36. La reencarnación (II)

Autor:  frmaria.org

En el capítulo anterior dedicado a la reencarnación, vimos cómo Dios fue revelando al pueblo de Israel -tal como cuenta el Antiguo Testamento- que la vida es una y que el alma y el cuerpo son dos realidades de la misma persona.

Continuamos ahora ofreciendo el desarrollo de la fe en la resurrección en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, que rechazan totalmente la idea de la reencarnación después de la muerte.

Fue en torno al año 200 antes de Cristo cuando se iluminó para siempre el tema del más allá en el Antiguo Testamento.

En esa época entró en el pueblo judío la fe en la resurrección, y quedó definitivamente descartada la posibilidad de la reencarnación.

Según esta novedosa creencia, al morir una persona, recupera la vida inmediatamente.

Pero no en la tierra, sino en otra dimensión llamada “la eternidad”. Y comienza a vivir una vida distinta, sin límites de tiempo ni espacio.

Una vida que ya no puede morir más. Es la denominada Vida Eterna.

Esta enseñanza aparece por primera vez, en la Biblia, en el libro de Daniel. Allí, un ángel le revela este gran secreto:

“La multitud de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la vergüenza y el horror eterno” (12,2).

Por lo tanto, queda claro que el paso que sigue inmediatamente a la muerte es la Vida Eterna, la cual será dichosa para los buenos y dolorosa para los pecadores. Pero será eterna.

La segunda vez que la encontramos, es en un relato en el que el rey Antíoco IV de Siria tortura a siete hermanos judíos para obligarlos a abandonar su fe.

Mientras moría, el segundo dijo al rey: “Tú nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros nos resucitará a una vida eterna” (2 Mac 7,9).

Y al morir, el séptimo exclamó: “Mis hermanos, después de haber soportado una corta pena, gozan ahora de la vida eterna” (2 Mac 7,36).

Para el Antiguo Testamento, pues, resulta imposible volver a la vida terrena después de morir.

Por más breve y dolorosa que haya sido la existencia humana, luego de la muerte comienza la resurrección.

Jesucristo, con su autoridad de Hijo de Dios, confirmó oficialmente esta doctrina. Con la parábola del rico Epulón (Lc 16,19.31), contó cómo al morir un pobre mendigo llamado Lázaro los ángeles lo llevaron inmediatamente al cielo.

Por aquellos días murió también un hombre rico e insensible, y fue llevado al infierno para ser atormentado por el fuego de las llamas.

No dijo Jesús que a este hombre rico le correspondiera reencarnarse para purgar sus numerosos pecados en la tierra.

Al contrario, la parábola explica que por haber utilizado injustamente los muchos bienes que había recibido en la tierra, debía “ahora” (es decir, en el más allá, en la vida eterna, y no en la tierra) pagar sus culpas (v.25).

El rico, desesperado, suplica que le permitan a Lázaro volver a la tierra (o sea, que se reencarne) porque tiene cinco hermanos tan pecadores como él, a fin de advertirles lo que les espera si no cambian de vida (v.27.28).

Pero le contestan que no es posible, porque entre este mundo y el otro hay un abismo que nadie puede atravesar (v.26).
La angustia del rico condenado le viene, justamente, al constatar que sus hermanos también tienen una sola vida para vivir, una única posibilidad, una única oportunidad para darle sentido a la existencia.

Cuando Jesús moría en la cruz, cuenta el Evangelio que uno de los ladrones crucificado a su lado le pidió: “Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu reino”.

Si Jesús hubiera admitido la posibilidad de la reencarnación, tendría que haberle dicho:

“Ten paciencia, tus crímenes son muchos; debes pasar por varias reencarnaciones hasta purificarte completamente”. Pero su respuesta fue: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43).

Si “hoy” iba a estar en el Paraíso, es porque nunca más podía volver a nacer en este mundo.

San Pablo también rechaza la reencarnación. En efecto, al escribir a los filipenses les dice: “Me siento apremiado por los dos lados.

Por una parte, quisiera morir para estar ya con Cristo. Pero por otra, es más necesario para ustedes que yo me quede aún en este mundo” (1,23.24).

Si hubiera creído posible la reencarnación, inútiles habrían sido sus deseos de morir, ya que volvería a encontrarse con la frustración de una nueva vida terrenal. Una total incoherencia.

Y explicando a los corintios lo que sucede el día de nuestra muerte, les dice:

“En la resurrección de los muertos, se entierra un cuerpo corruptible y resucita uno incorruptible, se entierra un cuerpo humillado y resucita uno glorioso, se entierra un cuerpo débil y resucita uno fuerte, se entierra un cuerpo material y resucita uno espiritual (1 Cor 15,42.44).

¿Puede, entonces, un cristiano creer en la reencarnación? Queda claro que no.

La idea de tomar otro cuerpo y regresar a la tierra después de la muerte es absolutamente incompatible con las enseñanzas de la Biblia.

La afirmación bíblica más contundente y lapidaria de que la reencarnación es insostenible, la trae la carta a los Hebreos: “Está establecido que los hombres mueren una sola vez, y después viene el juicio” (9,27).

Pero no sólo las Sagradas Escrituras impiden creer en la reencarnación, sino también el sentido común.

En efecto, que ella explique las simpatías y antipatías entre las personas, los desentendimientos de los matrimonios, las desigualdades en la inteligencia de la gente, o las muertes precoces, ya no es aceptado seriamente por nadie.

La moderna psicología ha ayudado a aclarar, de manera científica y concluyente, el porqué de éstas y otras manifestaciones extrañas de la personalidad humana, sin imponer a nadie la creencia en la reencarnación.

La reencarnación, por lo tanto, es una doctrina incompatible con la fe cristiana, propia de una mentalidad primitiva, destructora de la esperanza en la otra vida, inútil para dar respuestas a los enigmas de la vida, y lo que es peor, peligrosa por ser una invitación a la irresponsabilidad.

En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas más, además de ésta, corre el riesgo de no plantearse con toda seriedad la vida presente, ni pondrá gran empeño en lo que hace, ni le importará demasiado su obrar.

Total, siempre pensará que le aguardan otras reencarnaciones para mejorar la desidia de ésta, por más que crea que esas reencarnaciones van a ser a una vida peor.

Además, la fe en la reencarnación ha llevado a muchos a no ayudar a los que sufren, pues ven en su sufrimiento el castigo impuesto por Dios por los pecados cometidos en la otra vida; algo equivalente a lo que padecen los que están en la cárcel; si sufren es porque se lo han merecido en la vida anterior y eso es bueno para ellos porque así se purifican.

La conclusión es la ausencia, mayor o menor, de caridad.

Pero si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene sólo esta vida para cumplir sus sueños, sólo estos años para realizarse, sólo estos días y estas noches para ser feliz con las personas que ama, entonces se cuidará muy bien de maltratar el tiempo, de perderlo en trivialidades, de desperdiciar las oportunidades.

Vivirá cada minuto con intensidad, pondrá lo mejor de sí en cada encuentro, y no permitirá que se le escape ninguna coyuntura que la vida le ofrezca.

Sabe que no retornarán y da gracias a Dios por el tiempo concedido.

35. La reencarnación (I)

Autor:  frmaria.org

Una conocida actriz, hace no mucho tiempo, declaraba en el reportaje concedido a una revista:

“Yo soy católica, pero creo en la reencarnación.

Ya averigüé que ésta es mi tercera vida. Primero fui una princesa egipcia.

Luego, una matrona del Imperio Romano. Y ahora me reencarné en actriz”. La fe en la reencarnación, de origen hinduista, está cada vez más extendida en el mundo.

Dedicaremos dos capítulos a desmontar esta creencia.

Resulta, en verdad, asombroso comprobar cómo cada vez es mayor el número de los que, aún siendo católicos, aceptan la reencarnación.

Una encuesta realizada en la Argentina por la empresa Gallup reveló que el 33% de los encuestados cree en ella.

En Europa, el 40% de la población se adhiere gustoso a esa creencia.

Y en el Brasil, nada menos que el 70% de sus habitantes son reencarnacionistas.

En resumen, el 34% de los católicos, el 29% de los protestantes, y el 20% de los no creyentes, hoy en día la profesan.

La fe en la reencarnación, pues, constituye un fenómeno mundial.

Y por tratarse de un artículo de excelente consumo, tanto la radio como la televisión, los diarios, las revistas, y últimamente el cine, se encargan permanentemente de tenerlo entra sus ofertas.

Pero ¿por qué esta doctrina seduce a la gente?

La reencarnación es la creencia según la cual, al morir una persona, su alma se separa momentáneamente del cuerpo, y después de algún tiempo toma otro cuerpo diferente para volver a nacer en la tierra. Por lo tanto, los hombres pasarían par muchas vidas en este mundo.

¿Y por qué el alma necesita reencarnarse? Porque en una nueva existencia debe pagar los pecados cometidos en la presente vida, o recoger el premio de haber tenido una conducta honesta.

El alma está, dicen, en continua evolución. Y las sucesivas reencarnaciones le permite progresar hasta alcanzar la perfección.

Entonces se convierte en un espíritu puro, ya no necesita más reencarnaciones, y se sumerge para siempre en el infinito de la eternidad.

Esta ley ciega, que obliga a reencarnarse en un destino inevitable, es llamada la ley del “karma” (=acto).

Para esta doctrina, el cuerpo no sería más que una túnica caduca y descartable que el alma inmortal teje por necesidad, y que una vez gastada deja de lado para tejer otra.

Existe una forma aún más escalofriante de reencarnacionismo, llamada “metempsicosis”, según la cual si uno ha sido muy pecador su alma puede llegar a reencarnarse en un animal, ¡y hasta en una planta!

Quienes creen en la reencarnación piensan que ésta ofrece ventajas.

En primer lugar, nos concede una segunda (o tercera, o cuarta) oportunidad.

Sería injusto arriesgar todo nuestro futuro de una sola vez.

Además, angustiaría tener que conformarnos con una sola existencia, a veces mayormente triste y dolorosa. La reencarnación, en cambio, permite empezar de nuevo.

Por otra parte, el tiempo de una sola vida humana no es suficiente para lograr la perfección necesaria. Esta exige un largo aprendizaje, que se va adquiriendo poco a poco.

Ni los mejores hombres se encuentran, al momento de morir, en tal estado de perfección. La reencarnación, en cambio, permite alcanzar esa perfección en otros cuerpos.

Finalmente, la reencarnación ayuda a explicar ciertos hechos incomprensibles, como por ejemplo que algunas personas sean más inteligentes que otras, que el dolor esté tan desigualmente repartido entre los hombres, las simpatías o antipatías entre las personas, que algunos matrimonios sean desdichados, o la muerte precoz de los niños.

Todo esto se entiende mejor si ellos están pagando deudas o cosechando méritos de vidas anteriores.

La reencarnación, pues, es una doctrina seductora y atrapante, porque pretende “resolver” cuestiones intrincadas de la vida humana.

Además, porque resulta apasionante para la curiosidad del común de la gente descubrir qué personaje famoso fue uno mismo en la antigüedad.

Esta expectativa ayuda, de algún modo, a olvidar nuestra vida intrascendente, y a evadirnos de la existencia gris y rutinaria en la que estamos a veces sumergidos.

Pero ¿cómo nació la creencia en la reencarnación?

Antiguas civilizaciones como la sumeria, egipcia, china y persa, no la conocieron.

El enorme esfuerzo que dedicaron a la edificación de pirámides, tumbas y demás construcciones funerarias, demuestra que creían en una sola existencia terrestre.

Si hubieran pensado que el difunto volvería a reencarnarse en otro, no habrían hecho el colosal derroche de templos y otros objetos decorativos con que lo preparaban para su vida en el más allá.

La primera vez que aparece la idea de la reencarnación es en la India, en el siglo VII a.C.

Aquellos hombres primitivos, muy ligados aún a la mentalidad agrícola, veían que todas las cosas en la naturaleza, luego de cumplir su ciclo, retornaban. Las estaciones del verano y el invierno se iban y volvían puntualmente.

Los campos, las flores, las inundaciones, todo tenía un movimiento circular, de eterno retorno.

Esta constatación llevó a pensar que también el hombre, al morir, debía otra vez regresar a la tierra.

Pero como veían que el cuerpo del difundo se descomponía, imaginaron que era el alma la que volvía a tomar un nuevo cuerpo para seguir viviendo.

Con el tiempo, aprovecharon esta creencia para aclarar también ciertas cuestiones vitales (como las desigualdades humanas, antes mencionadas), que de otro modo les resultaban inexplicables para la incipiente y precaria mentalidad de aquella época.

Cuando apareció el Budismo en la India, en el siglo V a.C., adoptó la creencia en la reencarnación. Y por él se extendió en la China, Japón, el Tíbet, y más tarde en Grecia y Roma.

Y así, penetró también en otras religiones, que la asumieron entre los elementos básicos de su fe.

Pero los judíos jamás quisieron aceptar la idea de una reencarnación, y en sus escritos la rechazaron absolutamente.

Por ejemplo, el Salmo 39, que es una meditación sobre la brevedad de la vida, dice: “Señor, no me mires con enojo, para que pueda alegrarme, antes de que me vaya y ya no exista más” (v.14).

También el pobre Job, en medio de su terrible enfermedad, le suplica a Dios, a quien creía culpable de su sufrimiento: “Apártate de mí.

Así podré sonreír un poco, antes de que me vaya para no volver, a la región de las tinieblas y de las sombras” (10,21.22). Y un libro más moderno, el de la Sabiduría, enseña :

“El hombre, en su maldad, puede quitar la vida, es cierto; pero no puede hacer volver al espíritu que se fue, ni liberar el alma arrebatada por la muerte’’ (16,14).

La creencia de que nacemos una sola vez, aparece igualmente en dos episodios de la vida del rey David. El primero, cuando una mujer, en una audiencia concedida, le hace reflexionar:

“Todos tenemos que morir, y seremos como agua derramada que ya no puede recogerse” (2 Sm 14,14).

El segundo, cuando al morir el hijo del monarca exclama:

“Mientras el niño vivía, yo ayunaba y lloraba. Pero ahora que está muerto ¿para qué voy a ayunar? ¿Acaso podré hacerlo volver? Yo iré hacia él, pero él no volverá hacia mí” (2 Sm 12,22.23).

Vemos, entonces, que en el Antiguo Testamento, y aún cuando no se conocía la idea de la resurrección, ya se sabía al menos que de la muerte no se vuelve nunca más a la tierra.

34. Catolicismo y Masonería (III)

Autor:  frmaria.org

Terminamos con esta entrega las lecciones dedicadas a la posición de la Iglesia ante la Masonería.

Ahora exponemos algunos de los principales pronunciamientos de la jerarquía de la Iglesia, haciendo especial hincapié en los más recientes, habidos tras el Concilio Vaticano II.

Por último, ofrecemos algunos de los motivos por los que es tan atractiva, sin olvidar que es el demonio quien está siempre detrás de todo lo que perjudica a la Iglesia.

El Código de Derecho Canónico del año 1917, condena la Masonería explícitamente: Canon 2335:

"Las personas que entran en asociaciones de la secta masónica o cualquier otra del mismo tipo que conspire contra la Iglesia y la autoridad civil legítima, contraen excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica.

Pasado ya el Concilio Vaticano II, la Iglesia alemana inició una aproximación a la Masonería para ver si era posible establecer algún tipo de diálogo.

Tras los contactos habidos, se produjo una declaración oficial, publicada en L`Osservatore Romano el 9 de julio de 1980:

“Entre la Iglesia Católica y la Masonería se han mantenido conversaciones oficiales en los años 1974-1980 por encargo de la Conferencia Episcopal Alemana y de las grandes Logias reunidas.

En el curso de aquellas se ha tratado de constatar si la Masonería ha experimentado cambios a lo largo del tiempo, tales que consientan a los católicos de pertenecer a ella actualmente.

Las conversaciones se han desarrollado en clima de cordialidad y con gran franqueza y objetividad.

Se han estudiado los tres primeros estadios (grados) de pertenencia a la secta.

Después de atento estudio de esos tres estadios primeros, la Iglesia Católica ha constatado que existen contrastes fundamentales e insuperables.

En su esencia la Masonería no ha cambiado.

La pertenencia a la Masonería pone en duda los fundamentos de la existencia de Cristo; el examen minucioso de los rituales masónicos y de las afirmaciones fundamentales, como también la constatación objetiva de que hoy no ha sufrido ningún cambio la Masonería, lleva a esta conclusión obvia:

No es compatible la pertenencia a la Iglesia católica y al mismo tiempo a la Masonería”.

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el 17 de febrero, de 1981, promulgó una clarificación sobre el estado de los católicos que se asocian a la Masonería en la que se reafirma la posición tradicional de la Iglesia acerca de la Masonería.

Sin embargo, el Código de Derecho Canónico actual (promulgado en 1983) no habla explícitamente de la Masonería sino que se limita a la siguiente advertencia general contra ese tipo de asociación: Canon 1374:

"Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho".

Algunos obispos pensaron que este canon ya no era aplicable a la Masonería porque no la nombra explícitamente.

Estimaban que la Masonería había evolucionado y que ya no "maquinaba" contra la Iglesia.

Sugirieron que se podría abrogar la prohibición contra la entrada de católicos en las logias masónicas.

Ante estas dudas, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una nota el 26 de noviembre de 1983, en la que se decía:

“Se ha cuestionado sobre si ha habido algún cambio en la decisión de la Iglesia en respecto a las asociaciones masónicas ya que el Código de Ley Canónica, a diferencia del anterior, no las menciona expresamente.

Esta Sagrada Congregación está en posición de responder que esta circunstancia se debe al criterio editorial que se siguió también en el caso de otras asociaciones que tampoco se mencionaron en cuanto que están contenidas en categorías más amplias.

Por lo tanto, el juicio negativo de la Iglesia sobre las asociaciones masónicas se mantiene sin cambios ya que sus principios siempre se han considerado irreconciliables con la doctrina de la Iglesia ("earum principia semper iconciliabilia habita sunt cum Ecclesiae doctrina") y por lo tanto se continúa prohibiendo ser miembro de ellas.

Los fieles que se inscriben en asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden recibir la Santa Comunión.

No está en la competencia de las autoridades eclesiales locales el impartir un juicio sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas que implicase una derogación de lo que se ha decidido arriba, y esto en línea con la declaración de esta sagrada congregación promulgada el 17 de febrero de 1981.

En una audiencia concedida al subscrito cardenal prefecto, el Supremo Pontífice Juan Pablo II, aprobó y ordenó la publicación de esta declaración que ha sido decidida en una reunión ordinaria de esta Sagrada Congregación”.

La nota estaba firmada por el cardenal Ratzinger, actual Pontífice, a la sazón prefecto de Doctrina de la Fe.

Merece la pena también preguntarse por qué tantos van a la Masonería, en qué consiste su atractivo.

La Masonería es producto del alejamiento de Dios en que los hombres han caído.

Su influencia sobre los hispanos, por ejemplo, es favorecida por el machismo que considera la práctica cristiana como propia solo de las mujeres.

La participación en la logia masónica se ha presentado como una alternativa para los hombres, donde, en vez de someterse a Dios, hablan de negocios y hacen contactos según sus intereses.

Esto ha profundizado la crisis de falsa identidad masculina. Las consecuencias han sido graves tanto para la familia como para la sociedad.

Hay que tener en cuenta que muchos entran en la masonería buscando favorecerse de su poderosa red de contactos e influencias.

Es una gran tentación el percibir las oportunidades que se abren en los negocios y trabajos para los miembros de la logia. Los masones suelen ayudarse entre ellos y tienen algunas obras benéficas.

Está también el atractivo para los hombres en creerse que entran en un grupo elite de libres pensadores. Sin duda, muchos están confundidos y creen que pueden ser católicos y masones.

Quedan sinceramente consternados al conocer la posición de la Iglesia contra la Masonería. Cuando se les explican las razones no lo pueden creer.

Dicen que su logia no es así. Es cierto que algunas logias ya no tienen la agresividad tradicional contra la Iglesia, pero la filosofía sigue siendo la misma.

Hay además que tomar en cuenta que los miembros de bajo rango no saben la realidad oscura de la masonería porque se les esconde hasta que suban de grado y estén más influenciados y comprometidos.

Un masón que se llama católico escribió un artículo asegurando que los grados de la Masonería son complementarios con las creencias de "cualquier religión que crea en Dios".

No podía comprender el "fanatismo" de "algunos" en la Iglesia que condenan la Masonería. Más adelante, en el mismo artículo se lee:

"la Masonería me ha inspirado a ser tolerante y aprender de las otras religiones. He leído con gran interés la Cábala, el Corán… todos los masones adoran al mismo Dios."

Parece por este escrito que en su logia no atacan directamente a la Iglesia católica, pero ocurrió algo que a veces es peor: lograron confundirle de tal modo que no ve la diferencia entre leer la Biblia y la Cábala (escritos del ocultismo).

33. Catolicismo y Masonería (II)

Autor:  frmaria.org

Continuamos en este capítulo con el tema de la masonería y la prohibición que la Iglesia establece de pertenencia a ella.

Pero para entender el por qué de esta prohibición hay que comprender no sólo el concepto de Dios que se infunden al masón -visto en el capítulo pasado-, sino también las obligaciones que se le exigen.

A continuación se exponen algunos de los documentos papales de condena, sobre todo la “Humanum Genus” de León XIII.

Un punto esencial de la adscripción a la masonería es el de las obligaciones a que el masón se compromete. Estas obligaciones fundamentales son tres:

  • Guardar secreto de lo tratado en las reuniones.
  • Trabajar intensamente en el perfeccionamiento interno que redundará en beneficio de los demás.
  • Cumplir lo establecido en los estatutos.

Además, estas tres obligaciones se desglosan en multitud de obligaciones menores y tareas concretas:

-Respetar y conocer todos los ritos y estatutos.

-Participar en los ritos masónicos, sustituyendo incluso las ceremonias civiles y religiosas, como el matrimonio, por las masónicas.

-Usar los símbolos propios de cada grado así como el "nombre simbólico" de cada individuo.

-Llamar "hermano" a todos los masones y tratarlos como a tales aún a riesgo de la propia vida y por encima de las leyes de cada nación.

-Celebrar las grandes fiestas de la masonería que coinciden con los solsticios.

-Pagar las cuotas.

-Realizar los llamados "trabajos masónicos", que pueden ser estudios o debates sobre cualquier tema.

-Proyectar sobre el mundo profano o no masónico el talante masónico de tolerancia, hermandad, etc.

-Promover la vuelta a la ecología y la protección de la naturaleza.

-El rechazo a las drogas.

-El racionalismo ético.

-La promoción del estado aconfesional.

-La oposición a la vivisección, la pena de muerte, el boxeo, la fiesta de toros, la caza, la pesca, etc.

-Oposición a la financiación de la educación privada por parte del Estado y a la enseñanza de una religión concreta en al escuela.

-Aceptación del control de la natalidad, el divorcio, la eutanasia, etc.

Como se ve, algunas de estas normas son perfectamente asumibles por los católicos, mientras que otras van dirigidas contra la moral cristiana e incluso contra la propia estructura eclesial y su misión educadora y evangelizadora.

Por todo ello, la Iglesia no tardó en pronunciarse en contra de la Masonería.

Esta oposición se fundamenta en los siguientes puntos:

  • Violación del primer Mandamiento.

Los masones tienen un concepto de la divinidad opuesto al de la revelación judeo-cristiana.

No aceptan al Dios personal ni tampoco a Dios Trino, único y verdadero.

Su deidad es impersonal: el falso dios de la razón.

  • Violación del segundo Mandamiento.

El grave abuso de los juramentos.

Formalmente invocan la deidad en sus ritos de iniciación para sujetar al hombre, bajo sanciones directas, a objetivos contrarios a la voluntad divina.

  • Su rechazo a la Iglesia Católica, la cual intenta destruir. (Su objetivo de destruir la Iglesia está ampliamente documentado).

Los principales puntos de confrontación, tras el Vaticano II, son:

  • El “Gran Arquitecto del Universo” es un concepto abstracto de Dios, no un Ser personal.
  • La moral masona no está ligada a ninguna creencia religiosa en particular; se trata de una moral subjetiva.
  • La doble moral masona que pregona la libertad absoluta pero exige juramentos iniciáticos e impone normas tremendamente estrictas a sus miembros.
  • La autonomía de la razón masona frente a la relación fe-razón de la Iglesia.
  • El esoterismo y el sincretismo masón que pretende nivelar todas las religiones dándole a Jesucristo el papel de gran maestro al mismo nivel que Buda, Mahoma, Zoroastro, etc. pero eliminando su divinidad.
  • La ambigüedad masona que implica que no es posible conocer la verdad, frente a la revelación cristiana.

Por todo ello, el 24 de abril, de 1738 (21 años después de la fundación oficial de la Masonería) Clemente XII escribió “In eminenti”, la primera encíclica contra la Masonería.

Desde entonces ha estado prohibido para los católicos entrar en la Masonería. (Los ortodoxos y algunos grupos protestantes también han prohibido en diversas ocasiones la entrada de sus miembros en la Masonería).

Otros documentos papales -en total 371- que exponen el error de la Masonería fueron promulgados con posterioridad, según la Iglesia iba viendo necesario renovar la condena a esta institución y recordar a los católicos la prohibición de pertenencia a la misma.

Benedicto XIV lo hizo el 18 de mayo de 1751. Pío VII, con la “Ecclesiam a Jesu Christo”, el 13 de septiembre de 1821.

León XII, con “Quo Graviora”, el 13 de marzo de 1825.

Pío VIII, con “Traditi Humilitati”, el 24 mayo de 1829. Gregorio XVI, con la encíclica “Mirari Vos” (una de las más importantes sobre el tema), el 15 de agosto, 1832.

Pío IX, con la encíclica “Qui Pluribus”, el 9 de noviembre de 1846. León XIII, con la encíclica “Humanum Genus”, el 20 abril de 1884, quizá el principal documento pontificio sobre el tema.

Este mismo pontífice volvió a renovar la condena de la Masonería en 15 de octubre de 1890 con el documento “Dall´alto dell´Apostolico Seggio” y con la encíclica “Inimica Vos” del 8 de diciembre de 1892.

En la “Humanum Genus”, León XIII afirma, entre otras cosas:

“El fin de la Masonería es derrocar todo el orden religioso y político del mundo que ha producido la enseñanza cristiana y sustituirlo por un nuevo orden de acuerdo a sus ideas”. “Sus ideas proceden de un mero ¡naturalismo’.

La doctrina fundamental del naturalismo es que la naturaleza y la razón humana deben ser dueñas y guías de todo”.

“La Masonería reclama ser la religión ‘natural’ del hombre. Por eso dice tener su origen en el comienzo de la historia”.

“El concepto masón de Dios es opuesto al de la Iglesia Católica.

No aceptan de Dios sino un conocimiento puramente filosófico y natural”. (Dios es entonces imagen del hombre. Por eso no tienen una clara distinción entre el espíritu inmortal del hombre y Dios).

“Niegan que Dios haya enseñado algo. No aceptan los dogmas de la religión ni la verdad que no puede ser entendida por la inteligencia humana”.

“Poco les importa los deberes para con Dios. Los pervierten con opiniones erradas y vagas”.

“La Masonería promulga un sincretismo que mezcla desde los misterios de la cábala del antiguo oriente hasta las manipulaciones tecnológicas del modernismo occidental”.

“Enseña que la Iglesia católica es una secta. Su oposición a la Iglesia Católica antecede a la oposición de la Iglesia contra ella”.

“De lo anterior se concluye que el Catolicismo y la Masonería son esencialmente opuestas. Si una desistiera de su oposición a la otra, dejaría de ser lo que es”.

La encíclica hace una reflexión basada en las "dos ciudades" de San Agustín que representan dos reinos opuestos en guerra.

En un lado Jesucristo, en el otro está Satanás. La fuerza detrás de la Masonería, causante de sus engaños y su odio a la verdad de Jesús no puede ser sino Satanás, el príncipe de la mentira.

32. Catolicismo y Masonería (I)

Autor:  frmaria.org

La masonería es una pseudo religión paralela e incompatible con el cristianismo.

Sus elementos religiosos incluyen: templos, altares, oraciones, un código moral, culto, vestimentas rituales, días festivos, la promesa de retribución después de la muerte, jerarquía, ritos de iniciación y ritos fúnebres.

Así lo han declarado los pontífices desde el inicio de ese grupo hasta nuestros días, llegando a lanzar la excomunión a los que pertenecieran a ella.

La masonería tomó su nombre del antiguo gremio de los masones.

Éstos eran los artesanos que trabajaban la piedra en la construcción de grandes obras.

Con el declive de la construcción de las grandes catedrales en Europa y la propagación del protestantismo, los gremios de masones comenzaron a decaer y para sobrevivir comenzaron a recibir miembros que no eran masones de oficio.

Con el tiempo, estos últimos se hicieron mayoría y los gremios perdieron su propósito original.

Pasaron a ser fraternidades con el fin de hacer contactos de negocios y discutir las nuevas ideas que se propagaban en Europa.

La fundación de la masonería tiene lugar en 1717 con la unión en Londres de cuatro gremios para formar la Gran Logia Masónica como liga universal de la humanidad. De aquí pronto pasó a Francia donde se fundó "El Gran Oriente de Francia" en 1736.

Los primeros masones fueron protestantes ingleses. Se sentían "liberados" de una Iglesia dogmática que exige asentimiento a verdades reveladas.

Con la nueva libertad creció la fascinación por la especulación y el sincretismo.

Tomaron como patrones a Adán y los patriarcas y se atribuyeron arbitrariamente las mayores construcciones de la antigüedad, entre ellas el Arca de Noé, la Torre de Babel, las Pirámides y el Templo de Salomón.

Mezclaron las enseñanzas de las antiguas religiones y tomaron libremente elementos de los grupos ocultistas, como los rosacruces, los sacerdotes egipcios y las supersticiones paganas de Europa y del Oriente.

El objetivo era crear una nueva "gnosis" propia de personas ascendidas a un nivel superior. Como parte de su sincretismo, la Masonería no tiene reparo en incluir también a la Biblia, la cual ponen sobre su "altar".

Las logias pueden también recibir miembros de cualquier religión.

Estos traen sus propios libros sagrados a los que se les da el mismo valor que a la Santa Biblia. En definitiva, todos ellos quedan relegados a un segundo plano.

La masonería se propone como la nueva religión universal mientras que las Iglesias cristianas son relegadas a la categoría de meras "sectas".

Al entender esto queda claro como Satanás fomenta la masonería para luchar contra la verdadera religión universal (universal = católica).

La Masonería no solo explota la animosidad contra la Iglesia y el anticlericalismo sino que los fomenta e institucionaliza.

El corazón de la masonería está en su simbolismo, su hermetismo, su mandato de ayuda mutua y sus ritos secretos.

Las ceremonias, a menudo largas y complicadas, deben conocerse de memoria, y se realizan utilizando un léxico y una indumentaria particular.

Los símbolos habituales de la masonería son muy numerosos, pero lo más conocidos son el Compás y la Escuadra, la Plomada y el Nivel, el Martillo y el Cincel (recuerdos de su origen arquitectónico), la estrella de cinco puntas, las columnas, etc.

La masonería niega que se trate de una doctrina y gustan autodefinirse como un sistema particular de moral enseñada bajo el velo de la alegoría mediante símbolos, o sea un método que permite el libre pensamiento y la libre discusión acerca de cualquier tema, excepto el método en sí, con tal de que se respete la opinión de la mayoría.

Ésta teórica "tolerancia total" termina por traducirse en un "relativismo total", es decir: no existe nada (verdad, error, pecado, norma, ética, moral, etc) absoluto e inmutable. Más aún, tampoco interesan la verdad ni el bien moral en sí, lo realmente importante es su búsqueda.

Por ello el masón rechaza cualquier verdad dogmática o moral objetiva. En particular rechazan a la Iglesia Católica como paradigma del dogmatismo.

Para los masones aquel que intenta vivir una fe revelada es sencillamente un intolerante.

No es de extrañar por tanto su anticlericalismo, su oposición a los sacramentos cristianos y su lucha por una educación laica.

La verdadera filosofía masónica es el "humanismo secular", una ideología meramente humana proponente del racionalismo y el naturalismo.

Según ella, la "naturaleza" está guiada por la razón que lleva por si sola a toda la verdad y, consecuentemente, a una utopía de "libertad, igualdad y fraternidad".

Este debía ser el "novus ordo seculorum" (un nuevo orden secular).

La filosofía masónica es precursora de la Revolución Francesa y aparece mas tarde en la filosofía comunista.

La Masonería no tiene lugar para el Dios de la revelación. Dios aparece como un concepto y no como persona. Dios es el "Gran Arquitecto" que fundó la Masonería.

El hombre se convierte en su propio dios, la misma seducción de la serpiente antigua: "Coman y serán como dioses".

De hecho, en 1887 la logia masónica del "Gran Oriente" (de la que se inspira por lo general la Masonería en América Latina) formalmente eliminó la necesidad de que sus miembros crean en Dios o en la inmortalidad del alma.

Los símbolos cristianos de la cultura recibieron una interpretación secular.

Así, la cruz pasó a ser un mero símbolo de la naturaleza sin mayor trascendencia. Las letras "INRI" sobre la cruz de Jesús, pasaron a significar "Igne Natura Renovatur Integra" (el fuego de la naturaleza lo renueva todo).

Algunos masones dicen "creer" en Jesucristo pero, si son consecuentes con la masonería, no creen en Él según el sentido cristiano que lo reconoce como Dios.

Ellos lo consideran simplemente como el apóstol mayor de la humanidad por haber superado el fanatismo de los romanos y de los sacerdotes.

Jesús es "el Gran Maestro", pero, para no ofender a otras religiones, el nombre de Jesús quedó prohibido en la logia.

Los antiguos masones guardaban celosamente los secretos de su arte.

Con la nueva Masonería, el afán de secretismo aumentó y se le impuso estrictamente a los miembros en los ritos de iniciación.

Los candidatos deben hacer juramentos de no revelar en absoluto los "secretos" de la masonería so pena de auto-mutilación o de ser ejecutados.

El masón expresa el deseo de buscar "luz". Entonces se le asegura que recibirá la luz de la instrucción espiritual que no pudo recibir en otra iglesia y que tendrá descanso eterno el la "logia celestial" si vive y muere según los principios masónicos.

La Masonería tienen una extensa jerarquía compuesta por 33 grados.

El masón "Aprendiz" (primer grado) jura:

"No revelaré ninguno de los secretos de la masonería, bajo pena de que me corten el cuello".

El masón "Compañero" (segundo grado) jura:

"No revelaré jamás ninguno de los secretos de la masonería a los que no son masones, ni siquiera a los Aprendices, y esto bajo pena de que me arranquen el corazón y de que mi cuerpo sea arrojado a los cuervos".

Al llegar al trigésimo grado (llamado "Kadosh"), se debe pisar la tiara papal y la corona real, simbolizando el repudio a sus mayores enemigos, la Iglesia y la Monarquía.

Entonces se jura liberar a la humanidad "de las ataduras del despotismo".

Cada masón desconoce lo que enseñan y hacen en los grados superiores.

Aquí está la gran ironía: Los masones se consideran libres pensadores para opinar sin contar con la Biblia o la Iglesia y sin embargo están atados a la logia bajo las mas severas amenazas.

La influencia masónica es poderosa tanto en la política como en los negocios.

Cuando los masones han tomado control de un gobierno, como en Francia en 1877 y en Portugal en 1910, han establecido leyes para restringir las actividades de la Iglesia.

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