por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Otra de las cuestiones más repetidas en el “acoso” a que somos sometidos los católicos, es la del primado del Papa.
¿Por qué tiene que haber un primado en la Iglesia? ¿Por qué tiene que ser el obispo de Roma ese primado?.
Para algunos, esta cuestión debería suprimirse porque impide la unidad ecuménica. Olvidan que en el origen de todo está la voluntad del propio Cristo.
Nunca podrá entenderse suficientemente la importancia de la figura del Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro, sin previamente entender quién fue aquel hombre llamado Simón, hijo de Jonás, y cuál fue el papel que nuestro Señor Jesucristo quiso que desempeñara en su Iglesia.
En el evangelio de Juan leemos cómo transcurrió el primer encuentro entre Jesús y Simón:
Jn 1,40-42: Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías («el Cristo»). Y le trajo a Jesús.
Y mirándole Jesús, dijo:
Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefás (que quiere decir, Pedro). En estas primeras palabras ya nos encontramos con un elemento esencial. Cristo anuncia a Simón que tendrá un nuevo nombre por el que será conocido: Cefas (Pedro). ¿Porqué dicho cambio?
En el Antiguo Testamento quizás encontremos la respuesta: Gen 17,3-5: Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo:
He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.
Gen 32,27-28: Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.
Motivos concretos
Cada vez que Dios cambia el nombre de alguien, lo hace por un motivo muy concreto.
Al establecer el pacto con Abraham, que significa “padre enaltecido”, le renombra como Abraham, que significa “padre de una multitud numerosa”.
Dicho cambio de nombre está totalmente relacionado con el propio pacto que Dios establece con el patriarca.
Igual ocurre con Jacob, a quien un personaje misterioso con el que había luchado le advierte que su nombre pasará a ser el de Israel, que significa “Dios lucha” o “él lucha con Dios”, lo cual queda confirmado por el propio Señor en el momento en que confirma en él el pacto que ya había hecho antes con su abuelo Abraham.
Existen otros ejemplos veterotestamentarios en los que podemos comprobar que el nombre de una persona podía estar íntimamente relacionado con alguna circunstancia de su vida.
No en vano, cuando el ángel del Señor anuncia a José, que el fruto del vientre de María es engendrado por el Espíritu Santo, al mismo tiempo le dice que el niño debía de llamarse Jesús, que significa “Yahvé salva”.
Dicho nombre definía perfectamente la misión del Señor que había de nacer del seno de la Virgen María.
Con todos estos antecedentes, no podemos ignorar el hecho de que Jesús, al darle un nuevo nombre a Simón la primera vez que se encuentra con él, está mostrando una cualidad esencial del propio Simón.
Pero dejemos que sea el propio Señor el que nos diga quién es Pedro y cuáles son los elementos distintivos de su ministerio. Analicemos versículo por versículo.
¿Quién es Jesús?
Mateo 16, 13-14: Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Jesús sabía que había multitud de especulaciones acerca de su identidad, realidad que era igualmente conocida por sus discípulos.
En medio de tanta confusión, el Señor les hace una pregunta muy interesante:
Mt. 16,15: Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.
Notemos que no les pregunta “¿quién soy yo?”, sino “¿quién decís que soy yo?”. No siempre lo que creemos acerca de alguien coincide con la realidad. Y tanto más es así cuando ese alguien es el propio Dios.
Hoy estamos en una situación similar a la de aquellos tiempos. Los hombres especulan mucho acerca de la verdadera identidad de Cristo. Unos dicen que es sólo un buen maestro. Otros que un iluminado que fracasó.
Hay quien cree que fue un gurú palestino. Incluso los hay que opinan que fue un extraterrestre. Y muchos directamente le ignoran.
Pero, de nuevo, lo verdaderamente importante es que nosotros, los que somos sus discípulos, podamos responder acertadamente a la pregunta “¿quién decís que soy yo?”.
El que aquellos que no conocen de verdad a Cristo se equivoquen sobre su verdadera identidad es hasta cierto punto normal. Pero nosotros no podemos equivocarnos. Pedro no se equivocó.
Mt. 16,17: Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Pedro lo ha dicho, el caso está cerrado.
Pedro habla en nombre de todos ya que a todos era dirigida la pregunta.
En Pedro está la respuesta de la Iglesia a la pregunta más importante que Jesús pueda hacer. La pregunta sobre su verdadera identidad. Y de dónde sacó Pedro su respuesta?, ¿de su capacidad intelectual?, ¿de su potencial humano para entender la verdad sobre Jesús?. ¡No!, como indica el versículo siguiente.
Mt. 16,18-19: Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.
Cristo y Pedro
Simón supo, y la iglesia con él, quién es Jesús por revelación directa de Dios Padre. No le fue revelado por otros hombres, sino por Dios. Por eso, a este hombre que ha recibido la señal y que está marcado por Dios, Cristo le hace su sucesor, su vicario en la tierra.
Ni podemos separar el nombre Cristo, y lo que significa, de Jesús, ni podemos separar el nombre de Pedro, y lo que significa, de la persona de Simón. Jesús el Mesías, y Simón la piedra.
Y es justo en ese contexto en el que Cristo dice “y sobre esta roca (piedra) edificaré mi iglesia”. ¿Quién es el Cristo? Jesús, Jesucristo.
¿Quién es la roca o piedra sobre la que Jesús edifica su Iglesia?, ¿a quién se le da el nombre de piedra? A Simón, Pedro. Se trata de saber quién es Jesús y de saber quién dice Jesús que es Simón. Y una vez establecido quién es Jesús y quién es Pedro, Jesús edifica su Iglesia.
Y ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Cristo, declarada por Pedro, ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Pedro, declarada por Cristo.
Y es esa Iglesia, la verdadera, la que conoce y confiesa quién es Cristo y quién es Pedro, aquella sobre quien no prevalecerán las puertas del Infierno.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Continuamos desarrollando el tema del celibato sacerdotal.
Siguiendo con el recorrido histórico que empezamos en el artículo del mes pasado, podemos ver cómo fue la comunidad cristiana, en el ámbito de la Iglesia latina, la que exigió a sus sacerdotes el celibato, tanto en orden a mejor imitación de la vida de Cristo como de cara a la mayor entrega al servicio de la evangelización del pueblo de Dios.
Antes de seguir adelante señalo aquí una observación que hay que tener muy en cuenta a la hora de «datar» las enseñanzas o las prácticas de la Iglesia: cuando un concilio o un Papa legislan o definen una determinada doctrina, no quiere decir que esa doctrina haya sido «introducida» en la Iglesia en ese tiempo, sino más bien que se trata de algo que ya existía, y sobre lo que sólo ahora parece necesario legislar.
Demos un ejemplo más reciente: si un historiador del siglo veintiséis leyese en los libros de historia que fue Juan Pablo II en el siglo veinte quién definió solemnemente sobre la imposibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres, ¿podría él concluir legítimamente que la doctrina católica de la no validez de la ordenación de mujeres fue «introducida en la Iglesia» sólo en el siglo veinte?
Se equivocaría si así pensase nuestro imaginario historiador, pues la decisión de Juan Pablo II no es una «innovación», sino una «explicitación» de una doctrina mantenida desde siempre, pero sobre la cual no había necesidad de legislar con anterioridad, pues era aceptada por la totalidad de los fieles.
Algo similar sucede con la «legislación» sobre el celibato sacerdotal: que se haya legislado en los siglos III o IV no quiere decir que el tema era desconocido antes.
Este principio se aplica a muchas definiciones dogmáticas que algunos se apresuran a ver como «innovaciones» de la Iglesia, cuando en realidad no son sino un explicitar lo que ya se venía creyendo con anterioridad (así el dogma del primado del Obispo de Roma, la Asunción de la Virgen, y tantas otras doctrinas).
Siglos IV al XII
Si bien es probable que las Iglesias locales hayan legislado sobre esta materia con anterioridad, lo que nos ha llegado de más antiguo son las decisiones del Concilio de Elvira (entre los años 295 y 302), que fue un concilio de obispos de las tierras que hoy son España.
Dicho Concilio manda que los obispos, sacerdotes y diáconos admitidos a las órdenes sean célibes, o bien dejen a sus legítimas mujeres si quieren recibir las sagradas órdenes.
Esta práctica no fue reglamentada de igual modo en las Iglesias del mundo oriental (Asia Menor), que no impedían a los obispos y sacerdotes ordenados seguir en comunión con sus respectivas esposas.
En occidente, por el contrario, la predicación de los grandes pastores del siglo IV y V testimonia decididamente una clara preferencia por el sacerdocio celibatario.
Se pueden encontrar testimonios históricos de la existencia en occidente de sacerdotes que vivían con sus esposas, pero eran los que se encontraban «en el campo», lejos de sus obispos
También tenemos un testimonio del año 386: el concilio romano convocado por el Papa Siricio, que prohibía a los sacerdotes continuar relaciones con sus ex-mujeres.
En realidad las leyes variaban de un lugar a otro; no olvidemos las grandes distancias que había que recorrer en aquellos tiempos para comunicarse, de modo que las decisiones de una iglesia local tardaban tal vez años en llegar a oídos de las otras iglesias.
No era raro que, a pesar de las indicaciones de los concilios y de la preferencia popular del pueblo por los sacerdotes célibes, algunos tomasen mujer.
Concilios del siglo VI y VII reglamentan explícitamente que los obispos «deben» dejar a sus esposas una vez ordenados, mientras que para los sacerdotes y diáconos parecería no «exigirse» la separación.
Aún en el siglo VIII encontramos que el Papa Zacarías no quería aplicar a todas las iglesias locales las costumbres más propias de algunas, de modo que cada una podía legislar como le parecía más oportuno (respuesta al Rey Pepino).
Lo que nunca se aceptó en ningún lado fue que un ordenado pudiese casarse. El casado podía ordenarse, pero el ordenado no podía casarse.
Del siglo XII hasta hoy
En el año 1123, con el primer concilio Laterano, se reglamentó que el candidato a las órdenes debe abstenerse de mujer, y que el matrimonio de una persona ordenada era inválido, de modo que todo trato con mujer una vez recibida la ordenación pasaba a ser simple concubinato.
En este espíritu reglamentarían todos los Concilios posteriores. Es claro que la ley no se puso en práctica inmediatamente en todos lados, pero poco a poco fue cobrando fuerza de costumbre en todas las Iglesias de occidente.
En nuestros días, esta doctrina encuentra muchos adversarios, pero como vimos, no es nada nuevo. La Iglesia no define el celibato como una necesidad absoluta, pero lo ve como el mejor medio para que el siervo de Dios y de su pueblo pueda actuar «sin divisiones».
Finalmente digamos que en este tema hay que saber hablar con exactitud, ya que el mal uso de las palabras entorpece el diálogo y no ayuda a ver la realidad de las cosas.
Se oye con frecuencia expresiones de este tipo: «La Iglesia impone a los sacerdotes el celibato», o bien en forma interrogativa:
«Porqué los sacerdotes no se pueden casar?». Si bien se entiende que el celibato es una reglamentación eclesiástica, una «ley» de la Iglesia, sin embargo no me parece que sea del todo correcto hablar de «imponer» el celibato, o de «obligar» al mismo.
En la Iglesia católica nadie está obligado a ser célibe, porque nadie está obligado a ser sacerdote.
Por los motivos ya enunciados en el Nuevo Testamento y que hemos sugerido más arriba y por muchos otros motivos de mucho peso, a la Iglesia de Cristo de los últimos mil años le ha parecido bien considerar la vocación al sacerdocio y la vocación al celibato como una única vocación.
Llamada y no derecho
El punto principal aquí es en realidad el siguiente: la vocación sacerdotal es un llamado gratuito de Dios para su Iglesia, y no un derecho personal del candidato.
No sucede con el sacerdocio lo que sucede con otras profesiones humanas, a las cuales «tengo derecho»: la Iglesia, al unir «sacerdocio» con «celibato» no está «imponiendo nada a nadie», porque nadie tiene que ser sacerdote; más bien hay que decir que al obrar así está ejerciendo un «derecho» dado por Dios mismo a su Iglesia de determinar ciertos aspectos disciplinares del oficio sacerdotal.
De hecho es precisamente la Iglesia la que ordena sacerdotes para destinarlos al servicio divino.
En la Iglesia hay cientos de maneras de servir al pueblo de Dios, y si alguien cree que es llamado a ocupar un lugar activo en la Iglesia -¡y en verdad todos lo están!-, pero a la vez cree que no está llamado al celibato, sepa que puede ocupar ese lugar según el don que Dios le dio, sujetándose al parecer de la Iglesia, y no debe buscar a toda costa «ser sacerdote».
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Cada vez se alzan más voces, dentro y fuera de la Iglesia, en contra del celibato del clero.
Tal parece que no hubiera motivo alguno y que sólo una voluntad malvada lo siguiera exigiendo a los aspirantes al sacerdocio.
En este artículo, y en los que le seguirán los próximos meses, damos razones prácticas del por qué del celibato sacerdotal que, sin ser las más importantes, sí pueden ser entendidas fácilmente por todos.
Uno de los asuntos de los cuales más se habla en algunos ambientes eclesiásticos (y no eclesiásticos), y hacia el cual más de una denominación cristiana orienta sus críticas, es la disciplina actual de la Iglesia Católica, según la cual, quien se acerca a las Sagradas Ordenes (sacerdocio) debe profesar votos de castidad perpetua (celibato).
Digamos desde un primer momento que se trata de una disciplina eclesiástica sujeta a cambio, que de hecho cambió y puede, teóricamente, seguir cambiando. No se trata de un dogma de fe.
La Iglesia Ortodoxa, que ordena sacerdotes «válidamente» según el juicio de la Iglesia Católica, admite casados al sacerdocio.
Es más, la misma Iglesia Católica en los países donde predomina el rito Bizantino (por ejemplo en Ucrania) ordena sacerdotes a hombres casados, los cuales continúan viviendo vida matrimonial después de la ordenación.
Pero al mismo tiempo la Iglesia cree que el celibato sacerdotal es un don de Dios, y que hoy por hoy sería un error cambiar la legislación actual. Y la bimilenana Iglesia tiene sus buenos motivos.
Dejamos de lado las muchas razones de orden teológico y pastoral que evidencian la oportunidad de esta disciplina (y que son en verdad cuantiosas y de no poca monta), y vemos solamente el proceso histórico de esta decisión.
Quien quiera profundizar sobre los motivos de orden teológico que han llevado a la Iglesia por el camino del celibato sacerdotal, puede leer con provecho la magistral encíclica de Pablo VI «Sacerdotalis Caelibatus».
Nuevo Testamento
Para entender el motivo último de esta práctica eclesiástica y valorar los alcances profundos de la misma hay que leer y meditar Mateo 19:10-12 y, sobretodo, el capítulo 7 de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Estos textos dan «el espíritu» que late tras la legislación del celibato sacerdotal.
Leyendo estos pasajes, el fiel entiende que se trata de una vocación de Dios, en vistas al Reino de Dios, y que sólo sin razonar puede alguien rápidamente afirmar que «es un invento de los curas»; en efecto, más allá de la disciplina eclesiástica, que puede cambiar y de hecho fue cambiando con el paso del tiempo, sin embargo quedarán siempre en pié aquellas claras palabras del apóstol: «el célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado de los asuntos del mundo.., y está dividido» (1 Cor 7).
Si perdemos de vista estos textos bíblicos, perdemos de vista el centro de la cuestión.
En la evolución histórica de la legislación celibataria pueden distinguirse tres momentos principales: De los comienzos al siglo IV; Del siglo IV al XII; Del siglo XII a nuestros días.
La comunidad apostólica y los tres primeros siglos de la Iglesia.
Hay algunos textos ya en los escritos del Nuevo Testamento que nos ilustran sobre la situación de la Iglesia primitiva en esta materia. San Pablo pide que los obispos y diáconos sean «casados una sola vez», o «maridos de una sola mujer» (1 Tim 3:2.12; Tito 1:6).
Esto, en un primer momento, como se apresuran a hacérnoslo saber algunos hermanos evangélicos, parecería excluir la idea de un sacerdote u obispo «célibe». Ahora bien, no debemos olvidar que el mismo Pablo nos hablaba de la conveniencia de «no estar divididos» (es decir, no estar casados), y agregaba que él quisiera que «todos fuesen como él» (1 Cor 7:7-8), dejando claro que él mismo no tenía mujer, y que prefería -ciertamente no imponía- que el servidor de Dios tampoco la tuviese (incluye también la virginidad femenina, como camino ideal de quien quiera servir a Dios con corazón indiviso).
Es decir, lo que San Pablo pedía con «que sean de una sola mujer» no era que necesariamente se casaran y tuvieran al menos una mujer, lo cual sería exactamente lo contrario de todo lo que el mismo Pablo escribió en 1 Cor 7 - sino que no sean personas que lleven una vida disoluta, con varias mujeres, o que se hayan casado más de una vez.
Se trata de una orden que señala un límite (no más de una mujer), y no una obligación (al menos una mujer).
Es por otro lado obvio que en el comienzo de la predicación cristiana, cuando el celibato no era un estado admitido en la sociedad, los Apóstoles no esperasen encontrar hombres célibes en número suficiente para regir las numerosas comunidades cristianas que iban surgiendo, pues simplemente no los había, y no se podía pensar que el deseo de Pablo de que el servidor sea célibe fuese inmediatamente aceptado y practicado en toda la Iglesia.
No había entonces seminarios: había que fundar las comunidades cristianas con la predicación, y para ello se escogía a los hombres más capacitados en ese momento.
Por ello Pablo exige al menos lo indispensable, a saber, que no sean libertinos, o que no hayan tenido ya varias mujeres.
Incluso es de admirarse que, en ese ambiente naturalmente contrario a la abstención sexual, Pablo haya tenido la claridad y el valor de predicar que «es mejor no casarse». Sus palabras son sin duda de un gran calibre profético.
Lo mismo cabe decir de los textos donde Pablo señala que «si el obispo no es capaz de ordenar su propia casa, cómo será capaz de ordenar la iglesia».
No está diciendo que los candidatos deben ser necesariamente casados, y que un célibe no puede ejercer ese cargo, sino que el candidato, que debía ser una persona de cierta edad y experiencia, y por lo tanto bien casado, debía dar muestras de buen gobierno de su propia familia antes de querer gobernar a la Iglesia de Dios.
Esta fue la práctica de la Iglesia durante los primeros siglos, admitía los candidatos casados a las órdenes sagradas, siempre y cuando diesen testimonio de un matrimonio vivido de manera irreprensible; al mismo tiempo, y siguiendo las enseñanzas de Jesús y de Pablo, siempre fue estimado por todas las iglesias el don del celibato por el Reino de los Cielos, y es lógico pensar que muchos comenzaban ya a vivir ese estado de vida tan particular.
En otras palabras, había ministros casados y ministros célibes, aunque no podemos determinar la cantidad y la proporción con respecto a los casados, o los oficios que se reservaban a unos u a otros, etc.
Además, las costumbres de las distintas iglesias locales eran diversas en este sentido, aunque los principios que enunciamos eran respetados en todos lados.
Recordemos que a la hora de acudir a los documentos escritos, no es mucho lo que de aquella lejana historia podemos asegurar con ciencia cierta en el campo que vamos tratando.
Algunos estudiosos, por ejemplo, se inclinan a pensar que, si bien no era obligatorio, la mayoría de las iglesias locales, tal vez celosas de las palabras del Apóstol, guardaban la costumbre de admitir a las órdenes sagradas preferiblemente a los célibes.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Tanto católicos como protestantes creemos que Jesús tiene más hermanos, pero cada uno entiende algo diferente por ello.
Los católicos profesamos que todos los cristianos somos hermanos de Jesús por el bautismo. Profesamos al mismo tiempo que Jesús no tuvo hermanos naturales.
Los protestantes, en cambio, creen que María Santísima tuvo más hijos naturales. Se basan en los pasajes que mencionan a los «hermanos» de Jesús.
Los controvertidos pasajes en los que se habla de los “hermanos” de Jesús son:
Mateo 12,46: «Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.
Marcos 6,3: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él».
Juan 7,5: «Es que ni siquiera sus hermanos creían en él».
Hechos 1,14: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.»
1 Corintios 9,5: «¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?»
Significado de “hermano”
Para entender los pasajes anteriores es esencial entender el uso de las palabras en la cultura de los judíos de aquel tiempo.
Tanto el hebreo como el arameo (lenguaje de Jesús y sus discípulos) utilizaban la misma palabra para designar a los hermanos, a los primos y a miembros del mismo clan.
Los autores del Nuevo Testamento eran de cultura hebrea y escribieron en griego. El Antiguo Testamento también fue traducido al griego por ser el lenguaje más popular de la época. Es la llamada Biblia de “los Setenta”.
La palabra hebrea para hermanos y primos fue traducida al texto original griego de la Biblia como «adelphos».
A diferencia del hebreo o el arameo, el griego tiene una palabra específica para primos: «anepsios», pero los traductores de la Biblia de “los Setenta” y del Nuevo Testamento, siendo de cultura hebrea, prefirieron usar «adelphos» cuando se utilizaba la palabra aramea «hermanos» que, como hemos dicho incluye primos y otras relaciones.
Es decir, utilizaron la palabra griega pero en el sentido original del lenguaje de Jesús. Por eso, para saber si se trata de hermanos de sangre, de primos o de otras relaciones, hay que estudiar el contexto de la cita. Esto lo podemos saber por varios ejemplos encontrados en el Antiguo Testamento.
A Lot se le llama «hermano» de Abraham en Gen. 14,14, pero sabemos por la misma Biblia que era su sobrino (Gen. 11,26-28). A Jacob le llaman «hermano» de Laban quien es en realidad su tío (Gen. 29,15). I Crónicas 23,21-22 habla de los «Hijos de Majlí: Eleazar y Quis. Eleazar murió sin tener hijos; sólo tuvo hijas, a las que los hijos de Quis, sus hermanos, tomaron por mujeres.»
Otros ejemplos están en 1 Sam. 9,13; 20,32; 2 Sam. 1,26; Amos 1,9. Deuteronomio 23,8: «No tendrás por abominable al idumeo, porque es tu hermano». II Reyes 10,13-14: Los 42 «hermanos» del rey Ocozías que bajaban a saludar a los hijos del mismo rey y de la reina. Nehemías 5,8: «y les dije: «Nosotros hemos rescatado, en la medida de nuestras posibilidades, a nuestros hermanos judíos que habían sido vendidos a las naciones. ¡Y ahora sois vosotros! vendéis a vuestros hermanos».
Jeremías 34,9: «en orden a dejar cada uno a su siervo o esclava hebreos libres dándoles la libertad de suerte que ningún judío fuera siervo de su hermano.»
Hijos de José
Para algunos, los «hermanos de Jesús» podrían ser hijos de San José con una primera esposa si éste era viudo.
Pero el gran maestro de las Sagradas Escrituras en los primeros siglos (Siglo IV), San Jerónimo, planteó más bien que se trata de primos, lo cual cabe perfectamente, como hemos visto, dentro del sentido de «hermanos» sostenido por los judíos de la época.
San Jerónimo, como los demás padres de la Iglesia, defendió la virginidad perpetua de María Santísima.
No existe una sola sugerencia en la Biblia de que la Virgen tuviera otros hijos. Cuando la Sagrada Familia huye a Egipto o cuando se les pierde el niño en Jerusalén (Lucas 2,41-51), siempre se refiere a un solo hijo.
Los de Nazaret, aun cuando hablan de los «hermanos» de Jesús, se refieren a Él como «el hijo de María», no como «un hijo de María» (Mc 6,3). Sería este uso de palabras muy extraño si fueran de hecho esos otros «hermanos» hijos de María.
Hay además otras razones culturales que indican que los «hermanos» de Jesús no eran de sangre. Entre los judíos, los hermanos menores no podían aconsejar a los mayores.
Por eso cuando en una cita un hermano aconseja al otro se entiende que quien aconseja es el mayor.
Sin embargo los «hermanos» de Jesús le aconsejan que se vaya a Judea (Juan 7,3-4). En otra ocasión tratan de llevárselo (Marcos 3,21). Estos hermanos no pueden entonces ser hermanos de sangre ya que Jesús es el primogénito (no tenía hermanos mayores: Lucas 2,7).
En el año 2002 salió a la luz un osario con la inscripción: «Jacob [Santiago], hijo de José, hermano de Jesús». Muchos pensaron que este «hallazgo» ponía en duda la doctrina católica sobre la Virginidad perpetua de María.
Sin embargo resultó ser un fraude. Así lo determinó el director de Antigüedades de Israel, Shuka Dorfman, quien anunció (junio 18, 2003): «El osario es real. Pero la inscripción es falsa.
Lo que significa que alguien cogió una caja real y labró la escritura en ella, probablemente para darle una importancia religiosa».
Lamentablemente los medio de comunicación que tan ampliamente propagaron el engaño, no hicieron casi nada por rectificarlo.
La hora de la muerte
Juan 19,26-27: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.».
El Evangelio nos da el nombre de cuatro de los «hermanos» de Jesús: Santiago, José, Simón y Judas. Si fueran sus hermanos de sangre serían hijos de María.
¿Por qué entonces Jesús la entregó a Juan?. Así lo entendió San Hilario de Poitiers, Padre de la Iglesia:
«Si ellos (los hermanos del Señor) hubiesen sido hijos de María y no aquellos del primer matrimonio de José, ella nunca hubiese sido entregada en el momento de la pasión al apóstol Juan como su madre”.
Jesús establece una relación de madre-hijo que no es por naturaleza sino por gracia. Como Juan, todos los bautizados somos hijos de María y somos hermanos de Jesús.
En el Apocalipsis vemos, en efecto, quiénes son los otros hijos de María.
Apocalipsis 12,17: «Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.»
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
En el capítulo anterior veíamos cómo las diferentes Iglesias protestantes justifican su existencia diciendo que la Iglesia fundada por Cristo se corrompió y que fue necesario fundar una nueva.
Cada una de ellas, a su vez, dice que es la verdadera porque también las demás están corrompidas.
Vemos ahora cómo Cristo quiso deliberadamente fundar una institución, la Iglesia, que debía ser mediadora entre Dios y los hombres.
Cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, publicó el documento “Dominus Iesus” en el año 2000, la Iglesia pretendía dejar las cosas claras a propósito del origen divino de la Iglesia y de su misión mediadora, querida explícitamente por su fundador, Jesucristo.
“La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encamación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad”, dice el documento, para añadir más adelante:
“La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús”, saliendo así al paso de las acusaciones de los protestantes sobre que la Iglesia se ha corrompido y ha dejado de ser fiel a la misión encomendada por Cristo.
Además, se denuncian los ataques contra “verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encamado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo”.
Cristo fundó la Iglesia
“Dominus Iesus” deja claro que Jesucristo es el mediador y el redentor universal, pero insiste en que fundó una Iglesia y que ésta ha seguido fielmente cumpliendo su misión hasta nuestros días, al margen de los pecados personales de sus miembros, y que está representada de forma plena sólo en la Iglesia católica, esto fue lo que no gustó a los que en realidad no entienden el significado del verdadero ecumenismo y creen que éste consiste en una especie de acuerdo por consenso donde todas las partes deben renunciar a algo para llegar a un compromiso final.
El hecho de que la Iglesia católica, basándose en los datos históricos tanto como en la persistencia de la misma doctrina, se presente como la única capaz de enseñar el mensaje íntegro de Cristo a los hombres, les pareció ofensivo.
En la Iglesia católica, dice el documento, subsiste la Iglesia de Cristo. ¿Y que significa subsiste? Pues quiere decir lo contrario de lo que afirman los protestantes. Ellos afirman que la Iglesia de Cristo se corrompió, y al corromperse algo, necesariamente desaparece, deja de existir.
Pero esto no puede provenir sino de la más supina ignorancia, porque la base del protestantismo es esa: la Iglesia de Cristo se corrompió.
Y ¿porque dicen eso?, porque están obligados, ya que si la Iglesia de Cristo no se corrompió, entonces, cuando ellos fundan una Iglesia, ¿a quién le están haciendo la competencia?.
Si Cristo fundó una cosa y su pastor evangélico funda otra, ¿a quien le está haciendo la competencia?. A Cristo.
Sin justificación
Los pastores evangélicos no son tontos. Ellos saben que si la Iglesia de Cristo subsiste, si esta todavía viva e intacta después de 2000 años, ellos no tienen justificación para fundar otra Iglesia.
Por eso la fuerza de los protestantes no está en las verdades que afirman, sino en los ataques que hacen a la Iglesia de Cristo, por eso se llaman protestantes porque no pueden hacer otra cosa sino protestar, y ¿contra qué protestan?: contra la corrupción de la Iglesia de Cristo y de esta manera creen que ya se justifica el fundar otra.
Pero hay algo que falla en esa afirmación que ellos mismos hacen al decir que la Iglesia de Cristo se corrompió. Ellos creen defender a Cristo, pero de hecho lo están atacando. ¿Por qué?.
La respuesta es obvia. ¿Qué es la Iglesia de Cristo? ¿Es una institución humana o es una Institución divina?.
Cristo dijo: sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Si es así, si añadió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre ella, entonces la Iglesia no se ha corrompido nunca y lo que han hecho ellos al fundar otras Iglesias es dividirla en lugar de contribuir, como han hecho los santos, a purificarla.
Al afirmar que la Iglesia se corrompió creen estar atacando a la Iglesia para justificar la existencia de sus múltiples Iglesias. En cambio, están diciendo que Cristo se equivocó. Están diciendo la Iglesia que Cristo instituyó no sirvió, pues en menos de trescientos años se corrompió. Según ellos, en tiempos de Constantino ya se había introducido la idolatría.
Entonces afirman: Yo pastor evangélico, yo pastor protestante voy a hacer una Iglesia más santa y mejor que la de Cristo. ¡Claro que no lo dicen así, pero en el fondo es lo que proclaman!. Porque si la Iglesia de Cristo se corrompió, eso significa que Cristo no sabe hacer las cosas, y no solo eso, sino que Cristo no pudo cumplir su promesa de que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella.
En pocas palabras, ellos pretendiendo defender el Evangelio, se auto-nombran fundadores de una Iglesia mejor que la de Cristo. Posiblemente esto no lo hacen conscientemente, sino que procede del error de concebir la Iglesia como una institución humana y no como una institución divina; desgraciadamente este error se da incluso dentro de algunos círculos católicos.
Ese es el origen de la rebeldía y desobediencia al Santo Padre, de la petición de que lodo se decida por voto popular; eso no es sino considerar a la Iglesia como una sociedad humana.
Unidad inseparable
Por eso el documento “Dominus Iesus”, después de hablar de que Cristo es nuestro único salvador, pasa a hablar en el capitulo IV de la Iglesia. Y afirma que la Iglesia es de Cristo y, aunque los miembros y la cabeza que es Cristo no se identifiquen, están unidos inseparablemente.
La Iglesia con Cristo forma el Cristo total. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, lo cual es una verdad contenida en el Nuevo Testamento.
Cristo es la cabeza, nosotros sus miembros, si la Iglesia es el cuerpo de Cristo ¿puede acaso el cuerpo de Cristo corromperse?. Esta es la pregunta que se deberían hacer tanto los protestantes como los católicos rebeldes y los teólogos disidentes.
¿Si Cristo es la cabeza de la Iglesia, debemos o no obediencia a esa Iglesia? ¿Si la Iglesia es el cuerpo de Cristo, debemos amor a esa Iglesia? ¿Si la iglesia es la esposa de Cristo, podemos afirmar que Cristo se divorció de su Iglesia y se fue con otra?.
Es necesario ser honrados y sacar las conclusiones lógicas. Si Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella, tu decides por el contrario odiarla y perseguirla ¿y todavía te atreves a llamarte cristiano?.