El sida es una de las plagas que azotan hoy a la Humanidad. Son millones las personas afectadas por esta enfermedad.
La Iglesia ha estado presente, desde que se inició la epidemia, al lado de estos enfermos –alrededor del 40 por ciento de ellos recibe atención en centros católicos e incluso los más afectados encuentran a veces sólo en ellos un poco de consuelo y alivio-.
Sin embargo, el ocultamiento de estos datos y el hecho de que la Iglesia se oponga al uso de los preservativos en las relaciones sexuales hace que la jerarquía católica sea presentada como aliada en la difusión del sida, llegando incluso a oírse voces que tildan a algún cardenal de “enemigo de la humanidad” por esta oposición.
Enseñanza de la Iglesia y otros textos:
“Para la prevención se necesita la información adecuada y debida de los valores morales y no se permite cualquier cosa que viole el valor de la sexualidad.
La Prevención debe realizarse respetando la dignidad del hombre y su destino trascendente, excluyendo campañas que conlleven modelos de comportamiento que favorezcan la extensión del mal.
Se trataría de informaciones que más que ayudar perjudicarían. Hay que informar y educar sin prejuicio de la ética. Hay que iluminar a los jóvenes sobre los valores que están en juego.
El mejor remedio frente al VIH-SIDA, que se transmita por relaciones sexuales ilícitas, es la fidelidad matrimonial y la castidad” (Juan Pablo II).
“Las autoridades competentes deben de actuar para tratar de resolver el problema de los enfermos del VIH-SIDA.
No deben de implementar campañas de prevención contra el VIH-SIDA que incluyan modelos de comportamiento que favorezcan la expansión del mal; o también dar cierta clase de información que perjudique más que beneficie, respecto a contraer el mal del VIH-SIDA.” (Juan Pablo II).
“Uno no puede hablar realmente de "sexo seguro" llevando a la gente a creer que el uso de condones es la fórmula para evitar el riesgo de HIV, y de esta forma vencer la pandemia de sida. Tampoco puede ser llevada la gente a creer que los condones proporcionan una seguridad absoluta.
No se dice que hay un porcentaje grave de riesgo, no solamente de sida, sino también de diferentes enfermedades transmitidas sexualmente, y que el porcentaje de fracaso es bastante alto. Yo, simplemente, quiero recordarle al público, secundando la opinión de un buen número de expertos, que, cuando el condón es empleado como contraceptivo, no es totalmente seguro, y que los casos de embarazo no son raros.
En el caso del virus del sida -el cual es cerca de 450 veces más pequeño que un espermatozoide- el material de látex del condón obviamente ofrece una seguridad mucho menor.
Algunos estudios revelan que la permeabilidad de condones puede llegar al 15% o aún hasta el 20% de los casos.
Siendo así, hablar del condón como "sexo seguro", ¡es una forma de Ruleta Rusa! Y esto es aún sin considerar otras posibles razones para la falla del condón, tales como la degradación del látex debido a la exposición a la luz del sol y al calor, así como la rotura y el resquebrajamiento.” (Cardenal López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia. Declaraciones a Radio Vaticano).
“Ante quien no quiera aceptar estos límites a pesar de la seriedad del problema, sería de todos modos obligado recordarle que, respecto al sida, el preservativo no preserva siempre, puesto que hay documentado un importante porcentaje de error (10-15 %). Es bueno que no se olvide.
Se podría objetar que la disminución estadística del riesgo bastaría por sí misma para justificar la invitación a usar el preservativo, sobretodo para los que no son, en todo o en parte, capaces de autocontrol.
A ese respecto, sin embargo, se debe observar que, si toda la estrategia de prevención se basa en el uso del preservativo, esto acaba poradquirir entre los individuos y en la psicología de masa la apariencia de una panacea, con efecto ulteriormente liberalizante y, por lo tanto,con la consecuencia de un aumento general de los casos de riesgo y de la población en riesgo.
En realidad, el recurso al preservativo como únicavía de prevención es inadecuado y en definitiva falaz” (Monseñor Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida).
Los da“Weller publicó en 1993, un estudio basado en los datos recogidos en la literatura científica hasta junio de 1990 sobre la eficacia del preservativo como profiláctico de la transmisión del Sida por contacto heterosexual.
La conclusión de este trabajo es que el uso del preservativo reduce el riesgo de contagio del HIV en un 69%; es decir, el riesgo de contagio en relaciones heterosexuales preservadas sería del 31%.
Estos datos concuerdan con los expresados por la OMS, que observa un riesgo relativo de contagio del HIV para los usuarios del preservativo del 0,4; es decir, en torno al 40%. El índice de prevención se sitúa, según estos trabajos, entre el 60% y el 70%.
También se ha estudiado sobre el paso del HIV a través de los poros del látex y se ha comprobado paso de partículas de poliestireno de 110 nm de tamaño a través del látex en 29 de 89 preservativos, es decir, en el 33%.
Otra fuente de información procede de los métodos de control de calidad que realizan diversas instituciones sanitarias en USA: el estudio de 38.000 preservativos de 165 lotes diferentes puso de manifiesto escapes superiores a los permitidos en el país, que oscilaban, según los lotes, entre el 12% y 21%.
Estos trabajos, en su conjunto, indican que los preservativos de látex pueden reducir, pero no eliminar, el riesgo de transmisión del virus del Sida”. (Doctor Javier Marigorta. Sociedad Valenciana de Bioética).
Argumentación:
Hay que empezar recordando que, si bien la oposición de la Iglesia al uso del preservativo tiene un carácter moral, debido a que las relaciones sexuales tienen que hacerse dentro del matrimonio y abiertas a la vida, su rechazo a que se utilice el condón de cara a la prevención del sida tiene un carácter añadido: la no completa fiabilidad del método, asociada a una publicidad engañosa.
Si el método fuera totalmente fiable, la Iglesia podría decir: lo distribuimos a aquellas personas que no son católicos y que, por lo tanto, no están obligados por nuestros principios éticos.
No se opondría, en ese caso, a que en una sociedad plural –donde hay católicos y no católicos-, se hiciera publicidad a favor del uso del preservativo como método para evitar el contagio del sida.
Pero es que las garantías que ofrece, al no ser totales –los datos científicos hablan de fallos entre el 15 y el 30 por ciento- recomiendan no utilizar ese sistema para evitar el contagio del sida; para colmo, el preservativo es presentado ante la opinión pública como “sexo seguro”, engañando de ese modo a los “consumidores” del producto e incitándoles a llevar a la práctica todo tipo de relaciones sexuales, sin ningún freno moral; la unión de ambas cosas –la eficacia parcial y la publicidad engañosa- conduce, trágicamente, a una mayor difusión de la epidemia.
Irónicamente, son los que están contribuyendo a esto –y haciendo un gran negocio de paso- los que se presentan como los grandes enemigos del sida, mientras que es la Iglesia –que, además, atiende a millones de afectados- la que pasa ante la opinión pública como la principal colaboradora con la difusión de la enfermedad por oponerse al uso del preservativo.
Tiene razón, por lo tanto, el cardenal López Trujillo cuando dice que usar el condón es como jugar a la ruleta rusa –poner en la cabeza una pistola cargada con una bala y apretar el gatillo, esperando que aquella no esté en ese momento en el tiro-.
Con el agravante de que es como si al que decide jugar a ese juego le hubieran dicho que no había ninguna bala en la recámara.
Si de cada cien usos del preservativo, éste es ineficaz en quince –tomando la proporción más baja, que podría ser superior, llegando a treinta-, eso significa que de cada veinte veces que se utilice, al menos en tres ocasiones se habrá contraído la enfermedad en caso de que uno de los dos estuviera infectado. Es una proporción muy alta.
Además, como no hay frenos morales a la promiscuidad, el número de veces que se tienen relaciones sexuales tiende a crecer, por lo que la posibilidad de ser contagiado aumenta.
Eso explica el fracaso en los intentos por frenar la expansión de la epidemia en África, a pesar de los envíos masivos de condones por parte de agencias supuestamente humanitarias.
En cambio, en países como Uganda, donde se optó por llevar a cabo políticas publicitarias basadas en los valores morales –castidad antes del matrimonio y fidelidad en el matrimonio-, los resultados en la lucha contra el sida han sido sorprendentes.
A pesar de estos datos científicos, no faltan quienes argumentan a favor del preservativo diciendo que más vale usar un método imperfecto –que da una fiabilidad de entre el 70 y el 85 por ciento- que no usar ninguno.
La realidad demuestra que la impresión de seguridad que da el preservativo es tan grande que el consumidor se olvida de que existen riesgos y, al confiarse, termina por quedar infectado.
Además, esa misma impresión de seguridad hace que se abandone la publicidad de otras motivaciones para evitar el contagio, como la castidad.
En cuanto a la parte estrictamente moral del uso del preservativo por parte católica –los argumentos anteriores han estado centrado sobre todo en su relativa eficacia-, el tema en sí resulta ridículo en la mayor parte de los casos, pues la prohibición del preservativo es consecuencia de una prohibición anterior: la de no tener relaciones sexuales fuera del matrimonio.
Si un católico tiene problemas de conciencia por usar el preservativo, más problemas debería tener por tener relaciones sexuales sin estar casado.
Si el saber que, al tener esas relaciones, comete un pecado mortal no le impide cometerlas, tampoco le impedirá cometerlas saber que la Iglesia prohíbe usar condones.
Por lo tanto, la prohibición de la Iglesia de usar el preservativo no va a llevar a ningún católico a tener relaciones sexuales fuera del matrimonio sin utilizarlo –con lo que podría contagiarse del sida-, pues si ese católico quisiera hacer caso a la Iglesia lo primero que haría sería no tener ese tipo de relaciones.
Aunque esta objeción hecha a la Iglesia es presentada por rachas –hay momentos en que se le da una gran importancia, generalmente debido a que los medios de comunicación lo ponen de manifiesto ante algún escándalo clerical, real o ficticio-, conviene tener algunas ideas claras al respecto.
Y, quizá, lo primero que hay que saber es que el celibato de los sacerdotes no es universal en toda la Iglesia católica; la Iglesia católica de rito oriental tiene sacerdotes casados –primero se casan y luego se ordenan sacerdotes-, mientras que la Iglesia católica de rito latino –la nuestra- no los tiene.
Al principio, la mayoría de los sacerdotes eran hombres casados y fue la posterior evolución de las necesidades pastorales y de la espiritualidad la que llevó a la Iglesia a pedir el celibato a los que querían ser sacerdotes.
No hay que olvidar, por otro lado, que hay dos tipos de sacerdotes dentro de la Iglesia católica: los diocesanos y los consagrados o religiosos; estos últimos, tanto en la Iglesia católica de rito oriental como en la latina, viven el celibato.
En la Iglesia católica de rito oriental, además, los obispos son elegidos sólo de entre los sacerdotes que viven el celibato, por lo que aunque existen sacerdotes casados no hay obispos casados.
Enseñanza del Catecismo:
“Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que vive como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato ‘por el Reino de los cielos’ (Mt 19, 12).
Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus ‘cosas’ (cf 1 Co 7, 32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios” (nº 1579).
“En las Iglesias orientales, desde hace siglos está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros.
Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso en el seno de sus comunidades.
Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias orientales y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el Reino de Dios.
En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio” (nº 1580).
“La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana.
La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado” (nº 2339).
Otros textos:
“La castidad es un tesoro engendrado por la abundancia del amor” (Tagore).
“La pureza es exigencia del amor. Es la dimensión de su verdad interior en el corazón del hombre” (Juan Pablo II).
“Si el pecado original rompió la armonía de nuestras facultades), la continencia nos recompone; nos vuelve a llevar a esa unidad que perdimos” (S. Agustín. Confesiones).
“La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado.
La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa” (San Josemaría Escrivá).
Argumentación:
La exigencia del celibato para los sacerdotes católicos de rito latino –la práctica totalidad-, como se ha dicho, es una disciplina eclesiástica sujeta a posibles cambios, puesto que no es un dogma de fe o un dogma que obligue a un comportamiento moral.
Sin embargo -y a pesar de la enorme presión en contra, de la falta de vocaciones y del hedonismo en que vivimos-, la Iglesia sigue pensando que el celibato sacerdotal es un don de Dios para la propia Iglesia y que sería un error cambiar la legislación actual (ver la encíclica de Pablo VI “Sacerdotalis Caelibatus”).
En 1 Cor 7, San Pablo explica con claridad el por qué del celibato:
“El célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado lo hace de los asuntos del mundo… y está dividido”.
Desde esta perspectiva se fue poco a poco imponiendo la exigencia de que, al menos por motivos de eficacia pastoral, los sacerdotes fueren célibes.
Esa exigencia fue sentida, en primer lugar, por el pueblo, que se sentía mejor atendido por sacerdotes solteros que por sacerdotes casados; luego vino la legislación sobre el tema, que hizo que poco a poco se fuera imponiendo esa exigencia a los aspirantes al sacerdocio, sobre todo cuando la Iglesia salió de la clandestinidad y se pudo organizar con libertad –a partir del año 313, con el Edicto de Milán dado por el emperador Constantino-.
Por cierto, la primera legislación sobre el tema tuvo lugar en España, en una época muy temprana, cuando aún la Iglesia estaba perseguida. Fue en el Concilio de Elvira (Granada), entre los años 295 y 302.
Allí se ordenó por primera vez de forma explícita que los obispos, sacerdotes y diáconos fueran célibes o, si no lo eran, dejaran a sus legítimas mujeres si querían recibir las sagradas órdenes.
Esta práctica fue copiada en Francia poco después (Concilio de Arlés, año 314). En el 386, el Papa Siricio convocó un Concilio en el que se prohibió a los sacerdotes continuar teniendo relaciones sexuales con sus exmujeres.
En ningún caso se aceptaba ya que el que había sido ordenado pudiera casarse. Años después, en 1123, con el primer Concilio de Letrán, se estableció de forma definitiva la exigencia del celibato.
La exigencia nacía, hay que recordarlo, del pueblo de Dios, que se sentía mejor atendido por los clérigos célibes.
Las herejías de los cátaros y los valdenses, en la Edad Media, se apoyaban para criticar a la Iglesia, entre otras cosas, en el incumplimiento de muchos sacerdotes de esta ley, pues vivían en concubinato y con frecuencia ponían los fondos económicos de la Iglesia al servicio de sus familias.
Por lo tanto, la Iglesia ve el celibato de los sacerdotes como un don para la comunidad porque hace del sacerdote un mejor ejemplo del Cristo célibe al que representa y porque le libera de otras preocupaciones a fin de que se dedique más plenamente al servicio de la evangelización.
No hay que olvidar que el sacerdocio no es un derecho, sino un don que Dios da y que, por lo tanto, a nadie se le excluye de un supuesto derecho debido a la exigencia del celibato, sino que se contrasta la existencia de esa llamada, de ese don, con la decisión y la capacidad de vivir célibe.
Esta perspectiva es fundamental para entender el por qué la Iglesia puede pedir ese requisito sin que eso suponga vulnerar los derechos de nadie.
Hay quien arguye diciendo que, ante la crisis vocacional, mejor sería que hubiera más sacerdotes, aunque estuvieran casados y por lo tanto con una dedicación más limitada, que no menos sacerdotes pero con una dedicación menor.
Los diáconos casados están, de hecho, ocupando un lugar en la vida pastoral que puede suplir en parte la escasez de vocaciones, sin dar lugar a la discriminación que supondría el hecho de que unos curas estuvieran casados –y con más sueldo, por ejemplo- y otros no; además, si eso sucediera y tal y como están las cosas, sobre los que optaran por no casarse recaería la sospecha de la homosexualidad.
También se dice que si los curas se casaran habría menos problemas de pederastia en el clero.
Primero, hay que tener en cuenta que esos casos son, porcentualmente, bajísimos y que están presentes en cualquier profesión –hay médicos pederastas, abogados pederastas, periodistas pederastas, etc-, sin que esas profesiones lleven implícitas la exigencia del celibato (según el periódico News of the World, 23-7-2000, en Inglaterra había en ese momento 110.000 personas culpables de abusos sexuales a menores, de los cuales prácticamente ninguno era sacerdote católico).
Segundo, al afirmar eso –que se solucionaría la pederastia acabando con el celibato- se está diciendo que ese gravísimo pecado está relacionado con la soltería, cuando no es verdad en absoluto; se trata de una enfermedad que, afortunadamente, la práctica totalidad de los solteros no padecen y que, en cambio, se da también en los casados.
Una persona soltera normal que no es capaz de vivir la castidad no va a satisfacer sus necesidades sexuales con un niño. El que hace eso no es porque esté soltero, sino porque es un enfermo además de un delincuente.
Por lo tanto, si alguien no es capaz de vivir la castidad –tanto si está casado como si es soltero y, en este caso, si lo es porque no encuentra pareja como si lo es porque ha elegido serlo debido a que es sacerdote-, sólo en caso de que sea un enfermo va a recurrir a la pederastia.
Así, pues, la eliminación del celibato no influiría para nada en el número de casos –bajísimo, hay que insistir- de sacerdotes pederastas.
Helder Camara, el obispo brasileño que fue un héroe para unos y un villano para otros, dijo en cierta ocasión:
“Cuando hablo de Dios me dicen que soy un santo. Cuando hablo de justicia, me llaman comunista”.
Con mucha frecuencia sucede algo parecido, aunque los temas sean dispares. Si el Papa o un obispo critican una ley aprobada por un Parlamento por la que se permite un atentado contra la vida humana (el aborto, por ejemplo), enseguida se alzan voces diciendo que la Iglesia se mete en política.
Unos y otros, la izquierda y la derecha, parecen convenir en una cosa: la Iglesia sólo debería hablar de temas espirituales, temas relacionados con la liturgia o con los dogmas, pero sin aplicar dichas verdades de fe a la vida concreta y real, pues eso es política. ¿Es eso posible?
Enseñanza del Catecismo:
“La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas.
Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia” (nº 899).
“La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta.
Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto” (nº 1901).
“La autoridad no saca de sí misma su autoridad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido.
‘La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna.
En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia’ (S. Tomás de Aquino, S. Th. 1-2, 93, 3 ad 2)” (nº 1902).
“La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente líticos.
Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia.
En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa” (nº 1903).
“Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite.
Es este el principio del ‘Estado de derecho’ en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (nº 1904).
“El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error, ni un supuesto derecho al error, sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político.
Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil” (nº 2108).
“El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente el de las familias y de los desheredados.
Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las exigencias del bien común. No pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo legítimo y proporcionado.
El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la nación y de toda la comunidad humana” (nº 2237).
“El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio.
El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política.
‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’ (Mt 22, 21). ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’ (Hch 5, 29)” (nº 2242).
“La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La Iglesia respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” (nº 2245).
“Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral incluso sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones” (nº 2246).
Argumentación:
El último texto citado (nº 2246 del Catecismo) es clave para entender la conciencia que tiene la Iglesia de su derecho y de su deber de opinar en cuestiones que, directa o indirectamente, tienen una dimensión política.
La Iglesia se ve a sí misma –porque así la instituyó Cristo- como la luz del mundo. Por eso, cuando detecta oscuridades graves que afectan a los hombres –y no sólo a los hombres católicos-, se siente empujada por el Espíritu Santo a intervenir públicamente para denunciar esas situaciones y, si es posible, para anunciar la forma de remediarlas.
Los ejemplos son muchísimos: el aborto, la eutanasia, la manipulación de embriones humanos, la pena de muerte, el divorcio, la equiparación de matrimonios gays con las familias, el uso de la violencia, el uso de la tortura, la dictadura política, la injusticia social, el terrorismo y un larguísimo etc.
Pero ¿por qué hace eso la Iglesia? ¿Se sale de su misión al hacerlo? ¿Debería dejar de hacerlo?
Ante todo hay que fijarse en su fundador, Jesucristo. Él, que vino a dar un mensaje espiritual, también se metió en política. Lo hizo cuando puso la ley del descanso sabático al servicio del hombre.
Lo hizo cuando defendió los derechos de la mujer. Lo hizo cuando aceptó entrar en casa del centurión romano –que era el representante militar del pueblo opresor de los judíos- o cuando aceptó como apóstol a un colaboracionista de los romanos como era San Mateo.
Lo hizo cuando expulsó a los mercaderes del Templo. Lo hizo cuando obligó a San Pedro a enfundar su espada y le prohibió que usara la violencia.
De hecho, a nadie le cabe duda de que entre los motivos que condujeron a Cristo a la Cruz estaban los ataques que había reiterado contra los políticos judíos de su tiempo –a los sacerdotes y a los fariseos les llamó una y otra vez ‘raza de víboras’ y ‘sepulcros blanqueados’-;
Pilato, el representante político del dominador romano, intentó salvarle quizá porque le convenía que el pueblo judío estuviera dividido, pero al final ordenó su muerte porque el precio político a pagar era demasiado caro –la amenaza de que sería denunciado a Roma por no oponerse con firmeza a un supuesto pretendiente al trono judío-.
De hecho, el letrero que estaba sobre la cabeza de Cristo en la Cruz explicaba en clave política el motivo de su muerte: “Aquí está el Rey de los judíos”.
Cristo, por lo tanto, se metió en política. Ahora bien, lo hizo –como lo hace la Iglesia hoy- para defender los derechos de dios y los derechos humanos.
Lo hizo sin utilizar la violencia –incluso en la expulsión de los mercaderes del Templo, el Señor no golpea a los hombres ni a los animales sino que se limita a derribar las mesas y esparcir el dinero por el suelo-.
Llegó incluso a condenar el uso de la violencia explícitamente, en un momento tan delicado para él como el de su apresamiento en el huerto de los olivos.
La Iglesia católica, por su parte, ha sido siempre fiel a la enseñanza de su fundador en este punto.
Porque se metió en política fue perseguida por los emperadores romanos –lo hacía cuando se negaba a adorar a los emperadores, que era una forma de fortalecer el poder político.
Se metió en política cuando se atrevió a criticar públicamente a los emperadores cristianos –como hizo San Ambrosio con Teodosio, al que obligó a hacer penitencia pública por haber ordenado la muerte de 7000 inocentes en la ciudad griega de Tesalónica-.
Se metió en política durante la larguísima y decisiva “lucha de las investiduras”, en la que defendió sus derechos a nombrar a los obispos, oponiéndose a los distintos reyes que querían nombrarlos ellos.
Se metió en política cuando exigió a los Reyes Católicos que fueran respetados los derechos de los indígenas americanos o cuando defendió los derechos de los esclavos negros (San Pedro Claver).
Se metió en política cuando se opuso a Hitler lo mismo que cuando se opuso a Stalin. Se metió en política cuando se opuso a la invasión de Irak, alegando que provocaría males mayores.
Es verdad que no siempre la actuación de la jerarquía de la Iglesia –sobre todo en ámbitos locales- ha sido la ideal en este punto. A veces ha cometido errores, como reconoció Juan Pablo II al pedir perdón en los albores del tercer milenio.
Pero, en su conjunto, la Iglesia, desde sus inicios, ha intervenido para defender su libertad ante la pretensión de los políticos de querer dominarla y amordazarla.
Y para defender los derechos de los débiles, de los inocentes, de aquellos que con frecuencia no han encontrado otra voz más que la de la Iglesia que hablara por ellos.
Por eso hay que concluir que la Iglesia está siendo fiel a su misión cuando proclama la verdad moral, aunque al hacerlo tenga una dimensión política, disguste a los políticos o sea acusada de salirse de su ámbito de actuación. La moral forma parte de la enseñanza evangélica tanto como el dogma o la liturgia.
Afirmar que la Iglesia no puede pronunciarse sobre temas éticos porque si lo hace se mete en política es ignorar lo que hizo y enseñó Jesucristo y lo que la Iglesia ha hecho desde sus orígenes.
Además, los que acusan de eso a la Iglesia suelen estar interesados en silenciarla porque se ven descubiertos en su corrupción por la luz que emana de la Palabra de Dios y la Iglesia proclama.
Para colmo de cinismo, los acusadores de la Iglesia no dudan en utilizarla cuando les conviene; un ejemplo es lo sucedido en España en los últimos años:
En los meses previos a las elecciones generales de 2004, Juan Pablo II se opuso abiertamente a la guerra de Irak y los obispos españoles se solidarizaron con el Papa, aunque eso perjudicaba al Partido Popular –en ese momento en el poder y que daba un apoyo más moral que efectivo a la contienda-;
el PP, sin embargo, no criticó a los obispos y al Papa por desautorizar públicamente su actuación, y eso que la crítica de la jerarquía afectaba a muchos de sus votantes; más aún, los socialistas y los comunistas llevaban al Parlamento los argumentos del Papa e incluso le citaban textualmente, para erosionar al Gobierno del PP;
cuatro años después, ante las elecciones del 2008, los obispos españoles publicaron una nota orientando a los fieles católicos de cara a las elecciones, en la que pedían que se votara pensando en defender la familia, la vida, el derecho de los padres a educar moralmente a sus hijos y que se rechazara la negociación política con los terroristas;
la reacción del PSOE fue virulenta y muy agresiva, con insultos de grueso calibre; los mismos que habían usado las palabras del Papa y de los obispos cuatro años antes y no se habían quejado de que la Iglesia “se metiera en política”, pretendieron amordazarla y reducirla al silencio cuando lo que la Iglesia decía no les convenía.
La acusación, por lo tanto, de que la Iglesia hace política no se sostiene, al menos habitualmente.
Cuando defiende los valores contenidos en el Evangelio o los derechos humanos, la Iglesia no hace otra cosa más que cumplir con su misión.
Habría que preguntarse más bien si no están siendo los Gobiernos los que legislan en contra de esos derechos humanos, violando los límites que nunca deberían traspasar, y entrando en la intimidad de las conciencias de los ciudadanos.
Por otro lado, al menos en una sociedad democrática, todas las personas y todas las instituciones tienen derecho a expresar libremente sus opiniones.
¿No serán precisamente los más antidemocráticos, los más tiranos y dictadores, aquellos que niegan a la Iglesia el derecho a hablar y que quieren reducirla al silencio?
Uno de los ataques más reiterados a la Iglesia, sobre todo en ambientes de escaso nivel cultural, es el que se refiere al dinero del Vaticano.
Una y otra vez se oye decir que el Papa vive como un multimillonario, rodeado de todo tipo de lujos, en un palacio lleno de maravillosas obras de arte.
Según los enemigos de la Iglesia, ésta posee una de las mayores fortunas del mundo y dedica su dinero a costear un nivel de vida desenfrenado a sus máximos dirigentes.
Se compara esta supuesta situación con la que, según dicen, llevaría hoy Jesucristo, el cual, si volviera, se sentiría muy incómodo en el Vaticano, lo abandonaría y se iría a vivir a las fabelas de Río de Janeiro, a las villas miseria de Argentina o a los pueblos jóvenes de Lima.
Enseñanza del Magisterio:
“Por derecho nativo, e independientemente de la potestad civil, la Iglesia católica puede adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales para alcanzar sus propios fines.
Fines propios son principalmente los siguientes: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico. Artículo 1254)
“La Iglesia no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas ya las comunidades.
Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido" (Juan Pablo II, 1 de septiembre de 1999).
“Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de ‘derrochar’, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía.
No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la ‘sala grande’, la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio.
La liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jesús y desarrollando la herencia ritual del judaísmo.
Y, en efecto, nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles.
Aunque la lógica del ‘convite’ inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de banalizar esta ‘cordialidad’ con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el ‘banquete’ sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el Gólgota.
El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete ‘sagrado’, en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios.
El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es ‘panis angelorum’, pan de los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: ‘Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo’ (Mt 8, 8; Lc 7, 6)” (Juan Pablo II. ‘Ecclesia de Eucharistia’, nº 48).
“En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra.
De aquí nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la liturgia eucarística, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales legítimamente constituidas. También sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte.
La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración.
Así ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucarísticas en las «domus» de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto histórico lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos, a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias, pequeñas o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el cristianismo.
Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio.
Igualmente se puede decir de la música sacra, y basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos litúrgicos de la Santa Misa.
Y, ¿acaso no se observa una enorme cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebración eucarística?
Se puede decir así que la Eucaristía, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la cultura, especialmente en el ámbito estético” (Juan Pablo II. ‘Ecclesia de Eucharistia’, nº 49).
Argumentación:
La cuestión del dinero de la Iglesia –expresado externamente a través de sus templos monumentales y sus obras de arte- es una de las más difíciles de afrontar en una argumentación apologética que pretende ser razonada y razonable.
Y lo es no porque sea difícil justificar la existencia de ese dinero o de esos templos y tesoros artísticos, sino porque los que atacan a la Iglesia por ese motivo, demuestran una gran incapacidad de argumentación, de lógica, de nivel intelectual, y por eso se hace muy difícil dialogar con ellos, darles razones y argumentos.
La pasión –con frecuencia el odio- les embarga y todo intento de diálogo está condenado al fracaso porque ellos lo único que buscan es hacer daño a la Iglesia.
Eso no significa que no se pueda hacer o decir nada. Se puede y se debe. Pero siendo conscientes de que este tema difícilmente se afronta con serenidad y objetividad. De hecho, son muchas las personas que están alejadas de la Iglesia y que, incluso, la critican por otras cosas, que sobre esto no hacen ninguna objeción.
Lo primero que hay que decir es que el propio Cristo utilizaba dinero para vivir y se dejaba ayudar de ese modo.
Mientras duró su “vida oculta”, él ganó con sus propias manos para atender a su sustento y al de su Madre, la Santísima Virgen.
Luego, cuando comenzó su “vida pública”, ya no pudo seguir haciéndolo y aceptó los donativos que unos y otros le hacían.
Sabemos que había mujeres que le ayudaban –una de ellas era, nada menos, que la mujer del administrador de Herodes, llamada Juana- y debían manejar un cierto capital para verse en la necesidad de designar un tesorero –Judas, el traidor-.
Muerto el Señor, la costumbre de ayudar a los apóstoles a fin de que éstos quedaran liberados del trabajo para dedicarse a la evangelización siguió existiendo en la pequeña comunidad cristiana. Los Hechos de los Apóstoles nos narran, por ejemplo, el castigo que recibieron los que engañaban a San Pedro en las limosnas.
San Pablo –que recibió varias veces ayudas económicas de distintas comunidades- se precia de haber trabajado con sus manos –era tejedor de tiendas- para ganarse el pan, pero reconoce que “el obrero merece su salario” y que los evangelizadores tienen derecho a recibir ayuda económica de la comunidad a la que sirven.
De hecho, pronto se creó la figura de los diáconos, para dedicarse a la administración de los bienes y, en particular, a atender a las obras de caridad, a fin de que los apóstoles –y sus sucesores, los obispos- pudieran centrarse en la evangelización.
Entre la ayuda que se recibía figuraban donaciones en especie y no sólo en metálico. No faltaban miembros de la comunidad que, en vida, donaban casas o tierras, para que se pudiera celebrar la Santa Misa o para que, con los réditos, pudieran atenderse los gastos de la evangelización y los derivados de la ayuda a los pobres.
Los romanos debieron considerar que la Iglesia era muy rica, pues durante una de las persecuciones –la de Valentiniano, en el 258-, al diácono Lorenzo le prometieron respetarle la vida si les conducía a donde estaban escondidos los tesoros de la Iglesia; Lorenzo pidió tres días para recolectarlos y, transcurrido este tiempo, se presentó ante el Prefecto de Roma con un gran número de pobres a los que la Iglesia socorría.
Cuando la Iglesia alcanzó al libertad, con el edicto de Constantino en el 313, la situación comenzó a cambiar rápidamente.
El prestigio obtenido durante los largos años de persecución y el favor de los emperadores, provocaron que recibiera numerosas donaciones, tanto en dinero como en templos paganos que pasaron a convertirse en iglesias cristianas.
Algunos de estos templos aún se conservan, como el de Santa María sopra Minerva, en la plaza principal de Asís. Esta situación continuó durante la Edad Media, en la cual se produjo, además, otro acontecimiento de extraordinaria importancia.
La brutalidad que se vivía en Europa tras la caída del Imperio Romano y las sucesivas invasiones de los bárbaros, llevaron a los Papas a intentar crear un territorio sujeto a su obediencia que les permitiera estar a salvo de las presiones de los reyes.
Justiniano I le otorgó al Papa, por primera vez, derechos civiles sobre algunos territorios (año 554). Esto fue consolidado por el Papa San Gregorio Magno (590-604), que antes de serlo había sido el Prefecto (el Alcalde) de la ciudad.
En 756, el rey de Francia Pipino derrota a los Longobardos, que amenazaban Roma, a petición del Papa Esteban II, y le otorga a éste en propiedad los territorios conquistados. Serán esos territorios los que constituyan el núcleo de los llamados “Estados Pontificios”.
En esencia, corresponden a las actuales regiones italianas de Lazio (con Roma como capital), Umbría (cuya capital es Perugia, junto a la cual está Asís), las Marcas y la Romagna (con ciudades como Bolonia o Rávena).
El Papa fue, pues, Rey de un Reino hasta que la invasión de Garibaldi le desposeyó de esas posesiones en 1870.
Cuando esto sucedió, el tiempo estaba ya maduro para que el Papa pudiera seguir gobernando la Iglesia universal con independencia de los poderes civiles, cuya amenaza e interferencias en el gobierno eclesiástico no habían cesado desde los inicios de la Iglesia.
Sólo sabiendo estas nociones básicas de historia se puede entender el por qué existe la Ciudad del Vaticano (es lo que queda de los Estados Pontificios y sirve para asegurar la independencia del papa y evitar que esté bajo el control de ningún país), por qué existe una gran iglesia como la del Vaticano (edificada sobre la tumba de San Pedro, para dejar constancia de la predominancia que la Iglesia de Roma debía tener sobre el resto de las Iglesias, pues sólo en ella estaba el Vicario de Cristo) o por qué hay tantas obras de arte en el Museo del Vaticano (el gusto por el arte en el Renacimiento italiano afectó también a los Papas, que procedían de las principales familias de ese país, como los Médici de Florencia).
Son cosas del pasado, ciertamente, pero son cosas que hoy no se pueden destruir. En Francia está el Louvre, que, lo mismo que otros museos, tiene su origen en las colecciones de pintura y objetos de arte que hicieron los sucesivos reyes durante siglos.
¿Debería Francia vender lo que contiene y aún el mismo edificio para, por ejemplo, ayudar a los obreros de los barrios marginales de París?
Alguno podrá objetar que Francia, Inglaterra, Austria y otras naciones con grandes palacios son ricas y pueden hacer esas obras sociales sin recurrir a desprenderse de su patrimonio cultural.
¿Debería México vender las pirámides de Teotihuacan, Guatemala las de Tikal, Perú el Machu Picchu o Camboya el templo de Angkor?. Seguramente que todos dirán que no, por muy cerriles que sean.
Lo que sí deberían hacer –y es lo que suelen hacer- es conservarlas para las generaciones futuras y hacerlas accesibles a todos.
Exactamente eso es lo que hace el Vaticano que, incluso a mi gusto, se excede; si por mí fuera, limitaría el número de turistas que entran en la Basílica de San Pedro, pues resulta extraordinariamente difícil rezar en ella; y por si acaso alguno objeta que lo hace para ganar dinero, conviene recordar que el acceso a la Basílica es totalmente gratuito.
Más aún, si el Vaticano decidiera un día vender la Basílica y lo que contiene el Museo, probablemente Italia lo impediría.
Esto soluciona, al menos en parte, la cuestión de los grandes templos y de los tesoros artísticos que contiene –son resultado de otra mentalidad, propia del pasado, y ahora no podemos destruirlos ni venderlos porque son patrimonio de la Humanidad-.
¿Pero, cómo responder a la cuestión de la supuesta buena vida que se da el Papa? Realmente hace falta muy mala fe y muchísima ignorancia para hacer esa afirmación. Nada más alejado de la realidad que la de imaginar a un Papa de nuestro tiempo llevando una vida de lujos.
Es verdad que vive en un palacio –ya he dicho que eso no lo puede evitar y, por otro lado, en algún sitio debería vivir y la Iglesia necesitaría un gran edificio para su sede central, como lo necesitaría cualquier institución que coordinara a 1.200 millones de personas en todo el mundo-, pero eso no significa que viva con lujos.
Es muy austero, con un equipo de “servidores” muy pequeño, reducido a algunos secretarios y a unas “consagradas” –antes eran monjas y hoy son mujeres que pertenecen al movimiento Comunión y Liberación- que le atienden la casa.
Su austeridad es enorme y probablemente no consume para sí mismo ni la mitad que utiliza una persona de clase media en Italia.
Queda otra cuestión, la del dinero que maneja el Vaticano. Fue puesta de moda por los escándalos en torno al IOR –así se llama la institución que invierte el dinero de la Iglesia-, en la última etapa de Pablo VI.
Algunas inversiones llevadas a cabo de forma equivocada por monseñor Marcinkus pusieron en peligro las finanzas de la Santa Sede.
En todo caso, lo mismo que en la cuestión anterior, resulta evidente que la Iglesia necesita disponer de dinero para llevar a cabo su misión espiritual –Cristo mismo lo hizo así-.
Otra cosa es que ese dinero sea sólo el necesario y que se dedique a esos fines. Estas dos cuestiones son más difíciles de demostrar, pero en esencia se cumplen.
El dinero del Vaticano procede, en buena medida, de lo que el Estado italiano le dio cuando se firmó el Concordato, como reparación por haberle desposeído de los Estados Pontificios.
El resto, procede de lo que las Diócesis del mundo envían, como contribución a los gastos de la Iglesia, gastos que redundan en beneficio de esas Diócesis.
Hay años en que el balance económico es positivo y otros en que es negativo. En cuanto a la colecta llamada “óbolo de San Pedro” –la que se hace el 29 de junio-, el Papa la utiliza para obras de caridad y no dedica ni un solo céntimo a los gastos que genera la maquinaria burocrática de la Iglesia.
Las acusaciones de que en el Vaticano se lava dinero negro, procedente del narcotráfico o de otras fuentes ilícitas, son tan infundadas como calumniosas: no se pueden probar, simplemente porque son falsas.
Aunque ya no es un tema tan debatido en los países secularizados, pues la mayoría es indiferente y ni siquiera sabe qué significa lo de la infalibilidad, suele ser todavía motivo de ataque a la Iglesia en países sometidos a una agresión constante e intensa por parte de las sectas.Estas hacen de este asunto y de la virginidad de María casi sus únicos argumentos para criticar a la Iglesia.Por desgracia, sin embargo, los ataques más frecuentes e intensos proceden del interior de la propia Iglesia, de teólogos y sacerdotes que han perdido la fe de la Iglesia, al menos en este punto.Conviene, pues, tener claro de dónde procede este dogma y cuáles son sus implicaciones.
Enseñanza del Catecismo: “La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias modalidades” (nº 890). “El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico (LG 25; cf Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar ‘como revelado por Dios para ser creído’ (DV 10) y como enseñanza de Cristo, ‘hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe’ (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf LG 25)” (nº 891). “La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una ‘manera definitiva’, proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben ‘adherirse con espíritu de obediencia religiosa’ (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él” (nº 892). “El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas” (nº 2035). Otros textos: “Algunos piensan que eliminado el primado la unidad se recompondría. No es así, dejaría de existir” (Pablo VI). “Cuando hice preguntas a mi Iglesia anglicana sobre la vida que vivía bajo su tutela, no me dio respuestas. Sólo me dijo que me quedara tranquilo, pero eso no me bastaba; un alma no se satisface eternamente con dulzura, suaves murmullos e himnos; y la libertad que disfrutamos resulta ser una esclavitud más intolerable que las cadenas más pesadas. Yo no quería ir por un camino tras otro, según mis deseos: quería saber cuál era el camino que Dios deseaba que recorriera. No quería ser libre para dar la espalda a la verdad; quería una verdad que me hiciera libre. No ansiaba los espaciosos caminos placenteros, sino el angosto Camino que es Verdad y Vida. Y para todas esas cosas mi antigua Iglesia no me servía de ayuda” (Robert Hugh Benson. "Confesiones de un converso"). Argumentación: Ante todo, conviene tener clara qué es la infalibilidad del Papa, cuál es su origen y por qué es instituida por Cristo. El Papa es infalible –o, lo que es lo mismo, no puede equivocarse- cuando solemnemente y bajo determinadas condiciones promulga y declara una enseñanza en materia de fe o de moral. Por lo tanto, la infalibilidad papal no implica que el Papa no pueda pecar, pues está relacionada con su enseñanza (un profesor puede estar enseñando la verdad, en matemáticas por ejemplo, y ser un malvado). Tampoco implica que el Papa tenga la razón siempre (en temas de tipo político, por ejemplo), ni siquiera en temas de tipo estrictamente religioso. Sólo es infalible, tal y como indica el Catecismo, cuando de una manera explícita, hablando como Pastor supremo de la Iglesia, dice que esa enseñanza en concreto es algo “revelado por Dios para ser creído”. En esos casos, se dice que el Papa habla “ex cátedra”. Son pocas las ocasiones en que esto se ha producido. En los últimos siglos sólo se han proclamado tres dogmas de fe: uno precisamente sobre la infalibilidad (Concilio Vaticano I, 18 de julio de 1870), otro sobre la Concepción Inmaculada de María (8 de diciembre de 1854) y el tercero sobre la Asunción de María al Cielo (1 de noviembre de 1950). Por lo tanto, en contra de lo que muchos afirman, el recurso a la infalibilidad ha sido utilizado en poquísimas ocasiones por los Pontífices. La infalibilidad papal –y de los obispos unidos a él- fue algo querido por el propio Cristo, cuando encarga a San Pedro que gobierne la Iglesia y que confirme en la fe a sus hermanos, los demás apóstoles (cf. Jn 1, 42; Mc 3, 16; Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-17; Lc 10, 16; Lc 22, 31-32). Está unida a una especial asistencia del Espíritu Santo. Aunque fue proclamada en el siglo XIX, eso no significa que existiera sólo desde entonces; significa que sólo entonces se proclamó formal y obligatoriamente la necesidad de creer en ella, pero desde el principio se había asumido como una verdad de fe, aunque no sin controversias. El motivo es evidente: en cualquier empresa o institución, es preciso que alguien tenga la última palabra cuando la discusión y los distintos pareceres no permiten adoptar de manera unánime un comportamiento. También en la Iglesia ha sucedido y sucede esto. Desde sus inicios, debido a que está formada por hombres, se han dado interpretaciones diversas y a veces radicalmente opuestas a cuestiones decisivas (la naturaleza de Cristo, por ejemplo: si era verdadero Dios y si era verdadero hombre). Una y otra vez se producían divisiones en el seno de la comunidad y cada una de las partes argumentaba con interpretaciones de la Escritura que parecían tener toda la verdad. Era necesario acudir a un arbitraje, a alguien que tuviera la última palabra. Ese alguien, querido por Cristo, es el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, el Papa. Los que rechazan la infalibilidad pontificia parecen olvidar que si no hubiera sido por ella no tendríamos la fe que tenemos, no creeríamos que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, por hablar de algo en lo que coinciden la mayoría de las Iglesias. De hecho, cuando se ve la deriva que se está produciendo en la mayor parte de las Iglesias no católicas, arrastradas por el huracán del relativismo y del hedonismo, se aprecia muchísimo más el gran don que es la figura del Papa y su capacidad para poner luz en medio de la confusión mediante este dogma extraordinario. Algunos, incluso, como Robert Hugh Benson o como Chesterton, se vieron atraídos por el catolicismo precisamente por eso. Por último, hay que aclarar, como indica el Catecismo (nº 892), que aunque no todas las enseñanzas del papa o de los obispos en comunión con él gozan del carácter de “infalibles”, éstas deben ser acatadas “con espíritu de obediencia religiosa”, pues son enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, sin ser dogmas de fe, vienen avaladas por las palabras de Cristo:
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16).