por Makf | 17 Abr, 2026 | Apologética 18
Fuente: diocesisdecelaya.org.mx
Qué ocurre en un Conclave?, ¿cómo se elige al nuevo Papa?, ¿qué es la Sede Vacante?. aquí respuestas a estas y muchas otras pregunas.
El cónclave es la reunión que celebra el Colegio cardenalicio de la Iglesia católica romana para elegir a un nuevo obispo de Roma, cargo que lleva aparejados el de Papa (Sumo Pontífice y Pastor Supremo de la Iglesia católica) y el de jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.
La Capilla Sixtina es el lugar donde se celebra el cónclave. Sus frescos son obra de Miguel Ángel y está considerada una de las máximas cumbres del arte mundial.
El término cónclave procede del latín “cum clavis" ("bajo llave"), por las condiciones de reclusión y máximo aislamiento del mundo exterior en que debe desarrollarse la elección, con el fin de evitar intromisiones de cualquier tipo.
Este sistema de encerrar a los electores del Papa, vigente al menos desde el II Concilio de Lyon (1274), fue mitigado por Juan Pablo II en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (UDG), sobre la Vacante Apostólica y la elección del nuevo Pontífice (22 de febrero de 1996).
Se establece en ella que los electores pueden residir, mientras dura el cónclave, en la recién construida Casa de Santa Marta, una residencia al efecto en el propio Vaticano, pero manteniendo la rigurosa prohibición de cualquier clase de contacto con el mundo exterior.
Desde hace siglos, los cónclaves tienen lugar en la Capilla Sixtina, dentro del complejo del Vaticano.
A los primeros obispos los designaban los apóstoles o fundadores de sus iglesias. Posteriormente, se fue introduciendo el sistema de elección por los miembros de las comunidades, clérigos y laicos, así como por los obispos de las diócesis próximas. En Roma, la elección corría principalmente a cargo de los clérigos que, bajo la supervisión de los obispos, escogían un candidato por consenso o por aclamación, presentándolo después ante el pueblo para que éste lo confirmara. Los frecuentes tumultos que este sistema provocaba fueron causa de que en ocasiones se eligiera a uno o más candidatos rivales, llamados antipapas.
El año 769 el Sínodo Laterano abolió el teórico derecho de elección papal que había tenido el pueblo de Roma. El Sínodo de Roma (862) se lo devolvió, pero limitado a la nobleza de la ciudad. El cambio más trascendente lo introdujo en 1059 el Papa Nicolás II, quien decretó que serían los cardenales quienes eligiesen un candidato, que sólo podría tomar plena posesión tras haber recibido la aprobación de los clérigos y del pueblo.
Finalmente, un nuevo Sínodo Laterano, en 1139, eliminó el requisito de la aprobación del bajo clero y de los laicos. La elección papal era ya, como hoy, competencia exclusiva de los cardenales, sólo cuestionada durante el Cisma de Occidente (1378 – 1418).
Junto al propósito de evitar influencias foráneas de los poderes civiles, el enclaustramiento de los electores tuvo su origen en las prolongadas situaciones de bloqueo que a veces se daban en las elecciones papales. Las autoridades recurrieron en ocasiones a la reclusión forzada de los cardenales electores, por ejemplo, en 1216 en Perugia, y en 1241 en Roma. Es célebre también el caso de la ciudad de Viterbo donde, tras la muerte del papa Clemente IV (1268) hubo que encerrar a los cardenales en el palacio episcopal.
Después de casi tres años de Sede Vacante sin que se llegase a ningún acuerdo sobre el nuevo Pontífice, los desesperados habitantes decidieron no suministrar alimento alguno a los electores, excepto pan y agua. Los cardenales debieron captar la indirecta, porque se apresuraron a elegir a Gregorio X.
Este mismo Papa, quizá por la experiencia vivida en su elección, aprobó normas que -mediante la presión de las incomodidades materiales- buscaban reducir al mínimo las demoras en el cónclave. A partir de entonces los cardenales debían quedar siempre recluidos en un recinto cerrado; no se les permitían las habitaciones individuales, ni disponer de más de un sirviente que les atendiera, salvo caso de enfermedad; la comida se les debía suministrar por un ventanuco y, a partir del tercer día de cónclave, el suministro quedaba reducido a una sola comida al día.
A los cinco días el régimen se reducía a pan y agua. Además, mientras durase el cónclave los cardenales dejaban de percibir sus rentas eclesiásticas. Adriano V abolió estas normas en 1276, pero Celestino V las reintrodujo en 1294, después de que su propia elección se produjese tras un periodo de sede vacante de dos años.
Gregorio XV publicó dos bulas pontificias (1621 y 1622) que regulaban todos los aspectos de la celebración del cónclave. En 1904 San Pío X recogió y unificó casi todas las dispersas normas de los Papas anteriores a él en una Constitución, introduciendo ciertos cambios.
Pío XII añadió nuevas aportaciones en 1945, Juan XXIII lo hizo en 1962 y Pablo VI en 1975. La reciente Universi Dominici Gregis de Juan Pablo II (1996) es la última reordenación en profundidad de la normativa sobre el cónclave.
El lugar de celebración del cónclave no se estipuló oficialmente hasta el siglo XIV. A partir del Cisma de Occidente los cónclaves siempre han tenido lugar en Roma, salvo el de 1800, cuando la ocupación de la ciudad por tropas del Reino de Nápoles obligó a celebrarlo en Venecia. El último cónclave celebrado fuera de la Capilla Sixtina fue el de 1846, que tuvo lugar en el Palacio del Quirinal.
Electores
El Colegio de Cardenales ha conocido dimensiones diversas, desde los siete miembros con que llegó a contar en el siglo XIII hasta los 183 del presente. En 1587 Sixto V limitó su número a 70 miembros, divididos en tres órdenes: seis Cardenales Obispos, cincuenta Cardenales Presbíteros y catorce Cardenales Diáconos (aunque repartidos nominalmente en estamentos con estos nombres, en la actualidad los cardenales son siempre Obispos).
En el siglo XX, sobre todo a partir de Juan XXIII, el Colegio de Cardenales incrementó su número con el fin de dotarlo de la máxima representatividad geográfica y nacional posible.
Con todo, en 1970 Pablo VI reservó la condición de elector a los menores de 80 años y fijó su número máximo en 120. Con la creación en 2003 de 31 nuevos cardenales, Juan Pablo II elevó el número de electores teóricos a 135. En octubre de 2010, tras los nombramientos efectuados por Benedicto XVI de cardenales, habría 121 que reúnen la condición de electores por no haber cumplido aún la edad límite.
Candidatos
De acuerdo con la práctica tradicional de la Iglesia, cualquier bautizado varón podría ser elegido Papa. En 1179 el III Concilio de Letrán abolió las restricciones que se habían ido introduciendo desde el siglo VIII en el sentido de limitar la condición de candidato, primero a los clérigos en general, y posteriormente sólo a los cardenales aunque, en la práctica, el último Papa que no era cardenal en el momento de su elección fue Urbano VI (1378). En caso de resultar elegido un presbítero, diácono o laico, y habiendo aceptado su elección, se procedería en el acto a su ordenación como Obispo.
Pese a todo, y dado que para ser ordenado obispo se requiere actualmente llevar al menos cinco años como presbítero y haber cumplido los 35 años, cabe pensar que sólo quien cumpliese estas condiciones podría ser objeto de elección como Papa.
No existe ningún requisito referente a la nacionalidad, aunque la tradición de siglos impuso la costumbre de elegir papas italianos. El polaco Juan Pablo II fue el primero no italiano desde Adriano VI, holandés, elegido en 1522. La reciente elección del alemán Benedicto XVI (19 de abril de 2005) parece abolir definitivamente la tradición en favor de los italianos.
Vale decir que hasta hoy ningún americano ha sido consagrado Papa, aunque en el cónclave de 2005 el argentino Jorge Bergoglio estuvo cerca de hacerlo, obteniendo 40 votos de los 77 que era necesario obtener, ya que era uno de los preferiti, junto con el colombiano Alfonso López Trujillo y el hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga, el peruano Juan Luis Cipriani también contaba con cierto apoyo al parecer, no obstante el principal de los preferiti, el Cardenal Joseph Ratzinger fue quien finalmente fue elegido Papa.
Las mujeres, al no ser elegibles para el estado clerical, tampoco pueden convertirse en papas.
Procedimiento electoral
Los cardenales tienen estrictamente prohibido presentar su candidatura o hacer propaganda de sí mismos. Se permite, por otra parte, el intercambio de opiniones y buscar apoyos para terceros.
Tradicionalmente, la elección del nuevo Papa podía realizarse de tres modos: por “aclamación”, por “compromiso” y por “escrutinio”. En caso de aclamación, los cardenales escogían al candidato de forma unánime “como inspirados por el Espíritu Santo”. El “compromiso” era un expediente para salir de situaciones de bloqueo, en las que de forma reiterada se hacía imposible que un candidato alcanzase los votos suficientes. Se escogía entonces una comisión reducida de cardenales que procediese por sí misma a la elección. El “escrutinio” es la forma habitual, por medio de voto secreto.
La última elección por compromiso fue la de Juan XXII en 1316, y por aclamación, la de Gregorio XV en 1621. Las nuevas reglas introducidas por Juan Pablo II en la UDG declaran abolidos los procedimientos de aclamación y compromiso, por lo que la elección deberá ser exclusivamente por escrutinio.
Hasta 1179 bastó con la mayoría simple en la elección. Ese año, el Concilio Laterano III incrementó hasta los dos tercios la mayoría requerida. A los cardenales no se les permitía votarse a sí mismos. Se estableció un sofisticado procedimiento para asegurar el secreto del voto, al tiempo que se impidiera que los cardenales se votasen a ellos mismos. Pío XII (1945) eliminó este sistema, pero incrementó la mayoría a dos tercios más uno de los votos.
En 1996 Juan Pablo II restauró la mayoría de dos tercios, pero no la prohibición del auto-voto. La constitución UDG establece también que pasadas 34 o 33 votaciones fallidas (según se haya realizado la primera votación el día de la inauguración del cónclave o el siguiente), los electores podrán decidir, por mayoría absoluta, si cambian las normas electorales, pero siempre conservando como requisito el de exigirse al menos la mayoría absoluta en la elección.
De la Vacante Apostólica a la Inauguración de Pontificado
La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis –nombre que recibe el documento de sus primeras palabras en la versión latina: “(Pastor de) Todo el Rebaño del Señor”–, aprobada por Juan Pablo II en 1996, regula todos los aspectos de la elección de un nuevo Pontífice. Aunque revoca las normas anteriormente vigentes sobre el mismo tema, la mayor parte de sus disposiciones no hacen sino confirmar muchas de las prácticas ya establecidas, algunas con cientos de años de antigüedad.
La Sede Vacante
Dos son las circunstancias que pueden dar lugar al final de un Pontificado (o “Vacante Apostólica”), iniciándose con ello el periodo de “Sede Vacante” y la necesidad de convocar el cónclave: el fallecimiento del Papa o su abdicación. Una tercera opción, la deposición del Papa, queda totalmente excluida, ya que ninguna autoridad está por encima de la suya ni siquiera a su mismo nivel.
La abdicación de un Papa es un acontecimiento muy poco frecuente en la historia, pero sí previsto en el derecho del la Iglesia. Se requiere que sea libre y se manifieste de modo formal aunque, como máximo legislador, es el propio Papa quien determina de qué forma ha de hacerlo.
No es preciso que su dimisión sea aceptada por nadie. Cinco han sido los Papas que a lo largo de la historia han declarado su renuncia al ministerio de Pedro: Benedicto IX (1045), Gregorio VI (1046), Celestino V (1294), Gregorio XII (1415) y Benedicto XVI (2013).
A Celestino V lo condenó Dante Alighieri al infierno en su Divina Comedia por cobarde. En cambio, el Papa Clemente V canonizó a Celestino en 1313, viviendo aún el poeta.
El concepto de “Sede Romana Impedida”, previsto en el Código de Derecho Canónico, se refiere a los casos en los que, “por cautiverio, relegación, destierro o incapacidad” el Papa se encontrara totalmente imposibilitado para ejercer sus funciones. Según el Código se ha de atender a lo estipulado en “las leyes especiales dadas para estos casos”, pero no se ha hecho pública ninguna norma para una situación semejante. De cualquier modo, parece que no originaría un periodo de Sede Vacante ni la convocatoria del cónclave.
Habiéndose producido la Sede Vacante, el Colegio de Cardenales asume el gobierno de la Iglesia, pero de modo muy matizado. En efecto, sólo puede tomar decisiones en los asuntos ordinarios e inaplazables, así como en lo referente a la preparación de las exequias del Pontífice fallecido y la elección del nuevo.
En ningún caso pueden innovar, particularmente en lo que se refiere a los procedimientos electorales, ni tampoco ejercer ninguna clase de “suplencia” del Papa. Sus disposiciones sólo seguirán siendo válidas en el siguiente pontificado si el nuevo Papa las confirma expresamente.
Por lo que se refiere a los bienes materiales de la Santa Sede, su administración en este periodo corresponde al Cardenal Camarlengo ayudado por tres Cardenales Asistentes. En la actualidad, el Cardenal Camarlengo es Tarcisio Bertone, S.D.B. que también desempeña el cargo de Secretario de Estado Vaticano, tras sustituir en 2007 al español Eduardo Martínez Somalo que ejerció el cargo desde el 5 de abril de 1993 hasta el 4 de abril de 2007. Le correspondió ejercer las especiales funciones de Camarlengo durante la sede vacante tras la muerte de Juan Pablo II.
Muerte del Papa
El Cardenal Camarlengo proclama la muerte del Papa.
Una vez conocida la muerte del Papa, el Cardenal Camarlengo es el encargado de verificarla. Tradicionalmente realizaba esta tarea golpeando con suavidad la cabeza del Papa con un pequeño martillo de plata y pronunciando su nombre de pila –no el papal– tres veces. También se colocaba una vela cerca de la nariz del Pontífice y si la llama no se movía, el Cardenal Camarlengo constataba la muerte del Obispo de Roma.
En la nueva ordenación establecida por la UDG el Camarlengo es introducido en los aposentos papales junto con el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, los Prelados Clérigos, el Secretario y Canciller de la Cámara Apostólica. Una vez en la habitación del Papa, el Camarlengo se arrodilla en un cojín violeta, reza unas oraciones por el alma del difunto y, tras acercarse al lecho, descubre el rostro del Pontífice y constata públicamente su muerte declarando: “El Papa realmente ha muerto”.
Igualmente, la UDG no prohíbe continuar con las tradiciones mencionadas. El Secretario del la Cámara Apostólica debe extender entonces acta de la defunción. Lógicamente, ello requiere también la presencia de personal médico.
Inmediatamente después de constatada oficialmente la muerte del Papa, el Secretario de Estado entrega al Camarlengo la matriz del sello de plomo y el Anillo del Pescador -con los cuales son autentificadas las Cartas Apostólicas- para ser destruidos en presencia del Colegio de Cardenales, para evitar que se falsifiquen documentos papales. El Camarlengo es responsable también de sellar el estudio y el dormitorio del Papa.
El personal que lo atendía puede seguir habitando en el apartamento papal sólo hasta el momento de su sepultura, momento a partir del cual deberá ser evacuado y sellado en su totalidad hasta que tome posesión de él el nuevo Pontífice.
Corresponde igualmente al Camarlengo comunicar la noticia del fallecimiento del Papa al Cardenal Vicario para la Urbe –para que lo notifique al pueblo de Roma–, así como al Cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana. El mismo Camarlengo o el Prefecto de la Casa Pontificia deben también anunciar la noticia al Decano del Colegio Cardenalicio.
Éste es el responsable de hacer llegar la noticia a todos los cardenales del mundo, convocándolos a Roma. También es tarea suya notificarlo al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Hasta su elección como Papa en el Cónclave de 2005 era Decano del Colegio Cardenalicio el alemán Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI.
Desde Pío IX, los tañidos fúnebres de la campana grande de San Pedro se han encargado de hacer pública la noticia del fallecimiento de los Papas. Al tañer las campanas de la Basílica de San Pedro, las campanas de las iglesias de Roma les hacen eco en señal de duelo por la muerte de su Obispo.
Si el fallecimiento (o abdicación) del Papa se produce mientras se está celebrando un Sínodo de Obispos o incluso un Concilio Ecuménico, éstos quedan automáticamente suspendidos y no pueden continuar por ninguna razón, aunque sea gravísima, y mucho menos proceder por sí mismos a la elección de nuevo Papa. Es siempre necesario convocar al Colegio de Cardenales.
Las Congregaciones de Cardenales
Durante la Sede Vacante, los Cardenales desarrollan sus funciones mediante dos tipos de comisiones, llamadas “Congregaciones”: la Particular y la General.
Integran la Congregación Particular el Cardenal Camarlengo y otros tres cardenales “asistentes” (uno por el orden de los Obispos, otro por el de los Presbíteros y otro por el de los Diáconos) elegidos por sorteo entre los electores (es decir, los que no han cumplido los 80 años) llegados ya a Roma. Cada tres días se procede a un nuevo sorteo para renovar a los cardenales asistentes.
La Congregación Particular se ocupa de los asuntos ordinarios de menor entidad que se vayan presentando durante la Sede Vacante. Lo que una Congregación Particular haya decidido, resuelto o denegado no lo pueden revocar las que se constituyan los días siguientes. La Congregación Particular cesa en sus funciones en el mismo momento en que se elige un nuevo Papa.
La Congregación General está compuesta por la totalidad del Colegio Cardenalicio y está en funciones hasta el momento de iniciarse el Cónclave. Los Cardenales Electores tienen obligación de incorporarse a la Congregación General tan pronto como les sea posible, una vez conocido el fallecimiento del Papa. En cambio, a los no electores se les permite abstenerse de participar si así lo desean.
La Congregación General se ocupa de los asuntos más importantes que se vayan presentando y tiene también competencia para revocar las disposiciones de una Congregación Particular. Sus encuentros se celebran a diario y los preside el Cardenal Decano. Una vez iniciado el Cónclave, es también el Decano quien preside la asamblea hasta que salga elegido un nuevo Papa. Las decisiones se toman por mayoría, siempre mediante voto secreto.
Las principales obligaciones de la Congregación General se refieren a la organización de las exequias del difunto Papa, determinar la fecha de inicio del Cónclave (entre 15 y 20 días desde que comenzó la Sede Vacante), velar por la destrucción del Anillo del Pescador y el sello de plomo, designar a dos eclesiásticos de probada doctrina (normalmente frailes o monjes) para que les dirijan sendas meditaciones sobre los problemas de la Iglesia en el momento actual y aprobar los gastos necesarios desde la muerte del Pontífice hasta la elección del sucesor.
Exequias del Papa
Corresponde a la Congregación de Cardenales preparar todo lo necesario para las exequias del difunto Papa y fijar el día de inicio de las mismas. En cambio, lo que se refiere a su sepultura es competencia del Cardenal Camarlengo –tras recabar la opinión de los responsables de los tres órdenes del Colegio Cardenalicio- salvo que el mismo Pontífice hubiera dispuesto algo en vida.
Los últimos papas se han enterrado habitualmente en la Cripta de la Basílica de San Pedro (o Grutas Vaticanas), próximos a la tumba del Apóstol, pero no es obligatorio. Puede realizarse en una catedral, una iglesia parroquial, un santuario, etc. A la muerte de Juan Pablo II, por ejemplo, se especuló con la posibilidad de que hubiera dispuesto ser enterrado en la Catedral de Cracovia, sede de la que había sido obispo.
Los Cardenales deben decidir, en primer lugar, el día y hora del traslado del cadáver a la Basílica Vaticana para ser expuesto a la veneración de los fieles. Antes de ese momento, y una vez preparado el cuerpo del Papa, debe ser llevado a la Capilla Clementina, en el Palacio Apostólico, para la veneración privada de la Casa Pontificia y de los Cardenales. Tras el fallecimiento de Juan Pablo II (2005) se calcula que entre dos y tres millones de personas desfilaron ante su cuerpo –expuesto frente al Baldaquino de la Confesión, en la Basílica de San Pedro– para rendirle su último homenaje.
Las exequias del Papa duran nueve días consecutivos –denominados con la expresión latina de “novemdiales”– a partir del día de la Misa exequial, que preside el Cardenal Decano. Previamente a ésta se colocan los restos mortales en el féretro. A su término, se procede a su traslado al sepulcro y al entierro.
Además de las innumerables Misas ofrecidas en todo el mundo por el Pontífice fallecido, las exequias oficiales contemplan nueve celebraciones eucarísticas en Roma, a cargo de diversas comunidades que representan la universalidad de la Iglesia.
El orden de las celebraciones durante los “novemdiales” es así: el primer, quinto y noveno días se realizan en la Capilla Papal; el segundo día se destina a los fieles de la Ciudad del vaticano; el tercero a la Iglesia de Roma; el cuarto a los Capítulos de las Basílicas Patriarcales; el sexto a la Curia Romana; el séptimo a las Iglesias Orientales (o católicos de rito oriental); el octavo a los miembros de Institutos de Vida Consagrada.
Inicio del Cónclave
Las normas de la UDG sobre la celebración del Cónclave amplían por primera vez el ámbito en que transcurrirá la vida de los Cardenales mientras dure la elección del nuevo Papa.
El proceso electoral mismo se mantiene, como es tradición, dentro de los límites de la Capilla Sixtina, pero se incorporan tanto la Casa de Santa Marta, residencia vaticana de reciente creación, como las capillas para las celebraciones litúrgicas, las áreas por donde deban desplazarse los cardenales para ir de un punto a otro, e incluso los mismos jardines vaticanos, donde pueden pasear y descansar.
Sin embargo, se mantiene en pie la prohibición de todo contacto con el mundo exterior (televisión, prensa, radio, teléfono, correspondencia, Internet…), y nadie no autorizado puede acercarse a los cardenales o hablar con ellos mientras dura el Cónclave.
En el de 2005 se procedió, incluso, a efectuar un barrido electrónico para detectar cualquier posible mecanismo transmisor o receptor camuflado en el ámbito de la clausura, y se colocó un aparato que restringía las señales de radio dentro de la Capilla Sixtina y lugares las áreas próximas a ella.
La Universi Dominici Gregis aclara los motivos de esta reclusión cardenalicia: salvaguardar a los electores de la indiscreción ajena y de los intentos de afectar a su independencia de juicio y libertad de decisión, así como garantizar el recogimiento que exige un acto tan vital para la Iglesia entera.
El día señalado por la Congregación General de Cardenales (entre 15 y 20 tras el fallecimiento del Pontífice), tiene lugar por la mañana una solemne misa votiva “Pro eligendo pontificem” (para la elección del Pontífice), normalmente presidida por el Cardenal Decano, en la que se pide a Dios que ilumine las mentes de los electores.
Ya por la tarde, los cardenales, reunidos en la Capilla Paulina, se encaminan en procesión solemne a la Capilla Sixtina –debido a unas obras en curso, el Cónclave de 2005 partió de la Capilla de las Bendiciones– cantando las letanías de los Santos de Oriente y Occidente. Una vez llegados a la Capilla Sixtina, los electores entonan a coro el “Veni Creator”, oración con la que se invoca al Espíritu Santo, y proceden a prestar juramento solemne de guardar las normas que rigen el Cónclave, cumplir fielmente el ministerio petrino en caso de ser elegidos, y mantener el secreto de todo cuanto se refiera a la elección del nuevo Pontífice.
Una vez prestado el juramento, leído conjuntamente y ratificado de forma individual ante los Evangelios, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias da la solemne orden de “Extra omnes!” (¡Fuera todos!), indicando que todos aquellos ajenos al Cónclave deben salir del recinto. Sólo permanecen él mismo y el eclesiástico encargado de predicar a los Cardenales la segunda de las meditaciones sobre los problemas de la Iglesia contemporánea. Terminada ésta, tanto el predicador como el Maestro de las Celebraciones deben salir también. Las puertas quedarán cerradas y con Guardias Suizos protegiéndolas.
A partir de ese momento se puede proceder a la primera votación (única del día) o aplazarla hasta el día siguiente.
Desarrollo de las votaciones
El proceso de votación en el cónclave se divide en tres partes: pre-escrutinio, escrutinio propiamente dicho y post-escrutinio.
Comienza la fase de pre-escrutinio cuando, antes de cada sesión de votaciones (diariamente hay dos sesiones, una por la mañana y otra por la tarde, con dos votaciones en cada una, salvo resultado positivo en la primera), el último Cardenal Diácono extrae por sorteo público los nombres de tres Escrutadores, tres Enfermeros y tres Revisores. Se distribuyen entonces a los Electores dos papeletas de forma rectangular, que llevan impresa la frase: “Eligo in Summum Pontificem” (“Elijo como Sumo Pontífice”), y debajo un espacio en blanco para el nombre del elegido. Los Cardenales deben escribirlo con letra clara, pero lo más anónima posible. Si se escribe más de un nombre el voto es declarado nulo.
Hasta el siglo XX ciertos monarcas católicos (España, Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico, sustituido este último por el Imperio austrohúngaro) ostentaban cierto derecho de exclusión en las elecciones papales, pudiendo vetar la elección de un cardenal al considerarlo persona non grata, esta práctica fue prohibida definitivamente bajo pena de excomunión por el Papa Pío X tras haberse dado en su elección papal el último ejemplo de la misma con el veto al cardenal Rampolla por parte de Francisco José I de Austria-Hungría.
La fase de escrutinio propio se inicia cuando cada Cardenal, por orden de precedencia, habiendo doblado dos veces su papeleta de voto, la lleva en alto hasta el altar, delante del cual están los Escrutadores y sobre el que se ha colocado una urna cubierta con un plato para recoger los votos. Una vez allí, el Cardenal votante pronuncia en voz alta el juramento: “Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido”.
Deposita entonces la papeleta en el plato y con éste la introduce en la urna. Se inclina luego ante el altar y regresa a su sitio. Si un Cardenal –enfermo o anciano– no puede acercarse hasta el altar, un Escrutador se acerca a él, recoge su juramento y su voto y se encarga de depositar la papeleta en la urna. Si su enfermedad le obliga a permanecer en la Casa de Santa Marta, son entonces los Enfermeros los que acuden a recoger su voto siguiendo un procedimiento similar al descrito.
El post-escrutinio lo llevan a cabo los tres Cardenales Escrutadores, elegidos al azar, contabilizando delante de todos los Electores los votos recogidos. Si el número de votos es distinto del de votantes, se queman las papeletas y se repite la votación.
Los nombres de los votantes se van anotando en una relación, mientras que los votos contabilizados se van cosiendo con aguja e hilo para mantenerlos unidos. A continuación, los tres Revisores supervisan las notas de los Escrutadores y revisan los votos, para asegurarse de que aquéllos han cumplido correctamente su cometido.
Si ninguno de los candidatos obtiene la mayoría de dos tercios, concluida cada sesión (dos votaciones) se queman en una estufa las papeletas de los votos junto con las notas de los Escrutadores. Se agregan sustancias químicas al fuego para que el humo sea negro e indique una elección sin éxito.
La UDG establece que todo resultado debe ser registrado en un acta, que se archiva en el Vaticano y no puede abrirla nadie, hasta pasados 50 años desde que se elaboró el acta.
El cónclave dura todo el tiempo que sea necesario. Sin embargo, hay establecidos periodos de descanso y coloquio si no se alcanza acuerdo (día 5º, tarde del 7º, tarde del 9º), con una exhortación del Cardenal Decano. Llegados al día 11º, si se aprueba así por mayoría absoluta de los Electores, se puede optar por dos soluciones de compromiso: o rebajar la mayoría de votos requerida de los dos tercios a la mayoría absoluta, o votar a uno de los dos candidatos más votados en el escrutinio precedente y elegir al que obtenga mayoría absoluta.
En ningún caso se contempla la abstención de los Electores.
Elección y aceptación
Conseguida la mayoría necesaria en cualquier votación, el candidato elegido debe expresar de inmediato su aceptación o no del ministerio. El último de los Cardenales Diáconos convoca a la Capilla Sixtina al Secretario del Colegio de Cardenales y al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias. Presentes éstos, el Cardenal Decano o el que le siga en orden y antigüedad pide el consentimiento al elegido con la siguiente pregunta: “Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?” (“¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?”)
Si el candidato electo da el consentimiento, se le pregunta entonces:“Quo nomine vis vocari?” (“¿Con qué nombre deseas ser conocido?”)
El ya Papa indica el nombre que ha escogido con estas palabras: “Vocabor N.” (“Me llamaré N.”) por ejemplo: "Vocabor Pius XIII." ("Me llamare Pío XIII"), u otras similares. Entonces el Maestro de las Celebraciones, en funciones de notario, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y de su nombre.
En el caso nada frecuente de que el elegido no sea uno de los Cardenales presentes o, incluso, que no resida en la ciudad de Roma, se avisa al Sustituto de la Secretaría de Estado, quien se encargará de que el escogido como nuevo Papa llegue al Vaticano lo antes posible, evitando absolutamente que se enteren los medios de comunicación. Una vez llegado al cónclave, el Cardenal Decano convocará al resto de los electores a la Capilla Sixtina para proceder al mismo ritual de aceptación. Si el elegido acepta y no es obispo, el Cardenal Decano le ordenará de inmediato como tal.
A partir del momento de la aceptación –y ordenación en su caso– el elegido pasa a ser Obispo de Roma, Papa y Cabeza del Colegio Episcopal. En ese mismo momento adquiere la plena y suprema potestad sobre la Iglesia universal. Los Cardenales se acercarán entonces a él por turno para expresarle su respeto y obediencia.
También podrán acercarse a él el Sustituto de la Secretaría de Estado, el Secretario de las Relaciones con los Estados (una especie de Ministro de Asuntos Exteriores vaticano), el Prefecto de la Casa Pontificia y cualquier otro que deba tratar con el nuevo Pontífice asuntos necesarios en ese momento.
La "fumata"
Una de las tradiciones más pintorescas y conocidas a nivel mundial en relación con el cónclave es la de la “fumata”, un sistema secular de comunicar al pueblo la marcha de un proceso electoral que transcurre bajo estricto enclaustramiento.
Tras cada sesión de escrutinio (dos votaciones) las papeletas de voto y las notas de los Escrutadores se queman en una estufa preparada al efecto. El humo sale entonces por una chimenea sobre el tejado de la Capilla Sixtina. Cuando el resultado de las votaciones ha sido negativo, los papeles se queman junto con paja húmeda, lo que produce un humo negro. Si de la elección ha salido elegido un candidato, y éste ha aceptado la responsabilidad, los papeles se queman usando paja seca, lo que da lugar a un humo de color blanco. Es la señal que anuncia al mundo la elección de un nuevo Papa.
En los tres últimos cónclaves (dos en 1978 y otro en 2005), sin embargo, y para desesperación de los periodistas, el sistema no parece haber funcionado correctamente y el humo que debía ser blanco se ha visto gris.
En la última de estas ocasiones se incorporó una estufa auxiliar con el propósito de quemar productos químicos que tiñeran claramente el humo de uno u otro color, aunque tampoco tuvo demasiado éxito.
La primera bendición
Tras haber aceptado su elección, el ya nuevo Papa es conducido por el Camarlengo y el Maestro de las Celebraciones Pontificias a la sacristía de la Capilla Sixtina, llamada comúnmente “Sala de las lágrimas”, ya que parece que todos los elegidos, sin excepción, lloran allí en relativa intimidad ante la magnitud de la responsabilidad que acaban de asumir. En la sala se encuentran tres maniquíes con sotanas blancas de diversos tamaños: grande, mediana y pequeña, que la sastrería romana Gammarelli se encarga de confeccionar desde el siglo XVIII. De ser necesario, un equipo de religiosas hacen los arreglos pertinentes. Se dice que a Pío XII las tres le quedaban largas, mientras que a Juan XXIII le resultaban estrechas. También hay a mano un barbero por si el Papa necesita un afeitado antes de presentarse ante el pueblo –puede ser elegido por la tarde-.
Tras la manifestación del respeto de los Cardenales, se canta un “Te Deum” (oración de solemne acción de gracias a Dios),
Inmediatamente, el Cardenal Protodiácono (el primero de ese orden entre los Cardenales), se dirige al balcón principal de la Basílica de San Pedro, donde se han instalado rápidamente cortinajes y colgaduras de fiesta. Allí hará público el anuncio de la elección con las frases rituales.
Pocos instantes después el nuevo Papa, precedido por la cruz procesional y por los primeros de los Cardenales entre los órdenes de los Obispos, Presbíteros y Diáconos, sale al balcón y desde allí saluda al pueblo con las primeras palabras de su pontificado. A continuación imparte la bendición apostólica “Urbi et Orbi” (“para la ciudad y para el mundo”), que en adelante sólo dará de ordinario en Navidad y Pascua.
La Misa de Inauguración del Pontificado
Aunque desde el mismo momento de su aceptación -y consagración episcopal, de ser precisa- el elegido es ya verdadero Papa, el Pontificado se inaugura de modo oficial con una misa solemne que se celebra a los pocos días de concluido el cónclave, normalmente en la explanada de la Basílica de San Pedro. En esa celebración, el nuevo Papa es investido de sus nuevos símbolos: su Palio, y su anillo del Pescador.
La Tiara Pontificia, o Triregno, la triple corona papal no se usa desde el Papa Pablo VI, que no quiso utilizarla porque rechazaba los poderes terrenales que simboliza. Hoy, cada Papa decide si se corona o no.
También en fecha inmediata deberá el nuevo Pontífice tomar posesión de la Archibasílica Patriarcal Lateranense (San Juan de Letrán), que es la catedral de Roma y se considera cabeza y madre de todas las demás iglesias del mundo.
El escudo de armas
Es tradición que cada Papa tenga su escudo de armas. Cada escudo de armas es personal y lo diseña cada Pontífice a su gusto. Sin embargo, siempre aparecen las Llaves del Cielo entregadas a San Pedro y la Tiara Papal (aunque Benedicto XVI ha colocado una mitra con tres bandas en lugar de la tiara en el suyo). El escudo de armas es mostrado al mundo por el periódico Vaticano L´Ossevatore Romano, que lo publica.
También debe dibujarse para ser archivado en la Biblioteca Vaticana. De ahí en más, el Papa sellará sus cartas apostólicas, encíclicas y escritos con la matriz de su escudo y también éste será bordado en sus sotanas y grabado en los anillos de los Cardenales.
por Makf | 17 Abr, 2026 | Apologética 18
Autor: Carmelo López-Arias | Fuente: Religión en Libertad
El cardenal Newman deshizo esa idea con argumentos demoledores.
La renuncia de Benedicto XVI al pontificado convierte a su sucesor, según las supuestas profecías de San Malaquías, en el último Papa, y por tanto convierte los años de vida que le queden al llamado Pedro Romano en los últimos tiempos que señala el Apocalipsis.
A pesar de las normas de prudencia con las que debe ser considerado un texto de 1595 atribuido a un obispo fallecido en 1148, y de la claridad con la que expertos como el padre Luis Santamaría -miembro de RIES (Red Iberoamericana de Estudios de las Sectas)- revelan su falsedad, el hecho ha puesto sobre la mesa innumerables especulaciones sobre la personalidad del próximo Pontífice.
Desde la búsqueda entre los cardenales de Pedros (Pierre Tauran, Peter Turkson) y de romanos (Tarcisio Bertone nació cerca de Turín, en pueblo llamado Romano Canavese) -eso a pesar de que los supuestos lemas de San Malaquías no siempre son tan directos- haciendo reverdecer de la figura del Anticristo, quien –según esos augurios- "podría sentarse personalmente, y en cuestión de días, en la sede del primer Pedro".
"Marca de la casa" protestante
Lo cierto es que la vinculación entre el Papa y el Anticristo la hicieron célebre los reformadores protestantes, y es habitual en las obras de Lutero, Calvino, Zwinglio, Melanchton o Cranmer. Se refieren al Papado como institución, y los distintos teólogos de esas comunidades divergen en considerarlo como la primera o la segunda bestias del Apocalipsis.
El cardenal John Henry Newman (1801-1890) fue un poco más allá y en un artículo publicado en octubre de 1840 (cinco años antes de su conversión al catolicismo) en la revista British Critic, bajo el título "La idea protestante del Anticristo" (recogido en el volumen 2 de sus Ensayos críticos e históricos, publicados por Ediciones Encuentro), apuntaba que los heresiarcas citados habían bebido en tres fuentes heterodoxas para esa interpretación: los albigeneses, los valdenses y los fraticelli. Y por una razón: la necesidad de satanizar (en este caso, usando en sentido estricto la palabra) la autoridad que les sancionaba:
"La creencia de que el Papa es el Anticristo parece ser una conclusión gradualmente formada y madurada, a partir de la creencia de que la Iglesia de Roma era Babilonia, por tres grupos heréticos entre los siglos XI y XVI a consecuencia de haber sido sometidos a persecución por sus opiniones".
"¿Son éstos los oráculos –declaradamente anti católicos- de los que la Iglesia de Cristo ha de recibir la verdadera interpretación de las profecías y cuya mera afirmación de que su enemigo es el Anticristo debe aceptarse como el propio cumplimiento de la profecía y demostración de que la consumación de los tiempos ha llegado?", se preguntaba John Henry Newman cuando aún era anglicano pero ya detectaba la falta de sustento histórico, hermenéutico y teológico de la comunidad a la que pertenecía.
¿Y el Papa como persona?
El argumento no acababa ahí, porque no se trataba sólo de rebatir que el Papado (es decir, la institución, la autoridad) fuese el Anticristo, sino de que pudiese serlo, en la interpretación de los Padres de la Iglesia, el Papa como persona. Newman sacó a relucir ahí toda su erudición al refutar punto por punto las alegaciones de los heterodoxos.
Citan un pasaje de San Bernardo, cuando San Bernardo no habla en él del Papa, sino del antipapa Pedro León. Citan a Joaquín el Abad hablando de que el Anticristo será elevado a la Sede Apostólica, cuando Joaquín el Abad dice que el Anticristo expulsará al Papa (es decir, no será el Papa) de la Sede Apostólica para ocuparla él. Citan a San Gregorio Magno como si hubiese dicho que quien se proclame obispo de la Iglesia universal es el Anticristo, cuando aquel Papa dijo que sería "el precursor" del Anticristo.
¿El Anticristo como Papa? Queda claro, según Newman, que ésa no es una idea católica, sino protestante, y ni siquiera original, sino que bebe en heterodoxos medievales.
Y además en heterodoxos medievales de corte gnóstico, que se sentían perseguidos por los Papas injustamente, pues en apariencia propugnaban una pureza extrema de vida y de virtudes evangélicas. La historia muestra, dicho sea de paso, lo lejos que estaba la realidad de sus comunidades de tal pretensión moralizante.
por Makf | 17 Abr, 2026 | Apologética 18
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Nos apoyaremos en las normas canónicas para encontrar la mejor respuesta.
El pasado jueves 28 de abril (Jueves Santo) el Papa Francisco realizó un acto que a muchos sorprendió: entre las personas a las que lavó los pies estaban dos mujeres, ¿es correcto haber hecho eso?
Para encontrar la respuesta correcta veamos primero la explicación que a ACI Prensa dio el Padre Gaetano Greco, capellán de la cárcel de menores en que se realizó dicha ceremonia: "el Papa es el pastor de la humanidad en su totalidad, y que lave los pies tanto a hombres como a mujeres debería ser visto como algo normalísimo".
"Me parece justo, porque a mi parecer el Papa es el pastor del hombre, del hombre en su totalidad, que está formada por el varón y la mujer, y por tanto hace un servicio para toda la humanidad", añadió.
El Vaticano ha recordado que el lavatorio de pies es un rito y no un sacramento, y aunque se suelen lavar los pies a 12 varones en recuerdo de los apóstoles, en la práctica pastoral de la Iglesia es lícito tomar en cuenta la situación concreta de la comunidad donde se celebra y el significado de este gesto.
Esta explicación podría satisfacer a algunos, otros en cambio necesitaremos acudir al Magisterio de la Iglesia, para entender verdaderamente lo ocurrido. Vayamos entonces al Código de Derecho Canónico, y leamos el canon 331:
El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente.
Completemos este concepto con lo que nos dice el Canon, del Capítulo 3, de la Constitución Dogmática Pastor Aeternus:
Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema.
Esto quiere decir que si el Santo Padre quiere ejercer su potestad para modificar una simple rúbrica de un ritual, aunque sea "ad modum actus", incluso algo que discrepa con las normas litúrgicas vigentes; entonces, por eso mismo, porque el Papa ha decidido hacerlo así, no es ni puede ser un abuso litúrgico, sino es la norma que el propio Santo Padre ha dispuesto para esa situación muy en particular, lo cual puede hacer de manera ordinaria e inmediata y sin mediar, por consiguiente ningún cambio formal en las disposiciones litúrgicas vigentes.
Decir lo contrario, y "denunciar" un "abuso litúrgico" del Papa, pues bueno, de acuerdo a la Constitución Dogmática Pastor Aeternus, nos llevaría a la excomunión, por ello es importante conocer todo el conjunto de las normas de la Iglesia, sobre todo los cánones que la rige, para saber interpretar y discernir adecuadamente un hecho como el aquí analizado.
por Makf | 14 Abr, 2026 | Apologética 18
Autor: Christian | Fuente: apologia21.com
Reflexiones a los interrogantes más comunes de los protestantes sobre el oficio petrino.
Una de las doctrinas más rechazadas por los hermanos protestantes es precisamente la doctrina del primado de Pedro. Pude comprobarlo cuando recientemente platicando con uno me preguntaba de forma insistente una y otra vez:
"Pero ¿Donde Jesús llama a Pedro "Papa de Roma" "Jefe de los apóstoles" "infalible" donde?"
Si se han tomado el tiempo de dialogar con protestantes, seguramente habrán escuchado preguntas similares muchas veces: "¿Donde dice la Biblia que Dios es una Trinidad?", "¿Donde dice la Biblia que se ha cambiado el día de reposo del sábado el domingo?", "¿Dónde dice esto?, ¿Dónde dice aquello?, ¿Dónde? ¿Dónde? Y ¿Dónde?…". Es allí donde nos toca a los católicos dar razón de nuestra fe.
Y precisamente para responder esta pregunta, hay que entender primero cual es la esencia del Papado, porque si no nunca se va a comprender donde está el papado en la Biblia.
Pero ¿Donde llama Jesús a Pedro "Papa", "jefe de los apóstoles", "infalible"?
Aquí, la respuesta simple y llana es: EN NINGUNA PARTE….
Si, en ninguna parte, así como en ninguna parte leemos la palabra Trinidad, la encarnación, una lista de los libros que forman parte del canon, y muchas otras cosas que los mismos protestantes suelen aceptar. Y es que en la Escritura como testimonio de la Revelación se encuentran verdades implícitas y explícitas, y sobre muchas de ellas, la comprensión que ha tenido el pueblo de Dios ha ido aumentando con el paso del tiempo.
Y así como la comprensión va aumentando, también la terminología que se ha venido utilizando va enriqueciéndose, logrando así expresar de forma más precisa lo que la Iglesia ha creído y creerá siempre. (De allí se deriva que hoy podamos llamar al sucesor del ministerio ejercido por el apóstol Pedro "Papa", o al Dios revelado en Tres Personas Divinas "Trinidad").
El problema de mi amigo protestante es haber planteado la pregunta equivocada. La doctrina del papado no depende de su terminología, ni tampoco del estilo en que haya sido ejercido a lo largo de la historia, pero precisamente de estos dos puntos quiero profundizar.
La doctrina del Papado no depende de la terminología
Hoy podríamos no llamar al sucesor de Pedro "Papa", podríamos referirnos a él de cualquier otra forma y eso no cambiaría la esencia del papado. Lo que importa realmente no es la terminología sino lo que esta terminología pretende explicar.
La doctrina del Papado no depende del estilo con que haya sido ejercido a lo largo de la historia
Muchos protestantes que no "encuentran" un Papa en los primeros siglos cristianos fallan en no entender la esencia del Papado. Si su búsqueda la centran en alguien portando el título de "Papa", con espléndidas ropas, aspecto pomposo y casi dictatorial, demandando que todos los cristianos sigan sus decretos sin preguntas (La imagen que la mayoría de los protestantes tienen del Papado) no lo encontrarán. Es oportuno citar aquí el comentario del apologista católico Mark Bonocore:
"No vamos a decir que la perspectiva protestante no tiene absolutamente ninguna validez. Por el contrario, es algo cierto decir que los Papas de Roma han actuado con un estilo autocrático y dictatorial en muchas ocasiones en la historia cristiana. Sin embargo, elestilo del Papado no define al Papado mismo, ni define su existencia en la Iglesia primitiva". [1]
Así, no debemos tener problema en aceptar que dicho estilo de Papado no existía, o ha ido variando y evolucionando a medida que la Iglesia ha enfrentado diferentes retos y situaciones históricas, pero el Papado mismo (propiamente definido) existió desde el mismo momento en que Cristo encomendó a Pedro apacentar las ovejas y corderos de su rebaño, y le entregó las llaves del reino de los cielos.
Pero ¿Cual es la esencia del Papado para que podamos reconocerla a lo largo de Escritura y la Tradición?. Mark nos da un concepto bien concreto y resumido:
"El Papado es el ministerio de pastor supremo con poder de jurisdicción de mantener la unidad universal y ortodoxia dentro de la Iglesia Cristiana"
¿Fue ejercido ese ministerio por Pedro, y luego lo hicieron los obispo en Roma desde los primeros siglos cristianos hasta hoy? Allí debo responder sin dudar de forma afirmativa.
La esencia y el ejercicio del Papado en la Escritura
Si hubo días importantes en la vida de Pedro, uno de ellos fue seguramente el día en que Jesús le dio un nuevo nombre. Y es que quizá hoy día que a alguien se le cambie el nombre no tiene mucho significado. Casi siempre los artistas lo hacen antes de comenzar su carrera para que encaje mejor en el mundo del espectáculo, otros simplemente porque están enojados con el nombre que sus padres quisieron darles.
"¡Por qué demonios me tuvieron que llamar Filomena!" "¡Como se les ha ocurrido llamarme Pancracio!" se quejan algunos.
Sin embargo, en la antigüedad los nombres tenían una profunda importancia, y mucho más cuando Dios mismo era quien cambiaba o asignaba el nombre a alguna persona. Este cambio de nombre venía acompañado de un profundo cambio en la vida de la persona, una nueva función, una nueva identidad.
Así, si repasamos brevemente la Biblia, encontraremos no pocos trascendentales cambios de nombre: Abram por Abraham en Génesis 17,3-6 (porque sería "padre de naciones"), Sarai por Sara en Génesis 17,16 ("madre de reyes", "princesa fecunda"), Jacob por Israel en Génesis 32,28 (porque "luchó con Dios y los hombres y venció"), e inclusive el nombre mismo de Jesús en Mateo 1,21 (Dios salvador, porque salvaría al pueblo de sus pecados).
Pues así como ellos, le llegó el día a Simón. Estando Jesús reunido con sus discípulos les pregunta: "¿quién dicen los hombres que soy Yo?", a lo que como siempre él, llevando la delantera sobre el resto de los discípulos, se apresura a contestar: «¡Tú eres el Cristo!, ¡el Hijo de Dios vivo!.».
Bastante acertadas fueron las palabras de Simón, porque no se lo había revelado "ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en el cielo" . Y es que no podía errar, porque su confesión era producto de la revelación divina. Había revelado en pocas palabras la identidad de Cristo, verdadero hijo de Dios. Jesús le devuelve el gesto y responde cual sería la nueva identidad de Simón, el oficio para el cual él le había escogido, entregado junto con un nuevo nombre:
"Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." [2]
Se consumaba así un suceso enorme en la vida de Simón. Cristo había dado un nombre nuevo: "Piedra", y le había dicho que sobre esa Piedra edificaría su Iglesia. Y como con un nuevo nombre viene un nuevo ministerio, así fue que Pedro ese mismo día, también lo recibió:
"A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos." [3]
La similitud de estas palabras y la profecía de Isaías donde se coloca un nuevo mayordomo sobre el reino de Judá es asombrosa:
"Aquel día llamaré a mi siervo Elyaquim, hijo de Jilquías. Le revestiré de tu túnica, con tu fajín le sujetaré, tu autoridad pondré en su mano, y será él un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá. Le hincaré como clavija en lugar seguro, y será trono de gloria para la casa de su padre" [4]
Y es que realmente no fue casualidad que Jesús utilizara esas palabras, sino que intencionalmente llama la atención al contexto de esa profecía, donde un nuevo mayordomo está siendo colocado sobre el reino de Judá (Elyaquim). La figura del mayordomo era ampliamente conocida, ya que era un siervo a quien el rey entregaba las llaves.
El texto de Isaías nos muestra varias de las funciones que ejercía el mayordomo, un ministro al servicio del rey con la máxima autoridad subordinada solo a la del propio rey, y con un rol de paternidad espiritual: "será él un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá".
Elyaquim no era realmente un precedente en dicho cargo. Ya en tiempos de Abraham contaba este con un mayordomo (Eliezer de Damasco [5]), lo que demuestra que ya en aquella época era una figura conocida. Posteriormente José (hijo de Jacob) cuando fue vendido como esclavo y fue llevado a Egipto llegó a ser mayordomo en casa de Putifar:
"Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa, y entregó en su poder todo lo que tenía" [6]
Llegó más tarde a ser mayordomo en casa de Faraón,
"Tú estarás al frente de mi casa, y de tu boca dependerá todo mi pueblo. Tan sólo el trono dejaré por encima de ti. Dijo Faraón a José: «Mira: te he puesto al frente de todo el país de Egipto.»" [7]
Así sucesivamente encontramos numerosas referencias a mayordomos en los reinados de Judá e Israel a lo largo de los siglos en 1 Reyes 4,6; 16,9; 18,3; 2 Reyes 10,5; 18,18.37, 19,2; 2 Crónicas 28,7; Isaías 22,15; 36,3.22; 37,2.
Importante es que en todos esos casos, había en cada reino, muchos ministros pero un solo mayordomo, con autoridad plena después de la del Rey, y con autoridad de tomar decisiones que ningún otro ministro del reino podía revocar: "abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá"
Jesús siendo heredero del trono de David también de acuerdo a la costumbre designa un mayordomo real sobre su reino. Es en este trascendental acontecimiento donde Jesús llama a Pedro "Papa", porque es allí, en la entrega de las llaves a Pedro como mayordomo del reino de los cielos, donde se encierra la esencia del oficio petrino.
Visto desde este punto de vista, toma mucha claridad el porqué Pedro figura como Piedra sobre la que se edifica la Iglesia. Cristo utiliza una metáfora donde compara a la Iglesia con un edificio espiritual, donde los cristianos figuramos como partes de la construcción. Como todo edificio, no todos los bloques van en el mismo lugar ni todos tienen la misma función, así también en la Iglesia los cristianos desempeñamos distintas funciones y ministerios.
Pedro ejerciendo un ministerio especial como mayordomo del reino, y cabeza del colegio apostólico figuraría como piedra sobre la que se edifica la Iglesia, lo mismo que los apóstoles junto con Pedro mismo figuraran en otras metáforas como fundamento de la Iglesia (Efesios 2,20).
Por no entender esto un amigo protestante me replicaba:
"Si para ti la iglesia esta edificada sobre un hombre:"Pedro" y no sobre "Cristo" estás en tu derecho de creer de esa manera."
El error está en que no entienden en qué sentido Pedro es la piedra de Mateo 16,18. Pedro es la piedra sobre la que se edifica en cuanto a la autoridad instituida por Jesucristo para gobernar la Iglesia, mientras la confesión de fe es el fundamento doctrinal de la misma. Cuando los protestantes no diferencian entre ambas cosas terminan por desfigurar y caricaturizar la posición católica, pensando que tenemos puesta nuestra fe sobre "un hombre".
El ejercicio del Papado en la historia
Al comienzo de estas reflexiones decía que si bien la esencia del Papado siempre ha sido la misma, suestilo ha ido cambiando a lo largo de la historia, a medida que la Iglesia enfrentaba distintos obstáculos y desafíos.
Estando los apóstoles vivos, y siendo guiados ellos directamente por el Espíritu Santo, el ejercicio del oficio petrino consistía principalmente en liderazgo. Es allí donde vemos a un Pedro como representante del resto de los apóstoles recibiendo las órdenes de Cristo de apacentar el rebaño del pueblo de Dios.
"Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas»." [8]
Es bastante llamativo este texto, porque si bien el apacentar el rebaño es labor no solo de Pedro sino de todos los pastores, aquí Cristo se dirige solo a Pedro. Pedro no solo tendrá al igual que el resto la labor de pastorear las "ovejas", sino también "los corderos" (el resto de los apóstoles). Nótese que es refiriéndose a los otros apóstoles que le pregunta "¿me amas más que estos?".
Es también a Pedro a quien pide Satanás para "zarandear como a trigo" [9], y por quien ora para que su fe no desfallezca[10]. Quizá más importante de todo esto, es que es a él a quien encomienda confirmar a sus hermanos (los apóstoles) en la fe[11].
Como mayordomo del reino es quien recibe la revelación de que los gentiles podían entrar a la Iglesia[12], quien es el primero en predicar en pentecostés[13], quien toma la iniciativa sobre la necesidad de completar el grupo de los doce[14], es quien hace la primera curación milagrosa luego de la resurrección[15], etc.
En definitiva podemos decir que el marcado liderazgo de Pedro en todo el Nuevo Testamento no fue más que el ejercicio de su oficio, pero su estilo de ejercerlo, fue mediante el liderazgo del colegio apostólico.
Luego que es sucedido en su oficio por los obispos de Roma, vemos que durante los cinco primeros siglos ningún obispo usurpa la primacía para él, sino que se le atribuye según la antigua costumbre, al obispo de Roma. Las objeciones frecuentes que hacen los algunos protestantes (porque la mayoría niega de plano tal primacía) referentes a que su primacía era solo de honor y no de jurisdicción no pueden ser sostenidas ante la gran cantidad de evidencia histórica existente. Y es que los Papas desde los días de los Apóstoles, no solo continuaron ejerciendo la jurisdicción suprema en occidente, sino incluso en oriente hasta el gran cisma en el siglo IX.
Sin embargo ya en los primeros siglos tuvo que ejercerse este oficio de distintos modos, y no solo de forma de liderazgo, sino inclusive al disciplinar comunidades rebeldes (Como Clemente Romano al disciplinar a la comunidad de Corinto por haber depuesto a sus pastores), o sirviendo como una última y suprema corte de apelaciones.
Un ejemplo de este ejercicio de primacía jurisdiccional la tenemos precisamente en estas apelaciones, ya que nunca se apela de un tribunal superior a uno inferior. En la historia de la Iglesia nos encontramos con apelaciones de todas partes (obispos, patriarcas y hasta herejes) a la Iglesia de Roma. Muchos ejemplos se podrían citar, pero unos cuantos bastarán:
1) Durante el pontificado del Papa San Víctor (189 d.C. – 198 d.C.) se da una controversia sobre las diferencias existentes entre la iglesia de Roma –a la que seguían casi todas las demás- y las iglesias asiáticas, en cuanto al día de la celebración de la pascua. San Policarpo se trasladó a Roma con más de 80 años de edad para alegar que la fecha en que celebraban la pascua era una tradición que había aprendido del propio San Juan. Debido a esto el Papa y San Policarpo mantuvieron la paz.
Posteriormente cuando el problema vuelve a agravarse el Papa Víctor amenazó con excomulgarles, y ahora interviene San Ireneo, quien tras reconocer su adhesión a la observancia romana, pidió al Papa que no les excomulgara por el apego que mostraban a sus antiguas tradiciones, siendo que no era una cuestión doctrinal. El Papa aceptó no excomulgarles e igualmente a la larga terminaron por aceptar la disciplina romana.
2) Dionisio, obispo de Roma, cerca de la mitad del tercer siglo, después de haber oído que el Patriarca de Alejandría se equivocó en algunos puntos de la fe, exige una explicación y el patriarca en obediencia a su superior reivindica con prontitud su propia ortodoxia.
3) San Atanasio, patriarca de Alejandría, apela en el siglo IV al papa Julio I, a partir de la decisión dictada contra él por los obispos orientales. El Papa revierte la sentencia del concilio oriental y vuelve Atanasio a su sede.
4) San Basilio, Arzobispo de Cesárea, también en el siglo IV recurre a la protección del Papa Dámaso.
5) San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla, apela en el inicio del siglo V al Papa Inocencio I para una reparación de agravios infligidos a él por varios prelados orientales y por la emperatriz Eudoxia de Constantinopla.
6) San Cirilo apela al Papa Celestino contra Nestorio; Nestorio que no era tonto y también sabía a quién apelar, apeló también al Papa, pero este tomó partido por San Cirilo.
7) Los concilios de Milevis y Cartago celebrados por los obispos Africanos y San Agustín incluidos, piden la aprobación del Papa a sus edictos. Cuando el Papa responde, San Agustín se alegra y da la causa por zanjada. En numerosas cartas mantiene que nada es más claro que el juicio de la sede apostólica.
8) Cuando Eutiques comenzó a predicar la doctrina conocida como "monofisismo" fue condenado por herejía por Flaviano (obispo de Constantinopla) durante un sínodo. Apela entonces al Papa León (De Eutiques al Papa León Ep 21), a lo cual Pedro Crisólogo (obispo de Ravena) le escribe (a Eutiques), para que preste obediencia al Papa: "Nosotros te exhortamos, honorable hermano, que tu obedientemente escuches que ha sido escrito por el bendito Papa de la ciudad de Roma, desde el bendito Pedro, quien vive y preside en su propia silla. Para nosotros, en nuestro celo por la paz y la fe, no podemos decidir cuestiones de fe aparte del consentimiento del obispo de Roma" [16]
9) Para juzgar la causa de Eutiques, en el 449 se intentó realizar en Éfeso un concilio ecuménico (convocado por el emperador Teodosio II con la autorización del Papa León I). El concilio lo precedió Dioscuro (Patriarca de Alejandría), quien apoyaba a Eutiques. Eutiques logró que la carta del Papa traída por los legados papales no fuera leída, y tras esta y otras irregularidades el legado papal (Hilario) anuló la sentencia en nombre del Papa y abandonó el concilio.
Posteriormente en el concilio de Calcedonia se acusó a Dioscoro de que "había celebrado un Concilio (ecuménico) sin la Sede Apostólica, lo que nunca estaba permitido", lo cual se refería a haber continuado el Concilio después de la partida de los legados papales.
El Papa León recibió también las apelaciones Teodoreto y Flaviano y les había escrito al emperador y emperatriz que todos los actos del Concilio eran nulos. Excomulgó a todos los que habían tomado parte en él y absolvió a los que habían sido condenados, (excepto a Domnus de Antioquía), y fue así como un concilio ecuménico fue anulado por el Papa y llegó a ser conocido como el concilio "Latrocinio"
10) En el concilio de Calcedonia, donde por medio de la aprobación del canon 28, se intentaba darle a Constantinopla el segundo lugar después de Roma, se pedía la aprobación Papal para dicho canon, y el mismo patriarca escribiéndole, reconoce que la aprobación de las actas dependía de su sanción. Lo mismo el concilio en pleno le reconoció como sucesor de Pedro y cabeza de la Iglesia Católica.
Si todas estas continuas apelaciones no implican un reconocimiento mismo de jurisdicción, vaya usted a saber que es.
Objeciones protestantes
Objeción #1: Cristo se refería a sí mismo o a la confesión de fe como la piedra sobre la que edificaría la Iglesia y no a Pedro.
Si bien podemos decir que sobre la fe de Pedro se edifica la Iglesia, no podemos desconocer que también Cristo se refería a Pedro aquí como la Piedra sobre la que la Iglesia es edificada. Hay que tener en cuenta que en ese momento Cristo está cambiando el nombre a Pedro para hacer un juego de palabras "Tu eres Pedro (Piedra) y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia". No tendría sentido cambiar el nombre a Pedro por Piedra para luego referirse a "otra" piedra distinta de Pedro.
La frase en griego dice "epi tautee tee petra" . Aquí "epi" significa "sobre", y "tautee tee petra" significa "sobre esta misma piedra". Así, la frase sin el "tee" significaría solo "sobre esta piedra", pero con el "tee" la construcción gramatical fuerza a identificar la piedra a la que se hace referencia (sobre la que se edifica la Iglesia), con la que se acaba de mencionar (Pedro). Así, es Pedro y no otra piedra a la que se refiere Cristo sobre la que se edifica la Iglesia.
Una explicación al respecto la da Robert A Sungenis:
"Es importante señalar que aquí Jesús elige la frase epi tautee tee petra ("sobre esta roca") más que la más ambigua redacción como epi tee roca ("sobre la roca") o epi petra (sobre una roca). Utilizando el artículo definido o indefinido podría parecer que señala a alguien más que a Pedro, mientras el adjetivo demostrativo tautee (esta) es más probable que identifique a alguien en la inmediata proximidad gramatical al sustantivo «roca». La única otra roca que se ilustra en la inmediata proximidad es Petros (Pedro) el cual es un nombre propio que significa «Roca»...." [17]
Tomando esto en cuenta no tiene mucho sentido que alguien pretenda interpretar que Cristo quiso decir "Tu eres Pedro y sobre aquella piedra edificaré mi Iglesia"
Objeción #2: La palabra utilizada con Pedro (Petros) es distinta a la palabra utilizada para referirse a la piedra sobre la que se edifica la Iglesia (Petra), por tanto Cristo no se refería a Pedro como la Piedra.
Los protestantes suelen alegar que la palabra utilizada en el texto griego "Petros" hace referencia a una "piedra pequeña" mientras que "Petra" hace referencia a una piedra grande o roca, sin embargo, hay poderosas razones para desechar ese argumento.
En primer lugar porque en griego koine (el idioma en que se encuentran los escritos del Nuevo Testamento) ambas palabras (Petros y Petra) eran sinónimas. Para referirse a una piedra pequeña existe en griego otra palabra "lithos", la cual es utilizada en la Escritura frecuentemente de este modo. Un ejemplo lo tenemos en Mateo 15,46:
"quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca (Petra); luego, hizo rodar una piedra (lithos) sobre la entrada del sepulcro".
En el texto griego para la palabra "roca" se utiliza "Petra" , pero para "piedra" se utiliza "lithos" y no "Petra".
Otro ejemplo lo tenemos en 1 Pedro 2,8:
"Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, la piedra (lithos) que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido, en piedra (lithos) de tropiezo y roca (petra) de escándalo. Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra; para esto han sido destinados"
Aquí otra vez se utiliza la palabra lithos para referirse a una piedra pequeña (con la que se tropieza) y petra para una roca o piedra grande.
Más ejemplos:
"y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra (lithon) alguna.»" [18]
"¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra (lithon);" [19]
"Y Jesús les dice: "¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra (lithon) que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?" [20]
Y así, en cada texto donde la Escritura hace referencia a una piedra utiliza la palabra "lithos", mientras que cuando hace referencia a una roca utiliza "petra", pero lo más importante es que Petros no se utiliza NUNCA en toda la Escritura para hacer referencia a piedra pequeña, sino solo exclusivamente como nombre propio de Pedro. De querer el texto griego diferenciar entre Pedro y la Piedra sobre la que se edifica la Iglesia bien pudiera haber utilizado "Lithos" para Pedro, pero no lo hace.
¿Por qué Petros (masculino) en lugar de Petra (femenino)?
Y si con Pedro el texto griego se utiliza "Petros" y no "Petra" es porque a diferencia del arameo, el griego si cuenta con géneros y no era posible asignar un nombre propio de género femenino a una persona de género masculino (Seria tan incoherente como llamar a un hombre en español "Petrina" o "Petronila"). Este hecho lo han reconocido inclusive numerosos eruditos protestantes entre los cuales podemos contar D.A. Carson, R.T. France, Oscar Cullmann, Herman Ridderbos, Craig Blomberg, William F. Albright, C.S. Mann, Craig S. Keener, Francis Wright Beare, Eduard Schweizer, Ivor H. Jones, M. Eugene Boring, Thomas G. Long, Richard B. Gardner entre otros. [21]
Pero quizá lo que hace esta objeción más inverosímil es que hay evidencia suficiente para pensar que Cristo dijo esas palabras no en griego sino en arameo (el idioma utilizado por Jesús y sus discípulos). Prueba de esto lo tenemos en Juan 1,42 donde San Juan nos narra que el nombre dado a Pedro fue Cefas:
"Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Piedra)." [22]
Cefas (en griego Kephas) es una transliteración de la palabra aramea Kephas (roca). Pedro es llamado a lo largo de las epístolas de Pablo repetidas veces por este nombre, lo que no tendría sentido si realmente no hubiera sido ese el nombre dado a él por Jesús.
"Me refiero a que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo de Apolo», «Yo deCefas», «Yo de Cristo»". [23]
"…ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro" [24]
"¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?" [25]
"... se apareció a Cefas y luego a los Doce" [26]
"...subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía" [27]
"...Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas..." [28]
"Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión." [29]
"Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije aCefas en presencia de todos: «Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?»" [30]
Así, si Jesús llamó a Pedro "Kephas" debió decir "Tu eres Kephas y sobre esta Kephas edificaré mi iglesia", y allí Pedro figura sin lugar a dudas como la misma piedra sobre la que se edifica la Iglesia.
Hay que señalar que Kephas significa "Roca" en arameo, y este idioma para hacer referencia a una simple piedra existe otra palabra "evna". De Cristo querer dar a Pedro el nombre de una piedra "pequeña" y no una roca le hubiera llamado "Evna" y no "Kephas".
Pero no solo hay evidencia suficiente para pensar que Cristo pronunció Mateo 16,18 en arameo, sino que inclusive todo el evangelio de Mateo fue escrito en dicha lengua y posteriormente traducido (lamentablemente los originales en arameo se han perdido).
Quizá la más contundente es el testimonio unánime de la Iglesia primitiva sobre el origen de este evangelio. El más antiguo lo tenemos de la mano de San Papías, un discípulo directo del apóstol San Juan (Según San Ireneo de Lyon). Su testimonio lo recoge Eusebio en Historia Eclesiástica:
"Esta es la referencia de Papías a Marcos. De Mateo tenía esto que decir: Mateo recopiló los dichos [logia de Cristo] en lengua hebrea, y cada uno los traducía lo mejor que podía" [31]
Paul L. Meier (historiador protestante) aclara respecto a lo anterior que cuando se refiere a lengua hebrea probablemente lo que se designa es arameo, como en el Nuevo Testamento.
Otro testimonio casi tan antiguo lo tenemos de la mano de San Ireneo de Lyon (discípulo de San Policarpo, quien fue a su vez discípulo de Juan y compañero de Papías).
"Mateo, (que predicó) a los Hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia. Una vez que éstos murieron, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro. Igualmente Lucas, seguidor de Pablo, consignó en un libro «el Evangelio que éste predicaba»" [32]
Orígenes también da testimonio de esto, tal como recoge Eusebio:
"Aprendí por tradición que los cuatro Evangelios sólo son incuestionables en la Iglesia de Dios. El primero en ser escrito fue por Mateo, que había sido recaudador de impuestos pero que más tarde llegó a ser apóstol de Jesucristo, y que publicó en hebreo para los creyentes judíos..." [33]
Y el mismo Eusebio declara lo mismo:
"Mateo predicó al principio a los hebreos, y cuando planeó ir también a otros, escribió su Evangelio en su propia lengua nativa para los que iba a dejar, llenando su escrito el vacío que dejaba su partida"[34]
San Atanasio en su sinopsis de la Sagrada Escritura afirma lo mismo:
"El evangelio de Mateo fue escrito por Mateo en dialecto hebreo, publicado en Jerusalén, y Santiago, el hermano del Señor hizo una traducción" [35]
San Juan Crisóstomo en su homilía sobre Mateo escribe:
"De Mateo nuevamente es dicho, que cuando aquellos que entre los judíos habían creído vinieron a él, al tener que dejarlos les escribió las mismas cosas que él les había hablado por palabra, él también compuso su evangelio en la lengua de los hebreos" [36]
Epifanio de Salamina en su Panarion escribe:
"Ellos tienen completo el evangelio de Mateo en Hebreo. Porque no hay duda que todavía está preservado por ellos en escritura hebrea, tal como fue originalmente escrito" [37]
Pero si esto no fuera poco, San Jerónimo testifica que él mismo vio personalmente el evangelio de Mateo escrito en hebreo, de la cual había transcrito su propia copia.[38]
San Agustín repite lo mismo:
"De los cuatro [evangelios], es verdad, solo Mateo es reconocido haber escrito en lengua hebrea, el resto en griego" [39]
Estas son solo algunos de tantos testimonios, y podríamos añadir a San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio Nacianceno, y todos los escritores eclesiásticos de la edad media repitieron que Mateo escribió en lengua hebrea (arameo).
La Enciclopedia Católica señala que todos los escritores eclesiásticos concordaron en que Mateo escribió su evangelio en hebreo (arameo), y afirmaron que el texto griego era una traducción del arameo (hasta Erasmo quien lo puso en duda). También es hoy aceptado, y no solo por los eruditos católicos. Oscar Cullman, conocido teólogo protestante suizo explica:
"La gran antigüedad y el origen palestino de la sección (Mateo 16,17 ff.) puede ser hoy considerada fuera de toda duda. Esto es mostrado por las grandes características lingüísticas semíticas de esta sección... El paralelismo de las dos declaraciones: «Tú eres la roca, y sobre esta roca construiré...» muestra que la segunda roca no se refiere a nada distinta de la primera. Esto es más claro expresado en arameo donde la misma palabra kepha aparece en ambos lugares, a diferencia del griego...Así aquí el nombre y la cosa son exactamente idénticos. Por lo tanto, debemos suponer que la frase se acuñó originalmente en arameo" [40]
Los amigos protestantes que lean estas líneas deben saber que si todavía no entienden en donde la Escritura llama a Pedro "Papa", "Jefe de los apóstoles", o "infalible", los católicos tenemos razones muy bien fundadas tanto en la Escritura como en la Tradición para creerlo. Que no las compartan, no quiere decir que no existan, o que no sean válidas.
NOTAS
[1] Mark Bonocore: Debate con Jason Engwer, Palabras de apertura.
[2] Mateo 16,18
[3] Mateo 16,19
[4] Isaías 22,20-23
[5] Génesis 15,2
[6] Gen 39,4
[7] Génesis 41,40-41
[8] Juan 21,15-17
[9] Lucas 22,31
[10] Lucas 22,32
[11] Lucas 22,32
[12] Hechos 10,28
[13] Hechos 2,14
[14] Hechos 1,15-22
[15] Hechos 3,6-7
[16] De Pedro Crisólogo al Papa Leo, Ep 25
[17] Traducido del comentario de Robert Sungenis en Jesús, Peter & the Keys, Butler, Dahlgren, Hess, pág. 23-24
[18] Mateo 4,6
[19] Mateo 7,9
[20] Mateo 21,42
[21] Puede consultar el artículo en Internet en http://www.bringyou.toapologeticsPeterRockKeysPrimacyRome.htm
[22] Juan 1,42
[23] 1 Corintios 1,12
[24] 1 Corintios 3,22
[25] 1 Corintios 9,5
[26] 1 Corintios 15,5
[27] Gálatas 1,18
[28] Gálatas 2,9
[29] Gálatas 2,11
[30] Gálatas 2,14
[31] Eusebio, Historia de la Iglesia, Paul L. Maier, pág. 129.
[32] Ireneo de Lyon, Contra las herejías 3.3.1
[33] Orígenes, citado por Eusebio en Historia Eclesiástica.
Tomado de Eusebio, Historia de la Iglesia, Paul L. Meier, pág. 226
[34] Eusebio, Historia de la Iglesia, Paul L. Meier, pág. 113.
[35] Cornelius A. Palide, The Great Commentary upon the Holy Scriptura, trans. Thomas W. Mossman, (London: John Hodges, 1893), p.xxxvii.
[36] Homilies of St. John Chrysostom of the Gospel According to St. Matthew, in Philips Schaff, ed., Nicene and Post-Nicene Fathers-Chrysostom, vol. 10,(n.p.:Christian Literature Pub. Co. 1888; rep. Peabody, MA: Hendrickson, 1994), 3
[37] Epiphanius, Bishop of Salamis: Selected Passages, (New York: Oxford, 1990), 93
[38] The Great Commentary upon the Holy Scriptures, trans. Thomas W. Mossman, (London: John Hodges, 1893), p. Xxxvii
[39] The Harmony of the Gospels, 1:1:4, in Philips Shaff, ed., Nicene nd Post-Nicene Fathers-Augustin, vol. 6, (n.p.: Christian Literature Pub. Co., 1888; rep. Peabody, MA: Hebdrickson, 1994,78)
[40] Oscar Cullmann, Peter: Disciple, Apostle, Martyr, trans. Floyd V. Filson, (Philadelphia Westminster, 1953),185,206,185.
por Makf | 14 Abr, 2026 | Apologética 18
Autor: Christian | Fuente: apologia21.com
Muchos hoy afirman que en el Concilio de Nicea, año 325, Constantino paganizó la Iglesia creando así la Iglesia Católica. Vamos a dedicar estos artículo a analizar las acusaciones más comunes en este sentido y ver cuánto fundamento hay en ellas.
Muchos hoy afirman que en el Concilio de Nicea, año 325, Constantino paganizó la Iglesia creando así la Iglesia Católica. Esta es la parte segunda de un artículo dividido en cuatro partes en el que se analiza en particular la veracidad de las acusaciones vertidas en un artículo publicado en Internet. Si no ha leído la primera parte puede hacerlo aquí: Parte 1, allí encontrará también el mencionado artículo, que no es más que un ejemplo de lo que se suele decir sobre el tema.
Analizaremos ahora los puntos 11 al 15.
1- La liturgia católica
2- Dedicar un templo a un santo
3- Introducción de cánticos
4- Quema de incienso
5- Lámpara de aceite y velas
6- Utilización del agua bendita
7- El anillo de bodas
8- Fiestas religiosas
9- Vestimentas sacerdotales
10- La mitra
11- Constantino como "obispo de los obispos"
12- El papa como Sumo Pontífice
13- ¿Es el Nuevo Testamento un texto paganizado?
15- Descatalogación y quema de evangelios.
Antes de continuar con esta última parte del artículo conviene aclarar que las acusaciones de las que nos estamos aquí haciendo eco no son todas comunes a todos los protestantes. De hecho la mayoría de las iglesias protestantes (incluidas la mayoría de las evangélicas) aceptan el credo de Nicea como la base del cristianismo, lo que implica que deberían reconocer que Constantino no pudo interferir para nada en la doctrina del Concilio, de lo contrario su propia fe también se habría construido sobre cimientos paganos. Algunas de estas 15 acusaciones no solo afectan a la Iglesia Católica y Ortodoxa sino que también afectan a las creencias protestantes.
Otras acusaciones son compartidas por muchos protestantes, pero no consideran que sean influencia directa de Constantino, y menos aún durante el Concilio de Nicea. En cualquier caso la mayoría de los protestantes está de acuerdo en que estos rasgos de la Iglesia Católica, vengan de donde vengan, son rasgos paganos que distorsionan el cristianismo original. Lo que nosotros estamos haciendo en esta serie de 4 artículos es o bien negar la acusación o bien demostrar que ese rasgo no es pagano sino que forma parte del cristianismo desde sus mismos orígenes o incluso se remonta a la tradición bíblica judía. Pasemos ahora a la acusación número 11.
Constantino se hizo llamar "obispo de los obispos"
Lo de Constantino como "obispo de los obispos" es algo que se oye tantas veces (incluso en programas serios de televisión y charlas), se lee en tantos libros (incluso de algunos historiadores profesionales) y se puede encontrar en internet tantos miles de veces que parece ya que casi nadie, ni los mismos católicos, duda de su verdad.
A veces se dice que es así como Eusebio de Cesárea le describe muchas veces (incluso "cientos de veces"), especialmente en cuanto a su actuación en el concilio de Nicea, o se dice que era un título que el propio Constantino usaba para sí mismo muy a menudo, o incluso que lo instauró como parte de sus títulos imperiales. Nada de eso es correcto.
Por muchos miles de veces que sea hoy en día repetido, lo cierto es que ese supuesto título no aparece en ninguna fuente histórica. Por supuesto esto se dice queriendo demostrar que Constantino actuó como jefe de los obispos imponiendo su voluntad doctrinal en Nicea para paganizar el cristianismo, y últimamente hasta muchos blogs católicos en internet intentan defenderse de esa acusación contextualizando el título que ya empiezan a dar por verídico. Veamos de dónde surge semejante idea tan hábilmente manipulada y distorsionada. Hay dos fuentes diferentes a la hora de explicar de dónde viene esta expresión de "obispo de los obispos":
1- Traducción libre de la expresión latina "Pontifex Maximus"
2- Traducción literal de la expresión original en griego "Episcopos Episcopon"
En el primer caso veremos luego que tal título lo ostentaban los emperadores desde mucho antes de Constantino y por tanto no surge pensando en los obispos cristianos. En el segundo caso tendríamos que ver en qué documentos (de Eusebio o de Constantino o de otra gente) aparece ese título tan frecuentemente como dicen. No lo encontramos, por supuesto, pero puestos en el aprieto algunos historiadores ateos o protestantes afirman que dicho título aparece "implícitamente" en una cita de Eusebio de Cesarea en su libro sobre la vida de Constantino:
"En una ocasión en la que [Constantino] estaba charlando con un grupo de obispos dejó caer la expresión de que él mismo era también obispo, y sorprendido como quedé, le escuché decirles esto: Vosotros sois obispos cuya jurisdicción está dentro de la Iglesia: yo también soy un obispo, ordenado por Dios para supervisar lo que es externo a la Iglesia.
Y verdaderamente sus medidas se correspondían con sus palabras, pues él cuidaba de sus súbditos con un cuidado "episcopal" [comillas mías] y les exhortaba en la medida de sus posibilidades a llevar una vida devota. [… de ese modo] el origen de su autoridad imperial lo hacía venir de lo alto." (Eusebio de Cesarea, Vita Constantini)
Vemos pues que lo de Constantino como "obispo" no es un título ni algo que él mismo o Eusebio o ningún otro usara para referirse a él, y menos aún que esta expresión tuviera nada que ver con el Concilio de Nicea. Ocurre en el contexto de una charla informal con unos cuantos obispos, no en un acto oficial ni concilio, y por tanto es simplemente una forma de expresarse, de explicar cómo ve su función de emperador. Y desde luego ni aquí ni en ninguna otra parte se menciona ese título de "obispo de los obispos".
Por un lado hay que aclarar que Eusebio escribió esto en griego, y en el griego de entonces la palabra "obispo" (episcopos) significaba literalmente "protector, supervisor", por lo tanto su afirmación sonaría menos eclesial y chocante si lo tradujéramos así: "Yo también soy un supervisor, ordenado por Dios para supervisar lo que es externo a la Iglesia"… pues él cuidaba de sus súbditos con el interés de un protector".
Parece evidente que Constantino, en este contexto, estaba usando la palabra episcopos en sus dos acepciones y de ahí el juego de palabras (vosotros sois obispos y yo también soy "obispo/supervisor" porque mi función es la de supervisar/proteger a mis súbditos). Pero de esta simple anécdota a afirmar que en el Concilio de Nicea Constantino ostentaba el título de "obispo de los obispos" va tanta diferencia que no podríamos ni siquiera hablar de una interpretación errónea de los datos, sino de un claro caso de falsedad que ha llegado a hacerse pasar por verdad histórica de tanto repetirlo sin fin.
A pesar de que Eusebio era un ferviente admirador de Constantino y de que, como ya hemos comentado en otro artículo, su peculiar filosofía personal consideraba a Constantino el enviado mesiánico que iba a fundir Iglesia y Estado en una especie de Reino de Dios en la tierra, no puede evitar sobresaltarse al oírle decir que él también es un obispo (este sobresalto lo utiliza como excusa para haber puesto oídos y escuchar indiscretamente el siguiente trozo de conversación privada que nos va a transcribir), pero luego se tranquiliza ante la explicación que el emperador da sobre lo que quiere decir con la palabra episcopos (supervisor/protector).
Vemos de todas formas que Constantino hace clara la diferencia entre ellos: los obispos, que se ocupan de las cosas de dentro de la Iglesia, y él mismo, el "obispo" (supervisor) que se ocupa de las cosas de fuera de la Iglesia. Por lo tanto con esta afirmación no pretende reclamar para sí, como dice ahora tanta gente, su derecho a controlar la doctrina y los asuntos internos de la Iglesia, sino todo lo contrario.
Se puede interpretar que su jurisdicción era la de los asuntos de estado, no los de la Iglesia (proclamando la separación entre Iglesia y Estado), pero conociéndole y conociendo la mentalidad imperial, esto es poco probable; más bien se está refiriendo a que deja los asuntos internos de la Iglesia en manos de los obispos pero él va a ocuparse de "los asuntos externos de la Iglesia", o sea, no son asunto suyo los temas doctrinales, pero sí aquellos aspectos de la Iglesia con repercusión externa. Por eso cuando los obispos declaren herejes a los arrianos y a sus libros, será Constantino quien se considere con derecho a exiliar a Arrio y sus dos obispos fieles y a ordenar la quema de libros arrianos, ejecutando con medidas "externas" (políticas) lo que los obispos han sancionado en sus asuntos internos (doctrinales).
No podemos suponer, ante la evidencia histórica, que Constantino fue un gran devoto cristiano, admirador de los obispos y que otorgó a la Iglesia una independencia de acción total sin jamás interferir en nada, pero tampoco podemos admitir la afirmación de que Constantino actuó en la teoría y en la práctica como un papa con el apoyo de todos los obispos, y menos aún que cambiara ningún aspecto doctrinal.
Lo que Constantino está claramente haciendo en ese texto, y así lo reconoce el propio Eusebio con ese comentario que añade a continuación, es reclamando el origen divino de su poder político. Es lo que más tarde los reyes germánicos generalizarían con la expresión Dei Gratia Rex (rey por la gracia de Dios), que perviviría hasta entrado el siglo XX en algunos países. Por eso se considera un "obispo/supervisor ordenado por Dios" en lo concerniente al poder secular. Esto encaja con la visión que tenían los emperadores romanos y medievales de que su legitimidad en el poder "venía de lo alto".
Algunos detractores de Nicea, confrontados con el pasaje entero, dicen que esa distinción entre "obispos de dentro" y "obispo de fuera" es en realidad un añadido de Eusebio, que Constantino originalmente no habría hecho esa diferencia.
Esto muestra un enorme desprecio a la historia y a sus métodos de investigación. Si la única fuente en la que pueden basar sus afirmaciones sobre ese supuesto título de "obispo de los obispos" es este pasaje de Eusebio, no pueden decir que Eusebio modificó la cita y que en realidad ellos saben qué es exactamente lo que dijo Constantino, aunque no estaban allí. Eso es deformar la historia para adaptarla a sus creencias sobre lo que pasó en lugar de modelar sus creencias basándolas en la historia que conservamos.
Cosas como esta son las que en los últimos años han convertido a Nicea en algo casi imposible de discernir, pues hay tanta confusión en la información, tantas falsedades y medias verdades incluso a niveles de fuentes supuestamente respetables, que al ciudadano medio le resultará ya imposible discernir la verdad a no ser que acuda a las fuentes originales, algo que casi nadie está en disposición de hacer. Y en este río que algunos han revuelto tan exitosamente, ahora están logrando sus ganancias de pescadores.
Sin embargo, si nos olvidamos de Eusebio y Constantino nos llevaremos una sorpresa. El título de "obispo de los obispos" sí aparece en una cita de la Antigüedad, pero aparece cien años antes de Nicea y en latín "episcopus episcoporum", y no va dirigido a ningún emperador, sino al papa de Roma.
Paradójicamente es un hereje quien lo usa, y su intención era despreciar la posición preeminente del obispo de Roma por considerarse legitimado para presidir sobre los demás obispos. Igualmente aplica al papa el título latino de "Pontifex Maximus", que viene a significar lo mismo. El hereje es Tertuliano (montanista) y el papa Calixto I. Tertuliano ataca la relajación de la disciplina penitencial ordenada por un edicto reciente:
Oigo decir que se ha publicado un edicto y ciertamente irrevocable. El pontifex maximus, el Obispo de los obispos, ha anunciado: "os perdono los pecados de lujuria y adulterio después de la correspondiente penitencia" (De pudicitia, 1, 6, año 220)
Así que el título de "obispo de los obispos" no tiene nada que ver con Constantino sino con el obispo de Roma, pero veamos ahora qué ocurre con el otro título de significado análogo: Pontifex Maximus.
El papa se hizo llamar Sumo Pontífice
El emperador Augusto (s. I a.C.) representado con el velo sacerdotal de Pontifex Maximus
El título latino Pontifex Maximus se suele traducir en español con el latinismo "Sumo Pontífice", que es como a veces se llama al papa en la actualidad. Muchos protestantes dicen que este título es "extra bíblico" y pagano. Supongo que cuando dicen extra bíblico se refieren a que ese nombre no aparece en la Biblia, pero eso ya lo sabíamos todos porque la Biblia original no se escribió en latín. Pero una traducción algo menos latinizada de "pontifex maximus" es simplemente "sumo sacerdote", y no creo que nadie pueda considerar esa expresión "extra bíblica"; de hecho la vulgata (la traducción latina de la Biblia) utiliza a veces el término "pontifex" para referirse a los sumos sacerdotes (por ejemplo en Hebreos 5:1).
Aunque en latín se asume muy pronto la palabra griega "episcopos" para designar al obispo (episcopus), a veces también se utiliza la palabra latina que ya existía para esa misma idea: "pontífice" (pontifex), que significa "jefe de sacerdotes", o sea, obispo en el caso del cristianismo. El sumo sacerdote (o sumo pontífice) es jurisdiccionalmente el dirigente religioso más importante de todos (summus = principal, pontifex= jefe sacerdotal), y por tanto es normal que en una religión pagana o en una cristiana o judía se denomine así en la lengua latina al sacerdote que es el cabeza principal de una religión.
En el siglo I, IV y VIII en Roma se hablaba latín, y en la Iglesia el latín es la lengua oficial hasta el día de hoy, así que no tiene sentido decir que sea extra bíblico utilizar una forma latina para designar ese cargo, porque eso es exactamente lo que el papa es, el jefe de los obispos. A pesar de ello es conveniente recordar que dicho título nunca ha sido ni es uno de los títulos oficiales del papa. Es a partir del Renacimiento, con su gusto renovado por la Roma clásica, cuando se hizo frecuente aplicar ese título a los papas de forma oficiosa, y así hasta el día de hoy.
Lo de que Constantino se hizo nombrar "Pontifex Maximus" en el Concilio de Nicea es otra de las muchas falsedades que circulan por todas partes en la actualidad y pretende sugerir que en Nicea el emperador se estableció como jefe principal (papa) de la Iglesia.
Los que esto argumentan exhiben un total desprecio o desconocimiento de la historia. El título de "Pontifex Maximus" comenzó siendo un título religioso del sumo sacerdote de Roma, pero ya el emperador Augusto lo asoció al cargo imperial en el siglo primero a.C., y desde Augusto hasta después de Constantino, todos los emperadores romanos, incluido Constantino, recibían el título de Pontifex Maximus como parte de sus títulos imperiales.
Fue en el año 382 cuando el emperador Graciano el Joven renunció al título imperial de Pontifex Maximus tras cuatro siglos de uso político. Por lo tanto el que Constantino tuviese el título de Pontifex Maximus no tiene nada que ver ni con Nicea ni con su supuesto interés por controlar a los obispos y su doctrina, sino que era parte de una antigua tradición de los emperadores romanos.
En cuanto a su uso por los papas es un asunto mucho más difuminado. Ya vimos en la cita anterior de Tertuliano que en el siglo III se aplica ese título al papa, aunque no consta que el papa lo usase. Algunos dicen que el primer papa en usarlo fue Dámaso I, a finales del IV, cuando el emperador Graciano lo abandonó. En tal caso el papa Dámaso no estaría asumiendo dicho título porque se consideraba heredero de los emperadores romanos (como muchos afirman hoy), ya que seguiría habiendo emperadores romanos hasta 100 años después (Rómulo Augústulo, 475-476), así que no hay en ese título ninguna intención de asumir el papel político de emperador, sino simplemente que al quedar ese título religioso desvinculado del poder político, la Iglesia puede utilizarlo de nuevo en su sentido original de "jefe de los jefes sacerdotales", o sea, "pontifex maximus" (no olvidemos que la gente sigue hablando latín), aunque como hemos dicho, no será hasta el Renacimiento cuando esa expresión empiece a usarse en la Iglesia con frecuencia.
¿Es el Nuevo Testamento un texto paganizado?
De todas las acusaciones de paganización que hemos visto en el texto que estamos comentando, ni una sola de ellas se sostiene en pie en cuanto la contrastamos con la historia. En ningún caso hemos visto ningún atentado contra la doctrina ni ningún rasgo que justifique la supuesta "paganización de la Iglesia", que es lo que el texto pretende demostrar, pero sí hemos visto el enorme desconocimiento histórico de quienes defienden esas ideas con medias verdades o falsedades completas.
Con ese tipo de razonamiento podríamos rizar el rizo y tachar al mismísimo Nuevo Testamento de ser un texto paganizado, pues en él vemos muchos ejemplos de cómo el autor ha tomado elementos de la cultura griega pagana para expresar las verdades de la fe. Por ejemplo:
En el Antiguo Testamento se llama al cielo "shammayim", que literalmente significa "los mares superiores", sin embargo en el Nuevo Testamento se sustituye esa expresión por la griega "ouranós", que significa, me temo que sí, "Urano", el dios pagano que personifica los cielos. ¿Claro ejemplo de cómo los evangelistas maliciosamente contaminaron de paganismo el mensaje de Jesús?
Pues incluso llegan a la tremenda blasfemia de que las palabras bíblicas originales que ponen en boca de Jesús cuando nos enseña a orar en Mateo 6:9 son estas: "Pater emon o en tois uranois" = Padre nuestro que estás en "el reino de Urano", una prueba clarísima, según este retorcido razonamiento, de que o bien Jesús era un pagano disfrazado o bien los evangelistas pervirtieron su mensaje paganizándolo.
Cuando Jesús habla del infierno, en varias ocasiones los evangelistas tienen el tremendo "desliz" de poner en boca de Jesús la palabra Hades, que como todos sabemos es el reino de los muertos en la mitología griega, el reino del dios Hades (por ejemplo en Lucas 10:15) ¿Puro paganismo?
La palabra "prosopon" significa "persona", pero procede del nombre de las máscaras que empleaban en sus ritos los adoradores de Proserpina. Lo más "blasfemo" de todo es que la Iglesia primitiva utilizó ese término para referirse a que Dios es tres "personas" y una esencia, tal como seguimos diciendo hoy católicos y protestantes.
Pero si eso nos parece pagano, peor está entonces que el propio Pablo lo use en la Biblia en 2 Corintios 4:6: (normalmente traducida como: la Gloria de Dios en la faz de Cristo, pero literalmente dice "en la persona de Cristo").
Según la mitología pagana, el Tártaros era la zona del reino de los muertos donde los malos sufrían tormento, pero el autor de la segunda epístola de Pedro utiliza esa misma palabra en el original griego cuando dice: "sino que los arrojó al infierno" (2 Pedro 2:4)
El mismo Jesús, cuando critica a los fariseos por ser falsos y fingir, les dedica la palabra "hipócritas", que significa "los que llevan el hipos", o sea, la máscara que usaban los actores paganos en el teatro griego. ¿No será que en realidad Jesús jamás usó tal término sino que lo introdujo Constantino en la Biblia para paganizar a Jesús?
Como vemos, la inculturación es un fenómeno natural de ayer y hoy y no tiene nada que ver con la doctrina. Ninguna secta actual de las que critican la inculturación de la Iglesia Católica va a sus servicios religiosos hablando griego o arameo, vistiendo túnicas palestinas del siglo I y luciendo luengas barbas.
Si cualquier rasgo de la Iglesia del s. IV que se asemeje a la cultura en la que vivía se puede considerar una perniciosa corrupción, entonces el mismo Nuevo Testamento debería ser acusado de mostrar contaminación pagana, pues abunda en elementos tomados de la cultura griega (y pagana) que le rodeaba. No podemos decir que si la inculturación aparece en el Nuevo Testamento está bien, pero si aparece fuera está mal y es un rasgo de paganización.
Es evidente que cuando se entra en la paranoia de buscar elementos paganos en la Iglesia, al final se puede llegar a la conclusión de que los hay por millares, pero con esa misma manera de razonar podríamos declarar pagano al Nuevo Testamento, como acabamos de ver, lo cual sería absurdo para cualquier creyente que acepte la Biblia como libro sagrado, incluidos los protestantes e incluso los para-protestantes. Estos razonamientos son un claro ejemplo de cómo a algunos les gusta dispararse en el pie y ni siquiera se dan cuenta.
Pero antes de terminar con ese texto veamos las dos últimas acusaciones que hacen al Concilio de Nicea.
La Iglesia original era simplemente una "comunidad de fieles"
La afirmación de ese texto de que los cristianos primitivos usaban "iglesia" solo en el sentido de comunidad de fieles y por tanto era una especie de unión espiritual, no una organización o grupo religioso, es sencillamente incorrecta. Los apóstoles no van predicando y convirtiendo a gente y luego dejando que cada uno viva la fe a su manera, o que se reúnan en asambleas para adorar a Dios y luego vuelvan a casa sin dejar de ser individuos aislados que se han juntado puntualmente para hacer algo, ni que cada grupo local fuera independiente de los demás. En el Nuevo Testamento vemos a los apóstoles hablar de que todos somos uno en Cristo, San Pablo dice que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y parte de las epístolas están dirigidas a iglesias locales para animarlas o reprenderlas por haberse desviado de lo que todos en la Iglesia deben hacer o creer, y lo mismo vemos en el Apocalipsis.
El argumento de que las iglesias locales tenían autonomía (incluso doctrinal) no se puede defender usando los Evangelios, pues lo que pretenden los apóstoles es todo lo contrario, que todas las iglesias locales estén en armonía y no se aparten de la doctrina común, considerándolas todas partes geográficamente dispersas pero pertenecientes a una misma Iglesia, una sola Comunidad. Dicho de otra forma, el modelo de Iglesia que vemos ya en el Nuevo Testamento es más consistente con el modelo actual de la Iglesia Católica que con la forma de organización de las iglesias evangélicas y paraprotestantes.
Las iglesias locales (parroquias) nunca funcionaron autónomamente como si fueran asambleas independientes con solo cierta coordinación. En el Nuevo Testamento vemos cómo se comunican, se envían emisarios, se ayudan económicamente, y todo bajo la atenta supervisión de los apóstoles (como harían también sus emisarios y luego sucesores, los llamados en griego "obispos", o sea, "supervisores").
Y también en los documentos extra-bíblicos del siglo I y siguientes en todo momento nos muestran lo mismo: cristianos que son conscientes de pertenecer a la única y universal Iglesia de Cristo (a la que llaman καθολικὴ = "católica", o sea, "universal"), que además ya desde el mismo Nuevo Testamento vemos que está jerarquizada, que se organiza con presbíteros (o sea, sacerdotes, ver por ejemplo 1 timoteo 5:17-19), diáconos (1 Timoteo 3:8-10) y obispos (1 Timoteo 3:1-7), con los apóstoles en su cúspide.
Al principio no suelen ser los fieles los que eligen a sus líderes religiosos, sino los propios apóstoles quienes los ordenan y envían a la comunidad. Luego, en los casos en los que una iglesia local elige a un líder (presbítero, obispo, etc), tal cargo no tiene ningún efecto hasta que la persona elegida es refrendada y ordenada sacramentalmente por los obispos vecinos, lo que implica que forman todos parte de una misma estructura y una sola institución.
Una comunidad de fieles compuesta por meros individuos o por iglesias locales autónomas unidas solo por puros lazos espirituales no se organiza de la manera en que ya los mismos apóstoles la organizaron. Si esas iglesias hubieran sido autónomas sin duda habrían ejercido su autonomía nombrando y revocando a sus propios líderes y dirimiendo sus propias disputas internas, tal como hacen ahora las diferentes iglesias e incluso congregaciones individuales evangélicas.
Pero no es eso lo que vemos ni en el Nuevo Testamento ni en los documentos históricos del siglo I y posteriores. Jesús no fundó una Iglesia simbólica, fundó una Iglesia real, visible y tangible dirigida por los apóstoles, y tras su muerte, por los obispos, sucesores de los apóstoles. Tampoco fundó un conglomerado de iglesias coordinadas, sino una sola Iglesia con una sola estructura.
Cuando una Iglesia local se desviaba de la doctrina o las normas de los apóstoles, no vemos en las epístolas bíblicas expresiones de respeto ante el ejercicio de la autonomía local, sino duras críticas e incluso condenas por parte de los apóstoles hacia la comunidad que se ha salido de la norma, pidiendo su rectificación. Veamos un ejemplo especialmente claro en una epístola de San Pablo:
No es mi intención avergonzaros al escribiros todo esto. Sólo quiero corregiros como a hijos míos muy queridos. Porque maestros en la fe en Cristo Jesús podéis tenerlos a millares, pero padres, no; he sido yo quien os ha engendrado para la fe mediante el mensaje evangélico. Os ruego, pues, que sigáis mi ejemplo, para lo que os he enviado a Timoteo*, hijo mío muy querido y cristiano de fiar.
Él os recordará el estilo de vida que tengo yo como creyente en Cristo Jesús y que voy enseñando por doquier en cada iglesia. Pensando que no iré a visitaros, algunos han comenzado a envalentonarse. Pues bien, si Dios quiere, os haré pronto una visita, y entonces veremos si esos engreídos hacen tanto como dicen. Porque el reino de Dios no es cuestión de palabras, sino de eficacia. ¿Qué preferís: que vaya vara en mano o con espíritu de amor y suavidad? (1 Corintios 4 14-21)
*Según el Nuevo Testamento, este Timoteo fue nombrado supervisor (obispo) de varias iglesias en distintas ocasiones, como vemos aquí que es enviado a la de Corinto. Finalmente será nombrado obispo de Éfeso por San Pablo para supervisar a aquella iglesia y evitar que la herejía les contaminase, y para que organizase la iglesia de esa ciudad mediante el nombramiento de presbíteros y diáconos, con poder por encima de todos ellos (ver la primera epístola a Timoteo). La iglesia de Éfeso no elige a su líder, sino que lo elige San Pablo y lo envía allá, siendo que Timoteo ni siquiera era miembro de aquella iglesia local.
Quienes critican la uniformidad y la autoridad que reinan en la Iglesia Católica como opuestas al carácter plural, autónomo y asambleario de algunas iglesias localistas (especialmente evangélicas y paraprotestantes) tendrán serios problemas para explicar la actitud que San Pablo muestra aquí ante una iglesia local que se encuentra dividida y parece querer seguir su propio camino.
Se puede defender un funcionamiento más asambleario dentro de la Iglesia Católica en consonancia con la mentalidad de los tiempos, pero no se puede defender la autonomía de las iglesias locales como asambleas independientes o la Iglesia como mera comunidad espiritual sin organización humana, porque esos conceptos no forman parte ni de la Tradición ni del Nuevo Testamento.
En el Concilio de Nicea se descalificaron decenas de evangelios
Algunos llegan a dar la cifra de 266 evangelios eliminados y decir que tras el concilio "decenas de miles" de cristianos fueron asesinados por poseer alguna copia de ellos. No sé si las fuentes serán de nuevo la novela del Código Da Vinci pero en el Concilio de Nicea no se trató el tema del canon bíblico. Los actuales libros del Nuevo Testamento eran de facto reconocidos como inspirados por todas las iglesias locales (aunque había alguna epístola y el Apocalipsis que eran reconocidos en la mayoría pero no en todas) por eso se confirmaron de iure como parte del canon bíblico pero no en Nicea, sino ya después de Constantino.
La mayoría de los evangelios no inspirados (que hoy llamamos apócrifos) no solo no fueron destruidos sino que se siguieron leyendo en muchas iglesias aunque no se considerasen libros inspirados, pero sí inspirantes. No fue hasta el Concilio de Trento (s. XVI) cuando se desaconsejó su uso en servicios religiosos.
Decir que se mató a decenas de miles de cristianos por poseer esos libros es desconocer la historia. Los únicos libros declarados heréticos por este concilio fueron los libros arrianos, que no eran evangelios sino escritos doctrinales, y esos sí fueron quemados tras el concilio y, tristemente, el emperador decretó pena capital para quien conservara dichos libros, pero no tenemos constancia de que se produjeran cientos ni miles ni mucho menos decenas de miles de muertes.
En realidad el propio Constantino suavizó sus órdenes solo tres meses después del concilio y acabó incluso simpatizando con los arrianos y atacando a los obispos ortodoxos, o sea, católicos (¿también asesinó a decenas de miles de ellos?). El propio autor, Arrio, fue excomulgado por la Iglesia y exiliado por el emperador, pero no ejecutado, y años más tarde sería readmitido y exiliado, y readmitido según las presiones que recibía el emperador (personalmente empeñado en devolverle su sede), aunque la Iglesia mantuvo siempre su excomunión.
A finales de siglo, año 382, en el Concilio de Roma, el papa Dámaso I declara al final de ese nuevo concilio la lista de los libros que desde entonces serán considerados oficialmente los inspirados. No fue una elección por capricho, sino que allí se debatió qué libros eran los más universalmente aceptados en toda la Iglesia, rechazando aquellos que eran aceptados solo en zonas locales.
Rechazar esta declaración papal, considerada infalible, causaría a los protestantes de cualquier rama un enorme conflicto, pues es en esos libros reconocidos por la Iglesia Católica donde los protestantes afirman que se encuentra la única y absoluta verdad (los protestantes aceptan todo el canon del Nuevo Testamento sancionado en este concilio católico).
El concilio católico sirvió para zanjar la polémica que rodeaba a varios libros. El libro más conflictivo fue el Apocalipsis de San Juan, cuya inclusión encontró cierta oposición en algunas iglesias orientales hasta el siglo IX*, y que el mismo Lutero quiso excluir de la Biblia (junto con la epístola de Santiago) sin conseguirlo.
Si el papa y su concilio hubieran decidido que el Apocalipsis no es un libro inspirado, muchos protestantes se quedarían sin su libro favorito, e incluso algunas iglesias protestantes perderían totalmente su razón de ser, incluidos mormones y testigos de Jehová. El Nuevo Testamento protestante es el que el papa Dámaso I refrendó, y ni siquiera Lutero logró modificar ese canon católico, a pesar de que lo intentó repetidas veces. Está claro que los protestantes también son, a su modo, herederos de la Tradición de la Iglesia Católica.
*Uno de los obispos que se opuso a incluir el Apocalipsis en el canon bíblico fue San Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia, y lo hacían porque advertían de que interpretar este libro era tan difícil que existía el peligro de que en el futuro se hicieran interpretaciones imprevisibles e incluso peligrosas sobre su verdadero mensaje.
Hoy en día podemos comprobar cómo sus temores eran fundados, y muchas comunidades cristianas o para-cristianas basan buena parte de su razón de ser en interpretaciones extrañas e incluso extravagantes del Apocalipsis, como la creencia en el Gran Rapto o en que el mundo está a punto de terminar, por no mencionar la cantidad de anticristos señalados con el dedo en los últimos siglos o la creencia de algunos de que la batalla entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal será una batalla real con ejércitos.
El otro gran mito de que fue aquí, en este concilio de Nicea, donde se declararon falsos los evangelios gnósticos resulta casi absurdo. El gnosticismo fue una herejía más antigua que surgió ya en tiempos del apóstol San Juan. La Iglesia desde los tiempos apostólicos ya consideró herejía al gnosticismo, y por tanto los únicos que consideraban verdaderos los evangelios gnósticos fueron ellos mismos, los gnósticos.
La Iglesia nunca tuvo que declarar que los libros sagrados de los herejes eran heréticos, porque sería una redundancia. Al contrario de lo que algunos dicen, el gnosticismo nunca fue considerado una forma más de cristianismo. Si una simple idea cambiada podía suponer la declaración de herético en Oriente, imagínense el gnosticismo que cambiaba casi todo. La herejía que Nicea quería combatir era el arrianismo, el gnosticismo ya se consideraba un peligro del pasado, aunque no había muerto del todo.