por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: Christian | Fuente: apologia21.com
La Biblia frecuentemente habla de la paternidad espiritual y los católicos lo reconocemos y seguimos con la costumbre de llamar a los sacerdotes “padres”.
Poniendo el problema en contexto
Mientras Paul y Sandra y sus hijos estaban saliendo de la iglesia un domingo después de Misa, ellos se pararon para decir hola al sacerdote:
“Gracias por la homilía, Padre Ryan,” dijo Paul. “Fue muy convincente”.
“Gracias,” contestó el Padre con una sonrisa, “Estoy contento que la encontraste benéfica.”
“Cambiando de tema, Padre”, Sandra se aventuró a preguntar al padre, “nosotros quisiéramos saber si usted estaría libre para venir a nuestro hogar y reunirse con nosotros en la cena esta semana.”
El Padre sonrió, “Claro que sí. ¡Eso sería grandioso! Gracias.” Y establecieron un día antes de irse.
Nada acerca de este encuentro parecería raro para un católico, pero muchos protestantes se horrorizan con eso. Muchos claman que cuando los católicos se refieren al sacerdote como “padre”, muestran que la Iglesia está en contra de la Biblia, porque Jesús lo prohibió: “No llamen a ningún hombre su padre en la tierra, porque ustedes tienen un Padre, quien está en el cielo” (Mat. 23:9).
En sus ensayo 10 Razones por las que no soy Católico Romano, el escritor anti-católico y fundamentalista Donald Maconaghie cita este pasaje como soporte para su acusación de que “el papado es una farsa.”
Bill Jackson, otro fundamentalista que dirige una organización anticatólica de tiempo completo, dice en su libro, La Guía Cristiana Hacia el Catolicismo Romano, que un “estudio de Mateo 23:9 revela que Jesús estaba hablando acerca de ser llamado padre como un título de superioridad religiosa…[la cual es] la base de la jerarquía [Católica]” (p. 53).
¿Como debemos los católicos responder a estas acusaciones?
Para entender el porque la acusación no es válida, uno primero debe comprender que el uso de la palabra “padre” en referencia a nuestros padres terrenales. No habría nadie que no permitiera a una niña la oportunidad de decirle a alguien que ella quiere a su padre. El sentido común nos dice que Jesús no estaba prohibiendo este tipo de uso de la palabra “padre”.
De hecho, para prohibirlo habría que quitarle a la palabra “Padre” su significado cuando se aplica a Dios, porque no habría mas la contraparte para la analogía de la divina Paternidad. El concepto de el rol de Dios como Padre no tendría significado si destruimos el concepto de la paternidad terrena.
Pero en la Biblia el concepto de paternidad no está restringido a solo nuestros padres terrenales y Dios. Es usada para referir a gente diferente de los padres biológicos o legales, y es usado como un signo de respeto con los cuales nosotros tenemos una relación especial.
Por ejemplo, José le dice a sus hermanos acerca de un especial relación fraternal que Dios le ha dado a el con el rey de Egipto: “Así que no eras tú quien me mandó aquí, sino Dios; y el me ha hecho a mi un padre para el Faraón, y señor de toda su casa y el que gobierna toda la tierra de Egipto” (Gén. 45:8).
Job indica que el tuvo un papel de paternidad con los menos afortunados: “Yo era un padre de los pobres, y busqué la causa de el a quien yo no conocía” (Job 29:16). Y Dios mismo declara que el dará un rol de paternidad a Eliakim, el guardián de la casa de David: “En aquel día yo llamé a mi sirviente Eliakim, el hijo de Hilkiah…y yo los vestiré a el con una túnica, y le ceñiré un cinturón en el, y le otrogaré…autoridad a su mano; y el deberá ser un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá” (Isaías 22:20)
Este tipo de paternidad no solamente aplica a aquellos quienes son sabios consejeros (como José) o benefactores (como Job) o ambos (como Eliakim), también aplica a aquellos quienes tienen un relación espiritual fraterna con uno. Por ejemplo, Elisha replica, “Mi padre, mi padre!” a Ellijah mientras la carta es llevada al cielo en un remolino (2 Reyes. 2:12). Después, Elisha mismo es llamado padre por el rey de Israel (2 Reyes. 6:21).
¿Un cambio con el Nuevo Testamento?
Algunos fundamentalistas debaten que este uso cambió con el Nuevo Testamento--que mientras que pudo haber sido permisible llamar a cierto hombres “padre” en el Antiguo Testamento, desde el tiempo de Cristo, no es ya permitido. Este argumento falla por varias razones.
Primero, como hemos visto, es imperativo “no llamar padre a un hombre” no aplica al padre biológico de uno. También no excluye llamar a los ancestros de uno “padre”, como se muestra en Hechos 7:2, donde Esteban se refiere a “nuestro padre Abram,” o en Romanos 9:10, donde Pablo habla de “nuestro padre Isaac.”
Segundo, hay numerosos ejemplos en el Nuevo Testamento de el término “padre” de ser usado como una forma de dirigirse y referirse, aún para hombres quienes no son padres biológicos relacionados con el locutor. Hay, de hecho, bastantes usos de “padre” en el Nuevo Testamento, que la interpretación fundamentalista de Mateo 23 (y la objeción a los católicos sobre llamar a los sacerdotes “padre”) debe estar equivocada, como lo veremos.
Tercero, un análisis cuidadoso de el contexto de Mateo 23 muestra que Jesús no intentó que sus palabras fueran entendidas literalmente. El pasaje completo versa así, “Pero no serán llamados ‘rabino,’ porque ustedes tienen un maestro, y ustedes son todos hermanos. Y no llamen a ningún hombre su padre en la tierra, porque ustedes tienen un Padre, quien esta en el cielo. Ninguno será llamado ‘maestro,’ porque ustedes tienen un maestro, el Cristo (Mat. 23:8).
El primer problema es que aún que Jesús parecía prohibir el uso del término “maestro”, Cristo mismo designó ciertos hombres para ser maestros en su Iglesia (“Vayan entonces y hagan discípulos de todas la naciones…)
Los fundamentalistas mismos se equivocan en este punto llamando a todo tipo de personas “Doctor,” por ejemplo en el caso de doctores, así como también profesores y científicos, quienes tienen grados de Ph.D. (ejemplo, doctorados). En lo que ellos se equivocan es que “doctor” es simplemente la palabra en latín para “maestro”.
¿Entonces qué es lo que quería decir Jesús?
Jesús criticado por los líderes judíos quienes amaban “el lugar de honor en los festejos y los mejores asientos en la sinagogas y los saludos en los mercados, y ser llamados ‘rabinos’ por los hombres (Mat. 23:6).
El estaba haciendo una hipérbole (exageración para ir al grano) para mostrar a los escribas y fariseos que pecadores y orgullosos eran por no parecer humildes a Dios como el origen de toda la autoridad y fraternidad y enseñanza, y que en vez se pusieren ellos mismos como la última autoridad, figuras paternales, y maestros.
Cristo usó hipérboles frecuentemente, por ejemplo cuando el declaró, “Si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo; es mejor que tu pierdas uno de tus miembros que entrar entero en el infierno” (Mat. 5:28, cf. 18:9, Marcos 9:47).
Cristo ciertamente no intentó que esto fuera aplicado literalmente, porque de otra manera todos los cristianos estaríamos privados de la vista! (cf. 1 Jn 1:8; 1 Tim 1:15). Nosotros todos estamos sujetos a los apetitos de la carne y a los apetitos de la vista y al orgullo en la vida” (1 Jn 2:16).
Usando palabras fuertes como frecuentemente hacía, Jesús condenó el mal uso de la autoridad mas que el uso de ciertos términos de posición. Haciendo referencia al término “padre”, Jesús está prohibiéndonos cualquier relación de fraternidad humana con la Fraternidad espiritual que solo Dios tiene.
Nosotros debemos no olvidar que somos sujetos de la autoridad de Dios-El es nuestro Maestro y Profesor y Padre. Este es el porque, cuando nos referimos a los sacerdotes como “padres” nosotros siempre debemos hacer esto reconociendo que Dios es nuestro verdadero Padre.
Los apóstoles nos muestran el camino
La practica ancestral cristiana de llamar a los sacerdotes “padres” va muy atrás hasta el tiempo de los apóstoles, y la teología atrás es evidente en la escritura. Mientras el juicio ante el Sanedrín—el consejo mayor de los judíos de los sacerdotes y los ancianos—el primer mártir cristiano, Esteban, se refiere a ellos como “hermanos y padres” (Hech. 7:24).
Este es un pasaje clave para considerar, mientras que las Escrituras nos dice que Esteban estuvo lleno del Espíritu Santo y que habló estas palabras bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Hech. 7:55). No hay manera que el Espíritu Santo podría haber inspirado a Esteban a referirse a los sacerdotes judíos como “padres” si Cristo había de hecho literalmente prohibido a los cristianos que llamaran a los hombres por ese título. Si así fuera, tendría que haber una contradicción directa entre la orden de Cristo y la actuación del Espíritu Santo.
El Nuevo Testamento esta lleno de ejemplos y de referencias hacia relaciones espirituales padre-hijo y padre-pequeño. Mucha gente no es consciente en que tan comunes estas son, así que vale la pena citar algunas aquí.
Pablo regularmente se refería a Timoteo como su hijo: “Entonces yo te mandé a ti a Timoteo, mi y amado y fiel hijo en el Señor, misericordia, y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Señor (1 Tim 1:2), “A Timoteo, mi hijo amado: Gracia, misericordia, y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Señor” (2 Tim. 1:2).
El también se refirió a Timoteo como su hijo: “Este encargo yo te encomiendo a ti, Timoteo, mi hijo, de acuerdo con las anunciaciones proféticas...” (1 Tim 1:18), “Tu entonces, mi hijo, se fuerte en la gracia de Jesús Cristo” (2 Tim 2:1), “Pero el mérito de Timoteo tu lo sabes, como un hijo con un padre el ha servido conmigo en el evangelio” (Fil. 2:22).
Pablo también se refirió a otros de sus convertidos de esta manera: “A Tito, mi hijo verdadero en una fe común: gracia y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Salvador” (Tito 1:4), “te ruego por mi hijo, Onésimo, a quién he engendrado en las prisiones” (Filemón 10).
Claramente, ninguno de estos hombres fueron literalmente, hijos biológicos. Por el contrario, Pablo esta enfatizando su paternidad espiritual con ellos.
Paternidad Espiritual
Quizás la referencia mas señalada en el Antiguo Testamento sobre la teología de la paternidad espiritual de los sacerdotes es la declaración de Pablo, “Y no escribo esto para hacerlos sentir avergonzados, sino para aconsejarlos como mis amados hijos. Aunque ustedes tienen incontables guías en Cristo, no tienen muchos padres, pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Cor. 4:14-15).
Pedro siguió la mismo costumbre, refiriéndose a Marco como su hijo: “Ella que está en Babilonia, quien es similarmente escogida, te manda saludos; y así también lo hace mi hijo Marco” (1 Pet. 5:13). Los apóstoles algunas veces se refirieron a las iglesias enteras bajo el cuidado de sus hijos. Pablo escribe, “Aquí por la tercera vez yo estoy listo para llegar a ti. Y yo no seré una carga, porque no busco lo que es tuyo sino a ti; porque los hijos no deben de acumular para sus padres, sino los padres para sus hijos” (2 Cor. 12:14); y, “Mi pequeño hijo, con el cual yo estoy otra vez esforzándome hasta que Cristo se forme en ustedes!” (Gal. 4:19).
Juan dijo, “Mis pequeños hijos, escribo esto a ustedes para que así ustedes no pequen; pero si alguno de ustedes peca, tenemos un defensor con el Padre, Jesús Cristo el justo” (1 Jn 2:1), “No puedo tener una mayor alegría que esta, oír a mis hijos seguir la verdad” (3 Jn 4). De hecho, Juan también se refería a hombres de las primeras comunidades como “padres” (1 Jn 2:13).
Al referirse a esta gente como a "hijos" espirituales, Pedro, Pablo y Juan implícitamente se refieren a ellos como a sus "padres" espirituales. Debido a que la Biblia frecuentemente habla de esta paternidad espiritual, los católicos lo reconocemos y seguimos con la costumbre de llamar a los sacerdotes “padres”. No reconocer esto es de hecho es no reconocer y honrar un gran regalo que Dios ha dado en la Iglesia: la paternidad espiritual del sacerdocio”
Los católicos tienen un afecto filial hacia los padres y los llaman “padre”, sabiendo que como miembros de sus parroquias ellos tienen el compromiso de su cuidado espiritual, y tienen una relación filial con ellos. Los sacerdotes por otro lado, siguen los ejemplos bíblicos de los apóstoles en lo referente a los miembros de su congregación como “mi hijo” o “mi pequeño” (cf. Gal. 4:19, 1 Tim. 1:18, 2 Tim. 2:1, Filemón 10, 1 Ped. 5:13, 1 Jn 2:1, 3 Jn 4).
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
La Biblia nos dice claramente que Dios es el único Padre y Maestro. Dios es el único Padre fuente y origen de todas las cosas.
Me doy cuenta de que los hermanos evangélicos tienen miedo de llamar «padre» a los sacerdotes. Y aunque saben muy bien que es costumbre de llamar al ministro de la Iglesia Católica como «padre», algunos me dicen «caballero» o «señor» y, en el mejor de los casos, me llaman «hermano».
También hay algunos que me dicen «señor sacerdote» (¡y me consta que después le dicen sin más a su gente que los sacerdotes mataron a Cristo, porque dicen que también así está en la Biblia!)
No importa cómo me llamen, o qué piensen de mí. Sé que Dios conoce los pensamientos más íntimos y es El quien me va a juzgar.
En esta carta quiero explicarles de donde viene este nombre de «padre» y luego en otra carta les hablaré de los sacerdotes, de los que ellos dicen que mataron al Señor.
El texto bíblico
Me gusta que me digan «hermano», pero no deben pensar que cometen algún pecado si me llaman «padre». Seguramente han escuchado aquel texto bíblico que dice: «No se dejen llamar Maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y todos ustedes son hermanos. Tampoco deben decirle «padre» a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre que está en el cielo» (Mt. 23, 8-9) y por eso piensan muchos que no deben decir ni por nada «padre» a un sacerdote.
Hermanos y amigos: leyendo bien toda la Biblia nos damos cuenta que las Sagradas Escrituras hacen siempre la distinción entre «Padre» como título de honor reservado al Dios Único, fuente y fin de todas las cosas, y padre con minúscula, es decir, el padre que da la vida humana o el «padre espiritual».
Lo mismo sucede con la palabra Maestro. El único Maestro -con mayúscula- es Dios, pero esto no quita que, aun entre nosotros, llamemos maestro -con minúscula- a cualquier profesor o maestro carpintero. Es decir, tenemos un Padre y un Maestro por excelencia que es Dios. Un Padre y Maestro -en letra grande- que es el Dios Único y nadie puede apropiarse de este título.
Ahora bien, entre nosotros puede haber muchos padres y maestros en cuanto que participamos de alguna manera de la paternidad y de la maestría de Dios.
¿Qué nos dice la Biblia acerca del nombre «Padre»?
La Biblia nos dice claramente que Dios es el único Padre y Maestro. Dios es el único Padre fuente y origen de todas las cosas. Dice el Apóstol: «Para nosotros no hay más que un solo Dios: el Padre. El Padre Dios hizo todas las cosas y nosotros existimos por El» (1 Cor. 8, 6).
Según este texto bíblico, está claro que no debemos dar este título divino a nadie más que a Dios. El es el Padre y Maestro por naturaleza. En El está el origen del bien, de la vida y de toda sabiduría.
Veamos el contexto de la frase de Jesús:
En el Evangelio de San Mateo, cap. 23, en un largo discurso, Jesús acusa a los fariseos y a los maestros de la ley, porque a ellos les gustan mucho los títulos de honor.
Se consideran autorizados para interpretar la ley de Moisés como quieren (vers. 2), les gusta llevar en la frente y en el brazo partes de las Sagradas Escrituras (vers. 6), quieren que la gente los salude con todo respeto en las calles y que les llame maestros (vers. 7).
Es en este contexto que Jesús les dice: «Pero ustedes no deben hacer que la gente les llame maestros, porque todos ustedes son hermanos y tienen solamente un Maestro, que es Cristo. Y no llamen ustedes Padre a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre, el que está en el cielo» (vers. 8-9). «El que es el mayor de ustedes sea el que sirve a los demás (vers. 11). Porque el que se hace grande será humillado, pero el que se humilla será hecho grande» (vers. 12).
Queridos hermanos, está muy claro que Jesús no quiere que demos títulos de honor a ningún miembro de la comunidad.
Pero no debemos pensar que Jesús quiere terminar con toda autoridad entre nosotros, sino que pide que haya responsables en la comunidad de los creyentes que sirvan con mucha humildad al pueblo y que su autoridad no debe opacar la del único Padre Dios.
Lo que importa en realidad no es el título que se da a los responsables de la comunidad, sino el servicio humilde que prestan. Y para expresar este servicio de paternidad espiritual es que desde hace siglos el pueblo llama, por acomodación, «padres» a los sacerdotes.
Jesús llama a Dios «Mi Padre»
«Jesús en su condición de Verbo encarnado (como hombre) se define como: «el Hijo único del Padre, por naturaleza». «Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo sino el Padre y nadie conoce realmente al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo ha querido dar a conocer» (Mt. 11, 27).
Estos textos bíblicos nos hacen ver que hay una relación íntima y única entre el Padre y el Hijo. Jesús es el único que puede llamar Padre con propiedad a Dios. El es su Hijo por naturaleza.
Ahora bien, nosotros también llamamos a Dios «nuestro Padre», ya que por el poder del Espíritu Santo, somos hijos de Dios. Jesús es Hijo por naturaleza, nosotros somos sus hijos por adopción. Dios es el Padre Único, fuente y fin de todas las cosas, y nosotros no debemos dar a nadie este título divino.
Esto es lo que quería decir Jesús en su discurso contra los fariseos y los maestros de la ley (Mt. 23, 9) que se apropiaban títulos divinos. Pero Dios no quería decir ni que los hijos no llamen padre a su papá ni que en una comunidad cristiana los fieles no puedan llamar padre a su sacerdote.
El texto también dice: «No llamen Maestro a nadie, porque uno solo es vuestro Maestro». Cierto que Jesucristo es el único Maestro fuente de toda verdad y sabiduría (Jn 18, 37), pero Dios no se opone a que llamemos maestro -por participación- a un profesor o a un maestro carpintero. El argumento es idéntico.
Entendidas así las cosas, ni la palabra «padre» ni la palabra «maestro» son títulos exclusivos de Dios sino que, por acomodación, los aplicamos a las personas. Y así es que tanto la palabra «padre» como la palabra «maestro» forman parte del lenguaje común y corriente que empleamos a diario para conversar y para entendernos.
En consecuencia, un hijo puede llamar «padre» a su papá, o a su padre espiritual o al sacerdote y puede llamar «maestro» a su profesor y al maestro gásfiter. Y las mismas Sagradas Escrituras no tienen ningún problema en usar estos nombres. Jesús mismo dijo:
«Honra a tu padre y a tu madre» (Lc.18, 20). Y el apóstol Pablo lo repite varias veces: «Hijos, su deber como creyentes es obedecer a sus padres, porque esto es justo» (Ef. 6,1). Si el Apóstol los llama hijos en la fe significa que los hijos igualmente lo pueden llamar padre (Col. 3, 20 y Tim. 1, 2).
Según la interpretación de los evangélicos, que no trepidan en sacar textos bíblicos fuera de su verdadero contexto, tampoco podríamos llamar «maestro» a nadie, ya que en la misma cita bíblica (Mt. 23, 8-9) Jesús nos dice que «no se dejen llamar Maestro porque un solo Maestro tienen ustedes». Y sin embargo, todo el mundo llama maestro al gásfiter, al carpintero, al albañil, etc. Y a nadie se le ocurre decir que va contra el Evangelio.
La paternidad espiritual del apóstol
La Biblia habla también de una «paternidad espiritual».
-El apóstol Pablo proclama al Patriarca Abraham como «padre» en la fe. «Abraham viene a ser padre de todos los que tienen fe» (Rom. 4, 11).
-El apóstol Juan da a los «ancianos» o responsables de la comunidad el nombre de «padres» (1 Juan 2, 13-14).
-En sus cartas los apóstoles llaman a los creyentes con el nombre de «hijitos» (Gál. 4, 19 y I Juan 2, 1-12; y 18, 28). Si el apóstol les llama «hijos», es que ellos lo llamaban «padre».
-Timoteo, el colaborador del Apóstol Pablo, es llamado cuatro veces con el nombre de «hijo en la fe» (1 Tim. 2 y 18; y 2 Tim. 1, 2 y 2, 1): «Yo, Pablo, ya anciano y ahora preso... te pido un favor para Onésimo, quien ha llegado a ser un hijo mío espiritual» (Filemón 10).
-En otros textos el Apóstol Pablo también se presenta como un «padre». «Ustedes ya saben cómo Timoteo ha demostrado su virtud y cómo ha servido en la predicación del mensaje, como un hijo que ayuda a su padre» (Filip. 2, 22).
Queridos hermanos y amigos: éste es el sentido con que la Iglesia Católica usa el nombre de «padre» para indicar al pastor o ministro de la comunidad de los creyentes. No es ni de lejos con el intento de apropiarse de un título divino.
Ahora bien, para evitar confusiones y para no dar motivo a escándalos farisaicos, en algunos países la Iglesia Católica utiliza otras palabras para designar a sus sacerdotes. En Alemania, por ejemplo, se usa la palabra «pastor» (con acento en la a) para referirse al sacerdote católico, y «pastor» (con acento en la o) para referirse al ministro evangélico.
En Chile usamos generalmente el nombre de «pastor» para referirnos al Señor Obispo. En Francia se llama al sacerdote con el título de «l´Abbé».
En Cataluña, España, se le llama Mossén. Pero en América Latina está arraigada la costumbre de llamarlo «padre». Quienes tengan dificultad, que le llamen «hermano», que es también una hermosa palabra. Pero entendidas así las cosas, se puede usar la palabra «padre» y «maestro» sin que ello signifique un agravio ni ofensa a Dios. Se trata simplemente de una paternidad espiritual.
Lo que importa es ser un servidor de la comunidad
Lo que importa no es tanto la cuestión del nombre, lo que importa es que el sacerdote o ministro sea un servidor de la comunidad. Si no lo es, ahí sí que hay una contradicción, por más que use nombres muy «serviciales».
Y esta actitud se manifiesta cuando los fieles tratan al pastor o al sacerdote como a un semidiós.
No debemos caer en este defecto. Los ministros de la comunidad debemos ser servidores. La actitud orgullosa de los fariseos y maestros de la ley (Mt. 23) es una tentación de todas las religiones. Los fariseos no reconocieron la autoridad de Dios sino que simplemente se la apropiaron y «se sentaron en el trono de Moisés» (Mt. 23, 2).
Toda autoridad en la Iglesia debe fundamentarse en la fraternidad y en el servicio a Dios y a los hermanos. El que enseña y dirige la comunidad también es un hombre pecador y no debe sentirse como los grandes del mundo, sino que debe ser un amigo, un hermano, un padre y servidor en Cristo Jesús.
Así que referente al nombre de «hermano» o «padre» o «pastor», se lo digo una vez más: lo que importa es el espíritu con que se dice más que la letra. ¿No dijo, acaso, el apóstol: «La letra mata y es el espíritu el que da vida»? (2 Cor. 3, 6).
Dice el CATECISMO
¿Quién nos creó y colocó en este mundo?
Dios nos creó y colocó en este mundo.
¿Para qué nos creó Dios?
Dios nos creó para que participáramos de la comunión de amor existente entre las tres Divinas Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
¿Quién es Jesucristo?
Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos
¿Dónde se hizo hombre Jesucristo?
Jesucristo se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María.
¿Para qué se encarnó el Verbo?
El Verbo se encarnó para que conociéramos el amor de Dios, para ser nuestro modelo de santidad y para hacernos partícipes de la naturaleza divina.
¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad
¿Qué significa el misterio de la Santísima Trinidad?
Significa que en Dios hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Cuestionario
¿Qué dice Jesús en Mt. 23, 8-9? ¿Quién es el único Padre y Maestro en sentido propio? ¿Podemos atribuirnos atributos divinos?
¿Podemos, no obstante, utilizar la palabra «padre» o «maestro» en sentido figurado o acomodado? ¿Qué dice al respecto la Biblia sobre Jesús? ¿A quién era obediente?
¿Se utiliza en la Biblia la palabra padre aplicada a los papás? ¿Se reconoce en la Biblia una paternidad de los hijos en la fe? ¿Cuál fue la práctica de Pablo al respecto? ¿Podemos, en este sentido, decir «padre» al sacerdote
que nos engendra en la fe y «maestro» al profesor o carpintero? ¿Cuál es la actitud de fondo de todo servidor de la comunidad?
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 22
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado.
El otro día alguien me dijo que «los sacerdotes mataron a Jesús», y lo confirmó con un texto bíblico en la mano: Mt. 27,1
Leyendo esta cita fuera de contexto me imagino que efectivamente habrá gente sencilla que piensa que realmente fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica quienes mataron a Jesús.
¡Tal vez por eso algunos evangélicos miran tan mal a los sacerdotes porque están convencidos de que ellos mataron a Jesús!
Perdono a los que así piensan acerca de los ministros de la Iglesia Católica, pero no confío en su juicio en esta materia.
En esta carta quiero contestar a los que piensan así y aclararles lo que dice la Iglesia Católica de los sacerdotes. Les hablaré con amor pero con un amor que busca la verdad, pues solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).
El contexto bíblico
Debemos leer bien la Biblia y no quedar aferrados a un solo texto aislado. Con una sola cita bíblica fuera de contexto podemos condenar a medio mundo y al mismo tiempo faltar al mandamiento más importante de Dios: el amor. ¿Acaso no dijo el apóstol que la letra mata y el espíritu vivifica? (2 Cor. 3, 6).
¿Quiénes mataron a Cristo?
Debemos tener una gran confianza en la Iglesia de Cristo y en sus ministros, guiados por el Espíritu Santo. Jesús dijo a sus discípulos en la noche antes de morir: El Espíritu Santo, que el Padre va a enviar en mi nombre para que les ayude y consuele, les enseñará todo, y les recordará todo lo que Yo les dije (Jn. 14, 26 y Jn. 16, 13).
¿Qué decir de los que piensan que son los sacerdotes los que mataron a Jesús?
Dice Mateo: «Cuando amaneció todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Jesús.»
En el contexto bíblico nos damos cuenta de que el Evangelista Mateo se refiere aquí a «los sacerdotes judíos» de aquel tiempo, es decir, a los sacerdotes de la Antigua Alianza.
Es una monstruosidad decir ahora que fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica los que mataron a Jesús. Esta manera de leer la Biblia es una manipulación descarada de un texto bíblico y no reviste ninguna seriedad. Es simplemente una ignorancia atrevida y una forma muy sutil pero muy poco cristiana de sembrar dudas y meter miedo en el corazón de la gente sencilla.
Creo que bastan estas pocas palabras para contestar a los que piensan así. Aunque si bien lo meditamos, todos hemos puesto la mano en la crucifixión de Cristo ya que murió por nuestros pecados.
¿Quería sacerdotes Jesús?
Otros se ríen de los sacerdotes de la Iglesia Católica y dicen que «Jesús no quería sacerdotes».
Los católicos creemos:
1) Que Jesucristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote.
2) Que todo el pueblo cristiano, por voluntad de Dios, es un pueblo sacerdotal y
3) Que dentro de este pueblo sacerdotal algunos son llamados a participar del sacerdocio llamado ministerial o pastoral.
Yo no invento esto.
Es la comunidad de los creyentes, guiada por el Espíritu Santo y meditando largamente la Palabra de Dios, la que ha llegado a esta verdad acerca de Cristo, su Iglesia y sus ministros.
Guiados por este mismo Espíritu, leamos la Biblia:
Los sacerdotes judíos de la Antigua Alianza
Leyendo bien las Sagradas Escrituras, nos damos cuenta de que Jesús nunca se identificó con los sacerdotes de la Antigua Alianza.
En su tiempo había muchos sacerdotes judíos del rito antiguo. Todos ellos eran miembros de la tribu de Leví y estaban encargados de los sacrificios de animales en el templo. Estos sacrificios eran ofrecidos para la purificación de los pecados del pueblo judío (Mc. 1, 44; Lc. 1, 5-9). Hasta José y María, cumpliendo con este rito de purificación, ofrecieron una vez un par de palomas (Lc. 2, 24).
Pero este sacerdocio judío era incapaz de lograr la santificación definitiva del pueblo (Hebr. 5, 3; 7, 27; 10, 1-4). Era un sacerdocio imperfecto y siempre sellado con el pecado. Jesús, el Hijo de Dios, el hombre perfecto, nunca se atribuyó para sí este título de sacerdote judío.
¿Participamos del sacerdocio de Cristo?
¿Es verdad que la Iglesia primitiva proclamó después a Jesucristo como el único y verdadero Sumo Sacerdote? ¿Participamos nosotros del sacerdocio de Cristo?
Así es efectivamente. Aunque durante su vida Jesús nunca usó el título de sacerdote, la Iglesia primitiva proclamó que «Jesús es el Hijo de Dios y es nuestro gran Sumo Sacerdote» (Hebr. 4, 14).
Escribe el sagrado escritor de la carta a los Hebreos, como cuarenta años después de la muerte y Resurrección de Jesucristo: «Jesús se ofreció a lo largo de su vida al Padre y a los hombres, con una fidelidad hasta la muerte en la cruz, dio su vida como el gran sacrificio de una vez por todas, y su sacrificio ha sido absoluto.
El verdadero sacerdote para toda la humanidad es Jesús el Hijo de Dios y ahora no hay más sacrificio que el suyo, que empieza en la cruz y termina en la gloria del cielo.
Jesús es el único Sumo Sacerdote, el único Mediador delante del Padre y así El terminó definitivamente con el antiguo sacerdocio.
«Cristo ha entrado en el Lugar Santísimo, no ya para ofrecer la sangre de cabritos y becerros, sino su propia sangre; y así ha entrado una sola vez para siempre y nos ha conseguido la salvación eterna» (Hebr. 9, 12).
Lea también: Hebr. 7, 22-28; 9, 11-12; 10, 12-14
¿Somos un pueblo sacerdotal?
¿Es verdad que el apóstol Pedro dice que nosotros los creyentes somos un pueblo sacerdotal? Sí, Dios, en su gran amor hacia los hombres, quiso que todos los creyentes-bautizados participaran como miembros del Cuerpo de Cristo, del único sacerdocio de Cristo:
«Ustedes también, como piedras que tienen vida, dejen que Dios los use en la construcción de un templo espiritual, y en la formación de una comunidad sacerdotal santa, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por mediación de Cristo» (1 Pedr. 2, 5) «Ustedes son una raza escogida, una nación santa, un pueblo que pertenece a Dios» (1 Pedr. 2, 9).
Así, hermanos, por la fe y por el bautismo Dios nos integra en un pueblo sacerdotal. Y como pueblo de sacerdotes, tenemos la vocación de ofrecer nuestras personas, nuestras vidas «como hostia viva» (Rom. 12, 1). En todo lo que hacemos con amor, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestros trabajos, siempre ejercemos este sacerdocio.
¿Quería Jesús tener ministros para su pueblo?
Así es. No es la Iglesia la que inventó el ministerio apostólico sino el mismo Jesús. El llamó a los Doce apóstoles (Mc. 3, 13-15) y les encargó ser sus representantes autorizados: «Quien los recibe a ustedes, a mí me recibe.» (Lc. 10, 16).
La misión de los apóstoles fue encomendada con estas palabras: «Les aseguro: todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt. 18, 18). Este «atar» y «desatar» significa claramente la autoridad de gobernar una comunidad y aclarar problemas en el Pueblo de Dios.
En la última Cena, Jesús dio a sus apóstoles este mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22, 19). Es eso lo que celebra la Iglesia en la Eucaristía.
Y en una de sus apariciones, Jesús sopló sobre sus discípulos y dijo: «A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn. 20, 23).
Dirigir, enseñar y administrar los signos del Señor, he aquí el origen del ministerio apostólico. Poco a poco la comunidad cristiana va aplicando y evolucionando en este servicio apostólico según la situación de cada comunidad.
¿Qué representan los obispos y presbíteros en una comunidad?
En las cartas apostólicas del Nuevo Testamento, los ministros de la comunidad cristiana reciben el título de «obispos y presbíteros» (Hech. 11, 30; Tit. 1, 5 etc.).
La palabra obispo viene del griego y en castellano significa «el encargado de la Iglesia»; la palabra presbítero significa en castellano «el anciano».
Los obispos y los presbíteros son así los encargados de la comunidad de los creyentes. Ellos tienen la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios.
Estos nombres de «obispo y presbítero» van a evolucionar hacia la función del sacerdocio ministerial. Aunque los apóstoles todavía no hablaron de sacerdocio ministerial, ya estaba esta idea en germen en la Iglesia Primitiva. Es el Espíritu Santo el que hizo ver, poco a poco, que los obispos y presbíteros representaban al Señor, al Único Sumo sacerdote, por el ministerio que ejercían.
«No nos proclamamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor y a nosotros como servidores suyos, por amor a Jesús» (2 Cor. 4, 5-7).
El apóstol Pablo en su carta a los filipenses ya usa ciertos términos para expresar su sacerdocio apostólico: «Y aunque deba dar mi sangre y sacrificarme para celebrar mejor la fe de ustedes, me siento feliz y con todos ustedes me alegro» (Fil. 2, 17: «Bien sabe Dios a quién doy culto con toda mi alma proclamando la buena noticia de su Hijo» (Rom. 1, 9).
En estos textos hay indicaciones que la liturgia de la Palabra y la entrega de la vida del apóstol ya es una función sacerdotal: «En todo, los ministros del pueblo deben ser no como los grandes y los reyes, sino servidores como Jesús: como el que sirve» (Lc. 22, 27).
¿Cómo se transmite este sacerdocio?
Este ministerio apostólico se transmite con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14).
Este gesto de imposición transmite un poder divino para una misión especial.
El apóstol Pablo recibió la imposición de manos de parte de los apóstoles (Hch. 13, 3). Pablo a su vez impuso las manos a Timoteo (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14) y Timoteo repitió este gesto sobre los que escogió para el ministerio (1 Tim 5, 22).
Así, la Iglesia Católica, desde los apóstoles hasta ahora, sigue sin interrupción imponiendo las manos y comunicando de uno a otro los dones del ministerio sacerdotal.
Esta sucesión apostólica tan sólo se ha perpetuado en la Iglesia Católica durante 20 siglos hasta llegar a los ministros actuales.
Ninguna otra iglesia puede decir esto, solamente la Iglesia Católica.
De esta la forma los pastores de la Iglesia participan del único sacerdocio de Cristo.
Conclusión
Tal vez es un poco difícil todo lo que les he hablado. Pero debemos en la oración pedir que el Espíritu Santo nos ilumine. Además debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado. Para terminar quiero resumir las ideas más importantes de esta carta:
1) Jesús quería tener ministros (servidores) para su pueblo sacerdotal.
2) Los apóstoles transmitieron este ministerio apostólico siempre con la imposición de manos.
3) Aunque los sagrados escritores nunca usaron el nombre de «sacerdotes» para indicar a los ministros, ya está en germen en el N. T. hablar de un sacerdocio apostólico como un servicio al pueblo sacerdotal.
En este sentido es que la Iglesia Católica, ya desde el año cien hasta ahora, llama a los ministros de la comunidad (presbíteros y obispos) como sus pastores y sacerdotes.
Por supuesto que este sacerdocio pastoral participa del único sacerdocio de Cristo y no tiene nada que ver con los sacerdotes del Antiguo Testamento.
Nosotros, los sacerdotes de la nueva alianza, por una especial vocación divina somos los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1).
Cuestionario
¿Quiénes mataron a Jesús? ¿Se puede decir que todos hemos puesto las manos en la muerte de Jesús? ¿Se puede decir que los sacerdotes de la Iglesia católica mataron a Jesús? ¿A qué sacerdotes se refieren los Evangelistas?
¿Es lícito sacar de su contexto estas palabras y aplicarlas a los sacerdotes del Nuevo Testamento? ¿Somos el Pueblo de Dios un pueblo sacerdotal? ¿Quiso Jesús que en su Iglesia hubiera un sacerdocio ministerial? ¿Quiénes tienen esta función?
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 21
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Jesús murió crucificado, y su cruz, juntamente con su sufrimiento, su sangre y su muerte, fueron el instrumento de salvación para todos nosotros. La cruz no es una vergüenza, sino un símbolo de gloria.
Tengo la costumbre de andar con una pequeña cruz de madera en el pecho. Amo esta cruz porque Jesucristo salvó al mundo por este signo. Además, como hermano-religioso y ministro de la Iglesia Católica, quiero mostrar así mi entrega total a Jesús, mi Maestro.
Pero pasa, a veces, que cuando me ven los hermanos evangélicos con esta cruz en el pecho, comienzan a criticarme y me echan en cara que así estoy crucificando a Cristo; otros me dicen que soy idólatra, y que soy un condenado con el patíbulo pegado en el pecho; y por último no faltan los que hasta me quieren prohibir hacer la señal de la cruz o persignarme.
No entiendo por qué algunos se ponen tan fanáticos, o por qué se escandalizan frente a una cruz colgada en el pecho…
Bueno, no importa lo que piensan ellos de mí, pero sigo llevando esta cruz en el pecho porque es para mí un símbolo de la fe que llevo en mi corazón, esta fe en Cristo crucificado y resucitado.
A los que piensan que soy idólatra les recomiendo que lean atentamente la carta que escribí acerca de los verdaderos ídolos de este mundo moderno.
Ahora, queridos hermanos, les voy a hablar sobre la grandeza de la cruz de Cristo, y cómo el Señor invitó a sus verdaderos discípulos a cargar su cruz y seguir sus pasos.
Ojalá que tengan la paciencia de consultar todos los pasajes bíblicos que les voy a citar. Creo sinceramente que nuestros hermanos evangélicos, al no leer toda la Biblia, sólo por ignorancia llegan a prohibir estas cosas.
La cruz de Jesucristo
Jesús murió crucificado, y su cruz, juntamente con su sufrimiento, su sangre y su muerte, fueron el instrumento de salvación para todos nosotros. La cruz no es una vergüenza, sino un símbolo de gloria, primero para Cristo, y luego para los cristianos.
El escándalo de la Cruz
«Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1Cor. 1, 23). Con estas palabras, el apóstol Pablo expresa el rechazo espontáneo de todo hombre frente a la cruz.
En verdad uno se pregunta: «¿Cómo podía venir la salvación al mundo por una crucifixión? ¿Cómo puede salvarnos aquel suplicio reservado a los esclavos? ¿Cómo podría venir la redención por un cadáver, por un condenado colgado en el patíbulo, por una muerte tan cruel como la de un malhechor?… ( Deut. 21, 22; Gal. 3,1).
Cuando Jesús anunciaba su muerte trágica en la cruz a sus discípulos, ellos se horrorizaban y se escandalizaban. No podían tolerar el anuncio de su sufrimiento y de su muerte en la cruz (Mt. 16, 21; Mt. 17, 22).
Así, la víspera de su pasión, Jesús les dijo que todos se escandalizarían a causa de El. (Mt. 26, 31). Y en verdad, a raíz de una condena injusta, Jesús fue crucificado y murió en forma escandalosa.
El misterio de la Cruz
Jesús nunca dulcificó el escándalo de la cruz, pero sí nos mostró que su crucifixión ocultaba un profundo misterio de vida nueva. El camino de la salvación pasó por la obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre: «Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil. 2, 8).
Pero esta muerte fue «una muerte al pecado». A través de la debilidad de Jesús crucificado se manifestó la fuerza de Dios (1Cor. 1, 25). Si Jesús fue colgado del árbol como un maldito, era para rescatarnos de la maldición del pecado (Gál. 3, 13). Su cadáver expuesto sobre la cruz permitió a Dios «condenar la ley del pecado en la carne» (Rom. 8, 3).
Además, «por la sangre de la cruz» Dios ha reconciliado a todos los hombres (Col. 1, 20), y ha suprimido las antiguas divisiones ente los pueblos causadas por el pecado (Ef. 2, 14-18). En efecto Cristo murió «por todos» (1Tes. 5, 10) cuando nosotros aún éramos pecadores (Rom. 5, 6), dándonos así la prueba suprema de amor. (Jn. 15, 13 y 1Jn. 4, 10). Muriendo «por nuestros pecados» (1 Cor. 15,3 y 1 Ped. 3,18), nos reconcilió con Dios por su muerte (Rom. 5, 10), de modo que podemos ya recibir la herencia prometida (Heb. 9, 15).
La cruz, elevación a la gloria
La cruz se ha convertido en un verdadero triunfo por la Resurrección de Cristo. Solamente después de Pentecostés, los discípulos, iluminados por el Espíritu Santo, quedaron maravillados por la gloria de Cristo resucitado y luego ellos proclamaron por todo el mundo el triunfo y gloria de la cruz.
La cruz de Cristo, su muerte y resurrección han destruido para siempre el pecado y la muerte. El apóstol Pablo nos canta en un himno triunfal:
«La muerte ha sido destruida en esta victoria.
Muerte ¿dónde está ahora tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
El aguijón de la muerte es el pecado.
Pero, gracias sean dadas a Dios,
que nos da la Victoria
por Cristo Jesús
Nuestro Señor»
(1 Cor. 15, 55-57)
Escribe también el apóstol San Juan:
«Así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto (signo de salvación en el Antiguo Testamento), así también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo aquel que crea, tenga por El vida eterna» (Jn. 3, 14-32).
Y dijo Jesús: «Cuando Yo haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn. 12, 32).
La suerte de Cristo crucificado y resucitado será, entonces, la suerte de los verdaderos discípulos del Maestro.
La cruz de Cristo y nosotros
En aquel tiempo Jesús dijo: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt. 16, 24). Eso quiere decir que el verdadero discípulo no sólo debe morir a sí mismo, sino que la cruz que lleva es signo de que muere al mundo y a todas sus vanidades (Mt. 10, 33-39).
Además el discípulo debe aceptar la condición de perseguido, perdonando, incluso, al que quizá le quite la vida (Mt. 23, 34). Así para el cristiano llevar su cruz y seguir a Jesús es signo de su gloria anticipada: «El que quiere servirme, que me siga, y donde Yo esté, allá estará el que me sirve. Si alguien me sirve, mi Padre le dará honor» (Jn. 12,26).
El cristiano lleva una vida de crucificado
La cruz de Cristo, según el apóstol Pablo, viene a ser el corazón del cristiano. Por su fe en el Crucificado, el cristiano ha sido crucificado con Cristo en el bautismo, y además ha muerto a la ley del Antiguo Testamento para vivir para Dios.
«Por mi parte, siguiendo la ley, llegué a ser muerto para la ley a fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2,19-20).
Así el cristiano pone su confianza en la sola fuerza de Cristo, pues de lo contrario se mostraría «enemigo de la cruz». «Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo» (Fil. 3, 18).
La Cruz, título de gloria del cristiano
En la vida cotidiana del cristiano, «el hombre viejo es crucificado» (Rom. 6, 6) hasta tal punto, que quede plenamente liberado del pecado. El cristiano diariamente asumirá la sabiduría de la cruz, se convertirá, a ejemplo de Jesús, en humilde y «obediente hasta la muerte y muerte de cruz».
No debemos temer llevar una cruz en el pecho ni menos colocar un crucifijo en la cabecera de nuestra pieza. Sí debemos temer «la apostasía» o la traición a la verdadera religión que sería lo mismo que crucificar de nuevo al Hijo de Dios (Heb. 6, 6).
El verdadero cristiano con la cruz en la mano debe exclamar: «En cuanto a mí, quiera Dios que me gloríe sólo en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál. 6, 14).
Consideraciones finales
- En la cruz de Cristo encontramos como un compendio de la verdadera fe cristiana y por eso el pueblo cristiano con profunda fe ha encontrado miles y miles de formas para expresar su amor a Cristo crucificado. Espontáneamente la religión del pueblo ha reproducido por doquier, en pinturas y esculturas, cruces de distintas formas.
El creyente ha colocado cruces sobre los cerros, en el techo de sus casas, etc. el cristiano se persigna para proclamar su fe en la gloria de Cristo; el discípulo fiel se coloca la cruz en el pecho para anunciar la fe que lleva en el corazón…
- Estas expresiones populares no son de ninguna manera idolatría como pretenden algunos hermanos evangélicos. Es realmente una auténtica expresión de fe y de amor a Cristo que murió por nosotros.
¡Qué hermoso cuando uno entra en una familia cristiana y ve cómo la cruz de Cristo tiene un lugar privilegiado en el hogar! ¡Qué profunda fe se expresa cuando un cristiano hace, con sentimientos de reverencia, la señal de la cruz! Es muy fácil y barato burlarse de estas expresiones populares de fe. Pero tales ironías son faltas graves al respeto y al amor al prójimo, tales burlas son simplemente signos de una atrevida ignorancia.
- Y ¿qué decir de la cruz en el pecho? Si alguien -sacerdote, religiosa o laico- lleva una cruz en el pecho con fe y amor, con sentimientos de reverencia, nadie tiene el derecho de reírse de esta persona. ¿Quién eres tú para juzgar y criticar los auténticos sentimientos religiosos del pueblo? Sólo Dios sabe escudriñar lo más íntimo de nuestros corazones.
- Por último, una palabra acerca del crucifijo. Cuando sobre la cruz se coloca la imagen de Cristo, llamamos al conjunto «crucifijo». No se adora el madero, sino que el cristiano ve a Cristo muerto en ella. Tener un crucifijo no es ninguna idolatría. Es un signo de amor a Cristo.
Nunca la Iglesia ha enseñado a adorar cruces, sino a adorar a Cristo que en ella murió. Sí, la Iglesia nos invita a venerar estos signos de fe.
También nos enseña la Iglesia que nadie debe llevar una cruz en el pecho si no tiene al menos la intención sincera de seguir las huellas de Jesucristo. Menos debemos llevar una cruz como un simple amuleto o como un adorno para lucirse.
El amor al Señor que murió en la cruz hace que frecuentemente se hayan hecho crucifijos de materiales preciosos, pero en nuestros días la Iglesia vuelve a preferir un crucifijo simple y rústico, más realista y expresivo.
Queridos hermanos, éstas son las razones por las que nosotros los católicos veneramos y honramos la santa Cruz con sumo respeto. Y cuando nosotros llevamos una cruz en el pecho, siempre debemos acordarnos de las palabras del apóstol San Juan:
«En cuanto a mí,
no quiere Dios que me gloríe
sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo,
por quien el mundo está crucificado para mí
y yo para el mundo». (Gál. 6, 14).
«Que nadie, pues, me venga a molestar.
Yo, por mi parte, llevo en mi cuerpo
las señales de Jesús» (Gál. 6, 17).
Cuestionario
¿Es la cruz para el cristiano signo de vergüenza o de gloria? ¿Qué simbolizaba la serpiente de bronce del desierto? ¿Cuándo se cumplió aquella profecía? ¿Podemos llevar la cruz en el pecho? ¿Podemos colocar la cruz en un cerro o en un templo? ¿Qué estamos manifestando con esto? ¿Podemos, entonces, llevar la cruz colgada al cuello? ¿Podemos hacer la señal de la cruz?
por Makf | 19 Abr, 2026 | Apologética 21
Autor: Pbro. Dr. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com
Para quienes se horrorizan de la mortificación cristiana.
Cada año con la llegada de la Cuaresma -tiempo que los católicos dedicamos a intensificar la oración y la penitencia- se reavivan las críticas, burlas o incomprensiones, hacia las prácticas cristianas de mortificación, llegando en ocasiones al escándalo: no faltan quienes se sorprenden indignados de que todavía en el mundo secularizado y moderno haya quienes se mortifican.
Problemas de entendimiento
No deja de resultar curioso el rechazo que siente la cultura postmoderna por la mortificación ajena. En el fondo, parecería encerrar una buena dosis de hipocresía.
Si se lo mira, desde un punto de vista meramente terrenal, se trata de algo libre que además beneficia a quien lo practica. En efecto:
- supone el ejercicio de la libertad personal: nadie es obligado a hacerlo, sino que se hace de buena gana,
- se realiza por motivos espirituales: de elevación y mejora personal,
- no perjudica a nadie: por el contrario, muchas mortificaciones favorecen a los demás (uno se niega a sí mismo en beneficio del prójimo),
- no daña la propia salud: es más, muchas mortificaciones contribuyen a su mejora,
- se practica privadamente: no tiene por qué molestar, ya nadie hace gala de sus mortificaciones, ni las muestra, ni las hace en público, sino que intenta ser lo más discreto posible por una cuestión de humildad, siguiendo la enseñanza del Maestro: “cuando ayunéis, no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostro para que la gente vea como ayunan.
En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6,16-18).
Así mirado, en realidad debería mover a la admiración y alabanza ajena.
Por el contrario, es llamativo que en una cultura que se dice tolerante con todas la opciones personales, la mortificación produzca semejante rechazo: debería entrar entre lo buenamente tolerado.
Este escándalo es por lo menos contradictorio. Se da en un mundo que “bendice” -por ejemplo- la eutanasia, lo que podría considerarse la peor de las mortificaciones (obviamente no lo es, ya que no es un acto de generosidad, en el que uno se ofrece por los demás).
Y paradójicamente se da que quien no ve con malos ojos que quien está harto de vivir (o sufre) se mate a sí mismo y que la sociedad lo ayude a hacerlo, se horroriza porque una persona decide sufrir un poco por motivos altruistas.
El sacrificio es parte de la vida de cualquier persona. Cambian las motivaciones y las prácticas concretas. De hecho, la cultura que rinde culto al cuerpo tiene también su “mortificación” secularizada:
- piercing: agujerearse el cuerpo y llevar colgando todo tipo de metales en las partes más variadas del cuerpo: lengua, ceja, cintura, pechos, etc.
- tatuajes: marcarse el cuerpo como antiguamente se hacía a los esclavos con inscripciones que duran para toda la vida
- cinturones gástricos que impiden comer más de al cuenta
- costosas cirugías estéticas para mejorar el perfil de la cara
- la competición deportiva exige a los atletas sacrificios dietéticos y de entrenamientos muy duros.
- dietas extenuantes para lucir el cuerpo exageradamente flaco que exigen a las mujeres los cánones estéticos actuales; y que no pocas veces conducen a enfermedades psiquiátricas como la anorexia o la bulimia
- horas agotadoras de gimnasio para conseguir una musculatura “dibujada” y una pancita plana.
- exposición solar por horas sufriendo un calor a veces insoportable para lucir un bronceado que teóricamente mejore la propia imagen (esto sólo lo hacen los blancos, paradójicamente las personas de otras razas intentan blanquear el color de su piel)
- encierro por horas en boliches sin luz, sin aire, llenos de humo, con música ensordecedora, en horarios que exigen horas de paciente espera…
¿No será que lo no se entiende y hasta escandaliza no sea la mortificación en sí misma, sino el motivo por el que se realiza?
En efecto, lo que no se entiende de la mortificación cristiana es el por qué: no se hace para ganar dinero, ni para adquirir fama, ni gloria, ni poder, ni para triunfar profesional o deportivamente, ni para tener un cuerpo más atractivo, ni por motivos egoístas. Todo sacrificio hecho por motivos terrenales es elogiado. Pero, si la motivación dice ser espiritual, la cosa cambia. Desconcierta… y hasta indigna.
Y a ese mismo mundo de las dietas estrictas le parece un horror el ayuno: que una persona deje voluntariamente de comer por amor a Dios le suena como un acto oscurantista, retrógrado, masoquista y superado… Y le molesta que haya gente que lo practique. De la práctica de la mortificación corporal ni hablemos.
Y los que se escandalizan por el celibato (que haya quienes no se casen por el Reino de los Cielos les parece una afrenta a la humanidad), son los mismos que no quieren casarse para no atarse a nadie (¿para qué casarse, se preguntan, si se puede gozar de una mujer/hombre sin compromisos y sin hijos, y cambiarlo/a cuando se quiera, sin más trámite?)
La sorpresa de algunos de nuestros contemporáneos ante la mortificación resulta más curiosa todavía si se tiene en cuenta que no es algo nuevo: los cristianos se han mortificado ininterrumpidamente durante los 2000 años del cristianismo.
No se trata de un invento reciente de algunos cristianos, sino de una práctica dos veces milenaria de todos ellos. Sin ir más lejos, la Cuaresma (ese tiempo de preparación para la Pascua que se caracteriza por la práctica de la mortificación más intensa) procede de los primerísimos siglos: consta que ya en el siglo II los cristianos ayunaban como preparación a la fiesta de la Resurrección.
Esta incapacidad para entender la mortificación es una limitación cultural. Ya pasará, es consecuencia de las modas imperantes.
La cultura hedonista es un fracaso antropológico, que hace mucho daño al hombre. Basta ver sus frutos: depresión, soledad, odio a los bebés, disminución de matrimonios, plaga de divorcios, abortos, promiscuidad, exaltación de la pornografía y de la prostitución, sida, masacres de embriones, experimentación con seres humanos, intentos de “producción” de seres humanos para la provisión de órganos a personas enfermas…
El hedonismo hace mucho daño al hombre. Ya pasará, como todas las modas. Es una lástima la gran cantidad de gente que destruye su vida (¡la única que tiene!) encandilados por la cultura de la muerte, con un proyecto vida tan dañino para ellos mismos. Es cuestión de paciencia porque sabemos que después de una generación viene otra… y las modas pasan.
Los cristianos entendemos que quienes tienen una planteo materialista de la vida no puedan entender la mortificación y muchas otras cosas. El mismo Jesús, cuando reprendió a Pedro por intentar convencerlo de que eso de la cruz era una locura, le dijo “tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres” (Mt 16,23). Por ese camino no se entiende.
Y San Pablo señala: “el hombre animal no puede entender las cosas que son del espíritu de Dios, son necedad para él” (1 Cor 3, 14). Sucede que quien está saturado de materialismo, piensa y juzga todas las cosas según esas solas coordenadas: según el antiguo adagio, ya citado por el mismo San Pablo: “comamos y bebamos que mañana moriremos” (1 Cor 15,32).
¿Por qué los cristianos se mortifican?
La mortificación pertenece a la esencia misma del cristianismo: no hay cristianismo sin cruz. Así consta en la Sagrada Escritura y así lo vivieron los cristianos desde el comienzo.
Es más, fue también así en el Antiguo Testamento. En efecto Dios envía a los profetas a predicar la penitencia. Baste pensar en Jonás y su predicación en Nínive: “dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3,4). Y como la penitencia de sus habitantes movió la misericordia divina (Jonás 3,10).
Y los tiempos mesiánicos, se abren con San Juan Bautista, que “curiosamente” vive en el desierto, se alimenta de manera rudimentaria, viste penitentemente, etc. (Mt 3,4). Y no es casualidad, es parte del plan divino. Su predicación precisamente es “haced penitencia, pues el reino de los cielos está al llegar” (Mt 3,3).
Y el mismo Mesías comienza su vida pública, con cuarenta días de ayuno en el desierto (Mt 4,2). Invita a llevar la cruz. Anuncia la persecución a sus discípulos (Lc 21,12). Duerme a la intemperie en sus viajes (no tiene donde reclinar su cabeza: Mt 8,20). Afirma que nadie tiene amor más grande que dar la vida por sus amigos (Jn 15,13).
El mismo se entrega a la muerte para salvarnos: téngase en cuenta que todos los sufrimientos soportados por Cristo en la Pasión deben considerarse voluntarios, no sólo como el ofrecimiento de algo sucedido contra la propia voluntad y que no puede evitarse: “por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”. Como explica a sus discípulos que era necesario que así sucediese (Lc 24,25-26): no había otro camino.
Es tan necesario que resulta incluso una condición básica para poder ser cristiano. El mismo Jesús lo subraya cuando invita a seguirlo: “Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Y los discípulos, a quienes les costó mucho aceptarlo al principio, acabaron entendiendo: poco después de Pentecostés cuando son azotados por el Sanedrín, salen felices de haber sido considerado dignos de sufrir por Cristo (Hechos 5,41) y sus cartas están llenas de referencias optimistas y hasta gozosas a la cruz.
Un ejemplo entre muchos, en San Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).
Por eso los cristianos desde muy temprano adoptaron la cruz -el instrumento donde su Dios fue torturado y asesinado- como el signo cristiano por excelencia. Y no por masoquismo, sino por piedad: es la máxima manifestación del amor de Dios.
Y, aunque nadie busca serlo, los mártires son los héroes cristianos: se considera el martirio una gracia.
Y nos preparamos para la fiesta más grande (la Resurrección de Cristo) con un largo tiempo de penitencia: cuarenta días de Cuaresma, que conmemoran los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto (en los que –además de la oración, sacrificio y caridad personales- se nos manda hacer dos días de ayuno). Y todos los viernes del año son días penitenciales, en los que a través de la abstinencia nos unimos a la Pasión Redentora[1].
Y Dios perdona nuestros pecados en el sacramento de la penitencia, donde la misericordia divina nos “aplica” los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo. Y la purificación de las “secuelas” del pecado se realiza uniéndose personalmente a la cruz de Jesús a través de la penitencia en sus dos dimensiones: la principal -interior, el cambio de corazón- y su manifestación externa -la mortificación- (Catecismo de la Iglesia n. 1431).
En la doctrina cristiana la salvación eterna pasa por la cruz. Ahí nos redimió el Salvador, y por allí debemos pasar también los discípulos. Santa Rosa de Lima lo decía de un modo gráfico: “fuera de la cruz no hay otra escalera por la que subir al cielo”.
La mortificación tiene dos “versiones”. La “pasiva” consiste en la aceptación generosa y alegre de las penas, dolores y sufrimientos que nos vienen sin buscarlas. La “activa” son las que nos buscamos por propia iniciativa (sobre formas de penitencia, cfr. Catecismo de la Iglesia, nn. 1434-1439).
Una aclaración. Los cristianos no estamos locos. Nadie piense que sentimos placer en el dolor -nos duele como a cualquiera, aunque obviamente con el tiempo uno se acostumbra-. Tampoco pensamos que es un “precio” que hemos de pagar por nuestra salvación.
Nos mueve el amor. Siendo el primer mandamiento el amor a Dios (Mt 22,37-40) -y a fin de cuentas el único, ya que todos los demás se dirigen a eso- no podía ser de otra manera: nos mortificamos por amor: como expresión de amor y para hacernos capaces de amar mejor.
Y, aunque es muy necesaria, la mortificación está muy lejos de ser la principal práctica cristiana. Tiene una función de purificación interior, y, por lo mismo no es un fin en sí misma: nos purificamos para ser más gratos a Dios y disponernos a ser más dóciles a la acción del Espíritu Santo.
La mortificación sólo tiene sentido y valor en un contexto de amor a Dios. Quien se mortificara por otros motivos -por soberbia o vanidad, para sentirse puro, superior, o lo que sea- perdería todo el mérito de su acción, que quedaría vaciada de contenido.
Y la verdad es que tampoco es para tanto… No somos mártires, ni nos sentimos héroes, ni víctimas. Nos parece que es lo menos que podemos hacer por quien ha sufrido tanto por nosotros.
Los beneficios de la mortificación
Los principales beneficios de la mortificación son espirituales.
¡Hace tanto bien al alma! Purifica de los propios pecados y de sus consecuencias, “espiritualiza” aumentando la sensibilidad para la oración, da dominio sobre uno mismo, aleja las tentaciones, libera de caprichos, inmuniza contra el consumismo y la frivolidad, es escuela de generosidad. Lleva a superar defectos y a crecer en virtudes.
Y como la mejor mortificación es la que nos ayuda a mejorar nuestro carácter y a darnos a los demás, tiene muchas consecuencias en el plano humano. Nos ayuda a trabajar mejor (la puntualidad y el orden, por ejemplo, son excelentes mortificaciones).
A vivir mejor la caridad y la convivencia (soportar pacientemente las bromas inoportunas, escuchar a personas pesadas, etc. son otros tantos ejemplos de mortificación). Incluso ayuda a disfrutar más las cosas buenas de la vida (la falta de negación de uno mismo lleva a que las cosas “empalaguen”), de la misma manera que cuando éramos chicos, los caramelos que nos gustaban, los disfrutábamos más cuanto menos los comíamos.
La mortificación no nos amarga la vida, ni nos empequeñece el ánimo, sino que acaba siendo fuente de alegría.
Así lo vivieron los santos y millones de cristianos “comunes” que ven en la cruz una bendición de Dios.
Para comprender el sentido de la mortificación del cristiano es muy recomendable, por ejemplo, leer los textos de la Liturgia de Cuaresma: las oraciones y lecturas de las Misas de cada uno de esos cuarenta días. Se puede encontrar allí un tesoro de doctrina.
Y si tenemos en cuenta que Dios sólo nos pide lo que necesitamos, descubriremos que paradójicamente la mortificación es clave para la consecución de la felicidad
15.3.06
[1] En la Argentina, la Conferencia Episcopal autoriza a reemplazar la abstinencia de carne por la abstinencia de bebidas alcohólicas, o por una obra de caridad o por una práctica de piedad.