Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Que el bautismo cristiano es algo grande; es, sin duda, el regalo más grande y hermoso que podemos recibir. Pero al mismo tiempo ser bautizado exige de nosotros mucha seriedad.
Un día se me acercó un caballero y me pidió que le buscara la fe de bautismo. Me dijo que cuando pequeño había sido bautizado en mi parroquia.
Le comenté que me extrañaba mucho que él, siendo pentecostal, viniera a pedir su fe de bautismo a la Iglesia Católica.
Me contó que necesitaba este documento para su jubilación... y conversando con él me hizo entender que ahora, de mayor, se había bautizado en otra religión, porque le habían dicho que el bautismo de niños chicos no es válido y además que Jesús se había bautizado como adulto.
Queridos hermanos, me doy cuenta de que hay mucha confusión entre nuestra gente acerca de la fe cristiana y muchos por falta de conocimiento bíblico abandonan la fe católica.
En esta carta les escribo de lo que la Biblia nos enseña acerca del bautismo cristiano, y en otra les explicaré que una familia cristiana tiene pleno derecho a pedir el bautismo de sus niños. Ante todo lea y medite:
El bautismo de Juan Bautista no es lo mismo que el bautismo de los cristianos.
Es verdad que Juan bautizaba a la gente adulta en el río Jordán, e incluso Jesús fue bautizado por él. Pero ¿qué significado tiene el bautismo de Juan?
Juan Bautista era el Precursor de Jesús, nuestro Salvador. Juan comenzó a predicar la penitencia y la confesión de los pecados para que la gente, con un corazón limpio, recibiera al Mesías que iba a venir pronto.
Como signo de conversión y de perdón de los pecados, Juan llamaba a la gente a recibir el bautismo con agua en el río Jordán. Es decir el bautismo de Juan expresaba un cambio de vida, una verdadera conversión hacia Dios; significaba así una preparación para la venida del Señor (Mc.1,3).
Jesús también se hizo bautizar por Juan, aunque El no tenía ningún pecado y por eso no necesitaba el bautismo definitivo: «Mi bautismo -decía Juan- es un bautismo con agua y significa un cambio de vida, pero otro viene después de mí y es más poderoso que yo: El los bautizará en el fuego y en el Espíritu Santo» (Mt. 3, 11). Queridos hermanos y amigos, estos textos nos aclaran muy bien que el bautismo de Juan no es lo mismo que el bautismo cristiano.
¿Qué es el bautismo instituido por Jesucristo?
Jesús resucitado, antes de subir al cielo, mandó a sus apóstoles: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt. 28, 19-20).
Y en otra parte de la Biblia dijo Jesús: «El que crea y sea bautizado, se salvará» (Mc. 16, 16).
Los apóstoles y los primeros cristianos estaban conscientes de que el bautismo de Jesús era distinto del de Juan, era un mandato del Señor resucitado, y cuando comenzaron la predicación del Evangelio bautizaban a todos los que creían en Jesucristo. Por supuesto que este bautismo en Cristo tiene un sentido más profundo que el bautismo de Juan.
El bautismo cristiano significa, sobre todo, un nuevo nacimiento, una nueva vida. Jesús dijo: «Si no renaces del agua y del Espíritu Santo, no puedes entrar en el Reino de los cielos» (Jn. 3-5).
¿En qué consiste este nuevo nacimiento?
a) Con el bautismo de Cristo nacemos a la vida de hijos de Dios: Por el bautismo cristiano nosotros «llegamos a tener parte en la naturaleza de Dios» (2 Pedr. 1, 4); y «somos realmente hijos de Dios por adopción» (Rom. 8, 16 y Gál. 4, 5).
Desde ahora en adelante llevamos grabado en nuestro corazón el sello de Dios para toda la eternidad, y podemos clamar a Dios diciendo: «Abba-Padre» que significa «Papito». Dios, como Padre, nos cubre desde ahora y para siempre con su amor. Es éste el regalo más grande que podemos recibir acá en la tierra.
b) El bautismo nos incorpora a Cristo, es decir, somos de Cristo, somos cristianos:
«¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos a Cristo Jesús, tenemos parte con El en su muerte al ser bautizados? Así pues, por medio del bautismo fuimos enterrados junto con Cristo y estuvimos muertos, para ser resucitados y vivir una vida nueva» (Rom. 6, 3-5).
«Todos ustedes que fueron bautizados para unirse a Cristo, se encuentran cubiertos por El como por un vestido... y al estar unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo» (Gal. 3, 27-28).
Eso quiere decir que por el bautismo somos injertados en el misterio pascual de Jesucristo: Morimos con él, somos sepultados con él y resucitamos a una nueva vida con él.
c) El bautismo cristiano es un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo.
Dijo Jesús: «El que no nace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn. 3, 5). Escribe el apóstol Pablo a su amigo Tito: «Cristo nos salvó por medio del Bautismo que significa que hemos nacido de nuevo, y por medio del Espíritu Santo que nos ha dado nueva vida. Por medio de nuestro Salvador Jesucristo, Dios nos ha dado el Espíritu Santo en abundancia» (Tit. 3, 5-
d) El Bautismo nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia:
«Cristo es como un cuerpo que tiene muchos miembros y todos los miembros forman un solo cuerpo. Pues todos nosotros, seamos judíos o griegos, esclavos o libres, al ser bautizados hemos venido a formar un solo cuerpo por medio de un solo Espíritu» (1 Cor. 12, 12-13).
«Así somos uno en Cristo por el bautismo, un sólo pueblo de Dios formado por todas las razas y todas las naciones sin excepción».
Pertenecer a la Iglesia de Cristo no es una simple afiliación, como hacerse socio de un club. Los bautizados forman parte de una sola familia, son hermanos entre sí. «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como Dios les ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef. 4, 4-6).
¿Qué se exige para recibir el bautismo?
Se exige primeramente la fe. El bautismo es, antes que nada, el sacramento de la fe, por el cual el hombre acepta el Evangelio de Cristo. La fe está en el centro del Bautismo. En el libro de los Hechos de los Apóstoles leemos que, cuando un hombre de Etiopía quiso bautizarse, el diácono Felipe le dijo: «Si crees de corazón es posible». Respondió el etíope: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios» (Hch. 8, 37).
De esta forma la conversión, la aceptación de Cristo y su Evangelio por la fe es la primera condición para ser bautizado.
También exige luchar contra el mal: el bautismo no es para los cobardes, es para los que están dispuestos a luchar contra «los principados y potestades de las tinieblas» (Col. 2, 15).
San Pedro expresa esta lucha del cristiano en la imagen del león rugiente que espera el momento propicio para devorarnos (1 Ped. 5, 8-11).
También San Pablo exhorta a los creyentes: «Revístanse de la armadura de Dios para que puedan resistir las tentaciones del diablo, porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra las fuerzas sobrenaturales del mal» (Ef. 6, 10-12).
«Los bautizados en Cristo reciben este poder del Espíritu Santo y saldrán para ser testigos de Cristo en las partes más lejanas del mundo» (Hch. 1, 5-8). Serán testigos de la «vida recta, de devoción a Dios, de fe, de amor, paciencia y humildad de corazón. Pelea la buena lucha de la fe, echa mano de la vida eterna, pues para esto te llamó Dios y has hecho tu buena declaración de fe delante de muchos testigos.» (1 Tim. 6, 11-12).
«Dios no nos ha dado un Espíritu de miedo, sino un Espíritu de poder, de amor y de buen juicio. No tengas vergüenza, pues, de dar testimonio a favor de Nuestro Señor... Acepta de tu parte los sufrimientos que vienen por causa del mensaje de salvación, conforme a las fuerzas que Dios da. Dios nos salvó y nos llamó a llevar una vida consagrada a El.» (2 Tim. 1, 7-9).
Queridos hermanos, nos damos cuenta de que el bautismo cristiano es algo grande; es, sin duda, el regalo más grande y hermoso que podemos recibir. Pero al mismo tiempo ser bautizado exige de nosotros mucha seriedad.
Algunos dicen también que por qué no esperar a bautizar hasta que uno sea grande y decida si quiere o no ser bautizado.
Este tema lo veremos más adelante, pero desde ya les digo que el bautismo es un regalo de Dios. Y entonces ¿para qué esperar a aceptar este regalo? ¿Para que dejar que en la vida de un ser humano reinen por unos años las tinieblas pudiendo reinar la luz? Y hay otra razón: los papás para hacerte el regalo de la vida no te consultaron, porque la vida es un bien, es un regalo... de la misma manera, tus papás para hacerte el regalo de la vida divina no tienen para qué esperar a consultarte. Basta que ellos tengan fe y quieran para sus hijos este hermoso don.
Es posible que nunca hayamos tomado en serio esta realidad o que hayamos sido bautizados cuando niños y nunca hayamos recapacitado sobre lo que esto significa. Ojalá que ahora, tomemos en cuenta esta vida divina que nos da el bautismo y seamos capaces de renovar y vivir día tras día nuestra vida cristiana como bautizados.
Dice el CATECISMO: ¿Qué es el Bautismo?
-Es un sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo a través del cual nos convertimos en hijos adoptivos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos del cielo. ¿Cómo podemos saber que el bautismo es necesario para la salvación? -En Juan 3,5 se dice: «El que no renace del agua y del Espíritu Santo no entrará en el reino de los cielos».
¿Por qué los protestantes están contra el bautismo de los niños?
-Porque ellos dicen que los niños no pueden arrepentirse de sus pecados y también que los niños no pueden recibir la fe bautismal.
¿Por qué, según los protestantes, los niños no tienen derecho a ser bautizados?
-Según los protestantes los niños, para bautizarse, deberían arrepentirse de sus pecados. Pero nosotros sabemos que los niños no tienen ningún pecado personal por eso decimos que no necesitan arrepentirse para ser bautizados. El estar arrepentidos solamente es necesario para los adultos que han cometido pecados.
¿Qué enseña Jesús sobre el Bautismo de los niños?
-Jesús dice: «Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Ahora bien, ¿quién forma los pueblos y las naciones? ¿Acaso no son los niños con los adultos los que conforman los pueblos y las naciones? La Iglesia bautiza a los niños en virtud de la fe y el compromiso de sus padres y padrinos.
¿Va contra la Biblia el bautizar a los niños? -De ninguna manera, pues vemos en los Hechos de los Apóstoles: 16, 32-33 como familias enteras fueron bautizadas. No podemos imaginar que los Apóstoles negaran el bautismo a los niños que formaban parte de las familias convertidas.
¿Qué dice la Tradición sobre el bautismo de los niños?
-San Ireneo en el año 205 dice: «Jesús vino a salvarnos a todos». ¿Será que los niños no son parte de este todo? También San Agustín, en el año 481 dice en relación al Bautismo de los niños que «la Iglesia siempre conservó la costumbre y la tradición de bautizar los niños y que así lo hará hasta el fin».
Cuestionario
¿Qué significado tenía el bautismo de Juan? ¿Era igual a nuestro bautismo? ¿En nombre de quién bautizamos nosotros? ¿Qué mandó Jesús en cuanto al Bautismo? ¿Qué dijo Juan al respecto? ¿Cómo captaban esta diferencia los primeros cristianos? ¿Entendían que el bautismo de Jesús era más profundo que el de Juan? ¿En qué consiste este nuevo «nacimiento»? ¿Qué significa la conversión a Cristo previa al bautismo? ¿Cómo se expresa la conversión a Cristo del que se bautiza? ¿Es el bautismo un gran regalo de Dios? ¿Por qué?
Se ha convertido en práctica frecuente. ¿No es acaso una expresión panteísta? ¿Es la mejor manera de expresar la fe en la resurrección de la carne?.
La Conferencia Episcopal Italiana ha presentado la nueva edición en lengua italiana del Rito de las exequias, publicada por la Librería Editrice Vaticana, en la que considera que la cremación queda concluida cuando se deposita la urna en el cementerio, y afirman que la posibilidad en algunas legislaciones de esparcir las cenizas produce "no pocas perplejidades sobre su plena coherencia con la fe cristiana".
"Aunque algunas legislaciones permiten esparcir las cenizas en la naturaleza o conservarlas en lugares diversos del cementerio, "estas prácticas producen no pocas perplejidades sobre su plena coherencia con la fe cristiana, sobre todo cuandoremiten a concepciones panteístas o naturalistas", indica el nuevo ritual.
Monseñor Angelo Lameri, miembro de la Oficina Litúrgica nacional de la Conferencia Episcopal Italiana, ha explicado que el tema de la cremación se ha colocado en un apéndice aparte para subrayar que la Iglesia, "aunque no se opone a la cremación de los cuerpos cuando no se hace in odium fidei, sigue considerando que la sepultura del cuerpo de los difuntos es la forma más adecuada para expresar la fe en la resurrección de la carne así como para favorecer el recuerdo y la oración de sufragio por parte de familiares y amigos".
Según se indica en este capítulo, excepcionalmente, los ritos previstos en la capilla del cementerio o ante la tumba se pueden celebrar en el lugar mismo de la cremación y se recomienda también el acompañamiento del féretro a dicho lugar, según ha informado el Vaticano.
Compartir el luto
Esta segunda edición del rito también se refiere al momento de la visita a la familia, que no se contemplaba en la edición anterior.
Monseñor Lameri ha explicado que "para un sacerdote, es un momento para compartir el dolor, escuchar a los familiares afectados por el luto, y conocer algunos aspectos de la vida de la persona difunta con el fin de ofrecer un recuerdo correcto y personalizado durante la celebración de las exequias".
También se proponen nuevos textos para pronunciar en el momento de cerrar el ataúd, adecuados a diversas situaciones: para una persona anciana, para una persona joven, para quien ha muerto inesperadamente, etcétera, y se ha añadido una amplia propuesta de formularios para la oración de los fieles.
Monseñor Alceste Catella, presidente de la Comisión Episcopal para la Liturgia, ha señalado que este libro "atestigua la fe de los creyentes y el valor del respeto hacia los difuntos, el respeto por el cuerpo humano incluso cuando ya no tiene vida".
"Testimonia la fuerte exigencia de cultivar la memoria, de tener un lugar cierto en el que deponer el cadáver o las cenizas, en la certeza profunda de que ésto es auténtica fe y humanismo auténtico", ha concluido.
Quienes deseen leer el documento de la Conferencia Episcopal Italiana lo pueden hacer visitando el siguiente enlace, tener presente que la información está en italiano.
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y la oración.
Muchos preguntan con frecuencia si en verdad, según la Biblia, está prohibido comer o tomar ciertos alimentos.
Esta inquietud les nace de conversaciones tenidas con miembros de algunas iglesias de origen protestante, o de ciertas sectas, quienes, con la Biblia en la mano, les han mostrado que no se puede comer cerdo, conejo, ciertos peces y ciertas aves, etc.
En esta línea están sobre todo los Adventistas del Séptimo Día, los Testigos de Jehová, los Mormones y otros. Algunos prohíben incluso tomar vino y cualquier licor, café, té, coca-cola, fumar, etc., por motivos de religión, como si la Biblia prohibiera todo eso.
Vamos, pues, a contestar a este punto.
Pero queremos advertir que este tema de los alimentos, por ser uno de los más claros y sencillos de comprender, nos permite entender otra verdad básica en la lectura de la Biblia: La Biblia no fue escrita en un solo día, sino que fue redactada durante un período de casi 2.000 años. Y cuando uno lee con atención este libro sagrado nos damos cuenta de que a través de toda la Biblia hay una gran evolución doctrinal y moral.
Es decir, que, en la Biblia, no todo tiene el mismo valor o igual vigencia. Que hay una gran diferencia, aunque se complementen, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Que no se puede leer el Antiguo Testamento en forma parcial y aislada, como si todo en él fuera doctrina eterna. Hay que leer siempre el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento.
Porque Jesucristo, Dios-hombre, es el centro del N.T. y el fin de toda la Biblia. Además, Jesucristo, con su autoridad humano-divina, corrigió y perfeccionó muchas cosas que se leen en el A.T. y anuló y abolió costumbres que para los judíos del A.T. eran prácticas muy importantes. Y entre estas cosas que Jesús abolió está la cuestión de los alimentos.
Prohibición en el Antiguo Testamento
Leyendo con atención la Biblia nos damos cuenta de que dentro del mismo A.T. hay diversas tradiciones y costumbres en cuanto a los alimentos.
Los textos aparentemente más antiguos hablan de que todos los alimentos son buenos. Que todas las plantas y animales han sido creados buenos y están al servicio del hombre (Lea: Gén. 1, 20-25 y 28-30).
Y se dice expresamente: «Todo lo que se mueve y tiene vida les servirá de alimento. Todas las cosas les servirán de alimento, así como las legumbres y las hierbas». (Gén. 9, 2-3).
Pero enseguida leemos en Gén. 9, 4 que el sagrado escritor prohíbe comer «carne con sangre». (Según muchos biblistas o estudiosos de la Biblia, este versículo (Gén. 9,4) es un agregado posterior, una relectura introducida por la tradición mosaica).
De todas maneras, nadie va a negar que se dio la prohibición de comer ciertos alimentos en el A.T. Esta prohibición de comer ciertos alimentos es una de las características de la religión israelítico-judía.
Los textos prohibitivos más famosos
Que son los que suelen mostrar nuestros hermanos con la Biblia en la mano para confundir al católico sencillo, son los siguientes: Levítico 11, 1-23 y su paralelo Deut. 14, 3-21.
Sería largo citarlos aquí. En estos textos se prohíbe comer: camello, conejo, liebre, cerdo y una serie larga de animales acuáticos, aves y bichos alados. (Los llamos son de la familia de los camellos, y también sería pecado comer carne de llamo).
Según los mejores biblistas
Algunas de esas prohibiciones son muy antiguas, y son costumbres tomadas de otros pueblos, y anteriores a la formación más primitiva del pueblo de Israel. Otras prohibiciones se dieron en Israel con la finalidad de distinguirse y apartarse de los pueblos paganos vecinos y de sus cultos idolátricos.
La prohibición de comer carne con sangre
Es también muy antigua, y ello es porque se creía que la sangre era el alma o donde el alma residía (Lev. 19, 26; 17, 11; Deut. 12, 23). Por lo mismo, se juzgaba también impuro todo animal que no había sido desangrado, y todo alimento que lo tocara (Lev. 11, 34 y 39). Además se prohíbe la grasa de los animales (Lev. 7, 23).
También son impuros y prohibidos
Todos los animales de la casa cuando hay un cadáver en ella. «Esta es la ley para cuando uno muere en casa: Todo el que entre en la casa, y todo lo que esté dentro de ella, será impuro siete días. Y todo envase que no esté cerrado con una tapa atada será impuro». (Núm. 19, 14-15).
No cabe duda de que hubo muchas personas santas del A.T. que observaban rígidamente todo eso. Algunos preferían morir antes que comer estos alimentos prohibidos. Así lo leemos en el bellísimo relato de 2 Macabeos 6, 18-31.
Y es que, según sus creencias, el quebrantar tales normas acerca de las comidas prohibidas, podía interpretarse como una «apostasía» o una «traición a la religión del judaísmo».
Estas prohibiciones sólo se leen en el A.T. y no en el N.T. donde son anuladas radicalmente por Nuestro Señor Jesucristo.
¿Qué nos enseña el Nuevo Testamento acerca de los alimentos?
Todas las prohibiciones de comer ciertos alimentos (como el camello, el cerdo, el conejo, etc.) estaban en plena vigencia en el judaísmo dentro del cual nació, vivió y murió Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo reaccionó Jesús frente a ellas?
La actitud renovadora y liberadora de Jesús
Un día, Jesús llamó a toda la gente y les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanme bien: No hay ninguna cosa fuera del hombre que al entrar en él lo pueda hacer pecador o impuro…».
Y como sus mismos discípulos se sorprendieron con tamaña novedad, Jesús añadió enseguida: «¿No comprenden que nada de lo que desde fuera entra en el hombre lo puede hacer impuro porque no entra en su corazón, sino en su estómago y luego se echa afuera?». Y añade el mismo Jesús:
«Lo que sale del hombre, eso es lo que le hace impuro, pues de dentro del corazón salen las malas intenciones, los desórdenes sexuales, los robos, libertinaje, envidia, injuria, orgullo, falta de sentido moral. Todo eso sale de dentro, y eso sí que mancha al hombre» (Mc. 7, 14-23 y Mt. 15, 10-20).
La práctica de los primeros cristianos
Pero los judíos continuaron aferrados a sus leyes y costumbres en esos puntos, e impugnaron duramente a los primeros cristianos convertidos del judaísmo.
De tal modo que en las primeras comunidades cristianas de origen judío, fue muy difícil cambiar de criterio respecto a los alimentos. Hasta los mismos apóstoles tuvieron sus resistencias (Hech. 10, 9-16; y 11, 1-18).
Incluso después de declarar, en el concilio de Jerusalén, que no les obligaba la ley de Moisés, ni la circuncisión (Hech. 15, 1-12), tuvieron que hacer algunas concesiones respecto a la costumbre judía de los alimentos, pero sólo para ciertas comunidades aisladas, donde habitaban los judeocristianos.
Es que, como señala la misma Biblia, muchos judeocristianos seguían aferrados celosamente a la Ley de Moisés (Hech. 15, 13-19 y 21, 20). ¡Nunca han sido fáciles los cambios!
La enseñanza del apóstol Pablo
Será especialmente San Pablo quien, en la línea liberadora de Jesús, repetirá a los cristianos: «Que nadie los critique por cuestiones de comida o bebida, o a propósito de las fiestas, de novilunios o de los sábados.
Todo eso no era sino sombra de lo que había de venir, y ahora la realidad es la persona de Cristo… ¿Por qué se van a sujetar ahora a preceptos como «no tomes esto», «no gustes eso», «no toques aquello»?…
Tales cosas tienen su apariencia de sabiduría y de piedad, de mortificación y de rigor, pero sin valor alguno…» (Col. 2, 16-17; 20-23).
Y también en su carta a Timoteo, Pablo escribe contra quienes prohibían, entre otras cosas, «el uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los fieles que han conocido la verdad.
Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y la oración. Si tú enseñas estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús» (1Tim. 4, 3-6; 1 Cor. 6, 13 y 8, 7-13).
¿Y qué decir del vino?
En el Antiguo Testamento hay muchos y diversos textos sobre la vid y el vino. Se prohíbe el vino a la familia sacerdotal de Aarón (Lev. 10, 9-11).
Tampoco tomaban vino algunos grupos religiosos particulares, como se lee en Jer. 35, 5-7. Pero en general, la vid es símbolo de Israel, y se cantan las bondades del vino tomándolo con moderación (Is. 5, 1-7; Prov. 9, 2-5; Ecl. 31, 25-30; Cant. 5, 1; Sal. 104, 15).
También se usaba el vino en los sacrificios (Ex. 29, 38-40; Núm. 15, 10 ).
En el Nuevo Testamento, Jesucristo convierte el agua en vino en las bodas de Cana (Jn. 2, 1-11). Y además Jesús mismo tomó vino (Mt. 11, 19; Lc. 7, 34), y lo presenta como símbolo de la Nueva Alianza (Mt. 9, 17; Jn. 15, 1-6). Luego Jesús celebra con vino la Ultima Cena, convirtiéndolo en su propia Sangre (Lc. 22, 14-20; 1 Cor. 11, 17-27 y textos paralelos ).
El apóstol San Pablo le recomienda a Timoteo: «No bebas, pues, agua sola. Toma un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes indisposiciones». (1Tim. 5, 23). (Otra cosa es emborracharse, que eso sí es un pecado grave contra la dignidad de la persona). (1Tim. 3, 3-8; Tit. 2, 3).
Queridos amigos, está claro que quienes hacen problemas en cuestiones de comida y bebida, aunque lo hagan con la Biblia en la mano, no han leído bien «toda» la Biblia. No han llegado hasta el Nuevo Testamento.
Así, hermanos católicos, no les hagan caso cuando los hermanos protestantes u otros enseñen sólo ciertos textos del Antiguo Testamento.
No olviden nunca esta regla de oro: En la revelación de Dios hay una evolución. El A. T. es como la sombra del N. T. Jesús mismo vino a perfeccionar la ley antigua. Por tanto hay cosas que, vistas desde ahora, ya quedaron definitivamente atrás, como es el carácter sagrado del sábado y todo lo referente a los alimentos prohibidos.
Una regla de oro para la recta interpretación de la Biblia, lo repetimos una vez más, es no sacar nunca una frase de su contexto.
Estamos seguros de que muchos enseñan estas cosas sólo por ignorancia, y a pesar de andar todo el tiempo con el libro de la Biblia en la mano no lo conocen, ignoran el Nuevo Testamento, o tal vez lo hacen con mala voluntad para confundir a los católicos sencillos y conquistarse adeptos. Y este proselitismo barato de ninguna manera puede ser del agrado de Dios.
Queridos amigos, lean una y otra vez estos Temas, consulten las citas bíblicas y verán cómo eso les dará seguridad y como el Señor pondrá en sus labios la respuesta oportuna cuando llamen a la puerta de su casa los representantes de otras religiones.
¿Qué es el Ecumenismo?
El Ecumenismo es un movimiento dirigido a restaurar la unidad de los cristianos.
¿Quiénes participan en este movimiento ecuménico?
Participan los que invocan al Dios Uno y Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador. ¿Como oró Jesús en la Ultima Cena?
En la Ultima Cena, Jesús oró diciendo: «Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en tí, para que también ellos sean uno como nosotros y el mundo crea qua tú me has enviado». (Jn. 17, 21)
¿Cuál es el principio de unidad de los cristianos?
El principio de unidad es el Espíritu Santo que habita en los creyentes. Sólo El puede realizar esta admirable unión y restaurar la unidad perdida.
¿Qué corresponde, entonces, a los cristianos?
A los cristianos de las distintas denominaciones corresponde orar a Dios para acelerar la hora de la unión y hacer gestos de buena voluntad que faciliten este re-encuentro sin olvidar las palabras de Jesús: «sencillos como palomas pero prudentes como serpientes».
Cuestionario
¿Cómo hay que leer la Biblia? ¿Podemos aferrarnos a textos aislados del A. T. y aplicarlos al hombre de hoy? ¿Hay entre el A. T. y el N. T. una gran evolución doctrinal y moral? ¿Qué se lee en Gén. 1, 20-25? ¿Son buenas todas las cosas?
¿En qué se basaba la prohibición de ciertos alimentos en el A. T ? ¿Cuál fue la actitud liberadora de Jesús? ¿Qué concesiones hicieron los judíos a los gentiles convertidos desde los primeros siglos? ¿Cuál debe ser nuestra actitud hoy?
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
¿Prohíbe la Biblia la transfusión de sangre?
Hay católicos que me preguntan si es verdad que la Biblia prohíbe la transfusión de sangre… Su inquietud nace del hecho de que algunas personas, con la Biblia en la mano, tratan de afirmar que la transfusión de sangre es un pecado gravísimo contra Dios.
Tales personas -así dicen ellos- prefieren morir antes que aceptar una transfusión de sangre, porque dicen: es la voluntad de Dios. En esta línea están sobre todo los Testigos de Jehová y miembros de algunas sectas religiosas modernas.
¡Qué triste que haya gente entre nosotros que usa la Biblia para confundir al católico sencillo y para propagar estas teorías que son una burla a la humanidad!
A los que piensan así les quiero recordar que nunca debemos leer la Biblia en forma parcial; nunca debemos estudiar el Antiguo Testamento (A.T.) sin tomar en cuenta el Nuevo Testamento (N.T.).
Hay una gran diferencia entre los dos. Aunque se complementan el A.T. y el N.T., no debemos olvidar que Jesucristo, Dios-hombre, es el centro y el fin de toda la Biblia. Además Jesucristo, con su autoridad humano-divina, corrigió varias cosas que se leen en el A.T. y anuló muchas costumbres que para los judíos del A.T. eran prácticas muy importantes.
Si uno lee atentamente la Biblia verá que de la primera a la última página hay una evolución doctrinal y moral. Es decir, que no todo en la Biblia tiene el mismo valor o igual vigencia. Y entre esas cosas que cambió el N.T. está la ley de la sangre.
¿Qué nos enseña el A.T. acerca de la transfusión de sangre?
Antes que nada, debemos decir que la Biblia nunca habla de la transfusión de sangre como práctica de medicina para salvar a enfermos, simplemente porque los antiguos no conocieron este tratamiento. Pero veamos de dónde sacan algunos miembros de otras religiones esta creencia.
Los israelitas del A.T., como otros pueblos antiguos de aquel tiempo, pensaban que la vida (o el alma) de cada ser estaba en la sangre. Leemos en Gén. 9, 4-5: «Lo único que no deben comer es la carne con su alma, es decir, con su sangre… Reclamaré la sangre de ustedes, como si fuera su alma».
Así, los antiguos creían que el alma era la sangre misma (Lev. 17, 14; Dt. 12, 23). Es decir: alma = vida = sangre. Ahora bien, Dios es el único Señor de la vida y por eso la sangre tenía un carácter sagrado para los israelitas, la sangre pertenecía a Dios. De este concepto antiguo que tenían los israelitas acerca de la vida, vienen las leyes acerca de la sangre que es lo que vamos a analizar ahora brevemente:
Prohibición del homicidio
El hombre fue creado a imagen de Dios, por lo cual Dios tiene poder sobre su vida: «Si alguien derrama su sangre, Dios le pedirá cuenta de ello (Gén. 9, 5). En esto encuentra su fundamento religioso el mandamiento que dice:
«No matarás» (Ex. 20, 13). Pero en caso de homicidio los antiguos aceptaron la venganza de sangre inocente contra el asesino: «Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente» (Ex. 21, 23). Solamente fue admitida una venganza limitada, porque Dios mismo se encargará de esta venganza, haciendo recaer la sangre inocente sobre la cabeza del asesino (1 Reyes 2, 32).
Prohibición de la sangre como alimento
La sangre, como signo de la vida, pertenece sólo a Dios y por eso la sangre es parte de Dios (Lev. 3, 17). La sangre derramada es alimento de Dios, «manjar de Yahvé», y ningún hombre puede beber sangre, ni comer carne prohibida (Dt. 12, 16). La sangre pertenece por derecho propio a Dios, Señor de la vida. (De ahí sacan los Testigos de Jehová su enseñanza de no aceptar la transfusión de sangre).
El uso de la sangre en el culto del A.T.
La sangre es sagrada, aún la de un animal, y solamente puede ser ofrecida a Dios en un sacrificio (Gén. 9, 5). Si no se sacrifica en un altar, debe ser derramada en el suelo, pero no se puede comer.
Además los israelitas, como los demás hombres del pasado, se hacían de Dios una imagen terrible y pensaban que sólo podían estar en paz con ese Dios violento ofreciendo sacrificios y sangre (Heb. 9, 22).
Era su manera de entrar en contacto con Dios; por eso los antiguos hacían ritos sangrientos para sellar su alianza con Dios (Ex. 24, 3-8); sacrificios para la expiación de los pecados (Is. 4, 4); ritos pascuales con sangre de corderos para alejar los espíritus exterminadores (Ex. 12, 7-22), etc.
Con el tiempo los israelitas descubrieron que estos sacrificios sangrientos eran una forma de culto muy imperfecto. Y por boca del profeta Isaías, Dios rechazó estos sacrificios: «¿De qué me sirve la multitud de sus sacrificios? No me agrada la sangre de sus vacas, de sus ovejas y machos cabríos» (Is.1, 11). También dice el salmista, hablando con Dios: «Un sacrificio no te gustaría, si ofrezco un holocausto, no lo aceptas» (Salmo 51, 16).
Reflexionando sobre estas leyes de sangre dentro del contexto del A.T. podemos decir que Dios aceptó al pueblo de Israel con sus costumbres y tradiciones, y que Dios educó a su pueblo a partir de su propia cultura.
Pero no debemos pensar que las leyes de sangre fueron dictadas por Dios desde el cielo, sino que fueron elaboradas por los sacerdotes de aquel tiempo que estaban a cargo de la conducta religiosa del pueblo de Israel. Las leyes sobre la sangre son solamente una manera de educar e inculcar el sentido de carácter sagrado de la vida.
Por muy antiguas, y a veces anticuadas que sean estas leyes, el cristiano de hoy las debe considerar con fe y buscar reflexiones nuevas referentes a lo que Dios nos pide ahora.
¿Qué nos enseña el N.T. acerca de esas leyes de sangre?
En el N.T. no encontramos ninguna referencia acerca de la transfusión de sangre. Pero hay claras indicaciones a favor de esta práctica.
Jesús repitió con el A.T. el profundo respeto por la vida: «No matarás» (Mt. 19,18), pero el Señor criticó duramente la antigua ley de la venganza de sangre inocente: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pero Yo les digo: no resistan al hombre malo; al contrario si alguien te pega en un lado de la cara, ofrécele también el otro lado» (Mt. 5, 39).
También terminó Jesús con la ley de alimentos prohibidos: «No hay ninguna cosa fuera del hombre que al entrar en él pueda hacerle pecador o impuro» (Mc. 7, 15). Con estas palabras está claro que la prohibición de comer «carne con sangre» no tiene ningún valor para Jesús.
Jesús quiso morir derramando su sangre
Para mostrar la entrega total de su vida por obediencia al Padre y por amor a sus hermanos (Jn. 3, 16; Rom. 8, 32). Este sacrificio de su vida terminará con todos los sacrificios de animales del A.T., porque el sacrificio de su vida era para el perdón de todos los pecados del mundo y la reconciliación definitiva entre Dios y los hombres (Heb. 9, 26; Heb. 10, 5-7). «Cristo nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre» (Apoc. 1, 5).
En la Ultima Cena Jesús presentó la copa de la acción de gracias (o Eucaristía)
Diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que está confirmada por mi sangre, que se derrama por ustedes» (Lc. 22, 20). Y desde ahora en adelante los hombres pueden comulgar con esta sangre de la Nueva Alianza cuando beben el cáliz eucarístico (1 Cor. 10, 16 y 11, 25-28). La sangre de Cristo derramada en la cruz establecerá entre los hombres y el Señor una unión profunda que durará hasta su venida (1 Cor. 10, 16 y 11, 25-28).
Jesús, el Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas
(Jn. 10, 11), así también los discípulos de Jesús han sido llamados a dar su vida por el prójimo: «El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos» (Jn. 15, 13). El discípulo de Jesús no debe preocuparse excesivamente por su vida y debe ser capaz de arriesgarla por los demás, como nos enseña también el apóstol Pablo: «Les tenemos a ustedes tanto cariño que hubiéramos querido darles no sólo el mensaje de Dios, sino hasta nuestras propias vidas, pues hemos llegado a quererles mucho» (1Tes. 2, 8).
Esto se manifiesta en los misioneros que han muerto por Cristo y en los mártires cristianos de todos los tiempos. ¿Acaso no dijo Jesús: «Quien quiere salvar su vida (su alma) la perderá, pero quien la pierda por causa mía, la hallará para la vida eterna»? (Mt. 16, 25; 10, 39).
Algunas consideraciones finales
Las leyes de sangre del A.T. son un reflejo de una cultura primitiva y no fueron dictadas por Dios y sólo tendían a inculcar al pueblo del A.T. el sentido sagrado de la vida.
Por tanto las muchas leyes de sangre del A. T. no son doctrina eterna. Recordemos que Cristo vino a perfeccionar la antigua Ley. Ahora sabemos muy bien que el alma humana no se identifica con una cosa material como es la sangre. Propiamente hablando, el alma no habita en un cuerpo con sangre, sino que se expresa en el hombre entero.
Y cuando los Testigos de Jehová se aferran a las creencias del A.T., ellos olvidan que la ley del A.T. fue perfeccionada por Jesucristo y que muchas costumbres de aquel tiempo no tienen valor en la Nueva Alianza que comenzó con Cristo. Los Testigos de Jehová y muchos otros se quedaron en el A.T. y no aceptan la evolución que está en la Biblia; ellos no interpretan bien toda la Biblia ya que se quedaron en una práctica judía antigua y no siguieron el cumplimiento del N.T.
Esto sucede porque interpretan la Biblia en forma literal y parcial, y además arreglaron la Biblia a su manera con traducciones equivocadas y malas interpretaciones. (Ninguna de las Iglesias Cristianas acepta la Biblia arreglada por los Testigos de Jehová).
En Jesucristo fue superada la Antigua Alianza y la ley de Moisés.
Los primeros cristianos muy pronto terminaron con muchas prácticas del A.T., como por ejemplo, la observación del día sábado, etc. y entre estas cosas el N.T. abolió también las leyes de sangre. Es verdad que entre los primeros cristianos de origen judío persistía al comienzo la ley de sangre, y algunas comunidades cristianas judías fueron injustamente obligadas a observar esta práctica (Hech.15, 29).
Pero esta observancia se hizo solamente por un breve tiempo para no escandalizar a los de conciencia débil. Pronto fue superado este problema y las iglesias siguieron el consejo de Jesucristo: «No hay nada de fuera que ensucie el alma» (Mc. 7,15).
Finalmente el Apóstol Pablo escribe en forma muy tajante a los colosenses: «Que nadie les venga a molestar por cuestiones de comida o bebida» (Col.2,16). «Todos los alimentos son buenos y todas las cosas les servirán de alimento» (1 Tim. 4,3-6).
Dios es el Dios de la vida.
«Dios no se complace en la muerte de nadie» (Ez.18, 32). «No creó al hombre para dejarlo morir, sino para que viviera» (Sab. 1, 13; 2, 23). Para Jesús la vida era cosa preciosa, y «salvar una vida» prevalecía sobre la ley del sábado (Mc. 3, 4), porque «Dios no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc. 12, 27). El mismo sanó y devolvió la vida como si no pudiera tolerar la presencia de la muerte.
«Si hubieras estado aquí, mi hermano Lázaro no hubiese muerto», le dijo Marta a Jesús (Jn.11, 21). Jesús, Dios-hombre, dijo que El es la vida, y ha venido a servir, y murió como rescate para provecho de la multitud (Mc. 10,45).
Seamos seguidores de Cristo.
A ejemplo de Cristo, podemos dar nuestra vida por amor al prójimo. «Nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn. 15, 13). Por supuesto que nuestra vida está en la mano de Dios. Pero si Dios nos ha dado inteligencia y voluntad, y con ellas podemos salvar la vida de otros, entonces esto es la voluntad de Dios.
Todo lo que el hombre realiza en la medicina moderna para respetar la vida y sanar a los enfermos es voluntad de Dios. Y sería un pecado gravísimo dejar morir a una persona que, con buenos remedios y con una transfusión de sangre, puede ser sanada.
En este sentido «dar sangre» para hacer una transfusión no es ningún atentado contra Dios, sino que puede llegar a ser un acto heroico de caridad. Por supuesto, que hay que atenerse a la reglamentación necesaria en cuanto a higiene y desinfección, porque en asunto tan delicado hay que evitar todo posible contagio de SIDA y otras enfermedades.
Frente a la transfusión de sangre, entonces, hay una sola palabra: «Conocemos el amor con que Jesucristo dio su vida por nosotros; así también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos».
Y eso mismo vale para la donación de órganos. Es muy humano y cristiano solidarizar con un enfermo hasta el punto de ceder los propios órganos para ser trasplantados a otras personas que carecen de ellos.
Ello se puede hacer tanto en vida como después de la muerte. Y a diario vemos padres que donan ojos o riñones para sus hijos, ¡qué ejemplo de caridad! Estos son gestos que hay que recomendar, ya que tanto con la donación de sangre como con la donación de órganos podemos salvar una vida.
Cuestionario
¿Qué enseña la Biblia sobre este punto? ¿Por qué en el A. T. se prohibía tomar la sangre como alimento? ¿Qué se enseña al respecto en el N. T.? ¿Cuál fue la Doctrina de Jesús? ¿Qué se quería inculcar al Pueblo de Dios con las leyes de sangre?
¿Perfeccionó Jesús esta legislación? ¿Qué dice San Pablo en Col. 2 16? ¿Se puede hacer la transfusión de sangre en beneficio de los enfermos? ¿Se pueden hacer trasplantes? ¿Qué pensar de los donantes de órganos?
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al Reino de los Cielos».
El otro día un caballero me dijo que los curas están equivocados en no casarse, porque la Biblia dice que Dios bendijo al hombre y a la mujer, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense y llenen la tierra».
Le contesté que, en verdad, este texto aparece en el Antiguo Testamento (Gén. 1, 28); pero que los católicos no nos debemos quedar anclados en el Antiguo Testamento. Nosotros somos hijos del Nuevo Testamento, y ahí hay claras indicaciones a favor de la virginidad religiosa.
Además Jesús mismo no se casó para así poder entregarse totalmente a su Padre y anunciar su Mensaje. También tenemos el ejemplo del apóstol Pablo y otros más.
Queridos hermanos, en esta carta quiero explicarles por qué las religiosas y los religiosos no se casan. Les hablaré desde la Biblia y desde mi propia experiencia religiosa. Sé muy bien que muchos no encuentran valor alguno en el no casarse, y también un hombre no casado a veces hasta es mal visto en nuestra propia cultura.
Además ante el mundo moderno, que predica la libertad sexual y el erotismo asfixiante, parece ser un disparate hablar de la castidad religiosa. La televisión, el cine, la literatura y la propaganda callejera proclaman todo lo contrario. A pesar de todo, los invito a leer con mucha atención esta carta acerca del celibato religioso. No lo invento yo, sino que está todo en la Biblia.
En verdad, el hombre ha sido creado en cuerpo y espíritu con vistas al matrimonio: Dios creó al ser humano como hombre y mujer, «y vio Dios que era bueno». (Gén. 1, 27, 31). Y sin embargo, hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al Reino de los Cielos» (Mt. 19,12).
Este estado de vida lo indicamos con los términos: «castidad consagrada», o «celibato religioso», o «virginidad cristiana». Y el que renuncia a ese gran valor humano del matrimonio, lo hace para seguir el ejemplo y el consejo evangélico de Jesús. A quienes profesan de por vida este estado, se les da el nombre de «religiosos», «religiosas», (o monjitas) y sacerdotes.
¿Qué nos enseña la Biblia?
El Pueblo de Dios del Antiguo Testamento apreciaba mucho el matrimonio y cada familia israelita deseaba tener muchos hijos como bendición de Dios (Gén. 22, 17). Y la virginidad, o el no tener hijos, equivalía a la esterilidad, la cual era una humillación y una gran vergüenza (Gén. 30, 23; 1 Sam. 1,11; Lc. 1, 25).
Generalmente, en el Antiguo Testamento no hay aprecio por la virginidad como estado de vida. Recién en el Nuevo Testamento encontramos el estado de virginidad por motivos religiosos:
Jesús mismo, que permaneció sin casarse, fue quien reveló el sentido y el carácter sobrenatural de la virginidad
«Hay hombres que se quedan sin casar por causa del Reino de los Cielos. El que puede aceptar esto, que lo acepte» (Mt. 19,12). La expresión «por causa del Reino de los Cielos» confiere a la virginidad su carácter religioso y es así un signo de la Nueva Creación que irrumpe ya en este mundo, es decir, es un signo anticipado del mundo que vendrá.
El Apóstol Pablo hace entender que en su tiempo ya había algunos creyentes que vivieron como vírgenes por un tiempo para dedicarse a la oración. (1Cor. 7, 5)
También dice el Apóstol que el cuerpo no está sólo destinado para la unión sexual, sino también para dar testimonio de Dios: «El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y así como Dios resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder... ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor. 6,13-15). Y en otra parte Pablo habla de la virginidad como un estado mejor que el matrimonio, porque este estado de vida expresa más claramente la entrega total al Señor:
«El hombre casado está dividido, y tiene que agradar a su mujer; pero los que permanecen vírgenes no tienen el corazón dividido, sino que están consagrados a Dios tanto en cuerpo como en espíritu: ellos viven sirviendo al Señor con toda dedicación». (1 Cor. 7, 32-35). Esto no es un mandato del Señor, dice Pablo (1 Cor. 7, 25), sino un llamado personal de Dios, un carisma o un don del Espíritu Santo (1 Cor. 7,7) y, como dice Jesús, esto no todos lo pueden entender.
La virginidad es un signo del mundo que vendrá.
Los que permanecen vírgenes en este mundo están despegando de este mundo (1 Cor. 7, 27) y esperan al Esposo y al Reino que ya vienen, según la parábola de las diez vírgenes (Mt. 25, 10). Su vida, su virginidad, es un «signo permanente» del mundo que vendrá, es signo visible del estado de resurrección, de la nueva creación, del mundo futuro donde no habrá matrimonio, y donde seremos semejantes a los ángeles y a los hijos de Dios (Lc. 20, 35-36).
El ejemplo de Jesús, María y de Pablo
1. Jesús mismo no se casó, no tuvo hijos, no hizo una fortuna.
El, que nada poseía, trajo al mundo tesoros que no destruyen ni el moho ni la polilla. El, que no tuvo mujer, ni hijos, era hermano de todos y entregó su vida por todos. Además, Jesús invitó a sus discípulos a seguirlo hasta lo último. Al joven rico, no le pidió solamente que cumpliera los mandamientos de la ley; le pidió un despojo total para seguirlo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y entonces tendrás riquezas en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt. 19, 21).
«Todos los que han dejado sus casas, o sus hermanos o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o bienes terrenos, por causa mía, recibirán la vida eterna» (Mt. 19, 29). «Si alguien quiere salvar su vida, la perderá; pero él que la pierda por mí, la salvará» (Lc. 9, 24; Lc. 14, 33).
2. María, la Madre de Jesús, es la única mujer del Nuevo Testamento a quien se aplica, casi como un título de honor, el nombre de «virgen» (Lc. 1, 27; Mt. 1, 23).
Por su deseo de guardar su virginidad (Lc. 1, 34), María asumía la suerte de las mujeres sin hijos, pero lo que en otro tiempo era humillación iba a convertirse para ella en una bendición (Lc. 1, 48). Desde antes de su concepción virginal, María tenía la intención de reservarse para Dios. En María apareció en plenitud la virginidad cristiana.
3. El Apóstol Pablo, un hombre apasionado por predicar el mensaje de la salvación, no quiso, como los predicadores de su tiempo, ir acompañado de una esposa (1 Cor. 9, 4-12).
Además Pablo invitó a otros a seguir este estado de vida y dice: «Yo personalmente quisiera que todos fueran como yo» (1 Cor. 7, 7). El Apóstol vio que su vida como célibe le daba mayor disponibilidad de tiempo y una mayor libertad para la predicación. Vio que el celibato le daba más tiempo para el servicio de Dios y de sus hermanos. (1 Cor. 7, 35).
Seguramente los apóstoles y muchos discípulos siguieron esta forma de vida; recordamos las palabras de Pedro: «Señor, nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido» (Mt. 19, 27).
¿Cuál es el motivo fundamental para optar por una vida sin casarse?
Después de todo, podemos decir que el celibato religioso brota de una experiencia muy especial de Dios. El no casarse en sentido evangélico es fruto de una profunda fe y de una experiencia de que Dios entra en la vida del hombre o de la mujer.
Es el Dios vivo, que deja huellas en una persona. Es el Dios, Padre de Jesucristo, que ha seducido a algunas personas de tal manera, que ellos dejan todo atrás y van como enamorados detrás de Jesús. El hombre célibe religioso es una persona «seducida por Dios»: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir» (Jer. 20, 7).
Desde el momento que llega Dios a la vida del religioso todo cambia. El hombre religioso deja todo atrás, aun el amor humano, porque simplemente ha llegado el Amor. Dios vuelve a ser el «único amor», es como si de improviso aparece el sol y se apagan las estrellas... Dice la Escritura: «Tú eres mi bien, la parte de mi herencia, mi copa. Me ha tocado en suerte la mejor parte, que Dios mismo me escogió» (Salmo 16, 5-6).
La religiosa y el religioso hacen aparecer a Dios como «amor». Con su oración y su silencio quieren llegar a la fuente de todo amor que Dios ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Quieren permanecer en celibato a fin de estar más disponibles para servir a sus hermanos y para entregarse totalmente al amor de Cristo. No hay nada más bello, nada más profundo, nada más perfecto que Cristo. He aquí el último núcleo de una vida célibe por el Reino de los Cielos.
La castidad consagrada no es una vida sin amor
El religioso es sobre todo un hombre de Dios, un hombre para Dios, un hombre que ve en todas las cosas la presencia amorosa de Dios. Es un «especialista de Dios». El religioso, con su voto de castidad, no opta por un camino de egoísmo, ni tampoco desprecia la sexualidad o el matrimonio.
No hace un voto de «desamor», sino un voto de radicalismo en el amor: en su experiencia de amor descubre por intuición una dimensión más abierta y reclama un amor absoluto en toda su vida.
El voto de castidad, ciertamente, es una renuncia a la expresión genital de la sexualidad, característica de la vida matrimonial; pero el voto de castidad no implica ninguna renuncia al amor. Es un voto que expresa una superabundancia de amor radical que trasciende la carne y la sangre. Para el religioso no es posible amar a Dios, sin amar a los hombres sus hermanos.
El religioso no renuncia a la personalidad masculina o femenina
Aunque las posibilidades sexuales no se ejercitan, sin embargo una religiosa enfermera o una religiosa maestra desempeña un trabajo «como mujer» con sus cualidades de ternura y bondad; y un religioso misionero actúa «como hombre» con su vigor, con su amor por la verdad y con sus cualidades de corazón.
Es un hecho significativo que Jesús fuera varón íntegramente y que como varón nos predicó la Buena Nueva. Fue muy significativo que María, como mujer, supiera acoger al Salvador y como madre presentara su Hijo al mundo entero. Dios mismo eligió a María como mujer y como Madre para ser puente entre el cielo y la tierra. Los religiosos no viven su virginidad sin su personalidad masculina o femenina.
Ellos tratan, con su consagración a Dios y con libertad de espíritu, de ser fecundos de una manera que a menudo no es posible para los demás. Muchas veces vemos cómo el niño huérfano, el drogadicto perdido, el enfermo aislado, la anciana abandonada encuentran en la religiosa a una verdadera madre. Muchas veces el joven angustiado, el hombre fracasado, un pueblo desorientado, encuentran en un religioso a un verdadero padre.
Una tradición cristiana desde el Nuevo Testamento
Desde el comienzo de la Iglesia apareció este carisma del celibato consagrado en la historia humana. Estos carismas del celibato religioso han sido expresiones de la libertad del Espíritu Santo que durante 2.000 años ha enriquecido la historia de la Iglesia. Por inspiración del Espíritu de Dios, los religiosos se sienten empujados a ser testigos del amor divino, y sólo el amor de Dios puede amar más libremente a todos los hombres, y especialmente a los más humildes.
El celibato religioso nunca ha manifestado un desprecio por el matrimonio. El celibato no es un valor mayor al del matrimonio, es simplemente una manera radical de vivir el amor cristiano; de otra forma la castidad consagrada pierde su significado.
Nos extraña muchísimo que el reformador Lutero y los protestantes del siglo XVI rechazaran el camino de la vida religiosa como un camino prácticamente imposible y dieran preferencia al matrimonio. Esta opción de los protestantes va claramente contra una corriente religiosa que brotó desde los tiempos de Jesucristo hasta ahora.
Por eso varios grupos protestantes vuelven últimamente a esta antigua tradición cristiana y auténticamente evangélica, y comenzaron en este siglo con grupos religiosos que viven el celibato como nosotros «por el Reino de los Cielos». (Pensemos en los monjes reformados de Taizé en Francia, los hermanos y hermanas franciscanos, anglicanos y protestantes en Alemania e Inglaterra).
Queridos hermanos, siempre hubo y habrá en la Iglesia de Cristo hombres y mujeres llamados por Dios para que, con su vida de castidad consagrada, sean testigos del amor de Dios. La vida religiosa es simplemente un carisma o una manifestación del Espíritu Santo que Dios regala a su Iglesia y al mundo.
Sin estos hombres religiosos, sin estos «especialistas de Dios», el mundo sería más pobre. Pero esto no todos lo pueden entender. Por algo dijo Jesús: «El que pueda entender que entienda» (Mt. 19, 12).
Espero que estos Temas leídos una y otra vez les fortalezcan en la verdadera Fe y les den argumentos para saber dar razón de su esperanza.
Cuestionario
¿Qué nos enseña la Biblia al respecto? ¿Cuál fue el ejemplo de Jesús? ¿Qué significa también la virginidad? ¿Cuál fue el camino seguido por Pablo y por María, la Madre de Jesús?
¿Cuál es el motivo fundamental para hacer esta opción? La castidad consagrada, ¿significa dejar de amar? ¿Cuál ha sido la tradición cristiana al respecto?
La Biblia frecuentemente habla de la paternidad espiritual y los católicos lo reconocemos y seguimos con la costumbre de llamar a los sacerdotes “padres”.
Poniendo el problema en contexto
Mientras Paul y Sandra y sus hijos estaban saliendo de la iglesia un domingo después de Misa, ellos se pararon para decir hola al sacerdote:
“Gracias por la homilía, Padre Ryan,” dijo Paul. “Fue muy convincente”.
“Gracias,” contestó el Padre con una sonrisa, “Estoy contento que la encontraste benéfica.”
“Cambiando de tema, Padre”, Sandra se aventuró a preguntar al padre, “nosotros quisiéramos saber si usted estaría libre para venir a nuestro hogar y reunirse con nosotros en la cena esta semana.”
El Padre sonrió, “Claro que sí. ¡Eso sería grandioso! Gracias.” Y establecieron un día antes de irse.
Nada acerca de este encuentro parecería raro para un católico, pero muchos protestantes se horrorizan con eso. Muchos claman que cuando los católicos se refieren al sacerdote como “padre”, muestran que la Iglesia está en contra de la Biblia, porque Jesús lo prohibió: “No llamen a ningún hombre su padre en la tierra, porque ustedes tienen un Padre, quien está en el cielo” (Mat. 23:9).
En sus ensayo 10 Razones por las que no soy Católico Romano, el escritor anti-católico y fundamentalista Donald Maconaghie cita este pasaje como soporte para su acusación de que “el papado es una farsa.”
Bill Jackson, otro fundamentalista que dirige una organización anticatólica de tiempo completo, dice en su libro, La Guía Cristiana Hacia el Catolicismo Romano, que un “estudio de Mateo 23:9 revela que Jesús estaba hablando acerca de ser llamado padre como un título de superioridad religiosa…[la cual es] la base de la jerarquía [Católica]” (p. 53).
¿Como debemos los católicos responder a estas acusaciones? Para entender el porque la acusación no es válida, uno primero debe comprender que el uso de la palabra “padre” en referencia a nuestros padres terrenales. No habría nadie que no permitiera a una niña la oportunidad de decirle a alguien que ella quiere a su padre. El sentido común nos dice que Jesús no estaba prohibiendo este tipo de uso de la palabra “padre”.
De hecho, para prohibirlo habría que quitarle a la palabra “Padre” su significado cuando se aplica a Dios, porque no habría mas la contraparte para la analogía de la divina Paternidad. El concepto de el rol de Dios como Padre no tendría significado si destruimos el concepto de la paternidad terrena.
Pero en la Biblia el concepto de paternidad no está restringido a solo nuestros padres terrenales y Dios. Es usada para referir a gente diferente de los padres biológicos o legales, y es usado como un signo de respeto con los cuales nosotros tenemos una relación especial.
Por ejemplo, José le dice a sus hermanos acerca de un especial relación fraternal que Dios le ha dado a el con el rey de Egipto: “Así que no eras tú quien me mandó aquí, sino Dios; y el me ha hecho a mi un padre para el Faraón, y señor de toda su casa y el que gobierna toda la tierra de Egipto” (Gén. 45:8).
Job indica que el tuvo un papel de paternidad con los menos afortunados: “Yo era un padre de los pobres, y busqué la causa de el a quien yo no conocía” (Job 29:16). Y Dios mismo declara que el dará un rol de paternidad a Eliakim, el guardián de la casa de David: “En aquel día yo llamé a mi sirviente Eliakim, el hijo de Hilkiah…y yo los vestiré a el con una túnica, y le ceñiré un cinturón en el, y le otrogaré…autoridad a su mano; y el deberá ser un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá” (Isaías 22:20)
Este tipo de paternidad no solamente aplica a aquellos quienes son sabios consejeros (como José) o benefactores (como Job) o ambos (como Eliakim), también aplica a aquellos quienes tienen un relación espiritual fraterna con uno. Por ejemplo, Elisha replica, “Mi padre, mi padre!” a Ellijah mientras la carta es llevada al cielo en un remolino (2 Reyes. 2:12). Después, Elisha mismo es llamado padre por el rey de Israel (2 Reyes. 6:21).
¿Un cambio con el Nuevo Testamento?
Algunos fundamentalistas debaten que este uso cambió con el Nuevo Testamento--que mientras que pudo haber sido permisible llamar a cierto hombres “padre” en el Antiguo Testamento, desde el tiempo de Cristo, no es ya permitido. Este argumento falla por varias razones.
Primero, como hemos visto, es imperativo “no llamar padre a un hombre” no aplica al padre biológico de uno. También no excluye llamar a los ancestros de uno “padre”, como se muestra en Hechos 7:2, donde Esteban se refiere a “nuestro padre Abram,” o en Romanos 9:10, donde Pablo habla de “nuestro padre Isaac.”
Segundo, hay numerosos ejemplos en el Nuevo Testamento de el término “padre” de ser usado como una forma de dirigirse y referirse, aún para hombres quienes no son padres biológicos relacionados con el locutor. Hay, de hecho, bastantes usos de “padre” en el Nuevo Testamento, que la interpretación fundamentalista de Mateo 23 (y la objeción a los católicos sobre llamar a los sacerdotes “padre”) debe estar equivocada, como lo veremos.
Tercero, un análisis cuidadoso de el contexto de Mateo 23 muestra que Jesús no intentó que sus palabras fueran entendidas literalmente. El pasaje completo versa así, “Pero no serán llamados ‘rabino,’ porque ustedes tienen un maestro, y ustedes son todos hermanos. Y no llamen a ningún hombre su padre en la tierra, porque ustedes tienen un Padre, quien esta en el cielo. Ninguno será llamado ‘maestro,’ porque ustedes tienen un maestro, el Cristo (Mat. 23:8).
El primer problema es que aún que Jesús parecía prohibir el uso del término “maestro”, Cristo mismo designó ciertos hombres para ser maestros en su Iglesia (“Vayan entonces y hagan discípulos de todas la naciones…)
Los fundamentalistas mismos se equivocan en este punto llamando a todo tipo de personas “Doctor,” por ejemplo en el caso de doctores, así como también profesores y científicos, quienes tienen grados de Ph.D. (ejemplo, doctorados). En lo que ellos se equivocan es que “doctor” es simplemente la palabra en latín para “maestro”.
¿Entonces qué es lo que quería decir Jesús?
Jesús criticado por los líderes judíos quienes amaban “el lugar de honor en los festejos y los mejores asientos en la sinagogas y los saludos en los mercados, y ser llamados ‘rabinos’ por los hombres (Mat. 23:6).
El estaba haciendo una hipérbole (exageración para ir al grano) para mostrar a los escribas y fariseos que pecadores y orgullosos eran por no parecer humildes a Dios como el origen de toda la autoridad y fraternidad y enseñanza, y que en vez se pusieren ellos mismos como la última autoridad, figuras paternales, y maestros.
Cristo usó hipérboles frecuentemente, por ejemplo cuando el declaró, “Si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo; es mejor que tu pierdas uno de tus miembros que entrar entero en el infierno” (Mat. 5:28, cf. 18:9, Marcos 9:47).
Cristo ciertamente no intentó que esto fuera aplicado literalmente, porque de otra manera todos los cristianos estaríamos privados de la vista! (cf. 1 Jn 1:8; 1 Tim 1:15). Nosotros todos estamos sujetos a los apetitos de la carne y a los apetitos de la vista y al orgullo en la vida” (1 Jn 2:16).
Usando palabras fuertes como frecuentemente hacía, Jesús condenó el mal uso de la autoridad mas que el uso de ciertos términos de posición. Haciendo referencia al término “padre”, Jesús está prohibiéndonos cualquier relación de fraternidad humana con la Fraternidad espiritual que solo Dios tiene.
Nosotros debemos no olvidar que somos sujetos de la autoridad de Dios-El es nuestro Maestro y Profesor y Padre. Este es el porque, cuando nos referimos a los sacerdotes como “padres” nosotros siempre debemos hacer esto reconociendo que Dios es nuestro verdadero Padre.
Los apóstoles nos muestran el camino
La practica ancestral cristiana de llamar a los sacerdotes “padres” va muy atrás hasta el tiempo de los apóstoles, y la teología atrás es evidente en la escritura. Mientras el juicio ante el Sanedrín—el consejo mayor de los judíos de los sacerdotes y los ancianos—el primer mártir cristiano, Esteban, se refiere a ellos como “hermanos y padres” (Hech. 7:24).
Este es un pasaje clave para considerar, mientras que las Escrituras nos dice que Esteban estuvo lleno del Espíritu Santo y que habló estas palabras bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Hech. 7:55). No hay manera que el Espíritu Santo podría haber inspirado a Esteban a referirse a los sacerdotes judíos como “padres” si Cristo había de hecho literalmente prohibido a los cristianos que llamaran a los hombres por ese título. Si así fuera, tendría que haber una contradicción directa entre la orden de Cristo y la actuación del Espíritu Santo.
El Nuevo Testamento esta lleno de ejemplos y de referencias hacia relaciones espirituales padre-hijo y padre-pequeño. Mucha gente no es consciente en que tan comunes estas son, así que vale la pena citar algunas aquí.
Pablo regularmente se refería a Timoteo como su hijo: “Entonces yo te mandé a ti a Timoteo, mi y amado y fiel hijo en el Señor, misericordia, y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Señor (1 Tim 1:2), “A Timoteo, mi hijo amado: Gracia, misericordia, y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Señor” (2 Tim. 1:2).
El también se refirió a Timoteo como su hijo: “Este encargo yo te encomiendo a ti, Timoteo, mi hijo, de acuerdo con las anunciaciones proféticas...” (1 Tim 1:18), “Tu entonces, mi hijo, se fuerte en la gracia de Jesús Cristo” (2 Tim 2:1), “Pero el mérito de Timoteo tu lo sabes, como un hijo con un padre el ha servido conmigo en el evangelio” (Fil. 2:22).
Pablo también se refirió a otros de sus convertidos de esta manera: “A Tito, mi hijo verdadero en una fe común: gracia y paz de Dios el Padre y Jesús Cristo nuestro Salvador” (Tito 1:4), “te ruego por mi hijo, Onésimo, a quién he engendrado en las prisiones” (Filemón 10).
Claramente, ninguno de estos hombres fueron literalmente, hijos biológicos. Por el contrario, Pablo esta enfatizando su paternidad espiritual con ellos.
Paternidad Espiritual
Quizás la referencia mas señalada en el Antiguo Testamento sobre la teología de la paternidad espiritual de los sacerdotes es la declaración de Pablo, “Y no escribo esto para hacerlos sentir avergonzados, sino para aconsejarlos como mis amados hijos. Aunque ustedes tienen incontables guías en Cristo, no tienen muchos padres, pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Cor. 4:14-15).
Pedro siguió la mismo costumbre, refiriéndose a Marco como su hijo: “Ella que está en Babilonia, quien es similarmente escogida, te manda saludos; y así también lo hace mi hijo Marco” (1 Pet. 5:13). Los apóstoles algunas veces se refirieron a las iglesias enteras bajo el cuidado de sus hijos. Pablo escribe, “Aquí por la tercera vez yo estoy listo para llegar a ti. Y yo no seré una carga, porque no busco lo que es tuyo sino a ti; porque los hijos no deben de acumular para sus padres, sino los padres para sus hijos” (2 Cor. 12:14); y, “Mi pequeño hijo, con el cual yo estoy otra vez esforzándome hasta que Cristo se forme en ustedes!” (Gal. 4:19).
Juan dijo, “Mis pequeños hijos, escribo esto a ustedes para que así ustedes no pequen; pero si alguno de ustedes peca, tenemos un defensor con el Padre, Jesús Cristo el justo” (1 Jn 2:1), “No puedo tener una mayor alegría que esta, oír a mis hijos seguir la verdad” (3 Jn 4). De hecho, Juan también se refería a hombres de las primeras comunidades como “padres” (1 Jn 2:13).
Al referirse a esta gente como a "hijos" espirituales, Pedro, Pablo y Juan implícitamente se refieren a ellos como a sus "padres" espirituales. Debido a que la Biblia frecuentemente habla de esta paternidad espiritual, los católicos lo reconocemos y seguimos con la costumbre de llamar a los sacerdotes “padres”. No reconocer esto es de hecho es no reconocer y honrar un gran regalo que Dios ha dado en la Iglesia: la paternidad espiritual del sacerdocio”
Los católicos tienen un afecto filial hacia los padres y los llaman “padre”, sabiendo que como miembros de sus parroquias ellos tienen el compromiso de su cuidado espiritual, y tienen una relación filial con ellos. Los sacerdotes por otro lado, siguen los ejemplos bíblicos de los apóstoles en lo referente a los miembros de su congregación como “mi hijo” o “mi pequeño” (cf. Gal. 4:19, 1 Tim. 1:18, 2 Tim. 2:1, Filemón 10, 1 Ped. 5:13, 1 Jn 2:1, 3 Jn 4).
La Biblia nos dice claramente que Dios es el único Padre y Maestro. Dios es el único Padre fuente y origen de todas las cosas.
Me doy cuenta de que los hermanos evangélicos tienen miedo de llamar «padre» a los sacerdotes. Y aunque saben muy bien que es costumbre de llamar al ministro de la Iglesia Católica como «padre», algunos me dicen «caballero» o «señor» y, en el mejor de los casos, me llaman «hermano».
También hay algunos que me dicen «señor sacerdote» (¡y me consta que después le dicen sin más a su gente que los sacerdotes mataron a Cristo, porque dicen que también así está en la Biblia!)
No importa cómo me llamen, o qué piensen de mí. Sé que Dios conoce los pensamientos más íntimos y es El quien me va a juzgar.
En esta carta quiero explicarles de donde viene este nombre de «padre» y luego en otra carta les hablaré de los sacerdotes, de los que ellos dicen que mataron al Señor.
El texto bíblico
Me gusta que me digan «hermano», pero no deben pensar que cometen algún pecado si me llaman «padre». Seguramente han escuchado aquel texto bíblico que dice: «No se dejen llamar Maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y todos ustedes son hermanos. Tampoco deben decirle «padre» a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre que está en el cielo» (Mt. 23, 8-9) y por eso piensan muchos que no deben decir ni por nada «padre» a un sacerdote.
Hermanos y amigos: leyendo bien toda la Biblia nos damos cuenta que las Sagradas Escrituras hacen siempre la distinción entre «Padre» como título de honor reservado al Dios Único, fuente y fin de todas las cosas, y padre con minúscula, es decir, el padre que da la vida humana o el «padre espiritual».
Lo mismo sucede con la palabra Maestro. El único Maestro -con mayúscula- es Dios, pero esto no quita que, aun entre nosotros, llamemos maestro -con minúscula- a cualquier profesor o maestro carpintero. Es decir, tenemos un Padre y un Maestro por excelencia que es Dios. Un Padre y Maestro -en letra grande- que es el Dios Único y nadie puede apropiarse de este título.
Ahora bien, entre nosotros puede haber muchos padres y maestros en cuanto que participamos de alguna manera de la paternidad y de la maestría de Dios.
¿Qué nos dice la Biblia acerca del nombre «Padre»?
La Biblia nos dice claramente que Dios es el único Padre y Maestro. Dios es el único Padre fuente y origen de todas las cosas. Dice el Apóstol: «Para nosotros no hay más que un solo Dios: el Padre. El Padre Dios hizo todas las cosas y nosotros existimos por El» (1 Cor. 8, 6).
Según este texto bíblico, está claro que no debemos dar este título divino a nadie más que a Dios. El es el Padre y Maestro por naturaleza. En El está el origen del bien, de la vida y de toda sabiduría.
Veamos el contexto de la frase de Jesús: En el Evangelio de San Mateo, cap. 23, en un largo discurso, Jesús acusa a los fariseos y a los maestros de la ley, porque a ellos les gustan mucho los títulos de honor.
Se consideran autorizados para interpretar la ley de Moisés como quieren (vers. 2), les gusta llevar en la frente y en el brazo partes de las Sagradas Escrituras (vers. 6), quieren que la gente los salude con todo respeto en las calles y que les llame maestros (vers. 7).
Es en este contexto que Jesús les dice: «Pero ustedes no deben hacer que la gente les llame maestros, porque todos ustedes son hermanos y tienen solamente un Maestro, que es Cristo. Y no llamen ustedes Padre a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre, el que está en el cielo» (vers. 8-9). «El que es el mayor de ustedes sea el que sirve a los demás (vers. 11). Porque el que se hace grande será humillado, pero el que se humilla será hecho grande» (vers. 12).
Queridos hermanos, está muy claro que Jesús no quiere que demos títulos de honor a ningún miembro de la comunidad.
Pero no debemos pensar que Jesús quiere terminar con toda autoridad entre nosotros, sino que pide que haya responsables en la comunidad de los creyentes que sirvan con mucha humildad al pueblo y que su autoridad no debe opacar la del único Padre Dios.
Lo que importa en realidad no es el título que se da a los responsables de la comunidad, sino el servicio humilde que prestan. Y para expresar este servicio de paternidad espiritual es que desde hace siglos el pueblo llama, por acomodación, «padres» a los sacerdotes.
Jesús llama a Dios «Mi Padre»
«Jesús en su condición de Verbo encarnado (como hombre) se define como: «el Hijo único del Padre, por naturaleza». «Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo sino el Padre y nadie conoce realmente al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo ha querido dar a conocer» (Mt. 11, 27).
Estos textos bíblicos nos hacen ver que hay una relación íntima y única entre el Padre y el Hijo. Jesús es el único que puede llamar Padre con propiedad a Dios. El es su Hijo por naturaleza.
Ahora bien, nosotros también llamamos a Dios «nuestro Padre», ya que por el poder del Espíritu Santo, somos hijos de Dios. Jesús es Hijo por naturaleza, nosotros somos sus hijos por adopción. Dios es el Padre Único, fuente y fin de todas las cosas, y nosotros no debemos dar a nadie este título divino.
Esto es lo que quería decir Jesús en su discurso contra los fariseos y los maestros de la ley (Mt. 23, 9) que se apropiaban títulos divinos. Pero Dios no quería decir ni que los hijos no llamen padre a su papá ni que en una comunidad cristiana los fieles no puedan llamar padre a su sacerdote.
El texto también dice: «No llamen Maestro a nadie, porque uno solo es vuestro Maestro». Cierto que Jesucristo es el único Maestro fuente de toda verdad y sabiduría (Jn 18, 37), pero Dios no se opone a que llamemos maestro -por participación- a un profesor o a un maestro carpintero. El argumento es idéntico.
Entendidas así las cosas, ni la palabra «padre» ni la palabra «maestro» son títulos exclusivos de Dios sino que, por acomodación, los aplicamos a las personas. Y así es que tanto la palabra «padre» como la palabra «maestro» forman parte del lenguaje común y corriente que empleamos a diario para conversar y para entendernos.
En consecuencia, un hijo puede llamar «padre» a su papá, o a su padre espiritual o al sacerdote y puede llamar «maestro» a su profesor y al maestro gásfiter. Y las mismas Sagradas Escrituras no tienen ningún problema en usar estos nombres. Jesús mismo dijo:
«Honra a tu padre y a tu madre» (Lc.18, 20). Y el apóstol Pablo lo repite varias veces: «Hijos, su deber como creyentes es obedecer a sus padres, porque esto es justo» (Ef. 6,1). Si el Apóstol los llama hijos en la fe significa que los hijos igualmente lo pueden llamar padre (Col. 3, 20 y Tim. 1, 2).
Según la interpretación de los evangélicos, que no trepidan en sacar textos bíblicos fuera de su verdadero contexto, tampoco podríamos llamar «maestro» a nadie, ya que en la misma cita bíblica (Mt. 23, 8-9) Jesús nos dice que «no se dejen llamar Maestro porque un solo Maestro tienen ustedes». Y sin embargo, todo el mundo llama maestro al gásfiter, al carpintero, al albañil, etc. Y a nadie se le ocurre decir que va contra el Evangelio.
La paternidad espiritual del apóstol
La Biblia habla también de una «paternidad espiritual». -El apóstol Pablo proclama al Patriarca Abraham como «padre» en la fe. «Abraham viene a ser padre de todos los que tienen fe» (Rom. 4, 11).
-El apóstol Juan da a los «ancianos» o responsables de la comunidad el nombre de «padres» (1 Juan 2, 13-14). -En sus cartas los apóstoles llaman a los creyentes con el nombre de «hijitos» (Gál. 4, 19 y I Juan 2, 1-12; y 18, 28). Si el apóstol les llama «hijos», es que ellos lo llamaban «padre».
-Timoteo, el colaborador del Apóstol Pablo, es llamado cuatro veces con el nombre de «hijo en la fe» (1 Tim. 2 y 18; y 2 Tim. 1, 2 y 2, 1): «Yo, Pablo, ya anciano y ahora preso... te pido un favor para Onésimo, quien ha llegado a ser un hijo mío espiritual» (Filemón 10).
-En otros textos el Apóstol Pablo también se presenta como un «padre». «Ustedes ya saben cómo Timoteo ha demostrado su virtud y cómo ha servido en la predicación del mensaje, como un hijo que ayuda a su padre» (Filip. 2, 22).
Queridos hermanos y amigos: éste es el sentido con que la Iglesia Católica usa el nombre de «padre» para indicar al pastor o ministro de la comunidad de los creyentes. No es ni de lejos con el intento de apropiarse de un título divino.
Ahora bien, para evitar confusiones y para no dar motivo a escándalos farisaicos, en algunos países la Iglesia Católica utiliza otras palabras para designar a sus sacerdotes. En Alemania, por ejemplo, se usa la palabra «pastor» (con acento en la a) para referirse al sacerdote católico, y «pastor» (con acento en la o) para referirse al ministro evangélico.
En Chile usamos generalmente el nombre de «pastor» para referirnos al Señor Obispo. En Francia se llama al sacerdote con el título de «l´Abbé».
En Cataluña, España, se le llama Mossén. Pero en América Latina está arraigada la costumbre de llamarlo «padre». Quienes tengan dificultad, que le llamen «hermano», que es también una hermosa palabra. Pero entendidas así las cosas, se puede usar la palabra «padre» y «maestro» sin que ello signifique un agravio ni ofensa a Dios. Se trata simplemente de una paternidad espiritual.
Lo que importa es ser un servidor de la comunidad
Lo que importa no es tanto la cuestión del nombre, lo que importa es que el sacerdote o ministro sea un servidor de la comunidad. Si no lo es, ahí sí que hay una contradicción, por más que use nombres muy «serviciales».
Y esta actitud se manifiesta cuando los fieles tratan al pastor o al sacerdote como a un semidiós.
No debemos caer en este defecto. Los ministros de la comunidad debemos ser servidores. La actitud orgullosa de los fariseos y maestros de la ley (Mt. 23) es una tentación de todas las religiones. Los fariseos no reconocieron la autoridad de Dios sino que simplemente se la apropiaron y «se sentaron en el trono de Moisés» (Mt. 23, 2).
Toda autoridad en la Iglesia debe fundamentarse en la fraternidad y en el servicio a Dios y a los hermanos. El que enseña y dirige la comunidad también es un hombre pecador y no debe sentirse como los grandes del mundo, sino que debe ser un amigo, un hermano, un padre y servidor en Cristo Jesús.
Así que referente al nombre de «hermano» o «padre» o «pastor», se lo digo una vez más: lo que importa es el espíritu con que se dice más que la letra. ¿No dijo, acaso, el apóstol: «La letra mata y es el espíritu el que da vida»? (2 Cor. 3, 6).
Dice el CATECISMO
¿Quién nos creó y colocó en este mundo? Dios nos creó y colocó en este mundo. ¿Para qué nos creó Dios?
Dios nos creó para que participáramos de la comunión de amor existente entre las tres Divinas Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
¿Quién es Jesucristo?
Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos ¿Dónde se hizo hombre Jesucristo? Jesucristo se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María. ¿Para qué se encarnó el Verbo?
El Verbo se encarnó para que conociéramos el amor de Dios, para ser nuestro modelo de santidad y para hacernos partícipes de la naturaleza divina.
¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad
¿Qué significa el misterio de la Santísima Trinidad?
Significa que en Dios hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Cuestionario
¿Qué dice Jesús en Mt. 23, 8-9? ¿Quién es el único Padre y Maestro en sentido propio? ¿Podemos atribuirnos atributos divinos?
¿Podemos, no obstante, utilizar la palabra «padre» o «maestro» en sentido figurado o acomodado? ¿Qué dice al respecto la Biblia sobre Jesús? ¿A quién era obediente?
¿Se utiliza en la Biblia la palabra padre aplicada a los papás? ¿Se reconoce en la Biblia una paternidad de los hijos en la fe? ¿Cuál fue la práctica de Pablo al respecto? ¿Podemos, en este sentido, decir «padre» al sacerdote
que nos engendra en la fe y «maestro» al profesor o carpintero? ¿Cuál es la actitud de fondo de todo servidor de la comunidad?
Debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado.
El otro día alguien me dijo que «los sacerdotes mataron a Jesús», y lo confirmó con un texto bíblico en la mano: Mt. 27,1
Leyendo esta cita fuera de contexto me imagino que efectivamente habrá gente sencilla que piensa que realmente fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica quienes mataron a Jesús.
¡Tal vez por eso algunos evangélicos miran tan mal a los sacerdotes porque están convencidos de que ellos mataron a Jesús!
Perdono a los que así piensan acerca de los ministros de la Iglesia Católica, pero no confío en su juicio en esta materia.
En esta carta quiero contestar a los que piensan así y aclararles lo que dice la Iglesia Católica de los sacerdotes. Les hablaré con amor pero con un amor que busca la verdad, pues solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).
El contexto bíblico
Debemos leer bien la Biblia y no quedar aferrados a un solo texto aislado. Con una sola cita bíblica fuera de contexto podemos condenar a medio mundo y al mismo tiempo faltar al mandamiento más importante de Dios: el amor. ¿Acaso no dijo el apóstol que la letra mata y el espíritu vivifica? (2 Cor. 3, 6).
¿Quiénes mataron a Cristo?
Debemos tener una gran confianza en la Iglesia de Cristo y en sus ministros, guiados por el Espíritu Santo. Jesús dijo a sus discípulos en la noche antes de morir: El Espíritu Santo, que el Padre va a enviar en mi nombre para que les ayude y consuele, les enseñará todo, y les recordará todo lo que Yo les dije (Jn. 14, 26 y Jn. 16, 13).
¿Qué decir de los que piensan que son los sacerdotes los que mataron a Jesús?
Dice Mateo: «Cuando amaneció todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Jesús.»
En el contexto bíblico nos damos cuenta de que el Evangelista Mateo se refiere aquí a «los sacerdotes judíos» de aquel tiempo, es decir, a los sacerdotes de la Antigua Alianza.
Es una monstruosidad decir ahora que fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica los que mataron a Jesús. Esta manera de leer la Biblia es una manipulación descarada de un texto bíblico y no reviste ninguna seriedad. Es simplemente una ignorancia atrevida y una forma muy sutil pero muy poco cristiana de sembrar dudas y meter miedo en el corazón de la gente sencilla.
Creo que bastan estas pocas palabras para contestar a los que piensan así. Aunque si bien lo meditamos, todos hemos puesto la mano en la crucifixión de Cristo ya que murió por nuestros pecados.
¿Quería sacerdotes Jesús?
Otros se ríen de los sacerdotes de la Iglesia Católica y dicen que «Jesús no quería sacerdotes».
Los católicos creemos:
1) Que Jesucristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote.
2) Que todo el pueblo cristiano, por voluntad de Dios, es un pueblo sacerdotal y
3) Que dentro de este pueblo sacerdotal algunos son llamados a participar del sacerdocio llamado ministerial o pastoral.
Yo no invento esto.
Es la comunidad de los creyentes, guiada por el Espíritu Santo y meditando largamente la Palabra de Dios, la que ha llegado a esta verdad acerca de Cristo, su Iglesia y sus ministros.
Guiados por este mismo Espíritu, leamos la Biblia: Los sacerdotes judíos de la Antigua Alianza Leyendo bien las Sagradas Escrituras, nos damos cuenta de que Jesús nunca se identificó con los sacerdotes de la Antigua Alianza.
En su tiempo había muchos sacerdotes judíos del rito antiguo. Todos ellos eran miembros de la tribu de Leví y estaban encargados de los sacrificios de animales en el templo. Estos sacrificios eran ofrecidos para la purificación de los pecados del pueblo judío (Mc. 1, 44; Lc. 1, 5-9). Hasta José y María, cumpliendo con este rito de purificación, ofrecieron una vez un par de palomas (Lc. 2, 24).
Pero este sacerdocio judío era incapaz de lograr la santificación definitiva del pueblo (Hebr. 5, 3; 7, 27; 10, 1-4). Era un sacerdocio imperfecto y siempre sellado con el pecado. Jesús, el Hijo de Dios, el hombre perfecto, nunca se atribuyó para sí este título de sacerdote judío.
¿Participamos del sacerdocio de Cristo?
¿Es verdad que la Iglesia primitiva proclamó después a Jesucristo como el único y verdadero Sumo Sacerdote? ¿Participamos nosotros del sacerdocio de Cristo?
Así es efectivamente. Aunque durante su vida Jesús nunca usó el título de sacerdote, la Iglesia primitiva proclamó que «Jesús es el Hijo de Dios y es nuestro gran Sumo Sacerdote» (Hebr. 4, 14).
Escribe el sagrado escritor de la carta a los Hebreos, como cuarenta años después de la muerte y Resurrección de Jesucristo: «Jesús se ofreció a lo largo de su vida al Padre y a los hombres, con una fidelidad hasta la muerte en la cruz, dio su vida como el gran sacrificio de una vez por todas, y su sacrificio ha sido absoluto.
El verdadero sacerdote para toda la humanidad es Jesús el Hijo de Dios y ahora no hay más sacrificio que el suyo, que empieza en la cruz y termina en la gloria del cielo.
Jesús es el único Sumo Sacerdote, el único Mediador delante del Padre y así El terminó definitivamente con el antiguo sacerdocio.
«Cristo ha entrado en el Lugar Santísimo, no ya para ofrecer la sangre de cabritos y becerros, sino su propia sangre; y así ha entrado una sola vez para siempre y nos ha conseguido la salvación eterna» (Hebr. 9, 12). Lea también: Hebr. 7, 22-28; 9, 11-12; 10, 12-14 ¿Somos un pueblo sacerdotal?
¿Es verdad que el apóstol Pedro dice que nosotros los creyentes somos un pueblo sacerdotal? Sí, Dios, en su gran amor hacia los hombres, quiso que todos los creyentes-bautizados participaran como miembros del Cuerpo de Cristo, del único sacerdocio de Cristo:
«Ustedes también, como piedras que tienen vida, dejen que Dios los use en la construcción de un templo espiritual, y en la formación de una comunidad sacerdotal santa, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por mediación de Cristo» (1 Pedr. 2, 5) «Ustedes son una raza escogida, una nación santa, un pueblo que pertenece a Dios» (1 Pedr. 2, 9).
Así, hermanos, por la fe y por el bautismo Dios nos integra en un pueblo sacerdotal. Y como pueblo de sacerdotes, tenemos la vocación de ofrecer nuestras personas, nuestras vidas «como hostia viva» (Rom. 12, 1). En todo lo que hacemos con amor, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestros trabajos, siempre ejercemos este sacerdocio.
¿Quería Jesús tener ministros para su pueblo?
Así es. No es la Iglesia la que inventó el ministerio apostólico sino el mismo Jesús. El llamó a los Doce apóstoles (Mc. 3, 13-15) y les encargó ser sus representantes autorizados: «Quien los recibe a ustedes, a mí me recibe.» (Lc. 10, 16).
La misión de los apóstoles fue encomendada con estas palabras: «Les aseguro: todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt. 18, 18). Este «atar» y «desatar» significa claramente la autoridad de gobernar una comunidad y aclarar problemas en el Pueblo de Dios.
En la última Cena, Jesús dio a sus apóstoles este mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22, 19). Es eso lo que celebra la Iglesia en la Eucaristía.
Y en una de sus apariciones, Jesús sopló sobre sus discípulos y dijo: «A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn. 20, 23).
Dirigir, enseñar y administrar los signos del Señor, he aquí el origen del ministerio apostólico. Poco a poco la comunidad cristiana va aplicando y evolucionando en este servicio apostólico según la situación de cada comunidad.
¿Qué representan los obispos y presbíteros en una comunidad?
En las cartas apostólicas del Nuevo Testamento, los ministros de la comunidad cristiana reciben el título de «obispos y presbíteros» (Hech. 11, 30; Tit. 1, 5 etc.).
La palabra obispo viene del griego y en castellano significa «el encargado de la Iglesia»; la palabra presbítero significa en castellano «el anciano».
Los obispos y los presbíteros son así los encargados de la comunidad de los creyentes. Ellos tienen la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios.
Estos nombres de «obispo y presbítero» van a evolucionar hacia la función del sacerdocio ministerial. Aunque los apóstoles todavía no hablaron de sacerdocio ministerial, ya estaba esta idea en germen en la Iglesia Primitiva. Es el Espíritu Santo el que hizo ver, poco a poco, que los obispos y presbíteros representaban al Señor, al Único Sumo sacerdote, por el ministerio que ejercían.
«No nos proclamamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor y a nosotros como servidores suyos, por amor a Jesús» (2 Cor. 4, 5-7).
El apóstol Pablo en su carta a los filipenses ya usa ciertos términos para expresar su sacerdocio apostólico: «Y aunque deba dar mi sangre y sacrificarme para celebrar mejor la fe de ustedes, me siento feliz y con todos ustedes me alegro» (Fil. 2, 17: «Bien sabe Dios a quién doy culto con toda mi alma proclamando la buena noticia de su Hijo» (Rom. 1, 9).
En estos textos hay indicaciones que la liturgia de la Palabra y la entrega de la vida del apóstol ya es una función sacerdotal: «En todo, los ministros del pueblo deben ser no como los grandes y los reyes, sino servidores como Jesús: como el que sirve» (Lc. 22, 27).
¿Cómo se transmite este sacerdocio?
Este ministerio apostólico se transmite con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14). Este gesto de imposición transmite un poder divino para una misión especial.
El apóstol Pablo recibió la imposición de manos de parte de los apóstoles (Hch. 13, 3). Pablo a su vez impuso las manos a Timoteo (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14) y Timoteo repitió este gesto sobre los que escogió para el ministerio (1 Tim 5, 22).
Así, la Iglesia Católica, desde los apóstoles hasta ahora, sigue sin interrupción imponiendo las manos y comunicando de uno a otro los dones del ministerio sacerdotal. Esta sucesión apostólica tan sólo se ha perpetuado en la Iglesia Católica durante 20 siglos hasta llegar a los ministros actuales.
Ninguna otra iglesia puede decir esto, solamente la Iglesia Católica.
De esta la forma los pastores de la Iglesia participan del único sacerdocio de Cristo.
Conclusión
Tal vez es un poco difícil todo lo que les he hablado. Pero debemos en la oración pedir que el Espíritu Santo nos ilumine. Además debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado. Para terminar quiero resumir las ideas más importantes de esta carta:
1) Jesús quería tener ministros (servidores) para su pueblo sacerdotal.
2) Los apóstoles transmitieron este ministerio apostólico siempre con la imposición de manos.
3) Aunque los sagrados escritores nunca usaron el nombre de «sacerdotes» para indicar a los ministros, ya está en germen en el N. T. hablar de un sacerdocio apostólico como un servicio al pueblo sacerdotal.
En este sentido es que la Iglesia Católica, ya desde el año cien hasta ahora, llama a los ministros de la comunidad (presbíteros y obispos) como sus pastores y sacerdotes.
Por supuesto que este sacerdocio pastoral participa del único sacerdocio de Cristo y no tiene nada que ver con los sacerdotes del Antiguo Testamento.
Nosotros, los sacerdotes de la nueva alianza, por una especial vocación divina somos los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1).
Cuestionario
¿Quiénes mataron a Jesús? ¿Se puede decir que todos hemos puesto las manos en la muerte de Jesús? ¿Se puede decir que los sacerdotes de la Iglesia católica mataron a Jesús? ¿A qué sacerdotes se refieren los Evangelistas?
¿Es lícito sacar de su contexto estas palabras y aplicarlas a los sacerdotes del Nuevo Testamento? ¿Somos el Pueblo de Dios un pueblo sacerdotal? ¿Quiso Jesús que en su Iglesia hubiera un sacerdocio ministerial? ¿Quiénes tienen esta función?
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Jesús murió crucificado, y su cruz, juntamente con su sufrimiento, su sangre y su muerte, fueron el instrumento de salvación para todos nosotros. La cruz no es una vergüenza, sino un símbolo de gloria.
Tengo la costumbre de andar con una pequeña cruz de madera en el pecho. Amo esta cruz porque Jesucristo salvó al mundo por este signo. Además, como hermano-religioso y ministro de la Iglesia Católica, quiero mostrar así mi entrega total a Jesús, mi Maestro.
Pero pasa, a veces, que cuando me ven los hermanos evangélicos con esta cruz en el pecho, comienzan a criticarme y me echan en cara que así estoy crucificando a Cristo; otros me dicen que soy idólatra, y que soy un condenado con el patíbulo pegado en el pecho; y por último no faltan los que hasta me quieren prohibir hacer la señal de la cruz o persignarme.
No entiendo por qué algunos se ponen tan fanáticos, o por qué se escandalizan frente a una cruz colgada en el pecho…
Bueno, no importa lo que piensan ellos de mí, pero sigo llevando esta cruz en el pecho porque es para mí un símbolo de la fe que llevo en mi corazón, esta fe en Cristo crucificado y resucitado.
A los que piensan que soy idólatra les recomiendo que lean atentamente la carta que escribí acerca de los verdaderos ídolos de este mundo moderno.
Ahora, queridos hermanos, les voy a hablar sobre la grandeza de la cruz de Cristo, y cómo el Señor invitó a sus verdaderos discípulos a cargar su cruz y seguir sus pasos.
Ojalá que tengan la paciencia de consultar todos los pasajes bíblicos que les voy a citar. Creo sinceramente que nuestros hermanos evangélicos, al no leer toda la Biblia, sólo por ignorancia llegan a prohibir estas cosas.
La cruz de Jesucristo
Jesús murió crucificado, y su cruz, juntamente con su sufrimiento, su sangre y su muerte, fueron el instrumento de salvación para todos nosotros. La cruz no es una vergüenza, sino un símbolo de gloria, primero para Cristo, y luego para los cristianos.
El escándalo de la Cruz
«Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1Cor. 1, 23). Con estas palabras, el apóstol Pablo expresa el rechazo espontáneo de todo hombre frente a la cruz.
En verdad uno se pregunta: «¿Cómo podía venir la salvación al mundo por una crucifixión? ¿Cómo puede salvarnos aquel suplicio reservado a los esclavos? ¿Cómo podría venir la redención por un cadáver, por un condenado colgado en el patíbulo, por una muerte tan cruel como la de un malhechor?… ( Deut. 21, 22; Gal. 3,1).
Cuando Jesús anunciaba su muerte trágica en la cruz a sus discípulos, ellos se horrorizaban y se escandalizaban. No podían tolerar el anuncio de su sufrimiento y de su muerte en la cruz (Mt. 16, 21; Mt. 17, 22).
Así, la víspera de su pasión, Jesús les dijo que todos se escandalizarían a causa de El. (Mt. 26, 31). Y en verdad, a raíz de una condena injusta, Jesús fue crucificado y murió en forma escandalosa.
El misterio de la Cruz
Jesús nunca dulcificó el escándalo de la cruz, pero sí nos mostró que su crucifixión ocultaba un profundo misterio de vida nueva. El camino de la salvación pasó por la obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre: «Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil. 2, 8).
Pero esta muerte fue «una muerte al pecado». A través de la debilidad de Jesús crucificado se manifestó la fuerza de Dios (1Cor. 1, 25). Si Jesús fue colgado del árbol como un maldito, era para rescatarnos de la maldición del pecado (Gál. 3, 13). Su cadáver expuesto sobre la cruz permitió a Dios «condenar la ley del pecado en la carne» (Rom. 8, 3).
Además, «por la sangre de la cruz» Dios ha reconciliado a todos los hombres (Col. 1, 20), y ha suprimido las antiguas divisiones ente los pueblos causadas por el pecado (Ef. 2, 14-18). En efecto Cristo murió «por todos» (1Tes. 5, 10) cuando nosotros aún éramos pecadores (Rom. 5, 6), dándonos así la prueba suprema de amor. (Jn. 15, 13 y 1Jn. 4, 10). Muriendo «por nuestros pecados» (1 Cor. 15,3 y 1 Ped. 3,18), nos reconcilió con Dios por su muerte (Rom. 5, 10), de modo que podemos ya recibir la herencia prometida (Heb. 9, 15).
La cruz, elevación a la gloria
La cruz se ha convertido en un verdadero triunfo por la Resurrección de Cristo. Solamente después de Pentecostés, los discípulos, iluminados por el Espíritu Santo, quedaron maravillados por la gloria de Cristo resucitado y luego ellos proclamaron por todo el mundo el triunfo y gloria de la cruz.
La cruz de Cristo, su muerte y resurrección han destruido para siempre el pecado y la muerte. El apóstol Pablo nos canta en un himno triunfal:
«La muerte ha sido destruida en esta victoria. Muerte ¿dónde está ahora tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado. Pero, gracias sean dadas a Dios, que nos da la Victoria por Cristo Jesús Nuestro Señor» (1 Cor. 15, 55-57)
Escribe también el apóstol San Juan:
«Así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto (signo de salvación en el Antiguo Testamento), así también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo aquel que crea, tenga por El vida eterna» (Jn. 3, 14-32).
Y dijo Jesús: «Cuando Yo haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn. 12, 32). La suerte de Cristo crucificado y resucitado será, entonces, la suerte de los verdaderos discípulos del Maestro.
La cruz de Cristo y nosotros
En aquel tiempo Jesús dijo: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt. 16, 24). Eso quiere decir que el verdadero discípulo no sólo debe morir a sí mismo, sino que la cruz que lleva es signo de que muere al mundo y a todas sus vanidades (Mt. 10, 33-39).
Además el discípulo debe aceptar la condición de perseguido, perdonando, incluso, al que quizá le quite la vida (Mt. 23, 34). Así para el cristiano llevar su cruz y seguir a Jesús es signo de su gloria anticipada: «El que quiere servirme, que me siga, y donde Yo esté, allá estará el que me sirve. Si alguien me sirve, mi Padre le dará honor» (Jn. 12,26).
El cristiano lleva una vida de crucificado
La cruz de Cristo, según el apóstol Pablo, viene a ser el corazón del cristiano. Por su fe en el Crucificado, el cristiano ha sido crucificado con Cristo en el bautismo, y además ha muerto a la ley del Antiguo Testamento para vivir para Dios.
«Por mi parte, siguiendo la ley, llegué a ser muerto para la ley a fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2,19-20).
Así el cristiano pone su confianza en la sola fuerza de Cristo, pues de lo contrario se mostraría «enemigo de la cruz». «Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo» (Fil. 3, 18).
La Cruz, título de gloria del cristiano
En la vida cotidiana del cristiano, «el hombre viejo es crucificado» (Rom. 6, 6) hasta tal punto, que quede plenamente liberado del pecado. El cristiano diariamente asumirá la sabiduría de la cruz, se convertirá, a ejemplo de Jesús, en humilde y «obediente hasta la muerte y muerte de cruz».
No debemos temer llevar una cruz en el pecho ni menos colocar un crucifijo en la cabecera de nuestra pieza. Sí debemos temer «la apostasía» o la traición a la verdadera religión que sería lo mismo que crucificar de nuevo al Hijo de Dios (Heb. 6, 6).
El verdadero cristiano con la cruz en la mano debe exclamar: «En cuanto a mí, quiera Dios que me gloríe sólo en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál. 6, 14).
Consideraciones finales
En la cruz de Cristo encontramos como un compendio de la verdadera fe cristiana y por eso el pueblo cristiano con profunda fe ha encontrado miles y miles de formas para expresar su amor a Cristo crucificado. Espontáneamente la religión del pueblo ha reproducido por doquier, en pinturas y esculturas, cruces de distintas formas.
El creyente ha colocado cruces sobre los cerros, en el techo de sus casas, etc. el cristiano se persigna para proclamar su fe en la gloria de Cristo; el discípulo fiel se coloca la cruz en el pecho para anunciar la fe que lleva en el corazón…
Estas expresiones populares no son de ninguna manera idolatría como pretenden algunos hermanos evangélicos. Es realmente una auténtica expresión de fe y de amor a Cristo que murió por nosotros.
¡Qué hermoso cuando uno entra en una familia cristiana y ve cómo la cruz de Cristo tiene un lugar privilegiado en el hogar! ¡Qué profunda fe se expresa cuando un cristiano hace, con sentimientos de reverencia, la señal de la cruz! Es muy fácil y barato burlarse de estas expresiones populares de fe. Pero tales ironías son faltas graves al respeto y al amor al prójimo, tales burlas son simplemente signos de una atrevida ignorancia.
Y ¿qué decir de la cruz en el pecho? Si alguien -sacerdote, religiosa o laico- lleva una cruz en el pecho con fe y amor, con sentimientos de reverencia, nadie tiene el derecho de reírse de esta persona. ¿Quién eres tú para juzgar y criticar los auténticos sentimientos religiosos del pueblo? Sólo Dios sabe escudriñar lo más íntimo de nuestros corazones.
Por último, una palabra acerca del crucifijo. Cuando sobre la cruz se coloca la imagen de Cristo, llamamos al conjunto «crucifijo». No se adora el madero, sino que el cristiano ve a Cristo muerto en ella. Tener un crucifijo no es ninguna idolatría. Es un signo de amor a Cristo. Nunca la Iglesia ha enseñado a adorar cruces, sino a adorar a Cristo que en ella murió. Sí, la Iglesia nos invita a venerar estos signos de fe.
También nos enseña la Iglesia que nadie debe llevar una cruz en el pecho si no tiene al menos la intención sincera de seguir las huellas de Jesucristo. Menos debemos llevar una cruz como un simple amuleto o como un adorno para lucirse.
El amor al Señor que murió en la cruz hace que frecuentemente se hayan hecho crucifijos de materiales preciosos, pero en nuestros días la Iglesia vuelve a preferir un crucifijo simple y rústico, más realista y expresivo.
Queridos hermanos, éstas son las razones por las que nosotros los católicos veneramos y honramos la santa Cruz con sumo respeto. Y cuando nosotros llevamos una cruz en el pecho, siempre debemos acordarnos de las palabras del apóstol San Juan:
«En cuanto a mí, no quiere Dios que me gloríe sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo». (Gál. 6, 14). «Que nadie, pues, me venga a molestar. Yo, por mi parte, llevo en mi cuerpo las señales de Jesús» (Gál. 6, 17).
Cuestionario
¿Es la cruz para el cristiano signo de vergüenza o de gloria? ¿Qué simbolizaba la serpiente de bronce del desierto? ¿Cuándo se cumplió aquella profecía? ¿Podemos llevar la cruz en el pecho? ¿Podemos colocar la cruz en un cerro o en un templo? ¿Qué estamos manifestando con esto? ¿Podemos, entonces, llevar la cruz colgada al cuello? ¿Podemos hacer la señal de la cruz?
Autor: Pbro. Dr. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com
Para quienes se horrorizan de la mortificación cristiana.
Cada año con la llegada de la Cuaresma -tiempo que los católicos dedicamos a intensificar la oración y la penitencia- se reavivan las críticas, burlas o incomprensiones, hacia las prácticas cristianas de mortificación, llegando en ocasiones al escándalo: no faltan quienes se sorprenden indignados de que todavía en el mundo secularizado y moderno haya quienes se mortifican.
Problemas de entendimiento
No deja de resultar curioso el rechazo que siente la cultura postmoderna por la mortificación ajena. En el fondo, parecería encerrar una buena dosis de hipocresía.
Si se lo mira, desde un punto de vista meramente terrenal, se trata de algo libre que además beneficia a quien lo practica. En efecto:
supone el ejercicio de la libertad personal: nadie es obligado a hacerlo, sino que se hace de buena gana,
se realiza por motivos espirituales: de elevación y mejora personal,
no perjudica a nadie: por el contrario, muchas mortificaciones favorecen a los demás (uno se niega a sí mismo en beneficio del prójimo),
no daña la propia salud: es más, muchas mortificaciones contribuyen a su mejora,
se practica privadamente: no tiene por qué molestar, ya nadie hace gala de sus mortificaciones, ni las muestra, ni las hace en público, sino que intenta ser lo más discreto posible por una cuestión de humildad, siguiendo la enseñanza del Maestro: “cuando ayunéis, no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostro para que la gente vea como ayunan.
En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6,16-18).
Así mirado, en realidad debería mover a la admiración y alabanza ajena.
Por el contrario, es llamativo que en una cultura que se dice tolerante con todas la opciones personales, la mortificación produzca semejante rechazo: debería entrar entre lo buenamente tolerado.
Este escándalo es por lo menos contradictorio. Se da en un mundo que “bendice” -por ejemplo- la eutanasia, lo que podría considerarse la peor de las mortificaciones (obviamente no lo es, ya que no es un acto de generosidad, en el que uno se ofrece por los demás).
Y paradójicamente se da que quien no ve con malos ojos que quien está harto de vivir (o sufre) se mate a sí mismo y que la sociedad lo ayude a hacerlo, se horroriza porque una persona decide sufrir un poco por motivos altruistas.
El sacrificio es parte de la vida de cualquier persona. Cambian las motivaciones y las prácticas concretas. De hecho, la cultura que rinde culto al cuerpo tiene también su “mortificación” secularizada:
piercing: agujerearse el cuerpo y llevar colgando todo tipo de metales en las partes más variadas del cuerpo: lengua, ceja, cintura, pechos, etc.
tatuajes: marcarse el cuerpo como antiguamente se hacía a los esclavos con inscripciones que duran para toda la vida
cinturones gástricos que impiden comer más de al cuenta
costosas cirugías estéticas para mejorar el perfil de la cara
la competición deportiva exige a los atletas sacrificios dietéticos y de entrenamientos muy duros.
dietas extenuantes para lucir el cuerpo exageradamente flaco que exigen a las mujeres los cánones estéticos actuales; y que no pocas veces conducen a enfermedades psiquiátricas como la anorexia o la bulimia
horas agotadoras de gimnasio para conseguir una musculatura “dibujada” y una pancita plana.
exposición solar por horas sufriendo un calor a veces insoportable para lucir un bronceado que teóricamente mejore la propia imagen (esto sólo lo hacen los blancos, paradójicamente las personas de otras razas intentan blanquear el color de su piel)
encierro por horas en boliches sin luz, sin aire, llenos de humo, con música ensordecedora, en horarios que exigen horas de paciente espera…
¿No será que lo no se entiende y hasta escandaliza no sea la mortificación en sí misma, sino el motivo por el que se realiza?
En efecto, lo que no se entiende de la mortificación cristiana es el por qué: no se hace para ganar dinero, ni para adquirir fama, ni gloria, ni poder, ni para triunfar profesional o deportivamente, ni para tener un cuerpo más atractivo, ni por motivos egoístas. Todo sacrificio hecho por motivos terrenales es elogiado. Pero, si la motivación dice ser espiritual, la cosa cambia. Desconcierta… y hasta indigna.
Y a ese mismo mundo de las dietas estrictas le parece un horror el ayuno: que una persona deje voluntariamente de comer por amor a Dios le suena como un acto oscurantista, retrógrado, masoquista y superado… Y le molesta que haya gente que lo practique. De la práctica de la mortificación corporal ni hablemos.
Y los que se escandalizan por el celibato (que haya quienes no se casen por el Reino de los Cielos les parece una afrenta a la humanidad), son los mismos que no quieren casarse para no atarse a nadie (¿para qué casarse, se preguntan, si se puede gozar de una mujer/hombre sin compromisos y sin hijos, y cambiarlo/a cuando se quiera, sin más trámite?)
La sorpresa de algunos de nuestros contemporáneos ante la mortificación resulta más curiosa todavía si se tiene en cuenta que no es algo nuevo: los cristianos se han mortificado ininterrumpidamente durante los 2000 años del cristianismo.
No se trata de un invento reciente de algunos cristianos, sino de una práctica dos veces milenaria de todos ellos. Sin ir más lejos, la Cuaresma (ese tiempo de preparación para la Pascua que se caracteriza por la práctica de la mortificación más intensa) procede de los primerísimos siglos: consta que ya en el siglo II los cristianos ayunaban como preparación a la fiesta de la Resurrección.
Esta incapacidad para entender la mortificación es una limitación cultural. Ya pasará, es consecuencia de las modas imperantes.
La cultura hedonista es un fracaso antropológico, que hace mucho daño al hombre. Basta ver sus frutos: depresión, soledad, odio a los bebés, disminución de matrimonios, plaga de divorcios, abortos, promiscuidad, exaltación de la pornografía y de la prostitución, sida, masacres de embriones, experimentación con seres humanos, intentos de “producción” de seres humanos para la provisión de órganos a personas enfermas…
El hedonismo hace mucho daño al hombre. Ya pasará, como todas las modas. Es una lástima la gran cantidad de gente que destruye su vida (¡la única que tiene!) encandilados por la cultura de la muerte, con un proyecto vida tan dañino para ellos mismos. Es cuestión de paciencia porque sabemos que después de una generación viene otra… y las modas pasan.
Los cristianos entendemos que quienes tienen una planteo materialista de la vida no puedan entender la mortificación y muchas otras cosas. El mismo Jesús, cuando reprendió a Pedro por intentar convencerlo de que eso de la cruz era una locura, le dijo “tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres” (Mt 16,23). Por ese camino no se entiende.
Y San Pablo señala: “el hombre animal no puede entender las cosas que son del espíritu de Dios, son necedad para él” (1 Cor 3, 14). Sucede que quien está saturado de materialismo, piensa y juzga todas las cosas según esas solas coordenadas: según el antiguo adagio, ya citado por el mismo San Pablo: “comamos y bebamos que mañana moriremos” (1 Cor 15,32).
¿Por qué los cristianos se mortifican?
La mortificación pertenece a la esencia misma del cristianismo: no hay cristianismo sin cruz. Así consta en la Sagrada Escritura y así lo vivieron los cristianos desde el comienzo.
Es más, fue también así en el Antiguo Testamento. En efecto Dios envía a los profetas a predicar la penitencia. Baste pensar en Jonás y su predicación en Nínive: “dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3,4). Y como la penitencia de sus habitantes movió la misericordia divina (Jonás 3,10).
Y los tiempos mesiánicos, se abren con San Juan Bautista, que “curiosamente” vive en el desierto, se alimenta de manera rudimentaria, viste penitentemente, etc. (Mt 3,4). Y no es casualidad, es parte del plan divino. Su predicación precisamente es “haced penitencia, pues el reino de los cielos está al llegar” (Mt 3,3).
Y el mismo Mesías comienza su vida pública, con cuarenta días de ayuno en el desierto (Mt 4,2). Invita a llevar la cruz. Anuncia la persecución a sus discípulos (Lc 21,12). Duerme a la intemperie en sus viajes (no tiene donde reclinar su cabeza: Mt 8,20). Afirma que nadie tiene amor más grande que dar la vida por sus amigos (Jn 15,13).
El mismo se entrega a la muerte para salvarnos: téngase en cuenta que todos los sufrimientos soportados por Cristo en la Pasión deben considerarse voluntarios, no sólo como el ofrecimiento de algo sucedido contra la propia voluntad y que no puede evitarse: “por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”. Como explica a sus discípulos que era necesario que así sucediese (Lc 24,25-26): no había otro camino.
Es tan necesario que resulta incluso una condición básica para poder ser cristiano. El mismo Jesús lo subraya cuando invita a seguirlo: “Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Y los discípulos, a quienes les costó mucho aceptarlo al principio, acabaron entendiendo: poco después de Pentecostés cuando son azotados por el Sanedrín, salen felices de haber sido considerado dignos de sufrir por Cristo (Hechos 5,41) y sus cartas están llenas de referencias optimistas y hasta gozosas a la cruz.
Un ejemplo entre muchos, en San Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).
Por eso los cristianos desde muy temprano adoptaron la cruz -el instrumento donde su Dios fue torturado y asesinado- como el signo cristiano por excelencia. Y no por masoquismo, sino por piedad: es la máxima manifestación del amor de Dios.
Y, aunque nadie busca serlo, los mártires son los héroes cristianos: se considera el martirio una gracia.
Y nos preparamos para la fiesta más grande (la Resurrección de Cristo) con un largo tiempo de penitencia: cuarenta días de Cuaresma, que conmemoran los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto (en los que –además de la oración, sacrificio y caridad personales- se nos manda hacer dos días de ayuno). Y todos los viernes del año son días penitenciales, en los que a través de la abstinencia nos unimos a la Pasión Redentora[1].
Y Dios perdona nuestros pecados en el sacramento de la penitencia, donde la misericordia divina nos “aplica” los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo. Y la purificación de las “secuelas” del pecado se realiza uniéndose personalmente a la cruz de Jesús a través de la penitencia en sus dos dimensiones: la principal -interior, el cambio de corazón- y su manifestación externa -la mortificación- (Catecismo de la Iglesia n. 1431).
En la doctrina cristiana la salvación eterna pasa por la cruz. Ahí nos redimió el Salvador, y por allí debemos pasar también los discípulos. Santa Rosa de Lima lo decía de un modo gráfico: “fuera de la cruz no hay otra escalera por la que subir al cielo”.
La mortificación tiene dos “versiones”. La “pasiva” consiste en la aceptación generosa y alegre de las penas, dolores y sufrimientos que nos vienen sin buscarlas. La “activa” son las que nos buscamos por propia iniciativa (sobre formas de penitencia, cfr. Catecismo de la Iglesia, nn. 1434-1439).
Una aclaración. Los cristianos no estamos locos. Nadie piense que sentimos placer en el dolor -nos duele como a cualquiera, aunque obviamente con el tiempo uno se acostumbra-. Tampoco pensamos que es un “precio” que hemos de pagar por nuestra salvación.
Nos mueve el amor. Siendo el primer mandamiento el amor a Dios (Mt 22,37-40) -y a fin de cuentas el único, ya que todos los demás se dirigen a eso- no podía ser de otra manera: nos mortificamos por amor: como expresión de amor y para hacernos capaces de amar mejor.
Y, aunque es muy necesaria, la mortificación está muy lejos de ser la principal práctica cristiana. Tiene una función de purificación interior, y, por lo mismo no es un fin en sí misma: nos purificamos para ser más gratos a Dios y disponernos a ser más dóciles a la acción del Espíritu Santo.
La mortificación sólo tiene sentido y valor en un contexto de amor a Dios. Quien se mortificara por otros motivos -por soberbia o vanidad, para sentirse puro, superior, o lo que sea- perdería todo el mérito de su acción, que quedaría vaciada de contenido.
Y la verdad es que tampoco es para tanto… No somos mártires, ni nos sentimos héroes, ni víctimas. Nos parece que es lo menos que podemos hacer por quien ha sufrido tanto por nosotros.
Los beneficios de la mortificación
Los principales beneficios de la mortificación son espirituales.
¡Hace tanto bien al alma! Purifica de los propios pecados y de sus consecuencias, “espiritualiza” aumentando la sensibilidad para la oración, da dominio sobre uno mismo, aleja las tentaciones, libera de caprichos, inmuniza contra el consumismo y la frivolidad, es escuela de generosidad. Lleva a superar defectos y a crecer en virtudes.
Y como la mejor mortificación es la que nos ayuda a mejorar nuestro carácter y a darnos a los demás, tiene muchas consecuencias en el plano humano. Nos ayuda a trabajar mejor (la puntualidad y el orden, por ejemplo, son excelentes mortificaciones).
A vivir mejor la caridad y la convivencia (soportar pacientemente las bromas inoportunas, escuchar a personas pesadas, etc. son otros tantos ejemplos de mortificación). Incluso ayuda a disfrutar más las cosas buenas de la vida (la falta de negación de uno mismo lleva a que las cosas “empalaguen”), de la misma manera que cuando éramos chicos, los caramelos que nos gustaban, los disfrutábamos más cuanto menos los comíamos.
La mortificación no nos amarga la vida, ni nos empequeñece el ánimo, sino que acaba siendo fuente de alegría.
Así lo vivieron los santos y millones de cristianos “comunes” que ven en la cruz una bendición de Dios.
Para comprender el sentido de la mortificación del cristiano es muy recomendable, por ejemplo, leer los textos de la Liturgia de Cuaresma: las oraciones y lecturas de las Misas de cada uno de esos cuarenta días. Se puede encontrar allí un tesoro de doctrina.
Y si tenemos en cuenta que Dios sólo nos pide lo que necesitamos, descubriremos que paradójicamente la mortificación es clave para la consecución de la felicidad
15.3.06
[1] En la Argentina, la Conferencia Episcopal autoriza a reemplazar la abstinencia de carne por la abstinencia de bebidas alcohólicas, o por una obra de caridad o por una práctica de piedad.