dentro y fuera hay una grandísima muchedumbre. Son peregrinos que, desde todas las partes de la ciudad, llegan en grupos. Desde lo alto de la colina en que está construido el Templo, se ven las calles de la ciudad, estrechas y retortijadas, y un hormiguear de gente. Parece como si entre el blanco crudo de las casas se hubiera extendido una cinta en movimiento de mil colores. Sí, la ciudad tiene el aspecto de un juguete singular hecho de cintas multicolores entre dos hilos blancos, convergente todo hacia el punto en que resplandecen las cúpulas de la Casa del Señor.
Pero luego, dentro, hay… una verdadera verbena. Ha quedado anulado cualquier tipo de recogimiento de lugar sagrado. Hay quien corre y quien llama, quien contrata los corderos y grita y lanza maldiciones por el precio desorbitado de las cosas, quien empuja hacia los recintos a los pobres animales, que balan (los recintos son lugares toscamente separados con cuerdas o estacas, en cuya entrada está el mercader, o propietario, a la espera de los compradores). Leñazos, balidos, blasfemias, unos que llaman a otros, insultos a los peones que no se muestran solícitos en las operaciones de reagrupamiento y selección de los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van, mayores insultos a quienes, previsores, han traído su propio cordero.
Alrededor de los bancos de los cambistas, otro griterío. Se entiende que — no sé si en todo momento o durante la Pascua — el Templo funcionaba como… Bolsa (y además bolsa negra). El valor de las monedas no era fijo. Había un precio legal — ciertamente lo habría — pero los cambistas imponían otro, apropiándose de una cantidad arbitraria por el cambio de las monedas. ¡Y no se andaban con chiquitas en las operaciones de usura!… Cuanto más pobre era uno, y venía de más lejos, más lo pelaban: más a los viejos que a los jóvenes; y a los que provenían de fuera de Palestina, más que a los viejos.
Algunos pobres viejecitos miran una y otra vez su dinerillo ahorrado durante todo el año quién sabe con cuánto esfuerzo, se lo sacan y se lo vuelven a meter junto al pecho cien veces, yendo de uno a otro cambista, y quizás terminan volviendo al primero, que se venga de su inicial deserción aumentando la prima del cambio… y las monedas de valor abandonan, entre suspiros, las manos del propietario y pasan a las garras del usurero para ser cambiadas por monedas de menos valor.
Luego otra tragedia de selección, de cuentas y de suspiros ante los vendedores de corderos, quienes a los viejos medio ciegos les encasquetan los corderos más míseros.
Veo que vuelven dos viejos, él y ella, empujando a un pobre corderito que los sacrificadores han debido encontrar defectuoso. Se entrecruzan, por un lado, malos modales y palabrotas; por otro, llanto y ruegos; y el vendedor no se conmueve.
- Para lo que queréis gastar, galileos, es incluso demasiado lo que os he dado. ¡Marchaos o añadís otros cinco denarios por uno mejor!
- ¡Por el amor de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Quieres impedirnos celebrar la Pascua, que es quizás la última? ¿No te es suficiente lo que has pedido por un animal pequeño?.
- Dejad paso, zarrapastrosos. Viene hacia mí José, el Anciano. Me honra con su preferencia. ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!
José, el Anciano — así le llaman —, o sea, el de Arimatea, entra en el recinto y toma un magnífico cordero. Pasa vestido pomposamente, soberbio, sin mirar a estos dos pobrecillos que gimen a la puerta, o digamos más bien entrada, del recinto. Casi los choca, especialmente al salir con un hermoso cordero que bala.
Mas Jesús se encuentra también ya cerca. También ha hecho su compra; y Pedro, que probablemente ha llevado a cabo el trato en lugar de Él, trae un cordero bastante normal.
Pedro querría ir enseguida hacia el lugar donde se sacrifica, pero Jesús se desvía a la derecha, hacia los dos viejecitos asustados, llorosos, indecisos, medio arrollados por la muchedumbre e insultados por el vendedor.
Jesús, tan alto que la cabeza de los dos abuelitos le llega a la altura del corazón, pone una mano sobre el hombro de la mujer y pregunta: « ¿Por qué lloras, mujer?».
La viejecita se vuelve y ve a este joven alto, solemne con su hermoso vestido blanco y con su manto también de nieve todo nuevo y limpio. Debe creer que es un doctor, por el vestido y el aspecto, y, asombrada — porque los doctores y los sacerdotes no hacen caso de la gente, ni tutelan a los pobres contra la avidez de los mercaderes —, le cuenta por qué lloran.
Jesús se dirige al hombre de los corderos diciéndole:
- Cambia este cordero a estos fieles; no es digno del altar. Como tampoco es digno que tú te aproveches de dos viejecitos porque son débiles y están indefensos.
-¿Y Tú quién eres? - Un justo.
-Tu acento y el de tus compañeros dicen que eres galileo.
¿Puede, acaso, haber en Galilea un justo?
- Haz lo que te digo y sé justo tú.
-¡Oíd! ¡Oíd al galileo defensor de los de su condición!
¡Quiere enseñarnos a nosotros, los del Templo! - El hombre se ríe y se burla, imitando sarcásticamente la cadencia galilea, que es más cantarina y de mayor dulzura que la judía; al menos, así me parece.
Se forma un corro de gente, y otros mercaderes y cambistas salen en defensa de su colega contra Jesús.
Entre los presentes hay dos o tres rabíes irónicos. Uno de ellos pregunta:
-¿Eres doctor? - lo pregunta de una forma que haría perder la paciencia a Job.
- Tú lo has dicho.
- ¿Qué enseñas?
- Enseño esto: a hacer la Casa de Dios casa de oración y no un lugar de usura y de mercado. Esto enseño.
Se le ve terrible a Jesús. Parece el arcángel puesto en el umbral del Paraíso perdido. No tiene espada llameante en las manos, pero tiene rayos en los ojos, y fulmina a los burladores y a los sacrílegos. No tiene nada en la mano, sólo su santa ira. Y con ésta, caminando veloz e imponente entre banco y banco, desbarata las monedas tan meticulosamente apiladas por tipos; vuelca mesas grandes y pequeñas, y todo cae, con estruendo, al suelo, entre un gran ruido de metales y tablas que chocan y gritos de ira, de pánico y de aprobación. Luego, arrancando de las manos a los mozos de los ganaderos unas sogas con que sujetaban bueyes, ovejas y corderos, hace de ellas un azote bien duro, en que los nudos para formar los lazos corredizos son flagelos, y lo levanta y lo voltea y lo baja, sin piedad.
El inesperado granizo golpea cabezas y espaldas. Los fieles se apartan admirando la escena; los culpables, perseguidos hasta la muralla externa, se echan a correr dejando por el suelo dinero y detrás animales grandes y pequeños en medio de un gran enredo de piernas, de cuernos, de alas. Se huye corriendo, o volando. Mugidos, balidos, chillidos de pichones y tórtolas, junto a carcajadas y gritos de fieles detrás de los prestamistas dados a la fuga, ahogan incluso el lamentoso coro de los corderos, degollados ciertamente en otro patio.
Acuden sacerdotes, rabíes y fariseos. Jesús está todavía en medio del patio, de vuelta de su persecución. El azote está todavía en su mano.
-¿Quién eres? ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas? ¿De qué escuela provienes? Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres.
- Yo soy Él que puede. Todo lo puedo. Destruid este Templo verdadero y Yo lo levantaré de nuevo para dar gloria a Dios.
No turbo la santidad de la Casa de Dios y de las ceremonias, sois vosotros los que la turbáis permitiendo que su morada se transforme en sede de usureros y mercaderes. Mi escuela es la escuela de Dios. La misma que tuvo todo Israel por boca del Eterno que habló a Moisés. ¿No me conocéis? Me conoceréis; ¿No sabéis de dónde vengo? Lo sabréis.
Y, volviéndose hacia el pueblo, sin preocuparse ya más de los sacerdotes, alto, vestido de blanco, el manto abierto y fluente tras los hombros, con los brazos abiertos como un orador en lo más vivo de su discurso, dice:
- ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: "Constituirás jueces y magistrados en todas las puertas… y ellos juzgarán al pueblo con justicia, sin propender a parte alguna. No tendrás acepción de personas, no aceptarás donativos, porque los donativos ciegan los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo para
vivir y poseer la tierra que el Señor tu Dios te dé.
¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: "Los sacerdotes y los levitas y todos los de la tribu de Leví no tendrán parte ni herencia con el resto de Israel, porque deben vivir con los sacrificios del Señor y con las ofrendas hechas a Él; nada tendrán entre las posesiones de sus hermanos, porque el Señor es su herencia".
¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: "No prestarás con interés a tu hermano ni dinero ni trigo ni cualquier otra cosa. Podrás prestar con interés al extranjero; mas a tu hermano le prestarás, sin interés, aquello de que tenga necesidad.
Esto ha dicho el Señor.
Ahora bien, vosotros mismos veis que sin justicia hacia el pobre sojuzga en Israel. No hacia el justo, sino hacia el fuerte se propende, y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: "Quien nos juzga es justo" si ve que sólo a los poderosos se les respeta y escucha, mientras que el pobre no tiene quien lo escuche? ¿Cómo puede el pueblo respetar al Señor si ve que no lo respetan los que más deberían hacerlo? ¿Es respeto al Señor la violación de su mandamiento?
¿Y por qué entonces los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publícanos y pecadores, los cuales actúan así para que les sean benignos los sacerdotes, de la misma forma que éstos actúan así para tener ricas arcas?
Dios es la herencia de sus sacerdotes. Para ellos, Él, el Padre de Israel, es como en ningún caso, Padre, y pone los medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del Santuario bolsa y posesiones. En la eternidad, por su justicia, tendrán el Cielo, como lo tendrán Moisés y Elías y Jacob y Abraham, pero en esta tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y calidad, y que el cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.
Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto. ¿Y ellos?, ¿con qué autoridad profanan el mandamiento de Dios, y a la sombra de los sagrados muros permiten usura contra los hermanos de Israel, que han venido para cumplir el mandato divino?
Se me ha preguntado de qué escuela provengo, y he respondido: "De la escuela de Dios". Sí, Israel. Yo vengo y te llevo de nuevo a esta escuela santa e inmutable.
Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto, sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra beata. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo, os curo de todo mal.
Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.
Venid. "El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos", como prometió por boca de Moisés.
La gente, arracimada en torno a Jesús, se ha quedado a escucharlo estupefacta. Luego comenta las palabras del nuevo Rabí y hace preguntas a sus compañeros.
Jesús se dirige hacia otro patio, separado de éste por un pórtico. Los amigos lo siguen y la visión termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo una casa. Una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto y sombreada por una pérgola de vid que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo. Una escalera exterior sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura.
En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras. La casa se alza en medio de una especie de era (más espacio amplio herboso que era) que tiene en el centro un pozo.
Hay higueras y manzanos. La casa mira hacia el camino, pero no está situada en él; está un poco hacía dentro, y un sendero, entre la hierba, la une a aquél, que parece camino de primer orden.
Se diría que la casa está en la periferia de Cana: casa de propietarios campesinos que viven en medio de su finca. El campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. Hay un bonito sol y un azul tersísimo de cielo. En principio no veo nada más. La casa está sola.
Después veo a dos mujeres, con largos vestidos y un manto que hace también de velo. Vienen por el camino y luego por el sendero. Una es más anciana: cincuenta años aproximadamente, y viste de oscuro: un color pardo-marrón como de lana natural. La otra está vestida de un color más claro: un vestido amarillo pálido y manto azul, y aparenta unos treinta y cinco años.
Es muy hermosa, esbelta, y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad. Cuando está más cerca, noto el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Reconozco a María Santísima. Quién pueda ser la otra, que es morena y más anciana, no lo sé.
Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya de la casa, alguien, encargado de ver quiénes iban llegando, lo comunica, y salen a su encuentro hombres y mujeres—todos vestidos de fiesta — que las acogen con gran alegría, especialmente a María Santísima.
La hora parece matutina, yo diría que hacia las nueve — quizás antes — porque el campo tiene todavía ese aspecto fresco de las primeras horas del día por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo. La estación me parece primaveral pues la hierba de los prados no está quemada por el verano y el trigo de los campos está aún tierno y sin espiga, todo verde. Las hojas de la higuera y del manzano también están verdes, y todavía tiernas, y también las de la parra. Pero no veo flores en el manzano; y no veo fruta, ni en el manzano, ni en la higuera, ni en la vid. Señal de que el manzano ha florecido ya, pero hace poco tiempo, y los pequeños frutos todavía no se ven.
María, agasajada por un anciano que la acompaña — parece el dueño de la casa — sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar toda o buena parte de la planta alta.
Creo comprender que los recintos de la planta baja son las habitaciones propiamente dichas, las despensas, los trasteros y las bodegas; mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional, o para trabajos que requieran mucho espacio, o también para colocar holgadamente productos agrícolas.
Si de fiestas se trata, lo vacían completamente y lo adornan, como hoy, con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas. En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta. A lo largo de la pared de la derecha, respecto a mí que miro, otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente. A lo largo de la pared izquierda, una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos y otros manjares (me parecen tortas cubiertas de miel, y dulces). En el suelo, junto a esta misma pared, otras ánforas y tres grandes recipientes con forma de jarra de cobre (más o menos; son una especie de tinajas).
María escucha benignamente a todos; después, se quita el manto y ayuda, bondadosa, a terminar los preparativos del banquete. La veo ir y venir, poniendo en orden los divanes, derechas las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite. Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja, pero escucha mucho y con mucha paciencia.
Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino (realmente poco armónicos). Todos, menos María, corren afuera. Veo entrar a la novia, toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos, al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.
Y en este momento la visión sufre un cambio. Veo, en vez de la casa, un pueblo. No sé si es Cana u otra aldea cercana. Y veo a Jesús con Juan y otro, que me parece que es Judas Tadeo (pero podría equivocarme respecto al segundo). Por lo que respecta a Juan, no me equivoco. Jesús está vestido de blanco y tiene un manto azul marino. Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un hombre de condición sencilla y transmite la respuesta a Jesús.
- Vamos a darle una satisfacción a mi Madre - dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.
Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y lo saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace lo mismo.
Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: «La paz está contigo» va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.
Jesús sube al lado de su Madre; detrás, los discípulos y los dueños de la casa. Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados, inesperados según me parece. Yo diría que era dudosa la venida de Jesús y absolutamente imprevista la de sus compañeros.
Oigo con nitidez la voz llena, viril, dulcísima del Maestro decir al poner pie en la sala:
-La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros - saludo global y lleno de majestad para todos los presentes. Jesús domina con su aspecto y estatura a todos.
Es el invitado, y además fortuito, pero parece el rey del convite; más que el novio, más que el dueño de la casa. A pesar de ser humilde y condescendiente, es Él quien se impone.
Jesús toma asiento en la mesa del centro, con el novio, la novia, los parientes de los novios y los amigos más notables. A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.
Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores. Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores.
Observo una cosa: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa. Todas las mujeres están — y meten bulla como si fueran cien — en la otra mesa que está pegando a la pared, y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes. Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.
El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre, la cual, además, habla poquísimo. Jesús habla un poco más. Pero, a pesar de ser parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni desdeñoso. Es un hombre afable, pero no hablador. Si le consultan algo, responde; si le hablan, se interesa, expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar. Sonríe, nunca ríe. Y, si oye alguna broma demasiado irreflexiva, hace como si no escuchara. María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan, que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.
María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado, y comprende lo que de desagradable sucede.
- Hijo - dice bajo, llamando la atención de Jesús con esa palabra - Hijo, no tienen más vino.
- Mujer, ¿qué hay ya entre tú y Yo? - Jesús, al decir esta frase, sonríe aún más dulcemente, y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.
Jesús me explica el significado de la frase: - Ese "ya", que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.
Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre "Mamá" a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.
"¿Qué hay ya entre tú y Yo?". Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba "sujeto".
Ahora soy de mi misión.
¿Acaso no lo he dicho?: "Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios". Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones, y sembrar en ellos la palabra de Dios.
Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el perdón para la Humanidad.
Ese "ya", olvidado por la mayoría, quería decir esto: "Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu; pero, desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío.
Espera un poco todavía y, acabada la misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a ti del oprobio de ser madre de un reo. Y después me tendrás de nuevo, triunfante, y después me tendrás para siempre, tú también triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos".
Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, "ya".
María ordena a los criados:
- Haced lo que El os diga - María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los "llamados".
Y Jesús ordena a los criados: - Llenad de agua los cántaros.
Veo a los criados llenar las tinajas de agua traída del pozo (oigo rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea). Veo al mayordomo echarse en la copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio (estaban cercanos).
María mira una vez más al Hijo y sonríe; luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza, ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa.
Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas… Silencio, y, después, un coro de alabanzas a Jesús.
Pero El se levanta y dice una frase: - Agradecédselo a María - y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir:
- La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobré vosotros - y añade: - Adiós, Madre. La visión cesa.
Jesús me instruye así:
- Cuando dije a los discípulos: "Vamos a hacer feliz a mi Madre", había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía. No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad. Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su oración anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiéndolo, dije; "Vamos a hacerla feliz".
Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía. Destinada a unirse a mí en la carne — puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de vida —, destinada a unirse a mí en el dolor — puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu, de la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende —, era justo unirla a mí en la potencia que se muestra al mundo.
Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados:
"Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el perdón".
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo la cocina de Pedro. En ella, además de Jesús, están Pedro y su mujer, y Santiago y Juan. Parece que acaban de terminar de cenar y que están conversando. Jesús muestra interés por la pesca.
Entra Andrés y dice:
- Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo.
Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen. Y, cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre ve entrar a Judas Tadeo, exclama:
-¿Tú, Judas?
- Yo, Jesús.
Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril. Es alto — si bien no tanto como Jesús —, de robustez bien proporcionada, moreno, como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo; sus ojos tienen algo en común con los de Jesús, porque son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados, menos rizados que los de Jesús, morenos como la barba.
- Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca, y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre. Dice:
"Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda". María participa en la ceremonia y con ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios.
Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:
- Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo… lo siento por vosotros… - y mira a Pedro y a los otros - Son mis amigos - explica a su primo. Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice: - Y éste es Juan - y lo dice de una forma muy especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, y que hace ruborizarse al predilecto.
Jesús termina la presentación diciendo: - Amigos, éste es Judas, hijo de Alfeo, mi primo hermano, según dice la usanza, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida.
- Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate.
Luego, dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:
-¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?.
- Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret.
- Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda - esto dice el hombre de Cafarnaúm.
- Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Cana, y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo. El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón, si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua.
-¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga.
-¿Ya predicas, Jesús? - pregunta Judas.
- Sí, primo.
-¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!.
Judas suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.
Jesús lo anima para que hable:
-¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?.
- Nada.
- No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?
-¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos, a ti, maestro de tu primo más mayor…
-¿Entonces? Habla.
- Quería decirte… Jesús… sé prudente… tienes una Madre… que aparte de ti no tiene nada… Tú quieres ser un "rabí" distinto de los demás y sabes, mejor que yo, que… las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos. Conozco tu modo de pensar… es santo… Pero el mundo no es santo… y oprime a los santos… Jesús… ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan… Lo han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo. ¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?
- Judas, ¿me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas! Te han mandado — no mi Madre, por supuesto — a decirme esto…
Judas baja la cabeza y calla.
- Habla, primo.
- Mi padre… y con él José y Simón… sabes… por tu bien… por afecto hacia ti y María… no ven con buenos ojos lo que te propones hacer… y… y querrían que Tú pensaras en tu Madre…
-¿Y tú qué piensas?
- Yo… yo.
- Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú. Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos.
- Pero… ¿y tu Madre?
-Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella — me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o en las claras de verano llenas de estrellas — y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella.
Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Cana. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora.
Se le ve a Jesús majestuoso y persuasivo. Judas lo mira atentamente. Piensa. Dice:
- Yo también, sin duda, iré contigo, con estos, si me aceptas… porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!…
- No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace. ¿Qué tienes en esa bolsa?
- La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar mala impresión entre los invitados. Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello.
- No hace falta. Iré con éste, y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templó es más que una boda. Ella se alegrará».
- Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Cana, os conviene levar anclas enseguida. La Luna sale, la travesía será buena - dice Pedro.
- Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡adiós! Os espero el sábado por la noche en Cafarnaúm. ¡Adiós!, mujer. Paz a ti y a tu casa.
Salen Jesús con Judas y Juan. Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.
Y la visión termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús. Se asoma una mujer y, viendo quién es, avisa a Jesús.
Se saludan con un gesto de paz.
Y luego:
- Has venido solícito, Juan - dice Jesús.
- He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de ti a muchos… No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo, renunciando con ello al lucro porque… el sábado todavía no había terminado. Luego, esta mañana, hemos ido por las calles hablando de ti. Hay gente que quisiera oírte… ¿Vienes, Maestro?.
- Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén.
- Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes.
- Vamos, entonces.
Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última. Y, después de saludar a la dueña de casa, se marchan.
La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.
- La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis.
- Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?
- Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa.
Pedro se muestra jubiloso:
- Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros.
- Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré.
No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.
- Maestro… te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche.
Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador. Sonríe y dice: «Sí».
Nueva alegría de Pedro.
Algunos miran desde las puertas y se hacen señas. Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús. Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.
Entran en la casa de Pedro. Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado. Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto, pequeño, con la higuera y la vid; más allá del camino, el celeste ondear del lago; más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.
- Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacerlo…
- No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor.
Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas. Jesús come un poco (en realidad para que vean que lo acepta) y luego, con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.
Unos niños curiosean desde el huerto y el camino. No sé si son o no lujos de Pedro. Sólo sé que él mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen. Jesús sonríe y dice: - Déjalos.
- Maestro, ¿quieres descansar? Ahí está mi habitación, allí la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando.
-¿Tienes una terraza?
- Sí; y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra.
- Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré
- Como quieras. Ven.
Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja.
También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!
Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete. Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol. Se siente brisa y silencio. Jesús se deleita en ello.
- Yo me voy, Maestro.
- Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí.
Jesús se queda solo y ora durante mucho tiempo. Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos, y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante. Las horas pasan calmas y serenas.
Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago, mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen, mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja. Se asoma a la cocina:
- Mujer, voy a pasear por la orilla.
Sale y, efectivamente, va a la orilla, con los niños. Les pregunta:
-¿Qué hacéis?
- Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca.
El "él" que no quiere es un niño — ya un hombrecito — de constitución menuda, pero de rostro luminosísimo. Quizás sabe que, siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo "la guerra" y por ello sostiene la paz.
Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños:
- Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres, y signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas: el Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo los armas. Creó al hombre y le dio ojos para que tuviera miradas de amor, bocas para pronunciar palabras de amor, oído para oírlas, manos para socorrer y acariciar, pies para correr con rapidez hacia el hermano necesitado, y corazón capaz de amar. Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el odio. ¿Por qué? Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios. Si el hombre hubiera permanecido como tal criatura, habría permanecido en el amor, y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte.
- Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre» (efectivamente, yo había adivinado).
Jesús sonríe y dice:
- No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: "No quiero esto porque me produce una pérdida", es egoísta. Sin embargo, el buen hijo de Dios dice:
"Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros". ¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal! ¿Quién me lo sabe decir?.
En coro, las once bocas dicen:
- Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a tí mismo".
-¡Sois unos niños excelentes! ¿Vais todos al colegio?
- Sí.
-¿Quién es el más listo?
- Él (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).
-¿Cómo te llamas?
- Joel.
-¡Gran nombre! Joel habla así: "… el débil diga: "¡Soy fuerte!". Pero ¿fuerte en qué? En la ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos. Mas el juicio está próximo; no en el valle de la Decisión, sino en el monte de la Redención. Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror, y estrellas temblando llanto de piedad,
serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas. Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido. Dichosos los que lo hayan reconocido: recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas. ¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?. -¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!.
-¿Amaréis entonces al Mesías?
-¡Sí! ¡Sí! ¡A ti! ¡A ti! ¡Te amamos a ti! ¡Sabemos quién eres! Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres. ¡Llévanos contigo!.
- En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas; nunca más, abusos; nunca más, riñas; nunca más, malas respuestas a los padres. Oración, estudio, trabajo, obediencia; y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino.
Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús. Parece una corola policroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.
Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso. Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del vestido, y lo ve. Detiene en él intensamente su mirada. El anciano se limita a saludar ruborizándose.
-¡Ven! ¡Sígueme!
Jesús bendice a los niños y, al lado de Felipe (lo llama por el nombre), vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.
-¿Quieres ser mi discípulo?
- Lo quiero—y no oso esperar serlo.
- Yo te he llamado.
- Lo soy, entonces. Heme aquí.
-¿Tenías conocimiento de mí?
- Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: "Aquel por quien tú suspirabas ha venido". Porque Andrés sabía que yo suspiraba por el Mesías.
- No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti.
-¡Mi Maestro y mi Dios!
- Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti. Otro amigo tuyo — como tú, sincero israelita — espera. Ve a decirle: "Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés y los profetas". Ve. Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Natanael - Bartolomé.
- He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Natanael.
-¿Cómo me conoces?
- Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera.
-¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!
-¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás.
En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros, por la fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando.
¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!
- Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?
- Quiero, Maestro.
La visión se detiene… Y continúa en la terraza, que está llena de gente. Otras personas están en el huertecillo de Pedro. Jesús habla.
- Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, mujeres y niños. La gracia y la luz de Dios reinen en ellas y en los corazones que las habitan.
Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegría, habla a los deshonestos con dolor, habla a los santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega. Ha venido para derramarse como río que riega tierras necesitadas de agua y que de él reciben alivio de olas y nutrición de limo.
Vosotros queréis saber qué se requiere para ser discípulos de la Palabra de Dios, del Mesías, Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que oiga una vez más las palabras del Decálogo santo e inmutable y se santifique en ellas para estar limpio, en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino.
Mirad. Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos:
"Levantaos, sanad, resucitad, caminad, ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de mí". Pero, más que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espíritus. Hombres de buena voluntad, venid a mí sin temor. Si el espíritu está lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si está enfermo, lo curo; Si muerto, lo resucito. Quiero sólo vuestra buena voluntad.
¿Es difícil esto que os pido? No. No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el Decálogo. La Ley es una e inmutable. Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada, hermosa, pura, fresca, como criatura recién nacida, como rosa recién abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir.
Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y más leyes menores, pesos y restricciones, demasiadas cláusulas penosas. Yo os conduzco de nuevo a la Ley como ésta era cuando el Altísimo la dio. Pero, os lo ruego por vuestro bien, recibidla con el corazón sincero de los verdaderos israelitas de entonces.
Vosotros susurráis — más en vuestro corazón que con los labios — que la culpa está arriba, más que en vosotros, gente humilde. Lo sé. En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. Pero no juzguéis a quien actuó no para sí, sino para los demás.
Vosotros haced lo que Dios dice. Y, sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales. Si amáis a Dios con todo vuestro ser, no pecaréis, porque el pecado produce dolor a Dios. Quien ama no quiere causar dolor. Si amáis al prójimo como a vosotros mismos, sólo podréis ser hijos respetuosos para con los padres, esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones, sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de testificar, sin envidia de quien posee, sin deseos de lujuria hacia la mujer del prójimo.
No queriendo hacer a los demás lo que no querríais que se os hiciera a vosotros, no robaréis, no mataréis, no calumniaréis, no entraréis como los cucos en el nido de los demás.
Pero incluso os digo: "Portad a perfección vuestra obediencia a loe dos preceptos de amor: amad también a vuestros enemigos".
¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre — transformado en enemigo suyo por la culpa original y por los pecados individuales — hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa! Amad. El amor sea para vosotros escalera por la cual, hechos ángeles, subáis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno: "Yo seré tu protector dondequiera que vayas, y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eterno".
La paz esté con vosotros.
La gente manifiesta su conmovida aprobación y se va lentamente. Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé.
-¿Te vas mañana, Maestro?
- Mañana al amanecer, si no te desagrada.
- Desagradarme el que te vayas, sí, pero la hora no; es incluso propicia.
-¿Vas a ir a pescar?
- Esta noche, cuando salga la Luna.
- Has hecho bien, Simón Pedro, en no pescar durante la pasada noche. Todavía no había terminado el sábado.
Nehemías, en sus reformas, quiso que en Judá se respetara el sábado. Ahora también demasiada gente en sábado prensa en los lagares, transporta haces, carga vino y fruta, y vende y compra pescado y corderos. Tenéis seis días para esto. El sábado es del Señor. Sólo una cosa podéis hacer en sábado: el bien a vuestro prójimo, pero sin ningún tipo de afán de lucro. Quien viola por lucro el sábado sólo puede obtener de Dios el castigo. ¿Gana algo?: lo perderá con creces en los otros seis días. ¿No lo gana?: se ha esforzado en vano el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia ha establecido para él, airándose el espíritu por haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones. Sin embargo, el día de Dios debe transcurrirse con el corazón unido a Dios en dulce oración de amor. Hay que ser fieles en todo.
- Pero… los escribas y doctores, que son tan severos con nosotros… no trabajan durante el sábado. Ni siquiera le dan al prójimo un pan por evitar el trabajo de dárselo… y, sin embargo, fían préstamos abusivos aun en sábado, ¿Se puede hacer esto en sábado porque no sea trabajo material?
- No. Nunca. Ni durante el sábado ni durante los otros días. Quien presta abusivamente es deshonesto y cruel.
- Los escribas y fariseos, entonces…
- Simón no juzgues. Tú no lo hagas.
- Pero tengo ojos para ver…
-¿Sólo el mal está ante nuestros ojos, Simón?.
- No, Maestro.
- Entonces, ¿por qué mirar sólo el mal?
- Tienes razón, Maestro.
- Entonces mañana al amanecer partiré con Juan».
- Maestro…
- Simón, ¿qué te sucede?
- Maestro… ¿vas a Jerusalén?
- Ya lo sabes.
- Yo también voy a Jerusalén para la Pascua… y también Andrés y Santiago….
-¿Y entonces?… Quieres decir que desearías venir conmigo ¿no? ¿Y la pesca? ¿Y la ganancia? Me has dicho que te gusta tener dinero, y Yo me ausentaré durante muchos días. Primero voy donde mi Madre, y a Jerusalén a la vuelta. Me quedaré allí predicando. ¿Cómo te las arreglarás?…
Pedro se muestra dudoso, vacilante… pero al final se decide:
- Por mí… voy contigo. ¡Te prefiero a ti antes que al dinero!
- Yo también voy».
- También yo.
- Y nosotros también, ¿verdad, Felipe?
- Venid, pues. Me serviréis de ayuda».
-¡Oh!… — Pedro se emociona ante esta idea —. ¿En qué te podemos ayudar?
- Os lo diré. Para actuar bien sólo tendréis que hacer cuanto os diga. El obediente siempre actúa bien. Ahora oraremos y luego cada uno irá a realizar sus cometidos.
-¿Y Tú, Maestro?
- Oraré más. Soy la Luz del mundo, pero también soy el Hijo del hombre. Por ello siempre tengo que beber de la Luz para ser el Hombre que redime al hombre. Oremos.
Jesús dice un salmo. El que comienza: «Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo.
Dirá al Señor: "Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras agresivas" etc. etc.».
Lo encuentro en el libro 4°. Es el segundo del libro 4°, me parece que es el núm. 90 (Salmos 91).