20. La lucha por las investiduras

Autor: Cristiandad.org 

La sorprendente epopeya papal de Matilde di Canossa, una mujer excepcional oculta en el tiempo.

Matilde di CanossaMatilde di Canossa nació en el seno de una poderosa familia católica.

Su padre, el marqués Bonifacio, era señor de un territorio de grandes dimensiones que se extendía en Italia desde la precordillera de los Alpes brescianos hasta el Lacio septentrional, por abajo.

Siendo ella una niña, en el año 1052, el marqués fue asesinado, cuando estaba cazando en una de sus tantas florestas próximas al Po.

Corrieron diferentes conjeturas sobre el motivo de su muerte, pero nunca se logró conocer la verdad.

El hecho es que dejó el gobierno de sus tierras en manos de las dos mujeres de su casa, Beatriz y Matilde.

Asesinado Bonifacio, las dos mujeres se sintieron muy solas, en apuros con su vasto dominio, que reunía gran diversidad de lenguas, costumbres, formas de gobierno y sociedades, que contribuían a formar un verdadero mosaico, que se había mantenido unido hasta entonces casi exclusivamente debido a la férrea voluntad del padre de Matilde.

La esposa del marqués era de sangre alemana, prima del rey emperador, y regresó con su hija a Lorena, su patria de origen, donde permanecieron un tiempo, mientras la pequeña crecía.

De vuelta en Italia, hubo muchos problemas que enfrentar.

En lo personal, Matilde deseaba convertirse en esposa de Cristo.

Muchos nobles y reyes medievales compartieron su mismo deseo de relación de la vida activa y la contemplativa, una anticipación del Paraíso en la tierra, un deseo de terminar la propia existencia en los claustros monacales iluminados desde lo alto, circundados de bellas columnas en su espacio cuadrangular, resonantes de cantos, atravesados por religiosos absortos en Dios.

Durante siglos este fue un gran deseo de los gobernantes piadosos. Muchos terminaron efectivamente así sus días.

Aunque el deseo de Matilde era este ante que ningún otro, las cosas se encaminaron de forma muy distinta: Gregorio VII la había disuadido de entrar en el convento, en los mismos años en los cuales reprochaba al abate de Cluny haber acogido como monje al rico duque Hugo de Borgoña.

"La caridad no va en busca de la satisfacción personal"; ésta fue la frase lapidaria que Gregorio opuso a quienes, entre los poderosos, daban la espalda al mundo en que tenían grandes deberes pendientes, para refugiarse en el sosiego monástico.

A cambio, pues, ella que se había convertido en una bella joven, debía contraer matrimonio con Godofredo el Jorobado, un hombre feo y deforme que la hizo sumamente infeliz.

Esta solución había sido inducida por razones políticas, como sucedió más tarde con el segundo marido, Güelfo de Baviera. También esta experiencia fue triste para Matilde, que se encontró desposada con un joven de 16 años cuando ella ya rondaba los 40. Ambos matrimonios fracasaron.

Tierras de Matilde di Canossa

Panorama general

Pero esta situación pareció ser nada en comparación de los problemas que surgían en sus territorios, fruto de la caída del sistema feudal, que generaría lo que hoy conocemos como el cambio de la baja hacia la alta edad media, y a la guerra de las investiduras que luego explicaremos.

Desde que Bonifacio se había convertido también en duque de Toscana, el territorio de los Canossa estaba apretado como en una gran prensa, entre el norte germánico y Roma, peligroso cojín que podía desempeñar funciones de intermediario, o bien ser empujado a pronunciarse por una de las partes, en caso de conflicto. Y este conflicto acababa de comenzar… Por lo que Matilde se puso de parte de Roma, convirtiéndose en la única noble de importancia que prestó apoyo al papado en la difícil situación que se iba a desarrollar.

Por otra parte, en el interior del estado, las ciudades eran focos permanentes de rebelión: en vías de obtener la autonomía de la organización comunal, no querían aceptar el orden feudal. Se estaban convirtiendo en comunas autónomas, como las comunidades rurales, también encaminadas al gobierno autónomo. La estructura feudal, apoyada sobre los dos pilares de fe y nobleza, estaba cayendo.

La querella de las investiduras

Para entender mejor el problema en que quedó inmiscuida, se hace importante explicar el motivo de la guerra que se desató entre el poder temporal y el espiritual.

Cuando accedió al trono de San Pedro el Papa Gregorio VII, quiso ordenar dos graves problemas que estaban decayendo cada vez más y arrastrando a la Iglesia consigo: la inmoralidad, y la simonía (pecado mortal en que incurre quien compra o vende favores religiosos como sacramentos o cargos eclesiásticos).

En los años 1074 y 1075 San Gregorio renovó los edictos contra la incontinencia de los clérigos y la simonía que ya los papas anteriores habían establecido, y condenó también la investidura laica, deponiendo al clérigo que la recibía, y excomulgando al príncipe que la impartía.

La investidura laica deriva del régimen de la Iglesia privada. Por influjo del derecho germánico en la Europa medieval se hizo frecuente el concebir a las iglesias como un beneficium, que a semejanza de cualquier otro "beneficio" podía ser instituido por un laico y concedido como feudo.

Así, pues, era frecuente que un señor feudal concediese a un clérigo una parroquia, una colegiata, etc. como feudo, participando luego de los frutos económicos de las mismas.

Los reyes, por su parte, eran quienes normalmente otorgaban los obispados y las abadías más importantes. El rito de investidura constaba del juramento de fidelidad del vasallo que luego recibía de su señor el báculo pastoral y frecuentemente el anillo. Este gesto se prestaba a confusión pues era un laico quien concedía una jurisdicción eclesiástica, y una dignidad que corresponde a la Iglesia el otorgarla. Incluso había otro punto que corregir:

El emperador ha de ser coronado por el Papa, ya que es de Dios que recibimos el poder temporal. Pero el monarca se consideraba el legítimo sucesor de Pedro. Es lo que se conoce como cesaropapismo, y que había ser modificado a partir de esta guerra.

Pero por lo pronto, el emperador Enrique IV, no estaba dispuesto a renunciar a lo que consideraba un derecho de la corona, y desafiando el Papa, en 1075 confirió el arzobispado de Milán al clérigo Tedaldo.

Ante la amenaza de excomunión pontificia por esta desobediencia, Enrique convocó un sínodo en el cual algunos obispos antigregorianos "depusieron" al Papa.

La respuesta de Gregorio no se hizo esperar: excomulgó al monarca, lo depuso y desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad por el que le debían obediencia.

Esta es la sentencia de excomunión que entonces redactó el Santo Padre:

"Bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, préstame, te lo pido, oído favorable; escúchame que soy tu servidor, a quien tú has alimentado desde la infancia y preservado hasta este día de la mano de los malvados, que me han odiado y me odian porque soy fiel. Tú eres mi testigo, lo mismo que mi soberana, la Madre de Dios, así como el bienaventurado Pablo, tu hermano entre todos los santos, tú eres mi testigo de que la santa Iglesia Romana me ha llevado a pesar mío a su gobierno y que no he mirado como una conquista el hecho de subir a tu sede.

Hubiera preferido terminar mi vida como humilde peregrino más que tomar tu lugar por un sentimiento de gloria mundana y con la preocupación de un seglar. Si te ha agradado y si te agrada todavía que el pueblo cristiano, especialmente confiado a tu cuidado me obedezca, es, yo creo, un efecto de tu gracia y de ninguna manera el resultado de mis obras. Es porque soy tu representante que tu gracia ha descendido sobre mi, y esta gracia es el poder dado por Dios de atar y desatar en el cielo y en la tierra.

Fuerte por esta confianza, por el honor y la defensa de tu Iglesia, en nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en virtud de tu poder y de tu autoridad, pongo en entredicho al hijo del emperador Enrique, que se ha levantado contra tu Iglesia con una insolencia inaudita en el gobierno de todo el reino de los teutones y de Italia; y desligo a todos los cristianos del juramento que le han prestado o que le prestan; prohíbo a toda persona que le obedezca como a rey.

Es justo, en efecto, que aquel que se esfuerza por aminorar el honor de tu Iglesia pierda él mismo el honor que parece tener.

Como él ha desdeñado de obedecer como cristiano y no se ha vuelto al Señor, a quien ha abandonado comunicándose con los excomulgados, volviéndose culpable de muchas iniquidades, despreciando los avisos que le he dado para su salvación, tú lo sabes, y separándose de tu Iglesia que ha querido desgarrar, yo lo ato, en tu nombre, con la atadura del anatema.

Yo lo ato sobre la fe de tu poder, para que las naciones sepan y constaten que tú eres Pedro y que sobre esta piedra el Hijo de Dios vivo ha levantado su Iglesia, contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán jamás."

El efecto fue fulminante, todos los descontentos en Alemania e Italia, vieron la ocasión para sublevarse; los nobles alemanes, escogieron incluso nuevo rey.

Enrique IV se apresuró a retorcer los argumentos del Papa, que podía excomulgarlo, pero no rechazar a un penitente arrepentido, y como tal se presentó ante él en Canossa, castillo de Toscana, donde la buena Matilde lo había acogido, y fingiendo arrepentimiento, recibió el perdón en enero de 1077.

En los años siguientes, el rey derrotó a los rebeldes alemanes y preparó sus defensas de tal forma que cuando reanudó las hostilidades hacia el Pontífice, y éste hubo de excomulgarle y deponerle de nuevo, nadie se movió contra él y pudo reunir una asamblea eclesiástica en Alemania, donde se destituyó a Gregorio VII y se nombró un antipapa, Clemente III, a quien Enrique IV instaló por la fuerza de las armas en Roma el año 1084, siendo coronado emperador por él a continuación. Mientras tanto el Papa se recluía en Castel Sant’Angelo.

Con los simoníacos y el poder temporal en contra, el Santo Padre encontró muy pocos fieles poderosos que le apoyaran, y Matilde fue una de ellos.

Gran guerrera

Un sabio del círculo de Matilde, Bonizone di Sutri, la pone a ella como ejemplo para los otros guerreros nobles alineados en el bando del pontífice: "Ved a Matilde, excelsa condesa, verdadera hija de San Pedro. Ella, no menos que un hombre, y sin preocuparse por todo lo que la rodea, está dispuesta incluso a morir antes que traicionar su compromiso de observar la ley de Dios".

Pero no fue fácil para Matilde vivir como mujer poderosa en ese siglo que siguió al milenio, desgarrado por innumerables divisiones, desde la base de la sociedad hasta sus vértices. Existía la amenaza de que la Iglesia quedara definitivamente subordinada al poder laico.

En el centro y el norte de Italia, donde estaba ubicado su vasto dominio, las ciudades que crecían casi vertiginosamente en superficie, habitantes y poder le causaban grandes preocupaciones.

Las ciudades llegaron a ser autónomas, verdaderos y genuinos estados, si bien dentro del más amplio contexto político imperial; algunas de ellas estaban ubicadas dentro de su dominio, aunque sin formar parte de él; otras se hallaban sujetas a su autoridad pero se resistían, se rebelaban, se sustraían a cualquiera que fuese su jurisdicción, como hizo durante 24 años la propia Mantua, la capital.

El imperio, además de debilitar la alianza entre el Papa y Matilde, apoyaba a los centros urbanos; y no solo eso: incitaba a los otros señores de los grandes territorios en contra de la dinastía de los Canossa.

Esta actitud hostil, dictada por no pocas razones, desembocó en una de las batallas más cruentas que tuvieron lugar en la Italia del siglo XI. En Caviolo, Bonifacio, el padre de Matilde, y Conrado, su tío, vencieron después de combate atroz.

También Matilde, antes de que comenzara la guerra entre el Papa y el futuro emperador, en la cual se encontró comprometida personalmente, parecía continuar la tradición guerrera de la dinastía.

Participó en dos encuentros armados, junto a su padrastro, Godofredo de Lorena, contra los normandos, a la edad de 21 y 28 años.

Aunque se comprometió en tantas acciones militares, nada demuestra sin embargo que las haya afrontado con encarnizamiento. Los propios autores del bando opuesto no se refieren a ella como a una mujer feroz, dedicada a la guerra, y lo habrían hecho si hubieran tenido un pretexto para ello, porque no escatimaron insultos dirigidos a su persona.

Es, sin embargo, hermosa la dedicación y sacrificio que puso en esto: "Matilde misma organiza a sus tropas en la guerra y permanece al frente de ellas. No la amedrentan las noches ni el frío, no le hacen abandonar a sus hombres", escribía Rangerio, autor de la Vita de Sanselmo da Lucca.

Los castillos

Matilde sostuvo batallas campales, incluso personalmente. Sin embargo, si bien obtuvo victorias, a menudo decisivas en el campo de batalla, fueron sus castillo los que le aseguraron una invencibilidad indiscutible.

Eran muchísimos, situados en particular desde los Apeninos hasta el Po. Los emperadores quedaron pasmados ante su cantidad, conquistaron algunos pero no lograron apoderarse de otros: tantas fortalezas no se podían capturar. Matilde prefería algunas de ellas, que eran más sólidas que las demás.

En el momento culminante de la guerra contra el emperador Enrique IV, cuatro de estas fortalezas, dos en la llanura y dos sobre los montes, tuvieron en jaque a las tropas imperiales y decidieron la derrota definitiva.

Mirando desde la llanura hacia las colinas y los montes, de espaldas al Po, las fortalezas vigilaban las alturas, desde los relieves amenazadores sobre la llanura hasta aquellos más internos, donde los bosques las ocultaban haciéndolas más difíciles de identificar y de sitiar.

Había aun otras que, circundadas por aguas perezosas de los meandros y los afluentes paduanos, sólo podían ser asaltadas con barcas y balsas cargadas de soldados, un blanco fácil para quien tenía la función de la defensa.

En los momentos en los cuales crecía la tensión de la guerra, cuando se trataba de defender la integridad de las personas frente a las milicias imperiales que se habían vuelto más resueltas y numerosas, Matilde prefería retirarse a los montes y buscar refugio en las fortalezas allí enclavadas.

Pasó muchos años de su vida en las frías habitaciones de sus castillos. Pensar que vivir así era una comodidad, está lejos de la realidad: la iluminación era escasa; la calefacción, por medio de grandes chimeneas, era inadecuada para afrontar los gélidos vientos de la montaña, las frías nieblas de la llanura, las lluvias y la nieve que entonces caía en abundancia.

Además, las fortalezas a menudo no eran de piedra, o lo eran sólo en parte. Solamente eran de piedra y ladrillo las más importantes, las que se hallaban protegidas contra los vados fluviales y las situadas en los valles que siempre era necesario vigilar.

Todas las demás eran construcciones rudimentarias, muy diferentes de las fortalezas que hoy conocemos. En muchos casos, sobre todo en el siglo X y en el siguiente, la madera constituía la materia prima con la cual se edificaban: una empalizada levantada sobre un terraplén circundado por un foso lleno de agua, y adentro, una torre de dos plantas, también ella de madera, donde se alojaba su señor; y al lado, las pequeñas viviendas de los otros, los almacenes, los establos y la iglesia, que no pocas veces también estaba construida rudimentariamente en madera.

Otras fortalezas – llamémoslas también así – consistían sólo en el foso sobrepasado por un terraplén: únicas defensas para las viviendas situadas en el interior.

Muchas aldeas campesinas no tenían mejor defensa, y sus señores se aseguraban una más sólida transformando el recinto sólo cuando decidían hacer de él un punto de resistencia.

En general, eran pequeños asentamientos de pocas decenas de metros de largo y de ancho, en medio de una naturaleza todavía esencialmente salvaje, que en la llanura se extendía en grandes pantanos, estanques, sotos y selvas que llegaban hasta los muros o las empalizadas.

Los ríos, casi todos poco provistos de diques, rebasaban fácilmente sus lechos, y el agua entraba, inundando estos modestos asentamientos humanos. Cuando uno de estos "castillos" era conquistado, se solía prender fuego a todo o se hacían desarmar las casas de madera y la empalizada, transfiriéndolas a otro lugar.

Por esta razón muchas poblaciones se trasladaban o desaparecían, y donde poco tiempo antes el caminante podía entrar en un recinto de madera y encontrar refugio, sus ojos después sólo veían postes o tablas incendiadas, o nada.

Muchos "castillos" de Matilde eran pequeñas aldeas casi sumergidas en la vegetación, habitadas por un centenar de personas, o aun menos, escasas de víveres y de armas.

Resultaba difícil llegar hasta allí, el traslado de uno a otro resultaba fatigoso y era imposible servirse de ellos frente a un sitio de cierta importancia.

Sin embargo, muchos otros eran fortalezas temibles; para levantarlos, se necesitaban grandes cantidades de hombres y piedras. Como ocurrió en Brescello, sobre el Po, hacia fines del siglo X, donde el bisabuelo de Matilde construyó uno de sus castillos más fortificados. Cuando se apoderó del lugar, era una aldea fortificada de manera rudimentaria en los límites de un vasto erial zarzoso, donde afloraban los restos de lo que había sido una ciudad y fortaleza romana destruida algunos siglos antes.

Las ruinas – mármoles, piedras y ladrillos – abundaban. El señor hizo venir a gran cantidad de personas, ordenó recoger ese material precioso y con él hizo levantar una muralla; adentro hizo construir un monasterio dedicado a San Genesio, el primer obispo de la ciudad desaparecida. Llegó a ser un monasterio próspero, situado en un territorio sobre los límites del dominio de los Canossa.

Siguiendo la política de sus predecesores, Matilde llegó a ser cada vez más dueña y señora de esas tierra, en otra época desoladas, que se fueron poblando a partir del primer milenio; y a lo largo de su vida, aunque las tierras aún albergaban grandes selvas y pantanos, lentamente se fueron diseminando aldeas y castillos destinados a un progresivo y constante engrandecimiento.

Por otra parte, el Po era una gran arteria navegable, por la que transitaba gente de toda clase acechada por los piratas: por estos últimos debía preocuparse la condesa.

Cuando ya estaba próxima a la muerte, su biógrafo Donizone declara que mientras ella permaneció con vida nadie había debido temer a los bandoleros de las aguas paduanas: la dama tenía una mano de hierro para mantener el orden en sus dominios.

Matilde dedicó particular atención a sus castillos. La misma sociedad le parecía representada sobre todo por la nobleza fiel, aparte de los clérigos y los monjes, quienes por lo demás estaban generalmente vinculados a ella.

Los castillos, y no las ciudades, fueron las residencias preferidas de Matilde, que se mantuvo fuera de los muros urbanos no sólo por motivos de seguridad, sino también porque advertía que se estaba gestando cada vez más firmemente una nueva forma de civilización, adversa en gran medida al mundo feudal que ella representaba.

Los castillos, muchos de los cuales eran de vasallos poderosos y fieles, fueron embellecidos, reforzados y poblados más que en el pasado por esta mujer que transcurría gran parte de su tiempo en ellos. Quienes tuvieron en jaque al emperador fueron ciertos vasallos con sus fortalezas, no las ciudades; ya que por lo que hemos explicado, estas últimas mostraban hacia la condesa una actitud ambigua, cuando no directamente hostil.

El mundo en el cual se mueve Matilde y que está presente en sus pensamientos, en sus fantasías y en sus sueños es, pues, completamente rural.

Era un mundo en el cual los grandes escenarios podían colmar el espíritu, pero donde prevalecía aun un ambiente difícil, que imponía una vida dura y sacrificada, un ambiente cubierto de bosques a menudo impenetrables, poblado de animales salvajes, de lobos y manadas de cerdos que se peleaban.

Al carácter selvático del paisaje se sumaba la rudeza de los hombres, su impulsividad y a menudo una fiereza que traía sus resabios de la reciente barbarie de la que salía la humanidad.

Matilde hubo de vigilar, además de a sus enemigos, a sus propios administradores, que frecuentemente utilizaban y robaban cuanto pertenecía a las iglesias y a los monasterios. Ella se hizo cargo de la situación, y proveyó a las iglesias hasta el punto de que el obispo de Mantua llegara a escribir: "todas las iglesias se nutren de la leche de Matilde".

Tiempos de guerra

El comienzo del siglo XII es tiempo de grandes cambios, entre los cuales el conflicto entre reino y sacerdocio, entre imperio y papado, es quizás el más evidente y duradero, aun cuando constituya el resultado de una situación de precariedad general, debida al trastrocamiento de las instituciones tradicionales, a las transformaciones profundas dentro de la sociedad, de la economía, del mismo paisaje.

Lo que más afectó a las instituciones de Europa occidental fue el desenfreno de las clases nobiliarias, que ya no estaban controladas por un poder central eficiente.

En todas partes los nobles erosionaban el viejo sistema para crearse ámbitos de poder restringidos, entraban en conflicto entre ellos y con el rey, se apoderaban de las iglesias y de los monasterios. En este cuadro agitado y convulsivo, los burgueses trataban de consolidar su propia posición social y política, entrando en conflicto con los obispos y los señores de las ciudades, con los nobles y con los monjes.

En Italia, la presencia y la mayor fuerza política de los burgueses complicaba las cosas y obstaculizaba seriamente la formación de los estados territoriales que se estaban constituyendo – si bien a duras penas – más allá de los Alpes. Matilde di Canossa vio cómo se desmoronaba progresivamente su estado a causa de la rebelión de las ciudades, donde la burguesía y los nobles se aliaban en contra de ella y en contra del orden tradicional del poder.

Todo esto se sumó a los gravísimos problemas de la guerra entre el emperador y el Papa, y tornó más difícil no sólo la posición política sino la existencia misma de Matilde.

El mundo occidental estaba en rebelión, y nuestra condesa debía afrontar situaciones a menudo desagradables, no raras veces irresolubles, como la resistencia de Mantua, que duró casi 24 años. La ciudad – que, como sabemos, hacía tiempo que había llegado a ser la capital del estado – se pasó al bando del emperador, lo que infirió un duro golpe a la condesa.

La lucha entre el emperador y los obispos fieles al Papa, hacía mucho tiempo que generaba un grado de tensión del cual no parecía fácil volver atrás. En Italia, en Parma, los ciudadanos apresaron y maltrataron al piadoso obispo Uberto, a quien Matilde acude sin demora a liberar.

En realidad, se derramaba sangre por todas partes en Occidente: muchos altos clérigos ya no toleraban su total sujeción al emperador o al rey; en Italia las ciudades se oponían a los obispos vinculados a Matilde, e incluso a ella misma. Y la mano de la nobleza caía más pesadamente sobre los ciudadanos.

Todo esto sucedía en el territorio de Matilde, quien a duras penas podía intervenir para castigar a los vasallos prepotentes que hostigaban a los pobladores.

Al culminar la guerra en el año 1092, Matilde estaba en los montes, trasladándose de una fortaleza a otra, donde se encontraba más segura, reforzando sus defensas, mientras en la vasta llanura del norte el emperador la desarmaba con sus tropas y trataba de vencerla en batallas campales.

Todo comienza verdaderamente con el combate de Volta Mantuana, en octubre de 1080, cuando los soldados de Matilde son derrotados por Enrique. No mucho tiempo después Luca y Pisa se rebelaron contra Matilde.

En julio de 1081, en Luca, Enrique la declaró exonerada de sus funciones y le confiscó los bienes. Pero fue en 1090 cuando Enrique decidió asestar un golpe en el núcleo del dominio de los Canossa, poniendo sitio a Mantua, la capital; sitio que la ciudad soportó durante once meses.

Esta prolongada acción militar nos da una prueba de la determinación de Enrique por acabar de una vez con la condesa. Mantua efectivamente se rinde y el emperador consigna las fortalezas de Rivalta y Govèrnolo, al norte y al sur de la ciudad, y de esta manera logra un completo control de la capital.

Pero esto no bastó: al año siguiente, en 1091, los hombres de Matilde fueron derrotados una vez más en Trecontai, dentro del territorio paduano, a causa de una traición de uno de los suyos, Ugo del Maso, de una dinastía que siempre había sido fiel al Papa.

Entonces, el emperador inició el ascenso a los montes; allí la defensa era mayor, pero si los conquistaba podía asegurarse la victoria completa. Los castillos de la llanura, excepto Piadena en la región de Cremona y Nogara en el territorio veronés, se habían rendido.

Sobre las montañas de Módena comenzaron a caer otros castillos; se abría una brecha extremadamente peligrosa en el sistema defensivo de Matilde, hasta tal punto que Enrique decidió sitiar Monteveglio, un relieve fortificado, formidable instrumento de guerra que mantenía resguardado el amplio llano inferior.

Durante todo el verano de ese año el emperador puso sitio al famoso castillo, dejando en la consternación a los hombres de Matilde y a sus aliados. Fue en ese momento cuando ella reunió a los suyos en la fortaleza más alta, en Carpineti, y les planteó directamente el dilema de continuar la guerra o aceptar la paz impuesta por el emperador, reconociendo como legítimo a Guiberto, el antipapa deseado por él. Matilde no quería aceptarlo.

Guiberto, por su parte, se había trasladado al pie de Monteveglio e incitó a Enrique a no desistir del sitio. Mientras tanto, había llegado el mes de octubre de ese año, desastroso para Matilde, y en Carpiteni, dentro del territorio reggiano, los hombres estaban más divididos que nunca.

El propio obispo de Regio, hombre piadoso y amigo de la condesa, le aconsejaba deponer las armas. Se había quedado sola; muchos, demasiados personajes próximos a ella, consejeros y amigos, habían muerto, como el propio Papa Gregorio y Anselmo da Lucca; algunos le habían vuelto la espalda – su marido Güelfo de Baviera, intelectuales de su círculo -, mientras otros la habían traicionado abiertamente.

Matilde conducía sola una lucha encarnizada que podía llevarla a la destrucción de su estado. Continuó combatiendo; en el intervalo había comprometido, además de todo el aparato militar, toda su fuerza y todos sus bienes. No satisfecha con esto, había hecho fundir el oro y la plata del tesoro de los Canossa, que envió a Roma, y había pedido a sus iglesias y a sus monasterios que hicieran lo mismo. No conservó nada para sí.

En medio de tantas adversidades le quedaron pocos amigos, como Anselmo de Aosta y otros de su estatura, para sostenerla. Con las principales ciudades toscanas en rebeldía, Florencia, ferviente sostenedora de la necesaria reforma eclesiástica, le fue fiel. Y he aquí que todo, casi de repente e inesperadamente, se tornó a su favor.

Los clarines que tocaban la retirada resonaron en ese mes de octubre de 1092 en la vasta llanura bajo la fortaleza de Monteveglio. Enrique abandonó el campo de batalla.

Para apreciar la obstinación del emperador y comprender por qué no quería ceder, intuyendo que, si hubiera dejado pasar más tiempo habría perdido para siempre la ocasión de vencer, debemos recordar que apuntó al antiguo núcleo del dominio de Matilde, es decir, a Canossa.

El terror paralizó a los defensores, pero la condesa hizo venir a gran parte de las tropas, todas las que pudo reunir. Fue como una detención del tiempo, un momento de suspenso y de expectativa. Los monjes de San Apolonio de Canossa rezaban, los soldados combatían. El éxito era difícil de prever. Enrique lanzó a todos los suyos contra la fortaleza, una de las más protegidas, elevada sobre un peñasco, todavía hoy impresionante.

Repentinamente cayó una niebla muy densa, como ocurría a menudo en otoño sobre los relieves de los Apeninos; el castillo se desvanecía a la vista de los soldados. Entre ellos se produjo una gran confusión, incluso porque muchos no conocían el lugar. Esto ayudó a los hombres de Matilde, y Enrique, que estaba sobre un cerro vecino observando la batalla, dio la orden de abandonar el campo. La guerra, en su fase más crucial, terminaba así en la niebla.

Vida de sufrimientos

Pide Dios a sus hijos que se parezcan a Él en perfecciones, y en el camino que tuvo que transitar cuando fue su paso por esta tierra. Por ello, es tan frecuente encontrar en las vidas de aquellos que le han sido más fieles el signo del sufrimiento y la lucha constante contra el mal.

Matilde tuvo muchísimos dolores a lo largo de su existencia terrena: dos matrimonios desastrosos, que frustraron su ferviente deseo de hacerse monja, guerra durante toda su vida con grandes dificultades por falta de aliados y por las traiciones de sus amigos, la disolución de un sistema que comprendía mejor y al que no podía salvar, y finalmente, una vejez también tocada por la cruz…

En el año 1111, Matilde ya se aproximaba a la muerte y la guerra todavía no había terminado del todo. En Roma se derramó sangre nuevamente, y no se llegó a una solución.

El tratado de Worms, de 1122, en que se llegaría a un acuerdo entre las partes, todavía estaba lejano. Aun cuando, probablemente, ya no se esperaba un encuentro armado, parecido al de otro tiempo, Matilde ya veía transcurrir sus últimos años de vida sin que todo ese conjunto desgastante de disturbios, de guerras, de violencia de toda índole, prometiera un cambio.

Por lo tanto, la proximidad de la muerte y una turbadora sensación de no haber podido hacer lo suficiente debían de entristecerla, quizá más aún que las derrotas y las injurias sufridas en el pasado.

Al culminar la guerra contra el emperador, Matilde se encontró privada del apoyo de muchas personas autorizadas que antes habían estado junto a ella: esas personas ya no vivían. A esto debemos agregar los dos matrimonios que duraron unos pocos años, y su condición de mujer no casada.

Los simpatizantes del emperador le echaban en cara que, siendo mujer, se inmiscuyera en cosas más grandes que ella. No escatimaban insultos, reiterados e hirientes.

Incluso entre los sostenedores de su causa no faltaban quienes no aceptaban el gobierno y el alto protagonismo de una mujer sola, no unida a un hombre con el vínculo matrimonial.

Este mismo hecho la expuso a sospechas y acusaciones difamatorias sobre sus relaciones con el Papa Gregorio y con Anselmo, el obispo de Lucca, expulsado de su ciudad y refugiado junto a ella; hasta el punto de que Anselmo sintió la necesidad de defender su buena reputación. En el Libro contra Viberto (el antipapa), llega a expresarse de este modo: "no busco en ella (Matilde) nada terrenal ni carnal, sino que día y noche sirvo a mi Dios manteniéndola fiel a Él y a mi santa madre Iglesia, que me la ha confiado".

Deusdedit echaba en cara a Enrique IV el haber sido derrotado por una mujer. No estaba equivocado, porque los enemigos de Matilde, precisamente por le importancia de su acción política y militar, eran muchos y se vengaron de ella, como hemos visto, con acusaciones difamatorias.

Los más allegados a ella confirman el motivo profundo de las feroces maledicencias de los adversarios: en sus obras escritas la condesa aparece como única, verdadera protagonista de la guerra en defensa del pontífice, y sus residencias llegan a ser el puerto seguro para los desterrados, clérigos sobre todo, pero también laicos, culpables de no haberse alineado con el emperador.

Así escriben, inspirados con el recuero que la consideraba como única protagonista (o casi) de la lucha, el Pseudo-Bardone y Rangerio, autores de las biografías de Anselmo da Lucca:

"En toda Italia poco nos queda, sólo la casa de Matilde resiste", afirma el primero; y el segundo expresa: "Solamente una dinastía ha sostenido todo".

Por lo demás, el propio Gregorio VII, exiliado en Salerno en 1084, poco antes de morir escribía, en su desconsolada y trágica confesión al mundo cristiano: "Quien, movido por el imperativo de Cristo, lucha hasta morir contra los malvados, no es apoyado por los hermanos – lo que sería un deber de ellos – y además es juzgado temerario, perturbado".

La referencia a Matilde (a quien los adversarios reprochaban la pasionalidad "mujeril" que la había impulsado a derrochar sus bienes en una "causa equivocada") es evidente, además de haber hablado de sí mismo. Por otra parte, en esos años dolorosos no sólo tuvo como enemigos a los antiguos adversarios del centro de Italia, sino también a los viejos aliados del Este.

Matilde perdió casi todas las fortalezas y las aldeas de su propiedad, y con esta obra de autoexpoliación quedó aún más sola. "No se avergüenza de perder castillos, casas, ciudades y aldeas en nombre del Señor. Tampoco teme ofrendar la vida", escribe casi clamando Rangerio di Lucca.

Pero todavía le faltaba apurar el último trago de su cáliz…

"He combatido el buen combate"

Había ido a vivir sus últimos días a un pequeño y perdido pueblo del cual era su señora, lejos del poder y las cortes, pero próximo al monasterio más grande construido por su familia, San Benedetto di Polidore, donde una multitud de religiosos rezarían incesantemente por ella.

Le otorgó concesiones, beneficios y favores al célebre monasterio; en el que se abandonó y apoyó por completo, temiendo por la salvación de su alma. En este monasterio benedictino cincuenta monjes, incluido el abate, habían hecho la solemne promesa de celebrar hasta el fin de este mundo el aniversario de la muerte de Matilde. Era el año 1109.

Después de un breve período, en noviembre de 1114, Matilde se trasladó de Bondanazzo, la pequeña residencia final, al célebre monasterio, para iniciar la serie de concesiones de las cuales lo había hecho objeto.

Acompañada por algunos de sus más cercanos colaboradores, en una solemne ceremonia depositó el pergamino sobre el altar de la iglesia. El documento contenía la renuncia a todos los derechos que la familia de Matilde había ejercido desde hacía mucho tiempo, con una clara expresión, con un gesto sacralizado por la presencia alentadora del gran espíritu de San Benito:

"Delante de la comunidad venerable de los monjes, sobre el altar sagrado del beato Benito, hemos renunciado a la investidura de los derechos".

Poco tiempo después, la enfermedad (gota) la inmovilizaría definitivamente, aliviada sólo por las plegarias de los numerosos cofrades del vecino monasterio paduano y de aquellas iglesias a las cuales no cesó de hacer donaciones.

Encontró fuerzas sin embargo para resistir por siete meses, mientras se preparaba para comparecer ante el tribunal de Dios. Había dado órdenes de que se le construyese, justo frente a la habitación donde estaba su lecho, una pequeña capilla dedicada al apóstol Santiago.

Allí, tendida en su lecho de dolor, podía escuchar y ver al religioso que celebraba los oficios divinos. Esa pequeña iglesia era como una puerta abierta hacia el reino celestial del cual Matilde había imaginado durante mucho tiempo la luz y los cantos, y el premio por haber combatido en el curso de tantos años a favor de la Iglesia y del Papa; ella, que era prima del gran enemigo de ambos, el emperador.

En esos últimos meses, Matilde había honrado al Apóstol Santiago y a muchos otros santos, para serenarse en el último trecho que le quedaba por recorrer, con la mente fija en la muerte, en el recuerdo de los pecados, en la fragilidad del ser humano que la atroz enfermedad había puesto a prueba. Nunca como entonces benefició a las iglesias y los monasterios, honró a los santos famosos y rezó con una intensidad que no había podido tener hasta la fecha.

Al final de su vida Matilde encontró el ideal de paz y de plegaria por el cual siempre se había sentido atraída, y sobre el que le había escrito al Papa Gregorio VII en la lejana década de 1070. Es su propio biógrafo Donizone quien lo revela, cuando escribe que en el amor por Dios ella ya estaba muy por encima de los mismos sacerdotes.

Noche y día – continúa – se dedicaba a los salmos y a toda la liturgia, con un amor creciente; era una experta en eso, rebosante de espíritu religioso.

En esto la asistían los clérigos más sabios; no había obispo que se preocupara tanto por los hábitos y los vasos destinados al culto. Había combatido mucho por Dios; ahora, finalmente, después de la victoria, vivía la paz.

Hasta que, en julio de 1115, el obispo de Regio le hizo besar el crucifijo, y ella, tendida sobre su lecho de sufrimiento, entregó su alma al Señor. Junto a ella también veía su fin la poderosa dinastía Canossa…

La traslación de sus restos

En el año 1644, cuando el cuerpo de Matilde di Canossa fue transferido del Castel Sant’Angelo, en Roma, a la Basílica de San Pedro – en donde permanece aún -, se encontraba todavía incorrupto, a pesar de llevar cinco siglos de muerta.

Una fuerte emoción embargó a los presentes, frente a los restos mortales de quien fuera una de las mujeres más poderosas del Medioevo, mientras la Iglesia se disponía a darle sepultura en el más famoso templo de la cristiandad.

No era la primera vez que se exponía al público, ya que treinta años antes, había tenido un pequeño traslado, y en 1445, en la iglesia de San Benedetto, el cadáver había permanecido a la vista de muchos, antes de ser sepultado en el interior del edificio.

Los comentarios que se hicieron de este asombroso hecho de incorruptibilidad, que Dios reserva sólo para algunas almas muy especiales, fueron los siguientes: cuando en 1445 se llevó a cabo el primer reconocimiento del cadáver, se asentó en el informe oficial:

"El cuerpo permanece intacto, único, femenino"; mientras que en 1613 anotaron: "el cuerpo está intacto, en nada alterado; la boca abierta; los dientes, blanquísimos".

No pasa por alto un milagro que, si bien no se considera a la hora de una posible canonización, sí nos habla de la integridad y la pureza de una mujer que hizo todo, dio todo y enfrentó todo por la gloria de Cristo.

19. ¿Manipuló Constantino el Concilio de Nicea?

Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: arvo.net

El emperador carecía de la preparación teológica necesaria para dominar los problemas que se abordaron en Nicea.

Frente a la herejía de Arrio, que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo, el Concilio de Nicea (325) fijó la ortodoxia cristiana al definir que el Hijo es “consustancial” con el Padre (“homoousios”). Una palabra no bíblica, “consustancial”, es introducida en el Credo para defender, con términos nuevos, la peculiaridad de la fe cristiana, profesada desde los orígenes: Jesucristo es el Hijo encarnado, de la misma sustancia que el Padre, unido esencialmente al Padre. No es una criatura, ni una especie de ser intermedio entre Dios y los seres creados, sino “Dios de Dios y Luz de Luz”. Sólo si Jesucristo es verdadero Dios, nosotros estamos salvados.

La confesión de fe no se cambia en absoluto, sino que se explicita para hacer frente a explicaciones teóricas equivocadas que, con el pretexto de asimilar el cristianismo a la cultura helenística, terminaban por traicionar la herencia apostólica.

El Concilio de Nicea tiene lugar en un momento particularmente significativo, por cuanto estaba cuajando la instauración de un sistema de Iglesia imperial. Un teólogo notable como Eusebio de Cesarea se sentía fascinado por la idea de la convergencia, en los planes de Dios, entre el Cristianismo y el Imperio.

La Providencia había guiado los destinos de la historia para hacer coincidir la aparición del Mesías con la paz imperial; la monarquía celeste con la monarquía romana.

El emperador Constantino personificaba, a los ojos de Eusebio, esa feliz coincidencia. Su papel no era meramente político, sino también religioso. Hará falta esperar el genio de San Agustín para que se plantee la adecuada distancia entre la Ciudad terrena y la Ciudad de Dios.

En la “Vita Constantini”, Eusebio de Cesarea exagera el papel desempeñado por el Emperador en los concilios y, en concreto, en el Concilio de Nicea.

Al emperador le atribuye la tarea de abrir los debates, reconciliar a los adversarios, convencer a unos y doblegar a otros, instando a todos a la concordia. Constantino, según la imagen que de él nos da Eusebio, parece imponerse, incluso en cuestiones doctrinales, sobre los obispos reunidos en el Concilio.

¿Es real esta visión? ¿Puede sostenerse, con argumentos, la idea de que Constantino manipuló el Concilio de Nicea, imponiendo a todos los Obispos la doctrina del “homoousios” con la finalidad de garantizar la unidad religiosa del Imperio?

La realidad se distancia de esta imagen trazada por Eusebio. Es verdad que el Emperador defendió la relación entre la Iglesia y el Imperio; entre el bien del Estado y el bien de la Iglesia, pero su participación en el Concilio de Nicea, aunque destacada, fue mucho menos importante de lo que Eusebio de Cesarea nos quiere hacer creer.

El investigador J. M. Sansterre , en su obra “Eusebio de Cesarea y el nacimiento de la teoría cesaropapista”, examinó críticamente catorce textos que proceden del emperador, datados entre 325 y 335. Del análisis de esta documentación extrajo importantes conclusiones, decisivas para desmontar históricamente la construcción de Eusebio.

Constantino convocó el Concilio de Nicea con la finalidad de fomentar la unidad y eliminar la herejía. Se sintió obligado a velar por las resoluciones dogmáticas y disciplinares, pero jamás aspiró a suplantar a los Obispos.

La intervención imperial la entendía como meramente subsidiaria, puesto que la norma última en cuestiones doctrinales había de ser, como de hecho fue, las tradiciones y los cánones eclesiales y la asistencia del Espíritu Santo a los Obispos. Únicamente si los Obispos no conseguían hacer cumplir las decisiones conciliares, el Emperador estaba dispuesto a intervenir para aplicarlas; jamás para imponerlas él mismo.

Constantino no reclama para sí una supremacía sobre el concilio en cuestiones de fe; prerrogativa que, junto a otras, sí está dispuesto a reconocerle Eusebio, quien convierte al emperador en algo más que un guardián de la Iglesia, viendo en él la cúspide religiosa suprema del mundo visible.

El análisis de los documentos imperiales de 325 a 335 prueba, por tanto, de modo concluyente que el emperador no influyó en el Credo de Nicea. Pero, además, idéntica conclusión se deduce del estudio de la cristología de Constantino, que se deja entrever en alguna de sus cartas. El emperador carecía de la preparación teológica necesaria para dominar los problemas que se abordaron en Nicea. Su cristología es decidamente pre-nicena, como muy bien ha explicado Alois Grillmeier en su importante estudio “Cristo en la tradición cristiana”.

Más allá de visiones precipitadas, bien sean polémicas o apologéticas, el estudio serio de las fuentes se presenta, también en este caso, como el único recurso para reconstruir, de modo fiable, el pasado.

18. ¿De la Gloria del Olivo? Las supuestas profecías de Malaquías

Autor:  Xavier Villalta 

¿Benedicto XVI penúltimo papa antes del fin del mundo?.

La elección de Joseph Ratzinger no ponía, en principio, fácil a los partidarios de la autenticidad de la profecía de san Malaquías casar al nuevo papa con el lema que le corresponde según el augurio.

´De gloria olivae´ (de la gloria del olivo) es un dístico ideal para un nativo de cualquier país olivarero; pero difícilmente encaja en la biografía de un alemán, por mucho que sea de origen campesino. Además, si el pontífice hubiera hablado del olivo o de la paz durante su primera comparecencia pública, su identificación con la divisa habría sido automática; pero no lo hizo: se presentó como "un humilde trabajador de la viña del Señor".

La profecía de san Malaquías consta de 111 dísticos y un último comentario, que corresponderían a los 112 papas habidos entre Celestino II (1143-1144) y el Juicio Final. Fue publicada por primera vez por Arnoldo de Wyon en 1595 en su libro ´El árbol de la vida´, donde atribuía la lista de lemas a san Malaquías (1094-1148). Este monje irlandés gozó de dotes proféticas, según la biografía escrita por su amigo san Bernardo de Claraval, quien no cita ninguna profecía de los papas.

El jesuita Claude-François Menestrier apuntó ya en el siglo XVII que el augurio se había confeccionado en 1590 para propiciar la elección del cardenal Girolamo Simoncelli como sucesor de Urbano VII. El lema que le tocaba al nuevo papa -´Ex antiquetate urbis´ (de la antigüedad de la ciudad)- parecía hecho a medida de un prelado natural de Orvieto, cuyo nombre procede del latín ´urbs vetus´ (ciudad vieja).

La tesis de Menestrier se basa, además, en que la profecía fue desconocida hasta 1595, cuando la publicó Arnoldo de Wyon, y que las divisas casan bien con los papas anteriores a esa fecha; pero no tanto con los posteriores.

Un reciente estudio del historiador José Luis Calvo, revela que hasta 1590 todos los dísticos encajan con la familia, el nacimiento, la carrera eclesiástica o las características del papado del protagonista. Después, la cosa cambia: la mayoría responde a otras particularidades del pontífice, algunas bastante traídas por los pelos, simplemente porque el autor puso esas divisas al tuntún.

Desde el siglo XVII, los ´malaquistas´ han forzado el significado de los lemas hasta el extremo de dar varias explicaciones excluyentes para el mismo papa. Así, de Juan Pablo II (´De labore Solis´, del trabajo del Sol), han dicho que nació durante un eclipse solar, que vino del Este -de donde nace el Sol- o que fue un incansable trabajador. Y de Juan Pablo I (´De meditate Lunae´, de la mitad de la Luna), que reinó en la Iglesia de una media luna a otra o que su nombre, Albino Luciani, ´significa´ luz blanca, luz de Luna.

¿Cómo casa ´de la gloria del olivo´, el lema del penúltimo papa antes del fin del mundo, con Ratzinger? No es por su país de origen ni por su etnia -el olivo simboliza a los judíos-; pero puede ser por el nombre que ha elegido como papa: Benedicto. Esta denominación puede ligarse a san Benito, fundador de la orden benedictina, conocida como la ´olivetana´. Es lo mejor que hay de momento para vincular al ´cardenal de hierro´ con un texto que no escribió san Malaquías y en el que los lemas son tan ambiguos que permiten cualquier tipo de identificación, a gusto del consumidor.

Publicado originariamente en el diario "El Correo" - Abril 20, 2005

17. Memoria y Reconciliación: La Iglesia y las Culpas del Pasado

Autor: Card. Joseph Ratzinger | Fuente: apologetica 

La Verdad reconocida es fuente de reconciliación y de paz porque, como afirma el mismo Papa, "el amor de la verdad, buscada con humildad, es uno de los grandes valores capaces de reunir a los hombres de hoy a través de las diversas culturas".

La Iglesia es una sociedad viva que atraviesa los siglos. Su memoria no está sólo constituida por la tradición que se remonta a los Apóstoles, normativa para su fe y para su vida, sino que es también rica por la variedad de las experiencias históricas, positivas y negativas, que ella ha vivido. El pasado de la Iglesia estructura en amplia medida su presente.

La tradición doctrinal, litúrgica, canónica y ascética nutre la vida misma de la comunidad creyente, ofreciéndole un muestrario incomparable de modelos a imitar. A través del peregrinaje terreno, sin embargo, el grano bueno permanece siempre mezclado con la cizaña de manera inextricable, la santidad se establece al lado de la infidelidad y del pecado (13).

Y así es como el recuerdo de los escándalos del pasado puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia de hoy y el reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia de ayer puede favorecer la renovación y la reconciliación en el presente.

El estudio del tema "La Iglesia y las culpas del pasado" fue propuesto a la Comisión Teológica Internacional de parte de su Presidente, el Cardenal J. Ratzinger, con vistas a la celebración del Jubileo del año 2000.

Para preparar este estudio se formó una Sub-Comisión compuesta por el Rev. Christopher BEGG, por Mons. Bruno FORTE (presidente), por el Rev. Sebastian KAROTEMPREL, S.D.B., por Mons. Roland M1NNERATH, por el Rev. Thomas NORRIS, por el Rev. P. Rafael SALAZAR CARDENAS, M.Sp.S., y por Mons.

Anton STRUKELJ. Las discusiones generales sobre este tema se han desarrollado en numerosos encuentros de la Sub-Comisión y durante las sesiones plenarias de la misma Comisión Teológica Internacional, tenidas en Roma en 1998 y en 1999.

El presente texto ha sido aprobado en forma específica, con el voto escrito de la Comisión, y ha sido sometido después a su Presidente, el Cardenal J. Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual ha dado su aprobación para la publicación.

16. Las agresiones a la religión católica ¿de dónde vienen?

Autor: Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó | Fuente: Arbil 

Las agresiones a la religión católica en los medios de comunicación y por todas partes. ¿Qué hay detrás? ¿Cómo reaccionar?.

Tras una introducción previa, el artículo trata sobre los ataques que sufre la Religión Católica, de donde vienen éstos, sus autores, sus víctimas, quienes apoyan estos ataques, las motivaciones de esos ataques, las tácticas con que se desarrollan, como esos ataques permanecen impunes, como se defiende y como debiera hacerlo y propuestas para solucionar el problema.

Ante una realidad que nadie discute de agresiones permanentes a la Iglesia, a sus dogmas, a sus instituciones, a sus ministros y a su estética, los católicos no podemos ni debemos permanecer insensibles o pasivos.

Debemos reaccionar buscando los canales adecuados para hacemos escuchar, defendiéndonos de estos ataques y difundiendo los valores del Evangelio en todos los ámbitos donde transcurre la vida del hombre.

Debido a que por un lado los medios de comunicación son un campo difícil y competitivo y por otro que los católicos arrastramos todavía un habito adquirido de una situación histórica ya pasada de no haber tenido que luchar para que nuestros principios cristianos fueran socialmente reconocidos, nos encontramos ante un gran desafío. Hemos de tomar conciencia de nuestra escasa preparación para responder a esta nueva situación y evitar el inhibimos a la hora de entrar en los sucesivos debates que se vayan planteando.

Estamos profundamente convencidos de que hoy en día ninguna sociedad puede prescindir de los medios de comunicación, del gran adelanto que estos significan y de la gran labor que desempeñan o deberían desempeñar en su adecuado desarrollo social y democrático.

Es claro también que pueden convertirse en instrumentos de manipulación, de odio, mentira, calumnia, y encubrimientos al servicio de intereses económicos y políticos ilícitos de determinados sectores o personas. En este caso en vez de informar, desinforman y en vez de formar, deforman. Se trata de la ambivalencia de muchos de los progresos técnicos del hombre, cuya bondad o maldad viene dada por el uso que se haga de ellos y por los fines a los que se dediquen.

En un mundo que se ha hecho pequeño por la rapidez con que la información viaja de un extremo al otro, su difusión y la transmisión de las ideas es también inmediata y fácil por lo que se puede hablar de globalización del pensamiento. No es un disparate decir que los medios de comunicación son actualmente para muchos los principales educadores inspirando comportamientos, estilos de vida, y maneras de comprender el mundo y al hombre.

Hoy en día se delega en estos medios algo tan personal como es la capacidad de pensar por uno mismo. El hombre ya no piensa, es pensado desde fuera. La televisión, la radio, la prensa, Internet se convierten así en las primeras instancias morales, dictan lo que esta bien y lo que esta mal, lo feo y lo bello, lo que debe hacerse o permitirse y lo que no. Se acaba viviendo a base de unas pocas ideas o tópicos que se repiten hasta la saciedad sin que nadie los someta a un análisis riguroso para averiguar de donde vienen, a que intereses o intenciones responden y si responden a la verdad.

Tampoco se puede olvidar el gran el uso que de estos medios hacen los niños y los jóvenes, sin tener en muchísimos casos la preparación necesaria para desarrollar frente a ellos el necesario espíritu crítico . De esta forma estos medios van moldeando sus criterios, conductas y vida y la visión que de ella van adquiriendo, habiendo delegado los padres en ellos la responsabilidad de educadores prioritarios de sus hijos.

La Iglesia reconoce en los medios de comunicación social unos grandes aliados para su tarea evangelizadora. Ha utilizado el término de primer "areópago" para referirse a ellos en el sentido de que son el primer lugar de propagación y transmisión de las ideas.

A lo largo de su historia la Iglesia siempre se ha servido para transmitir el mensaje de salvación de los medios de comunicación disponibles en cada época. Así desde la antigüedad se sirvió del arte, la pintura o la escultura en pórticos, fachadas, retablos y manuscritos iluminados, es decir de la imagen, por dirigirse prácticamente siempre a una población en su mayoría analfabeta.

Cuando se inventó la imprenta, la iglesia igualmente utilizó ese medio de transmisión para difundir su doctrina a través de libros y demás textos escritos.

Actualmente se da una proliferación de enorme variedad y posibilidades de medios de comunicación, cine, vídeo, teatro..etc de los que la Iglesia, que somos todos, siguiendo su tradición histórica, debe servirse cada vez más para cumplir su misión pastoral.

Ahora bien, si es verdad que los medios de comunicación pueden ser para la Iglesia grandes aliados en su misión evangelizadora, también lo es, como hemos dicho al comienzo, que se pueden convertir en grandes adversarios cuando son utilizados como arma contra ella, como desgraciadamente está ocurriendo con demasiada frecuencia.

Raro es el día que pasa que no veamos en alguno de estos medios cómo la Iglesia, sus ministros o sus declaraciones son objeto de visiones deformadas o desinformadas, juicios apresurados, o silencios cómplices ante ataques desmesurados o mentiras manifiestas. Ya Cristo anunció a sus discípulos que serían perseguidos, hecho que a lo largo de la historia nunca ha dejado de ocurrir.

La diferencia con el pasado es que hoy al producirse esta persecución y ataques con los instrumentos mediáticos modernos, tienen una resonancia mucho mayor pues llegan rápidamente a todo el mundo y a todas partes. Utilizando fórmulas sensacionalistas y de escaso contenido y rigor se crea con mucha facilidad un estado de opinión pública errónea y contraria a la Iglesia que posteriormente es muy difícil corregir. Y esto una y otra vez contribuye eficazmente a denigrar y a poner bajo sospecha a la Iglesia cada vez que surgen cuestiones que la atañen directa o indirectamente. Una cosa es el disentir o la crítica razonada y otra es el sectarismo y la tendenciosidad.

Los ataques

Lo primero que hemos de precisar es la identidad de los autores de estos ataques. Los encontramos dentro y fuera de la Iglesia.

Desde dentro:

  • Algunos teólogos y asociaciones de teólogos así como algunos sacerdotes que disienten en ocasiones con la enseñanzas de la Iglesia.
  • Ciertos movimientos que se sitúan en la frontera de la ortodoxia.
  • Algunos de los cristianos que son responsables de la organización, y programación de programas en radio y televisión, como son informativos, entrevistas, conferencias, debates; columnistas, periodistas, escritores intelectuales y también artistas que escriben en los periódicos o participan en dichos programas, debates… etc.
  • Muchos de nosotros que somos miembros de la iglesia, y callamos o permitimos estos ataques.

Desde fuera:

  • personas que se declaran no creyentes o al margen de la Iglesia y que tienen acceso, utilizan o trabajan en cualquiera de los medios de comunicación.
  • Sectas manifiestamente hostiles a la Iglesia Católica.

Sobre quienes recaen estos ataques:

  • la iglesia, en sus dogmas, declaraciones o documentos, instituciones, estética, liturgia, devociones y tradiciones.
  • Los ministros, religiosos y religiosas, miembros de la jerarquía y en especial S.S. el Papa.

Soportes de estos ataques

Aunque ya los hemos mencionado en el punto anterior, nos estamos refiriendo a los diferentes medios de comunicación de los que se sirven los que llevan a cabo las agresiones que venimos denunciando, tales como son: diarios, revistas, radio, televisión, Internet, sin olvidar su relación con el mundo de la literatura, el arte, el cine y el teatro, a los que sirven como caja de resonancia.

Los ataques aparecen tanto en información general, artículos de opinión, editoriales, columnas, como en entrevistas, debates, mesas redondas, programas de humor.
Se da la paradoja que muchos de estos medios de comunicación son propiedad de personas próximas a la religión o al menos no contrarias. Los que manipulan, hacen o deshacen son los llamados profesionales de la comunicación, empleados y pagados por los dueños de esos medios.

Motivaciones de esos ataques

Todas estas agresiones ¿son fruto de un anticlericalismo sin más, del que en España, por cierto, hay una larga tradición? ¿Responden a experiencias personales negativas que no han podido digerirse? ¿Obedecen a un pasado histórico sobre el que todavía no se es capaz de tener una visión objetiva?

Sin duda y debido al peso que la Iglesia Católica sigue teniendo en España, sus posiciones en determinadas cuestiones siguen siendo incómodas para muchos, que desearían una Iglesia más permisiva y condescendiente. La denuncia sistemática de las bolsas de pobreza de nuestro país, del escándalo del enriquecimiento fraudulento de algunas personas o entidades, su desacuerdo con la prácticamente nula política de protección y ayuda a la familia, la promoción de una educación que favorece la promiscuidad entre los jóvenes, la falta de protección a la vida desde su concepción… etc molesta y mucho.

La Verdad con mayúscula no tiene mucha aceptación en sociedades hedonistas y materialistas, ni en el entramado de intereses políticos y económicos por las que estas se mueven. Tiene bastante lógica que ante el relativismo imperante donde ninguna verdad es definitiva y absoluta y la opinión de la mayoría es ley, la popularidad de la Iglesia en ciertos medios ande en cotas muy bajas.

Tácticas

Analicemos ahora algunas de las estrategias que se utilizan para llevar a cabo estas agresiones.

Se niega a la Iglesia el derecho de defenderse, y cuando lo hace se la tacha de victimismo, de cultivar la cultura de la queja, o de repetición de tics extemporáneos. En definitiva se ridiculiza su derecho a defenderse, lo que no se hace con ninguna otra institución.

Se parte de posiciones que presuponen la culpabilidad de la Iglesia a la que se exige todo tipo de explicaciones.

Arrogarse el derecho absoluto de establecer lo que está bien y lo que está mal en contra de la opinión de la Iglesia. Se erigen en jueces infalibles resolviendo muchas veces las cuestiones más arduas por medio de juicios sumarísimos.

Negar que la Iglesia pueda tener sus propias normas.

Poner en tela de juicio su doctrina, frecuentemente en base a declaraciones de personas de cierta popularidad que no están en posición de poder opinar y no dejan sino entrever su profunda ignorancia sobre las cuestiones religiosas tratadas.

Como desde el campo de la doctrina se carece de argumentos serios para ir contra la Iglesia, se recurre a la ironía, la burla, el sarcasmo, el descrédito, el desprecio y la desacralización. Esto se da también mucho en programas de televisión donde con una absoluta falta de respeto a la sensibilidad religiosa de muchas personas, se trata de forma frívola y superficial a personas de la jerarquía de la iglesia, o temas específicamente religiosos.

Negarse a considerar que la Iglesia deba opinar sobre cuestiones temporales. Se pretende relegar la fe y la doctrina católicas, así como la práctica de la religión, a la esfera de lo privado, eliminándolas lo más posible de la esfera pública. Parecería un intento de hacerla volver al tiempo de las catacumbas.

Favorecer la diatriba contra la Iglesia en forma de apoyo a los que disienten abiertamente contra ella, ya sean personas individuales o movimientos sociales.

Sistemática asociación de lo que peyorativamente llaman nacionalcatolicismo con el franquismo. Se ignora, o se silencia el hecho de las numerosísimas iglesias profanadas e incendiadas durante nuestra contienda civil o no se quiere atribuir la condición de mártires a las miles de personas que murieron en ella sólo a causa de su condición de obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas o de ser simplemente cristianos confesos.

Identificar progreso con el permitir el aborto, la eutanasia, matrimonios de homosexuales, ordenación de las mujeres, equiparación de las uniones de hecho a las formas de familia tradicional …etc y tachar de reaccionaria la postura de la Iglesia que manifiesta su disconformidad con ellas.

Se practica la cicatería en el elogio o en el reconocimiento de la labor positiva de la Iglesia a favor de los más desfavorecidos, en educación, con los enfermos, en la promoción de los valores sociales y económicos y en la defensa a ultranza de todos aquellos valores en los que se asienta la dignidad humana.

Se hace uso de una calculada ambigüedad a la hora de tratar determinados temas que tienen que ver con la Iglesia. Se da una de cal y otra de arena, manifestando como un temor a ponerse completamente de parte de ella, quedando de manifiesto esa tibieza evangélica tan frecuente en los medios cristianos de hoy.

Tomar la excepción, el pecado o error de algunos como la norma general dentro de la iglesia. Se hipertrofian deliberadamente las excepciones.

Coger un tema que perjudique a la Iglesia y apurarlo hasta el límite en artículos, editoriales, entrevistas.

Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras.

Las rectificaciones se hacen en pocas ocasiones y frecuentemente de manera solapada en un pequeño recuadro en no se sabe que página.

Una forma de ataque más sutil que las habituales pero de mayores efectos a la larga, es denigrar de forma indirecta la estética tradicional de la iglesia. Si las ideas de Belleza y Bondad fueron consideradas siempre como un reflejo de la Belleza y Bondad divinas, ahora se procura eliminar esta inspiración sustituyéndola por el feismo gratuito e intrascendente o recurriendo a tácticas esperpénticas.

Un ejemplo reciente lo tenemos en el supuesto rostro de Jesús confeccionado por un sedicente antropólogo y que los medios de comunicación se apresuraron a publicar.

Impunidad de los ataques

Es clara la gran pasividad de los católicos ante todos estos hechos que de una manera progresiva se han ido instalando en nuestra vida cotidiana. Nos hemos ido acostumbrando a convivir con ellos y muchas veces los observamos hasta en clave de humor.

No nos damos cuenta que con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias, con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor y decadencias, van siendo minados.

Se nos sustrae el alma de nuestra cultura y quedamos impasibles ante la consecuencia de su inevitable decadencia y las repercusiones que ello trae.

Pareciera que predomina una actitud de resignación ante lo que se considera inevitable o de obligado tributo que habría que pagar al progreso de nuestras sociedades aconfesionales en las que al final parece que todo vale.

Y la paradoja es que precisamente en unas sociedades saturadas por la variedad de medios de comunicación, y por tanto de canales para hacer llegar a la opinión pública nuestra voz, los católicos permanecemos en gran parte mudos, facilitando la impunidad de estas agresiones constantes.

Es claro que los medios de comunicación social protagonizan un constante bombardeo contra la concepción cristiana de la vida y del hombre cuando promueven esta política de ataques mas o menos directos contra la Iglesia. Contribuyen al establecimiento de una atmósfera cada vez mas contraria a los valores del humanismo cristiano, y a la acentuación de ese vacío existencial que amenaza al hombre de hoy, y que es origen de tantas lacras en las nuevas generaciones tales como las drogas, la promiscuidad sexual, el alcohol, las enfermedades mentales, la incapacidad para mantener la fidelidad conyugal…etc.

Como cristianos tenemos pues, que ser conscientes de la trascendencia que supone nuestra pasividad ante estos hechos. Si queremos de verdad sociedades mas justas, y libres donde el hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en el mensaje de salvación cristiano esta la clave para que así sea, no podemos asistir inermes a los ataques a nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan.

Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el que así sea. Y si no miremos a otras sociedades o grupos de creyentes. Sin elogiar posturas extremas, ¿qué pasa cuando un medio de comunicación social se mete contra los judíos o musulmanes? La reacción suele ser contundente social y económicamente (casos IBM, Telefónica, o BBC) y la retractación por parte de quien ha hecho el ataque, inmediata.

Si se declara delito el antisemitismo ¿por qué no también el anticatolicismo o el ataque a otra religión cualquiera? No se puede confundir la tolerancia y el respeto a otras creencias con la indefensión y la falta de exigencia de respeto a las propias.

Defensas

Cabe ahora preguntarse cómo nos defendemos y cómo se defiende la Iglesia ante estos ataques. Sin duda los católicos nos podríamos hacer acreedores en muchísimas ocasiones de aquellas palabras con que Jesús acababa la parábola del administrador infiel: « los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz»(Lc.16, 8). Es claro que ante el acoso y críticas poco rigurosas a las que en muchas ocasiones es sometida nuestra Iglesia no ofrecemos una adecuada respuesta y estrategia.

En primer lugar se tarda mucho en responder. La contestación llega cuando en los medios de comunicación se lleva hablando días o semanas sobre el tema en cuestión. Se han divulgado ya toda una serie de pareceres de la más variada procedencia, sobre una información que muchas veces es parcial e incompleta, y que hábilmente manipulada consigue dar una imagen en algunos casos muy desfavorable de la Iglesia, sus ministros o de sus actuaciones.

Cuando se responde se hace frecuentemente sin mucha contundencia, con un lenguaje poco asequible para el hombre de la calle.

Se utilizan largos y densos comunicados, poco atractivos, que no captan el interés o la atención de lector u oyente. Al final solo un reducidísimo grupo de personas es el que se los lee o escucha hasta el final. Se suele tratar de los ya convencidos, de ninguna manera de los que no lo están.

Se echa de menos también el que a la hora de contestar en favor de las posturas de la iglesia prácticamente siempre sean los obispos o algún ministro ordenado los que lo hacen y no laicos, preparados en el campo de las comunicaciones sociales, que puedan ser sus portavoces.

Pareciera que no hay casi laicos en la iglesia que esten preparados para salir a la calle para dialogar, argumentar, y defender las posturas, opiniones o pensamiento de la Iglesia en las distintas cuestiones planteadas. Vaya aquí en el campo de las excepciones nuestro homenaje y gratitud al comentario semanal de «Gonzalo de Berceo» en el Alfa y Omega.

Tampoco se consigue que los numerosos movimientos y asociaciones de fieles laicos dentro de la iglesia logren hacer escuchar una voz unitaria frente a estos ataques. Hay que tener en cuenta que todos ellos reúnen a un gran número de personas y que podrían tener una presencia muchísimo mayor y activa en los medios de comunicación. Se evitaría así que la defensa frente a estos ataques quedara circunscrita a charlas en una sala de conferencias o a quejas en la sobremesa en la propia casa.

La consecuencia de todo esto es que se produce una sensación de desánimo, resignación, impotencia y desorientación entre los católicos, que acostumbrados ya a las permanentes agresiones, acaban por creerse todo lo que les cuentan los medios de comunicación, incapaces de formarse una opinión que responda a la verdad de los hechos. Se va creando así una especie de complejo de ser cristiano y de opinar en cristiano. Parece que el serlo solo sirve para el ámbito de lo privado, para el interior de las iglesias y para unos nostálgicos de tradiciones pasadas pero inservibles para los tiempos modernos.

De aquí a dejarse arrastrar por el relativismo moral imperante en todos los campos hay muy poco trecho, porque al enturbiarse el juicio, se acaba pensando que todas las opiniones son igual de buenas y válidas.

Propuestas

Como postura previa habría que abandonar una permanente actitud defensiva que lleva aparejada siempre una cierta debilidad de la Iglesia y la pérdida de la iniciativa a la hora de hacer llegar sus propuestas, explicar sus posturas y propiciar un diálogo que lleve a un mayor y mejor entendimiento entre las distintas partes.

La iglesia no puede ir siempre por detrás de las cuestiones que salen a debate público y que la atañen directa o indirectamente, ni esperar a que se hayan vertido contra ella o contra sus actuaciones todo tipo de juicios y opiniones muchas veces faltas de rigor y veracidad. Debe por el contrario ir por delante, prever lo que va a saltar a la actualidad, tener a punto sus comunicados para responder de forma inmediata en todos los medios posibles, en un plano de igualdad con los que no piensan como ella o la critican.

Otra cuestión muy importante es la del lenguaje o la forma de expresar su pensamiento en los medios. Las respuestas tendrán que ser ágiles, claras , directas , concisas y oportunas, evitando que sus comunicados puedan parecer catequesis. Ante una cuestión polémica no es necesario esperar a tener elaborado un complejo documento con toda suerte de matizaciones. El tiempo que se necesita para ello es perder el factor oportunidad en la respuesta.

Para esto sería necesario crear o reforzar si ya existe un equipo de comunicadores profesionales, capaces de pulsar continuamente la opinión pública, y lo que se dice o va a decir en los medios para poder tener a punto los comunicados propios. Este equipo tendría que ser algo así como un puente entre los obispos y la gente de la calle, siendo capaces de traducir al lenguaje corriente y de sintetizar el pensamiento de la iglesia en un momento dado.

Desde aquí hacemos un llamamiento a los periodistas y a las Facultades de Ciencias de la Comunicación para que al igual que en los planes de estudio se contempla la formación en temas económicos, políticos e históricos, se incluya también la formación en cuestiones religiosas independientemente del credo de cada uno.

Estamos convencidos, como dijo recientemente Monseñor Foley en Madrid que «un periodista no puede ser un buen profesional sin apreciar la importancia de la religión en la vida humana». Ello sin duda facilitará la comprensión de fenómenos como los que estamos viviendo a propósito de los fundamentalismos, así como de comprender mejor y en todo su alcance las declaraciones de la Iglesia, en vistas a una mejor información. Se evitaría de este modo el tener que recurrir a tantos tópicos, y argumentos que han quedado completamente obsoletos y que cualquier historiador con un mínimo de rigor y honradez profesional podría desmontar con toda facilidad.

Siguiendo con las propuestas, es necesario reforzar e incrementar la presencia de los católicos en los medios de comunicación, tanto de forma permanente como esporádica a través de los canales habilitados para ello (cartas al director, colaboraciones, entrevistas … etc.)

Creación y financiación de periódicos, revistas, canales de televisión, y emisoras de radio que sean propiedad de la Iglesia y de asociaciones católicas, en las que la Iglesia pueda expresar de forma continuada su opinión sobre cualquier tema. En el caso de las publicaciones escritas, buscar el que sean asequibles económicamente

para todos y la forma de darles una amplia difusión. Pedimos medios de comunicación católicos y medios de comunicación respetuosos con lo católico.

Organización y participación de los laicos en conferencias, debates, reuniones en los que se analice, explique y argumente el pensamiento y las posturas de la Iglesia en temas de actualidad.

Promover la unión de movimientos y asociaciones de la Iglesia con el fin de encontrar canales comunes a través de los que se pueda hacer llegar a la opinión publica su voz unitaria.

Como medidas de presión ante situaciones de agresión manifiesta a la Iglesia proponemos:

  • recurrir a la aplicación de la legislación vigente por medio de las oportunas denuncias.
  • Rechazar los medios hostiles a la Iglesia, negándoles nuestra audiencia y seguimiento, así como las marcas comerciales que los patrocinan.

Como conclusión de esta comunicación pedimos ante estas agresiones: conocimiento a fondo de la situación denunciada; reacción valerosa y oportuna ante ellas; búsqueda del criterio justo, con la humildad suficiente para corregir los propios errores y dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA CHARITAS.

Categorías