9» Perdonar – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Algo esencial para ser felices es saber perdonar.

Porque el odio y el resentimiento son un veneno que envenena la vida.

El odio destruye, mientras que el amor construye. El odio enferma, mientras que el amor sincero sana y da felicidad.

Muchas enfermedades físicas provienen de la falta de perdón.

Estudios recientes han demostrado, por ejemplo, que un elevado número de divorciados, sobre todo mujeres, siguen alimentando mucho resentimiento a su excónyuge aun después de años de separación.

Y el estrés originado por este rencor llega a afectar su cuerpo con diversas enfermedades.

No querer perdonar es quedarse anclados en el pasado, de modo que la vida ya no puede seguir su curso normal.

Imaginemos a un esposo muy trabajador, que llega un día temprano a casa, antes de lo previsto, y encuentra a su esposa en su habitación con otro.

La esposa se echa a sus pies y le pide perdón. Él se queda pálido de indignación, pero se da cuenta de que el silencio somete a su esposa a una gran tortura.

El caso llega a oídos de la familia y de los vecinos. Y el esposo se goza de la vergüenza que siente la esposa.

En la casa, más que violencia, él la llena de desprecios con miradas y silencios.

Pero así no es feliz, se siente humillado y su silencio es una triste venganza.

Piensa: ¿Cómo me ha podido engañar a mí, un esposo fiel y trabajador? Me ha engañado con mi mejor amigo. La haré sufrir hasta el día de mi muerte.

Este hogar será un infierno en el que los hijos sufrirán las consecuencias.

La esposa tendrá miedo al esposo y, si se entrega a él en relaciones íntimas, no lo podrá hacer por amor sino por miedo y se sentirá violada por él.

Y él no podrá ser feliz, llevando su rencor en el corazón.

Lo que debe hacer es reconocer su parte de culpa, al descuidar a su esposa, pedirle perdón por su indiferencia hacia ella y darle la oportunidad de cambiar.

Es muy fácil sentirse la víctima y vengarse yendo con otras mujeres.

Pero, si sabe perdonarla de verdad, todo puede arreglarse y comenzar para ambos una nueva vida.

He conocido personalmente casos de infidelidades de esposas, que han traído inmenso sufrimiento a toda la familia.

Pero que, al final, con perdón, se han podido solucionar.

He conocido mucho sufrimiento en esposas que han descubierto la infidelidad de sus esposos.

En algunos casos, no han querido perdonarlo y lo han rechazado íntimamente para el resto de su vida.

Y ellos han tenido que buscar en la calle el cariño que se les negaba en casa.

Al no querer perdonar, la esposa, en cierto modo, es también culpable de las infidelidades futuras del esposo.

Otro problema es, cuando se van acumulando rencores y amarguras por las pequeñas cosas de cada día, en las que no hay comprensión ni amor ni delicadeza. Y uno de los dos va rumiando internamente pensamientos negativos contra el otro.

Es necesario dialogar para ir calmando las tensiones de la vida diaria.

No hay que acumular recelos, incomprensiones o resentimientos, que llevan a venganzas sutiles y a actitudes negativas, que van matando el amor.

El rencor que se guarda dentro se va convirtiendo en un tumor maligno, que envenena la vida entera. Tiene una fuerza destructiva terrible.

Por esto, perdonar es una condición indispensable para poder ser felices.

El rencor y el odio son como una barrera invisible que ponemos a Dios, que no puede perdonarnos ni oír nuestras oraciones hasta que nosotros no perdonemos de corazón a los demás.

Lo dice claramente san Juan: El que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4, 20).

Y Jesús dice: Si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas (Mt 6, 14).

Con frecuencia, los problemas conyugales comienzan en la falta de perdón. Hay mujeres que son frígidas, porque tienen miedo al esposo. Para ellas tener relaciones sexuales, más que un placer es un sufrimiento, porque se sienten como objetos.

Él busca ávidamente su placer y deja a la esposa sin llegar a disfrutar de esa relación conyugal.

Entonces, ella le guarda resentimiento y puede rechazar esas relaciones en las que no siente felicidad, sino sufrimiento, a causa del egoísmo del esposo.

También el egoísmo de la esposa, quizás camuflado con apariencias de cansancio o de enfermedad, va matando muchas veces el amor.

¡Cuánta paciencia debe tener cada uno para poder comprender, aceptar y perdonar los defectos y errores del otro!

¡Cuántas veces es mejor callar, cuando el otro se pone a gritar o a criticar cualquier cosa sin motivo!

Hay que tener paciencia y calma para no reaccionar airadamente y comenzar una pelea. A veces, es mejor el silencio y la paciencia.

Precisamente, una de las definiciones del amor es tener paciencia con la persona amada.

Eso hacen las mamás con sus hijos. No se cansan de atenderlos, aunque sea a altas horas de la noche, porque los aman y son capaces de sacrificarse por ellos.

8» Diálogo – Parte 3

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Por otra parte, en el matrimonio no debe haber lo mío y lo tuyo, sino lo nuestro.

El sueldo de la esposa o del esposo hay que ponerlo en común.

Pero si el esposo esconde su sueldo y nadie sabe cuánto gana o sólo da poco a poco, se crean malos entendidos y amarguras por falta de generosidad y por tratar al otro como si fuera un pobre limosnero.

Lamentablemente, hay muchos esposos que ocultan muchas de sus entradas económicas para poder así disponer, no siempre bien, del dinero que les sobra.

- Siempre es importante ser románticos y tratar al otro con delicadeza y con mucha amabilidad. Hay que dar importancia a los pequeños detalles para hacer feliz al otro.

Si a ella le gustan las flores, ¿qué cuesta comprarle de vez cuando una flor?

Si le gustan los chocolates, ¿por qué no comprarle algunos?

¿Por qué no darle gratas sorpresas con algún regalo imprevisto?

Si a él le agrada ver su partido de fútbol tomando café, ¿por qué no servírselo con cariño y renunciar a ver la novela del momento?

Si él se siente contento de tomar una cerveza de vez en cuando, ¿por qué no comprársela?

¿Por qué darle fastidio por no tener la cocina limpia?

Son muchas las cosas que mutuamente pueden hacerse para darse gusto y evitarse conflictos.

La felicidad se va tejiendo de pequeños detalles y esos pequeños detalles van fabricando la felicidad de toda una vida. Dile a tu cónyuge que lo amas, no te canses de decírselo..

En fin, siembra flores en el camino de tu esposo(a) y hazle su vida más feliz con esos pequeños detalles de amor.

El amor muchas veces supone sacrificio. Precisamente la medida del amor está en la capacidad de sufrir por la persona que se ama.

Veamos un ejemplo, tomado de un poema de Tagore, el gran poeta indio:

Era un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su casa, pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba admirado de su cabellera hermosa, larga y negra.

El iba cada día al mercado a vender frutas. A la sombra de un árbol se sentaba a esperar, sujetando entre los dientes una pipa vacía. No llegaba el dinero para comprar un poquito de tabaco.

Se acercaba el día del aniversario de la boda y ella no cesaba de preguntarse qué podría regalar a su esposo. Y además ¿con qué dinero?

Un día se le ocurrió una idea. Sintió un escalofrío al pensarlo; pero, al decidirse, todo su cuerpo se estremeció de gozo. Venderé mi cabello para comprar tabaco para mi esposo.

Se imaginaba al esposo sentado ante las frutas, dando largas bocanadas a su pipa. Aromas de incienso y de jazmín darían al esposo la solemnidad y prestigio de un verdadero comerciante.

Sólo obtuvo por su cabello unas cuantas monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco. Todo compensaba largamente el sacrificio de su cabello.

Al llegar la tardé del día del aniversario, regresó el esposo. Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño envoltorio: eran unos peines para su mujer. Los acababa de comprar tras vender su pipa.

¿Serías tú capaz de hacer lo mismo?

Dice san Pablo que el amor es paciente, servicial, no tiene envidia, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuenta del mal, se alegra con la verdad.

Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca muere (1 Co l3, 4-7).

Tú, esposo, dedica tiempo a tu esposa y a tus hijos. No digas que estás tan ocupado que no tienes tiempo para salir de paseo o jugar con ellos.

Debes hacer sentir a tu esposa, que necesitas de ella y pedirle siempre su opinión. Por eso, al volver del trabajo, cuéntale las cosas que creas más interesantes.

Llévala contigo siempre que sea posible. No le regatees alabanzas, cuando se presente la ocasión. No dejes de decirle alguna vez que ese vestido le sienta bien o que ese peinado te gusta más.

Hazle sentir la reina de la casa y de tu corazón.

Sonríele con frecuencia y hazla feliz. Verás cómo ella no se deja ganar en generosidad y hará todo lo posible para hacer de ti el hombre más feliz de la tierra.

Recuerda lo que decía Kepler: El resplandor de todas las estrellas del universo no puede compararse con la luz proyectada por una madre que sonríe a su esposo y a
sus hijos.

7» Diálogo – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R 

Por otra parte los esposos deben tener claro que nadie debe ser más importante que ellos en su matrimonio. Cada uno debe poder decirle al otro con toda sinceridad: Tú eres la persona más importante del mundo para mí.

Nunca la familia de uno de los dos debe primar sobre los intereses o sentimientos del cónyuge. Y muchísimo menos los amigos o los gustos y deseos personales. Uno debe estar dispuesto a darlo todo y a dejarlo todo por hacer feliz al otro.

Por supuesto que esto no es fácil en la vida diaria, pues normalmente cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. De ahí que sea tan necesario acudir a Dios para pedir ayuda, cuando uno tenga celos, deseos de gritar o de insultar.

Cuando las cosas no están como uno desea y, cuando se ve con claridad los defectos del otro, es muy fácil corregir sin delicadeza y eso puede crear más problemas. Hay que corregir con amor, hablar con amor, sonreír con amor… Y pedir ayuda a Dios.

Hay estadísticas confiables que afirman que, en cualquier matrimonio roto, uno de los dos tiene el corazón endurecido contra Dios.

Cuando el corazón se endurece, no hay visión de perspectiva eterna. Y por eso, cuando el esposo falla, la esposa debe orar con intensidad y pedir y pedir a Dios por su esposo.

Nada puede haber en el mundo más eficaz ante Dios que la oración de la esposa por el esposo; mucho más incluso, que la oración de su madre, pues Dios los ha hecho UNO por el matrimonio.

En caso de problemas, la esposa debe pedir oraciones, hacer cadenas de oración. Y por otra parte, preguntarse:

¿Qué estoy haciendo para ser más atractiva para mi esposo?

¿Soy la clase de esposa que él espera de mí? ¿Me visto de modo atractivo? ¿Lo atiendo con cariño?

Y cuando el esposo sienta que su esposa ya no lo ama, que no quiere tener relaciones sexuales con él, debe preguntarse:

¿Soy la clase de esposo que ella esperaba de mí? ¿La trato con cariño? ¿Es ella la persona más importante de mi vida?

¿Me preocupo más del trabajo o de mis aficiones que de ella y de los niños? ¿Está bendecido nuestro matrimonio por Dios? ¿Oramos juntos? ¿Está Dios presente en nuestras vidas?

Veamos algunos consejos prácticos para tenerlos en cuenta durante el diálogo:

- Escucha al otro todo lo que te quiere decir. No digas: estoy cansado o estoy muy ocupado. Busca siempre tiempo para escuchar y dialogar con tu pareja y con tus hijos.

- Recuerda el día de su cumpleaños y aniversarios importantes para felicitarlo(a). Y siempre que haga algo digno de mención, aplaude y felicita, porque necesita sentirse valorado(a) para ser feliz.

- Nunca llames por apodos o palabras de desprecio como: Oye, vieja, gorda, pelado, chaparro, idiota… Dile su nombre con cariño.

- Nunca mientas, di siempre la verdad y cumple tu palabra. Lo mismo para corregir a tus hijos que para premiarlos. A tu esposa nunca le prometas algo sin cumplirlo. Sé hombre de palabra.

Y ella que sea una mujer transparente, que nunca finja o exagere para conseguir sus propósitos. Ni que haga chantajes: Si no me das tal cosa, tampoco yo te daré la otra. Los chantajes no pueden fomentar el amor, sino todo lo contrario.

Hay que ser sinceros y transparentes, diciendo siempre la verdad.

- Hay que cuidar la apariencia física para que no se pierda la ilusión del primer amor y no se tengan que avergonzar el uno del otro.

Pero, sobre todo, cuidar el comportamiento y medir las palabras; pues, muchas veces, puede uno quedar avergonzado por el comportamiento arrogante, soberbio, criticón o abusivo del otro; especialmente en público.

Nunca dar malos ejemplos con vicios o borracheras. Hay que mantener el equilibrio y la dignidad en todo momento y saber comportarse de manera ejemplar, sin responder con insultos a las ofensas de los demás.

- La familia de cada uno es la familia del otro. Hay que llevarse bien y amarlos de verdad.

Sus errores o desprecios hay que saber perdonarlos, pues guardar rencor es algo que le hace daño a uno mismo.

Además, el no hablarse con otros miembros de la familia nos empobrece y nos hace daño.

- Es muy importante tomar las decisiones siempre en pareja. Consultarlo todo y no hacer nada sin la aprobación del cónyuge.

Es muy triste que, a veces, hay esposas que piden préstamos para comprar sus cosas y después el esposo tiene que pagarlos con intereses. La falta de transparencia y sinceridad trae muchos problemas.

No hay que hacer nada a ocultas, que pueda ofender gravemente al otro, ni siquiera ir a jugar con los amigos o amigas y, mucho menos, irse a bailar o a una fiesta diciendo que se va a otra parte.

- Piensa siempre en cómo hacer feliz al otro. No importa si se lo merece o no. Hay que intentar siempre hacerlo feliz.

Porque si la esposa, por comodidad, no quiere servirle la comida a la hora de llegada o no quiere dormir con él o no lo atiende en sus pequeños gustos… el esposo sentirá que la esposa lo deja en segundo plano.

Peor si le dice constantemente que ella no es la empleada de nadie. Entonces, ¿dónde queda el amor?

No hay que medir lo que se da. No hay que contar los sacrificios. Hay que dar sin condiciones, hay que amar a todas horas y hay que buscar siempre el bien y la felicidad del otro.

- Cuando se dialoga, hay que evitar sacar los trapos sucios de tiempos pasados.

Hay que concretarse al problema que se esta tratando. De otro modo, la discusión se extiende a otros puntos y todo acabará en amargura y resentimiento mutuo.

5» Amor – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R

Decía Saint-Exupery que amar no es mirarse el uno el otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Sí, mirar y caminar unidos.

Amar no es tomarse de la mano mirando el televisor o pasearse por los parques tomados de la mano.

Amar es mucho más, es decirse sí el uno al otro en cada momento.

Y decirse sí el uno al otro significa decirle también sí a los hijos y a Dios, para cumplir su santa voluntad.

Es renovar en cada instante de la vida el sí que se dieron un día ante el altar en presencia de Dios, como testigo.

Por eso, cuando hay infidelidad, aunque sea en el pensamiento, se está siendo infiel también a Dios.

Cada pensamiento, palabra u obra, debe unir más a los esposos, porque todo aquello que los separa y aleja uno del otro es desamor, infidelidad al compromiso matrimonial.

De ahí que sea tan importante la oración para poder crecer en el amor de Dios. Cuanto más amen a Dios, más se amarán el uno al otro.

¡Qué hermoso es pedir a Dios cada día nuevos ojos para verse, como cuando eran novios!

Aquellos ojos que lo fascinaban siguen siendo tan bellos como antaño, pero ¿por qué ya no le fascinan?

¿Por qué no le dice el esposo: Eres linda y preciosa y te quiero con todo mi corazón?

¿Por qué la esposa no hace más que criticarlo y rebajarlo como si fuera un hombre incapaz de solucionar los problemas?

¿Por qué no lo valora y no desea tener intimidad con él?

Recuerdo a un esposo que, cuando su esposa se enfermó gravemente y tuvieron que operarla de emergencia, se puso a rezar y le dijo a Dios:

Señor, si sale bien de la operación, te prometo que le voy a dar todos los besos que no le di. Procuraré hacerla feliz de todas las formas posibles.

Ahora comprendo, Señor, el gran regalo que me diste y que yo no he sabido valorar.

Tuvo que llegar un momento difícil parar saber valorar a su esposa y hacer un propósito de enmienda.

Felizmente, la esposa salió bien y el matrimonio mejoró notablemente su relación, ayudados por el grupo parroquial al que pertenecían.

Por eso, no olvidemos que el amor es para hoy y que hay que demostrarlo hoy. No hay que dejar para mañana lo que debemos hacer hoy.

Además, el amor nunca debe darse por supuesto, hay que manifestarlo y decirlo.

¿A quién no le gusta que le digan que lo quieren, que lo admiran, que se sienten bien a su lado?

¡Cuán feliz se sentirá el esposo si se lo dice la esposa!

¡O al revés! También los hombres, que son como niños grandes, necesitan del cariño de la esposa y que ella les manifieste su admiración y agradecimiento.

Ahora quisiera preguntarte:

¿Cuánto eres capaz de sufrir por tu consorte? ¿Qué eres capaz de hacer por él?

Cuando hay problemas, ¿estás dispuesto a dialogar para solucionarlos?

4» Amor – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R 

Amor es una palabra muy bonita.

Hay infinidad de canciones y películas que ensalzan el amor.

Pero, a veces, es un amor falsificado, porque es un amor adúltero, donde el protagonista, por ser guapo y simpático, pareciera tener derecho a todo.

Es un amor de película, que no dura más de dos horas.

Pero la vida real requiere que, para ser felices, el amor sea eterno.

No se puede vivir cambiando de pareja como de camisa.

No se puede ir por el mundo diciendo a todo el que pase: Te quiero, porque quiero estar contigo.

Hay que tener seriedad y responsabilidad y no amar al paso.

Cuando los esposos están comprometidos en un matrimonio hay que cuidar mucho ese tesoro del amor, porque puede contagiarse con las enfermedades del mundo moderno. Y se puede perder, si sólo se piensa en la propia felicidad.

Si tú has encontrado una buena esposa, no te dejes encandilar por falsas apariencias, no la vendas por nada ni por nadie.

No te dejes arrastrar por el afán de aventuras o de placeres indebidos. Mírala, admírala y dale todo tu cariño.

Si vas detrás de otras mujeres, al final, perderás lo que más vale: tu propia esposa.

Mírala bien, descubre sus tesoros y no la devalúes, no la maltrates.

Reconquista el amor perdido a fuerza de ternura y cariño.

Enamórala cada día y te responderá con un amor incondicional que te hará inmensamente feliz.

Y tú, esposa, si tu esposo es un hombre bueno y fiel, cuídalo con cariño.

No lo rebajes, no le hagas sentir mal, comparándolo con otros que tienen más éxito económico y social.

Piensa siempre que tu esposo es más importante que todas las cosas del mundo.

No lo molestes con tus manías de limpieza.

Enséñale cómo comportarse para no manchar inútilmente, pero no le digas continuamente: No toques, no manches, no te sientes, no te muevas, no pongas eso ahí…

Es como si le dijeras, prefiero que te vayas a la calle y no manches; prefiero tener la casa limpia a que estés feliz en ella.

Sería preferible decirle: Te quiero tanto que no me importa que manches con tal de que te sientas feliz, aunque después, tendrás que ayudarme a limpiar.

Algo importante es hacer las cosas juntos para fomentar el amor mutuo.

No sólo orar e ir a fiestas, también limpiar, cocinar algún día, pasear, estudiar…

¡Hay tantas cosas hermosas que pueden hacerse juntos!

¡Hay tantos pequeños detalles que pueden hacer feliz al otro!

¡Es tan fácil sentarse juntos unos momentos a escuchar aquella música que los fascinaba siendo jóvenes o tomarle la mano en silencio, sonreírle o darle un regalo, o decirle con las palabras más hermosas: Te quiero!

¡Es tan fácil sorprender al otro, de vez en cuando, con un ramo de flores o una caja de chocolates!

¡O escribirle una hermosa tarjeta con palabras hermosas de agradecimiento por todo lo que hace!

Y, cuando tenga problemas, es fácil llamarlo por teléfono a ver cómo está y decirle:

No tengas miedo, yo estoy contigo. Todo pasará, no te preocupes, confiemos en Dios, pongamos todo en las manos de Dios.

Lo importante es no dejar el amor en el invernadero de la rutina. La rutina es un roedor implacable.

Después de los primeros tiempos de dulzura y felicidad, se va colando en muchos matrimonios la monotonía de la vida diaria.

Y, sin que nadie se dé cuenta, las cosas se van haciendo más pesadas.

Ya no se vibra con la ilusión de la llegada del cónyuge, ya no se le espera como en otros tiempos, todo parece que ha cambiado, como si hubieran cambiado de personalidad.

Pasan los años y la rutina, como un termita, va evaporando lo poco que queda de ilusión.

Parecen dos extraños, viviendo en la misma casa, pensando sólo en ir tirando.

Falta la frescura del primer amor, falta color y originalidad, falta Dios, que es el único que puede ir renovando el matrimonio con el agua fresca de su divino amor.

» Oración

"Señor Jesús, tú nos has unido por el sacramento del matrimonio. Te damos gracias.

Gracias por todas las alegrías
que nacen de la recíproca comunión;
gracias por nuestros hijos
y por la paz de nuestro hogar.

Te pedimos: que mantengas vivo
cada día, nuestro amor;
no permitas que se pierda a causa
de la monotonía o de la actividad de la vida.

No permitas que jamás nos falte
algo que comunicarnos y que vivamos
el uno junto al otro como extraños.

Enséñanos como podemos cada día
avivar nuestra vida en común y haz que siempre sepamos perdonarnos y que podamos siempre
ayudarnos en nuestras decisiones.

Danos fuerza para poder enfrentarnos juntos a todas las penas y como a todas las pruebas.

Señor, te pedimos que renueves en cada uno de nosotros, cada día, tu amor."

Amén

1» Noviazgo

Sí deseas un matrimonio feliz, debes comenzar por prepararte bien durante el tiempo de noviazgo.

Autor: P. Angel Peña O.A.R

El noviazgo es un tiempo de preparación y de conocimiento mutuo. Pero, muchas veces, se convierte en un tiempo de desórdenes, en el que Dios está totalmente ausente.

Y Dios es fundamental en la vida de todo hombre que quiere ser feliz y, por supuesto, en un verdadero matrimonio.

Muchos jóvenes tienen una mentalidad pagana. Confunden amor con sexo. Hablan de amor a primera vista y, en un tiempo récord, quieren casarse sin conocerse de verdad.

No faltan quienes se conocen por internet y, en poco tiempo, sin apenas conocerse personalmente, ya quieren formalizar un matrimonio que debe durar para toda la vida.

Es posible conocer a la esposa ideal por internet, pero hay que estar muy seguros y conocerla muy bien, para dar este paso transcendental del que depende la felicidad personal y de los futuros hijos.

Muchos adolescentes, desde los doce años o antes, ya desean tener una novia para poder presumir ante sus compañeros.

¿Para qué desean tener novia a esa edad? ¿Sólo para besarla y abrazarla? ¿No será una señal de inmadurez?

Los noviazgos prematuros terminan rápidamente y, con frecuencia, después de haber tenido relaciones sexuales.

Si esto se repite en varios noviazgos, ¿qué podría decirse de la novia o del novio? ¿Es esa la mejor preparación para el matrimonio?

Lo peor es que muchos jóvenes ya no quieren casarse y sólo quieren convivir sin compromiso.

Otros prefieren tener compañeros sentimentales. De esa manera, aunque no haya amor, pueden satisfacerse mutuamente y, después, separarse sin problema y seguir buscando otras uniones pasajeras semejantes.

Pero así nunca podrán ser felices, porque el matrimonio para ser feliz necesita amor, y el amor verdadero viene de Dios y quiere ser eterno.

En la actualidad, son muy frecuentes estos matrimonios al paso, sin compromiso.

Muchos jóvenes modernos son incapaces de asumir un mínimo de responsabilidad matrimonial.

Se divorcian con la facilidad de quien toma un vaso de agua y se vuelven a juntar con la misma frivolidad. ¿Y los niños?

Si se quedan con la madre, crecen bajo la sombra de la tristeza materna y, a veces, con una gran inseguridad; porque les falta la presencia paterna. ¡Cuántas madres solteras o abandonadas!

¡Cuántos matrimonios rotos, cuántos divorcios, cuánto sufrimiento!

Por eso, hay que tomar en serio el noviazgo.

Dice el Catecismo de la Iglesia católica: Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia… Y reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal.

Deben ayudarse mutuamente a crecer en santidad (Cat 2350).

Los jóvenes que desean casarse deben pensar en hacerlo para toda la vida; si no, su unión será débil y ante cualquier dificultad se romperá, porque no pondrán de su parte y no estarán dispuestos a hacer ningún sacrificio para superar las dificultades.

Es preciso tener la idea clara de que uno se casa para toda la vida y de ser puros antes del matrimonio.

Puros hasta el altar y fieles hasta la tumba. Algo muy importante en el noviazgo es el decirse la verdad en cuanto a sus vidas y su pasado.

Porque si uno de los dos oculta algo grave, que el otro tiene derecho a saber, el matrimonio podría ser nulo.

Por ejemplo, ocultar que no puede tener hijos, que tiene sida o cualquier otra enfermedad crónica grave, que tiene hijos o que ha estado unido anteriormente con otra persona; que es adicto al juego, a las drogas, al alcohol…

Hay que ser transparentes y decirse siempre la verdad. Declara san Pablo que el amor se alegra con la verdad (1 Co 13, 6). Sin verdad no hay verdadero amor.

Querido joven, ¿ya conoces a la que será tu esposa para toda la vida?

Respétala, no te permitas con ellas acciones inmorales, no la engañes con sutilezas ni le pidas una "prueba de amor".

Ten prudencia y evita estar a solas con ella en lugares solitarios o cerrados.

Tu amor a ella debe ser siempre puro y limpio, con la ilusión de llegar los dos juntos vírgenes al matrimonio.

Evita los abrazos y besos apasionados y los tocamientos indecorosos.

Debes saber esperar hasta el momento en que sea tu esposa y puedas decirle de verdad: Ahora soy tuyo, totalmente, y para siempre ¿Te imaginas que podrías tener un hijo no deseado?

¿Cómo se sentiría ese niño que no es bien recibido al venir a este mundo?

¿Pensarías en matarlo por el aborto? Con los hijos no se juega.

No se puede tener una relación matrimonial antes del matrimonio.

Prepárate para ese momento tan importante de tu vida.

El amor es algo tan hermoso y tan grande que sólo Dios lo puede dar.

Porque Dios es la fuente de todo auténtico amor. Dios es amor (1 Jn 4, 8). Y hay que estar casados en el Señor (1 Co 7, 39), casados por la Iglesia.

Y tú, querida joven, ¿has encontrado ya al que será tu futuro esposo?

¿Piensas en él, rezas por él?

Pídele a Dios que te lo presente cuanto antes y que no te equivoques en tu elección.

Y, desde ahora, consérvate pura y limpia para él. Evita la compañía de hombres deshonestos, las conversaciones de doble sentido, espectáculos pornográficos…

Busca diversiones sanas y prepárate en cuerpo y alma para el que será el padre de tus hijos.

¡Qué hermoso es encontrar chicas que sonrían con sincera alegría, que sean decentes y se vistan con gusto!

¡Qué belleza irradian estas jóvenes de alma transparente y cuerpo puro! ¡Una chica buena, trabajadora, responsable y maternal es un regalo que vale más que todos los tesoros del mundo!

Y ahora rezad los dos, aunque no se conozcan, esperando conocerse y amarse pronto.

"Señor, quiero pensar en este momento en tu presencia por quien será mi esposo(a).

Haz que mi recuerdo lo acompañe siempre y lo defienda de toda acción baja y vulgar.

Haz que nunca se deslice entre nosotros la mentira ni el engaño.

Señor, preséntamelo cuantos antes, tengo deseos de conocerlo(a) para darle el tesoro de mi amor, que guardo con tanto cariño y pureza para él (ella).

Que su recuerdo, en vez de quitarme las ganas de estudiar, sea para mí un estímulo para salir adelante.

Quiero ser para él (ella) una persona auténtica que lo sostenga en la debilidad y le dé fuerza y energía para superar las dificultades.

Y haz que su sonrisa y su alegría ilumine el camino de mi vida y me llene de felicidad.

Pensando en él (ella) mi corazón vibra de emoción.

Señor, desde ahora, ya lo(a) amo con todo mi corazón.

Y quiero darle las rosas más bellas de mi corazón humano, Señor, quiero servirte y amarte con él (ella) y con nuestros hijos por toda la eternidad.

Haznos una familia unida en tu divino Corazón. Amén".

3» Matrimonio – Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R 

Hay matrimonios que parecen cansados y aburridos como los dos discípulos de Emaús, que ya habían perdido las esperanzas que habían puesto en Jesús.

Por esto, hay que renovar el matrimonio cada día. Y decirle a Jesús, como los discípulos de Emaús:

Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día declina. Y entró y se quedó con ellos (Lc 24, 13-25).

Nosotros también debemos invitar a Jesús a quedarse con nosotros, a ser un miembro más de la familia.

Con Jesús todo lo podremos superar más fácilmente y los problemas de cada día no nos parecerán insolubles. Y también debemos invitar a María.

En las bodas de Caná estaban los dos invitados. Y fue una bendición para los recién casados y para toda la familia.

María se dio cuenta de que faltaba algo importante. Y le dijo a Jesús:

No tienen vino (Jn 2, 3). Y Jesús, por amor a María, a quien no le puede negar nada por ser su madre, hizo su primer milagro sin estar previsto en sus planes.

De la misma manera, nosotros, invitando a Jesús y a María, podemos estar seguros de que ella intercederá ante Jesús y le dirá:

No tienen comprensión, les falta dialogo, no quieren tener hijos, no tienen paz… Y Jesús podrá hacer milagros una vez más.

Por ello, es tan importante tener en la casa alguna imagen de Jesús y de María y rezar todos los días en familia y consagrarse como familia a Jesús por María.

Sin fe, el matrimonio no puede ser feliz. Pero con fe todo es diferente.

Decía Susana Tamaro:

Estoy plenamente convencida de que, sin fe, el matrimonio es una especie de campo de concentración, pero estoy igualmente convencida de que el matrimonio, vivido en plenitud, es un lugar de satisfacción, un camino de duro compromiso, pero bellísimo.

Sin embargo, muchos se casan de forma casual, sin ninguna preparación y sin ningún sentido de la sacralidad del matrimonio.

Hay un analfabetismo afectivo. El matrimonio se convierte para muchos en un producto de consumo más.

No tienen idea de construir algo juntos, conscientes de que en esa construcción, hay dificultades.

El matrimonio requiere fe, amor y vocación2.

Dice el doctor Aquilino Polaino Lorente:

He tenido ocasión de conocer una pareja que vino a pedir ayuda.

Ambos eran jóvenes y trabajaban, comenzando a abrirse paso en la vida profesional.

La esposa recibía unos honorarios más cuantiosos que su marido. Y en su matrimonio trataron de organizarse de la forma más racional, dado que ambos eran universitarios.

Para ello hicieron inventario minucioso de las tareas domésticas. En función de su grado de dificultad que cada una de ellas comportaba y del tiempo que exigía su realización, les fue asignada una determinada puntuación.

Luego suscribieron un acuerdo para realizar las tareas domésticas al 50%.

De acuerdo a lo pactado, si al llegar el fin de semana uno de los dos había logrado menos puntos por haber realizado menos actividades en casa, entonces destinaría su tiempo libre a completar las tareas que le faltaban al cómputo.

Esto se cumplió escrupulosamente por ambas partes durante los tres primeros meses de matrimonio, aunque con dificultades.

Por fin, el marido se cansó. Se veía obligado a trabajar durante los fines de semana para completar su igualitaria dedicación a las tareas domésticas.

Le parecía que su casa se parecía más a una cooperativa que a una familia y que las relaciones con su mujer eran más difíciles que con la patronal de su empresa.

En definitiva, que su mujer no lo estimaba, que era muy difícil encontrar un gesto de amor en sus relaciones conyugales.

Dada esta situación, le habló a la esposa de la manera más clara posible de que no podía aguantar aquella situación.

Pero su esposa se negó a modificar el acuerdo establecido.

El esposo le dijo: "Si seguimos con el reparto equitativo de las tareas domésticas, nuestra vida será cualquier cosa menos matrimonio, que es lo que tú y yo soñamos al casarnos.

Si no estás dispuesta a que nos organicemos de otro modo, a partir de ahora tú te vas con tu madre y yo con la mía".

Y eso fue lo que acabaron por hacer. A ello siguió la demanda de separación y después el divorcio.

La terapia de pareja resultó inútil en este caso.

El matrimonio no puede organizarse como una empresa o una cooperativa.

El matrimonio no es una sociedad laboral en la que cada tres meses deben rotar los empleados y asumir nuevas y diversas responsabilidades.

El matrimonio es una comunidad de amor que no puede regirse por un reglamento laboral frío, pues una organización así vacía el matrimonio del amor que es su finalidad esencial y más necesaria3.

Hay que darse cada uno al 100%. Pero, cuando falta el amor verdadero, que viene de Dios, falta el sentido del matrimonio.

Por eso, hay que pedir a Dios, en oración, que llene nuestro corazón de amor auténtico para evitar el egoísmo disfrazado de amor.

2» Matrimonio – Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R 

Una vez que los novios lo han pensado bien, deben prepararse para el gran día de su matrimonio religioso (estando previamente casados por lo civil).

Para su matrimonio, no sólo deben pensar en las invitaciones, en el banquete, en el vestido de la novia y en otras cosas materiales.

Sobre todo, deben preparar su alma para consagrarse mutuamente en cuerpo y alma en la presencia de Dios. Deben estar bien confesados para comulgar en la misa. Y deben ser conscientes de su compromiso de amor y fidelidad para toda la vida.

Yo prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso, con salud o enfermedad. Y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.

Esto lo declaran ante Dios, que es testigo de su compromiso de amor eterno. Así que ya nunca más hay que pensar en el divorcio.

Y hay que hacer todo lo posible y lo imposible para superar las dificultades. Si éstas fueran insolubles, la Iglesia acepta la separación de cuerpos, manteniéndose firme el vínculo matrimonial.

Ambos podrían seguir confesando y comulgando normalmente, mientras no tengan un nuevo compromiso. Y, si se unen a otra tercera persona, sepan lo que dice el Papa:

La práctica de la Iglesia es no admitir a los sacramentos a los divorciados vueltos a casar…

Sin embargo, siguen perteneciendo a la Iglesia que los sigue con especial atención con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa misa, aunque sin comulgar, la escucha de la palabra de Dios, la adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza, la entrega a obras de caridad, de penitencia y a la tarea educativa de los hijos.

Donde existan dudas legítimas sobre la validez del matrimonio sacramental contraído, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento1.

Lamentablemente, hay esposos soberbios, flojos para el trabajo, adictos al sexo, al alcohol, a las drogas o a otros vicios.

Otros se creen padres y esposos modelos, porque no son borrachos ni mujeriegos ni les gustan las fiestas; y trabajan todo el día pare el bien de su familia.

Ciertamente, a su familia no le falta nada material, pero le falta el amor del papá.

Sus hijos se quejan de que nunca tiene tiempo para escucharlos, de que nunca sale con ellos a pasear, porque siempre está demasiado ocupado.

A su esposa, cuando se queja de que no salen nunca juntos o no le da el cariño que ella espera, le recuerda que no tiene tiempo y que está muy cansado, porque trabaja todo el día.

Además, le dice que no olvide que todos sus vestidos y todo lo que tiene se lo debe a él.

En algunos de estos casos, la esposa puede buscar amor en otra parte.

Como aquella esposa, a quien otro hombre la estaba cortejando.

Ella decía: Yo sé que el otro no siente lo que me dice, pero no me importa. Me agrada que alguien se fije en mí y me diga palabras bonitas, aunque sean mentira.

Por eso, es triste que haya maridos ciegos para reconocer la belleza de su esposa y piensen que todas las demás son más bellas que ella.

Lo peor es que le diga palabras de desprecio: fea, gorda, sucia, desordenada, etc. En este caso, está matando el amor de su corazón y ella no tendrá alegría ni voluntad para hacerlo feliz.

Al final, los dos pierden y, sobre todo, los hijos, que ven las discusiones y sienten la lejanía de sus padres.

La esposa, como mujer, necesita ser admirada. Cuando nadie la mira ni la valora, siente que su vida está vacía. Haría cualquier cosa para ser admirada, valorada y amada. Y ahí está el peligro.

Si el esposo nunca le dice que la ama, y el otro se lo repite constantemente, podrá recibir alguna recompensa a cambio, aunque sea un beso furtivo o un abrazo. Y por ese camino, ni ella misma sabe a dónde puede llegar.

El amor en el matrimonio nunca se debe dar por supuesto, hay que decirlo de todas las maneras posibles, con un beso, un abrazo, un apretón de manos, palabras bonitas, regalos, miradas…

¡Se puede decir de tantas maneras al otro que se le ama! ¡Es tan fácil hacer felices a los demás, diciendo palabras amables!

Y ésta es una regla para todos y con todo el mundo, pero especialmente para los esposos y para los hijos, que también necesitan ser queridos y valorados por sí mismos sin comparaciones odiosas.

Muchos hombres van matando el amor de su esposa, porque son como los fariseos, que querían apedrear a la mujer adúltera del Evangelio (Jn 8).

Les gustaría apedrear a su esposa y lo hacen con sus desprecios continuos y sus palabras hirientes o con gestos burlescos.

La ponen en medio de los demás y le sacan sus defectos ante toda la familia, porque es gastadora, histérica, infantil, llorona…

Pero, como dice Jesús: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.

Por supuesto que también hay esposas que no hacen más que criticar a sus esposos, porque no trabajan más, porque falta dinero en casa, porque son calvos o feos y, sobre todo, lo comparan con los vecinos o amigos, que tienen más que ellos. Y eso duele. Y no ayuda para el crecimiento del amor mutuo.

1 Benedicto XVI, Exortación apostólica Sacramentum caritatis, N° 29.
2 Susana Tamaro, El misterio y lo escondido, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1999, pp. 115-116.
3 Polaino Lorente Aquilino, En busca de la autoestima perdida, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2003,
p. 110.

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