2. Científicos afirman que rezar reduce riesgo de Alzheimer

Autor: ACI Prensa | Fuente: ACI Prensa

Los resultados apuntaron a que la oración influye de forma notablemente positiva en el cerebro.

Un grupo de científicos de Estados Unidos e Israel concluyeron que rezar regularmente puede reducir, en el caso de las mujeres, hasta en 50 por ciento el riesgo de sufrir Alzheimer.

Los resultados, expuestos en junio en la Universidad de Tel Aviv (Israel), apuntaron a que la oración influye de forma notablemente positiva en el cerebro.

De acuerdo al profesor Rivka Inzelberg, que encabezó el estudio, “la oración es una costumbre en la que se emplea el pensamiento, y la actividad intelectual ocasionada podría constituir una medida de protección contra la enfermedad”.

“Cualquier trabajo intelectual influye positivamente al trabajo del cerebro”, señaló el científico.

La investigación experimentó dificultades al determinar la relación entre la oración y el Alzheimer entre hombres, ya que el 90 por ciento de varones aseguraron rezar diariamente, lo que imposibilitó tener una muestra adecuada.

Sin embargo, “entre las mujeres, sólo el 60 por ciento rezaba cinco veces al día, y 40 por ciento no rezaba regularmente, así que pudimos comparar la información”, indicó Inzelberg.

1. Benedicto XVI: Es razonable creer en Dios

Autor:  Xavier Villalta 

Texto completo de la catequesis del Papa en la Audiencia General del 21 de noviembre de 2012.

Queridos hermanos y hermanas:

Avanzamos en este Año de la fe, llevando en nuestros corazones la esperanza de redescubrir cuánta alegría hay en creer y encontrar el entusiasmo de comunicar a todos las verdades de la fe.

Estas verdades no son un simple mensaje de Dios, una particular información sobre Él. Sino que expresan el acontecimiento del encuentro de Dios con los hombres, encuentro salvífico y liberador, que realiza que las aspiraciones más profundas del hombre, sus anhelos de paz, de fraternidad y de amor.

La fe lleva a descubrir que el encuentro con Dios valoriza, perfecciona y eleva lo que es verdadero, bueno y bello en el hombre. De este modo, se da la circunstancia de que, mientras Dios se revela y se deja conocer, el hombre llega a saber quién es Dios y, conociéndolo, se descubre a sí mismo, su origen y su destino, así como la grandeza y la dignidad de la vida humana.

La fe permite un conocimiento auténtico sobre Dios, que implica a toda la persona humana: se trata de un "saber", un conocimiento que le da sabor a la vida, un nuevo sabor a la existencia, una forma alegre de estar en el mundo. La fe se expresa en el don de sí mismo a los demás, en la fraternidad que nos hace solidarios, capaces de amar, derrotando la soledad que nos hace tristes.

Este conocimiento de Dios mediante la fe, por lo tanto, no es sólo intelectual, sino vital. Es el conocimiento de Dios-Amor, gracias a su mismo amor. Además, el amor de Dios hace ver, abre los ojos, permite conocer toda la realidad, más allá de las estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo, que desorientan las conciencias.

El conocimiento de Dios es, por tanto, la experiencia de la fe, e implica, al mismo tiempo, un camino intelectual y moral: marcados en lo profundo por la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, podemos superar los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la vida.

Hoy, en esta catequesis, quisiera detenerme sobre lo razonable de la fe en Dios. La tradición católica ha rechazado desde el principio el denominado fideísmo, que es la voluntad de creer en contra de la razón. Credo quia absurdum (creo porque es absurdo) es la fórmula que interpreta la fe católica. De hecho, Dios no es absurdo, en todo caso es misterio. El misterio, a su vez, no es irracional, sino sobreabundancia de sentido, de significado y de verdad.

Si contemplando el misterio, la razón ve oscuro, no es porque en el misterio no haya luz, sino más bien porque hay demasiada luz. Al igual que cuando los ojos del hombre se dirigen a mirar directamente al sol y sólo ven tinieblas ¿quién podría decir que el sol no es brillante? Aún más, es la fuente de la luz.

La fe le permite ver el "sol" de Dios, porque es acogida de su revelación en la historia y, por así decirlo, recibe verdaderamente toda la luminosidad del misterio de Dios, reconociendo el gran milagro: Dios se ha acercado al hombre y se ha ofrecido a su conocimiento, condescendiendo al límite de la criatura de la razón humana (cf. CONC. CE. IVA. II, Constitución Dogmática. Dei Verbum, 13).

Al mismo tiempo, Dios, con su gracia, ilumina la razón, le abre nuevos horizontes, inconmensurables e infinitos. Por este motivo, la fe es un fuerte incentivo para buscar siempre, sin parar nunca y sin desfallecer, el descubrimiento de la verdad y la realidad inagotable.

Es falso el prejuicio de algunos pensadores modernos, que aseveran que la razón humana quedaría como bloqueada por los dogmas de la fe. En realidad, es todo lo contrario, como han demostrado los grandes maestros de la tradición católica.

San Agustín, antes de su conversión, busca con tanta inquietud la verdad, a través de todas las filosofías disponibles y las encuentra todas insatisfactorias. Su fatigosa búsqueda racional es para él una pedagogía significativa para el encuentro con la Verdad de Cristo. Cuando dice, "comprende para creer y cree para comprender" (Discurso 43, 9: PL 38, 258), es como si estuviera contando su propia experiencia de vida.

Ante la revelación divina, el intelecto y la fe no son extraños o antagonistas, sino que ambas son condiciones para comprender su sentido, para recibir su mensaje auténtico, acercándose al umbral del misterio. San Agustín, junto con muchos otros autores cristianos, es testigo de una fe que se ejerce con la razón, que piensa e invita a pensar.

Sobre esta huella, san Anselmo en su Proslogion dice que la fe católica es fides quaerens intellectum, donde la búsqueda de la inteligencia es un acto interior al creer. Será especialmente Santo Tomás de Aquino –afianzado en esta sólida tradición de lo razonable de la fe– el que se confronta con la razón de los filósofos, mostrando cuánta vitalidad racional nueva y fecunda enriquece el pensamiento humano cuando se insertan los principios y las verdades de la fe cristiana.

La fe católica es, pues, razonable y nutre también confianza en la razón humana. El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Dei Filius, afirma que la razón es capaz de conocer con certeza la existencia de Dios por medio del camino de la creación, mientras que sólo pertenece a la fe la posibilidad de conocer "fácilmente, con absoluta certeza y sin error "(DS 3005) la verdad acerca de Dios, a la luz de la gracia. El conocimiento de la fe, además, no va en contra de la recta razón.

El beato Papa Juan Pablo II, de hecho, en la encíclica Fides et ratio, sintetiza así: "La razón humana no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe; éstos en todo caso se alcanzan mediante libre y consciente elección "(n. 43). En el irresistible deseo por la verdad, sólo una relación armoniosa entre la fe y la razón es el camino que conduce a Dios y a la plenitud de sí mismo.

Esta doctrina es fácilmente reconocible en todo el Nuevo Testamento. San Pablo, escribiendo a los cristianos de Corinto sostiene: "Mientras los Judíos piden señales y los Griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los Judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1:22-23).

De hecho, Dios ha salvado al mundo no por un acto de fuerza, sino a través de la humillación de su Hijo único: de acuerdo a los parámetros humanos, el modo inusual dado por Dios contrasta con las exigencias de la sabiduría griega. Y sin embargo, la cruz de Cristo es una razón, que San Pablo llama: ho logos tou staurou, "la palabra de la cruz" (1 Corintios 1:18). Aquí, el término lògos significa tanto razón como palabra y, si alude a la palabra, es porque expresa verbalmente lo que elabora la razón.

Por lo tanto, Pablo ve en la Cruz no un evento irracional, sino un hecho de salvación que tiene su propia racionalidad reconocible a la luz de la fe. Al mismo tiempo, tiene tal confianza en la razón humana, hasta el punto de asombrarse por el hecho de que muchos, incluso viendo la obras realizadas por Dios, se obstinan en no creer en Él:

"En efecto –escribe en su carta a los Romanos– las perfecciones invisibles [de Dios], es decir, su eterno poder y divinidad, vienen contemplados y comprendidos por la creación del mundo a través de las obras realizadas por Él "(1,20).

También San Pedro exhorta a los cristianos de la diáspora a adorar "al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a responder a todo el que os pida la razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3:15). En un clima de persecución y de fuerte necesidad de dar testimonio de la fe, a los creyentes se les pide que justifiquen con motivaciones fundadas su adhesión a la palabra del Evangelio, de dar la razón de nuestra esperanza.

Sobre esta base, acerca del nexo fecundo entre entender y creer, se funda también la relación virtuosa entre ciencia y fe. La investigación científica conduce al conocimiento de verdades siempre nuevas sobre el hombre y el cosmos. El verdadero bien de la humanidad, accesible en la fe, abre el horizonte en el que se debe mover su camino de descubrimiento.

Por lo tanto, deben fomentarse, por ejemplo, las investigaciones puestas al servicio de la vida y que tienen como objetivo erradicar las enfermedades. También son importantes las investigaciones para descubrir los secretos de nuestro planeta y del universo, a sabiendas de que el hombre está en la cima de la creación, no para explotarla de manera insensata, sino para custodiarla y hacerla habitable.

Así, la fe, vivida realmente, no está en conflicto con la ciencia, más bien coopera con ella, ofreciendo criterios básicos que promuevan el bien de todos, pidiéndole que renuncie sólo a los intentos que –oponiéndose al plan original de Dios– pueden producir efectos que se vuelvan contra el mismo hombre. También por ello es razonable creer: si la ciencia es un aliado valioso de la fe para la comprensión del plan de Dios en el universo, la fe permite al progreso científico realizarse siempre por el bien y la verdad del hombre, fiel a este mismo diseño.

Por eso es crucial para el hombre abrirse a la fe y conocer a Dios y su proyecto de salvación en Jesucristo. En el Evangelio, se inaugura un nuevo humanismo, una verdadera "gramática" del hombre y de toda la realidad. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "La verdad de Dios es su sabiduría que sostiene el orden de la creación y el gobierno del mundo. Dios, que "hizo Él solo, el cielo y la tierra" (Sal 115,15), puede dar, Él sólo, el verdadero conocimiento de todo lo creado en la relación con Él "(n. 216).

Confiemos que nuestro compromiso en la evangelización ayude a dar nueva centralidad al Evangelio en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Oremos para que todos vuelvan a encontrar en Cristo el sentido de la vida y el fundamento de la verdadera libertad: sin Dios, de hecho, el hombre se pierde. Los testimonios de los que nos han precedido y han dedicado su vida al Evangelio, lo confirma para siempre.

Es razonable creer, está en juego nuestra existencia. Vale la pena darse por Cristo, sólo Cristo satisface los deseos de verdad y de bien arraigados en el alma de cada hombre: ahora, en el tiempo que pasa, y en el día sin fin de la bendita eternidad.

25. ¿El Papa de Hitler?

Autor: Eduardo Rivero G.  

Su Santidad Pío XII: un hombre santo que hizo todo para proteger a los perseguidos de la II Guerra Mundial.

En 1998 apareció en las librerías la obra El papa de Hitler, y más recientemente la traducción al castellano de la obra del escritor inglés John Cornwell, Hitler´s Pope donde, según el autor, comprueba el "antisemitismo y nazismo" de su Santidad Pío XII, Eugenio Pacelli.

Desde hace varios años he estudiado la vida de Eugenio Pacelli, su relación con Alemania, su actuación durante la II Guerra Mundial, Hitler y el Holocausto.

La conclusión es que Eugenio Pacelli, Su Santidad Pío XII, era un hombre santo que hizo todo lo que estuvo en su poder para proteger a los perseguidos de la II Guerra Mundial y muy especialmente a los judíos.

La obra de John Cornwell está plagada de mentiras y de falsedades históricas. Cuando aparece la primera edición en Inglaterra la contraportada dice ´Eugenio Pacelli saliendo de una recepción en marzo de 1939´, describiendo así la fotografía que aparece en la cubierta de dicho libro, y que haría pensar al lector que el futuro papa, quien fue electo el 2 de marzo de 1939, estaba en la Alemania de Adolfo Hitler.

La verdad es que la foto fue tomada en 1927 cuando el Nuncio Pacelli salía de una visita al presidente alemán Hindenburg. Hitler sólo llegará al poder 6 años más tarde cuando Eugenio Pacelli ya tenía años de haber abandonado Alemania y vivía en Roma.

La contraportada de la edición americana corrige el texto, pero para nuestra sorpresa el único que aparece enfocado en la fotografía es el Nuncio Pacelli, el soldado y la persona que abre la puerta del automóvil están fuera de foco.

El casco de guerra del soldado, utilizado por el ejército alemán desde hacía muchísimos años, pero con el cual hemos identificado a los nazis, sí se destaca en la fotografía.

Es obvia la mala intención de la empresa editora Viking, que con la aprobación de Cornwell utilizó esta fotografía con la sola intención de tratar de situar a Eugenio Pacelli en la Alemania nazi, lo cual nunca sucedió.

Cornwell en su libro afirma que estuvo trabajando ´durante meses y meses´ (el texto inglés dice ´for months on end´) en los archivos vaticanos. Esto es falso, tal como lo afirma el órgano oficial del Vaticano L´Osservatore Romano , en su edición del 13 de octubre de 1999 y citó:

´El Sr. Cornwell afirma ser la primera y única persona de tener acceso a este archivo. Esto es falso, pues muchas otras personas lo habían examinado previamente.

Debemos enfatizar que las investigaciones del Sr. Cornwell estaban limitadas a dos series de documentos: Baviera (1918-1921) y Austria (Serbia, Belgrado 1913-1915). El Sr. Cornwell en su obra afirma haber trabajado en el archivo durante meses y meses, lo cual no se corresponde con la verdad. De hecho en el archivo se lleva un control estricto del motivo de la visita, del día y el tiempo (horas y minutos) que cada persona emplea en su consulta.

De estos controles sabemos que el Sr. Cornwell fue admitido al archivo desde el 12 de mayo al 2 de junio de 1997, o sea, durante tres semanas y no los meses y meses que él afirma en su libro. Durante estas tres semanas el Sr. Cornwell no fue todos los días y en los días que iba, con frecuencia, era por períodos cortos´.

Este libro sale a la venta mostrando a Cornwell como un católico practicante, fiel a las enseñanzas de la Iglesia, lo cual no es cierto, pues, Cornwell había abandonado su fe católica desde hacía muchos años y ha atacado a la Iglesia en innumerables libros y publicaciones.

Sin embargo, como dice el historiador norteamericano Ronald Rychlak, su anticatolicismo no es argumento para invalidar sus investigaciones.

Revela el autor haber encontrado una carta fechada el 18 de abril de 1919, ´una bomba de tiempo´, la cual había sido mantenida en gran secreto por las autoridades vaticanas, en la cual se prueba, sin lugar a dudas, el antisemitismo de Pacelli.

Esto es también una mentira, pues esta carta fue publicada por Emma Fattorini, en una obra en 1992, 7 años antes de que apareciera el libro de Cornwell. A raíz de la aparición de la edición italiana de El papa de Hitler, Emma Fattorini, denunció a Cornwell por publicar falsedades.

Innumerables historiadores han criticado la obra de Cornwell, acusándolo de sólo utilizar bibliografía crítica de Pío XII, ignorando toda aquella que lo favorecía.

No pretendo con estos comentarios impedir que el lector interesado en estos hechos lea el libro de Cornwell, sólo deseo recomendarles que lean también las obras "Los judíos, Pío XII y La leyenda negra"de Antonio Gaspari, Editorial Planeta-Testimonio. "Pio XII y la II Guerra Mundial", de Pierre Blet S.J., Paulit Press, "Yours is a Precious Witness", de Margherita Marchione, Paulist Press, "Pope Pius XII architect for peace", de Margherita Marchione, Paulist Press y la obra "Hitler, the war and the Pope", de Ronald J. Rychlak, Genesis Press.

Si Pío XII era el villano que Cornwell describe en su libro, por qué al finalizar la guerra recibió tantos homenajes de los más importantes representantes de la comunidad judía internacional y por qué a la muerte de Pío XII, en octubre de 1958, esa gran mujer, Golda Meir, pilar fundamental de la creación del Estado de Israel, expresó en las Naciones Unidas.

"Compartimos el dolor de la humanidad por la muerte de Su Santidad Pío XII. En una generación afligida por guerra y discordias, él ha afirmado los altísimos ideales de la paz y de la piedad.

Durante el decenio del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufría un terrible martirio, la voz del Papa se elevó para condenar a los perseguidores y apiadarse de sus víctimas.

La vida de nuestro tiempo se ha visto enriquecida por una voz que expresaba las grandes verdades morales más allá del tumulto de los conflictos cotidianos. Lloramos a un gran servidor de la paz".

24. La Noche de San Bartolomé

Autor: cristiandad.org 

Este hecho tuvo un carácter exclusivamente político y por lo mismo del todo ajeno a la Religión.

Varias guerras de religión habían sembrado de cadáveres el suelo de toda la nación francesa: sin embargo, una reconciliación, más aparente que real, ofrecía a los combatientes una tregua, que el almirante calvinista Coligny y otros cabecillas llamados a la corte aprovechaban para asegurarse el favor del rey Carlos IX, despertando al mismo tiempo en él aversión hacia la reina madre Catalina de Médicis.

Desde 1571 la influencia de Coligny en los consejos de la corona era manifiesta; y para asegurar la paz interior se convino el matrimonio del calvinista Enrique de Navarra con Margarita de Valois, hermana del rey.

Las bodas, que se celebraron el 18 de agosto de 1572, atrajeron a París gran número de hugonotes (fuertemente armados), cuyo jefe, Coligny, estaba ya a punto de ver cumplidos sus deseos de alejar por completo a Catalina de los negocios de Estado.

De los labios de Coligny se escaparon imprudentes amenazas y Catalina, que no era escrupulosa en la elección de los medios, trató de apelar al puñal para deshacerse del almirante.

El crimen debió cometerse el 12 de agosto, pero fracasó; y temerosa Catalina de las represalias de los hugonotes, instigó al pueblo francés a que para vengar los ultrajes recibidos tantas veces de los calvinistas, pasasen a degüello en una noche a todos los hugonotes reunidos en París.

Esta matanza general se llevó a cabo en la noche del 23 al 24 de agosto, fiesta de San Bartolomé, de donde tomó el nombre.

Semejantes asesinatos tuvieron lugar desde el 25 de agosto hasta el 30 de octubre en otras ciudades del reino, ya sea por instigación de Catalina, o bien por seguir el ejemplo de París.

Estos son los hechos, tal cual se desprenden de documentos irrefutables.

Número de víctimas

En cuanto al número de víctimas, es poco menos que imposible el precisarlo. Sin embargo, la cifra más exacta parece ser la del calvinista La Popelinière, quien la hace ascender a 2.000 y algo más para toda Francia, y a 1.000 solamente para París.

Por lo demás, los protestantes han fantaseado a su gusto sobre el número de sus correligionarios muertos en esa época.

Unos señalan 10.000, otros 15.000, otros 30.000, otros 40.000, otros 70.000 y no falta quien haga llegar esta cifra a 100.000.

El Martirologio de los Calvinistas, impreso por la secta en 1582, habla de 15.168 víctimas, pero no nombra sino a 768, y, sin embargo, el autor tenía sumo interés en aumentar este número.

La religión es ajena a este asesinato

Sea, pues, cual fuere la cifra, más o menos exacta de las miserables víctimas de tan execrable asesinato, es lo cierto que la Religión está completamente exenta de responsabilidad en este hecho.

El rey justificó el degüello de los hugonotes diciendo el día inmediato al Parlamento, que ese hecho de sangre obedecía al designio de ahogar una conjuración tramada contra la vida del rey y de su familia, que sólo pudo evitarse con la matanza de los conjurados.

Esto es lo que se hizo saber a los gobiernos extranjeros y en la misma corte de Inglaterra, aliada con la de Francia, se prestó entero crédito a estos rumores.

Como los mismos informes fueron suministrados a la corte de Roma por el embajador francés, Gregorio XIII ordenó la celebración en Roma de una fiesta de acción de gracias, por haber salido ilesa la real familia y por la conservación de la religión católica en Francia, pero mostróse profundamente disgustada no sólo por la sangre derramada, sino también por no haberse empleado los procedimientos jurídicos usuales con los rebeldes.

En los Consejos del Rey, intervinieron, según el duque de Anjou (después Enrique III), el rey, la reina, la señora de Nemours, el mariscal de Tavannes, el duque de Nevers, Birague, de Retz, etc., pero no figuran aquí ni un solo cardenal, ni un obispo, ni siquiera un sacerdote.

Por donde se ve patente la mala fe de Voltaire, que introdujo en el Consejo a los cardenales Birague y Retz.

El mariscal de Retz, Alberto de Gondy, consejero en 1572, vivió y murió seglar. Su hermano Pedro de Gondy, obispo de París, obtuvo la púrpura cardenalicia en 1587, pero éste no era del Consejo.

Birague, guardasellos y consejero en 1572, era seglar y casado; y no obtuvo la púrpura cardenalicia sino seis años después, en 1578, a petición de Enrique III.

Y ya que el cardenal de Lorena estaba en esa época en Roma, ¿cómo pudo bendecir en París los puñales destinados al degüello de los hugonotes, según la escena de Chenier en su Carlos IX y de Scribe en sus Hugonotes?

Lo que puede afirmarse con la historia verídica e imparcial es que el clero católico, durante las matanzas, cumplió el deber sagrado de su ministerio.

Ahí está si no la noble conducta de Hennuyer, obispo de Lisieux, que salvó por su firmeza a todos los hugonotes de su diócesis.

El martirologio de los protestantes, nada sospechoso de querer hacer el elogio de los católicos, cita varios hechos de este género:

"En Toulouse, dice, los conventos sirvieron de asilo a los calvinistas; en Bourges algunos católicos pacíficos ocultaron a varios; en Romans, de sesenta que fueron presos, libraron cuarenta y de los otros veinte no murieron más que siete; en Troyes, en Bourdeaux, muchos fueron igualmente salvados por los sacerdotes".

En París los hugonotes perseguidos hallaron igualmente protectores entre los católicos, y en Nimes, olvidando los vejámenes de San Miguel perpetrados por los protestantes, hubo corazones bastante generosos para defender a los calvinistas de una matanza autorizada por el ejemplo, pero de ninguna manera permitida por la Religión.

Finalmente, que este hecho, tan lamentable como se quiera, tuvo un carácter exclusivamente político, y por lo mismo del todo ajeno a la Religión, lo prueba un documento, descubierto en 1885 en los archivos del Vaticano, y que prueba de modo absoluto cuanto venimos diciendo sobre este enojoso asunto.

Es una relación manuscrita de una asamblea de justicia celebrada por el Parlamento, con asistencia del rey, el 26 de agosto de 1572, o sea dos días después de la matanza.

Esa relación contiene un pasaje que da una luz definitiva sobre el alcance del degüello de la noche de San Bartolomé. He aquí la traducción:

"En esta asamblea el rey Carlos declaró que, gracias a Dios, había descubierto las celadas que el almirante Gaspar de Coligny tendía al gobierno del rey, yendo hasta amenazar con una catástrofe y con la muerte a toda la familia real; y que habiendo tratado como se merecían tanto a él como a sus cómplices, quería que en lo porvenir no se imputase este hecho como un crimen a aquellos que habían sido los ministros fidelísimos de una venganza tan justa, puesto que no habían obrado sino por la pura voluntad, mandato y orden del rey".

Este mismo documento refiere que las ejecuciones realizadas el 24 de agosto no han sido sino justas represalias contra las maquinaciones de la facción hugonote que dos horas más tardes habían de hacer víctimas a los miembros de la familia real.

Establecía en segundo lugar que las ejecuciones ordenadas por Carlos IX no tomaron el carácter de degüello sino por el pueblo de París irritado contra las facciones. Menciona, en fin, la prohibición formal hecha por el rey a este mismo pueblo de París, "de homicidios, hechos de sangre, pillaje y saqueo de los bienes de los hugonotes" sin la intervención del Parlamento y de los magistrados públicos.

Tales fueron las notificaciones que se llevaron a Roma, de donde resulta que lo que Roma intentó celebrar no fue el asesinato de los herejes, sino el fin de la amenaza para la familia real, la liberación del reino y, sin duda, como consecuencia ulterior, el fin de una formidable guerra civil.

23. Jus primae noctis

Autor: cristiandad.org  

Cabe preguntarse si la Edad Media no habrá sido víctima de un complot de los historiadores.

"Jus primae noctis: delante de ciertas interpretaciones aberrantes basadas en juegos de palabras, de las que este presunto "derecho" es un ejemplo clamoroso, cabe preguntarse si la Edad Media no habrá sido víctima de un complot de los historiadores".

Así escribe Regine Pernoud en un pequeño diccionario sobre tópicos (casi siempre falsos) referidos a la Edad Media. (Un libro altamente recomendable)

En realidad, es indudable que ha habido un "complot", al menos en el sentido de presentar bajo la luz menos halagüeña posible un período abominado por los iluministas, que lo veían marcado por las "tinieblas de la superstición religiosa" y no por la Razón; y por los protestantes, que percibían en esa época el triunfo de una Iglesia católica a la que identificaban con el Anticristo mismo.

Vamos a detenernos esta vez en uno de los aspectos más peculiares de aquella difamación. ¿En qué consistió realmente el jus primae noctis, aquel "derecho de pernada" que todavía hoy muchísima gente está convencida de que se practicaba en la Europa "cristiana"?

Con ayuda tal vez de los manuales mal leídos en clase, se cree que consistía en el privilegio del feudatario de "iniciar" la misma noche de la boda a las jóvenes que contraían matrimonio en los territorios en los que señoreaba.

Se supone que los pobres villanos, los míseros siervos de la gleba (ver dossier sobre la Edad Media), habrían tenido que aguantar la suprema humillación de acompañar a su joven esposa al castillo para que probara hasta la mañana siguiente la cama del lúbrico patrón.

No faltan novelas populares – pero también, hélas, textos de los denominados "históricos" – en las que se hace creer quepretendían hacer uso de este derecho hasta los obispos propietarios de tierras. En cualquier caso, si la "consumación" del matrimonio ajeno la perpetraba un feudatario laico, la Iglesia, que tenía poder de impedir el suplicio, o no se habría opuesto o lo habría tolerado, haciéndose cómplice del mismo.

Todo esto es completamente falso, al menos en lo que concierne a la christianitas de la Europa occidental y católica. Subrayamos "occidental" porque en la oriental, de tradición greco-eslava (aunque, todo sea dicho, con la manifiesta oposición de la Iglesia ortodoxa), parece ser que hasta el siglo XVII los grandes latifundistas pretendieron realmente conseguir semejante "derecho" de sus siervos. Éste también estaría aceptado en las castas sacerdotales de algunas religiones no cristianas.

Entre otros, estaba vigente en algunas tribus africanas y, especialmente, en la América precolombina. Ese jus sexual se practicaba entre el clero budista de zonas asiáticas como Birmania. (¿Por qué nunca se recordará aquello?). No hay ninguna huella en lo que respecta a la Europa católica.

Pero, entonces, ¿cómo ha podido surgir una leyenda todavía hoy tan firmemente aceptada?

Para entenderlo hemos de recordar qué era lo que se denomina "siervo de la gleba". Esta expresión suele pronunciarse con horror, como si se tratase de una continuación de la antigua esclavitud. Pero no es así en modo alguno: los "siervos de la gleba" eran campesinos que obtenían en concesión de un señor, el feudatario, un lote de tierra suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus familias.

El uso del suelo venía compensando por el campesino mediante una cuota sobre la cosecha, en ocasiones con un pago en moneda y con prestaciones varias sobre las otras tierras del señor (las famosas corvées, que – a pesar de la difamación que de ella hará la propaganda revolucionaria – solían revestir un carácter social, en beneficio de todos, como la construcción y mantenimiento de puentes y caminos y el saneamiento de terrenos pantanosos).

Como sigue diciendo Pernoud: "El término "siervo" se ha comprendido mal, ya que se ha confundido la servidumbre del Medievo con la esclavitud que fue la base de las sociedades antiguas, y de la que no se halla ningún rastro en la sociedad medieval.

La condición del siervo era completamente diferente a la del antiguo esclavo: el esclavo es un objeto, no una persona; está bajo la potestad absoluta del patrón, que posee sobre él derecho de vida y muerte; le está vedado el ejercicio de cualquier actividad personal; no tiene familia ni esposa ni bienes".

La investigadora francesa continúa: "El siervo medieval es una persona, no un objeto: posee familia, una casa, campos y, cuando le ha pagado lo que le debe, no tiene más obligaciones hacia el señor. No está sometido a un amo, está unido a una tierra, lo cual no es una servidumbre personal sino una servidumbre real.

La única restricción a su libertad reside en que no puede abandonar la tierra que cultiva. Pero, hay que señalar, esta limitación no está exenta de ventajas, ya que si no puede dejar el predio tampoco se le puede despojar de éste. El campesino de la Europa occidental de hoy día debe su prosperidad al hecho de que sus antepasados eran "siervos de la gleba".

Ninguna institución ha contribuido tanto a la suerte, por ejemplo de los agricultores franceses. El campesino francés, asentado durante siglos en la misma superficie, sin responsabilidades civiles, sin esas obligaciones militares que el campo tuvo ocasión de conocer por vez primera con los reclutamientos masivos impuestos por la Revolución, se convirtió así en el verdadero dueño de la tierra.

Sólo la servidumbre medieval podía crear un vínculo tan íntimo entre el hombre y el suelo. Si la situación del campesino de la Europa oriental ha permanecido tan miserable se debe a que no conoció el vínculo protector de la servidumbre. Así, el pequeño propietario, abandonado a sus recursos y a cargo de una tierra que no podía defender, padeció las peores vejaciones que permitieron la formación de inmensos latifundios".

Son detalles que,, por otro lado, deberían inducir a una mayor prudencia a quienes, partiendo de prejuicios ideológicos o de la sugestión de las palabras (servus glebae, feudo, feudatario…), no captan el lado positivo de instituciones tan poco abominadas por los interesados, al punto que sólo se produjeron revueltas entre los siervos de la gleba cuando, por instigación monárquica, se impuso su liberación…

A este arraigo, socialmente benéfico, a la propiedad se debe el nacimiento del presunto jus primae noctis. Al principio de la era feudal, el campesino tenía prohibido contraer matrimonio fuera del feudo porque ello causaba deterioro demográfico en áreas y zonas cuyo mayor problema era la falta de población.

Pernoud refiere: "Pero la Iglesia no cesó de protestar contra esa violación de los derechos familiares que, en efecto, desde el siglo X en adelante fue atenuándose. Se estableció en sustitución del mismo la costumbre de reclamar una indemnización monetaria al siervo que abandonase el feudo para contraer matrimonio en otro.

Así nació el jus primae noctis del que se han dicho tantas tonterías: sólo se trataba del derecho a autorizar el matrimonio de los campesinos fuera del feudo (equivale a hacer un contrato y luego romperlo, por lo que la parte que se va, indemniza a la otra parte, es lógico ¿no?).

Dado que en la Edad Media todo se traducía en una ceremonia, este derecho dio lugar a gestos simbólicos, por ejemplo poner una mano o una pierna en el lecho conyugal, utilizando unos términos jurídicos específicos que han provocado maliciosas o vengativas interpretaciones completamente erróneas".

Nada que ver, pues, con el presunto "derecho" a desvirgar a la aldeanita. Y nada que ver, con mayor razón, con la completa licencia sexual de la que disponía en la antigüedad pagana el amo sobre sus esclavos, considerados como puros y simples objetos de trabajo o placer.

Por lo que, según la humorada, verídica, de un historiador: "La servidumbre de la gleba medieval provocó vivas protestas: las de los propios siervos cuando se los quiso "liberar", exponiéndolos de ese modo a la pérdida de seguridad proporcionada por un terreno a cultivar en su beneficio y en el de sus descendientes; puestos a la merced, ya sin la defensa de los guerreros del señor, de las incursiones de los salteadores; haciéndoles caer en poder de los ricos latifundistas y de los usureros; exponiéndolos al servicio militar y a los agentes fiscales de la autoridad estatal".

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