por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Eduardo Rivero G.
Su Santidad Pío XII: un hombre santo que hizo todo para proteger a los perseguidos de la II Guerra Mundial.
En 1998 apareció en las librerías la obra El papa de Hitler, y más recientemente la traducción al castellano de la obra del escritor inglés John Cornwell, Hitler´s Pope donde, según el autor, comprueba el "antisemitismo y nazismo" de su Santidad Pío XII, Eugenio Pacelli.
Desde hace varios años he estudiado la vida de Eugenio Pacelli, su relación con Alemania, su actuación durante la II Guerra Mundial, Hitler y el Holocausto.
La conclusión es que Eugenio Pacelli, Su Santidad Pío XII, era un hombre santo que hizo todo lo que estuvo en su poder para proteger a los perseguidos de la II Guerra Mundial y muy especialmente a los judíos.
La obra de John Cornwell está plagada de mentiras y de falsedades históricas. Cuando aparece la primera edición en Inglaterra la contraportada dice ´Eugenio Pacelli saliendo de una recepción en marzo de 1939´, describiendo así la fotografía que aparece en la cubierta de dicho libro, y que haría pensar al lector que el futuro papa, quien fue electo el 2 de marzo de 1939, estaba en la Alemania de Adolfo Hitler.
La verdad es que la foto fue tomada en 1927 cuando el Nuncio Pacelli salía de una visita al presidente alemán Hindenburg. Hitler sólo llegará al poder 6 años más tarde cuando Eugenio Pacelli ya tenía años de haber abandonado Alemania y vivía en Roma.
La contraportada de la edición americana corrige el texto, pero para nuestra sorpresa el único que aparece enfocado en la fotografía es el Nuncio Pacelli, el soldado y la persona que abre la puerta del automóvil están fuera de foco.
El casco de guerra del soldado, utilizado por el ejército alemán desde hacía muchísimos años, pero con el cual hemos identificado a los nazis, sí se destaca en la fotografía.
Es obvia la mala intención de la empresa editora Viking, que con la aprobación de Cornwell utilizó esta fotografía con la sola intención de tratar de situar a Eugenio Pacelli en la Alemania nazi, lo cual nunca sucedió.
Cornwell en su libro afirma que estuvo trabajando ´durante meses y meses´ (el texto inglés dice ´for months on end´) en los archivos vaticanos. Esto es falso, tal como lo afirma el órgano oficial del Vaticano L´Osservatore Romano , en su edición del 13 de octubre de 1999 y citó:
´El Sr. Cornwell afirma ser la primera y única persona de tener acceso a este archivo. Esto es falso, pues muchas otras personas lo habían examinado previamente.
Debemos enfatizar que las investigaciones del Sr. Cornwell estaban limitadas a dos series de documentos: Baviera (1918-1921) y Austria (Serbia, Belgrado 1913-1915). El Sr. Cornwell en su obra afirma haber trabajado en el archivo durante meses y meses, lo cual no se corresponde con la verdad. De hecho en el archivo se lleva un control estricto del motivo de la visita, del día y el tiempo (horas y minutos) que cada persona emplea en su consulta.
De estos controles sabemos que el Sr. Cornwell fue admitido al archivo desde el 12 de mayo al 2 de junio de 1997, o sea, durante tres semanas y no los meses y meses que él afirma en su libro. Durante estas tres semanas el Sr. Cornwell no fue todos los días y en los días que iba, con frecuencia, era por períodos cortos´.
Este libro sale a la venta mostrando a Cornwell como un católico practicante, fiel a las enseñanzas de la Iglesia, lo cual no es cierto, pues, Cornwell había abandonado su fe católica desde hacía muchos años y ha atacado a la Iglesia en innumerables libros y publicaciones.
Sin embargo, como dice el historiador norteamericano Ronald Rychlak, su anticatolicismo no es argumento para invalidar sus investigaciones.
Revela el autor haber encontrado una carta fechada el 18 de abril de 1919, ´una bomba de tiempo´, la cual había sido mantenida en gran secreto por las autoridades vaticanas, en la cual se prueba, sin lugar a dudas, el antisemitismo de Pacelli.
Esto es también una mentira, pues esta carta fue publicada por Emma Fattorini, en una obra en 1992, 7 años antes de que apareciera el libro de Cornwell. A raíz de la aparición de la edición italiana de El papa de Hitler, Emma Fattorini, denunció a Cornwell por publicar falsedades.
Innumerables historiadores han criticado la obra de Cornwell, acusándolo de sólo utilizar bibliografía crítica de Pío XII, ignorando toda aquella que lo favorecía.
No pretendo con estos comentarios impedir que el lector interesado en estos hechos lea el libro de Cornwell, sólo deseo recomendarles que lean también las obras "Los judíos, Pío XII y La leyenda negra"de Antonio Gaspari, Editorial Planeta-Testimonio. "Pio XII y la II Guerra Mundial", de Pierre Blet S.J., Paulit Press, "Yours is a Precious Witness", de Margherita Marchione, Paulist Press, "Pope Pius XII architect for peace", de Margherita Marchione, Paulist Press y la obra "Hitler, the war and the Pope", de Ronald J. Rychlak, Genesis Press.
Si Pío XII era el villano que Cornwell describe en su libro, por qué al finalizar la guerra recibió tantos homenajes de los más importantes representantes de la comunidad judía internacional y por qué a la muerte de Pío XII, en octubre de 1958, esa gran mujer, Golda Meir, pilar fundamental de la creación del Estado de Israel, expresó en las Naciones Unidas.
"Compartimos el dolor de la humanidad por la muerte de Su Santidad Pío XII. En una generación afligida por guerra y discordias, él ha afirmado los altísimos ideales de la paz y de la piedad.
Durante el decenio del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufría un terrible martirio, la voz del Papa se elevó para condenar a los perseguidores y apiadarse de sus víctimas.
La vida de nuestro tiempo se ha visto enriquecida por una voz que expresaba las grandes verdades morales más allá del tumulto de los conflictos cotidianos. Lloramos a un gran servidor de la paz".
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: cristiandad.org
Este hecho tuvo un carácter exclusivamente político y por lo mismo del todo ajeno a la Religión.
Varias guerras de religión habían sembrado de cadáveres el suelo de toda la nación francesa: sin embargo, una reconciliación, más aparente que real, ofrecía a los combatientes una tregua, que el almirante calvinista Coligny y otros cabecillas llamados a la corte aprovechaban para asegurarse el favor del rey Carlos IX, despertando al mismo tiempo en él aversión hacia la reina madre Catalina de Médicis.
Desde 1571 la influencia de Coligny en los consejos de la corona era manifiesta; y para asegurar la paz interior se convino el matrimonio del calvinista Enrique de Navarra con Margarita de Valois, hermana del rey.
Las bodas, que se celebraron el 18 de agosto de 1572, atrajeron a París gran número de hugonotes (fuertemente armados), cuyo jefe, Coligny, estaba ya a punto de ver cumplidos sus deseos de alejar por completo a Catalina de los negocios de Estado.
De los labios de Coligny se escaparon imprudentes amenazas y Catalina, que no era escrupulosa en la elección de los medios, trató de apelar al puñal para deshacerse del almirante.
El crimen debió cometerse el 12 de agosto, pero fracasó; y temerosa Catalina de las represalias de los hugonotes, instigó al pueblo francés a que para vengar los ultrajes recibidos tantas veces de los calvinistas, pasasen a degüello en una noche a todos los hugonotes reunidos en París.
Esta matanza general se llevó a cabo en la noche del 23 al 24 de agosto, fiesta de San Bartolomé, de donde tomó el nombre.
Semejantes asesinatos tuvieron lugar desde el 25 de agosto hasta el 30 de octubre en otras ciudades del reino, ya sea por instigación de Catalina, o bien por seguir el ejemplo de París.
Estos son los hechos, tal cual se desprenden de documentos irrefutables.
Número de víctimas
En cuanto al número de víctimas, es poco menos que imposible el precisarlo. Sin embargo, la cifra más exacta parece ser la del calvinista La Popelinière, quien la hace ascender a 2.000 y algo más para toda Francia, y a 1.000 solamente para París.
Por lo demás, los protestantes han fantaseado a su gusto sobre el número de sus correligionarios muertos en esa época.
Unos señalan 10.000, otros 15.000, otros 30.000, otros 40.000, otros 70.000 y no falta quien haga llegar esta cifra a 100.000.
El Martirologio de los Calvinistas, impreso por la secta en 1582, habla de 15.168 víctimas, pero no nombra sino a 768, y, sin embargo, el autor tenía sumo interés en aumentar este número.
La religión es ajena a este asesinato
Sea, pues, cual fuere la cifra, más o menos exacta de las miserables víctimas de tan execrable asesinato, es lo cierto que la Religión está completamente exenta de responsabilidad en este hecho.
El rey justificó el degüello de los hugonotes diciendo el día inmediato al Parlamento, que ese hecho de sangre obedecía al designio de ahogar una conjuración tramada contra la vida del rey y de su familia, que sólo pudo evitarse con la matanza de los conjurados.
Esto es lo que se hizo saber a los gobiernos extranjeros y en la misma corte de Inglaterra, aliada con la de Francia, se prestó entero crédito a estos rumores.
Como los mismos informes fueron suministrados a la corte de Roma por el embajador francés, Gregorio XIII ordenó la celebración en Roma de una fiesta de acción de gracias, por haber salido ilesa la real familia y por la conservación de la religión católica en Francia, pero mostróse profundamente disgustada no sólo por la sangre derramada, sino también por no haberse empleado los procedimientos jurídicos usuales con los rebeldes.
En los Consejos del Rey, intervinieron, según el duque de Anjou (después Enrique III), el rey, la reina, la señora de Nemours, el mariscal de Tavannes, el duque de Nevers, Birague, de Retz, etc., pero no figuran aquí ni un solo cardenal, ni un obispo, ni siquiera un sacerdote.
Por donde se ve patente la mala fe de Voltaire, que introdujo en el Consejo a los cardenales Birague y Retz.
El mariscal de Retz, Alberto de Gondy, consejero en 1572, vivió y murió seglar. Su hermano Pedro de Gondy, obispo de París, obtuvo la púrpura cardenalicia en 1587, pero éste no era del Consejo.
Birague, guardasellos y consejero en 1572, era seglar y casado; y no obtuvo la púrpura cardenalicia sino seis años después, en 1578, a petición de Enrique III.
Y ya que el cardenal de Lorena estaba en esa época en Roma, ¿cómo pudo bendecir en París los puñales destinados al degüello de los hugonotes, según la escena de Chenier en su Carlos IX y de Scribe en sus Hugonotes?
Lo que puede afirmarse con la historia verídica e imparcial es que el clero católico, durante las matanzas, cumplió el deber sagrado de su ministerio.
Ahí está si no la noble conducta de Hennuyer, obispo de Lisieux, que salvó por su firmeza a todos los hugonotes de su diócesis.
El martirologio de los protestantes, nada sospechoso de querer hacer el elogio de los católicos, cita varios hechos de este género:
"En Toulouse, dice, los conventos sirvieron de asilo a los calvinistas; en Bourges algunos católicos pacíficos ocultaron a varios; en Romans, de sesenta que fueron presos, libraron cuarenta y de los otros veinte no murieron más que siete; en Troyes, en Bourdeaux, muchos fueron igualmente salvados por los sacerdotes".
En París los hugonotes perseguidos hallaron igualmente protectores entre los católicos, y en Nimes, olvidando los vejámenes de San Miguel perpetrados por los protestantes, hubo corazones bastante generosos para defender a los calvinistas de una matanza autorizada por el ejemplo, pero de ninguna manera permitida por la Religión.
Finalmente, que este hecho, tan lamentable como se quiera, tuvo un carácter exclusivamente político, y por lo mismo del todo ajeno a la Religión, lo prueba un documento, descubierto en 1885 en los archivos del Vaticano, y que prueba de modo absoluto cuanto venimos diciendo sobre este enojoso asunto.
Es una relación manuscrita de una asamblea de justicia celebrada por el Parlamento, con asistencia del rey, el 26 de agosto de 1572, o sea dos días después de la matanza.
Esa relación contiene un pasaje que da una luz definitiva sobre el alcance del degüello de la noche de San Bartolomé. He aquí la traducción:
"En esta asamblea el rey Carlos declaró que, gracias a Dios, había descubierto las celadas que el almirante Gaspar de Coligny tendía al gobierno del rey, yendo hasta amenazar con una catástrofe y con la muerte a toda la familia real; y que habiendo tratado como se merecían tanto a él como a sus cómplices, quería que en lo porvenir no se imputase este hecho como un crimen a aquellos que habían sido los ministros fidelísimos de una venganza tan justa, puesto que no habían obrado sino por la pura voluntad, mandato y orden del rey".
Este mismo documento refiere que las ejecuciones realizadas el 24 de agosto no han sido sino justas represalias contra las maquinaciones de la facción hugonote que dos horas más tardes habían de hacer víctimas a los miembros de la familia real.
Establecía en segundo lugar que las ejecuciones ordenadas por Carlos IX no tomaron el carácter de degüello sino por el pueblo de París irritado contra las facciones. Menciona, en fin, la prohibición formal hecha por el rey a este mismo pueblo de París, "de homicidios, hechos de sangre, pillaje y saqueo de los bienes de los hugonotes" sin la intervención del Parlamento y de los magistrados públicos.
Tales fueron las notificaciones que se llevaron a Roma, de donde resulta que lo que Roma intentó celebrar no fue el asesinato de los herejes, sino el fin de la amenaza para la familia real, la liberación del reino y, sin duda, como consecuencia ulterior, el fin de una formidable guerra civil.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: cristiandad.org
Cabe preguntarse si la Edad Media no habrá sido víctima de un complot de los historiadores.
"Jus primae noctis: delante de ciertas interpretaciones aberrantes basadas en juegos de palabras, de las que este presunto "derecho" es un ejemplo clamoroso, cabe preguntarse si la Edad Media no habrá sido víctima de un complot de los historiadores".
Así escribe Regine Pernoud en un pequeño diccionario sobre tópicos (casi siempre falsos) referidos a la Edad Media. (Un libro altamente recomendable)
En realidad, es indudable que ha habido un "complot", al menos en el sentido de presentar bajo la luz menos halagüeña posible un período abominado por los iluministas, que lo veían marcado por las "tinieblas de la superstición religiosa" y no por la Razón; y por los protestantes, que percibían en esa época el triunfo de una Iglesia católica a la que identificaban con el Anticristo mismo.
Vamos a detenernos esta vez en uno de los aspectos más peculiares de aquella difamación. ¿En qué consistió realmente el jus primae noctis, aquel "derecho de pernada" que todavía hoy muchísima gente está convencida de que se practicaba en la Europa "cristiana"?
Con ayuda tal vez de los manuales mal leídos en clase, se cree que consistía en el privilegio del feudatario de "iniciar" la misma noche de la boda a las jóvenes que contraían matrimonio en los territorios en los que señoreaba.
Se supone que los pobres villanos, los míseros siervos de la gleba (ver dossier sobre la Edad Media), habrían tenido que aguantar la suprema humillación de acompañar a su joven esposa al castillo para que probara hasta la mañana siguiente la cama del lúbrico patrón.
No faltan novelas populares – pero también, hélas, textos de los denominados "históricos" – en las que se hace creer quepretendían hacer uso de este derecho hasta los obispos propietarios de tierras. En cualquier caso, si la "consumación" del matrimonio ajeno la perpetraba un feudatario laico, la Iglesia, que tenía poder de impedir el suplicio, o no se habría opuesto o lo habría tolerado, haciéndose cómplice del mismo.
Todo esto es completamente falso, al menos en lo que concierne a la christianitas de la Europa occidental y católica. Subrayamos "occidental" porque en la oriental, de tradición greco-eslava (aunque, todo sea dicho, con la manifiesta oposición de la Iglesia ortodoxa), parece ser que hasta el siglo XVII los grandes latifundistas pretendieron realmente conseguir semejante "derecho" de sus siervos. Éste también estaría aceptado en las castas sacerdotales de algunas religiones no cristianas.
Entre otros, estaba vigente en algunas tribus africanas y, especialmente, en la América precolombina. Ese jus sexual se practicaba entre el clero budista de zonas asiáticas como Birmania. (¿Por qué nunca se recordará aquello?). No hay ninguna huella en lo que respecta a la Europa católica.
Pero, entonces, ¿cómo ha podido surgir una leyenda todavía hoy tan firmemente aceptada?
Para entenderlo hemos de recordar qué era lo que se denomina "siervo de la gleba". Esta expresión suele pronunciarse con horror, como si se tratase de una continuación de la antigua esclavitud. Pero no es así en modo alguno: los "siervos de la gleba" eran campesinos que obtenían en concesión de un señor, el feudatario, un lote de tierra suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus familias.
El uso del suelo venía compensando por el campesino mediante una cuota sobre la cosecha, en ocasiones con un pago en moneda y con prestaciones varias sobre las otras tierras del señor (las famosas corvées, que – a pesar de la difamación que de ella hará la propaganda revolucionaria – solían revestir un carácter social, en beneficio de todos, como la construcción y mantenimiento de puentes y caminos y el saneamiento de terrenos pantanosos).
Como sigue diciendo Pernoud: "El término "siervo" se ha comprendido mal, ya que se ha confundido la servidumbre del Medievo con la esclavitud que fue la base de las sociedades antiguas, y de la que no se halla ningún rastro en la sociedad medieval.
La condición del siervo era completamente diferente a la del antiguo esclavo: el esclavo es un objeto, no una persona; está bajo la potestad absoluta del patrón, que posee sobre él derecho de vida y muerte; le está vedado el ejercicio de cualquier actividad personal; no tiene familia ni esposa ni bienes".
La investigadora francesa continúa: "El siervo medieval es una persona, no un objeto: posee familia, una casa, campos y, cuando le ha pagado lo que le debe, no tiene más obligaciones hacia el señor. No está sometido a un amo, está unido a una tierra, lo cual no es una servidumbre personal sino una servidumbre real.
La única restricción a su libertad reside en que no puede abandonar la tierra que cultiva. Pero, hay que señalar, esta limitación no está exenta de ventajas, ya que si no puede dejar el predio tampoco se le puede despojar de éste. El campesino de la Europa occidental de hoy día debe su prosperidad al hecho de que sus antepasados eran "siervos de la gleba".
Ninguna institución ha contribuido tanto a la suerte, por ejemplo de los agricultores franceses. El campesino francés, asentado durante siglos en la misma superficie, sin responsabilidades civiles, sin esas obligaciones militares que el campo tuvo ocasión de conocer por vez primera con los reclutamientos masivos impuestos por la Revolución, se convirtió así en el verdadero dueño de la tierra.
Sólo la servidumbre medieval podía crear un vínculo tan íntimo entre el hombre y el suelo. Si la situación del campesino de la Europa oriental ha permanecido tan miserable se debe a que no conoció el vínculo protector de la servidumbre. Así, el pequeño propietario, abandonado a sus recursos y a cargo de una tierra que no podía defender, padeció las peores vejaciones que permitieron la formación de inmensos latifundios".
Son detalles que,, por otro lado, deberían inducir a una mayor prudencia a quienes, partiendo de prejuicios ideológicos o de la sugestión de las palabras (servus glebae, feudo, feudatario…), no captan el lado positivo de instituciones tan poco abominadas por los interesados, al punto que sólo se produjeron revueltas entre los siervos de la gleba cuando, por instigación monárquica, se impuso su liberación…
A este arraigo, socialmente benéfico, a la propiedad se debe el nacimiento del presunto jus primae noctis. Al principio de la era feudal, el campesino tenía prohibido contraer matrimonio fuera del feudo porque ello causaba deterioro demográfico en áreas y zonas cuyo mayor problema era la falta de población.
Pernoud refiere: "Pero la Iglesia no cesó de protestar contra esa violación de los derechos familiares que, en efecto, desde el siglo X en adelante fue atenuándose. Se estableció en sustitución del mismo la costumbre de reclamar una indemnización monetaria al siervo que abandonase el feudo para contraer matrimonio en otro.
Así nació el jus primae noctis del que se han dicho tantas tonterías: sólo se trataba del derecho a autorizar el matrimonio de los campesinos fuera del feudo (equivale a hacer un contrato y luego romperlo, por lo que la parte que se va, indemniza a la otra parte, es lógico ¿no?).
Dado que en la Edad Media todo se traducía en una ceremonia, este derecho dio lugar a gestos simbólicos, por ejemplo poner una mano o una pierna en el lecho conyugal, utilizando unos términos jurídicos específicos que han provocado maliciosas o vengativas interpretaciones completamente erróneas".
Nada que ver, pues, con el presunto "derecho" a desvirgar a la aldeanita. Y nada que ver, con mayor razón, con la completa licencia sexual de la que disponía en la antigüedad pagana el amo sobre sus esclavos, considerados como puros y simples objetos de trabajo o placer.
Por lo que, según la humorada, verídica, de un historiador: "La servidumbre de la gleba medieval provocó vivas protestas: las de los propios siervos cuando se los quiso "liberar", exponiéndolos de ese modo a la pérdida de seguridad proporcionada por un terreno a cultivar en su beneficio y en el de sus descendientes; puestos a la merced, ya sin la defensa de los guerreros del señor, de las incursiones de los salteadores; haciéndoles caer en poder de los ricos latifundistas y de los usureros; exponiéndolos al servicio militar y a los agentes fiscales de la autoridad estatal".
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Corriere della Sera: Vittorino Messori
Agredidos y agresores: una historia para ser reescrita.
Siempre fue llamada "plaza de las Cruzadas". Hace poco más de un año es "plaza Paulo VI". El cambio de nombre del emplazamiento milanés, junto a la insigne basílica de San Simpliciano, no es ajeno a la Facultad Teológica de la Italia Septentrional que se abre hacia ella.
Dicen que hubo presiones clericales para que se cambiase el nombre de aquel espacio. Sentían que era embarazoso, mucho más para ciertos medios católicos que para las autoridades laicas.
Este acontecimiento milanés no es si no una confirmación, entre tantas, de un hecho desconcertante: después de dos siglos de propaganda incesante, la "leyenda negra" construida por los iluministas como arma de la guerra psicológica contra la Iglesia Romana, terminó por instalar un "problema de conciencia" en la ‘intelligentzia’ católica, aparte de hacerlo en imaginario popular.
Fue, en realidad, en el siglo dieciocho europeo que, completando la obra de la reforma, se afirmó el rosario, convertido en canónico, de las "infamias romanas".
En lo que dice respecto a las cruzadas, la propaganda anticatólica llegó hasta invadir el nombre, como el término "Edad Media", excogitado por la historiografía "iluminista".
Los que hace novecientos años tomaron por asalto Jerusalén considerarían estúpidos a lo que les hubiesen dicho que daban cumplimento a aquello que seria llamado como "primera Cruzada". Para ellos, era iter, peregrinatio, succursus, passagium.
Los "panfletarios", en suma, inventan un nombre y construyen al rededor una "leyenda negra": Y no es sólo eso: será esa misma propaganda europea la que "revelará" al mundo musulmán el haber sido "agredido".
En Occidente, la obscura invención "cruzada" terminó por impregnar con sentimiento de culpa a ciertos hombres de la misma Iglesia, ignorantes de como ocurrieron las cosas.
¿Quien fue agredido y quien es el agresor? Cuando en 638 el califa Omar conquista Jerusalén, ésta era, desde hacía más de tres siglos, cristiana.
Poco después, secuaces del Profeta invaden y destruyen las gloriosas iglesias, primero de Egipto y, después, de todo el norte de África, llevando la extinción del cristianismo en lugares que habían tenido obispos como Santo Agustín.
Después le tocó su turno a España, a Sicilia, a Grecia, a aquella que será llamada ‘Turquía’, donde las comunidades fundadas por el mismo San Pablo se convirtieron en montes de ruinas.
En 1453, después de siete siglos de asalto, capitula y es islamisada la misma Constantinopla, la segunda Roma. El tornado islámico alcanza los Balcanes, y, como por milagro, es detenido y obligado a retirarse de las puertas de Viena.
Entretanto, hasta el siglo XIX, todo el Mediterráneo y todas las costas de los países cristianos que le miran, son "reservas" de carne humana: navíos y países serán asaltados por incursiones islámicas, que retornan a las guaridas magrebíes llenos de botines, de mujeres y de jóvenes para los placeres sexuales de los ricos y de los esclavos obligados a morir de agotamiento o para ser rescatados a precios altísimos por los Mercedarios y Trinitarios.
Exécrese, con justicia, la masacre de Jerusalén en 1099, pero no se olviden de Muhamad II, en 1480, en Otranto, simple ejemplo de un cortejo sanguinario de sufrimientos. Aún hoy: ¿qué países musulmanes reconocen a los otros que no sean los suyos, los derechos civiles o la libertad de culto? ¿Quien se indigna con el genocidio de los armenios, antes y de los sudaneses cristianos, hoy?
El mundo, según los devotos del Corán, ¿no está aún hoy dividido en "territorio del Islam" y "territorios de guerra:, todos los lugares, aún no musulmanes, pero que deben convertirse en tales, de buenas o malas maneras? ¿No es esta la ideología sobreentendida por muchos en la inmigración masiva rumbo a Europa?
Una simple revisión de la historia, incluso en sus líneas generales, confirma una verdad evidente: una Cristiandad en continua posición de defensa en relación a una agresión musulmana, desde el comienzo hasta hoy (en África, por ejemplo, está en curso una ofensiva sanguinaria para islamizar las etnias que los sacrificios heroicos de generaciones de misioneros habían llevado al bautismo).
Admitido que alguien, en la historia, debiese pedir disculpas a otro, ¿deberían ser los católicos los que deberían pedir perdón por un acto de autodefensa, por la tentativa de haber por lo menos abierto el camino de la peregrinación a los lugares de Jesús, como fue el ciclo de las cruzadas?
Más temas interesantes para el católico: Cristiandad.org
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Arbil
Tres lugares comunes de las leyendas negras en torno a la hispanidad.
La conmemoración del Quinto Centenario reavivó, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza.
De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.
Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para deshechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.
El despojo de la tierra
Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.
Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades.
Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.
La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales.
Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos.
Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.
La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.
Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular.
Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.
Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias.
Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente.
No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas.
Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.
La sed de Oro
Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con los metales preciosos americanos.
Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno ; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Unicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente —y reprueba semejantes tropelías.
Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos" u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo acconomicus.
Pero aclaremos un poco mejor las cosas.
Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones finaneleras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España.
Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación": ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuiclos antiprotestantes y antirabínicos.
La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos.
De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero sería después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.
Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "el Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.
Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato.
Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española.
Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.
El genocidio indigena
Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.
Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indlos dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas multhussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curloso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla.
Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su articulo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable.
Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".
La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicidica como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas.
La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral",. la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.
Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a México.
Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.
Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.
Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacía otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.
La Hispanidad de Isabel y de Fernando no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.