13. ¿Por qué tengo que obedecer

Autor: Christian | Fuente: apologia21.com 

Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com

¿Debo obedecer a Dios y a la Iglesia sólo para no irme al infierno?.

Reflexiones en torno a la obediencia

De todas la virtudes, hoy una de las más incomprendidas es la obediencia. No se sabe qué sentido tiene ni para qué sirve. La mayoría de las personas la ven como un hecho a soportar, una imposición que no es posible evitar: el pez grande se come al pez chico, el más fuerte manda y el más débil obedece, uno es jefe y el otro empleado... porque no les queda otra opción.

Y de la que uno conseguirá liberarse cuando crezca, progrese, tenga más dinero… pueda ¡por fin! hacer lo que le da la gana, sin tener que obedecer a nadie.

Desde esta perspectiva la obediencia supondría –estaría unida a– debilidad, falta de edad, sometimiento, humillación. Es decir, algo que no sólo carece de valor, sino que es un antivalor: cuanto antes uno se libere del yugo de la obediencia, mejor; uno será más uno mismo en la medida que no tenga encima una voluntad ajena que obedecer.

Esta visión llega a extenderse a las relaciones con Dios: tengo que obedecerlo para no irme al infierno... pero lo mejor sería no tener que hacerlo.

La obediencia, ¿una virtud?

Si tener que obedecer es algo no deseable y hasta malo ¿cómo puede ser algo virtuoso?
Una virtud es una perfección de nuestra naturaleza. Si la obediencia fuera una virtud, una persona obediente sería más perfecta que una desobediente. Tendría una personalidad más madura, más desarrollada, más perfecta. Pero, afirmar esto es contradictorio con la visión de la obediencia que describimos en el párrafo anterior. ¿Qué es lo que no funciona?

En una cultura individualista, donde se busca la afirmación de sí mismo sobre todas las cosas, se hace muy difícil entender la obediencia.
Para nuestra cultura la obediencia lejos de ser una virtud –algo valioso, bueno, meritorio–, es algo malo, o al menos deseable que se evite. Es bueno mandar, es malo tener que obedecer. Si hay que hacerlo se hace, ya que así son las reglas.

Se parte de una especie de contrato: cedo en algunas cosas para ganar en otras. Para evitar problemas, tener seguridad... -en el fondo siempre motivos de conveniencia personal- me someto y obedezco leyes, para que las leyes me protejan de los demás, etc.

Pero para un cristiano el punto de referencia es Cristo. Es el modelo a imitar. Y Cristo quiso, El mismo, obedecer.

Dios se hace hombre y quiere someterse a unos padres (María y José) muy santos pero muy inferiores a El; a las leyes religiosas (se circuncida, asiste al Templo…); a las autoridades civiles (nace en Belén por cumplir con un censo, paga impuestos…). Además lo enseña: presenta la obediencia como una virtud fundamental para sus discípulos.

Y los primeros cristianos así lo entendieron, valoraron y vivieron.

Entonces es razonable preguntarse ¿por qué será tan importante la obediencia? ¿Qué sentido tiene?
Necesitamos hacer todo un descubrimiento: la obediencia no somete, armoniza; no empequeñece, lleva a la plenitud; no separa, une… Es parte del camino a la perfección.

Para entender la obediencia... hay que entender la autoridad

Se obedece a alguien constituido en autoridad. Si tengo obligación de obedecer, el otro tiene derecho a que le obedezca y viceversa. ¿Por qué?
Lo que la autoridad no es: no es arbitrariedad, no un privilegio, no un medio para satisfacer los propios caprichos, no supone autoritarismo...

Básicamente es un servicio. El que manda debe ser quien más sirve. Su mando está al servicio de los “mandados”. Corrompería su autoridad quien se sirviera de ella para su propio beneficio.

Tiene sentido que haya una autoridad. Es necesaria. Para que un grupo de personas pueda formar una unidad: funcionar al unísono, como si fueran una sola persona. Orgánicamente: distintos miembros organizados, coordinados. Esto requiere una cabeza que señale la dirección.

Por esto, en todo grupo de personas, en toda sociedad, el bien común exige una autoridad. Esa es su razón de ser: servir a quienes mandan y al todo del que ella misma es parte. No es el “dueño” de los demás, sino su servidor. Cada uno sirve desde su lugar.

Así evita el caos y hace posible la armonía.
Esto no es inmovilismo: a medida que una persona crece, madura, se perfecciona adquiere mayor responsabilidad porque está en condiciones de poder servir mejor.

Sólo quien sabe obedecer, sabe mandar. Sería peligrosísimo que quien no sabe o no quiere obedecer ejerza el mando: fácilmente se convertiría en un tirano. Por otro lado, todos obedecemos.

De aquí que quien manda debe ser el primero en someterse a la ley, a lo pactado, al honor… a Dios. Si quien manda desobedeciera, estaría minando su propia autoridad.

Sólo se debe mandar lo que es bueno para el todo (el bien común) siéndolo también para quien lo ejecuta -aunque a veces le cueste esfuerzo y sacrificio: el bien que trae consigo lo justifica-.

El arte de saber mandar: encontrar el puesto de cada uno: descubrir sus aptitudes y potencialidades, ver donde es más eficaz, saber animar, enseñar coordinar. Conseguir que cada uno dé lo mejor de sí mismo y así se desarrolle.

La autoridad hay que ganársela. Es sobre todo autoridad moral. No bastan los "títulos" (ser padre, profesor, gobernante…). La autoridad moral es una gran ayuda a la obediencia. Si quien tiene que obedecer ve el ejemplo, tiene en gran estima a quien manda, la obediencia se ve muy facilitada.

No hay que abusar de la autoridad: usarla para propio beneficio o arbitrariamente haría perderla. El que manda está sujeto a la virtud de la justicia: “dar a cada uno lo que le corresponde”: reparte tareas, cargas y beneficios equitativamente. Si no lo hiciera así, sería injusto.

¿Qué sentido tiene obedecer?

No es la mera ejecución de la voluntad de otro. La materialidad de hacer lo que me dicen no es virtuoso en sí mismo: si lo mandado fuera algo bueno podría hacerlo por miedo, falta de personalidad, con odio, etc. Si fuera malo, haría una acción mala. Un perro puede hacer lo que le ordena su amo para recibir como premio un hueso o evitar un golpe, sin embargo no puede obedecer porque no es libre.

Sin libertad no hay obediencia. Sin adhesión interna no hay obediencia como acto virtuoso. La obediencia como acto virtuoso supone la unión de voluntades, el actuar libre y responsablemente.

La obediencia no es sometimiento del más débil al más fuerte. No es una imposición del poder. No es tampoco una mera cuestión funcional (aunque también lo es).

Miembros de un cuerpo social

La obediencia procede de la naturaleza social del hombre: no es un ser aislado, se relaciona e interactúa con los otros, formando «cuerpos» sociales, organizados que requieren organización y estructura.

Todo lo jerárquico supone la obediencia. Es lo que hace orgánico.

Y cuánto más dependa de la obediencia más importante será obedecer. En un ejército, donde la vida de muchos compañeros depende de que cada uno cumpla su parte, la obediencia es mucho más férrea que en un equipo de fútbol, donde sólo están en juego tres puntos de un campeonato.

El hecho de ser sociales y relacionarnos con otras personas crea y exige vínculos: son lo que nos unen a los demás: necesitamos vínculos: desde los afectivos hasta los laborales. Ahora bien, esos vínculos que de alguna manera nos atan, ¿nos limitan? No, en realidad ¡nos realizan!

De la misma manera que en el cuerpo humano los ligamentos, tendones, músculos… no limitan los movimientos del brazo sino que lo posibilitan.

El trabajo en equipo requiere coordinación. La organización supone jerarquía. Sin obediencia todo es desorden. Se necesita una estructura, de otro modo todas las piezas están sueltas. Vale para todo, desde empresas hasta equipos de fútbol, desde familia hasta países.

La coordinación de esfuerzos aumenta la eficacia. Se ve hasta en las «cinchadas»: cuando todos tiran al unísono son capaces de “arrastrar” al otro equipo. Hace posible funcionar en equipo, donde todos son importantes: la resistencia de una cadena se mide por el eslabón más débil. Aún en la maquinaria más sofisticada un tornillo es importante: si se desajusta...

Camino de crecimiento personal

Durante los períodos de formación una persona necesita aprender de otro. El aprendizaje se basa en hacer lo que me dicen. Haciendo lo que me dicen me entreno, me ejercito. La enseñanza “funciona” según este principio. De manera que aprendo obedeciendo.

Además adquiero disciplina interna: estando sujeto a otro voy consiguiendo dominio de mí mismo. Difícilmente una persona consiga una voluntad fuerte si no aprende a obedecer. Sujetándome a la voluntad de quien tiene autoridad sobre mí, consigo tenerla sobre mí mismo. Quien no quiere obedecer posiblemente sea muy caprichoso.

¿Y cuando no me gusta lo que me piden? ¿Cuando no tengo ganas?

Si una persona sólo está dispuesta a obedecer si comparte la orden... no tiene la virtud de la obediencia, que supone mirar al conjunto antes que a nosotros, saber funcionar en equipo, ser responsables de la parte que nos toca en bien de todos.

No hace falta entender lo que me piden para obedecer “inteligentemente”. Basta que quien lo mande tenga autoridad y que no sea malo lo mandado. Aunque no lo comparta del todo. Me doy cuenta de que quien está a la cabeza tiene más datos, ve todo el conjunto, sabe a dónde dirige el todo, coordina distintos esfuerzos, etc. La mayor parte de las cosas pertenecen al ámbito de la libre opinión, y quien tiene que decidir elige una opción entre las distintas posibles.

Aún cuando no entienda, si obedezco es meritorio: me venzo por el todo. Y esto no es indigno del hombre; al revés: obedeciendo, me someto, porque entiendo que es necesario para el funcionamiento de la sociedad, aunque en este caso concreto no me guste, sé que lo que se me pide no es malo y que obedecer es un bien.

Y si sucediera que se me pide algo ilícito, obviamente no debo hacerlo. Tengo derecho a obrar de acuerdo a mi conciencia y a no ir contra ella. Es lo que se llama el derecho a la objeción de conciencia.

Mejora en las virtudes

El ejercicio de la obediencia requiere otras virtudes, a las que al mismo tiempo potencia: humildad, generosidad, servicialidad, sentido de justicia, responsabilidad. Los principales obstáculos para la obediencia son la envidia, la soberbia y el egoísmo. Por lo mismo, la obediencia es uno de los mejores atajos para vencer la soberbia y crecer en humildad. Y un termómetro para ver cómo andamos en estas virtudes.

Desde la dependencia a la independencia para llegar a la interdependencia

En un primer momento el proceso de maduración personal supone ser cada vez más independiente: ser capaz de funcionar con autonomía, por uno mismo. Ahora bien, no acaba ahí. Una persona sola, actuando independientemente consigue muy poco y su obra no tendrá continuidad. La independencia personal no puede ser el objetivo final de nadie razonable. Cuanto más independiente, más limitado, más incapacitado de hacer cosas grandes.... Comparemos un tren con una bicicleta.

La bici tiene sus “ventajas”: me permite ir por donde quiero, parar cuando me canso, tirarme a tomar sol a mitad de camino... Pero el tren no representa una limitación, aunque me limite el movimiento -no puedo salirme de las vías-, necesite que haya quien esté en una boletería, quien repare las vías, exija horarios muy estrictos, etc. ¡Me permite ser mucho más eficaz que una bicicleta! ¡Puede transportar a miles de personas!

Formar parte de un todo -el cuerpo social- que valora y respeta a las partes: cada uno no es un mero engranaje de un mecanismo, sino que tiene su dignidad y autonomía personal.

Se podría decir que el itinerario de maduración tiene dos etapas: de la dependencia a la independencia, de la independencia a la interdependencia. La independencia no es un fin en sí mismo. Y la autosuficiencia es mala: aísla, separa. Pero es necesario alcanzar la independencia para seguir creciendo. Crear lazos, unirse a otros, tener proyectos comunes.

La apertura a los demás enriquece enormemente. Entonces, siendo independientes, somos también interdependientes: hay entre nosotros una mutua relación de colaboración.

De alguna manera todos dependemos de todos.

¿Y Dios que tiene que ver con la obediencia?

Creó un mundo en estado de desarrollo hacia la perfección y lo dirige hacia ella con su Providencia (plan de Dios para gobernar el universo). Los seres no inteligentes se dirigen a ella necesariamente: hacen lo que Dios quiere -lo que los lleva a su plenitud- de modo "automático", porque no son libres, no pueden obedecer. Lo suyo no es meritorio.

Dios quiso que el hombre se adhiriera libremente a su plan y tomara parte de él. Y esto, por amor al hombre: para engrandecerlo haciéndolo partícipe de semejante tarea.

El pecado original que perturbó el orden creado, fue precisamente un pecado de desobediencia.
Dios se hizo hombre para redimir al hombre y lo salvó a través de la obediencia.

Y nos pide obediencia: ¡por nuestro bien! Tonto sería pensar que Dios “necesita” que lo obedezcamos. Dios no quiere "robots", quiere hijos que le hagan caso por amor. Su voluntad nos guía a la plenitud. Lo importante no es “cumplir” meramente, sino amar a través del cumplimiento de su voluntad.

Además cuando obedecemos a hombres establecidos en autoridad en sociedades humanas (a todo nivel: Estado, familia, club...) o en la Iglesia (Papa, Obispos) -cuando ejercen esa autoridad dentro del ámbito que le es propio-, estamos obedeciendo a Dios. No porque Dios determine el mandato concreto (decir “esto es la voluntad de Dios” de un modo absoluto en cosas intramundanas -no reveladas-, sería caer en un fundamentalismo inaceptable), sino por el origen divino de toda autoridad.

Al hacer al hombre social, Dios quiso que hubiera una autoridad. Esto porque la sociedad, por definición, exige tener una autoridad (no es posible que exista una sociedad sin autoridad). Es un silogismo elemental: la sociedad exige autoridad, Dios quiso la sociedad, por tanto, Dios quiso la autoridad.

Entonces es voluntad de Dios que obedezcamos a esa autoridad que necesariamente debe haber. Esto no implica que cada mandato recibido sea una voluntad de Dios explícita. Dios quiere que obedezcamos. Y punto. A quien manda le pedirá muchísima cuenta –para qué y cómo usó de su autoridad–, ya que el único fundamento de la misma es la voluntad de Dios. Y quien lo obedece lo hace, queriendo obedecer a su Creador.

¿Y si quien manda, manda mal?

El planteo que venimos haciendo no supone convertir a quien obedece en un robot que cumple órdenes, ni la sujeción absoluta en un ideal de vida. La obediencia no suprime la libertad. Podemos obedecer porque somos libres, como ya hemos dicho. Pero sobre todo porque los ámbitos de autonomía son enormes, ya que abarcan la mayor parte de la vida.

De aquí, que quien manda arbitrariamente sea un tirano (sea presidente de un país, padre de una familia, directivo de una empresa o párroco en una parroquia) que va perdiendo su autoridad. Esto hasta el punto de que en determinados casos sea obligatorio desobedecer: cuando se manda algo moralmente malo. Allí no hay legítima autoridad y, por lo mismo no se debe obediencia. Si la autoridad sale del ámbito que le da sentido, pierde su razón de ser.

Las persona erigidas en autoridad tienen que respetar los amplios márgenes de legítima autonomía de las personas a su cargo como condición de legitimidad de su misma autoridad.

Obediencia y ámbitos de autonomía

Ser padres no significa ser "dueños" de los hijos. Antes de hijos suyos, son hijos de Dios. Tienen además una dignidad personal. La consecuencia es inmediata: la autoridad paterna está en función de la formación de los hijos: de su bien (no del bienestar, gusto o capricho de sus padres). No se extiende a todo.

Es interesante citar el Catecismo de la Iglesia Católica: «Mientras vive en el domicilio de sus padres [por tanto no señala límite de edad], el hijo debe obedecer a todo lo que estos dispongan para su bien o el de la familia [es decir, tiene un ámbito muy concreto]. "Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor" (Col 3,20; cf Ef 6,1).

Los hijos deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el hijo está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla» (n. 2217).

La dependencia de los hijos respecto a sus padres es algo elástico, que va desde la dependencia total en los primeros años (cuando los padres deciden qué comen, cómo se visten, dónde van... todo) hasta la independencia total cuando se van a vivir por su cuenta. Es un proceso… a veces un poco traumático (los mayores no olvidemos nuestras rebeldías adolescentes). Es natural que sea así.

Los hijos necesitan límites y también –progresivamente a medida que crecen– mayor autonomía: es un equilibrio a conseguir. Y requiere guiarse por la cabeza.

Dos actitudes extremas ante la autoridad

Obediencia y sumisión

Cuando subrayamos los valores de la obediencia no estamos proponiendo como ideal un tipo de persona sumisa y sometida. Hay quienes por cobardía, o por falta de personalidad, por comodidad, para evitar complicaciones, lo aceptan todo, no discuten nada, se someten a todo. Prefieren hacer algo que no les gusta, o incluso está mal o los ofende, antes que pasar un mal rato. Esto no es virtuoso, ni es obediencia.

Obviamente cumplir un mandato malo no es un acto de obediencia, ya que en este caso la virtud exige resistirse a ese mandato.

La obediencia debe ser inteligente y voluntaria. Enriquecedora. Es un servicio al bien.

Requiere madurar e involucrarse personalmente al hacer las cosas, sin huir de los problemas.

Obediencia y rebeldías

En el ámbito de la obediencia es natural que, a veces, sintamos rebeldías al recibir un mandato. Las causas pueden ser múltiples. Algunas son defectos nuestros: soberbia –nos revienta que nos manden–, egoísmo –nos cambian planes que no estamos dispuestos a ceder–, pereza –no tener ganas–, etc.

Otras son debidas a defectos de quien manda: tono en que exige, circunstancias en las que nos lo dice, falta de consideración de nuestras cosas... O también el mandato en sí mismo que puede no ser del todo razonable y, por tanto irritarnos.

En esas circunstancias el asunto será aprender a manejar las rebeldías con la cabeza.

Las rebeldías en sí mismas no son algo bueno ni malo. Expresan nuestra inadaptación a algunas cosas del mundo exterior. Es bueno sentir rebeldía ante lo que no es bueno. Presenciar una injusticia, por ejemplo, debería producir indignación en cualquier persona.

En este sentido las rebeldías son factor de progreso social: no acepto una serie de cosas de una sociedad y quiero mejorarlas.

La rebeldía es una reacción pasional y por tanto no racional. Esto por definición. Entonces una persona cuerda analizará primero la razonabilidad de la misma. Y después, la manejará según sea el caso (la seguirá racionalmente o la rechazará por su falta de lógica).

Como reacción anímica -y, por tanto, no racional- ante lo que incomoda es posible -y con frecuencia ocurre- que se sienta rebeldía contra cosas buenas, que en algún aspecto me molestan. Entonces se con claridad que las rebeldías deben ser tamizadas por la inteligencia, encargada de discernir la razonabilidad de las cosas.

En el caso de las rebeldías “irracionales” la voluntad deberá encarrilarlas por caminos razonables.

La rebeldía sistemática y por principio ante todo y todos, es una manifestación de infantilismo y de poca inteligencia.

Hay ámbitos en los cuales la dependencia y el deber –por ejemplo, un empleado en una empresa– hacen que una persona tenga que "tragarse" su rebeldía: no puede exteriorizarla sin perjuicio propio. Quienes no tienen este mínimo autocontrol sufren las consecuencias de su mal carácter perdiendo trabajos, sufriendo multas, aplazos, etc.

Hay otros ámbitos en los que estos "filtros" no existen y es más necesario que actúe la virtud. Uno de ellos es la familia, donde la confianza mutua facilita que uno se manifieste “tal cómo es”... y a veces, tan bruto como realmente es.

Habrá que aprender a decir la cosas razonablemente y de buena manera. A charlar, cambiar impresiones. A «negociar» permiso, encargos… Esto requiere un plus de amabilidad y de autodominio.

Pero sería absurdo que en nombre de la confianza que engendra el cariño… los miembros de una familia se trataran como si no se quisieran…

Conclusión

La obediencia es una virtud necesaria y positiva. Engrandece a quien la tiene.
No todo mandato entra dentro de los ámbitos de la obediencia. Sólo en la medida que se ajuste al sentido y objetivo de la autoridad, que es el servicio.

Hay que aprender a obedecer y a mandar. A lo segundo se aprende a través de lo primero.

12. ¿Qué hace la Iglesia con dinero?

Autor: Jorge Enrique Mújica, L.C. | Fuente: Catholic.net   

Es fácil escuchar acusaciones sin fundamento sobre lo que la Iglesia Católica lucra en dinero.

Es fácil escuchar o leer acusaciones sin fundamento sobre que la Iglesia católica lucra con el dinero.

Es, por tanto, necesario dar respuesta a estas tres preguntas:¿a dónde va a parar el destino del dinero que los fieles aportan?, ¿qué hace la Iglesia por los necesitados? y ¿qué diferencia a la Iglesia de una ONG?

En agosto de 2007, la revista The Economist exigió abiertamente, en una de sus editoriales semanales, que la Iglesia “renuncie a su estatus diplomático especial y se defina como lo realmente es: la Organización No Gubernamental (ONG) más grande del mundo”.

A decir verdad, aunque orientado hacia otros matices, parte del reclamo de esa revista de conocida orientación anti-católica, parece ser una opinión más o menos generalizada, incluso entre algunos de los miembros de la Iglesia misma.

Es fácil escuchar o leer acusaciones sin fundamento sobre que la Iglesia católica lucra con el dinero. En consecuencia nacen espontáneas interrogantes sobre el destino de las aportaciones que los creyentes hacen. Es, por tanto, necesario dar respuesta a estas tres preguntas:¿a dónde va a parar el destino del dinero que los fieles aportan?, ¿qué hace la Iglesia por los necesitados? y ¿qué diferencia a la Iglesia de una ONG?

La Iglesia católica destina parte de sus recursos económicos principalmente a cinco áreas: 1) sostener al clero y a sus ministros, 2) al ejercicio de su apostolado en diversas formas y en distintos ámbitos de la vida pública, 3) mantener el culto y las actividades religiosas (se incluye la conservación de los templos y obras que la Iglesia administra así como el sueldo de los laicos contratados para ayudar en ello) y 4) a acciones pastorales, caritativas, formativas y de promoción social. Centrémonos en este último punto pues suele ser el más olvidado.

La acción del Papa y de la Iglesia

Posiblemente la mayor tragedia de los pobres, marginados, enfermos, desvalidos, ancianos, etc., es la de no poder hacer escuchar su voz ante quienes pueden ayudar a paliar o cambiar su situación. En este sentido, el Papa presta uno de los servicios más nobles e importantes al ser la voz de los que no la tienen.

Precisamente por ello, constantemente en audiencias, discursos, mensajes y cartas a líderes políticos y económicos, tanto Benedicto XVI como muchos de sus antecesores, han abordado de frente el tema de la pobreza promoviendo y potenciando proyectos que ayuden a quienes la padecen, incluso y sobre todo en foros gubernamentales.

Alzar la voz por quienes no la tienen y perseverar en ese servicio, posee ya un gran mérito. Pero no es lo único que hace el Papa. También está su ayuda monetaria real a nombre de la Iglesia universal.

La Santa Sede ha institucionalizado su ayuda caritativa. Desde 1971 tiene el Pontificio Consejo Cor Unum, un organismo creado por Pablo VI para expresar la solicitud de la Iglesia católica hacia los necesitados para que se favorezca la fraternidad humana.

Uno de los objetivos de este dicasterio romano es el de ser el instrumento ejecutivo del Papa cuando él desea emprender iniciativas humanitarias en caso de calamidad o en el campo de la promoción humana (y ahí están como ejemplos los donativos de más de 100 mil dólares para los afectados por el terremoto de agosto de 2007 en Perú y para las víctimas del reciente conflicto bélico en Georgia).

Es Cor Unu la encargada de seguir, coordinar y acompañar la actividad de Caritas Internacional (www.caritas.org), la confederación de más de 160 organismos caritativos esparcidos por el mundo. Entre 2005 y 2007, Cor Unum-Caritas han donado más de 15 millones de dólares en obras de caridad. Pero no es todo.

Juan Pablo II creó en 1984 la Fundación Juan Pablo II para el Sahel (fundación que lucha contra la sequía y la desertización y ayuda a los afectados) y la Fundación Popolorum Progressio al servicio de la población indígena, mestiza, afroamericana y de los campesinos pobres de América Latina y del Caribe. Ambas están vinculadas a Cor Unum.

La acción de católicos comprometidos y otros organismos de la Iglesia en el mundo

Pero la acción de la Iglesia católica es mucho más amplia y diversa. Conferencias episcopales, diócesis, órdenes y congregaciones religiosas, movimientos eclesiales, asociaciones de fieles y laicos comprometidos, han echado a andar diferentes iniciativas de promoción y ayuda a los más necesitados.

Los Caballero de Colón (http://www.kofc.org/un/index.cfm) son una de esas asociaciones. En la 125° Convención Anual de la organización laical católica más grande del mundo, el caballero supremo declaró en su informe que en 2007 habían hecho donativos para obras de caridad en todo el mundo por un concepto de 143 millones de dólares. Sin embargo, lo más importante para ellos son las 68.200.000 horas de voluntariado y la filiación de 1,7 millones de miembros varones.

Manos Unidas (www.manosunidas.org) es otra de las organizaciones estrechamente vinculadas a la Iglesia Católica que se preocupa por las personas que padecen hambre. Nació en 1960 con el nombre de “Campaña contra el hambre”, aunque en 1978 adoptó el actual. Su fin principal es la financiación de proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo. Obtiene los recursos de donativos y subvenciones. En 2007 destinó más de 30 millones de euros a iniciativas contra el hambre, especialmente en África.

La asociación Ayuda a la Iglesia Necesitada (www.ain-es.org) es otro de los organismos que más contribuyen a nombre de la Iglesia. Tan solo en 2007 destinaron casi 165 millones de euros para iniciativas en 136 países, algunos de ellos de mayoría musulmana como Pakistán, Irán e Iraq.

Otra organización que cada vez se está posicionando como un referente de la caridad cristiana para los más necesitados es la Fundación Altius (www.altius.org). Altius ha desarrollado especialmente numerosas obras educativas a favor de personas de escasos recursos (www.centrosmanoamiga.org) así como otros programas como los CIDECO (pequeñas “ciudades” para los afectados por catástrofes naturales), centro de salud y atención médica, etc. Actualmente Altius opera en más de 15 países.

No son las únicas obras, es verdad, pero sí dejan ver un poco de la gran magnitud del trabajo que realizan. Tampoco es el único campo pues también están el educativo (guarderías, escuelas, universidades, centros de postgrado, escuelas de educación especial y de readaptación social), el sanitario (hospitales, centros de salud, ambulatorios, dispensarios médicos), el asistencial (orfanatos, asilos de ancianos, centro para atención de discapacitados, a madres solteras, para niños down, centros de consultoría familiar, juvenil, de atención a la mujer, etc.) y espiritual (pastoral penitenciaria en las cárceles, pastoral de la familia, de la juventud y de la niñez, etc.).

Es un hecho: ninguna otra institución en el mundo lleva adelante una actividad social, de ayuda humanitaria y asistencia como la Iglesia católica. Los lugares más recónditos son atendidos por religiosos o laicos católicos y esto es posible gracias a la generosidad de quienes dan su sí a Cristo como de aquellos que les ayudan con bienes materiales.

Muchas entidades han nacido y funcionan por su raíz católica y su perseverancia en la fidelidad a esos principios que les dieron origen. La Iglesia no es una ONG porque, más allá de sus acciones, es ante todo la “conciencia moral del mundo”. La mayor aportación de la Iglesia no son únicamente sus obras sino también sus palabras y su perseverancia en la defensa de ellas: de la ley natural, de la ética, etc. La Iglesia no es una ONG porque no es fruto del voluntarismo ni es una iniciativa humana.

Como dijo Benedicto XVI en su visita a Austria, “ el cristianismo es algo más que un sistema moral, es el regalo de una amistad que incluye una gran fuerza moral que tanto necesita hacer frente a los desafíos de nuestra época”. Esa amistad de la que habla el Papa, es con Cristo. Una amistad que se hace viva en las demás personas y que precisa de la oración para ser más fecunda. Con razón decía la madre Teresa: “sin oración, la atención a los desheredados quizá se pueda aguantar unos días, unas semanas, pero no de forma permanente entregando la propia vida”.

Cuentas claras: último balance económico de la Santa Sede

El pasado mes de julio de 2008, el arzobispo Velasio De Paolis, C.S., presidente de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, hizo público el balance económico de la Santa Sede correspondiente al año 2007. Es el balance más actual. En ese informe se refleja un déficit (número rojos) de 9 millones de euros, es decir, algo más de 14 millones de dólares. Durante el año 2007 la Santa Sede tuvo entradas por 236.737. 207 euros y salidas por 245.805.167 euros.

El balance depende de las entradas directas de donativos de diócesis, congregaciones religiosas y fieles de todo el mundo. Sus servicios sólo generan gastos. En la curia romana, por ejemplo, trabajan en total 2.748 personas (44 más que en 2006). Hay 929 jubilados.

Aunque no es el único, uno de los motivos del déficit se debe a la pérdida del valor del dólar estadounidense pues buenas parte de las entradas de dinero que recibe son en esa moneda.

Es ejemplar que, año con año, la Santa Sede haga público su balance económico de manera que cualquier persona o investigador pueda saber de dónde vinieron sus entradas de dinero y a qué fueron destinadas.

11. El mito de las Riquezas de la Iglesia

Autor: P. Eduardo M. Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com 

Con monótona repetición se oye hablar de las riquezas del Vaticano, como si esos supuestos tesoros -de los que nadie dice en qué consisten- le quitaran confiabilidad a la Iglesia.

Los tesoros vaticanos… ¿Por qué la Iglesia tiene tantos tesoros en el Vaticano mientras hay tantos pobres en el mundo?

Esta sencilla frase hace sufrir a muchos católicos. Se sienten mal al escucharla y no saben qué pensar, contestar, explicar… ellos mismos se quedan un poco confundidos.

Analicemos un poco el asunto.

Lo primero es acotar el problema, cosa no fácil. ¿Qué es lo que se quiere decir con esa frase?

1. El cuestionamiento

Con el asunto de las riquezas de la Iglesia, no es claro qué es lo que se cuestiona o critica. Lo primero que se observa al analizar la cuestión es la falta de datos y acusaciones concretas.

Estamos frente a un cuestionamiento difuso, nada claro, sin datos. Porque nunca es claro a qué riquezas se refiere, qué es lo malo de esas riquezas hipotéticas, quiénes son los culpables (porque los pobres también son parte de la Iglesia), y exactamente cuál es la culpa, qué es lo que se espera que la Iglesia debería hacer, etc.

A simple vista lo primero que se intuye es que se trataría de una acusación a la Iglesia de insensibilidad ante el problema de la pobreza:

¿cómo es posible que la Iglesia viva con tantas riquezas cuando hay tantos pobres en el mundo?

Esta acusación se presentaría como hecho que desacreditaría a la Iglesia en cuanto tal: es decir, una institución que vive semejante hipocresía (decir que ama a los pobres, mientras está llena de riquezas que no pone al servicio de los mismo) no sería digna de ser tomada, en cuenta ni creída, ni aceptada.

Esta sería una de las mayores vergüenzas de la Iglesia, ante la cual no habría defensa ni explicación posible. 

2. Lo real ¿De qué riquezas estamos hablando?

Seamos serios, que alguien aporte datos. Si se da por supuesto que en el Vaticano hay grandes tesoros que se diga ¿qué tipo de tesoros? ¿Joyas, cuentas bancarias…? ¿Dónde están? ¿Cuánto es su valor? Pero uno comienza a preguntarse, ¿acaso alguien considera a la Iglesia como una institución millonaria? ¿Quién pensaría encontrar obispos en las revistas con listas de millonarios tipo Fortune? ¿Tiene la Iglesia fines de lucro? ¿Da dividendos…? ¿Cotiza en bolsa?

La acusación, de entrada, sugiere cosas falsas: la vida lujosa del Papa, obispos, curas, monjas, etc., que serían quienes usufructuarían de esos tesoros. Afán de lucro escondido bajo la excusa de la religión… Además estimula imaginaciones frondosas: al hablar de "tesoros" uno imagina cuartos llenos de lingotes de oro, cofres llenos de joyas, películas de piratas…

Pero en la realidad, ¿a qué "riquezas" se refieren?

Basta que mires las pertenencias de la Iglesia que están a tu alcance -tu parroquia, tu catedral…- para no encontrar cosas lujosas por ningún lado.

Los "tesoros" -como los llaman- son un tesoro cultural, espiritual, histórico, pues se trata de iglesias, imágenes, cuadros, frescos, cálices, ornamentos, … Esos "tesoros" no tiene ningún valor comercial, ni financiero.

Están dedicados al culto divino en iglesias o expuestos en Museos que conservan el patrimonio cultural de dos mil años de cristianismo. 

3. ¿Una solución al problema de la pobreza?

Desde el punto de vista económico…y si rematamos todo ¿qué pasa?

Antes de entrar en el problema de fondo y demostrar que estamos frente a un debate artificial y sin sentido… detengámonos a considerar el tema desde el mero punto de vista utilitario: lo inútil de una supuesta venta del Vaticano.

Porque el anónimo acusador insinúa que la Iglesia debería deshacerse de todo… para el bien de los pobres… y de los millonarios que participarían del remate… Bueno, hagamos números.

¿Cuánto representa en plata todo lo contenido en el Vaticano? No tengo ni idea… pero digamos ¿cien millones de dólares? ¿Mil? ¿Diez mil?… ¿Qué es eso para el problema del hambre o del subdesarrollo? ¿Alguien de buena fe puede pensar que sería una solución real para los problemas de los pobres? Si se vendiera todo… ¿a cuántos ayudaría durante un día? ¿Serviría para algo? ¿No sería más bien un empobrecimiento inútil de la Iglesia… (lo que en realidad estarían deseando los acusadores… aunque se contentan con sembrar desprestigio con argumentos sentimentales y vacíos de valor racional)?

En realidad, desde el punto de vista económico, el sólo hecho de plantear el problema de las riquezas del Vaticano es algo prehistórico, ya que hoy en día la riqueza no está dada por la propiedad de algunos terrenos o piezas de museo sino por marcas (¿cuánto valen los logos de Mc Donald, Shell, Coca o Telefonica?), acciones en Bolsa, etc. Y de este género de riqueza -la que es real riqueza hoy- la Iglesia no tiene nada (ni siquiera tiene la Biblia patentada…).

Cualquier Estado del mundo con un pequeño porcentaje de su presupuesto anual podría posiblemente aportar mucho más que la venta total de todo el Vaticano, territorio incluido.

Además, el problema de la pobreza no se arregla con una donación: es un problema de desarrollo y requiere un flujo permanente de recursos. Por ejemplo, ¿de qué serviría la donación de un hospital a un país que no contara con recursos para mantenerlo, pagar sueldos, comprar medicinas…? Hacer funcionar un hospital en no mucho tiempo es más caro que el hospital mismo… La deuda externa argentina ha llegado a los 250 mil millones… Si se tratara de vender todo lo que existe en Argentina para pagarla… no alcanzaría… Esto muestra que nadie puede seriamente proponer que vendiendo cuatro imágenes, tres iglesias y unos cuadros… se podría arreglar algún problema de pobreza.

Es como proponer que le vendamos a los ingleses las Malvinas a cambio de una disminución de la deuda externa… No creo que los mexicanos sientan mucha felicidad cuando piensan que vendieron Texas a los Estado Unidos… Desprenderse de la tierra que contiene la propia historia y valores artísticos y culturales… no es un gran negocio para nadie. La pérdida del patrimonio cultural conduce a la pérdida de la propia identidad.

4. El patrimonio de los pobres … 

Además, contrariamente a lo que la acusación sugiere, las supuestas riquezas de la Iglesia son patrimonio de los pobres, que lo sienten como suyo, porque realmente lo son.
Un botón de muestra. Cuando Juan Pablo II hizo su primer viaje a Brasil, después de una ceremonia salió del protocolo, se metió en medio de una favela y visitó una familia. Conmovido, les dejó de regalo su anillo de Papa.

¿Vos pensás que fueron lo suficientemente idiotas como para venderlo por su peso en oro y comprarse unas cocas…? Es su tesoro, lo conservan en la capillita de la favela. Los pobres son pobres, pero no tontos…

¿Y qué pobre argentino no se siente orgulloso de la basílica de Luján? ¿Acaso preferiría vendérsela a los musulmanes para que la transformen en una mezquita y que el fruto de la venta se reparta entre los pobres argentinos a los que tocaría quizá menos de un peso a cada uno… para comprarse un "choripán"? ¿Pensás que sería un buen negocio para los pobres?

Nunca he escuchado a un pobre quejarse de supuesta riqueza de su parroquia o capilla… en cambio los he visto trabajar y sacrificarse duramente para mejorarla. Son los que con más orgullo muestran sus "tesoros".

Además, la experiencia también enseña… En los ´60 y ´70 hubo algunos sacerdotes que, quizá víctimas de esta acusación, vendieron imágenes, cálices, custodias… ¿Qué pasó con el fruto de su venta? Lo único claro es que no existe más… ¿Alguien puede pensar que esos cálices están mejor en vitrinas de las casas de los ricos que en un altar de cualquier iglesia? 

5. ¿Por qué la Iglesia tiene bienes?

Yendo al fondo de la cuestión. ¿Cuál es el problema de los supuestos tesoros vaticanos? ¿Es malo que la Iglesia tenga bienes? ¿Qué conserve obras de arte? ¿De dónde los saca? ¿A quién perjudica el tenerlos? ¿Es acaso contrario a la enseñanza de Cristo?

En realidad no existe ningún problema. Basta recordar el elogio de Jesús a María por haber derramado un perfume carísimo sobre sus pies y a la viuda que puso todo lo que tenía como limosna al templo. Es más, es lógico que necesite bienes materiales. Como no está compuesta sólo por ángeles, para enseñar a la gente el camino al cielo necesita edificios, bibliotecas, computadoras, autos… Para dar culto a Dios necesita templos, altares… Para ayudar a la piedad necesita imágenes, libros…

Para enseñar a las gentes necesita escuelas, universidades… No parece que en estos dos mil años la Iglesia se haya dedicado a acumular dinero: esos "tesoros" acumulados en dos mil años de donaciones… son objetos de culto, etc. Normalmente quienes han cuidado de esos bienes han sido personas que vivieron voluntariamente la pobreza, que dejaron todo por seguir a Cristo, que no han tenido nada de patrimonio personal.
¿Qué bienes tiene la Iglesia? Los que juzga necesarios para el cumplimiento de su misión, que es de orden exclusivamente espiritual.

Si lees la Sagrada Escritura descubrirás que la magnificencia del culto divino es un mandato que la Iglesia ha recibido de Dios. Tratando de dar a Dios cosas buenas… está siendo fiel a lo que su Señor le ha pedido. La tan vapuleada riqueza está compuesta por cosas que no se guardan con avaricia, sino que se usan en el ejercicio de la misión de la Iglesia. Por ejemplo, anualmente por la basílica de San Pedro pasan cuatro millones de peregrinos…, se celebran veinte mil misas, hay ochenta ceremonias solemnes… de las que unas treinta son presididas por el Santo Padre… O sea que tiene un uso bastante más intenso que la cancha de River… ¿Te parecería razonable vender la Pietá de Miguel Angel y poner en su reemplazo una copia plástico inflable para que la gente le rece?

Por otro lado los cuida, los usa y les saca el jugo bastante bien. La Basílica de San Pedro tiene 500 años… lo que mostraría que está bastante amortizado… que fue una idea genial hacerla con buenos materiales… que la hacen tan barata a largo plazo…

Por otro lado, la acusación parece sugerir una conexión entre las "riquezas" y la pobreza de los pobres. Pero, no hay relación alguna entre la belleza de la Basílica de San Pedro y la pobreza de una villa de Buenos Aires… Creo que es suficientemente claro que la primera no es la causa de la segunda. Por tanto no veo porqué conectar ambas cosas. Carece de sentido hacerlo. El problema es inventado, no es real.

Si se fuera coherente con el planteo, ¿porqué no poner también en tela de juicio al Islam y las mezquitas; el judaísmo y las sinagogas… y hasta el edificio del congreso, la casa rosada, todos los museos, los Mc Donalds, shopping centers, el parque de la costa, los boliches… en fin, con todo lo que no sea un rancho miserable?… Y comenzando por tu propia casa: ¿cómo podés vivir ahí mientras haya gente que se muere de hambre? Este cuestionamiento carece de sentido. ¿Porqué podría estar mal que la Iglesia tenga templos lindos? ¿Qué aportaría a la bondad de la Iglesia la fealdad y la pobretería? 

6. ¿Es necesaria la belleza? ¿la historia?

Como los "tesoros" de los que se habla son básicamente artísticos y forman parte del patrimonio histórico de la Iglesia, parece necesario plantearse si la belleza es buena o mala, si tiene alguna función en la vida humana.
Definitivamente, la belleza mueve al espíritu. Eleva del materialismo… Hace un gran bien al alma. Rezar frente a una imagen linda inspira, eleva el alma. Como criaturas espirituales, el arte es una de las manifestaciones más altas del espíritu humano. Nos eleva y dignifica.
La historia es parte de nuestro ser: a través de la obra de quienes no precedieron -su arte, trabajo, etc.- entramos de alguna manera en comunión con ellos.

Necesitamos permanecer unidos a nuestras raíces, a nuestros antepasados en la fe… y el cuidado de lo que nos legaron cumple una misión muy importante al respecto.
Los museos vaticanos muestran que la Iglesia siempre ha fomentado la cultura y todas las manifestaciones del espíritu humano, llegando a ser en ciertos casos la mejor protectora del arte, la ciencia y la cultura. La historia humana le debe mucho al respecto, ya que ha protegido el patrimonio cultural de las ochenta generaciones que nos separan de la época de Cristo. 

7. ¿Y en cuanto a la legitimidad de esas propiedades…?

Parece al menos curiosa la pretensión de disponer de bienes ajenos. Es decir, ¿quién es el que critica y ataca para decidir qué debería hacer la Iglesia con sus bienes (bienes que evidentemente no pertenecen al acusador)? Porque en el fondo, los bienes que causan tanto escándalo son una propiedad legítima de una institución con dos mil años de historia. No han sido robados ni saqueados, como por otro lado sí lo han sido muchos de los tesoros históricos, artísticos y culturales de los más grandes museos del Mundo como el Louvre, el Británico… (Cualquier duda preguntá a los franceses por los "regalitos" que Napoleón les llevó de Egipto o los "recuerdos" que los ingleses se llevaron del Partenón…).

En este caso, han sido fruto de donaciones explícitamente hecha para ese fin: gente que ha donado sus propios bienes para que fueran usados para el culto divino, la educación, la formación del pueblo fiel, el Santo Padre, etc. Es decir, su legitimidad está fuera de toda duda.

8. Pero, al final, la Iglesia ¿hace algo por los pobres?

Lo más curioso e insostenible de la acusación, es la insinuación de inacción frente al problema de la pobreza.

Te desafío a buscar una institución que haya aportado tanto bien al mundo -y si queréis, en particular a los pobres- como la Iglesia Católica. Si bien su fin es espiritual -la salvación de las almas-, ninguna institución con fines temporales podría haber representado tanto bien desde el mero punto de vista humano.

No te olvides de quién "inventó" los hospitales y universidades. Quién promovió la educación a través de los siglos. Quién luchó contra la esclavitud. Quién se ha dedicado a atender a los minusválidos, a los huérfanos, inmigrantes, moribundos, leprosos, chicos de la calle… Quién atiende la mitad de los enfermos de SIDA que hay en el mundo… Una visita al Pequeño Cotolengo Don Orione no te vendría mal. O a algún comedor infantil de alguna villa, o a algún hogar de la Madre Teresa, o cualquier local de Caritas parroquial, o … En nuestro país, a la hora de catástrofe naturales, la única institución fiable para repartir ayudas es Caritas… la gente no confía en nadie más.

Algunos datos. Veamos la contabilidad del objeto del ataque de las riquezas del Vaticano. El presupuesto anual de la Santa Sede es de 145 millones de dólares. A esto se debe añadir el Óvolo de San Pedro: 60 millones que se destina enteramente a obras de caridad y ayuda a necesitados. Es decir, estamos hablando de una institución que destina el 29,26% de sus ingresos brutos sólo a obras de caridad… No contemos los millones de dólares que instituciones católicas (muchas pertenecientes a Conferencias Episcopales) dan de ayuda al los países pobres: Adveniat, Ayuda a la Iglesia Necesitada, Manos Unidas, y un largo etc.

Busca una institución que hoy haga más por los pobres que la Iglesia Católica. ¿No parece una burla esta crítica a la institución que -por lejos- hace más por los pobres? La lista de las labores asistenciales de la Iglesia Católica es realmente impresionante: tiene 5.900 hospitales, 16.700 dispensarios, 700 leprosarios, 12.600 hogares de ancianos, 19.500 orfanatos y guarderías, 11.500 centros de orientación familiar, 11.600 centros de educación especial y 44.500 centros asistenciales. Un total de 123.000 instituciones de asistencia en todo el mundo (cfr. “La Iglesia Católica”, de Pedro Brunori, Ed. Rialp, España). 

En resumen y como conclusión: el cuestionamiento es ridículo.

¿Hay alguna relación entre las obras de arte de los Museos Vaticano y las imágenes de las iglesias con la pobreza? La respuesta no admite ninguna duda: ¡NO!

1. No existe una relación causal. Los primeros no son la causa de la segunda.

2. Si el Vaticano no existiese, la situación de los pobres sería peor, porque desaparecería el mayor benefactor de los necesitados.

3. La existencia de bienes artísticos y religiosos, ¿afecta de alguna manera la pobreza? No, en absoluto.

4. ¿Es ofensivo? En el sentido que sería una cachetada a la pobreza… No, a los pobres también les gustan la cosas lindas y gozan con ellas.

5. ¿Es verdad que la Iglesia tenga grandes tesoros económicos en la actualidad? No.

6. Si se vendiese todo lo que tenga algún valor, ¿mejoraría la situación de los pobres del mundo? No afectaría en lo más mínimo la situación económica de los pobres.

7. ¿Es quizá una muestra de indiferencia ante el problema de la pobreza? En absoluto, ya que el trabajo de la Iglesia en favor de los pobres está absolutamente fuera de duda.

8. ¿El mantenimiento de esos bienes no supondrá gastos extraordinarios que podrían destinarse a la lucha contra el hambre? No, porque se auto-mantiene con el valor de la entrada a museos… y contratos como los que facilitaron la restauración de la Capilla Sixtina sin poner un peso.

9. ¿Se invierten actualmente grandes sumas de dinero en incrementar esos bienes? No, es el fruto de dos mil años de cristianismo… Esperemos que nosotros sepamos dejarle a nuestros descendientes algo de valor y buen gusto.

Me parece que en está página queda suficientemente demostrado, que las supuesta riquezas del Vaticano, no representan ningún problema real ni amenaza para los pobres. Es más, que la tan mentada crítica es una tomada de pelo. Una burla que no resiste el más elemental análisis racional.

Usar a los pobres para atacar a la Iglesia es, al menos, una broma de mal gusto… Y más todavía que sea hecho por quienes nunca han hecho nada por los pobres…

10. ¿Cuanto cuesta una Misa?

Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: algunasrespuestas.wordpress.com  

Una misa de un funeral cuesta para los pobres y para los ricos. Casarse….cuesta dinero. Una misa cuesta dinero. ¿Será verdad?.

En estos días he recibido un mail, en el que escuetamente me comentan sobre el valor de una Misa:

Una misa de un funeral cuesta para los pobres y para los ricos. Casarse….cuesta dinero. Una misa cuesta dinero.

Quisiera compartir la respuesta:

La Misa es el mayor tesoro que tenemos: la entrega de Cristo mismo -de su vida, de todo su amor y gracia- a toda la humanidad y a cada uno de nosotros.

Vivir la Misa no cuesta nada: podés asistir en cualquier iglesia, de cualquier pueblo del mundo, y todos estarán felices de contarte entre los feligreses que viven la entrega de Cristo.

Como es natural, es necesario sostener el culto, los edificios, los trabajos pastorales. Cada parroquia, cada capilla se sostiene con la contribución de los mismos fieles que participan de ella.

La Iglesia no es como un Estado que cuenta con la financiación de los impuestos de todas las cosas que hacen los ciudadanos (cuando hablás por teléfono, tomas un colectivo, compras comida o un caramelo, hagas lo que hagas -trabajar, descansar, pasear, etc.- estás pagando impuestos al Estado).

Es natural que con ocasión de ceremonias que encargamos -un casamiento, por ejemplo- contribuyamos a los costos que la misma ceremonia lleva consigo (gasto de luz, limpieza, sueldos, flores, mantenimiento, etc.). De modo que es razonable que en esas ocasiones se pida una contribución.

Al mismo tiempo, te puedo asegurar que no conozco nadie que no se haya casado por el costo de la ceremonia, ya que lo caro es la fiesta. Además, cualquier parroquia casará sin costo alguno al feligrés (es decir, al miembro de esa comunidad) que lo necesite.

Es decir, que el dinero no es problema.

Sí te animaría a descubrir el valor infinito del amor de Cristo en la Eucaristía: el sentido y el valor de la Misa, la locura de amor de recibir a Dios en nosotros.

Para asistir a Misa no tenés ningún requerimiento. Para comulgar sí hay algo que necesitás: estar en gracia de Dios (es decir, purificar tu alma de los pecados que hayas cometido -todos los cometemos-, en la confesión).

Una vez más se confirma que si explicamos las cosas de buena manera y quien pregunta tiene buena voluntad, las cosas siempre se aclaran. Quien me envió la pregunta, me respondió a vuelta de correo:

Gracias, Padre creo que esta vez he comprendido mejor.

9. El Conclave ¿qué es eso?

Fuente: diocesisdecelaya.org.mx 

Qué ocurre en un Conclave?, ¿cómo se elige al nuevo Papa?, ¿qué es la Sede Vacante?. aquí respuestas a estas y muchas otras pregunas.

El cónclave es la reunión que celebra el Colegio cardenalicio de la Iglesia católica romana para elegir a un nuevo obispo de Roma, cargo que lleva aparejados el de Papa (Sumo Pontífice y Pastor Supremo de la Iglesia católica) y el de jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.

La Capilla Sixtina es el lugar donde se celebra el cónclave. Sus frescos son obra de Miguel Ángel y está considerada una de las máximas cumbres del arte mundial.

El término cónclave procede del latín “cum clavis" ("bajo llave"), por las condiciones de reclusión y máximo aislamiento del mundo exterior en que debe desarrollarse la elección, con el fin de evitar intromisiones de cualquier tipo.

Este sistema de encerrar a los electores del Papa, vigente al menos desde el II Concilio de Lyon (1274), fue mitigado por Juan Pablo II en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (UDG), sobre la Vacante Apostólica y la elección del nuevo Pontífice (22 de febrero de 1996).

Se establece en ella que los electores pueden residir, mientras dura el cónclave, en la recién construida Casa de Santa Marta, una residencia al efecto en el propio Vaticano, pero manteniendo la rigurosa prohibición de cualquier clase de contacto con el mundo exterior.

Desde hace siglos, los cónclaves tienen lugar en la Capilla Sixtina, dentro del complejo del Vaticano.

A los primeros obispos los designaban los apóstoles o fundadores de sus iglesias. Posteriormente, se fue introduciendo el sistema de elección por los miembros de las comunidades, clérigos y laicos, así como por los obispos de las diócesis próximas. En Roma, la elección corría principalmente a cargo de los clérigos que, bajo la supervisión de los obispos, escogían un candidato por consenso o por aclamación, presentándolo después ante el pueblo para que éste lo confirmara. Los frecuentes tumultos que este sistema provocaba fueron causa de que en ocasiones se eligiera a uno o más candidatos rivales, llamados antipapas.

El año 769 el Sínodo Laterano abolió el teórico derecho de elección papal que había tenido el pueblo de Roma. El Sínodo de Roma (862) se lo devolvió, pero limitado a la nobleza de la ciudad. El cambio más trascendente lo introdujo en 1059 el Papa Nicolás II, quien decretó que serían los cardenales quienes eligiesen un candidato, que sólo podría tomar plena posesión tras haber recibido la aprobación de los clérigos y del pueblo.

Finalmente, un nuevo Sínodo Laterano, en 1139, eliminó el requisito de la aprobación del bajo clero y de los laicos. La elección papal era ya, como hoy, competencia exclusiva de los cardenales, sólo cuestionada durante el Cisma de Occidente (1378 – 1418).

Junto al propósito de evitar influencias foráneas de los poderes civiles, el enclaustramiento de los electores tuvo su origen en las prolongadas situaciones de bloqueo que a veces se daban en las elecciones papales. Las autoridades recurrieron en ocasiones a la reclusión forzada de los cardenales electores, por ejemplo, en 1216 en Perugia, y en 1241 en Roma. Es célebre también el caso de la ciudad de Viterbo donde, tras la muerte del papa Clemente IV (1268) hubo que encerrar a los cardenales en el palacio episcopal.

Después de casi tres años de Sede Vacante sin que se llegase a ningún acuerdo sobre el nuevo Pontífice, los desesperados habitantes decidieron no suministrar alimento alguno a los electores, excepto pan y agua. Los cardenales debieron captar la indirecta, porque se apresuraron a elegir a Gregorio X.

Este mismo Papa, quizá por la experiencia vivida en su elección, aprobó normas que -mediante la presión de las incomodidades materiales- buscaban reducir al mínimo las demoras en el cónclave. A partir de entonces los cardenales debían quedar siempre recluidos en un recinto cerrado; no se les permitían las habitaciones individuales, ni disponer de más de un sirviente que les atendiera, salvo caso de enfermedad; la comida se les debía suministrar por un ventanuco y, a partir del tercer día de cónclave, el suministro quedaba reducido a una sola comida al día.

A los cinco días el régimen se reducía a pan y agua. Además, mientras durase el cónclave los cardenales dejaban de percibir sus rentas eclesiásticas. Adriano V abolió estas normas en 1276, pero Celestino V las reintrodujo en 1294, después de que su propia elección se produjese tras un periodo de sede vacante de dos años.

Gregorio XV publicó dos bulas pontificias (1621 y 1622) que regulaban todos los aspectos de la celebración del cónclave. En 1904 San Pío X recogió y unificó casi todas las dispersas normas de los Papas anteriores a él en una Constitución, introduciendo ciertos cambios.

Pío XII añadió nuevas aportaciones en 1945, Juan XXIII lo hizo en 1962 y Pablo VI en 1975. La reciente Universi Dominici Gregis de Juan Pablo II (1996) es la última reordenación en profundidad de la normativa sobre el cónclave.

El lugar de celebración del cónclave no se estipuló oficialmente hasta el siglo XIV. A partir del Cisma de Occidente los cónclaves siempre han tenido lugar en Roma, salvo el de 1800, cuando la ocupación de la ciudad por tropas del Reino de Nápoles obligó a celebrarlo en Venecia. El último cónclave celebrado fuera de la Capilla Sixtina fue el de 1846, que tuvo lugar en el Palacio del Quirinal.

Electores

El Colegio de Cardenales ha conocido dimensiones diversas, desde los siete miembros con que llegó a contar en el siglo XIII hasta los 183 del presente. En 1587 Sixto V limitó su número a 70 miembros, divididos en tres órdenes: seis Cardenales Obispos, cincuenta Cardenales Presbíteros y catorce Cardenales Diáconos (aunque repartidos nominalmente en estamentos con estos nombres, en la actualidad los cardenales son siempre Obispos).

En el siglo XX, sobre todo a partir de Juan XXIII, el Colegio de Cardenales incrementó su número con el fin de dotarlo de la máxima representatividad geográfica y nacional posible.

Con todo, en 1970 Pablo VI reservó la condición de elector a los menores de 80 años y fijó su número máximo en 120. Con la creación en 2003 de 31 nuevos cardenales, Juan Pablo II elevó el número de electores teóricos a 135. En octubre de 2010, tras los nombramientos efectuados por Benedicto XVI de cardenales, habría 121 que reúnen la condición de electores por no haber cumplido aún la edad límite.

Candidatos

De acuerdo con la práctica tradicional de la Iglesia, cualquier bautizado varón podría ser elegido Papa. En 1179 el III Concilio de Letrán abolió las restricciones que se habían ido introduciendo desde el siglo VIII en el sentido de limitar la condición de candidato, primero a los clérigos en general, y posteriormente sólo a los cardenales aunque, en la práctica, el último Papa que no era cardenal en el momento de su elección fue Urbano VI (1378). En caso de resultar elegido un presbítero, diácono o laico, y habiendo aceptado su elección, se procedería en el acto a su ordenación como Obispo.

Pese a todo, y dado que para ser ordenado obispo se requiere actualmente llevar al menos cinco años como presbítero y haber cumplido los 35 años, cabe pensar que sólo quien cumpliese estas condiciones podría ser objeto de elección como Papa.

No existe ningún requisito referente a la nacionalidad, aunque la tradición de siglos impuso la costumbre de elegir papas italianos. El polaco Juan Pablo II fue el primero no italiano desde Adriano VI, holandés, elegido en 1522. La reciente elección del alemán Benedicto XVI (19 de abril de 2005) parece abolir definitivamente la tradición en favor de los italianos.

Vale decir que hasta hoy ningún americano ha sido consagrado Papa, aunque en el cónclave de 2005 el argentino Jorge Bergoglio estuvo cerca de hacerlo, obteniendo 40 votos de los 77 que era necesario obtener, ya que era uno de los preferiti, junto con el colombiano Alfonso López Trujillo y el hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga, el peruano Juan Luis Cipriani también contaba con cierto apoyo al parecer, no obstante el principal de los preferiti, el Cardenal Joseph Ratzinger fue quien finalmente fue elegido Papa.

Las mujeres, al no ser elegibles para el estado clerical, tampoco pueden convertirse en papas.

Procedimiento electoral

Los cardenales tienen estrictamente prohibido presentar su candidatura o hacer propaganda de sí mismos. Se permite, por otra parte, el intercambio de opiniones y buscar apoyos para terceros.

Tradicionalmente, la elección del nuevo Papa podía realizarse de tres modos: por “aclamación”, por “compromiso” y por “escrutinio”. En caso de aclamación, los cardenales escogían al candidato de forma unánime “como inspirados por el Espíritu Santo”. El “compromiso” era un expediente para salir de situaciones de bloqueo, en las que de forma reiterada se hacía imposible que un candidato alcanzase los votos suficientes. Se escogía entonces una comisión reducida de cardenales que procediese por sí misma a la elección. El “escrutinio” es la forma habitual, por medio de voto secreto.

La última elección por compromiso fue la de Juan XXII en 1316, y por aclamación, la de Gregorio XV en 1621. Las nuevas reglas introducidas por Juan Pablo II en la UDG declaran abolidos los procedimientos de aclamación y compromiso, por lo que la elección deberá ser exclusivamente por escrutinio.

Hasta 1179 bastó con la mayoría simple en la elección. Ese año, el Concilio Laterano III incrementó hasta los dos tercios la mayoría requerida. A los cardenales no se les permitía votarse a sí mismos. Se estableció un sofisticado procedimiento para asegurar el secreto del voto, al tiempo que se impidiera que los cardenales se votasen a ellos mismos. Pío XII (1945) eliminó este sistema, pero incrementó la mayoría a dos tercios más uno de los votos.

En 1996 Juan Pablo II restauró la mayoría de dos tercios, pero no la prohibición del auto-voto. La constitución UDG establece también que pasadas 34 o 33 votaciones fallidas (según se haya realizado la primera votación el día de la inauguración del cónclave o el siguiente), los electores podrán decidir, por mayoría absoluta, si cambian las normas electorales, pero siempre conservando como requisito el de exigirse al menos la mayoría absoluta en la elección.

De la Vacante Apostólica a la Inauguración de Pontificado

La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis –nombre que recibe el documento de sus primeras palabras en la versión latina: “(Pastor de) Todo el Rebaño del Señor”–, aprobada por Juan Pablo II en 1996, regula todos los aspectos de la elección de un nuevo Pontífice. Aunque revoca las normas anteriormente vigentes sobre el mismo tema, la mayor parte de sus disposiciones no hacen sino confirmar muchas de las prácticas ya establecidas, algunas con cientos de años de antigüedad.

La Sede Vacante

Dos son las circunstancias que pueden dar lugar al final de un Pontificado (o “Vacante Apostólica”), iniciándose con ello el periodo de “Sede Vacante” y la necesidad de convocar el cónclave: el fallecimiento del Papa o su abdicación. Una tercera opción, la deposición del Papa, queda totalmente excluida, ya que ninguna autoridad está por encima de la suya ni siquiera a su mismo nivel.

La abdicación de un Papa es un acontecimiento muy poco frecuente en la historia, pero sí previsto en el derecho del la Iglesia. Se requiere que sea libre y se manifieste de modo formal aunque, como máximo legislador, es el propio Papa quien determina de qué forma ha de hacerlo.

No es preciso que su dimisión sea aceptada por nadie. Cinco han sido los Papas que a lo largo de la historia han declarado su renuncia al ministerio de Pedro: Benedicto IX (1045), Gregorio VI (1046), Celestino V (1294), Gregorio XII (1415) y Benedicto XVI (2013).

A Celestino V lo condenó Dante Alighieri al infierno en su Divina Comedia por cobarde. En cambio, el Papa Clemente V canonizó a Celestino en 1313, viviendo aún el poeta.

El concepto de “Sede Romana Impedida”, previsto en el Código de Derecho Canónico, se refiere a los casos en los que, “por cautiverio, relegación, destierro o incapacidad” el Papa se encontrara totalmente imposibilitado para ejercer sus funciones. Según el Código se ha de atender a lo estipulado en “las leyes especiales dadas para estos casos”, pero no se ha hecho pública ninguna norma para una situación semejante. De cualquier modo, parece que no originaría un periodo de Sede Vacante ni la convocatoria del cónclave.

Habiéndose producido la Sede Vacante, el Colegio de Cardenales asume el gobierno de la Iglesia, pero de modo muy matizado. En efecto, sólo puede tomar decisiones en los asuntos ordinarios e inaplazables, así como en lo referente a la preparación de las exequias del Pontífice fallecido y la elección del nuevo.

En ningún caso pueden innovar, particularmente en lo que se refiere a los procedimientos electorales, ni tampoco ejercer ninguna clase de “suplencia” del Papa. Sus disposiciones sólo seguirán siendo válidas en el siguiente pontificado si el nuevo Papa las confirma expresamente.

Por lo que se refiere a los bienes materiales de la Santa Sede, su administración en este periodo corresponde al Cardenal Camarlengo ayudado por tres Cardenales Asistentes. En la actualidad, el Cardenal Camarlengo es Tarcisio Bertone, S.D.B. que también desempeña el cargo de Secretario de Estado Vaticano, tras sustituir en 2007 al español Eduardo Martínez Somalo que ejerció el cargo desde el 5 de abril de 1993 hasta el 4 de abril de 2007. Le correspondió ejercer las especiales funciones de Camarlengo durante la sede vacante tras la muerte de Juan Pablo II.

Muerte del Papa

El Cardenal Camarlengo proclama la muerte del Papa.

Una vez conocida la muerte del Papa, el Cardenal Camarlengo es el encargado de verificarla. Tradicionalmente realizaba esta tarea golpeando con suavidad la cabeza del Papa con un pequeño martillo de plata y pronunciando su nombre de pila –no el papal– tres veces. También se colocaba una vela cerca de la nariz del Pontífice y si la llama no se movía, el Cardenal Camarlengo constataba la muerte del Obispo de Roma.

En la nueva ordenación establecida por la UDG el Camarlengo es introducido en los aposentos papales junto con el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, los Prelados Clérigos, el Secretario y Canciller de la Cámara Apostólica. Una vez en la habitación del Papa, el Camarlengo se arrodilla en un cojín violeta, reza unas oraciones por el alma del difunto y, tras acercarse al lecho, descubre el rostro del Pontífice y constata públicamente su muerte declarando: “El Papa realmente ha muerto”.

Igualmente, la UDG no prohíbe continuar con las tradiciones mencionadas. El Secretario del la Cámara Apostólica debe extender entonces acta de la defunción. Lógicamente, ello requiere también la presencia de personal médico.

Inmediatamente después de constatada oficialmente la muerte del Papa, el Secretario de Estado entrega al Camarlengo la matriz del sello de plomo y el Anillo del Pescador -con los cuales son autentificadas las Cartas Apostólicas- para ser destruidos en presencia del Colegio de Cardenales, para evitar que se falsifiquen documentos papales. El Camarlengo es responsable también de sellar el estudio y el dormitorio del Papa.

El personal que lo atendía puede seguir habitando en el apartamento papal sólo hasta el momento de su sepultura, momento a partir del cual deberá ser evacuado y sellado en su totalidad hasta que tome posesión de él el nuevo Pontífice.

Corresponde igualmente al Camarlengo comunicar la noticia del fallecimiento del Papa al Cardenal Vicario para la Urbe –para que lo notifique al pueblo de Roma–, así como al Cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana. El mismo Camarlengo o el Prefecto de la Casa Pontificia deben también anunciar la noticia al Decano del Colegio Cardenalicio.

Éste es el responsable de hacer llegar la noticia a todos los cardenales del mundo, convocándolos a Roma. También es tarea suya notificarlo al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Hasta su elección como Papa en el Cónclave de 2005 era Decano del Colegio Cardenalicio el alemán Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI.

Desde Pío IX, los tañidos fúnebres de la campana grande de San Pedro se han encargado de hacer pública la noticia del fallecimiento de los Papas. Al tañer las campanas de la Basílica de San Pedro, las campanas de las iglesias de Roma les hacen eco en señal de duelo por la muerte de su Obispo.

Si el fallecimiento (o abdicación) del Papa se produce mientras se está celebrando un Sínodo de Obispos o incluso un Concilio Ecuménico, éstos quedan automáticamente suspendidos y no pueden continuar por ninguna razón, aunque sea gravísima, y mucho menos proceder por sí mismos a la elección de nuevo Papa. Es siempre necesario convocar al Colegio de Cardenales.

Las Congregaciones de Cardenales

Durante la Sede Vacante, los Cardenales desarrollan sus funciones mediante dos tipos de comisiones, llamadas “Congregaciones”: la Particular y la General.

Integran la Congregación Particular el Cardenal Camarlengo y otros tres cardenales “asistentes” (uno por el orden de los Obispos, otro por el de los Presbíteros y otro por el de los Diáconos) elegidos por sorteo entre los electores (es decir, los que no han cumplido los 80 años) llegados ya a Roma. Cada tres días se procede a un nuevo sorteo para renovar a los cardenales asistentes.

La Congregación Particular se ocupa de los asuntos ordinarios de menor entidad que se vayan presentando durante la Sede Vacante. Lo que una Congregación Particular haya decidido, resuelto o denegado no lo pueden revocar las que se constituyan los días siguientes. La Congregación Particular cesa en sus funciones en el mismo momento en que se elige un nuevo Papa.

La Congregación General está compuesta por la totalidad del Colegio Cardenalicio y está en funciones hasta el momento de iniciarse el Cónclave. Los Cardenales Electores tienen obligación de incorporarse a la Congregación General tan pronto como les sea posible, una vez conocido el fallecimiento del Papa. En cambio, a los no electores se les permite abstenerse de participar si así lo desean.

La Congregación General se ocupa de los asuntos más importantes que se vayan presentando y tiene también competencia para revocar las disposiciones de una Congregación Particular. Sus encuentros se celebran a diario y los preside el Cardenal Decano. Una vez iniciado el Cónclave, es también el Decano quien preside la asamblea hasta que salga elegido un nuevo Papa. Las decisiones se toman por mayoría, siempre mediante voto secreto.

Las principales obligaciones de la Congregación General se refieren a la organización de las exequias del difunto Papa, determinar la fecha de inicio del Cónclave (entre 15 y 20 días desde que comenzó la Sede Vacante), velar por la destrucción del Anillo del Pescador y el sello de plomo, designar a dos eclesiásticos de probada doctrina (normalmente frailes o monjes) para que les dirijan sendas meditaciones sobre los problemas de la Iglesia en el momento actual y aprobar los gastos necesarios desde la muerte del Pontífice hasta la elección del sucesor.

Exequias del Papa

Corresponde a la Congregación de Cardenales preparar todo lo necesario para las exequias del difunto Papa y fijar el día de inicio de las mismas. En cambio, lo que se refiere a su sepultura es competencia del Cardenal Camarlengo –tras recabar la opinión de los responsables de los tres órdenes del Colegio Cardenalicio- salvo que el mismo Pontífice hubiera dispuesto algo en vida.

Los últimos papas se han enterrado habitualmente en la Cripta de la Basílica de San Pedro (o Grutas Vaticanas), próximos a la tumba del Apóstol, pero no es obligatorio. Puede realizarse en una catedral, una iglesia parroquial, un santuario, etc. A la muerte de Juan Pablo II, por ejemplo, se especuló con la posibilidad de que hubiera dispuesto ser enterrado en la Catedral de Cracovia, sede de la que había sido obispo.

Los Cardenales deben decidir, en primer lugar, el día y hora del traslado del cadáver a la Basílica Vaticana para ser expuesto a la veneración de los fieles. Antes de ese momento, y una vez preparado el cuerpo del Papa, debe ser llevado a la Capilla Clementina, en el Palacio Apostólico, para la veneración privada de la Casa Pontificia y de los Cardenales. Tras el fallecimiento de Juan Pablo II (2005) se calcula que entre dos y tres millones de personas desfilaron ante su cuerpo –expuesto frente al Baldaquino de la Confesión, en la Basílica de San Pedro– para rendirle su último homenaje.

Las exequias del Papa duran nueve días consecutivos –denominados con la expresión latina de “novemdiales”– a partir del día de la Misa exequial, que preside el Cardenal Decano. Previamente a ésta se colocan los restos mortales en el féretro. A su término, se procede a su traslado al sepulcro y al entierro.

Además de las innumerables Misas ofrecidas en todo el mundo por el Pontífice fallecido, las exequias oficiales contemplan nueve celebraciones eucarísticas en Roma, a cargo de diversas comunidades que representan la universalidad de la Iglesia.

El orden de las celebraciones durante los “novemdiales” es así: el primer, quinto y noveno días se realizan en la Capilla Papal; el segundo día se destina a los fieles de la Ciudad del vaticano; el tercero a la Iglesia de Roma; el cuarto a los Capítulos de las Basílicas Patriarcales; el sexto a la Curia Romana; el séptimo a las Iglesias Orientales (o católicos de rito oriental); el octavo a los miembros de Institutos de Vida Consagrada.

Inicio del Cónclave

Las normas de la UDG sobre la celebración del Cónclave amplían por primera vez el ámbito en que transcurrirá la vida de los Cardenales mientras dure la elección del nuevo Papa.

El proceso electoral mismo se mantiene, como es tradición, dentro de los límites de la Capilla Sixtina, pero se incorporan tanto la Casa de Santa Marta, residencia vaticana de reciente creación, como las capillas para las celebraciones litúrgicas, las áreas por donde deban desplazarse los cardenales para ir de un punto a otro, e incluso los mismos jardines vaticanos, donde pueden pasear y descansar.

Sin embargo, se mantiene en pie la prohibición de todo contacto con el mundo exterior (televisión, prensa, radio, teléfono, correspondencia, Internet…), y nadie no autorizado puede acercarse a los cardenales o hablar con ellos mientras dura el Cónclave.

En el de 2005 se procedió, incluso, a efectuar un barrido electrónico para detectar cualquier posible mecanismo transmisor o receptor camuflado en el ámbito de la clausura, y se colocó un aparato que restringía las señales de radio dentro de la Capilla Sixtina y lugares las áreas próximas a ella.

La Universi Dominici Gregis aclara los motivos de esta reclusión cardenalicia: salvaguardar a los electores de la indiscreción ajena y de los intentos de afectar a su independencia de juicio y libertad de decisión, así como garantizar el recogimiento que exige un acto tan vital para la Iglesia entera.

El día señalado por la Congregación General de Cardenales (entre 15 y 20 tras el fallecimiento del Pontífice), tiene lugar por la mañana una solemne misa votiva “Pro eligendo pontificem” (para la elección del Pontífice), normalmente presidida por el Cardenal Decano, en la que se pide a Dios que ilumine las mentes de los electores.

Ya por la tarde, los cardenales, reunidos en la Capilla Paulina, se encaminan en procesión solemne a la Capilla Sixtina –debido a unas obras en curso, el Cónclave de 2005 partió de la Capilla de las Bendiciones– cantando las letanías de los Santos de Oriente y Occidente. Una vez llegados a la Capilla Sixtina, los electores entonan a coro el “Veni Creator”, oración con la que se invoca al Espíritu Santo, y proceden a prestar juramento solemne de guardar las normas que rigen el Cónclave, cumplir fielmente el ministerio petrino en caso de ser elegidos, y mantener el secreto de todo cuanto se refiera a la elección del nuevo Pontífice.

Una vez prestado el juramento, leído conjuntamente y ratificado de forma individual ante los Evangelios, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias da la solemne orden de “Extra omnes!” (¡Fuera todos!), indicando que todos aquellos ajenos al Cónclave deben salir del recinto. Sólo permanecen él mismo y el eclesiástico encargado de predicar a los Cardenales la segunda de las meditaciones sobre los problemas de la Iglesia contemporánea. Terminada ésta, tanto el predicador como el Maestro de las Celebraciones deben salir también. Las puertas quedarán cerradas y con Guardias Suizos protegiéndolas.

A partir de ese momento se puede proceder a la primera votación (única del día) o aplazarla hasta el día siguiente.

Desarrollo de las votaciones

El proceso de votación en el cónclave se divide en tres partes: pre-escrutinio, escrutinio propiamente dicho y post-escrutinio.

Comienza la fase de pre-escrutinio cuando, antes de cada sesión de votaciones (diariamente hay dos sesiones, una por la mañana y otra por la tarde, con dos votaciones en cada una, salvo resultado positivo en la primera), el último Cardenal Diácono extrae por sorteo público los nombres de tres Escrutadores, tres Enfermeros y tres Revisores. Se distribuyen entonces a los Electores dos papeletas de forma rectangular, que llevan impresa la frase: “Eligo in Summum Pontificem” (“Elijo como Sumo Pontífice”), y debajo un espacio en blanco para el nombre del elegido. Los Cardenales deben escribirlo con letra clara, pero lo más anónima posible. Si se escribe más de un nombre el voto es declarado nulo.

Hasta el siglo XX ciertos monarcas católicos (España, Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico, sustituido este último por el Imperio austrohúngaro) ostentaban cierto derecho de exclusión en las elecciones papales, pudiendo vetar la elección de un cardenal al considerarlo persona non grata, esta práctica fue prohibida definitivamente bajo pena de excomunión por el Papa Pío X tras haberse dado en su elección papal el último ejemplo de la misma con el veto al cardenal Rampolla por parte de Francisco José I de Austria-Hungría.

La fase de escrutinio propio se inicia cuando cada Cardenal, por orden de precedencia, habiendo doblado dos veces su papeleta de voto, la lleva en alto hasta el altar, delante del cual están los Escrutadores y sobre el que se ha colocado una urna cubierta con un plato para recoger los votos. Una vez allí, el Cardenal votante pronuncia en voz alta el juramento: “Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido”.

Deposita entonces la papeleta en el plato y con éste la introduce en la urna. Se inclina luego ante el altar y regresa a su sitio. Si un Cardenal –enfermo o anciano– no puede acercarse hasta el altar, un Escrutador se acerca a él, recoge su juramento y su voto y se encarga de depositar la papeleta en la urna. Si su enfermedad le obliga a permanecer en la Casa de Santa Marta, son entonces los Enfermeros los que acuden a recoger su voto siguiendo un procedimiento similar al descrito.

El post-escrutinio lo llevan a cabo los tres Cardenales Escrutadores, elegidos al azar, contabilizando delante de todos los Electores los votos recogidos. Si el número de votos es distinto del de votantes, se queman las papeletas y se repite la votación.

Los nombres de los votantes se van anotando en una relación, mientras que los votos contabilizados se van cosiendo con aguja e hilo para mantenerlos unidos. A continuación, los tres Revisores supervisan las notas de los Escrutadores y revisan los votos, para asegurarse de que aquéllos han cumplido correctamente su cometido.

Si ninguno de los candidatos obtiene la mayoría de dos tercios, concluida cada sesión (dos votaciones) se queman en una estufa las papeletas de los votos junto con las notas de los Escrutadores. Se agregan sustancias químicas al fuego para que el humo sea negro e indique una elección sin éxito.

La UDG establece que todo resultado debe ser registrado en un acta, que se archiva en el Vaticano y no puede abrirla nadie, hasta pasados 50 años desde que se elaboró el acta.

El cónclave dura todo el tiempo que sea necesario. Sin embargo, hay establecidos periodos de descanso y coloquio si no se alcanza acuerdo (día 5º, tarde del 7º, tarde del 9º), con una exhortación del Cardenal Decano. Llegados al día 11º, si se aprueba así por mayoría absoluta de los Electores, se puede optar por dos soluciones de compromiso: o rebajar la mayoría de votos requerida de los dos tercios a la mayoría absoluta, o votar a uno de los dos candidatos más votados en el escrutinio precedente y elegir al que obtenga mayoría absoluta.

En ningún caso se contempla la abstención de los Electores.

Elección y aceptación

Conseguida la mayoría necesaria en cualquier votación, el candidato elegido debe expresar de inmediato su aceptación o no del ministerio. El último de los Cardenales Diáconos convoca a la Capilla Sixtina al Secretario del Colegio de Cardenales y al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias. Presentes éstos, el Cardenal Decano o el que le siga en orden y antigüedad pide el consentimiento al elegido con la siguiente pregunta: “Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?” (“¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?”)

Si el candidato electo da el consentimiento, se le pregunta entonces:“Quo nomine vis vocari?” (“¿Con qué nombre deseas ser conocido?”)

El ya Papa indica el nombre que ha escogido con estas palabras: “Vocabor N.” (“Me llamaré N.”) por ejemplo: "Vocabor Pius XIII." ("Me llamare Pío XIII"), u otras similares. Entonces el Maestro de las Celebraciones, en funciones de notario, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y de su nombre.

En el caso nada frecuente de que el elegido no sea uno de los Cardenales presentes o, incluso, que no resida en la ciudad de Roma, se avisa al Sustituto de la Secretaría de Estado, quien se encargará de que el escogido como nuevo Papa llegue al Vaticano lo antes posible, evitando absolutamente que se enteren los medios de comunicación. Una vez llegado al cónclave, el Cardenal Decano convocará al resto de los electores a la Capilla Sixtina para proceder al mismo ritual de aceptación. Si el elegido acepta y no es obispo, el Cardenal Decano le ordenará de inmediato como tal.

A partir del momento de la aceptación –y ordenación en su caso– el elegido pasa a ser Obispo de Roma, Papa y Cabeza del Colegio Episcopal. En ese mismo momento adquiere la plena y suprema potestad sobre la Iglesia universal. Los Cardenales se acercarán entonces a él por turno para expresarle su respeto y obediencia.

También podrán acercarse a él el Sustituto de la Secretaría de Estado, el Secretario de las Relaciones con los Estados (una especie de Ministro de Asuntos Exteriores vaticano), el Prefecto de la Casa Pontificia y cualquier otro que deba tratar con el nuevo Pontífice asuntos necesarios en ese momento.

La "fumata"

Una de las tradiciones más pintorescas y conocidas a nivel mundial en relación con el cónclave es la de la “fumata”, un sistema secular de comunicar al pueblo la marcha de un proceso electoral que transcurre bajo estricto enclaustramiento.

Tras cada sesión de escrutinio (dos votaciones) las papeletas de voto y las notas de los Escrutadores se queman en una estufa preparada al efecto. El humo sale entonces por una chimenea sobre el tejado de la Capilla Sixtina. Cuando el resultado de las votaciones ha sido negativo, los papeles se queman junto con paja húmeda, lo que produce un humo negro. Si de la elección ha salido elegido un candidato, y éste ha aceptado la responsabilidad, los papeles se queman usando paja seca, lo que da lugar a un humo de color blanco. Es la señal que anuncia al mundo la elección de un nuevo Papa.

En los tres últimos cónclaves (dos en 1978 y otro en 2005), sin embargo, y para desesperación de los periodistas, el sistema no parece haber funcionado correctamente y el humo que debía ser blanco se ha visto gris.

En la última de estas ocasiones se incorporó una estufa auxiliar con el propósito de quemar productos químicos que tiñeran claramente el humo de uno u otro color, aunque tampoco tuvo demasiado éxito.

La primera bendición

Tras haber aceptado su elección, el ya nuevo Papa es conducido por el Camarlengo y el Maestro de las Celebraciones Pontificias a la sacristía de la Capilla Sixtina, llamada comúnmente “Sala de las lágrimas”, ya que parece que todos los elegidos, sin excepción, lloran allí en relativa intimidad ante la magnitud de la responsabilidad que acaban de asumir. En la sala se encuentran tres maniquíes con sotanas blancas de diversos tamaños: grande, mediana y pequeña, que la sastrería romana Gammarelli se encarga de confeccionar desde el siglo XVIII. De ser necesario, un equipo de religiosas hacen los arreglos pertinentes. Se dice que a Pío XII las tres le quedaban largas, mientras que a Juan XXIII le resultaban estrechas. También hay a mano un barbero por si el Papa necesita un afeitado antes de presentarse ante el pueblo –puede ser elegido por la tarde-.

Tras la manifestación del respeto de los Cardenales, se canta un “Te Deum” (oración de solemne acción de gracias a Dios),

Inmediatamente, el Cardenal Protodiácono (el primero de ese orden entre los Cardenales), se dirige al balcón principal de la Basílica de San Pedro, donde se han instalado rápidamente cortinajes y colgaduras de fiesta. Allí hará público el anuncio de la elección con las frases rituales.

Pocos instantes después el nuevo Papa, precedido por la cruz procesional y por los primeros de los Cardenales entre los órdenes de los Obispos, Presbíteros y Diáconos, sale al balcón y desde allí saluda al pueblo con las primeras palabras de su pontificado. A continuación imparte la bendición apostólica “Urbi et Orbi” (“para la ciudad y para el mundo”), que en adelante sólo dará de ordinario en Navidad y Pascua.

La Misa de Inauguración del Pontificado

Aunque desde el mismo momento de su aceptación -y consagración episcopal, de ser precisa- el elegido es ya verdadero Papa, el Pontificado se inaugura de modo oficial con una misa solemne que se celebra a los pocos días de concluido el cónclave, normalmente en la explanada de la Basílica de San Pedro. En esa celebración, el nuevo Papa es investido de sus nuevos símbolos: su Palio, y su anillo del Pescador.

La Tiara Pontificia, o Triregno, la triple corona papal no se usa desde el Papa Pablo VI, que no quiso utilizarla porque rechazaba los poderes terrenales que simboliza. Hoy, cada Papa decide si se corona o no.

También en fecha inmediata deberá el nuevo Pontífice tomar posesión de la Archibasílica Patriarcal Lateranense (San Juan de Letrán), que es la catedral de Roma y se considera cabeza y madre de todas las demás iglesias del mundo.

El escudo de armas

Es tradición que cada Papa tenga su escudo de armas. Cada escudo de armas es personal y lo diseña cada Pontífice a su gusto. Sin embargo, siempre aparecen las Llaves del Cielo entregadas a San Pedro y la Tiara Papal (aunque Benedicto XVI ha colocado una mitra con tres bandas en lugar de la tiara en el suyo). El escudo de armas es mostrado al mundo por el periódico Vaticano L´Ossevatore Romano, que lo publica.

También debe dibujarse para ser archivado en la Biblioteca Vaticana. De ahí en más, el Papa sellará sus cartas apostólicas, encíclicas y escritos con la matriz de su escudo y también éste será bordado en sus sotanas y grabado en los anillos de los Cardenales. 

Categorías