V- Diversos Temas: 19. David contra Goliath

Autor: P. Flaviano Amatulli Valente 

La experiencia del P. Amatulli y el Movimiento Eclesial Apóstoles de la Palabra.

Origen de una vocación

El mes de agosto de 1971 tomé contacto con algunos obispos de México para escoger una misión entre los indígenas. Por fin me decidí por San Felipe Usila, Oax., porque el mismo párroco, a conclusión de un largo conflicto con sus feligreses y el clero de la región, acababa de dejar la Iglesia Católica para fundar una propia de tipo pentecostal: «La Iglesia Independiente de Usila».

Estando así las cosas, era necesario aclarar de inmediato la diferencia entra la Iglesia Católica y las sectas. Y salió un folleto de unas 20-30 páginas con un millar de ejemplares, edición costeada completamente por el mismo arzobispo de Oaxaca, Mons. Ernesto Corripio Ahumada, que después fue promovido a la sede principal de México y nombrado Cardenal por el Papa Juan Pablo II. 

Tratándose de una región muy aislada, con gente no acostumbrada a la tolerancia, el factor religioso actuó por algunos años como catalizador de toda la problemática local, enfrentando un grupo en contra del otro y causando verdaderos trastornos en toda la sociedad. 

Por fin, con el pasar del tiempo las cosas fueron tomando su cauce normal, especialmente con la desintegración de la nueva Iglesia, que dio origen a una docena de grupúsculos con líderes e ideologías muy variadas y contrapuestas. 

Aunque durante mi estancia entre los indígenas chinantecos (febrero de 1972 - octubre de 1976) mi preocupación principal fue la evangelización, evitando que el asunto de las sectas acaparara mi atención, de todos modos aquellas experiencias sirvieron para crear en mi una cierta sensibilidad acerca de la problemática sectaria, con sus secuelas de divisiones, sufrimientos y trastornos, a nivel personal, familiar y comunitario. 


Movimiento Eclesial «Apóstoles de la Palabra» 

Sin embargo, lo que me impulsó a orientar definitivamente mi atención hacia el fenómeno de las sectas, fue la constatación del enorme vacío que existe en nuestra pastoral con relación al proselitismo sectario, como pude ir comprobando poco a poco en los continuos contactos con los Apóstoles de la Palabra. Se trata de muchachos y muchachas, que da un servicio a la Iglesia durante un año como misioneros, dejándolo todo e integrándose al Movimiento «Apóstoles de la Palabra». Su finalidad es evangelizar mediante la Biblia, como se desprender del mismo nombre.

Pronto me di cuenta de la necesidad de enfrentar al mismo tiempo el problema de las sectas, puesto que en la reuniones que teníamos cada dos meses los jóvenes me preguntaban acerca del sábado, los animales puros e impuros, la virginidad de María, las imágenes... para dar una respuesta a los mormones, los testigos de Jehová, los pentecostales, etc., que trataban de confundirlos. Así que pronto decidí enfrentar con seriedad la problemática creada por la presencia de las sectas. 

Empecé con algunos apuntes sobre los temas más urgentes, hasta que en mayo de 1983 salió el primer libro y el más importante de todos: «Diálogo con los Protestantes». Recuerdo que mi obispo, Mons. Guillermo Ranzahuer, al extender el imprimátur, me preguntó qué opinaba acerca de mi libro con relación a los demás, que ya empezaban a salir sobre el problema de a las sectas. «Mi libro es el mejor», fue mi respuesta inmediata, teniendo presente la amplitud del contenido y la sencillez del lenguaje. El obispo quedó muy asombrado por la conciencia clara que tenía acerca de lo que estaba haciendo. 

Conferencia Episcopal Mexicana

Tres años después, envié una carta a todos los obispos de México, invitándolos a tomar en serie el problema de las sectas, organizando algo a nivel nacional y bajo su responsabilidad. Rápido se comunicó conmigo el obispo de Tampico Mons. Simansky, felicitándome de parte suya e invitándome a ponerme en contacto con el obispo de Cuernavaca, Mons. Posadas Ocampo, presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe.

Lo mismo hizo Mons. Rafael García, obispo de Tabasco, diciéndome que había platicado el asunto con Mons. Posadas y que este quería verme lo más pronto posible. Lo que hice de inmediato. Conclusión: en la Asamblea de noviembre de 1986 los obispos de México decidieron que se estableciera un departamento ad hoc (para eso) en la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y que un servidor quedara al frente. 

Menciono estos detalles por lo siguiente: 

- Antes que nada, se trata del único caso que conozco que a nivel de Conferencia Episcopal, la pastoral relacionada con el problema de las sectas cuenta con un organismo específico, mientras normalmente esta pastoral está abocada al organismo dedicado al ecumenismo, con todas las dificultades que este hecho lleva consigo, al quererse dar el mismo tratamiento al protestantismo histórico y las sectas, que se encuentran en actitudes muy diferentes: ecumenismo para el protestantismo histórico y proselitismo para las sectas, aunque en nuestro ambiente la diferencia no es siempre tan marcada.- En segundo lugar, porque este hecho enseña que también desde la base se pueden lograr ciertos cambios dentro de la Iglesia y que, por lo tanto, no hay que esperarlo todo desde arriba.

Rápida difusión 

Tratándose de un problema real y no de algo inventado por una cabeza calenturienta, pronto la chispa prendió en casi todas las diócesis de México y en unas treinta diócesis de Estados Unidos con una considerable presencia de latinoamericanos, especialmente mexicanos, que son los católicos más atacados por las sectas. En 1991 se empezó a trabajar en Italia, en 1993 en Centro América y a fines de 1994 en Sudamérica. En breve pensamos llegar a todos los países de América y del Caribe.

La manera de proceder es la siguiente: primero llega un servidor para tomar contacto con la jerarquía local, imprimir algún folleto y preparar el terreno para la llegada de un equipo de México. Al llegar este, empieza la labor propiamente dicha, como se señala en el Plan Despertar (Véase el folleto: Apologética y Ecumenismo, dos caras de la misma medalla; pág. 27). 

Reacciones

Por lo general, los obispos se manifiestan muy conscientes acerca de la problemática creada por la presencia de las sectas y abiertos para una acción específica al respecto, aunque en la práctica su apoyo se limita a dar la aprobación y sugerir ciertas iniciativas. 

A nivel de presbíteros, son minorías los que piensan en la necesidad de una acción específica para hacer frente al problema de las sectas; la mayoría cree que basta una evangelización genérica para resolver el problema, trabajando como si las sectas no existieran. 

Las religiosas normalmente se limitan a quejarse de la presencia de las sectas, pero muy pocas sienten la necesidad de prepararse y hacer algo para ayudar a resolver el problema, y casi siempre a nivel personal y no de institución.

En realidad, su preocupación primordial consiste en atender las obras que ya tienen a su cargo y que generalmente son de tipo asistencial o educativo. Las que se dedican a la catequesis de todos modos se sienten ya sobrecargadas de trabajo y no quieren más responsabilidad. 

Los que de veras sienten en carne propia el problema y quieren hacer algo para resolverlo, son los laicos comprometidos y los seminaristas. Su mismo contacto con la gente con motivo de apostolado les exige más preparación al respecto. Por lo tanto, son los más abiertos para una capacitación específica acerca del fenómeno de las sectas. Existen seminarios en los cuales ya se implantaron cursos especiales sobre ecumenismo y sectas.
Es aquí donde existen las mejores esperanzas para el futuro: seminaristas, laicos comprometidos y el pueblo en general. 

Economía

Es el punctum dolens (punto que duele) de todo el asunto. Nadie quiere invertir en esto. A nivel de jerarquía solamente el arzobispo de Tegucigalpa, Honduras, presidente del CELAM, Mons. Oscar Andrés Rodríguez, de inmediato puso a disposición del Movimiento Eclesial «Apóstoles de la Palabra» una casa de la diócesis como base para trabajar en el asunto de las sectas. Los demás, puras bendiciones. Así que, hay dinero para templos, escuelas, clínicas, huérfanos... pero no hay nada para preparar gente, que se dedique a poner un dique contra el avance de las sectas. 

Y sin embargo, seguimos adelante. ¿Dónde está el secreto del éxito? En el autofinanciamiento. Pocos gastos, limitados a los pasajes y la edición del material. Con la poca ganancia que se logra y las limosnas que recibimos por los servicios que se logra y las limosnas que recibimos por los servicios que prestamos a las comunidades, avanzamos a otro país para implantar el sistema. Para hospedaje, sustento y salud provee la gente con la que se está trabando. En el fondo, es suficiente un cuarto en una casa parroquial, un colegio o casa particular. 

Donde es posible, se hace el esfuerzo por contar con una sede propia, especialmente donde se maneja bastante material. Fuera de México, tenemos una sede propia solamente en la Ciudad de Guatemala, conseguida por la cooperación de todos los Apóstoles de la Palabra del Movimiento, y en Tegucigalpa (Honduras), prestada por el arzobispo, como se ha dicho anteriormente. 

Material didáctico 

Ya contamos con algo en folletos, libros, cassettes, videocasetes, programas de radio, etc. Se trata de un material práctico y sencillo, fruto de la experiencia más que de grandes investigaciones. Hay que ir adaptándolo y aumentándolo, según los lugares y las necesidades. 

Aparte, y donde es posible, aprovechamos todas las oportunidades que se nos brindan para entrevistas y programas de radio o televisión. A veces grabamos programas (un servidor con los Apóstoles de la Palabra del lugar), que después son pasados al aire. No faltan organizaciones (por ejemplo, Lumen 2000, Prosan, El Minuto de dios, Hombre Nuevo, etc.), que nos invitan a grabar programas que después reparten a distintas estaciones. 
Por lo general, nuestras intervenciones en los medio de difusión masiva tienen buena acogida y alcanzan un alto índice de audiencia por el mismo interés que suscita el problema. 

A veces los seguidores de las sectas intervienen en los programas con preguntas hechas en forma agresiva. Al escuchar la respuesta quedan cuestionados y pronto dejan de molestar. 

Naturalmente, se trata de unas cuantas gotas de agua en un inmenso océano. ¿Qué será si algún día podremos contar con más apoyo en este sector y con más gente preparada en el tema de las sectas y en el uso de los medio de comunicación masiva? Sin duda, será otro cantar para las sectas, que actualmente dominan el campo de la comunicación masiva. 

Convicción y constancia 

Lo que estamos haciendo para enfrentar directamente el problema de las sectas, sin duda es muy poco con relación a las necesidades del pueblo católico, que se siente acosado por todas partes por su acción proselitista y demoledora. Sin embargo, estamos satisfechos por el camino que hemos recorrido en tan poco tiempo. Si al principio hubiera podido existir alguna duda acerca de la conveniencia o eficacia de una acción específica de parte de la Iglesia con relación al problema de las sectas, ahora la experiencia ha demostrado que nos encontramos en el camino correcto, por donde tenemos que seguir, pase lo que pase. 

Así que, bien vengan las burlas y los sarcasmos acerca de nuestra labor («¿De qué secta son ustedes?»; «¿De qué secta nos van hablar hoy?», «¿Cuál es la secta mejor?», etc.). Sepan que nos tienen sin cuidado. Sabemos perfectamente lo que estamos haciendo y hacia donde vamos. 

Nos gusta soñar, pero con los pies bien puestos sobre la tierra. Día tras día, un paso tras otro, lograremos crear conciencia, despertar interés e inventar nuevos métodos para enfrentar al coloso que avanza siempre más y pretende arrasar con todo. Será la hazaña de David contra Goliat. En eso estamos y nadie nos va a detener. No hemos nacido hoy. Ya tenemos recorrido un buen trecho. Así que, sabemos lo que pretendemos y lo vamos a lograr. 

Ni con las sectas,  ni contra las sectas 

A veces me preguntan: “Usted, ¿trabaja con las sectas o en contra de las sectas?” Respuesta: “Ni con las sectas ni en contra de las sectas”. 

En realidad, lo que pretendo es ayudar al católico a tener ideas claras acerca de su identidad (miembro de la Iglesia fundada por Cristo) y a no dejarse confundir por las mañas y artimañas de las sectas (animales puros e impuros, inminente fin del mundo, milagros a cada rato, etc.). 

Con esta conciencia clara acerca de su identidad y la preparación necesaria para descubrir los engaños de las sectas, el católico no se deje perturbar por su acción proselitista; al contrario siente celo por ayudar a otros hermanos a permanecer firmes en la fe auténtica que nos viene desde Cristo y los apóstoles. 

Si no se aclara todo esto por un malentendido ecumenismo, entonces se deja al católico en la incertidumbre y la duda, fácil presa de cualquier ideología religiosa, que no tiene nada que ver con el evangelio auténtico. 
¡Lástima que «no todos entienden esto» y muchos católicos “ingenuos” se vuelven en «quintas columnas» al interior de la misma Iglesia en favor de las sectas! 

No estamos solos 

Con eso no queremos decir que somos los únicos en trabajar en el campo de las sectas. De hecho, por todos lados están surgiendo múltiples iniciativas al respecto. Lo que nos distingue es contar con toda una organización ad hoc (para eso), con personal capacitado, métodos propios y metas bien precisas. No se trata solamente de lanzar una que otra iniciativa y a ver qué pasa. 

De todos modos, bienvenidos sean todos los que quieran trabajar en esta línea. Ojalá que algún día podamos lograr algún tipo de encuentro entre todos para intercambiar experiencias y afinar objetivos. Por desgracia, los múltiples intentos hechos en el pasado han naufragado miseramente. Que por fin podamos concretar algo al respecto. 

Centros de investigación y documentación 

Por el momento, veo que se hace extremadamente urgente ir organizando por todos lados centros de investigación y documentación acerca del fenómeno de las sectas; y más en general, acerca del fenómeno de la religiosidad alternativa, para ayudar a las comunidades católicas y especialmente a los agentes de pastoral a ser más sensibles frente a este «signo de los tiempos». 

Hoy en día, ya no basta hablar de ecumenismo. El fenómeno del pluralismo religioso y cultural se está haciendo siempre más un hecho universal e irreversible, que poco a poco va a alcanzar a todos los grupos humanos en todas las latitudes. Por lo tanto, es una utopía antihistórica seguir soñando en una sociedad completamente católica con símbolos, valores e ideales aceptados por todos. 

Los discípulos de Cristo poco a poco tenemos que ir acostumbrándonos a vivir nuestra fe en una situación de diáspora, siempre alerta para no dejarnos seducir por los encantos de las sirenas en turno y siempre dispuestos a compartir los valores auténticos, vengan de donde vengan.
 
En esta perspectiva se ve indispensable el surgimiento en la Iglesia de un ministerio nuevo, que se aboque al fenómeno de la religiosidad alternativa con miras, entre otras cosas, a una consejería espiritual oportuna, que ayude a superar las inevitables crisis de una sociedad cultural y religiosamente pluralista. 

Así que, cuando hablamos de apologética, nos estamos refiriendo a una actividad mucho más amplia, compleja, necesaria y urgente de lo que nos podemos imaginar. 

V- Diversos Temas: 20. Homilía en la misa de clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia

Autor: Cardenal Jorge Mario Bergoglio  Fuente: Agencia Informativa Católica Argentina aica.org 

El magisterio del Papa Francisco está claramente expuesto en las numerosas homilías, cartas pastorales y otros documentos del cardenal Jorge Mario Bergoglio.Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, en la misa de clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia (Rosario, 8 de mayo de 2011)

"Entonces, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: “Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. 

Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él. En efecto, refiriéndose a él dijo David: 

Veía sin cesar al Señor delante de mí, 
porque él está a mi derecha 
para que yo no vacile. 
Por eso se alegra mi corazón 
y mi lengua canta llena de gozo. 
También mi cuerpo descansará en la esperanza, 
porque tú no entregarás mi alma al Abismo, 
ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción. 
Tú me has hecho conocer 
Los caminos de la vida 
y me llenarás de gozo en tu presencia.


Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono. Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen. (Hech. 2:14, 22-33) 

Y ya que ustedes llaman Padre a aquel que, sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras están de paso en este mundo. Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes, Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios. (Pedro 1: 17-21) 


Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: “¿Que comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!” “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quién librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”. 

Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, como les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. 

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. El entró y se quedó con ellos. 

Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. 

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lc. 24: 13-35)
"

1. Las lecturas que la Iglesia nos propone este domingo, marcadamente pascuales, proclaman la realidad contundente de nuestra fe: Cristo está vivo; él se hizo hombre, dio su vida por nuestra salvación, en sus llagas fuimos curados, murió, fue sepultado y resucitó al tercer día. En este clima pascual concluye el Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia, la cual no es un simple código de mandatos y conductas o una postura partidista sino la consecuencia, en la vida social, del anuncio de este hecho de salvación. 

Se trata de un diálogo entre Cristo Resucitado y nuestro mundo. Miramos al Señor en el Evangelio y nos preguntamos: ¿Qué esperaba Jesús de cada persona que venía a su encuentro? Ciertamente su fe, esa fe capaz de confiar, de esperarlo todo de Él y de expresarse en gestos de caridad. 

Y si miramos a nuestro mundo actual y nos preguntamos ¿en qué actitud espiritual ha venido a desembocar esta civilización? la palabra que se escucha, resonando, detrás de todas las otras, ¿no es acaso “desencanto”? [1] 

Diálogo entre Cristo salvador y sus propuestas de justicia y amor, con un mundo desencantado. 

2. Los síntomas del desencanto son variados pero quizás el más claro sea el de los “encantamientos a medida”: el encantamiento de la técnica que promete siempre cosas mejores, el encantamiento de una economía que ofrece posibilidades casi ilimitadas en todos los aspectos de la vida a los que logran estar incluidos en el sistema, el encantamiento de las propuestas religiosas menores, a medida de cada necesidad [2]. El desencanto tiene una dimensión escatológica. Ataca indirectamente, poniendo entre paréntesis toda actitud definitiva y, en su lugar, propone esos pequeños encantamientos que hacen de “islas” o de “tregua” frente a la falta de esperanza ante la marcha del mundo en general.

De ahí que la única actitud humana para romper encantamientos y desencantos es situarnos ante las cosas últimas y preguntarnos: en esperanza ¿vamos de bien en mejor subiendo o de mal en peor bajando? Y surge entonces la duda. ¿Podemos responder? ¿Tenemos, como cristianos, la palabra y los gestos que marquen el rumbo de la esperanza para nuestro mundo? ¿O, como los discípulos de Emaús y los que quedaron en el cenáculo, somos los primeros que necesitamos ayuda? 

Necesitamos de una buena dosis de humildad para responder a estos planteos. Y, con esta humildad, volver al Evangelio con la sed de un odre nuevo. El desencanto del mundo moderno –que en esa tercera parte de la humanidad que vive y muere en la miseria más espantosa no es sólo desencanto sino desesperación, en algunos rabiosa, en otros resignada- nos recuerda esos dos pasajes del Evangelio que hablan de la direccionalidad [3] hacia la que se orienta la vida: la de los discípulos que se alejaban (bajaban) de Jerusalén hacia Emaús y la del hombre asaltado por los ladrones que bajaba de Jerusalén a Jericó. 

3. Las dos situaciones son similares. Tanto en el dolor del hombre herido que yace semiconsciente sin posibilidad de salvarse dando la impresión de que no se puede hacer nada efectivo por él, como en el desencanto auto-consciente y lleno de razones de Cleofás, late la misma falta de esperanza. Y eso es precisamente lo que conmueve las entrañas misericordiosas de Jesús, que emprende el camino descendente que llevan ellos y se abaja, se hace compañero y se oculta lleno de ternura en esos pequeños gestos, gestos de projimidad, donde toda la palabra está hecha carne: carne que se acerca y abraza, manos que tocan y vendan, que ungen con aceite y restañan con vino las heridas… carne que se acerca y acompaña, que escucha… manos que parten el pan. 

La cercanía del Señor resucitado que camina –desconocido- con los pequeños del pueblo, que suscita en tantos corazones la compasión del buen Samaritano, es lo único que puede lograr encender en muchos corazones el fuego de la primera caridad, para volver a la sociedad con el entusiasmo final de los discípulos de Emaús y salir a proclamar la alegría del Evangelio.

Se trata del encuentro con Jesucristo vivo; pero tenemos que redescubrir su modo de acercarse para curar al herido, para desbaratar desencantos, para ofrecer la alegría de la dignidad humana salvada. Allí encontraremos respuesta a la pregunta que repetidamente nos hacemos: ¿cómo podemos favorecer que se manifieste y se proteja, cada vez más, esa dignidad humana tantas veces pisoteada, explotada, disminuida, esclavizada? 

4. La categoría clave es la de “projimidad”. Y la projimidad es de ida y vuelta. El Señor que se nos aproxima cuando estamos mal y nos carga sobre sí hasta la posada es el mismo que, luego en Emaús, hace ademán de seguir de largo.

Tantas veces nos ha socorrido y nuestros ojos no lo han reconocido porque no tuvimos tiempo de invitarlo a quedarse con nosotros, a compartir el pan. Y la promesa de volver a pagarnos “lo que hayamos gastado de más” sólo vale para los que hayan recibido y cuidado a sus heridos. A los otros les dirá “no los conozco” y ese temible “aléjense de mí” que es la esclerotización definitiva de la anti-projimidad. 

La “projimidad” es el ámbito necesario para que pueda anunciarse la Palabra, la justicia, el amor, de modo tal que encuentre una respuesta de fe. Encuentro, conversión, comunión, y solidaridad son categorías que explicitan la “projimidad” como criterio evangélico concreto que se opone a las pautas de una ética abstracta o meramente espiritual. “La projimidad” es tan perfecta entre el Padre y el Hijo que de ella procede el Espíritu. 

Es al Espíritu a quien pedimos despierte en nosotros esa particular sensibilidad que nos hace descubrir a Jesús en la carne de nuestros hermanos más pobres, más necesitados, más injustamente tratados porque, cuando nos aproximamos a la carne sufriente de Cristo, cuando nos hacemos cargo de ella, recién entonces puede brillar en nuestros corazones la esperanza, esa esperanza que nuestro mundo desencantado nos pide a los cristianos. 

5. No queremos ser esa Iglesia temerosa que está encerrada en el cenáculo, queremos ser la Iglesia solidaria que se anima a bajar de Jerusalén a Jericó, sin dar rodeos; la Iglesia que se anima a acercarse a los más pobres, a curarlos y a recibirlos. No queremos ser esa Iglesia desilusionada, que abandona la unidad de los apóstoles y se vuelve a su Emaús, queremos ser la Iglesia convertida que, después de recibir y reconocer a Jesús como compañero de camino de cada uno, emprende el retorno al cenáculo, vuelve llena de alegría a la cercanía con Pedro, acepta integrar con los otros la propia experiencia de projimidad y persevera en la comunión. 

6. Podemos decir que la medida de la esperanza está proporcionalmente relacionada con el grado de projimidad que se da entre nosotros. En una Argentina abierta, en la que conviven mejor que en otros sitios hombres de tantas razas y credos, el terreno está bien dispuesto para que crezca esa projimidad en todo su esplendor y calidad. 

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires 
Rosario, 8 de mayo de 2011. 

NOTAS

[1] En lo económico puede verse una cierta “resignación” ante lo que parecen ser consecuencias inevitables de una economía globalizada para lo cual no hay alternativas. Este pensamiento económico influye en la política, haciendo que la participación en ella pierda connotaciones éticas y todo pase por un fatalista estar incluido o excluido del sistema. También en la Iglesia aparece mucho la palabra desencanto cuando se habla por ej: de lo que se esperaba “del concilio” o, en América Latina. “lo que se esperaba” de los cambios sociales. La pérdida del sentido general de la vida y la resignación ante lo dado se traducen en este desencanto, que, visto evangélicamente, nos recuerda al de los discípulos de Emaús. Ese “nosotros esperábamos… pero… ya van tres días…” bien podría ser la expresión de lo que siente el corazón de muchos hombres que se van alejando de una Iglesia desolada 
[2] Lo que llamamos mundo occidental, que se configuró en diálogo con el cristianismo, en la misma medida en que se globaliza en economía y tecnología, contagia su desencanto.

Las religiones antiguas no resisten el avance de la modernidad y se encierran en fundamentalismos o en fugas hacia lo esotérico (interior), pero no tienen respuesta global a los problemas de la humanidad. Es aquí donde la Iglesia no debe confundir su papel. Aunque se ha mostrado capaz de responder con cierta gallardía los embates del pensamiento moderno y contemporáneo – volverse a los pobres sin caer en el marxismo, incorporar la tecnología sin caer en el funcionalismo…- corre el riesgo de perder el sentido de su misión propia. 
[3] Cfr. Lc. 24: 13-35 y Lc. 10: 29-37

V- Diversos Temas: 18. El pensamiento de Joseph Card. Ratzinger acerca de las sectas

Fuente: VEmultimedios  

Lo que ha dicho el Card. Ratzinger acerca de cristianos y musulmanes, oración, New Age, sectas, clonación y otros temas de actualidad.

New Age 

·«La reedición de religiones y cultos precristianos, que hoy se intenta con frecuencia, tiene muchas explicaciones. Si no existe la verdad común, vigente precisamente porque es verdadera, el cristianismo es sólo algo importado de fuera, un imperialismo espiritual que se debe sacudir con no menos fuerza que el político. Si en los sacramentos no tiene lugar el contacto con el Dios vivo de todos los hombres, entonces son rituales vacíos que no nos dicen nada ni nos dan nada; que, a lo sumo, nos permiten percibir lo numinoso, que reina en todas las religiones. Aún entonces, parece más sensato buscar lo originalmente propio, en lugar de dejarse imponer algo ajeno y anticuado. Pero, ante todo, si la ‘sobria ebriedad’ del misterio cristiano no puede embriagarnos de Dios, entonces hay que invocar la embriaguez real de éxtasis eficaces, cuya pasión arrebata y nos convierte -al menos por un instante- en dioses, y nos deja percibir por un momento el placer de lo infinito y olvidar la miseria de lo finito. Cuanto más manifiesta sea la inutilidad de los absolutismos políticos, tanto más fuerte será la atracción del irracionalismo, la renuncia a la realidad de lo cotidiano». 
Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996. 



Clonación 


· «El hombre es capaz de producir en laboratorio otro hombre que por tanto no es ya don de Dios o de la naturaleza. Se puede fabricar y, lo mismo que se fabrica, se puede destruir». Si este es el poder del hombre, entonces «se está convirtiendo en una amenaza más peligrosa que las armas de destrucción masiva». 
Debate en el Centro de Orientación Política de Roma. Octubre 2004. 

Cristianos y Musulmanes: 


· «Se ha dicho que la Constitución europea no podía hablar de las raíces judeocristianas para no ofender al Islam. Pero lo que ofende al Islam es el desprecio de Dios, la arrogancia de la razón que provoca el fundamentalismo». 
Debate en el Centro de Orientación Política de Roma. Octubre 2004. 

Laicismo y Razón: 


· «El laicismo es una ideología parcial, que no puede responder a los desafíos decisivos para el hombre. Baste pensar en los daños producidos por el comunismo o por el desarraigo del tejido moral de los antepasados en los pueblos africanos, víctimas de la guerra y del SIDA». 
· «La razón no es enemiga de la fe, al contrario. El problema es cuando hay desprecio de Dios y de lo sacro». 
Debate en el Centro de Orientación Política de Roma. Octubre 2004. 

Marxismo 


· «La doctrina de salvación marxista, en definitiva, había nacido en sus numerosas versiones articuladas de diferentes maneras, como una visión única y científica del mundo, acompañada por una motivación ética y capaz de acompañar a la humanidad en el futuro. Así se explica su difícil adiós, incluso después del trauma de 1989». 
· «Basta pensar en lo discreta que ha sido la discusión sobre los horrores de los "gulags" comunistas, y en lo poco que se ha escuchado la voz de Alexander Solzjenitsin: de todo esto no se habla». 
· «El silencio ha sido impuesto por una especie de pudor. Incluso se menciona sólo de vez en cuando al sanguinario régimen de Pol Pot, de pasada. Pero ha quedado el desengaño, junto a una profunda confusión. Ya nadie cree hoy en las grandes promesas morales». 
· «El marxismo se había concebido en estos términos: una corriente que auspiciaba justicia para todos, la llegada de la paz, la abolición de las injustificadas relaciones de predominio del hombre sobre el hombre, etc.», afirmó. 
· «Para alcanzar estos nobles objetivos se pensó en que había que renunciar a los principios éticos y que se podía utilizar el terror como instrumento del bien. En el momento en el que todos pudieron ver, aunque sólo fuera en su superficie, las ruinas provocadas en la humanidad por esta idea, la gente prefirió refugiarse en la vida pragmática y profesar públicamente el desprecio por la ética».
Extracto de «Introducción al cristianismo». Este libro presenta algunas de las clases que ofreció cuando era profesor de Teología en Tubinga (Alemania) en 1967. 

Control poblacional


· «Hay un miedo a la maternidad que se apodera de una gran parte de nuestros contemporáneos. En este miedo a la maternidad hay algo profundo: el otro se convierte en la competencia que quita una parte de mi vida, una amenaza para mi ser y para mi libre desarrollo. Hoy no hay una filosofía del amor sino sólo una filosofía del egoísmo». 
· «Se rechaza como visión idealista la posibilidad de poderme enriquecer simplemente en la entrega, de reencontrarme a partir del otro y a través de mi ser para el otro. Justamente aquí se engaña al hombre. Se le desaconseja amar. En definitiva, se le desaconseja ser hombre». 
Diario Avvennire. Septiembre 2000 

Oración 


· «Pensamos que la oración es algo intimista. Ya no creemos tanto, según me parece, en el efecto real, histórico de la oración». 
· «En cambio debemos convencernos y aprender que este compromiso espiritual, que une el cielo y la tierra, tiene una fuerza interior. Y un medio para llegar a la afirmación de la justicia es comprometerse a orar, porque de esta manera se transforma en una educación mía y del otro para la justicia. Debemos, en resumen, reaprender el sentido social de la oración». 
Belluno, Italia. Octubre 2004 

Relativismo 


«El relativismo se ha convertido en el problema central de la fe en la hora actual. Sin duda, ya no se presenta tan sólo con su vestido de resignación ante la inmensidad de la verdad, sino también como una posición definida positivamente por los conceptos de tolerancia, conocimiento dialógico y libertad, conceptos que quedarían limitados si se afirmara la existencia de una verdad válida para todos. A su vez, el relativismo aparece como fundamentación filosófica de la democracia. Ésta, en efecto, se edificaría sobre la base de que nadie puede tener la pretensión de conocer la vía verdadera, y se nutriría del hecho de que todos los caminos se reconocen mutuamente como fragmentos del esfuerzo hacia lo mejor; por eso, buscan en diálogo algo común y compiten también sobre conocimientos que no pueden hacerse compatibles en una forma común. Un sistema de libertad debería ser, en esencia, un sistema de posiciones que se relacionan entre sí como relativas, dependientes, además, de situaciones históricas abiertas a nuevos desarrollos. Una sociedad liberal sería, pues, una sociedad relativista; sólo con esta condición podría permanecer libre y abierta al futuro». 
Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996.) 


Liturgia 


· «Las diversas fases de la reforma litúrgica han dejado que se introduzca la opinión de que la liturgia puede cambiarse arbitrariamente. De haber algo invariable, en todo caso se trataría de las palabras de la consagración; todo lo demás se podría cambiar. El siguiente pensamiento es lógico: si una autoridad central puede hacer esto, ¿por qué no también una instancia local? Y si lo pueden hacer las instancias locales, ¿por qué no en realidad la comunidad misma? Ésta se debería poder expresar y encontrar en la liturgia. Tras la tendencia racionalista y puritana de los años setenta e incluso de los ochenta, hoy se siente el cansancio de la pura liturgia hablada y se desea una liturgia vivencial que no tarda en acercarse a las tendencias del New Age: se busca lo embriagador y extático, y no la «logikè latreia», la «rationabilis oblatio» de que habla Pablo y con él la liturgia romana (Rom 12,1).
Admito que exagero; lo que digo no describe la situación normal de nuestras comunidades. Pero las tendencias están ahí. Y por eso se nos ha pedido estar en vela, para que no se nos introduzca subrepticiamente un Evangelio distinto del que nos ha entregado el Señor -la piedra en lugar del pan». 
Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996. 

Teología de la Liberación


· «Nos encontramos, en resumidas cuentas, en una situación singular: la teología de la liberación había intentado dar al cristianismo, cansado de los dogmas, una nueva praxis mediante la cual finalmente tendría lugar la redención. Pero esa praxis ha dejado tras de sí ruina en lugar de libertad. Queda el relativismo y el intento de conformarnos con él. Pero lo que así se nos ofrece es tan vacío que las teorías relativistas buscan ayuda en la teología de la liberación, para, desde ella, poder ser llevadas a la práctica». 
Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996. 
· «No se puede tampoco localizar el mal principal y únicamente en las ‘estructuras’ económicas, sociales o políticas malas, como si todos los otros males se derivasen, como de su causa, de estas estructuras, de suerte que la creación de un ‘hombre nuevo’ dependiera de la instauración de estructuras económicas y sociopolíticas diferentes. Ciertamente hay estructuras inicuas y generadoras de iniquidades, que es preciso tener la valentía de cambiar. Frutos de la acción del hombre, las estructuras, buenas o malas, son consecuencias antes de ser causas. La raíz del mal reside, pues, en las personas libres y responsables, que deben ser convertidas por la gracia de Jesucristo, para vivir y actuar como criaturas nuevas, en el amor al prójimo, la búsqueda eficaz de la justicia, del dominio de sí y del ejercicio de las virtudes». 
· «Cuando se pone como primer imperativo la revolución radical de las relaciones sociales y se cuestiona, a partir de aquí, la búsqueda de la perfección personal, se entra en el camino de la negación del sentido de la persona y de su trascendencia, y se arruina la ética y su fundamento que es el carácter absoluto de la distinción entre el bien y el mal. Por otra parte, siendo la caridad el principio de la auténtica perfección, esta última no puede concebirse sin apertura a los otros y sin espíritu de servicio». 
· «Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista. Esta contiene pues errores que amenazan directamente las verdades de la fe sobre el destino eterno de las personas. Aún más, querer integrar en la teología un ‘análisis’ cuyos criterios de interpretación dependen de esta concepción atea, es encerrarse en ruinosas contradicciones. El desconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona conduce a subordinarla totalmente a la colectividad y, por tanto, a negar los principios de una vida social y política conforme con la dignidad humana». 
«Esta concepción totalizante impone su lógica y arrastra las ‘teologías de la liberación’ a aceptar un conjunto de posiciones incompatibles con la visión cristiana del hombre. En efecto, el núcleo ideológico, tomado del marxismo , al cual hace referencia, ejerce la función de un principio determinante. Esta función se le ha dado en virtud de la calificación de científico, es decir, de necesariamente verdadero, que se le ha atribuido». 
· «Las «teologías de la liberación», que tienen el mérito de haber valorado los grandes textos de los Profetas y del Evangelio sobre la defensa de los pobres, conducen a un amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx . Por ello el sentido cristiano del pobre se pervierte y el combate por los derechos de los pobres se transforma en combate de clase en la perspectiva ideológica de la lucha de clases. La Iglesia de los pobres significa así una Iglesia de clase, que ha tomado conciencia de las necesidades de la lucha revolucionaria como etapa hacia la liberación y que celebra esta liberación en su liturgia». 
Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación LIBERTATIS NUNTIUS. Agosto de 1984.

Políticos abortistas y Eucaristía 


· «No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia». 
· «Respecto del grave pecado del aborto o la eutanasia, cuando la cooperación formal de una persona es manifiesta (entendida, en el caso de un político católico, como hacer campaña y votar sistemáticamente por leyes permisivas de aborto y eutanasia), su párroco debería reunirse con él, instruirlo respecto de las enseñanzas de la Iglesia, informándole que no debe presentarse a la Sagrada Comunión hasta que termine con la situación objetiva de pecado, y advirtiéndole que de otra manera se le negará la Eucaristía».
Carta a los Obispos de EEUU. Julio de 2004. 

Matrimonio y uniones homosexuales 


· «No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural».
Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales. Junio de 2003. 

V- Diversos Temas: 17. Del Triunfalismo al Complejo de Culpa y Derrotismo

Autor: P. Flaviano Amatulli Valente 

El conocimiento de la propia identidad como católicos es siempre útil, sea para vivir mejor la propia fe, sea para dialogar y sea para defenderla de los que quieren atacar..

De un exceso a otro

¿Quién no recuerda a aquella afirmación tan incisiva y lapidaria: «Fuera de la Iglesia, no hay salvación»? Claro que tenía su sentido profundo que habría que explicar. Se refería al aspecto objetivo de la salvación, que pasa por la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. Por lo tanto, si alguien conscientemente rechazaba la Iglesia, se ponía al margen de la salvación. Sin embargo, dejada así la frase, sin ninguna explicación, parecería un gesto de repudio hacia cualquier otro camino de salvación y se volvía en la máxima expresión del triunfalismo católico.

De allí se pasó al lado opuesto. Se brincó de la Iglesia al Reino de Dios, se dio énfasis al concepto de «semillas del Verbo», presentes en cualquier cultura, y se relativizaron todos los caminos de salvación, haciendo de la Iglesia Católica un camino cualquiera en el conjunto de las grandes religiones y de las expresiones del mismo cristianismo. Al mismo tiempo y de una forma consciente, se vanificó el concepto de misión, vista como injerencia indebida y perturbadora de parte de la Iglesia en el camino que cada pueblo y cada cultura está recorriendo hacia Dios. 

Según mi opinión, aquí esta una clave muy importante para interpretar la historia de la Iglesia en los últimos decenios, con el derrumbe del espíritu misionero y la pérdida de las defensas frente a las nuevas propuestas religiosas interpretadas siempre en un sentido positivo al interior de la misma Iglesia. 


Los malos de la película 

Y no faltaron los sofismas para justificarlo todo. Se dijo: «Si los católicos se salen de la Iglesia y se van con otros grupos religiosos, es porque allá encuentran algo mejor, como pasa cuando alguien deja de frecuentar un restaurant para ir a otro. Lo hace porque el otro restaurant le ofrece algo mejor». 

Así que, «los demás ofrecen algo mejor»; «nosotros somos los malos de la película, ellos son los buenos». No se hizo ningún intento por buscar otras explicaciones al inquietante fenómeno del crecimiento sectario. No se alcanzó que detrás de una pantalla de bondad, había un proselitismo tenaz, feroz y sin escrúpulo, utilizando métodos ilícitos y hasta inmorales. Se llegó a crear la impresión de que lo que hacían las sectas era puro fervor religioso y espíritu misionero. Claro que, si algún católico hacía lo mismo, de inmediato era tachado de ser fanático y representar un peligro para la paz pública.

Examinando la historia, los católicos eran presentados como los verdugos y los demás como víctimas. Por lo tanto, era lógico pedirles perdón. Nunca sospecharon esos señores la posibilidad de que también del otro lado puedo haber habido alguna culpa y que por lo tanto ellos (sus sucesores evidentemente) se decidieran a pedir perdón. 
Complejo de culpa, relativismo religioso, derrotismo, esfuerzo por justificarlo todo... derrumbe. Falsos profetas de ayer, hoy y siempre. 


Palabrería inútil 

Para muchos «expertos» en el problema de las sectas, casi todo se esfumó en una palabrería inútil: si era correcto hablar de sectas o era mejor hablar de nuevos movimientos religiosos libres; se estaba bien o era ofensivo hablar de sectas protestantes, puesto que el protestantismo era una cosa y las sectas otra, aunque tuvieran muchos elementos en común; si los grupos pentecostales podían llamarse sectas, puesto que su bautismo es válido y creen en la Trinidad; si no sería más conveniente utilizar la palabra, secta solamente para los grupos no cristianos, etc., etc. 

Conclusión: «Cuando hablamos de sectas, nos estamos refiriendo solamente a los grupos no cristianos o semicristianos, como son los testigos de Jehová, los mormones y los adventistas del séptimo día. No nos estamos refiriendo a los grupos pentecostales o evangélicos, que son iglesias y con los cuales tenemos un diálogo ecuménico». Y no se dieron cuenta de que los pentecostales representan el 70% de las sectas que están presentes en América latina, y que el «Plan Amanecer» para la conquista evangélica del mundo, está hecho precisamente por los «evangélicos». 

Así que, seamos más sinceros y realistas, mis queridos «expertos». Dejemos a un lado los sofismas y vayamos a la realidad. Pan al pan y vino al vino. Además, ¿qué me importa a mi, se encaja mejor un palabra que otra? Aquí el problema es: «¿Cómo ayudar al católico a permanecer firme en su fe, sin dejarse confundir por otras propuestas religiosas?» Lo que sobra, viene del demonio y no sirve más que para confundir las cosas. 


Crónica de una derrota anunciada

Cuando los obispos de México me pusieron al frente del Departamento de la Fe frente al Proselitismo Sectario (Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe), un «experto» en la materia me dijo: 

«Tu tarea será la de tener al día las estadísticas acerca del avance de las sectas»; en otras palabras, ser el cronista de la derrota católica.

«En aquel año los católicos éramos el tanto por ciento; después bajamos al tanto por ciento; ahora somos el tanto por ciento. De aquí a tantos años se calcula que seremos minoría. Así que, señores obispos vayan pensando qué hace con tantos templos que van a quedar desocupados». ¡Qué bonito papel para un «experto en sectas»!

Evidentemente, no le hice caso, me arremangue las mangas y me lancé a la ardua tarea de conscientizar al pueblo católico acerca del fenómeno sectario y la manera de hacerle frente. De hecho, donde se llegó a trabajar, las sectas se estancaron y empezó un flujo constante de ex católicos hacia la Iglesia. 

Que bueno que haya expertos en estadísticas y en investigaciones para profundizar los distintos fenómenos sociales. Pero, hacer consistir en esto nuestro papel con relación al avance de las sectas, es un absurdo. Es tratar al pueblo católico como tierra de nadie. Pleno liberalismo religioso. «Vengan, inviertan en el pueblo católico sus recursos materiales y espirituales. Verán que sus esfuerzos serán redituables. Ni modo. Nosotros no contamos con los recursos suficientes para atender a nuestro pueblo. Vengan ustedes que tienen más experiencia en la evangelización y más recursos económicos. El pueblo católico está a su disposición. En el fondo todo es lo mismo, ecumenismo». Por eso se llega a hablar de «maneras diferentes», «confesiones diferentes», como si se tratara de un simple problema de terminología y no de fidelidad a Cristo y a su Evangelio. A esos señores les digo: «En lugar de entregar el pueblo católico con tanta facilidad en las manos de estos falsos pastores, ¿por qué no hacen ustedes el esfuerzo por apacentarlo mejor tratando de ser más creativos? En lugar de pensar en la derrota, ¿por qué no hacen el intento de pensar en la victoria? ¿Acaso desconfían del poder de Dios para proteger a su Iglesia? ¿No será un problema de fe?» 

Me temo que aquí está realmente la raíz de todo el problema: la falta de fe. En este caso, ni las palabras ni los métodos ni las más profundas elucubraciones teológicas podrán resolver nada. La enfermedad es más grave de lo que parece. 


Actores, no simple espectadores 

No tenemos que abordar el problema de las sectas como simples espectadores, limitándonos a gritar, aplaudir o llorar. Tenemos que convencernos de que no se trata de una fatalidad, contra la cual no se puede hacer nada. Se trata simplemente de un momento difícil, en el cual se está luchando por adaptar al mundo de hoy el aparato ministerial de la Iglesia, propio de épocas pasadas y, por lo tanto, inadecuado para las circunstancias actuales. Pues bien, las sectas se están aprovechando de este momento de debilidad para atacarnos y sacar de la Iglesia a cuanta más gente sea posible.

Ahora bien, de parte nuestra, lo que tenemos que hacer es resistir a este embate, detener el avance las sectas, no perder terreno. Con el tiempo, seguramente la Iglesia se irá reestructurando, conjugando oportunamente la fidelidad al Evangelio y la respuesta a las exigencias del hombre de hoy. Se trata de fe y entrega, ideas claras y compromiso. La historia no empezó ni termina hoy. Tenemos dos mil años de experiencia. Hemos superado crisis más graves.

Las sectas, al no tener pasado, se lanzan a la conquista religiosa del mundo, dando a la gente lo que la gente les pide. Tantas sectas cuantos gustos hay. Si les va bien, siguen adelante. Si les va mal, se deshacen y vuelven a presentarse con otro membrete. En ellas hay de todo: fervor religioso y fanatismo; convicción y lavado de cerebro; sinceridad e hipocresía; amor y odio... no como algo accidental, inherente a la naturaleza humana, sino como sistema de vida y método de conquista, se trata esencialmente de un Evangelio manipulado, adaptado al bienestar personal y a los fines proselitistas. Así que, las sectas no son tan buenas como quieren darnos a entender sus integrantes o algunos simpatizantes católicos. ¡Ay de nosotros, si San Francisco de Asís o Santo Domingo de Guzmán se hubieran dejado llevar por las estadísticas, los porcentajes o las tasas de crecimiento de los enemigos de la fe católica, sin mover ni un dedo para cambiar el rumbo de los acontecimientos!

Al contrario, ellos creyeron en sí mismos, en su capacidad de «hacer historia», y se lanzaron. Y muchas cosas cambiaron. Esto es lo que pretendemos hacer nosotros ahora; no ser simples espectadores, echándole la culpa al destino, a los tiempos, a los gobiernos, a los Estados Unidos o a la jerarquía eclesiástica por lo que está pasando. Queremos, más bien, ser actores, intervenir, hablar, convencer, movilizar, ser antenas que reciben y transmiten señales, siempre listos para descubrir los «signos de los tiempo». Rechazamos, por lo tanto, la pasividad y el derrotismo. Nos oponemos a los falsos profetas, que dicen: «Seguridad y paz», cuando hay peligro y guerra. Estamos convencidos de que podemos y debemos cambiar el rumbo de los acontecimientos... influir en la historia. 


Sano realismo

Dejémonos de pretextos. Que quede bien claro: no estamos en contra del dialogo. El problema consiste en el hecho que no todos aceptan el diálogo. Entonces, ¿Qué hacer con relación a los que no aceptan el diálogo y siguen poniendo en peligro la fe de nuestros hermanos católicos? ¿No se puede hacer nada? Aquí está el problema. 

Si un ejército enemigo invade nuestras tierras, ¿qué tenemos que hacer? ¿es suficiente enviar embajadores, pidiendo la paz? ¿Y si no aceptan la paz y siguen avanzando? Decían los Romanos: «Si quieres la paz, prepárate para la guerra». Pues bien, si queremos que las sectas dejen de molestarnos, tenemos que preparar a los católicos de manera tal que puedan «resistir» a sus embates, bien conscientes de identidad, como miembros de aquella única Iglesia que fundo Cristo y que llegará hasta el fin del mundo.

Diálogo con los que aceptan dialogar, sean cristianos (ecumenismo) miembros de las grandes religiones (diálogo interreligioso) o no creyentes; defensa de la fe con relación a los que atacan, sean cristianos, seguidores de las grandes religiones o no creyentes. De todos modos, el conocimiento de la propia identidad como católicos es siempre útil, sea para vivir mejor la propia fe, sea para dialogar y sea para defenderla de los que quieren atacar. En realidad, la ignorancia nunca ha sido una buena consejera. 

Otro error ha sido el de la perspectiva: se vio el problema desde arriba, como si se tratara de un asunto que habría que resolver entre las distintas autoridades religiosas o los exponentes de los grandes movimientos culturales. No se dieron cuenta de que los tiempos cambiaron ya no estamos como el tiempo de la reforma, cuando las cosas se solucionaban desde arriba entre autoridades civiles y religiosas. Hoy las decisiones se toman en la calle y cada uno decide por su cuenta. Por lo tanto, hay que enfocar el problema desde la base y no desde el vértice. Hay que cambiar de perspectiva. Hoy cada católico tiene que estar preparado para «dar razón de su esperanza» (1Pe 3,15). 

Así que, seamos menos dogmáticos y más prácticos. Nos guste o no nos guste, es necesaria la defensa de la fe o apologética. Esta es como la ropa interior que nadie menciona, pero que todos necesitan. Dejémonos, por lo tanto, de falsos pudores y aprendamos a llamar las cosas por su nombre. En realidad, ¿qué es la apologética? Es el arte de defender la propia fe ante los ataques, vengan de donde venga. ¿Qué hay de malo en esto? ¿Nunca oyeron hablar de legítima defensa? Hace mal el que ataca, no el que se defiende. ¿O no? 

Por lo tanto, si los demás están en contra de la apologética se sienten tan seguros de su fe, ¿por qué no hacen algo para ayudar a los débiles en la fe? Y si se sienten tan abiertos hacia los de afuera, ¿por qué no lo son hacia los de adentro, que tienen necesidades y opiniones diferentes? 


Conclusión

Las sectas nos están invadiendo. ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados? Cuidado: si seguimos así, pronto nuestro continente, en lugar de ser el «continente de la esperanza», se podrá volver en el «continente de la pesadilla». Depende de nosotros luchar para que esto no suceda.

V- Diversos Temas: 16. Cambiar o Morir. La Iglesia ante el futuro

Autor: P. Flaviano Amatulli Valente, fmap | Fuente: www.padreamatulli.net

¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos? ¿Por cuáles caminos queremos llegar?¿cómo salir del bache en que nos encontramos?.

Cambiar o Morir. La Iglesia ante el futuro

Apóstoles de la Palabra
México, 2009.

http://www.padreamatulli.net

El Padre Amatulli describe como en América latina se pierde la fe, se habla sólo de ecumenismo y ya no de apologética, de derechos humanos y ya no de salvación, se celebran matrimonios y otros sacramentos sin preocuparse que quien los recibe sea catequizado. Obispos, sacerdotes, laicos son indiferentes, y este apóstol grita su desesperación porque se siente solo…

Y después de dedicar el primer y segundo capítulo al ver y juzgar esta realidad confrontada con la verdadera misión de la Iglesia Católica, dedica el tercer capítulo a la propuesta de soluciones, proyectos de catequesis y misiones de evangelización..

Es un libro para sacerdotes, religiosos y laicos con criterio, para que puedan ubicar correctamente y dentro del amor verdadero a la santa Iglesia, las expresiones “criticas”, sobre todo cuando habla de reformar la jerarquía. Un análisis que despierta el celo apostólico, que recuerda la verdadera vocación de servicio en función de la salvación de las almas.


Ofrecemos la presentación del libro y el índice de capítulos. Quien lo desee puede descargar el libro completo en formato pdf dando click al siguiente enlace.


Cambiar o Morir DESCARGA EL LIBRO AQUÍ 

Índice de contenidos:

Presentación 

¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos? ¿Por cuáles caminos queremos llegar? Son las preguntas que tenemos que plantearnos, si queremos parar la actual sangría que estamos sufriendo como Iglesia y salir del bache en que nos encontramos.


Claro, antes que nada tenemos que estar dispuestos a poner todas las cartas sobre la mesa, renunciando a todo tipo de privilegios y aceptando compartir la misión con todo el pueblo de Dios, conscientes de que estamos viviendo momentos excepcionales de nuestra historia y, por lo tanto,
necesitamos espíritu de audacia y creatividad apostólica para hacer frente a los retos que se nos presentan.

O nos seguiremos hundiendo. ¿Hasta dónde? Hasta que diga Dios, contestará alguien. No hasta que diga Dios —contesto yo—, sino hasta donde consientan nuestra flojera y pereza mental.

Pues bien, si compartes conmigo esta visión de la realidad que estamos viviendo, sigue adelante en la lectura de este folleto. De otra manera, te aconsejo que lo cierres de una vez y sigas con el programa televisivo de tu preferencia.

Tuxtepec, Oax.; a 5 de noviembre de 2008.

Primera Parte

Ver

Abandono Pastoral. Un modelo Eclesial agotado.
¿Dónde estamos? Al borde del colapso. Entre nosotros hay mucho malestar y desaliento.
Cada día hay más gente que abandona nuestras filas. ¿Por qué?

Segunda Parte

Juzgar

Vida Abundante. En Cristo y en Su Iglesia.

El Plan de Dios.
Para eso el Hijo de Dios se hizo hombre, nos liberó del pecado y fundó la Iglesia como germen e instrumento privilegiado para el establecimiento del Reino de Dios en este mundo y anticipo de la vida futura. Para eso estamos en este mundo: para vivir plenamente la vida
de Dios y prepararnos al encuentro definitivo con Él. Pues bien, desde esta perspectiva tenemos que mirar y juzgar toda la realidad, empezando por la realidad eclesial, para ver qué tan lejos estamos de vivir según este plan de Dios y porqué.

Tercera Parte

Actuar

Atención Personalizada. Hacia un nuevo modelo de Iglesia.

¿Cómo lograr que todos los hombres y las mujeres del mundo puedan participar del banquete que Dios ha preparado para la humanidad, empezando por los que ya forman parte de su Pueblo? Una vez establecido adónde queremos llegar, nos urge definir los caminos a seguir (estrategias) para alcanzar la meta. O todo se queda en poesía pura o puros deseos.


Conclusión General

Concientizar a la Iglesia


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V- Diversos Temas: 15. ¿Reevangelización? Ni complejas doctrinas ni reformas sólo el escandaloso anuncio de Cristo

Autor: Vittorio Messori | Fuente: www.religionenlibertad.com

El apologeta católico propone volver a empezar desde el kérygma y defiende que hoy no puede haber anuncio de la fe sino se muestra racionalidad.

Para el escritor italiano, proveniente de las orillas del agnosticismo y anticlericalismo más radical, el núcleo de la Nueva Evangelización es claro: no se trata de "complejas doctrinas" ni de "reformas institucionales" sino del "sencillo y escandaloso" anuncio de que Cristo ha resucitado y del redescubrimiento entre los mismos cristianos del Credo antes que cualquier prédica moral o social.

Así lo ha manifestado Vittorio Messori en su intervención durante el Congreso de Nuevos Evangelizadores sostenido recientemente en el Vaticano y que contó con la presencia del Papa Benedicto XVI.

En su discurso "El credo, la verdad y la racionalidad. Aquel heraldo y el anuncio de los primeros cristianos", el pensador y apologeta católico enfatizó que la reevangelización de Occidente "no es más que esto: no complejas doctrinas, sino volver a empezar desde el kérygma, desde la base sobre la cual todo se sostiene. Volver a proclamar un sencillo y al mismo tiempo escandaloso: Jesùs estì kyrios, Jesús es el Señor". 

“siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza”. Con claridad y decisión, y al mismo tiempo, como nos dice el mismo Pedro, “con dulzura y respeto”.

El credo, la verdad y la racionalidad. Aquel heraldo y el anuncio de los primeros cristianos

15 octubre 2011

* Versión íntegra de la intervención de Vittorio Messori en el Congreso de Nuevos Evangelizadores (publicado en versión más reducida en el Corriere della Sera del 17/10/2011)

El tiempo que se nos ha dado es reducido. Mejor así, estamos llamados a imitar el laconismo, la voluntad de síntesis del Evangelio. Debemos volver a la conciencia de que aquello en lo que creemos, aquello de lo cual deriva todo lo demás, se encierra (así nos lo enseña San Pablo) en solo tres palabras: “Jesús ha resucitado”. De ahí la consecuencia: “Por tanto, Jesús es el Cristo anunciado por los profetas y esperado por Israel”. Es lo que los primeros cristianos llamaban el kérygma, es decir, el grito del heraldo que –por calles y plazas- anunciaba al pueblo las noticias más urgentes, aquellas que todos debían conocer.

Creo que la reevangelización de Occidente, que nos piden con sacrosanta insistencia Juan Pablo II y Benedicto XVI, no es más que esto: no complejas doctrinas, sino volver a empezar desde el kérygma, desde la base sobre la cual todo se sostiene. Volver a proclamar un sencillo y al mismo tiempo escandaloso: Jesùs estì kyrios, Jesús es el Señor. 

No todos, ciertamente, se detendrán a escucharnos. Y quien lo haga, se opondrá enseguida: “Hace veinte siglos que lo repetís. Pero, ¿qué razones nos ofrecéis? Somos hombres modernos, acostumbrados a la crítica: ¿por qué deberíamos creer que ese oscuro judío que terminó en una cruz hace dos mil años es el Señor, el Hijo de Dios? ¿Por qué Él y no tantos otros que anuncian otro Dios? Es más, traednos antes pruebas creíbles de que un Dios, sea el que sea, existe realmente”. Una réplica legítima. En el fondo, la misma con la que se encontró Pablo, cuando “se puso a anunciar a Jesús en medio del Areópago” y le pidieron las razones del escándalo y la locura que anunciaba. 

La relación entre la fe y la razón. La fe que va, ciertamente, más allá de la razón, pero que no la contradice. He aquí nuestro problema, he aquí el problema de siempre, pero del cual muchos, en la misma Iglesia, no parecen conscientes. Permítaseme pues acudir, por su valor, a mi propia experiencia. Quizá, en su pequeñez, pueda servir como ejemplo. Familia de anticlericales italianos, dieciocho años de estudios en Turín, todos ellos en escuelas laicas, donde reinaba un riguroso agnosticismo. A Dios ni se le afirmaba ni se le negaba, simplemente no era un problema del cual hubiera que ocuparse en clase. En la Universidad, en la Facultad de Ciencias Políticas, me convertí en el alumno predilecto de grandes maestros del laicismo italiano, con los cuales hice la tesis doctoral. Tampoco aquí campaba el ateísmo –considerado vulgar porque era una religión en sí mismo, aunque al contrario- pero dominaba una radical indiferencia: dado que la razón, el único instrumento del que disponemos, no está en condiciones de resolver el problema, ¿por qué perder tiempo y fuerzas en discutir si Dios existe o no, y en si debe ser adorado por una u otra religión?

Precisamente mientras redactaba mi tesis doctoral, sin que yo lo buscara o lo esperara, tuve un encuentro, que fue también un encontronazo, con el Misterio de aquel Cristo que hasta entonces había rechazado sin ni siquiera haberlo examinado, de tan inadmisible que me parecía. Fue una aventura espiritual, imprevista y sobrecogedora, de cuyas consecuencias todavía vivo, pero que solo desde hace poco me he decidido a contar en un libro. Yo no quería hacerme cristiano, y mucho menos católico, pero fui obligado por una evidencia interior de la cual no podía huir. Pues bien, una vez pasados los primeros momentos, los del aturdimiento de quien ha visto abrirse de par en par las puertas de una dimensión inimaginable, llegaron enseguida las dudas y los problemas. Había sido entrenado en el culto a una razón que se hacía racionalismo, y por eso empecé a preguntarme: “¿Soy víctima de una ilusión? ¿De una turbación nerviosa? ¿No necesitaré reposo y relajación más que reflexiones sobre el Evangelio? ¿Es posible que un joven racional como yo, hijo del laicismo más intransigente, acepte lo que hasta ayer le parecía solo un montón de mitos antiguos? ¿Y cómo voy a pensar en llamar a las puertas de una Iglesia que, si atiendo a lo que me han enseñado, no ha sido más que la plaga de Occidente en general y de Italia en particular?

Lo cierto es que la fe es una realidad sobrenatural que se encarna en un hombre concreto, y por tanto necesita confirmación por parte de la razón; es creer que, por el hecho de ser humano, debe aparecer como algo razonable; es la apuesta por Jesús que debe estar fundamentada. En cuanto a mí, para rendirme a la dimensión inédita que me atravesaba, necesitaba de un apoyo: el de, por decirlo claramente, una apologética adecuada. Comencé a pedir ayuda a mis nuevos compañeros, a aquellos católicos que hasta entonces me eran tan extraños. Pero eran los años en los que terminaba el Concilio y la Iglesia era un bullir de disputas y altercados; y además, como descubrí entonces con pena, eran todas disputas internas, clericales. 
Se discutía sobre la organización de la institución eclesial, sobre el papel del Papa, de los obispos, de los curas, de los laicos, de las mujeres, de la liturgia. Nadie hablaba de la fe y mucho menos de sus razones, se daba por descontado, como un dato adquirido, mientras se batallaba por cómo debería ser para el católico la ética, el compromiso político, social, económico, cultural. Pero estas no eran más que consecuencias de una causa primera, el sí a la verdad del Credo, que nadie se ocupaba de examinar y verificar. Es más, quien hubiera pretendido hacerlo habría sido tachado de “apologeta”, “apologético”, un término que se había convertido en algo así como un insulto, un marco de anacronismo y de integrismo. 

Pues bien, al no encontrar los instrumentos que buscaba, decidí (con la imprudencia y la impaciencia del neófito) buscarme la vida solo. Estos clericales –curas y laicos– ¿habían ocultado la apologética? Pues bien, yo iba a desenterrarla: para mí, sobre todo, pero también para ofrecérsela a los demás. Fue así como, después de una larga investigación, osé publicar trescientas páginas con el título “Hipótesis sobre Jesús”, donde intentaba aplicar la investigación histórica y arqueológica, además del sentido común ajeno a las ideologías del momento, sobre los orígenes mismos de una fe que no es una doctrina, sino una Persona. A la desconfianza con la que fue acogido aquel libro por parte de cierta intelligenzia clerical se oponía el extraordinario éxito popular en todo el mundo. Éxito que, por otra parte, ha acogido muchos de los siguientes libros que he logrado publicar: todos ellos escritos para intentar responder a las preguntas sobre credibilidad y racionalidad de la fe. 

Este interés fue la confirmación de aquello de lo que he estado siempre convencido: no puede haber –y hoy menos que nunca- un anuncio de la fe si, al mismo tiempo, no se muestra racionalidad. No se puede incidir sobre la sociedad o sobre la cultura reproponiendo la perspectiva evangélica si no se afronta antes el problema de Cristo y de la verdad de su Evangelio. Los problemas con los que hoy los católicos deben enfrentarse tienen a menudo una raíz inconfesada e incluso dramática: la caída de la fe, la reducción de Jesús a un maestro moral, del Nuevo Testamento a una oscura mezcla entre judaísmo y paganismo, del milagro al mito, de la esperanza escatológica al compromiso secular. Antes que ninguna reforma institucional o que cualquier prédica moral o social, debemos redescubrir el Credo, el que recitamos en misa, en sentido estricto. Pero, ¿cómo podremos volver a encontrar este Credo si muy pocos nos muestran las razones para hacerlo? ¿Cuántos, en la Iglesia, nos ayudan a asegurarnos de que el cristiano no es, como se ha dicho recientemente, “simplemente un cretino”? También para esto podrá ser realmente valioso este Pontificio Consejo que el Santo Padre ha querido crear y confiar a monseñor Rino Fisichella, experto en Teología fundamental, el nombre alternativo de la Apologética. El primer paso para una nueva evangelización, por tanto, es simplemente, y al mismo tiempo, un compromiso. El de tomar en serio la exhortación de Pedro a estar “siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza”. Con claridad y decisión, y al mismo tiempo, como nos dice el mismo Pedro, “con dulzura y respeto”.

V- Diversos Temas: 14. Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre

Autor: William J. Tighe | Fuente: http://www.forumlibertas.com 

La opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús.

No fueron los cristianos quienes asumieron una fiesta pagana, sino al revés. Recuperamos un artículo muy útil en estas fechas. 

Muchos cristianos creen que el cristianismo celebra el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre porque los padres de la Iglesia se apropiaron de la fecha de un festival pagano. Casi nadie da importancia a este hecho, excepto algunos grupos marginales de evangélicos americanos, que parecen interpretar que ello convierte a la Navidad en un festival pagano. 

Sin embargo, resulta interesante saber que la opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús, basándose en cálculos de calendario que nada tenían que ver con los festivales paganos. 

Fue más bien al contrario, ya que el festival pagano del "Nacimiento del Sol Invicto", instituido por el emperador romano Aurelio el 25 de diciembre de 274, fue casi con toda certeza un intento de crear la alternativa pagana a una fecha que ya gozaba de cierta importancia para los cristianos romanos. Así pues, "los orígenes paganos de la Navidad" son un mito sin fundamento histórico.

Un error

La idea de que la fecha fue sacada de los paganos se remonta a dos estudiosos de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Paul Ernst Jablonski, un protestante alemán, pretendía demostrar que la celebración del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre era una de las muchas "paganizaciones" del cristianismo que la Iglesia del siglo IV había adoptado, como una de las muchas "degeneraciones" que habían transformado el cristianismo apostólico puro en catolicismo. 

Dom Jean Hardouin, un monje benedictino, intentó demostrar que la Iglesia católica había adoptado festivales paganos para fines cristianos sin paganizar el Evangelio. En el calendario juliano, creado en el año 45 a.C. bajo Julio César, el solsticio de invierno caía en 25 de diciembre y, por tanto, a Jablonski y a Hardouin les pareció evidente que esa fecha debía haber contenido obligatoriamente un significado pagano antes de haber sido cristiano. 

Pero, en realidad, la fecha no había tenido ningún sentido religioso en el calendario festivo pagano en tiempos anteriores a Aurelio, y el culto al sol tampoco desempeñaba un papel importante en Roma antes de su llegada.

Había dos templos del sol en Roma. Uno de ellos (mantenido por el clan en el que nació o fue adoptado Aurelio) celebraba su festival de consagración el 9 de agosto, y el otro el 28 de agosto. Sin embargo, ambos cultos cayeron en desuso en el siglo II, en que los cultos solares orientales, como el mitraísmo, empezaron a ganar adeptos en Roma. Y en cualquier caso, ninguno de estos cultos, antiguos o nuevos, tenían festivales relacionados con solsticios o equinoccios. 

Lo que ocurrió realmente fue que Aurelio, que gobernó desde el año 270 hasta su asesinato en 275, era hostil hacia el cristianismo, y está documentado que promocionó el establecimiento del festival del "Nacimiento del Sol Invicto" como método para unificar los diversos cultos paganos del Imperio Romano alrededor de una conmemoración del "renacimiento" anual del sol. Lideró un imperio que avanzaba hacia el colapso, ante las agitaciones internas, las rebeliones en las provincias, el declive económico y los repetidos ataques por parte de tribus germanas por el norte y del Imperio Persa por el este.

Al crear esa nueva festividad, su intención era que el día 25, en el que comenzaba a alargarse la luz del día y a acortarse la oscuridad, fuera un símbolo del esperado "renacimiento" o eterno rejuvenecimiento del Imperio Romano, que debía ser el resultado de la perseverancia en la adoración de los dioses cuya tutela (según creían los romanos) había llevado a Roma a la gloria y a gobernar el mundo entero. Y si podía solaparse con la celebración cristiana, mejor aún.

Una consecuencia

Es cierto que la primera prueba de una celebración cristiana en 25 de diciembre como fecha de la Natividad del Señor se encuentra en Roma, algunos años después de Aurelio, en el año 336 d.C., pero síhay pruebas del Este griego y del oeste latino donde los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica, incluso en los siglos II y III. De hecho, las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar su muerte y resurrección.

¿Y cómo ocurrió todo esto? Parece haber una contradicción en la fecha de la muerte del Señor entre los Evangelios Sinópticos y el Evangelio de Juan. Los sinópticos la situarían en la Pascua de los judíos (después de la Última Cena la noche anterior), mientras que Juan la describiría en la Víspera de la Pascua, en el momento en que los corderos eran sacrificados en el Templo de Jerusalén para el ágape que tendría lugar después de la salida del sol ese mismo día. 

La solución a esta cuestión implica contestar a la pregunta de si la Santa Cena fue un ágape pascual o una cena que tuvo lugar un día antes, lo cual no estudiaremos aquí. Basta con decir que la primitiva Iglesia siguió a Juan y no a los sinópticos y, por tanto, creyó que la muerte de Cristo había tenido lugar el 14 Nisán, de acuerdo con el calendario lunar judío. 

Por cierto, los estudiosos modernos se muestran de acuerdo con que la muerte de Cristo podría haber tenido lugar en el año 30 o en el 33 d.C., ya que éstos son los únicos años de esa época en los que la Vigilia de Pascua podían haber caído en viernes. Las posibilidades son, por tanto, el 7 de abril del 30 o el 3 de abril del 33.

Sin embargo, dado que la Iglesia primitiva fue forzosamente separada del judaísmo, entró en un mundo de calendarios distintos y tuvo que instaurar sus propios momentos para celebrar la Pasión del Señor, en parte también para independizarse de los cálculos rabínicos de la fecha de Pascua. Por otra parte, como el calendario judío era un calendario lunar que constaba de 12 meses de 30 días cada uno, cada pocos años debía añadirse un mes decimotercero por un decreto del Sanedrín, para mantener el calendario sincronizado con los equinoccios y los solsticios, así como para evitar que las estaciones se fueran "desviando" hacia meses inapropiados.

Aparte de la dificultad que debieron tener los cristianos en investigar, o quizás en ser bien informados sobre las fechas pascuales en un determinado año, el hecho de seguir un calendario lunar diseñado por ellos habría dispuesto en su contra tanto a judíos como a paganos, y seguramente también les habría sumido en inacabables disputas entre sí mismos. 

El siglo II vio fuertes disputas sobre si la Pascua tenía que caer siempre en domingo o en cualquier día de la semana dos días después del 14 Artemision/Nisán, pero haber seguido un calendario lunar no habría hecho más que agravar estos problemas.

Estas divergencias eran interpretadas de distintas maneras entre los cristianos griegos de la parte oriental del imperio y los cristianos latinos en la parte occidental del mismo. Parece ser que los cristianos griegos quisieron encontrar una fecha equivalente a su 14 Nisán en su propio calendario solar y, dado que el Nisán era el mes en el que tenía lugar el equinoccio de primavera, eligieron el día 14 de Artemision, el mes en el que el equinoccio de primavera caía invariablemente en su propio calendario. 
Alrededor del 300 d.C., el calendario griego fue solapado por el romano y, como las fechas de principio y final de los meses en estos dos sistemas no coincidían, el 14 Artemision se convirtió en el 6 de abril.

No obstante, parece que los cristianos latinos del siglo II en Roma y África del norte querían establecer la fecha histórica en la que murió Jesús. En la época de Tertuliano [c.155 -220 d.C.] habían concluido que murió en viernes, 25 de marzo del 29. Como nota aparte, debo hacer constar que ello es imposible: el 25 de marzo del 29 no cayó en viernes, y la Víspera de Pascua judía en el 29 d.C. no caía en viernes ni en 25 de marzo, ni siquiera en el mes de marzo.

Edad Integral

Así pues, en el este, tenemos el 6 de abril y, en el oeste, el 25 de marzo. Llegados a este punto, debemos introducir una creencia que parece ser que se propagó en el judaísmo en el tiempo de Cristo, pero la cual, como no aparece en la Biblia, no han tenido presente los cristianos. Se trata de la "edad integral" de los grandes profetas judíos: la idea de que los profetas de Israel murieron en la misma fecha que la de su nacimiento o concepción.

Este conocimiento es un factor clave a la hora de entender por qué algunos de los primeros cristianos llegaron a la conclusión de que el 25 de diciembre fue la fecha del nacimiento de Jesucristo. Los primeros cristianos aplicaron esta idea a Jesús, con lo que el 25 de marzo y el 6 de abril no sólo eran las supuestas fechas de la muerte de Jesús, sino también las de su concepción o nacimiento. Existe alguna prueba fugaz de que al menos algunos cristianos en los siglos I y II consideraron el 25 de marzo y el 6 de abril como la fecha del nacimiento de Cristo, pero rápidamente prevaleció la asignación del 25 de marzo como la fecha de la concepción de Cristo.

Y es en este día, conmemorado casi universalmente entre cristianos como la Fiesta de la Anunciación, cuando el Arcángel Gabriel llevó la Buena Nueva de un salvador a la Virgen María, con cuyo consentimiento la Palabra de Dios ("Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero, nacido del Padre antes de todos los tiempos") se encarnó en su vientre. ¿Cuánto dura un embarazo? Nueve meses. Si contamos nueve meses a partir del 25 de marzo, es 25 de diciembre; si es a partir del 6 de abril, tenemos el 6 de enero. El 25 de diciembre es Navidad y, el 6 de enero, es la Epifanía.

La Navidad (el 25 de diciembre) es una fiesta de origen cristiano occidental. Parece que en Constantinopla fue introducida en el año 379 ó 380. De un sermón de San Juan Crisóstomo, que en su época fue un renombrado asceta y predicador en su nativa Antioquía, parece que ahí la fiesta se celebró por primera vez el 25 de diciembre del 386. Desde esos centros, se esparció por todo el Oriente cristiano y se adoptó en Alejandría alrededor del 432, mientras que en Jerusalén se asumió un siglo o un poco más después. Los armenios, solos entre las Iglesias cristianas antiguas, nunca la adoptaron, y hasta hoy llevan celebrando el nacimiento de Cristo, la adoración de los Reyes y el bautismo el 6 de enero.

Por su parte, las Iglesias occidentales fueron adoptando gradualmente la celebración de la Epifanía del este el 6 de enero, y Roma lo hizo entre el 366 y el 394. Pero en Occidente, esta festividad se presentaba normalmente como la conmemoración de la visita de los Reyes Magos al niño Jesús y, como tal, era una fiesta importante, pero no una de las más determinantes. Ello provocaba un fuerte contraste con la posición de la Iglesia oriental, donde sigue siendo la segunda fiesta más importante de la iglesia después de la Pascua. 

En Oriente, la Epifanía es mucho más importante que la Navidad. La razón es que la festividad también celebra el bautismo de Cristo en el Jordán y el momento en que la Voz del Padre y el Descenso del Espíritu Santo manifestaron por primera vez a los mortales la divinidad del Cristo Encarnado y la Trinidad de las 3 Personas en un solo Dios. 

Una fiesta cristiana

Así pues, parece que el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo no está en absoluto en deuda con las influencias paganas en las prácticas de la Iglesia durante o después del tiempo de Constantino. Es totalmente improbable que fuera la fecha exacta del nacimiento de Cristo, pero surgió estrictamente de los esfuerzos de los primeros cristianos latinos para averiguar la fecha histórica de la muerte de Cristo.

En cambio, la fiesta pagana que instituyó el emperador Aurelio en esa fecha, en el año 274, no sólo fue un esfuerzo para utilizar el solsticio de invierno con el objetivo de hacer una declaración política, sino que, casi con toda certeza, fue también un intento de dar un sentido pagano a una fecha ya importante para los cristianos romanos. A su vez, los cristianos podrían más tarde volver a adoptar la fiesta del "Nacimiento del Sol Invicto" para referirse, en memoria del nacimiento de Jesús, a la ascensión del "Sol de la Salvación" o el "Sol de la Justicia". 

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William J. Tighe, corresponsal de TOUCHSTONE y profesor adjunto de la Universidad de Muhlenberg. Para los interesados, recomienda la lectura de Los Orígenes del Año Litúrgico de Thomas J. Talley.

V- Diversos Temas: 13. Orar no es lo mismo que repetir frases mecánicamente

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 6ª Parte.

«Al orar no multipliquen las palabras como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo...» (Mt 6, 7-8)

En su libro Catolicismo y Cristianismo, el telepredicador Jimmy Swaggart dice que el Rosario «fue copiado de los hindúes y los mahometanos. Recitar oraciones repetitivamente es una práctica pagana y está condenado explícitamente por Cristo». Éste y muchos otros practicantes del protestantismo gustan de tomar la cita bíblica de Mateo 6, 7 para criticar las fórmulas oracionales empleadas por la Iglesia, pasando por alto que el Nuevo Testamento exalta la oración insistente:

+ «Le suplica [Jairo a Jesús] con insistencia, diciendo: "Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva"» (Mc 5, 23).

+ «Éstos [ancianos que pedían a Cristo la curación del siervo del centurión], llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: "Merece que se lo concedas"» (Lc 7, 4).

+ «Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios» (Hch 12,5).

+ «Noche y día le pedimos [a Dios] insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe» (1 Tes 3, 10).

El Padrenuestro, sí o no

Orar insistentemente por una cosa es repetir una y otra vez lo mismo. Volver a las mismas palabras no tiene en sí nada de malo, defectuoso o inútil. De hecho, el mismo Señor nos dejó la oración del Padrenuestro para que la repitamos toda nuestra vida: «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos...» (Mt 6, 9ss).

Pero algunos hasta dicen que el Padrenuestro es sólo una «oración modelo» para inspirarnos a hacer nuestra propia oración, sin fórmulas escritas ni memorizaciones, y que sólo de este modo evitaremos caer en el «pecado» de la vana repetición.

La enseñanza de Jesús

¿A qué se refiere Cristo al desaconsejarnos orar multiplicando las palabras «como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos» (Mt 6, 7)? Responde Fernando Sales-Mayor en Apologética.org:

«Jesús... no condena las oraciones repetitivas judías, de las cuales había muchas. Por ejemplo, el libro de los Salmos es una colección de himnos y oraciones usadas repetidamente en celebraciones judías en las cuales el mismo Jesús participaba. Uno de los salmos, el 136, es en sí mismo una oración repetitiva, en forma de letanía. La Pascua, celebrada por Jesús antes de su crucifixión, incluía oraciones fijas que eran repetidas anualmente, entre ellas los salmos del 113 al 118. A continuación de la Última Cena, Jesús fue al huerto de Getsemaní y oró la misma oración tres veces seguidas (cfr. Mt 26, 39-44). Así pues, también Él recurrió a la oración repetitiva.

«En Mt 6, 7-8 Jesús nos previene contra las prácticas de oración de los paganos, quienes tenían una visión mágica de la oración y cuyas oraciones repetitivas Él sí condenó... Pero no condena la mera repetición sino la charlatanería de los paganos. ¿Qué tipo de charlatanería practicaban los paganos? Miremos en 1 Reyes 18, 26-29, donde los profetas paganos en el monte Carmelo trataban de invocar a Baal durante todo el día, invocando repetidamente su nombre y llevando a cabo danzas rituales: "Pero no se oyó ni una respuesta"...

«Las oraciones de los profetas paganos eran vanas porque, después de pasar el día entero llamando desesperadamente a Baal, éste nunca les respondía. No era un dios real, a diferencia del Dios de Israel, que siempre responde a la oración sincera. El argumento de Jesús en Mt 6, 7 es que no necesitamos -como hacían esos paganos- pasarnos todo el día saltando sobre altares, cortándonos con cuchillos o delirando para ser escuchados por nuestro Padre del Cielo. Él escucha nuestras oraciones al margen de qué tipo de oración sea, larga o corta, compuesta o improvisada, en grupo o individual, repetitiva o única; eso sí, siempre y cuando sea sentida, entendida, y no "de corridillo", en cuyo caso es vana, vacía, reducida a palabrería».

Repeticiones «espaciadas»

Entonces, pues, al rezar no se falla por emplear oraciones escritas o aprendidas de memoria. Tampoco si nuestro rezo emplea palabras repetitivas; de hecho, la manera más fácil de hacer una oración perseverante es repitiéndola. Y al argumento de algunos de que, si nuestra oración es la misma, al menos debemos espaciarla en el tiempo para que no sea repetitiva, responde Sales-Mayor: «Dios está por encima del tiempo, le da igual que le pidamos lo mismo cada quince segundos que cada mucho rato»; y añade que conviene hacer esa oración sin espaciarla pues así «en un tiempo razonable presentamos nuestra oración más veces, mientras que al rezar un Avemaría cada mucho rato, difícilmente nos permitiría rezar el Rosario entero en un día, aparte de que interrumpiría constantemente nuestras actividades. San Pablo dice que tenemos que orar constantemente (cfr. 1Tes 5, 17); no dice "orar con moderación, no sea que nos repitamos", lo cual es inevitable en la oración continua».

Por su parte, el padre Jordi Rivero, en Corazones.org, dice que en Mateo 6 Jesús también nos advierte de la vanagloria que obstaculiza la auténtica oración: «Siempre hay la tentación en quien reza de creerse mejor que los demás por el hecho mismo de rezar. En el tiempo de Jesús los fariseos desarrollaron una élite religiosa con prácticas y rezos que eran inaccesibles al hombre común. Por eso se creían superiores. Repetían palabras en la oración poniendo más importancia en sus propios logros que en el don de Dios. Su pecado era la soberbia. "Algunos... se han dado a vanas palabrerías; pretenden ser maestros de la Ley, cuando no saben lo que dicen, ni lo que rotundamente afirman" (1 Tim 1,6-7).

«Podemos ver en este contexto por qué Jesús critica a los "que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados". Se trata de palabras que no surgen del corazón, a lo que hoy llamamos rezar "de la boca para afuera". Éstos ponen su confianza en el poder de sus propias palabras más que en Dios».

¿Oración o magia?

En realidad hay muchos hoy que siguen poniendo su confianza en las palabras, en lugar de ponerla en el Señor; caen, así, en la práctica de la magia, puesto que la magia pretende utilizar recursos (oraciones, ritos, etc.) que, se supone, guardan en sí mismos un poder tan grande sobre Dios que Él no puede resistirse. Así, las famosas cartas en cadena -ya también las hay por internet- y las novenas infalibles para obligar a Dios a conceder un favor - «pida un deseo de negocios y dos imposibles», dice una de las cadenas más famosas- son magia y, por tanto, pecado de superstición, porque pretenden conseguir un resultado garantizado con sólo repetir mecánicamente una serie de palabras, sin necesidad alguna de conversión.

Así, cualquier oración hecha en forma distraída es una total pérdida de tiempo. Santa Teresa advierte que cualquier oración vocal requiere «advertencia», es decir, tener clara conciencia de lo que se está diciendo en el momento mismo en que se dice, además de hacerlo con una actitud básica de amor a Dios. Reuniendo estas condiciones cualquier oración repetitiva es tan meritoria como una oración espontánea, y, por tanto, puede acercarnos a la vida en el Cielo, donde esperamos, con los cuatro vivientes del Apocalipsis, repetir «sin descanso día y noche: "Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del Universo, aquel que era, que es y que ha de venir"» (Ap 4, 8).

V- Diversos Temas: 12. Si Dios ya sabe lo que necesitamos, ¿por qué se lo tenemos que decir?

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 5ª Parte.

«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce; confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 Pe 5, 5-7)

Es verdad, lo dice Jesucristo en las Sagradas Escrituras: «antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan» (Mt 6, 8). Y, sin embargo, también dice: «Pidan y se les dará» (Mt 7, 7).

Cuando el Señor llegó a Jericó, un mendigo ciego le gritaba: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10, 47). Así hizo insistentemente, a pesar de las desaprobaciones de la gente, hasta que Jesús se detuvo y lo hizo llamar. Luego Cristo le hizo la más extraña pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10, 51). ¡Vaya! ¿Qué no era obvio? ¡El hombre estaba ciego y necesitaba recobrar la vista! Si Dios sabe todo, ¿por qué el ciego tuvo qué decirle cuál era su necesidad?

Afortunadamente el ciego fue lo bastante humilde para responder al instante: «"Rabbuní, ¡que vea!". Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". Y al instante [el ciego] recobró la vista y le seguía por el camino» (Mc 10, 51-52).

Es que «la oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él» (CIC, n. 2560), y «la petición ya es un retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).

Así, aunque Dios ya sepa lo que necesitamos, el que nosotros demos el paso de acercarnos a Él y decírselo es algo que redunda en nuestro beneficio, y por eso el Señor quiere que le pidamos. Quien se niega a hacerlo alegando el conocimiento infinito del Señor, sencillamente no ha entendido nada del amor que Dios nos tiene, o bien carece de la humildad para acercarse a pedir.

La humildad, precisamente, es la cuarta y última condición para que la oración «funcione». Jesús nos lo enseña a través de la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar:

«El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros"...

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!". Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18, 9-14).

Por falta de humildad alguien puede negarse a orar; pero también puede ocurrir que sí haga oración, pero con soberbia. «Escucha el Señor -dice san Alfonso María de Ligorio- bondadosamente las oraciones de sus siervos, pero sólo de sus siervos sencillos y humildes, como dice el Salmista: Miró el Señor la oración de los humildes.

Y añade el apóstol Santiago: Dios resiste a los soberbios y da sus gracias a los humildes. No escucha el Señor las oraciones de los soberbios que sólo confían en sus fuerzas, antes los deja en su propia miseria».

Un día le dijo el Señor a santa Catalina de Siena: «Aprende, hija mía, que el alma que persevera en la oración humilde, alcanza todas las virtudes».

Y advierte san Claudio de la Colombiere: «Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados.

Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato... ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos».

V- Diversos Temas: 11. Yo pedí sólo cosas buenas, y definitivamente Dios no me las concedió

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com 

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 4ª Parte.

«Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: “Abbá -o sea, Padre-, si para Ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 35-36)

Si realmente hemos pedido con fe, y si también fuimos perseverantes en la oración, ¿por qué aun así no siempre recibimos de parte de Dios lo que le solicitamos? El apóstol Santiago responde: «Pedís y no recibís porque pedís mal» (Stgo 4, 2- 3).

No pidamos cosas mezquinas

Es verdad: con frecuencia lo que se pide en la oración no es totalmente bueno ni totalmente puro; aun cuando tenga elementos que lo hagan conveniente -la salud de una persona, un empleo en tal o cual lugar-, aquel deseo puede estar contaminado por inconvenientes intereses -quiero que mi padre se cure porque lo amo pero también para que me siga manteniendo, deseo aquel puesto de trabajo no sólo para ganarme el pan sino para estar más cerca de aquella persona que me interesa aunque sea casada-. Por eso exhorta san Agustín:

«Tratamos con un Dios que es infinito en poder y riquezas. No le pidamos cosas ruines y mezquinas, sino cosas muy altas y grandes. Pedir a un rey poderoso un céntimo vil, sería sin duda una especie de injuria. ¿ Y no lo será hacer lo mismo con nuestro Dios? Aunque seamos pobres y miserables y muy indignos de los beneficios divinos, sin embargo, pidamos al Señor gracias muy grandes, porque así honramos a Dios».

Añade el santo que pedimos no pocas veces a Dios bienes temporales y no nos escucha, y que esto es porque nos ama y nos quiere bien: «Cuántos que caen en pecados, estando sanos y ricos, no caerían si se encontraran pobres o enfermos. Y por esto cabalmente a algunos que le piden salud del cuerpo y bienes de fortuna se los niega el Señor».

Pero lo anterior «no quiere decir -afirma san Alfonso María de Ligorio- que sea una falta pedir cosas convenientes para la vida presente. También las pedía el Sabio en las Sagradas Escrituras: "Dame tan sólo, Señor, las cosas necesarias para la vida cotidiana"... Por eso, cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros de que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual que es lo único que merece consideración».

Lo primero que se debe pedir

Otro tanto afirma san Claudio de la Colombiere: Jesucristo «nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada.

En San Mateo se nos ha dicho: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura". No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores. He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón... Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía:

"Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto". Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos debemos extrañar de que hasta ahora hayamos orado sin éxito».

Y añade el santo jesuita francés: «Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las creaturas; tras estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos».

¿Y cuando pedimos cosas buenas?

Sin embargo, hay ocasiones en que realmente pedimos cosas en orden a nuestra salvación eterna, y aun así Dios no parece escuchar. ¿Qué ocurre aquí?

Responde san Alfonso María de Ligorio: «Sucede también a menudo que pedimos al Señor que nos libre de una tentación peligrosa, mas el Señor no nos escucha y permite que siga la guerra de la tentación. Confesemos entonces también que lo permite Dios para nuestro mayor bien. No son las tentaciones y malos pensamientos los que nos apartan de Dios, sino el consentimiento de la voluntad. Cuando el alma en la tentación acude al Señor y la vence con el socorro divino, ¡cómo avanza en el camino de la perfección! ¡Qué fervorosamente se une a Dios! Y por eso cabalmente no la oía el Señor».

El monje dominico francés Antonin Dalmace Sertillanges se refiere a este proceder del Señor con una genial frase: «Dios muchas veces nos ayuda no ayudándonos».

Hasta el propio san Pablo atestigua haber sido «víctima» del «no» divino. El santo era presa de un mal o de una tentación muy particular y gave, y oraba al Señor para que se la quitara: «Por este motivo tres veces rogué al Señor que la alejase de mí. Pero Él me dijo: "Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"» (2 Co 12, 8-9).

¿Hágase mi voluntad o la de Dios?

Quien de verdad confía en el Señor debe estar dispuesto a aceptar su voluntad, porque siempre será de más provecho que la nuestra. «Así como elcielo está muy alto por encima de la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de sus caminos y mis proyectos son muy superiores a los de ustedes» (Is 55, 9), dice Yahveh.

Por eso escribe José Antonio Pagola en su libro La oración de Cristo y la oración de los cristianos que «la eficacia de la oración no consiste en que Dios cambie su voluntad para hacer la nuestra, sino en que nosotros conformemos nuestra voluntad a la suya. De ahí, que todas nuestras peticiones deben estar condicionadas al plan salvífico de Dios».

San Francisco de Borja, antes de convertirse en jesuita, era un hombre casado y rezaba por la salud de su esposa enferma con total confianza. El Señor se le apareció y le dijo: «Te concedo lo que me pides: la salud de tu esposa, pero te advierto que ni a ti ni a ella les conviene». El santo, entonces, aceptó con generosidad la voluntad de Dios y su esposa falleció a los pocos días.

Por eso, cuando pedimos a Dios algo, es recomendable repetir lo que Jesucristo mismo nos enseñó cuando oraba en el Huerto de los Olivos: «Abbá -o sea, Padre-,... no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 35-36).

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