21. Investigación con células madre

Autor:  frmaria.org

La Iglesia se opone a la investigación con “células madre”. Eso es lo que se dice.

Y es verdad, pero no es toda la verdad.

Para que lo fuera habría que añadir que sólo lo hace cuando, para obtener esas células, se utilizan embriones humanos que, en el proceso, son destruidos -asesinados-.

También se oculta que los datos médicos demuestran que los resultados obtenidos de “células madre embrionarias” son nulos e incluso peligrosos.

Según un artículo publicado en el diario “La Razón” (Madrid, 1 de diciembre), un grupo de científicos de élite revelan que las células madre de embriones no son seguras y causan tumores, estos mismos científicos aseguran que sólo las procedentes de otras partes del organismo -células madres adultas y no procedentes de embriones- han demostrado capacidad para curar.

Actualmente, no hay ensayos clínicos en humanos con células madre embrionarias con resultados fiables: los estudios realizados en animales muestran que, tarde o temprano, estas células, capaces de transformarse en cualquier tejido, terminan desarrollando tumores en los animales de laboratorio.

Así lo aseguraron expertos internacionales y nacionales en un simposio celebrado en la Fundación Areces, en Madrid.

Sin renunciar a la investigación de estas células, afirmaron que las células madre de tejido adulto son más seguras y algunos ensayos en pacientes empiezan a dar sus frutos.

Tumores y cáncer. A las seis semanas de la inyección de células madre embrionarias en los estudios con los ratones de laboratorio, el resultado es tan contundente como desalentador.

«Por el conocimiento médico actual, las células embrionarias no son viables en la clínica», indicaba la doctora Catherine Verfaillie, directora del Instituto de Células Madre Adultas de la Universidad de Minnesota (EE UU).

Verfaillie participa en un simposio de varios expertos, organizado por la Fundación Ramón Areces en Madrid, sobre las posibilidades de las células madre adultas en la «medicina regenerativa».

Las células madre embrionarias o ES no han demostrado la misma seguridad que las adultas, que «se han inyectado en centenares de ratones, y no hemos visto que se hayan producido tumores dos años después de su administración», según esta experta.

En contraste, las experiencias con células ES en ratones demuestran que «a las seis semanas de su inyección desarrollan tumores». La probabilidad de desarrollar un cáncer es más alta si se usa este tipo de células.

Aunque no hay conocimientos de ensayos en humanos con células ES, la administración de células madre adultas en ensayos en 40 pacientes no han desarrollado «ningún tumor» hasta la fecha.

El cirujano cardíaco Christof Stamm, del Instituto de Terapia Regenerativa Tisular de la Universidad de Rostock, en Alemania, trabaja con células madre adultas que fabrican vasos sanguíneos, cuyo potencial es enorme para tratar pacientes que han sufrido un infarto.

En un ensayo en fase II que comprende a 36 pacientes que sufrieron un ataque al corazón, se les practicó un by-pass, y a la mitad se les administré células madre adultas para que construyeran nuevos vasos.

En este último grupo, asegura, los resultados preliminares arrojan una mejoría con respecto al «by-pass» como única opción.

Otros campos en los que las células madre adultas están empezando a dar resultados se refieren a la cicatrización de heridas y las suturas en las intervenciones, de acuerdo con Damián García Olmo, del Departamento de Cirugía de la Universidad Autónoma de Madrid.

«Es algo que no se ha resuelto en el mundo de la cirugía, sólo en Madrid hay más de mil intervenciones diarias», indica.

García Olmo y su equipo trabajan en ensayos clínicos en el Hospital La Paz de Madrid con células madre extraídas de la grasa humana que intervienen en los procesos de cicatrización, en especial para tratar la fístula anal.

Mediante el trasplante, «tratamos de aumentar la cantidad de estas células madre adultas», asegura.

En la misma línea se ha manifestado, en declaraciones a la agencia Zenit, la doctora Claudia Navarini, profesora de la Facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma).

Aludiendo a un editorial del pasado 24 de noviembre, del diario italiano “Il Foglio”, en el que se denunciaba la existencia de «un extraño síndrome que afecta a no pocos comentaristas y políticos italianos cuando se habla de estaminales», que consiste en «emparejar ritualmente a la noticia de los éxitos en estaminales adultas el anatema contra quien se opone al uso de las estaminales embrionales», la doctora Navarini dijo que este «síndrome» se manifiesta habitualmente de dos formas:

«Magnificar, a cada resultado obtenido con las estaminales de adulto, los resultados “posibles” con las estaminales embrionales»; y «omitir sistemáticamente el adjetivo “adultas”, dejando creer que toda investigación de éxito con las células estaminales se refiere a las embrionales».

Lo cierto es que -constata Navarini-, «mientras las estaminales embrionales no han dado resultados -por razones técnicas y no económicas- que son bien conocidas a la comunidad científica, la terapia con las estaminales adultas es una reconfortante realidad que va enriqueciéndose casi a diario de nuevos descubrimientos y nuevas aplicaciones».

Así lo documentó la Santa Sede ante los Estados miembros de la ONU. En un mensaje enviado el 27 de septiembre de 2004, el Vaticano afirma lo siguiente:

“Hay dos fuentes potenciales de células estaminales para la investigación humana: en primer lugar las células estaminales «adultas», que derivan de las sangre del cordón umbilical, de la médula ósea y otros tejidos, y en segundo lugar las células estaminales «embrionales», que son obtenidas de la desagregación de embriones humanos.

La Santa Sede se opone a la donación de los embriones humanos con el propósito de su destrucción para obtener de ahí sus células estaminales, incluso por un noble objetivo, porque es incompatible con el fundamento y el motivo de la investigación biomédica humana, esto es, el respeto por la dignidad de los seres humanos.

Sin embargo, la Santa Sede aplaude la investigación que utiliza las células estaminales adultas, porque es completamente compatible con el respeto de la dignidad de los seres humanos.

La inesperada plasticidad de las células estaminales adultas ha hecho posible usar con éxito este tipo de célula en la curación de distintos tejidos y órganos humanos.

En cambio, la investigación que utiliza células estaminales embrionales ha sido obstaculizada por importantes dificultades técnicas.

Los experimentos en células estaminales embrionales no han producido aún un solo éxito terapéutico claro, ni siquiera en animales. Además las células estaminales embrionales han causado tumores en los animales y podían generar cáncer si se administraran a pacientes humanos.

El uso de células estaminales embrionales implica un alto riesgo de introducir en los pacientes células de embriones anormales. Ha sido bien probado que la mayoría de los embriones no-humanos producidos por clonación con transferencia nuclear son anómalos.

La transferencia de células estaminales embrionales extraídas de ellos sería por lo tanto extremadamente peligroso: estas células podrían provocar desórdenes genéticos, o iniciar leucemias u otros cánceres”.

20. Adopción por parejas homosexuales

Autor:  frmaria.org

La aprobación por parte del Gobierno español de una ley que equipara con la familia las uniones homosexuales y que les da la oportunidad de adoptar niños, ha sido contestada por amplios sectores sociales. A la vez, ha sido apoyada por otros.

Se han alzado voces a favor y en contra, también en los ámbitos científicos especializados.

Ofrecemos a continuación un elenco de argumentos en contra de dichas adopciones.

El psicólogo Aquilino Polaino (Catedrático de psicopatología de la Universidad Complutense de Madrid, autor de 50 libros y cientos de artículos, entre otras cosas), escribe en el Lexicón recién publicado en español por el Pontificio Consejo para la Familia (Ed. Palabra, Madrid 2004), lo siguiente sobre la adopción de niños por parejas gays: “Hay muchas razones para oponerse a este supuesto derecho, tal y como a continuación se indican:

1.- Entre los niños deprivados de sus padres, y luego adoptados, se da una mayor incidencia de alteraciones psicopatológicas (trastornos de conducta, fracaso escolar, agresividad, ansiedad de separación, retraso psicomotor, hiperactividad, dislexia, depresión, conducta antisocial, suicidio, psicopatías, psicosis, etc.), que en los niños que no sufren esta deprivación.

2.- El niño tiene derecho a adquirir, fundar y establecer, de forma adecuada, algo tan relevante e irrenunciable como su propia identidad sexual.

Este derecho resulta impedido o gravemente amenazado cuando el niño se expone a solo modelos de conducta, como el homosexual, en los que precisamente está en crisis esa misma identidad.

3.- El niño tiene derecho a ser protegido contra una patología adicional derivada de esa exposición, que se sumaría a la ya anteriormente suscitada por el simple hecho de no convivir con sus padres biológicos y de haber sido separado de ellos.

4.- El niño y la niña tienen necesidad del padre y de la madre para identificarse con la persona de su mismo género, y para aprender el respeto, afecto y complementariedad que la persona del otro género le debe proporcionar.

El apego y la vinculación que resulta de esa relación le son imprescindibles para fundar su identidad personal.

5.- El niño tiene derecho a madurar su afectividad, observando el vínculo -afectivo, cognitivo y personal- que se establece en las relaciones entre el padre y la madre.

Esta relación constituye la urdimbre donde se acuna y consolida la madurez de su afectividad y de su futura personalidad.

6.- En el perfil psicológico del homosexual se observa una mayor incidencia de rasgos psicopatológicos (egocentrismo, autocompasión, inmadurez afectiva, celotipias, infidelidades, depresión, etc.), que en modo alguno contribuyen al desarrollo armónico del niño así adoptado y expuesto a ese modelo de conducta.

7.- El niño que sólo convive con homosexuales ni experimenta ni aprende las diferencias de género existentes entre el hombre y la mujer.

Por contra, aprende algo que es falso y antinatural: la irrelevancia de la necesidad y complementariedad de las personas del otro sexo y de las diferencias que les caracterizan.

8.- El niño que sólo conviviera con los homosexuales adoptantes sufriría un déficit en su socialización -al no interiorizar el genuino espíritu de familia que hunde sus raíces en la comunidad entre un hombre y una mujer-, además de un empobrecimiento en su autoestima y de un relevante deterioro en su autoconcepto, por haber sido este solo parcialmente estructurado.

9.- En consecuencia, en el niño que fuese adoptado por homosexuales, su identidad resultaría maltrecha, incompleta, sectorizada y parcialmente deprivada, mutilada, incorrecta y, por consiguiente, insatisfactoria..

10.- En el niño que fuese adoptado por homosexuales no se satisfarían los criterios que definen la adopción, por lo que propiamente se incurriría en una “adoptio sine adoptione”, es decir, en una adopción sin adopción, en una ficción jurídica..

El fin de la adopción es la protección del menor desvalido y no la satisfacción del adulto sin descendencia.

De otra parte, como se sostiene en el viejo principio jurídico, “adoptio imitatur naturam”, la adopción debe imitar la naturaleza.

Se trata de la familia constituida por el padre y la madre adoptantes, con unas relaciones estables, de manera que se facilite el crecimiento y desarrollo de la persona adoptada”

Otros argumentos

Además de lo expuesto, se puede afirmar que con la adopción por parejas gays se transgrede el principio II de la declaración universal de los derechos del niño, en cuanto establece que al dictar leyes que atañen al niño se tomará exclusivamente el interés de éste como objetivo.

Es claro que el agitacionismo sobre el tema responde en cambio al deseo de algunos homosexuales en ser consolados respecto a la imposibilidad biológica de ser padres entre sí y que no hay una oferta insuficiente de matrimonios heterosexuales dispuestos a adoptar, como lo prueba el tráfico ilegal de niños.

Es posible, incluso, que se aumente ese tráfico debido a la mayor demanda proveniente de las nuevas parejas homosexuales deseosas de adoptar.

No hay que olvidar que en una familia normal, el amor conyugal está claramente diferenciado del amor paterno-filial y que a esto ayudan tanto la adjudicación de roles padre-madre, como el tabú del incesto.

Ahora, con la indiferenciación de roles, junto con la ausencia del nexo biológico, se va a producir una progresiva desaparición del tabú del incesto, lo cual supondrá un aumento de las relaciones sexuales entre adoptantes y adoptados, sin que eso signifique que la mayor parte de los homosexuales sean pederastas.

Aunque los especialistas dicen que no se podrán hacer estudios serios hasta que no hayan pasado al menos 30 años, y eso contando con niños educados en un ambiente de pareja homosexual y no en una “familia” en la cual uno u otro ha tenido una relación heterosexual fruto de la cual ha aportado un hijo, ya hay voces que hablan, en uno u otro sentido, con una pretendida autoridad científica.

Así, mientras un estudio elaborado por la Universidad de Sevilla sobre 28 casos se declara a favor de estas adopciones, porque, dice María del Mar González, su directora, “parece que a los niños no les escandaliza el amor, porque ellos no tienen los prejuicios que tenemos nosotros”, Mercedes Valcarce, profesora titular de Psicología Evolutiva de la Complutense, descalifica, desde un punto de vista científico, el informe elaborado por la Universidad de Sevilla, puesto que, dice: “la metodología empleada en el trabajo es inaceptable”.

Para esta doctora en Psicología, “el homosexual tiene una identidad lábil, quiere una relación en espejo, busca una continuidad de sí mismo, y eso es lo peor para el desarrollo de un niño, para que pueda crecer como persona armónica e independiente.

Todo niño adoptable -añade- ya tiene problemas porque ha sido rechazado por los padres biológicos, es un punto de partida muy malo. Por eso, necesita padres en unas condiciones excelentes”.

No hay que olvidar, por último, que está comprobada la mayor promiscuidad de las uniones homosexuales, las cuales se rompen cuatro veces más que las heterosexuales.

19. Preservativos y sida

Autor:  frmaria.org

De vez en cuando, de forma cíclica y quién sabe si ligada a la caída de beneficios de las grandes productoras de preservativos, aparecen en los medios de comunicación ataques a la Iglesia por su oposición al uso de esos instrumentos en el control de natalidad o en la lucha contra el sida.

Ofrecemos un interesante artículo del periodista Justo Aznar, aparecido en el diario “Las Provincias” de Valencia, el 7 de noviembre, bajo el título “El Cardenal y el sida”, y distribuido después por correo electrónico por el Comité Independiente Antisida.

“El cardenal y el sida “.

Con este mismo título publiqué en LAS PROVINCIAS (10-03-1999) un artículo en defensa del cardenal Carles, nuestro paisano arzobispo de Barcelona, que había sido injustamente atacado por unas declaraciones suyas sobre cómo evitar la transmisión del sida.

Ahora ha pasado algo similar con el cardenal López Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, que también ha sido ampliamente criticado en diversos medios de comunicación por sus declaraciones a la BBC (12-10-2003) sobre el mismo tema.

En efecto, el cardenal López Trujillo, al parecer, afirmó que «el espermatozoide puede pasar fácilmente a través de la red formada por el preservativo».

Si estas declaraciones fueran ciertas, indudablemente habría que admitir que son equivocadas, pero sin duda parece razonable pensar que la idea de fondo que el cardenal quiso transmitir en su entrevista es que el preservativo no es un método seguro para prevenir la transmisión del sida. Y a ello quiero referirme.

Método poco seguro

En efecto, el preservativo es uno de los métodos menos seguros para prevenir embarazos no deseados, pues según abundantes datos de la literatura médica tiene un índice de fallos que oscila entre 10 y 12 embarazos al año por cada 100 parejas que lo utilizan.

Por tanto, si falla para prevenir el embarazo, con más razón puede fallar para evitar el contagio de cualquier enfermedad de transmisión sexual, y entre ellas el sida. Y así lo confirman los datos.

En efecto, en el más amplio estudio realizado hasta la fecha para valorar la capacidad del preservativo para impedir la transmisión del VIH, trabajo que recoge todos los publicados en lengua inglesa hasta 1990 (Soc Sci Med 36; 1335, 1993), se concluye que el preservativo reduce la posibilidad de contagio en un 69,9%.

Datos más recientes publicados por los Institutos de la Salud de Estados Unidos (N Engl J Med 344; 611, 2001) incrementan esta tasa de protección hasta un 85%, por lo que siempre queda un porcentaje de 15% a 30% de contactos sexuales no protegidos.

Sin embargo, a mi juicio, la forma más objetiva para valorar en qué medida protege el preservativo de la transmisión heterosexual del sida es estudiar si se contagia la persona sana de una pareja heteróloga (uno sano y otro VIH positivo), que tengan relaciones sexuales normales y que usen sistemáticamente el preservativo.

En un estudio realizado con parejas en las que el varón era hemofílico y VIH positivo y ella no lo era, tras dos años de seguimiento, se comprobó que el 27% de las mujeres se habían contagiado (V Internacional Congreso on AIDS. 1989. Abstract MAO 33).

Estos, y otros datos parecidos, han hecho que importantes asociaciones médicas, no precisamente afines a la ideología del cardenal López Trujillo, claramente subrayen la insuficiencia del preservativo para garantizar la no transmisión del VIH.

El Centro para el Control y la Prevención de las Enfermedades Infecciosas de Atlanta afirma: «La abstinencia y las relaciones sexuales con una pareja sana son las únicas estrategias absolutamente seguras para evitar el sida.

El adecuado uso del condón en cada acto sexual puede reducir, pero no eliminar, el riesgo de transmisión de enfermedades sexuales». (JAMA 259; 1921, 1988).

También el Consejo de la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas indica que «el mejor consejo para evitar la transmisión del sida es abstenerse de las relaciones sexuales, y para aquellos con riesgo de infectarse, seguir una relación monógama con una pareja sana.

El uso del condón en las relaciones sexuales reduce, pero no elimina totalmente el riesgo de transmisión del sida (J Infec Disease 158; 273, 1988).

Aumentan los casos

Pero hay otro dato más que merece ser considerado. Las grandes campañas publicitarias realizadas para incrementar el uso del preservativo no solo no han disminuido el número de contagios de enfermedades de transmisión sexual, sino que incluso las han aumentado.

En un reciente informe (BMJ 327; 62, 2003), se constata que en los últimos seis años, en el Reino Unido, las infecciones por clamidia han aumentado un 108% y la sífilis un 500%.

Aunque en este trabajo no se dan porcentajes respecto a la infección por el VIH, también se refiere que el número de personas infectadas por el virus del sida ha aumentado cada año.

Finalmente, un último aspecto que considero de interés, porque también a él se han referido con insistencia los medios de comunicación que han comentado las declaraciones del cardenal López Trujillo, es en qué medida la actitud del responsable vaticano podría afectar a la prevención del sida en África.

En este sentido, creo que es de interés resaltar que datos recientes demuestran de forma inequívoca que la gran disminución de la infección por VIH conseguida en Uganda, el país de África donde mejor se ha combatido la expansión de este virus, es atribuible al éxito de la campaña educacional que promueve en los jóvenes la abstinencia sexual.

La educación en la abstinencia es poco eficaz cuando los adolescentes ya se han iniciado en las prácticas sexuales, pero es muy eficaz en los adolescentes más jóvenes y no es incompatible con una educación sexual que contemple también la contracepción (Lancet 360, 1792,2002).

Efecto contrario

Es decir, parece una evidencia médica que el preservativo disminuye las posibilidades de contagio del sida, pero no las excluye totalmente; pero si las campañas realizadas para promocionar su uso indirectamente inducen a que aumenten los contactos sexuales, el incremento absoluto de infectados por enfermedades de transmisión sexual no solamente no disminuye, sino que incluso, como se ha constatado ya en el Reino Unido, aumentan.

Por todo ello, estoy convencido de que el mensaje de fondo del cardenal López Trujillo es que el preservativo disminuye significativamente, pero no elimina del todo el riesgo de infección por el VIH.

Por esto, para aquellas personas que quieran tener relaciones sexuales promiscuas no cabe duda de que el preservativo reduce ampliamente la posibilidad de contagio, pero no la elimina del todo, por lo que para evitar con seguridad la posibilidad de infectarse por el VIH solo existe un método absolutamente seguro y es tener relaciones sexuales con una persona sana.

18. Por qué fue Pedro el elegido

Autor:  frmaria.org

Otra de las cuestiones más repetidas en el “acoso” a que somos sometidos los católicos, es la del primado del Papa.

¿Por qué tiene que haber un primado en la Iglesia? ¿Por qué tiene que ser el obispo de Roma ese primado?.

Para algunos, esta cuestión debería suprimirse porque impide la unidad ecuménica. Olvidan que en el origen de todo está la voluntad del propio Cristo.

Nunca podrá entenderse suficientemente la importancia de la figura del Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro, sin previamente entender quién fue aquel hombre llamado Simón, hijo de Jonás, y cuál fue el papel que nuestro Señor Jesucristo quiso que desempeñara en su Iglesia.

En el evangelio de Juan leemos cómo transcurrió el primer encuentro entre Jesús y Simón:

Jn 1,40-42: Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías («el Cristo»). Y le trajo a Jesús.

Y mirándole Jesús, dijo:

Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefás (que quiere decir, Pedro). En estas primeras palabras ya nos encontramos con un elemento esencial. Cristo anuncia a Simón que tendrá un nuevo nombre por el que será conocido: Cefas (Pedro). ¿Porqué dicho cambio?

En el Antiguo Testamento quizás encontremos la respuesta: Gen 17,3-5: Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo:

He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.

Gen 32,27-28: Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.

Motivos concretos

Cada vez que Dios cambia el nombre de alguien, lo hace por un motivo muy concreto.

Al establecer el pacto con Abraham, que significa “padre enaltecido”, le renombra como Abraham, que significa “padre de una multitud numerosa”.

Dicho cambio de nombre está totalmente relacionado con el propio pacto que Dios establece con el patriarca.

Igual ocurre con Jacob, a quien un personaje misterioso con el que había luchado le advierte que su nombre pasará a ser el de Israel, que significa “Dios lucha” o “él lucha con Dios”, lo cual queda confirmado por el propio Señor en el momento en que confirma en él el pacto que ya había hecho antes con su abuelo Abraham.

Existen otros ejemplos veterotestamentarios en los que podemos comprobar que el nombre de una persona podía estar íntimamente relacionado con alguna circunstancia de su vida.

No en vano, cuando el ángel del Señor anuncia a José, que el fruto del vientre de María es engendrado por el Espíritu Santo, al mismo tiempo le dice que el niño debía de llamarse Jesús, que significa “Yahvé salva”.

Dicho nombre definía perfectamente la misión del Señor que había de nacer del seno de la Virgen María.

Con todos estos antecedentes, no podemos ignorar el hecho de que Jesús, al darle un nuevo nombre a Simón la primera vez que se encuentra con él, está mostrando una cualidad esencial del propio Simón.

Pero dejemos que sea el propio Señor el que nos diga quién es Pedro y cuáles son los elementos distintivos de su ministerio. Analicemos versículo por versículo.

¿Quién es Jesús?

Mateo 16, 13-14: Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Jesús sabía que había multitud de especulaciones acerca de su identidad, realidad que era igualmente conocida por sus discípulos.

En medio de tanta confusión, el Señor les hace una pregunta muy interesante:

Mt. 16,15: Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.

Notemos que no les pregunta “¿quién soy yo?”, sino “¿quién decís que soy yo?”. No siempre lo que creemos acerca de alguien coincide con la realidad. Y tanto más es así cuando ese alguien es el propio Dios.

Hoy estamos en una situación similar a la de aquellos tiempos. Los hombres especulan mucho acerca de la verdadera identidad de Cristo. Unos dicen que es sólo un buen maestro. Otros que un iluminado que fracasó.

Hay quien cree que fue un gurú palestino. Incluso los hay que opinan que fue un extraterrestre. Y muchos directamente le ignoran.

Pero, de nuevo, lo verdaderamente importante es que nosotros, los que somos sus discípulos, podamos responder acertadamente a la pregunta “¿quién decís que soy yo?”.

El que aquellos que no conocen de verdad a Cristo se equivoquen sobre su verdadera identidad es hasta cierto punto normal. Pero nosotros no podemos equivocarnos. Pedro no se equivocó.

Mt. 16,17: Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Pedro lo ha dicho, el caso está cerrado.

Pedro habla en nombre de todos ya que a todos era dirigida la pregunta.

En Pedro está la respuesta de la Iglesia a la pregunta más importante que Jesús pueda hacer. La pregunta sobre su verdadera identidad. Y de dónde sacó Pedro su respuesta?, ¿de su capacidad intelectual?, ¿de su potencial humano para entender la verdad sobre Jesús?. ¡No!, como indica el versículo siguiente.

Mt. 16,18-19: Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.

Cristo y Pedro

Simón supo, y la iglesia con él, quién es Jesús por revelación directa de Dios Padre. No le fue revelado por otros hombres, sino por Dios. Por eso, a este hombre que ha recibido la señal y que está marcado por Dios, Cristo le hace su sucesor, su vicario en la tierra.

Ni podemos separar el nombre Cristo, y lo que significa, de Jesús, ni podemos separar el nombre de Pedro, y lo que significa, de la persona de Simón. Jesús el Mesías, y Simón la piedra.

Y es justo en ese contexto en el que Cristo dice “y sobre esta roca (piedra) edificaré mi iglesia”. ¿Quién es el Cristo? Jesús, Jesucristo.

¿Quién es la roca o piedra sobre la que Jesús edifica su Iglesia?, ¿a quién se le da el nombre de piedra? A Simón, Pedro. Se trata de saber quién es Jesús y de saber quién dice Jesús que es Simón. Y una vez establecido quién es Jesús y quién es Pedro, Jesús edifica su Iglesia.

Y ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Cristo, declarada por Pedro, ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Pedro, declarada por Cristo.

Y es esa Iglesia, la verdadera, la que conoce y confiesa quién es Cristo y quién es Pedro, aquella sobre quien no prevalecerán las puertas del Infierno.

17. El por qué del celibato sacerdotal (II)

Autor:  frmaria.org

Continuamos desarrollando el tema del celibato sacerdotal.

Siguiendo con el recorrido histórico que empezamos en el artículo del mes pasado, podemos ver cómo fue la comunidad cristiana, en el ámbito de la Iglesia latina, la que exigió a sus sacerdotes el celibato, tanto en orden a mejor imitación de la vida de Cristo como de cara a la mayor entrega al servicio de la evangelización del pueblo de Dios.

Antes de seguir adelante señalo aquí una observación que hay que tener muy en cuenta a la hora de «datar» las enseñanzas o las prácticas de la Iglesia: cuando un concilio o un Papa legislan o definen una determinada doctrina, no quiere decir que esa doctrina haya sido «introducida» en la Iglesia en ese tiempo, sino más bien que se trata de algo que ya existía, y sobre lo que sólo ahora parece necesario legislar.

Demos un ejemplo más reciente: si un historiador del siglo veintiséis leyese en los libros de historia que fue Juan Pablo II en el siglo veinte quién definió solemnemente sobre la imposibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres, ¿podría él concluir legítimamente que la doctrina católica de la no validez de la ordenación de mujeres fue «introducida en la Iglesia» sólo en el siglo veinte?

Se equivocaría si así pensase nuestro imaginario historiador, pues la decisión de Juan Pablo II no es una «innovación», sino una «explicitación» de una doctrina mantenida desde siempre, pero sobre la cual no había necesidad de legislar con anterioridad, pues era aceptada por la totalidad de los fieles.

Algo similar sucede con la «legislación» sobre el celibato sacerdotal: que se haya legislado en los siglos III o IV no quiere decir que el tema era desconocido antes.

Este principio se aplica a muchas definiciones dogmáticas que algunos se apresuran a ver como «innovaciones» de la Iglesia, cuando en realidad no son sino un explicitar lo que ya se venía creyendo con anterioridad (así el dogma del primado del Obispo de Roma, la Asunción de la Virgen, y tantas otras doctrinas).

Siglos IV al XII

Si bien es probable que las Iglesias locales hayan legislado sobre esta materia con anterioridad, lo que nos ha llegado de más antiguo son las decisiones del Concilio de Elvira (entre los años 295 y 302), que fue un concilio de obispos de las tierras que hoy son España.

Dicho Concilio manda que los obispos, sacerdotes y diáconos admitidos a las órdenes sean célibes, o bien dejen a sus legítimas mujeres si quieren recibir las sagradas órdenes.

Esta práctica no fue reglamentada de igual modo en las Iglesias del mundo oriental (Asia Menor), que no impedían a los obispos y sacerdotes ordenados seguir en comunión con sus respectivas esposas.

En occidente, por el contrario, la predicación de los grandes pastores del siglo IV y V testimonia decididamente una clara preferencia por el sacerdocio celibatario.

Se pueden encontrar testimonios históricos de la existencia en occidente de sacerdotes que vivían con sus esposas, pero eran los que se encontraban «en el campo», lejos de sus obispos

También tenemos un testimonio del año 386: el concilio romano convocado por el Papa Siricio, que prohibía a los sacerdotes continuar relaciones con sus ex-mujeres.

En realidad las leyes variaban de un lugar a otro; no olvidemos las grandes distancias que había que recorrer en aquellos tiempos para comunicarse, de modo que las decisiones de una iglesia local tardaban tal vez años en llegar a oídos de las otras iglesias.

No era raro que, a pesar de las indicaciones de los concilios y de la preferencia popular del pueblo por los sacerdotes célibes, algunos tomasen mujer.

Concilios del siglo VI y VII reglamentan explícitamente que los obispos «deben» dejar a sus esposas una vez ordenados, mientras que para los sacerdotes y diáconos parecería no «exigirse» la separación.

Aún en el siglo VIII encontramos que el Papa Zacarías no quería aplicar a todas las iglesias locales las costumbres más propias de algunas, de modo que cada una podía legislar como le parecía más oportuno (respuesta al Rey Pepino).

Lo que nunca se aceptó en ningún lado fue que un ordenado pudiese casarse. El casado podía ordenarse, pero el ordenado no podía casarse.

Del siglo XII hasta hoy

En el año 1123, con el primer concilio Laterano, se reglamentó que el candidato a las órdenes debe abstenerse de mujer, y que el matrimonio de una persona ordenada era inválido, de modo que todo trato con mujer una vez recibida la ordenación pasaba a ser simple concubinato.

En este espíritu reglamentarían todos los Concilios posteriores. Es claro que la ley no se puso en práctica inmediatamente en todos lados, pero poco a poco fue cobrando fuerza de costumbre en todas las Iglesias de occidente.

En nuestros días, esta doctrina encuentra muchos adversarios, pero como vimos, no es nada nuevo. La Iglesia no define el celibato como una necesidad absoluta, pero lo ve como el mejor medio para que el siervo de Dios y de su pueblo pueda actuar «sin divisiones».

Finalmente digamos que en este tema hay que saber hablar con exactitud, ya que el mal uso de las palabras entorpece el diálogo y no ayuda a ver la realidad de las cosas.

Se oye con frecuencia expresiones de este tipo: «La Iglesia impone a los sacerdotes el celibato», o bien en forma interrogativa:
«Porqué los sacerdotes no se pueden casar?». Si bien se entiende que el celibato es una reglamentación eclesiástica, una «ley» de la Iglesia, sin embargo no me parece que sea del todo correcto hablar de «imponer» el celibato, o de «obligar» al mismo.

En la Iglesia católica nadie está obligado a ser célibe, porque nadie está obligado a ser sacerdote.

Por los motivos ya enunciados en el Nuevo Testamento y que hemos sugerido más arriba y por muchos otros motivos de mucho peso, a la Iglesia de Cristo de los últimos mil años le ha parecido bien considerar la vocación al sacerdocio y la vocación al celibato como una única vocación.

Llamada y no derecho

El punto principal aquí es en realidad el siguiente: la vocación sacerdotal es un llamado gratuito de Dios para su Iglesia, y no un derecho personal del candidato.

No sucede con el sacerdocio lo que sucede con otras profesiones humanas, a las cuales «tengo derecho»: la Iglesia, al unir «sacerdocio» con «celibato» no está «imponiendo nada a nadie», porque nadie tiene que ser sacerdote; más bien hay que decir que al obrar así está ejerciendo un «derecho» dado por Dios mismo a su Iglesia de determinar ciertos aspectos disciplinares del oficio sacerdotal.

De hecho es precisamente la Iglesia la que ordena sacerdotes para destinarlos al servicio divino.

En la Iglesia hay cientos de maneras de servir al pueblo de Dios, y si alguien cree que es llamado a ocupar un lugar activo en la Iglesia -¡y en verdad todos lo están!-, pero a la vez cree que no está llamado al celibato, sepa que puede ocupar ese lugar según el don que Dios le dio, sujetándose al parecer de la Iglesia, y no debe buscar a toda costa «ser sacerdote».

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