24. El silencio de Dios (II)

Autor:  frmaria.org

En el capítulo anterior, también dedicado al “silencio de Dios”, es decir, a la aparente indiferencia de Dios ante el sufrimiento humano, veíamos que el gran argumento de nuestra fe en el amor de Dios al hombre lo encontramos en Cristo, en su nacimiento, muerte y resurrección.

Esa es la prueba máxima del amor de Dios, que no anula el misterio ni contesta a todos los por qués.

Es la prueba máxima, pero no la única, como veremos a continuación.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para la salvación del mundo”.

Esta es la firme convicción de un testigo directo de lo que ocurrió, de un compañero de Jesús, el apóstol san Juan (Jn 3, 16-17).

Esta es también la convicción de todos los cristianos, la certeza que nos hace mantener la fe en el amor de Dios aun en medio de los problemas y sufrimientos, de eso que se ha venido a llamar “el silencio de Dios”.

Pero, ¿es tan profundo el silencio de Dios? ¿Sólo el grito de abandono de Cristo en la cruz lo rompe?.

O, dicho de otro modo, ¿no hay más motivos para creer en el amor de Dios que contemplar al Hijo de Dios colgando de un madero?.

Empecemos a dar respuesta a esta pregunta por lo más próximo, por lo que nos ocurre a nosotros mismos.

Con mucha frecuencia -prácticamente siempre- la crítica a Dios por su pretendido silencio tiene lugar ante el sufrimiento propio o ajeno y, en este último caso, puede suceder que el que sufre sea alguien muy querido por nosotros o bien alguien a quien no conocemos pero cuyo sufrimiento nos impresiona por su dramatismo y extensión (el caso de una catástrofe natural o de una guerra o de un niño…).

En cualquiera de estos casos que provocan nuestras dudas de fe, suele suceder que nos olvidemos de una parte de la realidad: la existencia del bien, de lo bueno, en la propia vida o en la vida de esos a los que ahora compadecemos y cuya desgracia nos impacta.

Si creo tener motivos para protestar ante Dios por la existencia de una grave enfermedad, por ejemplo, debería tener también motivos, en la más elemental justicia, para darle gracias por el tiempo que no he tenido esa enfermedad o por el resto de enfermedades que no tengo.

Si acuso a Dios de indiferencia ante mi dolor por haber permitido la muerte de un ser querido, debería tener en cuenta que la vida de ese ser querido me fue dada por Él y que, por lo tanto, debo agradecerle el haber podido disfrutar de su compañía el tiempo que la tuve.

Si me quejo de no tener algo -dinero, por ejemplo- cometo una injusticia si, a la vez, no doy gracias por lo que sí tengo -salud, familia…-.

Si lamento la existencia del mal en el mundo y hago responsable a Dios por ello, debería hacerle también responsable del bien; si le reprocho que se haya producido un terremoto, debería agradecerle que en la práctica totalidad del mundo, todos los días la gente se despierte sin que un terremoto les saque, aterrados, de la cama.

En definitiva, es absurdo e injusto revolverse contra Dios por lo que va mal, haciéndole responsable de ello, sin darle gracias por lo que va bien.

Si es responsable de lo primero, también debe serlo de lo segundo.

En cambio, la inmensa mayoría, prácticamente siempre, disfruta de lo que va bien sin acordarse de Dios -en el cual está el origen de esos dones-, pero sí se acuerda de Dios para quejarse cuando algo va mal y para insultarle acusándole de desinterés y hasta de crueldad.

¿Qué haríamos si alguien se comportara así con nosotros?.

Naturalmente que esta reflexión no soluciona la cuestión. El misterio sigue estando y la pregunta continúa abierta.

¿Por qué un Dios que es todopoderoso y es amor permite ciertas cosas?.

Pero, si reflexionamos sobre lo anterior, tendremos que convenir en que ese Dios cuyo comportamiento a veces no entendemos es autor también de infinidad de cosas buenas de las que nos beneficiamos y por las cuales no le damos gracias.

Es como si a un portero de un equipo de fútbol le reprochara la afición haberse dejado meter un gol, durante un partido en el que ha hecho veinte paradas magistrales. Sería, simplemente, una injusticia.

Pero los motivos de agradecimiento a Dios, las palabras sonoras del Señor que nos hablan de su amor, no se agotan ni con la figura de Cristo ni con los bienes materiales, ni con el don de la familia, ni con las cosas que nos van bien en la vida. Hay muchísimo más.

Por ejemplo, la luz moral. Normalmente, la ética cristiana es considerada hoy en día como el gran obstáculo para el acercamiento a la Iglesia.

Una y otra vez se escucha decir que, si el Papa fuera más flexible, si fuera más tolerante, si fuera más moderno, entonces iría más gente al templo.

Cuando se pregunta al que así opina a qué cosas concretas se refiere, siempre se desciende a consideraciones éticas, con frecuencia relacionadas con el sexo.

Así, se dice, para atraer a los jóvenes habría que suprimir el sexto mandamiento; también debería modificarse el quinto -no matarás-, permitiendo el aborto, la eutanasia y hasta la utilización revolucionaria de la violencia; otro mandamiento a modificar sería el cuarto, cambiando el concepto de familia, permitiendo el divorcio e incluso quitándole importancia al adulterio.

Pero, ¿qué sucedería si la Iglesia hiciera caso a esas voces?

¿Serían más felices los jóvenes, entregándose al amor libre?

¿Sería más justa y humana la sociedad si en ella se pudiera matar a los niños no nacidos, a los ancianos, a los enfermos?

¿Habría más estabilidad en las familias, y por lo tanto mejores condiciones educativas para los hijos, si éstas se deshicieran con facilidad o si los esposos no cumplieran las promesas que se hicieron el día de la boda?.

Algunas de estas preguntas tienen ya respuesta, porque muchas sociedades, sobre todo en Occidente, han aprobado ya el aborto, la eutanasia o el divorcio fácil. ¿Son más humanas? ¿Son más felices?

Por eso, hay que afirmar que cuando Dios habla a través de la Iglesia y cuando habla en una conciencia rectamente formada, está rompiendo ese pretendido silencio del que le acusamos y está amándonos de una forma extraordinaria.

Más aún, hay que afirmar también que es el relativismo moral el causante de la mayor parte del dolor existente en el mundo, pues lo que más nos hace sufrir no es perder un hijo por una enfermedad sino por un crimen, o por la droga; y es peor para una mujer que el marido la abandone por otra que quedarse viuda.

Además, gracias a que Dios no guarda silencio y nos dice qué es bueno y qué es malo, podemos, con su ayuda, evitar el mal y hacer el bien, con lo cual no sólo no hacemos daño al prójimo, sino que no nos hacemos daño a nosotros mismos.

Hay aún más dones de Dios por los que debemos darle gracias y que nos ayudan a rechazar la acusación de que Él guarda silencio mientras los hombres sufren.

Por ejemplo, el don de la esperanza, que es un regalo inmenso y que tiene su fundamento en la resurrección de Cristo; la esperanza nos asegura que hay vida después de la muerte, con lo cual el silencio de Dios se vuelve menos intenso por muy grande que sea el dolor; la esperanza nos ayuda también a convivir con los problemas aquí en la tierra, sabiendo que todo pasa y que, incluso de lo más malo, pueden salir cosas buenas; la esperanza nos ayuda a mantener la serenidad y la paz en medio de las tormentas de la vida.

Otro regalo inmenso es la misericordia divina, que nos perdona los pecados.

Gracias a ella podemos afrontar sin miedo el juicio que precede a la vida eterna.

23. El silencio de Dios (I)

Autor:  frmaria.org

¿Por qué Dios ha consentido el “tsunami” que ha arrasado Asia?

Esta pregunta se la han hecho y la han hecho muchos recientemente.

Con variaciones, se repite cada vez que hay una catástrofe o cada vez que, a nivel personal, algún problema zarandea violentamente nuestra existencia.

Es, quizá, el mayor de los interrogantes a que debe responder quien tiene la osadía, como es el caso de los cristianos, de creer en el amor de Dios.

“Si el cerebro del ser humano fuera tan sencillo que lo pudiéramos entender, entonces seríamos tan estúpidos que tampoco lo entenderíamos”.

La frase no es de un teólogo, o de un santo, sino de un filósofo de nuestro tiempo con fama de ateo: Jostein Gaarder, autor del conocido y discutible “Libro de Sofía”.

No sé si un neurólogo le daría plenamente la razón, pero yo sí estoy dispuesto a dársela si ampliamos el concepto y pasamos de considerar el cerebro humano a considerar a Dios.

Porque, si Dios es Dios, es decir, si Dios es lo que decimos que es Dios: el Creador Todopoderoso, ¿cómo podemos pretender entenderle del todo?.

La fe, sin embargo, no es creer cosas absurdas. Fe es creer cosas posibles que, al menos de momento, no se pueden demostrar.

Además, la fe no es una cuestión exclusivamente religiosa. Tienen fe los enamorados en la fidelidad del otro.

Tienen fe -a veces excesivamente ingenua- los ciudadanos en las promesas de los políticos y por eso les votan.

Tienen fe los conductores en que pueden cruzar un semáforo en verde porque los contrarios están parados respetando el rojo.

En el ámbito religioso, la fe comienza por la existencia de Dios. Kant, el concienzudo filósofo alemán, afirmó que “es moralmente necesario suponer la existencia de Dios”.

En realidad, no es difícil creer que Dios existe. De hecho, la inmensa mayoría de los hombres lo han creído y lo creen así.

Entre otras cosas, porque alguien ha tenido que poner en marcha este invento maravilloso que es la creación y que es, en particular, la vida.

Los que dicen que no creen porque sólo aceptan lo que pueda ser demostrado en un laboratorio, deberían recordar el diálogo que dicen tuvo lugar entre un astronauta y un neurólogo de la Unión Soviética que discutían sobre religión. El neurólogo era cristiano y el astronauta no.

“He estado en el espacio muchas veces”, se jactó el astronauta, “pero no he visto ni a Dios ni a los ángeles”.

“Y yo he operado muchos cerebros inteligentes”, contestó el neurólogo, “pero nunca he visto un solo pensamiento”.

Y, sin embargo, los pensamientos existen, como existe el amor. Tienen, naturalmente, una base fisiológica, química, pero son mucho más que eso.

No es difícil creer en Dios y tienen más fe los que creen que no existe -porque, sin poderlo demostrar, rechazan todas las pruebas de su existencia- que los que creen que sí existe.

Es más fácil, lógico e inteligente creer que Dios existe que creer que no existe

Lo difícil, sin embargo, es creer en el amor de Dios. Y es difícil precisamente porque una y otra vez la realidad parece confirmar que no es así.

La muerte de un niño, la enfermedad imprevista, el huracán asolador, el maremoto destructor o, simplemente, el problema que te aqueja a ti en concreto y para resolver el cual habías suplicado la ayuda de Dios.

¿Cómo puede ser amor un Dios que, aparentemente, no hace nada para resolver esos problemas, que permite que exista el mal y el dolor, que se encoje de hombros ante el sufrimiento de los inocentes?.

Con Julián Marías coincido en su afirmación de que ”aquellos contenidos de la fe que no son evidentes ni obvios no se pueden proponer como si lo fueran, si no se quiere caer en lo que hace ya muchos años llamé el “cinismo de la fe” -actitud bien poco cristiana-.

Quiero decir que en el trato con los demás, el cristiano, por muy firme que sea su certidumbre personal, debe presentar como incierto lo que para otros muchos hombres lo es, y tiene que justificar su certidumbre hasta donde sea posible”.

Yo tengo la certeza de que Dios es amor y no sólo la seguridad de que existe. O dicho de otra manera, estoy seguro de que existe y tengo fe en que es amor.

¿En qué baso esa fe?

¿Qué argumentos tengo para, partiendo de la fe, llegar a la certeza?.

Ante todo, mi fe en el amor de Dios se basa en Cristo. Y, en segundo lugar, en una concepción de mí mismo como un ser limitado que -como he dicho antes- no puede llegar a conocer del todo a Dios, ni entender del todo los planes de Dios.

Es decir, la inteligencia, de la mano de la humildad que es la actitud del sabio, me lleva a aceptar el misterio. El misterio no es absurdo.

Al contrario, en lo referente a Dios, el misterio es lo probable, lo inteligente. Pero ese misterio, ese “silencio de Dios”, ese “no entender el por qué Dios permite ciertas cosas”, se ve iluminado por la experiencia de Cristo. Iluminado, digo, no anulado. La oscuridad permanece, a veces más intensa y otras menos, pero siempre está.

Siempre es fe lo que me hace dar el salto al “sí, creo”. En todo caso, como digo, la persona de Cristo, su vida, su mensaje, su muerte, su resurrección, son una luz en la oscuridad, una luz a veces tan fuerte que la fe casi desaparece y deja paso a la certeza.

¿Por qué Cristo es la puerta que nos permite creer en el amor de Dios?.

Porque Él fue quien nos enseñó que Dios es amor, primero. Y, segundo, porque Él, siendo Dios, es la prueba definitiva de ese amor.

Puedo sufrir, puedo enfermar, puedo perder a los seres más queridos, puedo morir; sin embargo, siempre resonarán en mi corazón las palabras de Juan:

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para la salvación del mundo”. ¿Podía hacer algo más Dios para demostrarnos su amor?.

Podía, efectivamente, hacer otras cosas, otra cosa: suprimir el mal que hay en el corazón humano y devolver a la humanidad y a la creación a aquella situación idílica que había antes del pecado original, verdadera causa de la introducción del mal, del dolor, de la muerte en el mundo.

Podía hacer eso, efectivamente, y el por qué no lo hace es el misterio, es la oscuridad, es la dosis de fe que tengo que aceptar.

Podía hacer otra cosa, pero no podía hacer nada más, en el sentido de que no podía hacer algo mayor, más convincente que lo que hizo: enviar a su Hijo al mundo para que diese la vida por nosotros y nos demostrase, no con palabras sino con hechos, lo mucho que nos ama.

¿Y si no soy capaz de creer en el amor de Dios al ver a Cristo crucificado me va a dar esa fe la salud o el dinero? ¿Por qué no creer, entonces, al ver las muchas cosas que van bien en la vida, en mi vida?

Creo en el amor de Dios porque Cristo me lo enseña así. Porque creo en Cristo creo en el Dios-Amor.

Porque existió Cristo, soy capaz de convivir con el misterio, con la duda, con la fe.

Y porque tengo fe, soy capaz de no dejarme aplastar por el sufrimiento, soy capaz de luchar, de ver la parte buena de las cosas, de darme cuenta de lo mucho que va bien y no sólo de lo que va mal.

En definitiva, porque tengo fe soy capaz de resucitar.

22. Economía y moral

Autor:  frmaria.org

Algunos creen que la Iglesia sólo está preocupada por cuestiones morales que conciernen al sexo o al origen y finalización de la vida.

Piensan que el resto no le importa.

Y, en ese resto, está nada menos que el conjunto del transcurrir de la vida del ser humano.

Afirmar esto es ignorar la realidad, pues la iglesia tiene una elaboradísima y completa “doctrina social”, en la que da respuestas a los problemas morales que afectan a la economía y al trabajo.

El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia dedica un capítulo especial a considerar la actividad económica en general.

Como otros capítulos, éste comienza con un repaso de algunos principios bíblicos.

En el Antiguo Testamento, las riquezas se consideran una bendición de Dios.

La abundancia no es vista como un problema en sí misma, sino que hay una fuerte condena del mal uso de los bienes materiales -fraude, usura, injusticia- especialmente cuando es el pobre el que sufre estos abusos.

La otra cara de la moneda, la pobreza, es vista como parte de la condición humana. En este contexto el Antiguo Testamento invita a las personas a reconocer su pobreza ante Dios.

Él, a su vez, es retratado como respondiendo a los gritos del pobre, que recibirá su recompensa a través de un nuevo David.

«La pobreza adquiere el estatus de valor moral cuando se convierte en una actitud de disponibilidad y apertura humilde a Dios, de confianza en Él» (No. 324).

En el Nuevo Testamento, Jesús llama a la conversión de los corazones y a estar atentos a las necesidades de los demás.

Trabajar por la justicia y ayudar al pobre es una forma de construir el Reino de Dios.

En general, la Biblia considera la actividad económica como parte de la vocación por la que se invita a la humanidad a administrar los dones recibidos de Dios.

La parábola de los talentos también enseña que «lo que se ha recibido debería usarse apropiadamente, preservarse y aumentarse» (No. 326).

Los bienes materiales, incluso cuando son propiedad legítima de alguien, conservan su destino universal.

«Las riquezas satisfacen su función de servicio al hombre cuando se destinan a producir beneficios para los demás y para la sociedad» (No. 329).

Este nexo entre moralidad y vida económica es una constante en la doctrina de la Iglesia.

«Así como en el área de la moralidad uno debe tener en cuenta las razones y requisitos de la economía, igualmente también en el área de la economía uno debe abrirse a las exigencias de la moralidad» (No. 331).

El compendio sugiere que la moralidad y los principios económicos tienen algunos puntos en común.

Por ejemplo, producir bienes de modo eficiente puede verse como un deber moral, en el sentido de que no hacerlo sería una pérdida de recursos.

Pero la producción de riquezas también necesita una orientación moral, en orden a asegurar que la riqueza económica se distribuye de modo equitativo y se guía por principios como la justicia y la caridad.

La actividad económica llevada a cabo de esta manera se convierte en una oportunidad para practicar la solidaridad y construir una sociedad más equitativa y un mundo más humano.

La Iglesia también considera que términos como desarrollo no pueden simplemente verse en una dimensión económica, como acumulación de bienes.

Una concentración exclusiva sobre el aspecto material corre el riesgo de caer en el error del consumismo y no es el camino para lograr la auténtica felicidad.

Una sección del capítulo sobre economía explica la postura de la doctrina social de la Iglesia con respecto a la iniciativa privada y la actividad económica.

La libertad de las personas para implicarse en la actividad económica es «un valor fundamental y un derecho inalienable que ha de ser promovido y defendido» (No. 336).

La iniciativa en la economía es parte de la actividad creativa humana y los negocios también tienen un papel social importante que jugar a través de la producción de bienes y servicios.

Aunque este papel necesita llevarse a cabo según criterios económicos, el compendio añade: «no deben descuidarse los valores auténticos que causan el desarrollo concreto de la persona y de la sociedad» (No. 338).

En este contexto el compendio recuerda que la Iglesia ha apoyado desde siempre los negocios familiares y de tamaño pequeño y medio, junto con las actividades cooperativas, que pueden hacer una contribución valiosa a la actividad económica y humana.

De hecho, la actividad económica proporciona la oportunidad de practicar muchas virtudes, como la diligencia, la prudencia, la fidelidad y el coraje.

El texto también tiene palabras positivas para el papel de lograr beneficios, que son un signo de que los factores productivos implicados en la empresa se están usando bien.

Sin embargo, los negocios deben servir también a la sociedad de modo apropiado y esto no se hace cuando se violan las obligaciones de la justicia social o los derechos de los trabajadores.

El compendio también observa que en el mundo de hoy los Estados individuales pueden encontrar difícil regir las operaciones de negocios y que esto pone en la empresa privada una mayor responsabilidad para abrirse a los valores de la solidaridad y el auténtico desarrollo humano.

En materia de mercado libre en general, el compendio explica que «es una institución de importancia social por su capacidad de garantizar resultados efectivos en la producción de bienes y servicios» (No. 347).

Un mercado verdaderamente competitivo, continúa el texto, «es un instrumento efectivo para obtener objetivos importantes de justicia».

No obstante, el compendio agrega que, en un mercado libre, deben tomarse en cuenta los fines del bien común y el desarrollo humano, y no sólo la motivación del beneficio.

Hay necesidades humanas importantes y bienes que no puede comprarse y venderse en el mercado.

En cuanto al papel del Estado en la regulación del mercado, el compendio invoca la aplicación de dos principios: solidaridad y subsidiariedad.

Solidaridad es estimular acciones que defiendan a los pobres y desaventajados; subsidiariedad es garantizar que la intervención del Estado no se vuelve excesivamente invasora.

En varios números el compendio insiste en que el Estado no debe interferir demasiado en el funcionamiento de la economía, de manera que restrinja indebidamente las libertades de los individuos y de los negocios.

Por otro lado, también defiende el papel legítimo de los impuestos y del gasto público, que juega un importante papel, especialmente al proteger al débil.

Por lo tanto, pagar impuestos es «parte del deber de solidaridad» (No. 355), pero el Estado tiene la correspondiente obligación de asegurar que los impuestos son «razonables y justos», y los recursos públicos son administrados con «precisión e integridad».

La última parte del capítulo considera algunos de los recientes desarrollos relacionados con la globalización y los mercados financieros internacionales.

«La globalización da lugar a nuevas esperanzas y al mismo tiempo plantea cuestiones preocupantes» (No. 362).

El compendio reconoce que la globalización ha abierto muchas oportunidades, pero expresa su preocupación sobre las desigualdades entre las economías avanzadas y los países en desarrollo.

Citando a Juan Pablo II el texto pide una «globalización en la solidaridad» para ocuparse de este problema.

Un sistema más equitativo del comercio internacional, y una fuerte defensa de los derechos humanos están entre las reformas pedidas por el compendio.

Respetar las diferencias culturales y religiosas y asegurar una mayor solidaridad entre generaciones son puntos a tratar.

En cuanto a los mercados financieros, el texto reconoce su papel positivo en facilitar el crecimiento económico y las inversiones a gran escala.

Sin embargo, existe el riesgo de que el sector financiero pierda de vista el servir al desarrollo humano y se convierta en «un fin en sí mismo». Y haciendo frente con los graves problemas causados por la inestabilidad financiera, también es necesario hacer que estos mercados sean más estables.

La globalización también requiere una mayor cooperación de los Estados para coordinar la economía, dado que los gobiernos individuales con frecuencia ya no son capaces de ejercitar una guía efectiva.

El compendio pide la creación de «instrumentos políticos y jurídicos adecuados y efectivos» (No. 371) que asegurarán «el bien común de la familia humana».

En los números concluyentes observa que lograr esto será también lograr beneficios para países más ricos, donde la abundancia de bienes materiales suele acompañarse por «un sentido de alienación y pérdida de su propia humanidad» (No. 374).

El capítulo concluye llamando a educar a las personas de manera que tengan claro la actividad económica debe verse en un contexto humano más amplio.

21. Investigación con células madre

Autor:  frmaria.org

La Iglesia se opone a la investigación con “células madre”. Eso es lo que se dice.

Y es verdad, pero no es toda la verdad.

Para que lo fuera habría que añadir que sólo lo hace cuando, para obtener esas células, se utilizan embriones humanos que, en el proceso, son destruidos -asesinados-.

También se oculta que los datos médicos demuestran que los resultados obtenidos de “células madre embrionarias” son nulos e incluso peligrosos.

Según un artículo publicado en el diario “La Razón” (Madrid, 1 de diciembre), un grupo de científicos de élite revelan que las células madre de embriones no son seguras y causan tumores, estos mismos científicos aseguran que sólo las procedentes de otras partes del organismo -células madres adultas y no procedentes de embriones- han demostrado capacidad para curar.

Actualmente, no hay ensayos clínicos en humanos con células madre embrionarias con resultados fiables: los estudios realizados en animales muestran que, tarde o temprano, estas células, capaces de transformarse en cualquier tejido, terminan desarrollando tumores en los animales de laboratorio.

Así lo aseguraron expertos internacionales y nacionales en un simposio celebrado en la Fundación Areces, en Madrid.

Sin renunciar a la investigación de estas células, afirmaron que las células madre de tejido adulto son más seguras y algunos ensayos en pacientes empiezan a dar sus frutos.

Tumores y cáncer. A las seis semanas de la inyección de células madre embrionarias en los estudios con los ratones de laboratorio, el resultado es tan contundente como desalentador.

«Por el conocimiento médico actual, las células embrionarias no son viables en la clínica», indicaba la doctora Catherine Verfaillie, directora del Instituto de Células Madre Adultas de la Universidad de Minnesota (EE UU).

Verfaillie participa en un simposio de varios expertos, organizado por la Fundación Ramón Areces en Madrid, sobre las posibilidades de las células madre adultas en la «medicina regenerativa».

Las células madre embrionarias o ES no han demostrado la misma seguridad que las adultas, que «se han inyectado en centenares de ratones, y no hemos visto que se hayan producido tumores dos años después de su administración», según esta experta.

En contraste, las experiencias con células ES en ratones demuestran que «a las seis semanas de su inyección desarrollan tumores». La probabilidad de desarrollar un cáncer es más alta si se usa este tipo de células.

Aunque no hay conocimientos de ensayos en humanos con células ES, la administración de células madre adultas en ensayos en 40 pacientes no han desarrollado «ningún tumor» hasta la fecha.

El cirujano cardíaco Christof Stamm, del Instituto de Terapia Regenerativa Tisular de la Universidad de Rostock, en Alemania, trabaja con células madre adultas que fabrican vasos sanguíneos, cuyo potencial es enorme para tratar pacientes que han sufrido un infarto.

En un ensayo en fase II que comprende a 36 pacientes que sufrieron un ataque al corazón, se les practicó un by-pass, y a la mitad se les administré células madre adultas para que construyeran nuevos vasos.

En este último grupo, asegura, los resultados preliminares arrojan una mejoría con respecto al «by-pass» como única opción.

Otros campos en los que las células madre adultas están empezando a dar resultados se refieren a la cicatrización de heridas y las suturas en las intervenciones, de acuerdo con Damián García Olmo, del Departamento de Cirugía de la Universidad Autónoma de Madrid.

«Es algo que no se ha resuelto en el mundo de la cirugía, sólo en Madrid hay más de mil intervenciones diarias», indica.

García Olmo y su equipo trabajan en ensayos clínicos en el Hospital La Paz de Madrid con células madre extraídas de la grasa humana que intervienen en los procesos de cicatrización, en especial para tratar la fístula anal.

Mediante el trasplante, «tratamos de aumentar la cantidad de estas células madre adultas», asegura.

En la misma línea se ha manifestado, en declaraciones a la agencia Zenit, la doctora Claudia Navarini, profesora de la Facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma).

Aludiendo a un editorial del pasado 24 de noviembre, del diario italiano “Il Foglio”, en el que se denunciaba la existencia de «un extraño síndrome que afecta a no pocos comentaristas y políticos italianos cuando se habla de estaminales», que consiste en «emparejar ritualmente a la noticia de los éxitos en estaminales adultas el anatema contra quien se opone al uso de las estaminales embrionales», la doctora Navarini dijo que este «síndrome» se manifiesta habitualmente de dos formas:

«Magnificar, a cada resultado obtenido con las estaminales de adulto, los resultados “posibles” con las estaminales embrionales»; y «omitir sistemáticamente el adjetivo “adultas”, dejando creer que toda investigación de éxito con las células estaminales se refiere a las embrionales».

Lo cierto es que -constata Navarini-, «mientras las estaminales embrionales no han dado resultados -por razones técnicas y no económicas- que son bien conocidas a la comunidad científica, la terapia con las estaminales adultas es una reconfortante realidad que va enriqueciéndose casi a diario de nuevos descubrimientos y nuevas aplicaciones».

Así lo documentó la Santa Sede ante los Estados miembros de la ONU. En un mensaje enviado el 27 de septiembre de 2004, el Vaticano afirma lo siguiente:

“Hay dos fuentes potenciales de células estaminales para la investigación humana: en primer lugar las células estaminales «adultas», que derivan de las sangre del cordón umbilical, de la médula ósea y otros tejidos, y en segundo lugar las células estaminales «embrionales», que son obtenidas de la desagregación de embriones humanos.

La Santa Sede se opone a la donación de los embriones humanos con el propósito de su destrucción para obtener de ahí sus células estaminales, incluso por un noble objetivo, porque es incompatible con el fundamento y el motivo de la investigación biomédica humana, esto es, el respeto por la dignidad de los seres humanos.

Sin embargo, la Santa Sede aplaude la investigación que utiliza las células estaminales adultas, porque es completamente compatible con el respeto de la dignidad de los seres humanos.

La inesperada plasticidad de las células estaminales adultas ha hecho posible usar con éxito este tipo de célula en la curación de distintos tejidos y órganos humanos.

En cambio, la investigación que utiliza células estaminales embrionales ha sido obstaculizada por importantes dificultades técnicas.

Los experimentos en células estaminales embrionales no han producido aún un solo éxito terapéutico claro, ni siquiera en animales. Además las células estaminales embrionales han causado tumores en los animales y podían generar cáncer si se administraran a pacientes humanos.

El uso de células estaminales embrionales implica un alto riesgo de introducir en los pacientes células de embriones anormales. Ha sido bien probado que la mayoría de los embriones no-humanos producidos por clonación con transferencia nuclear son anómalos.

La transferencia de células estaminales embrionales extraídas de ellos sería por lo tanto extremadamente peligroso: estas células podrían provocar desórdenes genéticos, o iniciar leucemias u otros cánceres”.

20. Adopción por parejas homosexuales

Autor:  frmaria.org

La aprobación por parte del Gobierno español de una ley que equipara con la familia las uniones homosexuales y que les da la oportunidad de adoptar niños, ha sido contestada por amplios sectores sociales. A la vez, ha sido apoyada por otros.

Se han alzado voces a favor y en contra, también en los ámbitos científicos especializados.

Ofrecemos a continuación un elenco de argumentos en contra de dichas adopciones.

El psicólogo Aquilino Polaino (Catedrático de psicopatología de la Universidad Complutense de Madrid, autor de 50 libros y cientos de artículos, entre otras cosas), escribe en el Lexicón recién publicado en español por el Pontificio Consejo para la Familia (Ed. Palabra, Madrid 2004), lo siguiente sobre la adopción de niños por parejas gays: “Hay muchas razones para oponerse a este supuesto derecho, tal y como a continuación se indican:

1.- Entre los niños deprivados de sus padres, y luego adoptados, se da una mayor incidencia de alteraciones psicopatológicas (trastornos de conducta, fracaso escolar, agresividad, ansiedad de separación, retraso psicomotor, hiperactividad, dislexia, depresión, conducta antisocial, suicidio, psicopatías, psicosis, etc.), que en los niños que no sufren esta deprivación.

2.- El niño tiene derecho a adquirir, fundar y establecer, de forma adecuada, algo tan relevante e irrenunciable como su propia identidad sexual.

Este derecho resulta impedido o gravemente amenazado cuando el niño se expone a solo modelos de conducta, como el homosexual, en los que precisamente está en crisis esa misma identidad.

3.- El niño tiene derecho a ser protegido contra una patología adicional derivada de esa exposición, que se sumaría a la ya anteriormente suscitada por el simple hecho de no convivir con sus padres biológicos y de haber sido separado de ellos.

4.- El niño y la niña tienen necesidad del padre y de la madre para identificarse con la persona de su mismo género, y para aprender el respeto, afecto y complementariedad que la persona del otro género le debe proporcionar.

El apego y la vinculación que resulta de esa relación le son imprescindibles para fundar su identidad personal.

5.- El niño tiene derecho a madurar su afectividad, observando el vínculo -afectivo, cognitivo y personal- que se establece en las relaciones entre el padre y la madre.

Esta relación constituye la urdimbre donde se acuna y consolida la madurez de su afectividad y de su futura personalidad.

6.- En el perfil psicológico del homosexual se observa una mayor incidencia de rasgos psicopatológicos (egocentrismo, autocompasión, inmadurez afectiva, celotipias, infidelidades, depresión, etc.), que en modo alguno contribuyen al desarrollo armónico del niño así adoptado y expuesto a ese modelo de conducta.

7.- El niño que sólo convive con homosexuales ni experimenta ni aprende las diferencias de género existentes entre el hombre y la mujer.

Por contra, aprende algo que es falso y antinatural: la irrelevancia de la necesidad y complementariedad de las personas del otro sexo y de las diferencias que les caracterizan.

8.- El niño que sólo conviviera con los homosexuales adoptantes sufriría un déficit en su socialización -al no interiorizar el genuino espíritu de familia que hunde sus raíces en la comunidad entre un hombre y una mujer-, además de un empobrecimiento en su autoestima y de un relevante deterioro en su autoconcepto, por haber sido este solo parcialmente estructurado.

9.- En consecuencia, en el niño que fuese adoptado por homosexuales, su identidad resultaría maltrecha, incompleta, sectorizada y parcialmente deprivada, mutilada, incorrecta y, por consiguiente, insatisfactoria..

10.- En el niño que fuese adoptado por homosexuales no se satisfarían los criterios que definen la adopción, por lo que propiamente se incurriría en una “adoptio sine adoptione”, es decir, en una adopción sin adopción, en una ficción jurídica..

El fin de la adopción es la protección del menor desvalido y no la satisfacción del adulto sin descendencia.

De otra parte, como se sostiene en el viejo principio jurídico, “adoptio imitatur naturam”, la adopción debe imitar la naturaleza.

Se trata de la familia constituida por el padre y la madre adoptantes, con unas relaciones estables, de manera que se facilite el crecimiento y desarrollo de la persona adoptada”

Otros argumentos

Además de lo expuesto, se puede afirmar que con la adopción por parejas gays se transgrede el principio II de la declaración universal de los derechos del niño, en cuanto establece que al dictar leyes que atañen al niño se tomará exclusivamente el interés de éste como objetivo.

Es claro que el agitacionismo sobre el tema responde en cambio al deseo de algunos homosexuales en ser consolados respecto a la imposibilidad biológica de ser padres entre sí y que no hay una oferta insuficiente de matrimonios heterosexuales dispuestos a adoptar, como lo prueba el tráfico ilegal de niños.

Es posible, incluso, que se aumente ese tráfico debido a la mayor demanda proveniente de las nuevas parejas homosexuales deseosas de adoptar.

No hay que olvidar que en una familia normal, el amor conyugal está claramente diferenciado del amor paterno-filial y que a esto ayudan tanto la adjudicación de roles padre-madre, como el tabú del incesto.

Ahora, con la indiferenciación de roles, junto con la ausencia del nexo biológico, se va a producir una progresiva desaparición del tabú del incesto, lo cual supondrá un aumento de las relaciones sexuales entre adoptantes y adoptados, sin que eso signifique que la mayor parte de los homosexuales sean pederastas.

Aunque los especialistas dicen que no se podrán hacer estudios serios hasta que no hayan pasado al menos 30 años, y eso contando con niños educados en un ambiente de pareja homosexual y no en una “familia” en la cual uno u otro ha tenido una relación heterosexual fruto de la cual ha aportado un hijo, ya hay voces que hablan, en uno u otro sentido, con una pretendida autoridad científica.

Así, mientras un estudio elaborado por la Universidad de Sevilla sobre 28 casos se declara a favor de estas adopciones, porque, dice María del Mar González, su directora, “parece que a los niños no les escandaliza el amor, porque ellos no tienen los prejuicios que tenemos nosotros”, Mercedes Valcarce, profesora titular de Psicología Evolutiva de la Complutense, descalifica, desde un punto de vista científico, el informe elaborado por la Universidad de Sevilla, puesto que, dice: “la metodología empleada en el trabajo es inaceptable”.

Para esta doctora en Psicología, “el homosexual tiene una identidad lábil, quiere una relación en espejo, busca una continuidad de sí mismo, y eso es lo peor para el desarrollo de un niño, para que pueda crecer como persona armónica e independiente.

Todo niño adoptable -añade- ya tiene problemas porque ha sido rechazado por los padres biológicos, es un punto de partida muy malo. Por eso, necesita padres en unas condiciones excelentes”.

No hay que olvidar, por último, que está comprobada la mayor promiscuidad de las uniones homosexuales, las cuales se rompen cuatro veces más que las heterosexuales.

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