17. María … ¿Quién eres?

Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá | Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su FeAutor: Catholic.net

María era humilde y pura; que era decidida y valiente para enfrentar la vida; que era capaz de callar cuando no entendía y de reflexionar y meditar; que se preocupaba de los demás y que era servicial y caritativa; que tenía fortaleza moral; que era franca.

¿Quién es María? María nació en Nazaret, Galilea, 15 ó 20 años antes del nacimiento de Cristo. Sus padres, según la tradición, fueron Joaquín y Ana. María era judía. Fue educada en la lectura de los libros santos y en la obediencia a la ley de Dios. Hizo voto de virginidad.

Se desposó con José estando ambos de acuerdo en permanecer vírgenes por amor a Dios. Un ángel del Señor se le apareció y le comunicó que el Espíritu Santo descendería sobre ella, y que de ella nacería el Hijo de Dios (Lc. 1, 35).

María aceptó tan maravilloso destino con estas palabras: «Hágase en mí según tu Palabra», y en aquel instante Jesús fue concebido en su seno. El nacimiento del Niño fue en Belén de Judea y fue acompañado de diversas circunstancias, que refieren los Evangelios de Mateo y de Lucas.

¿Qué se sabe acerca de María después del nacimiento de Jesús?

Al cabo de algún tiempo, vemos a María, a José y al Niño instalados en Nazaret. Allí hay un solo episodio notorio: la pérdida y hallazgo del Niño, a los 12 años, en Jerusalén. Fue el tiempo que llamamos de la «vida oculta» de Jesús, su vida de hogar, de familia, de trabajo. Jesús empieza su vida «pública», su vida apostólica y misionera, hacia los 30 años. María lo acompaña, a veces de cerca, a veces más lejos.

El Evangelio nos la muestra en Cana asistiendo a un matrimonio, y al pie de la cruz en que Jesús está muriendo. También en varias otras oportunidades. El libro de los Hechos la menciona en el Cenáculo junto a los apóstoles, después de la Resurrección del Señor. La Tradición sugiere que murió en Efeso -en el Asia Menor- en casa de Juan el Evangelista.

¿Cómo era María? 

Del Evangelio se desprende que María era humilde y pura; que era decidida y valiente para enfrentar la vida; que era capaz de callar cuando no entendía y de reflexionar y meditar; que se preocupaba de los demás y que era servicial y caritativa; que tenía fortaleza moral; que era franca y sincera; que era leal y fiel. María es, como mujer, un modelo para las mujeres. Es también para los hombres el tipo ideal de mujer.

¿En qué consiste principalmente la grandeza de María? 

En ser madre de Dios. Algunos han dicho que María es madre de Jesús «en cuanto hombre», pero no de Jesús «en cuanto Dios». Esta distinción es artificial y, de hecho, nunca la hacemos. Una madre es madre de su hijo tal cual es o llega a ser.

No decimos que la madre de un presidente, por ejemplo, ha sido la madre de él como niño pero no como presidente o que nuestra mamá sea madre de nuestro cuerpo solamente, pero no de nuestra alma que es infundida por Dios. Nunca hacemos esta distinción; decimos simplemente que es nuestra madre. María es Madre de Jesús. Jesús es Dios. Luego, podemos decir que María es Madre de Dios y en eso consiste fundamentalmente su grandeza.

¿Tiene María alguna relación especial con la Santísima Trinidad?

Sin duda. Es la hija predilecta del Padre. Se lo dice el ángel el día de la Anunciación: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc. 1, 28). Tiene también con el Espíritu Santo una relación que se ha comparado a la de la esposa con el esposo. Lo dice el ángel: «El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño que nacerá de ti será llamado Santo e Hijo de Dios» (Lc. 1, 35). «No temas María porque has encontrado gracia delante de Dios» (Lc. 1, 30).

¿Qué dice la Biblia?

Vamos por parte: Es cierto que esos privilegios no están contenidos «explícitamente» en la Biblia. La Biblia, por ejemplo, no habla de la Inmaculada Concepción ni de la Asunción. Pero están contenidos implícitamente en la Biblia. Por ejemplo, en una semilla de rosal no está la rosa. No se ve la rosa, pero ahí está en germen y poco a poco con la savia que viene de la tierra húmeda y con el calor del sol brotará el rosal y en él florecerá la rosa. 

Así también todo lo que la Iglesia enseña de María ha brotado de la semilla del Evangelio, al calor del Espíritu Santo, que sigue iluminando al Pueblo de Dios y lo lleva a descubrir de a poco toda la riqueza que El mismo ha colocado, como en un germen, en la Escritura inspirada por El. 
Todo lo que la Iglesia enseña acerca de María es coherente con la imagen de María que nos formamos al leer el Evangelio, con humildad y con espíritu de fe.

¿Qué dicen los evangelios acerca de las hermanas y hermanos de Jesús?

El idioma que usaba Jesús y sus discípulos no tiene muchas palabras para distinguir los distintos grados de parentesco. Para todo se usaba la palabra «hermano» y así lo vemos en Génesis 13, 8 y en Mt. 13, 55. Las palabras originales que traducimos en castellano por «hermanos» y «hermanas» significan no sólo los hermanos carnales sino también los primos y otros parientes cercanos. La Virgen María no tuvo otros hijos. Jesús es el «único hijo» de María. Esto se muestra claramente por el hecho de que al morir, Jesús entregó su madre a Juan (Jn. 19, 27).

San Pablo dice que Jesucristo es el único Redentor y ¿por qué dice la Iglesia católica que María es corredentora?

Así es. Jesús es el único Redentor, pero San Pablo enseña también que nosotros colaboramos a la redención uniendo nuestros sufrimientos a los de Cristo. «Me alegro por lo que sufro por ustedes, porque de esta manera voy completando en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo por la Iglesia, que es su cuerpo» (Col. 1, 24).

María sufrió durante la pasión de su Hijo como nadie jamás ha sufrido, porque tenía, más que nadie, horror al pecado, porque amaba a su Hijo más que nadie; porque amaba a los hombres por quienes su Hijo sufría y moría. Por eso ha participado tan íntimamente en la redención. No es ella la redentora; hay un solo Redentor, Jesucristo. Pero se la puede llamar corredentora con toda propiedad explicando bien el alcance de este término.

Algunos dicen que los católicos adoran a María como si fuera Dios, o creen en María más que en Dios ¿es cierto esto?

Adorar a María sería una idolatría, un pecado contra el primer mandamiento de la Ley de Dios. «Sólo a Dios adorarás» (Lc. 4, 8). Jamás la Iglesia ha enseñado cosa semejante. María es una mujer, una creatura, la más santa de todas las creaturas, pero solamente una creatura. 

A María la queremos, la veneramos, conversamos con ella en la oración, le damos culto no de adoración que está reservado sólo a Dios, sino un culto de veneración como se lo damos a los santos que, como ella, son seres humanos, simples creaturas; y le pedimos que nos haga conocer, amar y seguir a Jesús como ella lo conoció, lo amó y lo siguió.

¿No será que el culto a María distrae del culto a Cristo? 

No distrae de él, sino que conduce a él. María presintió el culto que le sería dado a lo largo de los siglos, cuando exclamó: «Desde ahora me proclamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc. 1, 42). Ya Isabel, su prima, se lo había anunciado: «Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc. 1, 48).

Los millares de iglesias dedicadas a María, las multitudes de personas que acuden a sus santuarios, los millones de Avemarías que se rezan diariamente en el mundo, han confirmado ese presentimiento y ese anuncio. El que conoce a María la ama, y se esfuerza por darla a conocer y por conocer y amar a Cristo. Se alimenta de su Palabra. Se integra en la vida de la Iglesia, cumple los mandamientos y participa de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía.

¿Cual será la relación de María con Cristo?
María es madre. Es también discípula, su más perfecta discípula, su primera y fidelísima seguidora y su inseparable colaboradora. María es un reflejo de la santidad de su Hijo Jesús. Se la ha comparado a la luna que nos ilumina de noche con una luz más suave que la del día y que no es sino un reflejo de la luz deslumbrante del sol.

11. ¿Cuál es la relación de María con la Iglesia? 
Siendo madre «de Cristo» y, siendo nosotros por adopción, hermanos de Cristo, María es también Madre «nuestra». Así lo dijo también expresamente Cristo en la cruz cuando le dijo a Juan: «He ahí a tu madre» (Jn. 19, 27). María, siendo discípula y seguidora de Cristo, es nuestro modelo, la que va delante en nuestra peregrinación hacia Cristo, la que nos muestra el camino y nos anima a seguirlo: modelo de fe, de esperanza y de amor. Estando María ahora en el cielo, intercediendo por nosotros, nos encomendamos a ella para que nos ayude a vivir aquí en la tierra como cristianos y alcanzar nuestro destino final que es el cielo.

Los títulos de la Virgen 
¿Por qué hablan algunos de la Virgen «del Carmen» y otros de la Virgen «de la Tirana» o de «Lourdes»? ¿Por qué hay tantas imágenes y advocaciones distintas de la Virgen? ¿Son acaso muchas las Vírgenes?


La Virgen María es una sola. La que conocemos en el Evangelio, con la fe de la Iglesia, es María de Nazaret, la Madre de Jesús. Los diversos nombres y las distintas imágenes aluden a las circunstancias o misterios de su vida. La Mater Dolorosa al pie de la cruz es una mujer madura, traspasada de dolor. La Virgen del Tránsito o de la Asunción es una mujer transfigurada, entrando en la gloria. 

Otros nombres se refieren a los distintos lugares en que se celebra su culto: Virgen de Lourdes, de Guadalupe... Pero la Santísima Virgen es una sola. Los miles de artistas que han querido pintarla y esculpirla se la han imaginado cada cual a su manera, buscando, sin embargo, su inspiración en el Evangelio y en la fe de la Iglesia.

¿Qué se debe entender por apariciones de la Virgen? 

La Santísima Virgen puede, si quiere, intervenir desde el cielo en asuntos humanos por amor a los hombres. Puede «aparecerse» a tal o cual persona, habitualmente a niños o personas humildes, y entregarles un mensaje para que los hombres se conviertan y vuelvan a Dios.

¿Cree la Iglesia, así no más, a cualquiera que dice que se le apareció la Virgen?

La Iglesia tiene mucha prudencia y sabiduría y es muy lenta en reconocer una aparición. Primero estudia, averigua y comprueba, a fin de no inducir a nadie a engaño. Y hechas las averiguaciones y después de varios años se pronuncia y reconoce con su autoridad si la aparición es real o ficticia.

En algún caso la Iglesia se ha convencido de la autenticidad de una aparición por la santidad de vida del vidente, por la pureza del mensaje entregado o por los hechos ocurridos en el lugar de la aparición: curaciones, conversiones, etc. Esto es lo que ocurrió en Lourdes, Francia, en 1858 y en Fátima, Portugal, en el año 1917. En otros casos la Iglesia ha rechazado las supuestas apariciones o simplemente no se pronuncia esperando que el tiempo establezca la verdad.

¿Cuál es la mejor manera de orar a la Santísima Virgen?

La oración principal es la del Ave María que consta de dos partes: la primera parte está tomada del Evangelio, del relato de la Anunciación y de la Visitación: «Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está contigo» (Lc. 1, 28). «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc. 1, 42). 

La segunda parte ha sido agregada por la Iglesia: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

¿Qué es el santo rosario?

Es una manera de unirnos a la Santísima Virgen María rezando cinco veces un Padre nuestro, diez Avemarías y un gloria, y recordando cada vez un misterio de la vida del Señor.

Hay 5 misterios gozosos, que se rezan los lunes y sábado, 5 misterios dolorosos, que se rezan los martes y viernes, 5 misterios luminosos que se rezan los jueves y 5 misterios gloriosos que se rezan los miércoles y domingos. Otras hermosas oraciones a la Virgen son la «Dios te salve Reina y Madre»; el «Bendita sea tu pureza», etc.

Cuestionario

¿Qué sabemos de María? ¿Dónde radica su grandeza? ¿Podemos llamar a María «Madre de Dios»? ¿Por qué? ¿De qué nos acusan algunas sectas? ¿Adoramos los católicos a María? ¿Qué significa que le damos culto de veneración? ¿Qué anunció María en lo referente a su memoria? ¿Cómo la recuerda la historia a través de los siglos? ¿Se ha aparecido la Virgen María? ¿Dónde y cuándo? ¿Cuál ha sido su mensaje. ¿Qué es el Santo Rosario? ¿Es bíblica?

16. «La Virgen Maria, Biblia, Tradición y la Cuestión Protestante»

Autor: Catholic.net

La virgen María ¿qué dice la biblia de ella?

CURIA DEL ARZOBISPADO DE MEXICO 
SECRETARIA DE CAMARA Y GOBIERNO MEXICO D.F.

NIHIL OBSTAT 
P. José Luis G. Guerrero 
Por disposición del Emmo Sr. Arzobispo Primado de México 
se concede el IMPRIMATUR 
Mons. Rutilio S. Ramos R. Vicario Gral. 
México, D.F.,12 de diciembre de 1997 

"La Virgen María, Biblia Y Tradición Y La Cuestión Protestante"

- Biblia y Tradición- 

En el Antiguo Testamento es como una gran profecía o anuncio de la venida de Jesucristo Nuestro Señor, Redentor de la humanidad; pero muy poco encontramos en él acerca de la Santísima Virgen María.

Sin embargo ya desde el principio, en el Libro del Génesis aparece la figura de aquella mujer de la que habrá de nacer el Salvador. Cuando Dios maldice a la serpiente o Satanás, le dice: "Enemistad pondré entre ti y la mujer y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su talón". (Gén.3,15) 

Con razón la Iglesia llama a este texto el Protoevangelio o sea, el primer anuncio de la buena nueva. Al anunciar a Jesucristo se menciona a la que lo va a dar a luz. 

Dos Profetas: Isaías y Miqueas, ocho siglos antes de Cristo, hablan también de la Virgen María. Es importantísimo el versículo de Isaías en donde le promete al rey Ajaz la señal esperada: "He aquí que una virgen está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel" (Is.7,14). 

Por su parte Miqueas, contemporáneo de Isaías, menciona también "Al tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz" (MI.5,2)

María en los evangelios. 

El personaje central y absoluto del Nuevo Testamento, es Jesucristo y no debe extrañarnos la parquedad de referencias a la Virgen Santísima. Pero las pocas citas que nos hablan de Ella, han sido suficientes para que la Iglesia, con grande amor, la conozca profundamente y la venere con especial predilección. 

Listamos a continuación, las citas de los Evangelios que de manera especial se refieren a la Virgen María:
· El ángel anuncia a la Virgen María la maternidad divina. (Lc. 1,26-38) 
· María visita a su prima Isabel. (Lc.1,39-45) 
· María entona el Magnificat. (Lc.1,46-56) 
· El ángel anuncia a José el nacimiento de Jesús. (Mt. 1, 18-25) 
· Genealogía de Jesús, según la línea del Rey David.- (Mt. 1, 1 - 1 7; Le.3,23-38) 
· Jesús nace en Belén (Lc.2,1-7) 
· Adoración de los pastores. (Lc.2,8-20) 
· Circuncisión de Jesús. (Lc. 2,21) 
· Presentación en el Templo. (Lc.2,22-38) 
· Adoración de los magos de Oriente. (Mt.2,1-12) 
· La Sagrada Familia huye a Egipto. (Mt.2,13-15) 
· Jesús con los doctore!. (Lc.2,41-50) 
· Jesús en Nazaret. (Lc.2,39-40; 51-52) 
· En Caná de Galilea, Jesús realiza su primer milagro. (Jn.2,1-12) 
· Quien hace la voluntad de Dios, este es mi hermano. (Mt.12, 46-50; Mc.3,31-35; Lc.8,19-21 y 11,27-28) 
· Jesús nos da a su Madre. (Jn. 1 9,25-27) 

Ninguno de los cuatro Evangelistas, nos relata la historia de María, o nos describe su persona; pero estudiando y analizando las citas en que los cuatro hablan de Ella, podemos llegar a conocer profundamente a la Madre de Jesucristo. 

San Mateo, relata con detalle cómo Cristo vino al mundo, de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo. En su relato, muy de acuerdo con las tradiciones semíticas, San José aparece en primer término: recibe los mensajes divinos, toma las decisiones adecuadas, mientras María permanece humilde y silenciosa a su lado. 

San Marcos, siendo el Evangelista más sintético, la menciona una sola vez (3,31-35) para proclamar la superioridad de la maternidad espiritual sobre la maternidad física. 
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San Lucas por su parte, habiendo investigado todo lo relacionado a Jesús, es el que sitúa a María a plena luz del Evangelio, al narrarnos con todo detalle en sus capítulos 1 y 2, la infancia de Jesús. Es el que nos permite entrever la profunda personalidad de la Virgen María y ya no en su Evangelio, sino en los Hechos de los Apóstoles, nos la presenta en el nacimiento de la Iglesia cuando con los Apóstoles "perseveraba en la oración antes de Pentecostés" (Hech. 1, 1 4) 

San Juan, por su parte es testigo y relator del primer milagro de Jesús en las bodas de Caná de Galilea y también testigo ocular de cómo la Virgen Madre permanece de pie junto a la cruz en el Calvario. 

Bastaría considerar atentamente tres escenas de los Evangelios: La Anunciación, Las Bodas de Caná y María al pie de la Cruz, para comprender la grandeza de esta mujer para amarla y venerarla como lo hace la Iglesia Católica. 

La Anunciación. 


Infinidad de artistas se han inspirado en el sublime momento en que el Arcángel San Gabriel saluda a María de Nazaret con las palabras: "Salve, llena de Gracia". Ella turbada por dicho saludo, recibe el anuncio de que ha sido elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo Unigénito. Y a pesar de estar ya comprometida en matrimonio con San José, dando muestra de una fe, humildad, valentía y abandono en las manos de Dios, pronuncia las palabras más importantes en la historia de la humanidad: "Hágase en mí según tu palabra" permitiendo en ese instante el prodigio de la Encarnación. 

Dios se hace hombre en su seno purísimo y comparte desde entonces nuestra humanidad. Porque María supo decir Si a la voluntad de Dios, dio comienzo el embarazo más glorioso de la historia y la Redención de la humanidad se hizo posible. En el saludo del Arcángel a la Virgen María, descubrimos nada menos que su inmaculada Concepción.

En efecto al llamarla "LLENA DE GRACIA", el Ángel declara que la Virgen María ha gozado de la plenitud del Espíritu Santo, lo que excluye automáticamente el pecado original, ya que si en algún momento María hubiera estado en pecado, aunque no hubiera sido más que por un instante, ya no sería la llena de Gracia. Es por este texto principalmente, que la Iglesia declaró el Dogma de la inmaculada concepción, que siempre habíamos creído, en 1854 y que Ella misma ratificó en Lourdes, Francia, en 1858, al definirse ante Santa Bernardita como "Yo soy la inmaculada Concepción". 

Las Bodas de Caná 

Los Evangelios nos relatan cómo en el pueblecito de Caná de Galilea, la Virgen Santísima asistió invitada a una boda, y también llegaron Jesús y sus discípulos. María es la mujer atenta, servicial, la gran ama de casa que se da cuenta de que el vino de la fiesta se ha terminado. "Hijo, no tienen vino" (Jn.2,3) ¿Por qué la Virgen acudió a su Hijo?, ¿Qué esperaba que él hiciera?, ¿Por qué confió tanto en él? No lo sabemos, pero el hecho es que su intercesión provocó el primer milagro de Jesucristo "y sus discípulos creyeron en él". En este pasaje se revela que el poder es de él, la intercesión de Ella. 

Con la confianza de ser escuchada por su Hijo, dice a los criados: "Haced lo que él os diga", así pués, cuando acudamos a la Virgen Santísima en alguna necesidad, estemos dispuestos a cumplir en todo la voluntad de Dios. 

María Al pie de la Cruz. 


Durante la vida pública del Señor, la Virgen María permanece prudentemente en la sombra, confundida entre la muchedumbre, relativamente cerca de su Hijo, meditando sus palabras en su corazón, como la primera discípula de Cristo. 

Desde la presentación en el Templo, cuando Jesús tenía 40 días de nacido, María había recibido del anciano Simeón una premonición angustiante: "Mira, este niño está destinado a ser la caída y el resurgimiento de muchos en Israel como signo de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma" (Lc.2,34-35) 

Más tarde, el relato del testigo presencial de lo que sucedió en el Calvario, San Juan, es sumamente conmovedor. María, la que pasaba desapercibida en los triunfos de Jesús, aparece en un primer plano en el momento del dolor. "Junto a la Cruz de Jesús, estaban su Madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena" (Jn.19,25).

Es la Virgen Dolorosa con siete puñales clavados en su Corazón Inmaculado. 

Y a continuación San Juan nos relata lo que pasó: "Jesús viendo a su Madre y junto a Ella al discípulo que amaba, dice a su Madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo; luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa". (Jn. 1 9,26-27) 

Escena llena de misterio; ciertamente Jesús se preocupa por el futuro de su Madre. Habiendo ya muerto San José (no aparece ni una sola vez en la vida pública de Jesucristo) y no teniendo el Señor hermanos carnales, quedaba María desamparada. 

San Juan es el único de los apóstoles presente en la muerte de Cristo, es el Apóstol virginal que recibe en herencia nada menos que a la Madre de Dios; Jesús en San Juan nos la hereda por Madre a la Madre del Salvador, a la Siempre Virgen María.

¡Todo esto lo rechazan los protestantes! son huérfanos y no cuentan con el consuelo maternal que la Santísima Virgen ha prodigado a la Iglesia, durante 20 siglos. 

Maria en la tradición de la Iglesia 


La verdad de la Palabra de Dios, sólo la encontrarnos en la Tradición de la Iglesia, depositaria del testimonio de los Apóstoles. 

No olvidemos que la Tradición, o sea, la transmisión de la Fe de generación en generación, es anterior al Nuevo Testamento. Por Tradición la Iglesia aceptó los libros inspirados del Antiguo Testamento, y por Tradición los Evangelistas escribieron sus Evangelios y por Tradición, ya que él no estuvo presente, San Pablo recibió y nos trasmite a su vez lo que sucedió en la Última Cena. 

Ciertamente, tanto en la Biblia, como en la Tradición, el personaje central es Jesucristo, pero ya desde los primeros siglos de la Iglesia, aparece la Virgen María indisolublemente ligada al Misterio Pascual, centro del culto católico. 

Ya a mediados del Siglo II existe una homilía de San Melitón de Sardes, en la que se lee este bellísimo texto: 

"El es quién se hizo carne de una Virgen quién fué colgado de un madero, quién fué sepultado en la tierra, quién resucitó de entre los muertos, quién fué elevado a las alturas de los cielos, El es el cordero sin voz, El es el cordero degollado, Es el nacido de María, la hermosa Cordera". 

La Iglesia fué poco a poco conformando lo que llamamos el Año Litúrgico, que es el ciclo de tiempos y celebraciones con los cuales la Iglesia celebra y enseña todo lo relacionado con la Obra Salvadora del Señor Jesús. 

El Año Litúrgico

El Año Litúrgico comienza en Adviento, el último domingo de noviembre, es tiempo de preparación y penitencia para Navidad, por eso el Sacerdote lleva ornamentos morados; sigue la Navidad, de grande alegría y festividad por el Nacimiento del Niño Jesús. 

Continúa algún tiempo llamado "ordinario" para llegar al Miércoles de Ceniza que marca el inicio de la Cuaresma, otra vez tiempo de penitencia y preparación para la Semana Santa, en la que conmemoramos la Institución de la Sagrada Eucaristía, la Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. 

Siguen varios domingos de Pascua, esperando el Jueves de la Ascensión, y Pentecostés que festeja el nacimiento de la Iglesia. Continúa el llamado "tiempo ordinario" hasta completar 34 semanas, que culmina con la celebración de la Fiesta Cristo Rey del Universo, generalmente el tercer domingo del mes de noviembre. 

Naturalmente, dentro de la Liturgia y tradición de la Iglesia, aparece paulatinamente, la memoria de la Santísima Virgen en festividades que conmemoran los principales acontecimientos y verdades que sobre Ella se han aceptado siempre, algunas de las cuales ha sido necesario declarar dogmas de fe, a saber: 

Que es la Madre de Dios. 
(1º de enero) Dogma declarado por el Concilio de
Efeso en el año 431 e incorporado a las oraciones oficiales de la Iglesia.

La inmaculada Concepción. 
(8 de diciembre) Es el Dogma declarado por el Papa Pío IX en 1854, acerca de que la Santísima Virgen María fué concebida sin pecado original. 

La Asunción de la Virgen María a los Cielos. 
(15 de agosto) Dogma declarado por el Papa Pío XII en 1950, acerca de que la Santísima Virgen fué llevada al Cielo en cuerpo y alma. 

Tanto en Oriente como en Occidente, se fueron celebrando fiestas marianas. Antiguos sacramentarios romanos nos hablan de cuatro grandes fiestas marianas: La Anunciación, la Navidad, la Presentación y la Asunción. 

Además de estas solemnes festividades, hay otras muchas a lo largo del Año Litúrgico, en las que celebramos, no solamente aquellos hechos que surgen de la palabra de Dios, sino también los emanados de otras fuentes como son las principales apariciones de la Santísima Virgen María, reconocidas por la Iglesia, a saber: Tepeyac (1531), Lourdes (1858), Fátima (1917) y otras devociones populares. 

La cuestión protestante 


Toda la cuestión protestante se basa en lo que ellos llaman la libre interpretación de la Biblia. Según ellos, toman su Biblia, invocan al Espíritu Santo, y descubren sin más, las verdades reveladas. 

Si esto fuera así de fácil, ¿cómo pueden explicar la infinita variedad de interpretaciones por demás contradictorias que dan lugar a la no menos infinita variedad de iglesias, sectas, creencias, etc. que configuran actualmente el universo protestante?, ¿Dónde quedó el Espíritu Santo? 

La Libre interpretación de la Biblia, ha dado lugar a algo tan sorprendente y absurdo corno lo que sigue, tomado del noticiario protestante Milamex del 31 de julio de 1997. 

"La mujer de las 12 estrellas" 


"Una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de 12 estrellas" (Apoc.12,1) puede referirse a la Unión Europea, debido a que su bandera ostenta una corona de 12 estrellas, declaró recientemente el Rev. lan Paisley, lider evangélico irlandés, durante una convención en Tuebingen, Alemania. 

Esta extraña interpretación, se ha visto modificada en el año de 1997, en el que ya no son 12, sino 16 las estrellas de los paises que forman la Unión Europea, y pueden aumentar con nuevos ingresos. 

Objeciones protestantes 


Entre las innumerables objeciones protestantes a la Iglesia Católica, debemos considerar las relacionadas con el culto que profesamos a la Santísima Virgen María y a los Santos, a quienes dicen que adoramos porque nos hincamos ante sus imágenes. 

Creemos haber dejado en claro las razones que tenemos los católicos para la veneración que damos a nuestra Madre María Santísima, pero no podemos negar que hay algunas devociones imprudentes y expresiones equivocadas que se prestan a malas interpretaciones; pero poco ha reflexionado quien no distinga la diferencia que hay entre adorar y venerar. 

Adorar en el estricto sentido de la palabra, es reconocer a Dios, como Creador del Universo. En cambio venerar es simplemente una muestra de respeto. Así pues, arrodillarse ante una imagen no es de ninguna manera un acto de adoración, porque a nadie se le ocurre que el santo representado, sea el Creador del Universo. 
Las oraciones diarias del cristiano, el Padre Nuestro y el Ave María, nos explican bien la diferencia que hay entre estas dos acciones.

En el Padre Nuestro, la oración que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó, nos dirigimos a Dios como Creador y Padre, dispensador de todos los bienes, a quien pedimos perdón y protección del maligno. Es una oración sublime de ADORACION.

En cambio, en el Ave María, se reza a la Santísima Virgen de muy diferente manera; en ella no hacemos más que repetir las palabras que el Arcángel San Gabriel le dijo en la Anunciación y las de Santa Isabel en la visita que le hace la Santísima Virgen y le pedimos RUEGUE POR NOSOTROS, 

El poder de intercesión de la Virgen María, no solamente es un hecho irrefutable en la historia, sino que ha dado pie a considerarla Corredentora y Medianera de todas las Gracias. 

Estos títulos hay que comprenderlos evidentemente no en plan de igualdad y competencia, sino tan solo en el de cooperación y simultaneidad con Cristo. 

El poder de intercesión puede ser extensivo a los Santos, a los "Amigos de Dios". Las imágenes que hay en las iglesias y en nuestros hogares no son más que "retratos" de quienes han "Amado a Dios sobre todas las cosas en grado heróico" y que la Iglesia nos propone como modelos de conducta, e intercesores ante Dios Todopoderoso. 

Es natural y lo vemos cotidianamente, que cuando queremos un favor especial de alguna autoridad, se recurra a personas que puedan influir a nuestro favor, lo vemos por ejemplo en Jn.1 2, 20-22:

"Entre los que subían para adorar en la fiesta, había algunos griegos, estos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida en Galilea, y le hicieron este ruego: -Señor, deseamos ver a Jesús- Felipe fué y se lo dijo a Andrés y los dos fueron a decirlo a Jesús". 

La Virgen, Imagen Ideal de la Iglesia. 


En la Virgen, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla gozosamente como una Purísima imagen de lo que ella misma toda entera ansía y espera ser. 

Const. Sagrada Liturgia, n.9 103. 

15. ¿María es Madre de Dios?

Autor: Aci Digital | Fuente: www.aciprensa.com

La divinidad del Señor Jesús no proviene de María, pero no por esto ella deja de ser verdaderamente Su Madre.

¿Es verdad que María no es madre de Dios, es solamente madre de Cristo, y que no puede ser madre de Dios porque Dios es infinito y eterno, y María no?

Isabel, en el pasaje de la visitación, llama a María "La madre de mi Señor" (Lc 1, 43). Ciertamente, el Señor es Jesús, quien es Dios mismo. Si aceptamos que María es verdadera y real madre del Señor Jesús, entonces Ella es, por tanto, verdadera y real Madre de Dios, puesto que el Señor Jesús es Dios mismo. Pretender que María es madre "solamente" del cuerpo físico del Señor es absurdo.

El Señor Jesús es una persona completa. Pretender separar su divinidad y su humanidad es absurdo, y es una herejía conocida como nestorianismo, que dice que hay dos personas separadas en Cristo encarnado: una divina (el hijo de Dios) y otra humana (el hijo de María). La herejía fue condenada y la doctrina aclarada en el Concilio de Éfeso en el año 431. 

Lógicamente, la divinidad del Señor Jesús no proviene de María, pero no por esto ella deja de ser verdaderamente Su Madre. Lo mismo sucede con nosotros: el alma inmortal que cada uno de nosotros posee proviene directamente de Dios, pero eso no significa que mi madre no sea verdadera madre mía.

Hay que recordar que fue voluntad del Señor el haberse encarnado en una mujer, y que esa Mujer fuese su Madre.

Dios no necesitaba una Madre, pero quiso actuar así en su plan de Salvación, y por su Voluntad María fue elegida como Madre de Dios "porque ninguna cosa es imposible para Dios" (Lc 1, 37)

14. El Dogma De La Inmaculada Concepción En Las Sagradas Escrituras

Autor:  Alex Grandet | Fuente: Catholic.net 

El Dogma de la Inmaculada Concepción se encuentra contenido realmente en las Escrituras y el Espíritu Santo ha sido quien lo ha clarificado a la Iglesia para conocimiento de toda la humanidad.

Dios tenía a María como parte de su plan salvífico desde el principio: Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya... (Gn 3,15).

No es por casualidad que Jesús llama a María "mujer", la nueva Eva- en la cruz- porque allí venció a Satanás. (También Pablo utiliza la palabra "mujer" en Gá 4,4). Jesús la exalta como la Nueva Eva: la mujer. 

Existen muchos malentendidos sobre la doctrina. El Papa Pío IX, en 1854, proclamó la fe de la Iglesia: que María, desde el momento de su concepción, por un don gratuito de Dios y por los méritos de Jesucristo, fue preservada de toda mancha del pecado original. Esta doctrina incluye que María nunca desobedeció a Dios en toda su vida. 

Los protestantes dicen que sólo Dios no tiene pecado, y entonces que María es pecadora. Prueba de esto es que ella misma llamó a Jesús Salvador (Lc 1, 47). Además, dicen ellos, Pablo escribió que no hay ningún justo, nadie busca a Dios,... todos pecaron (Ro 3, 10-12 y 23).

Pablo citó al rey David. Si llevamos lejos el argumento de que nadie es justo llegamos hasta el extremo del absurdo porque la Biblia dice que Elizabeth y Zacarías eran justos (Lc 1, 6 y 2, 5), y mientras Pablo dice "nadie busca a Dios", Cornelio sí lo buscaba (Hch 10, 3-5).

Adán y Eva eran justos antes de pecar. ¿No son justos los ángeles y santos en el cielo? ¿No es Jesús justo? ¿Como puede Santiago decir en 5, 15:La oración eficaz del justo puede mucho si no hay justos? 

La palabra griega para "todos" no necesariamente indica universalidad absoluta. En Romanos 5, 12 Pablo dice que la muerte pasó a todos, pero sabemos que Enoc y Elías no murieron. (Ver "todo" en Hch 1,1, y Mc 16, 20).

Hay tres argumentos bíblicos que muestran este dogma:

1- La Santidad absoluta de Dios.
2- Las figuras del Antiguo Testamento referidas a María.
3- El saludo del ángel Gabriel, el día de la Anunciación.

Paso a explicarme:

1- La Santidad absoluta de Dios


En Éxodo 3, 5 leemos: “Yahvé dijo: Quita las sandalias de tus pies, que el lugar donde estás es tierra santa”.

Según el Éxodo, el lugar donde Dios habla y se manifiesta es un lugar santo, y lo más revelador, no puede ser tocado por nada profano. Moisés no podía mezclar el polvo de la tierra profana con el polvo del lugar donde Dios estaba hablando....por que la presencia de Dios santifica.

Cristo es Dios, y su presencia también santifica, entonces, ¿Cómo iba a mezclarse el pecado en el vientre que había contenido la carne del Dios Unigénito?? Según el Éxodo, eso no podía ser, por que lo que Dios toca directamente, es para Él.

Números 4, 15: ”Cuando Aarón y sus hijos hayan acabo de cubrir el santuario y sus utensilios todos y se levante en campamento, vendrán los hijos de Caat para llevarlos, pero sin tocar las cosas santas” no sea que mueran.

Dios mismo prohíbe que manos no consagradas toquen los utensilios que servían para su culto, ya que solo debían ser tocados por los sacerdotes... ¿Cómo iba a permitir Dios que el vientre que había sido tocado por el Sumo y Eterno Sacerdote Jesús fuera tocado por Satanás?

1 Samuel 5, 1 y siguiente El texto es muy largo, pero en resumen: Los filisteos capturan el arca de la alianza y la ponen delante de Dagón, pero dagón cae de su altar ante el arca, y los filisteos son castigados con plagas.

Veamos algo: Si el Arca del alianza que contenía el maná, las tablas de la Ley y la vara de Aarón ( las tres son figuras de Cristo no toleraba estar cerca de profanos y pecadores...¿Cómo el vientre de María que contuvo a Cristo, pan bajado del cielo, Jesús Palabra del Padre, Jesús Sumo y Eterno Sacerdote, iba a estar en contacto con el pecado

Recordemos que el Antiguo Testamento es solo el anuncio y el Nuevo es el cumplimiento y su plenitud. Por lo tanto, la santidad de Dios se nos revela más plena en el Nuevo, con la Encarnación de Cristo.

En Lucas 19, 45-48 leemos que Jesús expulsó a los mercaderes del Templo...por que el Templo es la casa de oración. En el Nuevo Pacto, el Templo es Jesús mismo:

Juan 2, 19-21 “Destruid este templo que en tres días lo levantaré...pero Él habla del Templo de su cuerpo”

Si Jesús expulsó a hombres pecadores del Templo del Antiguo Testamento, por ser éste sagrado...¿Cómo es posible que el pecado habitara en el mismo lugar en que estuvo el Sagrado y definitivo Templo de Dios, que es Cristo???

Mateo 9, 20-23: “Entonces una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, se acercó por detrás y le tocó la orla del vestido, diciendo para sí misma: Con solo que toque su vestido quedaré sana...”

Mateo 14, 36: ”Suplicándole que les dejase tocar siquiera la orla de su vestido, y todos los que le tocaba quedaban sanos”

He aquí un hecho: Los vestidos de Jesús, estaban “santificados”, ¿Qué de aquel vestido que durante 9 meses albergó al Dios Eterno? 

2- Las figuras marianas en el Antiguo Testamento. 


Principalmente tres: 

a. Eva

María está prefigurada en Eva, la madre de nuestra raza. (Hay que recodar que los tipos son solamente sombras de los antitipos del Nuevo Testamento). María es nuestra madre por ser la madre de la Iglesia cuerpo de Cristo (Ap 12, 17). Lo que Eva perdió por desobedecer, María lo corrigió por su fe: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra (Lc 1, 38).

Mientras la serpiente venció a Eva (Gn 3, 13), Dios protegió a María de su mordedura: Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto… (Ap 12, 13-16). 

b. La enemistad entre la Mujer y su simiente y la Serpiente


Vemos en Génesis algo muy importante: dice la simiente suya (la simiente de la mujer) (3, 15), y la palabra griega en la versión de la Setenta es SEMENOS (semen en castellano). Entonces, ya que una mujer no tiene semen, la única mujer a quien se podría referir es a María, cuyo hijo fue concebido sin hombre, porque las demás personas nacen de mujer y hombre, de quien viene el semen.

Génesis nos dice que existiría entre la mujer y la serpiente una enemistad completa y que la mujer iba a herir a la serpiente: Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya. [ Esta mujer (María prefigurada) está en enemistad total con el diablo. No existiría tal enemistad total si María hubiese pecado como pecó Eva. No son socios. La serpiente es fuente de todo pecado y maldad. Al fin y al cabo es Dios quien hace que María no peque: YO PONDRÉ enemistad entre tú y la mujer (Gn 3, 15). 

c. Tabernáculo y Arca de la Alianza


También María es el Nuevo Tabernáculo. El primer tabernáculo fue detalladamente construido según Éxodo 25, 9 y 39, 42-43 para ser perfecto y sin mancha (2 Cr 7, 2). Esto prefigura a María. La gloria de Dios cubrió y llenó el primer tabernáculo (Ex 40, 34-38). Comparar esto con las palabras de Gabriel en Lucas 1, 35 donde María está cubierta con esta gloria, sobre ella bajó la gloria del Espíritu Santo.

Hay un paralelismo entre Lc 1, 35 y Ex 40, 34-35. La fuerza del paralelismo está aquí: Como la nube que envuelve la tienda de la reunión significa que el interior de la morada está lleno de la gloria del Señor, así el poder del Espíritu que desciende y cubre con su sombra a María hace que su seno quede lleno de la presencia de un ser que será Santo e Hijo de Dios. La punta de los paralelos señalados está en la equivalencia entre "la gloria del Señor" por una parte y los apelativos Santo e Hijo de Dios por otra. El niño que deberá nacer de María será de naturaleza divina.

María fue prefigurada como el tabernáculo perfectamente construido sin mancha. La traducción de los Setenta (LXX) utiliza la misma palabra y habla de la misma manera de María (el poder del Altísimo la llena en Lc 1, 35) como lo que pasó con el tabernáculo (Ex 40, 34-35). 

Es claro también que Lucas quiere que veamos a María como otra arca de la alianza también construida perfectamente. Comparar también segunda de Samuel (6, 9), vemos que David dice algo semejante a lo que dice Elizabeth a María (en Lc 1, 43): ¿Cómo ha de venir a mí el arca de Yahvé?; David salta frente al arca (2 S 6, 14) como saltó de alegría Juan el Bautista frente a María (Lc 1, 44) la Nueva Arca de la Nueva Alianza que contiene a Jesús el verdadero pan de cielo (el primer arca contenía el maná).

Y no es por casualidad que del arca se dice que estuvo en casa de Obed-edom geteo tres meses (2 S 6, 11), igual que se dice de María: Y se quedó María con ella como tres meses (Lc 1, 56). Así se encuentra este enlace entre el arca construida perfectamente y María en el libro del Apocalipsis: Y el tempo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo Apareció en el cielo UNA GRAN SEÑAL: una mujer vestida del sol... (Ap 11, 19-12,1). 

3- El saludo del ángel Gabriel, el día de la Anunciación


La palabra “kecharitomene" del ángel da muchas pruebas de la Inmaculada Concepción de María. Yo no tocaré esa palabra. Haré uso de otra palabra del ángel el día de la Anunciación, y que en cierta medida encierra este dogma.

El ángel Gabriel le dice a María:

“Jaire kecharitomene", “Alégrate, llena de gracia”.

Jaire, que significa alégrate, es la forma como Dios quiso que se saludara a María, y no por un simple formalismo ni por etiqueta, sino por que Dios quiere demostrarnos algo: María es la Hija de Sión profetizada siglos antes por tres santos profetas: Sofonías, Joel y Zacarías.

Joel 2, 21. 27: “Suelo, no temas; alégrate y gózate, porque el SEÑOR hizo grandes cosas... Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy el SEÑOR vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado”. 

En la profecía de Joel, dios habla al “suelo” y le invita a la alegría. ¿Qué significa este suelo? Si examinamos otros textos de las Escrituras, el suelo es fertilidad, quien da vida. Pero hay tres textos donde el “suelo” evoca a María: 

Génesis 2,7: “Modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla...”

Dios ha tomado tierra del suelo y con ella creo a Adán. Dios tomó carne de María, y con ella llegó a existir Cristo, el Nuevo Adán.

Génesis 22, 13: Subió Abraham con Isaac al monte de Moriah para sacrificarlo....Dios impide que lo sacrifique y luego...”Alzó Abraham los ojos, y vio tras sí a un carnero enredado por los cuernos en la espesura, y tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en ve de su hijo”.

En el texto anterior, el carnero es la figura de Cristo, quien es ofrecido en sacrificio sustituto por nuestros pecados, y así como el carnero salvó a Isaac de morir, así el Nuevo Carnero nos salva de la muerte eterna. Pero hay un detalle que debemos tomar en consideración. Al igual que con Melquisedec, de ese carnero no se habla su origen.

Abraham no lo había visto antes, sino que repentinamente lo vió. El carnero, sin origen, es fruto de la tierra de Moriah, por lo que simboliza esta tierra también a María, la tierra que nos proporciona el Carnero de nuestra salvación.

Éxodo 3, 1-2: “Moisés, llegado al monte Horeb, se le apareció el ángel de Yahvé en llama de fuego de en medio de una zarza....”

El fuego y la voz que salen de la zarza, son también figuras de Cristo, Verbo del Padre y luz del mundo. Lo interesante es que la Voz y el Fuego, salen de la zaza que estaba plantada en el monte de Horeb, así como el Verbo y la Luz del mundo salieron de la Virgen María.

Volviendo al profeta Joel, vemos que cando dice “Suelo, alégrate”, es una evocación directa a María, que en otras partes de la Escritura es prefigurada como “monte, suelo, tierra”, que nos produce a Cristo. 

Joel 2, 21. 27: “Suelo, no temas; alégrate y gózate, porque el SEÑOR hizo grandes cosas... Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy el SEÑOR vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado”.

Comprueban que esa profecía se refiere a María, el hecho que la Virgen admite que en ella se cumplen esas profecías:

Lucas 1, 49: “Por que ha hecho maravillas en mí el Poderoso, cuyo nombre es Santo”.

Entonces vemos que Joel profetiza al “suelo” que se alegre, por que el Señor hizo Maravillas.

En el Nuevo Testamento el ángel le dice a María que se alegre, y María nos muestra la causa de esa alegría: El Poderoso ha obrado en ellas maravillas. 

No hay duda que Joel se está refiriendo a María en esta profecía.

Y aquí viene lo revelador de esta profecía con el dogma de la Inmaculada Concepción: “Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy el SEÑOR vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado””.

Claramente se profetiza que si Dios está en medio de “Israel”, éste no será avergonzado.

El Espíritu santo llenó a María, y Cristo se hace en carne en su vientre. Dios habita en medio de María, y poniendo atención a las palabras de Joel, María no podía ser avergonzada, por lo tanto, María no puede tener pecado.

Salmo 44, 15: ”Cada día mi vergüenza está delante de mí, y me cubre la confusión de mi rostro”.

La misma Biblia relaciona la vergüenza con el pecado. Y Dios ha declarado por medio de Joel que si él habita en medio de alguien, no habrá vergüenza, por ende, no habrá pecado.

La Trinidad completa habitó en María, según las palabras de Joel, según la misma Biblia, ¿Tendrá entonces ella pecado?

Otro texto que evoca el “Jaire” de Gabriel es:

Zacarías 9, 9: “Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí, tu Rey vendrá a ti, Justo y Salvador”

Pero un texto donde la Inmaculada Concepción aparece claro, es el de Sofonías:

Sofonías 3, 14-17: “Canta, oh hija de Sión; da voces de júbilo, oh Israel; gózate y regocíjate de todo corazón, oh hija de Jerusalén. El Señor ha revocado los decretos en tu contra, echó fuera tu enemigo; El Señor es Rey de Israel en medio de ti; nunca más verás el mal. En aquel tiempo se dirá a Jerusalén: No temas; Sión, no se debiliten tus manos. El Señor está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar”.

Otro texto completamente mariano. 

Al igual que con los otros textos y con Lucas, se invita a la hija de Sión a alegrarse.

Al igual que con Joel, se declara que el Señor está en medio de la hija de Jerusalén. No olvidar que el ángel Gabriel también lo declaró al decirle: “El Señor está contigo”.

Vemos que el Ave María ya había sido dicho por Joel y por Sofonías mucho antes que por Gabriel: Alégrate, que el Señor está contigo”.

Lo importante en este texto son las otras palabras de Sofonías:

“El Señor ha revocado los decretos en tu contra, echó fuera tu enemigo”

El texto anterior es una prueba irrefutable contra la Inmaculada Concepción:

La que es invitada a alegrase, por que en medio de ella está Yahvé Dios, resulta que tiene otro motivo de alegría: El Señor ha retirado contra ella sus decretos. El decreto del pecado y la muerte, dado en Génesis a la humanidad, y también tiene otro motivo de alegría: Ha echado fuera a su enemigo, que también evoca la enemistad del Génesis, entre la Serpiente y la Mujer. Es en este texto donde se dice que el enemigo no ha tocado a al mujer. Por lo tanto, la Mujer, la hija de Sión no tiene los decretos dados en contra la humanidad, y tampoco ha sido tocada por el Enemigo.

Por lo tanto, la mujer que es invitada a alegrarse por que el Señor habita en medio de ella, esinmaculada. 

13. La Práctica Canónica en las Apariciones Marianas

Autor: Catholic.net

Autor: Mario Castellano, O.P. | Fuente: Enciclopedia Mariana “Theotòcos”

La actitud de la Iglesia ante las apariciones Marianas.

Por divina institución y según la misma legislación de la Iglesia, los obispos son verdaderos maestros de la fe y verdaderos pastores, que no sólo han de guiar la grey a ellos confiada hacia los sanos pastos de la fe, sino también deben vigilar para que no se infiltren errores o abusos en la devoción de los fieles y en las prácticas de piedad (1)

Respecto a las apariciones en general y a las apariciones marianas en especial, no hay prescripciones explícitas en el Código de Derecho Canónico que digan cómo deban comportarse los obispos en tales circunstancias, cómo deban proceder en el examen de los pretendidos hechos milagrosos. Todo esto está actualmente regulado por una práctica más o menos conocida, pero perfectamente delimitada y que encuentra dos de sus más documentados y muy conocidos ejemplos en los procesos canónicos para las apariciones de Lourdes y de Fátima.

El canonista, naturalmente, presupone lo que es del dominio de la Teología Dogmática y de la Teología Mística: posibilidad de las apariciones o visiones marianas, su forma o tipo, discernibilidad, etc. Así, por ejemplo, es de suma importancia cuanto afirma Poulain respecto a los videntes que no han alcanzado todavía un alto grado de santidad, a saber, que “podemos admitir sin imprudencia que por lo menos las tres cuartas partes de sus revelaciones son ilusiones” (2); él hace incluso un catálogo, con unos 32 casos, de personas canonizadas o muertas con fama de santidad, caídas en error

(1) Cfr. Can. 1.326; 336, 2; 1.261, 1, etc.
(2) A. Poulain, S.J., Des gràces d’oraison, 11.a ed., Parìs, 1931. Vèase tambièn : G. Colombo, Apparizione e messagi divini nella vita cristiana, en “ La Scuola Cattolica “, 76 (1948), 270; Santo Tomàs, 2-2, q. 171, a. 5: “…non plene discernere possit, utrum haec cogitaverit aliquo divino instinctu, vel per spiritum proprium.”


en las apariciones que creían haber visto y en los mensajes celestiales que creían haber recibido.

El canonista necesita, además, de la ayuda de la ciencia médica, porque numerosísimas son las formas sicopáticas (histerismo, etc.) en las cuales el sujeto, presa de exaltación religiosa, confunde, de buena fe, sus alucinaciones o visiones con apariciones celestiales.

Finalmente, no hay que excluir el truco, la ficción, la mala fe; por ambición, ligereza y a veces por lucro, se llega hasta a fingir visiones, apariciones, éxtasis, voces misteriosas.

LA ACTITUD DE LA IGLESIA

La práctica canónica sobre las visiones y apariciones marianas se atiene especialmente a lo que es la actitud tradicional de la Iglesia en la materia.

La Iglesia enseña, ante todo, que la Revelación oficial pública se cerró con la muerte del último de los Apóstoles y que el depósito a ella confiada contiene todo lo que es necesario creer y practicar en orden a la salvación eterna.

Sin embargo, la Iglesia no niega la posibilidad de revelaciones privadas (apariciones, visiones, mensajes) de Dios y de los santos y en particular de Nuestra Señora. En el pasado, frente a tales hechos, se ha mantenido muchas veces en completa indiferencia; muchas veces ha intervenido para desaprobar neta y enérgicamente (3); en ciertos casos, aun no dando ninguna garantía explícita sobre el origen divino de las apariciones y de las visiones, ha mostrado de alguna manera que aquellas revelaciones o apariciones eran tenidas por ella en gran estima (4); finalmente, muy pocas veces ha dado una explícita aprobación a las revelaciones o apariciones, cuyo valor explicaremos más adelante.

La Iglesia reivindica para sí misma, exclusivamente, la autoridad y el poder para dar un juicio auténtico sobre las visiones o apariciones, para aprobarlas o condenarlas: tal poder está implícito en su misión, y ella no sería maestra de verdad, si no defendiese la verdadera revelación y la verdadera devoción contra las falsas apariciones y revelaciones (5).

Por tanto, puesto que se trata de revelaciones o apariciones que no son absolutamente necesarias, pero que a lo más son solamente útiles al pueblo cristiano en las diversas contingencias históricas, la Iglesia no tiene jamás prisa por juzgarlas, y como sabe por experiencia que tales apariciones y revelaciones no son frecuentes; que la mayor parte de las veces no son auténticas, y que, en todo caso, es más bien difícil juzgar de su autenticidad, a causa de 

(3) Un ejemplo recientísimo es el Aviso o Moniciòn del S. Oficio de 28 enero 1954 (AAS 1.954, 64), en el cual se afirma que nullo modo constat del origen sobrenatural de las promesas que se dicen hechas por Dios a Santa Brígida.

(4) Colombo, op, cit., pp. 267-268. Vèase tambièn M. J. Congar, O.P., La credibilitè des revelations privees, en Supplèment à la « Vie spirituelle », 1 octubre 1937, 44-48.

(5) Cfr. A. Oddone, S.J., Apparizione e visioni, en « La Civiltà Cattolica », 99 (1948), I, 4 febrero 1951, citado en « Monitor Ecclesisticus », 76 (1951), 193-196: “Por lo cual es un derecho y un deber del Magisterio de la Iglesia dar un juicio sobre la verdad y sobre la naturaleza de hechos o revelaciones que se dicen acontecidos por especial intervención divina. Es un deber de todos los hijos buenos de la Iglesia someterse a este juicio” (p. 193)

las múltiples ilusiones que pueden mezclarse en ellas, las examina con extrema circunspección y, si las circunstancias lo aconsejan, con desconfianza (6). Su prudencia no disminuye, incluso cuando el pueblo se ve arrebatado por un gran entusiasmo y, humanamente hablando, podría parecer oportuno secundar sus fervientes deseos.

La Iglesia, por consiguiente, “camina con paso lento entre los errores contrarios”, como afirma Santo Tomás (7); pero también está segura de poder llegar en todos los casos, pronto o tarde, a conocer la verdad, porque la sabiduría y bondad de Dios no puede permitir que el hombre se vea arrastrado invenciblemente al error y que su Iglesia pierda en su oficio de maestra. Todo consiste en aplicar con sabia prudencia los criterios de discernimiento de la intervención divina, tal y como nos los sugiere la Teología y la misma razón.

Los criterios o señales suficientes de la sobrenaturalidad de la aparición deben poner en condiciones de juzgar la realidad del prodigio y su origen o causa (8).

Ante todo, es necesario apurar la certeza histórica del hecho que constituye el objeto de la investigación en sí mismo, y en sus circunstancias. Muchas veces, efectivamente, ocurre que se buscan las razones de visiones o apariciones que de hecho no existen, y que se cree, con suma ligereza, por la simple afirmación de una niña o de varias niñas o niños.

Es necesario, por el contrario, controlar punto por punto lo que los pretendidos videntes afirman sobre las circunstancias de tiempo, de lugar, de personas, etc., y esto mediante testimonios oculares. Los testigos audiculares deben ser admitidos sólo para controlar y confrontar las diversas narraciones del mismo acontecimiento que se afirma prodigioso hechas por quien ha sido el privilegiado protagonista.

Es evidente que la aplicación metódica, severamente crítica, de este criterio puede por sí misma llevar a resultados concretos, tanto en sentido positivo como en sentido negativo, y la experiencia lo confirma.

Según, pues, la práctica de la Iglesia, enseñada por innumerables experiencias, no se debe pasar a ulteriores investigaciones hasta que haya quedado establecida, con certeza moral, la realidad del pretendido hecho prodigioso, al menos en su especie externa, a través de una minuciosa discusión de testigos no sospechosos, no interesados, maduros, ponderados, oculares o inmediatos, tales, en suma, que sean dignos de plena confianza. Ya amonestaba Ferraris: Examen debet esse rigidissimum quoad testes (9)

En la mayor parte de los casos, con una aplicación inteligente de este criterio, se llega a la conclusión cierta de que los pretendidos hechos no existen: son ilusiones, mixtificaciones o equívocos. En término técnico, suele decirse que las pretendidas apariciones están destituidas de todo fundamente. Algunas veces se utiliza también la fórmula: constat (facta, apparitiones, etcétera) non esse supernaturalia para excluir la sobrenaturalidad de los dichos fenómenos y dejar sin juzgar la cuestión de si se ha notado o no, algo

(6) Crf. Oddone, op. Cit., p. 370
(7) Opus. 3, Contra graecos, cap. IX
(8) A. Oddone, S.J., Criteri per discernere le vere visioni e le apparizioni soprannaturali, en “La Civiltà Cattolia”, 99 (1948), II, 364 ss.; J.H. Nicolas, O.P., La foi et les signes, en Supplèment de la « Vie spirituelle », 15 mayo 1953, p. 141 ss,
(9) Prompta Bibliotheca, « Miracula », n. 39

de verdad en lo que se afirmaba; pero es evidente que la fórmula precisa que hay que utilizar en los casos de ficción, mistificación, ilusión, es más bien la primera: Constat praetensas apparitiones quovis fundamento carere. De estas fórmulas hablaremos más adelante.


ASPECTOS QUE CONSIDERAR

Si, a través de testimonios plenamente probativos, se hace cierto el hecho de una aparición o visión, hay que pasar al examen de las verdaderas causas del mismo hecho, a saber, indagar si ha de atribuirse a las fuerzas de la Naturaleza, a la intervención del demonio, o a la acción benéfica de Dios. 

De estas tres hipótesis no podemos huir porque no es posible que se dé una cuarta; podemos, por consiguiente, concluir que el hecho es de carácter sobrenatural únicamente cuando se pueda excluir de manera absoluta que haya sido producido naturalmente o por intervención del demonio.

Para llegar a esto es necesario calibrar atentamente los diversos aspectos de la aparición o visión a la luz de la siguiente regla general: “se debe considerar como absolutamente falsa toda aparición o visión que se halle en oposición evidente con las verdades especulativas de la fe, que ofenda a la moral o a la disciplina de la Iglesia, que contenga cualquiera afirmación teórica o práctica contra la razón, que vaya abiertamente contra el buen sentido natural y cristiano” (10)

Los diversos aspectos a considerar, según las sugerencias hechas por Benedicto XIV, que sigue siendo el autor clásico en la materia (11), son los siguientes:

1) La persona del vidente
2) El contenido de la visión o aparición
3) La naturaleza o forma de la visión o aparición
4) La finalidad de la visión o aparición

La persona del vidente

Ante todo se puede deducir si una aparición es sobrenatural o no por un examen atento y prolongado de la persona del vidente o de los videntes, hecho desde un doble punto de vista: moral y psicofísico.

Desde el punto de vista moral, se deben considerar las virtudes de la persona o personas supuestas privilegiadas. Aun admitiendo que Nuestra Señora puede aparecer a pecadores y a santos, no parece admisible que Ella escoja como a portadores de sus “mensajes” a ciertos pecadores o a determinados espíritus rebeldes a la autoridad de la Iglesia, en los cuales no se haya producido –a consecuencia de la aparición- un radical cambio de vida.

De lo contrario, el embajador de María estaría falto de las credenciales que se le pueden exigir con toda justicia. Por otra parte, es conocido que los grandes privilegiados de Nuestra Señor han sido elevados muchas veces a la gloria de los altares.

Es necesario, por consiguiente, estar seguros de que el supuesto vidente es enemigo de todo pecado, incluso leve, y verdaderamente preocupado de su adelantamiento espiritual; si abraza con fervor y afecto todo lo que pertenece al servicio de Dios, si huye ponerse a la vista de todos, hablar de sì mismo, sacar provechos materiales de las supuestas apariciones; si ama el sacrificio, la mortificación y el desapego de las cosas del mundo; si, sobre todo, se muestra 

(10) Oddone, Crieri, p. 366
(11) De beatif. Et canoniz. SS., lib. III, cap. 51, n. 3; cfr. Santo Tomàs, De veritate, q. 2, a. 2

humilde, sometido, obediente. La humildad sincera y profunda, la obediencia plena y total a la Iglesia, son la gran piedra de toque de las virtudes de los videntes. Lo cual no significa que, por obsequio a las autoridades eclesiásticas investigadoras deban decir que la aparición no ha existido o que la mujer que han visto no era María Santísima; por el contrario será indicio de verdadera aparición la firme constancia con que, incluso ante presiones y ante las más severas amonestaciones permanezcan firmes en sus afirmaciones; pero su firmeza será humilde y serena, jamás proterva o injuriosa hacia la Iglesia.

Se puede estar totalmente cierto de que no se trata de apariciones sobrenaturales cuando los pretendidos videntes se muestran impacientes, orgullosos, testarudos, desobedientes a la autoridad eclesiástica, cuando buscan el aplauso y la admiración; cuando no se sienten movidos a la mortificación y el sacrificio, y aman, en cambio, la vida cómoda y las mundanidades; cuando tiene tendencia a alejarse de los caminos trillados y manifiestan cierta ansia de extraordinario y aman divulgar las comunicaciones que ha tenido; cuando procuran sacar ventajas económicas de las pretendidas apariciones. 

No raras veces sucede, además, que los supuestos videntes aparecen destituidos de toda virtud, y especialmente de humildad y obediencia; pero no hemos de contentarnos con las apariencias y con manifestaciones cortas: es necesario estar seguros de que se trata de virtudes reales y no aparentes, por medio de un examen agudo y prolongado. No son, como hemos dicho, raros los casos de impostura, de ilusión o de alucinación; pero también es cierto que el falsamente virtuoso pronto o tarde se traiciona.

Esto es tanto más verdad cuanto que no son pocos los videntes de buena fe que consideran como apariciones marianas lo que no son más que ilusiones o alucinaciones suyas, productos de un estado morboso. Por esto hemos dicho que los sujetos deben ser cuidadosamente examinados, incluso desde el punto de vista médico, a saber, psicofísico.

Cualquier indicio de temperamento morboso o anormal, de sensibilidad demasiado acentuada o de imaginación excesivamente via, de excesiva impresionabilidad y sugestionabilidad, de agudo sentimentalismo, deberá ser ponderado y valorado por médicos, peritos en la materia, y de evidente conciencia cristiana, para establecer el juicio que, desde el punto de vista patológico, deba darse del supuesto vidente. 

Basta a veces un indicio cierto de histerismo para encontrar la manera de desenmascarar las mixtificaciones o alucinaciones que se quieren hacer pasar como auténticas apariciones o revelaciones.

Desde este punto de vista, se presentan a veces casos dificilísimos de juzgar. Ciertos relatos, ciertas descripciones de apariciones son hechas con tal conmoción, con tan cuidadosa precisión de detalles de tiempo, de lugar y de toda clase de circunstancias, que nos vemos obligados a decir: “Es imposible que el fondo por lo menos no sea verdad”; y, en cambio, se trata de hechos inventados totalmente o de exageraciones de hechos en si mismos insignificantes.

El contenido de la aparición

El contenido y objeto de la visión o aparición debe ser atentamente valorado a la luz del principio general antes afirmado y, por consiguiente, se debe considerar como falso lo que contradice a la razón; falso y malvado todo lo que contradice a la moral; falso, malvado e impío todo lo que contradice a las verdades reveladas (12).

En otros términos, cuando las visiones o apariciones contienen cosas contrarias a la Sagrada Escritura, a las verdades definidas por la Iglesia, a la enseñanza unánime de los Padres y Doctores de la Iglesia; o cuando contienen actos inmorales o indecentes; e incluso solamente ridículos e indignos de Dios, nos podemos dispensar de cualquier examen ulterior: se trata de una intervención diabólica o de fenómenos patológicos o de torpes mixtificaciones.

“Cuando, por ejemplo, se sabe que la Santísima Virgen ha animado a los videntes y a sus seguidores a desafiar las censuras eclesiásticas que les han sido fulminadas y los ha consolado del sufrimiento de verse privados por su gloria de los sacramentos, no hay que seguir más el examen, al menos que no nos interesemos, como psicólogos, por los epifenómenos del sentimiento religioso” (13).

Las apariciones, además, que contienen afirmaciones nuevas y singulares, como también las que contienen cosas curiosas e inútiles, se deben considerar por lo menos como dudosas y sospechosas; porque no hay nada que añadir al depósito de la revelación, ni podemos admitir que Dios haga un milagro sin alguna razón suficiente. Sin embargo, no conviene rechazar sin más las apariciones y visiones que tienen un contenido que sabe a novedad, por este solo motivo: porque puede ocurrir que, por medio de ellas, Dios quiera llamar la atención sobre verdades ya reveladas, pero poco vivas en la piedad 

(12) Asì, Oddone, Criteri, p. 370. En estas páginas utilizamos especialmente este magnìfico ensayo. Léase también Nicolas, op, cit., 149-144.
(13) Nicolas op, cit., 144.

de los fieles, como sucede por ejemplo, en la devoción al Sagrado Corazón, revelada a Santa Margarita Alacoque; puede ocurrir también que, por medio de apariciones, que a nosotros nos parecen inútiles, quiere Dios realizar designios providenciales que escapan a nuestra corta inteligencia. También los mensajes y los secretos marianos que son confiados a los videntes se deben examinar a la luz de estos principios (14).

La forma de la aparición

La forma y la naturaleza de los fenómenos que se dicen sobrenaturales deben también servir como criterio para valorar los mismos fenómenos, teniendo presente que las obras de Dios son siempre perfectas. Si Nuestra Señora aparece, ninguna deformidad física o moral es admisible en su aspecto, en su actitud, en sus movimientos; su visión es tranquila, firme y segura. Si además Ella revela los secretos del corazón, cuando es imposible que los penetre la inteligencia humana; si manifiesta una ciencia o un poder superior a todo agente creado (comprendido el demonio), entonces no puede caber duda alguna: es ciertamente la Madre de Dios.

La finalidad de la aparición

La finalidad, o sea los efectos de las apariciones o visiones, nos proporcionan un criterio de valoración que es muchas veces decisivo. Efectivamente, es evidente, que tales finalidades deben ser dignas de Dios y, por consiguiente, finalidades de bien y de santificación, tanto del vidente como de la colectividad de los fieles. Nuestra Señora no ha aparecido nunca sobre la tierra más que para dar gracias de salvación y de santidad a los afortunados privilegiados y a todos aquellos que escuchan sus maternales exhortaciones.

Ya hemos dicho que las apariciones o visones ciertamente inútiles, sin finalidad, o precisamente con una finalidad no buena, han de ser rechazadas sin más. Jesús mismo nos ha dado un criterio que podemos aplicar a los visionarios cuando dijo: “Los reconoceréis por sus frutos”. Si los efectos de una visión son malos, la visión no podrá ser buena, ni el demonio puede actuar par un bien real y absoluto: puede, acá y allá, proponerse una obra santa, disfrazándose de ángel de luz, pero, tarde o temprano, descubre su intento, que sustancialmente consiste en llevar alas almas a una obra mala. Por consiguiente, es necesario en todo caso examinar todos los efectos de una aparición o visión hasta los últimos, para descubrir la verdadera finalidad de quien se pretende haber aparecido al vidente.

Además de una finalidad de bien para la comunidad de los fieles, las verdaderas apariciones marianas, tienen otra, secundaria, pero constante, de santificación del vidente. Lourdes y Fátima son confirmación de ello. Escribe justamente a tal propósito el P. Oddone:

“No son, por tanto, divinas aquellas visiones y revelaciones que mueven a algo indecente, que fomenta el orgullo y la soberbia, que 

(14) Sobre los beneficios que pueden provenir para la Iglesia de las apariciones marianas, vèase Nicolas, op. cit., 158-162.

dejan al alma en agitación y en inquietud, que aumentan el deseo de tener visiones, que inducen al hombre a hablar muchas veces de sus visiones y a gloriarse de ellas con ostentación y facilidad. En cambio, han de considerarse como verdaderas y divinas aquellas visiones o apariciones que producen calma y tranquilidad del alma, que aumentan la fe y la caridad, que mueven a practicar todas las virtudes cristianas, especialmente la obediencia y la humildad. El efecto más seguro de la verdad de una revelación es la humildad, la cual jamás se produce en el caso de una ilusión imaginaria, ni mucho menos en el caso de una intervención diabólica.

Cuando consta verdaderamente que una visión es precedida, acompañada, seguida por sentimientos de verdadera humildad, de una humildad a toda prueba, la duda no tiene ningún fundamento razonable. La humildad, dicen los mejores autores, es el sello màs seguro, la piedra de toque por excelencia, para discernir todas las operaciones divinas (15)

Sin embargo, aun aplicando estos criterios en su conjunto, no siempre conseguimos excluir con absoluta certeza el peligro de engaño y de error. Se trata de una materia tan difícil e incierta que ya el cardenal Bona la llamaba Opus multa caligine, casuum varietate perplexum, et quibusdam quasi cavernosis anfractibus impeditum (16).

El mismo San Alfonso de Ligorio estimula a la mayor desconfianza y ponderación afirmando que “la mayor parte de las visiones y revelaciones particulares son falsas y engañosas”. Nosotros mismos daremos más adelante una impresionante estadística de fenómenos recientes.

Hay que tener presente que también los buenos, los humildes, los santos, pueden engañarse y tomar por apariciones, lo que no son más que alucinaciones suyas o ilusiones. Es necesario, por tanto, un criterio que supere toda incertidumbre, que manifieste a los fieles con evidencia la verdad de la aparición, que sea finalmente el dedo de Dios.

CRITERIO DECISIVO: EL MILAGRO

Este tercer criterio general es el más importante de todos, porque asegura de la manera más cierta el carácter sobrenatural de una aparición: el milagro. Mas para esto es absolutamente necesaria una condición, a saber, que el milagro tenga una conexión explícita o implícita, pero indudable, con la aparición. Únicamente si el milagro es hecho por Dios para probar la verdad de la aparición –directa o indirectamente- y no sólo para premiar la fe de alguien o por otros motivos, será señal apodíctica, el signum comprobationis con el cual se llega a la certeza del carácter sobrenatural de la misma aparición.

Dios, Verdad infinita e infinito Amor, si permite que su Madre aparezca en el mundo para el bien común de los fieles, no puede dejar de acompañar tal aparición con señales tan evidentes, que no pueda haber posibilidad de errores por parte de los fieles. Únicamente el milagro que sea verdaderamente tal y tenga relación evidente con la aparición de los criterios precedentes (17).

Pero el milagro no siempre acompaña a las apariciones marianas: únicamente cuando éstas tienen una finalidad social, cuando, por ejemplo, contienen mensajes o admoniciones para la comunidad de los fieles, deben estar comprobadas por el signum comprobationis; pero no cuando se trata de apariciones para confortar o consolar al vidente, como leemos en la vida de muchos santos.

(15) Oddone, Criteri, 374-375
(16) De discret. Spiritum, cap. I, n. 1
(17) Sobre la severa crítica que hemos de hacer sobre los prodigios que acompañan a las visiones y revelaciones públicas, véase Nicolas, op. cit. 144-147.

PROCEDIMIENTO A SEGUIR

¿De qué manera deberá procederse para aplicar los diversos criterios y llegar a una decisión pública?

El modus procedendi, lo hemos ya dicho, está determinado por una práctica canónica que no ha encontrado sitio en la codificación de 1917. El Código se limita a decir que es el obispo del lugar, como maestro de la fe y pastor de la grey a él confiada, quien debe velar por la piedad de los fieles, y excluir toda falsa devoción (18). A él pertenece, por tanto, tomar las medidas cuando se trata de juzgar supuestas apariciones o visiones marianas en su diócesis, y no tiene que acudir al Santo Oficio para poderlo hacer. Si quiere, puede pedir al Santo Oficio instrucciones, puede remitir a él la cuestión, puede someter a él la aprobación, el juicio sobre las apariciones al cual haya él llegado; pero, de suyo, él puede investigar con su propia autoridad, es competente para juzgar y para tomar todas las medidas del caso (19).

Apenas el Ordinario del lugar se ha informado de una pretendida aparición o visión mariana, debe ante todo indagar si la cosa puede tener o no alguna consistencia. Muchas veces se trata de hechos tan estupidos o groseros, que no vale la pena de tomarlos en consideración: bastará entonces hacer avisar al párroco o a toro sacerdote designado que amoneste al pretendido vidente, para que desista de propagar sus pretendidas apariciones, y advertir prudentemente a los fieles –si se presenta el caso- para que no se dejen desviar. En suma, tomar las oportunas medidas para que las cosas vuelvan a quedarse tranquilas.

A veces puede ser también útil no hacer nada, mantener una actitud de absoluta indiferencia y dejar de esta manera que los hechos sn consistencia caigan poco a poco en el olvido. La indiferencia y el silencio de la autoridad eclesiástica consiguen muchas veces que el entusiasmo por la pretendida aparición se extinga rápidamente; mientras que procedimientos drásticos contra uno u otro de los más fervientes propagadores de la nueva devoción, propagarían tal vez insensatas reacciones o rebeliones, que acabarían manteniendo abierta una cuestión que de otra manera se hubiese ahogado.

(18) Can. 1.261, 1.
(19) La Suprema Sagrada Congregación del S. Oficio, de la cual es Prefecto el Sumo Pontífice en persona, tutatur doctrinam fidei et forum (can. 247. 1). Los Ordinarios de los lugares, en lugar de los antiguos inquisidores, son “miembros natos” del Santo Oficio.

Si las pretendidas apariciones revisten cierto carácter de seriedad y conmueven a gran número de fieles, el obispo tome las oportunas informaciones, y apenas lo considere oportuno pase a la constitución de una Comisión diocesana para examinar y juzgar los hechos. Contemporáneamente, debe tomar disposiciones para que no se permita en manera alguna el culto público en relación con las apariciones (construcción de capillas, oraciones litúrgicas, etc.) (20).

Ni que el clero les dé valor con intervenciones oficiales. A veces puede ser aconsejable prohibir al clero incluso que se acerque, aun en forma privada, al lugar de las supuestas apariciones.

La Comisión episcopal se compone ordinariamente de teólogos, canonistas y médicos; pueden agregarse a ella, en otros casos, peritos en otras ciencias. Es presidida por el mismo obispo o por un sacerdote, delegado por él, y debe establecer la manera de proceder a una cuidadosa investigación de los hechos, partiendo de las informaciones procuradas por el mismo obispo y regulándose por los criterios arriba expuestos.

Debe desarrollar esta Comisión un verdadero y estricto proceso canónico, usando también muchas solemnidades propias del proceso judicial o administrativo, como el juramento que han de prestar los miembros de la Comisión de munere fideliter implendo et de secreto servando, el juramento de cada uno de los testigos sobre decir la verdad (toda y solamente la verdad) y de guardar el secreto, la redacción por escrito de notario del proceso verbal de los interrogatorios y de las reuniones de la Comisión y su firma, etc. Especialmente de los cánones sobre las causas de beatificación de los siervos de Dios y canonización de los beatos (can. 1.999-2.141), se podrán sacar preciosas ayudas sobre el procedimiento a seguir.

Ordinariamente la Comisión interroga a testigos oculares, y a los mismos pretendidos videntes en sesiones colegiales, en las cuales todos los miembros pueden hacer preguntas; toma información sobre los videntes; va al lugar de las supuestas apariciones (21), etc.

Muchas veces es ordenado el retiro de los videntes a una casa religiosa, donde puedan ser continuamente observados y mantenidos lejos de la curiosidad morbosa del público y de la influencia de eventuales interesados. A veces se ha descubierto la anomalía psíquica o la mixtificación de los videntes poniendo a su lado a una persona de toda confianza e inteligente que los acompañe noche y dìa.

Si las apariciones continúan, la misma Comisión procure acudir a ellas y observar a los videntes durante los fenómenos. En el caso de pretendidos milagros o curaciones milagrosas, examina cuidadosamente los hechos para admitir su sobrenaturalidad y la conexión con las apariciones. El estudio de las curaciones consideradas milagrosas debe ser muy cuidadoso y confiarse a médicos especializados, no hostiles a la Iglesia, pero no demasiado fáciles para admitir la intervención divina.

Sobre los interrogatorios de los testigos, y especialmente de los pretendidos videntes, han de hacerse, si es posible de improviso, para evitar previos acuerdos. Se deben confrontar, durante la misma sesión, las contradicciones del interrogado consigo mismo y con los demás testigos; a los videntes se les deben oponer, además, todas 

(20) Crf. Can. 1.256 y cuanto hemos dicho sobre la distinción entre culto público y privado en el capítulo anterior. Mientras que la Autoridad eclesiástica no se pronuncia sobre las supuestas apariciones marianas, no està prohibido a los fieles el culto privado que se refiere a ellas.

(21) En general, no conviene que el obispo vaya personalmente al lugar de las apariciones, por lo menos hasta que la investigación no adquiera un matiz favorable. Efectivamente, la presencia del obispo-incluso privadamente- en el lugar de las supuestas apariciones les da un valor extraordinario a los ojos del público.

las posibles objeciones. Si los videntes son màs de uno se les convocará al mismo tiempo y se les interrogará separadamente, manteniéndolos a todos esperando en sitios distintos. Los interrogatorios el vidente o de los videntes deben casi siempre ser repetidos a distancia de tiempo y no raras veces ocurre que los falsarios acaban por confesar su ficción; mientras que sean sospechosos se debe insistir en los interrogatorios, haciéndolos cada vez más insistentes. La Comisión no debe tener prisa por terminar.

La decisión

La Comisión, cuando considere que tiene suficientes elementos para pronunciarse, discute colegialmente sobre los hechos y decide por mayoría de votos, sobre su carácter sobrenatural. El obispo puede también exigir de cada uno de los comisarios su voto escrito, que deberá en tal caso ser altamente motivado con datos teóricos y datos de hecho. El juicio de la Comisión puede ser aceptado o rechazado por el obispo, quien puede también, si tiene razones verdaderamente graves, publicar su sentencia disconforme de la propuesta de la Comisión. Pero ordinariamente el obispo publica la decisión de la Comisión, haciéndola suya, y tomando, al mismo tiempo, las medidas del caso.

Si el obispo, vista la decisión de la Comisión, considera oportuno remitir al Santo Oficio todas las actas del proceso, para un juicio màs seguro, puede libremente hacerlo. En tal caso, el Santo Oficio, o da instrucciones para una investigación complementaria o comunica su juicio al obispo, para que èl tome medidas, o publica èl miso su decisión, acompañándola de las oportunas providencias.

El juicio de la Comisión episcopal o del obispo (y análogamente el del Santo Oficio) pueden tener diversas formulaciones, según los casos. 

La formula de que los hechos están “privados de todo fundamento”, a sabe, que no son verdaderos, no se usa casi nunca, precisamente porque no se toman para examinar sino aquellas pretendidas apariciones que, por lo menos externamente, se presentan con algunos elementos de seriedad. 

La formula Constare apparitiones et revelaciones quovis supernaturali charactere penitus esse destitutas, o la formula equivalente, constare de non supernaturalitate apparitionum, excluyen que se trate de hechos sobrenaturales: está probado que no lo son.

En cambio la formula más común: Non constare de supernaturalitate apparitionum, afirma que, de la investigación hecha, las apariciones no resultan sobrenaturales: faltan los requisitos para poder decir que superan las fuerzas de la Naturaleza y, por consiguiente, no se pueden aprobar sino de una manera menos enérgica: la primera afirma positivamente que las apariciones no son sobrenaturales; la segunda niega que llegue a probar la sobrenaturalidad de los hechos.

Finalmente, la formula: Constare de supernaturalitate apparitionumes la formula de aprobación: por medio de ella, la autoridad eclesiástica reconoce que los hechos que se afirman haber ocurrido no se pueden explicar naturalmente; más aún: que hay señales que exigen la intervención de lo sobrenatural. 

Si después la Comisión episcopal (o Santo Oficio), con los elementos sacados de la investigación, no pudiese llegar a salir de la duda o dar un juicio en un sentido o en otro, deberá sobreseer la causa y continuar en el examen de los fenómenos, comunicando al público que la autoridad eclesiástica no se ha pronunciado todavía y que entre tanto hay que abstenerse de cualquier acto de culto público en orden a las llamadas apariciones. En la práctica, no es raro el caso de pretendidas apariciones marianas que siguen durante mucho tiempo, e incluso para siempre, sin decisión de la autoridad eclesiástica: el tiempo y el sensus fidei del pueblo cristiano hacen justicia por si misma.

Valor de la aprobación eclesiástica

Es importante subrayar –para prevenir equívocos- el valor y la trascendencia de la aprobación eclesiástica de una aparición mariana. Ya Benedicto XIV declaraba oportunamente: “Diximus praedictis revelationibus, etsi approbatis, non debere, nec posse a nobis adhiberi assensum fidei catholicae, sed tantum fidei humanae, iuxta regular prudetiae, iuxta queas praedictae revelaciones sunt probabiles et pie credibiles. Y en otra parte añade: Sequitur posse aligquem assensum revelationibus praedictis non praestare, et ab eis recedere, dummodo id fiat cum debita modestia, non sine ratione et citra contemptum (22).

La jurisprudencia constante de la Iglesia es igualmente de una perfecta claridad: Quamvis memorata appritio a Sede Apostolica approbata non sit attamen nec fuit ab eadem reprobata vel damnata, sed potius permissa tamquan pie credenda dife tamen gunana, iuxta piam, uti perhibent, traditionem, etiam idoneis testimoniis ac monumentos confirmatam…

Así dice una respuesta de la Sagrada Congregación de Ritos de 6 febrero de 1875 al arzobispo de Santiago de Chile (23). La misma formula la encontramos reproducida en la respuesta dada el 12 de mayo de 1877 por la Sagrada Congregación de Ritos a tres obispos, que preguntaban si la Santa Sede había aprobado las apariciones de Lourdes y de La Salette (24).

Es, por tanto, evidente que la aprobación de la Iglesia no es propiamente tal: significa que se puede creer con fe únicamente humana en las apariciones en cuanto que en ellas no aparece nada contra la fe y las costumbres y consta que son debidas a causas sobrenaturales. Naturalmente, la Iglesia puede avanzar todavía más; por ejemplo, admitir que se constituya una fiesta litúrgica referida a una determinada aparición, que se dedique a Nuestra Señora de la aparición iglesias o capillas, etc. (26). Ordinariamente, cuando el 

(22) De serv. Dei beat. Et canon., lib. II, cap. XXXII, n. 11; lib. III, cap. LIII, n. 15, Sobre las enseñanzas de los teólogos, léase Congar, op. cit., p. 45, nota 1
(23) Decreta authentica Congr. S. Rituum, t. III (Romae, 1900), n. 3.336, p. 48
(24) Ibidem, n. 3.419, p. 79
(25) ASS 40 (1907), 649
(26) Por ejemplo, sobre las apariciones de Nuestra Señora en Lourdes tenemos la Institución de la fiesta para la Iglesia universal (13 noviembre 1907), el decreto de la S. C. de Ritos sobre la heroicidad de Virtudes de Bernardita (11 Noviembre 1923, AAS 1.923, pp. 593-594). Etc. Como base de dichas intervenciones de la Iglesia hay que admitir, en tales casos, la aprobación positiva de la sustancia de las apariciones, mientras que ordinariamente la aprobación de la Iglesia tiene exclusivamente valor negativo, como un nihil obstat o un permiso. Así, Congar, op. cit., 46-47. Lo mismo escribía Benedicto XIV: “Sciendum est approbationem istam nihil aliud esse quam permissionem ut edantur ad fidelium institutionem et utilitatem post maturum examen” (op. cit., lib. II, cap. XXXII

juicio de la Iglesia es favorable, se concede construir una iglesia o santuario en honor a la bienaventurada Virgen Maria bajo el título de las apariciones, publicar imágenes, editar libros ilustrativos, dirigir a ella oraciones públicas: en una palabra, se permite el culto público.

Finalmente, debe ser muy evidente que la aprobación o, mejor, permisión de la Iglesia no garantiza de eventuales errores que se puedan infiltrar, a causa de las inevitables deficiencias de algún vidente, como ya hemos insinuado. Se ha constatado muchas veces que los privilegiados de Nuestra Señora han mezclado en el relato de las apariciones pensamientos propios, maneras propias de pensar o de expresarse, que ellos, de buena fe, atribuían a Nuestra Señora misma.

No sería, por tanto, exacto pretender que la aprobación eclesiástica de una aparición mariana garantiza la autenticidad de todas las palabras de los videntes, como si hubiesen sido dictadas por María Santísima y referidas con perfecta exactitud. No se trata aquí de la Sagrada Escritura ni de inspiración divina.

La Iglesia aprueba, y al aprobar, nos asegura con su autoridad que en el hecho sustancial de la aparición de la cual se trata no hay nada contra la fe y las costumbres: se puede creer, sin poner en peligro la propia fe, que Nuestra Señora verdaderamente se ha aparecido y ha dicho cuanto en sustancia le es atribuido.

Medidas disciplinares

Las aprobaciones eclesiásticas de apariciones marianas, son, sin embargo muy raras. En la mayor parte de los casos –querríamos decir en el 99 por 100 de los casos-, la Iglesia desaprueba, a saber, declara con su autoridad que las pretendidas apariciones mariana o no han ocurrido o no son sobrenaturales, como arriba hemos dicho.

A la desaprobación o condenación, la Iglesia ordinariamente acompaña o hace seguir medidas administrativas, disciplinares y penales, que las circunstancias del caso hacen necesarias. También esto entra en la práctica canónica que estamos ilustrando.

Si las pretendidas apariciones han sido divulgadas por medio de libros, opúsculos, revistas especializadas, tales publicaciones son prohibidas o declaradas tales, basados en el canon 1.399, no. 5, siempre que hayan sido publicadas sin el imprimatur de la autoridad eclesiástica. Efectivamente, dice este canon que ipso iure prohibentur libri ac libelli qui ovas apparitiones, revelaciones, visiones, prophetias, miracula enarrant, vel qui novas inducunt devociones, etiam sub praetextu quod sint private, si editi fuerint non servatos canonum praescriptionibus. En cambio, siempre que dichas publicaciones han salido con la aprobación eclesiástica, cuando los hechos estaban todavía sometidos al estudio y las cosas parecían tomar un matiz favorable, entonces se proveerá a ordenar el retiro del comercio, pública o reservadamente, según las circunstancias.

Si, en relación con las pretendidas apariciones, se ha difundido una nueva forma de culto de Nuestra Señor (por ejemplo, bajo un nuevo título o representada de una manera nueva, con determinados vestidos o determinadas actitudes, o Nuestra Señora es invocada con ritos determinados, oraciones, peregrinaciones, en determinados días y lugares, etc.) esta nueva forma de culto serà prohibida, ya en el lugar de las apariciones, ya en cualquier otro sitio. En otros términos, será prohibido todo culto a Nuestra Señora que tenga de alguna manera relación con las pretendidas apariciones, y se añadirá, si es el caso, conminación de penas eclesiásticas contra los desobedientes (privación de la Sagrada Comunión, excomunión, suspensión a divinis para los sacerdotes, etc.) En ciertos casos se podrá llegar incluso a la clausura material del lugar de las apariciones y al secuestro de los materiales allí expuestos (estatuas, cuadros, altares, etc.)

Especiales prohibiciones deberán hacerse muchas veces a los mismos pretendidos videntes par que desistan de hacer propaganda, o también de hablar en público de las pretendidas apariciones, para que no vayan al lugar donde las apariciones han ocurrido, no hagan los actos de culto que Nuestra Señora les pedía, etc. Las prohibiciones deberán ser formuladas de la manera más clara posible, e intimadas en las formas canónicas, para que conste con certeza de su contenido, de las personas a quienes han sido hechas, del lugar, día y hora de la intimación. A las prohibiciones se añadirá, si la prudencia lo sugiere, la conminación de penas eclesiásticas, en que incurrirán –también ipso facto- en caso de trasgresión: privaciòn de la Sagrada Comunión, entredicho personal, excomunión.

De manera análoga se procederá para con los fieles laicos que continuasen su obra de propagadores, defensores, propagandistas de las nuevas devociones y del nuevo culto mariano, incluso después del decreto de condenación emitido por la competente autoridad eclesiástica.

Finalmente, si los sacerdotes, con su participación activa han valorado las pretendidas apariciones y fomentado la nueva forma de culto, deberán ser invitados a desistir de su actitud y a abstenerse de cualquier ulterior participación: mejor aún, si ellos mismos se dedican a ilustrar a los fieles y a llevarlos, con su palabra y con su ejemplo, a la plena obediencia a la Iglesia. Pero si, en cambo los sacerdotes no quisieran someterse al juicio de la Iglesia, y se rebelasen y siguiesen tomando parte en el culto prohibido y haciendo propaganda de las pretendidas apariciones, deberán aplicarse penas severas, tanto por la gravedad de la desobediencia, en razón de su dignidad sacerdotal, cuanto porque el sacerdote rebelde arrastra siempre consigo en la rebelión a cierto número de fieles: sin el sacerdote, los movimientos pseudo marianos poco a poco se van disolviendo; con los sacerdotes se consolidan y se convierten en secta cismática o herética.

Por esto, contra los sacerdotes rebeldes, después de la aplicación de las penas de suspensión y de excomunión, se puede pasar a la probación del hábito eclesiástico, y, finalmente a reducirlos al estado laical.

Los casos de rebelión contra la autoridad eclesiástica por motivo de pretendidas apariciones no son hoy, desgraciadamente, infrecuentes.

En este caso, la rebelión, alimentada por el fanatismo, por la soberbia, y algunas veces por intereses materiales, se consolida y da origen a sectas heréticas. Pero la Iglesia no retrocede ni ante los peligros: la Iglesia ama la pureza de la fe más que la pupila de sus ojos, y, a cualquier precio, no traiciona su obligación de maestra de la verdad.

Alfredo Ottaviani, asesor entonces y actualmente cardenal prosecretario del Santo Oficio, en un artículo titulado Siate, o cristiani, a muovervi più gravi, publicado en L’Osservatore Romano de 4 febrero 1951, afirmaba, entre otras cosas:

“Asistimos desde hace años a un recrudecimiento de pasión popular hacia lo maravilloso, incluso en la religión. Muchedumbres de fieles se dirigen a los sitos de presuntas visiones y pretendidos prodigios, y abandonan, en cambio, la Iglesia, los Sacramentos, la predicación.
Personas que ignoran las primeras palabras del Credo, se convierten en apóstoles de ardiente religiosidad. Cualquiera se atreve a hablar del Papa, de los obispos, del clero en términos de evidente reprobación, y se indignan después de que no tomen parte, en tropel con ellos, en todas las incandescencias y en todas las excandescencias de ciertos movimientos populares…
No hay que creer que somos religiosos de cualquier manera que lo seamos: hay que saber serlo bien. Pueden existir, y existen, desviaciones del sentido religioso, tanto como de los demás sentimientos.

El sentimiento religioso ha de ser guiado por la razón, alimentado por la Gracia, gobernado por la Iglesia, como toda nuestra vida, y más severamente aún. Existe una instrucción, una educación, una formación religiosa. Quienes han combatido, con tanta ligereza, a la autoridad de la Iglesia, y al sentimiento religioso, se encuentran actualmente ante explosiones impresionantes de un sentimiento religioso instintivo, sin luz alguna de racionalidad, sin ninguna conciencia de gracia, sin control alguno, sin gobierno: tan verdad es que desembocan en deplorables desobediencias a la Autoridad eclesiástica, que había intervenido para poner el debido freno. Así ocurrió en Italia, a consecuencia de las llamadas apariciones de Voltago; en Francia, ante los hechos de Espis y de Bouxières, con las ramificaciones de Ham-sur-Sambre (Bélgica); en Alemania, con las visiones de Heroldsbach; en los Estados Unidos, con las manifestaciones de Necedah (La Crosse), y podría continuar citando ejemplos en otras naciones, cercanas y lejanas” (27)

En la práctica hemos de tener en cuenta el caso de quien (sacerdote o seglar) se sujeta externamente a las disposiciones de la autoridad eclesiástica, absteniéndose de todo acto de culto en relación con las pretendidas apariciones o de cualquier otra propaganda de ellas, pero que internamente sigue creyéndolas verdaderas y sigue pensando lo mismo. Surge entonces el problema del valor que tiene los decretos de la competente autoridad eclesiástica (obispo, Santo Oficio): ¿son estos decretos meramente disciplinares, que exigen exclusivamente una actitud externa, cualquiera que fuere el ánimo con que se obedece, o imponen también una actitud interior de conformidad ?

Hemos de advertir, ante todo, que quien no obedece interiormente a la Iglesia respecto a determinadas apariciones expresamente reprobadas, no admite en su corazón que no sean sobrenaturales y, 

(27) Ottaviani, op. cit., pp. 194-195

por consiguiente, está convencido de que en aquel caso la Iglesia se ha equivocado: su juicio es exacto, no el de la Iglesia, la cual –piensa él- ha juzgado precipitadamente, no bien informada, sugestionada, etc. Puesto que todas estas razones no son más que pretextos sin fundamento, y la realidad es la adhesión exclusiva al propio juicio, es evidente que todos los que siguen pertinaces en tal actitud son, por lo menos, temerarios. Un mínimo de prudencia les debe sugerir que admitan el juicio de la Iglesia, que tiene de Dios la misión de gobernar el sentimiento religioso y guiar a los fieles a los pastos de la verdadera devoción.

En realidad, los decretos con que la autoridad eclesiástica prohíbe devociones relacionadas con las pretendidas apariciones tocan en cierto modo la materia de la fe y las costumbres, y no son por consiguiente meramente disciplinares. De donde, de suyo, obligan también en el fuero interno, en conciencia (28).

Lo mismo habría que decir de los decretos con que la autoridad eclesiástica admite el origen sobrenatural de la aparición mariana. Los fieles (y los clérigos) no deben oponerse a tal decisión, sabiendo perfectamente que tal aprobación no pone en juego la infalibilidad de la Iglesia, puesto que no importa la obligación, sino únicamente el permiso para admitir la aparición.

Únicamente quien tuviere razones verdaderamente graves podría interiormente disentir de la aprobación o desaprobación de la competente autoridad eclesiástica, con tal de que no manifestase a otros de su disentimiento y disciplinariamente se comportase según las normas dadas.

Si la Iglesia no castiga a quien no se somete internamente a sus decisiones negativas, esto no significa que no sea obligatorio el asentimiento interno, tanto más que, en la mayor parte de los casos, el juicio negativo de la Iglesia es exigido por errores doctrinales que se hallan implícitos en las pretendidas apariciones o revelaciones.

Cuando el juicio sobre la aparición mariana fuese dado por el obispo del lugar, quien tuviese graves razones en contrario podría, con el debido secreto, humildad y discreción, informar a la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio.

(28) Crf. Nicolas, op, cit., p. 148: Congar, op., cit., p. 47: L. Choupin, S.J., Valeur des décisions doctrinales et disciplinaires du Saint Siège, Paris, 1907, p. 27, el cual habla de « respect et obéissance, non seulement un silence respectueux, mais l’assentiment intérieur de l’esprit ».

Padre Mario Castellano, O.P.

Tomado de:
Enciclopedia Mariana “Theotòcos”
Ediciones Studium, Madrid, 1960, 2ª. Ed.
Capìtulo XXVII

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