Trabajar tanto como rezar

El hermano de una niña pequeña puso una trampa para cazar pájaros.

Al principio, la pequeña lloró por lo que pensaba era la crueldad de su hermano.

Más tarde, parecía estar mucho más alegre.

Su mamá, intrigada, preguntó la razón de ese cambio tan repentino.

  • Pues bien, recé para que mi hermano sea mejor -dijo la niña- y recé para que la trampa no atrape ningún pájaro.
  • Eso era lo debido - dijo su madre sonriendo.
  • Y entonces, -continuó la niña- salí y rompí la vieja trampa a puntapiés.

Muy pocos problemas se resuelven "rompiendo las cosas a puntapiés", pero debemos trabajar tanto como rezar.

Es bueno rezar para que los que están equivocados sean corregidos, pero es necesario, además, hacer lo posible para corregirlos.

Si hacemos todo lo humanamente posible, podemos confiar en que el Señor termina el trabajo.

Todavía

Todavía estás a tiempo de soñar.

Todavía estás a tiempo de cambiar.

Todavía estás a tiempo de crear, de crecer y de buscar.

Todavía estás a tiempo de seguir un ideal.

Todavía estás a tiempo de emprender un nuevo camino, de sembrar y cosechar.

Todavía estás a tiempo de dar.

Todavía estás a tiempo de madurar.

Todavía estás a tiempo de perdonar, de probar y de amar.

Todavía estás a tiempo de hacer realidad alguno de tus más apreciados sueños.

Toda la fuerza para que esto suceda está en tu interior.

¿Tienes sed?

¿Cuántas veces se te ha olvidado sonreír? ¿Te has puesto a pensar en el poder tan grande que tiene tu sonrisa? Ven, yo te lo diré…

Hace días, mientras me encontraba en el hospital después de haber doblado guardia, salí afuera para respirar el aire fresco de la mañana y despejar un poco mi mente. Fue delicioso sentir como el aire de la mañana penetraba en mí al ser inhalado por mis pulmones.

La verdad, me sentía exhausto, así que decidí sentarme en cuclillas, mientras pensaba en los acontecimientos que había experimentado la noche anterior; a lo lejos escuchaba voces de dos niños, las cuales, a medida que pasaba el tiempo, se escuchaban cada vez más cercanas.

Alcé mi rostro y vi a un par de niños que se acercaban, una parejita de hermanos.
Iban rumbo a la escuela. La nena, era hermosa, llevaba su suéter y se veía que hacía un enorme esfuerzo al tratar que sus útiles no cayeran de su mochila, mientras se iba poniendo el suéter y trataba de mantener su equilibrio, a medida que su hermano la empujaba.

Al pasar justo enfrente de mí los detuve; ella estaba a punto de sellar el llanto. La detuve con un brazo y le dije:

  • ¿Por qué lloras chiquita?
    A lo cual ella, con tristeza y sus grandes ojos verdes se esforzaba por contener las lágrimas, contestó:
  • Porque mi hermano no quiere darme mis $10 pesos para comprarme un refresco, cuando me de sed en el recreo.

Le pregunté cómo es que lloraba por algo que aún no sabía si sucedería, a lo cual eUa¿ con una gran seguridad, contestó:

  • Pues porque voy a correr, haré ejercicio, lógico que me dará sed.

Me quedé pensando; después de todo ella tenía razón, con el ejercicio su cuerpo le pediría agua.

  • Bien, te propongo algo, -le dije-, si tú me regalas una sonrisa, te doy $20 pesos para que compres tu refresco a la hora del recreo.

Pensativa, la niña me dijo:

  • Una sonrisa no quita la sed, la quita el agua o un refresco.
  • Cierto, -le respondí-, pero la sed que yo tengo sí se me quitará con una sonrisa.

Confieso que hice un gran esfuerzo para no dejar que la risa me venciera ante la carita dulce e inocente y con una expresión de "éste debe estar loco", pero lógico que no me dijo nada, me vio y no sólo me regalo su sonrisa, se acercó y con suavidad depositó un dulce beso en mi mejilla izquierda.

  • ¿Ahora ya no tienes sed? -me preguntó.
    A lo cual le contesté:
  • No, ya no tengo sed, y creo que no tendré sed por toda una semana.

Ella sólo sonrió, saqué de mi bolsillo los $20 pesos, los cuales no quiso aceptar y me dijo:

  • Eso es mucho, una sonrisa no vale $20 pesos.
  • Tienes razón (muy inteligente la nena) -le dije- ¿pero sabes qué? ¡No me alcanzaría todo el dinero para pagarte!
  • Una sonrisa no se cobra, sólo se da - me dijo.
  • Tómalos.

Ella los aceptó diciendo que le alcanzaría no sólo para uno, sino hasta para dos o tres refrescos, a lo que le dije:

  • Entonces cómprale un refresco a tus amiguitos, para que ellos tampoco tengan sed -sólo sonrió, y prosiguieron su camino. Me quedé viendo cómo se retiraban; de pronto ella volteó y me regaló otra sonrisa.

Entré nuevamente al hospital con una sensación de alegría. No les miento al decir que el cansancio por encanto se alivianó; entré sonriendo y una enfermera me preguntó:

  • ¿Qué le pasa doctor, por qué tan contento?
    Sólo sonreí y le contesté:
  • Porque ya no tengo sed - y nuevamente mi respuesta causó esa mueca en las personas a las cuales ya estoy acostumbrado porque seguido la recibo; "éste está reloco! Pero fue discreta y amable, sólo se limitó a decirme:
  • Hay, Dr. Rodríguez, usted siempre en su mundo.

¿Cuántos de nosotros vamos por la vida sedientos de una sonrisa? Piénsalo, estamos tan enfocados en nuestro "yo", en "mis", que nos olvidamos de las cosas pequeñas y tan grandes a la vez, que aligeran nuestra carga.

¿Sabes algo? Basta una leve sonrisa en tus labios para levantar el corazón, para mantener el buen humor, para conservar la paz del alma, para ayudar a la salud, para embellecer la cara, para despertar buenos pensamientos, para inspirar generosas obras.
Sonríete hasta que notes que tu constante seriedad y severidad se haya desvanecido.

Sonríete hasta entibiar tu propio corazón con ese rayo de sol. Irradia tu sonrisa: esa sonrisa tiene muchos trabajos que hacer, ponía al servicio de Dios.

Tú eres apóstol ahora y la sonrisa es tu instrumento, la caña para pescar almas. Santificando la gracia que habita en ti, te dará el encanto especial que
necesitas para transmitir a los otros ese bien.

Sonríe a los tristes.
Sonríe a los tímidos.
Sonríe a los amigos.
Sonríe a los jóvenes.
Sonríe a los ancianos.
Sonríe a tu familia.
Sonríe en tus penas.
Sonríe en tus pruebas.
Sonríe en tus soledades.
Sonríe por amor de Jesús.
Sonríe por amor a las almas.

¡SONRÍE!

Deja que todos se alegren con la simpatía y belleza de tu cara sonriente.

¿Has visto lo hermoso que se ve tu rostro cuado éste es enmarcado con una sonrisa?

Cuenta, si puedes el número de sonrisas que has distribuido entre los demás cada día; su número te indicará cuántas veces has promovido confianza, alegría, satisfacción o ánimo en el corazón de los demás.

Estas buenas disposiciones, siempre son el principio de obras generosas y actos nobles. La influencia de tu sonrisa obra maravillas que tú ignoras.

Tu sonrisa puede llevar esperanza y abrir horizontes a los agobiados, a los deprimidos, a los descorazonados, a los oprimidos y a los desesperados.

Tu sonrisa puede ser el camino para llevar las almas a la fe. Tu sonrisa puede ser el primer paso que lleve al pecador hacia Dios.

También sonríele a Dios. Sonríe a Dios, mientras aceptas con amor todo lo que El te manda y merecerás la radiante sonrisa de Cristo fija en ti.

Y si Cristo te sonríe a través del prójimo, a través de Magali, la nena que me sonrió, ¿No crees que será suficiente para que jamás vuelvas a sentir sed?

¿Y tú, tienes sed?

Te llamé a vivir

Te llamé a vivir.

Te hice hermoso con mis propias manos.

Te comuniqué mi vida.

Deposité en ti mi propio amor con abundancia.

Te hice ver el paisaje y el color.

Te di el oído, para que escucharas el canto de los pájaros y la voz de los hombres.

Te di la palabra para decir "padre", "madre", "amigo", " "hermano", "te amo", "eres importante para mí".

Te di mi amor más profundo.

No sólo te di vida, te estoy sosteniendo en ella.

Tú eres mi hijo amado; te conozco cuando respiras y te cuido cuando duermes. No lo dudes.

Mis ojos están puestos en tus ojos.

Mi mano la tengo colocada sobre tu cabeza.

Te amo, aunque me olvides o me rechaces.

Te amo, aunque no me ames.

Tú bien lo sabes; Podrás ir donde puedas y donde quieras; hasta allá te¡seguirá mi amor y te sostendrá mi mano.

¿O es que crees que yo, como Padre, puedo olvidar a mi hijo? ¡Ni lo pienses!

Desde que te hice, ya no te puedo dejar solo.

Camino y sonrío contigo, ¡vivo en ti!

Te lo escribo de mil maneras y te digo al oído y en silencio.

¡Eres mi hijo!

¡Te amo!

Tu Padre DIOS

Te amo tal y como eres

Mi mujer y un grupo de amigas habían iniciado un programa de autosuperación. Me pidió que le escribiera en un papel una lista de seis cosas que me gustaría que cambiara para mejor esposa.

Lógicamente, se me ocurrían muchas cosas qué decir (y seguro que ella también tendría cosas qué decir), pero en lugar de lanzarme por un papel para escribir, le dije:

  • Déjame pensarlo y mañana te daré una respuesta.

Al día siguiente me levanté temprano y llamé a la florería. Encargué seis rosas rojas para mi mujer y una nota que decía:

"No se me ocurren seis cosas que me gustaría que cambiaras. Te quiero tal como eres".

Cuando llegué a casa esa tarde, mi mujer me recibió en la puerta; estaba al borde de las lágrimas. No necesito decir que me alegré de no haberla criticado como me había pedido.

El domingo siguiente en la iglesia, después de que ella hubo informado del resultado de su tarea, varias mujeres del grupo se me acercaron y me dijeron:

  • Fue lo más bonito que he escuchado.

Entonces comprendí el poder de aceptarla y amarla tal como es; y así lo seguiré haciendo, sólo por amor.

"Dos mundos y un amor, dos sentimientos y un querer,
dos cuerpos y un placer, dos melodías de amor
y una vida para escucharlas juntos: eso es amor."

"Amar es querer a la otra persona, tal como la ha pensado Dios."
Fedor Dostoievski.

"Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece."
Jacinto Benavente

Tan sólo piense en mí

Por poco y no la ve. Era una señora anciana con el auto detenido en el camino. El día estaba frío, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta que la anciana necesitaba ayuda, y estacionó su viejo auto delante del carro último modelo de la anciana; aún estaba tosiendo cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se dio cuenta que la anciana estaba preocupada.

Nadie se había detenido desde hacía más de una hora, cuando se detuvo en aquella transitada carretera. Realmente, para la anciana, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente. Pero no había nada por hacer, estaba a su merced. Se veía pobre y hambriento.

Alberto pudo percibir lo que ella sentía. Su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo:

  • Vengo a ayudarla, señora. Entre a su vehículo, ahí estará protegida del clima. Mi nombre es Alberto.
    Gracias a Dios sólo se trataba de un neumático bajo, pero para la anciana ésta era una situación difícil.

Alberto se metió bajo el carro buscando un lugar donde poner el gato, y en la maniobra
se lastimó varias veces los nudillos. Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a dialogar con él. Le contó de dónde venía; que tan sólo estaba de paso por allí y que no sabía cómo agradecerle. Alberto le sonrió, mientras cerraba la caja de las herramientas.

Ella le preguntó cuánto le debía, pues cualquier suma sería correcta, dadas las circunstancias. Además, pensaba las cosas terribles que le hubieran pasado de no contar con la gentileza de Alberto.

El no había pensado en dinero. Esto no se trataba de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien necesitado era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares.

Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor manera de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien necesitado, y estuviera a su alcance poder asistirlo, lo hiciera de manera desinteresada:

Tan sólo piense en mí agregó, despidiéndose.

Alberto esperó hasta que el auto se fuera. Había sido un día frío, gris y depresivo, pero se sintió bien en terminarlo de esa forma. Estas eran las cosas que más satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue.

Unos kilómetros más adelante, la señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería bueno quitarse el frío con una taza de café caliente antes de continuar el último tramo de su viaje. Se trataba de un pequeño lugar un poco desordenado. Por fuera había dos bombas viejas de combustible que no se habían usado en años.

Al entrar se fijó en la escena interior. La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud. Una cortés camarera se le acercó, y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable, con una hermosa sonrisa, aquel tipo de sonrisa que no se borra, aunque estuviera muchas horas de pie.

La anciana notó que la camarera tendría alrededor de ocho meses de embarazo, y sin embargo esto no le hacía cambiar su simpática actitud. Pensó en cómo, gente que tiene tan poco, pueda ser tan generosa con los extraños. Entonces se acordó de Alberto.

Luego de terminar su café caliente y su comida, le entregó a la camarera un billete de $500 pesos para pagar la cuenta.

Cuando la muchacha regresó con el cambio, constató que la señora se había ido. Pretendió alcanzarla, pero al correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel, al lado de otros seis billetes de $500 pesos.

Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando leyó la nota:

"No me debes nada, yo estuve una vez como tú estás. Alguien me ayudó, como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: No dejes de asistir y ser bendición a otros, como hoy lo hago contigo. Continúa dando de tu amor y no permitas que esta cadena de bendiciones se rompa".

Aunque había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquél día se le fue volando. Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama para no despertar a su agotado esposo, que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la anciana había hecho con ella.

¿Cómo conocería las necesidades que tenía con su esposo, y los problemas económicos que estaban pasando ahora con la llegada del bebé? Era consciente de cuan preocupado estaba su esposo por todo esto.
Se acercó suavemente hacia él para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, y le susurró al oído:

  • Todo va a estar bien, te amo… Alberto.

Sustantivos y adverbios

Hace varios años, una maestra pública fue contratada para visitar a niños internados en un gran hospital de la ciudad. Su tarea era guiarlos en sus deberes, a fin de que no estuvieran muy atrasados cuando pudieran volver a clases.

Un día, esta maestra recibió una llamada de rutina, pidiéndole que visitara a un niño en particular. Tomó el nombre del niño, el del hospital y el número de la habitación, y la maestra del otro lado de la línea le dijo:

  • Ahora estamos estudiando sustantivos y adverbios en clase. Le agradecería si lo ayudara con sus deberes, así no se atrasaría respecto de los demás. Hasta que la maestra llegó a la habitación del niño, se dio cuenta de que se hallaba ubicada en la unidad de quemados del hospital. Nadie la había preparado para lo que estaba a punto de descubrir del otro lado de la puerta. Antes de que le permitieran entrar, tuvo que ponerse un delantal y una gorra esterilizada, por la posibilidad de infección. Le dijeron que no tocara al niño ni la cama. Podía mantenerse cerca, pero debía hablar a través de la máscara que estaba obligada a usar.

Cuando por fin terminó de lavarse y se vistió con las ropas prescritas, respiró hondo y entró en la habitación. El chiquito, horriblemente quemado, sufría, mucho a plena vista. La maestra se sintió incómoda y no sabía qué decir, pero había llegado demasiado lejos, como para darse la vuelta e irse.

Por fin pudo tartamudear:

  • Soy la maestra del hospital y tu maestra me pidió que te ayudara con los sustantivos y los adverbios.

Después, le pareció que no fue una de sus mejores sesiones. A la mañana siguiente, cuando volvió, una de las enfermeras de la unidad de quemados le preguntó:

  • ¿Qué le hizo a ese chico?
    Antes de que pudiera terminar una sarta de disculpas, la enfermera la interrumpió diciendo:
  • No me entiende. Estábamos muy preocupados por él, pero desde que vino usted ayer, toda su actitud cambió. Está luchando, responde al tratamiento… Es como si hubiera decidido vivir.

El propio niño le explicó luego que había abandonado completamente la esperanza y sentía que iba a morir, hasta que vio a esa maestra especial. Todo había cambiado cuando se dio cuenta de algo. Con lágrimas de felicidad en los ojos, el chiquito tan gravemente quemado que había dejado de lado toda esperanza, lo expresó así:

  • No le habrían enviado una maestra para trabajar con los sustantivos y los adverbios a un chico agonizante, ¿no le parece?

La esperanza es el factor preponderante que mantiene viva la llama que desarrolla nuestros proyectos. Si se pierde la esperanza de algo, se pierde la motivación, y todo lo referente a ello parece no tener sentido. No resulta entonces difícil imaginarse lo que ocurriría si se pierde la esperanza de vivir.

Todo parece derrumbarse, y la voluntad nada puede hacer, porque está paralizada por la sensación de "sin sentido". Es una situación terrible, que puede
acarrear consecuencias también terribles. Pero basta una pequeña palabra de esperanza para despertar todos los sentidos, para movilizar todo aquello que se hallaba paralizado. Porque se le comienza a encontrar a la vida un significado fundamental, que va dando respuestas a muchas preguntas sobre la existencia, sobre el ser.

Es importante mantener viva la esperanza de un mañana. Es importante la certeza de que en el mañana también está la vida… Si hoy tenemos "sustantivos y adverbios", eso significa que hay… un mañana.

Y se renueva entonces la motivación de seguir adelante en búsqueda del más preciado
tesoro: La felicidad…

Su nombre era Fleming

Su nombre era Fleming, y era un granjero escocés pobre.

Un día, mientras intentaba ganarse la vida para su familia, oyó un lamento pidiendo ayuda que provenía de un pantano cercano. Dejó caer sus herramientas y corrió al pantano. Allí encontró a un muchacho aterrado, gritando y esforzándose por liberarse.

El granjero Fleming salvó al muchacho de lo que podría ser una lenta y espantosa muerte.

Al día siguiente, llegó un carruaje elegante a la granja. Un noble, elegantemente vestido, salió y se presentó como el padre del muchacho al que el granjero Fleming había ayudado.

  • Yo quiero recompensarlo -dijo el noble-. Usted salvó la vida de mi hijo.
  • No, yo no puedo aceptar un pago por lo que hice - el granjero escocés contestó.

En ese momento, el hijo del granjero vino a la puerta de la cabaña.

  • ¿Es su hijo? - el noble preguntó.
  • Sí - el granjero contestó orgullosamente.
  • La propongo hacer un trato. Permítame proporcionarle a su hijo el mismo nivel de educación que mi hijo disfrutará. Si el muchacho se parece a su padre, no dudo que crecerá hasta convertirse en el hombre del que nosotros dos estaremos orgullosos.
    Y el granjero aceptó.

El hijo del granjero Fleming asistió a las mejores escuelas y, al tiempo, se graduó en la Escuela Médica del St. Mary's Hospital en Londres, y siguió hasta darse a conocer en el mundo como el renombrado Dr.
Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina.

Años después, el hijo del mismo noble, que fue salvado del pantano, estaba enfermo de pulmonía.

¿Qué salvó su vida esta vez?.. La penicilina.

¿El nombre del noble? Sir Randolph Churchill.

¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.

Alguien dijo una vez: Lo que va, regresa. Haz el bien sin mirar a quien. Dios, te lo recompensará al 100%.

Dichosos los que pueden dar sin recordar y recibir sin olvidar

Soledad es…

Leer el periódico durante las comidas, por no tener con quién conversar.

Verificar que la correspondencia se resume a estados de cuenta bancarios.

Nunca tener a quién decirle buenos días, al despertar.

No tener quién te haga un té, cuando estás indispuesto.

No tener posibilidades de compartir el mismo jabón o la misma pasta de dientes.

No tener a alguien que te impida querer morir.
¿Y tú?, ¿qué tanto te sientes realmente solo?

El aislamiento es diferente de la soledad. El aislamiento es el momento que se escoge para estar con nosotros mismos.

En paz y armonía.

Es una búsqueda interior, un movimiento voluntario, una virtud desarrollada.

La soledad comienza cuando nos cerramos para el Amor.

Si pudiéramos cambiar

Si pudiéramos cambiar…

La mentira por la verdad.
El recibir por el dar.
El odio por el perdón.
La duda por la fe.
La envidia por la aceptación.
La intolerancia por la paciencia.
La dureza por la flexibilidad.
El miedo por el coraje.
El desistir por el perseverar.
Las palabras de más por la prudencia.
La soberbia por la humildad.
La burla por la piedad.
El conformarse por el progresar.
El ocio por el trabajo.
Los sueños por su realización.
La ambición desmedida por el honor.

Si pudiéramos cambiar esto, sentiríamos más cerca que nunca la presencia de Dios en nuestro corazón.

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