29. ¿Se puede ser cristiano sin Cristo y sin Iglesia?

Autor:  frmaria.org

“Yo soy cristiano y le rezo a Cristo, pero no quiero saber nada con los curas y la Iglesia”.

Esta frase se dice y se oye con mucha frecuencia a nivel popular.

A otro nivel, más de élite “progresista”, lo que se dice es que hay que “trabajar por el Reino” -es decir, por la justicia social, utilizando incluso cualquier medio- y que es mucho menos importante, o incluso nada importante, la relación que se tenga con Cristo.

De una manera o de otra, Cristo está siempre en el centro del debate.

Para unos, sigue siendo válido, atractivo, pero lo separan más o menos radicalmente de la obra que él fundó: la Iglesia.

Para otros, por el contrario, Cristo ha pasado a un segundo plano y lo importante es una parte de su mensaje, lo que se ha llamado “el Reino”.

El primer grupo -el más numeroso- no hace una crítica a la persona de Cristo, ni siquiera a su mensaje tal y como nos ha sido transmitido en los Evangelios.

En parte porque no lo conoce y en parte porque su relación con el Señor es sobre todo sentimental, emotiva.

Lo que no desea es “soportar” las exigencias de la moral cristiana y como quien le recuerda y pone al día esas exigencias es la jerarquía de la Iglesia, se revuelve contra ella y la rechaza.

Sin embargo, no rechaza a Jesucristo, en parte porque admira y hasta quiere sinceramente al personaje -un ejemplo son buena parte de los cofrades andaluces- y en parte porque no soporta la soledad intelectual del ateísmo.

Necesita creer en algo. Necesita aferrarse a una fe que le habla de una vida después de la muerte y que le ofrece la posibilidad de una ayuda divina en momentos de especial dolor en esta vida.

Pero no quiere que esa misma fe le complique la vida con sus exigencias.

Por eso se revuelve contra sus representantes: el Papa, los obispos, algunos curas.

Utiliza para ello, en primer lugar, los errores de los mismos a los que ataca -por ejemplo, los escándalos por abusos sexuales de sacerdotes norteamericanos-.

No le interesa saber la verdad de lo ocurrido y no suele ser tan tonto como para no poder comprender que esos errores proceden de una minoría poco representativa.

Probablemente es consciente de todo ello, pero en su lucha contra la jerarquía emplea toda la artillería que puede utilizar y ésa es eficaz y demoledora.

También emplea otro argumento: el de que la Iglesia debería ponerse al día para atraer a más fieles. Es la filosofía de las rebajas: vende más barato para tener más clientes y ganar más dinero.

Probablemente sabe o al menos intuye que eso la jerarquía no lo puede hacer porque dejaría de ser fiel a su fundador, Jesucristo, y porque los casos en que se ha hecho -las Iglesias protestantes han recorrido ese camino desde hace muchos años- no sólo no han conseguido lo esperado sino que han perdido la casi totalidad de sus “clientes”.

Pero, aun sabiéndolo, insiste en ello con la esperanza de que la jerarquía atenúe su discurso moral y le permita hacer lo que quiere hacer con la conciencia tranquila.

No faltan, dentro de la estructura eclesiástica, quienes apoyan este discurso.

Son muchos los teólogos -y, sobre todo, son aireadas por los medios de comunicación sus opiniones- que creen lo mismo que esos “cristianos ligth” o “cristianos sociológicos”.

Para ellos, Cristo fue un liberador de toda opresión y si la moral se ha convertido para el hombre de hoy en una carga e incluso en un motivo de alejamiento de Cristo, lo que hay que hacer es reducirla al precio que sea.

El otro sector sí que ha hecho una crítica a la persona de Cristo e incluso a su mensaje.

Han confluido en él diversas corrientes y por motivos diferentes. La crítica racionalista del siglo XIX, con Bultman a la cabeza, se acercó a Cristo con el objetivo de “desmitificarlo”, suprimiendo del personaje y de sus enseñanzas todo lo que sonara a sobrenatural.

Aunque los propios discípulos de Bultman se revolvieron contra su maestro y demostraron lo inconsistente de sus teorías, la semilla que aquel sembró no ha dejado de dar fruto.

Es muy frecuente encontrar entre el clero y no pocos teólogos -y, por consiguiente, entre ese sector de laicos superficialmente ilustrados en el saber teológico- la especie de que no todo lo que aparece en los Evangelios procede del propio Cristo, sino que habría sido introducido posteriormente para justificar determinados criterios morales o políticos de la jerarquía de la Iglesia. Otros llegan a poner en duda aspectos fundamentales de la vida de Cristo -como su nacimiento de la Virgen María o su resurrección-.

E incluso no faltan quienes le acusan abiertamente de no ser más que un líder judío sometido a los condicionantes culturales de su época, debido a los cuales, por ejemplo, impidió el acceso de la mujer al sacerdocio.

Estos ataques contra Cristo iban dirigidos, naturalmente, contra la Iglesia, que era a la que de verdad importaba herir.

Si el fundador perdía prestigio o se sumergía en la nebulosa de la leyenda abandonando el suelo firme de la historia, entonces la Iglesia perdía influencia y capacidad normativa sobre sus fieles. Y, sobre todo, dejaba de ser molesta para los gobiernos.

Estoy convencido de que la masonería tuvo mucho que ver en la difusión de este tipo de ideas.

En ese contexto surgió el huracán de la revolución marxista.

Bajo la atractiva bandera de la lucha por la justicia social y el fin de la opresión de los obreros a manos de los capitalistas, enroló a no pocos cristianos de todos los sectores, incluidos buena parte de los cuadros dirigentes de la Iglesia: obispos, clero, religiosos y religiosas.

Se presentó a Jesús como un pionero del marxismo y se insistió en que socialismo y cristianismo tenían mucho en común y que si Cristo viviera hoy sería el primer comunista.

Mientras esto se decía, se mandaba a los campos de concentración a miles de sacerdotes o se les asesinaba.

Para completar esta labor de absorción del cristianismo, que pusiera al servicio del partido comunista la todavía gran influencia de la Iglesia, se elaboró una teología que sólo más tarde y en parte fue conocida como “de la liberación”.

Ahí fue donde surgió el desarrollo del concepto de “Reino”, al cual se le suprimió rápidamente la coletilla de “de Dios”. Se suprimió también el tratamiento de “Rey” dedicado a Jesucristo.

Muchos de los miembros de la élite eclesiástica empezaron a trabajar “por el Reino” y no por Cristo, el Rey.

Ese “Reino” era muy parecido a la sociedad sin clases que predicaba el marxismo, hasta el punto de ser fácilmente homologables.

Además, si en el caso de Cristo quedaba claro que no se podía usar la violencia, porque él la rechazó explícitamente, en el caso del “Reino” ya no estaba tan claro.

Así se puede franquear la barrera ética de que “el fin no justifica los medios”, para llegar a justificar el uso de la violencia, tanto la revolucionaria como la terrorista, con el fin de acelerar el triunfo de la justicia, del “paraíso marxista”.

Cristo había pasado a un segundo lugar para retroceder después hasta puestos aún más lejanos.

Un “obrero del Reino” no tenía necesidad de rezar, pues no seguía a Cristo, sino a “la causa” y a “la causa” no se le reza.

Tampoco valían los sacramentos y, desde luego, dejó de tener valor el celibato sacerdotal y el voto de castidad.

Lo que importaban eran las obras en pro de la justicia, hasta el punto de que se veía mal hasta la caridad, pues en un buen análisis marxista cuanto peor van las cosas, mejor para la revolución, ya que entonces la gente no podrá aguantar más y explotará.

A pesar de todo, Cristo ha sobrevivido a todos estos ataques. Y a sobrevivido su cuerpo místico, su Iglesia.

Aunque no todas esas patrañas están desenmascaradas y aún siguen haciendo mucho daño, cada vez son más los que se dan cuenta de que cristiano significa ser seguidor de Cristo y de que el Cristo verdadero sólo se encuentra en su Iglesia.

28. El relativismo según Benedicto XVI

Autor:  frmaria.org

El relativismo se ha convertido en la gran cuestión de debate en la filosofía y en la política.

Ligado a él está la cuestión de los límites de los parlamentos para aprobar leyes que vayan contra el derecho natural.

Si todo es relativo, nada debería poder frenar a las mayorías.

Ante esta posibilidad, temible, se alzan voces alertando del peligro de la aparición de nuevas dictaduras.

Una de esas voces es la del Papa Benedicto XVI.

En la homilía del 18 de abril, durante la misa celebrada antes del comienzo del cónclave, el entonces cardenal Joseph Ratzinger se refería a las tendencias siempre cambiantes del pensamiento contemporáneo.

«Cuántos vientos doctrinales hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas de pensamiento?», preguntaba.

Al mismo tiempo, el que los creyentes mantengan los valores de su fe «suele etiquetarse como fundamentalismo», observaba.

Como resultado, «el relativismo, es decir, el permitirse a uno mismo dejarse llevar por cada viento ‘doctrinal’, parece ser la única actitud que está de moda».

Contra lo que el cardenal Ratzinger denominó «una dictadura del relativismo que no reconoce nada como absoluto y que deja únicamente al ‘yo’ y sus caprichos como última medida», la Iglesia ofrece a Cristo como la verdadera medida.

Además, la Iglesia ofrece a sus seguidores una fe adulta que no sigue la última tendencia y que está, por el contrario, «profundamente enraizada en la amistad con Cristo».

Y sobre la base de esta amistad tenemos «la medida para discernir entre lo que es verdadero y lo que es falso, entre el engaño y la verdad».

Esta crítica del relativismo encontró hostilidad en algunos círculos. Escribiendo en el periódico británico “The Guardian” el 20 de abril, Julian Baggini indicaba:

«La elección entre el blanco y el negro que nos ofrece Ratzinger es, por lo misma, falsa.

La certeza moral absoluta que él sostiene que ofrece la Iglesia es hueca».

Y el 19 de abril, “The New York Times” describía la homilía del pre-cónclave como «inflexible», y al cardenal mismo como «un ultraconservador» que «está a favor de una iglesia más pequeña, pero más pura ideológicamente».

Sin embargo, la importancia de preservar las verdades y valores perennes fue defendida por otros.

En un comentario escrito para el periódico Scotsman, John Haldane, profesor de filosofía en la Universidad de St. Andrews, observaba que un elemento clave en el pensamiento del cardenal Ratzinger ha sido la convicción de que las verdades reveladas del cristianismo «nos liberan en la tierra y nos salvan en la eternidad».

La falacia del pensamiento moderno como el cardenal nos advierte, explica Haldane, es la idea de que «la verdad se fabrica más que se descubre».

En parte, observaba, esto surge de la reacción que el hombre moderno siente cuando se confronta con la idea de que somos pecadores y que esto puede conducirnos al castigo eterno.

En estas circunstancias, decía el profesor, «es más confortable negar que haya pecado que arrepentirse y reformarse».

Benedicto XVI también recibió apoyo en una entrevista con el antiguo primer ministro italiano Giuliano Amato, publicada el 25 de abril en el periódico “La Repubblica”.

Amato, un defensor de los principios seculares, observaba que la homilía del cardenal Ratzinger había incitado a muchos a comentar que ahora la Iglesia tiene un Papa conservador, o incluso reaccionario.

Pero, continuaba, la crítica del relativismo está firmemente en la línea de lo que Juan Pablo II ha enseñado en muchas ocasiones cuando advertía de los peligros de una sociedad sin ideales.

El antiguo primer ministro también afirmaba que la sociedad no puede basarse meramente en una base procesal vacía que deje de lado los valores en nombre de la libertad.

El 1 de abril, el cardenal Ratzinger fue al monasterio de Santa Escolástica en Subiaco para recibir el premio San Benito a la promoción de la vida y la familia en Europa.

Durante la conferencia, el cardenal Ratzinger observó que los avances científicos nos han dado el poder de alterar incluso nuestro propio código genético y ahora vemos el mundo y a nosotros mismos no como un don que viene de Dios, sino como un producto de nuestra propia fabricación.

Con todo, nuestra capacidad para tomar decisiones morales no ha ido al paso con el progreso técnico, advertía.

Más bien, ha disminuido, porque la mentalidad científica y técnica que ahora domina el pensamiento en la sociedad contemporánea confina la moralidad al reino de lo puramente personal y subjetivo.

El divorcio entre nuestras capacidades técnicas y cualquier norma moral que pueda limitar las elecciones que hacemos al utilizar este poder, sin embargo, nos coloca en una situación de grave riesgo, dado el potencial destructivo de las tecnologías modernas.

El mundo hoy, indicaba el cardenal Ratzinger, necesita más que nunca la ayuda de una moralidad que influya en la esfera pública, que nos ayude a hacer frente a los graves riesgos y desafíos a que se enfrenta la sociedad.

En un análisis final, observaba, las condiciones seguras que son una precondición necesaria para el ejercicio de nuestra libertad no dependen de una serie de medios técnicos, sino de fuerzas morales.

Y cuando falta la moralidad, el poder del hombre se transforma en una fuerza destructiva. Ahora tenemos la capacidad de clonar humanos, utilizar a personas como bancos de órganos para otros, y hacer armas militares de destrucción masiva.

Y la filosofía predominante del racionalismo y el positivismo, que rechaza cualquier creencia moral o religiosa, rechaza los intentos de poner cualquier límite a nuestra libertad de poner en práctica lo que nuestra capacidad técnica nos permita hacer.

El cardenal Ratzinger también observaba que incluso aunque las ideas como la paz y la justicia son comunes en el discurso público de hoy, no se basan en valores morales, sino en una vaga concepción que se reduce al nivel de política de partidos.

Con demasiada frecuencia estos términos se quedan al nivel de los discursos, y no se trasladan a un compromiso personal por estos valores en nuestra vida diaria.

En su conferencia en Subiaco, el cardenal reconoció la importancia de las aportaciones del pensamiento moderno a la sociedad de hoy. Pero la mentalidad secularista que suele acompañarlo no debería ignorar las profundas raíces cristianas de la sociedad, defendía.

El choque cultural real en el mundo de hoy, decía, no es entre diferentes culturas religiosas, sino entre quienes buscan una emancipación radical del hombre de Dios y las principales religiones.

Eliminar cualquier referencia a Dios o a la religión en la vida pública no es una expresión de tolerancia que es una protección para los no creyentes, sino más bien la expresión de un punto de vista que quiere ver a Dios permanentemente fuera de la vida pública y dejarlo a un lado como alguna clase de residuo cultural del pasado.

El relativismo, que es el punto de partida de esta mentalidad secularista, se convierte en una clase de dogmatismo que cree que ha alcanzado el estadio definitivo de conocimiento de lo que la razón humana realmente es.

Pero, advertía, si desterramos a Dios, la dignidad humana también desaparecerá.

27. La historicidad de Jesús

Autor:  frmaria.org

De vez en cuando aún se oyen voces que ponen en duda la existencia histórica de Jesús de Nazaret.

Sobre todo en la época de Navidad, se suele hablar de si Jesús nació en esta fecha o en otra, de lo cual se termina por concluir, erróneamente, que su nacimiento, muerte y resurrección están más en el campo de la leyenda que en el de la historia.

Esto no es así, y si es asunto de fe su divinidad, su existencia terrenal no deja lugar a dudas.

La Historia de Jesús no empezó con su nacimiento.

Muchos siglos antes de que naciera hablaron de él los profetas.

Miqueas, 730 años antes de nacer, dice dónde nacerá (5, 2). Isaías, 734 años antes de nacer, dice que nacerá de una virgen (7, 14), y describe su Pasión (53, 3-8).

Zacarías, 520 años antes de nacer, dice que será vendido por 30 monedas (11, 12s) con las cuales se comprará el campo de un alfarero.

Los Salmos predicen que sortearán su túnica (22, 19).

Sin embargo, hoy se sabe que hubo un error en la fecha del nacimiento de Cristo.

El sabio benedictino Dionisio el Exiguo, que en el año 533 empezó por vez primera a contar los años a partir del nacimiento del Señor, sustituyendo la antigua numeración que partía de la fundación de Roma, se equivocó en 6 años.

Hizo coincidir el 1 de enero el año uno, con el 1 de enero del año 754 de la fundación de Roma, en vez de escoger el 748 que hoy se considera como exacto.

Por lo tanto, debemos colocar el nacimiento de Cristo seis años antes de la Era Cristiana.

Según los historiadores, Herodes el Grande murió el año 4 antes de nuestra Era. Como él mandó matar los niños de Belén menores de dos años, podemos suponer que Jesús nació dos años antes, es decir, el 6 antes de nuestra Era.

Esto se confirma porque, según el matemático y astrónomo Kepler, el año del nacimiento de Cristo, hubo una conjunción de Júpiter y Saturno, es decir, se pusieron uno detrás del otro, lo cual provoca una luz intensa, muy visible en el firmamento estrellado.

Sería esto la “estrella de Belén”. Del día del año del nacimiento de Jesús no nos dicen nada los Evangelios, pero desde el siglo 1 se celebra el 25 de diciembre, aunque también hubo otras fechas de celebración.

El día de la muerte de Jesús se piensa que quizás fuera el 14 de Nisán, del año 785 de la fundación de Roma que corresponde al viernes 3 de abril del año 33, que fue Primer Viernes de mes.

Recientes estudios astronómicos efectuados por Colin Humphreys y W.G. Waddington, de la Universidad de Oxford, han revelado que un eclipse parcial oscureció visiblemente el cielo de Jerusalén el 3 de abril del año 33, que corresponde al 14 de Nisán, que es el día que murió Jesucristo.

Así se explican «las tinieblas que cubrieron la Tierra» aquel día, según el Evangelio. Sin embargo, otros sostienen como más probable la Pascua del año 32.

La determinación exacta de las fechas y lugares no les interesaba a los evangelistas especialmente.

Con frecuencia dicen en términos generales “en aquel tiempo”; y muchas veces sigue una descripción muy indeterminada del lugar: “subió a un monte”.

Los Evangelios quieren transmitir las predicaciones de los Apóstoles, y dibujar una imagen suficiente de Cristo, a fin de que cada uno pueda convencerse de la verdad de la fe.

Ninguno de ellos pretende contar todo; al contrario, cada uno se toma la libertad de reunir lo que le parece a él más importante, y ordenarlo según sus determinados puntos de vista.

Pero la historicidad de Jesús no ofrece ninguna duda.

De él nos hablan los historiadores paganos de la época.

Plinio el Joven, que fue gobernador romano de Bitinia (Asia Menor) el año 112, en carta al emperador Trajano, hablando de los cristianos que se negaban a ofrecer sacrificios al emperador, dice que se reunían al amanecer para cantar himnos a Cristo, su Dios. Flavio Josefo, historiador judío muy culto, escribe en el año 93 del siglo 1:

“Por aquel tiempo apareció Jesús, hombre excepcional, si le podemos llamar hombre, pues realizó prodigios sorprendentes…

Tanto entre los judíos como entre los griegos tenía muchos discípulos que le seguían.

Por denuncia de los jefes del pueblo, Pilato le hizo condenar al suplicio de la cruz.

Pero ello no impidió que sus discípulos continuaran amándolo como antes. A los tres días de su muerte apareció vivo”.

Cayo Suetonio, historiador de los césares desde Augusto hasta Domiciano, en su obra compuesta entre los años 110 y 120 alude dos veces a los cristianos.

Una en la vida de Nerón y otra en la de Claudio. También habla de los cristianos Cornelio Tácito, gran historiador, discípulo de Plinio el Viejo.

Al relatar, el año 100, el incendio de Roma por orden de Nerón, ocurrido el año 64, dice:

“Se imputó a los cristianos que toman su nombre de Cristo, el cual durante el imperio de Tiberio, había sido condenado a muerte por el Procurador Poncio Pilato”.

Pero sobre todo nos hablan de Jesucristo los Santos Evangelios. Evangelio significa buena noticia. La buena noticia es la venida de Jesús, Salvador de los hombres.

La palabra evangelio no significa primeramente un texto, un libro; sino que, por su etimología y su uso bíblico, designa originariamente un feliz mensaje, un anuncio que hace feliz.

El Evangelio fue, pues, primeramente la palabra de Jesús.

Los Evangelios son libros escritos entre los años 40 -cuando comienzan a recopilarse las primeras tradiciones orales- y 100, por testigos oculares que cuentan lo que vieron y oyeron; o por quienes estuvieron en contacto con testigos presenciales.

Dice San Juan: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos… os lo anunciamos».

Dice San Lucas: «Muchos se han dedicado a componer un relato de los acontecimientos, tales como nos los han transmitido quienes desde el principio fueron los testigos oculares».

Las teorías del profesor protestante Rudolph Bultmann -según las cuales los evangelios fueron escritos en fecha muy tardía y sin mucha conexión con lo que ocurrió-, que durante algún tiempo han orientado las interpretaciones de los textos bíblicos del Nuevo Testamento, están hoy desprestigiadas gracias a las investigaciones de los especialistas hebreos.

Sobre todo por los trabajos de David Flusser y Geza Vermes, que han llegado a la conclusión de que detrás de estas afirmaciones de Bultmann sobre los textos bíblicos había mucha ideología filosófica alemana.

Sin embargo la oposición a las teorías de Bultrnann comenzó entre sus mismos discípulos, como son Ernst Kiisemann y Günther Bornkann.

Una de las pruebas de lo antiguo de los Evangelios la aporta San Ireneo, nacido en Asia Menor, que llegó a ser Obispo de Lyon y había sido discípulo de San Policarpo en Esmirna y éste del evangelista San Juan. Eso le convierte en una de las figuras más representativas del siglo II.

San Ireneo dice: «Mateo publicó un Evangelio escrito para los hebreos y en su lengua…; Marcos, discípulo de San Pedro, nos transmitió también por escrito las cosas predicadas por Pedro; Lucas, discípulo de Pablo, puso en forma de libro el Evangelio predicado por su maestro.

Más tarde, Juan, discípulo del Señor.., también publicó un Evangelio durante su estancia en Éfeso».

Tenemos otros dos documentos del siglo II sobre la autenticidad de los Evangelios: Papías dice que Mateo escribió su Evangelio en hebreo, y que Marcos fue intérprete de la evangelización de Pedro.

El otro documento es el Canon de Muratori en el que se habla de San Lucas como autor del tercer Evangelio, y de San Juan como del cuarto.

26. Educación y derechos de los padres

Autor:  frmaria.org

Diez organizaciones españolas hicieron público -en 2006- un acuerdo por la educación y libertad por el que se comprometen a defender de manera conjunta el derecho de los padres a elegir en libertad la educación que deseen para sus hijos.

Las organizaciones firmantes han difundido un documento titulado “El derecho de los padres a elegir la educación en libertad”, que recoge los principios básicos que fundamentan el derecho constitucional a la educación.

Era una reacción ante la ley del Gobierno socialista que atentaba contra el derecho de los padres a educar a sus hijos.

El documento explica, en primer lugar, en qué consiste el derecho de los padres a elegir, que posee dos vertientes inseparables:

“Es un derecho-prestación que legitima para recibir enseñanza, que es su objeto propio” y es un “derecho-libertad, que obliga a respetar la diversidad de los ciudadanos y la libertad de los padres a elegir escuelas distintas a las creadas por los entes públicos”.

El derecho a la educación sólo se satisface plena y propiamente cuando se cubren esas dos vertientes.

De ahí que todas estas organizaciones afirmen que “la educación no es un servicio público sino un servicio de interés general, que debe ser garantizado por las autoridades y que exige una oferta escolar plural.

La enseñanza pública y la privada son complementarias, ambas imprescindibles para la libertad de enseñanza.

Mientras más variadas sean las escuelas, más se perfecciona el derecho a elegir”.

Las organizaciones firmantes afirman en el documento hecho público que “los poderes públicos no tienen el derecho a educar a los ciudadanos porque ese derecho corresponde ante todo a los padres, a quienes se ha de asegurar la libertad de decidir el tipo de enseñanza que desean para sus hijos, sin más límites que los impuestos por el ordenamiento constitucional: el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”.

El documento presentado por las organizaciones mencionadas explica los contenidos que se derivan de la libertad de enseñanza que reconoce nuestra Carta Magna:

  • El derecho de los padres a decidir sobre el tipo de educación que quieren para sus hijos;
  • El derecho de los padres a la gratuidad en los niveles básicos y obligatorios, tanto en primaria como en secundaria;
  • El derecho de los padres a elegir centro docente, ya sea público o privado;
  • El derecho de los centros privados a recibir fondos públicos, cuando reúnen los requisitos establecidos por la ley;
  • El derecho a crear y dirigir centros educativos.
  • El derecho a definir el carácter propio o ideario de los centros privados, que se extiende a los aspectos pedagógicos y organizativos, no sólo a los morales y religiosos.

Por otra parte, las organizaciones firmantes del documento han explicado que el derecho a la gratuidad es también un derecho constitucional de los padres, con independencia del tipo de centro y del modelo educativo que éstos elijan, siempre que los centros cumplan los requisitos establecidos por la ley.

El documento se refiere, además, a la aconfesionalidad del Estado, que le obliga “a mantenerse neutral ante las opciones religiosas o agnósticas de los ciudadanos”.

Eso implica que el Estado no puede obligar a que las convicciones de las familias queden fuera de la escuela.

El Estado tiene la obligación de “hacer posible la existencia de centros que respondan al pluralismo de los ciudadanos”, sin imponer ninguna ideología ni manipular la libertad.

El derecho a elegir implica, por otra parte, “la libertad de crear escuelas y de dirigirlas con autonomía”, lo que contribuye a un verdadero “pluralismo escolar que protege a cada persona y a la familia de un excesivo intervencionismo del Estado”.

Estas organizaciones consideran que, “en el caso de la escuela privada, el marco de referencia para la libre elección de los padres es el carácter propio del centro, que el titular garantiza como proyecto educativo coherente que compromete a cuantos forman la comunidad educativa”.

Pero también aseguran que “la escuela pública debería gozar de amplia autonomía para ofrecer también un proyecto docente plural a los padres”.

La natural diversidad, por tanto, no puede ser atendida adecuadamente con un modelo único de enseñanza, ni sería legítimo imponerlo.

El documento “El derecho de los padres a elegir la educación en libertad” se refiere también al papel de la iniciativa social, pues la experiencia de los países más avanzados muestra que “la gestión del sistema educativo es demasiado compleja como para que pueda ser asumida en exclusiva por las autoridades públicas”.

De acuerdo con el principio de subsidiariedad, las organizaciones que lo han presentado explican que las Administraciones educativas deben respetar la iniciativa social, lo que contribuirá, por otra parte, a aliviar la sobrecarga de las Administraciones, que así estarán “en mejores condiciones para proteger y respetar las libertades individuales, para mejorar los centros públicos y para atender aquellas necesidades a las que no llegue la iniciativa social”.

Por último, y con el fin de dotar al sistema educativo de mayor eficacia, estas organizaciones solicitan que se satisfagan las siguientes exigencias:

  • Hacer posible la libertad real de elegir centro y lograr que los padres se involucren en la formación de sus hijos.
  • Revalorizar la consideración social y económica de los profesores.
  • Reforzar la autonomía de los centros educativos, tanto públicos como privados.
  • Asegurar una educación personalizada que atienda a la diversidad de los alumnos.
  • La presencia activa -participación- de los padres en todos los foros educativos: desde la escuela hasta los organismos más representativos del Estado.

Las organizaciones firmantes de este acuerdo por la educación y la libertad insisten en que el modelo único de enseñanza que propugna una educación pública “está anclado en el pasado y es regresivo”, pues la sociedad se mueve hacia un creciente pluralismo ideológico y cultural que el Estado ha de respetar.

Sobre este asunto se manifestó también la Conferencia Episcopal Española, declarando que la ley de educación (LOE) aprobada por el Gobierno era inaceptable.

En un comunicado que fue leído por el secretario de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, se expresaba el desacuerdo de la Iglesia católica hacia la LOE, pues «recorta el derecho fundamental de los padres a decidir sobre la educación de sus hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas, morales y pedagógicas».

Según el Episcopado, la LOE limita además «gravemente la libertad de la escuela católica y de las demás instituciones educativas de iniciativa social en el ejercicio de sus derechos a la educación».

Por otra parte, aseguró el padre Martínez Camino, «pone seriamente en peligro la enseñanza de la religión en la escuela y arbitra un nuevo estatuto de los profesores de religión que contradice la reiterada jurisprudencia del Tribunal Supremo”.

25. Catolicismo y tolerancia

Autor:  frmaria.org

Cuando se intenta aprobar una ley -o se aprueba- que va en contra de algún principio moral católico, es frecuente escuchar este argumento:

“Por qué los católicos se molestan, si a ellos no se les obliga a que hagan eso?”.

O bien este otro:

“Son unos intolerantes, porque quieren imponer a los demás sus propias convicciones éticas”.

¿Qué decir, pues, cuando en nombre de la tolerancia se nos reclama silencio ante leyes inicuas?

España vivió recientemente una convulsión que culminó con una de las mayores manifestaciones populares que se han producido en este país.

Millón y medio de personas -entre los cuales había varios cardenales y obispos- recorrieron las calles de Madrid para protestar contra el Gobierno socialista.

Éste, presidido por Rodríguez Zapatero, acababa de aprobar una ley que equiparaba las uniones homosexuales con las familias y les daba, consiguientemente, el derecho a adoptar niños.

Fue la gota que desbordó un vaso ya lleno. Antes ese vaso había recibido ya otras leyes consideradas inicuas por los católicos, tales como el aborto, el “divorcio express” o la destrucción de embriones humanos en investigación.

Pero si la reacción de los católicos se podía resumir en un “basta ya”, que les hizo salir a la calle en una manifestación tan pacífica y festiva como multitudinaria, no ocurrió lo mismo con sus adversarios.

Pocos días después, y casi en el mismo escenario, tenía lugar una manifestación gay -muchísimo menos concurrida- que estuvo plagada de insultos contra la Iglesia.

Entre estos, estaba la acusación de intolerantes, acusación repetida hasta la saciedad en todos los medios de comunicación considerados “progresistas”, es decir, en la inmensa mayoría.

Esta es una grave acusación, especialmente en una época en que la “tolerancia” se contempla como una virtud esencial para la convivencia pacífica en una sociedad plural.

Ser etiquetado de intolerante va unido a ser considerado violento y fascista -nunca a ser considerado comunista, por más que esta dictadura haya sido aún más sangrienta que el fascismo-.

Pero, ¿qué se reclama con la “tolerancia”?

Lo que la izquierda reprocha a la Iglesia -incluida en ella tanto la jerarquía como los católicos que le son fieles- es que se opongan a la aprobación de leyes que permiten comportamientos contrarios a la ética cristiana.

Les escandaliza y ofende esta actitud porque esas leyes no obligan, sino que se limitan a legalizar, o en algún caso sólo a despenalizar, esos comportamientos.

Dicho de otro modo, como no se obliga a nadie a abortar, les resulta incomprensible que alguien se oponga al aborto.

Del mismo modo, consideran que no perjudica a la familia formada por un hombre y una mujer el hecho de que dos hombres o dos mujeres se unan civilmente y esa unión reciba la categoría de familia.

De este modo, ellos se presentan como tolerantes -porque no quieren obligar a los católicos a que lleven a cabo abortos o a que tengan relaciones homosexuales-, mientras que consideran a los seguidores de Cristo no sólo como retrógrados medievales sino como personas peligrosas para la convivencia, porque quieren imponer sus principios éticos a los demás.

Esta es su tesis y ahí reside el motivo de su creciente malestar e incluso odio contra la Iglesia.

Los insultos de la manifestación gay se explican desde ese punto de vista. ¿Qué decir a esto?

Primero: los católicos son ciudadanos como los demás y no ciudadanos de segunda. Por lo tanto, tienen el mismo derecho que los otros a ver reflejadas en leyes sus convicciones del tipo que sean.

Si un grupo lucha -respetando las reglas del estado de Derecho- para que el Parlamento apruebe la eutanasia, otro grupo tiene el mismo derecho a luchar por lo contrario, sin que por eso tenga que recibir insultos o descalificaciones.

Segundo: Es falso que las leyes contra las que protestan los católicos no afecten a nadie más que a los que las practican, al menos en la inmensa mayoría de los casos.

Es verdad que no obligan a nadie a abortar o a tener relaciones homosexuales, pero eso no significa que no haya víctimas inocentes: en un caso será el niño abortado y en otro el niño que puede ser adoptado por una pareja que no reúne las condiciones necesarias para darle la educación precisa.

Si el argumento de los progresistas se llevara a otros casos, como el terrorismo, nadie -excepto los directamente implicados- tendría que protestar, puesto que a nadie se le obliga a poner bombas.

¿Si a ti no te obligan a matar, por qué molestarte cuando otros matan?

¿No sería el rechazo del terrorismo, pues, un caso de intolerancia?. Claro que a esta comparación se le objeta que no es lo mismo matar a un adulto que a un feto.

Sin embargo, la ciencia indica con toda claridad que eso no es así y que el embrión es ya un ser humano diferente del padre y de la madre y, por lo tanto, poseedor del derecho a la vida, que es el primer y más básico de todos los derechos humanos.

¿Cómo callar, entonces, cuando en países como España han sido ya asesinados casi un millón de seres humanos desde que está en vigor la ley del aborto?

¿Se entendería que la Iglesia callase si, en vez de fetos, los asesinados hubieran sido adultos, incluso aunque estos hubieran sido delincuentes?

Y no es más grave matar a niños inocentes que a asesinos en serie?

La fuerza de este argumento está en el hecho de que esas conductas legalizadas para las que se pide tolerancia afectan a otras personas, aunque éstas sean “no nacidos”, como en el caso de los fetos. Pero, ¿qué decir de la eutanasia?.

Aparentemente, ahí los progresistas actúan cargados de razón: el daño es aplicado sobre uno mismo y por eso el rechazo católico a una ley que permita esta práctica es visto como un ejemplo de intolerancia absoluta y de intromisión insoportable en la libertad del ser humano.

Olvidan los que así piensan que incluso el daño que nos hacemos a nosotros mismos tiene un carácter social, pues cada uno de nosotros es miembro de la comunidad y, del mismo modo que se hiere a un padre cuando se golpea a su hijo, se hiere a la sociedad cuando se perjudica a uno de sus miembros o cuando éste lo hace consigo mismo.

Olvidan también que las víctimas de la eutanasia son en casi todos los casos enfermos o ancianos y que estos son muy fácilmente manipulables para conseguir que firmen su propia muerte.

Basta con someterles al castigo de la soledad o no darles la atención médica que necesitan.

Tercero: Hay otro argumento contra los que acusan a los católicos de intolerantes por luchar contra este tipo de leyes. Es el de que todo lo legal es visto por la mayoría de la gente como moralmente bueno.

En un corto plazo de tiempo, una vez aprobada una ley que encontró oposición incluso mayoritaria en la sociedad, el comportamiento permitido se convierte en aceptado socialmente, llegando incluso a verse como extraño el comportamiento contrario, por más que este no haya sido -de momento- prohibido.

Así, muchos que no hubieran abortado de estar prohibido el aborto, abortan ahora sin ser conscientes de la gravedad de lo que hacen.

O muchos que hubieran orientado su vida a la constitución de una familia, se dejan llevar por relaciones de otro tipo que ni les hacen bien a ellos ni a la sociedad.

O muchos que hubieran luchado por salvar su matrimonio se rinden a la primera dificultad y recurren al divorcio.

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