La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
Estimados amigos, iniciamos un nuevo capítulo de nuestra serie sobre el demonio de la acedia, y en este programa quisiera tratar acerca del origen histórico de la acedia, cuándo comienza este demonio de la acedia a manifestarse y a trabajar, porque ese origen de la acedia nos puede iluminar acerca de cómo, después, ha seguido trabajando a lo largo de todo el tiempo, contemporáneamente con la obra y el designio divino a través de la historia, desde los comienzos, y seguirá hasta su fin.
Me refiero a la aparición de la serpiente en el relato del pecado original. Leemos en el libro de la Sabiduría, uno de los libros de la Sagrada Escritura, que por envidia –por acedia del diablo– entró la muerte en el mundo, por acedia del diablo entró la muerte en la humanidad, y esta muerte reina sobre aquellos que le pertenecen, en cambio sobre los que han sido salvados por Nuestro Señor Jesucristo del poderío del demonio de la acedia, aquellos que conocemos el bien, que conocemos al Padre, se nos abre la puerta de la VIDA ETERNA.
Quiero con ustedes comenzar entonces a remontarnos en nuestra memoria al relato del libro del Génesis, del comienzo del libro del Génesis. Pero antes quisiera mirar de un solo vistazo –como nos enseña hacerlo el Catecismo de la Iglesia Católica– la Sagrada Escritura –que nos trae la revelación de Dios acerca del sentido de su obra creadora desde el principio al fin–.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que la Sagrada Escritura comienza con un festín de bodas, fiesta de bodas, y termina al final del libro del Apocalipsis con otra fiesta de bodas que se prepara. La primera fiesta de bodas es la de Adán y Eva, a quienes Dios les hace –como regalo de bodas– el regalo de toda la creación, les entrega todas las cosas para que las gobiernen y para que sean sobre la Tierra ministros de la Providencia Divina en el gobierno de las criaturas, tanto de las criaturas que no son libres como de las que sí lo son (los seres humanos). Sabemos que los ángeles, que son criaturas libres, son colaboradores de Dios en el gobierno de la creación. Pues bien, ha querido también asociar al ser humano –al varón y a la mujer– a ese gobierno divino sobre las cosas, nos ha dado todas las cosas para que las gobernemos, ese es el designio divino del comienzo.
Y al fin de las Sagradas Escrituras, hablándonos ya del fin de los tiempos, se nos presenta a la novia que, con el Espíritu Santo, llama al novio que viene: “¡ven Señor Jesús!”. El Espíritu y la novia dicen ven, y el Señor responde: “Sí, vengo, vengo pronto”. Ese novio es el Verbo eterno hecho hombre, que viene a las bodas finales del tiempo con la Iglesia, es el triunfo del Amor.
Desde el comienzo al fin de esta historia hay amor, amor esponsal, amor de Dios con la criatura, amor del varón y la mujer, imagen y semejanza creada del amor divino, no hay cosa sobre la creación que en algún momento no haya reflejado para los hombres algo de la divinidad. Dice el historiador de las religiones, Mircea Eliade, que el bosque tiene algo de sagrado, la peña, la fuente, el sol, el río, todo lo que parece poderoso y glorioso en algún momento ha reflejado para el hombre algo de lo que es el creador de todas las cosas, ha sentido como un estremecimiento de la divinidad en las criaturas que ve y que alcanza a admirar por su poderío, por su consistencia, su solidez, por su capacidad fecundadora. No sólo las de la Tierra, sino que, levantando los ojos al cielo, ha podido vislumbrar en la inmensidad del universo –en las criaturas celestes– las epifanías de Dios. También en la tormenta, en el rayo, ha visto manifestaciones uránicas de Dios, del poder divino. En el mar, en las olas, en los monstruos marinos... en la fecundidad de la naturaleza, en todas las cosas ha visto la manifestación de Dios.
Es decir, no ha podido la acedia enceguecer al hombre de tal manera que, cualquiera de las criaturas en cualquier momento no le pudiera dar un vislumbre del poder divino. Por eso San Pablo se ha admirado de que los hombres, habiendo conocido las criaturas, no llegaran a conocer al creador a través de ellas. Por esa ceguera, por esa acedia, de no ver a Dios a través de sus criaturas y sus creaciones, el Señor entenebreció –llenó de tinieblas– sus corazones y los entregó a pasiones viles y bajas, porque pudieron conocer a Dios y no lo conocieron.
Si hay algo que podemos decir que es Dios, Dios es amor. El amor que experimentamos las criaturas, - aún las criaturas caídas después del pecado original, en aquellos momentos en que la naturaleza quedó, no destruida por el pecado sino herida -, deja traslucir el designio divino primero de nuestra imagen y semejanza divina: Dios es amor. El amor creado es lo que mejor lo refleja a pesar de cualquier herida del pecado original que pueda tener.
El demonio de la acedia es contrario al amor, es tristeza por el amor, es miedo al amor, es indiferencia ante el amor, es oposición al amor. El demonio de la tristeza, nos dice Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de San Juan, es homicida desde el principio, odia en el hombre la capacidad de amar, que es lo que le asemeja a Dios, y por lo tanto quiere destruirlo, no quiere que haya hombres sobre la Tierra. Comprendemos así la frase bíblica del libro de la Sabiduría: por envidia, por acedia del diablo, entro la muerte en el mundo. Por el odio, por la tristeza del demonio, que no quiere una imagen viviente de Dios –ya que no puede destruir al Dios mismo– quiere destruir su imagen, no quiere que haya hombres sobre la Tierra. Él es homicida desde el principio.
Y si no puede destruir al ser humano, portador de esta naturaleza amorosa y destinada al amor, al menos quiere corromper su capacidad de amar. Por eso si vamos al relato del origen, encontraremos la explicación –en ese pequeño drama del origen– de cómo surgió –históricamente– esa impugnación demoníaca, ese ataque demoníaco a la criatura para destruir su imagen y semejanza.
Recordemos la historia del Génesis, se nos presenta como una obertura, en el capítulo primero de esta gran obra, y después como un pequeño drama en tres actos.
La obertura nos resume la preparación del gran banquete de bodas de Adán y Eva, en que Dios en una semana prepara el banquete. Primero prepara todo el ambiente, la sala donde se va a representar que es el universo entero, la separación del día y de la noche, de la luz y las tinieblas, la separación de las aguas de arriba y de abajo, la separación del mar y de la tierra, la creación de los alimentos sobre la tierra –con los vegetales y los árboles frutales– que serán los alimentos del banquete; después va creando los animales, que son los que participarán del banquete... y por último crea a Adán y Eva, a su imagen y semejanza, seres capaces de amar, y les entrega como regalo la creación entera para que la gobiernen, gobiernen sobre los animales, gobiernen sobre las plantas, se alimenten de todos esos frutos, y sean fecundos, se multipliquen y llenen la Tierra. Bendice el Señor a Adán y Eva, bendice al ser humano, al varón y a la mujer, y a su designio divino sobre la Tierra.
Y esto que en la obertura se plantea así, como una historia concentrada y sintetizada, se nos plantea después en esos tres actos de un pequeño drama teatral, se nos presenta la creación del varón y la mujer en el primer acto, y ya en el segundo acto entra en escena el Adversario –el Demonio de la acedia– entristeciéndose por el bien que Dios ha creado, por el bien de Adán y Eva, y tratando de destruir la obra divina, lográndolo en ese segundo acto. De modo que en el tercer acto tenemos las consecuencias de esa caída de los primeros padres. Podríamos decir que el resto de la Sagrada Escritura, hasta el Apocalipsis, es la continuación de este drama a través de la historia, la continuación hasta el triunfo de Dios al fin de los tiempos, el triunfo del amor de Dios, el triunfo del amor del Verbo encarnado por el que fueron creadas todas las cosas –también Adán y Eva–, con el triunfo de ese amor para una humanidad –que es la Iglesia– que le ha sido fiel a lo largo historia, que ha sido conducida por el amor, contra la cual nada pudo ni la muerte ni el demonio de la acedia, el demonio de la tristeza por el bien.
Esa boda gozosa del cordero, al fin de los tiempos, es el triunfo del amor, Dios triunfa. A pesar de toda la oposición que el demonio triste de la acedia le pueda hacer a lo largo de la historia. Dios siempre triunfa, el bien es mayor que el mal y triunfa sobre el mal. Si nosotros en nuestra vida cristiana, - que como hemos dicho en alguno de estos capítulos de la acedia es una lucha -, también vimos en ese capítulo que se nos promete una victoria sobre el espíritu de la acedia, “no temáis, yo he vencido al mundo” nos dice Nuestro Señor Jesucristo.
Vamos ahora a detenernos un poquito en esos tres actos del drama de la creación, del designio divino sobre el hombre y la mujer, cómo los crea, y después cómo el demonio trata de pervertir la obra de Dios, intentando que fracase esa obra, tratando de que el hombre no cumpla con el designio que tiene Dios sobre el varón, y tratando que la mujer tampoco cumpla con el designio que Dios tiene sobre ella.
¿Cuál es el designio que tiene Dios sobre el hombre y la mujer?, vemos en el primer acto de este drama, que es una especie de obra teológica en forma dramática, en forma de narración, también en forma simbólica, como se expresa la Escritura, en un lenguaje que pueden entender los niños pero que no es infantil, que no es menospreciable como algo que el catequista puede contarle a los niños pero que no tiene nada que decirle a los grandes. No, de ninguna manera, es una revelación divina plena de sabiduría, que no es sólo para los orígenes de la humanidad, sino que nos ilumina a lo largo de toda la historia.
Nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, se ha referido varias veces “al Principio”, a ese Principio de la creación del que él fue autor con el Padre, el Verbo eterno por el que fueron creadas todas las cosas y sin el cual nada fue hecho; Él que ha sido testigo del Principio nos dice que al inicio no había desamor entre el varón y la mujer, eso surgió después, y que si Moisés había permitido el divorcio y el libelo de repudio para la mujer, era porque había una dureza del corazón en el hombre, el corazón del hombre se había endurecido, él no hace alusión explícita al pecado original pero se está refiriendo a él.
Nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto, nos habla de que en ese principio está el designio divino sobre el amor del varón y la mujer.
Dios crea primero –llamémoslo así– al Adán masculino. En el comienzo, en la obertura, nos dice los creó macho y hembra, todavía no dice varón y mujer, (la diferencia de los sexos, que será también, - lo digo de paso -, uno de aquellos aspectos que el demonio de la acedia quiere borrar, oponiéndose a la obra del creador, destruir la diferencia entre los sexos), es una obra del creador que tiene un designio muy sabio. Nosotros somos testigos, en nuestro tiempo, de cómo se quiere abolir la diferencia entre el varón y la mujer, y podemos entonces –iluminados por esta sabiduría bíblica– comprender que lo que hay detrás, es mucho más que el empeño de algunos actores humanos acerca del hombre y la mujer, y de la humanidad. Hay mucho más. Hay un designio demoníaco de abolir la obra de Dios, de la creación de Dios, en nuestros tiempos, a la altura de estos tiempos, aboliendo la diferencia entre el varón y la mujer. El relato de la Escritura dice que no había nada todavía sobre la tierra: la tierra estaba vacía, no había árboles ni plantas, era todo desierto, no había llovido sobre la tierra, pero una fuente de agua manaba en medio de la tierra, y con esa fuente tiene Dios tiene la materia prima para amasar el polvo de la tierra con el agua de la fuente el cuerpo del varón, del Adán masculino, y dice que le sopló en la nariz un espíritu de vida y “resultó el hombre un ser viviente”.
Ese espíritu de vida que Dios sopla en el Adán masculino, la vida de Dios, lo sabemos, es amor. Sopla en este varón un espíritu de amor, por lo tanto la vocación de este muñequito de barro amasado por Dios es el amor, todavía no existe la mujer, no existe ningún otro ser semejante a él para que él lo pueda amar o ser amado por él, eso va a surgir en el relato del primer acto a lo largo de distintos episodios. Luego a este Adán masculino el Señor lo colocó en un Jardín cercado que plantó para él, en un lugar deleitoso, en el Edén, en la presencia de Dios. Este ser humano, que ya es imagen y semejanza de Dios, está en este jardín deleitoso, cercado y seguro. Y el Señor hizo brotar en este jardín toda clase de árboles, de alimentos, agradables para la vista, y plantó en medio del jardín el Árbol de la Vida. Sabemos que el Árbol de la Vida es el árbol de la vida divina y por lo tanto es el árbol del amor, y ese árbol del amor es también el árbol del conocimiento del bien y del mal, porque son nuestros amores la regla o la pauta de discernimiento que usamos para saber lo que es bueno y malo, lo que destruye nuestros amores es malo, lo que contribuye a amar y ser amado es bueno, decimos que es bueno o malo aquello que ataca a nuestro amor o lo defiende, el avaro dirá que es malo lo que perjudica a su amor que es la ganancia y dirá que es bueno lo que le da dividendos, así cada uno, según su amor juzga lo que es bueno y lo que es malo.
El árbol de la vida de Dios da a conocer aquello que Dios considera bueno, y lo que Dios considera malo, y por supuesto que esto tiene que ver con el amor. El espíritu de la acedia que se entristece con el amor de Dios, el espíritu de tristeza por el amor, que es espíritu de miedo de indiferencia hacia el amor, considera malo al amor y considera bueno el desamor, considera bueno la abolición de la vida del hombre sobre la tierra, el oponerse a la obra de Dios.
Y dice que el Señor puso al varón, al Adán masculino, en el Jardín del Edén, para dos cosas: para que lo cultivase y para que lo vigilase, el cultivo del jardín supone que este hombre tiene la misión de gobernar con su inteligencia el mundo vegetal y usarlo acorde a esa inteligencia. Vamos así viendo que este Adán masculino está siendo destinado por Dios al gobierno de las cosas, es él quien va a dirigir –de acuerdo a la obertura– el gobierno del hombre sobre las criaturas como ministro del gobierno de Dios.
Además Adán debe vigilar el jardín, ustedes se preguntarán ¿vigilarlo de qué?, si es un jardín cercado, si no hay otros habitantes que puedan dañar este Árbol de la Vida, ¿de qué tiene que vigilarlo? Dice que el Señor le dio a Adán un mandamiento: “de todos los árboles del jardín puedes comer, pero del Árbol de la Vida, del árbol del amor divino, el árbol del conocimiento del bien y del mal, no comerás, porque cuando comieres de él, morirás sin remedio”.
De todos los árboles del jardín se puede él apoderar, pero el amor de Dios que está representado por el Árbol de la Vida, de ese no se puede apoderar, debe respetar el amor y recibirlo como un don. Y esto vale para el amor divino al comienzo, como al amor divino en todas las edades –mientras existan criaturas amorosas–, no se puede recibir el amor sino en forma de don libre del otro, no puedo yo apoderarme del amor del otro, es el principio de la libertad amorosa. Esa libertad de amar, que es la libertad de la gracia, refleja lo más propio del amor divino que es libre, es amor, pero es libre, y desea permanecer libre, y la criatura no puede apoderarse de ese amor porque en ese momento estaría, él mismo dejando de amar verdaderamente, no siendo imagen y semejanza del amor. Es un amor libre que debe respetar la libertad del que lo ama.
Y después, dice Dios que es necesario que Adán tenga “una ayuda semejante a él frente a él”. Una ayuda semejante a él, que pueda amar como él ama, que sea capaz de recibir amor y devolver amor. Y Dios crea con este intento primero a los animales a los cuales hace que el hombre les vaya poniendo nombre, es decir que los vaya conociendo en su esencia y nombrándolos, para que se llamen con el nombre que le quiere dar a cada uno. Acá tenemos de nuevo que el Adán masculino está destinado a gobernar, después del paraíso y el mundo vegetal, también al mundo animal. Pero tampoco encuentra el hombre entre los animales una ayuda semejante a él, frente a él, y entonces viene la creación de la mujer.
El Señor toma de su costado una costilla y construye una mujer, ya no la amasa, la construye. Y esta mujer está destinada al varón, viene después, su razón de ser es el varón. El varón va a ser el todo respecto de ella, y ella va a ser la parte respeto del varón, ninguno de los dos estará completo sin el otro, pero de manera diversa, al varón le faltará una parte, a la mujer le faltará la referencia, el todo referencial al que ella pertenece, y sin el cual no se encuentra a sí misma. Y por la unión del amor serán los dos uno solo, se restaurará la unidad del todo con parte, y de la parte con el todo. Este es el designio divino de Dios sobre el varón y la mujer.
Segundo acto, viene la serpiente a tratar a destruir este designio divino, y le dice a la mujer que Dios sabe que si comen del fruto del árbol del bien y del mal serán como Él, serán como dioses.
Ese árbol del amor, el árbol de la vida, el árbol del conocimiento del bien y del mal, es la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y en su momento estaba previsto que nos sería dado el fruto del amor divino, la gracia de Dios, el don del amor divino. Pero lo que le sugiere Satanás y le hace de alguna manera suponer a la mujer, es que Dios nunca se lo va a dar. He ahí la mentira del demonio, la seducción, el engaño, con el cual impulsa a Eva a que trate de apoderarse por sí misma del fruto –apetecible a la vista, y bueno para comer– del amor divino, y este es el pecado de Eva, querer apoderarse del amor, querer adueñarse de Dios y del amor de Dios. Y de esta manera entonces se corrompe el designio de Dios sobre la mujer, que quiere hacerse como Dios, cuando ella en verdad tenía que haber sido ministro del amor divino para el varón, servidora del amor divino para el varón. Dios la creó a ella –dice la Sagrada Escritura– “la construyó” como se construye un templo, una ciudad o una casa– un ser habitable, un ser acogedor, capaz de recibir al otro en su interior de su corazón, como María que guardaba todas las cosas de su hijo en su Corazón. Esa capacidad hospitalaria del corazón de la mujer de guardar a los que ama dentro de sí misma, no solamente a su niño gestándolo, sino también en su corazón guardarse a los que ama, eso es lo que hace de ella semejante a un edificio, a una casa, a la mansión del amor, a eso estaba destinada.
Logra el demonio engañarla para que la mujer se apodere del amor y ella invita a Adán a que lo coma, y el varón también come.
¿En qué consiste el pecado de Adán?, el pecado de Adán consiste en desertar de las misiones divinas. Él que tenía que ser el guardián y el vigilante del Árbol de la Vida no lo vigila, él que tenía que ser el guardián y el gobernante de su mujer tampoco lo hace. Él tampoco gobierna. -de alguna manera– a esa Serpiente que se presta a servir como vehículo visible del espíritu invisible, y que entra también en esa escena dramática. Él tenía que haber corregido a su esposa, y no la corrige; debía haberse negado a comer, y por complacerla a ella también desobedece.
De modo que el pecado más propio de la mujer es por transgresión, y el pecado más propio del varón es, primero por omisión y luego por también por transgresión.
Este sucumbir bajo el ataque de la acedia va a tener consecuencias para la mujer y para el varón. No me detengo en las consecuencias para la Serpiente, que es la primera que es castigada en el tercer acto de este pequeño drama inicial del origen de la humanidad.
Las consecuencias de la acedia son la abolición del varón y la abolición del la mujer. La abolición del varón porque no cumplió los designios divinos a los que estaba destinado. Y la abolición de la mujer porque tampoco cumplió los designios propios.
Esto es obra de la acedia, y esto tendrá una gran consecuencia en el futuro. El varón tenderá a borrarse de sus responsabilidades, y la mujer, a veces obligada por la necesidad, tiene que asumir las responsabilidades que el varón no asume y con eso dejar las suyas propias.
Con esto queda, espero, suficientemente bosquejado este comienzo del mal de la acedia, que trata de abolir la obra divina en sus comienzos.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
En el capítulo anterior vimos la definición de la acedia, en El demoeste capítulo nos dedicaremos a ver casos bíblicos de acedia. La Sagrada Escritura está centrada en la obra salvadora de Dios y en el amor a Dios, y por lo tanto, si la acedia es un pecado contra el amor lo veremos allí porque la Escritura nos habla tanto del amor de Dios como de los pecados contra el amor.
Ya desde el comienzo, en la Sagrada Escritura, vemos que después de que Dios a creado a Adán y Eva y que a plantado el Jardín del Edén, en el medio del jardín ha puesto el árbol del amor de Dios y le ha encargado al varón que lo vigile contra el mal uso que él puede hacer del amor queriendo apropiarse del fruto del amor antes que se le de, porque nadie puede apropiarse del fruto del amor, no podemos faltarle el respeto a la libertad del que ama queriendo apoderarnos de su amor.
Y ya el comienzo del drama bíblico es que Eva, tentada por Satanás, quiere apoderarse del fruto del amor de Dios, que Dios pensaba darle en su momento, y que nos dio efectivamente en la cruz. En el árbol de la cruz nos ha dado el fruto del amor, y ya no nos prohíbe que lo tomemos contra su voluntad sino que nos manda recibirlo. Curiosamente Eva pecó por querer apoderarse del amor antes de que se le diera y actualmente –que el amor de Dios está ofrecido– sus descendientes lo menosprecian y no quieren recibirlo a causa precisamente de los pecados contra el amor, de la indiferencia, de la ingratitud, de la tibieza y hasta del odio.
Hemos visto –en la historia reciente del mundo– odio contra Nuestro Señor Jesucristo, odio contra el crucifijo. Leía en estos días la historia de una religiosa que en tiempos de tiempos del gobierno Nazi en Alemania, por haber dejado los crucifijos puestos en el hospital donde ella trabajaba sufrió la pena de decapitación... odio al crucifijo, ¿qué mal puede hacer el crucifijo?, yo tengo en mi habitación en Uruguay un crucifijo, que llegó a mi por caminos distintos, y es un crucifijo que fue echado de una escuela pública por el gobierno en 1907, hace ya más de un siglo, en el momento que se sacó el crucifijo de todos los hospitales y de las escuelas públicas, ahí tenemos un ejemplo del odio a Dios, del odio a Jesucristo, se lo considera como una mal.
En las Sagradas Escrituras tenemos dos ayes proféticos que nos describen lo que es la acedia.
Leemos en el libro del profeta Jeremías, en el capítulo 17, versículos del 5 y 6, el primero de estos dos ayes proféticos que nos ilustran acerca de la acedia. Dice el profeta Jeremías:
¡Maldito el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su apoyo, apartando del Señor su corazón! Él es como un tamarisco en el desierto de Arabá que no verá el bien cuando venga.
Se trata del hombre que confía en lo humano y aparta su corazón de Dios, que pone su confianza en la carne, en las cosas de este mundo, que no cuenta con Dios en sus asuntos personales. Pero también, no solamente del individuo, sino del tipo humano, el hombre moderno podemos decir que pone su confianza exclusivamente en las cosas humanas y no cuenta con Dios, no quiere que Dios gobierne su vida social ni su vida política, y por lo tanto confía solamente en lo humano. Se trata, pues, no solamente de un individuo, sino de un tipo humano, de esta civilización en la cual estamos que se aparta de Dios, aparta su corazón de Dios, incluso algunos que lo honran con sus labios merecen el dicho de Isaías “este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mi”.
¿Y qué le pasa a este hombre que cuando viene el bien, no lo ve?, ¿cuando viene el Mesías, no lo reconoce?. Ese árbol, del desierto, dice que no ve la lluvia cuando la lluvia viene –allí se trata del bien de la lluvia–, sabemos que en la Sagrada Escritura la lluvia es un símbolo de los bienes mesiánicos, de los bienes de Dios, de la gracia divina que desciende de lo alto y fecunda la tierra con los frutos del amor humano. Pues bien, este no ver los bienes de Dios, esta ceguera para el bien, es la primera forma de la acedia. Ser ciego para el bien de Dios, ser ciego para las obras de Dios, y esa ceguera es la que explica las definiciones del Catecismo de la Iglesia Católica en la que se nos dice que la acedia es indiferencia, tibieza, ingratitud y por fin odio.
El segundo ay profético es el del libro de Isaías que en su capítulo quinto leemos:
¡Ay, a los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amago por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos! (Isaías 5, 20-21)
El árbol del paraíso era el árbol de la vida divina, por lo tanto el árbol del amor, pero ese amor daba el conocimiento del bien y el conocimiento del mal. Ese don del fruto del amor iba a transmitirle precisamente al hombre –a los primeros padres– el conocimiento del bien, –que es lo que nos lleva al amor, que es el amor de Dios–, y del mal –que es lo que se opone al amor, nos aparta del amor–.
Esa primera ciencia que estaba en el árbol de la vida, y de la que quiso participar Eva apropiándose por la fuerza de ella, por la desobediencia, esa sabiduría es la que contradicen estos sabios a sus propios ojos que juzgan –sin amar– lo que es bueno y lo que es malo.
Estos dos ayes proféticos nos muestran a la acedia, por un lado, como una ceguera, como una apercepción, no se percibe, se es ciego ante el bien, pero también como una dispercepción, como una perversión de la mirada, que mira lo bueno como malo y lo malo como bueno, lo luminoso como oscuro y lo oscuro como luminoso. Hay toda una filosofía que se llama de la ilustración que invocando ser la luz se opone a la luz divina y fue una filosofía en gran parte incrédula y opuesta a la luz del cristianismo.
En la cultura nuestra podemos aplicar estos dichos bíblicos y por eso esta galería de casos de acedia que voy a tratar de sintetizar, por que son muchísimos en la Escritura. La Escritura es la historia del amor de Dios, pero es también la historia de la oposición demoníaca al amor divino. Ya desde el primer acto de la creación, de ese drama de la creación, en el primer acto Dios crea al varón y a la mujer, les da su designio sobre la tierra, y en el segundo acto aparece ya la serpiente, el demonio en forma de serpiente, para oponerse a la acción divina, para cortar el desarrollo de ese drama sagrado que iba a ser la historia de la humanidad.
El primer caso bíblico, que me parece muy ilustrativo acerca de la acedia, se presenta en un episodio de la vida de Jesús que es la cena en Betania poco antes de su Pasión. Leemos en el evangelio que “Seis días antes de su Pasión, Jesús vino a Betania, donde se encontraba su amigo Lázaro a quien había resucitado de entre los muertos y le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Jesús sentados a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa entera se llenó con el olor del perfume” (Jn. 12, 1-3)
Y el evangelio prosigue contando que “Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que lo había de entregar, dijo: ¿Por qué no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? (Jn. 12, 4-5)
Aquí tenemos un ejemplo claro de cómo, el que está fuera del amor, no reconoce la bondad de los actos del amor. Ese perfume de nardo puro que María derrama amorosamente en los pies de Jesucristo, es un don del amor, y ese derroche del amor solo lo comprende el que ama. En cambio Judas, que está fuera de la perspectiva del amor a Jesucristo, piensa que es un derroche, es una especie de sacrilegio contra la filantropía, contra el amor a los pobres. Parece que está reñido el amor a Dios y el amor a los pobres. Ay un escándalo que el que no está dentro del amor no comprende.
Muchas personas que están fuera del amor a la Iglesia, del amor a la vida cristiana, se escandalizan de ciertas cosas, de repente de los cálices sagrados o –de lo que se dice por ahí– las riquezas del Vaticano, que son precisamente el derroche del amor de los católicos. Los católicos que aman su Iglesia no tiene empacho en gastar en su Iglesia, en el Papa, en las cosas santas, en la sede del magisterio para todo el mundo, pero el que está fuera de la Iglesia no comprende los actos del amor.
Por eso este ejemplo bíblico nos ilustra acerca un tipo de acedia que consiste en eso, es la mirada acediosa del que está fuera del amor sobre los actos de amor que hace el que ama. A veces una mamá se puede escandalizar de que su hijo gaste tanto en su novia, (en perfumes y en flores), porque hay que estar dentro del corazón del novio para comprender el sentido de esos obsequios. Algo parecido pasa también con los dones del culto divino en la que los fieles derrochan no solo la riqueza de sus sentimientos sino también de sus bienes.
Otro tipo de acedia se muestra en el episodio del traslado del arca, cuando David traslada el arca en medio de una gran fiesta popular, y el va danzando delante del arca vestido con un atuendo sacerdotal, y su esposa Mikal, la hija de Saúl, no va en la procesión sino que mira desde una ventana del palacio y siente como vergüenza de que el rey se ponga en esa aptitud de bailar delante del arca.
Leemos en el libro segundo de Samuel, capítulo sexto, versículos 5 y siguientes: “David y toda la casa de Israel bailaba delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes, castañuelas, panderetas, címbalos... David danzaba con toda sus fuerzas delante del Señor, ceñido con un efod de Lino (vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel subían el Arca del Señor entre clamores y sonar de cuernos. Cuando el Arca entro en la ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana vio al rey David saltando y danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón” (2 Samuel 6, 5, 14-16).
Ella estaba ciega para el sentido religioso de la danza de David. Esto me hace recordar, queridos hermanos, un episodio que he visto en mi país, en el Uruguay, durante la Semana Santa, cuando se realizan muchos actos que rivalizan con los misterios cristianos, –entre ellos una vuelta ciclística que recorre el Uruguay–, estando yo en un pueblecito del interior pasaba en Semana Santa esa vuelta ciclística, y todo el pueblo estaba en el cordón de la vereda mirando, festejando a los ciclistas que pasaban, todos con la curiosidad y simpatía que en un pueblo pequeño se sabe brindar para todo lo humano. En la noche del Viernes Santo nosotros pasamos con el Vía Crucis, y no había la misma atmósfera, había una especia de vergüenza o de aversión, la gente no salía con el mismo entusiasmo a ver simpáticamente lo que nosotros hacíamos, como que se retiraban, se escondían en la confitería o en la heladería, y nos dejaban pasar sin ningún interés, como castigando el paso de algo que les parecía vergonzoso. Recuerdo que al día siguiente una señora de la parroquia me decía “Padre, yo me sentía como una payasa anoche”, y claro, pueblo chico donde todos se conocen, ella pasa en el Vía Crucis y los amigos que en otros momentos la saludan se esconden de ella... ¿cómo no sentirse así?, es una forma de la acedia.
Que esta vergüenza de Mikal por David nos enseñe a reconocer como acedia a esa vergüenza social ante las manifestaciones públicas de la fe cristiana.
¿Y qué le responde David a su mujer?, la respuesta es: “Yo danzo en la presencia del Señor (y no como tú dices, delante de las mujeres de mis servidores), danzo delante de Él porque Él es el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel” (2 Samuel 6, 21-23).
David estaba lleno de gratitud hacia el Señor, es lo contrario del ingrato, y por eso no podía ser indiferente al Señor, por eso no podía ser tibio en las manifestaciones de su fervor religioso.
Otro ejemplo bíblico lo encontramos en el libro primero de Samuel, en el capítulo sexto, nos cuenta que los filisteos habían conquistado el Arca de la Alianza en una batalla, el arca había ocasionado una peste entre los filisteos y decidieron devolver el Arca en una carreta tirada por vacas, que llegó al campamento de Israel en el momento de la ciega. Y todos los israelitas suspendieron un acto tan importante como es la ciega, para recibir entre bailes y danzas al Arca del Señor, sacrificaron los animales que venían tirando de la carreta y ofrecieron un holocausto al Señor.
Hubo una familia que no se alegró con la venida del Señor, la familia de los hijos de Jeconías no se alegró sino que se entristeció, consideraron que era un momento inoportuno para que llegar el señor, cuando tenían que levantar la cosecha, porque un trastorno del tiempo podía arruinarles la cosecha, arruinar el esfuerzo de todo un año, y por lo tanto no se alegraron, y nos cuenta el texto bíblico que: “De entre los habitantes de Bet Semes, los hijos de Jeconías no se alegraron cuando vieron al Señor y a causa de la mezquindad del corazón de los hijos de Jeconías, el Señor castigó a setenta de sus hombres. El pueblo hizo duelo porque el Señor os había castigado duramente” (1 Samuel 6, 19)
Este relato, pienso yo, nos enseña a reconocer ciertos fenómenos culturales que se presentan como el Dios inoportuno, no es la oportunidad de festejar al Señor, tengo tanto que hacer que esta misa dominical trastorna mis planes, mis proyectos. No se alegrarme con el Señor porque estoy tan ocupado, las preocupaciones de este mundo impiden que yo reciba con gozo la palabra del Señor. El Señor en la parábola del sembrador nos habla también –de otra manera– de este fenómeno; hay quienes reciben la palabra del Señor como una semilla caída junto al camino que vienen otros pensamientos –los pájaros– y roban la palabra del Señor, otros que la reciben, pero no tienen profundidad, entonces la palabra del Señor no puede arraigar en ellos, y otros que la sofocan entre los pensamientos de este mundo, que es como si la planta se sofocara entre las espinas.
Hay muchos otros ejemplos vivos, queridos hermanos, que nos muestran como a veces la acedia se manifiesta en burla a los varones santos, hay un ejemplo en la vida de Eliseo en la que estaba él subiendo hacia la ciudad santa, salieron unos chicos que comenzaron a burlarse del profeta –que se había afeitado completamente su cabeza–, el profeta se enojó con ellos y los maldijo, salieron unos osos del bosque y mataron a muchos de esos niños. Uno puede asombrarse de este gesto del profeta como de una ira extemporánea con muchachos poco maduros, pero el profeta sin duda vio que la burla de estos niños venía de unos padres que no respetaban a los profetas, y que esos niños que hoy se burlaban de los profetas iban a ser los padres de los niños que mañana los matarían, el vio entonces que la burla era una forma inicial de la acedia que no hay que menospreciar; esto nos también pie para comprender como muchas veces en nuestra cultura se burlan de las cosas santas –ya sea en espectáculos públicos, ya sea en seriales de televisión o en películas–, esas burlas a las cosas santas preparan una persecución sangrienta, preparan la falta de respeto a las cosas divinas, a Dios, a Cristo y a su cuerpo místico que es la Iglesia, entonces podemos advertir también en esos fenómenos y ponerles nombre llamándolos –a la luz de estos ejemplos bíblicos– por su nombre: eso es acedia, es reconocerlos como fenómenos demoníacos.
El pecado de Caín es un pecado de acedia también, porque se enoja porque la ofrenda de su hermano Abel es grata a Dios, por ver a Dios contento, entonces uno puede preguntarse ¿y por qué él ofrece una ofrenda a Dios sino para verlo contento?, ¿acaso Caín hace su ofrenda con algún otro motivo?, y si lo ve contento a Dios con la ofrenda de su hermano ¿por qué se entristece?, ¿por qué se llena de envidia?, al fin mata a su hermano porque le es grato a Dios.
Los santos padres han visto precisamente en Abel la figura de Nuestro Señor Jesucristo que despertó envidia, en la Sagrada Escritura vemos que Nuestro Señor Jesucristo fue muerto por celos, por envidia, y que también los apóstoles fueron perseguidos por celos y por envidia. Incluso San Pedro, queridos hermanos recordemos la acedia de San Pedro porque él no estuvo libre de acedia, cuando Jesucristo le anunció su destino sufriente Pedro lo consideró como un mal y Nuestro Señor Jesucristo le dijo “apártate de mi Satanás, porque tus pensamientos no son los pensamientos de Dios”.
Queridos hermanos esto nos enseña que muchas veces no comprendemos que el sufrimiento por el amor es un bien, y al fin terminamos calumniando el amor, Pedro no veía que este sufrimiento Nuestro Señor Jesucristo lo aceptaba por amor al Padre, por obediencia al Padre, y que era el camino que nos mostraba también a nosotros: que las cruces de la vida cristiana no son malas, no hacen mal al bien, al contrario no invalidan al amor, al contrario el amor sabe sacrificar y asume el sacrificio –con dolor, con tristeza– pero lo asume por amor. La fuerza que hay detrás de esos sufrimientos es el amor, el amor sabe sacrificar. El amor al Padre merece que también nosotros sacrifiquemos y que asumamos gozosamente el dolor, por eso el gozo del Señor es nuestra fortaleza, el gozo del amor de Dios es el que nos hace fuertes en nuestras tribulaciones, pero claro, el que está fuera del amor no comprende esto.
Queridos hermanos, llegamos así al final de este capítulo sobre el demonio de la acedia, hubiera querido tener más tiempo para poderles explicar más hechos de la Sagrada Escritura, continuaremos, si Dios quiere, en el próximo capítulo, y mientras tanto que el Señor los bendiga y los guarde en su paz.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
Hoy voy a tratar con ustedes sobre las definiciones de la acedia, para comenzar con un conocimiento conceptual, que no va a ser suficiente, después tendremos que ver como estos conceptos se realizan en la realidad donde han sido abstraídos, pero comenzamos con las definiciones porque es una manera de abordar este fenómeno tan rico, tan complejo.
Podríamos haber comenzado a la inversa, viendo como se presenta en la realidad, describiéndolo, pero me parece que es útil comenzar por esta descripción porque de la acedia no se habla, no se conoce el concepto de la acedia, raramente se lo nombra, no aparece en la lista de los vicios capitales, siendo que ciertamente dentro del vicio capital de la envidia es la acedia la fuente de toda envidia, porque como veremos la acedia es una envidia, una envidia contra Dios y contra todas las cosas de Dios, contra la obra misma de Dios, contra la creación, contra los santos... Es por lo tanto un fenómeno demoníaco opuesto al Espíritu Santo.
No se habla sin embarco de la acedia como no se habla –en muchos ambientes– acerca de los 7 vicios capitales que conocemos por el catecismo, y de los cuales los santos padres del desierto preferían decir que se trataban de pensamientos. Esto nos hace comprender que los vicios capitales son algo referente al espíritu, se presentan en el hombre y actúan en el hombre como pensamientos, aparecen en su inteligencia y se inscriben después en sus neuronas –vamos a decir así– de modo que esos datos de la inteligencia van dominando el alma del hombre y determinando también su voluntad para que actúe habitualmente haciendo el mal. Son los vicios opuestos a las virtudes, que son los buenos hábitos que le permiten obrar el bien.
La acedia, por lo tanto, es un hecho que debemos conocer y por ser tan desconocido –en mi larga experiencia como sacerdote he visto esta ausencia de conocimiento del fenómeno de la acedia–, o si se lo conoce es tan sólo teóricamente y no se sabe aplicar la definición teórica a los hechos concretos en que ella se manifiesta, hay un desconocimiento muy grande tanto de la teoría como de la práctica de la acedia, no se la sabe reconocer y decir donde está.
Vale por lo tanto la pena dedicarle estos programas al conocimiento de la acedia, porque es de primera importancia tratándose de un pecado capital contra la caridad.
Aunque no se lo sepa tratar este fenómeno de la acedia se encuentra por todas partes, continuamente acecha el alma del individuo, de la sociedad y de la cultura.
En el individuo como una tentación –muchas veces– vamos a ver que es una tentación, no siempre es un pecado, no siempre hay culpa en la acedia, hay culpa en aceptar la tentación de acedia. Por lo tanto se presenta en primer lugar como una tentación, como una tristeza que si uno acepta se puede convertir en pecado, y si uno acepta habitualmente el pecado se puede convertir en un hábito y después hay una facilidad para actual mal, para pecar por acedia, por entristecerse por las cosas divinas.
Este pecado se ha establecido como una especie de civilización, de cultura, hay una verdadera civilización de la acedia, una configuración socio cultural de la acedia, de modo que la acedia se encuentra en forma de pensamientos y teorías pero también en forma de comportamientos acédicos, teorías acédicas, que se enseñan en las cátedras populares o académicas. Pienso en las cátedras populares cuando digo por ejemplo: las peluquerías, allí en las peluquerías se dan doctrinas –muchas veces– y se transmiten muchas veces errores con un falso magisterio, un magisterio que en vez de decir la verdad transmite errores y donde también se transmiten comportamientos equivocados –referentes a todos los vicios capitales, pero en particular referentes a la acedia– como si fueran verdaderos. Me refiero a las cátedras académicas, porque muchas veces hay visiones que se presentan como científicas como por ejemplo todas las historias (leyendas) negras con respecto a la Iglesia, de las obras de los santos, la desfiguración de los santos, la desfiguración de la historia de la Iglesia que se presentan como malas cuando en verdad fueron buenas (por ejemplo las cruzadas o la inquisición), y la acedia es precisamente eso: tomar el mal por bien y el bien por mal.
¿Qué dice la Iglesia acerca de la acedia?, ¿qué nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de la acedia?, doctrinalmente cual es la verdad acerca de este demonio de la acedia. El catecismo de la Iglesia Católica nos presenta a la acedia entre los pecados contra la caridad, fíjense que importante y que grave, que importante es conocerlo porque es una aptitud y un pecado contra el amor a Dios, y el amor a Dios es nuestro destino eterno, es nuestra salvación, de modo que el demonio de la acedia se opone directamente al designio divino de conducirnos al amor a Dios y de vivir eternamente en el amor de Dios, frustra nuestro destino eterno, que importante es que esto se conozca para podernos defender de él, y que grave es entonces la ignorancia que rodea este fenómeno, este hecho espiritual que en los momentos actuales que está convertido en una cultura que nos rodea por todas partes, que brota y abunda como el pasto en los campos sin que se lo sepa nombrar.
¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica?, nos dice que es un pecado contra la caridad, y lo enumera en una serie de pecados contra la caridad, el primero de los cuales es la indiferencia, aquellos que no les importa Dios, los agnósticos que dicen que no saben si Dios existe o no y no les interesa profundizar el tema, se presentan como indiferentes ante el hecho religioso, ante Dios, ante la Iglesia, ante los santos, ante todas las cosas santas, ante los sacramentos, no les dice nada los sacramentos, son indiferentes.
El segundo pecado contra la caridad es la ingratitud, y la indiferencia supone una forma de ingratitud, porque como se puede ser indiferente ante aquel Dios a quien se debe tantos beneficios, empezando por la creación, por la Tierra, por la familia, por el amor, por todos los bienes, por todas las cosas que hacen hermosa la vida. Ante el autor del bien, ¿cómo uno puede ser ingrato con Él?, y que a unos les resulte indiferente, son pecados contra el amor, son ignorancias –a veces– que si no son culposas igual son dañosas, porque la persona indiferente, la persona tibia, ingrata, se priva de estos bienes fundamentales para la vida humana.
El tercer pecado que enumera el catecismo contra la caridad es la tibieza, es decir hay un amor a Dios, hay unas formas de fe, están las virtudes teologales, pero en forma tibia, como dice el Señor en el Apocalipsis “porque no eres frio ni caliente estoy por vomitarte de mi boca”, es una frialdad, una tibieza en el amor divino, y en un mundo frío como en el que estamos los tibios terminan congelándose, nadie persevera en la fe en este mundo frío sino es fervoroso en la fe.
En el cuarto lugar el catecismo enumera la acedia, esta tristeza por los vienes divinos, esta ceguera para los vienes divinos que hace al hombre perezoso para las virtudes de la religión y de la piedad, y es lo que vemos en tantos bautizados que viven en forma tibia la vida cultual y que no van a misa –por ejemplo– son capaces de alegrarse en el culto divino, o de celebrar con alegría verdadera, con gozo verdadero, no con un ruido ostentorio que es a veces como una alegría mundana en el lugar sagrado, sino por la verdadera alegría de Dios, como el gloria nos dice en la Misa: te damos gracias por tu grande gloria, te agradecemos tu gloria Señor, nos alegramos en que tu seas glorioso y que seas grande, y que te manifiestes amoroso y divino en las obras de la creación, en las obras de la salvación, en las obras de tu Divina Providencia que nos acompañan diariamente.
Los que se privan de esto se privan del gozo verdadero, del gozo más profundo, del gozo real para el que fueron creados, y viven aturdidos y quedan a merced de las pequeñas alegrías mundanas, o buscando satisfacer esa tristeza del alma, esa carencia del bien supremo –que alegraría su corazón– por la que el alma se entristece. El salmista dice “¿Por qué estás triste alma mía, por que me conturbas?, espera en Dios que volverás a alabarlo”, el alma sin Dios se entristece, y muchas veces se le proporcionan los gozos y alegrías mundanas que no acaban de saciar su sed de Dios y por lo tanto se sumerge en la sociedad depresiva, en medio de la cual estamos, una sociedad que prescinde de Dios, y por lo cual es una sociedad depresiva y triste, que se deprime.
La gente se agita buscando la felicidad en los bienes terrenos, se le promete que el bienestar va a producir la felicidad, y eso no es así, eso ya lo descartó Aristóteles, el bienestar no es la felicidad, empezando porque el bienestar es siempre transitorio, llega un momento en que irrumpe el malestar y necesitamos un bien que nos haga felices incluso cuando estamos mal, incluso en medio del malestar, por eso es tan importante que no perdamos de vista el verdadero bien, la verdadera felicidad y que no sucumbamos a este demonio de la acedia –de la tristeza– que no sabe alegrarse en los bienes divinos.
Formas de la acedia: • La indiferencia es ya una forma de acedia, por que si alguien conociera el bien de Dios no podría ser indiferente ante ese bien. • La ignorancia que no conoce el bien de Dios. • La ingratitud porque no conoce las obras buenas de Dios, no la reconoce. • La tibieza porque no conoce el bien de Dios. Todas estas son formas de la acedia, ceguera para el bien,
¿Y cómo culmina la acedia?, el quinto y último pecado contra la caridad es el odio a Dios, ¿cómo es posible que se llegue a odiar a Dios?, ¿cómo es posible que exista el pecado de la acedia?, parece que estos pecados no son lógicos, si los examinamos no es lógica la indiferencia, no es lógica la ingratitud, no es lógica la tibieza, no es lógica la tristeza por el bien de Dios y no es lógico el odio a Dios, sin embargo es todo un paquete de pecados contra el amor a Dios que bloquea en los corazones el acceso de la felicidad, a la dicha, a la bienaventuranza que comienza aquí en la tierra: el amor de Dios.
El odio a Dios es una consecuencia última de la acedia, una forma última de la acedia, cuando uno no puede conocer el bien de Dios, es indiferente, es mal agradecido o tibio en el amor –formas distintas de la acedia, de la tristeza ante el bien divino– y que culmina precisamente en el odio a Dios, es el ver a Dios como malo, eso es lo demoníaco, la visión satánica es que Dios es malo, ya en la tentación a Eva, Satanás presenta a Dios como un ser egoísta que no quiere comunicarle a Eva los bienes divinos, y que por lo tanto la aboca a apoderarse de ese fruto divino que el egoísmo de Dios le prohibiría, siendo que Dios tiene un momento para entregárselo, Satanás hace que ella se precipite a apoderarse de un amor antes de que ese amor le sea dado.
¿Pero que es propiamente la acedia?, dice Santo Tomás, dicen los santos padres, nos lo dice la Iglesia Católica, que la acedia es una tristeza por el bien, una incapacidad de ver el bien o –en su forma extrema– considerar que el bien de Dios es malo.
La envidia en general es una tristeza mala, la tristeza es de hecho una pasión buena, puede ser mala por dos causas: • puede haber una tristeza mala porque su objeto es un bien y entonces es una pasión equivocada porque la tristeza es por un mal, cuando alguien se entristece por un bien entonces esa no es una virtud, es viciosa esa tristeza, es propiamente la envidia; • o también una tristeza puede ser mala porque es una tristeza desproporcionada con el mal que se llora, y en ese caso el tipo de las depresiones o tristezas excesivas.,
La ausencia de tristeza también puede ser mala, no entristecerse por la muerte de un ser querido –por ejemplo– es una falta de tristeza mala. Al revés, entristecerse por un bien del prójimo es envidia, y por eso es mala la envidia. Los hermanos de José le tenían envidia por el amor que Jacob le tenía a José, a su hermano, es un ejemplo típico de la envidia en las Sagradas Escrituras, o Saúl cuando se entristece por los éxitos militares de David y siente que se le roba su gloria, pero veremos los ejemplos bíblicos en otro momento, ahora nos toca ver a la acedia como tristeza, tristeza por el bien de Dios, y esta tristeza puede ser por una ignorancia del bien, simplemente una ceguera por el bien, San Pablo dice por ejemplo –refiriéndose a las personas que no conocen al creador a través de las obras divinas– que por eso el Señor los entrega a sus pasiones, porque pudiendo conocer a Dios a través de sus obras no lo conocieron, esta ceguera para conocer al Señor es una de las formas de la ceguera de la acedia.
La acedia, es por lo tanto, esta ceguera por el bien de Dios que se extiende también a todas las cosas divinas, se extiende a Nuestro Señor Jesucristo quien, por ejemplo, llora sobre Jerusalén y dice “si conocieras el bien de Dios que hoy te visita”, Jerusalén tiene al Mesías delante de los ojos y no sabe reconocer la presencia de su Salvador, eso es la acedia, esa ceguera que nos permite estar delante del bien sin conocerlo, es gravísima esta ceguera, nos priva del bien, Jerusalén se esta privando de quien viene a visitarla, y por eso Jesús llora sobre ella.
Veamos ahora oro aspecto de la definición de la acedia que nos puede seguir iluminando acerca de su naturaleza. Escrutemos un poco la etimología de la palabra acedia viene del latín “acidia” y tiene relación con otras palabras: acre, ácido... de modo que ya en su etimología se nos sugiere que la acedia es una forma de acides donde debería haber dulzura, en vez de la dulzura del amor de Dios –porque el amor es dulce– se nos vende esta acides, es como la fermentación de un vino bueno que produce un vinagre. A Nuestro Señor Jesucristo se le ofrece en la cruz, en vez del amor un vinagre que es simbólico, para su sed de amor se le ofrece vinagre y no la dulzura del amor divino, del amor de sus fieles, de los discípulos, y ese es el drama de Dios, en el fondo sigue siendo el drama de Dios el no recibir amor por amor, y recibir acides por amor.
Pero la palabra latina acidia viene a su vez de la palabra griega άκηδία (akedía) en griego se usa especialmente como la falta de piedad con los difuntos a quienes no se les da los honores que se les debía según la cultura griega, el descuido del culto a los antepasados familiares, la falta de piedad, de modo que es también una ceguera, una falta de consideración, una falta de amor a aquellas personas y a aquellos dioses que se deberían honrar y amar.
Llegamos al fin de de esta exposición acerca de la naturaleza de la acedia y nos conviene ahora recoger las consecuencias funestas de esta acedia para la vida espiritual.
Tomo de un diccionario de espiritualidad lo que se nos dice acerca de las consecuencias de la acedia, dice: Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida morra y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes, la acedia se opone directamente a la caridad –es el pecado contra el amor, a Dios y a las criaturas– pero también se opone a la esperanza, a los bienes eternos –porque no se goza del cielo–, contra la fortaleza –porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza, donde falta el gozo del amor de Dios no hay fortaleza para hacer el bien–, se opone a la sabiduría, al sabor del amor divino, y sobre todo se opone a la virtud de la religión que se alegra en el culto –¿por qué están desertando los católicos, en tantos países, del culto dominical?, ¿y por qué también a veces el culto dominical decae de su calidad de culto gozoso en el Señor y a veces se hecha mano de una bullanguería ruidosa pero que no celebra la verdadera gloria del Señor, volviéndose más bien un espectáculo que procura distraer o entretener para tapar el aburrimiento de un alma que no sabe alegrarse en Dios–, se opone por lo tanto a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran claramente por sus defectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la disipación, un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el pequeño ánimo, la torpeza, el rencor, la malicia. Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a todas las formas de corrupción de la piedad moral, también origina males en la vida social, en la convivencia –no digamos nada en la vida eclesial, donde las personas se alegran del bien que Dios hace en otro porque no lo hace en uno–, la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de las burlas, las críticas y hasta las calumnias a los devotos.
Que importante conocer este mal del que nos seguiremos ocupando.
Queridos hermanos agradecemos las luces de Dios y de la Iglesia sobre este demonio de la acedia que nos pone en guardia contra él, y le pido al Señor los bendiga y los proteja –por medio de San Miguel Arcángel y el Ángel de la Guarda– de este demonio de la acedia, que nos ataca por dentro, desde el fondo de nuestro corazón, de nuestra alma, pero que también nos ataca desde la cultura que nos rodea. Nos encontraremos entonces en el próximo capítulo, donde seguiremos profundizando e iluminando este peligro que nos rodea y que es importante conocer.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
La acedia se encuentra instalada en forma de hábitos en las sociedades y en las culturas, de modo que se puede hablar de una verdadera civilización de la acedia y de esto trata este primer capítulo de esta serie.
Estamos en una civilización de la acedia, no se diagnostica este mal de manera explícitamente religiosa y nuestro diagnóstico es religioso. Normalmente se habla de la sociedad depresiva, hace pocos años publicó el Padre Tony Anatrella, un jesuita francés, psicólogo social y psicólogo consultor de la Santa Sede, un libro que se llama “La Sociedad Depresiva” en el que nos dice que “la depresión no es solo la enfermedad más extendida en nuestra civilización, sino que es su mal característico”. La nuestra es una sociedad que se caracteriza por ser depresiva, deprimida y de alguna manera deprimente.
Otro gran psicólogo muy reconocido, Viktor Frankl, decía hace muchos años que la depresión se debe a que el hombre necesita tener un sentido último, y cuando pierde ese sentido último empiezan los procesos psicológicos y neurológicos que lo sumergen en la depresión, en la tristeza.
En los siguientes capítulos veremos que la acedia es una tristeza, pero una tristeza por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios, o la incapacidad de alegrarse con Dios y de alegrarse en Dios.
La sociedad depresiva ha avanzado muchísimo en procurarles a los hombres bienestar y progreso material, ha llevado a los pueblos a mejorar su nivel de vida, sin embargo eran pueblos que cuando no tenían tanto bienestar sabían celebrar la vida por que se alegraban en las cosas sencillas, y aunque tuvieran menos posibilidades de bienestar tenían sin embargo más alegría. Parece que esta sociedad depresiva, en la medida en la que aumenta el disfrute de las cosas, pierde la capacidad de disfrutar y alegrarse, y produce entonces un nuevo tipo de fiesta, que ya no es la fiesta de la celebración de la vida sino que es una fiesta de evasión de la cual vuelve a la vida diaria con una sensación de aburrimiento o abrumado, después de haber huido como que se recluye de nuevo en la cárcel de las cosas y no encuentra ya la alegría de los vínculos. Es una sociedad en que se está agrediendo a los vínculos y principalmente al principal que es el vínculo con Dios.
La revelación bíblica a unido, y Nuestro Señor Jesucristo une también, el amor a Dios como el primero de todos los vínculos, con el amor al prójimo, como dos amores necesariamente unidos por que el uno es la fuente de los otros; el amor a Dios es el vínculo fontal que permite que el hombre se vincule con los demás amorosamente.
Ya los filósofos griegos, Platón, Aristóteles, explorando las filosofías de la sociedad humana, explorando en que consistiría la felicidad, determinaron que la felicidad no está en las cosas, no está en el dinero, no está en el bienestar, no está en el placer, no está en la fama, no está en la gloria ni en el aplauso de las personas, sólo un bien de su misma naturaleza personal puede hacer feliz a una persona, por lo tanto concluye Aristóteles, la felicidad del hombre puede estar solamente en la amistad con los demás hombres, y la amistad es un amor recíproco, no basta que uno ame a los demás si no es amado por los otros, esa red de relaciones vinculares que conforman la felicidad de los ciudadanos supone la existencia de la virtud, por que si los ciudadanos no son virtuosos esa amistad se corrompe por egoísmo de uno o de los dos, y esa relación –lejos de convertirse en el origen de la felicidad– es la fuente de una explotación del egoísta al generoso, o un pacto de intereses entre dos egoístas, y esto no basta para hacer la felicidad ni de las personas ni de la sociedad.
Por eso concluye Aristóteles, que para el bien de la sociedad y de los ciudadanos, los individuos deben ser virtuosos, y hace por lo tanto todo un tratado de la virtud para decirnos que es necesaria esa virtud para amar al otro sin egoísmo.
Entre las virtudes, tanto Platón como Aristóteles, dan mucha importancia a las virtudes de la templanza en el uso de los bienes y de la fortaleza ante los males, y dicen que desde niños los ciudadanos deben ser educados en estas virtudes.
Ellos, sin embargo no podían saber por que la virtud del hombre se corrompe, ellos no tenían la sabiduría revelada por Dios acerca del pecado original y de la fuente de la corrupción del amor, del amor en su relación con Dios el creador, y del amor en la relación con los demás; la revelación cristiana viene a traer esta sabiduría, y nos da el secreto y la explicación, y hasta el nombre de esta raíz de la corrupción de las virtudes, eso es lo que llamamos acedia o tristeza por el bien, el ser humano es capaz de no alegrarse en el bien principal que son sus vinculaciones, (con Dios y con las personas), y por lo tanto puede valorar más las cosas que a las personas, esto lo notamos en esta sociedad en la que, a medida que aumentan los adelantos técnicos nos topamos con personas que son cada vez menos capaces de vincularse entre si. Podemos ser muchas veces muy hábiles en el manejo de la computadora, de la Internet, de los celulares, cada vez estamos más comunicados pero cada vez tenemos menos comunión los unos con los otros, cada vez nuestros vínculos son más superficiales, y esa comunicación y relacionamiento entre las personas no nos conduce a unos vínculos tan profundos como antes de estos adelantos técnicos.
Por lo tanto esta civilización va perdiendo, junto con su vínculo con Dios, el vínculo entre las personas llegando a una especie de autismo cultural donde las personas se clausuran dentro de si mismas y tienen más dificultad de relacionarse con otras personas, los vínculos son más frágiles y menos duraderos.
Esta civilización depresiva es la civilización de la acedia, ha perdido la capacidad de alegrarse en el culto divino y por eso a perdido la capacidad de celebrar en la vida con fiestas que celebran la vida, y sus fiestas son una huida del aburrimiento más que una celebración del amor y los vínculos.
Quiero echar mano de una parábola evangélica que nos puede revelar algo de las razones últimas de este mal de la civilización, se trata de la parábola del hijo pródigo. En la parábola del hijo pródigo precisamente encontramos que hay uno de los hijos que se va de la casa del padre por que no aprecia la vinculación con el padre sino que va en busca de otros bienes que no son los bienes principales, se equivoca en la evaluación relativa de los bienes, y abandona el vínculo filial-paterno para buscar su felicidad, conocemos la historia y sabemos que ese intento del hijo pródigo de encontrar la felicidad termina en un fracaso que lo hace volver a la casa del padre, en donde el padre lo está esperando para reanudar el vínculo, el hijo prodigo no se siente digno de reanudar ese vínculo pero el padre le devuelve la confianza y reanuda el vínculo con ese hijo. En realidad el hijo vuelve acuciado por la necesidad, no vuelve con la esperanza de encontrar el bien del vínculo, todavía no ha entrado en la sabiduría filial paterna, el viene a la casa del padre acuciado por una necesidad, pero en su corazón no es la principal necesidad el amor del padre.
Y allí mientras se celebra la fiesta por el hijo llega el otro hijo, el hijo mayor, que vive en la casa del padre y se enoja con la fiesta que el padre hace celebrando la recuperación del hijo que se había perdido, aquí vemos también, que el hijo que había permanecido con el padre no estaba allí por el amor al padre sino por otros motivos, porque si hubiera permanecido en su casa por amor a su padre se habría alegrado con la alegría del padre y se hubiese entristecido con su tristeza por la perdida del hermano; esta parábola nos enseña, entonces, que lo principal era conocido por el padre pero desconocido por los hijos, tanto uno –el que se va– como el otro –el que se queda en casa– no tenían como bien principal el vínculo amoroso con el padre, y por lo tanto los dos necesitaban de sanación, por que los dos ponían las cosas por delante del padre.
La queja del hijo mayor se refiere a los bienes que ha dilapidado su hermano menor, “ese que ha gastado todos sus bienes con prostitutas y en placeres”, no deplora otros males del hermano menor, sin embargo el padre deplora haber perdido al hijo, y se alegra de haberlo recuperado, el padre es el portador de la sabiduría de los vínculos como lo principal, que lo primero es amar a Dios sobre todas las cosas y que sin eso todas las dichas terrenas no alcanzan a ser la felicidad del hombre.
Esa sabiduría elemental se ha perdido en esta cultura de la acedia y por eso esta cultura se aparta cada vez más de Dios, algunos son como el hijo pródigo que se van, esta cultura en gran parte es el hijo pródigo, que se ha ido muy lejos del Padre, que se apartado muy lejos de la revelación del Padre a través del Hijo, se ha apartado de nuestro Señor Jesucristo, y que está en una situación de apostasía, de lejanía, en una postura de haberle dado la espalda al Padre y haberse vuelto a las criaturas lo cual es la definición del pecado, la aversión a Dios y la conversión a las criaturas.
Esta civilización es la civilización de la acedia porque no sabe alegrarse con el amor del Padre, porque no sabe alegrarse con su condición de hijo, prefiere abandonar su relación con el Padre e ir a buscar su felicidad en otras cosas, en otros caminos que no son estrictamente la vinculación. Pero quizá muchos nos hemos quedado en la casa del Padre, no nos consideramos hijos pródigos, pero nos podemos preguntar si estamos en la casa del Padre atesorando el vínculo filial paterno como lo esencial y lo principal de nuestra relación con Dios, o si albergamos algunas imperfecciones en esa vinculación; si realmente nuestra felicidad viene del amor divino, si sabemos celebrar el culto como una fiesta del gozo filial alegrándonos con los bienes del Padre, o si nos falta todavía una conversión al Padre.
En esta historia, dice el Beato Juan Pablo II, los rayos de la paternidad de Dios encuentran una primera resistencia en el dato oscuro pero real del pecado original; esa duda de Eva que la serpiente le inculca de que Dios es un Dios egoísta y que no quiere darnos los bienes, esa desconfianza de Dios de la que nos habla el mito de Prometeo encadenado que tiene que robar a los dioses celosos el don del fuego, y continua el Papa: «esta es la verdadera clave para interpretar la realidad de nuestra cultura, que el hombre tiene miedo de Dios, hay un miedo a la religión, un miedo a la revelación de Dios, el pecado original no es solo la violación a una voluntad positiva de Dios, no es sólo la desobediencia, sino la motivación que está detrás de la desobediencia, la desconfianza de Dios, la cual tiende a abolir la paternidad de Dios». Estamos en una cultura en la que incluso en los medios creyentes la imagen del Padre ha quedado nublada, se habla de Jesucristo sin relacionarlo con el Padre, Juan Pablo II continúa diciendo «tiende a abolir la paternidad destruyendo su rayos que penetran en el mundo creado, poniendo en duda la verdad de Dios que es Amor».
El Papa Benedicto XVI escribió su primera encíclica diciendo “Dios es Amor”, a esta cultura que no piensa encontrar la felicidad en el amor a Dios y a los hermanos, a esta cultura el Papa le dice Dios es Amor no tienes porque temerle, ese es el mensaje de su primera encíclica y en su tercera encíclica es “Caritas in Veritate”, la caridad se realiza en la verdad, y la verdad es la verdad acerca de Dios que nos revela Nuestro Señor Jesucristo: que Dios es Padre, y que nosotros somos hermanos entre nosotros, pero tan solo podemos realizar la fraternidad si primero vivimos la filialidad, una fraternidad sin filialidad, una fraternidad sin padre es una utopía revolucionaria que sabemos históricamente que no condujo a nada y que no logró hacer más fraterna la cultura actual, donde precisamente pensadores inspirados en esa utopía dijeron que la relación entre los hombres es la dialéctica del amo o del esclavo, o yo soy tu amo o tú me dominas, y entonces se establece entre las personas una relación de miedo o de rivalidad, de oposición, de lucha y de predomino, y esto también se proyecta hacia Dios, esta cultura tema ser dominada por Dios, es una cultura que se ha apartado –incuso intelectualmente– de la importancia del amor, y a la cual el Papa (que conoce muy bien esas ideologías) le dice que Dios es Amor y que ese Amor se realiza en la Verdad revelada acerca de Dios, y aunque ahora no podemos tener a ese Dios plenamente, sin embargo ya es capaz de cambiar nuestra vida desde ahora, y por eso la segunda carta del Papa Benedicto es sobre la esperanza, es decir que a Dios ya lo tenemos, pero hay todavía mucho más que esperar de Dios en el futuro, que la ciudad de Dios, la ciudad de los hombres que aman a Dios y que es amada por Dios, no se realiza plenamente ahora en la historia sino que va a ser una Jerusalén celeste, en este momento se está como formando en la historia, y se están juntando en el cielo los que aquí han vivido la primacía del amor en sus vidas, los que han puesto delante los vínculos y no las cosas, una ciudad de la que quedan excluidos los que han puesto las cosas delante de las personas y los vínculos.
Estamos en la civilización de la acedia, y creo queridos hermanos, que en los próximos capítulos de esta serie en que hablaremos sobre el demonio de la acedia nos iluminará mucho sobre nuestra vida en este mundo y nos ayudaran a encontrarnos en el camino hacia el Padre lo cual les deseo a todos, y a mí, para encontrarnos un día en la Jerusalén celestial.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
Esta obra intenta explicar de una manera clara, ágil y sencilla diferentes temas relacionados con la fe, cada uno de ellos ha sido fundamentado al máximo en las dos fuentes de la Revelación Divina: la Santa Biblia y la Sagrada Tradiciòn..
Para la Iglesia Católica nuestra fe debe estar centrada en la persona de Jesucristo, hay que advertir que ninguno de los objetos relacionados con El, han sido considerados como 100% auténticos por las autoridades eclesiásticas; aunque algunos gocen de gran popularidad o respaldo histórico, arqueológico y científico.
Estas "reliquias de Cristo" tienen como finalidad ser un instrumento para que el creyente medite en los aspectos importantes de su vida en la tierra. Aquí describimos los más sobresalientes:
El papa Teodoro I (642-649), trasladó los restos de la Santa Cuna desde la basílica de la Natividad en belén a la de Santa María mayor en Roma
Según el testimonio de Santa Paula y Santa Silvia en el siglo IV, no lejos de la ciudad de Tiberíades, los primeros cristianos visitaban una iglesia en cuyo interior estaba la piedra sobre la que Jesús colocó los cinco panes y los dos peces para obrar el milagro.
En el Cenáculo o habitación alta de la Ultima Cena en el monte Sión, se encuentra una piedra que indica el lugar donde Cristo se sentó.
En Roma en la basílica mayor de San Juan de Letrán, se observa un trozo de la mesa en la que el Señor celebró con los apóstoles la fiesta de la pascua el Jueves Santo: la Última Cena.
El "Santo Grial" o también llamado "Santo Cáliz", fue la copa utilizada por el Divino Maestro en la Ultima Cena. Dice la tradición que San Pedro había llevado el preciosos vaso de Jerusalén a Roma, entregándole la custodia a la familia de su discípulo San Marcos. Los pontífices la habían utilizado para celebrar la Eucaristía hasta el siglo III, cuando San Lorenzo, diácono encargado de los bienes de la iglesia, se vio obligado a distribuirlos entre los pobres para evitar que cayeran en las manos del codicioso emperador Valeriano.
El santo diácono sólo guardó el cáliz, enviándolo a su ciudad natal de Huesca, en España, con una carta suya escrita poco antes de su martirio.
En Huesca estuvo hasta el año 713, cuando el obispo y los cristianos de los Pirineos huyeron de la invasión de los moros, entonces el "Santo Grial" peregrinó por varios lugares hasta llegar al monasterio de San Juan de la Peña, en Zaragoza; de donde fue trasladado a Valencia en el año 1424, por el rey don Alfonso "el magnánimo", quien lo colocó en una capilla donde se venera hasta la fecha.
El "Santo Cáliz" original es un vaso de ágata de unos 17 centímetros de alto, le fueron añadidos una base de oro y piedras preciosas, y dos asas al estilo de los cálices de la Edad Media. Esta es una de las "reliquias de Cristo" que posee mayor y más constante tradición histórica. (El ágata es una variedad de sílice de granos cristalinos muy pequeños)
En la basílica del Getsemaní en Jerusalén, en el centro del presbiterio se halla la roca (con gotas de sangre) en la que el Salvador del mundo se apoyó para orar al Padre Eterno.
Dice una antigua tradición que en el camino del huerto de los Olivos a la casa de Caifás, se ve hoy en día cerca del puente del río Cedrón, una piedra de inmensas dimensiones en la que Nuestro Señor fue empujado por sus captures; dejando impresa en ella sus rodillas, pies y manos.
En la torre Antonia en Jerusalén se encontraba el tribunal romano donde Poncio Pilatos condenó a muerte al Hijo del hombre. Aquí en el atrio fue levantada en los primeros tiempos una basílica, donde se veneraba una piedra que se dice Jesús había dejado las huellas de sus pies. La basílica fue destruida en el año 614.
Otras pisadas del Mesías se encuentran en una pequeña iglesia sobre la Vía Apia en Roma. Dice el relato que estas huellas se remontan al encuentro de Pedro con Jesús, que iba caminando a la Ciudad Eterna para ser crucificado nuevamente; dándole a entender con esto al apóstol, que él también sería martirizado.
En la iglesia de Santa Praxédes del siglo V, se conserva el Pilar de la Flagelación, una columna de mármol verde blanco de unos sesenta centímetros de altura procedente de la Ciudad Santa; en la que fue atado y flagelado Cristo Jesús. Esta reliquia fue llevada a Roma en 1222 por el cardenal Giovanni Colonna cuando regresaba de la IV cruzada.
La "Scala Sancta" que el Unigénito de Dios subió al pretorio para entrevistarse con el procurador romano, es de mármol blanco de veintiocho gradas, algunas con la sangre después de la flagelación. Fue traslada a Roma en el año 326 por orden del emperador Constantino, y se encuentra cerca de la basílica de San Juan de Letrán. Los fieles que van a visitarla suelen subirla de rodillas en señal de penitencia.
El "Velo de la Verónica" con el que se limpió el rostro del Redentor camino al Calvario, permaneció hasta el año 1600 en la basílica de San Pedro del Vaticano. Hoy se conserva en un convento en el pueblito de Pescar en la región italiana de Abrozzo, y es conocido como el "rostro santo de Manopepello". Hay que anotar que según los análisis científicos los rasgos del rostro de la Verónica coinciden con el de la Sábana Santa de Turín.
Las más importantes reliquias relacionadas con la pasión del Señor fueron encontradas por la emperatriz Santa Helena en su viaje de peregrinación a Tierra Santa hacia el año 320 o 325 ; así lo constata el historiador romano Eusebio, y testimonios de San Cirilo de Jerusalén (313-386), y de otros escritores del siglo IV.
La "Túnica Sagrada" es una prenda confeccionada sin costura de una sola pieza, que mide 1.57 metros de largo por 1.09 de ancho, y tiene mangas hasta la mitad del brazo; es de algodón y según se creé fue elaborada por la propia Virgen María. Esta túnica fue la que llevó el Mesías el Viernes Santo, y que fue echada a la suerte de los dados por los soldados romanos en el Gólgota (Juan 19, 23-24).
El Hecho de no haber sido dividido el "Manto Santo", fue visto por los Padres de la Iglesia como un símbolo de la unidad a la que estamos llamados todos los cristianos (Juan 10,16; 17, 21). Santa Helena la encontró en Jerusalén y la donó a la ciudad de Tréveris (Alemania), donde es custodiada en la catedral que mandó a edificar su hijo Constantino. Desde el siglo XVI ha sido expuesta a la veneración pública en varias ocasiones.
En otra iglesia francesa la de Argentevil, se dice que también tiene el verdadero "Manto de Cristo"; las huellas de sangre encontradas en ella son similares a las de la sábana de Turín.
A parte del hallazgo de la "Santa Túnica", la emperatriz romana realizó excavaciones cerca del monde Calvario, en donde encontró las siguientes reliquias:
La "Vera Cruz" fue identificada de las otras dos de los ladrones, gracias a la prueba que propuso San Macario; la del Hijo de Dios fue separada después de haber curado a un enfermo, y volver a la vida a un muerto. Los restos de la "santa Cruz" fueron distribuidos en diferentes lugares:
- Una parte del "Santo Madero" fue mandado a Roma en el año 325, el mismo emperador Constantino construyó en su honor la basílica mayor de la "Santa Cruz de Jerusalén".
- La "Santa Cruz de Caravaca" es un relicario en forma de cruz patriarcal de doble brazo horizontal que, según la tradición, guarda un segmento del Santo Madero.
- En una capilla dentro del Vaticano se encuentran tres astillas.
- Otros trozos fueron regalados a través de los tiempos por los papas a diversas iglesias del mundo, como a la catedral de París y otras iglesias francesas.
- El Papa San Gregorio Magno (590 –604), obsequió un pedazo al rey visigodo español Recaredo.
- En España se afirma que se encuentra un fragmento en la iglesia de Santo Toribio de Liébana, en la provincia norteña de Santander. La tradición asegura que fue traído de Jerusalén en el siglo V por el mismo santo, quien era obispo de Astorga, y contemporáneo del papa San León I el grande (440 –446).
- De la misma Ciudad Santa el emperador Heraclio (610 –641), tras su triunfo sobre los persas, trasladó otro tanto a Constantinopla (Turquía).
El "Letrero de INRI" que mandó a colocar Poncio Pilatos se halla en la basílica de la Santa Cruz, y es un fragmento de color tabaco y comido por la carcoma; en donde todavía se puede leer las palabras latinas "NAZARENUS" y "JUDEORUM".
La "Corona de Espinas" que pusieron sobre la cabeza de Nuestro Señor, se conservan algunas astillas; tres se encuentran en la basílica de la Santa Cruz. Otras espinas se guardan en la catedral de Notre Dame en París; y son exhibidas el Viernes Santo.
Los "Clavos de la Crucifixión" están distribuidos de la siguiente manera:
- Uno en la basílica de la Santa Cruz, y tiene unos diez centímetros de largo con una punta cuadrada de un centímetro.
- El segundo clavo se halla en la corona que era utilizada por los reyes de Italia, y fue regalada a la catedral de Milán (Italia).
- El último está en el asta de una de las "Lanzas de San Longinos".
Otras reliquias relacionadas con la muerte y resurrección del Verbo de Dios, y que no son atribuidas a Santa Helena; son las siguientes:
La "Lanza de San Longinos", quien fue el centurión romano que le atravesó el costado de Cristo, después de haber muerto en la cruz. Se encuentran cuatro lanzas, una de las cuales, puede ser la verdadera:
- Una se halla en San Pedro del Vaticano, y fue regalada por el sultán Beyazil II al papa Inocencio VIII (1484 –1492); cuando Jerusalén era ocupada por los musulmanes.
- Otra fue llevada en tiempos de las cruzadas y se conserva en la iglesia de Saint Chapelle de París; a la que el papa Benedicto XIV (1740 –1758), calificó como auténtica.
- La tercera se venera en una iglesia de Cracovia (Polonia).
- La última que tenía en su asta un clavo de la crucifixión, permanecía en el museo de Hofborg, en Austria. Se dice que esta lanza fue un talismán poderoso para Constantino el Grande, para el rey franco Carlos Martel, que expulsó de Francia a los árabes en el siglo VIII, para Carlomagno y para el emperador romano Federico Barbaroja. Adolfo Hitler la trasladó a Nuremberg, donde fue colocada en una iglesia que ordenó convertir en un santuario nazi. Después de terminar la II Guerra Mundial, la preciada lanza fue devuelta nuevamente al museo de Hofborg.
Dentro de la basílica del Santo Sepulcro en la Ciudad de Dios, se encuentra la llamada "Piedra de la Unción". Este es el lugar donde Nicodemo y José de Arimatea embalsamaron con mirra y aloe el cuerpo de Cristo, antes de darle sepultura.
La "Sábana Santa" es la tela con que fue envuelto el cuerpo del Señor al ser bajado de la cruz. En el lienzo se observa todas las huellas de la crucifixión, que quedaron impresas según algunos científicos, por el calor del cuerpo en el momento de la resurrección. El "Santo Sudario" como también se le conoce, es un pieza de lino de 1.10 metros de ancho con 4.30 de largo; fue conservada al parecer por el apóstol Pedro (Lucas 24,12). En la actualidad está guardado en un relicario de plata en la catedral de Turín (Italia). Es la "reliquia de Cristo" que ha sido mayormente analizada por la ciencia moderna.
El "Sudario de Oviedo" es un paño pequeño que cubrió el rostro del Mesías, según la costumbre judía de enterrar a sus muertos. Fue hallado por San Pedro y San Juan en la tumba vacía (Juan 20, 7).
El "Sudario de Oviedo" se conserva en la catedral del esta ciudad española desde el siglo XII, fue sacado de Jerusalén en el año 614, después del ataque de los persas. Curiosamente, muestras de laboratorio han comparado manchas de sangre iguales al rostro de las Sábana Santa
En Nazaret hay una capilla donde se venera un enorme bloque calcáreo que la tradición ha llamado la "Mesa de Cristo", se tiene por seguro que en esa piedra comió el Señor con sus discípulos después de la resurrección.