19» Matrimonio Cristiano – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

También es importante aclarar que la pareja de esposos debe tener las mismas cualidades de la Iglesia: Una, santa, católica y apostólica.

Un verdadero matrimonio debe tener unidad, no uniformidad de criterios o de costumbres, sino unidad para hacer juntos las cosas fundamentales y vivir unidos en el amor de Dios, el uno para el otro. Debe también tener santidad. Dios los quiere santos.

Dios debe ser el centro de sus vidas, cumpliendo siempre su santa voluntad. De modo que todo lo que hagan, los una más a Dios y los vaya llenando cada vez más de su amor.

También la pareja debe ser católica, es decir, universal, pensando en la salvación del mundo entero y haciendo todo lo posible para que el amor de Dios llegue hasta el confín de la tierra.

Y, por eso mismo, debe ser apostólica, lo que quiere decir que deben ser activos evangelizadores, con su palabra, con el ejemplo de su vida, con su oración, con su apostolado.

Dios dice por boca de san Pablo que el matrimonio es un gran misterio, y yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32).

Así como Cristo es la cabeza de la Iglesia y la Iglesia es su esposa, así en la familia, el esposo es cabeza de la esposa. El marido es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza de la Iglesia. Y como la Iglesia se sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo.

Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla… Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo… Que cada uno ame a su mujer y la ame como a sí mismo y la mujer reverencie a su marido (Ef 5, 23-33).

Esto no quiere decir que la esposa sea propiedad del esposo, sino que le debe respeto y obediencia, pero no en forma absoluta como una esclava sino como esposa.

Ambos deberían rivalizar en ver quién ama más y hace más feliz al otro. Por eso, el Papa Juan Pablo II, al hablar de esto, dice:

El texto de que las mujeres estén sumisas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer…, debe entenderse y realizarse de un modo nuevo: como una sumisión recíproca en el temor de Cristo (Ef 5, 21)…

En la relación marido-mujer la sumisión no es unilateral, sino recíproca13.

Ambos tienen los mismos derechos como personas y ambos se han comprometido mutuamente ante Dios por el sacramento del matrimonio a amar y respetar al otro y hacerlo feliz todos los días de su vida.

Este compromiso de ayuda mutua debe hacerse realidad en las pequeñas cosas de cada día.

Por ejemplo, en el beso dado con ternura; el abrazo dado con calor; el arreglarse para estar bonita para él; el ponerse la camisa y la corbata que a ella le gusta; el sacrificar la telenovela o el partido de futbol para estar a su lado, escuchándole; el saber pedir perdón, cuando uno se equivoca, el trabajar con empeño pensando en el otro y en los hijos; el limpiar la casa para que esté limpia y ordenada para él.

Todos estos detalles y muchos más son como ladrillos que van construyendo el amor día a día y haciendo un hogar feliz.

De este modo, una jornada salpicada de sonrisas, de palabras bonitas y de miradas de amor se hace una jornada sagrada que da mucha gloria a Dios y los va santificando y acercando más a Dios como pareja.

San Josemaría Escrivá de Balaguer dice: El amor puro y limpio de los esposos es una realización santa, que yo como sacerdote bendigo con las dos manos.

Aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño.

Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad y modestia.

Les diré también que las relaciones conyugales son dignas, cuando son prueba de verdadero amor y están abiertas a la fecundidad, a los hijos…

Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, pero, cuando el don divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza y el marido y la mujer no pueden mirarse noblemente a la cara14.

El amor humano, cuando es limpio, me produce un inmenso respeto, una veneración indecible.

¿Cómo no vamos a estimar esos cariños santos, nobles de nuestros padres, a quienes debemos una gran parte de nuestra amistad con Dios? ¡Bendito sea el amor humano!

Pero a mí el Señor me ha pedido más… En cualquier caso, cada uno en su sitio, con la vocación que Dios le ha infundido en el alma, ha de esforzarse en vivir delicadamente la castidad, que es virtud para todos y de todos exige lucha, delicadeza, primor, reciedumbre, esa finura que sólo se entiende, cuando nos colocamos junto al Corazón enamorado de Cristo en la cruz15.

Por todo esto es tan importante la relación personal con Jesucristo, el amigo que siempre nos espera en la Eucaristía.

Dice el Papa Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramento de amor del año 2007:

El consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en Cristo y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene también una dimensión eucarística (N° 27).

Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el sacramento del amor (Eucaristía) la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado (N° 94).

Monseñor José Mani, obispo auxiliar de Roma y encargado de las familias, en una carta pastoral sobre la familia, escribía:

Conozco dos esposos a quienes he casado personalmente.

Jamás pudieron imaginar que iban a encontrarse en una situación en la que deberían escoger entre el aborto o la muerte de la esposa.

Era el tercer embarazo y el ginecólogo les había hablado del riesgo de muerte. Consultados otros ginecólogos, llegaron a la misma conclusión.

Los familiares y amigos les presionaban para que se decidieran por el aborto. Ellos decidieron confesarse y comulgar antes de decidir. Y después de comulgar la esposa le dijo al esposo:

“Yo confío en Dios, no voy a abortar”. Y decidieron comulgar todos los días para recibir fuerza.

Felizmente, Dios quiso que el tercer hijo llegara sano y que la mamá siguiera viva para la alegría de todos.

Oren juntos en familia y Dios los bendecirá más de lo que jamás podrían imaginar.
13 Carta apostólica Mulieris dignitatem Nº 24.
14 Es Cristo que pasa N° 25.
15 Amigos de Dios Nº 185.

18» Matrimonio Cristiano – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

En la actualidad, hay demasiadas parejas que conviven sin ningún compromiso; otros sólo se unen por lo civil para poder así divorciarse fácilmente en caso de problemas.

Pero lo mejor es recibir la bendición de Dios por el sacramento del matrimonio, ya que, de esa manera, recibirán gracias extraordinarias para poder superar las constantes dificultades de la vida diaria.

El matrimonio religioso es un sacramento. Es una alianza sagrada que los esposos hacen ante Dios. Por eso, no pueden renunciar a ese compromiso sagrado; el matrimonio es para toda la vida. Es como consagrarse el uno al otro y, ambos unidos, a Dios.

A partir del matrimonio sacramental, sus vidas se entrelazan definitivamente en el corazón de Dios. De ahí que el cuerpo de la esposa no le pertenece, le pertenece al esposo; y el cuerpo del esposo no le pertenece, le pertenece a la esposa (1 Co 7, 3-5).

Cuando un hombre y una mujer se desposan en el Señor sacramentalmente, se hacen partícipes del mismo amor de Cristo: el Espíritu Santo los abre a ese amor. El amor de Cristo es la perfección suprema. Los esposos participan de ese amor. Ellos reciben la capacidad de amar como Cristo ha amado…

Ahora bien, la fe de la Iglesia enseña que la presencia más perfecta del amor de Cristo está en la Eucaristía. Por eso, entre la Eucaristía y el matrimonio hay una relación muy profunda. El amor de los esposos encuentra en la Eucaristía su fuente. No se puede vivir verdaderamente el estado conyugal sin una continua y profunda vida eucarística.

Por otra parte, observamos que la familia no se agota en los esposos sino que se expande en los hijos. Ellos, antes de ser concebidos en el corazón de su madre, han sido concebidos en el corazón de Dios. Por eso, la familia se funda en el amor creador de Dios.

En el origen de cada persona, hay un acto creativo divino y un acto humano de concepción: cada persona es creada y concebida. Los dos actos, creativo y generativo, están en relación.

La fecundación del nuevo ser no es un hecho biológico solamente, sino que lo transciende con un acto creativo del alma por Dios.

Por ello, cada relación conyugal es un acto sagrado y cada ser humano que viene al mundo es una persona sagrada que, desde su mismo origen, tiene una dignidad y unos derechos, porque viene de Dios. Y Dios le da una misión que cumplir.

Para cumplirla, necesita constantemente la ayuda de Cristo, que nos espera en la Eucaristía.

Vivir de la Eucaristía, vivir de Cristo y con Cristo, debe ser la máxima realización personal del ser humano, llamado a la vida y a realizarse como persona sagrada, como hijo de Dios y cristiano, dentro de la Iglesia10.

Pero, hablando de los esposos, la entrega mutua, consagrada por el matrimonio, debe superar egoísmos y mezquindades. Esta entrega mutua llega a su manifestación más alta en el acto sexual, que debe ser donación mutua.

Cuando uno de los dos abusa del otro, pensando sólo en sí mismo, profana ese acto sagrado.

Decía el padre Clemente Sobrado: Por el sacramento vuestros cuerpos siguen siendo los mismos, pero son cuerpos consagrados sacramentalmente.

Al igual que el pan y el vino que, antes de la consagración, son pan y vino corrientes, pero después de consagrados, sólo pueden ser tratados con toda reverencia y amor por ser el mismo Cristo en persona.

Así el pan de vuestros cuerpos sólo puede comerse en verdadera comunión de amor. Comulgar sin amor es un sacrilegio, daros en comunión física sin amor sería el sacrilegio de la eucaristía conyugal11

Sería profanar ese amor bendecido por Cristo el día del matrimonio.

De ahí que sea tan importante para mantener vivo y fresco el amor conyugal el comulgar diariamente con el cuerpo eucarístico de Cristo.

Los esposos que van diariamente o frecuentemente a misa y comulgan con fe y devoción, están renovando su amor a Cristo y construyendo una muralla tan fuerte a su alrededor que ninguna tentación o poder mundano puede romperlo o destruirlo.

Es importante que los esposos cristianos comprendan que en un matrimonio consagrado por Cristo, Él no puede estar ausente. Sería como invitar a Cristo a su casa en el momento de la ceremonia religiosa y después mandarlo a la calle, porque se prefiere vivir sin Él.

Estar casados por la Iglesia es también estar consagrados a Dios por Cristo y significa también vivir con Cristo toda la vida. Él debe ser el amigo inseparable, un miembro más de la familia.

Su presencia debe hacerse presente a través de sus imágenes, al igual que las de nuestra Madre la Virgen María. Ambos son inseparables y deben estar presentes en nuestra vida.

Ahora bien, para fortalecer esta unión de los esposos con Cristo es importante consagrar conscientemente el hogar a Cristo por María.

Personalmente, siempre aconsejo a los recién casados que el día de su matrimonio, o el día siguiente, vayan a una iglesia y, ante una imagen de la Virgen, le dejen el ramo de flores de la novia como un símbolo de que quieren poner su hogar bajo su protección.

Algunos no le dan la importancia debida a estos actos tan sencillos, que son una fuente inmensa de bendiciones y que van fabricando día a día el edificio de la santidad conyugal.

Los esposos están llamados a ser santos. A este respecto, debemos anotar que la palabra hebrea matrimonio, Kiddushin, significa santidad.

Esto quiere decir que un matrimonio debe ser santo de acuerdo al plan de Dios. Y cada unión sexual debe ser una renovación de la alianza sacramental entre los dos y con Dios.

Dice Scott Hahn: El acto sexual renueva la alianza de por vida entre un hombre y una mujer. Es el acto que les hace una familia. Este acto hace que los dos sean uno, un uno tan real que, nueve meses después, tienes que ponerle nombre.

La unión sexual es un acto de poder extraordinario, cuando le dejamos decir su verdad. El amor conyugal es sacramental. El acto sexual es acto matrimonial, el acto que consuma el sacramento del matrimonio12.

Anotemos también que la palabra sacramento, sacramentum en latín, significa juramento. Por eso, los esposos, en cada acto matrimonial, que es sacramental y, por tanto, agradable a Dios, deben renovar el juramento de amor eterno que se dieron el día de su matrimonio.

Esto implica vivir ese juramento cada día, diciendo siempre y en todo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Sin verdad ni sinceridad no puede haber un verdadero matrimonio y el amor irá falsificándose poco a poco.
10 Puede leerse el libro, Familia y cuestiones éticas, Quaderna editorial, Murcia, 2006, pp. 21-26.
11 Sobrado Clemente, Palabras para el camino, Lima, 1980, pp. 251-252.
12 Hahn Scott, Lo primero es el amor, Ed. Rialp, Madrid, 2006, p.171.

17» Los Hijos

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Dice la Biblia que los hijos son una bendición de Dios. No hay ningún versículo que afirme lo contrario. No son posesiones de los padres, como si fueran juguetes para su disfrute.

Hay que quererlos por sí mismos, pues tienen una dignidad inmensa por ser hijos de Dios, creados a imagen y semejanza de Dios.

La Biblia dice: La herencia que da el Señor son los hijos; su salario el fruto del vientre: son saetas en manos de un guerrero los hijos de la juventud.

Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no quedará derrotado, cuando litigue con su adversario en la plaza (Sal 126, 3-5).

Tus hijos son como renuevos de olivo alrededor de tu mesa: ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga… y veas a los hijos de tus hijos (Sal 127, 3-4).

El Señor, a la estéril, le da un puesto en la casa, como madre feliz de hijos (Sal 112, 9). La corona del anciano son sus hijos y sus nietos; los hijos son la honra de sus padres (Prov 17, 6).

Los hijos son un tesoro que Dios da a los padres y deben cuidarlos y educarlos con todo cariño, consagrándolos al Señor por medio de María.

Así lo he visto que lo hacía mi hermana Inés con sus hijos; y lo recomiendo a todas las mamás.

Que al nacer sus hijos, los lleven ante una imagen de la Virgen y allí se los entreguen para que María tenga un cuidado especial de ellos y los cubra y los proteja con su manto durante toda su vida.

Ahora bien, a los hijos hay que educarlos de común acuerdo. Los padres no pueden contradecirse mutuamente en su modo de actuar con ellos.

Deben darles buenos ejemplos, ya que un ejemplo vale más que mil palabras. No se puede pretender que los niños sean sinceros, si ven en la casa que su padre le miente a su madre o viceversa. Y así en todo.

Por esto, sería bueno tener en cuenta algunos consejos.

- Nunca mentir, ni siquiera para quedar bien ante los demás. Y cumplir la palabra dada, tanto para darles un premio como un castigo.

- Nunca comparar a uno con otros. Cada uno es diferente con cualidades y limitaciones personales.

- No decirles palabras insultantes o de desprecio, pues se les baja la autoestima. Más bien, hay que alabarlos, cuando se lo merezcan y alegrarnos con ellos.

- Hay que abrazarlos y besarlos, frecuentemente, no sólo la madre, sino también el padre. Los niños hombres necesitan el cariño físico de su padre.

- Saber escucharlos, cuando tengan algo que decirnos. No decirles constantemente que no tenemos tiempo, porque estamos muy ocupados. ¿Puede haber algo más importante para los padres que sus hijos?

- Acompañarlos a la iglesia para educarlos en la fe con el ejemplo. Que los niños vean a sus padres confesarse y comulgar para que así ellos lo acepten como algo normal en una familia cristiana, que está bendecida por Dios desde el día de su matrimonio.

- Nunca gritarles, es preferible decirles las cosas con calma, aunque haya que castigarles, no con castigos físicos, sino privándoles de algo que les guste, como ver televisión o salir a jugar con sus amigos.

- Enseñarles a hacer las cosas por sí mismos. No ahorrarles esfuerzo, pues deben aprender a luchar, a sacrificarse y esforzarse para conseguir sus metas.

Y, por encima de todo, mucho amor. Que los niños sientan que son importantes para sus padres y que éstos los aman con todo su corazón.

La Madre Teresa de Calcuta decía:

Sabemos que el mejor lugar para que los niños aprendan a amar y rezar es el seno de la familia, viendo el amor y la oración de su madre y de su padre. Cuando las familias se rompen o están separadas, muchos niños crecen sin saber cómo amar y cómo rezar.

Aquel país cuyas familias hayan sido destruidas de esta manera, tendrán muchos problemas. He visto con frecuencia, especialmente en los países ricos, cómo los hijos se lanzan a las drogas y a otras cosas para huir del sentimiento de no ser queridos y de verse rechazados9.

El amor es la mejor medicina para los problemas de la familia.

Oremos a Dios y pidámosle más amor para amar más, pues Dios es la fuente de todo auténtico amor.
9 Mensaje a los delegados de la IV Conferencia internacional sobre la mujer de la ONU, Pekín, setiembre de 1995.

16» Abiertos a la Vida – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Cuando sintió sus primeros dolores de parto, nos fuimos apresuradamente al hospital con la ilusión de que el bebé estaría pronto en nuestros brazos. Sin embargo, el parto de Kimberly fue difícil desde el principio.

Las horas se prolongaron, horas de duro parto, y el dolor de Kimberly se hizo cada vez más intenso.

Tras treinta horas de parto, el médico observó poco progreso y recomendó hacer una cesárea.

No era así como nos habría gustado que fueran las cosas, pero nos dábamos cuenta de que la elección no estaba en nuestras manos.

Exhausto, vi cómo las enfermeras ponían a Kimberly en una camilla y la llevaban a otra habitación. Iba a su lado, cogiéndola de la mano, rezando con ella.

Cuando llegamos a la sala de operaciones, las enfermeras levantaron a Kimberly de nuevo y la pusieron en una mesa; allí la sujetaron y la sedaron.

Kimberly estaba congelada, tiritando y con mucho miedo.

Permanecí junto a mi esposa; su cuerpo estaba atado, puesto en forma de cruz sobre la mesa y rajado para traer una nueva vida al mundo.

Nada de lo que me había enseñado mi padre sobre los detalles de reproducción, nada de lo que había aprendido en las clases de biología del Instituto podría haberme preparado para ese momento.

Los médicos me dejaron quedarme a ver la operación...

Entonces, llegó el momento en que de entre aquellos órganos, con unos pocos movimientos cuidadosos de las manos del médico, apareció el hermoso cuerpo de mi hijo, mi primer hijo, Michael.

Pero fue el cuerpo de Kimberly lo que se convirtió en algo más hermoso para mí.

Ensangrentado, con cicatrices, y retorcido de dolor, se convirtió en algo sagrado, un templo vivo, un sagrario, un altar de sacrificio que daba vida7.

Su esposa Kimberly nos dice en su libro “El amor que da vida”:

Hasta ahora he tenido siete cesáreas y cuatro legrados para detener la hemorragia después de los partos o de abortos espontáneos.

Me han cortado de arriba abajo y de lado a lado. La cicatriz parece un ancla.

Scott dice que son heridas sufridas por Cristo ¡Así probablemente las tendré en mi cuerpo glorioso!

El número de cesáreas que he tenido no han hecho todavía imposible tener más bebés, porque el médico es capaz de abrir tejido cicatrizado.

¡El récord de cesáreas está en catorce en Texas!

Además, los sufrimientos físicos no acaban con el parto.

La lactancia, a pesar de lo maravilloso que es, tiene sus propias molestias...

¿Impresiona leer esto? No lo cuento para desanimar a nadie.

De hecho, quiero demostrar cómo a través del acto conyugal, elegimos ser un sacrificio vivo…

Antes de tener mi cuarto parto por cesárea, una enfermera me sugirió:

“Deberías ligarte las trompas, aprovechando que el médico te va a abrir”.

Rápidamente respondí: “No me toquen. Me encantaría volver aquí y tener otro hijo, aunque implique otra cesárea”.

Mientras me llevaban al quirófano, oí que la enfermera les decía sus compañeras: “Lleva cuatro cesáreas y quiere volver a tener otra”.

No se lo podían creer; no porque no hubieran visto una mujer con cinco cesáreas, sino porque yo quería que ocurriese a sabiendas del sacrificio que suponía8.

Vale la pena hacer cualquier sacrificio por los hijos, que serán el apoyo y el consuelo de los padres en su ancianidad.

Además, como dice la Biblia, los hijos son un regalo de Dios.


7 Hahn Scott, Lo primero es el amor, Ed. Rialp, Madrid, 2006, pp. 25-27.
8 Hahn Kimberly, El amor que da vida, Ed. Rialp, Madrid, 2006, pp. 140-142.

15» Abiertos a la Vida – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Hoy día son muchas las parejas de esposos que sólo quieren tener un hijo o máximo dos.

Muchos esposos ven a los hijos como un estorbo para sus diversiones y comodidades.

Con frecuencia, deciden tenerlos después de algunos años de matrimonio.

Eso quiere decir que usan anticonceptivos, incluso abortivos, sin problemas de conciencia.

Pero la realidad es que, cuando se usan anticonceptivos abortivos, se está matando la vida de un ser humano y el amor de los esposos se va apagando más y más.

Los mismos esposos se están fabricando así la tumba de su amor.

Por ese camino, fácilmente se pueden pronosticar problemas insolubles y, al final, el divorcio, con el consiguiente sufrimiento para ambos y, sobre todo, para los hijos que hayan podido tener.

Los hijos no son un estorbo, aunque sean enfermos.

Cada ser humano es un regalo maravilloso de Dios, aunque suponga muchos sacrificios para educarlo y atenderlo, especialmente si es enfermo.

¡Cuántos matrimonios dejan morir a sus hijos recién nacidos, cuando se dan cuenta de que estarán enfermos de por vida!

¿Lo hacen para que el niño no sufra o para evitarse sufrimientos?

¡Cuántas madres se hacen la prueba del líquido amniótico a ver si el niño está sano, para que, en caso de que le digan que puede nacer enfermo, lo pueda abortar!

¿Dónde está la fe y el amor para ese hijo?

Cuando falta Dios en la vida de un matrimonio, todo es posible; el aborto se ve sólo como una interrupción del embarazo, como si fuera un trozo de carne sin valor.

Otros esposos planean el tener sus hijos, como si se tratara de comprar un coche o una casa. Se pesan los pros y los contras, como si estuvieran rellenando la hoja de un balance de empresa.

Si el balance es positivo, es el momento de tener el hijo; si no, debe esperar. ¿Y dónde está la fe para confiar en Dios?

¿Y si Dios en su plan divino quiere que tengan seis hijos, van a decirle que eso es imposible?

¿Acaso Dios no es poderoso para ayudarlos y sacarlos adelante?

Dice la Biblia: Dios proveerá (Fil 4, 19). ¿Lo creemos?

Veamos lo que nos dice Scott Hahn, un pastor presbiteriano, convertido al catolicismo, que ha escrito el testimonio de su conversión en su libro: Roma, dulce hogar.

Me casé con Kimberly Kick el 8 de agosto de 1979. Creamos nuestro hogar y disfrutamos del placer y la alegría de la unión de un hombre y una mujer.

Sin embargo, no fue en el éxtasis de nuestra unión corporal, cuando vislumbré por vez primera que una familia manifiesta del modo más vívido la vida de Dios.

Empecé a comprenderlo, cuando Kimberly estaba embarazada de nueve meses y medio de nuestro primer hijo.

Su cuerpo había ido tomando nuevas proporciones y me di cuenta más que nunca de que su carne no había sido creada exclusivamente para mi deleite.

Lo que yo había disfrutado como algo hermoso se estaba convirtiendo ahora en un medio para un fin más grande.

14» Aspecto Sexual – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Los hombres deben entender que la mayor necesidad de una mujer es el amor. Que hay que ganársela con detalles de cariño. Y, entonces, ella se sentirá feliz de hacerlo feliz. Ciertamente que puede haber otros factores.

Hay esposas para quienes el sexo no es ninguna necesidad o prioridad. Algunas esposas no querrían tener relaciones, sino muy de vez en cuando. Dejarían pasar semanas y quizás meses.

Por eso, la excusa más común es decir: estoy cansada, me duele la cabeza, mejor para otro día...

Y, si la esposa deja pasar los días sin querer estar con su esposo, está rompiendo la voluntad de Dios. Por otra parte, si el esposo deja pasar mucho tiempo sin pedirlo, algo puede andar mal.

Es bueno que ella pida. Porque la solicitación sexual debe ser mutua. El sentirse buscado y deseado es fuente de seguridad y aumenta el cariño y la entrega, evitando la rutina.

En algunas ocasiones especiales, es bueno prepararse con tiempo: bañarse, un poco de perfume y muchas caricias para satisfacción de ambos. Que no exista el miedo a tener un hijo más.

En esto sean generosos con Dios. Que no usen anticonceptivos, que son como trampas. A Dios no le gustan las trampas, hay que jugar limpio.

Si viene otro hijo, aceptarlo como venido de Dios. Sean generosos con Dios. Y Dios bendecirá su hogar. Dios quiere entrega mutua y total sin miedos, rencores ni condiciones.

Por eso, el mismo Dios dice claramente:

Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer, de igual modo, a su marido. El cuerpo de la esposa no le pertenece, le pertenece al esposo. El cuerpo del esposo no le pertenece, le pertenece a su esposa.

No se nieguen el derecho del uno al otro, sino por breve tiempo para dedicarse a la oración y, después, vuelvan estar juntos para que Satanás no les tiente por su incontinencia…

En cuanto a los casados, les ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido y, en caso de separarse, que no vuelva a casarse o que se reconcilie con el marido y que el marido no despida a su mujer (1 Co 7, 3-5.10-11).

De esta manera, el mismo Dios habla de la necesidad de entregarse mutuamente. Y, al no hacerlo sin causa razonable, estamos yendo en contra de la voluntad de Dios.

La esposa o el esposo jamás deberá hacer una promesa o juramento de guardar continencia, mientras vive con el cónyuge en la misma casa.

Eso sería una contradicción al juramento que hicieron el día del matrimonio. Y, si uno se niega de por vida, por no saber perdonar al otro su infidelidad, igualmente está yendo contra la voluntad de Dios.

Otra cosa es, cuando el esposo no quiere dejar de ser infiel. En este caso, la esposa tiene derecho a negarse.

Si el esposo va a buscar prostitutas, también podría negarse, porque podría traerle enfermedades. Pero, hablando normalmente, el sexo es importante para afianzar el amor mutuo.

El acto sexual de los esposos es un acto sagrado que puede unirlos más a Dios, porque es algo querido por Dios con tal de que se realice por amor y con amor a su cónyuge.

De ahí que también el acto sexual debe estar abierto a la vida.

13» Aspecto Sexual – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Un punto importante en la vida matrimonial es la relación sexual.

Para el hombre es muy importante la vida sexual y no encuentra explicaciones convincentes de por qué a su esposa le gusta tan poco (hablando en general).

Con cierta frecuencia, ocurren situaciones que llevan a la pareja a momentos de tensión por falta de comprensión.

Imaginemos que el esposo llega a casa y la esposa, que ha vivido alguna situación difícil, quiere contársela y desea que él le demuestre físicamente su afecto.

El esposo puede pensar que lo que ella está buscando es una relación sexual, pero lo que ella realmente busca es ser escuchada y estar en sus brazos, recibiendo sus caricias y su comprensión para sentirse querida y apoyada en esos momentos.

Quizás después de haber recibido esas muestras de cariño, ella pueda acceder a tener una relación sexual, si el esposo lo desea.

Hay que recordar que para la mujer el sexo viene después.

Si ha habido caricias previas y demostraciones de ternura, ella estará predispuesta a llegar hasta la máxima expresión de cariño en el acto sexual.

Para ella, el sexo sin ternura es algo mecánico que sólo satisface las necesidades fisiológicas, pero ella quiere satisfacer sus necesidades afectivas.

De otro modo, se sentirá usada como un objeto y rehuirá la relación sexual, porque no siente o siente muy poca satisfacción personal.

Tampoco hay que olvidar que el hombre también necesita del cariño y de las caricias de la esposa para sentirse bien.

No se puede decir que el hombre es pura razón y que es frío por naturaleza.

También necesita amor y la esposa debe estar siempre dispuesta a dárselo para que se sienta aceptado y querido tal como es, a pesar de las dificultades del trabajo o de la vida diaria.

Recuerdo cuando asistía a los retiros de Encuentros matrimoniales y se tocaba este punto.

Todos los hombres decían que, cuando la esposa les decía que no, sin motivos razonables, se sentían humillados. Y, si esto se repetía muchas veces, ¿cómo podrían sentirse?

Algunas esposas tienen un sentido tan materialista de la vida que aprovechan para negarse, mientras el esposo no les dé gusto en tal o cual cosa.

Es como un castigo o chantaje. Y eso crea malos antecedentes, pues el esposo podría rechazarla definitivamente y buscar cariño en otra parte. En esto no puede haber chantajes.

Es cierto que muchos hombres son bruscos y poco delicados, pero esto hay que hablarlo para que la relación sexual sea un momento de felicidad mutua, que fortalezca el amor y no lo disminuya.

Si el esposo la trata mal durante el día, ¿qué podría sentir ella por la noche?, ¡rechazo!

Muchas mujeres se vuelven frígidas y rechazan tener relaciones por la poca consideración del esposo, pues se sienten usadas. Y eso no lo pueden aceptar.

12» Fidelidad – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

¡Qué hermoso en cambio, es el testimonio de fidelidad de Penélope, la esposa de Ulises, tal como se narra en la Odisea!

Penélope es un ejemplo de esposa fiel para todas las generaciones. Habían pasado veinte años desde que Ulises había salido de la isla de Itaca donde vivían.

Primero, había participado en la guerra de Troya y, después, se había extraviado en el camino de vuelta, errando sin norte por los mares.

Mientras tanto, en esos veinte años, Penélope era acosada por muchos pretendientes; muchos de ellos ricos e importantes.

Muchos querían casarse con ella y la asediaban continuamente sin dejarla tranquila. Tan apremiada estaba que llegó a prometerle a uno que se casaría con él, cuando terminase la labor que tenía entre manos.

Durante el día, la veían tejiendo con diligencia su paño, pero durante la noche, ella misma deshacía cuanto había hecho durante la jornada.

Un día llegó la noticia de que había regresado su esposo Ulises. Ella no se lo cree y piensa que algún impostor quiere engañarla para suplantar a su esposo.

Habían pasado veinte años y Ulises estaba cambiado. Ya no era el jovencito hermoso que ella había conocido y duda de que sea Ulises, su esposo.

Hasta que él le relata un secreto que nadie podía saber sino él.

En ese momento, Penélope estalla en llanto; lo abraza, lo besa y le dice:

Perdóname, por no haberte creído desde el primer momento.
Mi pobre corazón se estremecía de horror al pensar que podía venir alguien y engañarme con falsas palabras. ¡Son tantos los malvados que querían engañarme!

El rey Agamenón la ensalzó, diciendo de ella:

Oh mujer, rica en virtudes sublimes, seguías pensando continuamente en Ulises, el esposo de tu juventud. La gloria de tu fidelidad no pasará jamás.

Y, ciertamente, su ejemplo es un testimonio de fidelidad para todas las esposas de todos los tiempos6.

¡Qué hermoso es también el caso de Rut la moabita, que sigue fielmente a su suegra hasta la muerte, para cuidarla y acompañarla!

Según el texto sagrado, Ruth le dice a su suegra Noemí:

    No me pidas que te deje y que me separe de ti.

    A donde tú vayas iré yo y, donde vivas, yo viviré.

    Tu gente será mi gente y tu Dios será mi Dios.

    La tierra que, muerta, te reciba en su seno, será la tierra donde yo muera y donde se abrirá mi sepultura.

    Que el Señor así me lo otorgue y escuche mis votos; que sólo la muerte me separe de ti. (Rut 1, 16-18)

Es muy hermoso ver parejas de ancianos, tomados de la mano que dicen convencidos: Si mil veces naciera, la(o) escogería de nuevo. Ancianos que, a pesar de los pesares, siguen apoyándose y se sienten orgullosos de sus hijos, aunque estén lejos. Y ¿cuál es la clave?

Darlo todo. Como la viuda pobre del Evangelio, que dio todo lo que tenía para vivir. Esa es la clave de la felicidad en el matrimonio:

Cada uno debe darlo todo sin reservarse nada, sin esconder nada.

Así por la noche, cuando vayan a descansar, podrán mirarse a la cara y decirse:

Eres lo más hermoso del mundo para mí. Mi vida es tuya. Tú eres el amor de mi vida y la reina(o el rey) de mi corazón.

Yo admiro a las esposas que llevan de paseo a sus esposos en silla de ruedas. Acompañan con cariño al esposo que quedó ciego o paralítico.

O cuando ayudan y cuidan de su hija enferma durante años…

Estos esposos fieles, unidos y felices, son flores del jardín de la vida que nos entusiasman y nos dan aire puro para seguir viviendo con amor, a pesar de las dificultades de cada día.

Porque estos ejemplos de entrega y fidelidad hacen el mundo más puro, más alegre y más humano.

6 Toth Tihamer, Matrimonio Cristiano, Ed. Poblet, Madrid, 1942, pp. 85-86

11» Fidelidad – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

La fidelidad es una virtud que todo casado debe desear y debe pedir a Dios insistentemente todos los días de su vida. Es una gracia y un regalo de Dios, pero hay que pedirlo sin descanso.

En el mundo en que vivimos, son muchas las tentaciones que acechan por todas partes. Por ello, hay que poner los medios personales convenientes para alejarse de la tentación, es decir, de ciertos lugares o personas que pueden ser peligrosos.

La fidelidad no es algo añadido al matrimonio, sino su consecuencia natural. Sin embargo, ¡cuánto sufrimiento empaña la vida de las parejas a causa de la infidelidad de uno de los dos!

Hay un cuento, que habla de cierto lugar de la India en que vivía una pareja de novios, Lelia y Rama, separados por un río.

Un día, el novio se enfermó gravemente y la novia quiso ir a cuidarlo. Pero el río había crecido mucho y no podía vadearlo. Entonces, le pidió al barquero que le hiciera pasar.

Como no tenía dinero, el barquero le dijo que, si estaba con él íntimamente, podía pasarla gratis. Ella lo pensó y aceptó, porque el pensamiento de poder pasar y cuidar a su novio era lo más importante para ella en ese momento.

Quiso hacer aquel sacrificio por amor a él. Cuando llegó a la casa del novio, alguien ya se lo había comunicado. Y el novio, con rabia, le dijo:

Márchate de mi casa, no quiero verte nunca más. Has manchado nuestro amor con tu deshonra.

Ahora, pensemos en la mujer samaritana del Evangelio. Era una mujer con un gran deseo de ser feliz. Hoy diríamos que conocía bien sus derechos y no se dejaba mandar por su esposo.

Era una mujer temperamental y, por eso, siempre descubría defectos en cada marido. Tuvo seis y el último no era suyo. Parece que se lo había quitado a otra con sus dotes femeninas.

Jesús le dice: Cinco maridos has tenido y el que ahora tienes, no es tu marido (Jn 4, 18).

Pero con tantos cambios de marido no era feliz, no había encontrado al esposo perfecto. Por eso, cuando encuentra a Jesús, le pide:

Dame de esa agua para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a buscarla (Jn 4, 15).

Ella buscaba, sobre todo, el agua de la felicidad, y su encuentro con Jesús cambió su vida, convirtiéndose en evangelizadora entre sus paisanos.

Les dice: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?... Y muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer…

Y le decían a la mujer: Ya no creemos por tus palabras, pues nosotros mismos hemos oído y conocido que Él es verdaderamente el Salvador del mundo (Jn 4, 29.41). Cuando encontró a Jesús en su vida, comenzó a ser feliz.

Otro caso es el de la mujer adúltera. Era una buena mujer, trabajadora y preocupada por atender a sus hijos. Pero era débil y se enamora de otro hombre, porque su esposo parece que ya no la trataba como merecía. Y Jesús aparece en su vida.

Los fariseos y escribas se la presentaron para preguntarle qué debían hacer, porque la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras.

Ella estaba arrepentida y se sentía avergonzada delante de todos. Pero ya no había remedio. Ya no había vuelta atrás. Y Jesús la defiende y dice a sus acusadores:

El que esté sin pecado que tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y, comenzando por los más ancianos, se retiraron uno a uno.

Probablemente, ellos eran más pecadores que ella y tuvieron miedo de enfrentarse a Jesús. Pero Jesús no la justificó. No le dijo: Pobrecita, tu esposo no te quiere y te maltrata. Bueno, de vez en cuando, puedes darte un paseo con tu vecino sin que nadie se entere. No.

Jesús le dice: ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, pero vete y no peques más. Jesús reconoce que ha pecado y, por eso, le dice: Vete y no peques más.

Jesús no la justifica ni le dice: Sepárate y vete con el vecino. No. Esas son soluciones humanas, cuando falta fe y compromiso.

El matrimonio es para toda la vida y el Sí que se dio ante Dios, es para toda la vida.

10» Perdonar – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

El padre Ignacio Larrañaga dice:

En el observatorio de la vida me he topado con sorpresas inauditas: largas historias de esposas que sobrellevaron con ardiente paciencia las andanzas locas de sus maridos, atravesaron turbulentas crisis, estuvieron a las puertas de la separación, pero sobrevivieron.

Hoy, después de tantos años, constituyen parejas de oro, de una estabilidad envidiable y admirable, con esplendidas familias. Valió la pena4.

Perdonar es amar y amar es perdonar. También amar es aceptar al otro tal como es.

Aceptarlo con sus grandezas y miserias es una de las mayores muestras de amor.

Esto incluye perdonarle sus manías y sus limitaciones, y ayudarle en sus virtudes y genialidades para que pueda superarse. Y esto hay que hacerlo mutuamente.

Amar es ser tolerante con las opiniones diferentes del otro. Es ponerse en su lugar para ver las cosas desde su punto de vista.

Significa fijarse más en lo bueno del otro que en lo malo.
Es confiar en él a pesar de todo.

El amor supone confianza y dejar que el otro crezca de acuerdo a sus posibilidades.

Hay que darle su espacio personal y saber dejarlo libre en sus aficiones y gustos personales con tal de que ello no obstaculice la marcha del amor conyugal y familiar.

En el matrimonio, cada uno es diferente y piensa diferente. No se puede obligar al otro a pensar o hacer las mismas cosas. No se le puede privar de tener su propia personalidad y desarrollarse como persona distinta.

La libertad interior es fundamental para no sentirse uno esclavo del otro.

El manipular al otro, obligándole a ciertas cosas por placer, interés o comodidad personal, es no dejarle crecer y no es verdadero amor.

De todos modos, ambos deben tener la disposición permanente de saber perdonar, cuando surjan los problemas o malentendidos.

Perdonar es amar y sin perdón no puede haber felicidad.

En una oportunidad, vino a visitarme un esposo que había descubierto la infidelidad de su esposa. Estaba desesperado. No quería perdonarla y había decidido abandonarla y llevarse a sus hijos.

Yo le hablé ampliamente del perdón. Al final, después de mucha oración ante el Santísimo Sacramento, pues iba todos los días a pedir a Jesús luz y fortaleza, pudo perdonarla. Y su matrimonio mejoró enormemente.

La decisión de perdonarla fue la mejor decisión de su vida. Ahora son dos esposos unidos y maravillosos. Esto mismo he podido apreciar en varios casos en que el hombre ha sido infiel.

En estos casos, les recomiendo la misa diaria y la oración diaria ante el Santísimo Sacramento. Jesús Eucaristía es la mayor fuerza del mundo para poder solucionar los problemas más difíciles e insolubles del corazón humano.

Veamos lo que contaba una señora:

En mi juventud me sentí defraudada por mi propia familia.

Crecí cargada de complejos, inseguridad, inmadurez, miedo, dudas y, al mismo tiempo, orgullo y soberbia.

Con este bagaje iba buscando dónde apoyarme. Y así es como me casé, esperando encontrar apoyo y amor. ¡Amargo fracaso!

Ni encontré amor ni supe darlo. A mis hijos sólo les daba comida, regalos y dinero, pero no amor, ni siquiera amabilidad.

Sentí gran rebeldía contra Dios y llegué a increparle:

¡Qué clase de Padre eres que permites tanta amargura en mi vida! ¡No puede existir un infierno peor que el que yo vivo!

Otros hombres, todos, me parecían mejores que mi marido.

En una ocasión, me cegué por un hombre que sabía corresponderme y a punto estuve de separarme de mi esposo.

Pero, poco a poco, mi conciencia fue despertando y me di cuenta del engaño y gravedad de mi pecado, llenándome de remordimientos y angustias.

Fue tanto que, durante más de cinco años, he estado enferma mentalmente, pensando que Dios no podía perdonarme y no había remedio para mí.

Hace un año, cuando me confesé, encontré al Dios-Amor.

Conforme voy conociendo a Jesús, Él va sanándome y rehaciendo mi vida. Ahora que Él me ha dado su amor y perdón, soy capaz de dárselo a mis hijos y a otros.

Las relaciones con mi esposo se han tornado de entendimiento y entrega. Ahora sólo deseo amar y hacer el bien a todos como instrumento en las manos del Señor, que llena y cambia mi vida5.

4 Larrañaga Ignacio, El matrimonio feliz, Ed. san Pablo, Buenos Aires, 2005, p. 140.
5 Iragui Marcelino, Sáname, Señor, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2007, p. 101.

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