11. Mitos protestantes (1)

Autor:  frmaria.org

Con muchos cristianos no católicos el diálogo ecuménico es profundo y respetuoso.

Por desgracia, no faltan otros con los que no es así, y no sólo entre las sectas.

En su ataque a la Iglesia para captar adeptos, no les importa difundir mentiras y calumnias.

Entre ellas, la de que la Iglesia era contraria a la Biblia y que no quería que el pueblo tuviera acceso a ella. Este es un mito que merece una respuesta clarificadora.

La obra Sección 1 del Griego del Nuevo Testamento, que facilita en sus cursos de lenguas bíblicas la entidad protestante S.E.U.T. (Seminario Evangélico Unido de Teología, ligado a la Iglesia Evangélica Española y a la Iglesia Española Reformada Episcopal), no se centra en la lengua griega, como sería de esperar, sino que incursiona en el terreno de la exégesis y de la historia al exponer algunos de los principios «exegéticos» de la pseudo-reforma protestante, así como al enseñar sin rubor los mitos de la historiografía «reformada».

Vamos a ver cómo esta obra maestra de manipulación ideológica carece de base científica y bíblica.

Se trata de la supuesta ignorancia de los pueblos de Europa en materia bíblica antes de la pseudo-reforma protestante, tal y como se afirma en la lección 34 de la Sección 1 (pág. 5.8), donde se dice a propósito de la Edad Media, la «Edad de las tinieblas», que dicha ignorancia se debía a estar escrita la Biblia «sólo en idiomas antiguos, como el latín y el griego.

La Biblia estaba sólo disponible, mayormente, en latín, y el hombre corriente de entonces no estaba más versado en latín que el operario de una fábrica de Ford en la actualidad»; y «un poco antes de la Reforma, algunos comenzaron a traducir la Biblia a lenguas europeas (…) a pesar de la terrible oposición y persecución». Parece imposible mayor número de falsedades en tan pocas líneas.

1) La Edad Media comienza en el siglo V d.C., a contar desde el año de la caída de Roma.

En dicha época la mitad occidental del antiguo imperio romano, dominada por los bárbaros, hablaba latín y disponía de una excelente versión de la Biblia: la Vulgata de San Jerónimo; la mitad oriental del imperio, que sobrevivió hasta que los turcos conquistaron Constantinopla en el siglo XV, hablaba griego y podía leer en esa lengua tanto el Nuevo Testamento como el Antiguo (este último en varias versiones, como la de los LXX); de suerte que en la Edad Media el pueblo tenía un conocimiento amplísimo de las Escrituras.

2) La Biblia se tradujo a las lenguas vernáculas muchos siglos antes de la pseudo-reforma de Lutero, Calvino y compañía, pues:

a) Los santos católicos Cirilio y Metodio tradujeron la Biblia al búlgaro antiguo en el siglo IX, ¡en plena Edad Media, la «Edad de las tinieblas»! (cf. Lengua y Literatura Latinas 1, autores varios, UNED, Madrid, 1986, pág. 32, e Iniciación a la fonética, fonología y morfología latinas, José Molina Yébenes, Publicacions Universitat de Barcelona: Barcelona 1993, pág. 4); así, los búlgaros podían leer la Biblia en su lengua.

b) El obispo Ulfilas (arriano, no católico), evangelizador de los godos de Dacia y Tracia, tradujo la Biblia al gótico pocos años antes de que San Jerónimo acabara la Vulgata, de suerte que cuando llegaron las «tinieblas» medievales ¡los godos podían leer la Biblia en su lengua materna! (cf. José Molina Yévenes, op. cit., pág. 5; Esteban Torre, Teoría de la traducción literaria, Ed. Síntesis, 1994, pág. 24, y UNED, op. cit., pág. 32).

e) El monje católico Beda el Venerable tradujo al anglosajón o inglés antiguo el Evangelio de San Juan poco antes de su muerte, acaecida en el año 735, o sea: ¡en plena Edad Media, «la Edad de las tinieblas»! (cf. Esteban Torre, op. cit., pág. 24)

d) El gran historiador Giuseppe Riciotti, nos informa en su introducción a la Sagrada Biblia de que, en Italia, «la Biblia en lengua vulgar era popularísima en los siglos XV y XVI», y de que «desde el siglo XIII se poseen» traducciones italianas de la Biblia, aunque «se trata de traducciones parciales», es decir, aunque se trata de traducciones de los libros sagrados más memorables y accesibles, pues a nadie, excepción hecha de unos cuantos eruditos, le interesaba, p. ej., el elenco interminable y fastidiosísimo de las genealogías del libro de los Números.

e) La obra Historia de la Literatura 1 (Antigua y Medieval) (autores varios, UNED, Madrid, 1991, pág. 103) nos informa de lo siguiente tocante a las versiones castellanas de la Biblia: «hallamos en el siglo XIII otro grupo de obras formado por las traducciones de la Biblia que se realizaron en este periodo.

Ya en la primera mitad del siglo nos encontramos con el primer texto conservado que se incluye en este grupo: la Fazienda de Ultramar.

Pese a que algunos han querido retrasar su redacción hasta mediados del siglo XII, no parece, por su lengua, que fuere escrita en fecha tan temprana.

No es una simple versión de la Biblia. Contiene, junto a la propia traducción (realizada, al parecer, no directamente de la Vulgata sino de una traducción latina del siglo XII efectuada sobre los textos hebreos), otra serie de materiales: descripciones geográficas, relatos tomados de la antigüedad clásica… Parece que pretende ser una especie de guía para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa.

Mediante estas traducciones de la Biblia se consiguió que personas que sabían leer en su propia lengua pudiesen recibir más directamente las enseñanzas religiosas.

Las versiones eran también aprovechadas para lectura en voz alta realizada en grupos reducidos. La Iglesia española de la época no era muy partidaria de las Biblias romances, y de hecho en el Concilio de Tarragona de 1233 llegó a prohibir su lectura.

Pese a ello la traducción de las Escrituras no fue abandonada, se desarrolló ampliamente a lo largo del siglo XIII y las Biblias romanceadas fueron leídas incluso por los reyes de la época».

Está claro: mucho antes de Calvino y Lutero, el pueblo castellano leía la Biblia en su lengua. La enorme extensión de las traducciones castellanas muestran que el derecho prohibitivo del Concilio Tarraconense o no se aplicó o enseguida cayó en desuso.

Dicha decisión conciliar tenía su explicación: antes de autorizar la lectura de una versión había que mirar si acaso estaba bien hecha, sin falseamientos del texto sagrado.

La escasa calidad literaria de las versiones junto con el aditamento de otros materiales no era de lo más a propósito para alejar toda sospecha; pero no se persiguió a nadie por traducir la Biblia al castellano, lo cual es muy significativo.

f) «La Edad Media presenció el florecimiento en Francia de un gran número de traducciones de la Sagrada Escritura a todas las lenguas y dialectos de Oc y de Oil [para todas las antiguas versiones francesas nos remitimos a: P. C. Chauvin, La Bible depuis ses origines jusqu’á nos jours].

Se poseen algunas que se remontan al siglo XII e incluso a finales del Xl. En el siglo XIII, la Universidad de París presentó una traducción de ambos Testamentos que hizo ley durante mucho tiempo.

Con todo, aparecieron otras versiones francesas, particularmente en el siglo XIV.

Una de ellas, la de Guyart Desmoulins, de finales del siglo XIII pero actualizada tocante al estilo, se imprimió desde 1478 en cuanto al Nuevo Testamento, y en su totalidad en 1487» (Daniel Raffard de Brienne, Traductor, Traditor. Les nouvelles traductions de 1’Écriture Sainte, en la revista Lecture et Tradition, julio-agosto de 1986).

10. ¿En que creen los que dicen que no creen?

Autor:  frmaria.org

Normalmente soportamos ataques de personas que dicen ser ateas o que dicen que son indiferentes ante el hecho religioso (agnósticos).

Tenemos que defendernos de esos ataques y para ello surgió, desde el principio de la Iglesia, la Apologética. Pero no hay que olvidar que la mejor defensa pasa por un buen ataque, en el sentido dialéctico de la palabra por supuesto.

Los que dicen que no creen (ateos o agnósticos) son en realidad creyentes, aun sin saberlo. Sus “dioses” son de barro e incluso son destructivos para el ser humano que los “adora”.

No en vano Chesterton dijo aquello de “los que no creen en Dios son capaces de creer en cualquier cosa”. Debemos decírselo, pues siempre cabe la posibilidad, casi milagrosa, de que se den cuenta y rectifiquen, dejando de adorar a los ídolos para adorar al único Dios verdadero.

Podemos resumir la fe de los “no creyentes” en cuatro bloques: el hombre, los ideales, la ciencia y la materia.

Fe en el hombre y en la Humanidad:

Como ya se ha dicho, la fe es inherente a la naturaleza humana.

En lo que implica de confianza, se puede afirmar que sin ella no podríamos vivir, pues no podemos dar ni un paso o tener una sola relación humana sin confiar en algo o en alguien.

La cuestión no es, por lo tanto, elegir entre tener o no tener fe, sino elegir en quién se deposita esa fe, se pone la confianza.

Todos somos creyentes, pues, y eso debe hacernos respetuosos a todos hacia el hecho de la fe considerada en sí misma, aunque podamos tener muchas objeciones acerca del contenido de la fe que tienen otros.

Algunos, como nos dicen con frecuencia a los cristianos, no sólo dudan y desconfían del contenido de nuestra fe, sino que la consideran ridícula e incluso inhumana.

Nosotros, por el contrario, consideramos absurda e incluso dañina buena parte del contenido de la fe que tienen los que dicen que no tienen fe y nos atacan a nosotros.

Veamos, por ejemplo, la fe de aquellos que dicen creer en la Humanidad.

Recientemente, el político socialista español José Luis Rodríguez Zapatero afirmaba que la fe en el hombre es la única religión posible.

Pero ¿en qué hombre creer? ¿en qué hombre confiar? Y, además, ¿quién es el hombre que dice creer en el hombre?.

Ante ambas cuestiones tenemos que concluir que tanto el hombre en el que se cree como el hombre que cree es un ser frágil, limitado, contradictorio, con sombras y luces. ¿Se puede “adorar” a alguien así? Esta pregunta la han contestado ya otros.

Hobbes, por ejemplo, dijo que “el hombre es lobo para el hombre”; Sartre llegó a afirmar que “el infierno es mi prójimo” y en el Antiguo Testamento se dice:

“Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón” (Jr 17, 5).

Por lo tanto, cuando se dice que se cree en el hombre, se suele decir en realidad que se cree en un tipo de hombre que no existe, una especie de ángel humano, alguien bueno que nunca obra el mal.

Se espera de ese hombre inexistente que llene el propio corazón, lo cual lleva siempre a la frustración, pues nadie más que Dios puede llenar el corazón humano, ya que sólo Dios es Dios, sólo Dios es perfecto.

Lo mismo se puede decir de aquellos que, ante las evidentes contradicciones del ser humano, generalizan la propuesta y dicen creer en el conjunto de esos seres humanos, en la Humanidad.

Esta generalización es aún más absurda, pues si una persona tiene bueno y malo, el conjunto de todas las personas tendrá también la suma de todo lo bueno y de todo lo malo, con una alta probabilidad de que lo malo termine por imponerse a lo bueno.

¿En qué Humanidad se cree, en la que ha protagonizado cruentísimas guerras, en la que no logra resolver los problemas de distribución de la riqueza, en la que está esquilmando el planeta? Creer en la Humanidad, lo mismo que creer en el hombre, significa adorar a la Humanidad o adorar al hombre.

Y esa adoración implica sometimiento, abandono al menos parcial de la propia libertad en manos de alguien que se confirma una y otra vez como imperfecto y en no pocas ocasiones como cruel.

¿Puede esa fe competir con la fe en un Dios misericordioso, en un Dios que se hace hombre –un hombre realmente bueno- y que acepta la terrible muerte de la cruz para salvar al hombre? Si los que dicen creer en el hombre tuvieran un mínimo de coherencia y de consistencia intelectual, caerían de rodillas inmediatamente ante Cristo, verdadero hombre, adorándolo como el modelo perfecto de ser humano; tan perfecto e irrepetible que era, a la vez, verdadero Dios.

En alguien que ha dado la vida por ti se puede creer, se puede confiar; en alguien que predica y practica la paz, el amor, la justicia, se puede depositar la confianza y, como consecuencia, se puede y se debe intentar devolver algo de lo que de Él –Cristo- se ha recibido.

Por eso el cristianismo siempre estimula a sacar de uno mismo lo mejor que se lleva dentro. En cambio, ¿qué hacen por el hombre y la Humanidad los que dicen que creen en ellos?

En la mayor parte de los casos, su fe no les lleva a un compromiso por aquello en lo que dicen creer, a una conversión, a una lucha por ayudar a esa Humanidad en la que dice creer.

Salvo raras excepciones, su postura es una máscara que oculta un enorme egoísmo y que sólo sirve para justificar su conciencia, la cual tampoco necesita mucho para ser justificada pues suele estar con frecuencia dormida.

¿Cómo se entiende, si no, que la práctica totalidad de los que dicen creer en el hombre y en la Humanidad estén a favor del aborto?

La mayoría de ellos se preocupan más por la suerte de las focas que por la de los niños no nacidos.

¿Cómo se entiende que la mayoría de todos los que dicen profesar esa fe vivan cómodamente y hagan tan poco por los que están en situaciones de miseria?

Curiosa y significativamente, los pobres no tienen estas singulares creencias, que son más bien cosa de ricos, de burgueses bien instalados a los que en realidad lo que les molesta es la exigencia moral del cristianismo que, entre otras cosas, obliga a sus seguidores a practicar la justicia y la limosna.

Fe en los ideales:

Ante la inconsistencia que supone creer –y su sinónimo confiar- en el hombre y en la Humanidad, algunos se refugian en otra fe, la fe en los ideales, en las grandes causas.

Estos ideales suelen ser normalmente buenos y no hay nada que objetar, en principio, a la búsqueda e intento de su aplicación.

No sólo no estarían reñidos con la fe en Dios, sino que el cristianismo los ofrece como algo suyo; en la mayor parte de los casos, además, han tenido su origen en la fe cristiana o en aquella en la que ésta hunde sus raíces, la fe judía.

Sin embargo, en la práctica, y tal y como demuestra la historia, estas grandes causas han sido utilizadas para seducir al hombre de buena voluntad y conducirle hacia tipos de opresión o de esclavitud totalmente inhumanos.

Por ejemplo, la patria. ¿No fue esa la bandera que enarboló Hitler y que le permitió seducir a la nación alemana y llevarla a la locura de la segunda guerra mundial, con los campos de exterminio incluidos? Otro ejemplo: la justicia.

¿No fue en su nombre que se alzaron Lenin y después Stalin y tantos otros, para terminar creando, por un lado, una “nomenclatura” corrupta en la Unión Soviética, y, por otro, un gran número de campos de concentración en los que fueron torturados y asesinados millones de personas?

Y otro: el concepto o ideal de “progreso”, tan ambiguo como extendido y que identifica hoy a una gran cantidad de personas que se consideran a sí mismas “progresistas”.

Pero, ¿en qué consiste ese progreso? ¿Es progreso matar a cien mil niños al año en España gracias a la ley del aborto?

¿Es progreso tener leyes que permiten a los niños ser adoptados por parejas homosexuales, sin respetar su derecho a ser educados por un hombre y una mujer?

¿Es progreso tratar a los embriones humanos como si fueran embriones de ratón?

¿Es progreso instalar en la sociedad un clima de permisividad que haga que dos de cada tres adolescentes se emborrachen los fines de semana, que aumente el número de embarazos en menores a pesar de que tienen toda la información sobre el tema y que la cantidad de víctimas por violencia doméstica crezca continuamente?

En nombre de grandes y hermosos ideales se llevan a cabo acciones terroristas contra víctimas inocentes y aunque se pueda decir que los que las ejecutan son, en realidad, contrarios a las causas por las que luchan, matan y mueren, es evidente que su propia existencia arroja sombras de sospecha sobre la capacidad de control que tienen los que las dirigen.

La historia demuestra que los ideales se han convertido en ideologías y que éstas han sido manipuladas por sus dirigentes para hacer que sus seguidores terminen por hacer cosas totalmente contrarias a las que en principio pretendían.

¿Se puede “creer”, a la vista de eso, en la justicia, en la patria, en el progreso, hasta el punto de entregar la vida a una causa así sin más discernimiento? ¿No se corre el riesgo de ser manipulado por los que las dirigen?

Además, en concreto y en lo cotidiano, ¿qué supone ese tipo de fe para el que teóricamente la ostenta? En la mayor parte de los casos es sólo una coartada para justificar la conciencia, coartada que se justifica con el voto a un partido “progresista” –el cual, por cierto, se presenta cada vez más religiosamente, reclamando que se le apoye mediante una opción de fe, como ha hecho el Partido Socialista en la campaña electoral de 2008, debido seguramente a que no podía presentar pruebas que avalaran su gestión en el gobierno- o con algún acto simbólico de tipo caritativo –apadrinar a un niño a través de una ONG o mandar dinero cuando hay una desgracia en algún rincón del mundo-.

El cristianismo, por el contrario, implica una gran exigencia ética que mueve al creyente a cumplir de verdad y en su vida cotidiana con esos valores, con esas grandes causas.

Se podrá objetar que los cristianos no siempre han sido coherentes con lo que predican, lo cual es cierto, pero también es verdad que al menos tienen sentido de pecado y que la certeza de que han obrado mal les lleva permanentemente al arrepentimiento y a la conversión.

El hecho de que la conciencia cristiana sea insobornable hace que, más pronto o más tarde, tanto desde el punto de vista individual como desde el colectivo, se emita un “mea culpa” y se intenten corregir los errores cometidos.

Así vemos que la Iglesia ha pedido perdón por sus pecados, mientras que no lo han hecho los representantes de esas ideologías que tantos millones de muertos provocaron; al contrario, se siguen mostrando orgullosos de lo que hicieron y, si pudieran, de una u otra forma parece que volverían a hacer lo mismo.

Nuestra fe conduce a la humildad, al examen de conciencia, al arrepentimiento, a la conversión, a la lucha por la coherencia y por la mejora. La suya conduce a la obstinación en el mal, a la soberbia en creer que nunca se han equivocado aunque la realidad grite lo contrario.

Fe en la ciencia:

La fe en la ciencia –y en su consecuencia, la técnica- es muy antigua y se puso de moda a partir de los siglos XVI y XVII, como una alternativa a la fe religiosa. El “creyente” en la ciencia arguye que él no puede ni quiere creer en nada que no sea demostrable científicamente.

Sólo le vale lo que se pueda cortar, medir o pesar. Como ya se ha dicho, este tipo de “fe” es inhumana, pues deja de lado elementos característicos e imprescindibles de la naturaleza humana, como es la confianza en alguien o el amor.

La fe en la ciencia es esgrimida, también, por aquellos que creen que ciencia y técnica solucionarán los problemas de la Humanidad. Es cierto que ambas, ciencia y técnica, han contribuido muchísimo a paliar algunos problemas vitales, tales como el hambre, pero también es verdad que no sólo no los han resuelto del todo sino que han creado otros nuevos, como la crisis ecológica.

Desde hace ya muchos años –aunque algunos no se hayan enterado- existe en la propia comunidad científica un sano escepticismo con respecto a la capacidad que la ciencia tiene tanto para responder a las grandes preguntas que el hombre se hace como para resolver sus mayores problemas.

Y eso no sólo por la limitación de la ciencia en sí, sino porque ésta es desarrollada por seres humanos y, en consecuencia, es víctima de los defectos y limitaciones de los científicos.

La ciencia sin ética puede destruir al hombre, como se ha puesto de manifiesto con la energía atómica y con un desarrollo no sostenible y esquilmador de los recursos naturales.

Por eso cobra cada vez más sentido la afirmación de Juan Pablo II: “Sí a la ciencia con conciencia”. O lo que es lo mismo: “Sí a la ciencia con ética”. Pero esta afirmación abre inmediatamente la puerta a un debate: ¿Qué ética?.

Hay una “ética” –si es que se la puede llamar así- que ve bien el sacrificio de seres humanos en aras de un supuesto progreso científico que, teóricamente, beneficiaría a la Humanidad a largo plazo; ahí están los experimentos del nazi Mengele o los que, a escondidas, se han hecho con presos en las cárceles y con moribundos en los hospitales; ahí está también la experimentación con embriones humanos, considerados por algunos como mero material de laboratorio.

Para evitar que la ciencia pueda ser manipulada por científicos sin escrúpulos morales o por políticos con aún menos escrúpulos, es necesario que existan unas limitaciones morales que no permitan hacer todo lo que técnicamente se puede hacer.

Esas limitaciones no son de naturaleza confesional cristiana, o musulmana, o budista o de cualquier otra religión, sino que deben estar basadas en los derechos humanos y en el respeto a la naturaleza.

Por eso, los que creen sinceramente en la ciencia tienen que concluir que sin una fuerza externa a ella que garantice el justo uso de la misma, ésta puede convertirse en un instrumento de destrucción, como de hecho ha sucedido en tantas ocasiones.

¿Se puede creer, pues, en la ciencia sin poner ninguna reserva a esta fe? Los que lo hacen corren el riesgo de convertirse en “aprendices de brujo”, en colaboradores directos o indirectos de una alquimia terrorífica que, una vez desatada, resultaría muy difícil de controlar. Y esto no es “ciencia ficción”.

Fe en la materia:

Los tres tipos de “fe” expuestos hasta ahora, practicados por algunos de los que dicen que no tienen fe, tienen, en realidad, muy pocos seguidores.

La mayoría, incluso de entre los que dicen que creen en el hombre, en los grandes ideales o en la ciencia, en realidad en lo que creen es en la materia.

El “materialismo” es la fe a la que rinden culto la mayor parte de los ateos y agnósticos que nos rodean, sean o no conscientes de ello.

Este materialismo tiene, a su vez, distintos rostros. Es un dios con muchas caras, un “politeísmo” que se camufla en distintas “divinidades”. Uno de esos ídolos, de los más adorados, es el dinero; por él viven muchos y, en la práctica, a él sacrifican su tiempo, su salud, su familia, su vida.

Este ídolo letal tiene algunos aliados y de entre ellos el más mortífero es el poder; la ambición subyuga a muchos que, por dinero o simplemente por ocupar un puesto más alto en el escalafón, no dudan en estropear tantas cosas hermosas para conseguir algo que, en realidad, vale muchísimo menos.

Otro ídolo muy adorado es el sexo, con su variante de la búsqueda de todo lo que da placer al cuerpo –comida, viajes-; no sólo se cometen las mayores aberraciones en el ámbito sexual, sino que se hacen sin pudor, jactándose de hacerlas e incluso ridiculizando como anticuado a quien no las hace; y lo mismo se puede decir de las ridiculeces a que lleva la necesidad de buscar placeres ligados a la opulencia:

Mientras millones de seres humanos mueren literalmente de hambre y de sed, unos pocos pagan grandes fortunas por huevos de pescado (caviar) o por huevos de caracol, por una botella de vino añejo que quizá está picado, o por alguna otra exquisitez que se hacen traer a sus mesas desde los rincones más alejados del planeta; y si nos fijamos en el dinero que se gasta en los viajes, vemos que en el fondo de muchos de ellos lo que hay es una necesidad de huir de la propia realidad cotidiana, de buscar fuera y lejos lo que no se encuentra cerca y dentro; cabría recordar aquello que escribió Saint Exupery en “El Principito”: “Los hombres cultivan cien tipos de rosas en un solo jardín cuando lo que buscan podrían encontrarlo en una sola de ellas”.

Hay un ídolo, no obstante, que es aún más adorado que todos los anteriores, aunque no lo parezca: el de la pereza, en de la comodidad.

A este sí que se rinde la mayoría y a él sacrifican sus vidas, pues por no hacer un esfuerzo no llevan a cabo ninguno de los planes que tiene o no luchan por ninguno de los ideales que quizá alguna vez tuvieron en su corazón.

El cristianismo, en cambio, debido a su rígido y estricto monoteísmo, no nos permite adorar a estos dioses hechos de barro.

El dinero es importante y es legítima una cierta ambición; el sexo tiene un lugar destacado en la vida del hombre dentro del matrimonio y con las debidas condiciones, pues ha sido creado por Dios; del mismo modo, el cristiano valora el descanso, con todo lo que lleva consigo.

Pero todo esto está supeditado a la adoración del único Dios verdadero y, por lo tanto, no se convierte en un valor en sí mismo, en algo a lo que adorar, sino en algo de lo que servirse siempre y cuando sea útil para el servicio supremo que se quiere y se debe realizar: el servicio a un Dios que es amor y que, por amor a Él, nos manda amar al prójimo, a todo prójimo.

En cambio, el adorador del materialismo, al no tener esa voz de Dios externa a él y purificadora –que es la voz de la conciencia rectamente formada-, termina por recibir facturas que no puede pagar, en forma de consecuencias por sus excesos o en forma de rechazo por parte de aquellos que los han padecido.

Es muy curioso ver cuánta gente piensa que las cosas son buenas o malas en función de lo que cada uno decida –estos, por lo tanto, atacan a la Iglesia porque la consideran una tirana que, teniendo el poder de decir que cualquier cosa es buena, no lo hace, con lo que esclaviza a sus seguidores y les impide gozar de la vida-.

En realidad, las cosas son buenas o malas en sí misma y por sí mismas. Fumar no es malo porque lo diga la Iglesia, sino porque lo dicen los pulmones del fumador.

Beber en exceso no es malo porque exista un quinto mandamiento que le dice al creyente que no puede matar y que, por lo tanto, tampoco puede hacerse daño a sí mismo, sino porque lo dice el hígado del bebedor.

Olvidar esta ley elemental, este sano realismo, pone al hombre en manos de dioses inanimados que terminan por destruir a sus adoradores.

Nuestra obligación como creyentes en el único y verdadero Dios, y para eso está la Apologética, consistirá no sólo en defendernos de los ataques que nos hacen nuestros enemigos, sino en demostrarles que ellos, aun sin saberlo, están adorando a dioses que van a terminar por destruirles, aunque en un primer momento les den la “felicidad” material que andan buscando.

Y eso no sólo sucede desde la perspectiva de la vida eterna, sino que esa destrucción comienzan a experimentarla ya en esta tierra.

Del mismo modo, nosotros, también en esta tierra, gozamos ya de un anticipo de la felicidad eterna que se nos ha prometido.

9. Fe y Razón

Autor:  frmaria.org

Uno de los argumentos a que más recurren los que atacan a la Iglesia es el de afirmar que la fe es irracional –y por lo tanto inhumana y desechable- y que la Iglesia es la gran enemiga de la ciencia y del progreso.

No importa que los libros de historia estén llenos de datos que confirman la protección de la Iglesia al pensamiento y a la ciencia durante cientos de años –que incluye, por ejemplo, la creación de las Universidades-, ni que hayan existido cientos de clérigos filósofos o científicos –por ejemplo, Copérnico- o miles de laicos que han sido grandes investigadores y profundos creyentes –como Pasteur, que dijo aquello de “un poco de ciencia te aleja de Dios, pero mucha ciencia te devuelve a Él”-.

No importa nada de eso, pues el tópico está bien asentado y constituye uno de los axiomas que no hace falta demostrar y sobre los que se ha construido la vida social actual: ser creyente es lo contrario de ser inteligente. Para afrontar esta cuestión, vamos a ver algunos textos de la encíclica “Fides et Ratio” de Juan Pablo II, que luego serán comentados.

Fides et Ratio. Selección de textos:

“Hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe… La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios.” (nº 16).

“El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista de verdades parciales, factuales o científicas; no busca sólo el verdadero bien para cada una de sus decisiones.

Su búsqueda tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución si no es en el absoluto.

Gracias a la capacidad del pensamiento, el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma.

La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y expresivos…

De todo lo que he dicho hasta aquí resulta que el hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse.

La fe cristiana le ayuda ofreciéndole la posibilidad concreta de ver realizado el objetivo de esta búsqueda.

En efecto, superando el estadio de la simple creencia la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el cual se le ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno y Trino.

Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia” (nº 33).

“Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud.

La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción” (nº 34).

“Santo Tomás… tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.

Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina.

La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón” (nº 43).

“A partir de la baja Edad Media la legítima distinción entre los dos saberes se transformó progresivamente en una nefasta separación.

Debido al excesivo espíritu racionalista de algunos pensadores, se radicalizaron las posturas, llegándose de hecho a una filosofía separada y absolutamente autónoma respecto a los contenidos de la fe.

Entre las consecuencias de esta separación está el recelo cada vez mayor hacia la razón misma.

Algunos comenzaron a profesar una desconfianza general, escéptica y agnóstica, bien para reservar mayor espacio a la fe, o bien para desacreditar cualquier referencia racional posible a la misma.

En resumen, lo que el pensamiento patrístico y medieval había concebido y realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las formas más altas de la especulación, fue destruido de hecho por los sistemas que asumieron la posición de un conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella” (nº 45).

“En el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no sólo se ha alejado de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relación con la visión metafísica y moral.

Consecuencia de esto es que algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su interés la persona y la globalidad de su vida.

Más aún, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo.

Además, como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contemporáneos.

Sus seguidores teorizan sobre la investigación como fin en sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad.

En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero.

El nihilismo está en el origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional” (nº 46).

“La Revelación propone claramente algunas verdades que, aun no siendo por naturaleza inaccesibles a la razón, tal vez no hubieran sido nunca descubiertas por ella, si se la hubiera dejado sola.

En este horizonte se sitúan cuestiones como el concepto de un Dios personal, libre y creador, que tanta importancia ha tenido para el desarrollo del pensamiento filosófico y, en particular, para la filosofía del ser.

A este ámbito pertenece también la realidad del pecado, tal y como aparece a la luz de la fe, la cual ayuda a plantear filosóficamente de modo adecuado el problema del mal.

Incluso la concepción de la persona como ser espiritual es una originalidad peculiar de la fe.

El anuncio cristiano de la dignidad, de la igualdad y de la libertad de los hombres ha influido ciertamente en la reflexión filosófica que los modernos han llevado a cabo” (nº 76).

“Otro peligro considerable es el cientificismo.

Esta corriente filosófica no admite como válidas otras formas de conocimiento que no sean las propias de las ciencias positivas, relegando al ámbito de la mera imaginación tanto el conocimiento religioso y teológico, como el saber ético y estético.

En el pasado, esta misma idea se expresaba en el positivismo y en el neopositivismo, que consideraban sin sentido las afirmaciones de carácter metafísico.

La crítica epistemológica ha desacreditado esta postura, que, no obstante, vuelve a surgir bajo la nueva forma del cientificismo.

En esta perspectiva, los valores quedan relegados a meros productos de la emotividad y la noción de ser es marginada para dar lugar a lo puro y simplemente fáctico. La ciencia se prepara a dominar todos los aspectos de la existencia humana a través del progreso tecnológico.

Los éxitos innegables de la investigación científica y de la tecnología contemporánea han contribuido a difundir la mentalidad cientificista, que parece no encontrar límites, teniendo en cuenta como ha penetrado en las diversas culturas y como ha aportado en ellas cambios radicales.

Se debe constatar lamentablemente que lo relativo a la cuestión sobre el sentido de la vida es considerado por el cientificismo como algo que pertenece al campo de lo irracional o de lo imaginario.

No menos desalentador es el modo en que esta corriente de pensamiento trata otros grandes problemas de la filosofía que, o son ignorados o se afrontan con análisis basados en analogías superficiales, sin fundamento racional.

Esto lleva al empobrecimiento de la reflexión humana, que se ve privada de los problemas de fondo que el animal rationalese ha planteado constantemente, desde el inicio de su existencia terrena.

En esta perspectiva, al marginar la crítica proveniente de la valoración ética, la mentalidad cientificista ha conseguido que muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible” (nº 88).

“No menores peligros conlleva el pragmatismo, actitud mental propia de quien, al hacer sus opciones, excluye el recurso a reflexiones teoréticas o a valoraciones basadas en principios éticos.

Las consecuencias derivadas de esta corriente de pensamiento son notables. En particular, se ha ido afirmando un concepto de democracia que no contempla la referencia a fundamentos de orden axiológico y por tanto inmutables.

La admisibilidad o no de un determinado comportamiento se decide con el voto de la mayoría parlamentaria. Las consecuencias de semejante planteamiento son evidentes: las grandes decisiones morales del hombre se subordinan, de hecho, a las deliberaciones tomadas cada vez por los órganos institucionales.

Más aún, la misma antropología está fuertemente condicionada por una visión unidimensional del ser humano, ajena a los grandes dilemas éticos y a los análisis existenciales sobre el sentido del sufrimiento y del sacrificio, de la vida y de la muerte” (nº 89).

“Creer en la posibilidad de conocer una verdad universalmente válida no es en modo alguno fuente de intolerancia; al contrario, es una condición necesaria para un diálogo sincero y auténtico entre las personas” (nº 92).

“La Iglesia está profundamente convencida de que fe y razón «se ayudan mutuamente», ejerciendo recíprocamente una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda y en la profundización” (nº 100).

Argumentación:

La doctrina de la Iglesia, tal y como deja claro la encíclica, es que no hay oposición entre verdad científica o filosófica y verdad de fe. Como decía Santo Tomás, ambas proceden de Dios y no pueden contradecirse entre sí.

Si en algún caso se plantea una contradicción, hay que considerar que ésta es tan sólo aparente y que se trata de una mala interpretación de una u otra parte. La filosofía y la ciencia, por su parte, no agotan todo el saber humano, que es completado por la Revelación.

Además, ambas –filosofía y ciencia- en cuanto practicadas por el hombre están abiertas a la confianza en alguien, pues el hombre necesita no sólo saber sino también confiar –por ejemplo, en el ser amado, en el partido político al que vota, en que el semáforo que le da paso funciona correctamente, en el médico que le atiende….-, con lo cual se demuestra que la confianza –elemento fundamental de la fe- no sólo no es inhumana ni está reñida con la inteligencia sino que es esencial a la naturaleza del hombre y sin ella no se podría vivir.

Lo que va a hacer el cristianismo es ofrecer, como dice la encíclica, “una persona de quien fiarse” con total garantía y esa persona es Jesucristo. Un católico podrá decir:

“Me fío de mi razón y me fío de Cristo, porque la una me abre unos horizontes y el otro, Jesús, me abre otros distintos y complementarios”.

Esos horizontes que abre Cristo, que abre la fe cristiana, no están reñidos con los que abren la filosofía y la ciencia –los dos campos en que trabaja la razón-.

Mas bien, como dice la encíclica, “los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud” (nº 34). Es como si, teniendo dos ojos para ver, tuviéramos que elegir entre uno u otro; lo mejor es, sin ninguna duda, poder ver nítidamente con ambos a la vez.

El problema, pues, no es de raíz, como si lo que la fe enseña estuviera por naturaleza en contraposición con lo que enseña la razón.

El problema está en qué ha ocurrido y está ocurriendo con el pensamiento y qué ha ocurrido o puede estar ocurriendo con la teología.

El Papa lo plantea muy bien en la encíclica, señalando los peligros para ambas disciplinas cuando se alejan la una de la otra.

Si bien la teología sin la razón –cosa que no sucede en el catolicismo- puede degenerar en fundamentalismo, en general no es esa la desviación más frecuente, al menos entre nosotros.

Sí es frecuente, en cambio, la desviación contraria: la razón se considera autosuficiente, se siente orgullosa de sus logros –sobre todo en el ámbito científico- y desprecia a la fe y a lo que ella lleva consigo, como es la ética “Consecuencia de esto es que algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su interés la persona” (nº 46).

“Se debe constatar lamentablemente que lo relativo a la cuestión sobre el sentido de la vida es considerado por el cientificismo como algo que pertenece al campo de lo irracional o de lo imaginario… En esta perspectiva, al marginar la crítica proveniente de la valoración ética, la mentalidad cientificista ha conseguido que muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible” (nº 88).

Es decir, una razón encerrada en sí misma termina por olvidar la ética y, como consecuencia, se muestra capaz de conseguir avances técnicos que pueden ser destructivos para el hombre; la crisis ecológica, como antes lo fuera la crisis atómica, son una muestra de ello. Por eso Juan Pablo II decía: “Sí a la ciencia con conciencia”, sí a la ciencia cuando no olvida la ética, cuando no se cierra a lo que, al menos desde esa perspectiva, aporta la religión.

Concluyendo, tener fe no hace menos inteligente al hombre o no le impide desarrollar su inteligencia.

Le abre a otra dimensión, complementaria, que con la sola luz de su razón no podría alcanzar.

Además, le va a impedir caer en el subjetivismo ético o, lo que es aún peor, en el nihilismo (“según el cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional” nº 46), poniendo siempre ante su mirada una barrera que no debe franquear: la de los derechos humanos, la de que la ciencia y la técnica estén al servicio del hombre, de todos los hombres.

Uno de los más famosos grabados de Goya lleva por título: “El sueño de la razón produce monstruos”; se podría aplicar al debate entre ciencia y fe, diciendo:

“La omisión de la fe por la razón produce monstruos que destruyen al hombre”.

Una vez más, Cristo se nos muestra como el Salvador, no sólo de enemigos externos a nosotros, sino del enemigo que habita en nuestro propio interior, el que nos lleva a creer que no necesitamos a nadie para salvarnos, que nos sobramos a nosotros mismos con nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Ese enemigo se llama soberbia.

8. Preservativos y sida

Autor:  frmaria.org

El sida es una de las plagas que azotan hoy a la Humanidad. Son millones las personas afectadas por esta enfermedad.

La Iglesia ha estado presente, desde que se inició la epidemia, al lado de estos enfermos –alrededor del 40 por ciento de ellos recibe atención en centros católicos e incluso los más afectados encuentran a veces sólo en ellos un poco de consuelo y alivio-.

Sin embargo, el ocultamiento de estos datos y el hecho de que la Iglesia se oponga al uso de los preservativos en las relaciones sexuales hace que la jerarquía católica sea presentada como aliada en la difusión del sida, llegando incluso a oírse voces que tildan a algún cardenal de “enemigo de la humanidad” por esta oposición.

Enseñanza de la Iglesia y otros textos:

“Para la prevención se necesita la información adecuada y debida de los valores morales y no se permite cualquier cosa que viole el valor de la sexualidad.

La Prevención debe realizarse respetando la dignidad del hombre y su destino trascendente, excluyendo campañas que conlleven modelos de comportamiento que favorezcan la extensión del mal.

Se trataría de informaciones que más que ayudar perjudicarían. Hay que informar y educar sin prejuicio de la ética. Hay que iluminar a los jóvenes sobre los valores que están en juego.

El mejor remedio frente al VIH-SIDA, que se transmita por relaciones sexuales ilícitas, es la fidelidad matrimonial y la castidad” (Juan Pablo II).

“Las autoridades competentes deben de actuar para tratar de resolver el problema de los enfermos del VIH-SIDA.

No deben de implementar campañas de prevención contra el VIH-SIDA que incluyan modelos de comportamiento que favorezcan la expansión del mal; o también dar cierta clase de información que perjudique más que beneficie, respecto a contraer el mal del VIH-SIDA.” (Juan Pablo II).

“Uno no puede hablar realmente de "sexo seguro" llevando a la gente a creer que el uso de condones es la fórmula para evitar el riesgo de HIV, y de esta forma vencer la pandemia de sida. Tampoco puede ser llevada la gente a creer que los condones proporcionan una seguridad absoluta.

No se dice que hay un porcentaje grave de riesgo, no solamente de sida, sino también de diferentes enfermedades transmitidas sexualmente, y que el porcentaje de fracaso es bastante alto. Yo, simplemente, quiero recordarle al público, secundando la opinión de un buen número de expertos, que, cuando el condón es empleado como contraceptivo, no es totalmente seguro, y que los casos de embarazo no son raros.

En el caso del virus del sida -el cual es cerca de 450 veces más pequeño que un espermatozoide- el material de látex del condón obviamente ofrece una seguridad mucho menor.

Algunos estudios revelan que la permeabilidad de condones puede llegar al 15% o aún hasta el 20% de los casos.

Siendo así, hablar del condón como "sexo seguro", ¡es una forma de Ruleta Rusa! Y esto es aún sin considerar otras posibles razones para la falla del condón, tales como la degradación del látex debido a la exposición a la luz del sol y al calor, así como la rotura y el resquebrajamiento.” (Cardenal López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia. Declaraciones a Radio Vaticano).

“Ante quien no quiera aceptar estos límites a pesar de la seriedad del problema, sería de todos modos obligado recordarle que, respecto al sida, el preservativo no preserva siempre, puesto que hay documentado un importante porcentaje de error (10-15 %). Es bueno que no se olvide.

Se podría objetar que la disminución estadística del riesgo bastaría por sí misma para justificar la invitación a usar el preservativo, sobretodo para los que no son, en todo o en parte, capaces de autocontrol.

A ese respecto, sin embargo, se debe observar que, si toda la estrategia de prevención se basa en el uso del preservativo, esto acaba poradquirir entre los individuos y en la psicología de masa la apariencia de una panacea, con efecto ulteriormente liberalizante y, por lo tanto,con la consecuencia de un aumento general de los casos de riesgo y de la población en riesgo.

En realidad, el recurso al preservativo como únicavía de prevención es inadecuado y en definitiva falaz” (Monseñor Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida).

Los da“Weller publicó en 1993, un estudio basado en los datos recogidos en la literatura científica hasta junio de 1990 sobre la eficacia del preservativo como profiláctico de la transmisión del Sida por contacto heterosexual.

La conclusión de este trabajo es que el uso del preservativo reduce el riesgo de contagio del HIV en un 69%; es decir, el riesgo de contagio en relaciones heterosexuales preservadas sería del 31%.

Estos datos concuerdan con los expresados por la OMS, que observa un riesgo relativo de contagio del HIV para los usuarios del preservativo del 0,4; es decir, en torno al 40%. El índice de prevención se sitúa, según estos trabajos, entre el 60% y el 70%.

También se ha estudiado sobre el paso del HIV a través de los poros del látex y se ha comprobado paso de partículas de poliestireno de 110 nm de tamaño a través del látex en 29 de 89 preservativos, es decir, en el 33%.

Otra fuente de información procede de los métodos de control de calidad que realizan diversas instituciones sanitarias en USA: el estudio de 38.000 preservativos de 165 lotes diferentes puso de manifiesto escapes superiores a los permitidos en el país, que oscilaban, según los lotes, entre el 12% y 21%.

Estos trabajos, en su conjunto, indican que los preservativos de látex pueden reducir, pero no eliminar, el riesgo de transmisión del virus del Sida”. (Doctor Javier Marigorta. Sociedad Valenciana de Bioética).

Argumentación:

Hay que empezar recordando que, si bien la oposición de la Iglesia al uso del preservativo tiene un carácter moral, debido a que las relaciones sexuales tienen que hacerse dentro del matrimonio y abiertas a la vida, su rechazo a que se utilice el condón de cara a la prevención del sida tiene un carácter añadido: la no completa fiabilidad del método, asociada a una publicidad engañosa.

Si el método fuera totalmente fiable, la Iglesia podría decir: lo distribuimos a aquellas personas que no son católicos y que, por lo tanto, no están obligados por nuestros principios éticos.

No se opondría, en ese caso, a que en una sociedad plural –donde hay católicos y no católicos-, se hiciera publicidad a favor del uso del preservativo como método para evitar el contagio del sida.

Pero es que las garantías que ofrece, al no ser totales –los datos científicos hablan de fallos entre el 15 y el 30 por ciento- recomiendan no utilizar ese sistema para evitar el contagio del sida; para colmo, el preservativo es presentado ante la opinión pública como “sexo seguro”, engañando de ese modo a los “consumidores” del producto e incitándoles a llevar a la práctica todo tipo de relaciones sexuales, sin ningún freno moral; la unión de ambas cosas –la eficacia parcial y la publicidad engañosa- conduce, trágicamente, a una mayor difusión de la epidemia.

Irónicamente, son los que están contribuyendo a esto –y haciendo un gran negocio de paso- los que se presentan como los grandes enemigos del sida, mientras que es la Iglesia –que, además, atiende a millones de afectados- la que pasa ante la opinión pública como la principal colaboradora con la difusión de la enfermedad por oponerse al uso del preservativo.

Tiene razón, por lo tanto, el cardenal López Trujillo cuando dice que usar el condón es como jugar a la ruleta rusa –poner en la cabeza una pistola cargada con una bala y apretar el gatillo, esperando que aquella no esté en ese momento en el tiro-.

Con el agravante de que es como si al que decide jugar a ese juego le hubieran dicho que no había ninguna bala en la recámara.

Si de cada cien usos del preservativo, éste es ineficaz en quince –tomando la proporción más baja, que podría ser superior, llegando a treinta-, eso significa que de cada veinte veces que se utilice, al menos en tres ocasiones se habrá contraído la enfermedad en caso de que uno de los dos estuviera infectado. Es una proporción muy alta.

Además, como no hay frenos morales a la promiscuidad, el número de veces que se tienen relaciones sexuales tiende a crecer, por lo que la posibilidad de ser contagiado aumenta.

Eso explica el fracaso en los intentos por frenar la expansión de la epidemia en África, a pesar de los envíos masivos de condones por parte de agencias supuestamente humanitarias.

En cambio, en países como Uganda, donde se optó por llevar a cabo políticas publicitarias basadas en los valores morales –castidad antes del matrimonio y fidelidad en el matrimonio-, los resultados en la lucha contra el sida han sido sorprendentes.

A pesar de estos datos científicos, no faltan quienes argumentan a favor del preservativo diciendo que más vale usar un método imperfecto –que da una fiabilidad de entre el 70 y el 85 por ciento- que no usar ninguno.

La realidad demuestra que la impresión de seguridad que da el preservativo es tan grande que el consumidor se olvida de que existen riesgos y, al confiarse, termina por quedar infectado.

Además, esa misma impresión de seguridad hace que se abandone la publicidad de otras motivaciones para evitar el contagio, como la castidad.

En cuanto a la parte estrictamente moral del uso del preservativo por parte católica –los argumentos anteriores han estado centrado sobre todo en su relativa eficacia-, el tema en sí resulta ridículo en la mayor parte de los casos, pues la prohibición del preservativo es consecuencia de una prohibición anterior: la de no tener relaciones sexuales fuera del matrimonio.

Si un católico tiene problemas de conciencia por usar el preservativo, más problemas debería tener por tener relaciones sexuales sin estar casado.

Si el saber que, al tener esas relaciones, comete un pecado mortal no le impide cometerlas, tampoco le impedirá cometerlas saber que la Iglesia prohíbe usar condones.

Por lo tanto, la prohibición de la Iglesia de usar el preservativo no va a llevar a ningún católico a tener relaciones sexuales fuera del matrimonio sin utilizarlo –con lo que podría contagiarse del sida-, pues si ese católico quisiera hacer caso a la Iglesia lo primero que haría sería no tener ese tipo de relaciones.

7. El celibato de los sacerdotes

Autor:  frmaria.org

Aunque esta objeción hecha a la Iglesia es presentada por rachas –hay momentos en que se le da una gran importancia, generalmente debido a que los medios de comunicación lo ponen de manifiesto ante algún escándalo clerical, real o ficticio-, conviene tener algunas ideas claras al respecto.

Y, quizá, lo primero que hay que saber es que el celibato de los sacerdotes no es universal en toda la Iglesia católica; la Iglesia católica de rito oriental tiene sacerdotes casados –primero se casan y luego se ordenan sacerdotes-, mientras que la Iglesia católica de rito latino –la nuestra- no los tiene.

Al principio, la mayoría de los sacerdotes eran hombres casados y fue la posterior evolución de las necesidades pastorales y de la espiritualidad la que llevó a la Iglesia a pedir el celibato a los que querían ser sacerdotes.

No hay que olvidar, por otro lado, que hay dos tipos de sacerdotes dentro de la Iglesia católica: los diocesanos y los consagrados o religiosos; estos últimos, tanto en la Iglesia católica de rito oriental como en la latina, viven el celibato.

En la Iglesia católica de rito oriental, además, los obispos son elegidos sólo de entre los sacerdotes que viven el celibato, por lo que aunque existen sacerdotes casados no hay obispos casados.

Enseñanza del Catecismo:

“Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que vive como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato ‘por el Reino de los cielos’ (Mt 19, 12).

Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus ‘cosas’ (cf 1 Co 7, 32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios” (nº 1579).

“En las Iglesias orientales, desde hace siglos está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros.

Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso en el seno de sus comunidades.

Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias orientales y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el Reino de Dios.

En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio” (nº 1580).

“La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana.

La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado” (nº 2339).

Otros textos:

“La castidad es un tesoro engendrado por la abundancia del amor” (Tagore).

“La pureza es exigencia del amor. Es la dimensión de su verdad interior en el corazón del hombre” (Juan Pablo II).

“Si el pecado original rompió la armonía de nuestras facultades), la continencia nos recompone; nos vuelve a llevar a esa unidad que perdimos” (S. Agustín. Confesiones).

“La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado.

La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa” (San Josemaría Escrivá).

Argumentación:

La exigencia del celibato para los sacerdotes católicos de rito latino –la práctica totalidad-, como se ha dicho, es una disciplina eclesiástica sujeta a posibles cambios, puesto que no es un dogma de fe o un dogma que obligue a un comportamiento moral.

Sin embargo -y a pesar de la enorme presión en contra, de la falta de vocaciones y del hedonismo en que vivimos-, la Iglesia sigue pensando que el celibato sacerdotal es un don de Dios para la propia Iglesia y que sería un error cambiar la legislación actual (ver la encíclica de Pablo VI “Sacerdotalis Caelibatus”).

En 1 Cor 7, San Pablo explica con claridad el por qué del celibato:

“El célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado lo hace de los asuntos del mundo… y está dividido”.

Desde esta perspectiva se fue poco a poco imponiendo la exigencia de que, al menos por motivos de eficacia pastoral, los sacerdotes fueren célibes.

Esa exigencia fue sentida, en primer lugar, por el pueblo, que se sentía mejor atendido por sacerdotes solteros que por sacerdotes casados; luego vino la legislación sobre el tema, que hizo que poco a poco se fuera imponiendo esa exigencia a los aspirantes al sacerdocio, sobre todo cuando la Iglesia salió de la clandestinidad y se pudo organizar con libertad –a partir del año 313, con el Edicto de Milán dado por el emperador Constantino-.

Por cierto, la primera legislación sobre el tema tuvo lugar en España, en una época muy temprana, cuando aún la Iglesia estaba perseguida. Fue en el Concilio de Elvira (Granada), entre los años 295 y 302.

Allí se ordenó por primera vez de forma explícita que los obispos, sacerdotes y diáconos fueran célibes o, si no lo eran, dejaran a sus legítimas mujeres si querían recibir las sagradas órdenes.

Esta práctica fue copiada en Francia poco después (Concilio de Arlés, año 314). En el 386, el Papa Siricio convocó un Concilio en el que se prohibió a los sacerdotes continuar teniendo relaciones sexuales con sus exmujeres.

En ningún caso se aceptaba ya que el que había sido ordenado pudiera casarse. Años después, en 1123, con el primer Concilio de Letrán, se estableció de forma definitiva la exigencia del celibato.

La exigencia nacía, hay que recordarlo, del pueblo de Dios, que se sentía mejor atendido por los clérigos célibes.

Las herejías de los cátaros y los valdenses, en la Edad Media, se apoyaban para criticar a la Iglesia, entre otras cosas, en el incumplimiento de muchos sacerdotes de esta ley, pues vivían en concubinato y con frecuencia ponían los fondos económicos de la Iglesia al servicio de sus familias.

Por lo tanto, la Iglesia ve el celibato de los sacerdotes como un don para la comunidad porque hace del sacerdote un mejor ejemplo del Cristo célibe al que representa y porque le libera de otras preocupaciones a fin de que se dedique más plenamente al servicio de la evangelización.

No hay que olvidar que el sacerdocio no es un derecho, sino un don que Dios da y que, por lo tanto, a nadie se le excluye de un supuesto derecho debido a la exigencia del celibato, sino que se contrasta la existencia de esa llamada, de ese don, con la decisión y la capacidad de vivir célibe.

Esta perspectiva es fundamental para entender el por qué la Iglesia puede pedir ese requisito sin que eso suponga vulnerar los derechos de nadie.

Hay quien arguye diciendo que, ante la crisis vocacional, mejor sería que hubiera más sacerdotes, aunque estuvieran casados y por lo tanto con una dedicación más limitada, que no menos sacerdotes pero con una dedicación menor.

Los diáconos casados están, de hecho, ocupando un lugar en la vida pastoral que puede suplir en parte la escasez de vocaciones, sin dar lugar a la discriminación que supondría el hecho de que unos curas estuvieran casados –y con más sueldo, por ejemplo- y otros no; además, si eso sucediera y tal y como están las cosas, sobre los que optaran por no casarse recaería la sospecha de la homosexualidad.

También se dice que si los curas se casaran habría menos problemas de pederastia en el clero.

Primero, hay que tener en cuenta que esos casos son, porcentualmente, bajísimos y que están presentes en cualquier profesión –hay médicos pederastas, abogados pederastas, periodistas pederastas, etc-, sin que esas profesiones lleven implícitas la exigencia del celibato (según el periódico News of the World, 23-7-2000, en Inglaterra había en ese momento 110.000 personas culpables de abusos sexuales a menores, de los cuales prácticamente ninguno era sacerdote católico).

Segundo, al afirmar eso –que se solucionaría la pederastia acabando con el celibato- se está diciendo que ese gravísimo pecado está relacionado con la soltería, cuando no es verdad en absoluto; se trata de una enfermedad que, afortunadamente, la práctica totalidad de los solteros no padecen y que, en cambio, se da también en los casados.

Una persona soltera normal que no es capaz de vivir la castidad no va a satisfacer sus necesidades sexuales con un niño. El que hace eso no es porque esté soltero, sino porque es un enfermo además de un delincuente.

Por lo tanto, si alguien no es capaz de vivir la castidad –tanto si está casado como si es soltero y, en este caso, si lo es porque no encuentra pareja como si lo es porque ha elegido serlo debido a que es sacerdote-, sólo en caso de que sea un enfermo va a recurrir a la pederastia.

Así, pues, la eliminación del celibato no influiría para nada en el número de casos –bajísimo, hay que insistir- de sacerdotes pederastas.

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