41. Fátima, noventa años de presencia mariana

Autor:  frmaria.org

El ex Secretario de Estado vaticano y actual decano del Colegio Cardenalicio, AngeloSodano, representará al Papa Benedicto XVI en las celebraciones religiosas del 90 aniversario de las apariciones de la Virgen de Fátima.

Esta representación da idea de la importancia que en el Vaticano dan a esta celebración. Ofrecemos, a continuación, un resumen de los mensajes dados por la Virgen en Fátima.

Pocos lugares en el orbe católico despiertan tantos sentimientos de gratitud a la protección maternal de la Virgen como Fátima.

En Fátima ocurrieron en 1917 unos acontecimientos sobrenaturales que estarían llamados a cambiar el mundo.

Fátima: a principios del siglo XX era un lugar desconocido incluso para la mayoría de los portugueses, ahora su nombre resuena en el mundo.

Unos pastorcillos, apenas unos niños, fueron favorecidos por experiencias místicas inauditas.

No sabían leer ni tenían esperanzas siquiera de ir a la escuela, pero la Virgen les confió secretos que transformaron las relaciones internacionales.

Varios Papas, Cardenales y Obispos de todo el mundo, y sobre todo millones de fieles sencillos de todas las condiciones han peregrinado al Santuario erigido en un paraje que en 1917 no era más que un barrizal impracticable.

Entonces era un lugar inaccesible salvo para carretas, pero ahora una cómoda autopista lleva rápidamente a Lisboa y Oporto.

En 1917 Europa estaba en guerra. Portugal era uno de los países beligerantes en el lado de los Aliados, y el descontento en la población era grande.

Casi no había familia que no tuviera a algún hijo o sobrino batallando en las trincheras de un país lejano en una guerra que casi nadie comprendía.

Fátima es el nombre de una parroquia perteneciente al término municipal de Ourem, en el distrito de Santarem, a unos 120 kilómetros al norte de Lisboa.

En el término de la parroquia la población se agrupa en varias localidades o pequeños caseríos de apenas unas decenas de habitantes.

En uno de ellos, Aljustrel, a apenas dos kilómetros de la aldea de Fátima, vivían los hermanos Jacinta y Francisco Marto y su prima, Lucia dos Santos.

Desde muy niños salían al campo con el rebaño de ovejas de la familia.

En una de esas salidas llevaron las ovejas a pastar a Cova de Iria, un paraje deshabitado a unos tres kilómetros de Aljustrel y otros tres de Fátima. Era el 13 de mayo de 1917.

Allí se les apareció la Virgen, y les pidió que volvieran a aquel lugar durante otros cinco meses hasta octubre los días trece. La Virgen se posó en una encina.

No era su primera visión de lo alto: desde la primavera de1916 se les apareció por tres veces un ser con figura humana.

En la primera aparición les enseñó una oración de reparación y les dijo que era el ángel de la paz. En la segunda aparición les dijo quién era: se trataba del Ángel de Portugal.

En la última les mostró un Cáliz con una Sagrada Forma que se sostenían en el aire. Después de adorar al Señor con los niños y enseñarles una oración, les dio la Comunión.

Los niños no comunicaron a nadie la visión del ángel salvo en sus conversaciones entre ellos -Francisco y Jacinta fueron capaces de guardar el secreto hasta su muerte-, pero la visión de Nuestra Señora era algo distinto: esa misma noche Jacinta la contó en su casa.

Inmediatamente la noticia se difundió por Aljustrel y otros caseríos cercanos.

El 13 de junio ya se congregaron unas decenas de personas. Vieron señales milagrosas, aunque no vieron ni escucharon nada salvo las palabras que Lucia dirigía a la Virgen. El 13 de julio eran cientos de peregrinos, y la noticia se difundió por todo el distrito, hasta el punto de que las autoridades se alarmaron.

Pocos años antes se había instaurado en Portugal una república de marcado corte laicista y había promulgado leyes restrictivas del culto católico.

El alcalde de Ourem decidió cortar por lo sano esta explosión de devoción popular en un lugar prohibido para el culto (el campo) que llevaba a la gente a cometer el delito de rezar junto a una encina.

El 13 de agosto, por lo tanto, detuvo a los niños y los mantuvo a buen recaudo todo el día.

La gente se congregó en Cova de Iria, fueron testigos de las mismas señales de lo alto que se vieron los meses anteriores, pero los niños no estaban y nadie vio a la Virgen.

La Virgen sin embargo, volvió a visitarles el 19 de agosto, esta vez en Valinhos, un cruce de caminos a unos trescientos metros de Aljustrel al que a veces llevaban el rebaño.

En septiembre la Virgen se volvió a aparecer el día 13 ante miles de fieles. El 13 de octubre había quizá 70.000 personas reunidas en Cova de Iria.

Todo Portugal para entonces había oído hablar de los sucesos de Fátima. Los grandes periódicos de Lisboa llevaron enviados especiales y fotógrafos a Cova de Iria.

Todos ellos contemplaron el milagro que hizo la Virgen: al terminar la visión, el sol comenzó a danzar en el cielo de Cova de Iria, se volvía de varios colores, giraba sobre sí mismo y se desplazaba mientras que la gente lo miraba sin que les hiciera daño a los ojos.

La Virgen les confió secretos del Cielo a los niños. En Fátima la Virgen pidió a la humanidad que se convirtiera de sus pecados.

Predijo a los niños grandes guerras y sufrimientos si los hombres no se arrepienten, y de modo especial anunció que Rusia difundiría errores por muchas naciones provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia.

En la aparición de julio la Virgen les reveló un secreto.

El secreto fue revelado por la vidente Lucia y por la Santa Sede en tres momentos, por lo que se habla de las tres partes del secreto de Fátima.

La tercera parte del secreto de Fátima fue dada a conocer el año 2000.

La primera de las partes es la visión del infierno; las otras dos son anuncios de futuro, como la predicción acerca de Rusia y el anuncio de la Segunda Guerra Mundial, así como la advertencia acerca de las futuras persecuciones.

Pero es un mensaje de esperanza, por eso la Virgen concluye: “Pero finalmente mi Corazón Inmaculado triunfará, Rusia será consagrada y se convertirá, y un tiempo de paz será dado al mundo”

Pero sobre todo el mensaje de Fátima es de oración. En la segunda aparición, Nuestra Señora le dice a los pastorcillos que Jesús quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Pide también en todas las apariciones que se rece el Rosario.

Pero el propósito de la Virgen no es la satisfacción de nuestra curiosidad, sino la gloria del Señor y la salvación de las almas.

Éste es el mensaje de Fátima, la oración y la conversión: las guerras pasan, los gobiernos de las naciones vienen y van, pero la necesidad de la conversión personal es permanente.

Juan Pablo II expresó, que los mensajes en Fátima son de gran trascendencia para toda la humanidad.

El se reconoció como el Papa de los mensajes, el que debía guiar a la Iglesia en tiempo de crisis.

El puso, tanto la bala que traspasó su cuerpo en el atentado del 1981, como su anillo papal, a los pies de la Virgen de Fátima.

Él beatificó a dos de los videntes , peregrinó a Fátima varias veces; consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María según ella pidió (1984) y en 1989 cayó el Muro de Berlín. Sor Lucía murió el 13 de febrero de 2005, dos meses antes de que falleciera el propio Juan Pablo II.

40. La responsabilidad civil de los católicos

Autor:  frmaria.org

Los cristianos tienen derecho a que se escuche su voz en temas políticos y civiles.

Este ha sido uno de los puntos del discurso anual que Benedicto XVI hizo a la Curia Romana en el pasado mes de diciembre.

Tras comentar por qué la Iglesia se opone a la legalización del matrimonio para las parejas del mismo sexo, el Papa defendía el derecho de los fieles, y de la Iglesia misma, a hablar sobre este tema.

«Si nos dicen que la Iglesia no debería entrometerse en estos asuntos, entonces podemos limitarnos a responder: ¿Es que el hombre no nos interesa?», indicaba el Santo Padre en su discurso a la Curia romana el 22 de diciembre.

Es nuestro deber, explicaba, defender a la persona humana.

Esto es necesario en la sociedad contemporánea, explicaba el Pontífice más adelante.

«El espíritu moderno ha perdido la orientación», observaba, y esto significa que muchas personas no están seguras de qué normas transmitir a sus hijos. De hecho, en muchos casos no sabemos ya cómo usar nuestra libertad correctamente, o qué es moralmente recto o erróneo.

«El gran problema de Occidente es el olvido de Dios», comentaba el Papa; un olvido que se difunde.

Sólo tres días después, el Papa volvía sobre el tema en su mensaje antes de la Bendición «urbi et orbi» el día de Navidad.

«A pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y muerte».

En la edad moderna nuestra necesidad de fe es mayor que nunca, dada la complejidad de los temas a tratar. El mensaje que ofrece la Iglesia no disminuye nuestra humanidad apunta el Papa. «En verdad, Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo demás, lo eleva y perfecciona».

No obstante, existe oposición a que la religión juegue un papel en los debates públicos, afirmaba Benedicto XVI. En su discurso del 9 de diciembre a la Unión de Juristas Católicos Italianos, el Papa examinaba el concepto de «laicidad».

El término, explicaba, describía originalmente el estatus del cristiano lacio que no pertenece al clero.

En los tiempos modernos, sin embargo, «ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual».

Esta comprensión de la laicidad concibe la separación Iglesia-Estado como que la primera no tiene derecho a intervenir en manera alguna en temas que tengan que ver con la vida y la conducta de los ciudadanos, explicaba el Papa.

Además, también exige que se excluya todo símbolo religioso de los lugares públicos.

Frente a este desafío Benedicto XVI declaró a los asistentes que es tarea de los cristianos formular un concepto alternativo de laicidad que, «por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete ‘la legítima autonomía de las realidades terrenas’», como lo definió el Concilio Vaticano II en la constitución «Gaudium et Spes» (No. 36).

Como deja claro el documento del Vaticano II, una «sana laicidad» significa autonomía del control de la Iglesia de las esferas política y social.

Así, la Iglesia es libre de expresar su punto de vista y las personas deben decidir la mejor forma de organizar la vida política. Pero no es autonomía del orden moral.

Sería un error aceptar que la religión debiera confinarse de forma estricta a la esfera privada de la vida, sostenía el Papa.

La exclusión de la religión de la vida pública no es expresión de laicidad, «sino su degeneración en laicismo», afirmaba.

Además, cuando la Iglesia comenta temas legislativos esto no se debe considerar como una intromisión indebida, «sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad».

Es deber de la Iglesia, afirmaba el Pontífice, «proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino».

Concluyendo su discurso el Papa recomendaba que, frente a quienes quieren «excluir a Dios de todos los ámbitos de la vida, presentándolo como antagonista del hombre», los cristianos deben mostrar que «Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los hombres».

La ley moral dada por Dios no tiene como finalidad oprimirnos, explicaba, «sino librarnos del mal y hacernos felices».

Los discursos papales de diciembre sobre el papel de la fe en la vida pública reflejan una de sus preocupaciones constantes durante el año pasado.

Otro importante comentario de Benedicto XVI sobre este asunto es el discurso del 19 de octubre a los participantes en la Asamblea Eclesial Nacional italiana en Verona. El Papa observaba cómo la asamblea organizada por la Iglesia italiana había considerado la cuestión de la responsabilidad civil y política de los católicos.

«Cristo vino para salvar al hombre real y concreto, que vive en la historia y en la comunidad; por eso, el cristianismo y la Iglesia, desde el inicio, han tenido una dimensión y un alcance públicos», afirmaba.

La Iglesia, añadía el Santo Padre, no está interesada en convertirse en un «agente político» y es papel de los fieles laicos, como ciudadanos, trabajar directamente en la esfera política. Pero, añadía, la Iglesia ofrece su aportación por medio de la doctrina social.

Además, reforzar las energías morales y espirituales significa que habrá una mayor probabilidad de que la justicia se ponga por delante de la satisfacción de los intereses personales.

El bien de los ciudadanos no se puede limitar a unos pocos indicadores materiales, como la riqueza, la educación y la sanidad.

La dimensión religiosa también es parte vital del bienestar, empezando por la libertad religiosa. Pero la libertad religiosa, sostenía el Papa, no se limita al derecho a celebrar unos servicios o que las creencias personales no sean atacadas.

La libertad religiosa también incluye el derecho de las familias, los grupos religiosos y la Iglesia a ejercer sus responsabilidades. Esta libertad no compromete al Estado o los intereses de otros grupos, porque se realiza en espíritu de servicio a la sociedad, explicaba Benedicto XVI.

Así cuando la Iglesia y los fieles afrontan temas como la salvaguarda de la vida humana o la defensa de la familia, no lo hace sólo por unas creencias religiosas específicas, sino «en el contexto y según las reglas de la convivencia democrática, por el bien de toda la sociedad y en nombre de valores que toda persona de recto sentir puede compartir».

Estos esfuerzos de la Iglesia y los cristianos no son siempre aceptados de forma favorable, observaba el Pontífice en su discurso del 8 de septiembre a los obispos de la provincia canadiense de Ontario, con ocasión de su visita «ad limina» a Roma.

Además, observaba que algunos líderes cristianos de la vida civil «sacrifican la unidad de la fe y sancionan la desintegración de la razón y los principios de la ética natural, rindiéndose a efímeras tendencias sociales y a falsas exigencias de los sondeos de opinión».

Pero el Papa recordaba a los obispos: «La democracia sólo tiene éxito si se basa en la verdad y en una correcta comprensión de la persona humana».

Por esta razón los católicos implicados en la vida política deberían ser testigos del «esplendor de la verdad» y no separar moralidad de esfera pública.

39. Iglesia y política

Autor:  frmaria.org

Cada vez que la Iglesia se pronuncia sobre una cuestión ética que tiene también una dimensión política, se le acusa de entrometerse en asuntos que no le competen, de optar por un partido político concreto, de ser enemiga de la democracia.

Los que así dicen, quisieran ver a la Iglesia reducida al silencio o hablando sólo de cuestiones litúrgicas o de dogmas abstractos.

Ofrecemos los argumentos de la Iglesia para orientar a los fieles.

Con cierta frecuencia algunos protestan de que la Iglesia no tiene derecho a pronunciarse sobre estos asuntos y rechazan lo que es la Doctrina Social de la Iglesia.

Para responder a tales comentarios a continuación ofrecemos una breve explicación de la Doctrina Social y el derecho de la Iglesia a intervenir en la vida social y política.

La doctrina social de la Iglesia no es un conjunto de recetas prácticas para resolver la cuestión social.

Tampoco se trata de una ideología que pretende imponer una visión utópica, desvinculada de su situación concreta y sus verdaderas necesidades.

Además, los Papas han declarado que la Doctrina Social no es un punto medio o una tercera vía entre el liberalismo y marxismo, o una sociología que presenta soluciones racionales sin normativas en el campo de la moral.

Más bien la Doctrina Social es un conjunto de principios morales, de principios de acción y normas de juicio, abiertas a múltiples concreciones en la vida social.

Se ayuda de todo lo positivo de las ciencias sociológicas, pero las transciende al dar juicios éticos y morales que provienen de la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia.

En otras palabras, se puede decir que la enseñanza social de la Iglesia es la doctrina íntegra de la Iglesia en cuanto referida a la existencia social del hombre sobre la tierra.

La Doctrina Social de la Iglesia nació del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias -comprendidas en el mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo y en la justicia- con los problemas que surgen en la vida de la sociedad.

Se ha constituido en una doctrina, utilizando los recursos del saber y de las ciencias humanas y se proyecta sobre los aspectos éticos de la vida y toma en cuenta los aspectos técnicos de los problemas pero siempre para juzgarlos desde el punto de vista moral.

La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social, un conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres.

La Iglesia tiene el derecho de intervenir en lo social La Iglesia no está de acuerdo con el punto de vista que quiere reducir la fe cristiana al ámbito puramente privado.

Organizar la vida social sin Dios es organizarla en contra los verdaderos valores e intereses humanos.

En el Vaticano II, la Constitución «Gaudium et spes», habló en el párrafo 43 de la necesidad de evitar la dicotomía entre la fe y la actividad social.

Tal división llevaría a dos errores.

En primer lugar: el rechazo de las responsabilidades propias en la vida civil. Esto podría ocurrir debido a una visión que excluye la importancia de los bienes terrenos por querer poner en primer lugar la ciudad eterna.

El Concilio nos recuerda la fe nos debe llevar precisamente a un cumplimiento más perfecto de nuestro compromiso en este mundo.

En segundo lugar es necesario desterrar el espejismo que considera las actividades terrenas como algo totalmente alejado de la religión.

Los padres conciliares nos hicieron ver cómo desde el Antiguo Testamento los profetas hablaban contra esta opinión.

Por ejemplo, en Isaías 58,1-12, el profeta declaró la necesidad de ayudar a los pobres y oprimidos, base fundamental de todo acto de culto.

En el Nuevo Testamento Jesús habló contra los que se contentaban con la observancia exterior de las normas de la religión, sin ayudar a los demás.

Por ejemplo en Marcos 7,10-13, Jesús condena a los que, bajo el pretexto de la religión, se niegan sostener a sus padres.

Por eso, en el mismo párrafo, el Vaticano II declara que, «El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación».

Con esta declaración en mente podemos entender mejor por qué en su primera encíclica, «Redemptorhominis», Juan Pablo II decía que «el hombre es el primer camino de la Iglesia»,( n. 13).

El Papa vuelve a recordar esta afirmación al final de su última encíclica social «Centesimusannus» cuando trata de la responsabilidad que la Iglesia tiene para ayudar a los hombres a ordenar mejor sus vidas terrenas.

El pontífice afirma que «la Iglesia no puede abandonar al hombre» ( n. 53).

Vemos, por lo tanto, que en las esferas civiles y eclesiales hay un punto común en la preocupación por el bien del hombre.

La Iglesia tiene una aportación valiosa que puede servir para fomentar ese bien común, que se debe entender como material y espiritual a la vez.

No por eso se debe pensar que la Iglesia puede suplir las funciones civiles del Estado. Pero la diferenciación de funciones entre el Estado y la Iglesia no implica que la Iglesia sea ajena a la cuestión social.

En cuanto a los no creyentes, se puede decir que la doctrina social de la Iglesia está destinada no sólo a los católicos sino a todo hombre de buena voluntad, tal y como escriben muchas encíclicas al su inicio.

Aunque la obligación de un católico frente al magisterio no es la misma que la de un no creyente, la Iglesia quiere ofrecer a todos los frutos de su larga experiencia y profunda reflexión sobre el hombre y la sociedad.

En cuanto a España, cada vez que los obispos se pronuncian sobre alguna cuestión que tiene una vertiente ética y, lógicamente, política, se les acusa de intromisión.

Según sus acusadores, los obispos no podrían hablar del aborto, de la eutanasia, de la violencia de género, de terrorismo, de la clonación, ni tampoco de la explotación que sufren los inmigrantes ilegales, del enriquecimiento ilícito por la especulación urbanística, de los abusos de los políticos mediante la corrupción.

Lo que quieren estos acusadores de la Iglesia es ver a los obispos como perros mudos que se limitan a hablar exclusivamente de liturgia o de doctrina abstracta.

Es muy curioso, además, que cuando algo de lo que dicen los obispos o el Papa les conviene, se aferran a ello y lo utilizan como un argumento político; esto sucedió, por ejemplo, cuando se debatía el apoyo español a la intervención norteamericana en Irak, en el 2004, y socialistas y comunistas citaban continuamente a Juan Pablo II en el Parlamento para apoyar sus tesis de que España no debía colaborar de ningún modo con los norteamericanos; entonces no les molestaba que la Iglesia hablara, mientras que sí les molesta cuando dice algo que no les gusta escuchar.

Como decían los obispos españoles en las recientes “Orientaciones morales ante la situación actual de España, “la consideración moral de los asuntos de la vida pública lejos de constituir amenaza alguna para la democracia, es un requisito indispensable para el ejercicio de la libertad y el establecimiento de la justicia”.

38. Los obispos españoles hablan del laicismo

Autor:  frmaria.org

En noviembre de 2006, la Conferencia Episcopal española aprobó un documento titulado “Orientaciones morales sobre la situación actual de España”.

Entre otras cosas, el documento afronta el grave problema del crecimiento del laicismo en nuestro país, que se pone de manifiesto, por ejemplo, en las dificultades a la clase de religión en la enseñanza pública, en la valoración de esa asignatura a todos los niveles, y en la implantación de una asignatura nueva, obligatoria, “Educación para la ciudadanía”, que pretender convertirse en un instrumento laicista de adoctrinamiento para niños y jóvenes.

Por su interés, publicamos el texto íntegro del capítulo primero del documento episcopal, sobre el laicismo.

La cuestión del laicismo aparece en el informe de la Conferencia Episcopal española sobre algunos problemas morales existentes en nuestro país, desde el principio del documento.

De hecho, es la cuestión que lo permea todo y que subyace a los diferentes problemas que el informe va tratando a lo largo de sus páginas.

Ya en el título del capítulo primero queda clara la denuncia: “Una situación nueva: fuerte oleada de laicismo”.

Este capítulo, por su extraordinario interés, es el que ofrecemos íntegramente a continuación.

“Es ya un tópico referirse a los rápidos y profundos cambios que se han dado en la sociedad española en los últimos decenios.

Lo cierto es que nuestra historia reciente es más agitada y convulsa de lo que sería deseable.

No se puede comprender bien lo que estamos viviendo en la actualidad, si no lo vemos en la perspectiva de lo ocurrido a lo largo del siglo pasado, respetando serenamente la verdad entera de la complejidad de los hechos.

No vamos a entrar ahora en análisis pormenorizados a este respecto. Basta tener en cuenta la historia, a veces dramática, como maestra de sensatez y cordura.

Sólo queremos referirnos a dos datos de la historia reciente que tienen para nosotros especial importancia. El primero es el advenimiento de la democracia en España.

El final del régimen político anterior, después de cuarenta años de duración, fue un momento histórico delicado, lleno de posibilidades y de riesgos.

En aquella coyuntura, la Iglesia que peregrina en España, iluminada por el reciente Concilio Vaticano II y en estrecha comunión con la Santa Sede, superando cualquier añoranza del pasado, colaboró decididamente para hacer posible la democracia, con el pleno reconocimiento de los derechos fundamentales de todos, sin ninguna discriminación por razones religiosas.

Esta decidida actitud de la Iglesia y de los católicos facilitó una transición fundada sobre el consenso y la reconciliación entre los españoles.

Así, parecía definitivamente superada la trágica división de la sociedad que nos había llevado al horror de la guerra civil, con su cortejo de atrocidades.

Perdón, reconciliación, paz y convivencia, fueron los grandes valores morales que la Iglesia proclamó y que la mayoría de los católicos y de los españoles en general vivieron intensamente en aquellos momentos.

Sobre el trasfondo espiritual de la reconciliación fue posible la Constitución de 1978, basada en el consenso de todas las fuerzas políticas, que ha propiciado treinta años de estabilidad y prosperidad, con las excepciones de las tensiones normales en una democracia moderna, poco experimentada, y de los obstinados ataques del terrorismo contra la vida y seguridad de los ciudadanos y contra el libre funcionamiento de las instituciones democráticas.

Cuando ahora se dice que la Iglesia católica es “un peligro para la democracia”, se olvida que la Iglesia y los católicos españoles colaboraron al establecimiento de la democracia y han respetado sus normas e instituciones lealmente en todo momento.

Al parecer, quedan desconfianzas y reivindicaciones pendientes.

Pero todos debemos procurar que no se deterioren ni se dilapiden los bienes alcanzados. Una sociedad que parecía haber encontrado el camino de su reconciliación y distensión, vuelve a hallarse dividida y enfrentada.

Una utilización de la “memoria histórica”, guiada por una mentalidad selectiva, abre de nuevo viejas heridas de la guerra civil y aviva sentimientos encontrados que parecían estar superados.

Estas medidas no pueden considerarse un verdadero progreso social, sino más bien un retroceso histórico y cívico, con riesgo evidente de tensión, discriminación y alteración de una tranquila convivencia.

El otro factor que queremos resaltar, porque es decisivo para interpretar y valorar desde la fe las nuevas circunstancias, es el desarrollo alarmante del laicismo en nuestra sociedad.

No se trata del reconocimiento de la justa autonomía del orden temporal, en sus instituciones y procesos, algo que es enteramente compatible con la fe cristiana y hasta directamente favorecido y exigido por ella .

Se trata, más bien, de la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales.

Dentro de un cambio cultural muy amplio, España se ve invadida por un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad.

Vivimos en un mundo en donde se va implantando la comprensión atea de la propia existencia: “si Dios existe, no soy libre; si yo soy libre no puedo reconocer la existencia de Dios”.

Éste -aunque no siempre se perciba con tal explicitud intelectual- es el problema radical de nuestra cultura: el de la negación de Dios y el de un vivir “como si Dios no existiera”.

La extensión del ateísmo provoca alteraciones profundas en la vida de las personas, puesto que el conocimiento de Dios constituye la raíz viva y profunda de la cultura de los pueblos, y es el factor más influyente en la configuración de su proyecto de vida, personal, familiar y comunitario.

El mal radical del momento consiste, pues, en algo tan antiguo como el deseo ilusorio y blasfemo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos.

De ahí, la exaltación de la propia libertad como norma suprema del bien y del mal y el olvido de Dios, con el consiguiente menosprecio de la religión y la consideración idolátrica de los bienes del mundo como si fueran el bien supremo.

Benedicto XVI, con su habitual sencillez y profundidad, analizó hace poco esta misma situación en su discurso al IV Congreso Nacional de la Iglesia en Italia. Resumimos aquí algunas de sus afirmaciones más iluminadoras para nosotros:

En el mundo occidental se está produciendo un nueva oleada de ilustración y de laicismo que arrastra a muchos a pensar que sólo sería racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano, y que les induce a hacer de la libertad individual un valor absoluto, al que todos los demás tendrían que someterse.

La fe en Dios resulta así más difícil, entre otras cosas, porque vivimos encerrados en un mundo que parece ser del todo obra humana y no nos ayuda a descubrir la presencia y la bondad de Dios Creador y Padre.

Una determinada cultura moderna, que pretendía engrandecer al hombre, colocándolo en el centro de todo, termina paradójicamente por reducirlo a un mero fruto del azar, impersonal, efímero y, en definitiva, irracional: una nueva expresión del nihilismo.

Sin referencias al verdadero Absoluto, la ética queda reducida a algo relativo y mudable, sin fundamento suficiente, ni consecuencias personales y sociales determinantes. Todo ello comporta una ruptura con las tradiciones religiosas y no responde a las grandes cuestiones que mueven al ser humano.

En nuestro caso, este proyecto implica la quiebra de todo un patrimonio espiritual y cultural, enraizado en la memoria y la adoración de Jesucristo y, por tanto, el abandono de valiosas instituciones y tradiciones nacidas y nutridas de esa cultura.

Se diría que se pretende construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna, fundada únicamente en nuestros propios recursos y orientada casi exclusivamente hacia el mero goce de los bienes de la tierra.

El proceso de descristianización y deterioro moral de la vida personal, familiar y social, se ve favorecido por ciertas características objetivas de nuestra vida, tales como el rápido enriquecimiento, la multiplicidad de ofertas para el ocio, el exceso de ocupaciones o la obnubilación de la conciencia ante el rápido desarrollo de los recursos de la ciencia y de la técnica.

Más profundamente, la expansión de este proceso ha sido facilitada por la escasa formación religiosa de muchas personas, creyentes y no creyentes, por ciertas ideas desfiguradas de Dios y de la verdadera religión, por la falta de coherencia en la vida y actuaciones de muchos cristianos, y por la influencia de ideas equivocadas sobre el origen, la naturaleza y el destino del hombre; y, no en último término, por la debilidad moral de todos nosotros y la seducción de los bienes de este mundo: por “la codicia, que es una verdadera idolatría” (Col 3, 5).

Muchos tenían la esperanza de que el ordenamiento democrático de nuestra convivencia, regido por la Constitución de 1978, y apoyado en la reconciliación y el consenso entre los españoles, nos permitiría superar los viejos enfrentamientos que nos han dividido y empobrecido a nuestra patria, uno de los cuales era sin duda el enfrentamiento entre catolicismo y laicismo, entendidos como formas de vida excluyentes e incompatibles.

Y es posible que así fuera. Ahora vemos con pesadumbre que en los últimos años vuelve a manifestarse entre nosotros una desconfianza y un rechazo de la Iglesia y de la religión católica que se presenta como algo más radical y profundo que la vuelta al viejo anticlericalismo.

Así, el laicismo va configurando una sociedad que, en sus elementos sociales y públicos, se enfrenta con los valores más fundamentales de nuestra cultura, deja sin raíces a instituciones tan fundamentales como el matrimonio y la familia, diluye los fundamentos de la vida moral, de la justicia y de la solidaridad y sitúa a los cristianos en un mundo culturalmente extraño y hostil.

No se trata de imponer los propios criterios morales a toda la sociedad. Sabemos perfectamente que la fe en Jesucristo es a la vez un don de Dios y una libre decisión de cada persona, favorecida por la razón y ayudada por la asistencia divina.

Pero para nosotros es claro que todo lo que sea introducir ideas y costumbres contrarias a la ley natural, fundada en la recta razón y en el patrimonio espiritual y moral históricamente acumulado por las sociedades, debilita los fundamentos de la justicia y deteriora la vida de las personas y de la sociedad entera.

En no pocos ambientes resulta difícil manifestarse como cristiano: parece que lo único correcto y a la altura de los tiempos es hacerlo como agnóstico y partidario de un laicismo radical y excluyente.

Algunos sectores pretenden excluir a los católicos de la vida pública y acelerar la implantación del laicismo y del relativismo moral como única mentalidad compatible con la democracia.

Tal parece ser la interpretación correcta de las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública.

En este mismo sentido apuntan las leyes y declaraciones contrarias a la ley natural, que deterioran el bien moral de la sociedad, formada en buena parte por católicos, como es el caso de la insólita definición legal del matrimonio con exclusión de toda referencia a la diferencia entre el varón y la mujer, el apoyo a la llamada “ideología de género”, la ley del “divorcio exprés”, la creciente tolerancia con el aborto, la producción de seres humanos como material de investigación, y el anunciado programa de la nueva asignatura, con carácter obligatorio, denominada “Educación para la ciudadanía”, con el riesgo de una inaceptable intromisión del Estado en la educación moral de los alumnos, cuya responsabilidad primera corresponde a la familia y a la escuela.

La solidaridad con la sociedad de la que formamos parte, el amor a nuestros conciudadanos y la responsabilidad que tenemos ante Dios, nos impulsan a advertir de los grandes males que se pueden seguir -y que ya están apareciendo entre nosotros- del oscurecimiento y debilitamiento de la conciencia moral que conllevan disposiciones como las mencionadas. Al hacerlo así, no perseguimos ningún interés particular.

Nuestro propósito es sólo estimular la responsabilidad de todos y provocar una reflexión social que nos permita corregir a tiempo un rumbo que nos parece equivocado y peligroso.

Cuando hemos alcanzado tantas cosas buenas que nunca habíamos logrado, no tenemos por qué abandonar otros valores de orden espiritual y moral que forman parte de nuestro patrimonio y que hemos recibido de nuestros antepasados como bienes de valor inestimable.

Declaramos de nuevo nuestro deseo de vivir y convivir en esta sociedad respetando lealmente sus instituciones democráticas, reconociendo a las autoridades legítimas, obedeciendo las leyes justas y colaborando específicamente en el bien común.

Nadie tiene que temer agresiones ni deslealtades para con la vida democrática por parte de los católicos.

Nuestro deseo es ir encontrando poco a poco el ordenamiento justo para que todos podamos vivir de acuerdo con nuestras convicciones, sin que nadie pretenda imponer a nadie sus puntos de vista por procedimientos desleales e injustos.

Los católicos pedimos únicamente respeto a nuestra identidad y libertad para anunciar el mensaje de Cristo como Salvador universal”.

37. ¿Son iguales todas las religiones?

Autor:  frmaria.org

Uno de los errores de nuestro tiempo es el de considerar que todas las religiones son igualmente válidas para alcanzar la salvación a los hombres.

De ahí se deduce, entre otras cosas, que se puede elegir la que sea más cómoda.

Sin embargo, la verdad es sólo una y sólo en una religión estará la plenitud de la verdad y, por lo tanto, la plenitud de los instrumentos que garantizan la salvación, la felicidad.

Se piensa que todas las religiones son buenas.

Todas -salvo degeneraciones extrañas que son como la excepción que confirma la regla- llevan al hombre a hacer cosas buenas, exaltan sentimientos positivos y satisfacen en mayor o menor medida la necesidad de trascendencia que todos tenemos. En el fondo, da igual una que otra.

Además, ¿por qué no puede haber varias religiones verdaderas?

Es cierto que uno tiene que ser de espíritu abierto, y apreciar todo lo positivo que haya en las diversas religiones, lo cual es sustancialmente diferente que decir que existen varias religiones verdaderas: si solamente hay un Dios, no puede haber más que una verdad acerca de Dios y una sola religión verdadera.

La sensatez en la decisión humana sobre la religión no estará, por tanto, en elegir la religión que a uno le guste o le satisfaga más, sino más bien en acertar con la verdadera, que sólo puede ser una.

Porque una cosa es tener una mente abierta y otra, bien distinta, pensar que cada uno puede hacerse una religión a su gusto, y no preocuparse mucho puesto que todas van a ser verdaderas.

Ya dijo Chesterton que tener una mente abierta es como tener la boca abierta: no es un fin, sino un medio. Y el fin -decía con sentido del humor- es cerrar la boca sobre algo sólido.

Muchas religiones tendrán una parte que será verdad y otra que contendrá errores (excepto la verdadera, que, lógicamente, no contendrá errores).

Por esta razón, la Iglesia Católica -lo ha recordado el Concilio Vaticano II- nada rechaza de lo que en otras religiones hay de verdadero y de santo.

Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres.

¿Y por qué la religión cristiana va a ser la verdadera? Veamos algunos argumentos.

Podemos empezar, por ejemplo, por considerar cómo, en los primeros siglos, la fe cristiana se abrió camino en el Imperio Romano de forma prodigiosa.

El cristianismo recibió un tratamiento tremendamente hostil.

Hubo una represión brutal, con persecuciones sangrientas, y con todo el peso de la autoridad imperial en su contra durante muchísimo tiempo.

Es necesario pensar también que la religión entonces predominante era una amalgama de cultos idolátricos, enormemente indulgentes con todas las debilidades humanas.

Tal era el mundo que debían transformar. Un mundo cuyos dominadores no tenían interés alguno en que cambiara.

Y la fe cristiana se abrió paso sin armas, sin fuerza, sin violencia de ninguna clase, a pesar de que su moral era muchísimo más exigente que la de las otras religiones de la época. Y, pese a esas objetivas dificultades, los cristianos eran cada vez más.

Lograr que la religión cristiana se arraigase, se extendiera y se perpetuara; lograr la conversión de aquel enorme y poderoso imperio, y cambiar la faz de la tierra de esa manera, y todo a partir de doce predicadores pobres e ignorantes, faltos de elocuencia y de cualquier prestigio social, enviados por otro hombre que había sido condenado a morir en una cruz, que era la muerte más afrentosa de aquellos tiempos… Sin duda para el que no crea en los milagros de los evangelios, me pregunto si no sería éste milagro suficiente.

Sin embargo, la pregunta básica sobre la identidad de la religión cristiana se centra en su fundador, en quién es Jesús de Nazaret.

El primer trazo característico de la figura de Jesucristo es que afirma ser de condición divina.

Esto es absolutamente único en la historia de la humanidad.

Es el único hombre que, en su sano juicio, ha reivindicado ser igual a Dios.

Los grandes fundadores de religiones, como Confucio, Lao-Tse, Buda y Mahoma, jamás tuvieron pretensiones semejantes.

Mahoma se decía profeta de Alá, Buda afirmó que había sido iluminado, y Confucio y Lao-Tse predicaron una sabiduría. Sin embargo, Jesucristo afirma ser Dios.

Los gestos de Jesucristo eran propiamente divinos.

Lo que sorprendía y alegraba a las gentes era la autoridad con que hablaba, por encima de cualquier otra, aun de la más alta, como la de Moisés; y hablaba con la misma autoridad de Dios en la Ley o los Profetas, sin referirse más que a sí mismo:

"Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo…" A través de sus milagros manda sobre la enfermedad y la muerte, da órdenes al viento y al mar, con la autoridad y el poderío del Creador mismo.

Sin embargo, este hombre, que utiliza el yo con la audacia y la pretensión más insostenibles, posee al propio tiempo una perfecta humildad y una discreción llena de delicadeza.

Una humilde pretensión de divinidad que constituye un hecho singular en la historia y que pertenece a la esencia misma del cristianismo.

En cualquier otra circunstancia -piénsese de nuevo en Buda, en Confucio o en Mahoma- los fundadores de religiones lanzan un movimiento espiritual que, una vez puesto en marcha, puede desarrollarse con independencia de ellos.

Sin embargo, Jesucristo no indica simplemente un camino, no es el portador de una verdad, como cualquier otro profeta, sino que es Él mismo el punto final del cristianismo.

Por eso, la verdadera fe cristiana comienza cuando un creyente deja de interesarse por las ideas o la moral cristianas, tomadas en abstracto, y le encuentra a Él como verdadero hombre y verdadero Dios.

La verdad sobre Dios es accesible al hombre en la medida en que éste acepte dejarse llevar por Dios y acepte lo que Dios ordena.

Por ello, no es justo decir que los que no son cristianos no buscan a Dios rectamente. Hay gente recta que puede no llegar a conocer a Dios con completa claridad.

Una ceguera que puede ser heredada de su educación, o de la cultura en la que ha nacido, y en ese caso, Dios que es justo, juzgará a cada uno por la fidelidad con que haya vivido conforme a sus convicciones.

Es preciso, lógicamente, que a lo largo de su vida hayan hecho lo que esté en su mano por llegar al conocimiento de la verdad. Estos pueden conseguir la salvación eterna.

La encíclica “DominusIesus” es bastante clara cuando afirma que con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido a la Iglesia para la salvación de todos los hombres.

Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista «marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que "una religión es tan buena como otra"» (Redemptorismissio, 36).

Como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia, como dijo el Concilio, «anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas» (Nostraaetate, 2).

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