5. Leyendas negras de ayer, hoy y mañana

Autor: Alejandro Rodríguez de la Peña | Fuente: arvo 

¿Simple crítica de errores cometidos por miembros de la Iglesia.

Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.

La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación sólo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones.

Y es que la descalificación global de esta institución religiosa a largo de toda su historia compromete seriamente ante la opinión pública su legitimidad social y moral de cara al futuro. Un fenómeno reciente como la polvareda social levantada por la novela El Código Da Vinci resulta ser un magnífico ejemplo del peligro que la manipulación de la historia de la Iglesia entraña para su acción pastoral actual.

Los ataques, desde antiguo

En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. En efecto, podemos encontrar diatribas furibundas contra el cristianismo católico por parte de autores paganos grecorromanos (Celso, Zósimo, Juliano el Apóstata…), de los diferentes heresiarcas medievales y de los polemistas judíos y musulmanes. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.

Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.

El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.

En los prejuicios difundidos sobre la historia de la Iglesia se observan dos elementos básicos y, en no pocas ocasiones, íntimamente entremezclados: la visión de la Iglesia medieval y moderna como una institución oscurantista, reaccionaria y enemiga de todo progreso intelectual o social; y su caricaturización como una fuerza represiva e intolerante, enemiga de los derechos humanos y promotora de las Cruzadas y la Inquisición.

Se suele afirmar, por ejemplo, que las Cruzadas fueron guerras de agresión provocadas contra un mundo musulmán pacífico. Esta afirmación es completamente errónea. Ahora mismo tenemos en nuestras pantallas una película, El reino de los cielos, bastante proclive a esta angelización de los musulmanes del medievo. Pero lo cierto es que, desde los mismos tiempos de Mahoma, los musulmanes habían intentado conquistar el mundo cristiano. E incluso habían obtenido éxitos notables.

Tras varios siglos de continuas conquistas, los ejércitos musulmanes dominaban todo el norte de África, Oriente Medio, Asia Menor y gran parte de España. En otras palabras, a finales del siglo XI, las fuerzas islámicas habían conquistado dos terceras partes del mundo cristiano: Palestina, la tierra de Jesucristo; Egipto, donde nace el cristianismo monástico; Asia Menor, donde san Pablo había plantado las semillas de las primeras comunidades cristianas… Estos lugares no estaban en la periferia de la cristiandad, sino que eran su verdadero centro.

¡Así se escribe la Historia!

Otro lugar común de la leyenda negra anticatólica es –no podía ser de otro modo– la acción de la Inquisición en la Edad Media y la Moderna. Por ejemplo, todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo Galilei, casi siempre de modo deformado, ya que no se suele explicar que el sabio italiano apenas sufrió otro castigo que un cómodo arresto domiciliario en un palacio cardenalicio.

Por el contrario, son pocos los colegiales que saben que Antoine Lavoisier, uno de los fundadores de la Química, fue guillotinado a causa de sus ideas políticas, por un tribunal durante el Terror jacobino, al grito de ¡La Revolución no necesita científicos! No olvidemos tampoco que, en Ginebra –la Meca del protestantismo–, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, nuestro compatriota Miguel Servet.

El científico aragonés fue tan sólo una de las quinientas víctimas de diez años de intolerancia calvinista en una ciudad con apenas diez mil habitantes. Con esta proporción brutal de represaliados, la Inquisición española habría debido quemar ¡un millón de personas cada siglo! –en realidad, fueron tres mil en trescientos años–. Aun así, Torquemada ha pasado al argot popular como sinónimo de intolerancia, y Calvino es ponderado por muchos como uno de los padres de las democracias liberales del norte de Europa.

Un ejemplo reciente de cómo la leyenda negra ha cobrado nuevos bríos últimamente lo hallamos en el ya mencionado Código Da Vinci. Su autor, Dan Brown, deja caer que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas (p. 158), cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000, a lo sumo, para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante, y no de la católica).

Esto conecta con el ominoso concepto de Gendercide (genocidio de las mujeres), que han acuñado el feminismo y el lesbianismo radicales en las universidades norteamericanas. Esto es, la criminalización de la Iglesia católica, que cargaría con una mancha histórica tan negra como el Holocausto nazi. De la misma forma que el nazismo ha quedado desacreditado para siempre jamás por su ejecutoria asesina contra los judíos, la Iglesia carecería de toda legitimidad como institución por su pasado criminal en relación a las mujeres. Barbaridades como ésta se leen y se escuchan en algunos departamentos de Gender studies de los Estados Unidos.

No en vano, el Código Da Vinci se basa en una serie de absurdas creencias neo-gnósticas y feministas que entran en oposición directa no sólo con el cristianismo, sino con la Historia académica tal y como es enseñada en todas las universidades respetables del mundo. Mucho se ha hablado de la inverosímil hipótesis de Dan Brown de que Cristo y María Magdalena estaban casados y tuvieron descendencia, pero eso sólo es la punta de un iceberg de disparates. Convenientemente camufladas tras la atractiva trama narrativa propia de un thriller policíaco, el autor va deslizando aquí y allá ideas propias de una cosmovisión que enseña que el cristianismo es una mentira violenta y sangrienta, que la Iglesia católica es una institución siniestra y misógina, y que la verdad es, en última instancia, creación y producto de cada persona.

La realidad, como es

Volviendo al espinoso asunto de la Inquisición, si queremos ser rigurosos, hay que señalar que el Santo Oficio era un tribunal dedicado a investigar si entre los católicos había herejes, un tema gravísimo entonces, al que ahora no se da importancia porque las sociedades no son confesionales. Pero es que entonces las disputas teológicas daban lugar a guerras y conmociones sin cuento (las guerras de religión en Europa provocaron un millón de muertos entre 1517 y 1648). Por consiguiente, la Inquisición era un instrumento básico para el mantenimiento de la paz en un reino. Por otro lado, un hecho no suficientemente conocido es que la Inquisición no tenía jurisdicción alguna sobre los no bautizados. Por tanto, ni judíos ni musulmanes podían ser juzgados, detenidos o acosados por la Inquisición.

Ciertamente, el Santo Oficio usaba el tormento como todos los tribunales de la época, pero generalmente con mayores garantías procesales, ya que se realizaba siempre en presencia del notario, los jueces y un médico, y sin que se pudieran causar al reo mutilaciones, quebrantamiento de huesos, derramamiento de sangre ni lesiones irreparables.

Finalmente, hay que llamar la atención sobre el hecho de que la mayoría de las penas eran de tipo canónico, como oraciones o penitencias. Las condenas a muerte fueron rarísimas, y sólo en casos muy graves sin arrepentimiento, pues si había arrepentimiento había indulgencia con el reo. Como ya se ha dicho, en sus tres siglos de historia, la Inquisición ajustició a unos 3.000 reos (de un total de 200.000 procesados).

Esta cifra, con ser alta, representa tan sólo la décima parte de los asesinados en Francia por el régimen del Terror jacobino en el periodo 1792-1795. Es decir, en tan sólo tres años, los hijos de la Ilustración iluminista habían multiplicado por diez las víctimas fruto de trescientos años de actuación de la Inquisición católica.

¿Y quien se atreve hoy en día a mentarle este hecho a un defensor de la democracia liberal, cuyos fundamentos mismos sentó la Revolución Francesa? ¿Porqué, entonces, tenemos los católicos que aguantar día sí día también que algunos sectarios nos recuerdan la Inquisición cada vez que nos identificamos como hijos de la Santa Madre Iglesia?

  • Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, profesor de Historia Medieval, de la Universidad San Pablo-CEU y Secretario Nacional de Jóvenes de la Asociación Católica de Propagandistas.

4. El evangelio de Judas y las «nuevas» revelaciones sobre Jesús

Autor: Mayra Novelo

El 9 de abril del 2006, National Geographic estrenó un documental sobre «El Evangelio prohibido de Judas», preguntándose si esta nueva revelación no pondría en tela de juicio las creencias cristianas en general y a la Iglesia católica en particular.

Este manuscrito, formado por 13 planchas de papiro antiquísimo (26 páginas), fue encontrado en el año 1978 en Egipto, a orillas del río Nilo en la zona de Al-Minya, pero fue pasando por varias manos, hasta que se hizo público el pasado 6 de abril en Washington.

El manuscrito fue sacado ilegalmente de Egipto y permaneció durante casi 20 años guardado en un banco de Long Island, en Nueva York, sin que se advirtiera la importancia del hallazgo, hasta que en el 2002, una fundación suiza lo compró y financió la restauración del mismo. La organización quiso venderlo a varios museos, pero por su salida ilegal no pudo hacerlo y decidió hacer un acuerdo con la National Geographic para su divulgación internacional, y así llega hasta nosotros.

¿Cuál es su origen?

Hay importantes datos que pasan inadvertidos para muchos «especialistas» que nos hablan de la «nueva revelación». Y es que, este hallazgo es una traducción copta del siglo IV d.C., de un original anterior escrito en griego entre el 180 y el 190 d.C. O sea que el original es de finales del siglo II y también sabemos que no es cristiano, sino un escrito de sectas gnósticas, cuyas doctrinas saltan a la vista en el texto.

El mismo Ireneo de Lyon lo menciona en su obra Adversus Haereses (s. II), atribuyendo este «evangelio de Judas» a la secta gnóstica de los cainitas (A.H. 1,31,1). En el siglo II en esas zonas rendían culto a Caín (el primer asesino) y también a la Serpiente (Ofitas).

Stephen Emmel, profesor de paleografía copta de la Universidad de Münster y estudioso del manuscrito, afirmó que una vez analizado, será enviado al museo de El Cairo en Egipto en forma permanente.

Este manuscrito es muy importante para la historia de las religiones, como fue el resto de los escritos gnósticos hallados en Nag Hammadi en 1945 y probablemente sea uno de los tantos que se extravió en aquel primer hallazgo de textos gnósticos en Egipto. Vale mucho más para la historia de la teología y para conocer el gnosticismo del siglo II que para revelar algún secreto sobre el cristianismo primitivo o sobre Jesús de Nazareth.

Entenderlo como un documento sobre verdades cristianas, es tan ingenuo como si dentro de 2000 años encontraran el Código Da Vinci o un libro de la delirante «Metafísica Cristiana New Age» de Conny Méndez y se dijera que eran textos cristianos porque hablan de Jesús y buscaran encontrar en ellos lo que creían los católicos del año 2006. Estarían muy lejos de la realidad.

Además el género literario parece que no lo tienen en cuenta, lo quieren leer como si estuviera escrito al estilo de la historia moderna y el texto tiene casi 1800 años. ¿Ingenuidad o rentabilidad?

El «boom» de los Evangelios Apócrifos

En los últimos años ha resurgido un gran interés por documentos antiguos y por la literatura apócrifa, y mucho de ello se debe a una búsqueda ingenua de querer encontrar en estos escritos algunas verdades misteriosas que las iglesias habrían ocultado por miedo a que alguien descubriera «la verdad sobre Jesús» o que «la Iglesia se derrumbe en sus creencias».

Muchos piensan que porque se llamen «evangelios» y aparezca el nombre de un «apóstol» ya eso acreditaría su autenticidad. Pero esto es por falta de información histórica al respecto.

A todo el mundo le gusta que le cuenten la versión «no oficial» o «no autorizada» de los hechos. Lo «no dicho», lo oculto, aunque sea inexistente, suena interesante y atractivo. Lo misterioso y extraño tiene mayor público que los buenos libros de historia, como sucede con los divagues de Dan Brown y sus novelas pseudohistóricas.

Muchos han afirmado que el estreno mundial del documental sobre «Judas» en el comienzo de la Semana Santa y a un mes del estreno del Código Da Vinci, sea una estrategia sensacionalista de marketing. Y es probable.

Distinguiendo un poco

Los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, son los aceptados por el cristianismo (no solo por católicos, sino por todas las iglesias cristianas) como fuente cierta y segura de revelación desde comienzos del siglo II hasta hoy y se les llama canónicos.

En cambio se llaman apócrifos — a veces peyorativamente- a los considerados como ajenos a la tradición cristiana. Sin embargo el término apócrifo ( apokrypto: oculto) fue usado por los mismos autores de estos textos «ocultos», dando a entender su perfil esotérico, reservado a una elite de iniciados en sus misteriosas doctrinas. No se les llamó ocultos por estar escondidos, sino por su origen esotérico y luego se hizo costumbre identificar apócrifo con no canónico, no inspirado, etc.

Los cuatro evangelios canónicos (que son regla de fe para los cristianos, y son considerados como inspirados) de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, fueron escritos entre el año 50 y el 95 según los estudios más recientes. Estos escritos pertenecen a las comunidades cristianas de los primeros testigos y tienen un origen apostólico y eran de uso generalizado (católico=universal) en los primeros siglos de la era cristiana. No fueron cambiados ni corregidos, y esto lo sabemos porque se dispone de gran cantidad de copias y traducciones hechas en la antigüedad.

También se poseen escritos de autores de los primeros siglos que citan y comentan estos textos, lo cual nos permite comparar y ver la fidelidad en la trasmisión hasta nuestros días. No sería posible ocultar algo que fue dado a conocer desde el principio. Además, el criterio de canonicidad tiene que ver con el serio conocimiento del origen de tal o cual evangelio como vinculado directa y realmente a un Apóstol o discípulo del mismo, acreditado a su vez por las otras comunidades cristianas que servían de referentes por estar conectadas también con un origen apostólico.

En el Concilio de Trento (s. XVI) se define dogmáticamente el canon actual de la Biblia, pero ya desde el siglo IV hay elencos completos de los libros canónicos (Concilio de Cartago, 397), y el decreto Gelasiano del Sínodo de Roma, 383, es el primer documento romano autorizado con la lista completa del canon. Ya a finales del siglo II, Ireneo de Lyon defiende la canonicidad de los cuatro evangelios canónicos frente a las sectas gnósticas. Por lo tanto, ya en los comienzos de la Iglesia, los cuatro evangelios canónicos y las cartas de san Pablo ya eran considerados como auténticamente inspirados y de autoridad apostólica.

En la época del Canon Muratoriano[1] - que data aproximadamente del 190 DC- el reconocimiento de los cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo.

En torno al Antiguo Testamento, en el siglo XVI la «reforma protestante» en una deseada vueltas a las fuentes acepta el canon de la Biblia hebrea, que no contiene algunos libros que si tiene la traducción griega (LXX), que era la que se usaba en la primitiva comunidad apostólica. Si bien la Biblia católica incluye 7 libros más del Antiguo Testamento en comparación con las protestantes, en torno al Nuevo Testamento todas las tradiciones cristianas siempre se mantuvieron los 27 libros canónicos que hoy conocemos.

Obviamente que los textos gnósticos, por no ser cristianos nunca formaron parte de la lista de libros revelados y auténticos entre los cristianos de todos los tiempos.

No hay nada oculto

Por otra parte, existen otros escritos posteriores, escritos entre el s. II y el IV, los cuales tienen por autores a miembros de distintas sectas gnósticas de la antigüedad y de otros grupos pseudocristianos, cuyos textos fueron llamados también «evangelios» y bajo pseudoepígrafes de Apóstoles —sin conexión histórica con los mismos-, como: «Tomás», «Pedro, «María Magdalena», «Santiago», «Felipe», «Andrés», «Judas», etc.

¿Qué quiere decir esto? Que usaban el nombre de un apóstol para darle mayor autoridad a esos textos tardíos, y no tenían ninguna relación con las comunidades apostólicas. Y obviamente no fueron escritos por los apóstoles que murieron en el siglo I.

Estos textos fueron rechazados por las comunidades cristianas desde sus comienzos, ya que sus contenidos además de ser bastante fantasiosos sobre la vida de Jesús (acomodados a las doctrinas gnósticas y esotéricas con un Jesús lejano al histórico) eran irreconciliables con lo transmitido oralmente y por escrito en las primeras comunidades cristianas. Sólo unos pocos escritos apócrifos judeocristianos —algunos contaminados de gnosticismo— influyeron en la liturgia, en historias populares, y en el arte, pero nunca entraron en el canon. Aunque se los llame ocultos (apócrifos), no están escondidos en ninguna parte, ya que se pueden adquirir, hace ya varios años, en cualquier librería que tenga textos religiosos.

Y los originales tampoco están en algún lugar secreto del Vaticano —como afirma la película Estigma-, sino en diferentes museos, como el evangelio apócrifo «de Tomás», que está en el Museo de El Cairo (Egipto) desde su hallazgo en 1945. Cualquiera los puede leer, pero la Iglesia nunca los aceptará como regla de fe, ya que estos no fueron aceptados desde el principio y no son fuente de revelación para el cristianismo, sencillamente porque no transmiten la fe de los Apóstoles, sino un Jesús reinventado por las sectas gnósticas y esotéricas que mezclaban doctrinas de religiones orientales con la fe de la Iglesia primitiva y elementos de la literatura apocalíptica judía (apócrifa).

Sencillamente no son evangelios cristianos, aunque se llamen «evangelios», ni tienen por autor a ningún apóstol o sucesor directo del mismo. No es como muchos creen que en la época postapostólica andaban cientos de evangelios circulando entre las comunidades. Porque todos estos textos apòcrifos son muy posteriores.

Los Primeros Cristianos y los Evangelios

En la tradición cristiana existen también textos primitivos, de autores de gran importancia, que no fueron rechazados y se usaron para la enseñanza. Sin embargo no entraron en el canon y son poco conocidos. Muchos de ellos nos muestran interesantes datos sobre el cristianismo primitivo, sus celebraciones, sus creencias y enseñanzas, y no por ello se los integró al canon de la Biblia, ni tampoco se los escondió en ningún lado (Didakhé o Enseñanza de los Apóstoles, Pastor de Hermas, Carta de Bernabé, 1ª Clemente (96 d.C), etc.)

Si leemos a un gran escritor sirio de la antigüedad como Taciano (110 -?), quien en el siglo II escribió el Diatessaron[2] (una vida de Jesús que mezcla los evangelios que conocía), constataremos al leerlo, que sus únicas fuentes son los cuatro evangelios que hoy llamamos canónicos y algunos escritos no canónicos de origen judeocristiano. En sus escritos, la humanidad y divinidad de Cristo, así como su mensaje, están tal cual los conocemos por la tradición cristiana. Y eso que Taciano fue excomulgado por hereje por pasarse al gnosticismo de los marcionitas, llegando a liderar una secta conocida como encratitas.

Siendo el Diatessaron la historia más antigua que se conoce sobre Jesús y de un autor no ortodoxo, está apoyada fundamentalmente en los Evangelios auténticamente apostólicos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Es importante resaltar, contra nuestra curiosidad por el género biográfico, que los evangelistas no quisieron escribir una biografía de Jesús, no fue ésta su intención. Ellos entregaban a sus comunidades la verdad del acontecimiento Jesucristo como fundamento de su fe, el testimonio de lo vivido y la enseñanza concerniente a la salvación. Su objetivo no fue hacer un documental, sino testimoniar y transmitir lo recibido fielmente. Como acertadamente escribe Jesús Álvarez M: «La fe de los evangelistas no inventa los hechos. Les busca el sentido y los interpreta. La misma fe les obligaba a la más estricta fidelidad a los hechos. Incluso llegaron a morir por ella».
Con razón decía Pascal: «Creo de buen grado las historias de cuyos testigos se dejan degollar».

Conclusión: La iglesia no ocultó ningún evangelio, simplemente descartó desde sus orígenes aquellos escritos que no tenían origen apostólico y cuyas historias fantásticas contrastaban con los textos más antiguos. Los verdaderos evangelios para el cristianismo son los que encontramos en la Biblia (Marcos, Mateo, Lucas y Juan), son los más antiguos y no fueron modificados.

Quiénes eran los gnósticos y qué creían

Para comprender el origen y la doctrina de estos textos tardíos conocidos como «evangelios gnósticos» encontrados en Nag Hammadi (Egipto), es necesario introducirnos brevemente en el movimiento que les dio origen, y así comprender el rechazo cristiano por estos textos, como su no vinculación con el Jesús histórico.

El gnosticismo (gnosis: conocimiento) es un movimiento espiritual pre-cristiano fruto del sincretismo de elementos iranios con otros mesopotámicos, de escuelas filosóficas griegas como el platonismo y el pitagorismo, y de la tradición apocalíptica judía. «Estalla públicamente a mediados del siglo II como una tendencia poderosa e identificable con numerosos maestros, diversidad de escuelas y amplia expansión (Palestina, Siria, Arabia, Egipto, Italia y la Galia)» (García Bazán). Se caracterizan por buscar la salvación a través del conocimiento reservado a unos pocos y por un marcado dualismo cosmológico y antropológico. No buscaban un conocimiento de tipo intelectual, sino espiritual e intuitivo, a saber: el descubrimiento de la propia naturaleza divina, eterna, escondida y encerrada en la cárcel del cuerpo y la psique. Un conocimiento reservado a una élite de hombres «espirituales».

Con el nacimiento del cristianismo, tomará contacto con éste y dará lugar a una larga lista de sectas que mezclaban elementos gnósticos y cristianos, confundiendo a las mismas comunidades cristianas (como hoy pasa con la literatura New Age).

Los llamados «Evangelios Gnósticos» encontrados en Nag Hammadi y el de Judas son producto de estas sectas, que son posteriores a la época apostólica y no tienen un origen verdaderamente cristiano, de ahí que no se los reconozca como auténticos evangelios. Sin embargo son un importante hallazgo para conocer el gnosticismo de esa época.

El gnosticismo antiguo, aunque no era homogéneo en sus doctrinas, tenía un importante desprecio por el mundo material y por el cuerpo.
Los gnósticos creían que el mundo material en el que vivimos es una catástrofe cósmica y que de alguna manera, chispas de la divinidad han caído, quedando atrapadas en la materia y necesitan escapar y volver a su origen. El escape de la materia lo logran cuando adquieren conciencia cabal de su situación y de su origen divino, este conocimiento es la «gnosis». Por lo tanto la única forma de salvación no es por obra de Dios, sino por la adquisición de la propia conciencia de tener en sí la «chispa divina». Muchas de estas doctrinas como una «autosalvación», «autodivinización», reencarnación, cierto panteísmo, y la diferenciación entre Jesús y Cristo como realidades separadas, vuelven a aparecer en los movimientos new agers como la Metafísica Cristiana de Conny Mendez, Los Ishayas, y las modernas sectas gnósticas y esotéricas. Una realidad que a muchos cristianos les pasa desapercibido, debido al uso de un confuso lenguaje esotérico con barniz cristiano, por parte de estos grupos.

Es preciso resaltar que las creencias gnósticas son fuertemente anticristianas y niegan la encarnación del Verbo, la muerte y resurrección de Jesús, además de tener una pesimista visión del mundo. Es gracias al testimonio de muchos escritos cristianos contra los gnósticos que conocemos muchas de sus creencias. Los dogmas proclamados por el cristianismo primitivo se fijaron para salvar la fe original de la contaminación de ideas gnósticas que comenzaron a proliferar en el mundo helenístico y dentro del imperio romano entre los siglos II al V d.C.

Estas sectas y creencias gnósticas son los autores de los llamados «evangelios gnósticos» con los que algunos se ilusionan en encontrar algo más original que lo que sabemos de Jesús, pero para su decepción estos textos no son cristianos, y son muy posteriores a los cuatro que la Iglesia aceptó como auténticos.

Eso sí, muchos gnósticos —al igual que algunas sectas de hoy- se autoproclamaban los «verdaderos cristianos», de ahí la confusión de muchos ante el estratégico uso de la terminología cristiana con contenidos y sentidos ajenos a la revelación bíblica.

Tampoco es cierto que el gnosticismo fuera un cristianismo marginal, sino que existía una mutua desacreditación como dos religiones enemigas. No solo los cristianos rechazaban a los gnósticos por tergiversar el mensaje y la vida de Jesús con doctrinas orientales y filosofías extrañas, sino que los gnósticos también rechazaban y atacaban a los cristianos ortodoxos por considerarlos seres inferiores espiritualmente. El ataque era mutuo, solo que el gnosticismo por su naturaleza sincretista de mezclar elementos de cualquier religión, asimilaba lo cristiano a su manera y da impresión de tolerante. Alcanza con leer los mutuos ataques doctrinales de aquella época. El mismo historiador Paul Johnson escribe: «Los grupos gnósticos se apoderaron de fragmentos del cristianismo, pero tendieron a desprenderlos de sus orígenes históricos.

Estaban helenizándolo, del mismo modo que helenizaron otros cultos orientales (a menudo amalgamando los resultados)…» Pablo luchó esforzadamente contra el gnosticismo pues advirtió que podía devorar al cristianismo y destruirlo. En Corinto conoció a cristianos cultos que había reducido a Jesús a un mito. Entre los colosenses halló a cristianos que adoraban a espíritus y ángeles intermedios. Era difícil combatir al gnosticismo porque, a semejanza de la hidra, tenía muchas cabezas y siempre estaba cambiando. Por supuesto, todas las sectas tenían sus propios códigos y en general se odiaban unas a otras. En algunas confluían la cosmogonía de Platón con la historia de Adán y Eva, y se la interpretaba de diferentes modos: así, los ofitas veneraban a las serpientes… y maldecían a Jesús en su liturgia…» (Historia del cristianismo)

Es un anacronismo imaginar que los gnósticos eran tolerantes y pluralistas por ser sincretistas, sino que eran dogmáticos en su propia doctrina.

Una mirada al manuscrito gnóstico de «Judas»

En el evangelio gnóstico de Judas, Jesús le dice que será el encargado de liberarlo de su cuerpo, con un claro desprecio del mismo y marcando la identidad de Jesús como un ser puramente espiritual, revestido provisoriamente de materia. En estas referencias se hace explícita la mentalidad gnóstica contra el cuerpo y la consecuente negación de la salvación en el sentido cristiano original.

En los versículos se observa claramente la tendencia al elitismo del conocimiento gnóstico por parte del protagonista (Judas) y el pesimismo en la visión del mundo.

Judas no habría sido el traidor que vendió a Jesús por 30 monedas de plata, sino el discípulo privilegiado al que encarga la misión más difícil, sacrificarlo, para ayudar a su esencia divina a escapar de la prisión del cuerpo y elevarse al espacio celestial (cosmovisión gnóstica). Esos conceptos de «esencia divina» y la visión del cuerpo como un simple «traje» no es bíblica, y por lo tanto tampoco cristiana, más bien nos recuerda al neoplatonismo. La misma doctrina gnóstica al leerse parece muy confusa.
«Cuando apareció Jesús en la tierra hizo milagros y grandes maravillas… A menudo no se le aparecía a sus discípulos como él mismo, sino como un niño».

…Cuando se acercó a ellos y los vio dando gracias por el pan y se rió… No están haciendo esto por propia voluntad sino porque es a través de esto que su dios será alabado…

…Dejen que cualquiera de ustedes sea lo suficientemente fuerte entre los humanos manifieste al hombre perfecto y se pare frente a mi cara. Ellos dijeron: «Tenemos la fuerza» pero sus espíritus no se atrevieron a pararse frente a él, excepto Judas Iscariote.

El se puso delante de Jesús, pero no pudo mirarlo a los ojos y dio vuelta su cara. Le dijo «yo sé quién eres y de donde vienes. Tu vienes del reino inmortal de Barbelo. Y yo no soy digno de pronunciar el nombre de quien te ha enviado».

Jesús le dijo: «Apártate de los demás y te contaré los misterios del reino. Es posible que lo alcances, pero deberás asumir un gran trato».
«Judas levantó sus ojos y vio la nube luminosa y entró en ella. Los que estaban en el suelo escucharon una voz desde la nube…»

«Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos. En los últimos días maldecirán tu ascensión a la [generación] bendita».

«Por ti se sacrificará el hombre que me reviste»
«Y fueron a Judas y le dijeron: "¿Qué haces aquí? Tú eres discípulo de Jesús». Judas les respondió como ellos deseaban. Y recibió algo de dinero y les entregó a Jesús.

Si leemos los «evangelios» gnósticos de María, de Felipe y de Judas, veremos que esos textos siempre posicionan a su apóstol de cabecera como el receptor privilegiado de las revelaciones gnósticas que traería Jesús. En el caso de Judas es clara una preferencia de Jesús por contarle cosas en secreto y le advierte de la oposición de los otros apóstoles.

Cuestiones de sentido común

La Iglesia tuvo que fijar algunas de las creencias fundamentales de la fe primitiva (dogmas) debido a la confusión que armaron los escritos gnósticos en muchos cristianos. Los dogmas no modifican lo que se cree antes, sino que formula la fe de modo claro y explícito en un lenguaje que todos entiendan y no en afirmaciones ambiguas que dan lugar a cualquier interpretación que aleje de la fe original de los apóstoles. Servían para aclarar al pueblo creyente cuál es la verdadera fe cristiana, en que creyeron siempre los discípulos de Jesús y para no dejarse confundir por nuevas doctrinas extrañas al Evangelio que quieran acomodar a Jesús a sus caprichos.

Como sucede ahora con el movimiento New Age, el libro de Urantia, Sixto Paz con sus telenovelas cósmicas, J.J. Benitez con su caballo de Troya, los seguidores del Da Vinci Code y las supuestas nuevas revelaciones extraterrestres sobre Jesús como las del estigmatizado Giorgio Bongiovanni, donde la fantasía que llena curiosidades siempre quiere ser la versión oculta —esotérica- de la historia. A la hora del delirio las nuevas versiones de la gnosis se ponen de moda y tienen bastante público entre aquellos que están ávidos de cosas misteriosas y extrañas.

Hace falta que los cristianos se formen mejor en lo concerniente a su fe y de manera especial en las Sagradas Escrituras. Lo ideal es no quedarse con la catequesis de niños como si fuera un tratado de teología y seguir leyendo la Biblia como si fuera un cuentito o en forma literal y fundamentalista como algunas sectas. Si alguien quiere saber sobre la fe cristiana no debería apelar a lo que aprendió de niño como un cuento, sino ahondar madura y profundamente en su fe, ya sea porque su propia fe se lo exige, ya sea para conocer seriamente una religión que no es un cuento de hadas, que se caerá con un hallazgo arqueológico.

La Biblia no cayó del cielo, es la Palabra de Dios en palabras humanas, producto de un pueblo y de comunidades creyentes. Y sin la fe y el conocimiento que sólo esa comunidad tiene, ¿puede interpretar bien alguien que desconozca la tradición interpretativa de esos textos?
La misma Biblia advierte: «Ante todo tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios» (2 Pe 1,20).

¿Puedo leer de cualquier manera algo que no conozco ni su historia, ni su contexto, ni su origen, ni su sentido original, pretendiendo que sea más legítima mi interpretación subjetiva que quien de verdad conoce todas las puntas del tema?

Como dijera un antiguo proverbio: «La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia».
¡No hay nada que esconder!

La mayoría de las sectas esotéricas y los autores e intelectuales vinculados al ocultismo están convencidos de que el cristianismo tiene «secretos» de contenido religioso que no revela, como si existiese un esoterismo cristiano y les fascina el tema de los evangelios apócrifos y mejor si esta mal manejado y lleno de fantasías insostenibles. Y la verdad es que nunca existió, ni existe tal realidad, en cuanto verdades doctrinales ocultas que solo una élite cristiana conoce. Eso es una ilusión de algunos, pero que no pocos alimentan.

El punto de partida de la fe cristiana es la aceptación de lo que Dios ha revelado y no de lo que oculta. El cristiano cree que en Cristo, Dios ha revelado todo lo necesario para la salvación de la humanidad. El cristianismo es una religión exotérica, hacia fuera, universal y no esotérica, porque no oculta nada. Jesucristo mismo envía a todos sus apóstoles a dar a conocer todo lo que él les ha enseñado (Mateo 28,20ss).

La Biblia no es un libro de literatura fantástica, pero tampoco un libro de Historia Universal con biografías de la historiografía moderna, ni tampoco un libro de ciencia. Lo único que les importaba a los autores de los textos sagrados es lo concerniente a la revelación de Dios y la salvación, pero no les interesaba hacer una enciclopedia.

Debido a la crisis cultural en la que estamos viviendo, está aconteciendo una nueva emergencia gnóstica y esotérica, de ahí el éxito de toda literatura que se vincule a estas temáticas y el sensacionalismo que se genera con hallazgos con el de este texto gnóstico. Es una pena que pocos conozcan la verdadera historia, tal vez no quieran saberla porque sus mágicas fantasías caerían al suelo demasiado rápido.

El Gran Complot: ¿conspiración de 2000 años?

A raíz de la literatura esotérica, los apócrifos y novelas como el Código Da Vinci, no son pocos los que se unen al cultural prejuicio anticatólico y afirman que la Iglesia conspiró para ocultar estos textos a lo largo de la historia. Pero, con un poco de sentido común vemos que todos los cristianos (un quinto de la humanidad), tanto católicos, como ortodoxos, el protestantismo histórico, anglicanos, bautistas, metodistas, evangélicos y pentecostales, coinciden en los 4 evangelios canónicos del Nuevo Testamento como fuentes fieles de revelación, en la divinidad de Cristo, en la resurrección, y en la mayoría de las verdades fundamentales de la fe cristiana, transmitida por los Apóstoles y sus sucesores.

Sería tonto pensar que la Iglesia católica oculta cosas, y que el resto del cristianismo permanece ingenuo y acrítico ante la verdad sobre Jesucristo y los Evangelios. Esto obligaría a pensar en una conspiración de todo el cristianismo mundial a lo largo de 2000 años —no solo de católicos- por ocultar tantas cosas sobre Jesús. Es insostenible algo así. ¿Nadie se dio cuenta antes de un engaño tan grande?

Y si Judas no hubiese existido, o su historia fuera otra, nada hubiera cambiado para el cristianismo, porque es algo muy secundario. El problema es que la información cultural sobre el catolicismo en la opinión pública es demasiado superflua y pobre.

¿Ignorancia religiosa?

A nadie le es ajeno el dato de la extendida y creciente ignorancia en materia de cultura religiosa en nuestro país. No tenemos mucha idea de la historia de las religiones, de los símbolos religiosos, del arte religioso, de las distintas mitologías, de los libros sagrados, etc. La existencia o no de Dios es un tema aparte, pero la religión es un hecho humano específico e innegable, que debe ser estudiado desde las diversas disciplinas académicas. Y Uruguay, en comparación con otros países del mundo renguea en lo que a cultura religiosa se refiere.

Esto nos deja vulnerables frente a cualquier discurso o interpretación sobre temas religiosos descontextualizados, donde hoy proliferan cientos de libros y revistas, sectas, cursos y conferencias, sobre temas que uno no sabe si se trata de religiosidad o ciencia ficción, y no siempre se tiene herramientas académicas para discernir adecuadamente. Si la gran masa de lectores que se acercan a novelas como «El Código Da Vinci» tuvieran un acceso posible y serio a la historia del cristianismo, no hubiera tenido tanta trascendencia, porque su pretensión de veracidad es insostenible.

Creemos que la enseñanza seria, objetiva, laica, de las distintas religiones en la historia de la humanidad y del presente, tarde o temprano tendrán que incluirse en los programas curriculares de enseñanza, de lo contrario seguiremos siendo incapaces de discernir entre lo real y lo fantástico, incapaces de reconocer una tontería con halo de sabiduría de una verdad histórica.

Las sensacionalistas interpretaciones sobre el tema de los textos apócrifos está siempre pronta para los ávidos clientes de novedades sin mucho fundamento.

Conclusión

Finalmente, lo que se puede encontrar en el Evangelio de Judas y en los textos gnósticos de Nag Hammadi son cuestiones de mayor interés para los eruditos de la investigación histórica y arqueológica sobre el gnosticismo antiguo, que para el público en general, que apenas comprende la cosmovisión gnóstica como para poder interpretar esos textos, y menos aún si se dieran cuenta que no aporta nada sobre el Jesús histórico y su mensaje.

El hallazgo es un valioso aporte a la investigación histórica y al conocimiento del gnosticismo antiguo, pero ni sobre Jesús, ni sobre Judas encontraremos algo nuevo, porque obviamente se trata de un texto gnóstico tardío.


[1] Este documento, una lista canónica de origen romano, nos ha llegado en un manuscrito latino del s. VIII, ha recibido el nombre "de Muratori" por el bibliotecario milanés que lo descubrió en el siglo XVIII.

[2] TACIANO, La más antigua vida de Jesús: Diatessaron (siglo II), Edibesa, Madrid, 1999. El original fue descubierto en Dura-Europos en 1933, pero lo conocíamos por citas de Eusebio de Cesarea, San Jerónimo y San Efrén, entre otros.

Miguel Ángel Pastorino
Miembro de la Comisión Nacional de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso de la Conferencia Episcopal Uruguaya, miembro fundador RIES, y fundador del SEAS

3. Leyenda: El Papa Viste de Prada

Autor: Sara Martín | Fuente: Religión en Libertad

Esta y otras mentiras que se van convirtiendo en leyenda negra de nuestros tiempos…

Uno de las leyendas negras de nuestros días tiene como protagonista a S.S. Benedicto XVI, y todo comenzó pocos meses después del inicio de su pontificado, primero fue el diario británico The Independent y la posta la tomó en Italia el periódico La Repubblica: se aseguraba categóricamente que el Papa lleva «gafas de sol de diseño moderno y juvenil, con cristales amplios y envolventes, particularmente durante las audiencias soleadas, […] y un par de mocasines rojos diseñados por Prada, una de las firmas de moda más exclusivas». Aunque, eso sí, después reconocen: «La casa de diseño no lo ha confirmado».

Esto desencadenó un efecto dominó ya que esta noticia sin fundamento fue reproducida en los noticieros de televisión, periódicos y sitios en Internet… así, una mentira que se repite mil veces parecía convertirse en verdad; centenares de personas alimentadas en la atmósfera más anticlerical fueron «creando» la leyenda a través de los años: el Papa viste de Prada, es decir, vive en el lujo, es servido y venerado en el mundo, mientras que la gente se muere de hambre en África. En 2008, elOsservatore Romano trató de negarlo, obteniendo escasos resultados por desgracia. El mismo parco resultado tuvo el nuevo intento de la Agencia Ansa dos años después.

La persona que está detrás de los zapatos

Recientemente se ha retornado al tema gracias a una página de Facebook dedicada al Pontífice. ¿Y cuál es la verdad que se esconde detrás de todas las mentiras? Es Adriano Stefanelli, de profesión sastre en la ciudad de Novara, quien confecciona los zapatos rojos del Papa. El color rojo, indica el sastre, es signo de la sangre del martirio, y son parte de la vestimenta del Papa desde la Edad Media. Él los regala porque, explica él mismo: «A veces la pasión paga más que el dinero».

Sus relaciones con el Vaticano, comenzaron en 2003 cuando Stefanelli, viendo en la televisión el Via Crucis, vio a Juan Pablo II inestable y con sufrimiento, y decidió confeccionarle un par de zapatos más cómodos. Y posiblemente sí que lo sean, porque desde entonces ha continuado confeccionándolos también para Benedicto XVI.

¿Y qué pasa si los zapatos se estropean? ¿Se tiran y se hacen otros nuevos? Por supuesto que no. Se envían a Antonio Arellano, un peruano que tiene su taller de reparación a pocos pasos del Vaticano. Por supuesto, por un precio.

«Ratzinger venía personalmente cuando aún no había sido elegido Papa. Después, obviamente los zapatos los traen sus colaboradores. Son zapatos negros o rojos, a menudo con rasguños o consumidos por la punta», explica Arellano. «Aún así», —precisa el artesano sonriendo—, «al Papa se le trata como a todos los clientes. No acepta ningún favoritismo y paga como los demás». Está «orgulloso» de encargarse de los zapatos de un cliente tan ilustre, que siempre le hace llegar una carta con su agradecimiento por la óptima reparación: «Pero son cosas privadas y siempre lo serán», asegura para terminar con la curiosidad. «También las monjitas de Wotjyla me traían los zapatos del Papa polaco para repararlos», reconoce.

¿Y ese anillo de oro?

Otro de los temas más habituales en cuanto al vestuario del Papa se refiere es el del anillo de oro que lleva. Un anillo, dicen los anticlericales, que vale miles de millones de euros y que, si se vendiera, «se alimentaría a toda África». ¿Quién no ha escuchado esta frase alguna vez? Y sin embargo, es oro puro, tiene el tamaño y, por lo tanto, el valor comercial de las alianzas de boda y se utiliza para sellar todos los documentos oficiales expedidos por el Papa. Por no mencionar que, cuando muere el Papa, se rompe con un pequeño martillo de plata, se funde y se reutiliza para el próximo Papa. Así que, técnicamente, ha sido siempre el mismo anillo durante siglos.

La Iglesia no se querella

Las conclusiones obvias de toda la maquinaria de anti propaganda articulada contra la Iglesia utilizando la excusa de los zapatos son del propio artículo del grupo de Facebook "Papa Benedetto XVI" (grupo en lengua italiana) : «Disparar contra la Iglesia es tan fácil como hacerlo contra la Cruz Roja. La Iglesia, cuando responde, lo hace simplemente con palabras. No va más allá, no trasciende, no se querella, no denuncia. Por tanto, no sólo no se arriesga nada atacando a la Iglesia, sino que además te conviertes en parte de los "emancipados", de los "librepensadores"», asegura Giacomo Diana (autor del artículo), y prosigue diciendo:

«La gran mayoría de los católicos están mal informados, apáticos en su fe, casi más dispuestos a creer al primer anticlerical que pasa por la calle que a su Pontífice. Y de entre los católicos que conocen la verdad, la mayoría de las veces callan, o hablan con un hilillo de voz para no parecer intolerantes, para no contradecir el pensamiento dominante».

«Este engaño de los zapatos de Prada» -concluye el excelente artículo-, es una de las muchas demostraciones de cómo la mentalidad actual es dirigida por lugares comunes, tópicos falsos y dañinos, y cómo aquellos que se creen informados e independientes, de hecho, están impulsados por las mentiras del anticlericalismo o son esclavos de su misma ideología».

Benedicto XVI ha pasado toda su existencia en las bibliotecas, entre libros, escribiendo y leyendo. Es juzgado por un sinfín de intelectuales como una de las mentes más cultas y brillantes del mundo moderno, no sólo de la historia de la Iglesia. Sólo hay que pensar en la atea y anticlerical Oriana Fallaci que tanto le quería («ese hombre», -decía-, «que me hace sentir menos sola con sus libros…») y que, al morir, quiso legarle toda su biblioteca personal. «Pensadlo», invita Giacomo Diana: «Una célebre escritora atea que deja en herencia al Papa lo que ella más quería en el mundo: los libros.

¿Qué quiere decir esto? Que es bastante triste y deprimente que a un Papa de tal estatura intelectual no se le pueda más que tocar las narices con los zapatos y, cotilleándole maliciosamente, inventar mentiras letales que se extienden como si fueran una verdad indiscutible, imponiendo la imagen grotesca de un fashionista entrado en años para un pontífice anciano enamorado de la cultura y de la fe católica, que se pasa el día entero en la oración, la lectura y la escritura, como lo demuestra la gran cantidad de libros que ha escrito».

2. Difunden en Internet un rumor para desprestigiar al Papa Francisco

Autor: Elentir | Fuente: InfoCatolica.com  

Gracias a las redes sociales este rumor se ha propagado rapidamente.

Jorge Mario Bergoglio aún no había cumplido sus primeras 24 horas como Papa y la ultraizquierda ya estaba aplicando contra él la sucia táctica propagandística del «miente, que algo queda», en concreto unas falsas declaraciones atribuidas al entonces arzobispo de Buenos Aires en 2007, de las que sólo hay un rastro en la red anterior al día previo a su elección.

Un rumor aparecido hace 6 años en una web y sin ningún eco hasta ahora

Según el rumor Monseñor Bergoglio habría dicho que «las mujeres son naturalmente ineptas para ejercer cargos políticos». Estas falsas declaraciones fueron publicadas en Yahoo Respuestas por un internauta argentino que firma como «Bumper Crop (falta mucho)». Ese usuario publicó lo que parecía una noticia de la agencia oficial argentina Télam, pero sin enlazar la fuente.

La supuesta noticia incluía afirmaciones atribuidas al arzobispo y cargadas de desprecio hacia las mujeres, y terminaba así: «Las organizaciones de derechos humanos y movimientos feministas no hicieron esperar su respuesta.» Sin embargo, en el texto no se indicaba en qué consistió esa respuesta.

Un exhaustivo rastreo en Google demuestra que antes del 13 de marzo de 2013 no hay ni rastro de esas declaraciones en la red, salvo en el citado enlace del foro Yahoo Respuestas.

Si los medios argentinos hubiesen publicado un cable de la agencia oficial Télam conteniendo unas declaraciones abiertamente misóginas de un arzobispo, no pocos medios de izquierda argentinos, foros, blogs, etc., se habrían hecho eco de ellas y habrían montado un escándalo.

Pero nada: ni rastro antes del día de ayer, que es cuando se produce la rápida y masiva difusión del rumor.

De hecho, en la web de la agencia Télam tampoco hay ni rastro de esas declaraciones.

Grupos ateos y de ultraizquierda difunden el rumor ocultando la fuente

A pesar de la falta de contraste, y sin enlazar la citada página de Yahoo Respuestas, una organización atea mexicana difundió el pasado 14 de marzo esas falsas declaraciones en Facebook, extendiéndolas entre sus 18.000 seguidores y logrando en 13 horas que el banner que las contiene sea compartido casi 11.000 veces.

La difusión de esta mentira logró hoy un empuje cuando el diario costarricense El País se hizo eco del rumor internetero sin haberlo contrastarlo, saltándose la más elemental ética periodística y limitándose a decir que se trataba de «un cable atribuido a la agencia estatal argentina de noticias, Telam», que circulaba por Internet.

Izquierda Unida ayuda a propagar el rumor en Twitter

En Twitter las falsas declaraciones empezaron a difundirse de forma paralela a lo que ocurría en Facebook. Los pocos tuiteos que incluyen algún enlace se remiten a blogs como fuentes de esa «noticia». El primer tuiteo citando las supuestas declaraciones y también sin enlazar la fuente lo publicó un izquierdista argentino a la 1:58 de la madrugada hora peninsular española. Esta mañana tuiteaba el rumor el área de la mujer de Izquierda Unida, también sin enlazar ni concretar fuente alguna.

El uso de rumores para atacar a la Iglesia: llueve sobre mojado

Obvia decir que el de hoy no es el primer rumor que se hace circular para desprestigiar a la Iglesia Católica. El año pasado se difundió otro rumor sobre la Iglesia y la fábrica de armas Beretta, que desmonté paso a paso aquí. Hace un mes medios italianos de izquierdas hicieron circular otro rumor revelando el supuesto contenido de un informe interno eclesial. Esta vez el propio autor del rumor se encargó de reconocer su falsedad.

Estos rumores no sólo dejan en evidencia la falta de escrúpulos de sus autores a la hora de atacar a la Iglesia Católica. Además, la rápida propagación de estas mentiras entre medios izquierdistas y laicistas demuestra que algunos están dispuestos a tragarse cualquier patraña que alimente su odio contra los católicos.

1. Jorge Bergoglio y la dictadura argentina

Autor:  Xavier Villalta 

Varios referentes de la defensa de los derechos humanos han negado la participación de Bergoglio en los hechos ocurridos durante la dictadura.

Aún la Iglesia no terminaba de recibir con alegría la noticia de quien era su nuevo Papa y ya surgían voces queriendo desprestigiar la trayectoria del Cardenal Jorge Bergoglio, esta leyenda negra en ciernes debe ser desmentida antes de que crezca, y para ello tomaremos los testimonios de personalidades argentinas, algunas incluso contrarias a la Iglesia Católica, pero que no tienen reparo alguno en indicarnos lo que conocen sobre el tema.

Los Testimonios

Alicia Oliveira, ex jueza y luego defensora del pueblo de la ciudad de Buenos Aires testifica que "puedo dar fe de que él estuvo siempre a favor de los más necesitados, durante la dictadura no estaba a favor de todo eso, inclusive ayudó a mucha gente a salir del país, que se diga eso de él es una infamia… Una vez había un joven que no podía salir porque estaba muy marcado. Pero era parecido a él. Le dio su cédula y su clergyman para que pueda escapar".

Sobre el caso de Franz Jalics y Orlando Yorio, sacerdotes jesuitas secuestrados durante la dictadura, Alicia Oliveira indica que "Jorge (Bergoglio) les repitió que se tenían que ir porque los militares los iban a buscar, ellos no le hicieron caso. Luego hizo lo imposible para buscarlos".

Sobre este mismo tema la Senadora Graciela Fernández Meijide, ex integrante de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) indica "No tengo ningún dato que lo relacione con una cuestión de colaboración con la dictadura… yo estuve todos los años de la dictadura en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y recibí cientos de testimonios, en ningún momento se nombró a Bergoglio. Después, en la CONADEP, lo mismo. Nadie lo mencionó ni como instigador ni como nada".

El premio Nobel de la Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, conocido activista de los derechos humanos, también negó que el nuevo Papa, tuviera vínculos con la dictadura militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. En declaraciones a BBC Mundo, Pérez Esquivel dijo que "hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura, pero Bergoglio no… sé personalmente que muchos obispos pedían a la junta militar la liberación de prisioneros y sacerdotes y no se les concedía… no hay ningún vínculo que lo relacione con la dictadura".

Y si estos testimonios no bastan, veamos lo que el P. Franz Jalics publicó en la página web de la Compañía de Jesús en Alemania (donde vive ahora):

"Mientras vivía en Argentina, junto con otro jesuita, Orlando Yorio, los militares nos detuvieron, pero la causa no fue una denuncia de Bergoglio, sino la detención de uno de sus colaboradores laicos".

Los militares descubrieron por su medio su relación con los jesuitas, quienes fueron detenidos e interrogados "durante cinco días". El oficial encargado reconoció su inocencia y les prometió la libertad. "A pesar de esto, de forma para nosotros inexplicable, nos mantuvieron en prisión durante cinco meses, atados y con los ojos vendados" en una de las prisiones clandestinas del régimen. El religioso en ningún momento acusa a Bergoglio.

Él explica que tras su liberación se fue de Argentina y no tuvo la ocasión de hablar con el provincial de los jesuitas, el padre Bergoglio. Ahora bien, años después, pudo hacerlo, cuando el superior jesuita ya era arzobispo de Buenos Aires.

Jalics explica que en esa visita ambos pudieron conversar sobre lo que había sucedido. "A continuación, celebramos la Misa en público y nos abrazamos de forma solemne. Estoy reconciliado y doy los hechos por cerrados", concluye el jesuita.

En el año 2010, Bergoglio fue llamado a testimoniar por estos hechos, pero Jalics se negó a presentarse ante el tribunal, pues no consideraba culpable a Bergoglio.

Por su parte, la Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung, ha publicado dos cartas dirigidas a la familia Jalics, firmadas por el actual Papa en 1976, en las que afirmaba que estaba haciendo todo lo posible por la liberación del religioso.

En la primera, escrita casi toda en latín, que lleva fecha del 15 de septiembre de 1976, puede leerse: "He tomado muchas iniciativas para llegar a la liberación de su hermano, hasta ahora no hemos tenido éxito".

"Pero no he perdido la esperanza de que su hermano será pronto liberado. He decidido que la cuestión es tarea mía".

Aludiendo a sus disensiones con Jalics, Bergoglio prosigue: "Las dificultades que su hermano y yo hemos tenido entre nosotros sobre la vida religiosa no tienen nada que ver con la situación actual".

Después, en alemán, afirma: "Ferenke es para mí un hermano". "Tengo amor cristiano por su hermano y haré todo cuanto pueda para que vuelva libre".

Como explica el 18 de marzo el diario italiano "La Repubblica", "eran tiempos duros: el entonces padre general de los jesuitas, Pedro Arrupe, había condenado la vita in borgata de los dos sacerdotes, pidiéndoles que se fueran o que salieran de la orden. De ahí surgieron las diferencias de posición sobre la vida religiosa a las que aludía Bergoglio".

El día después de su liberación, Bergoglio escribió al hermano de Jalics una segunda carta. "La falsa noticia, según la cual Francisco había sido asesinado, se nos refirió también a nosotros, pero nunca la quise creer, pues tenía informaciones sobre ambos sacerdotes. A menudo la gente habla demasiado en lugar de contribuir a encontrar soluciones".

Esperamos con esta información sirva para cortar de raíz una leyenda negra que está queriendo surgir.

Fuentes periodísticas: Publico.es; Perfil.com; Clarin.com; Aleteia.org

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