Autor: Carlos Caso-Rosendi | Fuente: voxfidei-apologetica.blogspot.com
En la Biblia, la palabra "hasta" es usada a menudo en una manera específica que implica solamente el cumplimiento de ciertas condiciones..
Muchos concluyen que José y María tuvieron relaciones matrimoniales después del nacimiento de Jesús.
Para afirmar esto se apoyan en el texto de Mateo 1, 25, donde encontramos esta referencia a José y María que algunas versiones de la Biblia traducen generalmente así:
"Y no la conoció hasta que dio a luz un hijo, al cual le puso por nombre Jesús."
Sin embargo, concluir que este pasaje implica que José y María tuvieron relaciones después del nacimiento de Jesús es una seria malinterpretación del término "hasta que" en la manera en que es usado en las Escrituras.
En la Biblia, la palabra "hasta" es usada a menudo en una manera específica que implica solamente el cumplimiento de ciertas condiciones. No indica nada acerca de lo que ocurre después de que esas condiciones sean cumplidas.
Es evidente que San Mateo hace esta aclaración necesaria para indicar que el niño nació de María por medios divinos y no humanos.
Por consiguiente, el versículo en cuestión no implica, en modo alguno, que José y María tuvieran relaciones después del nacimiento de Jesús. Los siguientes ejemplos nos ayudarán a clarificar el asunto sin lugar a dudas:
1 Corintios 15, 25 – Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.
Claramente, Jesús reinará también después de que haya subyugado a todos sus enemigos.
Mateo 28, 18-20 – Estoy con vosotros hasta el fin del mundo.
¿Quién concluiría que Jesús no estará con nosotros después del fin del mundo? Sin embargo, deberíamos aceptar esta interpretación si también concluimos que José y María tuvieron relaciones después del nacimiento de Jesús.
2 Samuel 6, 23 – Y Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte.
Difícilmente hubiera sido posible para Mical el tener hijos después del día de su muerte. No obstante, si queremos ser consistentes, deberíamos asumir que sí los tuvo si afirmamos que José y María tuvieron relaciones después de que Jesús nació, aduciendo las implicaciones de la frase "hasta que".
Deuteronomio 34, 5-6 – Allí murió Moisés, el servidor del Señor, en territorio de Moab, como el Señor lo había dispuesto. El mismo lo enterró en el Valle, en el país de Moab, frente a Bet Peor y nadie, hasta el día de hoy, conoce el lugar donde fue enterrado."
Todavía nadie sabe dónde está enterrado Moisés, por supuesto, aunque ya hayan pasado miles de años desde que se escribió este relato.
Es claro que el uso de la frase "hasta el día de hoy" no implica necesariamente la cesación de lo que se afirma antes de dicha frase.
1 Macabeos 5, 53 – Durante todo el trayecto, Judas fue recogiendo a los rezagados y animando al pueblo hasta llegar a la tierra de Judá.
Resulta obvio que Judas Macabeo no cesó de animar al pueblo luego de haber llegado a la tierra de Judá.
Juan 5, 17 – Pero Jesús les replicó: "Mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo".
¿Dejó el Padre de trabajar después de que Jesús pronunció esta frase? Obviamente no.
El fundamento bíblico de este dogma de fe: la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo.
La Inmaculada Concepción es un término usado para referirse al nacimiento de María exenta del pecado original.
Este término no se encuentra en la Biblia, así como el término "Trinidad" no se halla en las Escrituras. Los fundamentos de esta enseñanza, sin embargo, son totalmente bíblicos.
Exodo 25, 8-16 — Con todo esto me harán un Santuario y yo habitaré en medio de ellos. En la construcción de la morada y de todo su mobiliario te ajustarás exactamente a los modelos que yo te mostraré.
Tú harás un arca de madera de acacia, que deberá tener ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho y setenta y cinco de alto. La recubrirás de oro puro por dentro y por fuera y pondrás alrededor de ella, en la parte de arriba, una moldura de oro.
También le harás cuatro argollas de oro fundido y se las colocarás en los cuatro extremos inferiores, dos de un lado y dos del otro.
Asimismo, harás unas andas de madera de acacia, las revestirás de oro y las harás pasar por las argollas que están a los costados del arca, para poder transportarla.
Las andas estarán fijas en las argollas y no serán quitadas. En el arca pondrás las tablas del testimonio que yo te daré.
La antigua Arca de la Alianza fue preparada con gran esmero y cuidado, usando materiales vírgenes siguiendo las expresas instrucciones de Dios. Como hemos visto en los capítulos anteriores, el Arca de la Alianza es una prefiguración de María.
Dios no tiene ningún motivo para crear a María con menos cuidado que a aquella, su representación profética de la antigüedad. Por eso tenemos la seguridad que la gracia de Dios se manifiesta en su plenitud en María, con la perfección que el Arca antigua prefigura.
Génesis 1, 27 — Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.
Eva, la primera mujer, el arquetipo femenino del Antiguo Testamento, fue creada sin pecado original. Así también fue creada María, quien es el cumplimiento completo de ese modelo en el Nuevo Testamento como la nueva Eva.
María tiene una importancia mucho mayor que Eva en la historia de la salvación y por eso Dios no le dio una forma inferior a aquella primera mujer.
No es posible que el cumplimiento sea de menor calidad que su prefiguración.
Tampoco se puede pensar que la "nueva arca" que daría vida humana al profetizado Emanuel estuviera manchada por el pecado original, siendo que su modelo, el Arca del Pacto, fue construída con materiales preciosos e intachables.
Lucas 1, 26-28 — Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".
El ángel Gabriel alaba a María con su saludo. La palabra griega original (kejaritomene) que se traduce al castellano como "llena de gracia" y al latín como "gratia plena", significa literalmente "la que desde siempre ha estado llena de gracia, la que hoy está llena de gracia y la que por siempre estará llena de gracia", es decir describe a la mujer que ha sido perfeccionada en la gracia.
Este saludo angelical no tiene precedente en las Escrituras. Nunca un ángel había honrado a alguien de esa manera. San Gabriel no hubiera usado esas palabras si María hubiese estado en un estado pecaminoso.
Lucas 1, 45-49 — ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! Y dijo María: "Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me bendecirán, porque ha hecho en mi favor maravillas el Todopoderoso, Santo es su nombre".
María describe las bendiciones que Dios le ha dado en forma especial y personal. No habla en nombre de toda la humanidad o en nombre de los pecadores. María reconoce que Dios ha hecho con ella algo singular, único.
Apocalipsis 21, 27 Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.
Esta referencia de San Juan a la santidad de la Jerusalén celestial es útil para entender que la vida humana de Jesús no puede haber sido formada dentro de una persona tocada por el pecado original. Dios simplemente no puede estar en comunión con el pecado. Esa es justamente la razón por la cual los pecadores no pueden entrar en el cielo.
Romanos 3, 10-18 — Pues ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: "No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden engaños. Veneno de áspides bajo sus labios; maldición y amargura rebosa su boca. Ligeros sus pies para derramar sangre; ruina y miseria son sus caminos.
El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos."
Algunos utilizan una parte de este pasaje bíblico para intentar probar que todos los seres humanos han pecado, incluyendo a María. Pero basta una lectura detenida del contexto para darnos cuenta de que esto no puede ser interpretado universalmente.
Primeramente, si esta escritura es interpretada literalmente, debemos concluir que Jesús también fue un pecador y eso sería contradictorio con el resto de las Escrituras.
Lo que sí sabemos es que San Pablo está refiriéndose a los Salmos 14 y 53. En el Salmo 14 encontramos una reflexión sobre la insensatez de ignorar a Dios:
El necio se dice a sí mismo: "No hay Dios. Todos están pervertidos, hacen cosas abominables, nadie practica el bien. El Señor observa desde el cielo a los seres humanos, para ver si hay alguien que sea sensato, alguien que busque a Dios. Todos están extraviados, igualmente corrompidos; nadie practica el bien, ni siquiera uno solo.
¿Nunca aprenderán los malvados, los que devoran a mi pueblo como si fuera pan y no invocan al Señor? Mirad cómo tiemblan de espanto, porque Dios está a favor de los justos. Vosotros os burláis de las aspiraciones del pobre, pero el Señor es su refugio.
¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel! Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, se alegrará Jacob, se regocijará Israel."
Es obvio que el apóstol no tiene en mente enseñar que todo ser humano creado desde los tiempos de Adán y Eva ha sido enteramente depravado, tal como enseñaron algunos seguidores de la Reforma. El salmista y el apóstol están hablando de "necios" y "malvados" que acechan al pueblo de Dios.
Es claro que estos pasajes condenan a ciertos malhechores en forma específica por ser perseguidores de los justos que sirven a Dios. Es absurdo imaginar que San Pablo citó este texto con la intención de cambiar su significado, distorsionando así el sentido original de la Escritura.
Autor: Cardenal José María Caro Rodríguez (1924) Fuente: Catholic.net
Congregación para la Doctrina de la Fe
Se ha solicitado que se altere el juicio de la Iglesia sobre la masonería por el hecho de que en el nuevo Código de derecho canónico no se hace mención explícita de ésta, tal como se hacía en el Código anterior.
Esta S. Congregación juzga a bien responder que tal circunstancia se ha debido a un criterio redaccional seguido también para las otras asociaciones igualmente no mencionadas por el hecho de estar incluidas en categorías más amplias.
Se mantiene, por tanto, inmutable el juicio negativo de la Iglesia respecto a las asociaciones masónicas, ya que sus principios han sido considerados siempre inconciliables con la doctrina de la Iglesia y por ello la adscripción a las mismas permanece prohibida.
Los fieles que pertenecen a las asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la Santa Comunión.
No le compete a las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas, con un juicio que implique la derogación de cuanto ha sido arriba establecido, según el parecer de la declaración de esta Congregación dada el 17 de febrero de 1981.
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el curso de la audiencia concedida al infrascrito Cardenal Prefecto, ha aprobado la presente declaración, formulada en la reunión ordinaria de esta S. Congregación, y ha ordenado su publicación.
Roma, en la sede de la S. Congregación para la Doctrina de la Fe, 26 de noviembre de 1983.
Autor: Cardenal José María Caro Rodríguez (1924) Fuente: Catholic.net
Reflexiones sobre la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Publicación de L´Osservatore Romano (1).
El 26 de noviembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba una declaración sobre las asociaciones masónicas. Poco más de un año de su publicación puede ser útil ilustrar brevemente el significado de este documento.
Desde que la Iglesia comenzó a pronunciarse acerca de la Masonería, su juicio negativo sobre ésta ha estado inspirado en múltiples razones, prácticas y doctrinales. La Iglesia no ha juzgado a la Masonería solamente por ser responsable de actividad subversiva en contra suya, sino que desde los primeros documentos pontificios sobre la materia, en particular en la Encíclica Humanum genus de León XIII (20-4-1884), el Magisterio de la Iglesia ha denunciado en la Masonería ideas filosóficas y concepciones morales opuestas a la doctrina católica.
Para León XIII se trataba esencialmente de un naturalismo racionalista, inspirador de sus planes y de sus actividades en contra de la Iglesia.
En su carta al pueblo italiano Custodi (8-12-1892) escribía: «Recordemos que el cristianismo y la Masonería son esencialmente inconciliables, al punto de que inscribirse en una significa separarse del otro».
No se podía, por tanto, dejar de tomar en consideración las posiciones de la Masonería desde el punto de vista doctrinal, cuando en los años 1970-1980 la S. Congregación mantenía correspondencia con algunas conferencias episcopales particularmente interesadas en este problema, con motivo del diálogo sostenido entre personalidades católicas y representantes de algunas logias que se declaraban no hostiles o incluso favorables a la Iglesia.
Un estudio más a fondo ha llevado a la S. Congregación para la Doctrina de la Fe a reafirmarse en la convicción de la imposibilidad de fondo para conciliar los principios de la Masonería y los de la fe cristiana.
Prescindiendo, por lo tanto, de la consideración del comportamiento práctico de las diversas logias, de la hostilidad al menos en la confrontación con la Iglesia, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, con su declaración del 26-11-83, ha intentado colocarse en el nivel más profundo y, por otra parte, esencial del problema: esto es, en el plano de la imposibilidad de conciliar los principios, y lo que ello significa en el plano de la fe y de sus exigencias morales.
Partiendo de este punto de vista doctrinal, en continuidad con la posición tradicional de la Iglesia -como lo testimonian los documentos de León XIII arriba citados-, se derivan seguidamente las necesarias consecuencias prácticas, que valen para todos aquellos fieles que eventualmente estuvieren inscritos en la Masonería.
En algunos sectores se ha dado por objetar, respecto de las afirmaciones sobre la imposibilidad de conciliar los principios, que sería esencial a la Masonería precisamente el hecho de no imponer ningún «principio», en el sentido de una posición filosófica o religiosa que sea obligatoria para todos sus miembros, sino por el contrario de acoger a todos, más allá de los límites de las diversas religiones y visiones del mundo, hombres de buena voluntad basados en valores humanos comprensibles y aceptados por todos.
La Masonería constituiría un punto de cohesión para todos aquellos que creen en el Arquitecto del universo y se sienten comprometidos en la lucha por aquellos ordenamientos morales fundamentales que están definidos por ejemplo en el decálogo; la Masonería no alejaría a nadie de su religión, sino por el contrario constituiría un incentivo para un mayor compromiso.
Los múltiples problemas históricos y filosóficos que se esconden en tales afirmaciones no pueden ser discutidos aquí. Después del Concilio Vaticano II ciertamente no es necesario subrayar que la Iglesia Católica alienta una colaboración entre todos los hombres de buena voluntad. Sin embargo, asociarse a la Masonería va evidentemente más allá de esta legítima colaboración y tiene un significado de mucha mayor relevancia y especificidad.
Antes que nada se debe recordar que la comunidad de los «Liberi Muratori» y sus obligaciones morales se presentan como un sistema progresivo de símbolos de carácter extremadamente impositivo. La rígida disciplina del secreto que allí domina refuerza a la postre el peso de la interacción de signos e ideas. Para los inscritos este clima reservado comporta, entre otras cosas, el riesgo de terminar siendo un instrumento de estrategias para ellos desconocidas.
Incluso si se afirma que el relativismo no se asume como un dogma, sin embargo se propone de hecho una concesión simbólica relativista, y por lo tanto el valor relativizante de tal comunidad moral-ritual, lejos de poder ser eliminado, resulta por el contrario determinante.
En tal contexto, las diversas comunidades religiosas a las que pertenecen los miembros de las logias no pueden ser consideradas sino como simples institucionalizaciones de un anillo más amplio e inasible. El valor de esta institucionalización se muestra, por tanto, inevitablemente relativo, respecto a esta verdad más amplia, la cual se manifiesta más fácilmente en la comunidad de la buena voluntad, esto es en la fraternidad masónica.
Aun así, para un cristiano católico no es posible vivir su relación con Dios de una manera doble, es decir, escindiéndola en una forma humanitario-supraconfesional y en una forma interior-cristiana. Éste no puede cultivar relaciones de dos tipos con Dios, ni expresar su relación con el Creador por medio de formas simbólicas de dos especies.
Ello sería algo completamente distinto a aquella colaboración, que le es obvia, con todos aquellos que están comprometidos en la realización del bien, aunque partan de principios diversos. Por otro lado, un cristiano católico no puede al mismo tiempo participar de la plena comunión de la fraternidad cristiana y, por otra parte, mirar a su hermano cristiano, desde la perspectiva masónica, como a un «profano».
Incluso si, como ya se ha dicho, no hubiese una obligación explícita de profesar el relativismo como doctrina, aún así la fuerza relativizante de una tal fraternidad, por su misma lógica intrínseca, tiene en sí la capacidad de transformar la estructura del acto de fe de un modo tan radical que no sea aceptable por parte de un cristiano «que ama su fe» (León XIII).
Este trastorno en la estructura fundamental del acto de fe se da, además, usualmente de un modo suave y sin ser advertido: la sólida adhesión a la verdad de Dios, revelada en la Iglesia, se convierte en una simple pertenencia a una institución, considerada como una forma representativa particular junto con otras formas representativas, a su vez más o menos posibles y válidas, de cómo el ser humano se orienta hacia las realidades eternas.
La tentación de ir en esta dirección es hoy tanto más fuerte cuanto que ésta corresponde plenamente a ciertas convicciones predominantes en la mentalidad contemporánea. La opinión de que la verdad no puede ser conocida es característica de su crisis general.
Precisamente considerando todos estos elementos, la declaración de la S. Congregación afirma que la inscripción en la masonería «permanece prohibida por la Iglesia» y los fieles que se inscriben en ella «están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la Santa Comunión».
Con esta última expresión, la S. Congregación indica a los fieles que tal inscripción constituye objetivamente un pecado grave y, precisando que los que se adhieren a una asociación Masónica no pueden acceder a la S. Comunión, quiere iluminar la conciencia de los fieles sobre una grave consecuencia a la que deben llegar en caso de adherirse a una logia masónica.
La S. Congregación declara, finalmente, que «no le compete a las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas, con un juicio que implique la derogación de cuanto ha sido arriba establecido». Con este fin el texto hace también referencia a la declaración del 17 de febrero de 1981, que ya reservaba a la Sede Apostólica todo pronunciamiento sobre la naturaleza de estas asociaciones que implicase la derogación de la ley canónica entonces vigente (can. 2335).
Igualmente, el nuevo documento emitido por la S. Congregación para la Doctrina de la Fe en noviembre de 1983 expresa idénticas intenciones de reserva en relación a pronunciamientos que no coincidan con el juicio aquí formulado sobre la imposibilidad de conciliar los principios de la masonería con la fe católica, sobre la gravedad del acto de inscribirse en una logia y sobre la consecuencia que de ello se derive para el acceso a la Santa Comunión. Esta disposición indica que, no obstante la diversidad que pueda subsistir entre las obediencias masónicas, en particular en cuanto a su postura declarada hacia la Iglesia, la Sede Apostólica vuelve a encontrar en ellos principios comunes que piden una misma valoración por parte de todas autoridades eclesiásticas.
Al hacer esta declaración, la S. Congregación para la Doctrina de la Fe no ha pretendido desconocer los esfuerzos realizados por quienes, con la debida autorización de este dicasterio, han buscado establecer un diálogo con representantes de la Masonería. Pero, desde el momento en que existía la posibilidad de que se difundiese entre los fieles la errada opinión de que ahora ya era lícita la adhesión a una logia masónica, ha considerado como su deber hacer de su conocimiento el pensamiento auténtico de la Iglesia sobre este asunto y ponerlos en guardia ante una pertenencia incompatible con la fe católica.
En efecto, sólo Jesucristo es el Maestro de la Verdad y sólo en Él pueden los cristianos encontrar la luz y la fuerza para vivir según el designio de Dios, trabajando por el verdadero bien de sus hermanos.
Notas 1. * L´Osservatore Romano, edición en italiano, 23 de febrero de 1985, p. 1.
Autor: Cardenal José María Caro Rodríguez (1924) Fuente: Catholic.net
182. – Una palabra a la mujer católica.
Conozco algo de lo mucho que tienen que sufrir algunas madres, esposas, hijas o hermanas de masones, cuando éstos han tomado a pecho su profesión masónica.
Conozco la poca o ninguna libertad de practicar su religión que se les deja y los consiguientes peligros de perder su fe a que están expuestas, a fuerza del continuo ataque que contra ella reciben, si no están suficientemente preparadas con el conocimiento de su religión y con gran firmeza de carácter.
Comprendo también cuál ha de ser la angustia de las madres cristianas al pensar que sus hijos están formando parte de aquel ejército que ha jurado guerra a Nuestro Señor Jesucristo, y que llega en su perversidad hasta negar la existencia del Ser Supremo, aparentando creer en él bajo un nombre que oculta esa negación.
Me explico y aplaudo que muchas madres que se han dado cuenta del mal que encierra la Masonería hayan pedido con instancia a sus hijos la promesa de que nunca se harán masones. Me explico también que muchas señoritas hagan lo mismo con sus pretendientes, para no tener después que devorar interminables amarguras y correr grandísimos peligros de toda suerte. Ojalá todas las señoras y señoritas cristianas hicieran otro tanto.
Eso es lo que la Iglesia desea cuando ordena que se disuada el matrimonio con masones o afiliados a sectas prohibidas (Num. 179, nota.)
¡Que horrible pesadilla debe ser para un alma que tiene la fe, la idea de que aquel ser amado en la tierra, padre, esposo, hijo o hermano, está odiando lo que ellas más aman; está trabajando por destruir aquella religión que ha elevado la condición de la mujer de esclava a compañera del hombre, y que ha colocado sobre su cabeza la diadema de reina del hogar, confiándole la misión de crear y educar al hombre para hacer de él un hijo adoptivo de Jesús y feliz ciudadano de su reino eterno!
Si hay en vosotras amor a Cristo, si hay en vosotras amor a vuestra patria, con vuestras oraciones elevadas a Dios, con vuestros cariñosos ruegos a vuestros hijos, a vuestros esposos o pretendientes, a vuestros hermanos, con vuestra propia instrucción, y con el más diligente cuidado de educar también a los vuestros, podéis hacer mucho para evitar en vuestro hogar y a los vuestros la desventura de afiliarse en ese ejército de Satanás, que tanto mal ha hecho al reino de Dios, a la sociedad y a la Patria en todas partes. ¡No olvidéis que los masones son los primeros en no elegir masonas para esposas!
183— A los masones.
No sería raro que este libro cayera en manos de algunos masones. Si ello sucediera, por cualquier motivo que sea, les ruego creer que ello ha sido como muestra de aprecio o de amor de alguna persona que lo ha procurado, y prueba de que se les juzga sinceros y rectos.
He tratado, en cuanto me ha sido posible y con toda sinceridad, de separar la causa de la Masonería en sí misma de la de los Masones en particular; porque creo ingenuamente que hay muchos que ignoran el fin y los planes de la sociedad a la cual han dado su nombre, como ignoran su verdadera constitución y quiénes son los que en último término llevan la Dirección Suprema.
Estoy seguro, al mismo tiempo, de que hay en la Masonería muchos que, cuando se den cuenta del fin que lleva la institución a la cual están prestando su concurso, honradamente se retirarán de ella, como lo han hecho tantos aún altamente graduados. Podemos aún señalarlos entre los chilenos, como se hará en el artículo subsiguiente.
Además, les ruego que recapaciten y juzguen dentro de sí mismos si no es verdad que se les trajo a la Masonería con un engaño; si no es verdad que a este engaño se han seguido otros más, corno lo llevo dicho, y si es honrado, si hay sinceridad en dejarse conducir por un guía que hace del engaño su principal método y medio de comunicar sus direcciones e inspiraciones, y por un guía que oculta en las tinieblas su autoridad, su responsabilidad y su personalidad.
Finalmente, sí hay alguna palabra, sobre todo en las citas que he hecho, que pueda parecerles demasiado dura, les ruego la disculpen, ya que no tengo la menor intención de ofender a nadie y si la de hacerles el mayor bien que pueda, convencido corno estoy del extravío a que muchos han llegado mediante la Masonería.
¿Por qué os quedáis en la Masonería? Reflexionad sobre las palabras que dirige a los masones de Francia un ex hermano:
‘Vosotros, francmasones, por fanatismo anticatólico. Por tanto, ¿estimáis la causa católica tan buena, tan pura, tan alta, que no la podríais atacar sino al abrigo de una organización de disimulo y de mentira? Las luchas de doctrinas pueden ser nobles y fecundas, Pero hechas en esa forma, ¡qué vergüenza para vosotros!...
‘Vosotros, radicales, que en vuestro Congreso de febrero de 1925 aclamábais a vuestro jefe, Presidente del Consejo de Ministros, cuando os expresaba su voluntad inquebrantable de ‘probidad política’, ¿es conforme al principio de probidad, en una democracia formar parte de una sociedad que aísla esta democracia con una muralla de secreto, que así se coloca encima de ella, que la gobierna sin que ella lo sepa? ¿Os entusiasmáis con el solo llamado a la probidad... y no os dais cuenta de que os hacéis los prisioneros voluntarios de una organización de improbidad?
Vosotros, católicos - ya que también los hay que se dejan arrastrar en tales filas, por su bien, se les dice, para defender su Catolicismo -, ¿no comprendéis nunca que ultrajáis vuestros principios y que os ponéis en estado de inconsecuentes, por tanto, de inferioridad, exponiéndoos a la necesidad de engañar y de mentir para defender vuestro secreto? Hacéis eso vosotros, los creyentes de una doctrina cuya moral puede resumirse en estos principios: ¡honradez!, leallad!, ¡los cuales, si fueran universalmente observados, harían de nuestra desdichada tierra un paraíso!...
‘Y vosotros, protestantes, ¿no deberíais dar el mismo valor a esas razones? ‘Vosotros, demócratas, igualitarios, humanitaristas, supranacionalistas, vosotros tampoco podéis dar vuestra adhesión a sociedades secretas, no podéis aceptar su existencia y su libre funcionamiento sin pisotear vuestros principios. Porque lo propio de estas instituciones es crear dos categorías de ciudadanos: los que a ellas pertenecen y los que no pertenecen; los segundos engañados por los primeros y éstos, engañados o explotados, a su vez, sus jefes ocultos. De modo que, yendo al fondo de las cosas, se comprueba que el solo hecho de reunirse en sociedad secreta, constituye a la vez un atentado contra cada ciudadano y un complot contra la Humanidad entera en provecho de algunos maestros mentirosos.
‘Vosotros, patriotas, formando parte de una sociedad secreta cualquiera trabajáis en la construcción de conductos subterráneos por los cuales pueden ser introducidos en vuestro país invisiblemente y bajo una presión irresistible las doctrinas destinadas a realizar en él una obra destructora comparable a la de los gases asfixiantes en las trincheras, durante la guerra.
‘En fin, queda un argumento que por su alcance moral y social debe tal vez pasar antes que todos los otros, y que es éste:
‘El fin de la lucha por las armas es el triunfo por la fuerza.
‘El fin de la lucha por las sociedades secretas es el triunfo del engaño.
‘Masones, radicales, católicos, protestantes, demócratas, humanitaristas, supranacionalistas, patriotas, hombres honrados de todos los partidos, de todos los países, vosotros que no queréis oír hablar más de la fuerza, sino para ponerla al servicio del derecho, ¿es eso lo que por la más insensata contradicción anhelaríais: la dominación de la tierra y la explotación de los pueblos, asegurados a los que ganan a todos los demás por su genio para engañar?’ (Copin-Alb., ‘La Guerre Occulte’, 278-280.) 184. — La Masonería y el carácter chileno.
Como chileno siento grandemente la deformación de nuestro bello carácter, que está causando la Masonería. El carácter nacional es de absoluta franqueza, lealtad y sinceridad. Tal vez, por eso noi siempre somos los mejores diplomáticos.
He tenido ocasión de conocer suficientemente la sinceridad y franqueza de carácter en los chilenos que aún no lo tienen maleado.
El chileno es franco hasta confesar sus maldades o sus extravíos y por eso, precisamente, es digno de estimación.
¿A quién no le encanta contar con un amigo que sabe que es sincero y leal, que le dice lo que siente, que no lo adula en su presencia para asestarle un golpe con más seguridad?
¿A quién aún no le gusta saber que tiene al frente un adversario sincero, que no le dice a él una cosa, para engañar su buena fe y hacerle mayor mal, haciendo otra cosa muy distinta?
Pues bien, la Masonería, con su sistema de engaños y fingimientos, está deformando esas bellas cualidades ¿Qué otra cosa puede resultar en una escuela en que se dice que no se ataca ninguna religión ni se trata de política, para atacar más a fondo la religión católica y asegurar el predominio político?
No se dice que la Masonería cree en Dios, siendo su trabajo de borrar su nombre en la memoria de los hombres?
¿No proclama la libertad para conseguir llegar a la más opresora tiranía, como es la de las conciencias? Y así de tantas otras cosas, podría decir lo mismo.
De ahí nace el que se haya generalizado el sistema del fingimiento, y que la cobardía de carácter se haga cada día más común, junto con la hipocresía y la deslealtad.
¿Cómo no ha de influir en ello una sociedad ramificada por todas partes que comienza a mentir en sus mismos estatutos y que hace de la mentira su norma de acción?
La Masonería, por otra parte, es contraria al patriotismo, esa virtud tan chilena, fuente de tantos heroísmos y de tantos beneficios que el ardiente amor a la Patria ha producido en nuestra vida social y política. 185 — Los desengañados
Se podrían escribir largas capítulos, y aún obras enteras para dar cuenta a las personas sinceras, de la desilusión que han encontrado en la Masonería muchas almas que habían ido a buscar en ella con sinceridad o la verdad o un medio de hacer el bien a sus semejantes.
No tengo espacio para ello; pero no puedo menos de citar algunos casos.
En el curso de esta obra he citado algunos, como el de Lord Ripon, Supremo Gran Maestre de la Mas.’ Inglesa, que dejó la Masonería y el Protestantismo cuando se penetró bien de la justicia de las condenaciones de los Papas, el del Conde de Haugtwitz y el de Copín Albancelli, tantas veces citados, etc,
Hablando de los Masones alemanes, dice The Catholic Encyclopedia que ‘los príncipes de la literatura de la época, Lessing, Goethe, Herder, estaban cruelmente desengañados por lo que vieron y experimentaron en su vida de Logia (Gruben (6) 141-236.)
Lessing habló con desprecio de la vida de logia; Goethe caracterizó las asociaciones y hechos masónicos como necedades y picardías.
Herder escribió al célebre filósofo H.’. Heine: Siento odio mortal a toda sociedad secreta y, como resultado de mi experiencia, tanto dentro de los más íntimos círculos, como fuera de ellos, los echo al diablo a todos, Pues las persistentes intrigas que dominan y el espíritu de la Cábala, serpean bajo la cubierta’ (Booz 326, Cath. Encycl. Masonry .)
No repetiré todo lo que he oído a personas aún vivientes sobre sus desengaños y el descontento y pesar que sienten cuando no pueden romper con la secta por no arruinar su situación; pero no quiero pasar por alto lo que oí de boca de un profesional muy conocido de Iquique, y que no ha entrado en la Masonería, simplemente por estorbos ocasionales:
Me refería el desahogo que había tenido con él un amigo masón, harto desengañado ya, según el cual, en la Masonería hay dos clases de personas: las pícaros y explotadores sin vergüenza, ignorantes, etc, y la gente estudiosa y seria que era la explotada.
Don Enrique Fisher Rubio, cuya seriedad y honradez fue siempre de todas reconocida en Iquique, donde fue Intendente y después Secretario de la Asociación Salitrera, me contó que cuando entró a Lima en el Ejército Chileno, recibió como muchos otros oficiales chilenos, invitación pasa entrar en la Masonería; pero, como no acostumbraba hacer nada serio sin consultarlo antes con su tío don Ruperto Rubio, Gran Maestre de la Masonería de Valparaíso, le pidió su parecer.
Atendido el cariño paternal que siempre le había tenido y su conocimiento de la Masonería, ¿quién mejor que él podría aconsejarlo? Y su consejo, que él recibió como todos los demás, con filial docilidad, fué que no entrara a la Masonería.
Y por eso jamás lo hizo, a pesar de tener tantos amigos e influencias masónicas en rededor suyo.
¿Por qué se lo dió el tío que tanto cariño le tenía? Sabido es que personas tan altamente graduadas en la Masonería y tan honradas en el mundo político y social, como don Benicio Alambos González, don Juan de Dios Arlegui, el Almirante Latorre, se han retirado de la Masonería y manifestado con la piedad cristiana del último tiempo de su vida el arrepentimiento de haber pertenecido a ella.
A esos nombres hay que agregar también el nombre del general del Canto, que acaba de bajar al sepulcro, rodeado de grandes honores y elogios, quien también, después de haber sido propagandista y defensor entusiasta de la Masonería, se había retirado de ella para dar públicamente ejemplos de la fe cristiana que lo consoló y fortaleció en el último año de su vida.
Hay, pues, motivo para reflexionar seriamente: Cuando se divisa lejos la muerte y se rinde tributo a las pasiones que extravían el corazón, no espanta la Masonería; pero cuando viene la madurez del juicio y se siente cercano el fin de la vida, entonces se busca en esa misma religión que la Masonería enseña a despreciar y perseguir, el asilo seguro, el consuelo y las luces que necesita el alma inmortal para no lanzarse temerariamente a la región de la eternidad. 186. — ¡MISTERIO!
He aquí la exclamación que brota de mis labios al considerar la Masonería y su obra, y al pronunciar esa palabra no le doy el sentido dogmático de ‘verdad revelada por Dios que está sobre las fuerzas de nuestra razón’, sino el vulgar de secreto más o menos inexplicable sobre todo para el que no piensa mucho.
El apóstol San Pablo, en su carta segunda a los Tesalonicenses, habla del anticristo ‘el cual SE OPONDRÁ Y ALZARÁ CONTRA TODO LO QUE SE DICE DIOS O SE ADORA, hasta llegar a poner su asiento en el templo de Dios, dando a entender que es Dios.. El hecho es que ya se está obrando el MISTERIO DE INIQUIDAD.
Ese inicio dice San Pablo, ‘que VENDRÁ CON EL PODER DE SATANÁS, con toda suerte de milagros, de señales, y de prodigios falsos y CON TODA SEDUCCIÓN INICUA para aquellos que se perderán por no haber recibido y amado la verdad a fin de salvarse. Por eso Dios les enviará (o permitirá que les venga) el ARTIFICIO DEL ERROR, CON QUE CREAN EN LA MENTIRA, de modo que se condenarán todos lo que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la maldad’ (2 Tes., 11, 4 y sigs..)
En el Apocalipsis nos pinta San Juan aquella mujer LLENA DE NOMBRES DE BLASFEMIA y rodeada de toda riqueza, QUE TENÍA ESCRITO EN SU FRENTE: MISTERIO, la gran Babilonia MADRE DE LAS FORNICACIONES Y ABOMINACIONES DE LA TIERRA Y EBRIA CON LA SANGRE DE LOS SANTOS Y MÁRTIRES DE JESUCRISTO.
Toda ese misterio de la bestia, y de la mujer sentada sobre ella, y de los reyes sus auxiliares, tienen un solo consejo, y PONEN A DISPOSICIÓN DE LA BESTIA, DE SATANÁS, SU VIRTUD Y PODER PARA PELEAR CON EL CORDERO JESUCRISTO. El los vencerá porque es el Rey de los reyes y el Señor de los que dominan’ (Apoc.)
¿No es verdad que todo eso hace pensar en la sociedad enemiga de Cristo, que lleva en su frente el MISTERIO, en su fin, en su doctrina y en sus obras, porque de todo hace un secreto jurado? ¿No es verdad que su boca está llena de blasfemia? ¿Y que su móvil es el odio a Jesucristo y la guerra a Dios mismo? ¡Misterio!
El espiritismo, ocultismo, teosofismo, le suministran los milagros o prodigios falsos con que embauca a los incautos y curiosos.
¿Cómo es que esa asociación pudo prender en medio de una sociedad cristiana?
¿Cómo es que después que los Gobiernos y pueblos han visto sus frutos, la han dejado existir, la han ayudado y enaltecido?
¿Cómo es que hay tantos católicos que a pesar de las prohibiciones de la Iglesia se han dejado tomar por sus redes?
¿Cómo es que hay tantos masones que, conociendo haber sido atraídos mediante un engaño, y otro engaño continúan, sin embargo, dejándose engañar?
Una sola respuesta puedo dar a todas estas interrogaciones:
¡MISTERIO! Y lo que es más triste ¡MISTERIO DE INIQUIDAD!