Helder Camara, el obispo brasileño que fue un héroe para unos y un villano para otros, dijo en cierta ocasión:
“Cuando hablo de Dios me dicen que soy un santo. Cuando hablo de justicia, me llaman comunista”.
Con mucha frecuencia sucede algo parecido, aunque los temas sean dispares. Si el Papa o un obispo critican una ley aprobada por un Parlamento por la que se permite un atentado contra la vida humana (el aborto, por ejemplo), enseguida se alzan voces diciendo que la Iglesia se mete en política.
Unos y otros, la izquierda y la derecha, parecen convenir en una cosa: la Iglesia sólo debería hablar de temas espirituales, temas relacionados con la liturgia o con los dogmas, pero sin aplicar dichas verdades de fe a la vida concreta y real, pues eso es política. ¿Es eso posible?
Enseñanza del Catecismo:
“La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas.
Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia” (nº 899).
“La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta.
Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto” (nº 1901).
“La autoridad no saca de sí misma su autoridad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido.
‘La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna.
En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia’ (S. Tomás de Aquino, S. Th. 1-2, 93, 3 ad 2)” (nº 1902).
“La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente líticos.
Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia.
En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa” (nº 1903).
“Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite.
Es este el principio del ‘Estado de derecho’ en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (nº 1904).
“El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error, ni un supuesto derecho al error, sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político.
Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil” (nº 2108).
“El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente el de las familias y de los desheredados.
Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las exigencias del bien común. No pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo legítimo y proporcionado.
El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la nación y de toda la comunidad humana” (nº 2237).
“El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio.
El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política.
‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’ (Mt 22, 21). ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’ (Hch 5, 29)” (nº 2242).
“La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La Iglesia respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” (nº 2245).
“Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral incluso sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones” (nº 2246).
Argumentación:
El último texto citado (nº 2246 del Catecismo) es clave para entender la conciencia que tiene la Iglesia de su derecho y de su deber de opinar en cuestiones que, directa o indirectamente, tienen una dimensión política.
La Iglesia se ve a sí misma –porque así la instituyó Cristo- como la luz del mundo. Por eso, cuando detecta oscuridades graves que afectan a los hombres –y no sólo a los hombres católicos-, se siente empujada por el Espíritu Santo a intervenir públicamente para denunciar esas situaciones y, si es posible, para anunciar la forma de remediarlas.
Los ejemplos son muchísimos: el aborto, la eutanasia, la manipulación de embriones humanos, la pena de muerte, el divorcio, la equiparación de matrimonios gays con las familias, el uso de la violencia, el uso de la tortura, la dictadura política, la injusticia social, el terrorismo y un larguísimo etc.
Pero ¿por qué hace eso la Iglesia? ¿Se sale de su misión al hacerlo? ¿Debería dejar de hacerlo?
Ante todo hay que fijarse en su fundador, Jesucristo. Él, que vino a dar un mensaje espiritual, también se metió en política. Lo hizo cuando puso la ley del descanso sabático al servicio del hombre.
Lo hizo cuando defendió los derechos de la mujer. Lo hizo cuando aceptó entrar en casa del centurión romano –que era el representante militar del pueblo opresor de los judíos- o cuando aceptó como apóstol a un colaboracionista de los romanos como era San Mateo.
Lo hizo cuando expulsó a los mercaderes del Templo. Lo hizo cuando obligó a San Pedro a enfundar su espada y le prohibió que usara la violencia.
De hecho, a nadie le cabe duda de que entre los motivos que condujeron a Cristo a la Cruz estaban los ataques que había reiterado contra los políticos judíos de su tiempo –a los sacerdotes y a los fariseos les llamó una y otra vez ‘raza de víboras’ y ‘sepulcros blanqueados’-;
Pilato, el representante político del dominador romano, intentó salvarle quizá porque le convenía que el pueblo judío estuviera dividido, pero al final ordenó su muerte porque el precio político a pagar era demasiado caro –la amenaza de que sería denunciado a Roma por no oponerse con firmeza a un supuesto pretendiente al trono judío-.
De hecho, el letrero que estaba sobre la cabeza de Cristo en la Cruz explicaba en clave política el motivo de su muerte: “Aquí está el Rey de los judíos”.
Cristo, por lo tanto, se metió en política. Ahora bien, lo hizo –como lo hace la Iglesia hoy- para defender los derechos de dios y los derechos humanos.
Lo hizo sin utilizar la violencia –incluso en la expulsión de los mercaderes del Templo, el Señor no golpea a los hombres ni a los animales sino que se limita a derribar las mesas y esparcir el dinero por el suelo-.
Llegó incluso a condenar el uso de la violencia explícitamente, en un momento tan delicado para él como el de su apresamiento en el huerto de los olivos.
La Iglesia católica, por su parte, ha sido siempre fiel a la enseñanza de su fundador en este punto.
Porque se metió en política fue perseguida por los emperadores romanos –lo hacía cuando se negaba a adorar a los emperadores, que era una forma de fortalecer el poder político.
Se metió en política cuando se atrevió a criticar públicamente a los emperadores cristianos –como hizo San Ambrosio con Teodosio, al que obligó a hacer penitencia pública por haber ordenado la muerte de 7000 inocentes en la ciudad griega de Tesalónica-.
Se metió en política durante la larguísima y decisiva “lucha de las investiduras”, en la que defendió sus derechos a nombrar a los obispos, oponiéndose a los distintos reyes que querían nombrarlos ellos.
Se metió en política cuando exigió a los Reyes Católicos que fueran respetados los derechos de los indígenas americanos o cuando defendió los derechos de los esclavos negros (San Pedro Claver).
Se metió en política cuando se opuso a Hitler lo mismo que cuando se opuso a Stalin. Se metió en política cuando se opuso a la invasión de Irak, alegando que provocaría males mayores.
Es verdad que no siempre la actuación de la jerarquía de la Iglesia –sobre todo en ámbitos locales- ha sido la ideal en este punto. A veces ha cometido errores, como reconoció Juan Pablo II al pedir perdón en los albores del tercer milenio.
Pero, en su conjunto, la Iglesia, desde sus inicios, ha intervenido para defender su libertad ante la pretensión de los políticos de querer dominarla y amordazarla.
Y para defender los derechos de los débiles, de los inocentes, de aquellos que con frecuencia no han encontrado otra voz más que la de la Iglesia que hablara por ellos.
Por eso hay que concluir que la Iglesia está siendo fiel a su misión cuando proclama la verdad moral, aunque al hacerlo tenga una dimensión política, disguste a los políticos o sea acusada de salirse de su ámbito de actuación. La moral forma parte de la enseñanza evangélica tanto como el dogma o la liturgia.
Afirmar que la Iglesia no puede pronunciarse sobre temas éticos porque si lo hace se mete en política es ignorar lo que hizo y enseñó Jesucristo y lo que la Iglesia ha hecho desde sus orígenes.
Además, los que acusan de eso a la Iglesia suelen estar interesados en silenciarla porque se ven descubiertos en su corrupción por la luz que emana de la Palabra de Dios y la Iglesia proclama.
Para colmo de cinismo, los acusadores de la Iglesia no dudan en utilizarla cuando les conviene; un ejemplo es lo sucedido en España en los últimos años:
En los meses previos a las elecciones generales de 2004, Juan Pablo II se opuso abiertamente a la guerra de Irak y los obispos españoles se solidarizaron con el Papa, aunque eso perjudicaba al Partido Popular –en ese momento en el poder y que daba un apoyo más moral que efectivo a la contienda-;
el PP, sin embargo, no criticó a los obispos y al Papa por desautorizar públicamente su actuación, y eso que la crítica de la jerarquía afectaba a muchos de sus votantes; más aún, los socialistas y los comunistas llevaban al Parlamento los argumentos del Papa e incluso le citaban textualmente, para erosionar al Gobierno del PP;
cuatro años después, ante las elecciones del 2008, los obispos españoles publicaron una nota orientando a los fieles católicos de cara a las elecciones, en la que pedían que se votara pensando en defender la familia, la vida, el derecho de los padres a educar moralmente a sus hijos y que se rechazara la negociación política con los terroristas;
la reacción del PSOE fue virulenta y muy agresiva, con insultos de grueso calibre; los mismos que habían usado las palabras del Papa y de los obispos cuatro años antes y no se habían quejado de que la Iglesia “se metiera en política”, pretendieron amordazarla y reducirla al silencio cuando lo que la Iglesia decía no les convenía.
La acusación, por lo tanto, de que la Iglesia hace política no se sostiene, al menos habitualmente.
Cuando defiende los valores contenidos en el Evangelio o los derechos humanos, la Iglesia no hace otra cosa más que cumplir con su misión.
Habría que preguntarse más bien si no están siendo los Gobiernos los que legislan en contra de esos derechos humanos, violando los límites que nunca deberían traspasar, y entrando en la intimidad de las conciencias de los ciudadanos.
Por otro lado, al menos en una sociedad democrática, todas las personas y todas las instituciones tienen derecho a expresar libremente sus opiniones.
¿No serán precisamente los más antidemocráticos, los más tiranos y dictadores, aquellos que niegan a la Iglesia el derecho a hablar y que quieren reducirla al silencio?
Uno de los ataques más reiterados a la Iglesia, sobre todo en ambientes de escaso nivel cultural, es el que se refiere al dinero del Vaticano.
Una y otra vez se oye decir que el Papa vive como un multimillonario, rodeado de todo tipo de lujos, en un palacio lleno de maravillosas obras de arte.
Según los enemigos de la Iglesia, ésta posee una de las mayores fortunas del mundo y dedica su dinero a costear un nivel de vida desenfrenado a sus máximos dirigentes.
Se compara esta supuesta situación con la que, según dicen, llevaría hoy Jesucristo, el cual, si volviera, se sentiría muy incómodo en el Vaticano, lo abandonaría y se iría a vivir a las fabelas de Río de Janeiro, a las villas miseria de Argentina o a los pueblos jóvenes de Lima.
Enseñanza del Magisterio:
“Por derecho nativo, e independientemente de la potestad civil, la Iglesia católica puede adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales para alcanzar sus propios fines.
Fines propios son principalmente los siguientes: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico. Artículo 1254)
“La Iglesia no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas ya las comunidades.
Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido" (Juan Pablo II, 1 de septiembre de 1999).
“Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de ‘derrochar’, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía.
No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la ‘sala grande’, la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio.
La liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jesús y desarrollando la herencia ritual del judaísmo.
Y, en efecto, nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles.
Aunque la lógica del ‘convite’ inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de banalizar esta ‘cordialidad’ con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el ‘banquete’ sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el Gólgota.
El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete ‘sagrado’, en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios.
El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es ‘panis angelorum’, pan de los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: ‘Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo’ (Mt 8, 8; Lc 7, 6)” (Juan Pablo II. ‘Ecclesia de Eucharistia’, nº 48).
“En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra.
De aquí nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la liturgia eucarística, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales legítimamente constituidas. También sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte.
La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración.
Así ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucarísticas en las «domus» de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto histórico lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos, a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias, pequeñas o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el cristianismo.
Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio.
Igualmente se puede decir de la música sacra, y basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos litúrgicos de la Santa Misa.
Y, ¿acaso no se observa una enorme cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebración eucarística?
Se puede decir así que la Eucaristía, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la cultura, especialmente en el ámbito estético” (Juan Pablo II. ‘Ecclesia de Eucharistia’, nº 49).
Argumentación:
La cuestión del dinero de la Iglesia –expresado externamente a través de sus templos monumentales y sus obras de arte- es una de las más difíciles de afrontar en una argumentación apologética que pretende ser razonada y razonable.
Y lo es no porque sea difícil justificar la existencia de ese dinero o de esos templos y tesoros artísticos, sino porque los que atacan a la Iglesia por ese motivo, demuestran una gran incapacidad de argumentación, de lógica, de nivel intelectual, y por eso se hace muy difícil dialogar con ellos, darles razones y argumentos.
La pasión –con frecuencia el odio- les embarga y todo intento de diálogo está condenado al fracaso porque ellos lo único que buscan es hacer daño a la Iglesia.
Eso no significa que no se pueda hacer o decir nada. Se puede y se debe. Pero siendo conscientes de que este tema difícilmente se afronta con serenidad y objetividad. De hecho, son muchas las personas que están alejadas de la Iglesia y que, incluso, la critican por otras cosas, que sobre esto no hacen ninguna objeción.
Lo primero que hay que decir es que el propio Cristo utilizaba dinero para vivir y se dejaba ayudar de ese modo.
Mientras duró su “vida oculta”, él ganó con sus propias manos para atender a su sustento y al de su Madre, la Santísima Virgen.
Luego, cuando comenzó su “vida pública”, ya no pudo seguir haciéndolo y aceptó los donativos que unos y otros le hacían.
Sabemos que había mujeres que le ayudaban –una de ellas era, nada menos, que la mujer del administrador de Herodes, llamada Juana- y debían manejar un cierto capital para verse en la necesidad de designar un tesorero –Judas, el traidor-.
Muerto el Señor, la costumbre de ayudar a los apóstoles a fin de que éstos quedaran liberados del trabajo para dedicarse a la evangelización siguió existiendo en la pequeña comunidad cristiana. Los Hechos de los Apóstoles nos narran, por ejemplo, el castigo que recibieron los que engañaban a San Pedro en las limosnas.
San Pablo –que recibió varias veces ayudas económicas de distintas comunidades- se precia de haber trabajado con sus manos –era tejedor de tiendas- para ganarse el pan, pero reconoce que “el obrero merece su salario” y que los evangelizadores tienen derecho a recibir ayuda económica de la comunidad a la que sirven.
De hecho, pronto se creó la figura de los diáconos, para dedicarse a la administración de los bienes y, en particular, a atender a las obras de caridad, a fin de que los apóstoles –y sus sucesores, los obispos- pudieran centrarse en la evangelización.
Entre la ayuda que se recibía figuraban donaciones en especie y no sólo en metálico. No faltaban miembros de la comunidad que, en vida, donaban casas o tierras, para que se pudiera celebrar la Santa Misa o para que, con los réditos, pudieran atenderse los gastos de la evangelización y los derivados de la ayuda a los pobres.
Los romanos debieron considerar que la Iglesia era muy rica, pues durante una de las persecuciones –la de Valentiniano, en el 258-, al diácono Lorenzo le prometieron respetarle la vida si les conducía a donde estaban escondidos los tesoros de la Iglesia; Lorenzo pidió tres días para recolectarlos y, transcurrido este tiempo, se presentó ante el Prefecto de Roma con un gran número de pobres a los que la Iglesia socorría.
Cuando la Iglesia alcanzó al libertad, con el edicto de Constantino en el 313, la situación comenzó a cambiar rápidamente.
El prestigio obtenido durante los largos años de persecución y el favor de los emperadores, provocaron que recibiera numerosas donaciones, tanto en dinero como en templos paganos que pasaron a convertirse en iglesias cristianas.
Algunos de estos templos aún se conservan, como el de Santa María sopra Minerva, en la plaza principal de Asís. Esta situación continuó durante la Edad Media, en la cual se produjo, además, otro acontecimiento de extraordinaria importancia.
La brutalidad que se vivía en Europa tras la caída del Imperio Romano y las sucesivas invasiones de los bárbaros, llevaron a los Papas a intentar crear un territorio sujeto a su obediencia que les permitiera estar a salvo de las presiones de los reyes.
Justiniano I le otorgó al Papa, por primera vez, derechos civiles sobre algunos territorios (año 554). Esto fue consolidado por el Papa San Gregorio Magno (590-604), que antes de serlo había sido el Prefecto (el Alcalde) de la ciudad.
En 756, el rey de Francia Pipino derrota a los Longobardos, que amenazaban Roma, a petición del Papa Esteban II, y le otorga a éste en propiedad los territorios conquistados. Serán esos territorios los que constituyan el núcleo de los llamados “Estados Pontificios”.
En esencia, corresponden a las actuales regiones italianas de Lazio (con Roma como capital), Umbría (cuya capital es Perugia, junto a la cual está Asís), las Marcas y la Romagna (con ciudades como Bolonia o Rávena).
El Papa fue, pues, Rey de un Reino hasta que la invasión de Garibaldi le desposeyó de esas posesiones en 1870.
Cuando esto sucedió, el tiempo estaba ya maduro para que el Papa pudiera seguir gobernando la Iglesia universal con independencia de los poderes civiles, cuya amenaza e interferencias en el gobierno eclesiástico no habían cesado desde los inicios de la Iglesia.
Sólo sabiendo estas nociones básicas de historia se puede entender el por qué existe la Ciudad del Vaticano (es lo que queda de los Estados Pontificios y sirve para asegurar la independencia del papa y evitar que esté bajo el control de ningún país), por qué existe una gran iglesia como la del Vaticano (edificada sobre la tumba de San Pedro, para dejar constancia de la predominancia que la Iglesia de Roma debía tener sobre el resto de las Iglesias, pues sólo en ella estaba el Vicario de Cristo) o por qué hay tantas obras de arte en el Museo del Vaticano (el gusto por el arte en el Renacimiento italiano afectó también a los Papas, que procedían de las principales familias de ese país, como los Médici de Florencia).
Son cosas del pasado, ciertamente, pero son cosas que hoy no se pueden destruir. En Francia está el Louvre, que, lo mismo que otros museos, tiene su origen en las colecciones de pintura y objetos de arte que hicieron los sucesivos reyes durante siglos.
¿Debería Francia vender lo que contiene y aún el mismo edificio para, por ejemplo, ayudar a los obreros de los barrios marginales de París?
Alguno podrá objetar que Francia, Inglaterra, Austria y otras naciones con grandes palacios son ricas y pueden hacer esas obras sociales sin recurrir a desprenderse de su patrimonio cultural.
¿Debería México vender las pirámides de Teotihuacan, Guatemala las de Tikal, Perú el Machu Picchu o Camboya el templo de Angkor?. Seguramente que todos dirán que no, por muy cerriles que sean.
Lo que sí deberían hacer –y es lo que suelen hacer- es conservarlas para las generaciones futuras y hacerlas accesibles a todos.
Exactamente eso es lo que hace el Vaticano que, incluso a mi gusto, se excede; si por mí fuera, limitaría el número de turistas que entran en la Basílica de San Pedro, pues resulta extraordinariamente difícil rezar en ella; y por si acaso alguno objeta que lo hace para ganar dinero, conviene recordar que el acceso a la Basílica es totalmente gratuito.
Más aún, si el Vaticano decidiera un día vender la Basílica y lo que contiene el Museo, probablemente Italia lo impediría.
Esto soluciona, al menos en parte, la cuestión de los grandes templos y de los tesoros artísticos que contiene –son resultado de otra mentalidad, propia del pasado, y ahora no podemos destruirlos ni venderlos porque son patrimonio de la Humanidad-.
¿Pero, cómo responder a la cuestión de la supuesta buena vida que se da el Papa? Realmente hace falta muy mala fe y muchísima ignorancia para hacer esa afirmación. Nada más alejado de la realidad que la de imaginar a un Papa de nuestro tiempo llevando una vida de lujos.
Es verdad que vive en un palacio –ya he dicho que eso no lo puede evitar y, por otro lado, en algún sitio debería vivir y la Iglesia necesitaría un gran edificio para su sede central, como lo necesitaría cualquier institución que coordinara a 1.200 millones de personas en todo el mundo-, pero eso no significa que viva con lujos.
Es muy austero, con un equipo de “servidores” muy pequeño, reducido a algunos secretarios y a unas “consagradas” –antes eran monjas y hoy son mujeres que pertenecen al movimiento Comunión y Liberación- que le atienden la casa.
Su austeridad es enorme y probablemente no consume para sí mismo ni la mitad que utiliza una persona de clase media en Italia.
Queda otra cuestión, la del dinero que maneja el Vaticano. Fue puesta de moda por los escándalos en torno al IOR –así se llama la institución que invierte el dinero de la Iglesia-, en la última etapa de Pablo VI.
Algunas inversiones llevadas a cabo de forma equivocada por monseñor Marcinkus pusieron en peligro las finanzas de la Santa Sede.
En todo caso, lo mismo que en la cuestión anterior, resulta evidente que la Iglesia necesita disponer de dinero para llevar a cabo su misión espiritual –Cristo mismo lo hizo así-.
Otra cosa es que ese dinero sea sólo el necesario y que se dedique a esos fines. Estas dos cuestiones son más difíciles de demostrar, pero en esencia se cumplen.
El dinero del Vaticano procede, en buena medida, de lo que el Estado italiano le dio cuando se firmó el Concordato, como reparación por haberle desposeído de los Estados Pontificios.
El resto, procede de lo que las Diócesis del mundo envían, como contribución a los gastos de la Iglesia, gastos que redundan en beneficio de esas Diócesis.
Hay años en que el balance económico es positivo y otros en que es negativo. En cuanto a la colecta llamada “óbolo de San Pedro” –la que se hace el 29 de junio-, el Papa la utiliza para obras de caridad y no dedica ni un solo céntimo a los gastos que genera la maquinaria burocrática de la Iglesia.
Las acusaciones de que en el Vaticano se lava dinero negro, procedente del narcotráfico o de otras fuentes ilícitas, son tan infundadas como calumniosas: no se pueden probar, simplemente porque son falsas.
Aunque ya no es un tema tan debatido en los países secularizados, pues la mayoría es indiferente y ni siquiera sabe qué significa lo de la infalibilidad, suele ser todavía motivo de ataque a la Iglesia en países sometidos a una agresión constante e intensa por parte de las sectas.Estas hacen de este asunto y de la virginidad de María casi sus únicos argumentos para criticar a la Iglesia.Por desgracia, sin embargo, los ataques más frecuentes e intensos proceden del interior de la propia Iglesia, de teólogos y sacerdotes que han perdido la fe de la Iglesia, al menos en este punto.Conviene, pues, tener claro de dónde procede este dogma y cuáles son sus implicaciones.
Enseñanza del Catecismo: “La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias modalidades” (nº 890). “El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico (LG 25; cf Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar ‘como revelado por Dios para ser creído’ (DV 10) y como enseñanza de Cristo, ‘hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe’ (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf LG 25)” (nº 891). “La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una ‘manera definitiva’, proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben ‘adherirse con espíritu de obediencia religiosa’ (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él” (nº 892). “El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas” (nº 2035). Otros textos: “Algunos piensan que eliminado el primado la unidad se recompondría. No es así, dejaría de existir” (Pablo VI). “Cuando hice preguntas a mi Iglesia anglicana sobre la vida que vivía bajo su tutela, no me dio respuestas. Sólo me dijo que me quedara tranquilo, pero eso no me bastaba; un alma no se satisface eternamente con dulzura, suaves murmullos e himnos; y la libertad que disfrutamos resulta ser una esclavitud más intolerable que las cadenas más pesadas. Yo no quería ir por un camino tras otro, según mis deseos: quería saber cuál era el camino que Dios deseaba que recorriera. No quería ser libre para dar la espalda a la verdad; quería una verdad que me hiciera libre. No ansiaba los espaciosos caminos placenteros, sino el angosto Camino que es Verdad y Vida. Y para todas esas cosas mi antigua Iglesia no me servía de ayuda” (Robert Hugh Benson. "Confesiones de un converso"). Argumentación: Ante todo, conviene tener clara qué es la infalibilidad del Papa, cuál es su origen y por qué es instituida por Cristo. El Papa es infalible –o, lo que es lo mismo, no puede equivocarse- cuando solemnemente y bajo determinadas condiciones promulga y declara una enseñanza en materia de fe o de moral. Por lo tanto, la infalibilidad papal no implica que el Papa no pueda pecar, pues está relacionada con su enseñanza (un profesor puede estar enseñando la verdad, en matemáticas por ejemplo, y ser un malvado). Tampoco implica que el Papa tenga la razón siempre (en temas de tipo político, por ejemplo), ni siquiera en temas de tipo estrictamente religioso. Sólo es infalible, tal y como indica el Catecismo, cuando de una manera explícita, hablando como Pastor supremo de la Iglesia, dice que esa enseñanza en concreto es algo “revelado por Dios para ser creído”. En esos casos, se dice que el Papa habla “ex cátedra”. Son pocas las ocasiones en que esto se ha producido. En los últimos siglos sólo se han proclamado tres dogmas de fe: uno precisamente sobre la infalibilidad (Concilio Vaticano I, 18 de julio de 1870), otro sobre la Concepción Inmaculada de María (8 de diciembre de 1854) y el tercero sobre la Asunción de María al Cielo (1 de noviembre de 1950). Por lo tanto, en contra de lo que muchos afirman, el recurso a la infalibilidad ha sido utilizado en poquísimas ocasiones por los Pontífices. La infalibilidad papal –y de los obispos unidos a él- fue algo querido por el propio Cristo, cuando encarga a San Pedro que gobierne la Iglesia y que confirme en la fe a sus hermanos, los demás apóstoles (cf. Jn 1, 42; Mc 3, 16; Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-17; Lc 10, 16; Lc 22, 31-32). Está unida a una especial asistencia del Espíritu Santo. Aunque fue proclamada en el siglo XIX, eso no significa que existiera sólo desde entonces; significa que sólo entonces se proclamó formal y obligatoriamente la necesidad de creer en ella, pero desde el principio se había asumido como una verdad de fe, aunque no sin controversias. El motivo es evidente: en cualquier empresa o institución, es preciso que alguien tenga la última palabra cuando la discusión y los distintos pareceres no permiten adoptar de manera unánime un comportamiento. También en la Iglesia ha sucedido y sucede esto. Desde sus inicios, debido a que está formada por hombres, se han dado interpretaciones diversas y a veces radicalmente opuestas a cuestiones decisivas (la naturaleza de Cristo, por ejemplo: si era verdadero Dios y si era verdadero hombre). Una y otra vez se producían divisiones en el seno de la comunidad y cada una de las partes argumentaba con interpretaciones de la Escritura que parecían tener toda la verdad. Era necesario acudir a un arbitraje, a alguien que tuviera la última palabra. Ese alguien, querido por Cristo, es el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, el Papa. Los que rechazan la infalibilidad pontificia parecen olvidar que si no hubiera sido por ella no tendríamos la fe que tenemos, no creeríamos que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, por hablar de algo en lo que coinciden la mayoría de las Iglesias. De hecho, cuando se ve la deriva que se está produciendo en la mayor parte de las Iglesias no católicas, arrastradas por el huracán del relativismo y del hedonismo, se aprecia muchísimo más el gran don que es la figura del Papa y su capacidad para poner luz en medio de la confusión mediante este dogma extraordinario. Algunos, incluso, como Robert Hugh Benson o como Chesterton, se vieron atraídos por el catolicismo precisamente por eso. Por último, hay que aclarar, como indica el Catecismo (nº 892), que aunque no todas las enseñanzas del papa o de los obispos en comunión con él gozan del carácter de “infalibles”, éstas deben ser acatadas “con espíritu de obediencia religiosa”, pues son enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, sin ser dogmas de fe, vienen avaladas por las palabras de Cristo:
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16).
Una y otra vez, los medios de comunicación del mundo se hacen eco, con gran despliegue, de determinados delitos cometidos por sacerdotes o de las compensaciones millonarias que las Diócesis deben pagar a las víctimas de éstos.
Además, y por si fuera poco, en cualquier conversación con un anticlerical surge la cuestión de la Inquisición o de las Cruzadas y, si el anticlerical es latino, no falta el tema de la masacre organizada por los españoles en América y supuestamente avalada por los misioneros.
Parece como si la Iglesia no hubiera cometido, en sus dos mil años de Historia, más que desmanes.
Enseñanza del Magisterio:
“Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación.
Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1Jn 1, 8-10).
En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante.
Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo” (Catecismo. nº 763).
“¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios.
Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo.
¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él!
¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra!
¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías!
¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!
¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!
¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas!
También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón.
No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).” (Cardenal Ratzinger. Viacrucis de 2005. Novena estación).
“¡Perdonemos y pidamos perdón! A la vez que alabamos a Dios, que, en su amor misericordioso, ha suscitado en la Iglesia una cosecha maravillosa de santidad, de celo misionero y de entrega total a Cristo y al prójimo, no podemos menos de reconocer las infidelidades al Evangelio que han cometido algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio.
Pidamos perdón por las divisiones que han surgido entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos de ellos hicieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad adoptadas a veces con respecto a los seguidores de otras religiones.
Confesemos, con mayor razón, nuestras responsabilidades de cristianos por los males actuales. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de numerosos países, no podemos menos de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades.
Por la parte que cada uno de nosotros, con sus comportamientos, ha tenido en estos males, contribuyendo a desfigurar el rostro de la Iglesia, pidamos humildemente perdón.
Al mismo tiempo que confesamos nuestras culpas, perdonemos las culpas cometidas por los demás contra nosotros. En el curso de la historia los cristianos han sufrido muchas veces atropellos, prepotencias y persecuciones a causa de su fe.
Al igual que perdonaron las víctimas de dichos abusos, así también perdonemos nosotros.
La Iglesia de hoy y de siempre se siente comprometida a purificar la memoria de esos tristes hechos de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el jubileo se transforma para todos en ocasión propicia de profunda conversión al Evangelio.
De la acogida del perdón divino brota el compromiso de perdonar a los hermanos y de reconciliación recíproca”. (Juan Pablo II, homilía en la Misa de la Jornada del Perdón. 12 de marzo de 2000).
“Creemos que la Iglesia es santa, pero en ella hay hombres pecadores.
Es necesario rechazar el deseo de identificarse solo con aquellos que no tienen pecado. ¿Cómo podría la Iglesia excluir de sus filas a los pecadores?
Es por la salvación de ellos que Jesús se ha encarnado, ha muerto y resucitado. Es necesario aprender a vivir con sinceridad la penitencia cristiana”. (Benedicto XVI, 26 de mayo de 2006).
Argumentación:
La Iglesia no oculta el pecado de sus miembros, de todos sus miembros a excepción de su fundador –Jesucristo- y de su Madre –la Santísima Virgen María-. Nunca lo ha hecho.
Nunca ha pretendido ser una institución formada por “perfectos” y abierta sólo a “perfectos”. De hecho, calificó de herejes a los que eso buscaban –los cátaros-.
Por lo tanto, lo primero que tenemos que decir es que, efectivamente, la Iglesia está constituida por pecadores y que eso precisamente hace posible que los que se consideran a sí mismos pecadores tengan cabida en ella.
Eso no significa que la Iglesia sea pecadora. La Iglesia es santa, aunque muchos de sus miembros sean pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo. Es santa en María.
Es santa en los miles y miles de santos que, aun habiendo sido pecadores, se convirtieron y gozan ya de la visión de Dios en el Cielo –la Iglesia triunfante, que es una parte importantísima de la Iglesia-.
Es santa también en aquellos que aún peregrinan en la tierra y están luchando para ser mejores, levantándose cada vez que caen, tanto si esas caídas son pequeñas o grandes –la Iglesia militante, formada por todos los católicos vivos-.
Por eso no es correcto decir que la Iglesia es santa y pecadora a la vez. La Iglesia sólo es santa, aunque muchos de sus miembros sean pecadores.
El no ocultar la realidad del pecado dentro de la Iglesia no la convierte a esta en pecadora. Sería tal si ella, como institución, estuviera promoviendo el pecado, amparando el pecado, justificando el pecado; en ese caso se habría convertido en un instrumento de pecado y sí sería pecadora. Pero si eso ocurriera habría dejado de ser la Iglesia de Jesucristo.
La Iglesia, por lo tanto, no comete pecados. Algunos –o muchos- de sus miembros sí los cometen. Y no es lo mismo una cosa que otra. Además, no es coincidencia que el aluvión de acusaciones contra la Iglesia se deba, precisamente, a que se niega a convertirse en un “instrumento de pecado”.
Porque no quiere ser esto es por lo que la acusan de pecadora y airean los pecados de sus miembros. Por ejemplo, porque la Iglesia no acepta la homosexualidad como algo normal y por lo tanto legítimo, es por lo que se publican los pecados de homosexualidad de algunos sacerdotes.
Si la Iglesia diera por buenos pecados como el aborto, el matrimonio de los divorciados, la manipulación genética de seres humanos, el uso revolucionario de la violencia terrorista, etc, se acabaría la presión contra ella. Pero si así lo hiciera habría dejado de ser “santa”, porque se habría convertido en una institución que justifica el mal, que bendice el mal.
Por lo tanto, mientras ella condene el pecado, seguirá siendo santa, como lo es su cabeza, Jesucristo. Sólo cuando bendiga ese pecado dejará de serlo. Y los pecados de sus miembros, por muchos y graves que sean, no afectan ni afectarán a su santidad.
Según esto, cuando alguien acusa a la Iglesia de ser pecadora, debemos rechazarlo tajantemente. No lo es, ante todo, por la santidad de Cristo y de muchos de sus miembros. Pero, además, no lo es porque ella como institución creada por Cristo está al servicio de la santidad y en permanente lucha contra el pecado.
Hay que ayudar a los que atacan a la Iglesia a que se den cuenta precisamente de este detalle: que los ataques y los insultos contra ella se deben no a que haya miembros de la misma que son pecadores, sino a que ella no quiere llamar bueno a lo que es malo, santo a lo que es pecado.
Precisamente porque se niega a eso, a pesar de la enorme presión que recibe, es por lo que la Iglesia es santa.
Curiosamente, los que la llaman pecadora dejarían de hacerlo si realmente lo fuera; porque no lo es, porque está al servicio del bien y no del mal, es por lo que la acusan de serlo.
Otro aspecto que hay que destacar es el de la apertura de la Iglesia a los pecadores. Los que dicen que la Iglesia está llena de ellos deben considerarse a sí mismos perfectos, pues si fueran conscientes de que ellos también son pecadores no sentirían tanta aversión hacia el hecho de que en una institución tengan cabida personas con defectos.
La Iglesia, que ha sido tajante con el pecado, nunca ha expulsado de su seno a los pecadores.
Por el contrario, los ha acogido con amor de Madre, como el propio Cristo hizo. Lo que no ha hecho ha sido justificar su pecado, bendecirlo. Continuamente suenan en los oídos de los católicos las palabras de Cristo a la adúltera:
“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más” (Jn 8, 11). Esta actitud de la Iglesia no debe ser vista como un gesto de complicidad con el pecado, sino como una mano extendida al pecador para que se levante de su postración, para que emprenda el camino de la conversión, confiando ante todo en la fuerza de la gracia, en la misericordia divina.
Por último, no hay que dejar de destacar, ante el que acusa a la Iglesia de pecadora, las casi infinitas obras buenas que la Iglesia como institución y sus miembros han llevado a cabo, tanto en el presente como en el pasado. Sólo una ceguera voluntaria puede dejar de ver esto.
Ahí están los monumentos artísticos de distinto tipo, la contribución a la civilización y, muy especialmente, las ingentes obras de caridad, así como la defensa de los derechos de los más débiles.
Curiosamente, es porque la Iglesia se obstina en hacer el bien defendiendo a los que nadie defiende –como es el caso de los niños no nacidos-, por lo que es tan atacada. Aunque eso no es nuevo. Por lo mismo la atacó Hitler, la atacó Stalin y la han atacado los distintos tiranos y asesinos de la historia.
Lo han hecho no sólo matando a millones de sus hijos, los mártires, sino ensuciando su nombre y pretendiendo confundir a base de calumnias a los hombres, para que aquella que es santa apareciera como pecadora, precisamente porque se obstina en ser fiel a Jesucristo, en ser instrumento de santificación en lugar de instrumento de pecado.
Con frecuencia se dice que la Iglesia no fue fundada por Jesucristo o que, en todo caso, éste no quería fundar este tipo de Iglesia, sino una más humilde, sin estructuras, sin poder.
Se dice que la Iglesia en realidad la fundó San Pablo, con un concepto más judío que cristiano, o que la fundaron después de las persecuciones romanas, como un instrumento al servicio del poder imperial para controlar a la nueva religión.
La Iglesia católica, tal y como la vemos ahora, no tendría nada que ver con la Iglesia de Cristo y sería, más que una estructura al servicio del Evangelio, una estructura de opresión que actuaría contra aquellos que están al servicio de los pobres y que quieren ser libres.
Enseñanza del Catecismo:
“El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia” (nº 763)
“El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino.
Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf Mt 19, 28; Lc 22,30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf Ap 21, 12-14).
Los Doce (cf Mc 6,7) y los otros discípulos (cf Lc 10, 1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder y también en su suerte (cf Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia” (nº 765)
“Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia.
Es entonces cuando la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación” (nº 767)
“Para realizar su misión, el Espíritu Santo construye y dirige a la Iglesia con diversos dones jerárquicos y carismáticos” (nº 768)
“Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf Mc 1, 16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf Lc 22, 28-30)” (nº 787)
“Nuestro Salvador, después de su resurrección, entregó la única Iglesia de Cristo a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran y la gobernaran.
Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él” (nº 816)
“Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, ‘llamó a los que él quiso y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus ‘enviados’ (es lo que significa la palabra griega ‘apostoloi’).
En ellos continúa su propia misión: ‘Como el Padre me envió, también yo os envío’ (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto, su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: ‘Quien a vosotros recibe, a mí me recibe’, dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16)” (nº 858)
“Los apóstoles, para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron.
Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio” (nº 861)
Argumentación:
Nadie funda algo para que no dure después de su muerte, para que muera con él. Sobre todo, si lo fundado tiene una misión que no puede desarrollarse totalmente durante la vida del fundador.
Todo el mundo quiere que su obra le sobreviva y muy especialmente si esa obra, por sus propias características, tiene un objetivo que va más allá del momento histórico en el que vive el que la ha fundado.
Esto, que vale para tantas cosas, vale, evidentemente, para la obra fundada por Cristo.
Son abundantes los textos evangélicos en los que se pone de manifiesto la voluntad de Jesús no sólo de fundar una Iglesia sino también de organizarla mediante un sistema jerárquico, puesto que sin esa estructura no habría podido ni funcionar ni sobrevivir.
Se puede objetar que esos textos fueron añadidos posteriormente precisamente por aquellos que querían justificar la existencia de la jerarquía de la Iglesia porque formaban parte de ella, pero, primero, esa objeción hay que demostrarla y, segundo, va contra el sentido común:
Si Cristo quería que, a su muerte, se siguiera predicando su mensaje, tenía necesariamente que organizar una estructura que le sobreviviera y esa estructura debía tener la suficiente autoridad como para poder hacer frente a los inevitables problemas con que se iba a encontrar la comunidad de sus discípulos.
Además, los textos que hacen referencia a la elección de los discípulos y a cómo quería el Señor que éstos estuvieran organizados, son tantos y tan importantes que no cabe pensar en que fueran añadidos posteriormente a su muerte; como prueba de la fidelidad con que los evangelistas transmitieron lo que Cristo había dicho y hecho, basta con un ejemplo:
No dudan en hablar de la triple negación de Pedro en la noche del Jueves Santo; puestos a inventar un relato que justificara la autoridad de Pedro sobre el grupo, tendrían que haber suprimido ese momento, que dejaba a Pedro muy mal parado.
Es verdad que San Pablo aportó a la Iglesia importantes conceptos estructurales y teológicos, pero esos conceptos no eran extraños a la fe que tenían los apóstoles y que ya estaban predicando antes de que Pablo se convirtiera, yendo precisamente a Damasco para “cazar” cristianos.
Además, la Iglesia nunca ocultó que sus raíces se hundían en la religión judía, pues el Antiguo testamento forma parte de su patrimonio espiritual y dogmático; pero Cristo, y así lo entendieron los primeros cristianos y también San Pablo, vino a llevar a su plenitud el mensaje contenido en el Antiguo Testamento, purificándolo a la vez de todas las adherencias que se le habían añadido y que no tenían su origen en Dios (por ejemplo, el excesivo respeto al sábado, la prohibición de ciertos alimentos o la situación de inferioridad de la mujer ).
La Iglesia, pues, es hoy la misma que ayer y que siempre: la obra de Cristo.
Los que dicen que no es verdad, lo hacen porque no les interesa escuchar lo que la Iglesia dice. Por ejemplo, cuando los seguidores de la teología de la liberación afirman que es una estructura de poder, opresora y corrupta, lo hacen porque la Iglesia no ha permitido que se justificara el uso de la violencia y ha rechazado que se uniera la fe católica con el marxismo.
Otros dicen lo mismo contra la Iglesia, pero por motivos diferentes: porque la Iglesia defiende la vida y está contra el aborto o porque no acepta que el hombre quede sometido a los instintos como si fuera sólo un animal.
En español decimos: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Ese viejo refrán podríamos rescribirlo al revés, para aplicarlo a este caso: “Dime con quién no andas y te diré quién eres”.
La Iglesia no anda con los violentos, con los poderosos, con los hedonistas, con los relativistas; es normal, pues, que éstos la ataquen; pero el hecho de que lo hagan, es la mejor garantía de que está siendo fiel a Jesucristo, que también murió crucificado por los que no estaban contentos con su mensaje.