V- Diversos Temas: 10. Si Dios siempre escucha, ¿por qué tarda tanto en responder?

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com  

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 3ª Parte.

«La oración del justo tiene mucho poder con tal de que sea perseverante» (Stgo 5, 16)

«La única razón por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.... No hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo... no merecen ser escuchados.... Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos».

El siglo de la inmediatez

Lo anterior fue escrito por san Claudio de la Colombiere en el siglo XVII, pero pareciera que al presente tuviera más actualidad que en aquel entonces dada la vida acelerada y la búsqueda de inmediatez que padecemos hoy. Si ya no invertimos tiempo ni en cocer frijoles "para algo existen los enlatados" ni en preparar una elaborada comida en casa -mejor se pide pizza o cualquier otra versión de «comida rápida»-, no es de extrañar que en lo referente a la vida espiritual también queramos todo fácil y al instante.

Pero Dios tiene una visión totalmente diferente de la nuestra; por eso a sus discípulos «les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!". Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme". Dijo, pues, el Señor: "Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto"» (Lc 18, 1-8).

Ciertamente hay respuestas a la oración que no pueden esperar. Si yo me encuentro colgando de una roca al borde de un altísimo precipicio y pido a Dios que me salve de la muerte, el Señor no va a tardar un mes, un año o una década en darme la respuesta. Pero en otras ocasiones habrá que esperar un tiempo, insistiendo confiadamente en la oración, hasta ser testigos de la intervención de Dios. Pensemos, por ejemplo, en los famosos dieciséis años de oraciones que santa Mónica requirió para ver que se le concedía lo pedido: la conversión de su hijo Agustín.

¿Qué tan pronto es «pronto» para Dios?

¿Entonces por qué el Altísimo promete en la cita bíblica una pronta respuesta: «Os digo que [Dios] les hará justicia pronto» (Lc 18, 8)? El aparente retraso que creemos percibir en la respuesta divina a nuestras oraciones en realidad no es tal; y tampoco las sagradas Escrituras mienten; antes bien, éstas nos aclaran la situación: «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9). Aunque dicha cita se refiere de manera específica a la segunda venida de Cristo, explica con claridad cuál es el proceder de Dios respecto del tiempo. Por eso en el versículo anterior explicaba el apóstol: «Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día» (2 Pe 3, 8). Mas a nosotros, mortales y encerrados en el tiempo, el transcurso de las semanas, los meses y los años sin una respuesta puede parecernos intolerable; pero Dios, inventor del tiempo y ubicado por fuera del tiempo, no actúa ni antes ni después sino en el momento oportuno. «Así dice Yahveh: "En tiempo favorable te escucharé"» (Is 49, 8); y todo esto, como dice la Escritura, porque el Señor quiere que « todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9).

«Quiere Dios salvarnos; mas, para gloria nuestra, quiere que nos salvemos, como vencedores» apunta san Alfonso María de Ligorio en su libro El gran medio de la oración; «por tanto, mientras vivamos en la presente vida, tendremos que estar en continua guerra. Para salvamos habremos de luchar y vencer. Sin victoria nadie podrá ser coronado».

A más tiempo, mayor satisfacción final

Por su parte, san Claudio de la Colombiere enseña: «Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza. Pienso, lo confieso, que, cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta de que he dejado de orar; cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido de que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido».

Continúa el Santo: «En efecto, la conversión de san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta después de dieciséis años de lágrimas; pero también fue una conversión incomparablemente más perfecta que la que había pedido».

Y concluye san Claudio con una exhortación para «usted que solicita la conversión de este marido, de esta persona querida: no os canséis de rogar, sed constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechazan hoy, mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: se lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos».

V- Diversos Temas: 9. ¿De verdad creemos sin vacilar que Dios nos dará lo que pedimos?

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 2ª Parte.

«Jesús les respondió: «Yo les aseguro: si tienen fe y no vacilan, .... si dicen a este monte: "Quítate y arrójate al mar", así se hará. Y todo cuanto pidan con fe en la oración, lo recibirán» (Mt 21, 21-22)

Dice san Agustín que «Dios está más deseoso de conceder que nosotros de recibir». Sin embargo, para recibir eso que solicitamos en la oración, el Señor nos pide como primer e indispensable requisito que creamos sin vacilar que se nos va a conceder.

La fe que falta

A veces puede suceder que estemos totalmente convencidos del poder infinito de Dios, de que Él efectivamente hace milagros e interviene constantemente en la vida humana; es decir, podemos tener una gran fe en el poder de Dios. Pero puede resultar que, al mismo tiempo, no estemos seguros, convencidos, afianzados en la creencia de que Dios nos va a conceder eso que pedimos, dudamos que sea voluntad divina.

«Dios sanó a mi vecino de cáncer, pero a mí... ojalá que a mí también; yo, por las dudas, le voy a pedir que me cure». Un pensamiento como éste, por fugaz que sea, no muestra esa confianza que Dios espera de nosotros. Y es que en el fondo, si bien tenemos fe en que puede librarnos de la enfermedad, no tenemos fe en que quiera librarnos de ella.

El que vacila ya fracasó

Ya con eso el orante va por mal camino, pues dice Santiago, el hijo de Alfeo, que cuando uno le pide algo al Señor debe hacerlo «con fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, movido por el viento y llevado de una a otra parte. Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como éste» (Stgo 1, 6-7). Y no hay que sospechar que esta sentencia sea una particular opinión del apóstol colada extrañamente en la Biblia, pues el propio Jesús ya había dicho: «Yo les aseguro: si tienen fe y no vacilan, .... si dicen a este monte: "Quítate y arrójate al mar", así se hará. Y todo cuanto pidan con fe en la oración, lo recibirán» (Mt 21, 21-22).

A la religiosa sor Josefa Menéndez el Señor Jesús le reveló particularmente esta misma doctrina: «Si vacilan, si dudan de Mí, no honran mi Corazón. Pero si esperan firmemente lo que me piden, sabiendo que sólo puedo negárselo si es conveniente al bien de su alma, entonces me glorifican».

Aquel que se pone a orar con duda y desconfianza, nada puede recibir. «Nada alcanzará, porque la necia desconfianza que turba su corazón será un obstáculo para los dones de la divina misericordia», dice san Alfonso María de Ligorio. Y san Basilio: «No pediste bien cuando pediste con desconfianza».

Cómo hacer «violencia» a Dios

Cristo no puso un límite a su omnipotencia. Por lo mismo, a pesar de nuestra falta de fe, bien podría darnos lo que le pedimos. Entonces, ¿por qué no lo hace? Porque nos falta confianza. Dice san Alfonso María de Ligorio que «la causa de que nuestra confianza en la misericordia divina sea tan grata al Señor es porque de esta manera honramos y ensalzamos su infinita bondad, que fue la que Él quiso sobre todo manifestar al mundo cuando nos dio la vida».

A santa Gertrudis le reveló el Señor que el que pide con confianza tiene tal fuerza sobre su corazón, que no parece sino que le obliga a oírle y darle todo lo que pide. Lo mismo afirmó san Juan Clímaco: «La oración hace dulcemente violencia sobre Dios».

¿Qué hacer cuando la confianza se nos escapa?

Vuelve san Alfonso María de Ligorio con sus enseñanzas: «Verdad es que hay momentos en que, por aridez del espíritu o por otras turbaciones, que agitan nuestro corazón, no podemos rezar con la confianza que quisiéramos tener. Mas ni en estos casos dejemos de rezar, aunque tengamos que hacernos violencia... ¡Oh, cómo se complace el Señor al ver que en la hora de la tribulación, de los temores y de la tentación, seguimos esperando en Él contra toda esperanza, esto es, contra aquel sentimiento de desconfianza que la desolación interior quiere levantar en nuestro espíritu!... Perseveremos en la oración hasta el fin. Así lo hacía el Santo Job, el cual repetía generoso: ...Dios mío, aunque me arrojes de tu presencia no dejaré de orar». Y ése es, precisamente, el segundo requisito para obtener lo que pedimos en la oración: la perseverancia.

V- Diversos Temas: 8. ¿PARA QUE ORO? ¡Dios nunca me hace caso cuando rezo!

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com  

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 1ª Parte.

«Oren en todo tiempo... Perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca» (Ef 6, 18)

«No tengo ganas de orar, ¿para qué hacerlo si a mí Dios no me escucha nunca?»; «Dicen que Dios sí me oye, pero de nada me sirve porque igual no atiende a mis súplicas»; «Yo, cuando rezo, sólo pido cosas buenas, cosas que no van en contra de la voluntad de Dios; ¿entonces por qué a otros sí les hace caso y a mí no?»; «Dicen que Dios me ama; si es así, ¿por qué dejó que se muriera mi papá después de tanto que rezamos para que se curara?».

¿Todo cuanto pidan en la oración...?

Expresiones como las anteriores todos las hemos escuchado; incluso alguna vez nosotros mismos, cristianos, las hemos esgrimido en momentos de desaliento. Y es que no hay nada más doloroso que descubrir la —aparente— ineficacia de la oración, que choca tan abiertamente con lo prometido por Dios mismo en las Sagradas Escrituras. San Alfonso María de Ligorio da un rápido resumen de dichas promesas bíblicas en su libro El gran medio de la oración:

«Invócame en el día de la tribulación... Llámame y Yo te libraré... Llámame y Yo te oiré ... Pedid y se os dará... Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.. Cosas buenas dará mi Padre que está en los cielos a aquel que se las pida... Todo aquel que pide, recibe... Lo que queráis, pedidlo, y se os dará. Todo cuanto pidieren, lo hará mi Padre por ellos. Todo cuanto pidáis en la oración, creed que lo recibiréis y se hará sin falta. Si alguno pidiereis en mi nombre, os lo concederá». 

La teoría del instructivo incompleto

Y aquí empieza uno a hacer interpretaciones para salvar su fe: «Seguramente Jesucristo quiso decir otra cosa y los apóstoles lo malentendieron»; «como los evangelistas sólo pusieron por escrito una pequeña parte de la enseñanza de Cristo [cfr. Jn 21, 25], tal vez no anotaron todo lo que el Señor les enseñó acerca de la oración, y por eso ésta casi nunca nos funciona, porque no nos llegaron las instrucciones completas». Conclusiones así nos ayudan a no arrojar la toalla, a no condenar a Dios, a seguir creyendo o a intentar seguir creyendo. 

Pero, por desgracia, el sentimiento de fracaso, la sensación de haber sido burlados por las sentencias bíblicas, puede llevar —y de hecho ha llevado a muchos en todas las épocas— a la abierta enemistad con el Altísimo, o a dudar seriamente de su existencia.

La teoría del Dios ficticio

Escribe el ingeniero Alfonso Aguiló en su libro ¿Es razonable ser creyente? (Ediciones Palabra) este ejemplo de una mujer decepcionada: 

«Me siento engañada. Me habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que la oración era omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía... Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que es todo una gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací». 

Y volvemos a lo mismo: si se supone que Dios es no sólamente todopoderoso, sino que nos ama tanto como verdadero Padre, ¿cómo es que no atiende las súplicas de sus hijos? Es más, ¿quién fue el... sinvergüenza al que se le ocurrió escribir en la Biblia, como salidas de la boca de Jesús, las siguientes palabras?: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11). Como la fórmula bíblica no funciona, luego entonces Dios es sólo una ilusión.

La teoría del Dios a mi servicio

El mismo Alfonso Aguiló hace notar de inmediato, tras el ejemplo de la frustrada mujer, que la actitud con la que muchos suelen recurrir a la oración es la más inapropiada, comenzando por el hecho de que nunca o casi nunca rezan sino cuando tienen una necesidad, «y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida, tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. ‘Son ese tipo de personas —decía Martín Descalzo— que tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás’». Ésta sería, pues, una lamentable pero muy común visión utilitarista de Dios, es decir: Dios debe estar a mi servicio y no yo al servicio de Él; Dios es bueno si hace lo que le pido; Dios no me ama o no existe si no me cumple aquello por lo que le recé.

Pedir no es malo

Lo anterior no significa que orar para pedir sea malo, pero sí es una llamada de atención en el sentido de que orar es mucho más que sólo estar solicitando favores.

El Catecismo de la Iglesia Católica hace notar que ciertamente la petición es la forma de oración «más habitual, por ser la más espontánea» (n. 2629). Pero también recuerda que hay muchos otros modos de orar; por ejemplo, la oración de acción de gracias, con la que se reconoce que todo bien recibido es obra de la mano de Dios; la oración de alabanza, en la que se le da gloria Dios no por lo que hace sino por lo que es, y la oración de adoración, en la que, al reconocer que Dios es Dios, se ejerce una sumisión voluntaria a Él.

Obviamente, Dios quiere que le pidamos. Por eso, cuando los discípulos le suplicaron: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1), Jesús les enseñó el Padrenuestro, una oración compuesta por un saludo y siete peticiones (Mt 6, 9-13).

Pedirle a Dios es un modo de glorificarlo pues así se reconoce que es el verdadero y único Señor de la historia, capaz de cambiar los acontecimientos y hasta de pasar por alto las leyes de la naturaleza. De igual modo, la oración de petición puede constituir un acto de humildad, pues hace evidente que el que reza no es autosuficiente sino una siemple criatura, necesitada de la bondad divina.

La promesa de ser escuchados es para todos

Como explica el mismo Catecismo en su número 2565, «la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo». Visto así, quien se acuerda de Dios sólo cuando tiene una necesidad, obviamente no es una persona que mantiene con una relación correcta con el Señor.

Sin embargo, aun cuando alguien no se acuerde nunca de hablar con Dios sino cuando tiene una súplica que hacerle, esta oración tiene su importancia en el sentido de que «la petición ya es un retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).

Más aún, la promesa de que «todo el que pide recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá» (Mt 7, 8) la hizo Cristo sin excluir a nadie, porque en Dios no hay exclusión de personas. Todo el que pide con fe recibe, no importa si no es cristiano, si es un protestante o si es un católico muy pecador. 

Hay a quienes el sentimiento de indignidad les impide acercarse a la oración. Jesucristo habló de esto a sor Josefa Menéndez , religiosa española de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien el Señor le concedió revelaciones privadas desde 1921 hasta su muerte, en 1923. El Señor le dijo: «Estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi divino Corazón…porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi Bondad. Si reconocen su impotencia y debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído».

Los pecadores también deben orar

Escribre san Alfonso María de Ligorio en su tratado El gran medio de la oración: 

«No faltará alguno que dirá por ventura: soy pecador y por tanto no puedo rezar, porque leí en las Sagradas Escrituras: ‘Dios no oye a los pecadores’. Mas nos ataja santo Tomás de Aquino.... [diciendo] que eso sólo se puede decir del pecador, en cuanto es pecador, esto es, cuando pide al Señor medios para seguir pecando, como si se pidiese al Cielo ayuda para vengarse de su enemigo o para llevar adelante alguna mala intención. Y otro tanto puede decirse del pecador que pide al Señor la gracia de la salvación sin deseo de salir del estado de pecado en que se encuentra». 

En tales casos, «sus oraciones no pueden ser oídas de Dios, porque son temerarias y abominables. ¿Qué mayor temeridad la de un vasallo que se atreve a pedir una gracia a su rey, a quien no tan sólo ofendió mil veces, sino que está resuelto a seguir ofendiéndole en lo venidero? Así entenderemos por qué razón el Espíritu Santo llama detestable y odiosa la oración de aquel que por una parte reza a Dios y por otra parte cierra los oídos para no oír y obedecer la voz del mismo Dios. Lo leemos en el Libro Sagrado de los Proverbios: ‘Quien cierre sus oídos para no escuchar la ley, execrada será de Dios su oración’. A estos desatinados pecadores les dirige el Señor aquellas palabras del profeta Isaías: Por eso, ‘cuando levantareis las manos hacia Mí, Yo apartaré mi vista de vosotros, y cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos os escucharé’...

«Hay pecadores que han caído por fragilidad o por empuje de una fuerte pasión y son ellos los primeros en gemir... y en desear que llegue por fin la hora de romper aquellas cadenas y salir de tan mísera esclavitud. Piden ayuda al Señor, y si esta oración fuere constante, Dios ciertamente los oirá... Lo que la amistad no consigue, dice el Crisóstomo, obtiénese por la oración... San Agustín razona muy bien cuando dice que si Dios no oyera a los pecadores, inútil hubiera sido la oración de aquel humilde publicano que le decía: ‘Señor, tened piedad de mí, pobre pecador’. Sin embargo, expresamente nos dice el Evangelio que fue oída su oración y que ‘salió del templo justificado’. 

«Mas ninguno estudió esta cuestión como el Doctor Angélico, y él no duda en afirmar que es oído el pecador, cuando reza; y trae la razón que, aunque su oración no sea meritoria, tiene la fuerza misteriosa de la impetración, ya que ésta no se apoya en la justicia, sino en la bondad de Dios». 

Condiciones para que la oración sí «funcione»

Es, pues, un hecho indiscutible —que jamás debemos olvidar— que Dios siempre escucha. Es más, como dice el presbítero español Franciso Fernández Carvajal en su libro Hablar con Dios (Ediciones Palabra), «Jesús nos oye siempre, también cuando parece que calla. Quizá es entonces cuando más atentamente nos escucha; quiere que le pidamos confiadamente, sin desánimo, con fe».

Entonces —volvemos al principio—, ¿por qué no vemos resultados en la oración? ¿Por qué seguimos sintiéndonos frustrados a la hora de pedirle algo a Dios? ¿Por qué, por qué? Definitivamente porque fallamos en alguna de las cuatro grandes condiciones que el Señor nos ha enseñado como necesarias para que la oración «funcione»: tener fe al pedir, ser perseverantes en nuestro rezo, pedir cosas buenas y hacerlo con humildad. ¿Realmente las cumplimos cabalmente? ¿No será que nos rendimos fácilmente si no vemos resultados inmediatos? ¿Acaso confiamos al cien por ciento en que Dios nos va a atender? Y, de las cosas que pedimos, ¿no será que no son tan «buenas» como pretendemos o, mejor todavía, no será que Dios tiene pensado para nosotros algo aún mejor?nosotros algo aún mejor?

V- Diversos Temas: 7. Quien reza se salva

Autor:  Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 7ª Parte.

Jesús les dijo: «... Levantaos y orad para que no caigáis en tentación» (Lc 22, 46)

«Nada más claro que el lenguaje de las Sagradas Escrituras cuando quieren demostramos la necesidad que de la oración tenemos para salvamos: "Es menester orar siempre y no desmayar"... "Vigilad y orad para no caer en la tentación". "Pedid y se os dará"... Está bien claro que las palabras es menester, orad, pedid significan y entrañan un precepto y grave necesidad». Estas palabras son de san Alfonso María de Ligorio, quien advierte en su libro El gran medio de la oración sobre la actitud de aquéllos que menosprecian la oración como medio salvífico: «Pretendía el impío Wicleff que estos textos sólo significaban la necesidad de buenas obras, y no de la oración; y era porque, según su errado entender, orar no es otra cosa que obrar bien. Fue éste un error que expresamente condenó la santa Iglesia».

A fin de cuentas, «la gracia de la salvación eterna no es una sola gracia; es más bien una cadena de gracias, y todas ellas unidas forman el don de la perseverancia. A esta cadena de gracias ha de corresponder otra cadena de oraciones, si es lícito hablar así, y, por tanto, si rompemos la cadena de la oración, rota queda la cadena de las gracias que han de obtenernos la salvación y estaremos fatalmente perdidos».

Ciertamente, Nuestro Señor Jesucristo advierte que en el Juicio Final seremos juzgados por la caridad ejercida: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles... pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre.... porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme"... Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis"» (Mt 25, 31-40). Los de la izquierda, lo sabemos, irán a la condenación eterna por negarse a realizar buenas obras en favor de sus hermanos.

Entonces, si la Biblia enseña que la salvación está ligada a la actuación humana, ¿por qué habría de ser necesaria la oración? Porque la misma Escritura nos presenta a Jesucristo advirtiéndonos: «Sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15, 5). Y es cierto: sin orar no podemos permanecer mucho tiempo sin pecado.

Dice el doctor Leonardo Lessio, sacerdote del siglo XVII: «No se puede negar la necesidad de la oración a los adultos para salvarse sin pecar contra la fe, pues es doctrina evidentísima de las Sagradas Escrituras que la oración es el único medio para conseguir las ayudas divinas necesarias para la salvación eterna».

En otras palabras, sin la gracia de Dios no podemos realizar el bien.

Nos recuerda santo Tomás de Aquino: «Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad que por el Bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas». Y explica que no es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades, sino para que nosotros lleguemos a convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios para alcanzar la salvación.

Volviendo a san Alfonso María, resumamos: «Sin oración, cosa muy difícil es que nos podamos salvar... Con la oración, la salvación es segura y fácil porque, en efecto, ¿qué se necesita para salvarnos? Que digamos: Dios mío, ayudadme; Señor mío, amparadme y tened misericordia de mí. Esto basta. ¿Hay cosa más fácil? Pues repitámoslo, que si lo decimos bien y con frecuencia esto bastará para llevrnos al Cielo... Pensemos que, si no rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a todos da la gracia de orar... Si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa de nuestra infinita desgracia será una sola: que no hemos rezado».

Entonces, ¿hasta cuándo hemos de orar? Responde san Juan Crisóstomo: «Hemos de orar siempre, hasta que oigamos la sentencia de nuestra salvación eterna, es decir, hasta la muerte».

V- Diversos Temas: 6. ¿Cómo y cuándo empieza a vivirse el Triduo Pascual?

Autor: primeroscristianos.com | Fuente: elobservadorenlinea.com 

Cada celebración del Triduo presenta su fisonomía particular. Es importante que los cristianos de hoy sepamos como recordaban los primeros cristianos los acontecimientos que recordamos durante estos días..

El Triduo Pascual es el punto culminante de todo el año litúrgico. Durante el Triduo la Iglesia conmemora los grandes acontecimientos que jalonaron los últimos días del Señor.

La expresión Triduo Pascual aplicada a las fiestas anuales de la Pasión y Resurrección es relativamente reciente, pues no se remonta más allá de los años treinta del siglo XX; pero ya a finales del siglo IV san Ambrosio hablaba de un Triduum Sacrum para referirse a las etapas del misterio pascual de Cristo que, durante tres días, et passus est, et quievit et resurrexit.

Deslumbrada por la realidad histórica de la muerte de Cristo, la primitiva Iglesia advirtió la necesidad de celebrar litúrgicamente este hecho salvífico, por medio de un rito memorial, donde, en obediencia al mandato expreso del Señor, se renovara sacramentalmente su sacrificio.

De este modo, durante los primeros compases de la vida de la Iglesia, la Pascua del Señor se conmemoraba cíclicamente, a partir de la asamblea eucarística convocada el primer día de la semana, día de la resurrección del Señor (dominicus dies) o domingo. Y, muy pronto, apenas en el siglo II, comenzó a reservarse un domingo particular del año para celebrar este misterio salvífico de Cristo. Llegados a este punto, el nacimiento del Triduo Pascual era sólo cuestión de tiempo, cuando la Iglesia comenzase a revivir los misterios de Cristo de modo histórico, hecho que acaeció por primera vez en Jerusalén, donde aún se conservaba la memoria del marco topográfico de los sucesos de la pasión y glorificación de Cristo.

De todos modos, en el origen de la celebración pascual tampoco puede subestimarse la benéfica influencia de la respuesta dogmática y litúrgica de la ortodoxia frente a la herejía arriana; reacción que supuso una atracción de la piedad de los fieles hacia la persona de Jesús (Hijo de Dios e Hijo de María), y hacia sus hechos históricos.

Cada celebración del Triduo presenta su fisonomía particular: la tarde del Jueves Santo conmemora la institución de la Eucaristía; el Viernes se dedica entero a la evocación de la pasión y muerte de Jesús en la cruz; durante el sábado la Iglesia medita el descanso de Jesús en el sepulcro. Por último, en la Vigilia Pascual, los fieles reviven la alegría de la Resurrección.

Jueves Santo

La Misa vespertina in Cena Domini abre el Triduo Pascual. La Iglesia en Jerusalén conocía ya, en el siglo IV, una celebración eucarística conmemorativa de la Última Cena, y la institución del sacramento del sacrificio de la Cruz:

Al principio esta celebración se desarrollaba sobre el Gólgota, en la basílica del Martyrion, al pie de la Cruz, y no en el Cenáculo; hecho que confirma la íntima relación entre la celebración eucarística y el sacrificio de la Cruz.

A finales del siglo IV esta tradición se vivía también en numerosas iglesias de occidente, pero habrá que esperar hasta el siglo VII para encontrar los primeros testimonios romanos.

Viernes Santo

El Viernes Santo conmemora la pasión y muerte del Señor. Dos documentos de venerable antigüedad (la Traditio Apostolica de San Hipólito y la Didaskalia Apostolorum, ambas del siglo IIItestimonian como práctica común entre los cristianos el gran ayuno del viernes y sábado previos a la Vigilia Pascual.

Sin embargo, habrá que esperar hasta finales del siglo IV d.C. para encontrar, en Jerusalén, las primeras celebraciones litúrgicas de la Pasión del Señor: se trataba de una jornada dedicada íntegramente a la oración itinerante; los fieles acudían del Cenáculo (donde se veneraba la columna de la flagelación) al Gólgota, donde el obispo presentaba el madero de la Cruz. Durante las estaciones se leían profecías y evangelios de la Pasión, se cantaban salmos y se recitaban oraciones.

Los testimonios más antiguos de una liturgia de Viernes Santo en Roma proceden del siglo VII. Manifiestan dos tradiciones distintas, y nos han llegado a través del Sacramentario Gelasiano (oficio presbiteral con veneración de la cruz, liturgia de la palabra y comunión con los presantificados) y el Sacramentario Gregoriano (liturgia papal, limitada a lecturas bíblicas y plegaria universal).

Sábado Santo

En los primeros siglos de historia de la Iglesia, el Sábado Santo se caracterizaba por ser un día de ayuno absoluto, previo a la celebración de las fiestas pascuales. Pero a partir del siglo XVI, con la anticipación de la Vigilia a la mañana del sábado, el significado litúrgico del día quedó completamente oscurecido hasta que las sucesivas reformas de nuestro siglo le han devuelto su originaria significación. El Sábado Santo debe ser para los fieles un día de intensa oración, acompañando a Jesús en el silencio del sepulcro.

Vigilia Pascual

La celebración litúrgica de la Pascua del Señor se encuentra en los orígenes mismos del culto cristiano. Desde la generación apostólica, los cristianos conmemoraron semanalmente la Resurrección de Cristo por medio de la asamblea eucarística dominical.

Además, ya en el siglo II la Iglesia celebra una fiesta específica como memoria actual de la Pascua de Cristo, aunque las distintas tradiciones subrayen uno u otro contenido pascual: Pascua-Pasión (se celebraba el 14 de Nisán, según el calendario lunar judío, y acentuaba el hecho histórico de la Cruz) y Pascua-Glorificación, que, privilegiando la Resurrección del Señor, se celebraba el domingo posterior al 14 de Nisán, día de la Resurrección de Cristo. Esta última práctica se impuso en la Iglesia desde comienzos del siglo III.

V- Diversos Temas: 5. El paraíso prometido es la paz de conciencia

Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap | Fuente: caminocatolico.org 

El predicador del Papa ha explicado que "el paraíso prometido es la paz de conciencia", en su tradicional homilía del Viernes Santo pronunciada en la celebración de la Pasión del Señor , una ceremonia presidida por el Papa Benedicto XVI.

Algunos padres de la Iglesia han encerrado en una imagen todo el misterio de la redención. Imaginemos, decían, que tenga lugar en el estadio una lucha épica. Un valiente ha enfrentado al cruel tirano que tenía esclavizada la ciudad, y con enorme esfuerzo y sufrimiento, lo ha vencido. Tú estabas en las graderías, no has luchado, ni te has esforzado ni te han herido. Pero si admiras al valiente, si te alegras con él por su victoria, si le tejes coronas, provocas y agitas a la asamblea por él, si te inclinas con alegría por el vencedor, le besas la cabeza y le das la mano, en definitiva, si tanto deliras por él, hasta considerar como tuya su victoria, te digo ciertamente que tú tendrás parte en el premio del vencedor.

Pero aún hay más: supongamos que el vencedor no tenga ninguna necesidad del premio que ganó, pero quiera más que nada, ver honrado a su sostenedor y considerar el premio por el que luchó, como la coronación del amigo. ¿En tal caso aquel hombre no obtendrá quizás la corona, incluso si no ha luchado ni ha sido herido? ¡Por supuesto que sí!

Así, dicen estos padres, sucede entre Cristo y nosotros. "Él, en la cruz, ha vencido a su antiguo enemigo". "Nuestras espadas --exclama san Juan Crisóstomo--, no están ensangrentadas, no estábamos en la lucha, no tenemos heridas, la batalla ni siquiera la hemos visto, y he aquí que obtenemos la victoria. Suya fue la lucha, nuestra la corona. Y visto que hemos ganado también nosotros, debemos imitar lo que hacen los soldados en estos casos: con voces de alegría exaltamos la victoria, entonamos himnos de alabanza al Señor".

No se podría explicar de una manera mejor el significado de la liturgia que estamos celebrando.

¿Pero lo que estamos haciendo es también eso una imagen, la representación de una realidad del pasado, o es la misma realidad? ¡Las dos cosas! "Nosotros, --decía san Agustín al pueblo--, sabemos y creemos con fe certera que Cristo murió una sóla vez por nosotros [...]. Sabéis perfectamente que todo esto sucedió una sola vez y sin embargo la solemnidad lo renueva periódicamente [...]. Verdad histórica y solemnidad litúrgica no están en conflicto entre sí, como si la segunda fuera falsa y sólo la primera correspondiera con la verdad. De aquello que la historia afirma que ha sucedido, en realidad, una sola vez, la solemnidad a menudo lo renueva en los corazones de los fieles".

La liturgia "renueva" el evento: ¡Cuántas discusiones, durante cinco siglos, sobre el significado de esta palabra, especialmente cuando se aplica al sacrificio de la cruz y a la misa! Pablo VI utilizó un verbo que podría allanar el camino para un entendimiento ecuménico sobre este tema: el verbo "representar", entendido en el sentido fuerte de re-presentar, es decir, hacer nuevamente presente y operante el hecho.

Hay una diferencia sustancial entre la representación de la muerte de Cristo y aquella, por ejemplo, de la muerte de Julio César en la tragedia homónima de Shakespeare. Nadie atiende, siendo vivo, al aniversario de su muerte; Cristo sí, porque Él ha resucitado. Sólo él puede decir, como lo hace en el Apocalipsis: "Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos". (Ap. 1,18). Debemos estar atentos en este día, al visitar los llamados "Repositorios" o al participar en las procesiones del Cristo muerto, no merezcamos el reproche que Cristo resucitado dirige a las pías mujeres en la mañana de Pascua: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?" (Lc. 24,5).

Es una afirmación osada, pero verdadera la de ciertos autores ortodoxos. "La anamnesi, o sea el memorial litúrgico vuelve al evento más verdadero de lo que sucedió históricamente la primera vez". En otras palabras es más verdadero y real para nosotros que lo revivimos "según el Espíritu" de lo que era para quienes lo vivían "según la carne", antes que el Espíritu Santo le revelara a la iglesia el significado pleno.

Nosotros no estamos celebrando solamente un aniversario, sino un misterio. Y nuevamente san Agustín explica la diferencia entre las dos cosas. La celebración "como en un aniversario", no pide otra cosa -dice- si no la de "indicar con una solemnidad religiosa el día del año en el que se fija el recuerdo de este hecho"; en la celebración como un misterio ("en sacramento"), "no solamente se conmemora un hecho sino que se hace de tal manera que se entienda su significado y sea acogido santamente".

Esto cambia todo. No se trata solamente de asistir a una representación, sino de "acoger" el significado, de pasar de espectadores a actores. Nos toca a nosotros por lo tanto elegir qué parte queremos representar en el drama, quién queremos ser: si Pedro, Judas, Pilato, la muchedumbre, el Cirineo, Juan, María... Ninguno puede quedarse neutral; no tomar posición es pretender una bien precisa: la de Pilatos que se lava las manos, o la de la muchedumbre que desde lejos "estaba mirando" (Lc 23,35). Si volviendo a casa esta noche alguien nos pregunta: "¿De dónde vienes, dónde has estado?" respondamos al menos en nuestro corazón: "¡En el Calvario!".

Todo esto no se realiza automáticamente, solamente por el hecho de haber participado de esta liturgia. Se trata, decía san Agustín, de "acoger" el significado del misterio. Esto se realiza con la fe. No hay música si no existe un oído que escuche, por más que la música de la orquesta toque fuerte; no hay gracia allá donde no hay una fe que la acoja.

En una homilía pascual del siglo IV, el obispo pronunciaba estas palabras extraordinariamente modernas y se diría existencialistas: "Para cada hombre, el principio de la vida es aquel, a partir del cual Cristo fue inmolado por él. Pero Cristo se ha inmolado por él en cuanto él reconoce la gracia y se vuelve consciente de la vida que le ha dado aquella inmolación".

Esto sucedió sacramentalmente en el bautismo, pero tiene que suceder conscientemente y siempre de nuevo en la vida. Antes de morir debemos tener el coraje y hacer un acto de audacia, casi un golpe de mano: apropiarse de la victoria de Cristo. !Una apropiación indebida! Una cosa lamentablemente común en la sociedad en la que vivimos, pero que con Jesús ésta no solamente no nos está prohibida, sino que se nos recomienda. "Indebida" que significa que no nos es debida, que no la hemos merecido nosotros, pero que nos es dada gratuitamente por la fe.

Más bien vayamos a lo seguro, escuchemos a un doctor de la iglesia. "Yo -escribe san Bernardo- lo que no puedo obtener por mi mismo, me lo apropio (literalmente, !lo usurpo!) con confianza del costado traspasado del Señor, porque está lleno de misericordia. Mi mérito por lo tanto es la misericordia de Dios. No soy pobre de méritos mientras Él sea rico de misericordia. Pues si la misericordia del Señor es mucha (Sal 119, 156), yo tendré abundancia de méritos. ¿Y que es de mi justicia? Oh Señor, me acordaré solamente de tu justicia. De hecho esa es también la mía, porque tú eres para mí justicia de parte de Dios". (cf. 1 Cor 1, 30).

¿Acaso este modo de concebir la santidad volvió a san Bernardo menos celoso de las buenas obras, menos empeñado en adquirir la virtud? Quizás descuidaba la mortificación de su cuerpo y de reducirlo a esclavitud (cf. 1 Cor 9,27), el apóstol Pablo quien antes que todos y más que todos había hecho de esta apropiación de la justicia de Cristo la finalidad de su vida y de su predicación (cf. Fil 3, 7-9).

En Roma, como en todas las ciudades grandes existen los que no tienen un techo. Tienen un nombre en todos los idiomas: homeless, clochards, barboni, mendigos: personas humanas que lo único que tienen son unos pocos trapos que visten y algún objeto que llevan en bolsas de plástico.

Imaginemos que un día se difunde esta voz: en via Condotti (¡todos saben lo que significa en Roma la via Condotti!), está la dueña de una boutique de lujo que, por alguna razón desconocida, por interés o generosidad, invita a todos los mendigos de la estación Termini a ir a su negocio, a dejar sus trapos sucios, a ducharse y después a elegir el vestido que deseen entre los que están expuestos y llevárselos, así, gratuitamente.

Todos dicen en su corazón: "¡Esta es una fábula, no sucederá nunca!". Es verdad, pero lo que no sucede nunca entre los hombres es lo que puede suceder cada día entre los hombres y Dios, porque, ¡delante de Él, aquellos mendigos somos nosotros! Esto es lo que sucede con una buena confesión: te despojas de tus trapos sucios, los pecados; recibes el baño de la misericordia y te levantas "cubierto por ropas de fiesta, envuelto en manto de victoria" (Is. 61, 10).

El publicano de la parábola que fue al templo a rezar dijo simplemente, pero desde lo profundo de su corazón: "¡Oh Dios, ten piedad de mí, que soy pecador!", y "volvió a su casa justificado". (Lc. 18,14), reconciliado, hecho nuevo, inocente. Igual, si tenemos su fe y su arrepentimiento, podrán decirlo de nosotros volviendo a casa después de esta liturgia.

Entre los personajes de la pasión con los cuales podemos identificarnos me doy cuenta que he omitido uno, que más que todos espera a quien quiera seguir su ejemplo: el buen ladrón. El buen ladrón confiesa completamente su pecado; le dice a su compañero que insulta a Jesús: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón porque nos lo hemos merecido por nuestros hechos; en cambio este, nada malo ha hecho" (Lc. 23, 40s.). El buen ladrón se muestra como un excelente teólogo. Solamente Dios, de hecho, sufre absolutamente como inocente; cada persona que sufre debe decir: "Yo sufro justamente", porque aunque si no es el responsable de la acción que le viene imputada, no está enteramente libre de culpa. Solamente el dolor de los niños inocentes se asemeja al de Dios y por esto es así misterioso y sagrado.

Cuántos delitos atroces se quedaron, en los últimos tiempos, sin un culpable, ¡Cuánto casos no resueltos! El buen ladrón lanza un llamado a los responsables: hagan como yo, salgan al descubierto, confiesen su culpa; experimentareis también vosotros la alegría que yo he sentido cuando escuché la palabra de Jesús: "¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!" (Lc 23,43).

Cuántos reos confesos pueden confirmar que fue así también con ellos: que pasaron del infierno al paraíso el día que tuvieron el coraje de arrepentirse y confesar su culpa. También yo he conocido a alguno. El paraíso prometido es la paz de conciencia, la posibilidad de mirarse en el espejo y mirar a los propios hijos sin necesidad de tener que despreciarse.

No lleváis a la tumba vuestro secreto; os procuraría una condena más temible que aquella humana. Nuestro pueblo no es despiadado con quien se ha equivocado, si reconoce el mal realizado, sinceramente, no solamente por conveniencia. Por el contrario, está listo a apiadarse y acompañar al arrepentido en su camino de redención (que en todo caso se vuelve más breve). "Dios perdona muchas cosas, por una obra buena", dice Lucia en "Los Novios" de Alessandro Manzoni, al hombre que la había raptada. Aún más, tenemos que decir, Él perdona muchas cosas debido a un acto de arrepentimiento. Lo ha prometido solemnemente: "Aunque fuesen sus pecados rojos como la grana, como nieve blanquearán; y así rojeasen como el carmesí, como lana quedarán" (Is. 1, 18).

Volvamos ahora a hacer lo que hemos escuchado al inicio, que es nuestra tarea en este día: con voces de júbilo exaltemos la victoria de la cruz, entonemos himnos de alabanza al Señor. "O Redemptor, sume carmen temet concinentium". Y tú, Redentor nuestro, acoge el canto que elevamos hasta ti.

V- Diversos Temas: 4. Las grandes herejías

Autor: Carlos Caso-Rosendi | Fuente: voxfidei-apologetica.blogspot.com 

Una herejía se opone inmediata, directa y contradictoriamente a la verdad revelada por Dios y propuesta auténticamente como tal por la Iglesia, para no caer en ellas hay que conocerlas.

Desde los principios del cristianismo, la Iglesia ha sido atacada por aquellos que introducen falsas enseñanzas, o herejías. La Biblia nos avisó que esto sucedería. Pablo advirtió a su joven discípulo, Timoteo, "Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas." (2 Timoteo 4, 3-4).

¿Qué es la herejía?

Herejía es un término con una gran carga emocional y con frecuencia se lo usa mal. No es lo mismo que la incredulidad, el cisma, la apostasía u otros pecados contra la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica declara, "La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos" (CCC 2089).

Para cometer herejía, uno tiene que rechazar la corrección. No es un hereje aquella persona que está dispuesta a ser corregida o una que no se ha dado cuenta que lo que ha estado declarando es contrario a la enseñanzas de la Iglesia.

Sólo un individuo bautizado puede cometer herejía. Esto significa que, aquellos movimientos que se han separado o que han sido influídos por el cristianismo, pero que no practican el bautismo (o que no practican el bautismo válido), no son herejes, sino religiones distintas. Como ejemplo podríamos mencionar a Testigos de Jehová, ya que no practican el bautismo válido.

Finalmente, la duda o la negación herética debe concernir a un asunto que ha sido revelado por Dios y solemnemente definido por la Iglesia (por ejemplo, la Trinidad, la Encarnación, la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, el Sacrificio de la Misa, la infalilbilidad papal o la Inmaculada Concepción y Asunción de María).

Es importante distinguir herejía de cisma y apostasía. En el cisma, uno se separa de la Iglesia Católica sin repudiar una doctrina definida. Un ejemplo de cisma contemporáneo es la Hermandad Sacerdotal San Pio X, los "Lefebvristas" o seguidores del difunto Arzobispo Marcel Lefebvre- quien se separó de la Iglesia en la última parte de la década de 1980 pero que no ha negado las doctrinas católicas. En la apostasía, uno repudia la fe cristiana y ya no declara ser un cristiano.

Teniendo esto en mente, echemos una mirada a las grandes herejías de la historia de la Iglesia y las épocas en que ocurrieron.

Los circuncisionistas (Siglo I)

La herejía circuncisionista puede ser resumida en las palabras de Hechos 15, 1 "Algunas personas venidas de Judea enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse."

Muchos de los cristianos primitivos eran judíos que trajeron a la fe muchas de sus anteriores prácticas. Reconocían en Jesús al Mesías anunciado por los profetas y en cumplimiento del Antiguo Testamento. Como la circuncisión se requería en el Antiguo Testamento para ser miembro de la Alianza de Dios, muchos pensaron que también se requeriría para ser miembro de la Nueva Alianza que Cristo había venido a inaugurar. Creían que uno debía ser circuncidado y debía guardar la Ley Mosaica para venir a Cristo. En otras palabras, que uno debía ser judío para poder ser cristiano.

Sin embargo Dios le hizo claro a Pedro en Hechos capítulo 10 que los gentiles eran aceptables a Dios y que podían ser bautizados y ser cristianos sin circuncisión. La misma enseñanza fue vigorosamente defendida por Pablo en sus epístolas a los romanos y a los gálatas, dos lugares en los que la herejía circuncisionista se había extendido.

Gnosticismo (Siglos I y II)

"¡La materia es mala!" fue el grito de los gnósticos. Esta idea la tomaron prestada de ciertos filósofos griegos. Es contraria a la enseñanza católica, no solamente porque contradice Génesis 1, 31 ("Y Dios vió todo lo que había hecho y vió que era muy bueno") y otras escrituras, sino porque niega la Encarnación. Si la materia es mala, entonces Jesucristo no pudo haber sido verdadero Dios y verdadero hombre, porque Cristo no es malo de ninguna manera. Así fue que muchos gnósticos negaron la Encarnación, declarando que Cristo solo aparentó ser un hombre, pero que su humanidad era solo una ilusión. Algunos gnósticos, reconociendo que el Antiguo Testamento enseñaba que Dios había creado la materia, afirmaron que el Dios de los judíos era una deidad mala distinta del Dios del Nuevo Testamento, el Dios de Jesucristo. Además propusieron la creencia en muchos seres divinos, conocidos como "eones", que mediaban entre el hombre el Dios final e inalcanzable. El más bajo de estos eones, el que había tenido contacto con los hombres, era supuestamente Jesucristo.

Montanismo (Ultima parte del siglo II)

Montanus comenzó su carrera en forma inocente, por medio de predicar el retorno a la penitencia y el fervor. Su movimiento también recalcó la permanencia de los dones milagrosos, como ser el hablar en lenguas y profetizar. Pero también proclamó que sus enseñanzas estaban por sobre las de la Iglesia y pronto comenzó a predicar el inminente retorno de Cristo en su lugar de origen, Frigia. Hubo declaraciones afirmando que Montanus mismo era, o al menos, hablaba por el Paráclito cuyo advenimiento Jesús había prometido (en realidad el Espíritu Santo).

Sabelianismo (Siglo III)

Los sabelianos enseñaron que Cristo y Dios Padre no eran personas distintas, sino dos aspectos u oficios de la misma persona. Según ellos, las tres personas de la Trinidad existen solamente en relación con el hombre y no en la realidad objetiva.

Arrianismo (Siglo IV)

Arrio enseñó que Cristo era una criatura hecha por Dios. Disfrazando su herejía por medio de usar terminología ortodoxa o casi-ortodoxa, logró sembrar una gran confusión en la Iglesia. Llegó a asegurarse el apoyo de muchos obispos, en tanto que otros le excomunicaron.

El arrianismo fue solemnemente condenado en 325 en el primer concilio de Nicea, que definió la divinidad de Cristo, y en 381 en el primer concilio de Constantinopla que definió la divinidad del Espíritu Santo. Estos dos concilios nos dieron el credo Niceno-Constantinopolitano, el cual los católicos recitamos en la Misa dominical.

Pelagianismo (Siglo V)

Pelagio negó que el pecado original fuera heredado del pecado de Adán en el Edén y afirmó que llegamos a ser pecadores solo a través del mal ejemplo de la comunidad pecaminosa en la que nacemos. Contradictoriamente, enseñó que heredamos la justicia como resultado de la muerte de Cristo en la Cruz y dijo que llegamos a ser personalmente justos por instrucción e imitación en la comunidad cristiana, siguiendo el ejemplo de Cristo. Pelagio declaró que el hombre nace moralmente neutral y puede llegar al cielo por sus propios medios. Por lo tanto la gracia de Dios no es realmente necesaria, sino que meramente facilita lo que de otra manera sería una tarea muy difícil.

Semi-Pelagianismo (Siglo V)

Después que San Agustín refutara las enseñanzas de Pelagio, algunos probaron una versión modificada de aquel sistema. Esto también terminó en una herejía que afirmaba que los humanos pueden acercarse a Dios por su propio poder y sin ayuda de la gracia de Dios; que una vez que una persona ha entrado en estado de gracia, uno puede retener ese estado por sus propios esfuerzos sin que medie ninguna gracia adicional por parte de Dios. Y que el esfuerzo humano natural por sí mismo puede darle a uno cierto derecho a recibir gracia aunque no sea estrictamente meritorio.

Nestorianismo (Siglo V)

Esta herejía sobre la persona de Cristo fue iniciada por Nestorio, obispo de Constantinopla, que le negó a María el título de Theotokos (gr. lit. "Quien lleva a Dios" o menos literalmente, "Madre de Dios"). Nestorio declaró que ella solamente había llevado en su seno a la naturaleza humana de Cristo y así propuso el título alternativo de Christotokos ("Quien lleva a Cristo" o "Madre de Cristo").

Los teólogos católicos ortodoxos reconocieron que la teoría de Nestorius fracturaría a Cristo en dos personas separadas (una humana y una divina unidas en una especie de unidad desligada), de los cuales uno solo estaba en el seno [de María]. La Iglesia reaccionó en 432 con el Concilio e Efeso, definiendo que María puede ser propiamente llamada Madre de Dios, no en el sentido de ser ella anterior a Dios o a la fuente de Dios, sino en el sentido de haber tenido en su vientre materno a la persona de Dios Encarnado.

Es dudoso que el mismo Nestorius creyera en la herejía que sus declaraciones implican y en este siglo, la Iglesia Oriental de Asiria, que ha sido históricamente considerada nestoriana, ha firmado una declaración cristológica totalmente ortodoxa conjuntamente con la Iglesia Católica y ha rechazado el nestorianismo. Esta iglesia está ahora mismo en proceso de entrar en total comunión eclasiástica con la Iglesia Católica.

Monofisismo (Siglo V)

El monofisismo comenzó como una reacción al nestorianismo. Los monofisistas (liderados por un hombre llamado Eutiques) estaban horrorizados por lo que implicaban las declaraciones de Nestorius, que Cristo era dos personas con dos diferentes naturalezas (humana y divina). Se pasaron al otro extremo, afirmando que Cristo era una persona con una sola naturaleza que fusionaba lo divino y lo humano. Por afirmar que Cristo tenía una sola naturaleza (griego mono, uno y phisis, naturaleza) se los conoció como monofisistas.

Los teólogos católicos ortodoxos reconocieron que el monofisismo era tan malo como el nestorianismo porque negaba la plena humanidad de Cristo y su plena divinidad. Si Cristo no hubiera tenido una plena naturaleza humana, no hubiera sido humano, y si no hubiera tenido una plena naturaleza divina no hubiera sido totalmente divino.

Iconoclastia (Siglos VII y VIII)

Esta herejía surgió cuando apareció un grupo de gente conocido como los iconoclastas (que significa literalmente "los que rompen íconos") que afirmaba que era un pecado hacer pinturas o estatuas de Cristo y de los santos, a pesar que en la Biblia, Dios había ordenado que se hicieran estatuas religiosas (Exodo 25, 18-20; 1 Crónicas 28, 18-19), incluyendo representaciones simbólicas de Cristo (cf. Números 21, 8-9 con Juan 3, 14).

Catarismo (Siglo XI)

El catarismo es una mezcla complicada de religiones no-cristianas re-elaboradas con terminología cristiana. Los cátaros tenían muchas sectas diferentes que tenía la enseñanza común de que el mundo había sido creado por una deidad maligna (por lo cual consideraban malo todo lo material) y que en su lugar se debía adorar a la deidad benigna.

Los albigenses conformaban una de las sectas cátaras más grande. Enseñaron que el espíritu es creado por Dios y es bueno, mientras que el cuerpo fue creado por el dios maligno. El espíritu entonces debe ser liberado del cuerpo. Tener hijos era uno de los más grandes males, ya que implicaba el aprisionar a otro "espíritu" en la carne. Lógicamente, el matrimonio estaba prohibido, pero la fornicación estaba permitida. Severos ayunos y mortificaciones de todo tipo eran practicados y su líderes preacticaban la pobreza voluntaria.

Sola Scriptura, Sola Fide (Siglo XVI)

Los grupos protestantes despliegan una amplia variedad de doctrinas. De todos modos, virtualmente todos ellos afirman creer en la doctrina de "Sola Scriptura" ("por la escritura solamente", la idea que debemos usar solamente la Biblia cuando formamos nuestra teología) y también "Sola Fide" (y no Sola "Fides" como muchas veces se mal escribe) o sea "solo por la fe", la idea de que somos justificados solamente por la fe.

La gran diversidad de doctrinas protestantes deriva de la doctrina de la interpretación privada o personal, que niega la autoridad infalible de la Iglesia y afirma que cada individuo debe interpretar las Escrituras por sí mismo. Esta idea es rechazada en 2 Pedro 1, 20 donde se nos dice que la primera regla para interpretar la Biblia es: "Pero tened presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura". Una característica significativa de esta herejía es el intento de poner a la Iglesia "contra" la Biblia, negando que el magisterio católico tenga la autoridad infalible para enseñar e interpretar las Escrituras.

La doctrina de la libre interpretación ha resultado en un enorme número de diferentes denominaciones. Según la publicación The Christian Sourcebook existen más de 30.000 denominaciones, y unas 270 nuevas se forman cada dia. Virtualmente todas ellas son protestantes.

Jansenismo (Siglo XVII)

Jansenius, obispo de Ypres, Francia, inició esta herejía con un documento que escribió sobre San Agustín, en el que redefinió la doctrina de la gracia. Entre otras doctrinas, sus seguidores negaron que Cristo murió por todos los hombres, sino que afirmaban que murió solamente por aquellos que serán salvados finalmente (los elegidos). Este y otros errores Jansenistas fueron oficialmente condenados por el Papa Inocencio en 1653.

Las herejías han estado con nosotros desde el principio de la Iglesia. Algunos hasta han sido originadas por líderes de la Iglesia, que tuvieron que ser corregidos por concilios y por los papas. Afortunadamente, tenemos la promesa de Cristo que ellos nunca prevalecerán contra la Iglesia, porque El le dijo a Pedro "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella." (Mateo 16, 18)

La Iglesia es, usando palabras de San Pablo, "el pilar y fundamento de la verdad" (1 Timoteo 3, 15).

El texto de este artículo es tomado de:
Catholic Answers. "The Great Heresies" capítulo XCVII pp. 359-374, de The Essential Catholic Survival Guide: Answers to Tough Questions About the Faith, publ. Catholic Answers Inc., San Diego, California 2005.
Publicación que cuenta con:
Nihil Obstat
Los materiales presentados en este libro están libres de error doctrinal o moral
Bernadeane Carr, STL, Censor Librorum, 10 de Agosto de 2004.
Imprimatur
De Acuerdo con CIC 827, 1983 se otorga el permiso para publicar este libro.
Robert H. Brom, Obispo de San Diego, California, 10 de Agosto de 2004.

V- Diversos Temas: 3. ¿Es malo el proselitismo?

Autor: P. Joan Carreras del Rincón | Fuente: BloguerosConElPapa.org 

Que un creyente desee ardientemente que la fe encienda los corazones de otras personas no sólo no es lícito sino incluso necesario y natural.

Todo depende de lo que se entienda por proselitismo, porque es una palabra que ha ido adquiriendo tonalidades negativas en los últimos tiempos.

En el Youcat (catecismo para los jóvenes que se entregó a los participantes de la JMJ Madrid 2011), se explicaba que el proselitismo es malo. Y con toda razón si por él se entiende el "aprovecharse de la pobreza intelectual o física de otros para atraerlos a la propia fe".

Sin embargo, no es éste el sentido atribuido por el Diccionario de la Academia de la Lengua Española:

“Proselitismo: celo de ganar prosélitos”
“Prosélito: Persona incorporada a una religión”.

Hace unos días, Ernesto Juliá, respondiendo a la pregunta que le había dirigido un joven acerca de la pertinencia del proselitismo para los discípulos de Jesús, afirmaba que los cristianos somos proselitistas por vocación divina:

"Los cristianos no inculcamos los principios de nadie. Nosotros anunciamos el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por amor a nosotros, y para nuestra salvación. Anunciamos esta Verdad, le comenté. Si nos cree, esa persona se convierte en prosélito cristiano, y nosotros hacemos proselitismo. Y así seguiremos hasta el final de la historia de los hombres en la tierra. Y lo somos, ya continué ayudándole a aclarar sus ideas, sencillamente porque somos fieles al mandato de Nuestro Señor Jesucristo: ´Id y predicad a todas las gentes´. Y así lo hemos vividos desde el primer día de Pentecostés. Los primeros cristianos, apenas recibido el Espíritu Santo, salieron a predicar; y entre los que escucharon y acogieron sus palabras, bautizaron a varios miles de personas. Aquel día la Iglesia hizo mucho prosélitos" (1).

Que un creyente desee ardientemente que la fe encienda los corazones de otras personas no sólo no es lícito sino incluso necesario y natural. Eso mismo le ocurría a Jesús, cuando exclamaba: "fuego he venido a traer a la Tierra y qué quiero sino que arda". San Josemaría hablaba mucho de proselitismo y lo comprendía precisamente en este sentido espiritual:

"El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer" (2).

El Papa Francisco, sin embargo, ha insistido muchas veces sobre este punto: "evangelizar no es hacer proselitismo"

Citando a Benedicto XVI, el pasado 1 de octubre, el Papa recordaba que la Iglesia no crece por medio del proselitismo sino por atracción (3).

El Evangelio, como por otra parte la misma verdad, tiene fuerza por sí misma. « La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas » (DH, 1). Éste es el principio áureo de la Evangelización.

El Evangelio es en sí mismo exigente. Dios llama al corazón de las personas cuando les llega el Evangelio convenientemente "predicado" por medio del amor y la misericordia, avalado por el testimonio coherente de los evangelizadores. En este sentido, cualquier presión que se pueda realizar sobre las personas desde fuera, es decir, añadiendo las propias exigencias desde el exterior, puede ser buena si se hace con respeto de la libertad y sin violencia, pero no puede identificarse con la acción de evangelizar. El Evangelio es gratuito: lo hemos recibido gratuitamente y así debemos darlo a los demás.

La frase de Pablo VI "el mundo tiene más necesidad de testigos que de maestros" tiene hoy más actualidad que nunca. La sensibilidad postmoderna lleva a las personas a sentir repulsa por toda afirmación categórica de la verdad. Los absolutos morales y los dogmas son rechazados de plano por el solo hecho de ser presentados como absolutos o como dogmas. Éste el escenario en el que debe ser predicado el Evangelio. El proselitismo, por tanto, tiende a ser considerado como una realidad negativa. Es un hecho que sencillamente conviene tener en cuenta.

La exigencia del Evangelio debe sentirla sobre todo el evangelizador, que ha sido enviado por el Maestro: "id por todo el mundo y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado" (Mt 28, 18); "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16).

Hacer prosélitos es bueno. La trampa está en el modo de hacerlos. La exigencia que siente el evangelizador -¡Ay de mí si no evangelizara!- no puede ser transmitida directamente al evangelizado, como si aquél fuese únicamente un transmisor o instrumento inerte. No se puede ir por la calle asaltando a las personas repitiendo literalmente las palabras de Jesús: "si no crees, te condenarás". Dejemos que sea el Evangelio el que penetre con "suavidad y firmeza" en los corazones. No añadamos ninguna otra exigencia externa porque no la necesita.

La gratuidad deberá ser una de las características más relevantes de la Nueva Evangelización. En este sentido, entiendo muy bien que el Papa repita esta frase para que a todos los católicos nos quede muy claro:

"La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción...": la atracción del Evangelio cuando es atractivamente presentado.

V- Diversos Temas: 2. La Navidad, su verdadero significado

Fuente: apologeticauniversal.blogspot.com  

En estos días nuestro mundo está sumergido en una vorágine mercantilista que poco tiene de cristiano, recordemos el verdadero significado de la Navidad y preparemos nuestros corazonez como un pesebre adecuado para que Nuestro Señor repose en él.

1.-LA FIESTA DE LA NAVIDAD: 

La fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y es originaria de la Iglesia latina y mas propiamente de la Sede Apostólica de Roma. 

Por falta de documentos exactos sobre el nacimiento de nuestro Señor, no existe una certeza absoluta acerca del año, que algunos escritores sagrados y profanos señalan entre el 747 y 749 de la fundación de Roma (del 7 al 5 A.C.), y del día, que han hecho oscilar entre el 25 de marzo y el 17 de diciembre. 

Hay pruebas del este griego y del oeste latino donde los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica, incluso en los siglos II y III. De hecho, las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar su muerte y resurrección.

Para profundizar más sobre este tema, pueden leer el siguiente artículo: "Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre"

2.-EL 25 DE DICIEMBRE Y LA NAVIDAD: 

La Navidad se celebra el 25 de diciembre, (visitar el enlace del párrafo anterior para más información sobre el tema). Navidad no es el 24 de diciembre, es TODO el 25 de diciembre. Eso sí: Navidad NO ES LA CELEBRACION DE UNA FECHA, SINO DE UN HECHO, el nacimiento del Salvador, evento absolutamente decisivo en la historia de la salvación. Es entonces una conmemoración del significado de ese hecho. Se lee en las profecías:

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre: "Consejero admirable, Dios fuerte, Padre que no muere, príncipe de la Paz." (Is 9, 5)

Ese hecho fue de tal magnitud que todo el cielo lo celebró:

De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: "Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia". (Lc 2, 13-14)

Nosotros, los beneficiados con este hecho, tenemos no solamente motivos sino una verdadera obligación de celebrarlo. 

Como lo importante es el significado, todo lo anterior se resume en que debemos ser conscientes de que hubo un día en el que Dios encarnado llegó a nuestras vidas, las cuales deben estar listas para fructificar bajo su luz ("Yo soy la luz del mundo" dijo Jesús en Jn 8, 12), de aquí que la temporada de adviento sea de penitencia y reflexión (ese es el sentido del color morado en los trajes de los sacerdotes en las misas, el mismo color de la cuaresma). Como dijo el Santo Padre Juan Pablo II:

"Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; nace para todo hombre oprimido por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza."

3.-LA NAVIDAD CRISTIANA Y LA NAVIDAD CONSUMISTA:

Navidad es una fiesta que está bajo un ataque tremendo en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar de Jesús-niño y el mall o el centro comercial ha tomado el lugar del templo. Que triste que el Domingo antes de Navidad los estacionamientos de las Iglesias estén vacíos y en los centros comerciales sea una hazaña encontrar un lugar donde estacionar el automovil. Dice la Palabra de Dios:"Donde está tu tesoro, allí esta tu corazón" (Mat.6:21) ¿Dónde está tu corazón? ¿En un centro comercial?…. ¿Cuando llegue la tribulación a tu vida, a donde vas a ir a buscar consuelo y paz? ¿Al centro comercial?

Navidad es una fiesta de cumpleaños donde se le compran regalos a todos menos al niño que se festeja. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado, donde hoy -tristemente- se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, su nombre es Jesús. 

El Apóstol Pablo, un hombre que un día fue su enemigo y que se rindió a El, dice que: frente a ese nombre se doblará toda rodilla en el cielo, en la tierra, y hasta en el infierno y a este "nombre sobre todo nombre" lo queremos borrar de nuestras vidas.

Para más confusión y desconsuelo en los últimos años, hemos visto surgir ciertos lideres de distintas denominaciones cristianas que se han sumado a la campaña de enemigos de la Navidad. Ellos, desde estaciones radiales gritan: ¡Es una fiesta pagana!, y basan su "guerra santa" contra la celebración del nacimiento de Jesús, en la creencia de que en la antigua Roma ese día la fiesta del "sol invicto"... al diablo no le faltan "casualidades". Otros estudiosos de la Palabra de Dios reclaman que Jesús no nació en esta fecha y proponen como solución al tema el olvidarse de esta fiesta. Pobres predicadores que quieren privar al cristianismo de lo más hermoso de Aquel que le dio vida, la sensibilidad.

Para los que unen sus fuerzas con el enemigo aclaremos algunos puntos:

Los cristianos no celebramos fechas, celebramos hechos. Nosotros nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador.

Como todo hecho neotestamentario, la Navidad tiene precedencia bíblica. Inclusive, el día 25 de Diciembre ya era celebrado en el antiguo pacto.

En 1 Macabeos 4, 52-53 leemos:

"52 El día veinticinco del noveno mes, llamado Quisleu, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al despuntar el alba y ofrecieron un sacrificio conforme a la Ley, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían erigido"

Obviamente los no católicos no incluyen este libro en su canon, no lo consideran libro de inspiración divina, pero no pueden negar su valor histórico. 

Judas Macabeo y sus hermanos ordenaron a los sacerdotes que purificaran el santuario y echaran fuera el altar profanado. En su lugar se edificó un nuevo altar y en la madrugada del 25 de Quisleu, correspondiente a nuestro mes de diciembre, fue consagrado. La fachada del templo fue adornada, se encendieron luces y fue grande la alegría en el pueblo. 

También en la madrugada del 25 de quisleu, los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús. Así como el altar profanado fue echado fuera y se construyó un altar nuevo, así también el sacrificio antiguo y una ley profanada por preceptos humanos fueron anulados con el nacimiento del Mesías y un nuevo altar con un sacrificio perfecto fue instaurado para regocijo y salvación de toda la humanidad.

Este es el verdadero sentido de la Navidad, cuyo centro es Jesús y no un evento comercial o una fiesta pagana. Rescatemos la Navidad para Cristo y cantemos con los ángeles de Belén: "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres que confían en Él."

¿Hemos de limitarnos a llenarnos de signos exteriores, como hermosos adornos, guirnaldas y enormes árboles de navidad?, ¿hemos de limitarnos a servir opulentas cenas y entregar costosos regalos?, ¿hemos de limitarnos a arreglarnos y vestirnos lo mejor que podamos?, todo eso tan sólo son adornos para el exterior. 

Recordemos lo que el Señor Jesús nos dijo:

"Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso..." Lucas 21, 34

"¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad. " (Mt 23, 27-28)

"El Señor le dijo: "Así son ustedes, los fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Insensatos! " (Lc 11, 39-40)

La dureza de la expresión es significativa, porque el que se concentra tan sólo en lo exterior, está irrespetando a Dios, siendo que lo sensato es preparar nuestro corazón para que el Señor venga, hacer renovación de nuestro interior, renovación que no es posible sin el Señor. Por eso pide el salmista:

"Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu." (Sal 51, 12)

Y es que el Señor no rechaza el corazón que se convierte honestamente:

"Mi espíritu quebrantado a Dios ofreceré, pues no desdeñas a un corazón contrito." (Sal 51, 19)

En fin, que esta temporada de Adviento camino de la Navidad, y la Navidad misma, sean ocasión especial para que el Señor nos regale un corazón sensato:

"Enséñanos lo que valen nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato." (Sal 90, 12)

"Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Así caminarán según mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica; entonces serán mi pueblo y yo seré su Dios." (Ez 11, 19-20)

Así es que tiene sentido la Navidad. Así es que tienen sentido los adornos y las celebraciones, pero en la sencillez que gusta al Señor que es la que conviene a nuestra naturaleza y todo como testigos de una realidad eterna y no pasajera.

Que esta Navidad sea otra ocasión para el nacimiento de Jesús pero en nuestro corazón, lo que supone que nazcamos a la nueva vida como El mismo nos lo enseñó:

"En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba". Nicodemo le dijo: "¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al vientre de su madre para nacer otra vez?" Jesús le contestó: "En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu". (Jn 3, 4-6)

V- Diversos Temas: 1. ¿Qué es el Adviento?

Fuente: Aleteia

¿Qué significa Adviento? Este tiempo, ¿es sólo una cuenta atrás? ¿Cómo se puede aprovechar para vivir mejor la Navidad y, más allá, para preparar la segunda venida de Cristo?

Hablar sobre el Adviento en la sección de apologética a primera vista parecería algo sin sentido, pero para defender nuestra fe, debemos también conocer el porqué de la liturgia católica, es por ello que en esta oportunidad publicamos este artículo, que además busca motivarnos a vivir más cristianamente estos días previos a la Navidad.

1. El Adviento, con el que empieza el año litúrgico, es el periodo de tiempo comprendido entre el cuarto domingo antes de Navidad y el día de Nochebuena. Sus colores litúrgicos son el morado y el rosa.

En el calendario litúrgico de la Iglesia católica, el primer día del año no es el 1 de enero, sino el primer domingo de Adviento. El Adviento es el primer tiempo litúrgico del año que comienza cuatro domingos antes de Navidad y termina en Nochebuena. Según el día de la semana en que cae el día de Navidad, el tiempo de Adviento puede modificarse ligeramente.

El morado y el rosa son los dos colores litúrgicos designados para representar el tiempo de Adviento. Aparecen en las vestiduras de los sacerdotes, en los velos del tabernáculo, en la parte frontal del altar y en la corona de Adviento. El morado se usa como símbolo de penitencia y preparación, pero el tercer domingo de Adviento, conocido como "Domingo Gaudete", se usa el rosa, que representa la alegría por la venida de Jesús.

El día en que Cristo se hizo hombre para redimir al mundo fue preparado por Dios durante siglos. La Iglesia participa y actualiza esta larga preparación en este tiempo específico de preparación a la Navidad.

La Navidad -el día en el que Cristo nació para la redención del mundo- es el día en el que cambió el curso de la historia de la salvación. Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, lo explica de esta manera: "Es evidente que el Hijo de Dios tomó nuestra condición y vino a nosotros no por un motivo insignificante sino por nuestro bien. Él se vinculó a nosotros, por decirlo de esta manera, tomando un cuerpo y un alma humana y naciendo de una Virgen, para poder darnos su Divinidad. De esta manera, Él se hizo Hombre para que el hombre se haga Dios" (Santo Tomás de Aquino, Las tres grandes oraciones, comentarios sobre la oración del Señor, el Ave María y el Credo de los Apóstoles).

En el Catecismo podemos leer: "La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel" (Catecismo 522). En el Antiguo Testamento aparecen varias proclamaciones de este tipo: "Espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: él redimirá a Israel de todos sus pecados." (Sal 130, 7-8).

Este tiempo de espera y de preparación no se da sólo antes de la Navidad sino que se da en cada año litúrgico y también en la actualidad. El Catecismo afirma: "Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador" (Catecismo, 524).

2. El Adviento es también un tiempo de preparación para la segunda venida de Cristo.

Como católicos, creemos que Cristo vendrá de nuevo al final de los tiempos y así lo profesamos en el Credo cada domingo: "Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a vivos y muertos; Y su reino no tendrá fin" (Credo Niceno-constantinopolitano). Durante el Adviento nos preparamos para la venida de Cristo en Navidad, pero también recordamos que Cristo prometió volver. El Catecismo nos dice: "Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso que él crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30)." (Catecismo 524).

El Adviento es un tiempo de espera para la segunda venida, así como un reconocimiento de que seremos juzgados por Cristo por nuestras acciones y decisiones. Por esta razón el Adviento es un tiempo de arrepentimiento; esperamos con alegría la venida de Cristo, pero también buscamos el perdón por nuestros pecados para poder estar preparados. El Evangelio de Marcos proclama: "Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos." (Mc 13, 35-36).

Durante un Ángelus, el Papa Benedecito XVI enseñó sobre esta llamada a la vigilancia: "¡Vigilad! Esta es la llamada de Jesús en el Evangelio de hoy. No se dirige sólo a sus discípulos sino a todos. ¡Vigilad! (Mc 13, 37). Es una exhortación saludable que nos recuerda que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un "más allá", como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha utilizado sus propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos." (Papa Benedicto, Mensaje del Angelus, 27 de noviembre de 2011).

3. Hay muchas maneras prácticas de entrar en el Adviento.

Los tiempos litúrgicos no existen sólo para la misa de los domingos, sino también para nuestro beneficio espiritual diario. El padre John McCloskey, investigador en el instituto Fe y Razón recomienda un conjunto de cosas que podemos hacer para entrar en este espíritu del Adviento, un espíritu de expectación, vigilancia, arrepentimiento y alegría.

- Reza: "Rezar el Rosario todos los días centrándonos en los Misterios Gozosos" o "hacer una vigilia ante una clínica abortista con algunos amigos. Puedes salvar la vida de algún bebé y tal vez cambiar la mentalidad de alguno de los "Herodes" que dirigen las instalaciones".

- Ayuna: "Hacer un programa de ayuno para Adviento y ser moderado con la comida y la bebida en las fiestas de Navidad", o "ver menos la televisión durante este tiempo o, por lo menos, ver algunos clásicos de Navidad con la familia o los amigos", o "bajar el ritmo de compras".

- Dónate: "Recupera las obras corporales y espirituales de misericordia y realízalas una a una cada semana hasta que llegue la Navidad. Hay mucha gente herida que necesita sentir y recibir nuestro amor", o "háblales del sacramento de la Penitencia a tus amigos y familia y llévalos a un buen sacerdote para que se puedan confesar. ¿Cómo puede superar a eso un simple regalo de Navidad?"

- Actúa: "Compra y lee el libro del Papa Benedicto XVI sobre la infancia de Jesús", o "no tires el árbol de Navidad o quites el Belén justo después del 25 de diciembre, el tiempo de Navidad no ha hecho más que empezar", o "cumple los propósitos de Año Nuevo".

Las sugerencias del padre McCloskey son sólo unas pocas de las muchas maneras que podemos seguir para entrar en este tiempo de Adviento. La Iglesia nos ofrece este momento de espera para que nos podamos preparar más plenamente para la alegría y la gracia que recibimos en Navidad.

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