10. El estallido religioso

Autor: Oscar Gerometta

El fenómeno de la disgregación religiosa es el gran desafío del fin del milenio, desafío para que los hombres reencontremos el valor supremo de la unidad, que solo es posible desde la Verdad y el Amor.

Desafío para la sociedad del tercer milenio

Publicado Actualizándonos
SEP 1994

El poder de los medios de comunicación dentro de nuestra cultura es sin duda muy grande, tanto que tienen la posibilidad de imponer temas a la sociedad. Pero también es cierto que esos mismos medios son parte de la cultura y de la sociedad, y que por lo tanto no pueden permanecer por mucho tiempo ajenos a la problemática que esa cultura plantea.

Un ejemplo claro de esta dinámica es el fenómeno contemporáneo del estallido de la experiencia religiosa de nuestra cultura occidental, o lo que más comúnmente denominamos ´las sectas´.

Ocurre que a lo largo de la historia, cada cultura se ha desarrollado alrededor de un eje central que está constituido por la particular concepción de Dios que la alimenta, y por las formas distintivas de establecer relación con esa divinidad, a lo que denominamos ordinariamente ´religión´.

De este modo, aunque aparentemente la simplificación pueda parecer muy grande, a cada cultura le ha correspondido una expresión religiosa particular. Pero esto no es así en nuestro caso.

Si bien la cultura occidental se ha desarrollado y afianzado alrededor del eje aglutinante del cristianismo, a partir de la segunda mitad del siglo pasado hemos asistido a la progresiva disgregación de la experiencia religiosa, a punto tal de que hoy día las expresiones religiosas presentes en nuestra sociedad son tan variadas como que van desde el primitivo animismo africano hasta las sofisticaciones energéticas de los grupos nuevaeristas, pasado por supuesto por el tronco de las llamadas ´religiones históricas´.

Este fenómeno viene creciendo decíamos, desde la segunda mitad del siglo pasado; aunque sus dimensiones e implicancias han provocado que en este momento sea un tema cotidiano en nuestro medios de comunicación. Pero es también importante que en el planteamiento se tengan en cuenta varios aspectos diferentes.

Ante todo sin, duda que la problemática presenta un aspecto netamente religioso que es necesario no perder de vista en ningún momento, y que en consecuencia, el respeto de la libertad de conciencia de los individuos debe ser salvaguardado preciosamente.

Esta perspectiva conduce a un debate de características claramente religiosas, y que debe encuadrarse en el debate propio de los distintos religiosos en el que el Estado y los medios de comunicación deben cuidar prolijamente no invadir el campo de las conciencias.

Hay también una segunda perspectiva, de carácter claramente individual, que deviene de la explotación que muchos de estos grupos realizan de las necesidades, angustias y expectativas de individuos inmersos en una cultura en proceso de disgregación que coloca al individuo muchas veces en una situación de indefensión cultural y afectiva que lo hace fácilmente captable, sin que medie un proceso de verdadera reflexión y por lo tanto una opción auténticamente libre.

Este es el caso de tanto curandero, milagrero, desatador de ´nudos´ y muchos otros semejantes, que enancándose o no en una presunta predicación del Evangelio y en la imagen de Cristo, pretenden llenar su propia ansia de poder cuando no el propio interés económico.

Pero hay una tercera perspectiva que quizás sea la más grave. La perspectiva social, producto del modelo cultural que estos grupos proponen. La conducta sectaria es antes que una manifestación religiosa, una condición sociológica que tiende a la disolución de los grupos sociales desviándolos de un objetivo superior común y dividiéndolos o sectorizándolos a partir de opciones de carácter secundario.

Una secta puede surgir en el ámbito de un culto religioso, de un club de fútbol o de un partido político; y en todos los casos es un proceso de disgregación social que distrae a los individuos del fin primario que es la consecución del bien común, para sumergirlos en el debate de elementos secundarios a la finalidad del grupo.

Así, como conducta religiosa se expresa en el hecho de que se deja de buscar la unión con Dios (objetivo último de todo planteo religioso), para ingresar en el debate de si los hombres deben usar bigote o no, dividiendo a la comunidad y perdiendo de vista el elemento primero propuesto por el mismo Cristo: ´Padre que ellos sea uno, para que el mundo crea´…

Este fenómeno es particularmente dañino a nivel social, ya que introduce en la cultura esta dinámica de división, y proyecta en el campo de toda la sociedad una modalidad de reunión, o más bien de disolución, que conduce con el tiempo a la atomización de las naciones.

Quizás el problema más grave que afronte Occidente hoy no sea el de la exacerbación de las nacionalidades, sino que debamos definirlo como una falta de equilibrio entre lo común que nos convoca y el respeto de las diferencias.

Quizás de este modo podamos explicar que a la vez que registramos algunos fenómenos como el de la radicalización de los grupos étnicos, a la vez presenciamos la atomización interna de esos grupos a través de conductas sectarias en el orden religioso, político y social.

El fenómeno de la disgregación religiosa es el gran desafío del fin del milenio, desafío para que los hombres reencontremos el valor supremo de la unidad, que solo es posible desde la Verdad y el Amor.

s Desafío que convoca a la sociedad toda para que logre superar la tendencia disolvente que nos envuelve; que provoca a los individuos para que logremos sobrellevar con madurez y libertad nuestras angustias y limitaciones, sin falsos escapismos; que exige de los hombres verdaderamente religiosos el auténtico deseo de alcanzar la Verdad y la recuperación de un profundo sentido de Dios.

9. El caso de los «sacerdotes disidentes»

Autor: Oscar Gerometta   

En países latinoamericanos ocasionalmente surgen denuncias por la aparición de "falsos sacerdotes", casos diversos difícilmente clasificables e imposibles de encuadrar dentro de una secta.

En los distintos países latinoamericanos periódicamente asistimos a denuncias por la aparición de "falsos sacerdotes", un conglomerado de casos diversos difícilmente clasificables e imposibles de encuadrar en lo que habitualmente solemos denominar como "sectas".

En estos días, un importante conglomerado multimedios de Argentina ha puesto su mirada sobre un caso de tantos: el "Padre Pedro"

El "Padre" Pedro Álvaro Andrade Arregui, hijo de Danilo Andrade y Elvira Arregui, nació en Artigas, República Oriental del Uruguay el 25 de octubre de 1938.

Ha alcanzado notoriedad nacional a partir de su participación en diversos medios de comunicación, su relación con el mundo de la farándula y sectores políticos.

Es el "sacerdote" que celebró el "matrimonio" o bautismo de diversas estrellas del cine, la televisión y el teatro; también "canonizó" a Eva Duarte de Perón hace algunos años.

Sus relaciones le han valido el acceso a sectores de influencia y poder, así como la difusión de su obra de caridad consistente en hogares para dar cobijo a niños, madres solteras, mujeres golpeadas, ancianos, etc.

En la actual situación de desborde social que sufre la Argentina, sus hogares son uno de los tantos recursos asistenciales en manos de particulares que tienen agendados tribunales de menores, comisarías y municipios.

¿Quién es el "Padre" Pedro?

Su primera aparición como sacerdote se registra alrededor del año 1983, en esta época se presentaba como perteneciente al "Instituto Religioso ´Christus Vincit´" con sede en H. Yrigoyen 777, Buenos Aires. En relación al mencionado Instituto se presentaba como Pedro A. Andrade Arregui, Superior.

Colaborando con él, como "Vice Superior", estaba entonces el "Padre" Miguel Ángel Herrera, un falso sacerdote en realidad ex-seminarista del Seminario Diocesano de San Luis (católico). En esa época, ambos alcanzaron cierta notoriedad pública presentándose como "Sacerdotes Cristianos Disidentes".

Esta presentación como "sacerdotes disidentes" provocó polémicas sobre todo a raíz de la confusión que provocaba en los fieles católicos. Decían ser más "tradicionales" que los sacerdotes católicos romanos, mientras se postulaban como verdaderos sacerdotes católicos.

Estos conflictos fueron quizás los que determinaron la necesidad de que el "Padre Pedro" cambiara su presentación.

Así, al año siguiente aparece registrado en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de Argentina (Nº 10285/83) como Mons. Pedro A. Andrade Arregui, "Arzobispo Primado" de la " Congregación de Sacerdotes Misioneros Tradicionalistas (no romanos)", con sede también en H. Yrigoyen 777, Buenos Aires. En este momento aparecía como "Rector Superior" el "Padre" José María Polizzi, quien tampoco es sacerdote católico.

El "Padre José María" se promocionó utilizando avisos clasificados en los periódicos de alcance nacional como "sacerdote exorcista", consiguiendo con esto atraer la curiosidad de algunos medios de comunicación. José María fue inculpado de práctica ilegal de la medicina.

En el mismo año, 1984, vuelve a cambiar su "comunidad de pertenencia", presentándose esta vez como miembro de la "Congregación de Sacerdotes Misioneros del Sagrado Corazón (disidentes)", esta vez con sede en Av. Federico Lacroze 3636, Buenos Aires. Esta es su sede actual.

Al año siguiente, 1985, según dicen a pedido de la Dirección Nacional de Culto (Inscripción Nº 1778), cambian la denominación del grupo a "Congregación de los Sacerdotes Cristianos Apostólicos (disidentes)". En esta época comienza a firmar como fray Pedro del Sagrado Corazón de Jesús.

Desde 1988 ha afirmado repetidamente pertenecer a la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa Siriana en la Argentina, respondiendo "directamente a S.S. Ignacio Zakka I Iwaz, Patriarca de Antioquía, todo Oriente y de los Católicos Tradicionalistas Preconciliares".

Las autoridades de esta iglesia en Argentina han negado repetidamente que el "Padre Pedro" sea un sacerdote perteneciente a esta iglesia oriental; por otro lado, consultado el Patriarca de Antioquía en el año 1994 contestó que Pedro Arregui nunca había sido ordenado sacerdote y que era un simple misionero de esa iglesia en este país.

Las desmentidas han sido tanto documentales como respuesta a consultas, como a través de los medios de comunicación.

¿Es o no sacerdote?

Esta pregunta no tiene una respuesta rotunda ya que obviamente, en el contexto de cada iglesia o denominación hay parámetros propios para determinar quien es o no un sacerdote o pastor válido, y tales parámetros no siempre son compartidos por otras confesiones.

Por esto, debemos partir de las afirmaciones del mismo Pedro Arregui, quien en algunas oportunidades a afirmado haber sido ordenado en Brasil por Mons. Moussa Salama, Arzobispo de Belo Horizonte de la Iglesia Católica Ortodoxa Siriana.

Dado que ha sido la realidad de esta ordenación ha sido explícitamente negada por el Patriarca de la Iglesia Siriana a la que dice pertenecer podemos afirmar que ciertamenteno es un sacerdote católico ortodoxo válidamente ordenado.

También aseguró en otras oportunidades haber sido sacerdote católico perteneciente a la Orden Carmelita (en una época usó sus hábitos, aunque ahora viste hábito franciscano) y que Mons. Plaza estaba arreglando su situación.

La Orden de los Padres Carmelitas dicen no conocerlo. Consultado Mons. Plaza en julio de 1984 dijo que había pedido criterios a la Santa Sede en el caso de "este sacerdote de la llamada Iglesia Católica Apostólica Argentina".

La respuesta de la Santa Sede fue que el nombrado, Pedro Andrade Arregui pertenece a una "Iglesia explícitamente derivada de la Iglesia Nacional Brasileña, fundada por el Obispo desertor Carlos Duarte Costa" y que la Santa Sede no suele reconocer las órdenes sagradas recibidas de manos de apóstatas "extra canonicam communionem Ecclesiae Catholicae". Por lo tanto, tampoco es un sacerdote católico romano válidamente ordenado.

Con la información de que disponemos, y el testimonio de sus familiares que dicen que ha sido ordenado en Brasil, la hipótesis más coherente es que, si ha sido ordenado alguna vez, lo haya sido en Brasil por algún obispo perteneciente a la Iglesia Católica Brasilera. En este caso, si bien los católicos brasileros reconocen esta ordenación, no es reconocida como tal por la Iglesia Católica Apostólica Romana.

El problema de los "sacerdotes disidentes"

En realidad el caso de Pedro Arregui es uno en tantos que recorren este momento el país. Algunos de ellos alcanzan notoriedad, como es también el caso de Pablo Bordonaro. Otros, permanecen en el silencio, en barrios apartados o ciudades del interior, y al no generar conflictos pasan por ser sacerdotes católicos auténticos durante años.

En realidad no constituyen iglesias o sectas de ningún tipo ya que en general, salvo un reducido grupo de seguidores que hacen las veces de acólitos, sacristanes y secretarios , no tienen fieles propios sino que ejercen alguna influencia sobre fieles católicos marginales o confundidos.

Navegan en la confusión, adquieren notoriedad, y en ese mar de ambigüedad muchos fieles engañados acuden a ellos. Su punto fuerte está en distinguirse agresivamente de otras agrupaciones religiosas:

· Se recibe a todos: administran el matrimonio a divorciados, la comunión a homosexuales, etc. 

· Todos los males tienen una respuesta fácil y directa. Alcoholismo, violencia doméstica, depresión, etc. tienen una única causa: la posesión demoníaca. Y un remedio común: el exorcismo. Un rito practicado muchas veces en público, en ceremonias masivas, sin ningún cuidado previo ni atención a posibles problemas psicológicos o médicos del sujeto. 

· Se practica la caridad sin preguntar. Ejerciendo un asistencialismo paternalista degradante, en condiciones de cuasi-miseria, sin consideraciones legales, sanitarias o sociológicas de ningún tipo en aras de una pretendida "simplicidad" evangélica. Los criterios de "promoción humana" están claramente ausentes. 

· No se cobra. Aunque en realidad todo se cobra: se vende agua bendita, velas, rosarios, oraciones, etc. No es una simple venta de productos de santería, se vende el valor agregado de la "bendición". El movimiento de dinero que hay en estos grupos generalmente es muy importante. 

· Son rechazados por todos. En general carecen de relaciones estables con otras iglesias o denominaciones; cultivan una imagen de "cristianos perseguidos", sumidos en una gran "pobreza". Por supuesto que perseguidos por ser mejores y más auténticos que los demás. 

· Generalmente muestran también un fuerte tradicionalismo, aunque sólo en los aspectos rituales, no doctrinales ya que carecen de verdadera elaboración doctrinal.

En realidad cada caso es un universo diferente. Muchos han sido ex-seminaristas católicos o novicios de congregaciones religiosas; algunos han recurrido a obispos de la Iglesia Católica Brasilera para ser ordenados y así legitimar de algún modo su "apostolado".

En algunos casos los problemas psicológicos de base son evidentes (y en general han sido el motivo de que hayan debido abandonar el seminario o la congregación), en otros la única explicación coherente parece ser el propósito de engaño.

Estos "sacerdotes" suelen peregrinar por diferentes iglesias y denominaciones, muchas de ellas pequeñas comunidades, en general relacionadas con grupos de origen católico surgidos a partir de la asunción de conceptos propios de la Reforma Protestante aunque manteniendo claramente un orden sacramental al estilo católico, tales como la Iglesia Católica Liberal, la Iglesia Católica Apostólica Argentina o la Iglesia Brasilera.

Por todo esto, aunque no llegan a constituir formalmente organizaciones sectarias, su actividad es verdaderamente preocupante, no sólo por la posible explotación económica de los creyentes, sino también por el fraude espiritual que supone y los riesgos para la salud física, psíquica y espiritual que generan.

8. La decadencia de un imperio

Autor: Oscar Gerometta   

Necesitamos tomar conciencia del riesgo del estallido religioso de nuestra cultura .

Publicado en Revista del C.E.M. - Nº 71996

Días atrás, atendiendo a alguno de los programas periodísticos que ahora inundan nuestra pantalla a partir de las 21 horas los días de semana, me encontré con una frase que creo puede ser axiomática para definir este fin de milenio: "yo, por razones obvias de edad no pude asistir a la decadencia del Imperio Romano, pero tengo la suerte de presenciar esta, que es más o menos lo mismo…"

Claro que, como podrá comprobar con sólo acudir a su memoria, la decadencia del Imperio Romano no fue un fenómeno de fin de milenio, sino el fruto de la corrupción de un proyecto cultural que habiendo podido florecer trascendiéndose a sí mismo, se cerró en la contemplación de sí; un proyecto que en el momento que requirió de la trascendencia para dar un sentido nuevo a su desarrollo histórico, la negó para ahogarse en la contemplación de sí mismo, del placer y del bienestar.

Digo esto, porque uno de los síntomas que algunos consideran como síntoma de una crisis de fin de milenio es la aparición de múltiples, variados e inagotablemente imaginativos movimientos religiosos; y en realidad creo que estos son síntomas de algo más profundo: de un proceso de degradación y disolución cultural que está comenzando a entrar en crisis terminal.

Es cierto que las ‘sectas’, o movimientos anárquicos que tienden a atomizar la experiencia religiosa de un pueblo, han existido y existirán siempre; también es cierto que algunos proyectos culturales como el hindú y el budista conviven con la presencia de cientos de grupos sectarios; pero lo que es distintivo de nuestra coyuntura cultural es la imposibilidad creciente que se experimenta para identificar nuestro proyecto cultural (que ya no sabemos si es occidental y cristiano, occidental a secas, o qué cosa) con una opción trascendente.

Nadie ha de negar las alternativas de variabilidad que experimentó la antigua religiosidad egipcia, pero también es cierto que es posible definir un esquema religioso propio de la cultura egipcia; ya hablamos de la multiplicidad de sectas en el hinduismo, pero igualmente podemos definir con claridad cuál es el eje trascendente que da consistencia a la cultura hindú; en contraposición, ¿cuál es el eje trascendente estructurante de nuestra cultura occidental (o cómo se llame) hoy?

Por supuesto que lo ha tenido, pero la pregunta de oro es, ¿lo tiene todavía? Pero… ¿lo tiene como una mera respuesta teórica, o como una realidad plenamente vivida en la entraña del pueblo que es sujeto de esa cultura y en sus elites dirigentes?

Si no logramos reflexionar sobre estos puntos, difícilmente podamos darnos cuenta de dónde radica la verdadera gravedad de la presencia del Rev. Moon en nuestro país; porque evidentemente se trata aún de un grupo pequeño en la realidad religiosa Argentina, con ideas alocadas… pero, ¿usted se dio cuenta que la información sobre su presencia se publicó en la sección ‘política’ de los principales periódicos?, ¿cómo?, ¿no era un líder religioso?

Si prestó atención al desarrollo de los acontecimientos, quizás se haya dado cuenta que no se terminaba de aclarar en dónde radicaba la dificultad de su visita: para los sectores de izquierda, les preocupaba que se tratara de un grupo que considera la lucha contra el marxismo como un deber religioso, a los sectores nacionalistas les alarma que se trate de un proyecto de desembarco cultural coreano espantoso…

Pero el planteo religioso se dejó casi exclusivamente a la Iglesia Católica, como si realmente el pueblo de la Nación Argentina, cristiano y católico por herencia y por elección de origen, no tuviera verdadero derecho a preocuparse por la agresión de un señor que se dice ser el Mesías, más caritativo que el mismo Jesucristo, y que niega la divinidad del mismo Jesús de Nazareth cuya fe iluminaba y orientaba a los patriotas de Mayo, a los congresales de Tucumán, a los constituyentes del ’53… ¿a los constituyentes de la última reforma?

Moon es un ejemplo de lo que significa nuestra crisis cultural: sincrético, teocrático, totalitario, sostiene descaradamente la unificación de todos los poderes en su persona, se proclama abiertamente el conductor de la humanidad, y deslumbra a los que se consideran como ‘los poderosos de la tierra’.

A continuación les presento una síntesis de la vida, doctrina y alcances de la acción de Sun Myung Moon en la actualidad, pero no lo miremos como un raro fósil perteneciente a realidades ajenas a la nuestra, sino tomemos conciencia de que esa es la propuesta que está nucleando a políticos de todo Occidente, a periodistas, académicos, profesores…

¿Qué más necesitamos para tomar conciencia del riesgo de estallido de nuestra cultura?

7. La verdadera Sayyida

Autor: María de Roncesvalles | Fuente: conocereislaverdad   

Como a ella, que se le pidió tener un hijo, lo dice el Corán, sin un padre material, sin un padre físico, y ella tuvo confianza y siguió adelante. Así, como ella, nosotros la tomamos como modelo y nos fiamos de Dios totalmente…

En la declaración Nostra Aetate cuando se refiere al Islam dice: “La Iglesia, mira con estima a los musulmanes, que adoran al Dios único, vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres.

Ellos buscan someterse con todo su corazón a los decretos de Dios, incluso los más ocultos, como se sometió Abrahán, al que gusta tanto referirse la fe islámica. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su madre virginal y hasta la invocan con devoción.”

“La Iglesia católica nada rechaza de cuanto es verdadero y santo en estas religiones. Considera con sincero respeto aquellos modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas que, aunque difieren en muchos aspectos de cuanto ella misma cree o propone, sin embargo no raramente reflejan un rayo de la Luz que ilumina a todos los hombres.

Exhorta a los cristianos, de este modo, dando siempre testimonio de la fe y la vida cristiana, a cooperar en el dialogo con los seguidores de otras religiones, reconociendo, conservando y haciendo progresar los valores espirituales, morales y socio-culturales que en ellas se encuentra”.

María es un punto de encuentro en el diálogo con los musulmanes, ya que ellos la honran a María como la madre de Jesús, (“Tal es Jesús, hijo de María…”)[1]reconocen su virginidad (“y a María, que conservó su virginidad…”)[2] la veneran con devoción.

En siete suras distintas se hace alusión a María, así por ejemplo en la sura 19 que lleva el titulo María queda de manifiesto su virginidad en la maternidad y en la sura 66 con el titulo de prohibición, Mahoma la propone como ejemplo de vida para sus esposas y para todas las mujeres de los creyentes.

María es el único nombre propio femenino mencionado en el Corán y aparece 34 veces, de las cuales 24 relacionada con Jesús. Si bien hay relatos en el Corán que son mas bien fantasiosos con respecto a la Virgen María (haciendo uso de los evangelios apócrifos añadiéndoles infinidad de detalles) basándonos en la Sagradas Escrituras y en el magisterio de la Iglesia, podemos destacar dos aspectos que nos acercan a los musulmanes.

Inmaculada Concepción

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios (Lc. 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: “…la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo salvador del género humano”[3].

Según el Corán, la concepción de María fue la más pura y santa “Y cuando los ángeles dijeron; ¡María! Alá te ha escogido y purificado. Te ha escogido entre las mujeres del universo” [4].

Cuando la mujer de Imran [5] supo que tendría un hijo hizo un voto a Dios: “Te ofrezco un voto, a Tu exclusivo servicio, lo que hay en mi seno. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe” [6].

“Y cuando dio luz una hija dijo: Le he puesto por nombre María y la pongo bajo Tu protección contra el maldito demonio, y también a su descendencia” [7].

De ésta forma no le fue posible a Satanás tocarla, un hadith (tradición) atribuido al mismo profeta dice: “Todo hijo de Adán, es tocado por un demonio en el momento mismo de nacer. La criatura así tocada emite un grito. Solamente María y su hijo hicieron excepción de esta regla”.

Se puede ver en esta preservación especial de parte de Dios una alusión al dogma cristiano de la Inmaculada Concepción.

De este modo, mientras que todos, sin excluir los mismos profetas y sus madres, nacen manchados con el pecado original heredado del primer padre, tanto el Corán como los exegetas y toda la tradición musulmana atestiguan unánimemente que el Ala preservo de el a María y a su hijo.

Anunciación del Ángel Gabriel a la Virgen María

Virginidad de María

Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen Maria únicamente por poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo [8].

Los relatos evangélicos, presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humana: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a Maria, tu esposa, pues lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”[9].

El Corán nos trasmite detalladamente en dos textos el relato de la Anunciación del ángel a la Virgen Maria, en las suras 3 y 19 y también se extiende en el relato del nacimiento de Cristo en varios versículos de distintas suras, encontramos por ejemplo:

“Y a la que conservo su virginidad. Infundimos en ella nuestro Espíritu e hicimos de ella y de su hijo signo para todo el mundo”[10], “Y a Maria, hija de Imran, que conservo su virginidad y en la que infundimos de nuestro Espíritu…” [11].

La anunciación la sitúan en Jerusalén y no en Nazaret como queda atestiguado por el evangelio de Lucas (Lc. 1,26) Al presentársele el ángel a Maria le anuncia que el es el enviado para darle un hijo puro, zakia, es la palabra en árabe que aparece para designar la pureza de su hijo, es decir, exento de culpa, que crece en el bien y en la santidad. Ella pregunta como sucedería eso si ella no es una mujer de mala vida, el ángel la tranquiliza diciéndole que para Ala no es imposible.

Los exegetas del Corán hablan de una abertura en el vestido de la Virgen por la cual el ángel soplo. Los musulmanes reconocen en toda esta sura (19) un signo evidente de que ella conservo su virginidad antes, durante y después del parto, llamando infiel o impío aquel que se atreva a ponerlo en duda: “y son impíos por haber dicho contra Maria una calumnia monstruosa”[12].

La expresión “ibn Maryam” (hijo de Maria) que aparece varias veces en el Corán, también pone de manifiesto que no nació Jesús con intervención de ningún hombre, ya que existía la costumbre y aun hoy es conservada de emparentar al hijo con el padre y no con la madre. Al establecer esta relación de Jesús con su madre, refuerza la creencia en la virginidad de Maria.

“La Virgen es para los musulmanes la verdadera sayyida o señora. La única posible rival en su credo seria Fátima, la hija de Mahoma. Pero después de la muerte de su hija escribió el mismo Mahoma: “Serás la mas bienaventurada de todas las mujeres en el Paraíso, después de María”. La Iglesia hace suyas las palabras dirigidas a la Virgen por Santa Isabel (Lc 1,42). Ella es Bienaventurada por ser la Madre de Jesús, Dios hecho hombre. Será Ella entonces, quien guíe a los musulmanes en el camino que conduce a su Divino Hijo.

[1] Sura 19, 34
[2] Sura, 66,12
[3] Cat. de la Iglesia Católica N.490.
[4] Sura 3,44
[5] Algunos comentaristas musulmanes dicen que posiblemente Mahoma haya confundido el nombre del padre de María que la tradición cristiana llama Joaquín.
[6] Sura 3,35
[7] Sura 3,36
[8] CIC 496
[9] Mt 1,20
[10] Sura 21,91
[11] Sura 66,12
[12] Sura 4, 156

6. ¿Se podría saber de dónde salen tantas sectas?

Autor: Oscar Gerometta

Asistimos a un estallido religioso que ha dado origen a cientos de grupos.

Publicado en Reflex noviembre 1992

Algunas veces, tanto en el campo como en los parques suficientemente grandes, es posible asistir a un espectáculo curioso: el "estallido de los hormigueros":

Cuando se conjugan condiciones climáticas propias del despertar post-invernal se produce el incremento de la actividad en las colonias de hormigas, dando como resultado la multiplicación de estos hormigueros en cuanto rincón de tierra se encuentra a disposición.

Algo semejante está ocurriendo en Occidente desde mediados del siglo XIX, estamos asistiendo a un fenomenal estallido religioso que ha traído como consecuencia la atomización de la experiencia religiosa en cientos, miles de pequeños hormigueros, que como aquellos de la primavera, están sometidos a distintas alternativas de crecimiento.

Para continuar con el símil, tendríamos que hablar de dos "primaveras" o estallidos. Una primera conjunción de situaciones se registró durante la primera mitad del siglo pasado en Estados Unidos, lo que se denominó "el gran despertar religioso", consecuencia directa del pietismo luterano, que como un incendio se extenderá a otros movimientos religiosos, sobre todo aquellos más anárquicos e indisciplinados, dando rápidamente origen a multiplicidad de predicadores que recorrerán el país del Norte proponiendo una religiosidad fuertemente subjetiva, centrada en la búsqueda obsesiva de una santidad personal perfecta obtenida a través de una moral de corte puritano, urgida por el temor a la inminencia de la llegada del fin de los tiempos.

Durante un período de más de 70 años, a través del siglo XIX fueron surgiendo miles de grupos distintos y dispersos, es en estos grupos, en su intrincada interrelación y evolución, en donde se originan las sectas de doctrina u origen cristianos que conocemos hoy:

Pentecostales, Evangélicos, Asambleas de Dios, Testigos de Jehová, Mormones, Ciencia Cristiana, etc. Algunos de ellos no se pueden considerar cristianos, como es el caso de los Testigos de Jehová y los Mormones, pero de cualquier modo, todos ellos reciben el tronco central de su doctrina de las iglesias de la Reforma del siglo XVI y se insertan con comodidad en un contexto cristiano.

Se podría decir que estos grupos son el producto último de la disgregación religiosa que el principio del subjetivismo religioso, expresado a través de la doctrina de la libre interpretación protestante, llevaba implícito.

Nuestra segunda "primavera" tendríamos que situarla alrededor de los años ´70, luego de la Segunda Guerra, y cuando la utopía del progreso comenzaba a resquebrajarse, coincidentemente con el fracaso del ideal cientificista que todo lo podía; en el orden del pensamiento, el racionalismo ha dado lugar a un creciente agnosticismo que estudia más los límites del razonamiento que el razonamiento en sí mismo.

En este clima de decepción e inseguridad, pero aún dentro de una situación de hedonismo creciente, comienzan a llegar a los Estados Unidos, en buena parte vehiculizados por su creciente intervención en Asia, una serie de ingredientes de origen oriental (hinduísmo, yoga, budismo zen, técnicas de control mental, etc.) que amalgamados con elementos autóctonos como el espiritismo, el pragmatismo y las técnicas de marketing, darán lugar a la aparición de una gran cantidad de grupos orientalistas cuya expansión todavía es imprevisible.

Es en este segundo estallido en donde aparecen la Misión de la Luz Divina del Gurú Mahará Ji, el Hare Krishna, los Niños de Dios, la Cientología, el New Age, etc.. Son grupos sincréticos, que si bien toman algunos elementos del cristianismo, no son cristianos ni por su origen, ni por su tronco doctrinal; son grupos netamente neo-paganos, es decir, caracterizados por la recuperación de una religiosidad pagana pre-cristiana.

Estos grupos se encuentran en pleno proceso de expansión y consolidación, muchos de ellos aún no han superado la primera etapa del proceso de gestación descrito por Vidal Manzanares (Nacimiento, Consolidación, Transformación).

Durante los últimos años, se ha registrado el agregado de nuevos elementos a este cóctel neo-pagano, provinientes del paganismo europeo pre-cristiano, los grupos ocultistas y esotéricos, la "ovniología", las medicinas alternativas, y el islamismo; dando lugar a multiplicidad de nuevos grupos y asociaciones que no necesariamente se presentan como religiosos.

Pero, no hay que temer, estamos por ingresar en la Era de Acuario, era de la armonía y la concordia, de la síntesis; es de esperar que en los comienzos del tercer milenio, cuando la Flota de la Alianza Intergaláctica concrete nuestra incorporación a la Federación de Mundos Libres, esta multiplicidad se sintetice en unidad, que los miles de hormigueros que hoy día atacan la conciencia y la integridad de nuestra cultura se reúnan en un único y gran hormiguero, el de la Nueva Conciencia Planetaria.

¿No hay qué temer?

¡Dios nos libre!

5. ¿Son iguales todas las religiones?

Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá | Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe  

No podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar a ella o no quisieran permanecer en ella.

En estos últimos años hemos presenciado un gran crecimiento de las sectas en toda América Latina.

¿Responde esto a un crecimiento normal de las religiones? Creemos que no.

Creemos que en gran parte ello obedece a un plan fríamente elaborado para destruir o debilitar la Iglesia Católica y su influencia en cada región.

Algunas de estas sectas son financiadas por los grandes grupos económicos de EE. UU., verdaderas transnacionales proselitistas que invierten millones en propaganda, vendiendo o distribuyendo revistas, libros y folletos.

Pasan de casa en casa, convidan a personas poco iniciadas en la Biblia y bajo pretexto de orar con ellos les arrebatan su mayor tesoro que es la fe católica.

Por eso no podemos permanecer pasivos ante esta realidad y vamos a dar aquí un vistazo a algunas de las principales sectas o religiones que vemos a nuestro alrededor, no con el afán de polemizar, sino con el único objetivo de dar una orientación a quienes la necesitan. Por lo demás, todo el mundo tiene derecho a saber quién es quién.

Digamos primero que Jesús quiere una sola Iglesia. Esto es precisamente lo que El le pidió al Padre en su oración sacerdotal:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn. 17, 21). Y si Cristo quiso la unidad de todos sus seguidores ¿qué podemos pensar de los que siembran la división? ¿Qué podemos pensar de aquellos que, con el correr de los siglos, han querido enmendar la página al Señor creando nuevas religiones? ¿No será que con esta actitud entorpecen el plan de Dios y en lugar de construir la unidad colaboran a la división? Conozcamos algunas de estas denominaciones.

Los Testigos de Jehová

Nacieron en Estados Unidos hace poco más de cien años. Su fundador es Carlos Taze Russell, hijo de presbiterianos. Niegan la Santísima Trinidad y dicen que Cristo, antes de ser hombre, era el arcángel San Miguel.

Alteran los textos bíblicos a su capricho. Dicen que Jesús no murió en una cruz sino en un palo y que resucitó sólo como criatura espiritual. Para ellos todas las religiones, fuera de la suya, son satánicas, y sostienen que Dios castigará a todos los que no han querido entrar en su secta. Prohíben la transfusión de sangre y consideran que la Iglesia Católica está corrompida y que es la Babilona moderna.

Lo que llama la atención es que, a pesar de este cúmulo de errores, muchos católicos se dejan fascinar por su «supuesto» amor a la Biblia y los siguen. Esto sólo se explica por la gran ignorancia religiosa en que viven muchas personas.

Y lo peor es que los católicos que se cambian, después despotrican contra la Iglesia Católica, renegando de ella, y a veces dicen: «Yo cuando era católico tomaba y le pegaba a mi señora… Pero desde que soy Testigo de Jehová llevo una vida ordenada».

En realidad nunca conocieron ni vivieron a fondo su fe católica. Nosotros les decimos que no es necesario cambiarse de religión para dejar el trago o para no pegarle a la mujer.

Basta ser consecuente con su fe católica y punto. Decimos que Jesús fundó una sola Iglesia sobre el Apóstol Pedro y no autorizó a nadie para que fundara otras iglesias. Jesús dijo a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Los Mormones

Su fundador es José Smith, nacido en Vermont, EE. UU. A la edad de 15 años recibió unas revelaciones que le anunciaron que todas las iglesias cristianas estaban corrompidas y que él debía organizar la verdadera Iglesia de Cristo. Su secreto está en un libro que, según él, en 1823 le entregó el ángel Moroni. Se trataría de un libro escrito en planchas de oro en el que hay una relación de los antiguos habitantes del continente americano que habrían llegado a EE. UU después de la destrucción de la torre de Babel.

En este libro estaría la plenitud del Evangelio comunicado a ellos por el mismo Cristo, que también viajó a Estados Unidos después de su Resurrección. En 1830 esta iglesia recibió el nombre de «Iglesia de los Santos de los Últimos Días».

Para ellos, Cristo fue engendrado carnalmente de Dios Padre. La Biblia y el libro de Mormón son su única norma de fe, pero sólo aceptan «su» Biblia, porque las demás, según ellos, estarían mal traducidas.

Además la Biblia tiene que complementarse con el libro de Mormón. Tienen sólo dos sacramentos: el bautismo por inmersión y la santa cena con pan y agua. Bautizan a los muertos y en su trabajo misionero siempre van de a dos.

El hombre latinoamericano, que es educado y acogedor, fácilmente los hace entrar en su casa pero después no se los puede sacar de encima. Insisten de una y otra manera en que uno deje su fe católica y pase a ser mormón. Y no pocas veces tratan de convencer a la gente dándoles regalos, dólares y promesas y, por supuesto, algunos quedan enredados en sus redes.

¿Por qué han progresado tanto los mormones en estos últimos años? Hay una razón política que es bueno que todos conozcan.

Hace unos treinta años Rockefeller, después de recorrer casi todos los países de América Latina, informó al Congreso de EE. UU. que había que contrarrestar la labor de la Iglesia Católica, la que, al despertar en los pueblos la conciencia de su dignidad, se constituía en la principal fuerza opositora a los intereses de Estados Unidos en América Latina y, en consecuencia, había que anularla o dividirla hasta donde fuera posible. Entonces, el Congreso programó un sucesivo y creciente envío de misioneros mormones para debilitar la unidad de la Iglesia Católica y destinó millones de dólares para que se construyeran templos mormones en toda América Latina.

También en sus visitas domiciliarias los mormones ofrecen dólares y viajes a EE. UU. para que la gente se cambie a su religión y algunos, ante la tentación del lucro o porque pasan necesidad, sucumben y se hacen mormones.

Los mormones son una religión sin base teológica seria, y su «historia» más bien parece un cuento de ciencia ficción, porque ¿en qué pruebas científicas basan su planteamiento?

Sin embargo, tienen algunas cosas muy positivas: son buenos organizadores y tienen muchos colegios, cooperativas y granjas. Es una lástima que su base religiosa sea tan pobre y que deformen tanto la Biblia.

Tanto los católicos como la mayoría de las iglesias cristianas protestantes los rechazan como no cristianos, porque niegan la divinidad de Jesucristo. Por lo tanto, no podrían llamarse sectas, sino que son una «religión» sin referencia a Jesús ya que no creen en su divinidad.

Muchos católicos llaman a los Mormones la religión del dólar, porque con el dólar hacen cualquier cantidad de ofertas para ganar adeptos.

Los Pentecostales

Son los que más han crecido en estos últimos años en toda América Latina. Más del 63 por ciento de todos los protestantes de América Latina son pentecostales. Hay muchas razones por las que nuestro pueblo se siente a gusto con ellos: la alegría, los cantos, la curación y la fraternidad.

Se caracterizan porque son cerrados, por su fanático proselitismo y sus ataques contra la Iglesia Católica.

Los movimientos pentecostales hoy son numerosos y abarcan más de 30 millones de adherentes en América Latina. Al principio rechazaron toda organización, pero pronto la necesidad los obligó a agruparse. De ello nacieron las Asambleas de Dios que también están extendidas por toda América Latina.

El nombre «Pentecostal» ya indica la gran importancia que estos grupos dan al acontecimiento siempre actual de Pentecostés, el que se actualiza en el Bautismo llamado del Espíritu Santo.

El movimiento pentecostal nace como una respuesta a un anhelo de renovación espiritual que estaba latente, tanto en la mente de los pastores como de los fieles de algunas iglesias tradicionales.

La Iglesia tenía que renovarse de nuevo con el fuego de Pentecostés. Fieles y pastores invocan repetidamente al Espíritu Santo, piden a Cristo que envíe de nuevo al Espíritu, y comienzan a sentirse renovados, llenos de entusiasmo, de calor, hablan en lenguas y efectúan curaciones.

Los Pentecostales tienen en común con nosotros los Católicos que creen en el misterio de la Santísima Trinidad y también creen en la divinidad de Cristo el único Salvador. Pero no aceptan la Tradición. Es decir, para ellos la Biblia es la única fuente de revelación dejada por Dios al mundo. Su bautismo es por inmersión y el lavado de su cuerpo en el agua pura es un símbolo externo de purificación.

El Ejército de Salvación

Esta secta tiene una serie de elementos que lo asemejan a un ejército mundano: uniforme militar, grados militares, una fuerte disciplina y son realmente un ejército de paz en favor de los marginados. Mantienen muchas obras sociales. Su divisa es «sangre y fuego». Sangre de Cristo y fuego del Espíritu.

Nacieron en 1865, en Inglaterra, y su fundador es Guillermo Booth. Tienen multitud de obras sociales: maternidades, asilos, dispensarios, centros de drogadictos, centros de rehabilitación de alcohólicos etc. Se les reprocha el no atacar la pobreza de raíz y de no atacar las causas que la originan.

Su objetivo es extender el protestantismo y se inspiran en la doctrina protestante: Predican la justificación por la sola fe, la sumisión a la Palabra del Señor, y su conversión personal se demuestra con el testimonio misionero. Se reúnen en las calles con sus bandas «militares» y así atraen a la gente y ofrecen servicios religiosos de predicación de la Palabra y cantos.

Otras sectas o denominaciones

Hay en nuestro país otras denominaciones cristianas que no son examinadas en este libro. Imposible abarcar todo en un librito como este.

En todas las religiones hay elementos positivos y negativos, hay gracia y santidad, pero tiene que quedar muy claro que la plenitud de la gracia y de los medios de santificación dejados por Cristo a su Iglesia se hallan únicamente en la Iglesia Católica fundada por Jesús.

Dice el Concilio que cometería un grave error quien, consciente de ello, la desconociera, es decir, se cambiara de religión. El Concilio reafirma que la Iglesia fundada por Jesús se reconoce hoy solamente en la Iglesia Católica. Todas las sectas, sin excepción, rechazan la sumisión al Papa. Sólo la Iglesia Católica acepta su autoridad y este es su sello característico.

Es también muy revelador observar que todas las religiones cristianas son relativamente nuevas, es decir, de estos últimos 500 años.

Ahora bien, la verdadera Iglesia tiene que conectar con Cristo que vivió hace 2.000 años. ¿Dónde estaban estas religiones en los 1500 años de vida de la Iglesia católica? ¿Dónde estaban ellos cuando Jesús nació en Belén? ¿Dónde estaban cuando Jesús murió y resucitó?

¿Dónde estaban cuando la Iglesia Católica sufría las terribles persecuciones de los primeros siglos? ¿Se habrán condenado todos los que nacieron antes que se fundara su religión?

Para nosotros queda muy claro, que la Iglesia Católica -y sólo la Iglesia Católica- es la única Iglesia fundada por Cristo. La única que proviene del mismo Cristo, la única que ha mantenido la sucesión apostólica sin interrupción y la única que por medio de los Apóstoles entronca con Cristo.

El Concilio Vaticano

¿Y qué dice el Concilio Vaticano sobre la necesidad de la Iglesia Católica para salvarse? He aquí un texto que deberíamos meditar con frecuencia:

«El Concilio Vaticano, fundado en la Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación». «Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar a ella o no quisieran permanecer en ella».

El católico debe evitar polemizar y discutir con otras religiones ya que con ello no se adelanta nada. Las sectas esgrimen infinidad de argumentos y no escuchan a nadie. Hablan con altanería y tratan de llevar a toda costa el agua a su molino. Hablan y no escuchan a nadie. Lo que el católico debe hacer cuando llamen a la puerta de su casa es atenderlos con educación pero con firmeza.

Díganles que no se interesan por sus ofrecimientos y punto. Y si no se van, cierren delicadamente la puerta de su casa, sigan con sus tareas y recen por tantos propagandistas baratos de la religión. Nada se adelanta con discutir con ellos. Ellos dicen textos y más textos y no escuchan a nadie.

Y recuerden siempre que si piden orar con ustedes o comentar la Biblia, tienen otro interés que el de arrebatarles su Fe Católica. Con un evangélico respetuoso y educado se puede orar y dialogar, pero en este caso, es necesario haber estudiado bien la Fe Católica, conocer la Biblia y pedir ayuda de Dios. Este libro les ayudará a saber dar razón de su Fe.

Cuestionario

¿A qué se debe el crecimiento de las sectas en estos últimos años?

¿Qué debemos hacer los católicos?
¿Hemos de recuperar el sentido misionero?
¿Quiénes son los Testigos de Jehová?
¿Quiénes son los Mormones?
¿Quiénes son los Pentecostales?
¿Qué es el Ejército de Salvación?
¿Puede un católico cambiarse de Religión?

¿Qué dice el Concilio Vaticano sobre los que dejan la Iglesia Católica sabiendo que es la única Iglesia querida y fundada por el mismo Jesús?

¿Cómo ha de recibir un católico a quien llega a su casa y bajo pretexto de ´orar juntos´ lo único que desea es arrebatarle su religión?

4. Occidente Ha Deformado Las Místicas Orientale

Autor: Zenit | Fuente: Zenit  

Occidente ha «idealizado» las místicas orientales y las ha «deformado» desde la antigüedad hasta nuestros días alimentando confusiones y distorsiones. .

ANCONA, lunes, 5 diciembre 2005 (ZENIT.org ).

Lo ha afirmado el teólogo e historiador Joan-Andreu Rocha Scarpetta en un congreso de mística Centro de Estudios Oriente-Occidente 
Rocha Scarpetta, profesor de teología de las religiones y de espiritualidades comparadas en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, constató que «la fascinación actual por las místicas orientales responde en parte a una visión deformada y ligera de las místicas de Oriente, que con frecuencia exigen una ascesis muy exigente».

Ahora bien, añadió, este interés «responde también a la necesidad de establecer un contacto con lo sagrado a partir de experiencias inmediatas. De este modo, se ignora o elimina la mediación de Cristo».

Según este profesor catalán, que dirige el Máster Iglesia, Ecumenismo y Religiones en el mismo centro universitario de Roma, «desde la antigüedad, las crisis religiosas, sociales y culturales de Occidente han provocado una cierta "orientalización" de la cultura occidental».

De este modo, «la historia de las relaciones entre la mística oriental y la mística occidental siguen una doble senda: la de la relación directa entre cristianismo y religiones orientales, y la de la percepción cultural que ha tenido Occidente de Oriente, con la consiguiente idealización de las místicas orientales».

Al explicar el origen de este problema de comprensión, el profesor constató que «la experiencia mística se desarrolla siempre dentro del propio lenguaje, a pesar de que tenga como objetivo principal trascender los límites» que inevitablemente tienen «todos los lenguajes humanos». 

3. ¿Para qué me sirve ser cristiano?

Autor: Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com  

¿Alguna vez te ha parecido que no ganás nada con serlo? Es importante saber qué nos ofrece la vida cristiana, para no crearse falsas espectativas y para ir tras lo que sí nos garantiza. .

Es frecuente que en momentos de cansancio, frustración o desconsuelo cruce por la cabeza una pregunta punzante: “Pero entonces, ¿para qué me sirve ser cristiano?” 

Se puede plantear con tonos muy distintos: rebelde, desafiante, desanimado o dolorido. Puede ser una mera queja, una búsqueda de respuesta, un planteo de fondo o la declaración enojada de que no sirve para nada…

De tono en que se haga y de la respuesta que se le dé, dependerá en muchos casos, qué tipo de cristiano se sea –santo, tibio o frío– o que se deje de serlo del todo…

Desde una perspectiva quizá utilitarista y desafiante, equivale a la pregunta sobre el sentido de ser cristiano.

Hay otras preguntas equivalentes. Por ejemplo: ¿para qué me sirve creer en Dios (o amarlo, o rezar…)? ¿qué gano con ir a Misa (o si me confieso, casarme por la Iglesia…)? Y un largo etcétera de otras similares a las que queremos analizar y responder en este artículo. 

Preguntas planteadas en términos del interés, conveniencia o beneficios que me produciría ser o vivir como cristiano. Y que justificaría el serlo, de manera que sería cristiano precisamente para conseguir esas ventajas. Y tendría que dejar de serlo si se demostrara que “no funciona” porque no reporta los beneficios que cabría esperar de él.

Una pregunta importante, que va a la raíz de la propia identidad cristiana: ¿para qué soy cristiano? ¿Qué espero del cristianismo? ¿Qué me ofrece?

Una primera respuesta rápida:
Cara a esta vida, y en clave materialista, posiblemente ser cristiano sirva de poco.
Nosotros esperamos otra cosa mucho más grande: la felicidad perfecta en la vida eterna.


Ser cristiano, en principio, no nos proporciona más salud, ni más dinero, ni mejor carácter, ni se nos garantiza el éxito profesional o deportivo o familiar… 

Obviamente vivir como Dios nos pide –precisamente porque responde a las exigencias de la naturaleza humana– nos hará mucho bien. Pero no radica en esos bienes la razón del ser cristiano.

El asunto del fin último

Quien busca, por encima de todo, como objetivo de su vida, cuestiones que ocurrirán antes de su muerte (ser valorados, triunfar profesionalmente, ganar plata, pasarla bien, disfrutar de bienestar… o cualquier otra cosa del estilo) posiblemente encontrará en el cristianismo un peso; y fácilmente lo considerará como un obstáculo para sus objetivos (porque nos “saca” tiempo, exige ser generosos, honestos, sinceros…).

Pero los cristianos (si hemos entendido bien qué es el cristianismo) no somos cristianos con expectativas solamente terrenales; es decir, para conseguir beneficios materiales o simplemente temporales. 

Con San Pablo estamos convencidos que “si sólo para esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres” (1 Cor 14,19). Es decir, que seríamos muy tontos si fuéramos cristianos primariamente con la esperanza de ventajas para aquí abajo.

Promesa de vida eterna. 

Las cosas claras de entrada. Cristo no es un Mesías temporal: promete la vida eterna.
Esta es la razón que impidió a los fariseos reconocerlo y aceptarlo.

A los Apóstoles les costó mucho desprenderse de esta visión temporalista del Reino. En su amor a Jesús se mezclaban las mejores intenciones con ambiciones terrenales imbuidas de egoísmo (¡esas discusiones sobre quién sería el mayor cuando por fin se instaurara el Reino!).

El cristianismo es una gran promesa: pero no una promesa chiquitita sino una promesa divina: de plenitud, de gloria, de unión con Dios, de divinización en la participación de la misma vida divina. Una promesa que trasciende absolutamente esta vida.

Jesús lo repite una y otra vez en el Evangelio: “la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,40); 
“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54); “Quien cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,36).

El camino no es fácil: la senda es estrecha, la puerta angosta; hay que llevar la cruz no de vez en cuando, sino cada día. Requiere entrega, es exigente… pero al final nos espera la gloria. Y estamos convencidos de que vale la pena. Bien experimentado lo tenía San Pablo –quien sufrió mucho en su vida–: “considero que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rom 8,18).

El Reino que Jesús predica es el Reino de los cielos. El mismo día de su muerte Jesús tiene que aclararle a Pilato que su reino no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36).

Aquí no hay engaño: no son ventajas temporales lo que se nos ofrece.

El cristiano no busca de Dios primariamente bienes temporales, de los que –para empezar–hay que estar desprendidos para seguir a Cristo. 

Esto resulta patente cuando los judíos admirados y felices por haber comido gracias al milagro de la multiplicación de los panes lo buscan para hacerlo rey (con un rey así ¡qué vida maravillosa nos podemos dar!), Jesús desaparece y corrige su entusiasmo: “trabajad no por el alimento que perece, sino por el que dura hasta la vida eterna” (Jn 6,27).

El mismo Jesús que cura algunos enfermos, nos dice “no temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). Lo corporal no es el principal asunto. 
Los bienes temporales no deberían ocupar el primer sitio en nuestras peticiones e intereses. Y cuando los pedimos y buscamos, lo hacemos siempre subordinados a los bienes espirituales y eternos. 

La eternidad llena de contenido esta vida

La vida del cristiano aquí en la tierra está tejida de sucesos temporales y eternos. Nuestra vida transcurre en el tiempo, pero lo trasciende: se “mete” en la eternidad.
La esperanza de la vida eterna no pone la mirada en un futuro lejano, sino que impregna la vida cotidiana.

No es una huida de los problemas de esta vida, refugiándose en un posible mundo futuro, en el que se encuentra un relativo consuelo. No lleva a despreocuparse de las cosas de la tierra, sino que nos ocupemos de ellas por un motivo más elevado.

Nos impulsa a la conquista de ese Reino que no es de este mundo, precisamente en las vicisitudes de aquí abajo.

De manera que la vida terrenal necesita la referencia a la eterna. Sin ella se quedaría vacía. Y la vida eterna se consigue con el compromiso en esta vida.

El Card. Ratzinger explicaba a un grupo de universitarios en España: “Si perdemos completamente de vista lo eterno, entonces también lo intramundano pierde su valor, porque se agota en ese breve período en el que vivimos. Por tanto, también desde un punto de vista humano es necesario abrirse a la eternidad y abrirse a Dios.

Ahora bien, si a partir de ahí se descuida lo terreno, entonces se ha entendido de forma equivocada a Dios y a la eternidad, porque precisamente la fe en Dios y la fe en la eternidad lleva a reforzar la responsabilidad por lo terreno, porque en cada momento de mi vida yo voy creando eternidad y si descuido ese devenir terreno, ese hacer eternidad en lo temporal, entro en una contradicción conmigo mismo.

Me parece que eso es lo que tenemos que aprender: que sin la eternidad no se puede vivir porque el tiempo se queda vacío, pero que sólo si ese saber de la eternidad llega a llenar plenamente este tiempo, entonces eso adquiere sentido” .

Es un ida y vuelta de referencias.

Hemos sido creados para amar, para alcanzar una plenitud a la que se llega por la entrega de sí. Y en nuestra existencia se verifica la paradoja de que quien busca egoístamente su felicidad no la encontrará nunca.

¿Un cristianismo materialista?

Un cristianismo materialista –en el que se recurre a la religión sólo en busca de beneficios temporales, incluyendo una vaga esperanza futura– no se sostiene. 

José P. Manglano recoge un brillante diálogo de Guitton, que aquí sintetizo:

- Richelieu sufría muchos dolores de cabeza y rezaba a Dios que lo librara de ellos.

- Supongamos, por un instante, que sólo rezara por ello. ¿Qué idea tendría de Dios?

- Supongo que la de una aspirina celestial.

- Invente la aspirina y Richelieu dejará de rezar. Seguirá creyendo en Dios, pero el suyo será un Dios ocioso, un Dios que está pero que no tiene ningún papel en nuestra vida. 

Este es el problema. Es lícito, muy bueno, conveniente y necesario acudir a Dios para la solución de nuestros problemas terrenales –¡es nuestro Padre!–, pero si sólo acudimos con intereses temporales… antes o después nuestra fe se encontrará en aprietos. Porque es ¡un planteo egoísta y materialista! 

Cuando fallan las expectativas…

En nuestros días no es raro encontrar personas que se siente defraudadas por Dios y por el cristianismo. 

Quienes primariamente esperara beneficios temporales de la religión, es posible que termine desencantado con Cristo.

En efecto, correríamos este peligro si viéramos la vida religiosa en términos de una contraprestación con Dios: yo cumplo su voluntad, hago lo que El quiere, voy a Misa, etc. A cambio, El escucha mis oraciones, me protege del mal, me evita males temporales, hace algún milagrito de vez en cuando para sacarme de apuros, etc.

Cuando la vida transcurre sin sobresaltos, todo va bien. Pero un problema grave se presenta cuando Dios no “cumple” su parte (o mejor dicho la parte que a nuestro entender debería cumplir…) o cuando encuentro otra manera de resolver el problema.

En ese caso, uno podría acabar apartándose de Dios, víctima de la desilusión. Es posible que sienta que Dios le ha fallado, que no ha cumplido con su parte. Y entonces se sienta con derecho a abandonar la suya: dejan de rezar, de ir a Misa, de vivir como cristianos, o incluso abandonan su vocación. 

Visitando enfermos en un hospital encontré una mujer que no practicaba la fe, aunque, como ella misma se ocupó de señalar enseguida, la había vivido intensamente con anterioridad. Le pregunté qué le había pasado.

Su respuesta me dejó helado: “Dios me defraudó”. Y pasó a explicarme que ante una serie de problemas serios había rezado intensamente; y que a pesar de sus rezos no había pasado nada. Era como decirme: “¿qué quiere que haga? con un Dios así no voy a ningún lado. No me sirve”. 

Es duro que una persona se sienta decepcionada por Dios. Almas que lo dejan porque sienten que Dios no estuvo a la altura de lo que se esperaba de El... 

Son los que –frustrados por no conseguir lo que pedían– preguntan: “¿para qué sirve rezar?, si muchos no rezan y les va muy bien”. O “¿para qué portarse bien, qué te reporta?” Igual les sucede a quienes luchan espiritualmente con la perspectiva de que Dios les hará felices. Cuando sienten que Dios no está cumpliendo “su parte” del contrato implícito –porque sufren–, se desconciertan y un terremoto tira abajo su vida espiritual.

Para evitar equívocos habría que analizar bien qué esperamos de Dios. Porque podría darse que esperáramos cosas que Dios no ha prometido…
Pero en realidad Dios no ha fallado. Lo que fallaron fueron las expectativas. Esperaron mal. Secularizaron la virtud de la esperanza: la “metieron” dentro de esta vida y la “redujeron” a asuntos temporales (búsqueda de salud, un buen trabajo, dinero, aprobación de exámenes, éxito profesional, familiar, etc.). Estaban equivocados.

Tuvieron la mirada puesta en Dios cara a bienes temporales (salud, trabajo, apuros económicos, etc.) que Dios nunca había prometido, y se olvidaron de los eternos (a los que quizás esas carencias hubieran contribuido). Y no llegaron a enterarse de cómo funciona la lógica de Dios -única verdadera lógica-.

Las falsas expectativas conducen al desencanto y a la desilusión.

Por eso en realidad se trata de decepciones humanas. 

Entonces, ¿para qué me sirve rezar?

Rezar siempre sirve. Principalmente para unirnos con Dios (principal fin de la oración). Cuando pido algo no trato de “cambiar” la voluntad de Dios, de convencerlo de que me haga caso, de que tengo razón… Le pido algo porque estoy convencido de que Dios quiere que le pida eso (¡es mi Padre!). Lo pido porque es bueno, me alegrará la vida, me ayudará a servirlo mejor, se lo puedo ofrecer…: en dos palabras, entra en sus planes de santidad.

Y, al mismo tiempo, como sé que Dios me ama con locura y no se equivoca, estaré contento cuando juzgue –precisamente porque me escucha y me quiere– que lo mejor para mí es no contar con lo que pido.

Alguno argumentará que para creer esto hace falta fe. Por supuesto que sí. 
Con Dios todo es cuestión de fe: de creer y confiar en su inteligencia, bondad y omnipotencia.

Dios escucha siempre. También cuando no entiendo, cuando no puedo escucharlo, cuando me duele, incluso cuando me enojo. La fe incluye confianza: y esto le da sentido al dolor, enseña a santificar la cruz. 

Dios ama siempre, también cuando no me da lo que le pido. Dios no se equivoca nunca, tampoco cuando parece que “piensa” distinto que yo o no lo entiendo.

Obviamente uno de los temas claves de nuestra vida es descubrir el sentido de la cruz. Tiene sentido, vale mucho. Debemos tratar de buscarlo y encontrarlo.

Si queremos saber qué es lo mejor, busquemos en el Evangelio y encontraremos qué quiso para sí mismo y para las personas que más amó.

Dios no falla. No puede fallar: si es Dios, lo es de verdad.

Rezo porque amo a Dios. Porque sé que me ama y quiere lo mejor para mí.

Rezo confiado en su voluntad y en su amor. Sé que no me falla, tampoco cuando me toca sufrir, tampoco cuando no me concede lo que le pido: porque entonces me concede algo mucho más valioso cara a la vida eterna.

Rezo para unirme a El: lo busco porque quiero estar con El, encontrar su ayuda, su consuelo, se amor, su paz, su ayuda para ser mejor hijo suyo. Para ser capaz de darle lo mejor de mí mismo: es lo que me reclama el amor.

¿Un cristianismo egoísta?

El error del asunto está al comienzo, en la raíz en el planteo.

¿Qué es el cristianismo? Una cuestión de amor.
¿Y para qué sirve amar? Amar es lo más importante en la vida, de lo que dependerá la felicidad y plenitud de la propia vida. Pero, desde la pregunta “¿para qué me sirve amar? ¿qué gano si amo?” nunca conseguiremos amar de verdad. 

Hemos de estar atentos porque no se puede amar con un planteo egoísta (y no hay nadie exento de la tentación del egoísmo). No se puede amar buscando primariamente qué me aporta ese amor.

Amar a Dios sobre todas las cosas. Ese es el fin. Pero si me planteo “¿para qué me sirve Dios? ¿para qué quiero amarlo?” estamos comenzando mal el recorrido de la fe y del amor. Estamos poniendo a Dios en función de nuestros intereses. Pero Dios no es un sirviente de lujo. Y es imposible crecer en el amor recorriendo el camino de la búsqueda del propio beneficio egoistón.

Conclusión

No te hagas esta pregunta porque no tiene sentido. Y cuando se te cruce por la cabeza, respondele con generosidad, rechazando los planteos mezquinos que supone.
Al mismo tiempo debés saber que ser cristiano sirve “demasiado” (¡es lo único necesario!).

De hecho Dios y la vida eterna existen

El cristianismo no es una apuesta al futuro, como la de quien jugara a la lotería a ver si el número le sale. No es un jugarse a ver qué pasa…
Hay algunos “pequeños” detalles a tener en cuenta: Dios existe, nos vamos a morir, nos encontraremos con El, que en su presencia sacaremos cuentas de cómo hemos usado la vida que nos ha dado… 

Vivir como si Dios no existiera es fatal… sencillamente porque es una suposición demasiado falsa: no hay ninguna posibilidad de que no exista.

Vivir como si no fuéramos a morirnos nunca… es muy ridículo… sencillamente porque lo único que está claro en nuestra vida es que vamos a morirnos.

¿Entonces, para qué sirve ser cristiano?

Hemos sido creados para amar. El cristianismo realiza el fin de la creación del hombre: nos conduce a la plenitud para la que existimos y en la que alcanzaremos la felicidad perfecta. Ahora bien, eso no ocurrirá en esta vida: la felicidad perfecta consiste en la posesión de Dios, cosa que sucederá en la vida eterna.

Pero esto no significa que cara la vida presente no sirva para nada, y que estemos “condenados” a aguantarnos una vida cruel consolándonos en lo bien que lo pasaremos después de la muerte. 

La vida eterna comienza a realizarse en germen desde ahora. Esa vida eterna ya se vive aquí. La gracia es una participación de la vida divina. No se siente, no se mide en términos económicos, de salud, etc. Tampoco en éxitos profesionales. Pero es más real que lo que tocamos. Y se mide en términos de amor y de talentos.

El cristianismo da sentido a la vida, le da valor y la “llena” de contenido. Hace que las cuestiones intramundanas no sean intrascendentes, sino que se abran a la eternidad.

Permite vivir esta vida abiertos a la plenitud, trascendiéndola.

Sin el cristianismo esta vida es muy pobre. Demasiado. Está encerrada en la inmanencia, en las coordenadas espacio-temporales. La vida sin perspectiva de eternidad es una película que acaba mal.

¿Cómo se presenta el futuro personal? Desde una perspectiva de culto al cuerpo, bastante mal: con el paso de los años, cada vez con menos fuerzas, más enfermos, más limitados… hasta la muerte. Las perspectivas “materiales” no son las mejores.

Pero las perspectivas sobrenaturales son inmejorables, y cada vez son mejores: más cerca de obtener la vida por la que anhelamos, cada vez más maduros, más sabios, más enamorados, más llenos de obras de servicio y amor.

La virtud de la esperanza sobrenatural es más necesaria de lo que muchos imaginan. Nos abre horizontes de plenitud y amor. Llena esta vida de contenido ya ahora, y nos conduce a la que vale la pena, aquella para la que estamos hechos, donde se harán realidad las aspiraciones más profundas del corazón humano.

Pero esperanza sobrenatural, completa. Es mucho más que una vaga aspiración o deseo: es la certeza de que Dios nos dará lo que nos promete: una vida eternamente feliz, con El, en la gloria.

Pero ser cristiano sólo cara a esta vida resultaría una estafa cruel. La peor de las estafas: quitarle lo más valioso, su sentido más profundo, la razón por la que Dios se hizo hombre, murió, resucitó y ascendió al cielo por nosotros.

En definitiva ser cristiano sirve para:

Descubrir el sentido de nuestra vida (¡para qué vivimos!)
Vivir como Dios quiere y así realizar el sentido de nuestra existencia
Hacer posible una vida plena en el terreno humano
Disfrutar de la amistad con Dios y vivir en intimidad con El.

Recorrer el camino la vida eterna y ser santos
Llenar de valor sobrenatural a esta vida terrenal
Alimentar nuestra vida con la Palabra de Dios
Fortalecer nuestra vida con la gracia de los sacramentos
Conseguir el perdón de nuestros pecados
Divinizar nuestra vida comiendo el cuerpo de Dios hecho hombre.

Que el Espíritu Santo habite en nosotros como en un templo y santifique nuestra vida.

Vivir de amor a Dios

Unirnos a Dios y vivir en comunión con El.

Además, que su exigencia “saque” lo mejor de nosotros
Abrirnos horizontes de vida eterna
Dar sentido al dolor y a la muerte
Tener la ayuda de la gracia divina
Que nos sostenga con la ayuda de los demás.

Y sobretodo sirve para hacernos infinitamente felices en la vida eterna.

2. ¿Son lo mismo todas las religiones?

Autor: P. Eduardo Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com

Muchas veces oís decir que todas las religiones son lo mismo, que todas llevan a Dios.¿Esta afirmación es razonable? ¿Cómo considerar categorías de verdad en las religiones?

La respuesta inmediata a esta pregunta es bastante obvia: las diferentes religiones son distintas, ya que si no se diferenciaran entre sí serían la misma religión. De manera que las distintas religiones no son lo mismo.

Y a la pregunta de por qué no todas las religiones son lo mismo, habría que responder sencillamente ¡precisamente porque son diferentes!

El problema de fondo: el indiferentismo religioso

Pero en realidad la pregunta que estamos analizando no apunta a la identificación de todas las religiones entre sí. En realidad sugiere que, más allá de sus diferencias, sería lo mismo creer en una religión o en otra, practicar una u otra diferente, ya que todas ellas conseguirían el mismo objetivo: “todas llevan a Dios”.

La única manera de que todas las religiones fueran lo mismo
es que todas ellas fuesen falsas

Sólo se puede afirmar que todas las religiones son lo mismo desde algunas posiciones ideológicas:

  • El ateísmo dirá que todas son igualmente falsas.
  • El agnosticismo afirmará que ninguna tiene el menor fundamento.
  • El indiferentismo sólo considerará una cierta utilidad psicológica a la religión (paz interior, sentido de trascendencia, cierta fraternidad, etc.), que podría conseguirse con cualquiera de ellas (lo que supondría que la religión no fuera un camino hacia Dios, sino una medicina que el hombre se da a sí mismo para resolver sus ansias de infinito).

Quien acepte que Dios existe y que tiene un proyecto cognoscible para el hombre –cualquiera sea la religión que profese- nunca podrá aceptar la afirmación de que todas las religiones sean lo mismo.

¿Qué sentido tiene una religión?

Para responder a esta pregunta había que ver qué se entiende por religión y qué papel se le asigna en la vida de una persona.

Si las concibo como una creación humana (un invento del hombre), con una finalidad genéricamente espiritual, un refugio psicológico a la hora de los problemas y peligros de al vida, etc., posiblemente no me preocupará demasiado las diferencias entre las distintas religiones, y todas –dentro de ciertos límites- me parecerán igualmente válidas.

Pero si concibo la religión como un encuentro entre Dios y el hombre, en el cual Dios tiene la iniciativa, se ha mostrado al hombre y enseñado un camino de salvación, la cosa es diferente: me interesará mucho saber cuál es la verdadera.

Porque verdadera sólo puede haber una religión

Aquella que Dios haya revelado. No puede haber varias religiones distintas igualmente verdaderas por el principio de no contradicción: dos afirmaciones contrarias no pueden ser al mismo tiempo, ambas verdaderas, en el mismo sentido. Si una es verdadera, la otra no lo será.

¿Hay religiones falsas y verdaderas?

Quizá fuera mejor hablar de religiones reveladas y no reveladas. O de religión verdadera y religiones que se acercan más o menos a la verdad.

La gran mayoría de las religiones son buenas, en cuanto que enseñan un camino de aproximación al Creador. Responden a la religiosidad natural del hombre. Le proponen un ideal ético. Y tienen –en distintos grados- una mayor o menor aproximación a la verdad.

¿Cuánto contienen de verdad?

Al responder a la religiosidad natural del hombre todas contienen aspectos verdaderos. Hay religiones más cercanas a la verdad y otras menos cercanas.

No son todas lo mismo. Las hay más serias y menos serias, más profundas y más superficiales, más espirituales y más terrenales, trascendentes o inmanentes…

Unas más concordes a la dignidad de la persona humana (obviamente una religión que propugnara sacrificios humanos no sería aceptable racionalmente), y otras menos.

La Iglesia considera que las religiones no cristianas contienen semillas de verdad, que conducen a la verdad completa .

Religión verdadera sólo puede una que haya sido revelada por Dios mismo

Porque sólo Dios puede decirnos con precisión quién es y qué quiere de nosotros. Una religión no revelada por Dios, no pasará de ser un buen intento del hombre por acercarse al Creador: algo muy valioso, pero que resultará muy pobre si consideramos la infinita distancia que nos separa de Dios, distancia que el hombre no puede recorrer por su propios medios.

Si Dios existe y creó seres racionales –como somos nosotros-, no parece razonable que no les haga conocer cómo llegar hasta Él: que se quedase mirándonos mientras nosotros nos equivocamos tratando de encontrar el camino.
Si Dios existe, lo razonable sería que existiera una sola religión verdadera. En caso contrario todas son falsas.

¿Para qué sirve una religión?

Si la religión sirve para hacernos entrar en comunión con Dios y brindarnos la salvación –que de eso se trata-, es obvio que nos interesa mucho encontrar el camino que realmente lo realiza.

¿Qué es el sincretismo religioso?

Es la mezcla de elementos de diferentes religiones. En este caso nos encontramos claramente con una creación humana, fruto de la recolección de elementos religiosos variados según el propio gusto.

La adhesión a una religión no es como ir de compras a un supermercado: ver qué me ofrece el mercado de las religiones y elegir la que más me guste (o incluso armar una con los elementos que más me atraigan de muchas de ellas).

¿En qué consiste la libertad religiosa?

Es el derecho que tengo a obrar según mi conciencia en materia de religión.

Este derecho no se basa en que todo sea lo mismo –y entonces da igual qué elija-, sino en el derecho a no ser presionado en mis convicciones religiosas. La raíz es la dignidad de la persona humana.

Libertad religiosa y obligación de buscar la verdad

Hay dos aspectos complementarios: el derecho a la libertad religiosa (derecho exigible ante el Estado y los demás) y la obligación personal delante de Dios y de mí mismo de buscar la verdad.

Nadie debería coaccionarme en materia religiosa: el acceso a Dios supone la libertad.

Al mismo tiempo, mi honradez personal me exige personalmente buscar la verdad: no sería honesto si no lo hiciera. Evidentemente Dios me pedirá cuenta de cuánto lo he buscado, de cuánto de sincero he sido en esa búsqueda.

Este es un asunto entre Dios y yo, del que rendiré cuentas después de mi muerte. Los demás podrán aconsejarme, pero no reemplazan mi libertad: es una cuestión entre Dios y yo.

El derecho a la libertad religiosa no consiste en que haya el derecho a profesar y practicar cualquier religión porque todas sean lo mismo. Consiste en que mi dignidad humana exige el derecho a no ser coaccionado en cuestiones religiosas.

Ambas cosas no sólo son compatibles, sino que complementarias. La misma dignidad humana que exige a los demás respetarme en mis convicciones religiosas, me “exige” a mí buscar la verdad.

La Religión Verdadera y el Ecumenismo

Autor: Interrogantes.net | Fuente: Interrogantes.net   

¿Tiene alguien derecho a imponerme sus valores?.

¿Existen valores absolutos?

Cuenta Peter Kreeft que un día, durante una de sus clases de ética, un alumno le dijo que la moral era algo relativo y que él como profesor no tenía derecho a "imponerle sus valores".

Bien -contestó Kreeft, para iniciar un debate sobre aquella cuestión-, voy a aplicar a la clase tus valores y no los míos. Tú dices que no hay valores absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos. Como resulta que mis ideas personales son un tanto singulares en algunos aspectos, a partir de este momento voy a aplicar esta: todas las alumnas quedan suspendidas. 

El alumno se quedó sorprendido y protestó diciendo que aquello no era justo. 

Kreeft le argumentó: ¿Qué significa para ti ser justo? Porque si la justicia es solo "mi" valor o "tu" valor, entonces no hay ninguna autoridad común a nosotros dos. Yo no tengo derecho a imponerte mi sentido de la justicia, pero tú tampoco puedes imponerme el tuyo... 

Por tanto, sólo si hay un valor universal llamado justicia, que prevalezca sobre nosotros, puedes apelar a él para juzgar injusto que yo suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran valores absolutos y objetivos fuera de nosotros, sólo podrías decir que tus valores subjetivos son diferentes de los míos, y nada más. 

Sin embargo -continuó Kreeft-, no dices que no te gusta lo que yo hago, sino que es injusto. O sea, que, cuando desciendes a la práctica, sí crees en los valores absolutos. 

No me impongas tu verdad

Los relativistas y los escépticos consideran que aceptar cualquier creencia es algo servil, una torpe esclavitud que coarta la libertad de pensamiento e impide una forma de pensar elevada e independiente. 

Sin embargo -como decía C. S. Lewis-, aunque un hombre afirme no creer en la realidad del bien y del mal, le veremos contradecirse inmediatamente en la vida práctica.

Por ejemplo, una persona puede no cumplir su palabra o no respetar lo acordado, arguyendo que no tiene importancia y que cada uno ha de organizar su vida sin pensar en teorías. Pero lo más probable es que no tarde mucho en argumentar, refiriéndose a otra persona, que es indigno que haya incumplido con él sus promesas. 

Cuando los defensores del relativismo hablan en defensa de sus derechos, suelen desprenderse de todo su relativismo moral y condenar con rotundidad la objetiva inmoralidad de quien pretenda causarle daño. Y si alguien les roba la cartera, o les da una bofetada, lo más probable es que olviden su relativismo y aseguren -sin relativismo ninguno- que eso está muy mal, diga lo que diga quien sea (sobre todo si lo dice el ladrón o agresor correspondiente).

Porque si la palabra dada no tiene importancia, o si no existen cosas tales como el bien y el mal, o si no existe una ley natural, ¿cuál es la diferencia entre algo justo o injusto? ¿Acaso no se contradicen al mostrar que, digan lo que digan, en la vida práctica reconocen que hay una ley de la naturaleza humana? 

El relativismo, al no tener una referencia clara a la verdad, lleva a la confusión global de lo que está bien y lo que está mal. Si se analizan con un poco de detalle sus argumentaciones, es fácil advertir -como explica Peter Kreeft- que casi todas suelen refutarse a sí mismas:

- "La verdad no es universal"(¿excepto esta verdad?)
- "Nadie puede conocer la verdad" (salvo tú, por lo que parece)
- "La verdad es incierta" (¿es incierto también lo que tú dices?)
- "Todas las generalizaciones son falsas" (¿esta también?)
- "No puedes ser dogmático" (con esta misma afirmación estás demostrando ser bastante dogmático) 
- "No me impongas tu verdad" (tú me estás imponiendo ahora tus verdades)
- "No hay absolutos" (¿absolutamente?)
- "La verdad solo es opinión" (tu opinión, por lo que veo)
- Etcétera ad nauseam

El boxeador que nunca sube al ring

Cuando uno dice que es muy difícil o casi imposible saber lo que es verdad o mentira, o lo que es bueno o malo, porque asegura que todo es relativo, adopta una cómoda postura en la que apenas necesita argumentar nada. Elude cualquier debate o discusión seria, porque niega su presupuesto. Por eso decía Wittgenstein que es como un boxeador que nunca sube al ring. 

En vez de subir al ring, lo que suele hacer en la práctica es meter de tapadillo, en un descuido retórico, su propia verdad y su propio concepto de bien. Porque también él guarda muchas certezas, aunque quizá no las advierta por estar demasiado ocupado en acusar a los demás de dogmatismo. Lo que el relativista suele mirar con sospecha no son las certezas, sino más bien las certezas de los demás.

¿Se dejarían operar por un cirujano si no estuviera seguro de su competencia? ¿Se subirían a un avión de una compañía aérea que manifestara incertidumbres sobre la seguridad del vuelo? Todo hombre, por naturaleza, busca siempre certezas. 

Según Christopher Derrick, la apoteosis del relativismo puede deberse a esa impresión -vaga, pero persuasiva- de que expresar duda es un signo de modestia y de democracia, mientras que hablar de certidumbres se considera algo dogmático y casi dictatorial. 

Sin embargo, el relativismo no puede llevarse hasta sus últimas consecuencias. Por eso Ortega decía que el relativismo es una teoría suicida, pues cuando se aplica a sí misma, se mata. La mayoría de las veces, el relativismo es una especie de pose académica, una cómoda evasión de la realidad. 

¿Da lo mismo una religión que otra?

Charles Moore, director del Sunday Telegraph, relató hace unos años su conversión al catolicismo. 

Moore buscaba la religión verdadera, ante el asombro de sus amigos que le decían que daba igual una religión que otra, y que lo único importante era el deseo de hacer el bien. Él disentía completamente y replicaba: «Eso sería como si unos médicos se reunieran en torno a un paciente y concluyeran: "Bueno, todos queremos que mejore, así que todos los tratamientos que propongamos serán igualmente buenos". Sin embargo, es evidente que no sucede así. Dar con el tratamiento adecuado puede ser cuestión de vida o muerte». 

Es cierto que personas de religiones distintas reciben de sus creencias aliento y enseñanza para ser mejores. Todas las religiones distintas de la verdadera contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que proceden de Dios, y que reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Pero deducir de eso que todas las religiones son iguales, o que da igual una que otra, sería mucho deducir.

A la hora de elegir religión, hay que preguntarse sobre todo qué puerta es la verdadera, no cuál es la que más nos gusta por sus adornos o atractivos externos. No basta la buena intención, pues no se puede olvidar cuánto mal ha sucedido en la historia en nombre de opiniones e intenciones buenas.

Cada hombre tiene la obligación -y también el derecho- de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formarse rectos y verdaderos juicios de conciencia.

-Entonces, lo que importa para salvarse es vivir de acuerdo con la propia conciencia.

Cuando se habla de vivir de acuerdo con la conciencia, algunos lo entienden como un simple vivir conforme a lo que cada uno subjetivamente piensa, como si en las cuestiones religiosas y morales no hubiera nada objetivo. Pero no siempre basta con seguir la conciencia, pues a veces su voz puede ser ahogada, o puede ser errónea. Por ejemplo, Hitler escribió pocas horas antes de morir que no se arrepentía de nada, que de nada pedía perdón porque afirmaba seguir de buena fe su conciencia...

La conciencia no es un simple reducto del subjetivismo, sino el lugar donde se da la apertura del hombre hacia la verdad, hacia Dios. El hombre, si busca, tiene posibilidad de conocer el camino que le conduce a la verdad. 

Y obedecer a la conciencia en ese camino puede exigir un notable esfuerzo. Supone no dejarse guiar solo por lo que a uno le apetece, sino mirar alrededor, purificarse y tener el oído atento a la escucha de la voz de Dios para ponerse en camino hacia la verdad. 

Solamente así se puede entender en qué consiste la grandeza de la fe. Y las diferentes religiones pueden suministrar elementos que nos conducen hacia ese camino, pero también nos pueden desviar de él.

-¿Entonces, la Iglesia no admite que el cristianismo sea una vía de salvación entre otras muchas?

La Iglesia sostiene que Jesucristo no es un simple guía espiritual, o un camino más hacia Dios entre otros muchos, sino el único camino de salvación.

-¿Y eso no es una afirmación un poco arrogante por parte de la Iglesia?

Pienso que no. Lo natural es que un creyente musulmán reconozca a Mahoma como profeta, o que un fiel hebreo escuche la Torah como la palabra de Dios. Lo que dice la Iglesia católica no supone menosprecio ni falta de consideración hacia otras confesiones religiosas. Dice que Jesucristo es el único camino de salvación, pero también dice claramente que Dios salva a los no cristianos que se hacen merecedores de ello. 

La salvación -por decirlo de un modo un tanto informal- es monopolio de Dios, no de los cristianos. Dios da a todos los hombres luz y ayuda para salvarse, y lo hace de manera adecuada a la situación interior y ambiental de cada uno.

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