Vigésima Cuarta Hora – De la 4 a las 5 de la Tarde 24 » La sepultura de Jesús

Autora: Luisa Piccarretta

Dolorosa Mamá mía, ya veo que te dispones al último sacrificio: tener que dar sepultura a tu Hijo Jesús muerto.

Y resignadísima a los Quereres del Cielo, lo acompañas y con tus mismas manos lo depones en el sepulcro…

Y mientras recompones esos miembros, tratas de decirle un último adiós, de darle el último beso, y por el dolor te
sientes arrancar el corazón del pecho.

El amor te deja clavada sobre esos miembros, y por la fuerza del dolor y del amor tu vida está a punto de quedar apagada junto con tu muerto Hijo…

Pobre Mamá, ¿cómo harás ya sin Jesús? El es tu vida, tu todo… y sin embargo, es el Querer del Eterno el que así lo quiere.

Ahora tendrás que combatir con dos potencias insuperables:

El Amor y el Querer Divino… El amor te tiene clavada, de modo que no puedes separarte, pero el Querer Divino se impone y quiere este sacrificio…

Pobre Mamá, ¿cómo harás? ¡Cuánto te compadezco! ¡Ah, ángeles del Cielo, venid a ayudarla a separarse del cuerpo muerto de Jesús… pues si no, Ella morirá!

Mas, oh prodigio, mientras parecía extinguida juntamente con Jesús, oigo su voz temblorosa e interrumpida por sollozos, que dice:

“Hijo, Hijo amado, éste era el único consuelo que me quedaba y que mitiga mis penas: tu Santísima Humanidad, desahogarme sobre estas llagas y adorarlas y besarlas…

Pero ahora también se me quita esto, porque el Querer Divino así lo quiere. Y Yo me resigno. Pero sabe, oh Hijo, que lo quiero… y no puedo.

Al solo pensamiento de hacerlo, las fuerzas se me desvanecen y la vida me abandona… Ah permíteme, oh Hijo, que para poder recibir fuerza y vida para esta amarga separación, me deje sepultada enteramente en ti, y que para mi vida tome tu vida, tus penas, tus reparaciones y todo lo que Tú eres…

Ah, sólo un intercambio de vida entre Tú y Yo puede darme la fuerza de cumplir el sacrificio de separarme de ti.”

Afligida Mamá mía, así decidida, veo que de nuevo recorres esos miembros, y poniendo tu cabeza sobre la de Jesús, la besas y en ella encierras tus pensamientos, tomando para ti sus espinas, sus afligidos y ofendidos pensamientos y todo lo que ha sufrido en su sacratísima cabeza…

¡Oh, cómo quisieras animar la inteligencia de Jesús con la tuya para poder darle vida por vida!… Y ya sientes que empiezas a revivir, con haber tomado en tu mente los pensamientos y las espinas de Jesús…

Dolorosa Mamá, te veo que besas los ojos apagados de Jesús. Y se me parte el corazón al ver que Jesús ya no te mira más…

¡Cuántas veces esos ojos divinos, mirándote, te extasiaban en el Paraíso y te hacían resucitar de la muerte a la vida! Pero ahora, al ver que ya no te miran, te sientes morir …

Por eso veo que dejas tus ojos en los de Jesús y que tomas para ti los suyos, sus lágrimas y la amargura de esa mirada que ha sufrido tanto al ver las ofensas de las criaturas y tantos insultos y desprecios.

Veo que besas también, oh traspasada Mamá, sus santísimos oídos, y lo llamas y le dices:

“Hijo mío, ¿pero es posible que ya no me escuches más? Tú, que me escuchabas y que atendías hasta el más pequeño gesto mío… Y ahora que lloro y que te llamo ¿no me escuchas?

¡Ah, el amor verdadero es el más cruel tirano! Tú eras para Mí más que mi propia vida, ¿y ahora tendré que sobrevivir a tan gran dolor?

Por eso, oh Hijo, dejo mis oídos en los tuyos y tomo para Mí todo lo que han sufrido tus santísimos oídos, el eco de todas las ofensas que en ellos resonaban…

Sólo esto me puede dar la Vida: tus penas y tus dolores…”. Y mientras ésto dices, es tan intenso el dolor y las angustias en tu Corazón, que pierdes la voz y te quedas sin movimiento…

¡Pobre Mamá mía, pobre Mamá mía, cuánto te compadezco!

¡Cuántas muertes crueles estás sufriendo!

Pero, Mamá dolorosa, el Querer divino se impone y te da el movimiento, y Tú miras el rostro santísimo de Jesús, lo besas y exclamas:

“¡Hijo adorado, cómo estás desfigurado; si el amor no me dijera que eres mi Hijo, mi Vida, mi todo, no sabría reconocerte… tanto has quedado irreconocible!

Tu natural belleza se ha convertido en deformidad, tus rosadas mejillas se han hecho violáceas; la luz, la gracia que irradiaba tu hermoso rostro -que mirarte y quedar arrobado era una misma cosa- se ha transformado en la palidez de la muerte, oh Hijo amado…

¡Hijo, a qué has quedado reducido! ¡Qué horrible trabajo ha realizado el pecado en tus santísimos miembros!

¡Oh, cómo quisiera tu inseparable Mamá devolverte tu primitiva belleza!

Quiero fundir mi cara en la tuya y tomar para Mí tu rostro, las bofetadas, los salivazos, los desprecios y todo lo que has sufrido en tu rostro adorable…

¡Ah Hijo, si me quieres aún viva, dame tus penas, de lo contrario me muero!”. Y tan grande es el dolor que te sofoca, que te corta las palabras y quedas como extinguida sobre el rostro de Jesús…

¡Pobre Mamá, cuánto te compadezco!

Angeles míos, venid a sostener a mi Mamá, su dolor es inmenso, la inunda, la ahoga, y ya no le quedan más vida ni fuerzas…

Pero el Querer Divino, rompiendo estas olas de dolor que la ahogan, le restituye la vida. Y llegas ya a su boca, y al besarla te sientes amargar tus labios por la amargura de la hiel que ha amargado tanto la boca de Jesús, y sollozando continúas:

“Hijo mío, dile una última palabra a tu Mamá… ¿Pero es posible que no haya de volver a escuchar nunca más tu voz?

Todas las palabras que en vida me dijiste, como otras tantas flechas me hieren el Corazón de dolor y de amor; y ahora, al verte mudo, estas flechas se remueven en mi lacerado Corazón y me dan innumerables muertes, y a viva fuerza parece que quieran arrancarte una última palabra… y no obteniéndola, me desgarran y me dicen:

“Así es, ya no más lo escucharás; no volverás a oír más sus dulces acentos, la armonía de su palabra creadora, que en ti creaba tantos paraísos por cuantas palabras decía”…

¡Ah, mi paraíso se terminó y no tendré sino amarguras!

¡Ah Hijo, quiero darte mi lengua para reanimar la tuya!

Ah, dame lo que has sufrido en tu santísima boca, la amargura de la hiel, tu sed ardiente, tus reparaciones y tus plegarias; y así, oyendo por medio de éstas tu voz, mi dolor podrá ser más soportable… y tu Mamá podrá seguir viviendo en medio de tus penas…”.

Mamá destrozada, veo que te apresuras porque los que están contigo quieren ya cerrar el sepulcro, y casi como volando pasas sobre las manos de Jesús… las tomas entre las tuyas, las besas, te las estrechas al Corazón y dejando tus manos en las suyas, tomas para ti los dolores y las heridas que han deshecho esas manos santísimas…

Y llegando a los pies de Jesús y mirando la cruel destrucción que los clavos han hecho en sus pies, pones en ellos los tuyos y tomas para ti esas llagas, entregándote en lugar de Jesús a correr en busca de todos los pecadores para arrancarlos al infierno…

Angustiada Mamá, ya veo que le dices el último Adiós al Corazón traspasado de Jesús… Aquí te detienes; es el último asalto que recibe tu Corazón materno, y te lo sientes arrancar del pecho por la vehemencia del amor y del dolor, y por sí mismo se te escapa para ir a encerrarse en el Corazón Santísimo de Jesús; y Tú, viéndote sin Corazón, te apresuras a tomar para ti el Corazón Sacratísimo de Jesús, su amor rechazado por tantas criaturas, tantos deseos suyos ardentísimos, no realizados por la ingratitud de ellas, y los dolores, las heridas que traspasan ese Corazón sagrado y que te tendrán crucificada durante toda tu vida…

Y mirando esa ancha herida, la besas y tomas en tus labios su sangre, y sintiéndote la vida de Jesús, sientes las fuerzas para soportar la amarga separación… Y así, lo abrazas y te retiras… y estás a punto de permitir que sea cerrado el sepulcro con la piedra…

Pero yo, dolorosa Mamá mía, llorando te suplico que no permitas aún que Jesús nos sea quitado de nuestra mirada; espera que primero me encierre en Jesús para tomar su Vida en mí… Si no puedes vivir sin Jesús Tú, que eres la Sin Mancha, la Santa, la Llena de Gracia, mucho menos podré yo, que soy la debilidad, la miseria, la llena de pecados…

¿Cómo voy a poder vivir sin Jesús?

Ah Mamá dolorosa, no me dejes sola, llévame contigo; pero antes deposítame toda en Jesús, vacíame de todo para poner a Jesús por entero en mí, así como lo has puesto en ti…

Comienza a cumplir conmigo el oficio de Madre que te dio Jesús estando en la Cruz, y abriendo mi pobreza extrema una brecha en tu Corazón materno, enciérrame toda por completo en Jesús con tus mismas manos maternas.

Encierra los pensamientos de Jesús en mi mente, a fin de que no entre en mí ningún otro pensamiento. Encierra los ojos de Jesús en los míos para que nunca pueda escapar yo a su mirada.

Pon sus oídos en los míos para que siempre lo escuche y cumpla en todo su Santísimo Querer…

Su rostro ponlo en el mío a fin de que contemplando ese Rostro tan desfigurado por amor a mí, lo ame, lo compadezca y repare. Pon su lengua en la mía, para que hable, rece y enseñe con la lengua de Jesús.

Pon sus manos en las mías para que cada movimiento que yo haga y cada obra que realice, tomen vida en las obras y movimientos de Jesús.

Sus pies ponlos en los míos, a fin de que cada paso que yo dé sea vida, salvación, fuerza y celo para todas las criaturas…

Y ahora, afligida Mamá mía, permíteme que bese su Corazón y que beba su Preciosísima Sangre, y encerrando Tú su Corazón en el mío, haz que pueda vivir yo de su amor, de sus deseos y de sus penas…

Y ahora toma la mano derecha de Jesús, rígida ya, para que me des con ella su última bendición…

Veo que ahora ya permites que la piedra cierre el sepulcro, y Tú, destrozada, la besas y llorando dices tu último Adiós a Jesús… y después te alejas del sepulcro. Pero tu dolor es tanto que quedas petrificada y helada…

Traspasada Mamá, contigo le digo Adiós a Jesús y, llorando, quiero compadecerte y hacerte compañía en tu amarga desolación.

Quiero ponerme a tu lado para decirte en cada suspiro tuyo, en cada dolor, una palabra de consuelo, para darte una mirada de compasión…

Recogeré tus lágrimas, y si te veo desvanecerte, te sostendré en mis brazos. Ahora veo que te ves obligada a volver a Jerusalén por ese mismo camino, por donde viniste…

Unos cuantos pasos y te encuentras de nuevo ante la Cruz, sobre la que Jesús ha sufrido tanto y ha muerto, y corres a ella, la abrazas, y viéndola tintada en sangre, en tu Corazón se renuevan uno por uno todos los dolores que Jesús ha sufrido sobre ella…

Y no pudiendo contener tu dolor, entre sollozos exclamas:

“¡Oh Cruz! ¿Tan cruel habías de ser con mi Hijo? ¡Ah, en nada lo has perdonado! ¿Qué mal te había hecho?

No has permitido siquiera a Mí, su dolorosa Mamá, que le diera un sorbo de agua al menos, cuando la pedía, y a su boca abrasada le has dado hiel y vinagre; sentía Yo licuárseme el Corazón traspasado y hubiera querido dar a aquellos labios mi Corazón licuefacto para calmar su sed, pero tuve el dolor de verme rechazada…

Oh Cruz, cruel, sí, pero santa, porque has sido divinizada y santificada al contacto de mi Hijo.

Esa crueldad que usaste con El, cámbiala en compasión hacia los miserables mortales, y por las penas que El ha sufrido sobre ti, obtén gracia y fortaleza para las almas que sufren, para que ninguna se pierda por causa de cruces y tribulaciones.

Mucho me cuestan las almas; me cuestan la vida de un Hijo Dios; y Yo, como Madre y Corredentora, las confio todas a ti, oh Cruz.” Y besándola y volviéndola a besar te alejas…

¡Pobre Mamá, cuánto te compadezco!

A cada paso y encuentro surgen nuevos dolores, que haciendo más grande su inmensidad y su amargura, te inundan como oleadas, te ahogan, y a cada momento te sientes morir.

Pocos pasos más… y llegas al sitio donde esta mañana lo encontraste bajo el enorme peso de la Cruz, agotado, chorreando sangre, con un manojo de espinas en la cabeza, las cuales, a los golpes de la Cruz penetraban más y más y en cada golpe le procuraban dolores de muerte…

La mirada de Jesús, cruzándose con la tuya, buscaba piedad, pero los soldados, para privar de ese consuelo a Jesús y a ti, lo empujaron y lo hicieron caer, haciéndole derramar nueva sangre; y ahora, viendo la tierra empapada, te postras por tierra, y mientras besas esa Sangre te oigo decir:

“Angeles míos, venid a hacer guardia a esta Sangre, para que ninguna gota sea pisoteada y profanada.”

Mamá dolorosa, déjame qué te dé la mano para levantarte y sostenerte, porque te veo que agonizas en la Sangre de Jesús…

Pero al proseguir tu camino, nuevos dolores encuentras.

Por doquier ves huellas de su Sangre y recuerdas el dolor de Jesús… Por eso apresuras tus pasos y te encierras en el Cenáculo.

Yo también me encierro en el Cenáculo, pero mi Cenáculo sea el Corazón Santísimo de Jesús; y desde su Corazón quiero venir a tus rodillas maternas para hacerte compañía en esta Hora de amarga desolación…

No resiste mi corazón dejarte sola en tanto dolor.

Desolada Mamá, mira a esta pequeña hija tuya; soy demasiado pequeña, y sola no puedo ni quiero vivir.

Tómame sobre tus rodillas y estréchame entre tus brazos maternos, haz conmigo de Mamá.

Tengo necesidad de guía, de ayuda, de sostén… Mira mi miseria y derrama sobre mis llagas una lágrima tuya, y cuando me veas distraída, estréchame a tu Corazón materno, y en mí vuelve a llamar la Vida de Jesús…

Pero mientras esto te suplico, me veo obligada a detenerme para poner atención a tus acerbos dolores, y siento que el corazón se me rompe al ver que al mover tu cabeza sientes que te penetran más las espinas que has tomado de Jesús, con las punzadas de todos nuestros pecados de pensamiento, que penetrándote hasta en los ojos, te hacen derramar lágrimas de sangre…

Y mientras lloras, teniendo en los ojos la vista de Jesús, desfilan ante tu vista todas las ofensas de las criaturas…

¡Cómo sientes su amargura! ¡Cómo comprendes lo que Jesús ha sufrido, teniendo en ti sus mismas penas!

Pero un dolor no espera al otro, y poniendo atención en tus oídos te sientes aturdir por el eco de las voces de las criaturas, y según cada especie de voces ofensivas de las criaturas te los hieren, y Tú repites una vez más: “¡Hijo, cuánto has sufrido!”.

Desolada Mamá, ¡cuánto te compadezco! Permíteme que te limpie tu rostro todo bañado en lágrimas y en sangre…, pero me siento retroceder al verlo ahora violáceo, irreconocible y pálido, con una palidez mortal…

¡Ah, comprendo, son los malos tratos que le han dado a Jesús, que has tomado sobre ti y que te hacen tanto sufrir, tanto, que al mover tus labios en tu oración o para dejar escapar suspiros de fuego de tu pecho, siento tu aliento amarguísimo y tus labios abrasados por la sed de Jesús…

¡Pobre Mamá mía, cuánto te compadezco! Tus dolores parece que van creciendo cada vez más, y parecen darse la mano entre ellos… Y tomando tus manos en las mías, las veo traspasadas por clavos…

En ellas precisamente sientes el dolor al ver los homicidios, las traiciones, los sacrilegios y todas las obras malas, que repiten los golpes, agrandando las llagas y exacerbándolas cada vez más.

¡Cuánto te compadezco! Tú eres la verdadera Madre Crucificada, hasta el punto que ni siquiera tus pies quedan sin clavos; más aún, no sólo te los sientes clavar, sino también como arrancar por tantos pasos inicuos y por las almas que se van al infierno, y Tú corres tras ellas para que no se precipiten en las eternas llamas infernales…

Pero no es todavía todo, Crucificada Mamá. Todas tus penas, reuniéndose juntas, resuenan haciendo eco en tu Corazón, y te lo traspasan, no con siete espadas, sino con miles de espadas; y mucho más porque teniendo en ti el Corazón Divino de Jesús, que contiene a todos los corazones y envuelve en su latido los latidos de todos, ese latido divino va diciendo en sus latidos:

“Almas, Amor”, y Tú, en ese latido que dice “Almas” te sientes correr en tus latidos todos los pecados, y te sientes dar la muerte por cada uno de ellos; y en ese otro latido que dice “Amor”, te sientes dar la vida; de manera que estás en un acto continuo de muerte y vida.

Crucificada Mamá, mirándote, compadezco tus dolores… éstos son inenarrables. Quisiera transformar mi ser en lengua, en voz, para compadecerte, pero ante tantos dolores mis compadecimientos son nada.

Por eso llamo a los ángeles, a la Trinidad Sacrosanta, y les ruego que pongan en torno a ti sus armonías, sus contentos, sus bellezas, para que endulcen y compadezcan tus intensos dolores; que te sostengan entre tus brazos y que te devuelvan todas tus penas convertidas en amor.

Y ahora, desolada Mamá, gracias en nombre de todos por todo lo que has sufrido, y te ruego, por ésta tan amarga desolación tuya, que me vengas a asistir en la hora de mi muerte, cuando mi pobre alma se encontrará sola, abandonada de todos, en medio de mil angustias y temores; ven Tú entonces a devolverme la compañía que tantas veces te he hecho en mi vida; ven a asistirme, ponte a mi lado y ahuyenta al enemigo; lava mi alma con tus lágrimas, cúbreme con la Sangre de Jesús, revísteme con sus méritos, embelléceme con tus dolores y con todas las penas y las obras de Jesús; y en virtud de sus penas y de sus dolores, haz desaparecer de mí todos mis pecados, dándome el total perdón.

Y al expirar mi alma, recíbeme entre tus brazos y ponme bajo tu manto, ocúltame a la mirada del enemigo, llévame en un vuelo al Cielo y ponme en los brazos de Jesús…

¡Quedemos en este acuerdo, querida Mamá mía!

Y ahora te ruego que les hagas la compañía que te he hecho hoy a todos los moribundos presentes y futuros, a todos hazles de Madre; son los momentos extremos y se necesitan grandes auxilios, por eso, a ninguno niegues tu oficio materno…

Y por último unas palabras: Mientras te dejo, te ruego que me encierres en el Corazón Sacratísimo de Jesús, y Tú, doliente Mamá mía, hazme de centinela para que Jesús no me tenga que echar fuera de su Corazón, y para que yo, ni aun queriendo, pueda salir jamás…

Y ahora, te beso tu mano materna y Tú dame tu bendición… AMEN

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

» Ofrecimiento Después de Cada Hora

Autora: Luisa Piccarretta

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido.

Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas.

He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”.

Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado.

En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de tus bendiciones y de tus gracias...

Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.

Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo.

Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...

Vigésima Tercera Hora – De la 3 a las 4 de la Tarde 23 » Jesús muerto, traspasado por la lanza. El Descendimiento de la Cruz

Autora: Luisa Piccarretta

¡Oh Jesús mío, ya estás muerto! Y yo, estando en tu Corazón, empiezo a gozar ya de los copiosos frutos de la Redención.

Aún los más incrédulos se doblegan reverentes ante ti, golpeándose el pecho; lo que no hicieron ante tu cuerpo viviente, lo hacen ahora ante tu cuerpo ya muerto…

La naturaleza se estremece, el sol se eclipsa, la tierra tiembla, los elementos se conmueven y parecen tomar parte en tu dolorosísima muerte.

Los ángeles, sobrecogidos de admiración y de amor, descienden del Cielo a millares, te adoran y te rinden homenajes de reconocimiento, confesándote como nuestro verdadero Dios.

Oh Jesús mío, yo también uno mis adoraciones a las suyas y te ofrezco mi gratitud y todo el amor de mi pobre corazón.

Pero veo que tu amor no está aún satisfecho, y para darnos una última muestra, permites que un soldado se acerque a ti y con una lanzada te abra el Corazón, haciéndote derramar las últimas gotas de Sangre y agua, contenidas aún en él.

Oh, ¿No quisieras Tú permitir, Jesús mío, que esta lanza hiera también mi corazón?

¡Ah sí, que esta lanza sea la que hiera mis deseos, mis pensamientos, mis latidos y mi voluntad, y que me de tu Querer, tus pensamientos y toda tu vida de amor y de inmolación!

Corazón de mi Jesús herido por esta lanza, ah, prepara a todas las almas a un baño, un refugio a todos los corazones, un descanso a todos los atribulados.

De esta herida es de donde haces brotar a tu amada Esposa, la Iglesia; de ahí haces salir los Sacramentos y la Vida de las almas; y yo, junto con tu Madre Santísima, cruelmente herida en su Corazón, quiero reparar por las ofensas, abusos y profanaciones que se le hacen a la Iglesia, y por los méritos de esta herida y de María Santísima, nuestra dulcísima Madre, te suplico que encierres a todos en tu amantísimo Corazón, y que protejas, defiendas e ilumines a quienes rigen la Iglesia.

Oh Jesús mío, después de tu dolorosísima muerte, parece que yo no debería tener más vida propia, pero en este tu Corazón herido encontraré mi vida, de modo que cualquier cosa que esté por hacer, la tomaré siempre de este Corazón Divino.

No volveré a dar vida a mis pensamientos, pero si quisieran vida, la tomaré de tus pensamientos.

Mi querer no volverá a tener vida, pero si vida quisiera, la tomaré de tu Santísima Voluntad.

No volverá a tener vida mi amor, pero si quisiera amor, tomaré la vida de tu amor. Oh Jesús mío, toda tu Voluntad sea mía, pues ésta es tu Voluntad, y ésta es también la mía.

Jesús mío, nos has dado la última prueba de tu Amor: tu Corazón traspasado. Ya no te queda más qué hacer por nosotros; pero he aquí que ya se preparan a descenderte de la Cruz; y yo, después de haber puesto todo en ti, con tus amados discípulos quiero quitar los clavos de tus sacratísimos pies y de tus sagradas manos, y mientras te desclavo, Tú clávame toda en ti.

Jesús mío, la primera en recibirte en su regazo, bajado de la Cruz, es tu Madre Dolorosa; y entre sus brazos, tu cabeza traspasada, dulcemente reposa…

Oh dulce Mamá, no desdeñes tenerme en tu compañía, y haz que también yo, junto contigo, pueda prestar los últimos servicios a mi amado Jesús…

Madre mía dulcísima, es verdad que Tú me superas en el amor y en la delicadeza al tocar a mi Jesús, pero yo trataré de imitarte en el mejor modo posible para complacer en todo al adorado Jesús.

Por eso juntamente con tus manos pongo las mías y quito todas las espinas que rodean su adorable cabeza, con la intención de unir a tus profundas adoraciones las mías.

Celestial Mamá, ya llegan tus manos a los ojos de mi Jesús y se disponen a remover la sangre coagulada de esos ojos que un día daban luz a todo el mundo y que ahora están oscurecidos y apagados…

Oh Mamá, me uno a ti, besémoslos juntas y adorémoslos profundamente… Veo los oídos de mi Jesús llenos de sangre, macerados por los golpes, heridos por las espinas…

Hagamos penetrar, oh Madre, nuestras adoraciones en esos oídos que ya no oyen y que también han sufrido tanto por llamar a tantas almas obstinadas y sordas a las voces de la Gracia…

Oh dulce Mamá, veo tu rostro bañado en lágrimas, y a ti toda llena de dolor al ver el rostro adorable de Jesús.

Uno mi dolor al tuyo, y juntas limpiemos el fango y los salivazos que tanto lo han ensuciado; adoremos ese rostro de majestad divina que enamoraba al Cielo y a la tierra y que ahora ya no da señal alguna de vida…

Besemos juntas su boca, dulce Mamá, esa boca divina que con la suavidad de su palabra ha atraído a tantas almas a su Corazón…

Oh Madre, quiero con tu misma boca besar esos labios lívidos y ensangrentados… y profundamente los adoro.

Oh dulce Mamá, junto contigo quiero besar y volver a besar el cuerpo adorable de Jesús, hecho toda una llaga; juntamente contigo pongo mis manos para unir esos jirones de carne que en él aún quedan, y adorémoslo profundamente…

Besemos, oh Madre, esas manos creadoras, que han obrado por nosotros tantos prodigios… Esas manos taladradas, que ya están frías y con la rigidez de la muerte.

Oh dulce mamá, encerremos en esas sacrosantas heridas a todas las almas, para que Jesús, al resucitar, las encuentre a todas en El, depositadas por ti, y así no se pierda ninguna.

Oh Mamá, adoremos juntas estas profundas heridas en nombre de todos y con todos…

Oh Celestial Mamá, veo que te acercas a besar los pies de Jesús…

¡Cuán desgarradoras son estas heridas! Los clavos se han llevado gran parte de la carne y de la piel, y el peso de su santísimo cuerpo los ha herido horriblemente…

Besémoslos juntas, adorémoslos profundamente y encerremos en estas heridas todos los pasos de los pecadores, para que cuando caminen sientan los pasos de Jesús, que de cerca los sigue, y no se atrevan a ofenderlo… Veo, oh dulce Mamá, que tu mirada se detiene en el Corazón del adorado Jesús…

¿Qué haremos en este Corazón? Tú me lo mostrarás, Mamá y en él me sepultarás, lo cerrarás con la piedra y lo sellarás; y aquí adentro, depositando en él mi corazón y mi vida, me quedaré encerrada hasta la eternidad…

¡Dame tu amor, oh Mamá, para que con él ame a Jesús, y dame tu dolor para interceder con él por todos y para reparar toda ofensa que se le haga a este Corazón!

Acuérdate, oh Mamá, que al sepultar a Jesús, quiero con tus mismas manos ser también yo sepultada, para que después de haber sido sepultada con El, pueda resucitar con El y con todo lo que es suyo. Y ahora unas palabras a ti, oh dulce Mamá:

¡Cuánto te compadezco!

Con toda la efusión de mi pobre corazón quiero reunir todos los latidos, todos los deseos y todas las vidas de las criaturas y postrarlos ante ti en un acto del más ferviente amor y compasión.

Te compadezco en el extremo dolor que has sufrido al ver a Jesús muerto, coronado de espinas, destrozado por los azotes y por los clavos…, al ver esos ojos que ya no te miran, esos oídos que no escuchan más tu voz, esa boca que ya no te habla, esas manos que ya no te abrazan, esos pies que nunca te dejaban y que aun desde lejos seguían tus pasos…

Quiero ofrecerte el Corazón mismo de Jesús, rebosante de amor, para compadecerte como mereces y para dar un consuelo a tus amarguísimos dolores.

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

» Ofrecimiento Después de Cada Hora

Autora: Luisa Piccarretta

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido.

Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas.

He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”.

Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado.

En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de tus bendiciones y de tus gracias...

Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.

Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo.

Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...

Vigésima Segunda Hora – De la 2 a las 3 de la Tarde 22 » Tercera Hora de agonía – En la Cruz Muerte de Jesús – Quinta Palabra

Autora: Luisa Piccarretta

Crucificado mío agonizante, abrazado a tu Cruz siento el fuego que devora a toda tu Divina Persona; el Corazón te palpita con tanta violencia que, hinchándote el pecho, te atormenta en un modo tan tremendo y horrible que toda tu santísima Humanidad sufre una transformación que te hace irreconocible…

El amor, del que tu Corazón es hoguera, te seca y te quema todo, y Tú, no pudiendo contenerlo, sientes la fuerza de su tormento, que más que por la sed corporal, por haber derramado toda tu Sangre, te atormenta por la sed ardiente por la salvación de nuestras almas.

Tu sed de nosotros es tanta que quisieras bebernos como agua para ponernos a todos a salvo dentro de ti, y por eso, reuniendo tus debilitadas fuerzas, gritas: “¡TENGO SED!”.

Y ah, esta Palabra la repites a cada corazón diciéndole:

“Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de tus deseos, de tu amor; agua más fresca y dulce no podrías darme que tu alma…

¡Ah, no me dejes abrasarme! Tengo sed ardiente, por la que no sólo me siento abrasar la lengua y la garganta, tanto que no puedo ya articular ni una palabra, sino que me siento también secar el Corazón y las entrañas.

¡Piedad de mi sed, piedad…!. Y como delirando por la gran sed, te abandonas a la Voluntad del Padre.

Ah, mi corazón no puede vivir más, viendo la impiedad de tus enemigos, que en lugar de darte agua, te dan hiel y vinagre, y Tú no los rechazas…

Ah, lo comprendo, es la hiel de tantos pecados, es el vinagre de nuestras pasiones no dominadas lo que quieren darte, y que en lugar de confortarte te abrasan aun más…

Oh Jesús mío, he aquí mi corazón, mis pensamientos, mis afectos…, he aquí todo mi ser para calmar tu sed y para dar un alivio a tu boca seca y amargada.

Todo lo que tengo, todo lo que soy, todo es para ti, oh Jesús mío. Si fueran necesarias mis penas para poder salvar incluso a una sola alma, aquí me tienes, estoy dispuesta a sufrirlo todo.

A ti yo me ofrezco por entero, haz de mí lo que mejor te plazca.

Quiero reparar el dolor que sufres por todas las almas que se pierden y por la pena que te dan aquellas que, cuando Tú permites que tengan tristezas o abandonos, ellas, en vez de ofrecértelos a ti para aplacar la sed devoradora que te consume, se abandonan a sí mismas, y así te hacen sufrir aún más.

Sexta Palabra Agonizante Bien mío, el mar interminable de tus penas, el fuego que te consume, y más que nada el Querer Supremo del Padre, que quiere que Tú mueras, no nos permiten esperar ya que puedas continuar viviendo.

¿Y yo cómo voy a poder vivir sin ti? Ya te faltan fuerzas, tus ojos se velan, tu rostro se transforma y se cubre de una palidez mortal…, la boca está entreabierta, la respiración fatigosa e intermitente, tanto que ya no hay más esperanzas de que te puedas reanimar…

Al fuego que te abrasa se sustituye un frío, un sudor frío que te baña la frente; los músculos y nervios cada vez más se contraen por la crudeza de los dolores y por las heridas que hacen los clavos.

Las llagas se siguen abriendo aún…, y yo tiemblo, me siento morir…

Te miro, oh Bien mío, y veo que de tus ojos brotan las últimas lágrimas, mensajeras de tu cercana muerte, mientras que fatigosamente haces oír aún otra Palabra: ”¡TODO ESTA CONSUMADO!”.

Oh Jesús mío, ya lo has agotado todo, ya no te queda nada más. El amor ha llegado a su término… Y yo, ¿me he consumido toda por tu amor?

¿Qué agradecimiento no deberé yo darte, cuál no tendrá que ser mi gratitud hacia ti? Oh Jesús mío, quiero reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor, y consolarte por las afrentas que recibes de las criaturas mientras que Tú te estás consumiendo de amor en la Cruz.

Séptima Palabra Jesús mío, Crucificado agonizante, ya estás a punto de dar el último respiro de tu vida mortal. Tu santísima Humanidad está ya rígida; el Corazón parece que no te late más…

Con la Magdalena me abrazo a tus pies y quisiera, si fuera posible, dar mi vida para reanimar la tuya.

Entre tanto, oh Jesús, veo que de nuevo abres tus ojos moribundos y miras en torno a la Cruz, como si quisieras decir tu último Adiós a todos; miras a tu agonizante Mamá, que ya no tiene más movimiento ni voz por las tremendas penas que sufre, y con tu mirada le dices:

“Adiós Mamá, Yo me voy, pero te tendré en mi Corazón. Tú cuida de los míos y tuyos.”

Miras a Magdalena, anegada en lágrimas, a tu fiel Juan, y con tu mirada les dices: “Adiós…”.

Miras con amor a tus mismos enemigos y con tu dulce y agonizante mirada les dices: “Os perdono y os doy el beso de paz”.

Nada escapa a tu mirada; de todos te despides y a todos perdonas…

Después, reuniendo todas tus fuerzas y con voz potente y sonora gritas:

“¡PADRE, EN TUS MANOS ENTREGO MI ESPIRITU!“. E inclinando la cabeza, expiras…

Jesús mío, a este grito se trastorna toda la naturaleza y llora tu muerte…, la muerte de su Creador.

La tierra se estremece fuertemente y con su temblor parece que llore y quiera sacudir el espíritu de todos para que te reconozcan como el verdadero Dios…

El velo del Templo se rasga; los muertos resucitan; el sol, que ha llorado hasta ahora por tus penas, retira su luz horrorizado…

Tus enemigos, a este grito, caen de rodillas y golpeándose el pecho, algunos dicen:

“Verdaderamente Este es el Hijo de Dios”. Y tu Madre, petrificada y moribunda, sufre penas más amargas que la muerte…

Muerto Jesús mío, con este grito nos has puesto también a nosotros todos en las manos del Padre, para que no nos rechace.

Es por esto por lo que has gritado fuerte, y no sólo con la voz sino con todas tus penas y con la voz de tu Sangre:

“¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu y a todas las almas!”.

Jesús mío, también yo me abandono en ti. Dame la gracia de morir por entero en tu amor, en tu Querer, y te suplico que no permitas jamás que ni en la vida ni en la muerte salga yo de tu Santísima Voluntad.

Quiero reparar por todos aquellos que no se abandonan perfectamente a tu Santísima Voluntad, perdiendo o reduciendo así el precioso fruto de tu Redención…

¿Cuál no será el dolor de tu Corazón, oh Jesús mío, al ver tantas criaturas que huyen de tus brazos y se abandonan a sí mismas?

Oh Jesús mío, piedad para todos… Beso tu cabeza coronada de espinas… Y te pido perdón por tantos pensamientos de soberbia, de ambición y de propia estima.

Te prometo que cada vez que me venga un pensamiento que no sea totalmente para ti, oh Jesús, y me encuentre en ocasión de ofenderte, gritaré inmediatamente: “¡Jesús, María, os entrego el alma mía!”

Oh Jesús, mío, beso tu cuello santísimo, en el que veo aún las marcas de las cadenas que te han oprimido…

Y te pido perdón por tantas cadenas, vínculos y apegos de las criaturas, que han añadido nuevas sogas y cadenas a tu santísimo cuello.

Te prometo que cada vez que me sienta turbada por apegos, deseos y afectos que no sean sólo para ti, gritaré inmediatamente:

“Jesús, María, os entrego el alma mía”. Jesús mío, beso tus hombros santísimos…

Y te suplico perdón por tantas ilícitas satisfacciones, perdón por tantos pecados cometidos con los cinco sentidos de nuestro cuerpo.

Te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de tomarme algún placer o alguna satisfacción que no sea para tu gloria, gritaré inmediatamente:

“Jesús, María, os entrego el alma mía”. Jesús mío, beso tu pecho santísimo… Y te pido perdón por tantas frialdades, indiferencias, tibiezas e ingratitudes tan horribles que recibes de las criaturas.

Te prometo que cada vez que me sienta enfriar en tu amor, gritaré inmediatamente: “Jesús, María, os entrego el alma mía”.

Jesús mío, beso tus sacratísimas manos… Y te pido perdón por todas las obras malas o indiferentes, por tantísimos actos envenenados por el amor propio y por la propia estima.

Te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de no obrar por solamente tu amor, gritaré inmediatamente: “Jesús, María, os entrego el alma mía”

Jesús mío, beso tus santísimos pies… Y te suplico perdón por tantos pasos y por tantos caminos recorridos sin tener la recta intención de agradarte, por tantos que de ti se alejan para ir en busca de placeres de la tierra.

Te prometo que cada vez que me de placeres de la tierra, cada vez que me venga el pensamiento de separarme de ti, gritaré inmediatamente:

“Jesús, María, os entrego el alma mía. Oh Jesús, beso tu Sacratísimo Corazón… Y quiero encerrar en El, junto con mi alma, a todas las almas redimidas por ti, para que todas se salven, sin excluir alguna…

Oh Jesús, enciérrame en tu Corazón, y cierra sus puertas, de modo que yo no pueda ver, desear o conocer nada fuera de ti.

Te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de querer salir de éste tu Corazón, gritaré inmediatamente: “Jesús, María, os entrego el alma mía”.

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

» Ofrecimiento Después de Cada Hora

Autora: Luisa Piccarretta

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido.

Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas.

He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”.

Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado.

En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de tus bendiciones y de tus gracias...

Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.

Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo.

Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...

Vigésima Primera Hora – De la 1 a la 2 de la Tarde 21 » Segunda Hora de Agonía En la Cruz – Segunda Palabra

Autora: Luisa Piccarretta

Crucificado Amor mío, mientras oro contigo, la fuerza raptora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti, pero el corazón se me rompe viéndote tanto sufrir…

Tu deliras de amor y de dolor, y las llamas que abrasan tu Corazón se elevan tanto que están en acto de devorarte, reduciéndote a cenizas.

Tu amor reprimido es más fuerte que la misma muerte, y Tú queriendo desahogarlo, mirando al ladrón que está a tu derecha, se lo robas al infierno, con tu gracia le tocas el corazón y ese ladrón se siente todo cambiado, te reconoce y te confiesa como Dios, y lleno de contrición te dice:

“Señor, acuérdate de mí cuando estés en el reino”, y Tú no vacilas en responderle: “HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO” y haces de él el primer triunfo de tu amor. Pero veo que en tu amor no solamente al ladrón le robas el corazón, sino también a tantos moribundos.

Ah, Tú pones a su disposición tu Sangre, tu amor, tus méritos, y usas todos los artificios y estratagemas divinas para tocarles el corazón y robarlos todos para ti… Pero también aquí tu amor se ve obstaculizado…

¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas desesperaciones! Y es tan grande tu dolor, que de nuevo te reduce al silencio…

Quiero reparar, oh Jesús mío, por aquellos que desesperan de la divina Misericordia en el momento de la muerte…

Dulce amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti, especialmente a aquellos que se encuentran entre las angustias de la agonía, y en virtud de esta Palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar de la tierra al Cielo.

En tu santísimo cuerpo; en tu Sangre, en tus llagas contienes a todas las almas, a todas, oh Jesús, así pues, por los méritos de tu preciosísima Sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda.

Que tu Sangre aún hoy les grite a todas, juntamente con tu Palabra: “Hoy estaréis conmigo en el Paraíso”.

Tercera Palabra

Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más. Ah, sobre esta Cruz Tú eres el verdadero Rey de los Dolores, y en medio de tantas penas no se te escapa ningún alma, sino que le das tu Vida a cada una.

Pero tu amor se ve resistido por las criaturas, despreciado, no tomado en cuenta, y al no poder desahogarse, se hace cada vez más intenso y te procura indecibles torturas; y en estas torturas va ideando qué más puede dar al hombre para vencerlo, y te hace decir:

“¡Mira, oh alma, cuánto te he amado! ¡Si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor!”

Entre tanto, viendo que no tienes ya nada más que darle, pues ya te has dado todo, vuelves tu mirada agonizante a tu Mamá…

También Ella está más que agonizante por causa de tus penas, y es tan grande el amor que la tortura que la tiene crucificada a la par contigo…

Madre e Hijo os comprendéis…, entonces Tú suspiras con satisfacción y te consuelas viendo que puedes dar tu Mamá a la criatura; y considerando en Juan a todo el género humano, con voz tan tierna que enternece a todos los corazones dices:

“MUJER, HE AHÍ ATU HIJO” y a Juan: “HE AHÍ ATU MADRE”.

Tu voz desciende en su Corazón materno y juntamente con las voces de tu Sangre continúas diciéndole “Madre mía, te confio a todos mis hijos; todo el amor que me tienes a Mí, tenlo para cada uno de ellos; todos tus cuidados y ternuras maternas sean también para cada uno de mis hijos… Tú me los salvarás a todos.”

La Mamá acepta… Pero son tan intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio…

Oh Jesús mío, quiero reparar por las ofensas que se le hacen a la Santísima Virgen, por las blasfemias e ingratitudes de tantos que no quieren reconocer los beneficios que nos has hecho a todos, dándonosla por Madre…

¿Cómo podremos agradecerte por tan gran beneficio?

Recurro a ti mismo, oh Jesús mío, y en agradecimiento te ofrezco tu misma Sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón…

-Oh Mamá santa, ¿cuál no es tu conmoción al oír la voz de tu Hijo, que te deja como Madre de todos nosotros?

Yo te doy las gracias, Virgen bendita, y para agradecerte como mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús.

Oh dulce Mamá, sé Tú nuestra Madre, tómanos a tu cargo y no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo; manténnos siempre estrechados a Jesús y con tus manos átanos a todos, a todos a El, de modo que nunca más podamos huir de El.

Con tus mismas intenciones quiero reparar por todas las ofensas que se hacen a tu Jesús y a ti, dulce Mamá mía…

Oh Jesús mío, mientras continúas inmerso en tantas penas, abogas aun más por la causa de la salvación de las almas; y yo por mi parte no me quiero quedar indiferente, sino que quiero recorrer tus llagas, besarlas, curarlas y sumergirme en tu Sangre, para poder decir junto contigo:

“¡Almas, almas!”. Y quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todas.

Cuarta Palabra

Penante Jesús mío, mientras me estoy abandonada y estrechada a tu Corazón numerando tus penas, veo que un temblor convulsivo invade tu santísima Humanidad; tus miembros se debaten como si quisieran separarse unos de otros, y entre contorsiones por los atroces espasmos, gritas fuertemente:

“DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”. Ante este grito, todos tiemblan, las tinieblas se hacen más densas, y la Mamá petrificada palidece y casi se desmaya…

¡Vida mía y Todo mío! ¡Jesús mío! ¿Qué veo? Ah, estás próximo a la muerte, y aun las mismas penas, tan fieles a ti, están por dejarte; y entre tanto, después de tanto sufrir, ves con inmenso dolor que no todas las almas están incorporadas en ti; por el contrario, ves que muchas se perderán, y sientes su dolorosa separación como si se arrancaran de tus miembros…

Y Tú, debiendo satisfacer a la Divina Justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una y hasta las penas mismas que sufrirán en el infierno, y gritas con fuerza a todos los corazones:

“¡No me abandonéis! Si queréis que sufra más penas estoy dispuesto, pero no os separéis de mi Humanidad.

¡Este es el dolor de los dolores, ésta es la muerte de las muertes!

¡Todo lo demás me sería nada si no sufriera vuestra separación de Mi!

¡Ah, piedad de mi Sangre, de mis llagas, de mi muerte!

¡Este grito será continuo en vuestros corazones: ¡Ah, no me abandonéis!”.

Amor mío, cuánto me duelo junto contigo… Te asfixias; tu santísima cabeza cae ya sobre tu pecho; la vida te abandona…

Amor mío, me siento morir… Pero también yo quiero gritar contigo:

¡Almas, almas! No me separaré de esta Cruz y de estas llagas tuyas, para pedirte almas; y si Tú quieres, descenderé en los corazones de las criaturas, los rodearé con tus penas para que no se me escapen, y si me fuese posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer retroceder a las almas que quieren ir ahí y conducirlas a tu Corazón.

Pero Tú agonizas y callas, y yo lloro tu cercana muerte… Oh Jesús mío, te compadezco, estrecho tu Corazón

fuertemente al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de que ahora soy capaz, y para procurarte un alivio mayor, hago mía la ternura divina y con ella quiero compadecerte, con ella quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la pérdida de las almas…

Es en verdad doloroso este grito tuyo, oh Jesús; más que el abandono del Padre, es la pérdida de las almas que se alejan de ti, lo que hace escapar de tu Corazón este doloroso grito.

Oh Jesús mío, aumenta en todos la Gracia, para que nadie se pierda, y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que habrían de perderse, para que no se pierdan.

Te ruego además, oh Jesús mío, por este extremo abandono, que des ayuda a tantas almas amantes, que por tenerlas de compañeras en tu abandono, parece que las privas de ti, dejándolas en tinieblas.

Que sus penas sean, oh Jesús, como voces que llamen a todas las almas a tu lado y te alivien en tu dolor.

Categorías