por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
De vez en cuando, de forma cíclica y quién sabe si ligada a la caída de beneficios de las grandes productoras de preservativos, aparecen en los medios de comunicación ataques a la Iglesia por su oposición al uso de esos instrumentos en el control de natalidad o en la lucha contra el sida.
Ofrecemos un interesante artículo del periodista Justo Aznar, aparecido en el diario “Las Provincias” de Valencia, el 7 de noviembre, bajo el título “El Cardenal y el sida”, y distribuido después por correo electrónico por el Comité Independiente Antisida.
“El cardenal y el sida “.
Con este mismo título publiqué en LAS PROVINCIAS (10-03-1999) un artículo en defensa del cardenal Carles, nuestro paisano arzobispo de Barcelona, que había sido injustamente atacado por unas declaraciones suyas sobre cómo evitar la transmisión del sida.
Ahora ha pasado algo similar con el cardenal López Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, que también ha sido ampliamente criticado en diversos medios de comunicación por sus declaraciones a la BBC (12-10-2003) sobre el mismo tema.
En efecto, el cardenal López Trujillo, al parecer, afirmó que «el espermatozoide puede pasar fácilmente a través de la red formada por el preservativo».
Si estas declaraciones fueran ciertas, indudablemente habría que admitir que son equivocadas, pero sin duda parece razonable pensar que la idea de fondo que el cardenal quiso transmitir en su entrevista es que el preservativo no es un método seguro para prevenir la transmisión del sida. Y a ello quiero referirme.
Método poco seguro
En efecto, el preservativo es uno de los métodos menos seguros para prevenir embarazos no deseados, pues según abundantes datos de la literatura médica tiene un índice de fallos que oscila entre 10 y 12 embarazos al año por cada 100 parejas que lo utilizan.
Por tanto, si falla para prevenir el embarazo, con más razón puede fallar para evitar el contagio de cualquier enfermedad de transmisión sexual, y entre ellas el sida. Y así lo confirman los datos.
En efecto, en el más amplio estudio realizado hasta la fecha para valorar la capacidad del preservativo para impedir la transmisión del VIH, trabajo que recoge todos los publicados en lengua inglesa hasta 1990 (Soc Sci Med 36; 1335, 1993), se concluye que el preservativo reduce la posibilidad de contagio en un 69,9%.
Datos más recientes publicados por los Institutos de la Salud de Estados Unidos (N Engl J Med 344; 611, 2001) incrementan esta tasa de protección hasta un 85%, por lo que siempre queda un porcentaje de 15% a 30% de contactos sexuales no protegidos.
Sin embargo, a mi juicio, la forma más objetiva para valorar en qué medida protege el preservativo de la transmisión heterosexual del sida es estudiar si se contagia la persona sana de una pareja heteróloga (uno sano y otro VIH positivo), que tengan relaciones sexuales normales y que usen sistemáticamente el preservativo.
En un estudio realizado con parejas en las que el varón era hemofílico y VIH positivo y ella no lo era, tras dos años de seguimiento, se comprobó que el 27% de las mujeres se habían contagiado (V Internacional Congreso on AIDS. 1989. Abstract MAO 33).
Estos, y otros datos parecidos, han hecho que importantes asociaciones médicas, no precisamente afines a la ideología del cardenal López Trujillo, claramente subrayen la insuficiencia del preservativo para garantizar la no transmisión del VIH.
El Centro para el Control y la Prevención de las Enfermedades Infecciosas de Atlanta afirma: «La abstinencia y las relaciones sexuales con una pareja sana son las únicas estrategias absolutamente seguras para evitar el sida.
El adecuado uso del condón en cada acto sexual puede reducir, pero no eliminar, el riesgo de transmisión de enfermedades sexuales». (JAMA 259; 1921, 1988).
También el Consejo de la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas indica que «el mejor consejo para evitar la transmisión del sida es abstenerse de las relaciones sexuales, y para aquellos con riesgo de infectarse, seguir una relación monógama con una pareja sana.
El uso del condón en las relaciones sexuales reduce, pero no elimina totalmente el riesgo de transmisión del sida (J Infec Disease 158; 273, 1988).
Aumentan los casos
Pero hay otro dato más que merece ser considerado. Las grandes campañas publicitarias realizadas para incrementar el uso del preservativo no solo no han disminuido el número de contagios de enfermedades de transmisión sexual, sino que incluso las han aumentado.
En un reciente informe (BMJ 327; 62, 2003), se constata que en los últimos seis años, en el Reino Unido, las infecciones por clamidia han aumentado un 108% y la sífilis un 500%.
Aunque en este trabajo no se dan porcentajes respecto a la infección por el VIH, también se refiere que el número de personas infectadas por el virus del sida ha aumentado cada año.
Finalmente, un último aspecto que considero de interés, porque también a él se han referido con insistencia los medios de comunicación que han comentado las declaraciones del cardenal López Trujillo, es en qué medida la actitud del responsable vaticano podría afectar a la prevención del sida en África.
En este sentido, creo que es de interés resaltar que datos recientes demuestran de forma inequívoca que la gran disminución de la infección por VIH conseguida en Uganda, el país de África donde mejor se ha combatido la expansión de este virus, es atribuible al éxito de la campaña educacional que promueve en los jóvenes la abstinencia sexual.
La educación en la abstinencia es poco eficaz cuando los adolescentes ya se han iniciado en las prácticas sexuales, pero es muy eficaz en los adolescentes más jóvenes y no es incompatible con una educación sexual que contemple también la contracepción (Lancet 360, 1792,2002).
Efecto contrario
Es decir, parece una evidencia médica que el preservativo disminuye las posibilidades de contagio del sida, pero no las excluye totalmente; pero si las campañas realizadas para promocionar su uso indirectamente inducen a que aumenten los contactos sexuales, el incremento absoluto de infectados por enfermedades de transmisión sexual no solamente no disminuye, sino que incluso, como se ha constatado ya en el Reino Unido, aumentan.
Por todo ello, estoy convencido de que el mensaje de fondo del cardenal López Trujillo es que el preservativo disminuye significativamente, pero no elimina del todo el riesgo de infección por el VIH.
Por esto, para aquellas personas que quieran tener relaciones sexuales promiscuas no cabe duda de que el preservativo reduce ampliamente la posibilidad de contagio, pero no la elimina del todo, por lo que para evitar con seguridad la posibilidad de infectarse por el VIH solo existe un método absolutamente seguro y es tener relaciones sexuales con una persona sana.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Otra de las cuestiones más repetidas en el “acoso” a que somos sometidos los católicos, es la del primado del Papa.
¿Por qué tiene que haber un primado en la Iglesia? ¿Por qué tiene que ser el obispo de Roma ese primado?.
Para algunos, esta cuestión debería suprimirse porque impide la unidad ecuménica. Olvidan que en el origen de todo está la voluntad del propio Cristo.
Nunca podrá entenderse suficientemente la importancia de la figura del Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro, sin previamente entender quién fue aquel hombre llamado Simón, hijo de Jonás, y cuál fue el papel que nuestro Señor Jesucristo quiso que desempeñara en su Iglesia.
En el evangelio de Juan leemos cómo transcurrió el primer encuentro entre Jesús y Simón:
Jn 1,40-42: Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías («el Cristo»). Y le trajo a Jesús.
Y mirándole Jesús, dijo:
Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefás (que quiere decir, Pedro). En estas primeras palabras ya nos encontramos con un elemento esencial. Cristo anuncia a Simón que tendrá un nuevo nombre por el que será conocido: Cefas (Pedro). ¿Porqué dicho cambio?
En el Antiguo Testamento quizás encontremos la respuesta: Gen 17,3-5: Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo:
He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.
Gen 32,27-28: Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.
Motivos concretos
Cada vez que Dios cambia el nombre de alguien, lo hace por un motivo muy concreto.
Al establecer el pacto con Abraham, que significa “padre enaltecido”, le renombra como Abraham, que significa “padre de una multitud numerosa”.
Dicho cambio de nombre está totalmente relacionado con el propio pacto que Dios establece con el patriarca.
Igual ocurre con Jacob, a quien un personaje misterioso con el que había luchado le advierte que su nombre pasará a ser el de Israel, que significa “Dios lucha” o “él lucha con Dios”, lo cual queda confirmado por el propio Señor en el momento en que confirma en él el pacto que ya había hecho antes con su abuelo Abraham.
Existen otros ejemplos veterotestamentarios en los que podemos comprobar que el nombre de una persona podía estar íntimamente relacionado con alguna circunstancia de su vida.
No en vano, cuando el ángel del Señor anuncia a José, que el fruto del vientre de María es engendrado por el Espíritu Santo, al mismo tiempo le dice que el niño debía de llamarse Jesús, que significa “Yahvé salva”.
Dicho nombre definía perfectamente la misión del Señor que había de nacer del seno de la Virgen María.
Con todos estos antecedentes, no podemos ignorar el hecho de que Jesús, al darle un nuevo nombre a Simón la primera vez que se encuentra con él, está mostrando una cualidad esencial del propio Simón.
Pero dejemos que sea el propio Señor el que nos diga quién es Pedro y cuáles son los elementos distintivos de su ministerio. Analicemos versículo por versículo.
¿Quién es Jesús?
Mateo 16, 13-14: Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Jesús sabía que había multitud de especulaciones acerca de su identidad, realidad que era igualmente conocida por sus discípulos.
En medio de tanta confusión, el Señor les hace una pregunta muy interesante:
Mt. 16,15: Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.
Notemos que no les pregunta “¿quién soy yo?”, sino “¿quién decís que soy yo?”. No siempre lo que creemos acerca de alguien coincide con la realidad. Y tanto más es así cuando ese alguien es el propio Dios.
Hoy estamos en una situación similar a la de aquellos tiempos. Los hombres especulan mucho acerca de la verdadera identidad de Cristo. Unos dicen que es sólo un buen maestro. Otros que un iluminado que fracasó.
Hay quien cree que fue un gurú palestino. Incluso los hay que opinan que fue un extraterrestre. Y muchos directamente le ignoran.
Pero, de nuevo, lo verdaderamente importante es que nosotros, los que somos sus discípulos, podamos responder acertadamente a la pregunta “¿quién decís que soy yo?”.
El que aquellos que no conocen de verdad a Cristo se equivoquen sobre su verdadera identidad es hasta cierto punto normal. Pero nosotros no podemos equivocarnos. Pedro no se equivocó.
Mt. 16,17: Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Pedro lo ha dicho, el caso está cerrado.
Pedro habla en nombre de todos ya que a todos era dirigida la pregunta.
En Pedro está la respuesta de la Iglesia a la pregunta más importante que Jesús pueda hacer. La pregunta sobre su verdadera identidad. Y de dónde sacó Pedro su respuesta?, ¿de su capacidad intelectual?, ¿de su potencial humano para entender la verdad sobre Jesús?. ¡No!, como indica el versículo siguiente.
Mt. 16,18-19: Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.
Cristo y Pedro
Simón supo, y la iglesia con él, quién es Jesús por revelación directa de Dios Padre. No le fue revelado por otros hombres, sino por Dios. Por eso, a este hombre que ha recibido la señal y que está marcado por Dios, Cristo le hace su sucesor, su vicario en la tierra.
Ni podemos separar el nombre Cristo, y lo que significa, de Jesús, ni podemos separar el nombre de Pedro, y lo que significa, de la persona de Simón. Jesús el Mesías, y Simón la piedra.
Y es justo en ese contexto en el que Cristo dice “y sobre esta roca (piedra) edificaré mi iglesia”. ¿Quién es el Cristo? Jesús, Jesucristo.
¿Quién es la roca o piedra sobre la que Jesús edifica su Iglesia?, ¿a quién se le da el nombre de piedra? A Simón, Pedro. Se trata de saber quién es Jesús y de saber quién dice Jesús que es Simón. Y una vez establecido quién es Jesús y quién es Pedro, Jesús edifica su Iglesia.
Y ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Cristo, declarada por Pedro, ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Pedro, declarada por Cristo.
Y es esa Iglesia, la verdadera, la que conoce y confiesa quién es Cristo y quién es Pedro, aquella sobre quien no prevalecerán las puertas del Infierno.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Continuamos desarrollando el tema del celibato sacerdotal.
Siguiendo con el recorrido histórico que empezamos en el artículo del mes pasado, podemos ver cómo fue la comunidad cristiana, en el ámbito de la Iglesia latina, la que exigió a sus sacerdotes el celibato, tanto en orden a mejor imitación de la vida de Cristo como de cara a la mayor entrega al servicio de la evangelización del pueblo de Dios.
Antes de seguir adelante señalo aquí una observación que hay que tener muy en cuenta a la hora de «datar» las enseñanzas o las prácticas de la Iglesia: cuando un concilio o un Papa legislan o definen una determinada doctrina, no quiere decir que esa doctrina haya sido «introducida» en la Iglesia en ese tiempo, sino más bien que se trata de algo que ya existía, y sobre lo que sólo ahora parece necesario legislar.
Demos un ejemplo más reciente: si un historiador del siglo veintiséis leyese en los libros de historia que fue Juan Pablo II en el siglo veinte quién definió solemnemente sobre la imposibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres, ¿podría él concluir legítimamente que la doctrina católica de la no validez de la ordenación de mujeres fue «introducida en la Iglesia» sólo en el siglo veinte?
Se equivocaría si así pensase nuestro imaginario historiador, pues la decisión de Juan Pablo II no es una «innovación», sino una «explicitación» de una doctrina mantenida desde siempre, pero sobre la cual no había necesidad de legislar con anterioridad, pues era aceptada por la totalidad de los fieles.
Algo similar sucede con la «legislación» sobre el celibato sacerdotal: que se haya legislado en los siglos III o IV no quiere decir que el tema era desconocido antes.
Este principio se aplica a muchas definiciones dogmáticas que algunos se apresuran a ver como «innovaciones» de la Iglesia, cuando en realidad no son sino un explicitar lo que ya se venía creyendo con anterioridad (así el dogma del primado del Obispo de Roma, la Asunción de la Virgen, y tantas otras doctrinas).
Siglos IV al XII
Si bien es probable que las Iglesias locales hayan legislado sobre esta materia con anterioridad, lo que nos ha llegado de más antiguo son las decisiones del Concilio de Elvira (entre los años 295 y 302), que fue un concilio de obispos de las tierras que hoy son España.
Dicho Concilio manda que los obispos, sacerdotes y diáconos admitidos a las órdenes sean célibes, o bien dejen a sus legítimas mujeres si quieren recibir las sagradas órdenes.
Esta práctica no fue reglamentada de igual modo en las Iglesias del mundo oriental (Asia Menor), que no impedían a los obispos y sacerdotes ordenados seguir en comunión con sus respectivas esposas.
En occidente, por el contrario, la predicación de los grandes pastores del siglo IV y V testimonia decididamente una clara preferencia por el sacerdocio celibatario.
Se pueden encontrar testimonios históricos de la existencia en occidente de sacerdotes que vivían con sus esposas, pero eran los que se encontraban «en el campo», lejos de sus obispos
También tenemos un testimonio del año 386: el concilio romano convocado por el Papa Siricio, que prohibía a los sacerdotes continuar relaciones con sus ex-mujeres.
En realidad las leyes variaban de un lugar a otro; no olvidemos las grandes distancias que había que recorrer en aquellos tiempos para comunicarse, de modo que las decisiones de una iglesia local tardaban tal vez años en llegar a oídos de las otras iglesias.
No era raro que, a pesar de las indicaciones de los concilios y de la preferencia popular del pueblo por los sacerdotes célibes, algunos tomasen mujer.
Concilios del siglo VI y VII reglamentan explícitamente que los obispos «deben» dejar a sus esposas una vez ordenados, mientras que para los sacerdotes y diáconos parecería no «exigirse» la separación.
Aún en el siglo VIII encontramos que el Papa Zacarías no quería aplicar a todas las iglesias locales las costumbres más propias de algunas, de modo que cada una podía legislar como le parecía más oportuno (respuesta al Rey Pepino).
Lo que nunca se aceptó en ningún lado fue que un ordenado pudiese casarse. El casado podía ordenarse, pero el ordenado no podía casarse.
Del siglo XII hasta hoy
En el año 1123, con el primer concilio Laterano, se reglamentó que el candidato a las órdenes debe abstenerse de mujer, y que el matrimonio de una persona ordenada era inválido, de modo que todo trato con mujer una vez recibida la ordenación pasaba a ser simple concubinato.
En este espíritu reglamentarían todos los Concilios posteriores. Es claro que la ley no se puso en práctica inmediatamente en todos lados, pero poco a poco fue cobrando fuerza de costumbre en todas las Iglesias de occidente.
En nuestros días, esta doctrina encuentra muchos adversarios, pero como vimos, no es nada nuevo. La Iglesia no define el celibato como una necesidad absoluta, pero lo ve como el mejor medio para que el siervo de Dios y de su pueblo pueda actuar «sin divisiones».
Finalmente digamos que en este tema hay que saber hablar con exactitud, ya que el mal uso de las palabras entorpece el diálogo y no ayuda a ver la realidad de las cosas.
Se oye con frecuencia expresiones de este tipo: «La Iglesia impone a los sacerdotes el celibato», o bien en forma interrogativa:
«Porqué los sacerdotes no se pueden casar?». Si bien se entiende que el celibato es una reglamentación eclesiástica, una «ley» de la Iglesia, sin embargo no me parece que sea del todo correcto hablar de «imponer» el celibato, o de «obligar» al mismo.
En la Iglesia católica nadie está obligado a ser célibe, porque nadie está obligado a ser sacerdote.
Por los motivos ya enunciados en el Nuevo Testamento y que hemos sugerido más arriba y por muchos otros motivos de mucho peso, a la Iglesia de Cristo de los últimos mil años le ha parecido bien considerar la vocación al sacerdocio y la vocación al celibato como una única vocación.
Llamada y no derecho
El punto principal aquí es en realidad el siguiente: la vocación sacerdotal es un llamado gratuito de Dios para su Iglesia, y no un derecho personal del candidato.
No sucede con el sacerdocio lo que sucede con otras profesiones humanas, a las cuales «tengo derecho»: la Iglesia, al unir «sacerdocio» con «celibato» no está «imponiendo nada a nadie», porque nadie tiene que ser sacerdote; más bien hay que decir que al obrar así está ejerciendo un «derecho» dado por Dios mismo a su Iglesia de determinar ciertos aspectos disciplinares del oficio sacerdotal.
De hecho es precisamente la Iglesia la que ordena sacerdotes para destinarlos al servicio divino.
En la Iglesia hay cientos de maneras de servir al pueblo de Dios, y si alguien cree que es llamado a ocupar un lugar activo en la Iglesia -¡y en verdad todos lo están!-, pero a la vez cree que no está llamado al celibato, sepa que puede ocupar ese lugar según el don que Dios le dio, sujetándose al parecer de la Iglesia, y no debe buscar a toda costa «ser sacerdote».
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Cada vez se alzan más voces, dentro y fuera de la Iglesia, en contra del celibato del clero.
Tal parece que no hubiera motivo alguno y que sólo una voluntad malvada lo siguiera exigiendo a los aspirantes al sacerdocio.
En este artículo, y en los que le seguirán los próximos meses, damos razones prácticas del por qué del celibato sacerdotal que, sin ser las más importantes, sí pueden ser entendidas fácilmente por todos.
Uno de los asuntos de los cuales más se habla en algunos ambientes eclesiásticos (y no eclesiásticos), y hacia el cual más de una denominación cristiana orienta sus críticas, es la disciplina actual de la Iglesia Católica, según la cual, quien se acerca a las Sagradas Ordenes (sacerdocio) debe profesar votos de castidad perpetua (celibato).
Digamos desde un primer momento que se trata de una disciplina eclesiástica sujeta a cambio, que de hecho cambió y puede, teóricamente, seguir cambiando. No se trata de un dogma de fe.
La Iglesia Ortodoxa, que ordena sacerdotes «válidamente» según el juicio de la Iglesia Católica, admite casados al sacerdocio.
Es más, la misma Iglesia Católica en los países donde predomina el rito Bizantino (por ejemplo en Ucrania) ordena sacerdotes a hombres casados, los cuales continúan viviendo vida matrimonial después de la ordenación.
Pero al mismo tiempo la Iglesia cree que el celibato sacerdotal es un don de Dios, y que hoy por hoy sería un error cambiar la legislación actual. Y la bimilenana Iglesia tiene sus buenos motivos.
Dejamos de lado las muchas razones de orden teológico y pastoral que evidencian la oportunidad de esta disciplina (y que son en verdad cuantiosas y de no poca monta), y vemos solamente el proceso histórico de esta decisión.
Quien quiera profundizar sobre los motivos de orden teológico que han llevado a la Iglesia por el camino del celibato sacerdotal, puede leer con provecho la magistral encíclica de Pablo VI «Sacerdotalis Caelibatus».
Nuevo Testamento
Para entender el motivo último de esta práctica eclesiástica y valorar los alcances profundos de la misma hay que leer y meditar Mateo 19:10-12 y, sobretodo, el capítulo 7 de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Estos textos dan «el espíritu» que late tras la legislación del celibato sacerdotal.
Leyendo estos pasajes, el fiel entiende que se trata de una vocación de Dios, en vistas al Reino de Dios, y que sólo sin razonar puede alguien rápidamente afirmar que «es un invento de los curas»; en efecto, más allá de la disciplina eclesiástica, que puede cambiar y de hecho fue cambiando con el paso del tiempo, sin embargo quedarán siempre en pié aquellas claras palabras del apóstol: «el célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado de los asuntos del mundo.., y está dividido» (1 Cor 7).
Si perdemos de vista estos textos bíblicos, perdemos de vista el centro de la cuestión.
En la evolución histórica de la legislación celibataria pueden distinguirse tres momentos principales: De los comienzos al siglo IV; Del siglo IV al XII; Del siglo XII a nuestros días.
La comunidad apostólica y los tres primeros siglos de la Iglesia.
Hay algunos textos ya en los escritos del Nuevo Testamento que nos ilustran sobre la situación de la Iglesia primitiva en esta materia. San Pablo pide que los obispos y diáconos sean «casados una sola vez», o «maridos de una sola mujer» (1 Tim 3:2.12; Tito 1:6).
Esto, en un primer momento, como se apresuran a hacérnoslo saber algunos hermanos evangélicos, parecería excluir la idea de un sacerdote u obispo «célibe». Ahora bien, no debemos olvidar que el mismo Pablo nos hablaba de la conveniencia de «no estar divididos» (es decir, no estar casados), y agregaba que él quisiera que «todos fuesen como él» (1 Cor 7:7-8), dejando claro que él mismo no tenía mujer, y que prefería -ciertamente no imponía- que el servidor de Dios tampoco la tuviese (incluye también la virginidad femenina, como camino ideal de quien quiera servir a Dios con corazón indiviso).
Es decir, lo que San Pablo pedía con «que sean de una sola mujer» no era que necesariamente se casaran y tuvieran al menos una mujer, lo cual sería exactamente lo contrario de todo lo que el mismo Pablo escribió en 1 Cor 7 - sino que no sean personas que lleven una vida disoluta, con varias mujeres, o que se hayan casado más de una vez.
Se trata de una orden que señala un límite (no más de una mujer), y no una obligación (al menos una mujer).
Es por otro lado obvio que en el comienzo de la predicación cristiana, cuando el celibato no era un estado admitido en la sociedad, los Apóstoles no esperasen encontrar hombres célibes en número suficiente para regir las numerosas comunidades cristianas que iban surgiendo, pues simplemente no los había, y no se podía pensar que el deseo de Pablo de que el servidor sea célibe fuese inmediatamente aceptado y practicado en toda la Iglesia.
No había entonces seminarios: había que fundar las comunidades cristianas con la predicación, y para ello se escogía a los hombres más capacitados en ese momento.
Por ello Pablo exige al menos lo indispensable, a saber, que no sean libertinos, o que no hayan tenido ya varias mujeres.
Incluso es de admirarse que, en ese ambiente naturalmente contrario a la abstención sexual, Pablo haya tenido la claridad y el valor de predicar que «es mejor no casarse». Sus palabras son sin duda de un gran calibre profético.
Lo mismo cabe decir de los textos donde Pablo señala que «si el obispo no es capaz de ordenar su propia casa, cómo será capaz de ordenar la iglesia».
No está diciendo que los candidatos deben ser necesariamente casados, y que un célibe no puede ejercer ese cargo, sino que el candidato, que debía ser una persona de cierta edad y experiencia, y por lo tanto bien casado, debía dar muestras de buen gobierno de su propia familia antes de querer gobernar a la Iglesia de Dios.
Esta fue la práctica de la Iglesia durante los primeros siglos, admitía los candidatos casados a las órdenes sagradas, siempre y cuando diesen testimonio de un matrimonio vivido de manera irreprensible; al mismo tiempo, y siguiendo las enseñanzas de Jesús y de Pablo, siempre fue estimado por todas las iglesias el don del celibato por el Reino de los Cielos, y es lógico pensar que muchos comenzaban ya a vivir ese estado de vida tan particular.
En otras palabras, había ministros casados y ministros célibes, aunque no podemos determinar la cantidad y la proporción con respecto a los casados, o los oficios que se reservaban a unos u a otros, etc.
Además, las costumbres de las distintas iglesias locales eran diversas en este sentido, aunque los principios que enunciamos eran respetados en todos lados.
Recordemos que a la hora de acudir a los documentos escritos, no es mucho lo que de aquella lejana historia podemos asegurar con ciencia cierta en el campo que vamos tratando.
Algunos estudiosos, por ejemplo, se inclinan a pensar que, si bien no era obligatorio, la mayoría de las iglesias locales, tal vez celosas de las palabras del Apóstol, guardaban la costumbre de admitir a las órdenes sagradas preferiblemente a los célibes.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Tanto católicos como protestantes creemos que Jesús tiene más hermanos, pero cada uno entiende algo diferente por ello.
Los católicos profesamos que todos los cristianos somos hermanos de Jesús por el bautismo. Profesamos al mismo tiempo que Jesús no tuvo hermanos naturales.
Los protestantes, en cambio, creen que María Santísima tuvo más hijos naturales. Se basan en los pasajes que mencionan a los «hermanos» de Jesús.
Los controvertidos pasajes en los que se habla de los “hermanos” de Jesús son:
Mateo 12,46: «Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.
Marcos 6,3: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él».
Juan 7,5: «Es que ni siquiera sus hermanos creían en él».
Hechos 1,14: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.»
1 Corintios 9,5: «¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?»
Significado de “hermano”
Para entender los pasajes anteriores es esencial entender el uso de las palabras en la cultura de los judíos de aquel tiempo.
Tanto el hebreo como el arameo (lenguaje de Jesús y sus discípulos) utilizaban la misma palabra para designar a los hermanos, a los primos y a miembros del mismo clan.
Los autores del Nuevo Testamento eran de cultura hebrea y escribieron en griego. El Antiguo Testamento también fue traducido al griego por ser el lenguaje más popular de la época. Es la llamada Biblia de “los Setenta”.
La palabra hebrea para hermanos y primos fue traducida al texto original griego de la Biblia como «adelphos».
A diferencia del hebreo o el arameo, el griego tiene una palabra específica para primos: «anepsios», pero los traductores de la Biblia de “los Setenta” y del Nuevo Testamento, siendo de cultura hebrea, prefirieron usar «adelphos» cuando se utilizaba la palabra aramea «hermanos» que, como hemos dicho incluye primos y otras relaciones.
Es decir, utilizaron la palabra griega pero en el sentido original del lenguaje de Jesús. Por eso, para saber si se trata de hermanos de sangre, de primos o de otras relaciones, hay que estudiar el contexto de la cita. Esto lo podemos saber por varios ejemplos encontrados en el Antiguo Testamento.
A Lot se le llama «hermano» de Abraham en Gen. 14,14, pero sabemos por la misma Biblia que era su sobrino (Gen. 11,26-28). A Jacob le llaman «hermano» de Laban quien es en realidad su tío (Gen. 29,15). I Crónicas 23,21-22 habla de los «Hijos de Majlí: Eleazar y Quis. Eleazar murió sin tener hijos; sólo tuvo hijas, a las que los hijos de Quis, sus hermanos, tomaron por mujeres.»
Otros ejemplos están en 1 Sam. 9,13; 20,32; 2 Sam. 1,26; Amos 1,9. Deuteronomio 23,8: «No tendrás por abominable al idumeo, porque es tu hermano». II Reyes 10,13-14: Los 42 «hermanos» del rey Ocozías que bajaban a saludar a los hijos del mismo rey y de la reina. Nehemías 5,8: «y les dije: «Nosotros hemos rescatado, en la medida de nuestras posibilidades, a nuestros hermanos judíos que habían sido vendidos a las naciones. ¡Y ahora sois vosotros! vendéis a vuestros hermanos».
Jeremías 34,9: «en orden a dejar cada uno a su siervo o esclava hebreos libres dándoles la libertad de suerte que ningún judío fuera siervo de su hermano.»
Hijos de José
Para algunos, los «hermanos de Jesús» podrían ser hijos de San José con una primera esposa si éste era viudo.
Pero el gran maestro de las Sagradas Escrituras en los primeros siglos (Siglo IV), San Jerónimo, planteó más bien que se trata de primos, lo cual cabe perfectamente, como hemos visto, dentro del sentido de «hermanos» sostenido por los judíos de la época.
San Jerónimo, como los demás padres de la Iglesia, defendió la virginidad perpetua de María Santísima.
No existe una sola sugerencia en la Biblia de que la Virgen tuviera otros hijos. Cuando la Sagrada Familia huye a Egipto o cuando se les pierde el niño en Jerusalén (Lucas 2,41-51), siempre se refiere a un solo hijo.
Los de Nazaret, aun cuando hablan de los «hermanos» de Jesús, se refieren a Él como «el hijo de María», no como «un hijo de María» (Mc 6,3). Sería este uso de palabras muy extraño si fueran de hecho esos otros «hermanos» hijos de María.
Hay además otras razones culturales que indican que los «hermanos» de Jesús no eran de sangre. Entre los judíos, los hermanos menores no podían aconsejar a los mayores.
Por eso cuando en una cita un hermano aconseja al otro se entiende que quien aconseja es el mayor.
Sin embargo los «hermanos» de Jesús le aconsejan que se vaya a Judea (Juan 7,3-4). En otra ocasión tratan de llevárselo (Marcos 3,21). Estos hermanos no pueden entonces ser hermanos de sangre ya que Jesús es el primogénito (no tenía hermanos mayores: Lucas 2,7).
En el año 2002 salió a la luz un osario con la inscripción: «Jacob [Santiago], hijo de José, hermano de Jesús». Muchos pensaron que este «hallazgo» ponía en duda la doctrina católica sobre la Virginidad perpetua de María.
Sin embargo resultó ser un fraude. Así lo determinó el director de Antigüedades de Israel, Shuka Dorfman, quien anunció (junio 18, 2003): «El osario es real. Pero la inscripción es falsa.
Lo que significa que alguien cogió una caja real y labró la escritura en ella, probablemente para darle una importancia religiosa».
Lamentablemente los medio de comunicación que tan ampliamente propagaron el engaño, no hicieron casi nada por rectificarlo.
La hora de la muerte
Juan 19,26-27: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.».
El Evangelio nos da el nombre de cuatro de los «hermanos» de Jesús: Santiago, José, Simón y Judas. Si fueran sus hermanos de sangre serían hijos de María.
¿Por qué entonces Jesús la entregó a Juan?. Así lo entendió San Hilario de Poitiers, Padre de la Iglesia:
«Si ellos (los hermanos del Señor) hubiesen sido hijos de María y no aquellos del primer matrimonio de José, ella nunca hubiese sido entregada en el momento de la pasión al apóstol Juan como su madre”.
Jesús establece una relación de madre-hijo que no es por naturaleza sino por gracia. Como Juan, todos los bautizados somos hijos de María y somos hermanos de Jesús.
En el Apocalipsis vemos, en efecto, quiénes son los otros hijos de María.
Apocalipsis 12,17: «Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.»