31. Cristianismo y progreso

Autor:  frmaria.org

La reacción contra el Islam por su violento rechazo a las caricaturas del profeta Mahoma publicadas en algunos medios de comunicación occidentales, ha servido para atacar duramente a la religión y, sobre todo, al cristianismo.

Se le ha acusado de ser responsable de todos los males de la humanidad, de ir contra el progreso, de cercenar el desarrollo de la personalidad y de la inteligencia humana.

Esta podría ser una respuesta.

La idea de que el éxito de Occidente ha dependido de haber superado las barreras religiosas para progresar es un «completo absurdo», afirma el autor de un nuevo libro.

Rodney Stark defiende esta tesis en «The Victory of Reason: How Christianity Led to Freedom, Capitalisrn, and Western Success» (Random House) (La Victoria de la Razón:

Cómo el Cristianismo llevó a la Libertad, al Capitalismo y al Éxito de Occidente).

Stark, profesor de sociología en la Universidad Baylor, sostiene que, en contraste con otras creencias que acentúan el misterio y la intuición, la teología cristiana privilegia la razón.

Este factor -no la geografía, ni un sistema agrícola más productivo, ni la reforma protestante- está detrás del ascenso de Occidente, sostiene.

El autor observa que esta visión está en contraste con la postura de muchos intelectuales occidentales del siglo XX.

Éstos han mantenido que Occidente se puso por delante de otras culturas precisamente por su capacidad de superar las barreras religiosas para progresar.

El crédito que dan a la religión se limitaba a reconocer la aportación del protestantismo, como si los quince siglos anteriores de cristianismo tuvieran poca importancia, dice Stark.

En un capítulo sobre la unión entre razón y teología en el cristianismo, Stark presenta por qué discrepa con estos intelectuales.

El ascenso de Occidente, mantiene, se ha basado en cuatro victorias primarias de la razón:

  • La fe en progreso dentro de la teología cristiana;
  • La transmisión de esta fe en progreso a las innovaciones técnicas y organizativas, muchas de ellas fomentadas por los monasterios;
  • La razón ha informado la teoría y práctica políticas, permitiendo la libertad personal;
  • La razón se aplicó al comercio, dando como resultado el desarrollo del capitalismo.

Desde los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia enseñaron que la razón era un don de Dios y el medio para aumentar la comprensión de la Escritura y la revelación.

Las religiones orientales, por el contrario, carecieron de la figura de un Dios consciente y todopoderoso, que pudiera ser objeto de reflexión teológica.

El judaísmo y el Islam tenían el concepto de un Dios suficiente para sostener la teología.

Pero dentro de estas religiones la tendencia fue hacia una postura construccionista que concebía la Escritura como algo que entender y aplicar, no como la base para una investigación posterior.

El cristianismo considera a Dios un ser racional y el universo como creado por Él.

De esta forma, a la comprensión humana le aguarda una estructura racional.

Y para plantear el desafío estaban los teólogos de la Iglesia católica, que durante siglos se implicaron en un cuidadoso razonamiento que llevó al desarrollo de la doctrina cristiana.

Pensadores de primer orden como Agustín y Tomás de Aquino, explica Stark, celebraban el uso de la razón como un medio para lograr penetrar en las intenciones divinas.

Así, cuando tuvo lugar la revolución científica en el siglo XVI, no fue una irrupción repentina del pensamiento secular.

Más bien, surgió de siglos de progreso sistemático de los pensadores escolásticos medievales, y se sostuvo por una invención cristiana del siglo XII, las universidades.

Stark dedica un capitulo a derribar la idea de los «Tiempos Oscuros». Mucho antes de que tuvieran lugar el renacimiento y la ilustración, la ciencia y la tecnología europeas habían superado con mucho al resto del mundo.

La idea de que la época medieval fue un periodo de estancamiento «es una caricatura creada por los intelectuales del siglo XVIII, antirreligiosos y amargamente anticatólicos», escribe Stark.

Fue en estos siglos cuando se desarrollaron la energía del agua y el viento de forma extensa, permitiendo avances enormes en la manufactura de bienes.

Y los notables avances de la tecnología agrícola aumentaron los campos de cultivo que permitieron alimentar las ciudades.

Lejos de oponerse a tales avances técnicos, el cristianismo les dio la bienvenida y los promovió.

Por el contrario, tanto el Imperio otomano como China se opusieron a la construcción de relojes mecánicos, por ejemplo. Tampoco la actividad económica tuvo que esperar al protestantismo para prosperar, afirma Stark.

Las órdenes monásticas crearon una suerte de proto-capitalismo.

Estimulados por los aumentos de productividad debidos a los avances tecnológicos, los monasterios desviaron la tendencia a una economía de subsistencia hacia un sistema de especialización y comercio.

A su vez, esto facilitó el aumento de la economía de moneda, como opuesta al trueque, y la creación del crédito y el préstamo de dinero.

Los monasterios también desarrollaron la ética del trabajo y el aprecio por el valor del esfuerzo económico mucho antes de la llegada del protestantismo.

Además, los teólogos católicos redefinieron ideas relacionadas con la carga de intereses y los precios justos de los bienes -elementos esenciales para el desarrollo del capitalismo-.

Stark también dedica amplio espacio a subrayar el desarrollo del capitalismo en las ciudades-estado italianas, que estimularon economías prósperas siglos antes la reforma luterana.

Aunque las condiciones para el desarrollo del capitalismo han existido en algunos países, en ocasiones faltaba el elemento esencial de la libertad, impidiendo así el progreso económico.

La libertad, sostiene Stark, es una victoria de la razón y fue apoyada por los teólogos cristianos que durante mucho tiempo teorizaron sobre la naturaleza de la igualdad y los derechos individuales.

De hecho, el trabajo de los teóricos políticos seculares de tiempos posteriores, como John Locke, suelen basarse en ideas desarrolladas por eruditos de la Iglesia.

El cristiano en general enseña el valor del individuo y pone de relieve la importancia de la responsabilidad personal en las decisiones morales.

Unido a esto está el concento de voluntad libre. Esto era un cambio radical con respecto al pasado, algo evidente, por ejemplo, en la literatura.

Stark sugiere comparar las tragedias griegas, donde los personajes son cautivos del destino, con Shakespeare, donde los protagonistas son claramente responsables de sus acciones.

Stark sostiene además que el nacimiento de la democracia en Europa occidental debe sus orígenes, no a la filosofía griega recuperada, sino a los ideales cristianos.

El mundo clásico proporcionó ejemplos de democracia, pero éstos no arraigaban por no asumir la igualdad de todos los ciudadanos.

Los ideales enseñados en el Nuevo Testamento, sin embargo, pusieron la base para afirmar la igualdad fundamental de todas las personas.

Los derechos de propiedad, otra condición previa vital para el capitalismo, también deben sus orígenes al cristianismo.

Tanto la Biblia como los teólogos más importantes defienden la propiedad privada.

Tomás de Aquino sostenía que el poseer propiedades es inherente a la naturaleza humana.

La enseñanza cristiana también contribuyó mucho al concepto de separación entre la iglesia y el estado, y a la limitación de los poderes del soberano sobre los ciudadanos.

Estos dos factores permitieron a Occidente evitar un punto muerto del sistema político que condujera al uso arbitrario e ilimitado de la autoridad política, que obstaculiza el desarrollo de una economía moderna.

30. Violencia, pacifismo y paz.

Autor:  frmaria.org

La amenaza terrorista ha puesto al mundo al borde del colapso, como no se conocía desde los tiempos de la “guerra fría”, cuando las dos superpotencias se armaban en una desenfrenada carrera para ver quién podía destruir antes al enemigo.

Pero también ha servido para reavivar el debate sobre el uso de la violencia, la legitimidad de la guerra, el alcance del pacifismo y el compromiso de los cristianos con la paz.

El terrorismo no es una novedad.

El mundo lleva muchos años padeciendo esa plaga, de una u otra manera.

Mientras que para unos es una forma legítima de violencia revolucionaria, la única que les quedaría a los pueblos oprimidos por las naciones poderosas, para otros es la peor de las violencias, pues va dirigida contra la población civil inocente, rompiendo así todas las normas de la guerra, si es que en la guerra se puede hablar de normas.

        La amenaza terrorista ha ido evolucionando para convertirse en un terrorismo de Estado, más o menos encubierto, como el que puede poner en marcha Irán o el que lleva a cabo Al Quaeda, aunque este grupo islámico no tenga una base territorial con características estatales.

El peligro es enorme, no sólo por los ataques de los terroristas, sino por la réplica que pueden dar los países afectados por esos ataques.

Recientemente, nada menos que el presidente de Francia dejó claro que su país estaba dispuesto a usar incluso las armas nucleares para defenderse de esa violencia.

Si Irán persiste en sus amenazas y en recorrer el camino de la energía atómica, podríamos estar ante un escenario apocalíptico debido a la respuesta que Israel daría a los que la amenazan y a la reacción que esta respuesta -posiblemente atómica- tendría entre las masas musulmanas y entre sus gobernantes.

Cuando escribo este artículo, la embajada de Dinamarca en Beirut está ardiendo y ayer fueron quemadas las de ese mismo país, Noruega, Suecia y Finlandia en Damasco.

Y todo por la publicación de unas caricaturas de Mahoma.

¿Qué ocurriría si estallase una guerra con Irán del mismo calibre que la de Irak?.

        Ante estas graves amenazas resurge con fuerza el movimiento pacifista, que predica el desarme y la no violencia a ultranza.

Pero ¿es el pacifismo una respuesta adecuada?.

La actitud de muchos pacifistas en el pasado reciente, similar a la de muchos ecologistas, ha desacreditado el conjunto del movimiento.

No son pocos los que lo miran con recelo, como un instrumento en manos de la extrema izquierda que se utiliza sólo cuando conviene a sus intereses partidistas y que, por otro lado, no emplea precisamente medios pacíficos en sus manifestaciones.

En la memoria de todos está el rechazo al ingreso en la OTAN expresado por los pacifistas españoles con tanta virulencia mientras gobernaba la UCD, que se cambió rápidamente a una aceptación de ese mismo ingreso cuando empezó a gobernar el PSOE.

O, por ejemplo, las grandes manifestaciones contra la colaboración española -de carácter humanitario- en la guerra de Irak y el silencio que se produjo cuando se supo que, ya con el gobierno socialista, se había participado en unas maniobras navales militares.

Estos casos son dos ejemplos caseros, de los muchos que pueden servir para desacreditar a las organizaciones pacifistas.

Otros, de carácter internacional, los encontramos cada vez que hay un gran encuentro mundial del tipo que sea.

Allí aparecen los miembros de esas organizaciones convertidos en guerrilleros urbanos extraordinariamente violentos.

        El pacifismo, pues, no parece la respuesta adecuada a la grave situación que vive el mundo, al menos para un cristiano.

Convendrá, por lo tanto, dirigir la mirada a lo que enseña la Iglesia en el Catecismo para encontrar el camino justo.

El tema es tratado en el contexto del quinto mandamiento: “no matarás”.

Primero se hace una presentación de lo que se considera por “paz”, de la cual se dice que “no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas.

La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad” (n° 2304).

Después se insiste en la necesidad de evitar la guerra, deber que compete a “todo ciudadano y todo gobernante”.

Pero, a continuación se dan las claves para discernir cuándo una guerra es justa y, por lo tanto, aceptable por un cristiano:

“Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa” (n° 2308).

“Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar.

La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral.

Es preciso a la vez: -Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de naciones sea duradero, grave y cierto.

-Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

-Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

-Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición” (n° 2309).

A continuación el Catecismo dedica unas palabras de apoyo a los militares, que son presentados como servidores de la paz:

“Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar, son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos.

Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz” (n° 2310).

Por desgracia, el terrorismo merece sólo una alusión de pasada en el Catecismo, prueba de que en ese momento no tenía la extensión ni la gravedad que ha adquirido después:

“El terrorismo que amenaza, hiere y mata sin discriminación es gravemente contrario a la justicia y a la caridad” (n° 2297).

        Hay que buscar en el abundante y magnífico magisterio de Juan Pablo II para encontrar alusiones más directas al terrorismo y enseñanzas que indican al católico qué hacer en estas situaciones.

Por ejemplo, en el mensaje para la jornada mundial de la paz de 2002, escrito poco después de los atentados de las torres gemelas de Nueva York, afirmaba:

“Aquel día se cometió un crimen de terrible gravedad: en pocos minutos, millares de personas inocentes, de diverso origen étnico, fueron horrendamente asesinados.

Desde entonces, todo el mundo ha tomado conciencia con nueva intensidad de la vulnerabilidad personal y ha comenzado a mirar el futuro con un sentimiento profundo de miedo, hasta ahora desconocido”.

Más adelante añadía:

“En estos últimos años, especialmente después de la guerra fría, el terrorismo se ha transformado en una sofisticada red de connivencias políticas, técnicas y económicas, que supera los confines nacionales y se expande hasta abarcar todo el mundo.

Se trata de verdaderas organizaciones, dotadas a menudo de ingentes recursos financieros, que planifican estrategias a gran escala, agrediendo a personas inocentes y sin implicación alguna en las perspectivas pretendidas por los terroristas…

        Existe, por tanto, un derecho a defenderse del terrorismo.

Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas morales y jurídicas, tanto en la elección de los objetivos como de los medios…

No obstante, es preciso afirmar con claridad que las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas”.

29. ¿Se puede ser cristiano sin Cristo y sin Iglesia?

Autor:  frmaria.org

“Yo soy cristiano y le rezo a Cristo, pero no quiero saber nada con los curas y la Iglesia”.

Esta frase se dice y se oye con mucha frecuencia a nivel popular.

A otro nivel, más de élite “progresista”, lo que se dice es que hay que “trabajar por el Reino” -es decir, por la justicia social, utilizando incluso cualquier medio- y que es mucho menos importante, o incluso nada importante, la relación que se tenga con Cristo.

De una manera o de otra, Cristo está siempre en el centro del debate.

Para unos, sigue siendo válido, atractivo, pero lo separan más o menos radicalmente de la obra que él fundó: la Iglesia.

Para otros, por el contrario, Cristo ha pasado a un segundo plano y lo importante es una parte de su mensaje, lo que se ha llamado “el Reino”.

El primer grupo -el más numeroso- no hace una crítica a la persona de Cristo, ni siquiera a su mensaje tal y como nos ha sido transmitido en los Evangelios.

En parte porque no lo conoce y en parte porque su relación con el Señor es sobre todo sentimental, emotiva.

Lo que no desea es “soportar” las exigencias de la moral cristiana y como quien le recuerda y pone al día esas exigencias es la jerarquía de la Iglesia, se revuelve contra ella y la rechaza.

Sin embargo, no rechaza a Jesucristo, en parte porque admira y hasta quiere sinceramente al personaje -un ejemplo son buena parte de los cofrades andaluces- y en parte porque no soporta la soledad intelectual del ateísmo.

Necesita creer en algo. Necesita aferrarse a una fe que le habla de una vida después de la muerte y que le ofrece la posibilidad de una ayuda divina en momentos de especial dolor en esta vida.

Pero no quiere que esa misma fe le complique la vida con sus exigencias.

Por eso se revuelve contra sus representantes: el Papa, los obispos, algunos curas.

Utiliza para ello, en primer lugar, los errores de los mismos a los que ataca -por ejemplo, los escándalos por abusos sexuales de sacerdotes norteamericanos-.

No le interesa saber la verdad de lo ocurrido y no suele ser tan tonto como para no poder comprender que esos errores proceden de una minoría poco representativa.

Probablemente es consciente de todo ello, pero en su lucha contra la jerarquía emplea toda la artillería que puede utilizar y ésa es eficaz y demoledora.

También emplea otro argumento: el de que la Iglesia debería ponerse al día para atraer a más fieles. Es la filosofía de las rebajas: vende más barato para tener más clientes y ganar más dinero.

Probablemente sabe o al menos intuye que eso la jerarquía no lo puede hacer porque dejaría de ser fiel a su fundador, Jesucristo, y porque los casos en que se ha hecho -las Iglesias protestantes han recorrido ese camino desde hace muchos años- no sólo no han conseguido lo esperado sino que han perdido la casi totalidad de sus “clientes”.

Pero, aun sabiéndolo, insiste en ello con la esperanza de que la jerarquía atenúe su discurso moral y le permita hacer lo que quiere hacer con la conciencia tranquila.

No faltan, dentro de la estructura eclesiástica, quienes apoyan este discurso.

Son muchos los teólogos -y, sobre todo, son aireadas por los medios de comunicación sus opiniones- que creen lo mismo que esos “cristianos ligth” o “cristianos sociológicos”.

Para ellos, Cristo fue un liberador de toda opresión y si la moral se ha convertido para el hombre de hoy en una carga e incluso en un motivo de alejamiento de Cristo, lo que hay que hacer es reducirla al precio que sea.

El otro sector sí que ha hecho una crítica a la persona de Cristo e incluso a su mensaje.

Han confluido en él diversas corrientes y por motivos diferentes. La crítica racionalista del siglo XIX, con Bultman a la cabeza, se acercó a Cristo con el objetivo de “desmitificarlo”, suprimiendo del personaje y de sus enseñanzas todo lo que sonara a sobrenatural.

Aunque los propios discípulos de Bultman se revolvieron contra su maestro y demostraron lo inconsistente de sus teorías, la semilla que aquel sembró no ha dejado de dar fruto.

Es muy frecuente encontrar entre el clero y no pocos teólogos -y, por consiguiente, entre ese sector de laicos superficialmente ilustrados en el saber teológico- la especie de que no todo lo que aparece en los Evangelios procede del propio Cristo, sino que habría sido introducido posteriormente para justificar determinados criterios morales o políticos de la jerarquía de la Iglesia. Otros llegan a poner en duda aspectos fundamentales de la vida de Cristo -como su nacimiento de la Virgen María o su resurrección-.

E incluso no faltan quienes le acusan abiertamente de no ser más que un líder judío sometido a los condicionantes culturales de su época, debido a los cuales, por ejemplo, impidió el acceso de la mujer al sacerdocio.

Estos ataques contra Cristo iban dirigidos, naturalmente, contra la Iglesia, que era a la que de verdad importaba herir.

Si el fundador perdía prestigio o se sumergía en la nebulosa de la leyenda abandonando el suelo firme de la historia, entonces la Iglesia perdía influencia y capacidad normativa sobre sus fieles. Y, sobre todo, dejaba de ser molesta para los gobiernos.

Estoy convencido de que la masonería tuvo mucho que ver en la difusión de este tipo de ideas.

En ese contexto surgió el huracán de la revolución marxista.

Bajo la atractiva bandera de la lucha por la justicia social y el fin de la opresión de los obreros a manos de los capitalistas, enroló a no pocos cristianos de todos los sectores, incluidos buena parte de los cuadros dirigentes de la Iglesia: obispos, clero, religiosos y religiosas.

Se presentó a Jesús como un pionero del marxismo y se insistió en que socialismo y cristianismo tenían mucho en común y que si Cristo viviera hoy sería el primer comunista.

Mientras esto se decía, se mandaba a los campos de concentración a miles de sacerdotes o se les asesinaba.

Para completar esta labor de absorción del cristianismo, que pusiera al servicio del partido comunista la todavía gran influencia de la Iglesia, se elaboró una teología que sólo más tarde y en parte fue conocida como “de la liberación”.

Ahí fue donde surgió el desarrollo del concepto de “Reino”, al cual se le suprimió rápidamente la coletilla de “de Dios”. Se suprimió también el tratamiento de “Rey” dedicado a Jesucristo.

Muchos de los miembros de la élite eclesiástica empezaron a trabajar “por el Reino” y no por Cristo, el Rey.

Ese “Reino” era muy parecido a la sociedad sin clases que predicaba el marxismo, hasta el punto de ser fácilmente homologables.

Además, si en el caso de Cristo quedaba claro que no se podía usar la violencia, porque él la rechazó explícitamente, en el caso del “Reino” ya no estaba tan claro.

Así se puede franquear la barrera ética de que “el fin no justifica los medios”, para llegar a justificar el uso de la violencia, tanto la revolucionaria como la terrorista, con el fin de acelerar el triunfo de la justicia, del “paraíso marxista”.

Cristo había pasado a un segundo lugar para retroceder después hasta puestos aún más lejanos.

Un “obrero del Reino” no tenía necesidad de rezar, pues no seguía a Cristo, sino a “la causa” y a “la causa” no se le reza.

Tampoco valían los sacramentos y, desde luego, dejó de tener valor el celibato sacerdotal y el voto de castidad.

Lo que importaban eran las obras en pro de la justicia, hasta el punto de que se veía mal hasta la caridad, pues en un buen análisis marxista cuanto peor van las cosas, mejor para la revolución, ya que entonces la gente no podrá aguantar más y explotará.

A pesar de todo, Cristo ha sobrevivido a todos estos ataques. Y a sobrevivido su cuerpo místico, su Iglesia.

Aunque no todas esas patrañas están desenmascaradas y aún siguen haciendo mucho daño, cada vez son más los que se dan cuenta de que cristiano significa ser seguidor de Cristo y de que el Cristo verdadero sólo se encuentra en su Iglesia.

28. El relativismo según Benedicto XVI

Autor:  frmaria.org

El relativismo se ha convertido en la gran cuestión de debate en la filosofía y en la política.

Ligado a él está la cuestión de los límites de los parlamentos para aprobar leyes que vayan contra el derecho natural.

Si todo es relativo, nada debería poder frenar a las mayorías.

Ante esta posibilidad, temible, se alzan voces alertando del peligro de la aparición de nuevas dictaduras.

Una de esas voces es la del Papa Benedicto XVI.

En la homilía del 18 de abril, durante la misa celebrada antes del comienzo del cónclave, el entonces cardenal Joseph Ratzinger se refería a las tendencias siempre cambiantes del pensamiento contemporáneo.

«Cuántos vientos doctrinales hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas de pensamiento?», preguntaba.

Al mismo tiempo, el que los creyentes mantengan los valores de su fe «suele etiquetarse como fundamentalismo», observaba.

Como resultado, «el relativismo, es decir, el permitirse a uno mismo dejarse llevar por cada viento ‘doctrinal’, parece ser la única actitud que está de moda».

Contra lo que el cardenal Ratzinger denominó «una dictadura del relativismo que no reconoce nada como absoluto y que deja únicamente al ‘yo’ y sus caprichos como última medida», la Iglesia ofrece a Cristo como la verdadera medida.

Además, la Iglesia ofrece a sus seguidores una fe adulta que no sigue la última tendencia y que está, por el contrario, «profundamente enraizada en la amistad con Cristo».

Y sobre la base de esta amistad tenemos «la medida para discernir entre lo que es verdadero y lo que es falso, entre el engaño y la verdad».

Esta crítica del relativismo encontró hostilidad en algunos círculos. Escribiendo en el periódico británico “The Guardian” el 20 de abril, Julian Baggini indicaba:

«La elección entre el blanco y el negro que nos ofrece Ratzinger es, por lo misma, falsa.

La certeza moral absoluta que él sostiene que ofrece la Iglesia es hueca».

Y el 19 de abril, “The New York Times” describía la homilía del pre-cónclave como «inflexible», y al cardenal mismo como «un ultraconservador» que «está a favor de una iglesia más pequeña, pero más pura ideológicamente».

Sin embargo, la importancia de preservar las verdades y valores perennes fue defendida por otros.

En un comentario escrito para el periódico Scotsman, John Haldane, profesor de filosofía en la Universidad de St. Andrews, observaba que un elemento clave en el pensamiento del cardenal Ratzinger ha sido la convicción de que las verdades reveladas del cristianismo «nos liberan en la tierra y nos salvan en la eternidad».

La falacia del pensamiento moderno como el cardenal nos advierte, explica Haldane, es la idea de que «la verdad se fabrica más que se descubre».

En parte, observaba, esto surge de la reacción que el hombre moderno siente cuando se confronta con la idea de que somos pecadores y que esto puede conducirnos al castigo eterno.

En estas circunstancias, decía el profesor, «es más confortable negar que haya pecado que arrepentirse y reformarse».

Benedicto XVI también recibió apoyo en una entrevista con el antiguo primer ministro italiano Giuliano Amato, publicada el 25 de abril en el periódico “La Repubblica”.

Amato, un defensor de los principios seculares, observaba que la homilía del cardenal Ratzinger había incitado a muchos a comentar que ahora la Iglesia tiene un Papa conservador, o incluso reaccionario.

Pero, continuaba, la crítica del relativismo está firmemente en la línea de lo que Juan Pablo II ha enseñado en muchas ocasiones cuando advertía de los peligros de una sociedad sin ideales.

El antiguo primer ministro también afirmaba que la sociedad no puede basarse meramente en una base procesal vacía que deje de lado los valores en nombre de la libertad.

El 1 de abril, el cardenal Ratzinger fue al monasterio de Santa Escolástica en Subiaco para recibir el premio San Benito a la promoción de la vida y la familia en Europa.

Durante la conferencia, el cardenal Ratzinger observó que los avances científicos nos han dado el poder de alterar incluso nuestro propio código genético y ahora vemos el mundo y a nosotros mismos no como un don que viene de Dios, sino como un producto de nuestra propia fabricación.

Con todo, nuestra capacidad para tomar decisiones morales no ha ido al paso con el progreso técnico, advertía.

Más bien, ha disminuido, porque la mentalidad científica y técnica que ahora domina el pensamiento en la sociedad contemporánea confina la moralidad al reino de lo puramente personal y subjetivo.

El divorcio entre nuestras capacidades técnicas y cualquier norma moral que pueda limitar las elecciones que hacemos al utilizar este poder, sin embargo, nos coloca en una situación de grave riesgo, dado el potencial destructivo de las tecnologías modernas.

El mundo hoy, indicaba el cardenal Ratzinger, necesita más que nunca la ayuda de una moralidad que influya en la esfera pública, que nos ayude a hacer frente a los graves riesgos y desafíos a que se enfrenta la sociedad.

En un análisis final, observaba, las condiciones seguras que son una precondición necesaria para el ejercicio de nuestra libertad no dependen de una serie de medios técnicos, sino de fuerzas morales.

Y cuando falta la moralidad, el poder del hombre se transforma en una fuerza destructiva. Ahora tenemos la capacidad de clonar humanos, utilizar a personas como bancos de órganos para otros, y hacer armas militares de destrucción masiva.

Y la filosofía predominante del racionalismo y el positivismo, que rechaza cualquier creencia moral o religiosa, rechaza los intentos de poner cualquier límite a nuestra libertad de poner en práctica lo que nuestra capacidad técnica nos permita hacer.

El cardenal Ratzinger también observaba que incluso aunque las ideas como la paz y la justicia son comunes en el discurso público de hoy, no se basan en valores morales, sino en una vaga concepción que se reduce al nivel de política de partidos.

Con demasiada frecuencia estos términos se quedan al nivel de los discursos, y no se trasladan a un compromiso personal por estos valores en nuestra vida diaria.

En su conferencia en Subiaco, el cardenal reconoció la importancia de las aportaciones del pensamiento moderno a la sociedad de hoy. Pero la mentalidad secularista que suele acompañarlo no debería ignorar las profundas raíces cristianas de la sociedad, defendía.

El choque cultural real en el mundo de hoy, decía, no es entre diferentes culturas religiosas, sino entre quienes buscan una emancipación radical del hombre de Dios y las principales religiones.

Eliminar cualquier referencia a Dios o a la religión en la vida pública no es una expresión de tolerancia que es una protección para los no creyentes, sino más bien la expresión de un punto de vista que quiere ver a Dios permanentemente fuera de la vida pública y dejarlo a un lado como alguna clase de residuo cultural del pasado.

El relativismo, que es el punto de partida de esta mentalidad secularista, se convierte en una clase de dogmatismo que cree que ha alcanzado el estadio definitivo de conocimiento de lo que la razón humana realmente es.

Pero, advertía, si desterramos a Dios, la dignidad humana también desaparecerá.

27. La historicidad de Jesús

Autor:  frmaria.org

De vez en cuando aún se oyen voces que ponen en duda la existencia histórica de Jesús de Nazaret.

Sobre todo en la época de Navidad, se suele hablar de si Jesús nació en esta fecha o en otra, de lo cual se termina por concluir, erróneamente, que su nacimiento, muerte y resurrección están más en el campo de la leyenda que en el de la historia.

Esto no es así, y si es asunto de fe su divinidad, su existencia terrenal no deja lugar a dudas.

La Historia de Jesús no empezó con su nacimiento.

Muchos siglos antes de que naciera hablaron de él los profetas.

Miqueas, 730 años antes de nacer, dice dónde nacerá (5, 2). Isaías, 734 años antes de nacer, dice que nacerá de una virgen (7, 14), y describe su Pasión (53, 3-8).

Zacarías, 520 años antes de nacer, dice que será vendido por 30 monedas (11, 12s) con las cuales se comprará el campo de un alfarero.

Los Salmos predicen que sortearán su túnica (22, 19).

Sin embargo, hoy se sabe que hubo un error en la fecha del nacimiento de Cristo.

El sabio benedictino Dionisio el Exiguo, que en el año 533 empezó por vez primera a contar los años a partir del nacimiento del Señor, sustituyendo la antigua numeración que partía de la fundación de Roma, se equivocó en 6 años.

Hizo coincidir el 1 de enero el año uno, con el 1 de enero del año 754 de la fundación de Roma, en vez de escoger el 748 que hoy se considera como exacto.

Por lo tanto, debemos colocar el nacimiento de Cristo seis años antes de la Era Cristiana.

Según los historiadores, Herodes el Grande murió el año 4 antes de nuestra Era. Como él mandó matar los niños de Belén menores de dos años, podemos suponer que Jesús nació dos años antes, es decir, el 6 antes de nuestra Era.

Esto se confirma porque, según el matemático y astrónomo Kepler, el año del nacimiento de Cristo, hubo una conjunción de Júpiter y Saturno, es decir, se pusieron uno detrás del otro, lo cual provoca una luz intensa, muy visible en el firmamento estrellado.

Sería esto la “estrella de Belén”. Del día del año del nacimiento de Jesús no nos dicen nada los Evangelios, pero desde el siglo 1 se celebra el 25 de diciembre, aunque también hubo otras fechas de celebración.

El día de la muerte de Jesús se piensa que quizás fuera el 14 de Nisán, del año 785 de la fundación de Roma que corresponde al viernes 3 de abril del año 33, que fue Primer Viernes de mes.

Recientes estudios astronómicos efectuados por Colin Humphreys y W.G. Waddington, de la Universidad de Oxford, han revelado que un eclipse parcial oscureció visiblemente el cielo de Jerusalén el 3 de abril del año 33, que corresponde al 14 de Nisán, que es el día que murió Jesucristo.

Así se explican «las tinieblas que cubrieron la Tierra» aquel día, según el Evangelio. Sin embargo, otros sostienen como más probable la Pascua del año 32.

La determinación exacta de las fechas y lugares no les interesaba a los evangelistas especialmente.

Con frecuencia dicen en términos generales “en aquel tiempo”; y muchas veces sigue una descripción muy indeterminada del lugar: “subió a un monte”.

Los Evangelios quieren transmitir las predicaciones de los Apóstoles, y dibujar una imagen suficiente de Cristo, a fin de que cada uno pueda convencerse de la verdad de la fe.

Ninguno de ellos pretende contar todo; al contrario, cada uno se toma la libertad de reunir lo que le parece a él más importante, y ordenarlo según sus determinados puntos de vista.

Pero la historicidad de Jesús no ofrece ninguna duda.

De él nos hablan los historiadores paganos de la época.

Plinio el Joven, que fue gobernador romano de Bitinia (Asia Menor) el año 112, en carta al emperador Trajano, hablando de los cristianos que se negaban a ofrecer sacrificios al emperador, dice que se reunían al amanecer para cantar himnos a Cristo, su Dios. Flavio Josefo, historiador judío muy culto, escribe en el año 93 del siglo 1:

“Por aquel tiempo apareció Jesús, hombre excepcional, si le podemos llamar hombre, pues realizó prodigios sorprendentes…

Tanto entre los judíos como entre los griegos tenía muchos discípulos que le seguían.

Por denuncia de los jefes del pueblo, Pilato le hizo condenar al suplicio de la cruz.

Pero ello no impidió que sus discípulos continuaran amándolo como antes. A los tres días de su muerte apareció vivo”.

Cayo Suetonio, historiador de los césares desde Augusto hasta Domiciano, en su obra compuesta entre los años 110 y 120 alude dos veces a los cristianos.

Una en la vida de Nerón y otra en la de Claudio. También habla de los cristianos Cornelio Tácito, gran historiador, discípulo de Plinio el Viejo.

Al relatar, el año 100, el incendio de Roma por orden de Nerón, ocurrido el año 64, dice:

“Se imputó a los cristianos que toman su nombre de Cristo, el cual durante el imperio de Tiberio, había sido condenado a muerte por el Procurador Poncio Pilato”.

Pero sobre todo nos hablan de Jesucristo los Santos Evangelios. Evangelio significa buena noticia. La buena noticia es la venida de Jesús, Salvador de los hombres.

La palabra evangelio no significa primeramente un texto, un libro; sino que, por su etimología y su uso bíblico, designa originariamente un feliz mensaje, un anuncio que hace feliz.

El Evangelio fue, pues, primeramente la palabra de Jesús.

Los Evangelios son libros escritos entre los años 40 -cuando comienzan a recopilarse las primeras tradiciones orales- y 100, por testigos oculares que cuentan lo que vieron y oyeron; o por quienes estuvieron en contacto con testigos presenciales.

Dice San Juan: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos… os lo anunciamos».

Dice San Lucas: «Muchos se han dedicado a componer un relato de los acontecimientos, tales como nos los han transmitido quienes desde el principio fueron los testigos oculares».

Las teorías del profesor protestante Rudolph Bultmann -según las cuales los evangelios fueron escritos en fecha muy tardía y sin mucha conexión con lo que ocurrió-, que durante algún tiempo han orientado las interpretaciones de los textos bíblicos del Nuevo Testamento, están hoy desprestigiadas gracias a las investigaciones de los especialistas hebreos.

Sobre todo por los trabajos de David Flusser y Geza Vermes, que han llegado a la conclusión de que detrás de estas afirmaciones de Bultmann sobre los textos bíblicos había mucha ideología filosófica alemana.

Sin embargo la oposición a las teorías de Bultrnann comenzó entre sus mismos discípulos, como son Ernst Kiisemann y Günther Bornkann.

Una de las pruebas de lo antiguo de los Evangelios la aporta San Ireneo, nacido en Asia Menor, que llegó a ser Obispo de Lyon y había sido discípulo de San Policarpo en Esmirna y éste del evangelista San Juan. Eso le convierte en una de las figuras más representativas del siglo II.

San Ireneo dice: «Mateo publicó un Evangelio escrito para los hebreos y en su lengua…; Marcos, discípulo de San Pedro, nos transmitió también por escrito las cosas predicadas por Pedro; Lucas, discípulo de Pablo, puso en forma de libro el Evangelio predicado por su maestro.

Más tarde, Juan, discípulo del Señor.., también publicó un Evangelio durante su estancia en Éfeso».

Tenemos otros dos documentos del siglo II sobre la autenticidad de los Evangelios: Papías dice que Mateo escribió su Evangelio en hebreo, y que Marcos fue intérprete de la evangelización de Pedro.

El otro documento es el Canon de Muratori en el que se habla de San Lucas como autor del tercer Evangelio, y de San Juan como del cuarto.

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