por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Xavier Villalta
Ante la opinión pública, la imagen de la Inquisición representa de alguna forma un símbolo de antitestimonio y escándalo. ¿En qué medida esta imagen es fiel a la realidad?
«La petición de perdón que debe hacer la Iglesia por los pecados de sus hijos a través de la Historia, en particular en el caso la Inquisición, exige conocer con rigor científico los hechos tal y como fueron», considera Juan Pablo II.
En respuesta a esta convicción profunda del Santo Padre, lanzada para preparar el gran Jubileo del año 2000, la Santa Sede convocó, a finales de 1998, a historiadores universalmente reconocidos de todos los credos en un Simposio Internacional acerca de esos tribunales eclesiásticos.
El pasado 15 de junio fueron presentadas, en la Sala de Prensa de la Santa Sede, las Actas de aquel Congreso. Para el Papa se trata de un acontecimiento tan importante que, con este motivo, escribió una Carta especial, leída ante los periodistas por el cardenal Roger Etchegaray, ex Presidente del Comité para el gran Jubileo del año 2000, en la que presenta la actitud con la que la Iglesia debe repasar las páginas de Historia del cristianismo, desde la institución de los primeros inquisidores, por parte del Papa Gregorio IX (12271241), hasta la abolición del último de estos tribunales eclesiásticos, el español, en 1834.
«Ante la opinión pública, la imagen de la Inquisición representa de alguna forma un símbolo de antitestimonio y escándalo. ¿En qué medida esta imagen es fiel a la realidad?», se pregunta el Papa; y advierte después: «Antes de pedir perdón es necesario conocer exactamente los hechos, y reconocer las carencias ante las exigencias evangélicas en los casos en que sea así». Por este motivo, el obispo de Roma instituyó, para preparar a la Iglesia al cambio de milenio, una Comisión histórico teológica del Comité para el gran Jubileo del año 2000, a la que le encomendó esta tarea, y en la que puso al frente a su teólogo de confianza, el actual cardenal Georges Cottier, dominico, teólogo de la Casa Pontificia.
«La verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas. Los hijos de la Iglesia deben revisar con espíritu arrepentido la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad. Este espíritu de arrepentimiento comporta el firme propósito de buscar en el futuro caminos de testimonio evangélico de la verdad».
Las Actas del Simposio Internacional La Inquisición, volumen de 783 páginas, editadas por la Biblioteca Apostólica Vaticana –según aclaró el cardenal Cottier, en su presentación–, sirven para que los teólogos puedan tener elementos de respuesta a preguntas como: ¿Qué significa la paradoja: la Iglesia santa comprende en su seno a los pecadore s ? «Es obvio –aclaró el purpurado suizo– que una petición de perdón sólo puede afectar a hechos verdaderos y reconocidos objetivamente. No se pide perdón por algunas imágenes difundidas a la opinión pública, que forman parte más del mito que de la realidad».
El libro ha sido coordinado por Agostino Borromeo, experto en Inquisición y Presidente del Instituto Italiano de Estudios Ibéricos, quien, en la rueda de pren sa, constató que, «hoy por hoy, los historiadores ya no utilizan el tema de la Inquisición como instrumento para defender o atacar a la Iglesia. A diferencia de lo que antes sucedía, el debate se ha trasladado a nivel histórico, con estadísticas serias. Esto se debe al gran paso adelante que supuso la apertura de los archivos secretos de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio), ordenada por Juan Pablo II en 1998, en donde se encuentra una base documental amplísima». La Inquisición en España –explicó Borromeo recogiendo datos publicados por las Actas– celebró, entre 1540 y 1700, 44.674 juicios.
Los acusados condenados a muerte constituyeron el 1,8%; de ellos, el 1,7% fueron condenados en contuma c i a, es decir, no pudieron ser ajusticiados por estar en paradero desconocido, y en su lugar se quemaba o ahorcaba a muñecos. La cacería de bru j a s fue mucho más salvaje en el centro y norte de Europa, muchas veces en zonas que acogieron la Reforma. De los 125.000 procesos de su historia, la Inquisición española condenó a la muerte a 59 brujas. En Italia, fueron 36; y en Portugal, 4. «Si sumamos estos datos –reveló el historiador, citando fuentes ofrecidas por las Actas–, no se llega ni siquiera a un centenar de casos, contra las 50.000 personas condenadas a la hoguera, en su mayoría por los tribunales civiles, durante la Edad Moderna. Proporcionalmente, las matanzas de brujas más numerosas tuvieron lugar en Suiza (se quemaron a 4.000, en una población aproximada de un millón de habitantes); PoloniaLituania (unas 10.000, en una población de 3.400.000); Alemania (25.000, en una población de 16.000.000); y Dinamarca Noruega (unas 1.350, en una población de 970.000).
Borromeo alentó a los investigadores a profundizar en la gran masa de fuentes históricas que ahora son consultables, para superar definitivamente, por una parte, la leyenda negra creada contra la Inquisición en países protestantes, y, por otra, la apologética católica propagandista que surgió como reacción.
Para profundizar más sobre el tema te invitamos a consultar el siguiente artículo “ La inquisición ¿prejuicio anti- católico?” Para consultarlo sólo da un
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por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Jorge Balvey | Fuente: www.arvo.net
La Inquisición fue y sigue siendo un tribunal polémico para el gran público. la Santa Sede ha convocado en Roma a expertos de diversos credos y nacionalidades para clarificar la actuación histórica del Santo Oficio.
Entreviata con Beatriz Comella, Historiadora.
La Inquisición fue y sigue siendo un tribunal polémico para el gran público. Los historiadores se han ocupado de esta institución de modo científico y sin prejuicios ideológicos, especialmente desde un Congreso internacional celebrado en Cuenca en 1978. Recientemente la Santa Sede ha convocado en Roma a expertos de diversos credos y nacionalidades para clarificar la actuación histórica del Santo Oficio. Sobre este argumento responde para Escritos ARVO, Beatriz Comella, autora del libro La Inquisición española (Rialp, 1988; 3ª edición en noviembre 1999).
¿Cuándo y porqué nació el tribunal de la inquisición?
El primer tribunal inquisitorial para juzgar delitos contra la fe nació en el siglo XIII. Fue fundado por el Papa Honorio III en 1220 a petición del emperador alemán Federico II Hohenstaufen, que reinaba además en el sur de Italia y Sicilia. Parece que el emperador solicitó el tribunal para mejorar su deteriorada imagen ante la Santa Sede (personalmente era amigo de musulmanes y no había cumplido con la promesa de realizar una cruzada a Tierra Santa) y pensó que era un buen modo de congraciarse con el Papa, ya que en aquella época el emperador representaba el máximo poder civil y el Papa, el religioso y, era conveniente que las relaciones entre ambos fueran al menos correctas. El romano pontífice exigió que el primer tribunal constituido en Sicilia estuviera formado por teólogos de las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos) para evitar que se desvirtuara su misión, como de hecho intentó Federico II, al utilizar el tribunal eclesiástico contra sus enemigos.
—¿Existía en el siglo XIII alguna razón de justificara la creación de ese tribunal que consideraba la herejía como delito punible?
—Conviene aclarar que los primeros teólogos cristianos de la talla de Tertuliano, San Ambrosio de Milán o San Martín de Tours sostuvieron que la religión y la violencia son incompatibles. Eran más partidarios de la doctrina evangélica que recomienda corregir y amonestar a quien dilapida el bien común de la fe. La represión violenta de la herejía es, como ha señalado Martín de la Hoz, un error teológico de gravísimas consecuencias, implicado en la íntima relación que de hecho se trabó entre el poder civil y la Iglesia en la Edad Media. La herejía pasó a ser un delito comparable al de quien atenta contra la vida del rey, es decir, de lesa majestad, castigado con la muerte en hoguera como en el siglo IV, bajo los emperadores Constantino y Teodosio.
A principios del siglo XIII aparecieron dos herejías (albigense y valdense) en el sur de Francia y norte de Italia. Atacaban algunos pilares de la moral cristiana y de la organización social de la época. Inicialmente se intentó que sus seguidores abandonaran la heterodoxia a través de la predicación pacífica encomendada a los recién fundados dominicos; después se procuró su desaparición mediante una violenta cruzada. En esas difíciles circunstancias nace el primer tribunal de la Inquisición.
—Es lógico, pues, que la Inquisición resulte una institución polémica.
—Desde luego, porque, afortunadamente, hoy sabemos que es injusto aplicar la pena capital por motivos religiosos. Los católicos de fin del siglo XX conocemos la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, que coincide, en sus planteamientos básicos con la de muchos teólogos cristianos de los cuatro primeros siglos de nuestra era. Por este motivo, el Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica Tertio Milenio Adveniente (10-11-94) ha subrayado la necesidad de revisar algunos pasajes oscuros de la historia de la Iglesia para reconocer ante el mundo los errores de determinados fieles, teniendo en cuenta la unión espiritual que nos vincula con los miembros de la Iglesia de todos los tiempos.
—¿Entonces, la «leyenda negra», más que leyenda es una realidad histórica?
—Es preciso advertir que la polémica sobre la Inquisición se nutre de otra actitud muy distinta a la ya expuesta; me refiero a la ignorancia histórica, la falta de contextualización de los hechos, el desconocimiento de las mentalidades de épocas pasadas, la escasez de estudios comparativos entre la justicia civil y la inquisitorial… Todo esto contribuye a formar no sólo una polémica justificada sino una injusta leyenda negra en torno a la Inquisición.
—¿Qué hay, pues, de verdad sobre la actividad de la Inquisición, concretamente en España?
—Se formaron los primeros tribunales en 1242, a partir de un Concilio provincial de Tarragona. Dependían del obispo de la diócesis y, por regla general, su actuación fue moderada. Con la llegada de los Reyes Católicos al poder, el Santo Oficio cambió de modo notable. Isabel y Fernando consideraron que la unidad religiosa debía ser un factor clave en la unidad territorial de sus reinos. La conversión de las minorías hebrea y morisca era la condición para conseguirlo; algunos se bautizaron con convencimiento, otros no y éstos fueron perseguidos por la Inquisición.
En 1478 los Reyes Católicos consiguen del Papa Sixto IV una serie de privilegios en materia religiosa, entre ellos, el nombramiento del Inquisidor General por la monarquía y el control económico del Santo Oficio. Por otra parte, la actitud de los cristianos ante las comunidades judía y morisca en España fue muy variada a lo largo de la Historia. Había judíos asentados en España desde el final del Imperio Romano. Durante la etapa visigoda fueron tolerados y perseguidos en distintas épocas. Algunos reyes castellanos y aragoneses supieron crear condiciones de convivencia pacífica, pero el pueblo llano no miraba con buenos ojos a los hebreos prestamistas (el interés anual legal de los préstamos ascendía al 33%); además se les consideraba, de acuerdo con una actitud muy primaria, culpables de la muerte de Jesucristo. El malestar se transformó a finales del siglo XIV en revueltas y matanzas contra los judíos en el sur y levante español.
Los Reyes Católicos no sentían animadversión personal contra los hebreos (el propio rey Fernando tenía sangre judía por parte de madre) y en su corte se hallaban financieros, consejeros, médicos y artesanos hebreos. Los judíos vivían en barrios especiales (aljamas) y entregaban tributos directamente al rey a cambio de protección. El deseo de unión religiosa y de evitar matanzas populares impulsaron a los Reyes a decretar la expulsión de los judíos españoles (unos 110.000) en marzo de 1492. La alternativa era recibir el bautismo o abandonar los reinos, aunque se preveían consecuencias económicas negativas en los territorios españoles. Sólo unos 10.000 hebreos se adhirieron a la fe cristiana y, entre ellos, bastantes por intereses no religiosos. Entonces surgió el criptojudaísmo, la práctica oculta de la religión de Moisés mientras se mantenía externamente el catolicismo. Contra estos falsos cristianos, como se ha dicho, actuó la Inquisición.
Respecto a los moriscos, unos 350.000 en el siglo XV, la política fue similar. Se intentó de modo más o menos adecuado su conversión tras la toma de Granada, pero al comprobar que su asimilación no era satisfactoria se procedió a la expulsión de los no conversos, tras violentos enfrentamientos, en 1609, bajo el reinado de Felipe III. Durante el siglo XVII aparece con fuerza el fenómeno social de la limpieza de sangre: para acceder a determinados cargos u oficios era necesario ser cristiano viejo, es decir, no tener sangre judía o morisca en los antepasados recientes.
—¿Qué delitos juzgaba el Tribunal de la Inquisición y cuáles eran las penas?
—Inicialmente el tribunal fue creado para frenar la heterodoxia entre los bautizados: las causas más frecuentes eran las de falsos conversos del judaísmo y mahometismo; pronto se añadió el luteranismo con focos en Sevilla y Valladolid; y el alumbradismo, movimiento pseudo-místico. También se consideraban delitos contra la fe, la blasfemia, en la medida que podía reflejar la heterodoxia, y la brujería, como subproducto de religiosidad. Además, se perseguían delitos de carácter moral como la bigamia. Con el tiempo se introdujo el delito de resistencia al Santo Oficio, que trataba de garantizar el trabajo del tribunal.
La pena de muerte en hoguera se aplicaba a hereje contumaz no arrepentido. El resto de los delitos se pagaban con excomunión, confiscación de bienes, multas, cárcel, oraciones y limosnas penitenciales. Las sentencias eran leídas y ejecutadas en público en los denominados autos de fe, instrumento inquisitorial para el control religioso de la población.
Desde el siglo XIII, la Iglesia admitió el uso de la tortura para conseguir la confesión y arrepentimiento de los reos. No hay que olvidar que el tormento era utilizado también en los tribunales civiles; en el de la Inquisición se le dio otra finalidad: el acusado confeso arrepentido tras la tortura se libraba de la muerte, algo que no ocurría en la justicia civil. Las torturas eran terribles sufrimientos físicos que no llegaban a mutilar o matar al acusado.
—Una figura inevitable en la polémica sobre la Inquisición es Torquemada. ¿Es tan fiero el león como lo pintan? ¿Qué hubo en los juicios contra Carranza y Antonio Pérez?
—Fray Tomás de Torquemada fue Inquisidor General entre 1485 y 1496. Gozó de la confianza de los Reyes Católicos. Lo cierto es que no existe todavía una biografía definitiva sobre este importante personaje. Desde luego sentía animadversión hacia los judíos e influyó decisivamente en el decreto de expulsión de 1492, sin embargo no era sanguinario, como cierta leyenda injustificada pretende hacernos creer, aunque sí es obvio que presidió el tribunal en años de intensa actividad . No obstante, redactó una serie de normas y leyes para garantizar el buen funcionamientos del tribunal y evitar abusos.
Carranza era arzobispo de Toledo y Primado de España. Fue acusado injustamente de luteranismo y condenado a la pena capital por la inquisición española; por tratarse de un prelado, la causa se inició con el permiso de Roma y fue revisada por el Papa que no vio motivos proporcionados para tal veredicto. Aunque éste no llegó a aplicarse, Felipe II destituyó a Carranza para subrayar la autonomía del tribunal español respecto a la Santa Sede. Antonio Pérez era secretario del rey y fue acusado de asesinato; como consiguió huir de la justicia de Castilla, la Inquisición le imputó de ciertos cargos para poder detenerlo. El reo salió de España y dio a conocer su caso en las cortes de Francia e Inglaterra. Es un claro ejemplo de utilización política del tribunal por parte del rey, que supo airear oportunamente su antiguo secretario. Por otra parte, los casos de Carranza y Pérez ponen de relieve algo característico del Tribunal de la Inquisición: su poder no hacía distinciones a la hora de acusar a prelados, cortesanos , nobles o ministros; fue, en ese sentido, un tribunal democrático con una jurisdicción sólo inferior a la del Papa.
—¿Cuál fue la actitud del Santo Oficio español ante la brujería?
—En España hubo pocos casos de brujería en comparación al resto de Europa. Fue un fenómeno más destacado entre la población bautizada de los territorios americanos, por el apego a sus ritos y tradiciones seculares. En la Península fueron desgraciadamente famosas las brujas de Zugarramurdi (Navarra) condenadas en 1610. Desde entonces se tuvo en cuenta la acertada observación de un inquisidor, para quien cuanto menos se hablara de ellas, menos casos habría; la Inquisición prefirió considerarlas personas alucinadas o enfermas.
—Otra cuestión espinosa que suscita la Inquisición es el número de víctimas ¿es posible saber cuántas fueron?
La Inquisición tuvo una larga vida en España: se instauró en 1242 y no fue abolida formalmente hasta 1834 durante la regencia de María Cristina. Sin embargo, su actuación más intensa se registra entre 1478 y 1700, es decir, durante el gobierno de los Reyes Católicos y los Austrias. En cierto sentido no se puede calcular el número de personas afectadas por la Inquisición: la migración forzosa de millares de judíos y moriscos; la deshonra familiar que comportaba una acusación del tribunal durante varias generaciones; la obsesión colectiva por la limpieza de sangre, lo hacen imposible.
Respecto al número de ajusticiados no hay datos definitivos porque hasta ahora no se han podido estudiar todas las causas conservadas en archivos. Aunque parciales, son más próximos a la realidad los estudios realizados por los profesores Heningsen y Contreras sobre 50.000 causas abiertas entre 1540 y 1700: concluyen que fueron quemadas 1.346 personas, el 1,9% de los juzgados. Es posible, aunque la cifra no sea definitiva, que los ajusticiados a lo largo de la historia del tribunal fueran unos 5.000. Afortunadamente, el cristianismo, a diferencia de las ideologías, tiene siempre una doctrina buena, cierta y definitiva que le permite rectificar los errores prácticos en los que pueden incurrir algunos de sus miembros: el Evangelio.
(*) Beatriz Comella es licenciada en Geografía e Historia. Imparte seminarios de Historia y Filosofía en el Colegio Mayor Zurbarán de Madrid. Ha publicado, además del libro indicado, un ensayo sobre el caso Galileo; colabora en la Agencia Aceprensa y con artículos de opinión en unos 60 diarios y revistas.
Para profundizar más sobre el tema te invitamos a consultar el libro “ La inquisición” del padre Joseph Blotzer. Para consultarlo sólo da un Click aquí
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Juan Carlos Sack, 19.XII.01
Dos estudios llevados a cabo por un grupo de investigadores acerca del verdadero origen de dos "documentos" calumniosos que se difunden en algunas publicaciones anticatólicas.
El sitio Apologetica.org ofrece dos artículos particularmente interesantes.
Se trata de dos estudios llevados a cabo por un grupo de investigadores acerca del verdadero origen de dos "documentos" calumniosos que se difunden en algunas publicaciones anticatólicas, y que denigran la figura del Papa y de la doctrina de la Iglesia.
En el primer artículo se presenta la investigación realizada sobre la supuesta Taxa Camarae, una bula atribuida al Papa León X (1513-1521) donde el Sumo Pontífice daría los precios que se deben pagar a fin de obtener el perdón de los pecados por los crímenes más aberrantes, precio que se pagará siempre "a las arcas papales".
Dicho "documento" es difundido en la actualidad principalmente por el Sr. Pepe Rodríguez, quien goza en España y en otros países hispanos de un cierto renombre como autor de libros (entre los cuales está "Mentiras Fundamentales de la Iglesia Católica", donde se publica la Taxa), docente, periodista y -según él se autodefine- investigador.
En el trabajo que estamos presentando se publica también la correspondencia epistolar tenida con el Sr. Pepe Rodríguez sobre el asunto, en la cual se muestra lo que podría llamarse la "psicología evolutiva de una leyenda negra". El mismo Sr. Rodríguez se ha visto en la necesidad de publicar en su sitio web las conclusiones de este estudio, aunque sorprendentemente continúa difundiendo el documento como de León X. Otros sitios le siguen haciendo de repetidor en la difusión del fraude. El slogan del Sr. Rodríguez es que la verdad hace libres "y la mentira creyentes"…
En el segundo trabajo de investigación se analiza un supuesto "famoso" discurso del obispo croata Mons. J. J. Strossmayer durante el Concilio Vaticano I (1870) en el cual se ataca de modo brutal la enseñanza de la Iglesia sobre la infalibilidad papal, el primado del obispo de Roma, etc. Dicho discurso aparece como una docta defensa de la doctrina protestante sobre estos temas poniendo en ridículo la doctrina católica.
La investigación hecha sobre este supuesto discurso evidencia de modo definitivo la falsedad del mismo, su verdadero autor, y la verdadera personalidad, doctrina y discursos de este obispo croata, que fue un promotor destacado de la unidad con ortodoxos y protestantes.
En ambos estudios la bibliografía utilizada no deja sombra de duda. Además de arrojar luz sobre el origen histórico de los dos fraudes, sirven para ejercitar un cierto discernimiento a la hora de valorar lo que se publica y se lee.
Apologetica.org brinda también abundante material para profundizar el conocimiento de las doctrinas que ofrecen cierta dificultad y saber así dar razón de nuestra fe.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: cristiandad.org
El género de western invirtió los papeles de "buenos" y malos" hasta presentar como "perversa" la evangelización y colonización americana.
Hasta mediados de los años sesenta los westerns giraban en torno al eje "blanco bueno"/"piel roja malo", exaltando el esfuerzo colonizador de los americanos de los siglos pasados. Las primeras dudas sobre las bondades de los descendientes de los refugiados protestantes de sus perseguidores, también protestantes, de Inglaterra comienzan a modificar el argumento de este género dramático.
Poco a poco, las mutaciones ideológicas fueron cambiando las expresiones culturales y se llegó al extremo directamente opuesto al primero: "piel roja bueno" / "blanco malo". Sólo se agregó un elemento: si antes el "piel roja" era malo porque era un guerrero salvaje e incivilizado que se oponía militarmente a la acción civilizadora del hombre blanco, ahora el hombre blanco es malo (malísimo) por su perversidad y es su civilización es repudiable. Es mil veces preferible, dice la moraleja de las producciones posteriores, la vida casi animal de estos "buenos salvajes" a la vida socialmente civilizada occidental. "Danza con lobos" es un muy buen ejemplo de este fenómeno.
Esto supone dos consideraciones: la visión "tribalista" como propuesta social y la leyenda negra de la colonización americana. En esta ocasión nos concentraremos en la segunda.
El problema, por lo tanto, comienza en el momento que este nuevo paradigma genera un pensamiento social "políticamente correcto", que acepta esta visión como correcta y rechaza cualquier otra versión de los hechos. El temor a "romper" el consenso logrado por la voz unísona de los medios de comunicación reafirma la grosera manipulación de la verdad que trabajamos en este espacio.
Hasta la segunda guerra mundial, quienquiera que criticase la gesta de patriotismo "blanco" del coronel George. A. Custer, mártir de la civilización anglosajona, quedaba automáticamente "excomulgado" de la sociedad norteamericana. Hoy en día, esta pena de muerte recaería sobre quien llegase a hablar mal de Toro Sentado y los sioux que aquella mañana del 25 de junio de 1786, en Little Big Horn, acabaron cruentamente con las vidas de Custer y todo el Séptimo de Caballería.
Guerra psicológica
Cuando en el siglo XVI las protestantes Gran Bretaña y Holanda se arrojaron a la conquista marítima, la católica España resultaba ser su rival en predominio de océanos.
Odiándola por motivos políticos, económicos y religiosos, comenzaron a forjar una guerra psicológica muy ácida y duradera. Sus servicios de propaganda dieron inicio a una campaña de calumnias contra la conquista española. Aquí nace la "leyenda negra" de la conquista hispana.
Hoy por hoy, como con todo lo que no está de moda en el mundo moderno, esta leyenda es retomada por los tradicionales enemigos de la iglesia y por un importante grupo de "católicos" revolucionarios, quienes reclaman grito en cuello contra las celebraciones por los cinco siglos del descubrimiento de América y en estos días por el aniversario de Brasil.
Se suman, inadvertidamente o no, a la larga campaña de sloganes que la Europa y América protestante lanza contra la Europa y América católica. Frases cliché que acusan de lo que ellos mismos cometieron y que no ocurrió del lado de la Cruz de Cristo.
Hoy son sus mismos historiadores – nada sospechosos de ser simpatizantes de catolicismo o de España - escriben con el historiador calvinista Pierre Chaunu: "La leyenda antihispánica en su versión americana en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado un saludable papel de válvula de escape.
La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica"
Visión objetiva
Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas.
Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"
Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.
Estas "buenas almas" finen ignorar que los imperios maya y azteca estaban cimentados en la violencia y se mantenían gracias a una sanguinaria opresión que ejercían como pueblos invasores sobre los habitantes anteriores sometidos a esclavitud.
Preguntas obvias
A los agitadores opuestos al hecho de la colonización se les puede dirigir una pregunta directa y apabulladora: ¿cómo explicar las increíbles victorias de un puñado de españoles contra miles de guerreros fuertes, bien alimentados y conocedores de los secretos de los accidentados y riesgosos terrenos? ¿Cómo explican estos triunfos que no se basaron ni en los escasos y pocos prácticos arcabuces ni en los escasísimos cañones inutilizados a menudo por la humedad y las lluvias ininterrumpidas ni en los caballos que se anegaban en los pantanos y ni podían ser lanzados a la carga en las tupidas selvas conquistadas?
Los revolucionarios responderán con su acostumbrado silencio y continuarán repitiendo sus sloganes favoritos. Pero lo cierto es que estos éxitos se debieron sobre todo – en su aspecto humano – al universal apoyo de los indígenas oprimidos por los aztecas, mayas e incas. De hecho, los españoles fueron recibidos mucho más como liberadores que como usurpadores.
Preguntemos otra vez a los "iluminados" enemigos de la conquista: ¿cómo fue posible que en más de tres siglos de dominio hispánico no se produjesen revueltas contra los dominadores de la Corona católica, a pesar que era numéricamente muy inferiores y de que por este simple hecho estaban permanentemente expuestos al riesgo de ser eliminados de la tierra que conquistaban.
¿Ignoran acaso estos pretendidos historiadores y críticos que en los cincuenta primeros años de colonización, desde 1509 hasta 1559, es decir, el período que va desde la conquista de Florida hasta el Estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a las Indias Occidentales fueron, por año y para toda América, poco más de quinientos? Si. Exactamente 27.787 en 500 años.
Los mismos puritanos ingleses, que veían, según su interpretación bíblica, a los indígenas no como hermanos sino como animales o hijos de Satanás, no son esa "raza limpia" anglosajona como pretenden sus xenófobos propagandistas, sino britanos. Éstos, a su vez, fueron sometidos primero por los romanos y luego por los bárbaros germanos – precisamente por los anglos y los sajones – que exterminaron cruentamente a buena parte de los indígenas y a la otra la obligaron a huir hacia las costas de Galia donde, después de expulsar violentamente a los habitantes originarios, crearon lo que se denominó Bretaña. Por lo demás, ninguna de las grandes civilizaciones, ni la egipcia, ni la romana, ni la griega ni la judía, se crearon sin las correspondientes invasiones y consiguientes expulsiones de los habitantes anteriores.
Por lo tanto aplicar este juicio a la conquista europea de las Américas sin considerar la enseñanza y evidencia de la historia nos obliga a denunciar esa utopía moralista a la que le gustaría una historia llena de reverencias, buenas maneras y de "faltaba más, pase usted primero"
Aún aceptando esto, debemos declarar, con los historiadores contemporáneos, que una conquista es algo perfectamente natural y que, por lo tanto, es lícito establecer comparaciones entre los procesos. Y la católica brilla con luz propia en la historia.
El historiador Jean Dumont escribe: "Si, por desgracia España (y Portugal) se hubiera pasado a la reforma, se hubiera vuelto puritana y hubiera aplicado los mismos principios que América del Norte ("lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás"), un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas "reservas" de México a Tierra del Fuego, los turistas sacarían fotos a los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones "bíblicas"."
Las cifras cantan: mientras los pieles rojas que sobreviven en Norteamérica son unos cuantos miles, en la América ex española y ex portuguesa, la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y (sobretodo en Brasil) con africanos.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Álvaro de Maoturna | Fuente: Arvo.net
¿Dónde nació el mito de la "leyenda negra de la Iglesia"?
La leyenda negra es, a la vez, anticatólica y antiespañola.
Se generó y se desarrolló en Inglaterra y Francia: primera y principalmente en Inglaterra, en el curso de la lucha entre España y la Inglaterra de los Tudor.
El antihispanismo llegó a ser parte integral del pensamiento inglés.
Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia española, y difundieron por Europa la idea de que España era la sede de la ignorancia y el fanatismo, incapaz de ocupar un puesto en el concierto de las naciones modernas.
Tal idea se generalizó por la Europa secularizada y petulante del oscurantismo ³ilustrado² y enciclopedista, señalando a la Iglesia como causa principal de semejante ³degradación² cultural española.
Esta idea se difundió después por todo el ámbito anglosajón y naturalmente entre los yanquis.
El buen historiador norteamericano William S. Maltby, entre algunos otros, en su bien documentado libro titulado "La Leyenda Negra en Inglaterra" (1982), dice esto: "Como muchos norteamericanos, yo había absorbido el antihispanismo en películas y literaturas populares, mucho antes de que este prejuicio fuese contrastado desde un punto de vista distinto en las obras de historiadores serios, lo cual fue para mí toda una sorpresa; y cuando llegué a conocer las obras de los hispanistas, mi curiosidad no tuvo límites. Los hispanistas han atribuido, desde hace mucho tiempo, este prejuicio y sentimiento mundial antiespañol a las tergiversaciones de los hechos históricos, cometidas por los enemigos de España".
Los cínicos agentes panfletistas de la leyenda negra -cínicos por cuanto acusan a España de vilezas y crímenes que sólo ellos cometieron- y sus respectivos pueblos que asimilaron borreguilmente el fanatismo antiespañol, en particular el mundo anglosajón, no sólo tergiversaron la Historia española y la grandeza de la empresa española en América, sino que a la vez silenciaron sus propios sistemas coloniales que, del siglo XVII al XIX, exterminaron casi por completo a los aborígenes de Norteamérica y sometieron a tantos pueblos africanos, asiáticos y oceánicos a una casi total esclavitud.
Silencian la permanencia actual de las razas aborígenes en los países colonizados por España, así como el intenso mestizaje que desmiente toda mentalidad racista. Y también, naturalmente, silencian que las intervenciones pontificias en defensa de los indígenas obedecieron a peticiones de la Corona española que, ya con anterioridad, había dictado normas humanitarias como esa gloria jurídica de España que son las leyes de Indias y el Derecho de Gentes.
Hay ahora una caterva de pseudo intelectuales dóciles a las viles corrientes ideológicas que hoy se venden, que quisieron generar una extraña sensación de mala conciencia, de recuerdo molesto, como de historia vergonzante. Intención más torcida aún, es la que pretende borrar cualquier huella de Dios en este muy noble y bellísimo acontecimiento realizado por los españoles...
Todos los Papas han tenido menciones muy honoríficas para la singular acción evangelizadora y civilizadora de España en el mundo. Nuestro Papa actual, Juan Pablo II, ha insistido muy reiteradamente en esta hermosa realidad; y en su visita a España en Santiago de Compostela, el 19 de agosto de 1989, ha destacado con gran amor y claridad la enorme proyección espiritual y cultural positiva del Concilio III de Toledo, y entre otras cosas dijo: «En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo». Y en su despedida en Covadonga afirmó: «Agradecemos a la Divina Providencia, a través del corazón de la Madre de Covadonga, por este gran bien de la identidad española, de la fidelidad de este gran pueblo a su misión. Deseamos para vosotros, queridos hijos e hijas de esta gran Madre, para España entera, una perseverancia en esta misión que la Providencia os ha confiado».
Cabe otra consideración, altamente significativa, sobre la leyenda negra. Sólo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante; ¿por qué? Sólo existe una posible respuesta. La importancia española en el mundo llegó a ser enorme durante los siglos XVI al XVIII. Su influencia cultural, política y militar fue universal y benéfica para el Orbe porque todas sus acciones estuvieron inspiradas y movidas por la doctrina y el espíritu católico. Pero después triunfó la herejía y el error en gran parte del mundo económicamente fuerte de Occidente, con su espíritu protestante y racionalista. Y fue naturalmente este mundo triunfante del error y del antihumanismo el autor del prejuicio mundial, injusto e inicuo, que se llama leyenda negra, la cual es sólo y a la vez anticatólica y antiespañola. No existe en cambio leyenda negra enemiga de las potencias protestantes. Este hecho tiene una significación decisiva para cualquier mente honrada que pretenda valorar con justicia los hechos históricos de las naciones.
No existiría leyenda negra si España no hubiera sido tan importante en el mundo, o si hubiera traicionado la Verdad como lo hicieron las demás potencias, en lugar de servirla heroicamente como España lo hizo. Fue justamente en el ambiente protestante donde se generó la llamada leyenda negra, que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al Descubrimiento. «Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar sólo negativamente la historia de la Iglesia en este continente» (Juan Pablo II en Santo Domingo).
La leyenda negra, con una valoración de los hechos no iluminada por la fe, ha dejado un ambiente de absurdo sentimiento de culpa en algunos españoles, que se manifiesta en un querer desvirtuar la grandiosa empresa en sus motivos esenciales de evangelización y civilización, en la pérdida de la perspectiva general de la obra, con la consiguiente trivialización de los méritos individuales y colectivos, y en la falta de valoración de la hondura y anchura de las conversiones. Querría esto decir que nos se ha captado lo que es Hispanoamérica. Por disposición de la Providencia Divina, los pueblos que fueron conquistados, al convertirse a la fe y recibir la cultura cristiana en lengua de Castilla, no se conservaron como tales pueblos primitivos, sino que dieron lugar a la nación hispanoamericana, que es heredera de ellos tanto como lo es de España. Para esta empresa ha tenido Juan Pablo II el más reciente aliento, en ese «¡Gracias,España!, porque la parcela más numerosa de la Iglesia de hoy, cuando se dirige a Dios, lo hace en español.» Y entre las mil cosas grandes, dio vida a las Universidades más antiguas del continente americano.
Casi todos los Papas han hecho, en algún momento, un gran elogio de la epopeya y de la gloriosa misión realizada por España en América. Pío XII fue el más infatigable debelador de las calumnias que arrojara contra España el mito de la leyenda negra. De su pluma salieron 129 textos acerca del «espíritu universal y católico de la gran epopeya misionera (...). La epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y lo evangelizó para Cristo». Se ha dicho que la calumnia entra como ingrediente necesario en toda gloria verdadera. Y él mismo fue uno de los Pontífices más calumniados de la Historia.
No menos sectarios y falsos son los juicios que la historiografía protestante, marxista y masónica ha hecho con frecuencia sobre la Inquisición española. La Inquisición medieval fue creada por Gregorio XI en 1231, con motivo de las grandes herejías que vinieron a turbar la paz religiosa de la Cristiandad. El Derecho entonces vigente contenía leyes severísimas contra los herejes... La Inquisición española salvó muchas vidas de judíos españoles de las matanzas de que éstos eran objeto en su tiempo. Fue el más humano de los tribunales de su época y evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. Es de tener también presente que el más rico y asombroso despliegue doctrinal y literario que se conoce en la Historia -el Siglo de Oro español, o la Edad de Oro como la llama Menéndez Pelayo porque duró casi dos siglos- coincidió con la existencia de la Inquisición, la cual no supuso ningún freno para el genio creador español. En muchos aspectos esenciales, la Inquisición significó un auténtico progreso social.
Es indudable que la Inquisición eclesiástica cometió abusos en todo el mundo y, sobre todo, que provocó un clima de suspicacias que hizo sufrir a muchos inocentes, incluso a santos canonizados luego por la Iglesia. Pero es imposible formular un juicio que pretenda ser mínimamente equitativo, si no se acierta a entender lo que significaba la defensa de la fe, en una sociedad donde la verdad religiosa se tenía por supremo valor. No olvidemos que en Ginebra -La Meca del protestantismo-, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, el español Miguel Servet. Y es que la Verdad cristiana, salvadora del hombre, se tenía entonces por el máximo bien; y la herejía, que podía perder a los hombres y a los pueblos, como el peor de los crímenes. Esto le cuesta comprenderlo al hombre moderno, a quien no chocará, en cambio, que la protección de la salud sea actualmente preocupación primordial de la autoridad pública y justifique no pocas molestias y restricciones.
Pues el hombre religioso europeo puso en la lucha contra la herejía el mismo apasionado interés que el hombre moderno pone en la lucha contra el cáncer, la contaminación, o en la defensa de la salud física o la democracia. esto, a la vez que asesina a millones de seres humanos inocentes no nacidos.
Las investigaciones verdaderamente científicas, y cada vez más decantadas de españoles y extranjeros, se pronuncian hoy con veredicto unánime y favorable a la labor positiva y magnánima de España en el mundo, a la vez que se apagan, con las luces puras de la verdad, los últimos vestigios del mito de la leyenda negra antiespañola, que fue alimentada durante mucho tiempo por la mentira y el odio.