3. ¿Para qué me sirve ser cristiano?

Autor: Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com  

¿Alguna vez te ha parecido que no ganás nada con serlo? Es importante saber qué nos ofrece la vida cristiana, para no crearse falsas espectativas y para ir tras lo que sí nos garantiza. .

Es frecuente que en momentos de cansancio, frustración o desconsuelo cruce por la cabeza una pregunta punzante: “Pero entonces, ¿para qué me sirve ser cristiano?” 

Se puede plantear con tonos muy distintos: rebelde, desafiante, desanimado o dolorido. Puede ser una mera queja, una búsqueda de respuesta, un planteo de fondo o la declaración enojada de que no sirve para nada…

De tono en que se haga y de la respuesta que se le dé, dependerá en muchos casos, qué tipo de cristiano se sea –santo, tibio o frío– o que se deje de serlo del todo…

Desde una perspectiva quizá utilitarista y desafiante, equivale a la pregunta sobre el sentido de ser cristiano.

Hay otras preguntas equivalentes. Por ejemplo: ¿para qué me sirve creer en Dios (o amarlo, o rezar…)? ¿qué gano con ir a Misa (o si me confieso, casarme por la Iglesia…)? Y un largo etcétera de otras similares a las que queremos analizar y responder en este artículo. 

Preguntas planteadas en términos del interés, conveniencia o beneficios que me produciría ser o vivir como cristiano. Y que justificaría el serlo, de manera que sería cristiano precisamente para conseguir esas ventajas. Y tendría que dejar de serlo si se demostrara que “no funciona” porque no reporta los beneficios que cabría esperar de él.

Una pregunta importante, que va a la raíz de la propia identidad cristiana: ¿para qué soy cristiano? ¿Qué espero del cristianismo? ¿Qué me ofrece?

Una primera respuesta rápida:
Cara a esta vida, y en clave materialista, posiblemente ser cristiano sirva de poco.
Nosotros esperamos otra cosa mucho más grande: la felicidad perfecta en la vida eterna.


Ser cristiano, en principio, no nos proporciona más salud, ni más dinero, ni mejor carácter, ni se nos garantiza el éxito profesional o deportivo o familiar… 

Obviamente vivir como Dios nos pide –precisamente porque responde a las exigencias de la naturaleza humana– nos hará mucho bien. Pero no radica en esos bienes la razón del ser cristiano.

El asunto del fin último

Quien busca, por encima de todo, como objetivo de su vida, cuestiones que ocurrirán antes de su muerte (ser valorados, triunfar profesionalmente, ganar plata, pasarla bien, disfrutar de bienestar… o cualquier otra cosa del estilo) posiblemente encontrará en el cristianismo un peso; y fácilmente lo considerará como un obstáculo para sus objetivos (porque nos “saca” tiempo, exige ser generosos, honestos, sinceros…).

Pero los cristianos (si hemos entendido bien qué es el cristianismo) no somos cristianos con expectativas solamente terrenales; es decir, para conseguir beneficios materiales o simplemente temporales. 

Con San Pablo estamos convencidos que “si sólo para esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres” (1 Cor 14,19). Es decir, que seríamos muy tontos si fuéramos cristianos primariamente con la esperanza de ventajas para aquí abajo.

Promesa de vida eterna. 

Las cosas claras de entrada. Cristo no es un Mesías temporal: promete la vida eterna.
Esta es la razón que impidió a los fariseos reconocerlo y aceptarlo.

A los Apóstoles les costó mucho desprenderse de esta visión temporalista del Reino. En su amor a Jesús se mezclaban las mejores intenciones con ambiciones terrenales imbuidas de egoísmo (¡esas discusiones sobre quién sería el mayor cuando por fin se instaurara el Reino!).

El cristianismo es una gran promesa: pero no una promesa chiquitita sino una promesa divina: de plenitud, de gloria, de unión con Dios, de divinización en la participación de la misma vida divina. Una promesa que trasciende absolutamente esta vida.

Jesús lo repite una y otra vez en el Evangelio: “la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,40); 
“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54); “Quien cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,36).

El camino no es fácil: la senda es estrecha, la puerta angosta; hay que llevar la cruz no de vez en cuando, sino cada día. Requiere entrega, es exigente… pero al final nos espera la gloria. Y estamos convencidos de que vale la pena. Bien experimentado lo tenía San Pablo –quien sufrió mucho en su vida–: “considero que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rom 8,18).

El Reino que Jesús predica es el Reino de los cielos. El mismo día de su muerte Jesús tiene que aclararle a Pilato que su reino no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36).

Aquí no hay engaño: no son ventajas temporales lo que se nos ofrece.

El cristiano no busca de Dios primariamente bienes temporales, de los que –para empezar–hay que estar desprendidos para seguir a Cristo. 

Esto resulta patente cuando los judíos admirados y felices por haber comido gracias al milagro de la multiplicación de los panes lo buscan para hacerlo rey (con un rey así ¡qué vida maravillosa nos podemos dar!), Jesús desaparece y corrige su entusiasmo: “trabajad no por el alimento que perece, sino por el que dura hasta la vida eterna” (Jn 6,27).

El mismo Jesús que cura algunos enfermos, nos dice “no temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). Lo corporal no es el principal asunto. 
Los bienes temporales no deberían ocupar el primer sitio en nuestras peticiones e intereses. Y cuando los pedimos y buscamos, lo hacemos siempre subordinados a los bienes espirituales y eternos. 

La eternidad llena de contenido esta vida

La vida del cristiano aquí en la tierra está tejida de sucesos temporales y eternos. Nuestra vida transcurre en el tiempo, pero lo trasciende: se “mete” en la eternidad.
La esperanza de la vida eterna no pone la mirada en un futuro lejano, sino que impregna la vida cotidiana.

No es una huida de los problemas de esta vida, refugiándose en un posible mundo futuro, en el que se encuentra un relativo consuelo. No lleva a despreocuparse de las cosas de la tierra, sino que nos ocupemos de ellas por un motivo más elevado.

Nos impulsa a la conquista de ese Reino que no es de este mundo, precisamente en las vicisitudes de aquí abajo.

De manera que la vida terrenal necesita la referencia a la eterna. Sin ella se quedaría vacía. Y la vida eterna se consigue con el compromiso en esta vida.

El Card. Ratzinger explicaba a un grupo de universitarios en España: “Si perdemos completamente de vista lo eterno, entonces también lo intramundano pierde su valor, porque se agota en ese breve período en el que vivimos. Por tanto, también desde un punto de vista humano es necesario abrirse a la eternidad y abrirse a Dios.

Ahora bien, si a partir de ahí se descuida lo terreno, entonces se ha entendido de forma equivocada a Dios y a la eternidad, porque precisamente la fe en Dios y la fe en la eternidad lleva a reforzar la responsabilidad por lo terreno, porque en cada momento de mi vida yo voy creando eternidad y si descuido ese devenir terreno, ese hacer eternidad en lo temporal, entro en una contradicción conmigo mismo.

Me parece que eso es lo que tenemos que aprender: que sin la eternidad no se puede vivir porque el tiempo se queda vacío, pero que sólo si ese saber de la eternidad llega a llenar plenamente este tiempo, entonces eso adquiere sentido” .

Es un ida y vuelta de referencias.

Hemos sido creados para amar, para alcanzar una plenitud a la que se llega por la entrega de sí. Y en nuestra existencia se verifica la paradoja de que quien busca egoístamente su felicidad no la encontrará nunca.

¿Un cristianismo materialista?

Un cristianismo materialista –en el que se recurre a la religión sólo en busca de beneficios temporales, incluyendo una vaga esperanza futura– no se sostiene. 

José P. Manglano recoge un brillante diálogo de Guitton, que aquí sintetizo:

- Richelieu sufría muchos dolores de cabeza y rezaba a Dios que lo librara de ellos.

- Supongamos, por un instante, que sólo rezara por ello. ¿Qué idea tendría de Dios?

- Supongo que la de una aspirina celestial.

- Invente la aspirina y Richelieu dejará de rezar. Seguirá creyendo en Dios, pero el suyo será un Dios ocioso, un Dios que está pero que no tiene ningún papel en nuestra vida. 

Este es el problema. Es lícito, muy bueno, conveniente y necesario acudir a Dios para la solución de nuestros problemas terrenales –¡es nuestro Padre!–, pero si sólo acudimos con intereses temporales… antes o después nuestra fe se encontrará en aprietos. Porque es ¡un planteo egoísta y materialista! 

Cuando fallan las expectativas…

En nuestros días no es raro encontrar personas que se siente defraudadas por Dios y por el cristianismo. 

Quienes primariamente esperara beneficios temporales de la religión, es posible que termine desencantado con Cristo.

En efecto, correríamos este peligro si viéramos la vida religiosa en términos de una contraprestación con Dios: yo cumplo su voluntad, hago lo que El quiere, voy a Misa, etc. A cambio, El escucha mis oraciones, me protege del mal, me evita males temporales, hace algún milagrito de vez en cuando para sacarme de apuros, etc.

Cuando la vida transcurre sin sobresaltos, todo va bien. Pero un problema grave se presenta cuando Dios no “cumple” su parte (o mejor dicho la parte que a nuestro entender debería cumplir…) o cuando encuentro otra manera de resolver el problema.

En ese caso, uno podría acabar apartándose de Dios, víctima de la desilusión. Es posible que sienta que Dios le ha fallado, que no ha cumplido con su parte. Y entonces se sienta con derecho a abandonar la suya: dejan de rezar, de ir a Misa, de vivir como cristianos, o incluso abandonan su vocación. 

Visitando enfermos en un hospital encontré una mujer que no practicaba la fe, aunque, como ella misma se ocupó de señalar enseguida, la había vivido intensamente con anterioridad. Le pregunté qué le había pasado.

Su respuesta me dejó helado: “Dios me defraudó”. Y pasó a explicarme que ante una serie de problemas serios había rezado intensamente; y que a pesar de sus rezos no había pasado nada. Era como decirme: “¿qué quiere que haga? con un Dios así no voy a ningún lado. No me sirve”. 

Es duro que una persona se sienta decepcionada por Dios. Almas que lo dejan porque sienten que Dios no estuvo a la altura de lo que se esperaba de El... 

Son los que –frustrados por no conseguir lo que pedían– preguntan: “¿para qué sirve rezar?, si muchos no rezan y les va muy bien”. O “¿para qué portarse bien, qué te reporta?” Igual les sucede a quienes luchan espiritualmente con la perspectiva de que Dios les hará felices. Cuando sienten que Dios no está cumpliendo “su parte” del contrato implícito –porque sufren–, se desconciertan y un terremoto tira abajo su vida espiritual.

Para evitar equívocos habría que analizar bien qué esperamos de Dios. Porque podría darse que esperáramos cosas que Dios no ha prometido…
Pero en realidad Dios no ha fallado. Lo que fallaron fueron las expectativas. Esperaron mal. Secularizaron la virtud de la esperanza: la “metieron” dentro de esta vida y la “redujeron” a asuntos temporales (búsqueda de salud, un buen trabajo, dinero, aprobación de exámenes, éxito profesional, familiar, etc.). Estaban equivocados.

Tuvieron la mirada puesta en Dios cara a bienes temporales (salud, trabajo, apuros económicos, etc.) que Dios nunca había prometido, y se olvidaron de los eternos (a los que quizás esas carencias hubieran contribuido). Y no llegaron a enterarse de cómo funciona la lógica de Dios -única verdadera lógica-.

Las falsas expectativas conducen al desencanto y a la desilusión.

Por eso en realidad se trata de decepciones humanas. 

Entonces, ¿para qué me sirve rezar?

Rezar siempre sirve. Principalmente para unirnos con Dios (principal fin de la oración). Cuando pido algo no trato de “cambiar” la voluntad de Dios, de convencerlo de que me haga caso, de que tengo razón… Le pido algo porque estoy convencido de que Dios quiere que le pida eso (¡es mi Padre!). Lo pido porque es bueno, me alegrará la vida, me ayudará a servirlo mejor, se lo puedo ofrecer…: en dos palabras, entra en sus planes de santidad.

Y, al mismo tiempo, como sé que Dios me ama con locura y no se equivoca, estaré contento cuando juzgue –precisamente porque me escucha y me quiere– que lo mejor para mí es no contar con lo que pido.

Alguno argumentará que para creer esto hace falta fe. Por supuesto que sí. 
Con Dios todo es cuestión de fe: de creer y confiar en su inteligencia, bondad y omnipotencia.

Dios escucha siempre. También cuando no entiendo, cuando no puedo escucharlo, cuando me duele, incluso cuando me enojo. La fe incluye confianza: y esto le da sentido al dolor, enseña a santificar la cruz. 

Dios ama siempre, también cuando no me da lo que le pido. Dios no se equivoca nunca, tampoco cuando parece que “piensa” distinto que yo o no lo entiendo.

Obviamente uno de los temas claves de nuestra vida es descubrir el sentido de la cruz. Tiene sentido, vale mucho. Debemos tratar de buscarlo y encontrarlo.

Si queremos saber qué es lo mejor, busquemos en el Evangelio y encontraremos qué quiso para sí mismo y para las personas que más amó.

Dios no falla. No puede fallar: si es Dios, lo es de verdad.

Rezo porque amo a Dios. Porque sé que me ama y quiere lo mejor para mí.

Rezo confiado en su voluntad y en su amor. Sé que no me falla, tampoco cuando me toca sufrir, tampoco cuando no me concede lo que le pido: porque entonces me concede algo mucho más valioso cara a la vida eterna.

Rezo para unirme a El: lo busco porque quiero estar con El, encontrar su ayuda, su consuelo, se amor, su paz, su ayuda para ser mejor hijo suyo. Para ser capaz de darle lo mejor de mí mismo: es lo que me reclama el amor.

¿Un cristianismo egoísta?

El error del asunto está al comienzo, en la raíz en el planteo.

¿Qué es el cristianismo? Una cuestión de amor.
¿Y para qué sirve amar? Amar es lo más importante en la vida, de lo que dependerá la felicidad y plenitud de la propia vida. Pero, desde la pregunta “¿para qué me sirve amar? ¿qué gano si amo?” nunca conseguiremos amar de verdad. 

Hemos de estar atentos porque no se puede amar con un planteo egoísta (y no hay nadie exento de la tentación del egoísmo). No se puede amar buscando primariamente qué me aporta ese amor.

Amar a Dios sobre todas las cosas. Ese es el fin. Pero si me planteo “¿para qué me sirve Dios? ¿para qué quiero amarlo?” estamos comenzando mal el recorrido de la fe y del amor. Estamos poniendo a Dios en función de nuestros intereses. Pero Dios no es un sirviente de lujo. Y es imposible crecer en el amor recorriendo el camino de la búsqueda del propio beneficio egoistón.

Conclusión

No te hagas esta pregunta porque no tiene sentido. Y cuando se te cruce por la cabeza, respondele con generosidad, rechazando los planteos mezquinos que supone.
Al mismo tiempo debés saber que ser cristiano sirve “demasiado” (¡es lo único necesario!).

De hecho Dios y la vida eterna existen

El cristianismo no es una apuesta al futuro, como la de quien jugara a la lotería a ver si el número le sale. No es un jugarse a ver qué pasa…
Hay algunos “pequeños” detalles a tener en cuenta: Dios existe, nos vamos a morir, nos encontraremos con El, que en su presencia sacaremos cuentas de cómo hemos usado la vida que nos ha dado… 

Vivir como si Dios no existiera es fatal… sencillamente porque es una suposición demasiado falsa: no hay ninguna posibilidad de que no exista.

Vivir como si no fuéramos a morirnos nunca… es muy ridículo… sencillamente porque lo único que está claro en nuestra vida es que vamos a morirnos.

¿Entonces, para qué sirve ser cristiano?

Hemos sido creados para amar. El cristianismo realiza el fin de la creación del hombre: nos conduce a la plenitud para la que existimos y en la que alcanzaremos la felicidad perfecta. Ahora bien, eso no ocurrirá en esta vida: la felicidad perfecta consiste en la posesión de Dios, cosa que sucederá en la vida eterna.

Pero esto no significa que cara la vida presente no sirva para nada, y que estemos “condenados” a aguantarnos una vida cruel consolándonos en lo bien que lo pasaremos después de la muerte. 

La vida eterna comienza a realizarse en germen desde ahora. Esa vida eterna ya se vive aquí. La gracia es una participación de la vida divina. No se siente, no se mide en términos económicos, de salud, etc. Tampoco en éxitos profesionales. Pero es más real que lo que tocamos. Y se mide en términos de amor y de talentos.

El cristianismo da sentido a la vida, le da valor y la “llena” de contenido. Hace que las cuestiones intramundanas no sean intrascendentes, sino que se abran a la eternidad.

Permite vivir esta vida abiertos a la plenitud, trascendiéndola.

Sin el cristianismo esta vida es muy pobre. Demasiado. Está encerrada en la inmanencia, en las coordenadas espacio-temporales. La vida sin perspectiva de eternidad es una película que acaba mal.

¿Cómo se presenta el futuro personal? Desde una perspectiva de culto al cuerpo, bastante mal: con el paso de los años, cada vez con menos fuerzas, más enfermos, más limitados… hasta la muerte. Las perspectivas “materiales” no son las mejores.

Pero las perspectivas sobrenaturales son inmejorables, y cada vez son mejores: más cerca de obtener la vida por la que anhelamos, cada vez más maduros, más sabios, más enamorados, más llenos de obras de servicio y amor.

La virtud de la esperanza sobrenatural es más necesaria de lo que muchos imaginan. Nos abre horizontes de plenitud y amor. Llena esta vida de contenido ya ahora, y nos conduce a la que vale la pena, aquella para la que estamos hechos, donde se harán realidad las aspiraciones más profundas del corazón humano.

Pero esperanza sobrenatural, completa. Es mucho más que una vaga aspiración o deseo: es la certeza de que Dios nos dará lo que nos promete: una vida eternamente feliz, con El, en la gloria.

Pero ser cristiano sólo cara a esta vida resultaría una estafa cruel. La peor de las estafas: quitarle lo más valioso, su sentido más profundo, la razón por la que Dios se hizo hombre, murió, resucitó y ascendió al cielo por nosotros.

En definitiva ser cristiano sirve para:

Descubrir el sentido de nuestra vida (¡para qué vivimos!)
Vivir como Dios quiere y así realizar el sentido de nuestra existencia
Hacer posible una vida plena en el terreno humano
Disfrutar de la amistad con Dios y vivir en intimidad con El.

Recorrer el camino la vida eterna y ser santos
Llenar de valor sobrenatural a esta vida terrenal
Alimentar nuestra vida con la Palabra de Dios
Fortalecer nuestra vida con la gracia de los sacramentos
Conseguir el perdón de nuestros pecados
Divinizar nuestra vida comiendo el cuerpo de Dios hecho hombre.

Que el Espíritu Santo habite en nosotros como en un templo y santifique nuestra vida.

Vivir de amor a Dios

Unirnos a Dios y vivir en comunión con El.

Además, que su exigencia “saque” lo mejor de nosotros
Abrirnos horizontes de vida eterna
Dar sentido al dolor y a la muerte
Tener la ayuda de la gracia divina
Que nos sostenga con la ayuda de los demás.

Y sobretodo sirve para hacernos infinitamente felices en la vida eterna.

2. ¿Son lo mismo todas las religiones?

Autor: P. Eduardo Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com

Muchas veces oís decir que todas las religiones son lo mismo, que todas llevan a Dios.¿Esta afirmación es razonable? ¿Cómo considerar categorías de verdad en las religiones?

La respuesta inmediata a esta pregunta es bastante obvia: las diferentes religiones son distintas, ya que si no se diferenciaran entre sí serían la misma religión. De manera que las distintas religiones no son lo mismo.

Y a la pregunta de por qué no todas las religiones son lo mismo, habría que responder sencillamente ¡precisamente porque son diferentes!

El problema de fondo: el indiferentismo religioso

Pero en realidad la pregunta que estamos analizando no apunta a la identificación de todas las religiones entre sí. En realidad sugiere que, más allá de sus diferencias, sería lo mismo creer en una religión o en otra, practicar una u otra diferente, ya que todas ellas conseguirían el mismo objetivo: “todas llevan a Dios”.

La única manera de que todas las religiones fueran lo mismo
es que todas ellas fuesen falsas

Sólo se puede afirmar que todas las religiones son lo mismo desde algunas posiciones ideológicas:

  • El ateísmo dirá que todas son igualmente falsas.
  • El agnosticismo afirmará que ninguna tiene el menor fundamento.
  • El indiferentismo sólo considerará una cierta utilidad psicológica a la religión (paz interior, sentido de trascendencia, cierta fraternidad, etc.), que podría conseguirse con cualquiera de ellas (lo que supondría que la religión no fuera un camino hacia Dios, sino una medicina que el hombre se da a sí mismo para resolver sus ansias de infinito).

Quien acepte que Dios existe y que tiene un proyecto cognoscible para el hombre –cualquiera sea la religión que profese- nunca podrá aceptar la afirmación de que todas las religiones sean lo mismo.

¿Qué sentido tiene una religión?

Para responder a esta pregunta había que ver qué se entiende por religión y qué papel se le asigna en la vida de una persona.

Si las concibo como una creación humana (un invento del hombre), con una finalidad genéricamente espiritual, un refugio psicológico a la hora de los problemas y peligros de al vida, etc., posiblemente no me preocupará demasiado las diferencias entre las distintas religiones, y todas –dentro de ciertos límites- me parecerán igualmente válidas.

Pero si concibo la religión como un encuentro entre Dios y el hombre, en el cual Dios tiene la iniciativa, se ha mostrado al hombre y enseñado un camino de salvación, la cosa es diferente: me interesará mucho saber cuál es la verdadera.

Porque verdadera sólo puede haber una religión

Aquella que Dios haya revelado. No puede haber varias religiones distintas igualmente verdaderas por el principio de no contradicción: dos afirmaciones contrarias no pueden ser al mismo tiempo, ambas verdaderas, en el mismo sentido. Si una es verdadera, la otra no lo será.

¿Hay religiones falsas y verdaderas?

Quizá fuera mejor hablar de religiones reveladas y no reveladas. O de religión verdadera y religiones que se acercan más o menos a la verdad.

La gran mayoría de las religiones son buenas, en cuanto que enseñan un camino de aproximación al Creador. Responden a la religiosidad natural del hombre. Le proponen un ideal ético. Y tienen –en distintos grados- una mayor o menor aproximación a la verdad.

¿Cuánto contienen de verdad?

Al responder a la religiosidad natural del hombre todas contienen aspectos verdaderos. Hay religiones más cercanas a la verdad y otras menos cercanas.

No son todas lo mismo. Las hay más serias y menos serias, más profundas y más superficiales, más espirituales y más terrenales, trascendentes o inmanentes…

Unas más concordes a la dignidad de la persona humana (obviamente una religión que propugnara sacrificios humanos no sería aceptable racionalmente), y otras menos.

La Iglesia considera que las religiones no cristianas contienen semillas de verdad, que conducen a la verdad completa .

Religión verdadera sólo puede una que haya sido revelada por Dios mismo

Porque sólo Dios puede decirnos con precisión quién es y qué quiere de nosotros. Una religión no revelada por Dios, no pasará de ser un buen intento del hombre por acercarse al Creador: algo muy valioso, pero que resultará muy pobre si consideramos la infinita distancia que nos separa de Dios, distancia que el hombre no puede recorrer por su propios medios.

Si Dios existe y creó seres racionales –como somos nosotros-, no parece razonable que no les haga conocer cómo llegar hasta Él: que se quedase mirándonos mientras nosotros nos equivocamos tratando de encontrar el camino.
Si Dios existe, lo razonable sería que existiera una sola religión verdadera. En caso contrario todas son falsas.

¿Para qué sirve una religión?

Si la religión sirve para hacernos entrar en comunión con Dios y brindarnos la salvación –que de eso se trata-, es obvio que nos interesa mucho encontrar el camino que realmente lo realiza.

¿Qué es el sincretismo religioso?

Es la mezcla de elementos de diferentes religiones. En este caso nos encontramos claramente con una creación humana, fruto de la recolección de elementos religiosos variados según el propio gusto.

La adhesión a una religión no es como ir de compras a un supermercado: ver qué me ofrece el mercado de las religiones y elegir la que más me guste (o incluso armar una con los elementos que más me atraigan de muchas de ellas).

¿En qué consiste la libertad religiosa?

Es el derecho que tengo a obrar según mi conciencia en materia de religión.

Este derecho no se basa en que todo sea lo mismo –y entonces da igual qué elija-, sino en el derecho a no ser presionado en mis convicciones religiosas. La raíz es la dignidad de la persona humana.

Libertad religiosa y obligación de buscar la verdad

Hay dos aspectos complementarios: el derecho a la libertad religiosa (derecho exigible ante el Estado y los demás) y la obligación personal delante de Dios y de mí mismo de buscar la verdad.

Nadie debería coaccionarme en materia religiosa: el acceso a Dios supone la libertad.

Al mismo tiempo, mi honradez personal me exige personalmente buscar la verdad: no sería honesto si no lo hiciera. Evidentemente Dios me pedirá cuenta de cuánto lo he buscado, de cuánto de sincero he sido en esa búsqueda.

Este es un asunto entre Dios y yo, del que rendiré cuentas después de mi muerte. Los demás podrán aconsejarme, pero no reemplazan mi libertad: es una cuestión entre Dios y yo.

El derecho a la libertad religiosa no consiste en que haya el derecho a profesar y practicar cualquier religión porque todas sean lo mismo. Consiste en que mi dignidad humana exige el derecho a no ser coaccionado en cuestiones religiosas.

Ambas cosas no sólo son compatibles, sino que complementarias. La misma dignidad humana que exige a los demás respetarme en mis convicciones religiosas, me “exige” a mí buscar la verdad.

La Religión Verdadera y el Ecumenismo

Autor: Interrogantes.net | Fuente: Interrogantes.net   

¿Tiene alguien derecho a imponerme sus valores?.

¿Existen valores absolutos?

Cuenta Peter Kreeft que un día, durante una de sus clases de ética, un alumno le dijo que la moral era algo relativo y que él como profesor no tenía derecho a "imponerle sus valores".

Bien -contestó Kreeft, para iniciar un debate sobre aquella cuestión-, voy a aplicar a la clase tus valores y no los míos. Tú dices que no hay valores absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos. Como resulta que mis ideas personales son un tanto singulares en algunos aspectos, a partir de este momento voy a aplicar esta: todas las alumnas quedan suspendidas. 

El alumno se quedó sorprendido y protestó diciendo que aquello no era justo. 

Kreeft le argumentó: ¿Qué significa para ti ser justo? Porque si la justicia es solo "mi" valor o "tu" valor, entonces no hay ninguna autoridad común a nosotros dos. Yo no tengo derecho a imponerte mi sentido de la justicia, pero tú tampoco puedes imponerme el tuyo... 

Por tanto, sólo si hay un valor universal llamado justicia, que prevalezca sobre nosotros, puedes apelar a él para juzgar injusto que yo suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran valores absolutos y objetivos fuera de nosotros, sólo podrías decir que tus valores subjetivos son diferentes de los míos, y nada más. 

Sin embargo -continuó Kreeft-, no dices que no te gusta lo que yo hago, sino que es injusto. O sea, que, cuando desciendes a la práctica, sí crees en los valores absolutos. 

No me impongas tu verdad

Los relativistas y los escépticos consideran que aceptar cualquier creencia es algo servil, una torpe esclavitud que coarta la libertad de pensamiento e impide una forma de pensar elevada e independiente. 

Sin embargo -como decía C. S. Lewis-, aunque un hombre afirme no creer en la realidad del bien y del mal, le veremos contradecirse inmediatamente en la vida práctica.

Por ejemplo, una persona puede no cumplir su palabra o no respetar lo acordado, arguyendo que no tiene importancia y que cada uno ha de organizar su vida sin pensar en teorías. Pero lo más probable es que no tarde mucho en argumentar, refiriéndose a otra persona, que es indigno que haya incumplido con él sus promesas. 

Cuando los defensores del relativismo hablan en defensa de sus derechos, suelen desprenderse de todo su relativismo moral y condenar con rotundidad la objetiva inmoralidad de quien pretenda causarle daño. Y si alguien les roba la cartera, o les da una bofetada, lo más probable es que olviden su relativismo y aseguren -sin relativismo ninguno- que eso está muy mal, diga lo que diga quien sea (sobre todo si lo dice el ladrón o agresor correspondiente).

Porque si la palabra dada no tiene importancia, o si no existen cosas tales como el bien y el mal, o si no existe una ley natural, ¿cuál es la diferencia entre algo justo o injusto? ¿Acaso no se contradicen al mostrar que, digan lo que digan, en la vida práctica reconocen que hay una ley de la naturaleza humana? 

El relativismo, al no tener una referencia clara a la verdad, lleva a la confusión global de lo que está bien y lo que está mal. Si se analizan con un poco de detalle sus argumentaciones, es fácil advertir -como explica Peter Kreeft- que casi todas suelen refutarse a sí mismas:

- "La verdad no es universal"(¿excepto esta verdad?)
- "Nadie puede conocer la verdad" (salvo tú, por lo que parece)
- "La verdad es incierta" (¿es incierto también lo que tú dices?)
- "Todas las generalizaciones son falsas" (¿esta también?)
- "No puedes ser dogmático" (con esta misma afirmación estás demostrando ser bastante dogmático) 
- "No me impongas tu verdad" (tú me estás imponiendo ahora tus verdades)
- "No hay absolutos" (¿absolutamente?)
- "La verdad solo es opinión" (tu opinión, por lo que veo)
- Etcétera ad nauseam

El boxeador que nunca sube al ring

Cuando uno dice que es muy difícil o casi imposible saber lo que es verdad o mentira, o lo que es bueno o malo, porque asegura que todo es relativo, adopta una cómoda postura en la que apenas necesita argumentar nada. Elude cualquier debate o discusión seria, porque niega su presupuesto. Por eso decía Wittgenstein que es como un boxeador que nunca sube al ring. 

En vez de subir al ring, lo que suele hacer en la práctica es meter de tapadillo, en un descuido retórico, su propia verdad y su propio concepto de bien. Porque también él guarda muchas certezas, aunque quizá no las advierta por estar demasiado ocupado en acusar a los demás de dogmatismo. Lo que el relativista suele mirar con sospecha no son las certezas, sino más bien las certezas de los demás.

¿Se dejarían operar por un cirujano si no estuviera seguro de su competencia? ¿Se subirían a un avión de una compañía aérea que manifestara incertidumbres sobre la seguridad del vuelo? Todo hombre, por naturaleza, busca siempre certezas. 

Según Christopher Derrick, la apoteosis del relativismo puede deberse a esa impresión -vaga, pero persuasiva- de que expresar duda es un signo de modestia y de democracia, mientras que hablar de certidumbres se considera algo dogmático y casi dictatorial. 

Sin embargo, el relativismo no puede llevarse hasta sus últimas consecuencias. Por eso Ortega decía que el relativismo es una teoría suicida, pues cuando se aplica a sí misma, se mata. La mayoría de las veces, el relativismo es una especie de pose académica, una cómoda evasión de la realidad. 

¿Da lo mismo una religión que otra?

Charles Moore, director del Sunday Telegraph, relató hace unos años su conversión al catolicismo. 

Moore buscaba la religión verdadera, ante el asombro de sus amigos que le decían que daba igual una religión que otra, y que lo único importante era el deseo de hacer el bien. Él disentía completamente y replicaba: «Eso sería como si unos médicos se reunieran en torno a un paciente y concluyeran: "Bueno, todos queremos que mejore, así que todos los tratamientos que propongamos serán igualmente buenos". Sin embargo, es evidente que no sucede así. Dar con el tratamiento adecuado puede ser cuestión de vida o muerte». 

Es cierto que personas de religiones distintas reciben de sus creencias aliento y enseñanza para ser mejores. Todas las religiones distintas de la verdadera contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que proceden de Dios, y que reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Pero deducir de eso que todas las religiones son iguales, o que da igual una que otra, sería mucho deducir.

A la hora de elegir religión, hay que preguntarse sobre todo qué puerta es la verdadera, no cuál es la que más nos gusta por sus adornos o atractivos externos. No basta la buena intención, pues no se puede olvidar cuánto mal ha sucedido en la historia en nombre de opiniones e intenciones buenas.

Cada hombre tiene la obligación -y también el derecho- de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formarse rectos y verdaderos juicios de conciencia.

-Entonces, lo que importa para salvarse es vivir de acuerdo con la propia conciencia.

Cuando se habla de vivir de acuerdo con la conciencia, algunos lo entienden como un simple vivir conforme a lo que cada uno subjetivamente piensa, como si en las cuestiones religiosas y morales no hubiera nada objetivo. Pero no siempre basta con seguir la conciencia, pues a veces su voz puede ser ahogada, o puede ser errónea. Por ejemplo, Hitler escribió pocas horas antes de morir que no se arrepentía de nada, que de nada pedía perdón porque afirmaba seguir de buena fe su conciencia...

La conciencia no es un simple reducto del subjetivismo, sino el lugar donde se da la apertura del hombre hacia la verdad, hacia Dios. El hombre, si busca, tiene posibilidad de conocer el camino que le conduce a la verdad. 

Y obedecer a la conciencia en ese camino puede exigir un notable esfuerzo. Supone no dejarse guiar solo por lo que a uno le apetece, sino mirar alrededor, purificarse y tener el oído atento a la escucha de la voz de Dios para ponerse en camino hacia la verdad. 

Solamente así se puede entender en qué consiste la grandeza de la fe. Y las diferentes religiones pueden suministrar elementos que nos conducen hacia ese camino, pero también nos pueden desviar de él.

-¿Entonces, la Iglesia no admite que el cristianismo sea una vía de salvación entre otras muchas?

La Iglesia sostiene que Jesucristo no es un simple guía espiritual, o un camino más hacia Dios entre otros muchos, sino el único camino de salvación.

-¿Y eso no es una afirmación un poco arrogante por parte de la Iglesia?

Pienso que no. Lo natural es que un creyente musulmán reconozca a Mahoma como profeta, o que un fiel hebreo escuche la Torah como la palabra de Dios. Lo que dice la Iglesia católica no supone menosprecio ni falta de consideración hacia otras confesiones religiosas. Dice que Jesucristo es el único camino de salvación, pero también dice claramente que Dios salva a los no cristianos que se hacen merecedores de ello. 

La salvación -por decirlo de un modo un tanto informal- es monopolio de Dios, no de los cristianos. Dios da a todos los hombres luz y ayuda para salvarse, y lo hace de manera adecuada a la situación interior y ambiental de cada uno.

8. Los Principios Fundamentales Del Protestantismo

8. Los Principios Fundamentales Del Protestantismo 

Sólo escritura y sola fe...

Los principios fundamentales del protestantismo 

Quienes se hayan enfrentado a “misioneros” de iglesias protestantes y, sobre todo, a miembros de sectas que se autodenominan cristianas (téngase en cuenta la aclaración que hemos hecho en la Nota con que cerramos el párrafo anterior), habrán advertido que los mismos ponen innumerables objeciones a los católicos exigiéndoles defenderse con la Biblia en la mano (“¿dónde dice la Biblia que María fue virgen, o que se debe llamar padre al sacerdote, o que hay que adorar las imágenes, etc., etc.”?).

Algunos católicos incautos o mal (in)formados caen en el ardid de estas personas (aclaro que no juzgo sus intenciones, las cuales en muchos casos pueden ser buenas) bajando a su terreno e intentando contestar sus preguntas o fundamentar nuestros dogmas; en la inmensa mayoría de los casos no son escuchados o reciben por toda respuesta una nueva objeción.

Los protestantes, por su parte, apabullan muchas veces con citas bíblicas que parecen –al menos por el uso que se hace de ellas– contradecir alguna verdad católica. 

Esto es muy mala táctica y nos hace entrar en el juego que estas personas buscan. En realidad, el católico debe comenzar por exigirles a estas personas que fundamenten con qué derecho ellos usan la Biblia; si nos piden que digamos en qué lugar de la Biblia se encuentra indicada tal o cual verdad, tal o cual práctica, ellos deben primero explicarnos y fundamentarnos por qué eso debe estar en la Biblia .

Nos dirán que porque la Biblia es Palabra de Dios (lo que todo católico acepta); el problema es que el protestante no puede demostrar que la Biblia sea Palabra de Dios y por tanto, no tiene derecho a usarla en contra de los católicos. Los católicos, en cambio, sí pueden demostrar que la Biblia es Palabra de Dios, y por tanto, son ellos (es decir, el magisterio de la Iglesia católica) quienes tienen el derecho de interpretar la Biblia.

Esto que acabamos de decir muestra la falencia principal de todo el protestantismo: en razón de los principios fundamentales de su religión (y esto es común a todo el protestantismo, tanto de las iglesias tradicionales como de las sectas de origen protestante) no tienen modo de saber si la Biblia es Palabra de Dios o no (de hecho afirman que es Palabra de Dios, porque esto lo han recibido de la Iglesia católica).

Vamos a demostrar este aserto que es la principal objeción que debemos hacer a todo protestante que viene a combatir nuestra fe. 

Nota: quiero aclarar que no pretendo que los protestantes dejen de usar la Biblia; al contrario, ésta es una de las riquezas que encierran todas las denominaciones protestantes y, hay que reconocerlo honestamente, en muchos casos tratan los Libros Sagrados con mayor veneración que muchos católicos.

En esto hay católicos que tienen mucho que aprender de nuestros hermanos protestantes: su amor por la Escritura, su asidua lectura e incluso estudio, su constante recurso a ella, el usarla como medio de oración, etc.

Pero esto no quita que ellos no puedan fundamentarla y que, por tanto, no tengan derecho a usarla para combatir a la Iglesia católica, la cual les ha legado el don inestimable de la Palabra de Dios.

Los principios fundamentales del protestantismo son dos: sola Scriptura (la sola Escritura) y sola fide (la sola fe; se podría añadir un tercero: sola gratia – la sola gracia–, pero puede reducirse al de sola fide, y ambos principios en realidad se derivan del primero, puesto que profesan la salvación por la sola fe precisamente porque así entienden que está revelado en la Escritura).

Es el primero el que nos interesa aquí, pues es el que hace referencia a la Biblia (el segundo es la síntesis de su teología de la salvación y de la moral, que analizaremos más adelante). 

El principio de sola Scriptura , formulado por Lutero significa dos cosas: 

(a) que la Biblia es palabra de Dios (y por tanto, debemos creer todo lo que ella dice) y no hay más palabra de Dios que la Biblia (por tanto, se ha de creer solamente lo que dice la Biblia, de donde brota el rechazo de toda Tradición y Magisterio de la Iglesia). 

(b) que cada uno ha de interpretarla por sí mismo (llamado “principio del libre examen ”). 

Éste es un principio universal para todos los protestantes: sólo la Biblia es la norma de fe, y más propiamente la interpretación que cada uno hace de la Biblia, es la norma de fe.

Precisamente esto es lo que ha llevado, desde la Reforma de Lutero, a tanta multiplicación de iglesias protestantes y luego de sectas derivadas: cada uno interpreta privadamente la Biblia... ¡encontrando en ella cosas diversas! Ya en vida de Lutero ocurrió esto con los anabaptistas, a quienes él combatió incluso militarmente. 

Nuestra afirmación es la siguiente: los protestantes no pueden demostrar ninguno de estos dos principios, por tanto, en rigor no pueden demostrar el valor de su religión ni pueden con honestidad objetar a nadie nada usando la Biblia, puesto que ellos no pueden demostrar que sea Palabra revelada por Dios. 

El principio: la Biblia es palabra de Dios 

Tanto los católicos como todos los protestantes creen que la Biblia es Palabra de Dios, es decir, que los libros contenidos en la Biblia han sido revelados por Dios.

La diferencia está en que los católicos lo creen porque la Iglesia lo enseña y ella sale de garante de esta verdad (la Iglesia, pues, debe demostrar ella misma que tiene esta autoridad1 y luego garantizar con dicha autoridad que tales o cuales libros han sido inspirados por Dios). 

Los protestantes también creen que la Biblia es Palabra de Dios y la tienen en gran veneración (y ésta es una de sus riquezas, como ya hemos dicho), pero no pueden demostrarlo, no lo pueden probar, lo cual hace que su religión sea un fideísmo (creen sin poder explicar por qué creen); esto demuestra que su principio es falso y todo cuanto edifican sobre ello es también falso.

De hecho, usando el mismo principio del protestantismo, se podría concluir que también son Palabra de Dios el Corán, los libros Vedas, o los escritos de cualquier loco que dice tener revelaciones divinas. 

1 Esto lo demuestra a través de distintas vías que conforman lo que se denomina el tratado apologético sobre la Iglesia.

Puede verse cualquiera de los tratados tradicionales como el de Albert Lang, “Teología fundamental”, Rialp, Madrid 1966, tomo II; Vizmanos-Riudor, “Teología fundamental”, BAC, Madrid 1966, etc. 

Para entender esto debemos tener en cuenta que la Biblia no es un libro único, sino una colección de libros y escritos (eso quiere decir la expresión “ta biblía” en griego: los libros, plural neutro de biblíon): son cartas, profecías, historias, etc., algunas escritas antes del nacimiento de Jesucristo y otras después. Estos libros y cartas no han sido los únicos escritos religiosos de la antigüedad, ni siquiera los únicos dentro del pueblo judío.

De hecho, circularon en los tiempos bíblicos otros libros que la Iglesia no admitió como inspirados (por ejemplo los llamados apócrifos, como el Libro de Enoc, el Libro de los secretos de Enoc, el libro de los Jubileos, el Testamento de Leví, los Salmos de Salomón, etc.; véase lo que diremos más adelante sobre los apócrifos del Antiguo Testamento); con mayor razón muchos de los apócrifos del Nuevo Testamento que son escritos provenientes de diversos ambientes, muchos de ellos gnósticos de los siglos II y siguientes2).

Para formar la Biblia, por tanto, hubo que elegir entre todos los escritos (cosa que no se hizo en un momento, porque hasta la muerte del último apóstol no estuvieron compuestos todos los libros)3. Si no fuera por la Iglesia, que hizo este trabajo, no sabríamos cuáles son los libros inspirados por Dios (y por tanto, “Palabra de Dios”), y si la Iglesia no fuera infalible no podríamos tener seguridad de que esos libros son efectivamente inspirados por Dios (esos libros y no otros). 

Los protestantes, al no aceptar la autoridad de la Iglesia, (no aceptan magisterio alguno ni tradición), no
2 Se puede ver sobre este tema la voz Apócrifos en, Francesco Spadafora, Diccionario Bíblico, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1968, 44-51. También lo diremos más adelante indicando la bibliografía. 
3 Véase lo que diremos más adelante al tratar el tema del Canon bíblico. 

pueden saber por qué admiten que la Biblia es Palabra de Dios. La aceptan y punto; no saben por qué ni lo pueden demostrar y los intentos de prueba que hacen caen en silogismos viciosos. Por eso aceptan la Biblia como Palabra de Dios, pero con la misma seguridad que para los mormones tiene el Libro de Mormón, o para los musulmanes el Corán, o los textos Vedas para los hindúes. Si los protestantes no aceptan que estos libros (el Corán, el Rig Veda, etc.) sean inspirados, deben reconocer que tampoco pueden probar que sean inspirados los suyos (la Biblia). 

El problema surge del hecho de que los protestantes se contradicen y se refutan a sí mismos, al afirmar dos cosas contradictorias: (a) que la Biblia es Palabra de Dios; (b) que sólo hay que creer lo que está en la Biblia. Pero ¡en ningún lugar de la Biblia se dice que la Biblia (toda ella, es decir los 47 libros del Antiguo Testamento y los 27 del Nuevo Testamento) es Palabra de Dios! 

Decimos que los protestantes, al afirmar que la Biblia es palabra de Dios, sosteniendo al mismo tiempo que sólo se debe creer a lo que dice la Biblia , se contradicen porque la Biblia en ninguna parte afirma que ella (toda ella) es palabra de Dios. 

Los protestantes dicen que sólo hay que admitir las verdades claramente expresadas en la Biblia, pero ¿en qué texto de la Escritura se afirma el principio de que “la Biblia es Palabra de Dios” o de que “sólo la Escritura es norma de fe”? Sólo puede aducirse, como más próximo, el texto de San Pablo: toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia (2Tim 3,16); pero este texto no dice qué límites –o alcances– tiene la expresión “toda Escritura”: ¿a qué libros se refiere? ¿todo libro escrito en el mundo? ¿son los libros que se contienen en la Biblia actual?; en tal caso, ¿cómo sería, puesto que algunos no estaban todavía escritos al escribir eso San Pablo4 ? El pasaje sólo puede ser entendido como referido a la utilidad de los libros inspirados (en el sentido de toda Escritura inspirada por Dios es útil para ...) pero no con intención de delimitar cuál es esa Escritura inspirada.

De este modo, para los protestantes sólo la Biblia es regla de fe... pero en la misma Biblia no se dice cuál es la Biblia (o sea el conjunto de libros inspirados), lo cual (aun haciendo caso omiso a que algo que se prueba a sí mismo no tiene valor de prueba) deja a los protestantes sin norma de fe... a menos que la pidan prestado a la tradición, sin reconocerlo. Con toda razón tuvo que aceptar esto el mismo Lutero –en su Comentario sobre San Juan– al decir: “Estamos obligados de admitir a los Papistas que ellos tienen la Palabra de Dios, que la hemos recibido de ellos, y que sin ellos no tendríamos ningún conocimiento de ésta”. 

Para escapar de este problema –que algunos protestantes reconocen al menos a medias– algunas sectas han afirmado que saben que la Biblia es palabra de Dios por el efecto que les produce su lectura . 

Pero esto es evidentemente erróneo pues, como señalaba el P. Colom en su opúsculo mencionado más arriba: 

(a) Implica una nueva contradicción con sus principios, pues ellos dicen creer solamente lo que está en la Biblia y la Biblia en ninguna parte dice que se puede conocer que un escrito es palabra de Dios por el efecto que produce 
4 Esta carta, que parece ser de los últimos escritos de San Pablo, debe ser datada poco antes del año 67 (1Tim y Tito son del 65), siendo anterior al Apocalipsis (hacia el año 95), al Evangelio de Juan y a la 1Juan –posteriores al Apocalipsis.

De los mejores estudios sobre las llamadas “epístolas pastorales de san Pablo” (Tito, 1 y 2 Timoteo) es la obra del profesor de la Universidad de Fribourg, Suiza, Ceslaw Spicq, Les Épitres Pastorales, Tomo I y II, Gabalda Ed., París 1969. Su lectura . Efectivamente, ¿dónde dice la Biblia que por sus efectos los lectores sabrán que la Biblia es revelada? 

(b) Además es clarísimo que las cosas que se han añadido a la Biblia y las frases o palabras mal traducidas, no son palabra de Dios. Si fuese verdad que ellos pueden conocer si un escrito es palabra de Dios por el efecto que les produce su lectura, entonces al leer algo añadido a la Biblia o mal traducido, sabrían que no es palabra de Dios por no producirles el efecto que dicen que les produce la lectura de la Biblia, palabra de Dios.

Pero hagan la prueba de hacer leer a cualquier protestante (pastor o simple fiel, porque el principio debe valer para todos, hasta para el más sencillo) diversos textos, algunos de los cuales deliberadamente mal traducidos y que disciernan –por los efectos producidos– cuál es palabra de Dios y cuál no es... No pueden hacerlo porque el principio es falso. 

El P. Colom relata lo siguiente: “Una vez, hablando en Asunción (Paraguay), con dos misioneros mormones, y diciendo ellos en su Credo (Art. 8°): Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde está bien traducida , les pregunté cómo sabían ellos si estaba bien traducida. Me respondieron que ‘por la imposición de manos que habían recibido’. Para probarles que no era verdad lo que decían, les propuse presentarles cien textos de la Biblia, algunos de ellos expresamente mal traducidos por mí. 

Entregaría un ejemplar de los cien textos a cada uno de ellos para que, por separado, pusiesen una cruz a los mal traducidos. Si era verdad lo que decían (que por la imposición de manos que habían recibido conocían si un texto de la Biblia estaba bien traducido) los dos coincidirían al señalar con una cruz los mal traducidos. No aceptaron. Incluso uno de ellos se desdijo, confesando que él no podía conocer si un texto estaba mal traducido.

¿Aceptarían los protestantes que dicen conocer que la Biblia es palabra de Dios por el efecto que les produce su lectura, la prueba que les propuse a los misioneros mormones? Y, en cuanto a éstos, si creen en la Biblia en cuanto esté bien traducida, y no saben cuándo está bien traducida, ¿pueden creer en la Biblia?” 

(c) ¿Por qué, si nosotros tenemos la misma naturaleza que los miembros de las sectas protestantes, al leer la Biblia no advertimos que sea palabra de Dios por el efecto que nos produce su lectura? Y si nosotros no lo advertimos, tampoco ellos los advertirán; por tanto, es falso lo que dicen. 

Además, si esto fuese verdad, para saber que un escrito no es palabra de Dios, habría que leerlo para advertir que no produce aquel efecto y, por lo tanto, no es palabra de Dios. ¿Y han leído las sectas todo lo que se ha escrito en el mundo para decir que sólo lo que está en la Biblia es palabra de Dios? Si no han leído todos los libros, cartas, periódicos, revistas, etc., que se han escrito en el mundo, ¿cómo saben que sólo lo que está en la Biblia es Palabra de Dios? 

Por este motivo, el que no haya más libros inspirados que los que tenemos en la Biblia es doctrina de la Iglesia católica, no de la misma Biblia. 

Nota: Soy consciente de que al traspasar el peso de la prueba sobre la Iglesia, estoy pasando el problema de la Sagrada Escritura al Magisterio y a la Tradición; éstos deben demostrar su autoridad divina (o sea, conferida por Dios) con pruebas históricas y milagros, de lo contrario, tampoco estaríamos obligados a creerles a ellos.

La historia de la teología católica jamás ha soslayado este tema, creando precisamente los tratados teológicos De vera religione (“sobre la verdadera religión”) y De vera Ecclesia (“sobre la verdadera Iglesia”), para atender a estas cuestiones. El honor y el rigor de la verdad nos obligan a decir que la Iglesia primero debe probar su autoridad divina; luego –probada aquélla– podrá garantizar el valor revelado de sus Escrituras

Hace ya muchos años el mismo P. Colom afirmaba: “Llevo más de veinte años pidiendo a las sectas protestantes, a sus fieles, a sus pastores, que me prueben —por escrito, para que conste lo que han dicho—, que la Biblia es palabra de Dios. Lo he pedido en conferencias, por radio, en más de treinta mil hojas que se han repartido, personalmente,... Nadie ha contestado. Un pastor adventista del Séptimo día muy conocido, hará unos veinte años que me prometió que lo probaría.

A los pocos días confesó que no lo podía probar. Hace unos meses, otro pastor adventista prometió lo mismo, para confesar después —hay testigos— que no lo puede probar. Otros que también prometieron probarlo, han callado. Verían, como vieron los adventistas, que no lo pueden probar. Por esto, cuando los católicos son visitados por algún miembro de las sectas, con la Biblia en la mano y la intención de quitarles la fe, pídanles que, antes de abrir la Biblia, les prueben por escrito que la Biblia es palabra de Dios... Y si se atreven a probarlo, que me escriban”. 

Nota: Cuando decimos “probar” nos referimos a una “demostración” científica; la fe en la Palabra de Dios no se opone a la demostración de los fundamentos de la fe (no del contenido de la misma fe). Por tanto, hablamos de probar con razonamientos verdaderos, regidos por las leyes universales de la lógica (aunque sean expuestos en lenguaje sencillo y popular), de lo contrario, no hay prueba que valga (las que me han intentado dar algunas personas o caen en peticiones de principio –círculo vicioso– usando como argumento probatorio aquello a lo que deberían llegar como conclusión; o usan términos equívocos, etc.).

A veces sucede que cuando un católico les pide a los miembros de las sectas que prueben que la Biblia es palabra de Dios, éstos le preguntan si él cree que lo es, y si lo cree, ¿para qué probárselo? No hay que caer en este sofisma, puesto que los católicos creemos que la Biblia es Palabra de Dios apoyándonos en la autoridad del magisterio de la Iglesia.

Por el contrario, si algún protestante nos responde así, habría que decirle: “¿Usted cree que la Biblia es Palabra de Dios por el mismo motivo que lo creo yo ? Porque si cree por el mismo motivo, entonces está aceptando que la Iglesia católica es la Iglesia verdadera fundada por Jesucristo y que tiene autoridad infalible para determinar qué libros son inspirados por Dios y cuáles no. En tal caso: ¡bienvenido al catolicismo!” 

Otro problema serio se presenta para los protestantes con las traducciones de la Biblia. La Biblia es palabra de Dios; pero la Biblia inspirada por Dios no ha sido escrita en nuestras lenguas modernas. Algunos de sus textos originalmente fueron escritos en hebreo y otros en griego.

Nosotros tenemos traducciones de la Biblia; y toda traducción, al no poder verter en la lengua a la que quieren traducir, toda la riqueza del original, tiene que añadir expresiones para hacerse entender, las cuales añaden o quitan palabras al texto original. Esto lo hace notar la misma Biblia, puesto que el libro del Eclesiástico comienza con un prólogo del traductor (nieto de Jesús ben Sirá, autor del libro) que reconoce lo siguiente: “Las palabras hebreas pierden mucho de su fuerza trasladadas a otra lengua. Ni es sólo este libro, sino que la misma Ley y los Profetas, y el contexto de los demás libros, son no poco diferentes de cuando se anuncian en su lengua original ”5 . 

5 Libro del Eclesiástico, Prólogo, vv. 15-26. Algunos no consideran canónico este prólogo en cuanto no parece pertenecer al mismo libro del Eclesiástico, sino que es una traducción del original; pero es importante su testimonio para ver este problema que estamos señalando. 

Ahora bien –nuevamente recurro a los argumentos del P. Colom–, cuando las sectas se presentan con la Biblia, se les puede preguntar: “¿Esto es la Biblia o una traducción de la Biblia?”. Han de decir que una traducción. “Si es una traducción —añada el católico— ¿dónde dice la Biblia que se puede traducir? ¿Dónde dice la Biblia que esta traducción está bien hecha y no contiene errores?, pues, según ustedes hemos de creer solamente lo que dice la Biblia”.

Para probar que la Biblia se puede traducir y que la traducción está bien hecha y no contiene errores, hace falta una autoridad distinta de la Biblia —puesto que la Biblia no lo dice— y posterior a ella y a la traducción, autoridad que las sectas no admiten. 

No hay más palabra de Dios que la Biblia 

El principio que guía al protestantismo sobre la Biblia (la Biblia es Palabra de Dios) implica también que “sólo la Biblia” es fuente de autoridad; o sea, no hay otra regla de fe que la Biblia; con esto los protestantes rechazan toda otra autoridad y magisterio. He de señalar que no ha sido ésta una postura defendida siempre por Lutero, ya que él, al menos en 1519, todavía se remitía a la autoridad del Papa (escribía Lutero estas palabras a León X: “Postrado a los pies de tu Beatitud me ofrezco con todo lo que soy y poseo.

Vivifícame, mátame, llámame, revócame, apruébame, como te plazca. Conozca por tu voz la voz de Cristo que en ti preside y habla; si merezco la muerte, no la rechazaré”6 ). Fue al ver fulminadas como heréticas varias de sus doctrinas que se separó de todo aquello que restringiera su libertad doctrinal. Desde entonces Lutero proclama que la Biblia y sólo la Biblia es regla única, suficiente, suprema de la fe, juez 6 Praefatio thesium, edición de 1519; citado por Alberto Vidal Cruañas, Necesidad del magisterio de la Iglesia y autoridad del mismo para defender e interpretar las Sagradas Escrituras (sin datos de edición). Soberano y sin apelación de toda controversia doctrinal. El protestantismo, así, no es más que el principio de la libertad y del individualismo aplicado en materia religiosa. 

Esto lo expresan las diversas denominaciones de diversas maneras: “Las Sagradas Escrituras son la única regla de fe y práctica para el cristiano”; “La Biblia, sólo la Biblia, nada sino la Biblia, he aquí la religión del Protestantismo evangélico”; “La Biblia, y solamente la Biblia: he aquí la única norma de fe”. 

Pero este principio es contradictorio, pues –como ya hemos señalado– si la Biblia es la única norma de fe, ¿en dónde dice la Biblia eso? ¡“Sólo hay que creer lo que dice la Biblia”!, ¡pero precisamente esto no lo dice la Biblia! Por eso, si se ha de creer solamente lo que dice la Biblia, y la Biblia no dice que se ha de creer solamente lo que ella dice, no se ha de creer solamente lo que ella dice. 

Además, este principio va en contra de la misma Biblia, porque la Biblia dice que se han de creer cosas que no están en la Biblia. Así, por ejemplo, San Juan, al final de su Evangelio, escribe: Hay, además de éstas, otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo que cabrían los libros que se escribieran (Jn 21,25). Y al terminar su tercera carta escribe: Muchas cosas tenía que escribirte, mas no quiero escribirte con tinta y pluma; mas espero verte pronto, y hablaremos de viva voz (3Jn 13-14). San Pablo, por su parte, manda que se transmita lo que se oyó: Lo que oíste de mí, garantizado por muchos testigos, esto confíalo a hombres fieles, quienes sean idóneos para enseñar a su vez a otros (2Tim 2,2); Conserva sin detrimento la forma de las palabras sanas que de mí oíste (2Tim 1,13).

Por esto también nosotros hacemos gracias a Dios incesantemente de que, habiendo vosotros recibido la palabra de Dios, que de nosotros oísteis, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino tal cual es verdaderamente, como palabra de Dios (1Tes 2,15); Os recomendamos, hermanos, en el hombre de nuestro Señor Jesucristo, que os retraigáis de todo hermano que ande desconcertadamente y no según la tradición que recibieron de nosotros (2Tes 3,6). 

Así, volvemos a las palabras de Colom, cuando los miembros de algunas sectas preguntan al católico: “¿Dónde está en la Biblia tal o cual cosa?”, refiriéndose a una doctrina católica que según ellos no está en la Biblia, hay que preguntarles: “¿Y dónde dice la Biblia que se ha de creer solamente lo que ella dice?”, señalándoles después los textos de San Juan y de San Pablo de los párrafos anteriores. 

El principio de la libre interpretación de la Biblia 

Según la doctrina del protestantismo en general y también de las sectas derivadas de él, no es la Iglesia ni ninguna otra autoridad externa, sino cada individuo, el que tiene que interpretar la Biblia. Esto se denomina “libre examen”: cada uno interpreta privadamente la Escritura con la ayuda del Espíritu Santo. 

En la Declaración de Fe bautista se lee: “Cada ser humano tiene el derecho de estudiarla (a la Biblia) para sí y está en el deber de seguir sus sacrosantas enseñanzas”. “El protestantismo —leemos en otro escrito protestante— es un testimonio histórico en favor del derecho de libre examen y libre interpretación de las Sagradas Escrituras”. “Solamente el libre examen debe interpretar la Biblia”, escribía un Pastor protestante. 

Debido a este principio, las Biblias protestantes se publican sin notas, dejando al lector la interpretación de lo que lee. 

Es el Espíritu Santo –dicen— el que tiene que enseñar al que la lee lo que dice la Biblia. En vez de la autoridad de la Iglesia, la inspiración privada. 

Sin embargo, este principio es falso e insostenible por varios motivos muy fuertes. 

En primer lugar, no es bíblico. ¿Dónde dice la Biblia que cada uno debe interpretar la Biblia por sí solo sin ayuda de ningún magisterio? En ninguna parte; y si –basados en el principio de la “sola Escritura”– los protestantes sólo aceptan lo que dice la Biblia, entonces deberían rechazar este principio porque no se encuentra formulado en ningún lugar. Por el contrario, hay que decir que el principio es anti-bíblico, puesto que si vamos a lo que dice la Biblia vemos que en ella no se dice que cada uno lea la Biblia y la interprete por sí solo, sino que les sea predicado y explicado lo que ella contiene. Es lo que hace Jesús con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13 y ss).

Más aún, en este episodio Jesús critica a sus discípulos por no entender lo que dicen las Escrituras: ¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! (Lc 24,25). O sea, que los discípulos, habiendo leído (u oído en la Sinagoga) la Palabra de Dios, no les había bastado con su sola interpretación para entender la verdad. A los apóstoles se les manda, antes de la ascensión de Cristo a los cielos, que vayan y prediquen la Buena Nueva –el Evangelio– a todas las gentes, diciéndoles que quienes les crean se salvarán (cf. Mc 16,16); quienes crean la predicación de los apóstoles; no se les manda escribir Biblias y repartirlas y dejar a cada fiel a solas con el Espíritu Santo. 

Este principio es también anti-bíblico porque contradice lo que señala San Pedro en su segunda carta hablando de las cartas de Pablo: en las cuales [epístolas] hay algunas cosas difíciles de entender, las cuales los indoctos y poco asentados tuercen, lo mismo que las demás escrituras, para su propia perdición (2Pe 3,16). Pedro reconoce explícitamente que los poco preparados (“amatheis” en griego significa estúpidos, rústicos, groseros; y “astêriktoi” inestables y mal afirmados; la Neo Vulgata traduce “indocti et instabiles”) la tuercen y mal interpretan; por tanto la libre interpretación que hacían estos tales de los escritos paulinos no provenía del Espíritu Santo sino del diablo, puesto que desembocaba en “su propia perdición” (“tên idían autôn apôleian”). San Pedro califica estos escritos paulinos como “dusnoêtos”, es decir, difíciles. “Dus” en griego es un prefijo peyorativo indicando que no son fáciles de entender. 

También es testimonio de Pedro el que toda profecía de la Escritura no se hace por propia interpretación (2Pe 1,20). Pedro desconfía de los autodidactas incompetentes que entienden y comentan los textos a su manera (¿pero cómo podría tacharse así a cualquier persona si el Espíritu Santo realmente guiase a cada cual en la interpretación personal de la Biblia?).

El término “epilusis”, usado por Pedro quiere decir “solución de un enigma, interpretación” (cf. su uso en Gn 40,8; 41,16), “respuesta a una investigación” (cf. Hch 19,39). Por este motivo Jesús explicaba las parábolas a sus discípulos (cf. Mc 4,34) y no los dejaba a solas con el Espíritu Santo (como hubiera hecho si se hubiese guiado por los principios protestantes).

Este versículo de Pedro como señala Spicq en su comentario a las cartas petrinas7 , opone “Escritura” a “interpretación personal”, y recuerda que “idios” (= propia; el texto griego dice “ídias epilúseos”) puede significar “por su propia cuenta”, “por sí mismo”; es la acusación que Clemente hace a Simón el Mago, a saber: que quiso “alegorizar las palabras de la Ley a su propia manera (idia prolépsei)”8 ; esta acepción está confirmada por el verbo con un genitivo: “ginesthai tinos” (= convertirse en propiedad de alguien, apropiarse de algo) de tal modo que la traducción literal del versículo sería: “ninguna profecía puede ser interpretada 7 Cf. C. Spicq, Les Épitres de Saint Pierre, Gabalda Ed., Paris 1966, pp. 224-226. 8 Ps. Clemente, Homilia 2,22. No se trata de Clemente Romano sino de otro Clemente, denominado “Pseudo” Clemente para diferenciarlo del pontífice del mismo nombre como algo propio de cada uno”.

San Pedro no va más allá indicando quién debe interpretar las palabras de Dios con autoridad, pero el texto es suficiente para manifestar que proclamar un principio de interpretación privada (o libre examen, que es igual) es contrario a su pensamiento. Pensar que el Espíritu Santo inspira acertada y autoritativamente a todo el que lee por su cuenta la Escritura, es responsabilizar al Espíritu Santo de toda fantasía personal y ¡va contra lo que dice el mismo texto bíblico! Todo esto dicho de modo positivo equivale a postular la necesidad de una interpretación oficial (de la cual no se habla en el texto de Pedro). 

Este principio, además, destruye la unidad de la Iglesia porque produce anarquía doctrinal y caos teológico, puesto que cada fiel puede interpretar como “el Espíritu le inspire”, pero de hecho, muchos cristianos –de buena fe, pensamos– se creen inspirados con interpretaciones diversas y contradictorias, como se ve por el permanente desmembramiento de las iglesias protestantes en nuevas sectas y movimientos.

“Resulta que, dice el P. Colom, al leer un mismo pasaje de la Biblia, unos entienden una cosa, y otros otra, aunque sea contradictoria de la primera. Leyendo la misma Biblia, unos dicen que hay un solo Dios, y otros, que hay varios dioses; unos creen que Jesucristo es Dios, y otros lo niegan; unos dicen que hay infierno, y otros que no lo hay; unos entienden que hay que bautizar a los niños, y otros que sólo a los adultos; y así en tantas cosas en que difieren entre ellas los centenares de sectas protestantes.

Ahora bien, ¿puede el Espíritu Santo, que es Dios, inspirar cosas contradictorias? ¿Puede decirle a uno que hay un solo Dios y a otro que hay varios dioses? ¿A uno, que Jesucristo es Dios, y a otro, que no lo es? El Espíritu Santo no puede mentir, ni puede decir la Biblia —palabra de Dios— cosas contradictorias. Entonces, el principio del libre examen, defendido por las sectas como norma inmediata de fe, que les señala lo que han de creer, es falso, y falsa también, por consiguiente, la religión que lo enseña”.

Incluso vemos que importantes autores han dado, en el curso de su vida, interpretaciones diversas de algunos pasajes de la Biblia. Si el Espíritu Santo inspira a quien la lee, ¿es que el Espíritu Santo se ha desmentido de sus anteriores inspiraciones? 

Igualmente, este principio es falso porque puede ser mal usado (y de hecho ha sido mal usado) por nuestras pasiones desordenadas que, en muchos casos, tienden a buscar interpretaciones que no exijan un cambio de vida sino que sean proclives a la indulgencia moral. Así, entre algunas de las primeras sectas protestantes se buscó justificar la poligamia (con el creced y multiplicaos de Gn 1,28), el Parlamento inglés justificó el casamiento de Enrique VIII con Ana Bolena porque en 1Sam 1,5 se encuentra el texto amaba a Ana (se refiere al padre de Samuel), y así podría justificarse cualquier cosa. 

Este principio es también impracticable porque muchos tienen imposibilidad física (no saben o no pueden leer), como niños, analfabetos, ciegos, incultos, etc.; y otros tienen imposibilidad moral (quienes cuentan con poco tiempo o poca capacidad mental). 

Es tan impracticable este principio que los protestantes mismos lo practican sólo cuando les conviene (muchas veces sin ninguna mala voluntad). Por ejemplo, muchos de ellos se enojarán al leer estas cosas y tratarán de refutarlas, pero ¿con qué derecho? Si son fieles a su principio, ¿por qué no me dejan tranquilo interpretando por mi cuenta la Biblia? ¿Acaso el Espíritu Santo no puede ser quien me inspira a mí estas cosas al leer la Biblia? Y si me las inspira a mí, ¿qué tienen ellos que venir a enseñarle a mi Maestro interior? Todo protestante que intenta enseñarnos algo o corregirnos en alguna cuestión bíblica, traiciona el principio de libre examen.

Cuando un miembro de una secta nos pregunta: “¿dónde dice la Biblia tal o cual cosa?”, si uno le respondiera: “me lo inspiró el Espíritu Santo al leer una carta de San Pablo”, él debería callarse, respetando su principio. Si no respondemos así, es por honestidad y porque no se debe mentir y nosotros sabemos que ese principio es falso. Tal vez algún miembro de una secta piense que el Espíritu Santo lo inspira a él o a los miembros de su iglesia o secta y no a nosotros.

En tal caso, ¿con qué derecho? ¿dice la Biblia en algún lugar que sólo inspirará al Pastor Jiménez o al Ministro Bermúdez, o a tal o cual persona y no a las demás? El principio del libre examen es, por eso, el principio del antimagisterio: no hay maestros en cuestiones de fe. Pero esto, vale para todos, empezando por los pastores protestantes, quienes deben limitarse a imprimir Biblias y regalarlas callándose la boca. 

Este principio además es desmentido por todos (¡t-o-d-o-s! ) los protestantes y miembros de sectas, pues todos ellos reparten, regalan y leen traducciones de la Biblia, y no los textos originales. Y toda traducción es una versión, es decir, una interpretación. Basta leer las interminables discusiones filológicas y exegéticas entre escuelas y profesores del mismo ambiente protestante (tómese el trabajo de ir a una Biblioteca y pida algunos ejemplares de revistas bíblicas protestantes y verá que se discute sobre el sentido de innumerables pasajes bíblicos).

Por eso, toda traducción es una interpretación dada por un autor determinado (incluso en versiones en lenguas originales, pues hay muchas variantes en los diversos manuscritos y los exegetas deben elegir; véase, por ejemplo, la versión del Nuevo Testamento griego de Nestlé-Aland –protestante– con todas sus notas conteniendo diversas variantes del texto.

Si cada uno debe leerla e interpretarla solo, con la ayuda del Espíritu Santo, ¿por qué la lee en una traducción que es ya una interpretación dada por otro autor? Y si la interpretación de ese autor es válida y me sirve, entonces ¿por qué la Iglesia católica no puede enseñar a interpretar la Biblia si cualquier traductor lo hace? ¿Acaso no aceptan el magisterio interpretativo de Reina-Valera los protestantes que leen su versión, o los que usan la King James Version?

¿Acaso Lutero no tradujo –o sea, interpretó– y enseñó sus interpretaciones al legar a sus fieles su versión de la Biblia? ¡Cierto que lo hizo, incluso anulando pasajes que a él no le parecían inspirados! Y si Lutero podía ser maestro de los demás, entonces no respetó su propio principio. Al menos ¿con qué derecho se quita esta autoridad a los obispos, papas y sacerdotes católicos pero se concede a los traductores y pastores? Me parece que ésta es una variante de la ley de “la regla para ti, y no hay regla para mí”. 

El principio del libre examen encierra una gigantesca contradicción. Los protestantes niegan que la Iglesia católica sea infalible, pero luego aceptan que cada uno de ellos es infalible en su interpretación de la Biblia. Si ellos son infalibles, ¿por qué no puede ser infalible el Papa? Y si el Papa es infalible (y todo el que lee la Biblia es infalible en su interpretación de la Biblia, al menos en lo personal según el principio protestante) ¿por qué no puede enseñar a otros algo en lo cual él es infalible? 

Si ellos (los protestantes) no son infalibles, ¿por qué se ponen a objetarnos a los católicos las cosas que creemos? Si no son infalibles, los equivocados pueden ser ellos. ¿Por qué tenemos que ser nosotros los equivocados? Y si todos somos infalibles pero todos creemos cosas diversas, entonces, ¿qué es la infalibilidad? 

Lamentablemente, con estos principios no cae la infalibilidad sino la Iglesia y la misma Biblia. 

Los principios protestantes conducen a la negación de la autoridad divina de la Biblia, como lamentablemente ha ocurrido a muchos estudiosos y teólogos protestantes que han terminado en el racionalismo negando todo valor histórico –primero– y revelado –al fin– a los textos revelados. 

Quiero terminar con el testimonio de un ex pastor protestante, Bob Sungenis: “Al hojear la pila de libros católicos que (unos amigos ex protestantes convertidos al catolicismo) me habían enviado, lo primero que examiné fue la idea protestante de sola scriptura , la noción que sólo la Biblia tiene autoridad. Fue como una cachetada en la cara cuando me di cuenta de la verdad de la reivindicación católica que sola scriptura es una doctrina falsa, una tradición de los hombres. La Biblia (y por extensión sola scriptura ) fue la doctrina a la que dediqué mi vida.

Al estudiar la enseñanza católica contra sola scriptura me di cuenta, instintivamente, de que todo el debate entre el catolicismo y el protestantismo podría resumirse en el concepto de la autoridad. Cada doctrina que uno cree está basada en la autoridad que uno acepta. Decidí comprobar esta teoría de los Reformadores pidiéndole a muchos estudiosos y pastores protestantes que me ayudaran a encontrar sola scriptura en la Biblia. En esta etapa, no me sorprendió que ninguno pudiera darme una respuesta convincente. 

Me citaban versículos que hablaban de la veracidad e imposibilidad del error en la Biblia, pero no me podían citar una frase que dijera explícitamente que las Escrituras son las únicas que tienen formalmente autoridad suficiente. 

Curiosamente, algunos de estos protestantes tuvieron la honestidad de admitir que en ningún sitio de la Biblia se enseña sola scriptura , pero compensaban esta laguna diciendo que la Biblia no tiene que enseñar sola scriptura para que la doctrina sea cierta. Pero yo me di cuenta de que esta posición era insostenible. Porque si sola scriptura –la idea que la Biblia es formalmente suficiente para los cristianos– no es enseñada en la Biblia, sola scriptura es una propuesta falsa y contradictoria en sí. 

Al estudiar las Escrituras a la luz del material que me había sido enviado, empecé a ver que la Biblia señala a la Iglesia –y no a sí misma– como la máxima autoridad en 
asuntos doctrinales y espirituales (cf. 1Tim 3,15; Mt 16,18-19; 18,18; Lc 10,16). 

(...) Reconocí que la Biblia, aunque contiene la revelación inspirada por Dios, no puede ser la ‘autoridad’ máxima, pues depende de personas que razonan para observar lo que dice y, más importante aún, para interpretar lo que significa. Además, sabía que la Biblia nos advierte que contiene información difícil y confusa que puede ser (si no tiende a ser) tergiversada en un sinfín de interpretaciones falsas e imaginarias (cf. 2Pe 3,16). 
Durante los años que anduve perdido en el desierto teológico del protestantismo, siempre supe que había algo equivocado, pero no sabía exactamente qué.

Ahora empezaba a enfocar el problema y a discernir las partes del rompecabezas. Mientras más profundizaba, más me daba cuenta del daño que la teoría de sola scriptura había hecho a la cristiandad. La más evidente en este sentido era el protestantismo mismo: una enorme masa de denominaciones en conflicto y desacuerdo, ocasionado por su propia naturaleza de ‘protesta’ y desafío, una interminable proliferación de caos y controversia. 

Mis diecisiete años de estudios bíblicos protestantes me aclararon una cosa: Sola scriptura era un eufemismo para ‘sola ego’. Lo que quiero decir es que cada protestante tiene su propia interpretación de las Escrituras, y, claro está, cree que la suya es superior a la de los demás. Cada uno da su punto de vista, asumiendo que el Espíritu Santo le ha guiado a esa interpretación personal”9 . 
· * * * * 

9 Bob Sungenis, De la controversia a la consolación, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, Basilica Press, Encinitas, Estados Unidos 2003, p. 135-137. 

Hasta aquí nuestro capítulo principal y central. Quiero terminar con dos cuestiones. 

La primera es reiterar lo que dijimos más arriba: mi intención no es privar a los protestantes de la Biblia; ésta es una extraordinaria riqueza que ellos valoran mucho y que les hace mucho bien; y en muchos casos son un ejemplo para muchos católicos que no valoran la Palabra de Dios como debieran.Mi intención no ha sido otra que mostrarles y recordarles que, si bien ellos poseen la verdadera Revelación, (aunque incompleta, desde nuestra perspectiva), ésta la han heredado –históricamente hablando– de la tradición católica, y se las ha garantizado el magisterio católico.

Es la Iglesia católica, en su tradición y magisterio de los primeros siglos, la que ha juntado, custodiado, preservado y discernido los libros con que hoy todos los cristianos (tanto católicos como no católicos) alimentamos nuestras almas. Pero los principios por los cuales los protestantes creen que deben interpretar la Biblia sin magisterio alguno, los lleva a la destrucción del principio fundamental de su fe, no a preservarlo. 

Lo segundo es que, en todas las respuestas que seguirán en los próximos capítulos, debe tenerse en cuenta que no se ha de responder a los no católicos que ponen objeciones a partir de la Biblia sobre los temas que ellos quieren discutir, sino llevarlos a la cuestión fundamental: que demuestren por qué usan la Biblia; si ellos no quieren ir a ese campo, habrá que recordar aquel aleccionador episodio de Nuestro Señor (Mc 11,27-33): 

Mientras (Jesús) paseaba por el Templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron: “¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?”. Jesús les dijo: “Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme”. 

Ellos discurrían entre sí: “Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero ¿vamos a decir acaso: ‘De los hombres?’” (tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta). Por tanto, respondieron a Jesús: “No sabemos”. Y Jesús entonces les dijo: “Entonces tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”. 

Bibliografía: Albert Lang, Teología fundamental, Rialp, Madrid 1966; Vizmanos-Riudor, Teología fundamental, BAC, Madrid 1966; Denzinger-Hünerman, El magisterio de la Iglesia (Enchiridion Symbolorum Definitionum et Declarationum de rebus fidei et morum), Herder, Barcelona 1999 (para evitar confusiones lo citaré siempre como DS, que corresponde a la edición anterior –Denzinger-Schöensmetzer–, más conocida y usada).

7. ¿Por Qué Los Católicos Fabrican Imágenes?

Autor: P. Miguel Ángel Fuente | Fuente: IVE  

¿Por qué se adoran imágenes y se inclina uno ante ellas si la Biblia dice lo siguiente…?: Éxodo 20,4: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra..

Esta objeción me ha sido puesta de muchas formas, con mayor o menor virulencia, con cierto respeto y a veces sin ningún respeto. He aquí cómo me escribía una mujer protestante, aunque no asiste a ninguna iglesia en particular: 

Para mí es claro lo de que no nos hagamos imágenes de las cosas que están en el cielo, ni imágenes en las que pongamos nuestra fe. Día a día veo religiosos de la fe católica, que le rezan a un Cristo en la cruz o a una virgen como si esas imágenes pudieran hacer algo por nosotros.

En el Apocalipsis cuando Pedro1 tuvo la santa revelación cometió el mismo error de inclinarse ante el ángel que le mostraba todas las cosas, pero éste le dijo: “no lo hagas; adora a Dios”. 


Otro me escribía: 

¿Por qué se adoran imágenes y se inclina uno ante ellas si la Biblia dice lo siguiente…?: Éxodo 20,4: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.

No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”. 


1 Así dice en el original; en realidad la visión la tuvo Juan. Téngase en cuenta que cuando cito las objeciones que he recibido, trato de ser fiel al modo en que han sido presentadas. Por tal motivo no corrijo los errores –salvo ortográficos– que a veces aparecen en las citas bíblicas, algunas inexactas y otras incluso inexistentes. 

Ante todo hay que aclarar que para cualquier católico bien formado, la adoración de una imagen (ya represente un santo, un ángel o la misma Virgen) es un pecado contra el primer mandamiento de la ley de Dios. Si un católico “adora” una imagen, no es católico sino idólatra. Pero esto no debe confundirse con la “veneración” de las imágenes sagradas y de los santos. Se trata de dos cosas muy diversas. 

Es cierto que el texto de Éxodo 20,4-5 prohíbe la fabricación de imágenes, pero al mismo tiempo también es cierto que en el mismo libro, apenas cinco capítulos más adelante, Dios manda hacer imágenes en el Arca de la Alianza: ...dos seres alados de oro labrado a martillo en los dos extremos, haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro.

Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos. Estarán con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno en frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio (Ex 25,18-20).

Más adelante Dios manda, por medio de Moisés, fabricar la imagen de la serpiente de bronce: hazte una serpiente como ésas y ponla en el asta de una bandera. Cuando alguien sea mordido por una serpiente, mire hacia la serpiente del asta, y se salvará (Núm. 21,8-9).

David entregó a Salomón, su hijo, un plano en donde se detallaba: para el altar del incienso, oro acrisolado según el peso; asimismo el modelo de la carroza y de los querubines que extienden las alas y cubren el arca de la alianza de Yahveh. Todo esto conforme a lo que Yahveh había escrito de su mano para hacer comprender todos los detalles del diseño (1Cro 28,18-19). El profeta Ezequiel (41,18) describe imágenes grabadas en el templo: estaban cubiertos de grabados alternados de seres alados y palmeras.

No debemos tampoco olvidar que la misma Biblia recurre a las imágenes de Dios, pues los primeros capítulos del Génesis y los libros posteriores nos hablan de Dios por medio de imágenes “antropomórficas”, es decir, asignándole a Dios rasgos humanos, para poder hacerlo comprensible a los primeros oyentes y –luego– lectores de esos libros:

Dios es descrito por el autor sagrado como modelando con sus manos la arcilla para hacer al hombre (cf. Gn 2,7), acerroja tras Noé la puerta del arca (cf. Gn 7,16) para estar seguro que no se perderá ninguno de los moradores; tiene el universo en su mano y cultiva a su pueblo como un viñador (cf. Is 5,1-7); su Espíritu aleteaba sobre las aguas al comienzo de la Creación (cf. Gn 1,2); descansa el séptimo día de la Creación (cf. Gn 2,3); se pasea por el Jardín al caer de la tarde y sus pasos hacen ruido (cf. Gn 3,8); Dios hace las túnicas de piel para Adán y Eva y Él mismo los viste con ellas (Gn 3,21); y si vamos al resto de la Biblia vemos a Dios descrito con pasiones humanas: se enoja, se arrepiente, se goza, se agita, etc.

Y el Libro de los Salmos nos inunda con imágenes de Dios: tiene una voz que descuaja los cedros del Líbano y enciende llamaradas (Sal 29), mira desde lo alto morando en el cielo (cf. Sal 33,13), tiene ojos (cf. Sal 33,18), Dios unge con óleo (cf. Sal 45,8); está sentado en un trono (cf. Sal 47,9); sale al frente del pueblo como un guerrero (cf. Sal 68,8); tiene alas y plumas con las que cubre a sus hijos (cf. Sal 91,4); se arropa de luz como un manto (cf. Sal 104,2); se desliza sobre las alas del viento, usa a las nubes como carro (cf. Sal 104,3-4), etc. Todas éstas son imágenes literarias, pero no menos imágenes que un cuadro de Dios o una escultura.

Dios no tiene manos, ni camina como los hombres, ni tiene pies para que sus pasos se escuchen, Dios no cose vestidos, ni cultiva como un labrador, ni viaja sentado en una nube, ni tiene ojos, ni se viste de luz material, etc.; todas éstas son imágenes tomadas del mundo de los hombres para dar a entender a nuestros pobres intelectos, la majestad divina. Pero si el literato puede usar imágenes, ¿por qué no puede usarlas el pintor o el escultor? Si podemos hacer imágenes en nuestra imaginación, ¿por qué no pueden hacerse en el exterior? 

Evidentemente esto nos muestra que la intención y el alcance de este mandamiento de Dios es otro. Los autores sagrados (y Dios que los inspira) no pretenden reaccionar principalmente contra una representación sensible, pues, como hemos dicho, la misma Biblia está colmada de representaciones sensibles y la historia del pueblo de Israel nos muestra que Dios manda varias veces hacer representaciones de cosas espirituales (como los querubines o la serpiente salvadora), sino que lo que intenta este mandamiento es luchar contra la magia idolátrica y preservar la trascendencia de Dios. Dios prohíbe la fabricación de imágenes destinadas a la adoración, porque el culto de adoración sólo corresponde a Dios.

Es, pues, pecado de idolatría el adorar una imagen, sea representativa de Dios o de un santo, como si ésta fuera Dios . No es en cambio idolatría el solo hecho de representar a Dios con imágenes, ni el rendir a las imágenes una veneración que no termina en ellas sino en la persona venerada o en Dios mismo, del mismo modo que un joven que tiene sobre su mesa una fotografía de su novia o de su esposa no está enamorado del papel que la representa, aunque de vez en cuando la bese, sino de la persona retratada en esa foto de papel. Y lo mismo se diga de quien lleva consigo fotografías de sus hijos o de sus padres.

Así como estas personas al mirar esos retratos piensan en las personas de carne y hueso que están allí retratadas y rezan por ellos a Dios, de la misma manera quien mira una imagen de un santo o de la Virgen, no se detiene en el papel, la terracota, el yeso o la madera de que están fabricadas sino en la persona real que, desde el cielo puede interceder por nosotros ante Dios. 

Éste es el motivo por el que el Concilio de Nicea reunido en el año 325 afirmó lo siguiente: “Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada, la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos”2 . 

Si bien la fe no depende de nuestra visión, tampoco debemos despreciar las imágenes. De hecho, el mismo cuerpo de Jesús presente en este mundo era una imagen para sus discípulos; como dice el Catecismo: “la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios que era invisible en su naturaleza se hace visible”3 . Y también: “lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora”4. 

Las imágenes de santos y otras cosas sagradas, cumplen una función muy importante en la vida de la Iglesia. No nos dan la fe, pero a través de ellas permiten a nuestra naturaleza, que es a la vez corporal y espiritual, remontarse a Dios de modo connatural. 

La Iglesia ha condenado siempre la adoración de las imágenes. Así, por ejemplo, en el segundo concilio de Nicea (año 787), hablando de la adoración de las imágenes, dice que “no está de acuerdo con nuestra fe, que propiamente da adoración a la naturaleza divina, aun cuando haya gestos que tengan apariencia de adoración, como aquéllos con los que se honra la figura de la vivificante cruz o los libros santos de los evangelios así como otros objetos sagrados”. 

El catecismo del Concilio de Trento (año 1566) enseñó que se comete idolatría “adorando ídolos e imágenes como si fueran Dios, o creyendo que ellos poseen alguna divinidad o virtudes que les dé derecho a recibir nuestra adoración, a elevarle nuestras oraciones o a poner nuestra confianza en ellos”. Y el Catecismo de la Iglesia Católica explica que “la Escritura constantemente nos recuerda que hay que rechazar los ídolos de plata y oro, la obra de manos de los hombres. Ellos tienen boca pero no hablan, ojos pero no ven. Estos ídolos vacíos hacen vacíos a sus adoradores, aquéllos que los hacen son como ellos, así como todos los que confían en ellos (Sal 115,4-5, 8)”5 . 

2 DS 600; la doctrina de las imágenes y su justo lugar en el culto católico está expuesto de modo muy claro en el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1159-1162. 
3 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 477. 
4 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 515.

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